miércoles, 26 de julio de 2017

El nuevo rostro del terror: Todo lo que la novela de género actual le debe al escritor Charles Maturin.





Para el año 1820, la literatura gótica se encontraba en franca decadencia. Luego de un década fulgurante, donde se convirtió en el género preferido de buena parte del mundo occidental, el género tuvo un claro declive luego que comenzara a ser considerado vulgar y repetitivo. Los elementos góticos parecían no sólo superponerse como una combinación de elementos desatinadas, sino transformarse en poco menos que su propia caricatura. Y es que durante la década de 1810, se publicaron al menos cien novelas que respondían a los tópicos habituales de un estereotipo literario que terminó siendo no sólo tedioso, sino también, ridículo. Una y otra vez, las narraciones sobre monstruos, castillos hechizados, pálidas damiselas en desgracia y villanos de opereta llenaron las librerías y convirtieron al género gótico — con toda su carga de belleza alegórica y sobre todo, su enorme cualidad evocadora — en poco menos que una parodia de si mismo. Para la segunda década del siglo XIX, la noción sobre lo macabro y lo estético pareció no aportar ninguna interpretación novedosa al mundo literario y derrumbarse sobre las bases de la popularidad que lo cimentaron por casi veinte años.

Con el declive, por supuesto, llegó el replanteamiento de la propuesta de la novela gótica. Luego que cientos de novelas de variable calidad transformaran la percepción sobre sus elementos en menos que una burla, comienzan a surgir tímidos intentos de comprender a lo Gótico no sólo como un estilo de contar historias, sino una noción sobre la historia que se cuenta. Inolvidable, el intento de la escritora Jane Austen de ironizar sobre los lugares comunes e ideas insistentes en las narraciones en su magnifica novela “Abadía de Northanger”, una burla satírica sobre los elementos absurdos que se repetían sin cesar obra tras obra. No obstante, fue este reconocimiento de los elementos esenciales que sostenían el discurso gótico, lo que logró que el género comenzara a analizarse así mismo. De la sátira a la autocrítica, el Gótico avanzó hacia la percepción de sí mismo como una forma creativa y lo que resultó aún más valioso, una expresión formal literaria de enorme trascendencia. Aún así, quizás, los largos años de reiteración de elementos, habían ocasionado un daño irreparable en la noción sobre el gótico como una concepción narrativa y lo que resulta aún más lamentable, la percepción sobre la calidad y la profundidad del género como expresión cultural.
Es entonces, cuando se publica Melmoth, el Errabundo de Charles Maturin, la novela que marcaría el final de una etapa en la novela gótica en la literatura anglosajona y que reinventará el género desde sus elementos esenciales. Compleja, extraña y sobre todo, profundamente original “Melmoth el errabundo” tiene la capacidad de crear y construir toda una nueva propuesta sobre lo que hasta entonces había sido el gótico tardío. Eso, a través de un planteamiento que aunque mantiene buena parte de los elementos que sostienen el gótico como género, logran transformarlo en algo más. Alegórica, por momentos densa y claustrofóbica, la novela crea no sólo un tipo de terror que sorprendió a los lectores, hasta entonces acostumbrados a un tipo de narración lineal, con pocas sorpresas y sobre todo, con giros absurdos argumentales que habían terminado debilitando la visión sobre lo que lo simbólico y lo lóbrego podía ser.

Concebida como una historia laberíntica, de múltiples dimensiones y análisis, “Melmoth, El errabundo” tiene la capacidad de rescatar el terror desde el origen de su planteamiento, y brindarle una dimensión asfixiante, de enormes implicaciones. No hay un sólo elemento en la novela de Charles Maturin que no tenga un profundo significado y sobre todo, que no construya una expresión original sobre su propuesta: el escritor plantea la trama de una manera tan original que la trama se subdivide en cientos de facetas e interpretaciones, lo que la dotan de una profundidad hasta entonces desconocida. Porque el miedo no es sólo miedo, como las decenas de subtramas no son sólo repeticiones del mismo tópico. Hay una plasticidad y sobre todo, profunda comprensión sobre el hecho que describe y sus implicaciones, que Maturin no sólo logra conjugar en una perspectiva concreta, sino a través de la cual construye todo un concepto intrincado sobre lo que el terror puede ser. Y es que “Melmoth, El errabundo” no sólo reinventa la raíz del miedo sino que lo dota de una personalidad única.

“Melmoth, el Errabundo” es una epopeya infernal plagada de todo tipo de referencias ocultistas de enorme valor simbólico. Una mega estructura metafórica sobre el bien y el mal que resulta un fresco impresionante sobre las nociones de su época sobre el pecado y la redención. Las miserias cotidianas, el dolor, el sufrimiento, el horror reconvertido en alegoría, sustentan una tragedia esencial que el autor delinea a través de imágenes delirantes y crudas. Melmoth, como personaje, es una visión inquietante sobre los entresijos de la naturaleza humana y también, del miedo y el sufrimiento como formas de expiación en medio de un escenario devastado por el mal en estado puro. Con el arrebato romántico del género gótico pero también, una percepción del horror por completo novedosa, Maturin analiza el problema del mal desde una sinceridad existencialista que crea un discurso de enorme poder filosófico. En la historia, el poder demoníaco desafía el conocimiento Celestial con su mera existencia pero también, se contrapone a la ambigüedad moral del hombre, para crear un reflejo retorcido sobre la esperanza, la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. Con el espíritu visionario de Blake y la compleja noción sobre lo oculto que más tarde Lovecraft llevaría a una nueva dimensión, Maturin asumió la labor de no sólo ponderar sobre el terror desde las expectativas culturales y sociales, sino asumir el enigma como un elemento imprescindible para comprender las regiones más oscuras del espíritu humano. Lo sobrenatural en la obra de Maturin posee una connotación colosal y catastrófica, una mirada sobre la pérdida de la fe y la caída de la Gracia que parece reflejar cierto positivismo inquietante. Para el escritor, lo temible del Infierno que describe tiene una estrecha relación con los pesares y terrores de la humanidad, antes que un planteamiento sobre castigos o redenciones divinas. La estructura del libro, a base de historias entrelazadas entre sí, de personajes que narran sus historias en medios de tormentos y terribles sufrimientos morales, anuncia una visión sobre lo temible más cercano a lo filosófico que a lo efectista. Y quizás ese es su mayor triunfo.

Al momento de su publicación, la novela obtuvo críticas dispares. Se le consideró no sólo blasfema sino también obscena y su venta fue prohibida en la mayoría de las librerías de Londres. A pesar de eso, la novela se convirtió de inmediato en una obra de referencia literaria y convirtió a su autor, en una de las figuras más emblemáticas del agonizante género gótico. Entre críticas y halagos, la visión de Maturin sobre lo que lo gótico podía ser y podía expresar, sorprendió a un universo lector que hasta entonces, había considerado al género como una percepción menor sobre la literatura. Pero Maturin, con una comprensión de la sutileza del terror como idea, crea todo un nuevo escenario, repleto de alegorías y reconstrucciones sobre lo terrorífico y abre toda una nueva comprensión sobre lo que el planteamiento del terror como idea literaria puede ser.

Eso, a pesar que Maturin sigue en apariencia el esquema habitual de toda novela gótica: la historia no carece de elementos rutinarios y de los tópicos habituales, pero concebidos de una forma tan desconcertante, que la novela misma parece asumirse desde ese punto de vista desconocido. Lo sobrenatural, el miedo, la vulnerabilidad humana, los espacios asfixiantes y lóbregos, son concebidos por Maturin no sólo como elaboradas precisiones del Universo gótico, sino pequeñas concepciones sobre el terror. Símbolo de la angustia existencial, de los terrores discretos y la fragilidad humana que sostienen una narración cada vez más intricada, dura y aterradora. Nada es sencillo, este paisaje desigual y oscuro que Maturin dibuja con un envidiable pulso narrativo: la estructura de la novela crea una superposición de escenas y personajes en un equilibrio casi perfecto, que brinda a la historia una solidez asombrosa, a pesar que en ocasiones la obsesión por Maturin por los detalles — dedica largos y extensos capítulos a minuciosas descripciones aparentemente sin otro valor que el estético — pudiera jugar en contra de su solidez. Pero el escritor logra encontrar una manera de construir una imagen global sobre lo que cuenta que se enriquece justamente por esa concepción del detalle inherente, de la precisión de la capacidad para contar y narrar historias como elemento esencial del sentido narrativo.

Quizás por ese motivo, Maturin logró lo que a otros autores les resultó casi imposible: crear una novela que no sólo mantuviera y acentuara los elementos esenciales de un género menospreciado sino que a la que resultara virtualmente parodiar o incluso satirizar. Y es que “Melmoth, El errabundo” no sólo es una brillante concepción sobre el terror y lo enigmático, sino que además, elabora una hipótesis novedosa sobre lo que puede ser como elaboración eficaz narrativa. Maturin no sólo encuentra el punto de equilibrio con respecto a las ideas sobrenaturales que maneja sino que además, elabora incluso concepciones de matices cósmicos, que un siglo después, serían partes esenciales de las novelas del escritor H.P Lovecraft, quien siempre insistiría en la enorme influencia que Maturin tuvo en sus novelas.

Con “Melmoth, El errabundo” quizás se cierra un capítulo de lo que a la novela gótica se refiere: se insiste con frecuencia que su publicación marcó un momento de ruptura entre el antes y el después de lo que el terror esencial — disimulado y asumido como una idea primitiva al fondo de lo espiritual y lo místico — y que sin duda, fue un simbólico final para el género gótico como hasta entonces se había conocido. No obstante, con más frecuencia, se le tilda de reinvención de lo misterioso, lo que al final le brindó su merecida trascendencia: Charles Maturin llegó a convertirse en la un epítome de los escritores del género y responsable de una nueva interpretación de lo que había sido luego de años de desacralización de la literatura fantástica y su nueva interpretación victoriana. Pero más allá de eso, “Melmoth, El Errante” creó un nuevo rostro para el símbolo del miedo, una puerta abierta hacia una interpretación de lo que es quizás, la faceta más esencial de la mente humana. Un reflejo de una concepción inaudita sobre la identidad del hombre, asumida a través del terror. Lo cual es quizás, el mayor triunfo de su autor.

martes, 25 de julio de 2017

Una puerta abierta al recuerdo: 450 de años de Caracas.




Somos nuestra historia, nuestros dolores, las pequeñas grietas en la identidad que se crea a partir de recuerdos. Lo pienso mientras miro el perfil de Caracas, radiante bajo el sol de Julio. Inhóspita, herida. Pero mi ciudad, al fin y al cabo. El lugar en el que nací y crecí. A veces siento que Caracas no es una ciudad, sino una identidad, una idea a medio construir, una aspiración que forma parte de mi mente. Porque a pesar que la ciudad cada vez se hace más inhóspita, dura, violenta, siempre habrá una parte de mí que sienta profundamente vinculada a ella, a lo que representa en mi historia, al lugar que ocupa en la mitología de mi vida. Amo y odio Caracas por partes iguales, la detesto y la añoro, la recuerdo y me enfurece y es mi ciudad, mi hogar, la casa grande donde me crié, la enorme esperanza donde aprendí a mirar el caos como algo bello, con esa chispeante belleza de las tierras de nuestra imaginación. Amo a Caracas por ser parte de mi, por ser una forma de expresar una parte muy importante de mi vida.

¿Desde cuando usted no se llama ciudadano? Es una pregunta que me hago con mucha frecuencia. Me lo pregunto, mientras camino por cualquier calle y me tropiezo con la cultura que durante los últimos quince años nos convirtió a buena parte de la población del país, en enemigos. No exagero: unos y otros nos detestamos mutuamente, con tanta libertad que en ocasiones me pregunto si el odio no estaba allí antes de hacerse política. Seguramente, sí, por supuesto. Venezuela no es inocente, el Venezolano tampoco ingenuo. Aún así, el hecho de que este odio se haya convertido en parte de lo social, en una brecha insalvable entre la Venezuela que fue y la que es, no es herencia. Es un hecho, una estructura de estado construida sobre las bases de un país donde el resentimiento es parte esencial de convivencia. Somos enemigos porque en Venezuela se ejerce la tiranía de la mayoría.

Recorro el casco histórico de Caracas a pleno mediodía. Antes lo hacía con mucha frecuencia. Esta es la primera vez que lo hago en meses y el cambio de la ciudad es notorio, a pesar de que no ha transcurrido tanto tiempo como para justificar el deterioro, la desesperanza y la tensión que llenan las calles. Negocios cerrados, la calle cubierta por un manto de basura putrefacta, mendigos acurrucados en las esquinas, el panorama es desolador. Y no que antes no lo fuera: el año pasado recorrí Caracas de punta a punta y las largas caminatas me enseñaron unas cuantas cosas sobre la realidad de esta ciudad hostil y cruel. Pero con lo que ahora me encuentro, es una ciudad sin máscaras, con las heridas abiertas y bien visibles. Una ciudad que se resquebraja en medio de una turbulencia social y cultural de consecuencias imprevisibles. Miro a mi alrededor y más que nunca, comprendo hasta que punto y con profundidad, la idea del caos convirtió a Caracas en una ciudad rota, llena de incertidumbre, temible y temerosa. Sentada en la Plaza Bolívar, con una sensación de angustia que opaca el día, me pregunto de nuevo ¿En quienes nos convertimos?

