lunes, 25 de julio de 2016

De la fotografía: del mito de “la fotografía no se estudia” a mirar el mundo a través del lente.




La discusión comenzó por una nadería: Cual es la mejor opción al comprar una cámara en el mercado actual. Y terminó por lo de siempre: la fotografía se estudia o no. La fotografía es disciplina, arte o técnica. Y lo de siempre: “La fotografía es instintiva, no se aprende”. Realmente, si me dieran un bolívar — mejor un dolar, me parece — por cada vez que alguien me ha dicho que pierdo mi tiempo estudiando fotografía porque eso viene “desde adentro” ( esa frase me hace imaginarme un sensor en mi cerebro obturando infinitamente ) ya a estas alturas me habría comprado un estudio, un par de cámaras más y un automóvil último modelo. Porque sí, para la gran mayoría de la gente la fotografía es el hobby del fin de semana, la cámara último modelo, la “afición costosa”. Es una idea consecuencia directa, supongo, de la juventud de un arte / técnica que tiene menos de dos siglos de nacida y que aparentemente, carece de la solemnidad histórica de la pintura, o del evidente esfuerzo físico y mental de esculpir, cantar o componer.

Claro está, es algo que en ocasiones uno supone inevitable. La fotografía pareciera nacer de la cámara: el oficio del fotógrafo parece nacer de encontrarte de pie y hacer lo mejor posible con esa lujosa herramienta de la cual dispones. Quién mira desde afuera el nacimiento de una fotografía, solo observa lo evidente: al fotógrafo en concentración mientras la cámara parece hacer todo lo demás. No obstante, el proceso para llegar a ese momento, a ese click infinito y hermoso, ese gesto de detener el tiempo, comenzó mucho antes. Comenzó probablemente desde que el fotógrafo despertó ese día. O una semana antes. Muy probablemente, hace un mes o un poco más. Hay quien diría una vida entera. El caso es que la foto que va a nacer cuando el fotógrafo decida que el momento de capturar el tiempo, llegó, es solo la consecuencia de un largo aprendizaje, de un proceso interno que tiene como última consecuencia, la imagen.

Desde luego, no todas las fotografías nacen de la misma manera. Hay las espontáneas, las que nacen del impulso. Las accidentales, que brotan como flores súbitas de un momento de inspiración. Pero incluso esas, provienen de un largo y sostenido aprendizaje, quizás inconsciente, que ha conducido al fotógrafo a ese instinto incontenible, esa necesidad de capturar una escena de tal o cual modo. Porque no hay verdaderos accidentes en la fotografía. Puede haber grandes sorpresas en su ejecución — una imagen es obra humana y por tanto imperfecta por definición — pero lo que vemos, lo que se obtiene del proceso técnico es sin duda un reflejo de lo que vive en la mente del fotógrafo, de lo que ha venido consumiendo como ente pensante, de la observación y el análisis, de la comprensión de su realidad, de su manera de crear. Porque aun el aficionado que tomara una cámara compacta y la levanta para captar a su familia sonriente en la fiesta familiar, el amateur que intenta conseguir la mejor toma, tiene la misma motivación del profesional curtido: un deseo de expresar, en cuatro lineas, en un rectángulo de oro, en una asimilación profundamente personal del espacio y del tiempo que lo rodea, lo que ve, lo que ha aprendido, lo que para él conforma el mundo. Y es inquietante y a la vez hermoso, comprobar la diferencia y la similitud, las ideas que se unen, las formas que se entrecruzan, los conceptos que se transforman, las mensajes que emite, los pensamientos que engloba, los símbolos que contienen, una única imagen. Una fotografía que nació de ese lugar tan indómito como abstracto que llamamos nuestra mente.

* De lo que nace y miras: la fotografía en tu imaginación:
Como todos los fotógrafos que conozco, comencé por puro instinto. Llevada por una necesidad sin nombre de narrar el mundo que me rodeaba en imágenes. Lo hacía sin saber porqué lo hacía — todavía me ocurre — y en la mayoría de los casos, cómo obtenía los resultados que miraba en la copia en papel ( tengo treinta y no te importa, así que andar por la fotografía comenzó en film ). Por aquellos años, no era tan sencillo como ahora obtener educación fotográfica: los libros eran costosos — en realidad, aun lo son — para una niña de catorce o quince años, y las pocas escuelas en Caracas, no eran una opción, esencialmente porque mis padres no veían el objeto de invertir una buena suma de dinero para que aprendiera “a manejar una cámara”. Con todo, insistí y seguí insistiendo hasta que encontré una manera más o menos válida de aprender: tutoriales en libros pasados de moda, lecturas descargadas de internet más o menos útiles, pero sobre todo observación. Me aficioné a leer sobre la vida de fotógrafos clásicos, a mirar sus fotografías por horas, tratando de entender porque deseaba fotografiar lo que al final inmortalizaron y que podía aprender yo sobre eso. Y aprendí. Aprendí no solo el hecho que cada fotografía es un cúmulo de razones que nadie dice, una idea que se conjuga así misma, una razón personal que se plasma en luces y sombras, sino que aprendí además que lo que hace a una fotografía consistente, lo que la hace real, lo que le permite nacer al mundo de las cosas es lo que el fotógrafo lleva como equipaje mental, como esa construcción íntima que habita en cada percepción de lo que te rodea. Mirando, a veces boquiabierta, otras sorprendida, en ocasiones desconcertada, las imágenes de otro, comprendí de las mías que una fotografía lleva la historia de quien la hace, de quien decidió ante la cámara ese click último, esa escena que llevará para siempre como un concepto real. Una fotografía no existe porque la cámara la toma. Una fotografía es real porque antes, existió y se nutrió de la idea de quien la creo.

De manera que, cuando alguien me insiste que la fotografía es producto directo de la cámara que llevas, lo miro con detenimiento. Miro la ropa que viste, los accesorios que usa. Incluso la manera en que sonríe o se peina. Y me pregunto si está consciente del valor de esas pequeñas decisiones, de la historia que guarda su manera de llevar el cabello, maquillarse o comprenderse así mismo. Porque de esas pequeñas grandes decisiones se construye el arte, la expresión, el lenguaje se construye el arte. Y sin duda, de la mezcla de todas ellas, nace algo tan radiante como una fotografía. Entonces sonrío y a veces consigo no decir nada, aprieto entre los dedos mi cámara, sintiendo su peso entre mis dedos — la historia que guarda — y pienso, en lo mucho que desconocemos sobre nosotros mismos y lo que decimos cada vez que creamos un acto de valor, como sin duda, lo es fotografiar.

C’est la vie.

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