miércoles, 20 de febrero de 2019

Crónicas de la ciudadana preocupada: Seis escenas para comprender a Venezuela.





Un día de migraña. Tengo tantos que los colecciono como una pequeña selección de colores relacionados con el dolor. Hoy, el latigazo agudo que me recorre la sien derecha hacia la frente es rojo carmesí, con un toque de naranja plomizo. Las náuseas son verdes y el dolor de estómago, gris plata. Combinado a la vez, el conjunto parece un retable ruso o así me lo veo en mi mente. Mi imaginación da para todo.

En Venezuela, la tensión continúa siendo de un matiz insoportable, aunque no ocurre nada especialmente grave. Si usted no tiene una cuenta de usuario Twitter o no se asoma a una red social por algún motivo, podría creer que no ocurre nada en particular. Las calles continúan repletas de transeúntes, el tráfico como una cacofonía que irrita la placidez de los cielos muy azules y el aire transparente del país en que siempre es verano. Sentada en el jardin del edificio en el que vivo, llevo anteojos oscuros y un libro entre las manos. Mi médico insiste que la mejor solución para la migraña es tomar un poco de aire, alejarme de todos los motivos que me provocan ansiedad y estrés. De modo que aquí estoy, bajo el árbol de mango enorme que corona el jardín. Las raíces son tan enormes que traspasaron el concreto y ahora crean formas fabulosas — o a mi me lo parecen — bajo el suelo roto. La sensación es la que habito un espacio en el que país perdió forma. Es una imagen movediza de colores y formas que podría o no tener sentido. Cierro los ojos y me esfuerzo por relajar los músculos del pecho y los brazos, las manos aferradas a la solapa del libro. No puedo hacerlo.

Una vez leí en un viejo libro de biología que las hormigas tienen un instinto primitivo para descubrir cuando la tierra que habitan se volvió infértil, incapaz de permitirles continuar sobreviviendo en ella. La imagen que describe el texto era dolorosa y temible: las hormigas abandonan en largas filas ordenadas la tierra rota y seca, en búsqueda de otro lugar en el que encontrar lo que necesitan para prosperar. Ordenadas y sobre todo, supeditadas a la voluntad de la Reina, las hormigas obedecen a un instinto ciego de supervivencia, a una necesidad secreta y todavía sin nombre de encontrar una nueva región en la que la vida comience de nuevo, que sea cada vez más fuerte. Una forma de esperanza pequeña frágil, recién nacida de la tierra húmeda.

No sé muy bien por qué recordé esa imagen nnos días atrás, cuando leí un durísimo artículo del New York Time titulado “La generación perdida” que habla de quienes como yo, crecieron bajo el chavismo. De quienes como yo, apenas han conocido otra cosa que un país en escombros, destrozado por la violencia, las carencias y el miedo. De la generación que se hizo adulta sin hogar, con la noción “gentilicio” convertida en un tránsito entre la urgencia de emigrar y el país riesgo. Una huida forzosa, el desarraigo convertido en una forma de vida. Los ojos se me llenaron de lágrimas por la descripción sencilla de ese existencia a medias, de la ciudad rota y vacía, del país como una promesa rota. No sólo porque me vi reflejada — imposible que no sucediera — sino por la sensación abrumadora que realmente, una parte de mi vida — de mi juventud, mis esperanzas, de mi noción sobre Venezuela como proyecto a futuro — se perdió en mitad de una batalla política en la que gané muy poco y perdí tanta cosas que ahora mismo, resultan incontables. De pronto, el país se convirtió en una cárcel, en una puerta cerrada. En una grieta abismal capaz de devorar cada parte de mi vida hasta transformarla en algo distinto, impensable. Doloroso.

Por supuesto, no se trata de otra cosa de una particular forma de desarraigo que te hace sentir que eres una extranjera en tu propio país, que añoras una Venezuela que jamás existió — o quizás sí, pero que sólo conociste a medias, en mitad de un lento desplome casi invisible — y que de pronto, todas las piezas parecen calzar para crear el escenario de una gran tragedia. Hará unos años ya, una amiga muy querida me escribió un largo correo recordándome que Venezuela siempre fue la misma, que el resentimiento, el odio clasista y la violencia siempre estuvo allí, solapado y oculto bajo una ceguera colectiva que nos ha costado el futuro. La frase me aterrorizó y por horas, la repetí en voz alta, con las manos húmedas de sudor nervioso y una sensación de miedo tan aguda que apenas podía contenerla. ¿Venezuela siempre estuvo al borde de esta debacle? ¿De este horror? ¿De este dolor sin forma y sin sentido?
- Lo estuvo — dice mi amiga cuando la telefoneo, horas después — Venezuela era una bomba de tiempo y el chavismo fue el catalizador de muchas cosas. Fue la forma en que ese odio antiguo, condensado y viejo del Venezolanos contra Venezolanos, se elaboró a sí mismo. De manera que no hay país al cual volver, tampoco recuerdos reales. Nos hiere la nostalgia por un país que no existió.

Le rebato la idea. Le hablo del país con los automercados a rebosar de productos, de las noches cosmopolitas, de todas las expectativas abiertas a rebosar. De ese país en que había la noción de crear algo real a partir de sus fallas. La Venezuela perfectible, la concepción del futuro como parte de la conciencia de hogar. Mi amiga suspira, me escucha con paciencia. Por último guarda silencio.

- Hubo un país que ocultaba con bonanza sus grietas más profundas. Chávez también lo hizo mientras pudo — me responde por último — pero el problema de Venezuela es que siempre ha sido un país a medias, en tránsito hacia algo más. Una ilusión muy frágil.

¿No había dicho Cabrujas algo parecido? Me pregunto con un sobresalto luego de colgar. ¿Un país sin identidad, a medio construir? La frase me atormentó por días. La pienso a toda hora, después de leer el artículo del New York Time, de analizar mis propias expectativas. De simplemente preguntarme si los años perdidos de mi vida son ahora un peso en mi conciencia, en mi forma de analizar el futuro. Si los años que perdí en medio de la trampa de la esperanza o algo más temible — esa percepción que lo que ocurría en Venezuela era por completo transitorio o al menos, había la posibilidad de la reconstrucción a medias — me arrebató una parte de mi identidad, de mi forma de comprender el mundo. De la forma en como intento comprenderme en medio de la debacle.

***

Últimamente, pienso mucho sobre la comida. Lo que comeré, lo que necesito comer, si en el futuro podré adquirir cualquier alimento en medio de la hiperinflación que atraviesa mi país. Es un pensamiento tenebroso y persistente, que me acompaña a todas partes como una obsesión privada. Me quedo de pie mirando los anaqueles abiertos. Unos cuantos alimentos enlatados, verduras. En el refrigerador, carne pulcramente empaquetada. Puedo adquirir aún lo que para la mayoría de los venezolanos es prohibitivo, un lujo impensable casi. Pero ¿Hasta cuando podré hacerlo? Trabajo más de lo que jamás en mi vida para recibir el mínimo salario que creí obtener. Me lo digo cuando sostengo una de las latas de atún, otra con granos procesados. Una pequeña colección de supervivencia. ¿Aún puedo? ¿Cuando no pondré? Cuento las lascas de bistec, hago un cálculo mental. ¿Doce días? ¿Quizás sólo diez? ¿Cuál será su precio para entonces? ¿Podré alcanzarlo? Me tiemblan las manos cuando ordeno las pequeñas bolsas de verduras y legumbres. Papas, zanahorias. Una bolsa de lechuga fresca. ¿Suficiente para una semana? ¿Algunos días más? ¿Luego qué? Cierro la puerta de refrigerador con los labios temblando de miedo. Las manos aferradas al metal con fuerza. Tengo miedo. Mucho miedo.

Crecí en un país al borde del desastre pero nunca supuse la rapidez como cada cosa en Venezuela perdería el sentido y la forma, la coherencia, la mera posibilidad del propósito. En medio de la debacle, tengo la sensación contraria que huyo de una criatura de mil fauces abiertas, babeantes. Una criatura cada vez más grande, invencible. Miro sobre el hombro y la figura monumental que me persigue parece extender las garras, aplastar todo a su paso. Edificios, las diminutas siluetas de hombres y mujeres, automóviles, esperanzas, luces y sombras. La oscuridad está en todos lados. La oscuridad es hedor que parece invadir todos los lugares. Ese silencio sin forma y sin sentido del terror al futuro.

Sonrío en medio de las lágrimas. La crisis no tiene tanto colorido como los meticulosos colores que le da mi imaginación. La realidad es mucho más despiadada: catorce papas, seis zanahorias, una lechuga que comienza a afearse en los bordes de sus hojas crujientes. La oscuridad está por llegar, me digo casi sin poder evitarlo. El monstruo aciago, la simple desesperanza, más pesada que cualquier fantasía.

A eso me enfrento a diario. A eso me pregunto si sobreviviré.

***

En Venezuela, los días transcurren en cierta calma plomiza salpicada con una tensión inexplicable. Una combinación agotadora que termina por vencer tu resistencia de vez en cuando. Hoy caminaba por la calle en la que he vivido por más de veinte años y tuve que detenerme, con la respiración acelerada y el corazón latiendo tan rápido que resultaba doloroso. De pronto, tuve el espantoso pensamiento de no reconocer la esquina que tantas veces crucé de niña, o los edificios que he visto envejecer desde que tengo memoria. Una extraña, me dije agobiada por un tipo de angustia difícil de definir. Una mujer que perdió el lugar en el que nació, a pesar que sigue viviendo en la misma tierra. ¿Qué clase de fenómeno es este? Me pregunté con los puños apretados, en un intento desmañado de contener las lágrimas. ¿Qué clase de horror mínimo es este miedo que me acompaña a todas partes? Los transeúntes a mi alrededor me miraban al pasar: Uno de esos gestos rápidos y desconfiados. Sin duda, tenía un aspecto enajenado, con el cabello en desorden, el rostro pálido, el cuerpo rígido. De pie en mitad de la calle. Me obligué a caminar, con la extraña sensación de llevar un peso a la espalda con el que apenas puedo lidiar. ¿Qué ocurre conmigo? ¿Qué pasa con mi mente?

Por supuesto, que mi calle no es la misma calle en la que corrí y monté bicicleta en innumerables ocasiones. La mitad del asfalto está roto y destrozado, abierto en dos partes como si una catástrofe monumental hubiese destrozado el paisaje urbano. Las paredes están llenan de pintas, garabatos inentendibles, consignas gubernamentales, agujeros de balas. Las esquinas, repletas de basura a medio descomponer. El zumbido de las moscas está en todas partes. Mientras camino a paso rápido sin mirar a ninguna parte más que al frente, me pregunto cuando el país que una vez creí era el mundo entero se transformó en este espectro de sí mismo. En este horror sin nombre ni medida, sepultado en medio de un tipo de destrucción dificil de explicar. No lo sé, me digo con las lágrimas de nuevo cerrándome la garganta. Todo ocurrió muy rápido, muy pronto o quizás, simplemente el potencial bajo el horror siempre estuvo bajo la superficie del país que amé, que desconozco y que sin duda, quizás llegue a odiar.

***

Mi amiga María siempre soñó con el día en que podría independizarse de la casa paterna. Como la más pequeña de seis hermanos, desde muy joven tuvo muy claro que una de sus grandes metas personales era encontrar un espacio propio, un lugar que pudiera considerar de su propiedad. Más de una vez, me habló que el resto de sus proyectos no eran tan prioritarios como ese y que de hecho, cualquier otro, tendría que esperar hasta que pudiera lograr el principal, el que siempre había sido su esperanza más personal. Una perspectiva muy concreta de su vida futura.

Hace un par de días, María cumplió treinta y un años y aún vive en su vieja habitación de soltera en casa de sus padres. Dentro de seis meses espera emigrar a Cleveland, donde la espera el sofá de un buen amigo de la familia y un nuevo trayecto a ciegas en busca de la tan ansiada independencia. Mientras empaqueta sus tres décadas de vida, me cuenta en voz alta que probablemente, nunca podrá perdonar al país — y quizás, así misma — los años de frustración, dolor y finalmente resignación al comprender que uno de sus principales perspectivas personales estaba destinada a no realizarse, a formar parte de esa gran y quebradiza incertidumbre que es el futuro de Venezuela. Para María, la noción de gentilicio parece enredarse — confundirse — con ese sabor agrio del no ser, no existir, no lograr construir un panorama real sobre lo que desea para si misma en el país que la vio nacer.