Me siento en un pequeño restaurante muy cerca del Teatro Nacional de Caracas. Cuando era una niña, solía venir con mi abuelo materno para disfrutar de la riquísima torta de chocolate que preparaba en persona la dueña, una mujer enorme y simpática que siempre te obsequiaba un pedazo de más. Era un lugar familiar, con el televisor a todo volumen, los clientes de toda la vida riendo y hablando en voz alta. Era otra Caracas, con las calles coloreadas de risas, con la ciudad vestida de esa normalidad aburrida. Hoy, el restaurante ha perdido su brillo: apenas hay clientes, las sillas de metal están rotas y descascaradas y el Menú, solo ofrece lo mínimo. La dueña, que perdió su sonrisa, me explica que “ya no hay plata para hacer bien las cosas”.
- Estamos viviendo con lo que se puede — me dice. Me sirve un café sin azúcar, diluido en agua. Se le ve agotada, entristecida — apenas nos alcanza para decir que existimos.

¿Quienes somos? Me pregunto. De pie, frente a la Catedral, miro a un hombre que grita consignas megáfono en mano. En una mezcla de ideas y opiniones políticas ajenas, intenta hacerse escuchar. Lleva harapos, está descalzo. La Venezuela que no fue, la Venezuela de las promesas rotas. La Venezuela de las tristezas ajenas. La Venezuela que se heredó del caos y la indiferencia.

Quisiera disimular a esta Caracas de los sobrevivientes. Quisiera y lo intento, creer que la ciudad puede ser algo más que esta aridez, que este destrucción progresiva de toda historia que acogió. Pero no puedo. No puedo hacerlo cuando atravieso las calles y avenidas llenas de propaganda política, interminables, descoloridas. La ciudad deformada, mutilada, por la diatriba estéril, por lo que perdemos a fuerza de ignorar, de luchar unos contra otros, de convertirnos en masa muda, en masa anodina. Y el hombre sigue gritando, invocando al Líder Muerto, al más reciente Mesías de un país que necesita la excusa del poder para disimular el sufrimiento, la destrucción moral.

Pero repito, eso a nadie le importa. En algunos de los pocos negocios abiertos, reina un ambiente de fiesta. En todos, las conversaciones son las mismas de hace veinte o treinta años. Me sorprendo al escuchar las críticas “a los mocosas vagos que protestan”. Lo hace un hombre que después añade que el “barrio se ha vuelto más peligroso que nunca”. Los que ríen a su alrededor, indiferentes. Los hijos de la Revolución sin nombre El país de las crisis perpetuas. El país de las crisis que no se restañan, de las heridas que siempre están abiertas. El país que perdió el nombre y no quiere recuperarlo.

La Venezuela resquebrajada. El país que es una amenaza.

Eso somos.

Esa es Venezuela.

Una mirada al olvido: La ciudad que existe.
Cuando era niña, caminar por Caracas me parecía asombroso. Tal vez se debía a que, con la imaginación desbordada de mis diez y un poco más, la ciudad era un fragmentos de mis sueños. Con sus altos edificios y las esquinas polvorientos, las calles de adoquines del Casco Histórico, las puertas de madera con las que te tropezabas de vez en cuando, tenían un toque de Misterio que el resto de la ciudad carecía por completo. Me recuerdo muy niña, aferrada a la mano de mi abuela, mirándolo todo con los ojos muy abiertos, temerosa de perderme algo. ¿Que tal si parpadeaba y las palomas de la Plaza Bolívar echaban a volar en desbandada? ¡Que imagen más asombrosa! Las alas grises parpadeando en el cielo, la luz radiante de esas tardes de niñez, atravesando las plumas. Y yo saltaba, alborozada, para rozar alguna en pleno vuelo, para sentir por un momento la plenitud de la belleza de ese sueño de ciudad que era la mía.

Porque Caracas me pertenecía. Era mía, desde el Ávila verde jugoso, hasta los cielos interminables de diciembre. El olor del café que rondaba la cocina inmaculada de café en la mañana, los árboles viejísimos y amistosos que rodeaban la calle que atravesaba para llegar a la Escuela. Esas rarísimas ventanas altas del Centro, los edificios brillantes que parpadean bajo el sol. Caracas era mi casa, era el sueño de cada palabra, la primera fotografía, la casa más allá de mis cuatro paredes íntimas. Eras mi lugar, mi deseo, era el futuro. Era el lugar que me vería convertir en escritora — o en fotógrafa o en bombera, ¿Quién podría saberlo por entonces? — y que recorrería la mujer en la que me convertiría para comprenderme en ella, en el sonido de la calle, en la placida quietud de esta ciudad que era parte de mi historia.

Lo recuerdo tan claro, sí. Esa ciudad que me parecía tan joven como yo, tan viva y tan errante, un sueño migrante bamboleando de un lado a otro. Mi Caracas, que era más un trozo de mi mente que cualquier otra cosa, con esa sonrisa torcida que parecía invitar a cualquier cosa. La ciudad que me inspiró y me asustó, la Caracas que me crió, en la plenitud de la aridez de ser solamente un deseo. Porque Caracas, la real, la fiera, seguía escondida en esa cristalina imagen inocente que tenía de ella. En el dolor de saberte perdida, mi Ciudad querida, antes de tenerte.

Porque perdí a Caracas, por la violencia. La perdí una vez, cuando me golpearon para arrebatarme un par de billetes y un teléfono sin valor. La perdí de nuevo, cuando me apuntaron con un arma en la cara. La perdí otra vez en el sonido del odio, en el reclamo del dolor y de la intolerancia. La perdí cuando dejé de reconocerla, cuando caminar por sus calles se convirtió más en un riesgo que en un placer. Te perdí Caracas, cuando dejé de reconocerte en mi rostro, cuando desapareció el recuerdo en la brecha implacable de la realidad.

¡Porque quisiera gritar mil cosas Caracas! Como la hija que se rebela, quisiera decirte como me duele temerte, haberte perdido y no recuperarte. Y te miro, a diario, buscando recuperarte. Te miro, a través de la cámara, de lo que escribo, de mis sueños que aún te pertenecen. Pero no te encuentro. Te perdí. En algún recodo de las vicisitudes, de este trayecto interminable que me lleva tan lejos de ti, te volviste fiera. O siempre lo fuiste y yo no quise verlo. Cuánto esfuerzo lleva admitir eso. Lo hago con dolor, porque no me queda más remedio. Lo hago porque me obliga el miedo que te tengo a pesar del amor, que sobrevive, que sigue allí, en esa encrucijada donde coincidimos, donde eras mi rostro. Porque este miedo Caracas, no es solo el sentimiento que no puedes contener, sino lo que implica. A olvidar quién fuiste, a rechazar tus brazos abiertos. ¿Dónde estás coño Caracas? ¿Dónde está la ciudad que me crió, que me hizo recorrer ideas, que me empujó a continuar mirando? Soy lo que tu hiciste de mi, hija agradecida, la que levanta los brazos en esos cielos tuyos de diciembre resplandecientes y te abraza de corazón. La que camina por la Plaza Bolívar y con la treintena a cuestas, aún corre detrás de las Palomas. La que se para al pie de nuestra Montaña para soñarte. ¿Dónde estás? ¿Por qué ya no te encuentro?

Miro todas las fotografías que guardo de ti. Que sabor a pasado. Que dolor tan antiguo. Las miro, y las llevo entre mis manos, de un lado a otro, temblando, angustiada. Las miro y me pregunto que magia podrá devolverme tu nombre, que clase de invocación podrá hacerme recuperar esa sencillez de recuerdo. Este amor, Ciudad de mil bendiciones, este amor que también es rencor, esta aridez que también tiene algo de pérdida, se abre en dos direcciones distintas. Quiero huir de ti, quiero encontrarte de nuevo. ¿Podré hacerlo?

Soy un rehén. Soy tu víctima. No sé cómo perdonarte. ¿Debo hacerlo? ¿Qué culpas tienes Caracas de lo que te hemos convertido? ¿Qué culpas tienes de las calles rotas, de la sangre que se esconde en la noche? ¿De la basura que te desfigura? ¿Qué culpas tienes tu de este silencio, de ser solo una imagen rota? Ah, mi amada, mi querida, mi madre, ¡Es que este miedo lo es todo! Está en todas partes: Es el miedo a subirme en un vehículo de transporte público y enfrentarme a un asaltante, es resultar herida por llevar un teléfono que a alguien puede comprendida mercancía deseable. El arco de las variables y posibilidades se abre en todas direcciones y de pronto te encuentras, en un estado de temor que no puedes definir porque no es completamente tuyo: es una idea general, que se extiende en todas direcciones a diario. Y es miedo, sí. Insoportable. Es miedo cuando la paranoia te desborda e incluso lo mínimo se convierte en amenaza. Es terror cuando comprendo que estoy atrapada en ti, en lo que no eres, en lo que te convertiste. O mejor dicho, no seamos injustos, no solo se debe a ti, sino a la amenaza, esa angustia que se ha convertido para nosotros, los que nos llamamos Caraqueños en algo tan natural como respirar.

Y mis fotografías vuelan, entre el viento, arrasadas por la angustia y también por la esperanza. Porque la imagen guarda mis recuerdos, pero también ese sueño, más allá de mi misma. ¿Eres mía Caracas? ¿Alguna vez lo fuiste? Te ofrendo mis fotografías, mis palabras, tierra en mano, con el sabor de la sal de lágrimas en el cabello. ¿Eres mía? ¿Un recuerdo? ¿Una visión? ¿Un sueño a recordar?

No lo sé, me digo. Sentada en silencio te contemplo, una silueta radiante que brilla en un cielo despejado. Pero tengo este deseo, que la vieja magia me devuelva esa necesidad de comprenderte, más allá de este miedo y rencor. Un fragmento de brillante belleza. Un reflejo de quien soy.

Caracas, mi rostro en el espejo.

Caracas, una parte profundamente sentida de mi propia necesidad de creación.

lunes, 24 de julio de 2017

Las revistas pulp y el nuevo terror: Todo lo que debes saber sobre el escritor Abraham Merritt y seguramente no conoces.




La historia de la literatura de ciencia ficción — sobre todo la especulativa — tiene mucho que agradecer al desparpajo vulgar e imaginativo de las revistas pulp. No sólo se trataba de un vehículo atractivo para la difusión de géneros literarios que la mayoría de las editoriales consideraban menores sino que además, brindó un sostén evidente a la visión de lo literario como una forma de entretenimiento. La variedad de temas, tópicos y visiones que incluían las Pulp eran infinitos y formaban parte de una pléyade de opciones que las sucesivas ediciones profundizaban en cada entrega. Desde las dedicadas al género del oeste, las bélicas con sus extensos relatos sobre batallas imaginarias y líneas de tiempo temporales alternativas precursoras de las ucronías actuales hasta las dedicadas al terror, la fantasía y la ciencia ficción, las revistas Pulp reflejaron la transformación del entretenimiento literario en algo más complejo y efectivo. Su barato y rápido ritmo de publicación la hacían el medio idóneo para la experimentación y muchos autores encontraron en la ausencia de límites y exigencias editoriales de las Pulp, el terreno idóneo para crear todo tipo de propuestas novedosas. Escritores como Robert E. Howard, Howard Philip Lovecraft o Clark Ashton-Smith, encontraron en las Pulp una completa libertad e independencia intelectual que les permitió explorar sus límites y brindar una nueva dimensión a la búsqueda de la creación fantástica, más allá del prejuicio habitual que suele soportar el género. Una nueva perspectiva sobre los alcances de la literatura como medio simbólico y reflejo de la cultura a la que pertenece.

Abraham Merritt fue uno de los escritores insignes que utilizaron los recursos y el poder de las revistas pulp para crear toda una nueva perspectiva sobre lo fantástico. Eso, a pesar que suele sufrir un inmerecido olvido cuando se analiza la literatura de género. El nombre del autor parece perderse entre los grandes nombres del género, oculto quizás por toda una nueva generación de narraciones y experimentos literarios de variable valor y calidad. No obstante, Merritt fue uno de los pioneros de lo que actualmente conocemos como la visión literaria sobre el miedo. Tan inquietante como Lovecraft — de quien fue contemporáneo -, meticuloso y desconcertante como King y obsesionado con crear universos propios para cada una de sus historias a la manera de Bierce, Merritt es uno de los escritores que analizó con mayor profundidad el miedo como emoción humana esencial. O más allá, esa interpretación de lo que nos asusta — esa región lóbrega en nuestra mente — con la que todos nos sentimos identificados. El miedo como un reflejo de nuestra propio mirada hacia lo desconocido.

No obstante, para Merritt la escritura sobre el miedo no era meramente filosófica, sino un asunto biológico, un enfrentamiento entre lo pragmático con ese temor brumoso que invoca lo que no podemos comprender.

