jueves, 7 de julio de 2016

Crónicas de la feminista defectuosa: Simone de Beauvoir y la mujer que no existe.





Una vez, una de mis amigas de la escuela me dijo que a veces, no se pensaba a sí misma como una mujer ni como una niña. Que en ocasiones se miraba al espejo y no sabía muy bien quién era y lo que deseaba ser. Y que ese pensamiento le asustaba tanto como para que le hiciera sentir verguenza. La escuché sin saber que decir, entre asombrada y confusa. Ambas teníamos diez años y ese comentario me desconcertó. Hasta entonces, jamás había pensado que alguien podía mirarse sin concluir en que era niño o niña. Hasta ese momento, nunca me había preguntado sobre los elementos nos hace ser quien somos, ese género que prevalece y te define durante toda tu vida. Esa identidad permanente que asumimos natural.

Por supuesto, no lo pensé en términos tan complejos pero sí supe que lo que amiga me decía, era quizás la idea más extraña que había escuchado nunca. Ella continuaba mirándome, quizás aguardando a que me burlara de ella o me asustara por lo que acababa de decir. En lugar de eso, me quedé muy quieta, pensando en sus palabras. Quizás en mi reflejo en el espejo. En todas las cosas que de pronto no parecían tan seguras ni tan evidentes en mi mente o en mi cuerpo.

— ¿Cómo te piensas entonces? — pregunté por último.
Mi amiga parpadeó, como si le sorprendiera que me tomara en serio lo que con tanta dificultad me había contado. Se encogió de hombros, con las manos de uñas cortas y mordisqueadas apretadas sobre las rodillas.
— Sólo como una persona ¿Eso es muy malo? No quiero vestirme de rosa, ni llevar el cabello con lacitos. No quiero ponerme la faldita del colegio. Quiero jugar video, quiero comer hamburguesas y ensuciarme. Pero eso no es de niñas. ¿Eso está mal?

Tampoco supe que responder a eso. La verdad era que yo pensaba cosas parecidas con tanta frecuencia que llegaron a parecerme corrientes aunque sabía, con ese instinto infalible que no lo eran tanto. Que a pesar que no había nada de malo en corretear con mis primos por el patio de la casa de mi abuela, leer libros en lugar de jugar con muñecas o preferir la blusa azul en vez de la roja o la fucsia, tampoco era lo normal. O lo que la mayoría de la gente consideraba normal, al menos. De manera que me encogí de hombros, preocupada.

— No sé. Pero también me pasa — le confesé, para tranquilizarla — A lo mejor le pasa a mucha gente pero tampoco dice nada. ¿No lo piensas?

Ella sacudió la cabeza con la boca fruncida en un gesto angustiado y los hombros rígidos. Como mucha otra gente estaba convencida que la incomodidad y el aislamiento eran cosas que sólo le ocurrían a ella, que le torturaban y le acosaban más que a cualquier otra persona. A la distancia de muchos años, a veces pienso que mi amiga comprendió mucho antes que yo que el mundo no tolera bien la diferencia, que no lo asimila con facilidad, que no transita eso visión que nos hace únicos con la comprensión de lo que puede significar. Y me conmueve que una niña de diez años llevara ese peso a solas. Lo sostuviera sobre los hombros con tanta dificultad. Intentara lidiar con sus dolores con tan poca habilidad para hacerlo.

Recordé esa conversación escolar algunos años después cuando encontré en la biblioteca de mi casa un libro que sin duda, cambió mi vida para siempre. Leí “La Mujer Rota” de la escritora Simone de Beauvoir cuando era aún una adolescente. No lo comprendí, por supuesto. Aún no tenía la experiencia, la visión para hacerlo. Pero igualmente me cautivo, me sorprendió, me inquietó. Porque si algo podría decir del libro, este largo monólogo de la feminidad que se analiza a sí misma con una durísima mirada cruel, es que no deja indiferente a nadie.

Y por supuesto, no me dejó indiferente a mí, que con dieciseis años comenzaba a cuestionarme por qué debía obedecer lo que la tradición y la cultura donde nací intentaban imponer casi a la fuerza sobre mi identidad. Esa noción sobre el deber ser con el que toda mujer tropieza de vez en cuando. No es sencillo entender que la sociedad en la que creces tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y qué puedes aspirar. Límites, restricciones y fronteras que intentan definir tu individualidad aunque te resistas a la idea.