— Me llevó años aceptar que jamás podría tener un techo propio en este país. No en estas condiciones, no en esta perspectiva de futuro — me comenta. Toma un puñado de camisetas de la cama revuelta y escoje sólo un par, muy sencillas. El resto — parte su preciada colección de curiosidades estampadas, algunas que siempre consideró su favorita — van a parar a la caja de cartón en el suelo. Los recuerdos fragmentados, olvidados, desterrados incluso antes que María abandone el país — cuando aceptas eso, cuando asumes que esto es todo lo que puede ofrecerte Venezuela, se te rompe el alma. Se te abre una brecha de lo que necesitas para ti misma, lo que aspiras y lo que puedes obtener. Y en base a eso decides, asumes las consecuencias.

María es contadora. Trabaja en una respetable oficina de Caracas, disfruta de un buen salario. Pero a pesar de eso, el costo de una vivienda en la ciudad excede cualquier intento suyo de adquirirla: No sólo cualquier inmueble quintuplica su salario básico sino que además, su capacidad mínima de ahorro. Finalmente, decidió alquilar un pequeño apartamento en una zona residencial de Caracas. Apenas podía costear el altísimo precio de alquiler: casi todo su salario mensual y pronto, admitió que no podría hacerlo por mucho tiempo. Descorazonada, intentó entonces una opción intermedia: Por años, María intentó lograr la tan ansiada independencia compartiendo habitación y costos con compañeras de apartamento ocasionales. La experiencia resultó mucho más dura de lo que había supuesto; Sufrió robos, luego una convivencia difícil con dos desconocidos y por último, cuando el costo de la habitación que ocupaba aumentó por quinta vez en el año, decidió regresar de nuevo a casa de sus padres. La misma noche en que lo hizo, decidió emigrar de Venezuela.

— Comprender que no lograrás una meta básica te deja sin armas, sin expectativas — dice en voz baja, casi como para si misma. Suspira. Se queda sentada en mitad de la habitación, rodeada de cajas abiertas, una enorme maleta a medio llenar, la ventana abierta donde la calle de la infancia parece más pequeña y ruinosa que nunca — no puedo mirarme a través de esta Venezuela limitada y limitante, no quiero.

Escucho a su madre caminar por el pasillo. Probablemente nos estaba escuchando, en la oscuridad del pasillo vacío. María se encoge de hombros, aprieta los labios. La decisión del país no ha sido sencilla, mucho menos fácil de llevar a cabo. Tuvo que vender su pequeño automóvil, todas sus pertenencias. Sus padres le obsequiaron sus ahorros. “Un cheque. Mi papá me lo puso en las manos” me cuenta con lágrimas en los ojos “Te me vas y te recuperas de este país que enferma. No se lo quería aceptar, pero luego lo hice. No tuve otra opción. Quisiera haberla tenido”.

No sé que responder. Nos quedamos callada en esta oscuridad cálida del enero tropical, donde nunca hay frío, sino un viento que refresca, que limpia. Hace años, María me decía que de emigrar, se despertaría a media noche pensando en ese viento de montaña, en Caracas como la recuerda de su infancia. Hoy sonríe con amargura con el pensamiento.

— No me cabe el país en la maleta — murmura — tampoco los recuerdos. Y menos este país que pesa como cien historias tristes.

Cuando nos despedimos, me sobresalta el pensamiento que probablemente no volveré a verla en años. O quizás jamás, pienso con un escalofrío cuando lo abrazo. Otra ausencia que se superpone a otra. Otro silencio en un país que poco a poco se desangra, se queda sin rostros, sin historias, sin recuerdos. Sin identidad.

Dentro del supermercado, todo tiene un aspecto metálico, duro y un poco destartalado. Me sorprende ese aire casi militar de los anaqueles repletos del mismo producto hacia el infinito, un método ingenuo para disimular los numerosos productos que faltan. Agotada por la espera en la calle, me apresuro a tomar los paquetes de arroz, café y azúcar que me corresponden y vuelvo a formarme en fila frente a la caja registradora. Una veintena de clientes me preceden, incluyendo a la anciana preocupada y al hombre con la niña en brazos.

Y de pronto, como una enorme ironía en este país lleno de ellas, las luces del supermercado se apagan. Un chasquido elocuente y duro que llena la oscuridad como un eco malsano. Me quedo con las bolsas apretadas contra el pecho, consciente de la oscuridad del apagón y esperando las luces de emergencia. Pero la oscuridad se hace un espejo de incomodidad y miedo, repleta de voces y jadeos. Alguien suelta una carcajada triste, monótona.

— ¿Qué mierdas pasa en este país? — grita entonces la misma persona que río en voz alta y que no puedo ver entre las sombras. Alguien cierra las puertas mientras el tumulto en el exterior comienza a avanzar hacia las rejas. Los militares armados se plantan al frente y por un segundo, tengo miedo de lo ocurrirá en pleno apagón, de lo que pueden ocultar las sombras. Cuando uno de los empleados me arrebata las bolsas de café y azúcar con un gesto firme, no hago nada por detenerlo. Se lo permito con una pasividad que tiene mucho que ver con el miedo que me sofoca. ¿Qué ocurrirá ahora? ¿En qué nos hemos convertido?

Pero no ocurre nada y supongo que debo agradecerlo. Una puerta lateral del supermercado se abre y un hombre gordo que se identifica como el gerente del establecimiento nos invita a salir de manera ordenada. Hay voces de protesta, alguien asegura que no se moverá de allí hasta que llegue la luz. Hay forcejeos, gritos entre las sombras con olor a sudor que nos rodean. Asustada, avanzo entre los pasillos a oscuras con las manos extendidas hacia la luz y por último, corro hacia la calle.

No miro hacia atrás hasta unos cientos de metros más allá. La calle rebosa por el descontento, la rabia, el miedo. El supermercado a oscuras tiene el aspecto tétrico, en mitad de la calle llena de una multitud enfurecida y rodeada por el tráfico caótico. Y ahora sí, no puedo contener el llanto. Lo hago de pie, como abandonada, mientras transeúntes de rostro abrumado me tropiezan al caminar. No dejo de mirar el supermercado, la ola de gente que avanza y golpea las paredes. No dejó de sentir miedo — real, puro, doloroso — por lo que ocurre, por lo que ocurrirá en el futuro y que no tengo idea de qué podrá ser. Y mientras lloro, pienso en el desamparo, en el país sumido en el caos y la amargura. En el ciudadano desposeído y con los brazos vacíos. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Quiénes somos ahora?

Sigo sin encontrar respuesta. Supongo que nunca la tendré en realidad.

***

La migraña no mejora, de modo que regreso a casa y me tiendo en la cama, con las ventanas de la habitación corridas y música suave por compañía. Pero tengo la sensación que escapo, que no sé a dónde dirigirme, que no tengo la menor idea de qué ocurrirá hoy o cualquier día, en este país que se desmorona con lentitud, que carece de forma y sentido. Que es sólo un mal recuerdo que soy incapaz de atesorar.

martes, 19 de febrero de 2019

Crónicas de la Nerd Entusiasta: Todas las razones por las que “The Favourite” de Yorgos Lanthimos debería ganar el Oscar a mejor película.






Un día del mes de enero de 1711, la Reina Ana de Inglaterra despertó de un inusual buen humor: para entonces, la última Monarca Estuardo era considerada no sólo de un carácter imprevisible sino con toda seguridad, la reina más impredecible de una larga sucesión de cabezas coronadas de dudosa cordura. La corte entera conocía el impulso de Ana por la extravagancia y las decisiones sin sentido, pero ese día, terminó por desconcertar incluso a sus consejeros más antiguos y curtidos. Sin que nadie supiera el motivo, la Reina nombró a una antigua camarera y además, parte del personal de cocina del palacio como la encargada del Monedero Privado de su majestad, lo que la convertía en la tercera persona más importante del reino, sólo por detrás del Chambelán y del consejero de cama de la Reina. Con ese golpe del destino, Abigail Hill entraba a la historia y su prima, Sarah Churchill, la duquesa de Marlborough, caía en desgracia. Lo demás, es una narración confusa sobre los entuertos del poder que terminó con destierros, asesinatos e incluso, con una que otra decapitación.

El director Yorgo Lanthimos toma este pequeño revés histórico de personajes no del todo conocidos y lo convierte en el germen de una de las mejores películas del año 2018: “The Favourite” no sólo es un compendio de inteligencia argumental, un sólido guión de giros brillantes, sino una rareza escénica que sorprende por su buen gusto. De la misma forma que Shakespeare en su oportunidad, Lanthimos asume los asuntos de estado y los entresijos del poder como una poderosa variación de todo tipo de identidades y elaboradas contraposiciones de las diferentes facetas de la manipulación en las alturas de la jerarquía social. Con su relato blasfemo, intelectual y perverso sobre las luchas de poder entre encajes, pelucas y corset, Lanthimos alcanza un nuevo nivel en su noción sobre la belleza, la especulación histórica y la recreación profana sobre los pecados espirituales que llenan su obra cinematográfica.

Los dramas de época suelen enfrentarse a la extraña paradoja de construir una historia comprensible dentro de su contexto y que además, resulte de interés para un público que quizás no se encuentre del todo familiarizado con los hechos históricos que cuenta. Un ejemplo ideal de esa dicotomía, es la película “Anne of the Thousand Days” (1969) de Charles Jarrott, en la cual los conflictos de la Corona Británica atraviesan cierta percepción sobre lo extravagante que raya en lo monstruoso. Versión libre sobre la historia de amor, dolor y muerte entre Anna Bolena y Enrique VIII, el argumento debe lidiar con los inevitables estereotipos sobre ambos personajes pero sobretodo, con el hecho que protagonizaron sucesos históricos de enorme importancia Universal. De modo que el director se toma una considerable cantidad de tiempo para analizar el contexto y también, para redundar en largos diálogos explicativos para mostrar al público la Inglaterra bajo el puño del libertino más conocido y contumaz de la historia del país. Con todo, la película equilibra la versión sobre lo ocurrido entre Enrique y la más famosa — y quizás trágica — de sus esposas, con una mirada cínica que responde no sólo a la perspectiva del guión sino también, la concepción de la época sobre las relaciones entre hombres y mujeres.

El director Yorgos Lanthimos parece haber analizado la obra de Jarrot al momento de crear el mundo en que se mueven los personajes de su película “The Favourite", un fresco sobre la corte de la Reina Ana de Inglaterra de impecable factura histórica pero con un profundo trasfondo cínico que la convierte en una obra difícil de clasificar a priori. La película — que podría ser tanto un drama como una comedia o algo en mitad de ambas cosas — reflexiona sobre las intrigas políticas, celos, envidias y rivalidades en la corte Inglesa del siglo XVIII desde cierto aire de parodia, que sin embargo tiene un evidente trasfondo oscuro. Lanthimos, especialista en crear situaciones límites y cuya obra está llena de elementos angustiosos sobre el bien y el mal como una correlación de valores, toma la vida palaciega de la Reina Ana para construir una percepción sobre lo absoluto y el juego de poder, que supera con creces cualquier análisis más formal o enfocado al realismo histórico en estado puro. Lanthimos es cruel con sus personajes, pero también, mantiene una tensión elemental que los dota de todo tipo de matices: Olivia Colman, Rachel Weisz y Emma Stone brillan bajo una dirección que les permite experimentar con todo un juego de luces y sombras morales, que a la vez reconstruye la percepción sobre la capacidad del poder para crear espacios seguros.