Sin duda, esa noción sobre el miedo proviene de los primeros pasos del escritor en la literatura como parte del movimiento Pulp. Una percepción sobre el hecho de contar historias por completo nueva y sobre todo, profundamente renovadora de lo que hasta entonces había sido la mirada editorial sobre la historia, la distribución y divulgación de las historias de género como parte de lo que se consideraba literatura “barata”.
Porque las revistas Pulp eran una rareza, una especie de espacio entre la literatura considerada “sólida” y algo más ambiguo, mucho más relacionado con la mirada popular sobre la palabra. Como medio de difusión masiva literario y sobre todo, una plataforma que garantizaba la lectura las revistas garantizaron y abrieron una nueva visión sobre la manera como los autores se relacionaban con el público, la literatura e incluso con su propia visión sobre lo que deseaban crear a partir de su propuesta literaria. Las pulp eran baratas, se imprimían por cientos y además, eran parte de todo un vigoroso movimiento de la llamada literatura de calle, que en las primeras décadas del siglo XX transformó por completo esa sacrosanta concepción de la literatura como intocable. En las pulp se mezclaban artículos de reconocidos autores con un formato vulgar, y el resultado fue una revolución literaria sin precedentes. Se les acusó de frívolas, de simplemente permitir que los escritores de renombre pudieran experimentar lo que las editoriales establecidas no le permitían, pero a fin de cuentas, las pulp impulsaron una nueva manera de asumir el poder de la lectura, más allá de salón o la biblioteca. La inmediatez del formato — solían imprimirse cada semana — y sobre todo, la facilidad de su consumo — se vendían en estanquillos callejeros — hicieron que parte de una generación de prolíficos autores miraran con interés su capacidad para vender la literatura a un nivel novedoso. Por supuesto, las pulp han sido acusadas de ser el precedente inmediato de la llamada Cultura de Best Seller, de la literatura comercial sin otro sentido que la venta, pero aún así brindaron la oportunidad a grandes autores de brindar un giro singular a su escritora y como en el caso de Merrit, de crear una perspectiva por completo original sobre diversos géneros, sobre todo el terror y la Ciencia Ficción.

Quizás Abraham Merritt sea uno de los grandes exponentes de los que las pulp brindaron a los escritores que participaron en ellas. Prolífico, inteligente, metódico, sus novelas son consideradas verdaderos mecanismos de relojería literaria, con una interesante concepción sobre el terror y más aún, con una agilidad en el arte de narrar historias que brindaron al hasta entonces, muy sobrio género de terror un nuevo cariz. Con su prosa seca y sobria, tenía la capacidad de crear atmósferas precisas, inquietantes, con apenas unas cuantas descripciones bien escogidas. Además, era un escritor que estaba convencido del valor de dotar a sus creaciones literarias de personalidad: a pesar de ser uno de los grandes exponentes de las pulp — y por tanto, destinado quizás a formar parte de un tipo de narración estándar — Merritt supo encontrar el equilibrio entre la capacidad para contar historias y también algo más sutil, complejo y duro. Una mirada inquisitiva sobre el género humano, sobre la debilidad del espíritu del hombre e incluso, su esencial vulnerabilidad.
Como periodista y miembro intermitente del célebre Circulo de Lovecraft, Merritt tuvo la inestimable oportunidad de aprender el oficio de la escritura fantástica y de terror de los mejores. Durante años, no sólo intercambió su particularisimo punto de vista con los mejores narradores de su época, sino que cosechó un considerable éxito de ventas gracias a su cada vez más famosas historias en las pulp americanas, cuyo impulso definitivo en el gusto del público le lanzó a una improbable fama. Incluso, llegó a fundar una revista que llevó su nombre “A Merrit’s Fantasy Magazine”, donde siguiendo la tradición del folletín barato, dio la oportunidad a toda una serie de escritores de crear una aproximación distinta a lo que a la literatura y el público se refiere.

Pero sobre todo, Merritt era un escritor dedicado, apasionado por la palabra y que dedicó buena parte de su vida a la literatura. También era un hombre misterioso, excéntrico y con una enorme curiosidad. Por casi dos décadas, se rumoreó que Merrit era un entusiasta — y muy probablemente practicante — del ocultismo. La versión quizás nació debido a su enorme colección de rarezas literarias que incluían por supuesto lo que se suponían era una serie de volúmenes arcanos que había logrado adquirir durante años. Realidad o parte del mito sobre el escritor, lo cierto es que Merrit tenía una de las bibliotecas más espléndidas de su época. Quizás por ese motivo, “Arde, bruja Arde, su obra más conocida, pareciera lograr no sólo un estupendo equilibrio entre la superstición, el terror y el conocimiento de magia y esoterismo, lo que hizo de la novela un inmediato éxito de librería.

La novela, más allá de su innegable aire pulp, es una profunda reflexión sobre el racionalismo, el pragmatismo y el terror, comprendido como lo que se esconde más allá de lo que supone es la realidad. Ese amor hacia el conocimiento y lo científico que definió las primeras décadas del siglo veinte, parece enfrentarse directamente con esa nebulosa noción sobre el terror que nace de lo misterioso, de lo apenas sugerido. Porque para Merritt, el terror parece surgir de ese desencanto del nuevo siglo por la noción del caos, del nacimiento de nociones relativas sobre lo que se consideraba absoluto. Esa visión de ruptura con esa interpretación del mundo modélico y ordenado ( a la manera como lo imagino Agatha Christie) con algo más confuso. En medio de las guerras, la reinvención de Dios — o esa teorización de la espiritualidad que parece depender de la visión del hombre — el hombre de principios del siglo XX parece buscar una comprensión sobre el mundo sujeta a una profunda transformación. Aterrorizado, con enorme torpeza. Es esa lucha la que refleja Merritt: ese enfrentamiento de lo visceral y racional cada vez más desconcertante y abrumador.

Sorprende que a pesar de su casi medio siglo de antigüedad, la novela posea una enorme agilidad para describir y puntualizar un universo complejo con gran inteligencia. Entre el esoterismo, la fantasía y el terror en estado puro, la novela avanza para crear una historia por momentos desconcertante que construye un discurso narrativo sólido y audaz. Porque Merritt ante todo, celebra y disfruta del arte de escribir y lo hace muy bien: elabora una noción del miedo tan fresca que parece transformar toda su propuesta a media que la historia avanza con gran destreza. La combinación de momentos de gran tensión psicológico y de esa trepidante agilidad brinda a la novela una personalidad única, un juego de espejos sensoriales que da como resultado una propuesta sobre el terror que aún llega a sorprender al lector.

Por supuesto, Merritt no puede olvidar su herencia pulp. La novela tiene fallos argumentales, algunos blanduras inexplicables y uno que otro bache narrativo. Pero aún así, la acción transcurre sin detenerse, como si a pesar de su imperfección, este maestro desconocido del terror que es Merritt hubiese encontrado la manera de crear una manera de expresar en una novela lo esencial de Pulp: esa combinación de calidad, baratillo y agilidad que aún disfruta de un considerable público cautivo. Porque quizás Merritt continuará siendo un ilustre desconocido dentro del género del terror, pero su legado — esa noción del poder de crear a través de la palabra como una aventura de la imaginación — continuará incólume. Trascendente. Lleno de brillo.

sábado, 22 de julio de 2017

La voz del Bosque de los secretos y otras historias de brujería.




La bruja caminó hacia el final de la cueva. Aún seguía sin poder distinguir la luz del exterior, pero podía oler el bosque más allá, la fragancia de las hojas frescas y jugosas. El mar que bordeaba la playa. Intentó caminar más rápido, pero estaba tan cansada, tan agotada. Y de pronto, escuchó el sonido de una voz. Tétrica, inquietante. Se dio la vuelta para mirar y...

Me detengo. Gloria me dedica una mirada sobresaltada. A su lado, Flor se cubre la cabeza con una sábana y parece temblar un poco bajo la tela. Juan, aguanta la respiración, con los dedos apretados en el cuerpo de plástico de la linterna.

- ¿Y qué pasó después? - me pregunta Juan con la boca entreabierta - ¿Quien la perseguía?

Intento contener la risa. Gloria pone los ojos en blancos, impaciente.

- Oye, sigue contando o de verdad me iré de aquí...- dice por último. Pero en lugar de sacar las piernas del saco de dormir, se acurruca un poco más, con los dedos apretados al almohadón - ¿Qué pasó con la bruja?

- Seguro la quemaron - suelta Flor. Y se me congela la risa de pillete en los labios. Juan suelta una especie de jadeo contrariado y Gloria se queda muy quieta, como si alguien hubiese dicho una mala palabra. Flor levanta las manos, con un gesto impotente - ¡Es verdad! ¡Eso hacian! ¡Quemaron a todas las brujas!

No sé que decir sobre eso. No es un tema que me guste tocar y tampoco sé mucho al respecto. Sólo lo que he leído en unos cuantos libros de las Sombras de la casa, de lo que escucho en conversaciones familiares o visto en alguna que otra película. La idea tiene ese vago lustre inquietante de las pesadillas, de algo que no puedes creer que sucedió, que fue real. Pero lo fue. Lo pienso a veces, mientras copio con cierto aburrimiento rituales y recetas de herbolaria. Mientras memorizo las invocaciones a la Luna Llena. Pienso que por cosas así de simples, familiares y rutinarias, mujeres en todo el mundo murieron. Fueron torturadas y asesinadas. Desde luego, no pensaba que alguien fuera a mencionarlo en la noche de mi cumpleaños, mientras celebro con Juan, Gloria y Flor en un campamento de tela vieja en el jardín antipático de mi abuela - la sabia, la bruja - . La verdad, no era algo de lo que quisiera hablar nunca.

- ¡Eso es cosa de películas! - protesta Juan con toda la sabiduría de sus diez años - ¿Que van a quemar gente así?
- ¡Que no! ¡Las quemaban! - insiste Flor con voz muy baja y temerosa - lo vi en uno de los libros de mi papá. A la gente la quemaban por...

Me mira, traga saliva. No quiere decir lo que tiene en la punta de la lengua. Me mira con preocupación y de pronto, sé lo que está pensando: Agla es una bruja. Lo es como lo fueron tantas mujeres en esa época de quemas y muerte. De pronto, no se trata de un rostro en una historia en las páginas de un libro, sino un rostro que reconoce, una figura real. De pronto, los siglos de distancia no parecen tan importantes. Como si el hecho que de comprender la magnitud de una tragedia muy vieja, de pronto la hiciera má dolorosa. Noto como la sorpresa se convierte en algo parecido al miedo, a la preocupación, a una leve angustia.

- Yo si he escuchado de eso - tercia ahora Gloria con vocecita trémula. El rayo de luz de la linterna va hacia su rostro y ella parpadea. La aparta de un manotón. Escucho a Juan disculparse entre susurros - que...bueno, había una cosa...una gente que podía...

- La inquisición - digo. Tengo la garganta tan seca que me hace un chasquido al tragar - se llamaba la Inquisición. Era como un tribunal.

De modo que es cierto, parece decirme la expresión de Juan, que se queda muy quieto y deja de mover el haz de la linterna de un lado a otro. De modo que sí, es verdad  que hubo algo como muertes por algo que soy, que me identifica, en lo que creo. Los cuatro nos quedamos en silencio, como si el peso de ese pensamiento nos aplastara, nos hundiera un poco en un nuevo conocimiento que quizás nadie deseó tener. Suspiro y me abrazo a mi almohadón de lunas y estrellas, con el corazón latiendo muy rápido. Es muy tonto que algo así me asuste, hago daño. Son cosas que pasaron hace muchos siglos, cuando el mundo era distinto. Más contrahecho e implacable. ¿Por qué te abruma ese pensamiento? me digo, me muerdo el revés de las mejillas, intento respirar con tranquilidad, pero no lo logro. Me afecta, aunque no entiendo por qué.

Claro que lo sé, me digo entonces, como si no pudiera huir de la idea. Me afecta porque soy bruja - o quiero serlo - porque tengo diez años y todas las mujeres que amo se llaman así mismas hija de la Diosa. Hijas de la Luna. Porque son mis creencias, las mismas que quizás celebraron esas mujeres perdidas, asesinadas, sin rostro por la historia. Y asusta. Aunque no sepa por qué ni tampoco tenga un motivo. Me asusta, me abruma. Me entristece.

Hace unos años, cuando leí por primera vez la palabra Inquisición, no entendí nada sobre ella. La encontré en un Libro de las Sombras de la casa, rodeada de dibujos de Iglesias y campos áridos. La contemplé, pequeña y rigida, en medio del resto de las palabras. Me pregunté por qué alguien había creado un paisaje tan triste para acoger esa palabra, para definirla. Me intrigó y me sobresaltó, como un pequeño misterio. Pasé la yema de los dedos sobre la palabra escrita en tinta de bolígrafo, en apariencia tan sencilla, tan frugal.

Tia E. me miró con rostro tenso cuando le pregunté por la palabra. Pareció ofuscada, impaciente. Luego, simplemente triste. No dejó de mover sus dedos nerviosos sobre el libro que leía mientras intentaba decidir, supongo, como explicar algo tan complejo a una niña pálida y ansiosa.