Es un pensamiento extraño, cuando lo tienes. Y luego, no puedes olvidarlo. Porque de alguna manera cambia todo lo demás, lo recompone y lo hace encajar dentro de esa idea. ¿Por qué debo tener el cabello largo o corto? ¿Por qué debe gustar maquillarme o no? ¿Por qué debo pensar en que seré madre? ¿Por qué debo casarme? ¿Por qué debo obedecer toda esa múltiple y cada vez compleja variedad de pensamientos e ideas que parece conformar la identidad de una mujer? Es curioso pensarlo de esa forma y sobre todo, doloroso. Porque de pronto, encuentras que no estás sola en el asunto. Comienzas a preguntarte cuantas mujeres a tu alrededor — las que conoces, las que te tropiezas por la calle, las que miras en las revistas — se esfuerzan como se espera que tu lo hagas por encajar en ese esquema de valores. Cuantas lo hacen por gusto, por costumbre, por necesidad, porque no conocen algo más. Y cuántas como tu, también se hacen las mismas preguntas. Cuantas miran a su alrededor y se preguntan ¿por qué deben ser así las cosas? ¿Por qué deben ser de esa manera exacta? ¿Por qué es necesario que lo sean?

Claro está, nadie se cuestiona de esa manera. Pero está la incomodidad, esa ligera sensación de inquietud. O al menos a mi me ocurría. Y no sólo con asuntos tan intrascendentes como el comportamiento social, como me veía o debería verme. Comenzó a preocuparme que buena parte de mis escritores favoritos fueran hombres porque así lo había aprendido, que casi todas las heroínas televisivas y cinematográficas con las que me tropezaban fueran apenas una apendice del masculino, una figura preciosa y desdibujada que parecía perderse en la historia. Y me comenzó a inquietar también, esa otra realidad tan sutil como desdibujada, la de todos días. La que forma parte del cotidiano cuando vives en un país machista como el mío: las calles llenas de niñas embarazadas, los periódicos llenos de noticias de mujeres golpeadas y violadas. Esa noción sobre la desesperanza y el fatalismo latinoamericano que parecía tan relacionado con las mujeres, con lo femenino y su legado. De pronto, me encontré preguntándome si había algo en mi, en mi género y mi manera de ver la realidad para que el mundo se empeñara en verme como algo secundario, accesorio, dependiente por completo de una idea aparentemente superior.

Entonces llegó Beauvoir y me dejó claro que las cosas no debían ser de esa manera. Que ni siquiera tenía por qué plantearme la feminidad desde ese reduccionismo intelectual y emocional a la que te obliga la cultura. Y fue toda una revelación. Tan dolorosa e inquietante como suelen serlo todas las revelaciones. Por semanas enteras me cuestioné sobre esa serie de temas que me perseguían a todas partes, que me acosaban y abrumaban por el mero hecho de hablar de una mujer irreal que yo no deseaba ser. No se trataba de un tipo de rebeldía, mucho menos de un enfrentamiento casi natural contra el canon que todo joven tiene alguna vez. Fue una gradual y destructora toma de conciencia del hecho que no deseaba ser definida en lo genérico, que no necesitaba que nadie me dijera cómo debía pensar o cómo debía verme. Y eso en latinoamérica, en esta Venezuela patriarcal y machista obsesionada por la figura de la mujer idealizada que ignora a la real, se convirtió en un suplicio. En una idea que llevaba como un estigma, en una presunción de sospecha sobre mi cordura, incluso un debate sobre mi orientación sexual. Todo por decidir que no deseaba que colgar en mi mente la etiqueta que la cultura imaginó para mí, que delineó con todo cuidado desde antes de mi nacimiento.

En una ocasión, un hombre con el que salía se burló de lo que llamó “mi necedad adolescente”. Ambos éramos estudiantes universitarios y mientras él podía plantearse un futuro a la medida de sus aspiraciones — sean cuales fueren — yo debía conformarme con una especie de rígida estructura que me exigía más de lo que podía brindarme. Con veinte años cumplidos, ya debía soportar las preguntas indiscretas sobre mi soltería o una probable maternidad que ni siquiera había considerado hasta entonces. Y mi malestar al respecto no sólo le pareció exagerado sino además “artificial”.

— Ese rechazo a la persona que eres es absurdo: ¡Eres una mujer! en algún momento querrás casarte o tener hijos. Está en tus genes, en tu historia biológica. No sé por qué te resistes o en todo caso, qué esperas obtener haciéndolo.

No supe que responder a eso, entre aterrorizada y un poco asqueada. Llevábamos casi dos años juntos y escucharle hablar en esos términos sobre mi mi — o mejor dicho, mi futuro — me dejó muy claro que había algo doloroso y violento en la mirada de la sociedad sobre las mujeres. Una imposición férrea que nunca imaginado tan grave, tan despótica, pero que estaba allí a la vista. O mejor dicho, que formaba parte de una noción sobre lo que la mujer podía ser — aspirar, construir para si misma — que resultaba no sólo preocupante, sino directamente castrante.