De ser un libro, “The Favourite” podría considerarse parte del género inmortal de la picaresca. En la pantalla grande, los encuentros y desencuentros de la última soberana británica de la casa de los Estuardo tiene algo de drama, mucho de comedia involuntaria y un grupo de extrañas secuencias sexuales, que tiene la cualidad de convertir la película en un fresco inclasificable sobre la ambición femenina, el deseo sexual y la violencia. Pero Lanthimos avanza más allá y añade a la película el ingrediente de la provocación en mitad de una época como la nuestra, en la que lo políticamente correcto parece inevitable e incluso, imprescindible. De manera que el director junto con los guionistas Deborah Davis y Tony McNamara, convierten a “The Favourite” en una extraña combinación de extremos: Emma Stone ríe a carcajadas mientras bromea sobre la violencia sexual, al tiempo que la mayor parte de la corte se horroriza por lo que está ocurriendo justo bajo las narices de la Reina Ana, a saber una traición de alto nivel, todo tipo de intrigas y una sutil trama de corrupción que atraviesa los lujosos vestidos de los cortesanos entre sobornos y traiciones. Entre mujeres poderosas, otras fatales y algunas decididamente violentas, The Favourite es la obra más accesible de su director pero también, la más corrosiva sobre los peligros del poder y la ambición.

Claro que para Lanthimos, el hecho del poder tiene una inmediata relación con una furia existencial no resuelta que se manifiesta a través de sus personajes, como fragmentos de una historia en suspenso que no se muestra del todo clara. Olivia Colman interpreta a la Reina Ana y lo hace desde dos perspectivas distintas: Por un lado, es la mujer gorda y profundamente abatida, que debe mantener el poder a pesar de sus dolencias, angustias existenciales y una clara necesidad de comprenderse fuera del trono. Pero también es una soberana de temer, con un refinado sentido de la venganza y una concepción de la violencia más que peligrosa. Ana es una gobernante que no está del todos segura sobre sus habilidades y quizás, ese es su rasgo más amenazante. Sin planes ni referencias intelectuales, la Ana de Coldman va de un lado a otro de su enorme y tenebroso castillo, asediada por las dudas pero también con la convicción que necesita reafirmar su figura y poder. A su lado, se encuentra Lady Sarah Churchill (Rachel Weisz), quien además de confidente y amiga, es la amante de la Reina. La combinación resulta explosiva, porque Lady Sarah es una mujer violenta con una inteligencia sutil y despiadada que no dudará en utilizar el poder a su conveniencia. En el telón de fondo de la historia, Lady Sarah es el reflejo de un tipo de manipulación certera y consecuente, que convierte a la idea entre el bien y lo temible, como una concepción de la voluntad soterrada y misteriosa. Weisz crea el que es quizás el mejor personaje de la película, con una extraña concepción de la oscuridad interior de quienes gravitan alrededor del poder y sus recovecos. La actriz, que domina el arte de una mesurada y casi contemplativa malicia, dota a su Lady Sarah de una profunda capacidad para convertir toda circunstancia en un puente para su beneficio personal: de modo que mientras acaricia los doloridos pies de la Reina Ana — y complace algunos apetitos menos inocentes de la soberana — Sarah deja correr la idea que se deberían duplicar el coste de los impuestos para financiar la interminable guerra con Francia. Ana, desosegada y enfurecida, la escucha, pero no sospecha que las cuidadas reflexiones políticas de su amante tienen relación con el que hecho que el duque de Marlborough (Mark Gatiss) marido de Sarah, se encuentra al frente del ejército y está logrando una serie de resonantes victorias. La línea argumental parece enriquecerse a medida que Lanthimos hace más compleja las relaciones de poder, pero además, elabora un mapa de ruta entre negociaciones, temores y sobresaltos que acaecen en una corte que languidece en medio de las decisiones impulsivas de la Reina.

En medio de este tenso paisaje, llega Abigail (Emma Stone), un pariente pobre de Lady Sarah que intenta disfrutar de las encumbradas relaciones de su familia con la corona británica. Abigail es en apariencia inocente, aplastada por el dolor y la angustia, una versión tragicómica de la Cenicienta. Stone, con su habitual capacidad para enfocar su gestualidad en una forma de elaborada concepción de la identidad, transforma los sentimientos invisibles de su personaje en una singular colección de matices de la maldad. Abigail — la verdadera — se esconde bajo la frágil apariencia de una mujer torpe. Pero en realidad, la inteligencia casi diabólica que se esconde bajo su etérea belleza, tiene una relación directa con la connotación concreta de algo más obvio: Abigail es peligrosa. Emma crea Stone dota su personaje de una delicadeza que es pura amenaza: su personaje recuerda a la May Welland de Winona Ryder en The Age of Innocence (Scorsese — 1993) con su intuición diabólica y su frialdad interior inquietante. Con cuidado, la actriz sustenta un personaje que tiene mayor valor por lo que esconde que con lo que muestra: cuando Lady Sarah le envía a la cocina del Palacio, no sospecha que Abigail, con su aspecto apesadumbrado y pesaroso, es en realidad una sofisticada bomba de relojería a punto de estallar. Abigail no tarda en descubrir que la Reina Ana necesita un tipo de “atenciones” que harán su vida en el palacio más sencilla y se las prodiga con toda su experta experiencia de una vida misteriosa que apenas podemos sospechar. Para el segundo tramo de la película, Sarah y Abigail sostienen una lucha por el interés de la Reina, que Ana no sólo disfruta sino también alienta. Para entonces Lanthimos construye el hilo conductor de la película que se sostiene por completo en una cierta maldad interior apenas sugerida. Los personajes batallan, luchas, se alían entre sí, intrigan. Su visión de la crueldad es por completo contemporánea y se basa en la concepción del director sobre el hecho de la soberbia y el odio como motores de batallas intelectuales de altos vuelos. Con su espectacular puesta en escena y lujosa cinematografía, “The Favourite” es un discurso en paralelo sobre el poder y los peligros de la manipulación torpe, a mitad de camino entre el peso de una reflexión sobre la historia como reflejo del miedo social y algo más irreverente. Lanthimos no teme añadir perspicacia, malicia y una violencia soterrada a la historia, a la que sus personajes responden reflejando con enorme vitalidad la batalla por la preeminencia por el control de un tipo de influencia sobre el poder que tiene mucho de contemporáneo.

La tónica sobre lo mecanismos del poder y la influencia política se ha tocado a profundidad durante este año: Adam McKay elaboró una concepción sobre la manipulación en las altas esferas de poder en tono casi cruel en “Vice”, en la que la figura del Vicepresidente Dick Cheney encarna un tipo de voluble y pendenciera asimilación del actor político como una herramienta de voluntad deformada por la ambición. Pero Lanthimos no se toma tanto en serio el escenario: Su puesta en escena tiene la brillante escenografía de Sandy Powell pero la maliciosa crudeza de Peter Greenaway. Nadie es inocente, en medio de esta extrañísima reflexión sobre el bien y el mal, la alegoría trágica y la búsqueda del sentido profano en el norte político. Al contrario de otras películas de época, Lanthimos no se molesta en dotar de reflexiones sesudas o de contexto a su obra. La crueldad contemporánea está allí y también, la convicción sobre las pequeñas rarezas del espíritu humano convertido en lucha de valores. Para Lanthimos — alejado de las fórmulas de Hollywood acerca del tema — lo político es un potente instrumento de voluntad, un reflejo de penumbras y virtudes. Una mirada casi jubilosa sobre el mal.

No es la primera vez que un director se atreve a utilizar el ámbito sustancial de lo político como telón de fondo para tratar temas más emocionales. La película “Elizabeth” (1998) de Shekhar Kapur, es una combinación entre un thriller político de alta factura, un drama con motor histórico conmovedor pero también un retrato más o menos fidedigno de una mujer poderosa. Para la ocasión, el director resumió la figura de Elizabeth en varios puntos esenciales pero además, construyó un discurso a su alrededor que enlazó los detalles históricos hasta crear algo más poderoso que la única imagen de la Reina Virgen, encarnada con una asombrosa fuerza por la debutante Cate Blanchett. La Elizabeth de Kapur no sólo es poderosa sino también, creíble. Eso, a pesar de su gran cantidad de problemas de fondo y forma, en especial las muy criticadas salvedades históricas que durante buena parte de la promoción de la película se señalaron con insistencia despiadada. Enfundada en espléndidos trajes plagados de errores históricos — como el uso de telas, colores y joyas — y en medio de escenarios rutilantes, Kapur se enfrentó con el reto de hacer creíble una producción parcialmente verídica. Y lo hizo, gracias a su sabía combinación de buena dirección y a la vez, sensibilidad hacia su personaje. Kapur optó por sostener una versión casi trágica de Elizabeth, además de añadir una profunda mirada a su mundo interior, desde la infalible versión de “lo que pudiera haber sucedido sí…”, un recurso ucrónico que en la ficción del director, ensambla las piezas del argumento con una facilidad casi engañosa. Kapur admitió en más de una ocasión estar más interesado en la verdad emocional que en la histórica: “ Tome una decisión entre si quería que mostrar los detalles de la historia o las emociones de la Reina, no importa si eso significara alejarme de la esencia de la historia”, admitió Kapur durante la promoción del film. Y aunque grupos de historiadores tacharon a la película de falaz, poco convincente y por momento maniquea, Kapur esquivó los obstáculos con enorme elegancia: El resultado fue una película en la que Elizabeth existe como entidad, que se sostiene sobre una base histórica firme y construye una idea brillante sobre las implicaciones del poder.

Lanthimos toma el testigo de Kapur pero se aleja por completo de la lóbrega y severa belleza de “Elizabeth” para crear un trasfondo juguetón y perverso. Hay un elemento absurdo en toda la concepción de la película, como si las escenas pasaran por un extraño filtro deformado. El trabajo visual de Robbie Ryan logra crear un efecto realista y a la vez levemente onírico: el contraste crea momentos de extrema belleza y otros, tan singularmente caóticos que la película parece discurrir en dos realidades distintas. El lente de gran angular deforma la imagen y el espectador tiene la oportunidad de mirar el mundo a través de los ojos angustiados de la Reina Ana — que según crónicas de la época sufría de gota y una severa miopía — y a la vez, desde la nitidez furiosa de Lady Sarah, que analiza la realidad con severa impaciencia. La rareza de comprensión de Lanthimos sobre la realidad avanza y se congrega sobre lo evidente hasta crear un lugar claustrofóbico en el que de una manera u otra, todos los personajes convergen.

La película es una pieza de arte en movimiento: desde los largos escenarios de belleza pulcra — e iluminados con luz natural — hasta los amplios paisajes angulares, Lanthimos va de un lado a otro creando una percepción de la realidad que pespuntea con elaboradísima precisión. Los momentos más extraños del guión, vienen acompañados por la música de Handel, Purcell y Vivaldi, para luego retomar el ritmo de ese contemporáneo misterioso que subsiste bajo la trama e incluir algunas tonadas de Elton John. Con mucho mejor tino de lo que en su oportunidad intentó Sofía Coppola en “Marie Antoinette” (2006), los cambios de planos temporales calzan con la precisión de una pieza exuberante en un rompecabezas de colores radiantes. El resultado de semejante combinación, es que permitir que la trama se mantenga llena de brillo y conmovedora gracia: Lanthimos quiso dotar a su película de un peculiar encanto y no sólo lo logra, sino que además elabora un sentido del absurdo que sostiene con firmeza la convicción del arte y la perversa noción del poder con buen pulso.

Al final, es evidente que Lanthimos disfruta de sujetar y sacudir el estatus e influencia de sus personajes con reveses de fortuna, crueldad inusitada y el despertar inclemente de la noción de la fragilidad de sus posiciones en el mundo. Desde la Reina Ana -centro motriz de un nuevo tipo de maldad convertida en reflejo casi lascivo de la debilidad moral — hasta la desgraciada Lady Sarah, el juego de la historia tiene un componente patético y desigual que la historia de Lanthimos capta de manera magistral. Una página oscura de una cronología doliente, una versión de la sombría de la naturaleza humana. Quizás, la más verídica posible.

viernes, 15 de febrero de 2019

Crónicas de la lectora devota: The Collected Schizophrenias de Esmé Weijun Wang.