- Fue un tribunal que juzgó a las brujas - dijo simplemente. Lo hizo sin su habitual dramatismo y espontaneidad. Debía ser un asunto muy serio aquel para entristecerla tanto - La Iglesia decidió que algunas creencias podían hacer daño y decidió destruirlas.

Me quedé sin saber que decir. De pronto, los paisajes desolados y las hojas rotas dibujadas alrededor de la palabra, tenían sentido. Me recorrió un escalofrío de pena y miedo.

- ¿Juzgar cómo? ¿Que les parecía mal?
- Lo llamaron Herejía, una Ofensa a Dios - explicó tia con esfuerzo - y por tanto, debían ser perseguidas y destruidas. Ocurrió por toda Europa.

Sentí que la garganta se me cerraba con un nudo amargo y duro. Imaginé campos quemados, árboles decorados con cintas de colores arracandos de raíz, cocinas donde generaciones de mujeres habían preparado alimentos, medicinas y magia para la sonrisas, destrozadas, convertidos en cenizas. ¿Por qué había ocurrido semejante cosa? ¿Quién podría haber creído malo algo que simplemente era natural?

- Pero ¿Por qué? ¿Por qué hicieron algo semejante?

Tia E. apretó los labios. Cerró el libro que leía con un golpe seco y me miró, los ojos grandes y tristes. Había algo en ella atemporal y pensativo, como si un dolor muy viejo le coloreara la expresión.

- El que quiere destruir, lo hace sin importar las razones - dijo entonces. La voz seca y casi inaudible - Nadie tiene motivos para destruir, pero lo considera necesario. Y lo hacen: Viejas creencias y costumbres, formas de pensar. No sólo se trató de la Tradición de la Diosa, sino todo lo que pudiera contradecir a la Iglesia. Todo el que fuera incómodo, incluso contradictorio. A veces pienso que las grandes quemas sólo demostraron que el hombre siempre intentará destruir las ideas.

"Las Grandes Quemas" me repetí en voz baja. Y sentí miedo real, aunque sabía que todo había sucedido hace mucho tiempo y no podía dañarme. Pero sentí miedo de la imagen que se creó en mi mente. Del fuego quemando libros, anaqueles llenos de objetos heredados y atesorados, de hojas escritas a mano. De...Apreté los ojos. Pero la imagen siguió allí: la de una mujer de rostro pálido gritando de dolor con el fuego subiéndole por la ropa ennegrecida, ahogandola.

- ¿Nadie hizo nada? - pregunté sin aliento - ¿Nadie los detuvo?
- Te lo he dicho: no necesitamos motivos para destruir cuando se trata de odio, ignorancia y violencia - dijo mi tia con tono lleno de pesar - El odio se alimenta como el fuego del viento. Crece, avanza, destruye, lleva a escombros a todo lo que toca. El odio y la intolerancia pueden ser devastadoras. Pueden ser el germen que lleven al olvido a todo lo que el hombre ha hecho y creado.

La frase me sonó ominosa, como una de esas predicciones de las que se dicen, pronunciaban las Sibilas en  montañas y mares olvidados. Recuerdo que el miedo se transformó en otra cosa, en algo doloroso, intrincado. Incluso para una niña como yo, la idea que el odio pudiera triunfar y devastar algo tan valioso como las ideas y creencias, me producía algo parecido al pánico. A un simple pesar que no podía comprender muy bien.

Recuerdo esa sensación allí, rodeada de mis amigos, sintiéndome a solas con ese miedo inarticulado. ¿Como explicas que una tragedia de tantos siglos atrás pueda afectarte? ¿Como les haces entender que lo que temes no es lo que ocurrió sino esa sensación simple de todas las palabras que se perdieron, del amor y las creencias que dejaron de existir de la mano del fuego y la violencia? No hay una manera sencilla de decirlo, de comprenderlo. Me quedé allí, mirando el haz de la linterna siguiendo el compás del pulso nervioso de Juan, intentando ordenar mis ideas.

- ¿Y mataron brujas? - pregunta  Juan en tono solemne. Parece muy joven, con el flequillo sobre la frente pecosa, los ojos castaños muy abiertos y asombrados - ¿Mataron a todas las brujas?
- ¡Cállate Juan! - dice Gloria muy angustiada. Flor traga saliva, con un gesto curiosamente vulnerable.
- Esta si es una historia de miedo de verdad - murmura. Me dedica una mirada rápida y preocupada - ¿Mataban a...?

No completa la frase. No hace falta. Como yo, supongo, es lo que quería decir. Pero la verdad era que no solamente habían muerto brujas como yo o las mujeres de mi casa, sino también médicos, maestras, escritores, pintores. Gente buena llena de grandes ideas, de esas que cambian el mundo. Gente cuyo único delito había sido contradecir el miedo, mostrar asombroso por el conocimiento. Quizás creer en el valor de enseñar.

- ¿Por qué alguien quiso quemar a las brujas? - le pregunté había abuela casi a los gritos, unos días después de mi conversación con tia. Se quedó de pie, mirándome estupefacta. Cuando me acerqué a ella, noté que bajo la piel tostada por el sol, parecía un poco pálida y cansada - ¿Por qué nadie evito que pasara?

Abuela siguió de pie, con las tijeras de poder aún levantadas para continuar cortando las ramas rotas de su feo rosal. Parecía que mis palabras la habían paralizado de una forma misteriosa, secreta. Me contempló con una mirada lenta y densa, triste.

- Nadie evitó que pasará porque el odio toma el rostro de la ignorancia, de los temores y de los lugares oscuros de nuestra mente - dijo por fin en voz baja. Acercó la tijera al tallo de una de sus rosas deformes y pétalos muy rojos. El chas de la tijera al cortar el tallo me sobresaltó - El odio puede tener muchos rostros y muchas excusas. Y durante la inquisición las tuvo todas.

"¿Quién podría enfrentarse a un poder omnipotente como la Iglesia cuando decidió castigar a las brujas o lo que desde su mirada altiva creían que lo eran? No sólo apuntaron el dedo acusador a mujeres que practicaban los ritos de la Diosa, sino a todos quienes contradijeran el poder que sostenía la Iglesia. Pintores que mostraban el cuerpo humano hermoso y desnudo, escritores que se hacian preguntas. Creyentes en religiones con miradas distintas sobre Dios. Incluso quienes se atrevían a levantar la mano contra el horror. Todos fueron acusados y asesinados. Todos fueron destrozados por el miedo, por la avaricia y el horror".

Mi abuela siempre respondía mis preguntas. Y eso podía ser bueno o malo. Más de una vez, había pensado que había que ir con cuidado al momento de preguntarle cualquier cosa: Siempre te respondería con la verdad, por muy terrible, dura o descarnada que fuera. Por supuesto, yo no pensaba en términos tan complejos, pero si sabía que mi abuela se tomaba muy en serio el conocimiento. Tanto como para jamás ofenderlo, disimularlo, ocultarlo. Así que sus palabras siempre eran certeras, duras, pero sabias. Infinitamente bellas.

- Y...las brujas... murieron - dije. Me costó decirlo. Porque brujas no era una palabra ajena que describiera mujeres perdidas en la memoria del tiempo. Era mi madre, con sus ojos verdes y tristes. Mi abuela con su sonrisa amplia y maliciosa. Mis tias y primas. Eran mi mundo. Pensar en la muerte de quien amas nunca será sencillo y mucho menos, cuando esa muerte aparece en medio de las cosas habituales, de todo lo que haces. Sentí dolor y algo más angustioso abrumándome. Algo que me desbordaba, me recorría, me dejaba sin voz.

- Sí, murieron. Sentenciadas, quemadas, olvidadas. El cabello cortado, lastimadas para obligarlas a rechazar sus conocimientos - siguió. La voz endurecida, llena de un dolor palpable y durísimo - Las brujas, las sabias, las curanderas, las parteras, las libres pensadoras. Las de los espíritus de fuego, fueron asesinadas para que la Iglesia pudiera defender sus creencias. Para que pudieran asegurarse nadie podía contradecirlas.

"Fueron tiempo de oscuridad y de mucho terror. Los inquisidores viajaban de un lado a otro de Europa ejerciendo la justicia por fuego y por miedo. Heridas abiertas que por mucho tiempo, lastimaron no sólo la historia y la cultura. La palabra bruja fue convertida en un insulto, en una groseria impronunciable. En símbolo de miedo. Y la Tradición de la Diosa en un recuerdo vergonzoso, en trozos de algo que se creyó irrecuperable".

Suspiró, cortó la rosa de pétalos enorme. La tomó entre las manos con un gesto delicado.  Aspiro su perfume dulzón y se quedó allí, como si pensara en lo que acababa de decir. Yo también. Sacudí la cabeza. Y entonces comprendí.

- Pero...- comencé. Abuela sonrió. Una sonrisa pequeña, dulce. Pero una sonrisa al fin y al cabo - pero...tu eres una bruja. Y yo lo seré algún día. O creo yo lo seré.

Abuela se volvió para mirarme. Seguía pareciendo triste, cansada pero sus ojos brillaban por un entusiasmo vital irreprimible. Pura belleza y algo más sutil ¿Misterio quizás?

- Nada muere realmente - dijo entonces mi abuela. Siguió cortando una a una las rosas de su enorme rosal. El chas chas de las tijeras tenía algo de onírico, de músical - Todo se transforma, se hace más fuerte. Quemaron el conocimiento, pero siempre renace, mi niña. Siempre se hace más fuerte.


- Oye no seas rídiculo, ¡No quemaron a todas las brujas! - dice entonces Gloria, con un sacudón despectivo de cabeza - Agla es una bruja. ¡Está viva y bien!
- ¡Vaya es cierto! - grita Juan, en un tono exultante y feliz que me conmovió - ¡Es una bruja! ¡Nadie la pudo quemar!

El haz de la linterna roza mi cabeza y  me ilumina a la cara de golpe. Y de pronto, en medio del incómodo estallido de luz, tengo una rara sensación de reconocimiento, de felicidad. Una especie de profundo alivio espiritual que no sabría explicar muy bien. ¡Sí! ¡Estoy aquí! ¡Y estoy aprendiendo el Arte de la Diosa! ¡Estoy aprendiendo la vieja Tradición de mis mayores! A pesar de las quemas, del largo silencio del miedo, del horror.  Sonrío, mientras aparto de un manotón la mano de Juan y suelto una carcajada.

- Una bruja ciega - le digo. Gloria y Flor sueltan risitas.
- Oye, perdón - Juan extiende una mano torpe y me acaricia la mejilla - Pero es que es verdad ¿No las quemaron a todas entonces? ¿Como es que tu y tu familia están aquí?

Suspiro. No sé cómo explicar que el conocimiento, la sabiduría y el amor no se matan, no se queman, no se destruyen, a pesar del esfuerzo de cualquiera que lo intente. A pesar del horror y del miedo. Que siempre habrá un renacimiento en flor, una forma de comprender que siempre habrá luz a pesar de la oscuridad. No sé como explicarles porque ni yo misma lo entiendo. Porque se trata de un milagro pequeño, exquisito, mínimo. Pero tan poderoso como eterno.  Porque soy el eslabón más joven de una larguísima cadena de conocimiento y de ideas, de amor y profunda necesidad de crear. Porque soy bruja, que nadie pudo matar a la Esencia, ni el poder misterioso de la Diosa del Bosque. De ese poder de crear que permanece en la creencia, en la fe, en la capacidad para la esperanza. En esa capacidad enigmática, eterna y trascendental de soñar.


- Las brujas sobrevivimos al fuego, al terror y a las épocas oscuras porque lo que no sostiene es se lleva en el espíritu, no en la piel que puedes destruir - dijo mi abuela, con los brazos llenos de rosas, la sonrisa brillante de puro entusiasmo - Las brujas sobrevivieron al miedo porque lo enfrentaron con el conocimiento. Sobrevivieron a la muerte, porque lo que heredan no se toca con los dedos. Sobrevivieron al odio y al estigma, porque su creencia se basa en el poder del espíritu de fuego que se atreve, contradice y se rebela. Las brujas somos una idea, somos una forma de mirar el mundo con asombro y sabiduría. Somos la mano extendida hacia el futuro, ese conocimiento que se lleva en un lugar enigmático de nuestra mente. ¿Quién puede matar algo tan fuerte, tan primigenio y fértil? La bruja sobrevive porque el fuego está entre sus dedos, en su espíritu y su mirada al futuro. Nada tan poderoso puede morir jamás.

- Porque somos parte de nuestra historia - le respondo y el corazón me late tan rápido, lleno de alegría - porque mi familia y yo, somos parte de algo grande y bonito que sigue creciendo una y otra vez. Puedes quemar un libro pero no lo que llevas en el corazón.

El trío me mira con ojos muy abiertos y asombrados. Gloria, mueve los labios como para decir algo pero entonces, se inclina y sólo me abraza. Un abrazo fuerte, de nuevas amigas. Un abrazo de puro calor y buenos deseos. ¿Quién podría pensar que años nos peleábamos todos los días? Ahora es mi cómplice y mi amiga. Y está aquí, para recordarme que todo cambia, todo crece, todo se transforma. Y el conocimiento se crea así mismo.

