jueves, 14 de diciembre de 2017

La cinta rosa. El triunfo sobre el temor.




Mi maestra favorita del colegio era Rosalinda. Enseñaba Castellano y Literatura. Era joven, con el cabello muy corto, solía leer mis primeros cuentos y era de las pocas personas que no parecía sorprenderle — ni molestarle — mi adicción juvenil por la lectura. Creo que me entendía un poco porque siempre sospeché que en su juventud, había sido muy parecida a mi. Cualquiera sea el motivo, Rosalinda se convirtió en mi maestra ideal, esa “amiga adulta” con que todo niño sueña y más aún, si eras un poco como yo, gruñona, ermitaña y nerviosa. Muchos de mis recreos de cuarto grado los pasé conversando con Rosalinda en el patio enorme y florido del colegio de monjas donde me eduqué.

De manera que cuando Rosalinda enfermó de cáncer, fue una tragedia en mi vida. Ya me encontraba en quinto grado, no era una de sus alumnas pero me enteré de mi inmediato: tuvo el detalle de venir al colegio y explicarme que le estaba sucediendo. No lo comprendí mucho: no tenía mucha idea sobre lo que me hablaba y solo comprendí que tenía mucho miedo. La abracé entonces y entonces Rosalinda lloró. Apoyada en mi hombro de niña, temblando de angustia, lloró como ahora supongo, no lo habia hecho en las semanas del diagnóstico. Ese pequeño llanto, que se secó muy rápido y sustituyó por la sonrisa de costumbre, me mostró lo muy grave de lo que padecía, el peligro que Rosalinda sabía estaba corriendo.

Supe de su muerte un año después. Y mi abuela — la sabía, la bruja — consideró que debía asistir al funeral. Lo hice, por supuesto. Quería despedir a Rosalinda, quería comprender que había ocurrido en realidad. Los niños tienen una curiosidad morbosa por la muerte creo, y yo no era la excepción. Además de la comprensible angustia que sentía por la muerte de mi maestra, también me estaba haciendo cientos de preguntas sobre porque había muerto, si se pudo haber evitado. No la miré en el ataúd, sino que me senté junto a su hermana mayor, que era muy parecida a ella, con sus mejillas llenas de pecas y ojos inocentes. Y fue Julieta, la que me tomó de la mano y me dijo una frase que sigo recordando aún hoy.

- Rosalinda no verá a sus nietos porque no se tocó a tiempo. Se le fue la vida entre los dedos.

Hace unos años, recordé esa frase mientras leía la carta pública de la actriz Angelina Jolie, donde contaba su experiencia luego de haberse realizado una doble mastectomía preventiva de cáncer de mama. Me conmovió hasta las lágrimas leer lo siguiente: “Mi madre luchó contra el cáncer durante casi una década y murió a los 56 años. Ella vivió el tiempo suficiente para ver al primero de sus nietos y cogerlo en sus brazos. Pero mis otros hijos nunca tendrán la oportunidad de conocerla y la experiencia de saber lo cariñosa y amable que era”. Y recordé a Rosalinda, hermosa y sana, hablándome de sus hijos futuros, a los nietos a quienes le contaría cuentos y le revisaría las tareas. Rosalinda no tuvo la oportunidad quizás de asumir su enfermedad desde la prevención y a la distancia su caso es el ejemplo de lo que el cáncer de mama simboliza y poca gente asume: la muerte discreta, la que se ignora, la que puede evitarse, la que te roba el futuro por un descuido. La pregunta que me hago ¿Que hace la mujer en Venezuela para cuidar de su salud y evitar morir por descuido?

La cinta rosa y el final feliz:
Después de la muerte de Rosalinda, me obsesioné con la idea de cáncer de mama. Tragándome mis temores y timidez, visité al ginecólogo de mi madre y en un llanto nervioso, le expliqué que necesitaba saber como protegerme, cómo evitar que el cáncer dejara inconclusa mi vida. El Doctor Llamozas tenía la misma edad que Dios o casi, y me escuchó con atención. Mis lágrimas y mi miedo no le sorprendieron. Pero mi necesidad de protegerme, sí.

- El cáncer de mamas se evita, es el mejor remedio que conozco contra él — dijo. Nos encontrábamos en su oficina, pequeña y soleada y la idea de la muerte me parecía morbosamente cercana — el cáncer es una enfermedad que se aprovecha de lo que no sabes, de lo que descuidas, de tu propia ignorancia. Así que la mejor manera de evitar el sufrimiento, es previniéndolo.