Con frecuencia, la literatura que analiza la salud mental y temas análogos, lo hace desde una perspectiva fría, una enumeración de síntomas más o menos coherentes que intentan mostrar una conclusión asertiva sobre la forma en que nuestra mente funciona. Por eso, el libro “The Collected Schizophrenias” de la escritora Esmé Weijun Wang sea toda una rareza en su género. Y lo es porque Wang no sólo está interesada en la salud mental como tópico, sino también, como emblema del poder personal. No en vano, la autora ha debido lidiar desde su niñez con el dolor de una dolencia psiquiátrica: a los ocho años fue diagnosticada por primera vez debido a sus alucinaciones. Veinte años después despertó y al mirar la luz del amanecer, tuvo la firme sensación que acababa de morir. No se trataba sólo de una mirada a su mortalidad, un temor poco elaborado o un estado de duermevela. Estaba muerta, o eso creyó Wang cuando se sentó sobre la cama y toda la realidad a su alrededor se distorsionó por entero. Tardaría meses en recibir el diagnóstico del padecimiento que le provocó la experiencia, pero durante esas primeras horas, el Síndrome de Cotard — una psicosis que altera al cerebro y le convence de un delirio momentáneo sobre la muerte — le hizo comprender que la mente es algo más que un conjunto de ideas alineadas bajo cierta percepción de la realidad. Wang logró recuperarse pero mientras atravesó los momentos más bajos de su padecimiento, logró vislumbrar el poder — terrible y a la vez fascinante — de los estados alterados de la conciencia humana.

Por completo recuperada de su experiencia, la escritora dedicó casi década y media a la investigación sobre casos al semejante al suyo, pero también, una ambiciosa mirada al mundo de los trastornos psiquiátricos. Para Wang, la salud mental no es sólo una mirada al comportamiento social o cultural, sino también un rasgo de identidad casi espiritual que debe ser analizado desde un cuidadoso punto de vista. Su libro es una inteligente reflexión sobre el hecho de la mente como territorio desconocido: Wang medita sobre los alcances de lo que consideramos realidad y las relaciones de esos límites, con nuestra mente como expresión del individuo. Como investigadora formada en la Universidad de Stanford, Wang lleva a cabo un recorrido a través de la historia de las enfermedades mentales, pero lo que es aún más importante, su peso e importancia sobre la vida cotidiana. Para la escritora, cualquier trastorno mental no es sólo una puerta abierta hacia la distorsión de lo que consideramos realidad, sino también, la forma en que concebimos los espacios mentales que pueden definir a cualquiera de nosotros. Desde esa premisa “The Collected Schizophrenias”, abarca una buena variedad de temas, en forma de cortos ensayos que meditan sobre la posibilidad que nuestra capacidad para el discernimiento, la comprensión y el sustento de la salud mental, radican sobre el tiempo, la realidad como interpretación y la capacidad para analizar lo que nos rodea, como estímulos precisos. A primera vista, la aproximación parece sencilla pero Wang logra englobar todo tipo de aspecto disímiles alrededor de la experiencia cognoscitiva sobre el origen de las dolencias psiquiátricas. Wang toca todo tipo de experiencias: desde la práctica del investigador en busca de la creación de una visión mucho más amable y accesible de las enfermedades mentales hasta la vida — y suplicios — en una institución psiquiatra. Para Wang, la percepción sobre lo psiquiátrico es una versión profunda sobre la mente humana como núcleo creativo, pero también, como expresión de los misterios de nuestro comportamiento. Wang no olvida ningún matiz y dedica textos completos a temas tan poco analizados como la opinión cultural sobre el suicidio — “No se es cobarde sólo por no sentir el impulso de vivir” dice — y otras mucho más sutiles, como la conexión entre la salud psiquiátrica y la concepción del valor moral del bien y del mal. Con una sutileza que sorprende, Wang teoriza sobre el hecho de la salud mental como puente entre el análisis entre el poder individual y algo mucho más indefinible. “Se insiste en la normalidad como un tipo de sostén sobre la capacidad de quienes somos dentro de la cultura, cuando no se trata de una percepción válida” sentencia y a partir de ese sustrato — que atraviesa la manera como la cultura asume el bienestar psiquiátrico — la escritora reconstruye la idea de lo real, lo verídico y lo poderoso en la vida cotidiana.

Tal vez por ese motivo, el libro no se toma concesiones y desde la primera línea, deja bastante claro que lo que contiene las siguientes trescientas páginas, es un compendio de reflexión sobre la naturaleza del hombre y su relación con su inmediato entorno. “La esquizofrenia aterroriza” dice Wang y no se molesta en profundizar o explicar la frase. Quizás no lo necesita. Después de todo, incluso en nuestra época, la enfermedad continúa siendo un genuino misterio médico. Desde los arquetipos de la Cultura Pop — “Para la mayoría, un esquizofrénico es una criatura brillante y esquiva atrapada por sus dolores” — hasta las vagas descripciones médicas, los trastornos de la percepción parecen evadir una explicación sencilla. Para la escritora, se trata de un doloroso fenómeno con el que tuvo que lidiar durante su recuperación e incluso, después. “Con frecuencia, quienes me rodeaban hablaban sobre mí en tercera persona. Como si no existiera realmente, sino que fuera la imagen refractaria de un ser humano incompleto” cuenta y añade “La gente habla de esquizofrénicos como si estuvieran muertos sin estar muertos, desaparecidos ante los ojos de quienes los rodean”. Para Wang, los trastornos psiquiátricos son una batalla silenciosa que nadie toma en serio “Las catástrofes de la narrativa de nuestra historia — guerra, muerte, violencia — son parte de lo que creemos real, pero la primera lucha ocurre en nuestra mente”. Más adelante explica la locura con una delicadeza que conmueve “La locura nos asusta porque somos criaturas que anhelamos la estructura; Dividimos el tiempo y estamos convencidos que esa división es correcta, que tiene una influencia directa con la realidad que nos circunda. los días interminables en años, meses y semanas (…) Y aún así, la lucha contra la entropía interior es por completo inútil ante la esquizofrenia, que elude la realidad a favor de su propia lógica interna”.

Lo más intrigante en el conjunto de textos, es el hecho que Wang recopila sus conclusiones desde dos fuentes distintas: Estadísticas enterradas en oscuros estudios Universitarios que pocos psiquiatras utilizan al momento de revisar la percepción sobre la salud mental y su experiencia. Ambas cosas, crean y sostienen un recorrido por el hecho psiquiátrico por completo inédito y que hace de los ensayos de Wang un documento de enorme valor anecdótico. Por supuesto, la escritora necesita aún encontrar un punto de equilibrio entre la emocionalidad y la búsqueda de significado que elabora una mirada directa sobre los temas que le preocupan: en ocasiones, sus textos van desde los datos duros hacia algo mucho más emocional, sin término de resolución pero sobre todo, sin evolucionar con una cierta delicadeza que podría favorecer a sus relatos en primera persona. Aún así, los textos tienen un enorme valor. Wang recopila todo tipo de datos históricos, los dota de sustancia y los relaciona con algo más profundo y personal. La combinación crea una experiencia sensorial en la que el escritor se ve involucrado casi sin desearlo. Wang es una escritora con la habilidad suficiente para elaborar conclusiones a partir de todo tipo de factores, y lo hace al enlazar su propia vivencia — “La locura es parte de un estrato de la conciencia que pocos nos atrevemos a reconocer” escribe sencillez en uno de los artículos más duros, en el cual describe su padecimiento — con la capacidad de la ciencia para sintetizar datos. Entre ambas cosas, la percepción sobre el poder de la mente — y sus enigmáticas y duras grietas — construyen un escenario idóneo para explorar la mente humana.

La autora es también un paciente — en recuperación perpetúa, según afirma — lo cual se hace notorio a medida que “The Collected Schizophrenias” se adentra en terrenos más extraños y se hace más complejo. Wang dedica varios párrafos a describir su experiencia personal: cuenta sobre como el síndrome Cotard le permitió asimilar lo que llama “el sistema de la irrealidad” y de qué forma, conecta esa concepción de lo que asumimos invariable con algo más emocional. “Cuando vives con una enfermedad crónica, sobrevives entre la posibilidad que los síntomas se vuelvan más agudos y una parcial recuperación. Sobrevivir de un segundo a otro es la mayor ambición” comenta y es obvio, que para Wang el trauma de experiencia es un condicionante al momento de reflexionar sobre las enfermedades mentales como un escaño poco analizado del mundo de la salud. Gradualmente, Wang integra todo tipo de percepciones sobre lo que la mente es capaz de construir como concepción de la identidad — “¿Estoy o no estoy en el mundo, tal y como lo concibo?” se pregunta con desgarradora sinceridad — y a medida que el libro pondera sobre la salud psiquiátrica tal y como la ciencia puede entenderla, añade una conversación fluída y personal sobre su propia identidad entrelazada con un tipo de padecimiento poco comprensible para la mayoría del público. “Despertar y creer que hasta el latido de mi corazón era una ilusión me demostró que la realidad es tan frágil como impenetrable” asevera. Y esa mirada entrelazada entre lo emocional y lo científico, lo que hace a “The Collected Schizophrenias” un singular recorrido a través de los espacios vacíos de la mente colectiva.

El libro al completo, tiene algo de caótico, pero la escritora deja claro que esa concepción sobre la escritura en paralelo de datos médicos y experiencias personales, tiene un motivo. Wang atravesó todo tipo de diagnósticos (la mayoría erróneos) y una miríada de tratamientos que sólo le lograron abrumar sin ofrecerle ningún tipo de consuelo o salud. Durante el proceso, descubrió que la esquizofrenia y cualquier otro trastorno de la percepción, recorre caminos poco transitados de la versión de la realidad como un confín de ideas que se retrotraen entre sí como una colección de variables. “La personalidad que nos define, la mente en pleno, no es más que un conjunto de características” explica “ y eso es lo que hace que cualquier trastorno mental deba atravesar el diagnóstico intermedio e incompleto”. Más tarde, cuando se convirtió en investigadora del Departamento de Psicología de Stanford, Wang descubrió que el diagnóstico de las enfermedades mentales a menudo es un juego de ensayo y error. Mucho más grave aún, resulta que la recuperación de cualquier padecimiento semejante, requiere sin duda, de la integración del entorno familiar para sostener al paciente. Pero para la gran mayoría, la esquizofrenia es una especie de terreno desconocido. De allí que Wang dedique gran parte de su libro no sólo a contar su experiencia, sino en hacerla digerible para el lector “Entender como funciona nuestra mente, es el primer paso para sanarla”.

Según de un informe de la Organización Mundial de la Salud, seis de cada diez adultos jóvenes sufre — o sufrirá — de alguna enfermedad mental . Lo más preocupante es que el mismo informe — sugiere que la mayoría de los que las padecen, no recibirán atención especializada. Un panorama que preocupa, en una cultura donde la salud mental es un tema que suele considerarse un tabú que muy pocas veces se considera de verdadera gravedad. Aún más, cuando el hecho de asumir la necesidad de la cuidar la salud psiquiátrica requiere de un proceso de comprensión de la forma en que funciona nuestra mente y sus implicaciones. El libro es de hecho, un reflejo sobre los entresijos enigmáticos de la salud psiquiátrica: recorre toda una variedad de reflexiones sobre la mente y sus dolencias, pero también sus relaciones con el hecho cultural. Desde “La lección de los niños” (una pequeña historia de Wang dentro de un campamento juvenil) hasta el análisis de personajes y personalidades (su recorrido por el trabajo de la fotógrafa Francesca Woodman y su espectral obsesión con la muerte resulta sobrecogedor), la escritora medita sobre la enfermedad mental como una instantánea de la realidad. Como libro “The Collected Schizophrenias” es un mapa de ruta hacia nuevos territorios sobre la mente. Como confesión, es una profunda y sincera concepción sobre lo que somos y deseamos ser. “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa” escribe Wang, en una cita directa a Susan Sontag. Y para Wang, cuyo primer diagnóstico ocurrió a los ocho años, las sombras podrían ser más oscuras y amenazantes. No obstante, la autora escoge la palabra como herramienta para hacerla retroceder. Y lo logra.

jueves, 14 de febrero de 2019

Crónicas de la loca neurótica: El atlas definitivo del trastorno de pánico y ansiedad generalizada.




Hace unos días, un cliente a quien acababa de conocer me comentó que era “bastante distinta” a como me había imaginado. En fotografía suelen ocurrir cosas parecidas — para mucha gente, la profesión sigue siendo “cosa de hombres” — pero en esta ocasión, tuve la impresión había algo distinto en la forma en que lo comentó Un poco aturdida, esperé a que me explicara semejante frase, sin saber aún si tomarlo a insulto o de qué otra manera.