- ¡Es que habrá brujas para rato! - se ríe a carcajadas Flor y también me abraza, alborozada y risueña - ¡para contar historias, para hacer cosas buenas!

Entonces es Juan quien se inclina y nos envuelve a las tres con los brazos. Un abrazo caluroso, feliz y sincero. El abrazo de un niño. El haz de la linterna gira otra vez y palpita en el techo de tela de la carpa. Como pequeños fragmentos de luz fugitivos, como mariposas de pura luz flotando en la oscuridad. Como fuego quizás, pero no del quema y destruye. Sino del que sostiene, brilla y crea en la eternidad.


***

A veces, bailo para la Luna Llena y las recuerdo a ellas. Las mujeres que me precedieron, las brujas que me dieron el nombre y me heredaron su conocimiento. Y sonrío de puro placer, de esa sensación de encontrarme vinculada a algo más poderoso de lo que puedo imaginar, a una idea tan vieja que a veces me asombra su terquedad por continuar existiendo. Y siento alegría, siento placer. Siento una espléndida sensación de reconocimiento, de poder y quizás de algo más puro que con toda inocencia, llamo saber. Una fragmento de estrellas eternas, una forma de soñar y aprender.

Verdadera magia, me repito en ocasiones.
De las que no se olvida y renace otra vez.


viernes, 21 de julio de 2017

Una recomendación cada viernes: “Ready Player One” de Ernest Cline.




La ciencia ficción — sobre todo la distopía — es una forma de melancolía. Un recuerdo persistente e insistente sobre el pasado y sus bondades. Visto así, cada novela que enfrenta la incertidumbre el futuro desde el pesimismo, es una visión caótica sobre los deseos y esperanzas basadas en lo que conocemos y aspiramos. Un espejo deforme de nuestra identidad cultural y lo que resulta aún más intrincado, de nuestra visión del bien y del mal convertidos en un símbolo colectivo.

La novela “Ready Player One” de Ernest Cline resume esa percepción con enorme ingenio y un punto de vista original, que convierte a la especulación de la distopía en una comprensión sobre quiénes somos como cultura. Se trata de una perspectiva profundamente asimilada sobre los elementos que crean una percepción sobre la individualidad pero más allá de eso, un reconocimiento sobre el poder de la literatura como reflejo social. Imaginativa, llena de una vitalidad y un insólito sentido del ritmo — es una novela que sin embargo, no mantiene una estructura reconocible ni fácilmente clasificable — Cline logra con su novela debut crear un anecdotario creativo de inestimable valor referencial.

Todo, bajo el marco de una fantasía futurista al uso: en la década de 2040, los recursos energéticos y la economía de Norteamérica se derrumbaron bajo un desastre progresivo que la novela anuncia pero nunca termina de describir de manera clara. Aún así, el contexto es claro y permite sostener la trama sin mayor dificultad. En este país en escombros, en medio de la pobreza y cada vez más fragmentado por la tecnología, los pobres viven en “pilas” — especies de parques de remolque verticales en el extrarradio de las ciudades — e intentan sobrellevar como pueden la miseria en medio de los restos de lo que fue un país poderoso. Pero Cline no parece muy interesado en analizar el paisaje post apocalíptico sino el leve y circunstancial ritmo de vida una sociedad rota. La percepción sobre sus pequeños hábitos cotidianos y sobre todo, sobre el mundo que le rodea. Para Cline el desastre invisible es mucho menos importante que la mirada inquieta, fresa e incluso llena de vitalidad de quienes lo enfrentan a diario.

En medio de este paisaje desolado, algunos asisten a la escuela en línea. Internet ha sido suplantada por un mundo virtual llamado OASIS, una experiencia inmersiva a mitad de camino entre el 3D y algo mucho más sensorial. La realidad se desdibuja en los espacios alternativos y ultra sofistificados de este mundo nuevo, a medio descubrir y que los más jóvenes de este futuro a fragmentos, atraviesan con la rapidez y la buena disposición de pioneros entusiastas. Y es en OASIS, donde la estructura que Cline imagina para su futuro distante, encuentra su punto más alto. Su extrañísima visión sobre la riqueza y la prosperidad — con la moneda OASIS creando una profecía bastante cercana basada a lo que podría ocurrir con la moderna Bitcoin — tiene una inquietante simbolismo, que convierte a la educación y al desempleo en pequeñas fronteras inexpugnables. Porque más allá de OASIS y sus privilegios, la gente está atrapada en escuelas con una escalofriante semejanza con prisiones y la percepción sobre el trabajo parece muy relacionada con la esclavitud. En medio de un paisaje desolado semejante, la realidad virtual no es sólo una forma sofisticada de evasión sino en sí misma, una forma de vida.

En medio de este mundo sombrío pero funcional, los personajes de Cline se mueven en medio de lo que parece ser una competencia sorda por cierta prosperidad improbable. Su Wade Watts es un héroe improbable, mitad hacker experto y también, idealista venido a menos. No sólo a hackeado varias computadoras recicladas que le permiten analizar el otro rostro de OASIS sino que además, tiene un conocimiento considerable sobre los vericuetos del mundo virtual que admira. Se trata de un personaje que permite resumir las dimensiones del Universo de Cline: Wade se enfrenta a OASIS pero también escapa y navega a través de ella con una facilidad sorprendente. El resultado es un experto jugador, un tramposo experimentado y un miembro de una cultura extravagante que funciona como alegoría pero también, como punta de lanza de la percepción de Cline sobre la rebeldía. Wade encarna lo que parece ser el tradicional ideal distópico y se convierte en algo más enrevesado: en una búsqueda patente y poderosa de la identidad a través de todo tipo de símbolos culturales

Porque “Ready Player One” es mucho más que su curiosa combinación de estructura futurista con infinitas referencias del imaginario pop. Desde el tradicional recorrido del héroe — reconvertido para la ocasión un hiper tecnificado viaje iniciático — hasta los elementos de la novela de aventura convertidos en una visión temporal, la narración avanza a través de capa tras capa de diversos significados sobre lo que consideramos valioso y trascendente. Las múltiples visiones sobre nuestra cultura se entremezclan para crear una concepción del bien y del mal que se asume directamente desde la inocencia. Cline logra combinar con éxito esa percepción del misterio y el riesgo, con un enciclopédico conocimiento sobre todo tipo de elementos culturales que vistos como conjunto, describen a nuestra época mejor que cualquier otra cosa. Wade siempre parece estar al borde de descubrir una nueva pista para la intrincada carrera de obstáculos que plantea la novela y lo hace a través de un conocimiento asombroso sobre ese pasado distante, que poca gente recuerda ya en un mundo devastado por la pobreza y la desesperanza. Pero Cline logra rescatar cierta inocencia a partir de los escombros y es entonces cuando la narración alcanza sus mejores momentos, lo más duros de asimilar pero también, lo más asombrosos y divertidos. Todo, mientras Wade se debate entre lealtades, temores y su conocimiento esencial sobre OASIS como un monstruo virtual que admira y ama al mismo tiempo.

La novela tiene cierto parecido con el guión que Cline escribió para el clásico Indie “Fanboys” del director Kyle Newman. Ambas comparten el sentido de la maravilla, la aventura y el asombro hacia la identidad pero sobre todo, esa comprensión de cierto ritmo festivo y juvenil que parece ser la firma de Cline en la mayoría de sus obras. Pero a diferencia de la película — que fue editada y al final, reducida a su mínima expresión por la producción — la novela desborda de ese espíritu rebelde y transgresor que convierte a la cultura pop en un mapa de ruta hacia una brillante visión del futuro. Aunque lo parezca, “Ready Player One” no es una novela pesimista, sino una colosal superestructura que sostiene una percepción sobre lo que somos — y por qué lo somos — desde un punto de vista fresco y poderoso.

En “Ready Player One”, Cline establece paralelismos y una inteligente frontera entre los dos aspectos básicos de su historia: la durísima vida de Wade en el mundo real — su condición de huérfano pobre lo convierte en quizás, el estrato más vulnerable de la sociedad en la que nació — y su conexión con OASIS, fuente de toda la riqueza cultural y económica del mundo que habita. Entre ambas cosas, Wade va de un lado a otro con una facilidad pícara y tramposa, que recuerda a los grandes antihéroes de la pantalla grande pero además, llevando a cuestas esa comprensión sobre su vulnerabilidad, reconvertida en símbolo de todo lo temible que debe enfrentar. En el espacio virtual, Wade es famoso y reconocido, un “Gunter” — abreviatura de egg hunter o buscador de Easter egg referenciales en el mundo virtual — una estrella Gamer que parece abarcar todo lo que OASIS como estructura puede ofrecer. Pero más allá de eso, Wade también comprende las infinitas ramificaciones de este espacio virtual controlado por la ambición y cierta noción de control que se expande en dimensiones inimaginables. La mezcla de ambas cosas, convierte a “Ready Player One” en un tablero de juegos en el que las implicaciones del poder, la habilidad y el conocimiento son tan tortuosas como asombrosas.

Por supuesto, ese entramado de visiones y percepciones hace que la novela sea mucho más de lo que parece. Cline sabe cómo utilizar el recurso de un personaje del futuro obsesionada con la “cultura antigua” y llena las escenas de sus novelas con todo tipo de recuerdos y una nostalgia bien medida que sostiene el argumento en sus momentos más planos. Como recurso literario, la obsesión de Wade por nuestra época nos permite atravesar y analizar la historia reciente desde un cariz casi amable hasta encontrar que todo en la novela gira sobre esa melancolía de singular belleza. Además, Cline tiene un conocimiento sutil y bien asimilado sobre la historia norteamericana y la incluye en su novela en pequeños trozos de información selectos: la situación de Wade — su extrema pobreza y los dolores que atraviesa — parecen reflejar la situación de muchos ciudadanos durante las reformas de la era Reagan. De hecho, en más de una ocasión la referencia es exacta y refleja la forma como el escritor juega con el sustrato y el símbolo como un acertado piso argumental de su obra.

“Ready Player One” es Ciencia Ficción en estado puro, pero también una inteligentísima visión sobre el pasado, el futuro y lo que somos como parte de la infinita red de conexiones que une ambas cosas. Con su tono divertido y engañosamente liviano a su rápido giro argumental que descubre toda su profundidad y belleza, la novela amplía la percepción de la especulación científica y tecnológica hacia algo más emocional. Y es allí, donde la novela se hace una combinación de buen hacer literario y una profunda sensibilidad cultural. Con una astucia que se agradece, Cline no sólo logra recordar las maravillas de nuestras rarezas culturales — y su importancia — sino el significado perenne y conciso de nuestra capacidad para crear un mundo mejor. Una aventura llena de inocencia que nos recuerda quizás, la verdadera dimensión de la imaginación como puerta abierta a la esperanza.

jueves, 20 de julio de 2017

De los dolores secretos y otros sobresaltos: ¿Es Annie Hall la mejor película de Woody Allen?





La filmografía de Woody Allen siempre ha sido una expresión recurrente de sus obsesiones. Desde los peligros de la intelectualidad — o esa aproximación tan cínica y pragmática suya sobre el tema — hasta esa noción del amor como una extraña mezcla de desconcierto y dolor, Allen ha logrado manejar toda una serie de símbolos íntimos en cada una de sus películas que las hacen inconfundibles. Y es que para Woody Allen, la frontera entre su inquietud sobre por qué nos enamoramos, parece confundirse con esa angustiada noción suya sobre el existencialismo contemporáneo. El ser o no ser que nos transforma no sólo en héroes de nuestras pequeñas epopeyas insustanciales sino en víctimas de lo que tememos, anhelamos e incluso lo que somos.

Ganadora de cuatro premios Oscar (mejor película, director, guión original y actriz protagonista para Diane Keaton), Annie Hall es quizás la quintaesencia de la comedia moderna. Construida para el humor intelectual pero sobre todo, para asumir su peso metafórico como idea sobre la sensibilidad contemporánea, la película cuenta la historia de Alvy (Woody Allen) y Annie (Diane Keaton) una pareja disfuncional cuya relación parece incapaz de soportar la neurosis que ambos comparten en un interminable debate existencialista. El argumento se plantea preguntas sobre los dolores contemporáneos del amor y el desarraigo, en clave de comedia aunque sin intención humorística, un raro fenómeno que Allen (autor del guión) insiste fue obra del azar antes que una verdadera intención de ruptura. Obsesionado con la depresión, el miedo al futuro pero sobre todo, su percepción sobre el romance y el placer, Alvy atraviesa lo cotidiano desde la incredulidad y el cinismo. Una combinación que sorprende por su efectividad.