La relación no terminó por esa discusión pero siempre pensé que después de tenerla, sólo avanzó hacia una ruptura simple que ocurrió unos meses después. Y es que cuando alguien te habla en esos términos, tienes la sensación que tu mundo se sacude un poco. O al menos, a mi me ocurrió. Comienzas a preguntarte casi con crueldad qué te hace mujer y por qué deseas serlo. Te sacude la idea que desde la niñez, debes enfrentar todo tipo de estereotipos que intentan decirte quien eres o mejor dicho, lo que debes ser. Ideas que transcurren y transmigran a tu alrededor en un intento no sólo de cercenar esa libertad personal que convierte la individualidad en una idea genérica, sino además se impone como un destino biológico. Un pensamiento que resulta angustioso cuando debes lidiar con él a diario, cuando es parte de tu vida y cómo te comprendes. O mejor dicho, como te asume el mundo que te rodea, te construye, te imagina, te limita.
Simone De Beauvoir imaginó ese mundo femenino claustrofóbico en el año 1949, cuando por primera vez trató de explicar en qué consistía los peligros e implicaciones de la desigualdad de género. Se trató quizás del primer intento formal e intelectual de comprender lo femenino como un concepto cultural creado a partir de trozos de información dispares. Con una escalofriante dureza, Simone ponderó sobre el hecho a los niños se les enseña a ser fuertes, determinados e independientes mientras en contraposición, a las mujeres se les insiste en la debilidad. En el género que se define como débil, en la necesidad depender emocional e intelectualmente de alguien más. Como si la autorrealización no formara parte de la naturaleza de la mujer: una noción destructora que parece condenar a la mujer a una dependencia borrosa del que muy pocas veces somos conscientes. La mujer objeto, al servicio de otros, tan preocupada por su aspecto físico, tan abnegada y convertida en una especie de útero histórico que necesita convalidar su existencia a través de su capacidad para agradar y seducir.
Tal vez por ese motivo, buena parte de mi vida me han acusado de egoísta, arrogante o incluso, directamente agresiva. Sólo por haber decidido que no necesito perpetuar ese confinamiento a la feminidad que se define a través de estereotipos superficiales, del cuidado de otros, de la autoimagen. A veces, resulta sorprendente lo mucho que puede molestar esa simple decisión de no ser una mujer al uso, de asumir por cuenta y riesgo, que una mujer es mucho más que la ropa que lleva y como luce. Que una mujer es un individuo más allá de su capacidad para ser esposa o madre de alguien. Esa autonomía que parece tan reñida con la definición histórica de género.
Hará unos cuatro meses, recibí un correo muy insultante de un lector que criticó mi postura “feminazi”, haciendo referencia a que suelo identificarme como feminista y escribir al respecto siempre que puedo. Entre groserías y burlas a mi aspecto fisico, me insistió en que toda mujer “debe aceptar que lo es” y que mientras más rápido lo haga “menos habrá lugar para la frustración”. Me sorprendió sobre todo la agresividad de sus planteamientos, como si el mero hecho que una mujer quisiera definirse según el canon habitual fuera motivo de prejuicio y discriminación.
— Lo es. Cualquier mujer u hombre que se atreva a transgredir lo que se supone espera de él, se enfrenta a esa agresividad — me explicó L., una de mis profesoras universitarias con las que aún mantengo el contacto cuando le hablé del correo — La cultura y la sociedad son refractarias a los cambios, se resisten todo lo que pueden a cualquier manifestación de conducta e incluso, al simple hecho de modificar un punto de vista. Cuando alguien lo hace, se suele aislar y limitar como parte de esa estructura social. Es lo que llamamos minoría.
La profesora L. lo sabe en carne propia: de joven tuvo que enfrentarse a un mundo universitario hostil y violento que la criticó por sus duros puntos de vista sobre el machismo académico en Venezuela. Ahora, en un tranquilo retiro alejada de las aulas de clase, suele insistir en Venezuela ser mujer es enfrentarse a una percepción durísima sobre la feminidad. Una condición cultural que limita y aplasta la individualidad en favor de una imposición colectiva sobre lo que la mujer puede ser según la tradición que hereda.
— Puede parecer despiadado pero no lo es: simple cultura — me dice cuando me impaciento por la serenidad de sus palabras — por eso Beauvoir insistió que una no nace mujer sino que llega a serlo. Somos el producto de una serie de elementos que te definen a la fuerza. La desigualdad procede de esa idea, de ese discurso cultural que te hace normalizar la discriminación. Y lo asumimos como parte de nueva vida.
Quizás por ese motivo, continuo acudiendo a Beauvoir para analizar esa percepción sobre la mujer que desborda el mero tópico que logró crear a través de sus lúcidas reflexiones sobre el tema. Tan realista y crueles, pero a la vez, tan profundas que resultan abrumadoras. Porque para la escritora, el mundo íntimo de la mujer es un diálogo continuo, una creación de emociones y pensamientos de inestimable valor. . Algo sublime, durísimo y que me cambió la visión sobre la mujer literaria, la real e incluso sobre mi misma para siempre. No sólo se trató que Simone de Beauvoir me demostró que una mujer puede escribir — y bien — sino que además, escribir sobre la mujer sin romanticismos, sin elegías dulzonas. En el libro, ninguna mujer sufrió, se martirizó, se culpabiliza. En realidad era una obra filosófica muy bien pensada que elaboró — al menos, en mi caso — un nuevo tipo de mujer fuerte e intelectual que poco o nada tenía que ver con la angustia existencial que hasta entonces había creído en la mujer literaria y en la escritora. Aquello fue para mí radical.
Porque hablamos de individualidad, construída a través de piezas y fragmentos que no necesitan ni deben encajar en un esquema general de las cosas. La mujer es la mujer por la decisión de construir un reflejo de sus inquietudes intelectuales, físicas y mentales. Una mujer no es sólo los atributos de su género sino también esa noción que a pesar de la historia, la tradición, el conservadurismo y esa presión constante de encajar en el esquema de las cosas, es un individuo que puede construirse así mismo. Que desborda los prejuicios, que evade cualquier interpretación sencilla. Que rechaza los pequeños símbolos triviales que intentan construir una idea sobre si misma.