— Ah no no, me refiero a que se ve bastante tranquila — explicó — me la imaginaba…un poco más nerviosa.
 — ¿Por qué?
 — Leí varios de sus artículos sobre…la enfermedad que sufre. Pensé…que estaría un poco…

Se sonrojó. Intenté no sonreír divertida mientras tomaba un sorbo de la taza de café que tenía entre las manos y lo contemplaba luchar con su incomodidad. ¿Qué pensaba este buen hombre? ¿Imaginaba que la mujer con quién había conversado por semanas a través de escuetos correos y cortas llamadas telefónicas llegaría con la camisa de fuerza a cuestas? ¿Con las manos temblorosas? ¿Que me echaría a llorar por alguna razón inexplicable? Aguardé hasta que mi interlocutor logró retomar el hilo de la conversación, pasándose un pulcro pañuelo por la frente.

— Estoy loca pero no incurable — le dije. Me miró con los ojos muy abiertos — No se preocupe, me río de mi misma siempre que puedo.

Ahora fue él quien sonrió. Noté el alivio en su rostro e supuse que mi tono burlón había disipado la tensión en la conversación. Luego de algunos minutos, suspiró con un gesto casi melodramático, agregó un par de cucharadas de azúcar al té que tomaba y sacudió la cabeza.

— Lo que pasa es que le leí y pensé que el pánico era una cosa…incontrolable.
 — Lo es — afirmé — pero pasado el tiempo, las cosas mejoran.

Mi cliente se refería claro, al trastorno de pánico y ansiedad generalizada que sufro. He escrito sobre el tema el suficiente tiempo como para encontrarme familiarizada con la sorpresa, los prejuicios y la cautela ajena. Pero desde hace más de una década, me propuse normalizar el hecho de padecer un trastorno psiquiátrico que requiere terapia y medicación. Por supuesto, en un país tan prejuicioso como el mío — y con tan poca empatía con circunstancias semejantes — ha sido una labor titánica. La mayoría del tiempo, escucho comentarios como los de mi futuro cliente o comentarios directamente crueles sobre mi estado mental. En una ocasión, un escritor al que acababa de conocer me dijo que me veía “sana para acabar de salir del manicomio” — a lo que le respondí que eso era debido a la sangre con que me había bañado antes de asistir al lugar en que nos encontrábamos — y en más de una vez, he tenido que lidiar con la discriminación que provoca el desconocimiento sobre lo que en realidad, es un cuadro médico como el que sufro.

— ¿Se llega a mejorar de algo así? — preguntó el hombre. Oh, esto va para largo, pensé con paciencia.
 — Sí, pero para hacerlo se requieren algunas cosas.

El hecho es que sí, sin duda se puede mejorar de un trastorno de pánico como el que sufro (y que padece, según cifras la OMS, el 35% de los adultos entre los 25 y 45 años) pero se trata de un proceso arduo, que requiere esfuerzo, trabajo, pero sobre todo, comprender que cualquier padecimiento de índole psiquiátrico requiere atención médica y farmacológica apropiada, a la que muy pocos pacientes tienen acceso.

Sobre la ansiedad y otros demonios: Nuestra mente en medio del caos.

Luego de varios año en terapia, fui diagnosticada formalmente con un paciente de TAG (trastorno de ansiedad generalizada), un padecimiento que dificulta el control sobre las emociones y sobre todo, mi capacidad para sobrellevar situaciones muy estresantes. En algún punto, perdí el control de como asumo y construyo mis decisiones, mi ideas y más aún, mi interpretación sobre el mundo. Un paciente de TAG puede verse superado y aplastado por preocupaciones muy sencillas y con frecuencia, les lleva mucho esfuerzo diferenciar sus temores y la realidad.

- La ansiedad puede provocar que simplemente no puedas lidiar con las actividades diarias — me explicó en una ocasión mi psiquiatra — como si tu mente fuera incapaz de discernir entre los temores reales y tu percepción sobre ellos. La ansiedad aumenta, el temor a lo que pueda ocurrir te sofoca y finalmente, se convierte en un síntoma físico que no puedes comprender en realidad. Es esa confusión sobre lo que te ocurre lo que dificulta el diagnóstico y peor aún, complica un posible tratamiento y solución.

Durante los momentos más duros de mis crisis de angustia, solía preguntarme si a todo el mundo le afectaba de la misma forma que a mi la ansiedad y la angustia. Me tomó unos cuantos años entender que el trastorno de ansiedad, los ataques de pánico y otros padecimientos relacionados con la salud mental, pocas veces son tomados en serio y sobre todo, asumidos como un cuadro clínico real. Como me ocurrió a mi, muchísimos pacientes están convencidos que la angustia, el miedo, la ansiedad y el dolor pueden ser controlables por un mero esfuerzo de voluntad. Y si bien en cierto que todos nos preocupamos en menor medida por problemas comunes como la salud, el dinero y dilemas domésticos, la manera como nos afecta es de hecho una reacción por completo personal y distinta en cada uno de nosotros. Mucho más, si esa preocupación constante se convierte en invalidante, como le ocurre a los que sufrimos un trastorno de ansiedad crónico.

- El trastorno de ansiedad generalizada es un cuadro médico absolutamente real — me explicó el doctor Vicente Rojas, a quien consulté sobre la forma como se interpreta un padecimiento de ansiedad — hay una idea muy común y abstracta que la ansiedad es una problema de carácter. Se habla de autocontrol, de intentar “tranquilizarse”, y esa percepción minimiza lo que asumimos como enfermedad mental.

El doctor Rojas atiende a unos 10 pacientes mensuales con trastornos de pánico y ataques de pánico, que nunca habían sido diagnosticados. Me explica que la gran mayoría confunde lo que sufre con algún tipo de cuadro médico cardíaco y es que usualmente, los síntomas pueden ser muy parecidos: el paciente puede sentir calor o frío extremo sin razón aparente, hormigueo en las manos o perder la sensibilidad en algunos dedos y en casos muy agudos, sentir náuseas, dolor en el pecho, o sensaciones asfixiantes. Además, los ataques de pánico usualmente provocan una sensación de irrealidad, miedo a una fatalidad inminente, o miedo de perder el control. Todo lo anterior, crea una reacción inmediata y violenta de temor y profunda angustia.

- Muchos pacientes con trastorno de pánico o ansiedad visitan todo tipo de médicos de diversas especialidades hasta que finalmente comprueban o asumen, que es lo mismo, que lo que les ocurre es mental — me explica — e incluso en ese momento, luchan contra la idea de estar “locos”. Porque en Venezuela, la salud mental se define en ideas muy concretas y rudimentarias. Y “la locura” parece abarcar toda una serie de padecimiento que van desde verdaderos problemas de comportamiento a cuadros ansiosos, todos comprendidos de la misma manera y desde el mismo punto de vista impreciso.

Según cifras recientes, un 35% de los adultos Venezolanos, padece o padecerá de un ataque de pánico durante su vida. Una cifra que por supuesto, no incluye a todo ese Universo de pacientes que que sufren de diagnósticos errados y que la mayoría de las veces, nunca sabrán que todos sus síntomas son partes de un cuadro médico del cual desconocen incluso su existencia. Una idea que al Doctor Rojas le parece muy preocupante.

- Vivimos en un país sometido a un tipo de presión psicológica y emocional constante. Esa visión de la ansiedad y el pánico como “problemas de conducta” hace que sea mucho más difícil su diagnóstico y lo que es peor, su tratamiento, lo que puede desembocar en casos agudos — me dice. Durante la tarde, ha recibido una docena de llamadas de pacientes que remitidos por otros especialistas. Me explica que debido a la critica situación política y económica del país, la mayoría de sus pacientes solo acuden al consultorio como último recurso, lo cual me insiste, hace mucho más complejo encontrar una solución viable — constantemente el paciente de pánico en Venezuela cree que la solución es “tomarse unas vacaciones” o incluso “no tomarse las cosas tan a pecho”. Si el trastorno no es muy agudo, puede funcionar algunos meses. Pero si es grave, eso sólo agravará las cosas.

Los síntomas físicos de un ataque de pánico son impredecibles y tampoco, los mejora la medicina tradicional. Eso produce un trastorno dentro de un trastorno: el terror a cuando ocurrirá el siguiente ataque de pánico. Y es que un ataque de pánico, puede llevar al que lo sufre a la certeza que está sufriendo un infarto, enloqueciendo o al borde de la muerte. El cuerpo parece sucumbir a una presión psicológica insoportable y lo que es peor, a un verdadero sacudón emocional de origen misterioso.

Con frecuencia, los ataques de pánico ocurren en cualquier momento y lugar, sin que haya un condicionante inmediato ni tampoco un detonante reconocible. Incluso ocurren al dormir. Por lo general, un ataque de pánico tiene una duración relativamente corta — alcanza su máxima intensidad durante los primeros diez minutos — pero algunos síntomas pueden perdurar más tiempo, lo que hace el cuadro sea más confuso aún.

- Lo más preocupante de los trastornos de pánico o ansiedad, es que la sociedad y la cultura tiene una imagen sobre quienes lo sufren muy estereotipada — me explica el doctor Rojas — la mayoría de las personas jamás admitirán lo sufren por el mero hecho de considerarse “sanas y cuerdas”, algo que presiona aún más esa visión sobre la ansiedad como parte de un problema físico. De esa manera el trastorno aumenta en gravedad, en frecuencia y finalmente afecta la vida diaria del paciente.

Es difícil explicar a quien no lo ha sufrido, lo que significa perder el control por completo, esa línea entre un terror abstracto y destructor y lo que puede haber más allá. En los peores momentos de mi trastorno, muchas veces tuve la clara sensación que había perdido el poder de tomar decisiones sobre mi vida y que mi ansiedad era un elemento indivisible de mi personalidad. No hay nada más difícil que admitir en voz alta que tus emociones e incluso tu percepción sobre el mundo, son tan confusas que no puedes comprenderlas a cabalidad. Tal vez por ese motivo, la mayoría de las personas que sufren ansiedad son reservados, tensos y distantes: una manera de obtener un mínimo control sobre lo que se muestra y lo que se construye más allá de nosotros mismos, ese reflejo un poco distorsionado de nuestra visión de quienes somos y como nos percibe alguien más.

Cuando el enemigo es tu mente: Las cosas básicas que debes saber sobre el trastorno de pánico y ansiedad generalizada.
Desde muy niña, luché contra mi nerviosismo y ansiedad. Tenía numerosos temores, fobias y remilgos, tantos como para que mi vida cotidiana se volviera complicada y en ocasiones insoportable. Recuerdo que durante la adolescencia, me preguntaba con frecuencia por qué motivo me atemorizaban y me preocupaban cosas que a la mayoría de la gente no. Por qué razón circunstancias tan sencillas como hablar en público, presentar una tarea, hacer preguntas en voz alta a un profesor, incluso agradar o no a mis amigas, suponía una experiencia tan estresante que me dejaba exhausta. La mayoría de las veces me culpaba a mi misma: me llamaba “débil”, “quejosa”. También, me acostumbré a pensar que mi familia — en ocasiones sobreprotectora — tenía “la culpa” de mi constante zozobra, de esa inquietante sensación de siempre encontrarme al borde del desastre. El caso es que jamás imaginé que el conjunto de síntomas y comportamientos que sufría podían ser algo más que una reacción desproporcionada a ciertas ideas. Era mucho más fácil, asumir que era “cobarde” y sobre todo “incapaz” de afrontar la vida como el resto de las personas que conocía lo hacia. Un pensamiento, claro está, que además me producía una indecible tristeza. No es sencillo asumir que no eres tan fuerte como aspiras y sobre todo, tan firme como quisieras ser.