A la película “Annie Hall” se le suele considerar la película más simbólica de su filmografía. La que refleja con mayor facilidad la necesidad de Allen de elucubrar acerca los pequeños dolores y sinsabores modernos. Además, marcó una ruptura entre el antes y el después de su lenguaje narrativo y sobre todo, mostró la capacidad del director para crear extraños y conmovedores matices en su planteamiento cinematográfico. Porque “Annie Hall” es una comedia — y una ácida y muy divertida, como todas las del director — pero también se trata de un meditado manifiesto sobre esa quebradiza sensibilidad moderna. La visión crítica no sólo de Allen sobre el mundo que le rodea, sino sobre sí mismo. Las piezas argumentales en “Annie Hall” no crean sólo el escenario de una película que seudo intelectual y con un ligero tinte amargo, sino que además medita sobre esa identidad de lo contemporáneo, esa borrosa capacidad para mirarse así mismo con una arrogancia casi infantil. Allen, de nuevo, encuentra el tono y la forma para contar las pequeñas historias que le obsesionan, pero en esta ocasión se retrata así mismo — con dureza, con un cinismo casi hiriente — y a través de su propia individualidad mira al resto de esta cultura de lo incompleto, lo insustancial, lo frívolo que crítica tan sutilmente.

Existe una anécdota que podría describir mejor que ningún otra el estado de ánimo general de Allen al escribir y dirigir “Annie Hall”: Por mucho tiempo, el director insistió en llamar a la película "Anhedonia" (incapacidad enfermiza para percibir la alegría). Lo insistió en el guión, en las posteriores discusiones con los productores y finalmente amenazó con no permitir su proyección si la película no llevaba la extrañísima denominación por titulo. Finalmente, al enterarse de la insistencia del director, su amigo íntimo y presidente de la United Artist, lo amenazó con tirarse por la ventana si persistía. Allen desistió entonces de su petición y agregó: “Lo hago no por tu muerte, sino porque si te suicidas demostrarías que la palabra describe al mundo que vivimos”. Una frase pseudo poética y filosófica — como todas las de Allen — que sin embargo resume su particular visión sobre lo que se cuenta en cada uno de sus film y también, de su necesidad de construir un mensaje entre líneas. “El hervor de lo que no existe” llegaría a decir.

“Annie Hall” parece resumir esa visión en una síntesis inteligente y bien planteada sobre las relaciones humanas en el mundo contemporáneo. La estructura de la película — en el fondo inexistente y que de hecho, se convirtió en el preludio de las futuras películas románticas de argumento lineal — permitió a Allen todo tipo de chistes y juegos de palabras, que en el fondo, expresan la necesidad del escritor y director de describir — y mirar — al mundo desde una perspectiva dura, aguda y mordaz. No hay un sólo elemento del mundo que le rodea, de los personajes que gravitan a su alrededor, de la extraña relación que sostiene con Annie (protagonizada por la estupenda Diane Keaton, pareja del director por entonces) que no esté impregnado de esa leve amargura risueña, esa noción del otro a medio camino entre la burla y la sátira. Allen se burla, de todos y de todo, pero sobre todo, de sí mismo, de idea y tópico que le rodea, en medio de la ciudad que todo lo mira — la Nueva York de Allen, siempre majestuosa y ligeramente idealizada — y de esa leve interpretación desencantada del mundo tan recurrente en todas sus películas.

Se suele decir que “Annie Hall” además, es una vuelta de tuerca al cine romántico moderno, una reestructura de lo que hasta entonces se había considerado el amor cinematográfico. Porque “Annie Hall” no es una película edulcorada, ni tampoco enaltecedora. Es una feroz disección de la neurosis moderna, una mirada dura y burlona a ese ego soterrado de la cultura de lo banal que parece formar parte de nuestra visión del mundo que nos rodea. “Annie Hall” de hecho, se considera especialmente importante en la obra de Allen, por dos motivos. En primer lugar, logra crear toda una interpretación novedosa sobre el amor — doloroso, ambiguo — que hasta entonces, había resultado desconocido en el lenguaje cinematográfico. El amor que madura con ambos personajes pero que sin embargo, no llega por ese motivo a ser menos superficial. El otro motivo esa capacidad de Allen para jugar con la realidad y los planos de la narración. Nada parece ser evidente, en esta narración siempre desde dos puntos de vista, desde esa visión que se desdobla para mostrar un extremo de la realidad en contraposición con el otro. Y esa noción de dos realidades contradictorias, es quizás el elemento fundamental de esta extraña visión sobre el dolor, el amor y los singulares temores del existencialismo contemporáneo.

Para Allen, “Annie Hall” representó esa ruptura con ese lenguaje cinematográfico que hasta entonces había mostrado. Creó un real alter ego cinematográfico — y de hecho, cada uno de sus personajes parecen serlo de los actores que les encarnan — y además, un acto de liberación absoluto de esa interpretación suya de la realidad que hasta entonces habían sido breves pinceladas humorísticos. El Allen de “Annie Hall” dejó atrás esa cierta confusión de sus primeros planteamientos cinematográficos, para alcanzar un brillante discurso personal. Desde “Annie Hall”, el neurótico Urbano que siempre ha sido el tópico favorito de Woody Allen, se convirtió en un personaje artístico que no sólo admite reconstrucción y una reflexión cada vez más profunda, sino que puede ser concebido incluso en contextos más serios como en la hermosa “Hannah y sus hermanas” (1985) o Maridos y Mujeres (1992). Un estereotipo construido a la medida del Allen creador, de la época que le permitió reflexionar sobre si mismo con tanta libertad y de ese amor malogrado, en ocasiones amargo y siempre idealizado, que tan bien ha sabido plasmar en cada una de sus películas. Quizás, uno de los personajes anónimos más entrañable del cine moderno: una visión levemente triste, cínica y humorística sobre la naturaleza humana.

miércoles, 19 de julio de 2017

Los secretos de la página abierta: Unas cuantas reflexiones sobre la obra de Truman Capote.





Se insiste que el periodismo es el mejor reflejo de la época que cuenta, una noción que por supuesto, se extiende hacia quienes tienen el deber de narrar la historia cotidiana. Truman Capote fue un buen periodista, aunque ahora una buena parte de la crítica y del público lector le acusa de manipulador, pendenciero y fanático. Pero antes del mito, de las grandes borracheras, del contestatario eclipsado por su mejor obra, Truman Capote fue un inteligente cronista. En más de una ocasión se ha dicho que el triunfo temprano lastimó para siempre su pulso creativo y narrador. No obstante, esa fina visión sobre el mundo, esa inteligente percepción sobre su entorno y sobre todo, esa sutileza para el detalle, continuó siendo parte de su prosa hasta su última palabra. Sin duda, antes que cualquier otra cosa y a pesar de las evidencias en contrario, Capote era un inteligente observador de la realidad.

Por supuesto que, Capote no inventó el llamado “Nuevo periodismo”. Pero si, elaboró toda una nueva forma de contar las historias, ese híbrido del periodismo con tintes de novela que asombró a su época y que aún sigue haciéndolo. Lo hizo a través de la práctica — no podía ser de otra forma — pero también, con una enorme inteligencia en la manera de construir expectativas sobre el relato que se cuenta y por qué se cuenta. Rebelde y contestatario, siempre insistió en que deseaba “narrar el mundo a su manera” y que la realidad “podría interpretarse, sin que distorsionara lo verídico”. Demostró que podía hacerlo: su magnífica novela “A sangre fría” — un perfecto equilibrio entre una escrupulosa crónica y algo muy semejante a la ficción - no sólo abrió una brecha en cómo se contaba la realidad hasta entonces, sino que además le convirtió en pionero — quizás sin saberlo — de toda una nueva percepción sobre la realidad. Porque Capote no inventó ficcionar la realidad para hacerla más comprensible, más bella y más consistente, pero sí encontró esa lírica belleza en lo común y lo vulgar. Tampoco inventó cómo narrar la vida de personajes, pero brindó a la semblanza y la biografía una nueva profundidad. Así que aunque Capote jamás hizo otra cosa que contar bien las historias que le rodeaban, encontró la forma y el método de hacerlo no sólo de manera impecable sino además, con un imprescindible elemento personal. Creó el periodismo para el periodista. Esbozo el estilo personal.

Se dice que antes que Capote, el periodismo parecía construido a la medida de cierta neutralidad sobre lo que podía ser contado y sobre todo, el motivo por el cual se cuenta. Después de todo, se trata de una versión sobre la realidad que se sostiene sobre una escrupulosa veracidad — o al menos, es el deber ser, el cimiento ideal del oficio — y cualquier distorsión de ese objetivo parece vulnerar ese elemento imprescindible en toda historia que intenta reflejar lo que ocurre. No obstante, esa frontera imaginaria parece limitar la noción de lo que se narra — y esa necesidad de hacerlo — hasta convertirse en una visión casi fragmentada de lo objetivo. Porque ¿Qué otra cosa es el periodista sino un observador constante de lo que le rodea? ¿Qué es la crónica sino una meditada reconstrucción de lo que ocurre — y ocurrió — sin otro objetivo que la documentación? Aún así, el periodista crea, construye, reflexiona y sobre todo, analiza la realidad desde su óptica. Y el gran de Capote fue demostrar que era posible integrar esa visión subjetiva en la realidad, de crear algo más rico, matizado y sobre todo valioso. Señaló las vías donde los periodistas podían incursionar sin perder el sentido de esa observación constante pero sobre todo, miró a la crónica desde su valor literario. Una idea que entrecruza lo cotidiano con lo narrativo para crear algo profundamente sustancial.

Capote descubrió por instinto que lo importante, lo imprescindible y lo interesante de una historia no radica sólo en lo que ocurre sino en la forma en que se cuenta. Obsesivo hasta lo impensable y devoto de su propia técnica hasta el narcisismo, Capote encontró cómo dotar lo que se narra de carácter sin sacrificar su verosimilitud. Algo impensable antes de su experimento y que después se consideró imprescindible en el periodismo. El escritor logró hilvanar hilo tras hilo de su privilegiada percepción sobre lo que sucede — esa intrincada combinación de escenas de la realidad — y creó una propuesta que aunque no resultó novedosa, si refresco la base del periodismo como testigo de nuestra era. Ya el periodista no se limitaba a mirar, sino que además, tomaba las pequeñas piezas de la realidad para reconstruirlas con enorme paciencia y mostrar un mosaico verídico, subjetivo y potente. Una y otra vez Capote se probó así mismo como un contador de historias, como un reflejo de su época e historia y lo que resulta aún más intrigante, sobre su propio idioma personal. Porque Capote creó para Capote, para su fama, para sostener su idea acerca de lo que merece ser contado y lo que no. Y fue esa visión lo que le permitió trascender a la simple idea de lo que se cuenta, se asume como real. Incluso lo que se imagina.

Con toda seguridad, deslumbrado por el poder de narrar — y en cierta medida, reconstruir la realidad — Truman Capote encontró en su obra más conocida “A sangre Fría” un reflejo de su percepción sobre la literatura. La novela desconcierta, abruma y en ocasiones, aterroriza. Tal vez se deba a su ritmo mesurado, a su lenta y metódica mirada de lo cotidiano hacia el horror. O quizás solo a que humaniza a esa noción de la maldad en estado puro que hasta entonces había resultado incomprensible para el lector americano de su época. Cual sea el caso, “A Sangre Fría” no deja indiferente a nadie: obliga a la reflexión, incluso directamente incomoda. Eso, a pesar de que la historia que cuenta no es diferente a tantas otras ocurridas en cualquier parte del mundo, a pesar de que su autor no utilizó la violencia como metáfora ni mucho menos un símbolo concreto. Lo esencial en el planteamiento de “A Sangre Fría” sea se atrevió a mirar el dolor, el asesinato y el miedo como una pieza dentro de un complejo mecanismo social. Una noción del espíritu humano primitiva, donde el impulso por la violencia forma parte de su identidad, más allá de toda razón, de toda idea compleja. La violencia como elemento natural en la identidad del hombre.

El escenario de la tragedia descrita por Truman Capote — observador nato de la realidad contemporánea — no podía más emblemático: un pueblo modélico de la Norteamérica Profunda, símbolo de un país que se mira así mismo con indulgencia. El célebre y tan cacareado American Way of Life. No es casual que el hogar de la mítica Dorothy — heroína del Mago de Oz — se encuentre justamente en el Centro de los valles y campos en flor de una tierra idealizada. “Y vuelo a lo alto, desde el país de mis abuelos” dice Dorothy, en la historia original.

Para el cínico Truman Capote, el paralelismo debió ser inevitable y quizás, incluso necesario. El por entonces desconocido escritor — se llamaba a sí mismo “una celebridad menor” — se dedicó a destruir con su novela quizás el único cuento de hadas autóctono de un país inocente. Lo hizo con un talento magnifico para desmenuzar la realidad hasta dejar abierta y expuestas las heridas de una cultura que se vanagloria, llena de indulgencia. Utilizó esa noción del país modélico para contar una historia de horror mínimo desde un ángulo totalmente nuevo. El blanco y negro de la moralidad americana pareció llenarse de grises, de la noción de la realidad vulnerable que parece sostener con esfuerzo todo lo demás. Hasta ese momento, ningún escritor se había atrevido con la osadía de Capote a la Norteamérica más allá de sus prejuicios. A dejar en tinta y papel la evidencia que escondido bajo los relieves de una sociedad que se comprende así misma como idílica, coexiste el miedo. El horror. El puro instinto animal.