Simone de Beauvoir medito sobre el tema desde el dolor. Y lo hizo con una precisión que resulta casi escalofriante: No hay ninguna concesión a la ternura, la simpatía o a la delicadeza en sus textos. Con un pulso exquisito y profundamente sentido, crea una reflexión dura, cruda y a la vez hermosa en tres narraciones, que a pesar de ser independientes entre sí, se entremezclan para crear un único discurso, para hablar de la mujer secreta y poderosa que habita entre sus páginas. Sobre todo en su libro “La Mujer Rota” donde las interpretaciones se entrecruzan para meditar sobre lo femenino y sus pesares. Las puertas y ventanas cerradas que confinan a la mujer — como identidad — y a su legado — como estructura cultural — a una serie de planteamientos mínimos que resultan asfixiantes. Y es que la narración, las tres historias, parecen girar en esa idea de la mujer que habita en lo esencial, esa incomprensión cultural y social que ata, que envuelve, que reprime, que destruye y que a la vez construye la identidad femenina. No es casual que en el trasfondo de cada página, palpite la desolación, la angustia, los cuestionamientos, reproches, la sensación abrumadora de que la vida paso rápido, sin sentido. Para Beauvoir, la necesidad de crear ese mundo de lo femenino real, fuera del estereotipo tradicional, produce una tensión enorme y casi hermosa dentro de cada relato, dentro de esa intimidad casi dolorosa que subyace en cada historia y que la delinea con una delicadeza impensable, a pesar de su crudeza.

Tal vez, lo más sorprendente de esta historia con tres rostros, sea su intención de recrear esa otra idea de la mujer, la que no abarca el romanticismo y la idealización. Esa mujer real, poderosa y doliente, de la que tan poco se habla, la que parece desaparecer en el deber ser social, es a la que Beauvoir le brinda voz, le otorga un rostro. Un triunfo de ese sutil misterio a mil voces que es la feminidad sobre la simplicidad de lo cotidiano.

He releído el libro tantas veces que en ocasiones estoy convencida forma parte de mi vida y de mi forma de pensar en cien maneras secretas. Con frecuencia, recuerdo varios de sus párrafos y me encuentro pensando en que esa inconformidad, esa preocupación constante no se era algo accidental, tampoco una rareza. Millones de mujeres antes que yo y con toda seguridad, cientos después de mi, se preocupan por los mismos temas, por los mismos extremos, por los exactos problemas que me inquietaban a mi. Y todo ese conjunto de preocupaciones e inquietudes, tenían un nombre. O mejor dicho, una dirección. Una intención formal que puede tener mil formas de definirse — feminismo, búsqueda de la equidad, lucha de valores y derechos — pero que tiene la misma conclusión: la idea de una mujer libre de toda etiqueta social.

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