viernes, 1 de julio de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Julio: Alemania. Herman Hesse.




Hermann Hesse fue un hombre singular desde la cuna: fue el primogénito de un misionero báltico conocido por sus excentricidades y fanatismo religioso y de la hija de un famoso  lingüista y erudito. De manera que Hesse creció en un hogar donde la religión y la creencia era de enorme importancia. Tanto como para el que niño estuviera convencido durante buena parte de su infancia que cualquier pensamiento fuera del ámbito religioso era un pecado en si mismo. No sólo eso: Hesse recibió sus primeras enseñanzas a través de los salmos, el órgano del templo y con la repetición constante de plegarias piadosas. Como resultado, el joven Hesse creyó firmemente que la fe era la única forma de expresión intelectual. Como si el dogma y el pensamiento humano fueran indivisibles.

Pero Hesse era de naturaleza rebelde y a pesar de la insistencia en el discurso de la fe por la fe supo encontrar un resquicio que le permitió escapar de la presión familiar. En más de una ocasión, el escritor confesó que probablemente habría muerto de melancolía - esa extraña compresión de la tristeza -  de no haber  podido huir a los campos que circundan su natal  Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia. En sus correrías, Hesse aprendería el valor de la imaginación: hablaba con los pájaros, se inventaba correrías fantásticas en mitad del bosque y se permitía la oportunidad de pensar más allá del Altar y el rezo. Con los años, Hesse se convencería que esa dualidad - el hombre pío versus el hombre soñador - darían origen a su particular punto de vista sobre el espíritu humano.

Y es que de inmediato, la vitalidad de Hesse - la mental y la física - entraron en conflicto con la estricta vida de la familia, que a medida que el muchacho fue haciéndose mayor, se hizo más asfixiante y abrumadora. Hesse, convencido de la necesidad de subsistir emocionalmente más allá de lo obvio de la fe, luchó contra sus fuerzas contra las restricciones y la moral que le abrumaba y de alguna manera, logró encontrar un sistema de pensamiento propio que le salvó del canibalismo emocional doméstico. Eso, a pesar que pasó buena parte de su infancia estudiando latín, griego, gramática y estilística para preparar el examen gracias al cual le admitirían como teólogo evangélico en el seminario de Tubinga. El mismo Hesse, se recuerda como un adolescente pálido y cansado que ya por entonces, comenzaba a pensar en la trascendencia, la locura, la belleza y la pasión de maneras totalmente nuevo.

Quizás por ese motivo, decidió ser escritor. Confesaría Hesse en algunas de sus dispersas memorias que la rebeldía al dogmatismo le salvó pero también, le hizo replantearse su vida entera desde las sombras. Porque Dios estaba en todas partes, aunque él no pudiera comprenderlo del todo y esa certeza obnubilada y desconcertada, le hizo asumir que debía asumir su vida a la medida de lo divino. Que aunque no pudiese entregarse por completo a la religión, si podría hacerlo a esa necesidad desesperada de crear y analizar lo inefable a través del acto creativo. Y así, construirse así mismo. De la existencia libre y rebelde que se brindó se obsequio así mismo, Hesse buscó una forma de comprender  las pequeñas contradicciones de la angustia existencial. De manera que, en medio de la obsesión por la independencia intelectual, encontró el medio de construir una idea perenne sobre lo que deseaba expresar. Así que  el anti-intelectualismo, la sensualidad poética y la salida siempre irónica del escepticismo fueron sus conquistas literarias. Una consecuencia lógica de lo que el Hesse enaltecido por la diferencia, asumió real y sobre todo, coherente desde ese poder de definirse moralmente que encontró en medio de sus disputas morales.

Y es que Hesse nunca se detuvo en sus búsquedas. Viajó a la India en busca de un nuevo sentido espiritual, en una especie de depuración progresiva y necesaria del doloroso vinculo con su infancia. Se re elaboró así mismo como sujeto de una identidad voluble (el escritor que formula sus ideas a partir de las dudas ) y finalmente encontró la fortaleza para analizarse sobre cómo parte de una extensa reflexión sobre los motivos y circunstancias del ser humano como fuerza creadora. Un Hesse joven en su necesidad de aprendizaje y muy viejo, en su búsqueda de valores y temores. Una búsqueda que además le condujo a una idea muy concreta sobre la existencia a partir del dolor y la experiencia. El Hesse escritor encontró en la dualidad del Hesse hombre y falible, una grieta para sostener sus propios argumentos sobre el pensamiento aparente. Y a través de ella, se libró de cualquier vínculo angustioso, ignoró la ilusión del nihilismo y finalmente encontró un punto de reflexión sobre la búsqueda incesante de la individualidad. Un preludio a la locura.


Quizás por ese motivo, lo primero que advierte el "Lobo Estepario" de Herman Hesse, es que lo que leerás es "Solo para los locos". Una afirmación que sobresalta y de inmediato atrapa. La frase se convirtió de hecho, en el estandarte que identificó lo que Hesse, en la voz de Harry Haller tenía que contar. Un aviso, una advertencia quizá, muy semejante a esa otra que Dante Alighieri había hecho a sus preocupados lectores siglos antes, en la puerta del Infierno que les esperaba unas palabras más allá "Abandonad aquí toda Esperanza". Casi con el mismo tono de invitación un poco atemorizante, Hesse deja bien claro que "El Lobo Estepario" es una reformulación de la conciencia, una manera criptica de analizar la mente humana o muy probablemente, su simple comprensión del mundo.

Porque la obra de Hesse es una búsqueda de la fragilidad de la creencia, ese otro rostro inquietante que habita bajo esa máscara de normalidad que nos empeñamos en llevar sin saber muy bien las razones. Hay quien insiste que "El lobo Estepario" no es más que una biografía disfrazada de Hesse. Y es probable que así sea: la manera como recorre los intricados caminos y carambolas de lo inusual y lo confuso de la mente humana, no parece ser casual, aunque las piezas solo encajen por obra de esa necesidad del autor de contar una historia complicada y dura. El temor, creando una idea que subyace bajo las palabras, que apenas se paladea mientras se avanza en una historia que desconcierta al lector página a página.


Se ha dicho que todos los libros de Hess son un tratado de psicología disfrazado de novelas. Puede parecerlo pero también se trata, de una de sus ingeniosas máscaras para ocultar esa otra visión descarnada del espíritu del hombre con la que parece obsesionado. No obstante, nada es tan sencillo en la historia que cuenta - o que desea contar entre reflejos y realidades aparentes -y mucho menos, en un hombre con Hesse, obsesionado con las dobles dimensiones y explicaciones de todo lo que mira a través de la palabra. Nada es tan puro en interpretación ni mucho menos concreto. Porque tal vez el mayor mérito de Hesse al crear esta visión retorcida de la realidad sea una crítica durísima hacia lo que consideramos culturalmente aceptable, lo social como identidad, la temida normalidad:   la felicidad de la vida a través de la observación y disfrute de pequeños e inmediatos placeres, de la pasión y sensualidad, del sexo, del vino, de la droga.


Sin duda,  cada novela de Hesse reflexiona sobre esa dualidad irreductible del ser humano - Luz y Oscuridad - pero más allá, los límites de la locura, la verdadera, la inquietante, la punzante, la que insiste en obsesionarnos en más ocasiones de las que podemos admitir. Simple falibilidad.

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