Luego del diagnóstico, las cosas no cambiaron demasiado en ese aspecto. Al principio, no sólo no creí padeciera de nada especial y de hecho, me negué a recibir terapia y medicinas. Tenía la convicción que no la necesitaba y que lo único que me ayudaría a mejorar sería “enfrentarme a mi debilidad”. Fueron años confusos y dolorosos: tenía crisis de pánico y ansiedad con tanta frecuencia que comenzaron a afectar mi vida cotidiana, tanto como para distorsionar mis rutinas diarias. Comencé a aislarme de mis amigos para evitar explicar mi, en ocasiones, extraño comportamiento. Dejé de frecuentar celebraciones, reuniones e incluso, me convencí que la mejor manera de lidiar con la perpetua sensación de angustia que me agobiaba, era simplemente no salir a ninguna parte. De manera que además de la ansiedad insistente que me atormentaba, también comencé a lidiar con un temor recurrente e insoportable a los espacios abiertos, a las aglomeraciones e incluso, a la simple interacción social. Unos años después de mi primer diagnóstico, me encontré no sólo luchando sin armas contra un trastorno cada vez más violento, sino contra una invalidante sensación de haberme encerrado en un espacio vacío, rodeada únicamente de mis temores. Abrumada y afligida tuve que aceptar que en algún punto del trayecto había perdido el control de mi vida y que necesitaba retomarlo.

No es sencillo admitir algo así. No es sencillo asimilar la idea que debes someterte a un tratamiento médico y psiquiátrico para recuperar algún tipo de estabilidad mental que te permite encontrarte tu rostro en el espejo. No es sencillo superar el miedo. Porque cuando sufres de un trastorno de ansiedad y de pánico, todo es miedo. A todas horas, por todos los motivos. Por todas las razones, incluso las más pequeñas. Cada pensamiento se convierte en una engorrosa prueba de esfuerzo mental y físico que llega a resultar insuperable. ¿Qué ocurre cuando el enemigo con el cual debes luchar eres tu mismo? ¿Qué pasa cuando cada cosa que ocurre a tu alrededor te provoca miedo, una irracional sensación de angustia y de dolor? ¿A quién acudes cuando en realidad el sufrimiento emocional que sufres es parte de procesos mentales y físicos que apenas comprendes?

Me llevó años asumir que necesitaba no sólo ayuda psiquiátrica, sino también, comprenderme a mi misma. Mis particularidades, formas de asumir el padecimiento que me atormentaba, incluso ideas tan obvias como analizar mi comportamiento más allá de la vergüenza que suele producir un trastorno semejante. Además de eso, que era imprescindible que quienes me rodeaban entendieran que era exactamente el trastorno que sufría, lo cual no era sencillo. La idea esencial de tener que contarle a alguien un sufrimiento tan privado y abstracto, me producía una enorme confusión. En una ocasión, una de mis de mis amigas más queridas, me insistió que ese no sólo era el primer paso para retomar el control de mi vida, sino de respetar mis emociones.

— Un trastorno de pánico suele mirarse como un secreto vergonzoso y no lo es. Es un sufrimiento mental y físico que necesita no sólo ser asumido desde esa perspectiva, sino además, respetado desde su profundidad. Eso terminará replantearte la manera como lo analizas sino como te afecta.

Mi amiga tiene una hija adolescente que también sufre del trastorno. Por años, ambas han lidiado juntas con los durísimos síntomas. Y siempre, me ha asombrado la sinceridad pero sobre todo, la completa firmeza como ambas reflexionan sobre lo que puede ser un padecimiento que afecta tu vida diaria de tantas maneras distintas. La escuché, con el corazón latiendo muy rápido de impaciencia y como no, miedo.

— Van a creer que estoy loca — balbuceé con dificultad. Puede parecer ser sencillo pero a la larga, se trata de un temor muy concreto. — No sé si…pueda soportar tener que explicar o…
 — Podrás — me insistió — , es el único camino.

Por supuesto, tenía razón. Fue un proceso largo, la mayoría de las veces angustioso pero casi siempre, satisfactorio. No sólo se trató de enfrentarme al hecho que el trastorno de pánico formaba parte de mi vida, sino también a como concibo esa noción sobre esa parte de mi vida, con respecto a quienes me rodean. Además, hablar sobre el trastorno con mis parientes y amigos me permitió reconstruir de alguna manera las relaciones que me unían a ellos, rotas y bastante dañadas luego de años de silencio y distancia emocional. Fue un re descubrir mi identidad y también, de los elementos más importante de mi mundo privado. Una forma nueva de asumir ese terreno silencioso y en ocasiones inquietante de mi mente que el Trastorno de pánico pareció haber devastado por años.

¿Y qué aprendí luego de esa experiencia? ¿Cuáles son las principales ideas que me ayudaron a sobrellevar no sólo un trance tan duro como agobiante? Quizás las siguientes:

* No es tu culpa sufrir un trastorno de pánico: así que deja de disculparte:
El trastorno de pánico provoca una serie de síntomas muy específicos que pueden provocar un comportamiento errático, a menudo inexplicable y en ocasiones, directamente incómodo. Por tanto, resulta sencillo creer los síntomas que padeces son una distorsión de nuestro carácter. Una forma de malcriadez e incluso de debilidad física o intelectual. Pero no lo son. Se trata de un padecimiento mental muy definido que puede no sólo afecta nuestra forma de percibir el mundo que nos rodea sino nuestra identidad. Por tanto, no te disculpes, no te “arrepientas” de tu comportamiento, mucho menos te culpabilices. Un padecimiento psiquiátrico como el trastorno de pánico puede afectar todos los elementos de tu vida y responsabilizarte de esa certeza, te permitirá no sólo evitar comprender el trastorno de pánico como un “comportamiento molesto” sino además, uno que debe ser “ocultado” o “Vergonzoso”.

* No se trata que te “calmes”
Cada vez que sufría una crisis de pánico, de inmediato sentía la necesidad de “calmarme”, como si la desproporcionada reacción de mi cuerpo y mi mente hacia el estrés, fuera simplemente un error de percepción. Me costó años de analizar el trastorno de pánico como lo es — un tipo de enfermedad psiquiátrica — que no se trata de “intentar tranquilizarte” sino de comprender lo mejor que puedas el ciclo de reacciones y síntomas que pueden provocarte una reacción semejante. El trastorno de pánico no es una perdida de control eventual sobre la manera como manejas la presión, el miedo y el estrés, sino directamente la incapacidad de manejarlo. A diferencia de quien no lo sufre, no ejerces control pleno sobre como tu cerebro procesa el temor, la angustia y la incertidumbre. Siendo así, no se trata que debes “calmarte” sino que necesitas buscar ayuda apropiada para comprender y sobre todo superar, los en ocasiones, aplastantes síntomas de un trastorno tan ambiguo.

* No todo ataque de pánico o ansiedad es la reacción a una situación concreta:
Sufrir un trastorno de pánico o de ansiedad, implica que en alguna medida, perdiste el control de tus reacciones a ciertos estímulos y eso también incluye, la forma como tu cuerpo y tu mente perciben el miedo, la incertidumbre y la preocupación. Por tanto, puede ser que sufras un ataque de pánico sin que haya un motivo concluyente o evidente.Te lo podría provocar una serie de pensamientos en cadena que te hacen sentir un inmediato estés, asociaciones libres, incluso nada en absoluto. Así que es importante, que si padeces un trastorno de pánico, comprendas que no se trata de lo que haces o no, sino el hecho que hay todo un sistema reacciones físicas que el trastorno distorsiona a niveles incontrolables. Ocurrirá en los momentos más inoportunos. No habrá quizás un motivo que te las provoque. Tendrás que lidiar con la idea que el pánico y la ansiedad no siempre tienen una justificación.

La única manera de lidiar con esa sensación tan abstracta como confusa, es comprendiendo como lidiar con esa respuesta física, sin culpabilizarse o creer que ejerces un control directo sobre lo que puede o no provocarlo. Aprende a como reaccionar durante un ataque de pánico. Asume que se trata del síntoma de un padecimiento y que por tanto, no un comportamiento que debas controlar.

* Necesitas ayuda psiquiátrica: No hay alternativa.
Antes de ser diagnosticada, pasé algunos años sufriendo frecuentes y debilitantes ataques de pánico, pero además una serie de síntomas relacionados directamente con sus consecuencias. Por entonces, me continuaba resistiendo a visitar un consultorio médico y solía achacar mi constante mala salud a todo tipo de razones más o menos abstractas: desde el estrés habitual que me provocaba mi trabajo de la época, hasta mis hábitos alimenticios. Me auto mediqué, intenté tomar consejos generales para “tranquilizarme” , pero no me sentí mejor. Continué sufriendo desde paralizantes dolores de cabeza, hasta problemas digestivos provocados por la constante tensión y estrés que puede provocar el trastorno. Aterrorizada por el conjunto de síntomas, llegué a creer que me encontraba realmente enferma y eso aumento mis reacciones hacia la incertidumbre y la angustia. Llegué a a sufrir de dolores estomacales y migrañas durante semanas e incluso, problemas dérmicos cuyo origen ningún médico especializado pudo descubrir.

Finalmente, luego de comenzar a recibir tratamiento y sobre todo, de ser conscientes de las implicaciones del trastorno de pánico, comencé a comprender que la mayoría de los síntomas misteriosos que solían afectarme con frecuencia tenían un origen el común: los violentos síntomas del trastorno de pánico. Asumirlo, me permitió manejar la idea que debía someterme a tratamiento psiquiátrico — tanto terapéutico como farmacológico — y comenzar a evaluar mis opciones inmediatas al respecto. Además, me hizo muy consciente del hecho que podía mejorar los síntomas tangenciales que tanto me molestaban, una vez que comenzara a recibir tratamiento médico especializado para su causa común.

* Nadie necesita protegerte: Lo digo en serio:
Cuando le hablé a mis amigos y parientes sobre mi trastorno de pánico, la primera reacción de alguno de ellos fue evitarme “preocupaciones”. Comenzaron a intentar protegerme de “estímulos” que pudieran aumentar “mi estrés” — y por tanto, el riesgo de sufrir un ataque de pánico o ansiedad — y además, a percibir mi trastorno como una idea a la que debían acostumbrarse. Al principio, les agradecí la amabilidad, pero poco a poco, comenzó a resultar incómodo todas las precauciones que varios de mis amigos tomaban para “no provocar” una recaída. Cuando le hablé a mi psiquiatra de la reacción, se preocupó.

— Necesitas que te comprendan, no que acentúan tus rutinas y afirmen tus miedos — me explicó — . Insiste que el trastorno que sufres se trata de tu reacción al miedo y al estrés, no al hecho que realmente algo te lo esté provocando.

De manera que le pedí a mis parientes y amigos que dejaran de crear una especie de red de protección a mi alrededor y que asumieran que mi comportamiento, no se debía a un estimulo en particular sino a mi manera de procesar ciertas ideas. Fue un proceso complicado: algunos se sintieron ofendidos, otros directamente preocupados. Pero finalmente, descubrí que el hecho de tener que manejar mi propia percepción sobre lo que me rodea — sin obligar a las personas que forman de mi vida a adaptarse — fue quizás una de las decisiones más saludables que pude tomar. No sólo me permitió avanzar en mi forma de comprender mi trastorno de pánico sino además, elaborar ideas más o menos complejas sobre como asumirlo como parte de mi vida.

* Lidiar con un trastorno de pánico no es sencillo pero es posible:
Luego de años de tratamiento, medicación y sobre todo, esfuerzo mental y físico, he descubierto que sí, es posible sobrevivir a un trastorno de pánico y ansiedad como el que sufro. Puedo trabajar, disfrutar de mi capacidad creativa, de una relación de pareja estable y hermosa. En suma, la vida de una mujer de mi edad. Pero no ha sido sencillo: me llevó un disciplinado esfuerzo construir un camino coherente no sólo hacia mi recuperación sino al hecho concreto de comprender ideas básicas sobre mi misma y la forma como me afecta el trastorno que sufro. Y ese descubrimiento — ese larguísimo trayecto que me permitió no sólo madurar sino profundizar en mi identidad y comportamiento — me permitió comprender que todo trastorno psiquiátrico es una compleja visión sobre la realidad, pero también sobre como la analizas. Toma responsabilidad sobre tu salud mental y física pero sobre todo, comprende que puedes construir una vida satisfactoria a pesar del dolor físico y moral que un trastorno semejante puede provocar. Sé muy consciente del valor de tus decisiones y por supuesto, del hecho que el padecimiento que sufres forma parte de tu experiencia íntima y esa noción tan amplia como elemental que llamamos identidad.