Una idea un poco angustiosa, pensé. Era casi como admitir que no había cura real. Pero eso no es del todo cierto. No obstante, tomar conciencia del poder que tenemos para evitar las peores consecuencia del cáncer, nos permite no solo tomar decisiones inteligentes y oportunas — como en el caso de Angelina — sino además, comprender un poco más que el cáncer, como padecimiento, es derrotable. Y es una batalla que se gana con conocimientos, con inteligencia y preocupándote por tu salud de manera responsable.

Seguí obsesionada con el cáncer de mamas por años. Asistí a charlas sobre el tema, me familiaricé con los términos y procedimientos de autodiagnóstico. Era muy joven — apenas diecisiete años — cuando comencé a tocarme los senos en busca de bultos e irregularidades, una costumbre con la que crecí y que se volvió parte de mi rutina. Y es que la temprana muerte de Rosalinda, me demostró que el cáncer no distingue de edad, no sabe de planes o de proyectos, no es justo, no es discreto. El cáncer se enfrenta a tu voluntad de sobrevivir y en esa lucha, la negligencia es tu peor enemigo.

Esa frase me la dijo una mujer formidable: K. A ella la conocí cuando comencé un proyecto fotográfico personal llamado “Las Dos Evas” una serie de imágenes sobre madres e hijas. K. sufría de cáncer de seno, acababa de sufrir una mastectomia radical y estaba recibiendo las primeras dosis de quimioterapia y aceptó que la fotografiara como parte de mi proyecto en una especie de necesidad inquieta de mirar el proceso. Acepté, y por semanas, la fotografié, a ella y a su hija, en el lento proceso de recuperar la salud, en el miedo, en la angustia, en los temores sofocantes con que tenía que lidiar para ganar la batalla. Tenía tanto miedo K…y también rabia.

- Tuve el bulto por meses antes de hacerme revisar — me explicó, sentadas en la habitación donde recibía la quimioterapia, mareada y descompuesta — lo sentía Era claro y duro. Pero pensé que podía ser cualquier cosa. Pasaron semanas enteras antes que asumiera que no iba a desaparecer. Y meses antes de hacerme revisar.

No dije nada. La miré y ella me hizo una seña para que la fotografiara. Era como un acuerdo tácito, ese de confesarse frente a la cámara. Lo hice, con las manos temblandome de una emoción parecida a la angustia, pero un poco más violenta. ¿Impotencia?

- Y ahora estás aquí — dije. Su hija, una mujer en la treintena y que nos acompaña sentada en una esquina de la habitación levantó los ojos para mirar a su madre. Y hubo un suspiro lento, compartido, de resignada furia, de frustración.

- Sí — dijo K. — no es mi culpa, pero si pudo ser mi responsabilidad.

Pensé en esa frase mucho tiempo, mientras miraba el trabajo fotográfico, foto a foto, intentando comprender el mensaje. Los ojos atormentados de K, la angustia de su hija, el dolor silencioso del marido. Decidí que no estaba preparada para mostrar las fotografías a nadie, no sin saber que ocurriría con K. o su familia. De manera que aguardé, pensando en lo fugaz de la vida, en el poder que tiene cada decisión. Por días, me miré desnuda frente al espejo, contemplando mis senos, tocándolos, pensando en mi cuerpo y sobre todo, en la responsabilidad que tengo con mi salud. Es un pensamiento singular ese, el de asumir el peso y el valor de una decisión. Y como duele saberlo y más allá, construirlo como parte de una idea futura.

K. sobrevivió al cáncer. Un par de años después, le obsequié las fotografías . Nunca se las mostré a nadie sino a ella. Y me lo agradeció colgándolas en su oficina, para sonreír y aceptar su triunfo, un trofeo en imágenes que demostró su gran voluntad.

Tócate, conócete, asume tu poder:
Así que cuando crecí, me hice mujer muy consciente del peligro que corro y sobre todo, que tengo la capacidad de evitar lo que pueda ocurrir. Lo estoy no solo por Rosalinda, sino porque ahora que soy una mujer en la treinta, sé que el cáncer es un peligro real, un riesgo muy concreto. Sobre todo porque el cáncer de mamas, es una enfermedad que podría incluso asumirse como simbólica, que puede mirarse como una idea que engloba además, una disyuntiva sobre la feminidad, sobre nuestra percepción de nuestra identidad y de género. En mis largas tardes con K, la vi llorar muchas veces por haber perdido “su cuerpo de mujer”, abrumada por la “mutilación” de su cuerpo, meditando sobre lo que la hacia esencialmente femenino. Y es que el cáncer de mamas, golpea esa ideal de la mujer que todas sostenemos y asumimos como real y muchas veces, necesario. Un pensamiento que desconcierta, pero tan obsesivo que termina siendo doloroso.