Desde la fecha de su publicación en 1965, la novela se convirtió en un inmediato éxito y brindó a su autor la fama que tanto añoró por años. Se le consideró pionera, una revisión al género de la crónica y al documento literario e incluso, algo tan novedoso como la no ficción novelada, término que el mismo autor utilizó más de una vez para describir su obra más conocida. Y no obstante, “A Sangre Fría” parecía ser algo más, mucho más complejo que un súbito fenómeno cultural y una mirada dura a la dudosa moral tradicional. Había un elemento árido en la forma como Capote concibió la historia y es ese elemento de ruptura — una grieta que separa la realidad y la fantasía de la obra — lo que la hace espléndida.

Incluso la misma historia de cómo se escribió la novela, parece adquirir cierto halo de enigma cuando se analiza, como si se tratara de piezas que encajan para crear un mosaico complejo sobre el quehacer literario. Durante los últimos meses del año 1959, Truman Capote leyó la noticia del asesinato de los cuatro miembros de una familia de granjeros en un remoto pueblo de Kansas. La noticia, minúscula y que podía haber pasado desapercibida, describía casi con frialdad como los asesinos — un par de individuos anónimos sin especiales antecedentes violentos — se llevaron un botín ridículo. El relato completo del asesinato ocupó una anónima columna en la página de The New York Times. “Asesinados un granjero adinerado y tres miembros de su familia”, reza el diminuto titular, perdido entre las cientos de informaciones del periódico. “Fueron muertos a tiros de escopeta”. “Las líneas de teléfono estaban cortadas”. “Los cuerpos fueron hallados por dos amigas de la hija”. Apenas 283 palabras para describir, con una simplicidad directa, la tragedia que cambió al pueblo victima para siempre. El asesinato había sido brutal: los cuatro miembros de la familia sufrieron una larga noche de terror antes de morir a balazos. Un crimen brutal sin un móvil claro.

Intrigado por el tema — curiosamente, no por el caso en sí — Capote viajó hasta el lugar y empezó a investigar lo ocurrido. Lo que encontró fue una historia despiadada, cotidiana, cruel en su frugalidad que le sorprendió y le conmovió. Cuando Capote conoció a sus asesinos — que detenidos y juzgados esperaban en el corredor de la muerte — se sorprendió de su normalidad. De hecho, es esa visión del mal real, el cotidiano — que parece esconderse en la ambigüedad de lo consideramos normal — lo que hizo de su novela “A Sangre Fría” un triunfo de crítica y de ventas y la convirtió quizás en el evento literario más importante de la década.

Holcomb, el escenario real de la tragedia, miró con recelo al escritor extravagante y chocante, que llegó al pueblo para investigar por cuenta propia una historia privada. Según los propios habitantes, Capote no miro el hecho con el respeto reverencial que le habían dedicado otros periodistas y escritores, sino que dedicó a investigar con una dureza que sorprendió y abrió viejas heridas. Por semanas enteras, escuchó relatos, comparó versiones, recorrió paso a paso el camino de los asesinos. Para los habitantes de Holcomb — la mayoría campesinos — el escritor era un hombre insoportable, un temerario excéntrico al que no comprendían muy bien. Aún así, respondieron a sus preguntas, le acompañaron en su recorrido y revivieron en su relato los traumáticos recuerdos de un crimen muy reciente. Desconcertó e irritó aún más que el escritor insistiera en hacer preguntas y concentrar su investigación sobre los asesinos y no en la familia Clutter, las víctimas que para el pueblo se habían convertido en mártires idealizados por el sufrimiento. “Muchos en Holcomb pensaron que se había aprovechado de su dolor”, explica Dolores Hope, que trabajaba en el periódico de la comunidad. Probablemente sea cierto: Capote implacable y audaz, sabía que la historia que estaba creando, paso a paso y desde su origen era un vehículo inmediato a la celebridad. Según un artículo sobre el escritor y su obra del The New York Times publicado en el año 1965, cobró unos dos millones de dólares por la publicación, todo un récord para la época.

En una ocasión, se le preguntó a Capote como se describía así mismo “Tengo más o menos la altura de una escopeta y soy igual de estrepitoso” dijo y fue quizás, la manera más elemental que encontró para dejar bien claro que su ambición literaria no era tan importante, y desesperada, como la de ser famoso. Así, a secas. Reconocido a un nivel extraordinario que le permitiera mostrar lo que consideraba era lo esencial de una nueva visión del mundo, que de alguna u otra forma encabezara. Hasta la publicación de “A Sangre Fría” Capote era considerado una rareza entre rarezas, una inteligencia frívola y mordaz que causaba más risas que verdadero respeto intelectual. “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, llegó a decir, en pleno delirio de la fama, que lo encumbró no sólo como el escritor de moda en la opulenta Nueva York de la década de los sesenta, sino además como una revelación, un renovador de la palabra y sobre todo de la percepción del norteamericano común. Todo un triunfo para un hombre como Capote: Nacido en un barrio pobre de Nueva Orleans, el escritor siempre se miró así mismo como un petulante en ascenso. Una mirada festiva sobre la realidad y sus protagonistas.

El tono duro y helado que el escritor utiliza en “A Sangre Fría” suele desconcertar. Esa disección de la realidad que lleva a cabo con una pulso tan firme como implacable. Ya para cuando escribía la novela, era un drogadicto sin retorno y en varias ocasiones, se le vio borracho y abstraído, en medio de los campos de Kansas que tanto le debieron obsesionar. La publicación de la novela comenzó a capítulos en el New York Times y de inmediato, fue evidente que el Capote cínico y frívolo había dado paso a un hombre desconcertado por esa visión del mal en estado puro. El esbozo de la novela en formación, dejó claro que Capote había descubierto algunas cosas sobre la naturaleza humana, el dolor y la angustia a medida que avanzaba en su investigación, que derrumbaron desde los cimientos el mito de la bondad del norteamericano promedio. Además, está la evidente compasión que le despertaron los asesinos, como si pudiera comprender a través de su propia identidad radical y marginal la tragedia del otro. Todo un descubrimiento para el Capote egoísta e insustancial que hasta entonces había mirado al mundo desde un considerable distanciamiento. Todo un dilema moral que Capote intentó consolar con más alcohol y pastillas. Para el escritor, lo que había comenzado como la construcción de una historia novedosa, se había transformado en algo más. Un debate moral que lo dejó exhausto, agotado y abrumado. Sabía que el éxito de su novela dependía de la ejecución de los reos pero también los comprendía, había una irremediable conexión entre la historia y sus víctimas, vivas y muertas. Se llegó a decir que durante las visitas se había enamorado de uno de los reos. Y que tragedia, tan Wilde, debió ser esa, para el frívolo y confuso Capote. La de decidir entre la fama que le esperaba al borde del anonimato y mirar morir a quizás, esa pequeña visión de la humanidad que había obtenido a través del dolor. Al final, ese mal cotidiano que conoció de pluma y como testigo triunfo: los asesinos fueron ejecutados, la novela se convirtió en un éxito y Capote en un renovador de la historia mínima americana. Toda una opereta del desastre.

Claro está, no se trata si la Novela de Truman Capote compite en importancia con otras propuestas literarias de mayor calidad, profundidad y alcance. Lo que le brinda verdadera relevancia a su publicación, es quizás esa nueva visión de la literatura como un reflejo nítido de la sociedad. Más allá de su idealización o su crítica, Capote logró que su novela mostrara la sociedad en toda su frugalidad, en la desesperanza quebradiza de lo marginal. Sorprende, sobre todo, el hecho que a pesar de involucrarse de manera muy profunda con la historia — Cuando los asesinos fueron colgados, Capote asistió a la ejecución — la novela es de una frialdad desconcertante. La narración recorre paso a paso no sólo el crimen, sino su futilidad, la triste banalidad que llevó a la muerte a los miembros de una familia y poco después, a dos hombres que cometieron el crimen sin posteriormente pudieran explicar el motivo. El resultado es la crónica novelada de un crimen absurdo. Se le analizó desde el cariz de un género inédito y de hecho Capote proclamó más de una vez haber inventado una nueva manera de observar la realidad a través de la escritura «novela de no ficción». El libro ejerció una notable influencia sobre el incipiente «nuevo periodismo» de Thomas Wolfe, Hunter S. Thompson y compañía. Y de hecho, se considera a esa interpretación descarnada y violenta de la realidad, una nueva aproximación a la narración de lo cotidiano, sin cortapisas ni reflexiones. El caos existencial en estado puro.

Capote más de una vez se burló de su propio mito. Se miró así mismo con cierto cinismo, con enorme rudeza. Se criticó pero también se enalteció. Y entre ambas cosas, supo labrar una idea de lo que se escribe distinta, audaz, rompedora. Nada fue igual para el periodismo — y curiosamente siguió siendo lo mismo — luego que Truman Capote decidiera incursionar en el ambiguo límite de lo que puede ser y lo que idealmente concebimos como real. Una perspectiva que “A sangre fría” deja claro desde su pequeña y limpia introducción sobre el Capote escritor hasta esa vuelta de tuerca de lo que se cuenta como ventana hacia la realidad. Una puerta entreabierta. Un ojo que mira. Esa promesa de Capote de encontrar el límite exacto entre ambas cosas.

martes, 18 de julio de 2017

La mujer sin rostro: El dolor y la obsesión de la presión estética.


Lily Collins en un fotograma de “To the Bones”.




Hace unos días, veía la película “To the Bone” (Marti Noxon — 2017) de la cadena Netflix y me preocupó el hecho que aún los trastornos alimenticios sean tan poco comprendidos y sobre todo, mal interpretados por la cultura popular. Para el film, el lento declive mental y físico de la protagonista — interpretada por una intuitiva Lily Collins — tiene algo de cosmético y sobre todo, de un insólito camino a la redención, sostenido por hilos argumentales que parecen más interesados mostrar la idea de la enfermedad como una presunción intelectual que un verdadero padecimiento físico. Como si se tratara de una decisión del personaje central, el trastorno alimenticio se presenta desde una cierta perspectiva abierta a interpretación, lo que convierte a la historia en una mirada efectista y vacía sobre lo que un tipo de trastorno como la anorexia y otros padecimientos semejantes pueden significar, más allá de nuestra opinión sobre ellos.

Eso, a pesar que el film tiene sin duda una respetuosa visión del tema. Su sobrio guión analiza el tránsito de la enfermedad con una mirada conclusiva y hace hincapié en la naturaleza impositiva de cualquier padecimiento semejante. No obstante y a pesar de su sentido del contexto y del peso de la enfermedad como noción física, el guión no termina de resolver la idea sobre lo que implica la anorexia como enfermedad real. La percepción sobre los estragos biológicos que causa — y sobre todo psicológicos — se desdibuja en una reflexión más o menos básica sobre la presión externa y el contexto que rodea a la protagonista, lo cual es válido pero no suficiente para mostrar el peso real de la enfermedad.

No obstante, la película acierta de lleno en el lento proceso de curación de la protagonista y lo hace, al mantener un tono severo y sobre todo, sin respuestas sencillas que beneficia la percepción del trastorno alimenticio como algo más que una curiosidad médica. No hay avances milagrosos ni tampoco al tratamientos al uso sino una reflexión sobre los dolores mentales e intelectuales de Collins, convertida en símbolo de la silenciosa agonía de millones de mujeres alrededor del mundo. La vulnerabilidad, incertidumbre, angustia existencial pero sobre todo, el aislamiento y dolor del paciente, se trasluce en un ritmo contenido y duro que refleja la batalla silenciosa que lleva a cuestas. Además de eso, el guión evita el juicio moral o de cualquier otra naturaleza, sobre las decisiones de la protagonista y quienes le rodean. Para Noxon, la percepción de la anorexia tiene una definitiva relación con los impulsos y pulsiones de cualquier adicción. Analiza el trastorno además desde el punto de la vista que todo padecimiento relacionado con el peso y la figura — desde la connotación estética — tiene una relación directa con todo tipo de problemas psiquiátricos de percepción. Aún así, no profundiza lo suficiente: mantiene una distancia emocionalmente en la forma como comprende al paciente y evita emitir cualquier noción moral al respecto.

Sin embargo, “To the bone” no avanza más allá: su reflexión sobre las implicaciones de la anorexia y trastornos semejantes, no termina de alcanzar un punto álgido que permita comprender los mecanismos y dolores que lo provocan como todo argumentativo. Por supuesto, el film no tiene una intención moralizante ni tampoco de reflexión psiquiátrica, pero su inevitable superficialidad, termina por convertir el mensaje general en una idea fragmentada sobre una mezcla de dolor emocional y descontrol psicológico. No obstante, un trastorno de pánico es mucho más que eso y sobre todo, una percepción mucho más peligrosa de la identidad, la salud mental y física de quien lo parece.