Continúo sufriendo de ataques de pánico y ansiedad. Y es probable, los continúe sufriendo durante toda mi vida. No obstante, a pesar de eso, soy mucho más fuerte de lo que supuse y sobre todo, cómo descubro en ocasiones con una sonrisa casi aliviada, capaz de superar mis propios espacios oscuros para disfrutar de los luminosos. Una trayecto complicado pero profundamente personal hacia mi identidad. Una manera de crear mi propia visión del mundo. Un pequeño triunfo personal.

— Entonces…sigue estando un poco ¿loca? — pregunta mi cliente.

Escuchó con atención todo lo que tenía que decir sobre el tema de mi salud mental. Lo hizo además, con un amable respeto que me sorprendió: no es lo más común. Aún parece tímido y un poco incómodo, pero la sonrisa que me dedica es de inequívoco humor. No puedo evitar soltar una carcajada y tomar el último sorbo de café de la taza con deleite.

— “Un poco” es una apreciación gentil — digo en tono pretendidamente misterioso — porque nunca se sabe…

Mi cliente ríe también. Unos minutos después, estamos por completos dedicados a su idea, visión y lo que desea plasmar en fotografía. Y pienso, mientras le escucho narrar imágenes fabulosas de guacamayas y tucanes bailarines, que en ocasiones la locura es un don del que no estamos del todo conscientes. O tal vez sí, me digo con una sonrisa privada. Y eso es suficiente.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Crónicas de la loca neurótica: La ciudad que nadie recuerda.


Fotografía Nicola Rocco. 




En el libro de Marcel Proust “En busca del Tiempo Perdido”, el escritor dice que “lo que creemos real puede desaparecer con una facilidad poética y terrorífica”. La primera vez que leí la frase, estaba en la Universidad y todavía la obra de Proust no me gustaba lo suficiente como para analizarla más allá que como deber académico. Pero con el paso del tiempo, la colección de historias y memorias del escritor, se convirtió en un reflejo en el cual mirarme. En una escena progresiva de mi vida como una sucesión de historias y también, como una concepción ilusoria y poco importante de lo que somos como parte de algo más grande.

Si vives en Venezuela, piensas mucho en esas ideas. Lo haces mientras deambulas por las calles semiderruidas, entre una multitud de venezolanos de rostro cansado y afligido. El tiempo pasa, pero en Venezuela pasa el doble de rápido y con el doble de fuerza. A mis treinta y tantos años cumplidos, tengo la sensación que he vivido al menos seis décadas más, como si vida fuera una rotonda por la que doy vueltas en círculos para encontrarme con mi propio reflejo. Es un pensamiento inquietante ese. Como la habitación de la memoria en que se perdió José Arcadio Buendía o los laberintos extravagantes de la casa sin nombre que imaginó Mark Z. Danielewski para su libro “La casa de las hojas”. La sensación es exacta, como si cada pieza de la mente careciera de sentido y se perdiera en medio de un enorme vacío inexplicable, desperdigada la memoria aquí y allá. Una grieta en la pared del tiempo que no consigues ocultar cuando apoyas ambas manos en ella.

Ahora mismo, Venezuela no es ningún lugar. Vaya que idea escalofriante es esa, me digo tendida boca arriba en la terraza del edificio en el que vivo, casi veinte pisos en vertical sobre el suelo. Es de noche y las estrellas no se ven más cercanas. En realidad tengo la sensación que podría extender los dedos y confundirme en la oscuridad que circunda. Las estrellas observando cómplices y terribles. Monstruos helados. La idea me sobresalta y me siento sobre el suelo. La ciudad pende como una imagen irreal entre parpadeos de luz amarillenta. Caracas no es ni la sombra de lo que fue ni volverá a serlo pronto. Sólo hay una percepción sobre la historia que flota a través de ella, como una gran antigüedad.

— Todo lo ves muy romántico — dice una amiga cuando le cuento algo de lo anterior — todo eso que me cuentas parece una novela de esas rusas que tanto te gustan.
 — ¿No te sientes así?
 — ¿Así cómo?
 — ¿Como que cada recuerdo de Caracas es una reliquia?

Mi amiga sonríe y suspira. Nos conocemos hace años y conoce mis desvaríos lo suficiente como para no sorprenderse. Se encoge de hombros.

— Una reliquia es algo religioso — dice al cabo — Caracas es como una bestia herida.
 — Eso si es poético — apunto. Ella me mira preocupada.
 — Es lo que es. Cuando un animal está herido, te lanza dentelladas y zarpazos. Caracas es algo como eso, pero peor. Sobre todo ahora.

“Ahora”. Se refiere al extraño tránsito político que atravesamos. La crisis política llegó a su punto más alto en años — y creo que culminante — y la sensación general es que la incertidumbre se volvió algo denso y cotidiano. Nadie sabe qué ocurrirá en un país con dos presidentes, pobre, violento y roto por el odio. Y “ahora” es toda la percepción sobre lo que podría ocurrir, mientras Caracas avanza en silencio, abierta y vulnerable, como una mujer hostil despedazada por alguna agresión secreta. Eso no se lo digo a mi amiga pero creo que ella lo sabe. Suspira, se inclina sobre el sofá de la casa de sus padres en la que aún vive. Una adulta adolescente porque Venezuela no le permitió madurar.

— Esto se jodió — dice con simplicidad — y no, Caracas no es una reliquia. Es un pedazo de basura, una antigüedad que nadie quiere conservar.

Esa noche, al dormir, pienso en la imagen. El último pensamiento que tengo, es hacia la imagen del país que flota a la deriva, como la ciudad a oscuras más allá de mi ventana y la sensación que el país, simplemente se convirtió en un recuerdo fragmentado que nadie puede definir a cabalidad.

Hace unas semanas, compré una taza de porcelana en una vieja tienda de antigüedades. Se trató de una casualidad afortunada: conducía en una calle cercana, cuando leí el cartel de una tienda que anunciaba “cierre por liquidación”. Caracas está llena de avisos semejantes o simplemente de portones y rejas cerradas, que comienzan a cubrirse de herrumbre. Pero cuando eché una segunda ojeada, noté la vitrina llena de muebles de aspecto digno y elegante, algunos libros cerrados con tapa de cuero apilados en una esquina y un antiquísimo tapiz de tela con el viejo motivo del unicornio. No son cosas que se vean muy a menudo en el tercer mundo, pensé de inmediato, asombrada. Detuve el automóvil en el primer espacio que encontré calle arriba y volví casi a la carrera a la esquina en la que había visto la tienda, casi dos cuadras más atrás.

Se trata de un local pequeño, que por irrisorio que parezca, se encuentra junto a un Sex Shop con luces de neón color rojo que se mantenían encendidas incluso en pleno mediodía. Miré el resplandor rojizo que bañaba la fachada de la pequeña tienda de antigüedades. Era una mezcla absurda y casi surreal. Me pregunté si siempre había sido así o antes, había alguien que pedía apagar las luces, algún dueño enojón, con bigote frondoso y blanco, que sacudía el puño y gritaba con acento extranjero para pedir respeto. Una imagen bonita, pensé con una sonrisa, mientras me inclinaba para mirar a través del cristal con las manos ahuecadas. El local era apenas un pasillo iluminado con un par de focos led en las esquinas. Había un montón de objetos amontonados en las esquinas, cubiertos con sábanas o pedazos de plástico. Sólo eran visibles los muebles, la fila de libros en precario equilibrio y el tapiz polvoriento.

Una mujer joven con el cutis lleno de acné vino para abrir cuando toqué el timbre junto a la puerta. Me dedicó una mirada aburrida. Llevaba una especie de delantal cubierto de polvo y guantes de trabajo.

— No se vende nada — me dijo de inmediato.
 — Pero el cartel dice…
 — Eso es para que la gente sepa que esto está cerrado. Ya no vendemos nada.

Miré el tapiz, con su Dama pelirroja que acariciaba la cabeza de un Unicornio dócil. Los libros cuyos nombres no podía leer a la distancia. Los muebles de madera pulida y gastada por el tiempo. Después miré a la muchacha y traté de no parecer en exceso impaciente.

— Es para un cumpleaños. El de mi mamá. Me gustaría comprarle algo bonito.
 — Al lado venden cosas bonitas también — dijo y sonrío.

Fue una de esas sonrisas que invitan a la complicidad. Una sonrisa de “vamos a reírnos de estos cacharros viejos y pensar en la vida real. En dildos y orgasmos. Vamos a olvidarnos de esta polvareda y pensar en ropa interior lujosa y bonita”. Pero no se la devolví. Cruce los brazos sobre el pecho, enfadada e incómoda, aunque no podría decir exactamente el motivo. ¿Algún tipo mojigatería nunca resuelta y apenas admitida? ¿O esa asexualidad mía a la cual jamás he podido darle nombre? Cual sea el caso, la mujer notó la frialdad y se guardó su sonrisa de chiste guarro para otra oportunidad.

— Pero no vendemos nada. Todo ya se guardó — volvió a insistir.
 — Algo pequeño, seguro le pagan por comisión. Imagínese vender algo cuando ya la tienda cerró.

Me miró con los ojos entrecerrados. La muchacha debía tener mi edad pero tenía un tipo de dureza que la hacía parecer mucho mayor. La dureza de lidiar con clientes, la ciudad de pavimento caliente, el metro subterráneo abarrotado. De pronto me sentí ilusa, ridícula, malcriada. Las mejillas se me calentaron por un involuntario rubor de verguenza.

— Déjelo así — dije con un suspiro — de verdad creo que le quito tiempo.
 — Hay una tacita — dijo en voz baja — no es gran cosa. Pero es bonita. Y seguro el nuevo dueño la va a botar porque no tiene par. Pero es algo bonita.
 — ¿Me la muestra?

Ella movió la cabeza y sin esperar respuesta, caminó hacia el local. La seguí y cerré la puerta a mi espalda. El calor de la calle pareció disolverse bajo un silencio con olor a polvo y el brillo frío de las lámparas encendidas. Me quedé de pie, sin saber muy bien que hacer, mientras ella iba hacia el enorme mostrador de madera y se metía detrás. Para entretenerme, miré el tapiz. ¿Sería real? ¿O una valiosa reproducción? Lo imaginé colgado en la pared de mi habitación, enorme y majestuoso. En medio de mis muebles modernos y sencillos. La lámpara de pie de metal. La imagen mental me hizo sonreír.

Durante las últimas semanas, Venezuela ha sido sólo tensión. Una sensación de irrealidad que te invade en cualquier parte, que te sacude y te deja sin armas para vencerlas. Me ocurrió en ese local pequeño, con su atmósfera fría y polvorienta. Contemplé la calle y las fachadas de tiendas cerradas y me encontré pensando en que la ciudad en que nací y crecí, desapareció. Así, sin más. Desaparecida en una vorágine violenta y perturbadora de algo tan duro de asimilar que en mi mente, aún no tiene nombre. El país que llamaba hogar, la versión de la realidad que asumía como parte de mi vida, se desplomó a pedazos. Como si fuera la sobreviviente de una guerra que jamás ocurrió, en ocasiones siento que soy una extranjera en el suelo que me vio nacer. Alguien que regresa a la tierra en la que nació años después de haber olvidado la importancia que tuvo en su vida y en su forma de comprenderse. ¿Tiene sentido algo semejante? Miro de nuevo el tapiz del Unicornio, la Dama pelirroja con la cabeza levemente ladeada. Una vez leí que había imágenes semejantes en los palacios florentinos del siglo XV. Aquí y allá, la existencia que carece de tiempo. Un país que no existe, una identidad rota que no tengo idea de cómo recuperar.

La muchacha volvió con una taza muy ornamentada con flores y lo que parecían pequeñas aves entre las manos. Me la extendió con un gesto casi descuidado. La tomé, preocupada por dejarla caer por mi habitual torpeza.

— Esta es la taza — dijo con una sonrisa — es sólo porcelana. Pero es una cosa bonita.