No obstante, la feminidad es el poder de reconstruirte y encontrarte incluso en medio del temor, pienso, de pie, frente al espejo. Miro mis senos, redondos, un poco asimétricos, suaves, hermosos, plenos. Levanto un brazo y lo llevo sobre mi cabeza. ¿Que idea he logrado construir durante todos estos años? me pregunto, palpando con cuidado la piel, turgente y firme. ¿Cual es el poder sanador de este nueva capacidad de asumir la responsabilidad que todas tenemos sobre nuestra salud? ¿ Había sido antes más concreto el valor de lo que podemos hacer para prevenir el miedo, para asumir que el conocimiento vence la incertidumbre? Seguramente. Continuo palpándome, recordando todas las veces que lo he hecho en el pasado, la sensación de miedo que me recorre mientras lo hago y el alivio que siento cuando termino. Estoy en la búsqueda de crecer, en la necesidad de mirarme al espejo y asumir mi decisión de vivir lo mejor que pueda.

Tal vez, el resumen de todo lo anterior sea la frase con que Angelina Jolie termina su carta pública: “La vida tiene muchos desafíos. Los que no nos deben asustar son sobre los que se puede asumir y tomar el control”, concluye. Y yo pienso que tiene toda la razón.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La tragedia Venezolana en cuatro escenas: El abismo del poder por el poder.




La primera escena de la película “El Padrino” define el ritmo y el resto el metraje: Vito Corleone, entre la oscuridad y la sombra de su estudio privado, aguarda. La cabeza medio inclinada, el rostro aparentemente apacible. Sostiene un gatito entre las manos, que acaricia con gentileza. Se le ve tranquilo al Don, quizás porque afuera, se celebra con gran pompa, el Matrimonio de su hija Connie. Y como bien agregaría Mario Puzzo al comentar sobre el libro homónimo “No hay mejor día para un Siciliano que la boda de una hija”. Pero la imagen idílica, oculta lo esencial de una historia que parece contarse a palabras entrecortadas: Frente a él, Bonasera, amigo personal de Don Vito, inclina la cabeza, tenso y angustiado. Los hombros rígidos. Habla sin apenas despegar los labios. Un lamento monocorde que a Don Vito le cuesta escuchar. El temor y la vergüenza abrumándolo. Pero Don Vito espera, con el gatito entre las manos, paciente. Es una de sus cualidades.

— Y me pides eso hoy, en la boda de mi hija — responde por último, luego de escuchar lo que Bonasera tiene que decirle. El hombre lo mira, parpadeando. La piel cetrina pálida y seca. La humillación bordeando la expresión.

— Sí, porque sé que no me lo negarás.

— Hablas de matar a un hombre — insiste — eso es algo muy grave.

— Lo sé — responde Bonasera. Y espera. El Padrino inclina la cabeza. La oscuridad de la habitación se hace dolorosa, sofocante. No obstante, la tensión parece ser una respuesta en si misma. Porque Bonasera lo sabe, nadie tiene que decírselo, que el Padrino lo escuchó y responderá. De una forma u otra, recibirá lo que exigió, entre susurros y lágrimas en los ojos. Justicia.

En el mundo del Padrino, todas las decisiones se toman de esa manera: en medio de exigencias a medio decir, sin testigos, con el poder de Vito Corleone como único limite. Porque en el Mundo de la Mafia todas las decisiones están más allá del bien y del mal. Lo legal y lo moral parecen tener muy poca importancia ante la actuación de la mano de hierro de Vito Corleone, de su retorcida visión del mundo. El Padrino es la única válida y sus órdenes incuestionables.