Viaje hacia el silencio: todos los rostros del dolor.
Cuando tenía veintiún años, sufrí un trastorno alimenticio muy grave asociado a la ansiedad. Me encontraba muy deprimida por la muerte de mi abuela — con quien me había educado y era, por mucho, la persona más importante de mi vida — y dejé de comer. Así de simple. No hubo una determinación progresiva de perder peso ni tampoco todos los ritos y pequeños manías que se atribuyen a lo que padecen un problema de esa naturaleza. Sólo comencé a comer cada vez menos, hasta que en los momentos más graves, llegué a pasar días enteros sin probar alimentos. No fue exactamente una decisión consciente, mucho menos estética: de alguna manera sentí que lo único que controlaba en mi vida era mi apetito, y esa certeza — borrosa y sin sentido — me hizo obsesionarme a niveles que me resultan impensables ahora mismo, con lo que comía o no.

Perdí aproximadamente treinta y cinco en cinco meses. Para entonces vivía sola, acababa de terminar la Universidad y tenía un buen empleo. Nadie pareció notar los drásticos cambios de mi rutina alimenticia. O mejor dicho, si lo notaron pero asumieron que era parte de esa obsesión Universal por la buena figura. De hecho, no provocó mayor extrañeza el hecho que solo comiera vegetales y tomara agua, que me sometiera a extenuantes rutinas de ejercicios por horas, mis constante malestar físico. Parecía que esa exagerado y extravagante comportamiento mío era parte de lo que asume como “salud” en un país donde todos están obsesionados por la belleza, por la delgadez y la estética del estereotipo. Y eso que, hace dieciseis años, la presión estética era considerablemente menor a la actual. No obstante, mucha gente aplaudió mi nueva “toma de consciencia” sobre mi aspecto físico: durante toda mi vida había luchado contra unos cuantos kilos de más y supongo que asumieron que todo este nuevo esfuerzo mio por lograr la esbeltez soñada era una especie de “madurez” estética. Yo misma lo llegué a creer, en mis momentos más festivos, cuando comencé a perder peso aceleradamente y de pronto, tuve la sensación que mi cuerpo me pertenecía de nuevo. Había una sensación de triunfo, de un logro difuso y concreto, en esta delgadez súbita, en tener el aspecto que creí siempre había deseado. Fue una sensación agridulce: porque a pesar de todo, de los halagos ajenos y mi propia indulgencia, sabía que algo estaba terriblemente mal. Que había un elemento anómalo en esos continuos pensamientos de control y desosiego que me provocaba la comida. Una rarísima sensación de angustia que no tenía relación alguna con el placer del cuidado físico. Se trataba en realidad, de algo mucho más turbio, incluso doloroso. Una lucha a ciegas contra mi misma.

Porque todo se resumía al apetito y como controlarlo. Cuánta agua tomar para distraer la pulsión natural del hambre, cuando comer alguna que otra cosa para poder resistir lo suficiente. Una rutina absurda de pequeños patrones de alimentación. Y es que todo parecía tener relación con lo que me llevaba a la boca, con lo que comía y cuantas veces lo hacía al día. Desde la satisfacción de no comer — porque el mero hecho de encontrarme en ayunas lo consideraba un triunfo — hasta cuando hacerlo, para evitar debilitarme — aún más -, el continuo dolor estomacal, incluso la sensación de agotamiento que me aplastaba a todas horas. Una batalla privada que llevaba a cabo en silencio, aislada y sometida a esa ruda disciplina personal. Porque para el resto del mundo, me encontraba “bien”, al menos lo suficiente para celebrar mi delgadez, para insistir en que lo mejor que podría haberme ocurrido era la decisión de “cuidarme” con tanta disciplina. Pero puertas adentro, estaba aterrorizada. El ciclo se había hecho duro, inflexible. Tenía la sensación crítica de no poder escapar, que comer o no comer era lo único realmente importante con respecto a quien era y lo que deseaba. Es difícil explicar a la distancia, un pensamiento tan desconcertante, tan ajeno, tan hiriente. Me miraba en el espejo con la piel del rostro seca y escamada, el cuerpo convertido en una colección de ángulos anormales y me preguntaba si eso era todo. Si había llegado a un punto de silencio en mi interior donde no podía retroceder y avanzar.

Una idea angustiosa de la que sentía no podía escapar. Porque además, todo a mi alrededor parecía insistir en que mi obsesión, esa enfermedad silente, era “beneficiosa”. Todos celebraban siempre que podían mi delgadez, esa recién descubierto “estética ideal” que exhibía. Incluso en el momento en que llegué a pesar cuarenta y dos kilos y enfermé — una especie de postración crónica sin ninguna explicación que no fuera que estaba muriendo de inanición — tuve comentarios sobre lo “estupenda que me veía”. Recuerdo especialmente una conversación con una conocida de la época con quien me reunía tomar café y celebró que solo tomara botella tras botella de agua mientras conversábamos.

- Ser delgado es un lujo. No sé cómo lograste el autocontrol pero ya quisiera yo poder sentirme flaca y verme tan bella — me comentó. Lo hizo de buena voluntad, aclaro. Porque para ella, mi aspecto esquelético tenía mucho ver con esa visión de la belleza que se insiste, que se da por cierta. Incluso en un país tropical como el nuestro donde se celebra con tanta frecuencia “las curvas”. Mareada, hambrienta, adolorida, de pronto tuve una especie de sensación irreal, como si esa conversación no estuviera ocurriendo. O no pudiera entenderla.
- No me siento bella — le contesté. Ella rió.
- Todo el que es flaco, es bello. ¡Estás preciosa!

La escuché sin saber que decir. Sentí miedo, aunque no supe exactamente por qué. Lo sentí cuando finalmente me senté a solas en mi casa y respondí a las decenas de llamada de mi mamá, preocupada y confusa por lo que me estaba ocurriendo. Por meses, habíamos discutido sobre mi estado de salud, sobre lo que llamaba “mi locura” sin que ninguna de las dos se atreviera a admitir que algo realmente grave sucedía. Y aunque nunca llamé a mi trastorno “anorexia” ni tampoco admití que había perdido el control hasta que sentí ese miedo, supe que había llegado a un límite invisible de mi resistencia física y mental. Asumí, ofuscada y exhausta, que en algún punto de aquellos largos meses de dolor, angustia y hambre, me había transformado en una especie de cautiva de mi mente. Recuerdo que cuando tomé la decisión consciente de comer, de evitar mis manías y rutinas, vomité. Me había comido con esfuerzo un trozo de pan y me provocó unas nauseas insoportables, una angustia insoportable. Y me sentí aún más enferma que cuando simplemente lo evitaba. Pero sentí que debía comenzar, por algún lado, esa gradual aceptación que me estaba haciendo un daño inimaginable. Una herida física y mental que me llevaría años curar.

La belleza, la salud, el temor y la identidad: La distorsionada visión del yo.
Según recientes estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, 3 por cada 100000 habitantes en el mundo sufre de un gravísimo cuadro de anorexia nerviosa como el que sufrí durante mi primera juventud. Por supuesto, a decir de muchos médicos y especialistas en el tema, la cifra es muchísimo más abultada, pero como en mi caso, pocas veces quien lo padece lo admite, lo que hace más complicado un calculo real sobre su incidencia. Y es que la anorexia es un padecimiento silencioso, abrasivo y destructor. Es una compulsión que te somete a una especie de privada — y casi invisible — lucha contra tu propio organismo. Pero también te transforma en un rehén de tus prejuicios, de lo que consideras normal y de esa obsesión por la visión estética que todos padecemos alguna vez en una sociedad tan mediatizada como la nuestra. Durante esos extraños y durísimos meses, me construí una linea de conducta a mi medida, elaboré todo tipo de trampas y trucos para sabotear mi expresión más intima de individualidad. Porque a pesar que mi trastorno no lo género un ideal estético, si encontré que esa exaltación de la belleza ideal de alguna forma confirmó — y valoró — esa nueva visión mía del cuerpo como accesorio y sobre todo, como enemigo al cual enfrentarse. El nutricionista que me ayudó en recuperación, siempre insistía que el peor elemento del cuadro clínico de la anorexia, era sin duda social.

- Hay un ingrediente cultural muy peligroso que celebra la delgadez extrema siempre que puede — me comentó en una de nuestras consultas. Para entonces, había recuperado algo de peso y había aprendido lo suficiente sobre el trastorno como para comprender hasta que punto me había hecho daño. Seguía teniendo miedo, pero ahora también, deseaba avanzar hacia algún punto de la recuperación, encontrar una tranquilidad muy simple que había perdido sin saber como — para muchísima gente, la delgadez es parte de lo socialmente aceptable y deseable. La manera como obtengas ese aspecto físico necesario, insistente, es lo de menos.

Era verdad. Durante los meses más críticos de mi enfermedad, nadie había jamás cuestionado mi ayuno voluntario ni muchos menos los notorios hábitos nocivos que había desarrollado. En la oficina donde trabajaba, todos “admiraban” mi fuerza de voluntad al limitar a mi dieta a solo un montón de vegetales crudos y más de una vez, amigas me felicitaron por mi nueva apariencia. Una de ellas llegó a insistir que “No importa como llegues a estar flaca, mientras sigas estándolo”. Un pensamiento doloroso que me hizo sentir profundamente aislada y angustiada. Porque para mi, las rutinas y controles con respecto a lo que comía, me aterrorizaban. Era un límite entre un dolor enorme y sin rostro y esa otra visión de mi misma, la de la mujer que estaba disfrutando por el “logro” de perder peso. Cuando se lo comenté, mi médico movió la cabeza, entristecido.

- En Venezuela el problema no es exactamente peor que en cualquier otro lugar del mundo, solo que en nuestro país, está bien visto y aceptado además, cualquier método radical para bajar de peso — me explicó — claro está, en muchísimos países hay un culto a la delgadez mucho más acentuado que en nuestro país, pero en Venezuela se insiste en ser bella. Y esa “belleza” es relativa y tiene una relación directa con una serie de atributos que dependen de factores sociales y culturales. Los más pudientes sueñan con una delgadez extrema, semejante al estereotipo comercial. Los más humildes, con esa belleza voluptuosa que los hará deseables y sobre todo, parte de cierto nivel de aceptación en su circulo social. Al final en Venezuela, la belleza es una cuestión de competencia, un eufemismo para un enfrentamiento entre valores culturales y salud. Lo cual, es sin duda, preocupante.

Lo pensé en todos los meses que siguieron, mientras recuperaba peso gradualmente y recuperaba el placer de comer. Fue un proceso extraño y difícil: La mayoría de los que habían celebrado mi “saludable” aspecto, se preocuparon cuando dejé atrás el aspecto famélico y enfermizo. En una oportunidad, mientras obsequiaba la ropa que me había quedado pequeña — comprada durante el furor de sentirme delgada y bella — una de mis amigas se lamentó en voz alta de mi “regreso a los viejos hábitos”.

- No es fácil estar flaca, pero coño, si pudiste ¿Cómo te descuidas? — me dijo casi en tono de reproche. Continué doblando las faldas y pantalones de una talla como de niña sin responder. Todavía me asombraba el hecho que alguna vez toda esa ropa me había quedado grande y que de hecho, llegué a perder todo tipo de conexión con mi figura real, con la mujer que alguna vez había sido. Por último, miré a mi amiga con cierto cansancio.
- Creo que el descuido es lo mejor que pudo haberme pasado — comenté.
- Que perdida de esfuerzo y dinero — insistió — ¿No lo lamentas a veces?

Pensé en las horas angustiosas en que intentaba controlar el hambre, sentada a solas en la oficina donde trabajé. En la sensación invalidante de perdida de control que me invadía al comer, incluso pequeños bocados de fruta o vegetales. Pensé en la debilidad, en la abrumadora sensación de soledad de intentar a toda hora, aplastar cualquier impulso natural de alimentarme. Esa visión extravagante de mi misma, el hecho de no reconocerme en el espejo. Como no me reconocía en esa ropa que jamás volvería usar y que simbolizaba esa identidad deforme, rota a pedazos que intenté comprender, que me obligué a aceptar incluso a pesar de mi salud. Ella se sorprendió cuando sonreí, cansada, aliviada y quizás al borde de las lágrimas de puro agradecimiento por haber escapado de ese horrible silencio del miedo.

- Nunca — dije. Y era verdad. Nunca podría lamentar esta vuelta a la cordura, al poder de reconocerte en tu forma de mirarte y asumirte como real. En el poder de mi propio espíritu, libre del miedo o al menos, en el proceso constante de sobrevivir a mi misma. Una nueva responsabilidad sobre mi identidad.

Han transcurrido casi dieciseis años desde que me recuperé por completo de mi trastorno alimenticio. O todo lo que puedo encontrarme recuperada de una experiencia tan íntima y devastadora. De nuevo, lucho con unos cuantos kilos de más y mi forma física. Pero lo hago siempre consciente que intento construir (me) a partir de una poderosa idea sobre mi personalidad y mi visión estética. ¿Qué tan válida es esa imagen? Me lo pregunto a veces, con una punzada de inquietud. No lo sé. Lo que sí está muy claro en mi mente es que vencí a al miedo, ese tan profundo que solo puede provocarte tu propia mano y que encontré a cambio la posibilidad de comprender mi cuerpo — y quien soy — de una forma mucho más saludable y real. Un lento aprendizaje que supongo me llevará muchos años más asimilar.