El corazón se me aceleró. Era más que una cosa bonita. En realidad era una taza coalbrookdale, con un precioso ramillete de flores intacto a la derecha y una mariposa azul monarca sobre el asa un poco agrietada. Me quedé boquiabierta y después, el corazón se me fue a los pies ¿cuánto podría costar una pieza semejante? Sin duda, no podría atinarle al precio. Jamás…

— Llevatela barata — dijo la muchacha y a continuación, me señaló un precio irrisorio — esa tacita no la quiere nadie.
 — Pero ¿No…la meterá en un lío vender algo así por tan poco dinero? — pregunté.
 — Es sólo una taza, ¿que tanto puede costar? — soltó una carcajada fresca — todo el mundo se llevó los cubiertos y cosas finas. Eso estaba al fondo de una caja.

Me pregunté si debía explicarle que la taza en realidad era una antigüedad extraordinaria. Que llevaba casi seis meses tallar las flores delicadisimas, las mariposas que emergen de la porcelana como por arte de magia, que quizás en una muy parecida, algún Duque o Marqués inglés había tomado su té de las tres de la tarde. Que cualquier museo…pero ella ya miraba a su alrededor, otra vez cansada, pasándose el antebrazo por la frente para secarse el sudor.

— El dueño se fue hace meses. Los hijos odian la tienda. A nadie le interesa lo que hay aquí. Llévate tu taza.

No me atreví a decir nada más y me tragué mis escrúpulos. Mientras ella envolvía la taza, miré el tapiz otra vez, abrumada por su belleza, por el brillo radiante de los cabellos de la princesa — porque eso es lo que era ¿verdad? — los ojos enormes del Unicornio. Me pregunté si debía…sí era capaz…suspiré. No tenía el valor para engañar la inocencia o la mezquindad de la muchacha una segunda vez. Cuando me entregó la taza y la tarjeta de crédito, me miró con atención.

— ¿A tu mamá le gustan esas tazas?
 — Me gustan a mí.

Ella soltó una carcajada. Me acompañó a la puerta. Cerró con mano firme. No me volví a mirar cuando eché andar hacia mi automóvil. La taza apretada contra el pecho, aturdida por encontrarme de nuevo entre el tráfico ruidoso, el sol a plomo del mediodía de la ciudad.

Miro la taza y pienso en su viaje hasta mi mesa. Imagino todas las manos y bocas que crearon su historia. La imagino al fondo de un barco, en un baúl antiguo, en las manos de una dama de alcurnia y por último, al fondo de un cajón, donde nadie la quería. Me pareció más bella que nunca, en su exagerado repujado, en los detalles antiguos de sus rosas y mariposas. El olvido es un sueño, dijo algún poeta que no recuerdo. El tiempo es una voz sin palabras. Una imagen fugitiva perdida en medio de lo cotidiano.

lunes, 11 de febrero de 2019

Crónicas de la Nerd entusiasta: La maravillosa mirada a la distopía y el cyberpunk “Alita: Battle Angel” de Robert Rodriguez.





Cualquier fanático lo sabe y sin duda, a través de la decepción: Hollywood continúa sin hallar la fórmula adecuada para adaptar videojuegos, series de manga o anime. Se trata de un equilibrio complicado entre lo esencial de la historia y además, conservar ese hálito inconfundible que define a cualquier producto exitoso. O ese parece ser el gran dilema al que se enfrenta cualquier adaptación que deba no sólo satisfacer a los fanáticos acérrimos sino además, incluir al gran público al Universo del juego del producto. Parte del problema radica que no hay una manera sencilla de adaptar sin problemas argumentales de fondo, la forma en que el videojuego, anime o el manga construyen sus historias y argumentos. Se trata de una disonancia que afecta desde la forma de contar la historia hasta la manera en que se asimila la percepción del conjunto de elementos que sostienen el contexto. Para bien o para mal, el cine tiene muy poco tiempo — y en ocasiones, muy poca habilidad — para analizar de manera clara las complejas capas que forman una historia destinada a contarse de manera episódica, a través de la interacción con el usuario de diversas consolas o el peso de una simbología que la adaptación a la pantalla grande no suele manejar. De modo que la aventura de llevar al cine cualquier obra al uso, suele ser una apuesta arriesgada: ¿podrá resultar final garantizar no sólo una traducción acertada del material original sino además, una obra que pueda mantenerse de manera independiente?

La adaptación de “Alita: Battle Angel” dirigida por Robert Rodriguez y basada en el manga “Battle Angel Alita” de Yukito Kishiro, es una clara demostración que las adaptaciones sobre historias que requieren una cierta profundidad argumental y el desempeño de una plataforma en particular para funcionar, pueden resultar exitosas. Al menos “Alita: Battle Angel”, dialoga con su naturaleza híbrida entre una historia original basada en la estética y los códigos del manga y el cine, de una forma lo suficientemente fluida para resultar atractiva. Además, hay una percepción directa y contundente, sobre el Universo creado por Kishiro que la película conserva de manera casi intacta. Tal vez se deba a que el director Robert Rodríguez (que ya había adaptado con inteligencia el cómic de Frank Miller “Sin City” en el 2005) sabe estructurar la percepción de lo sustancial de lo que cuenta, sobre una versión de la realidad ligeramente aumentada. El resultado es atractivo pero también, no depende por completo del material de Kishiro para funcionar de manera eficiente. También es notorio que el productor James Cameron tuvo una enorme influencia en la selección de la estética y el discurso de “Alita: Battle Angel”: la historia llega casi de manera literal a la pantalla grande y lo hace, porque tanto el argumento como la batería de recursos especiales, recrean el mundo de manga punto a punto, un logro visual que sorprende por su sutileza. A pesar que buena parte de la película es una evidente puesta en escena digital, el film conserva la suficiente emoción humana como sostenerse y elaborar un atractiva visión de una historia que no es del todo sencilla de digerir. Después de todo, el manga reflexiona sobre la identidad, el olvido y el futuro, a través de una convicción pesimista que atraviesa diversos estadios de profundidad, hasta encontrar una gran redención. Como si se tratara de una versión de la ya clásica “Memento” de Christopher Nolan, en “Alita: Battle Angel” la memoria lo es todo, pero todo representa en esencia la forma en que nos comprendemos como individuos y la manera en que creamos el entorno al que pertenecemos.

Sin duda, tanto Rodríguez como Cameron tomaron la decisión correcta al tomar los puntos más altos del manga y llevarlos a un espectacular contexto que abraza la historia entera como una historia que se cuenta a la periferia. De la misma manera que en el material original, la acción transcurre en medio de una Guerra interplanetaria y también, hay todo tipo de segmentos de una cultura elaborada y reconstruida sobre la base del auto reconocimiento. La película podría ser un producto de ciberpunk en estado puro que juega por momentos con los mejores símbolos de la distopía. Pero en realidad no es una cosa o la otra. La película medita sobre la inutilidad de la existencia, pero el tono filosófico se enlaza directamente con lo esencial: Alita, como personaje, es toda una alegoría. También una convicción profunda y vehemente del derecho a vivir y el poder de la voluntad. Todo en el emocionante empaque de un androide que tiene la inocencia de un niño humano y el poder de una máquina destructiva. De la manera que lo hizo Jeff Vandermeer en “Borne” (2017), el guión transforma a Alita — como personaje — es una interrogante que se transforma a medida que sabemos más de ella y también, evolucionamos junto a ella hasta encontrar un significado al misterio de su pasado y las posibilidades de su futuro. Mientras tanto, Alita es sólo presente. Uno que se torna dicotómica y se abre en vórtices enigmáticos que vinculan la naturaleza del personaje con algo más complejo: la capacidad de Alita para reconstruir su propia identidad y crear la noción del yo y del encuentro con sus partes intelectuales esenciales. El personaje — interpretado por la actriz Rosa Salazar de “Bird Box” — se cuestiona la naturaleza de su propia vida pero también, el miedo que sostiene ese recorrido hacia un núcleo persistente de lo que pudo ser y ahora no recuerda.

El paso del tiempo lo es todo en “Alita: Battle Angel”. Desde el inicio de los créditos hasta el primer recorrido de la cámara, es evidente que Rodríguez desea brindar espectacularidad al paisaje destruido y decadente de un futuro destartalado y pesimista. Claro está, el director juega con ventaja: la historia se basa esencialmente en el autodescubrimiento y esa concepción de lo que nace y de lo que se hace real, lo que conducirá la película a través de todos los arcos argumentales que debe recorrer. Alita deberá rescatarse a sí misma y también, recorrer el pedregoso camino de construir una noción sobre su peso como ideal — “pienso que entiendo lo que soy, pero sigo sin saber a dónde pertenezco” dice el personaje — y algo más profundo. Desde que el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz) le encuentra en un cerro de chatarra y decide reconstruirla, Alita atraviesa diversas etapas que enlazan su nueva “vida” con la que ya ha vivido, un recorrido que el guión elabora con pulcra precisión. Como si despertara de la muerte — o algo muy cercano — Alita comienza a recuperar fragmentos de su vida — como moverse o controlar sus capacidades — y Rodríguez lo hace todo tan real y tan sutil, que la evolución de Alita resulta un recorrido inteligente por lo que consideramos es una forma de belleza. Mientras todo lo anterior ocurre, Alita debe aprender — o recordar — como vivir en una ciudad deshecha por la pobreza, en la que debe aprender a luchar contra carroñeros y lidiar con el hecho que tiene sentimientos complejos — ¿Es real lo que siento o algún otro artificio? pregunta Alita a Ido, como si de una fantasía de Philip K. Dick se tratara — por el atractivo y misterioso Hugo (Keean Johnson). No obstante, este renacimiento tiene mucho de estructura mecánica y poco de poesía: Alita es de hecho una máquina de Guerra con un propósito muy específico y el recorrido hacia esa idea, tiene mucho de transitorio y espectacular.

Rodriguez además (y es evidente que también James Cameron) utiliza el CGI con una precisión asombrosa que permite crear una creíble versión de lo que Alita puede hacer. En “Alita: Battle Angel” casi todo el escenario pertenece al ámbito de lo digital, pero no se trata de una mezcolanza de texturas y colores de aspecto irreal, sino una versión perdurable de un tipo de acercamiento estético bien estructurado que brinda a la película sus mejores momentos. Sobre todo Alita — como personaje — tiene un aspecto realista que sorprende, a pesar de sus ojos enormes y su cuerpo extrañamente desproporcionado. Pero Alita está viva y es tan vital, que por momentos lleva esfuerzos creer que se trata de una criatura creada por ICG, una ventaja quizás, del hecho de utilizar una actriz para sostener el cascarón digital.

La influencia de James Cameron es notoria: la película entera tiene un aspecto pulcro y el uso de los efectos especiales se enlaza con el guión, traduciendo los mejores momentos del manga en prodigiosas escenas llenas de colorido y buen hacer cinematográfico. Iron City, y Zalem — la ciudad que nuclea toda la acción y el mundo que lo circunda — son hervideros de vida, tanto como para que sus brillantes paisajes sean por momentos, verdaderos puentes argumentales entre escena y escena. Para el segundo tramo de la película, Alita alcanzó su madurez — tanto física como mental — y de ser un androide torpe y aturdido, se transforma en un arma de batalla tan precisa, tan violenta y a la vez tan real, que condensa los mejores momento del icónico Manga que versiona. Además, Robert Rodríguez analiza la historia de Alita como conjunto y la modula con la suficiente firmeza como para dotarla de una serie de matices que rememoran la trepidante capacidad del comic para hacer converger varias líneas argumentales a la vez. El guión logra abarcar los primeros cuatro volúmenes del manga y hacerlo de manera sólida: la película recorre todo tipo de hilos y matices. Desde la investigadora deductiva hasta que descubre la verdad sobre su identidad, Alita es un compendio de matices que sorprende por su sinceridad y coherencia.

Para los amantes del Cyberpunk, pero sobre todo, para los que esperan una película que sepa combinar con inteligencia la historia de uno de los mangas más icónicos: “Alita: Battle Angel” será toda una sorpresa. El desierto post- apocalíptico que Alita recorre de un lado a otro tiene tanto de metáfora como de una evidente declaración de intenciones: A medida que el personaje avanza a través del paisaje desolado, encuentra piezas perdidas de viejas civilizaciones, historias y quizás, seres perdidos en medio de la destrucción olvidada. Quizás, como su propia mente y más allá, su propia existencia.