Por supuesto, es inevitable no reconocer el escenario político Venezolano en las intrincadas relaciones de poder del mundo creado por Mario Puzo. En nuestro país, el poder parece resumirse a su capacidad para amedrentar, presionar y convertir la lealtad partidista e ideológico en una obligación de enormes y dolorosas consecuencias. Lo pienso luego de consultar el mapa electoral luego de las elecciones — apresuradas y organizadas con la única intención de sacudir las últimas bases de apoyo a la oposición política — y comprender que el poder intenta de nuevo pulverizar por completo cualquier voz — y pensamiento — que le contradiga. Se trata de una idea inquietante que pone en perspectiva no sólo la crisis coyuntural que atraviesa Venezuela sino también, sus extensas y peligrosas implicaciones. Para el Chavismo, la obediencia debida — cualquiera sean sus consecuencias — es el elemento esencial para sostener su percepción sobre el orden social y una percepción directa sobre el control que ejerce sobre el ciudadano. Claro está, de eso se trata la forma en que el Gobierno asume la gravísima situación que atraviesa el país: para el chavismo lo que ocurre no es otra cosa que la resistencia a los métodos barbáricos que utiliza para imponer un sistema político fallido. Una gran estafa histórica que disimula a través de la retórica y la necesidad de crear enemigos invisibles que puedan sostener la ficción de una agresión externa. Por supuesto, el poder tampoco acepta la responsabilidad histórica que supone admitir que la corrupción y la política de la impunidad provocó la la destrucción de Venezuela como nación y proyecto. Lo realmente importante, es preservar el llamado “legado de Hugo Chávez” por encima de cualquier realidad pragmática, de cualquier interpretación sobre lo que ocurre en el país como una inmediata consecuencia a los manejos fraudulentos y la ineficacia administrativa. Para la mayoría de los líderes chavistas — los visibles y los que se encuentran a la sombra, observando a la distancia y disfrutando de las prebendas de un sistema corrupto que se fortalece a medida que la crisis se hace insostenible — es evidente, como también lo era para Vito Corleone, que el poder real — no el de las bases, las discusiones, la intemperancia política — no necesita explicación ni justificación. Existe y se preserva a pesar de cualquier factor y requisito. Es una necesidad inmediata de ese monstruo elemental y primario que llamamos con tanta inocencia, ideología.

De manera que para la mayoría de los electores chavistas y sobre todo, los rostros visibles de una ideología fallida y convertida en una imposición colectiva, es bastante claro que la Revolución no necesita perfeccionarse. Lo que sí necesita, como cualquier muestra de poder elemental y sobre todo fraudulento — es cohesionarse alrededor de una única idea, de esa llamada memoria “imperecedera” del Líder Carismático muerto. Eso, a pesar que la supuesta herencia histórica del “Gigante” sea cada vez más borrosa e imprecisa. Y es que su heredero, el hijo político designado para llevar adelante un proyecto irrealizable de origen, no las tienes todas consigo al momento de aglutinar esperanzas y lo que es peor, unificar criterios. El error dentro de ese cuidadoso entramado de componendas y estructuras de poder que el chavismo ha levantando durante casi quince años de encontrarse en el poder.

El Hijo torpe:
Fredo Corleone jamás fue el preferido de su Padre, Don Vito. Eso y a pesar que el gran Don siempre fue un hombre de familia y amó a todos sus hijos de la misma manera. Pero Fredo…nunca fue especialmente inteligente. Tampoco habil. Carecía de la salvaje energía de Santino y de la despiadada inteligencia de Michael. Así que Fredo siempre fue considerado un Corleone menor, un joven anónimo en una familia de hombres rudos y violentos. Una ficha poco importante en el tablero del poder, moviéndose de un lado a otro a conveniencia. Porque Fredo jamás representó una opinión a tener en cuenta para su padre ni tampoco, un apoyo confiable para sus hermanos. En el hogar Corleone, donde la verdad siempre parecía moverse bajo la superficie, deslizarse lentamente en una serie de hilos de poder que se movían quizás muy rápidos, Fredo siempre fue una especie de figura a las sombras. Una silueta marginal.

Eso, hasta que llegó a Las Vegas.

Allí, fuera de la Influencia de un padre fuerte y hermanos mucho más dotados intelectualmente para dirigir un pequeño imperio violento, Fredo Corleone brilló. Lo hizo como administrador deficiente e influencia en menos de componendas de poder mucho más complejas que la que nunca supuso. Incluso, comenzó a creer que había sido tratado injustamente durante toda su vida: ¿No era hijo de Don Corleone? ¿No había sufrido también los avatares de la violencia existencia de la familia? Con frecuencia, Fredo recordaría esos minutos que siguieron al atentado contra su padre en una calle de Nueva York. Aterrado, torpe y furioso, había intentando enfrentado a los matones de Sollozzo. Lo intentó de verdad, sacando el arma con manos temblorosas. Pero le traicionó el dolor o eso le gustaba pensar: el arma se le resbaló de las manos y fue incapaz de defender a su padre, que yacia gravemente herido en la calle. Pero no le dejo. Siempre estuvo allí, suele repetirse Fredo con frecuencia, incluso sentado a un lado de la calle, al lado de su padre inconsciente y llorando.

En Venezuela, Hugo Chavez lo fue todo para sus seguidores por quince años. Fue no sólo el lider político indiscutible, sino también el padre del proyecto ideológico que construyó con trozos prestados y mal encajados de otras propuestas. Fue también el único vocero, el símbolo, el hombre fuerte. La ley y la legalidad. Un monarca venido de las urnas electorales pero que disfrutaba de las prebendas del poder omnímodo. Egocéntrico y cada vez más seguro de su influencia absoluta, jamás pensó que tendría que fragmentar su poder, compartirlo. Asi que cuando enfermó, la posibilidad de morir y condenar también a la muerte a su proyecto, lo tomó desprevenido.

Fue entonces cuando Chavez, aterrorizado y confuso, miró a su alrededor en busca de un inmediato sucesor. Todavía no pensaba que iba a morir y de hecho, probablemente estaba convencido que su lucha contra el poder tenía algún elemento épico. Sobreviviría para demostrar que la Revolución era más fuerte que los achaques de la carne. Pero antes de eso, tendría que ocuparse de lo pragmático y lo inmediato: encontrar a quien pudiera sustituirlo, al menos durante los duros meses de lucha contra el cáncer y que no representara un riesgo para su perpetuidad en el poder. Un hombre leal, un hombre quizás, sin ambiciones propias. Un hombre que pudiera ser la hoja en blanco en la que se escribiera un nuevo capítulo de la Revolución, esa que podría enfrentarse incluso a esta eventualidad inesperada de la debilidad física de su ideologo y principal promotor.

Pero, a diferencia de Don Corleone, Hugo Chavez no comprendió que el límite del poder es humano. Y al momento de escoger a un sucesor, no pensó en las habilidades que pudiesen sostener la carga ideológica de un proyecto político basado esencialmente en lo emocional, en una conexión misteriosa y creciente del seguidor con la figura de poder. No pensó en más allá de la eventualidad y escogió, en consecuencia, al hijo menos dotado. Al silencioso, al que menos problemas podría ocasionar. Al manipulable. Y es que el líder carismático, envestido del terror de la realidad física de su muerte y en lucha contra la idea de su propia fragilidad personal, insistió hasta el último momento en mirar el poder como una perpetuación de si mismo, no de su mensaje, sino de su identidad. Escogiendo a Nicolas Maduro como su sucesor, Hugo Chavez dejó claro que en su Revolución, el poder lleva su impronta.

Pero incluso el mito, no pudo sobrevivirse así mismo. A su muerte, Nicolás Maduro, torpe, poco preparado para asumir un papel en la historia que le sobrepasó, se encontró que la principal exigencia era ser el testaferro de un legado histórico y político que no puede abarcar. No con su discurso dogmático y poco emocional. No con su necesidad de crear situaciones políticas a base de la torpeza y la presión de un poder cada vez más disminuido. No a base de decisiones basadas en un legado ideológico que sigue sin comprender. Y es que Maduro, no duda en admitirlo: Más que un político y un hombre que intenta llevar las riendas de un país con cierta habilidad y responsabilidad, es el hijo de Chavez. Es el hombre designado para llenar un lugar histórico que le viene grande y una figura deslucida que trata de usufructar — cuando puede y siempre que puede — la memoria de un criatura mediática que nació de la oportunidad y de la astucia política y que no puede imitar, aunque lo intenta. Y es que probablemente la mayor tragedia de Maduro sea ser el hijo de Chavez menos dotado, el menos capacitado para dirigir un Imperio construido a la medida de su creador.

La gran tragedia: ¿Qué ocurrirá después?
El Padrino Vito Corleone controló el crimen en los bajos fondos de Nueva York por décadas. Lo hizo con mano fuerte y audaz, pero sobre todo con inteligencia. Era respetado y sobre todo temido, por hombres tan peligrosos como él mismo, que sabían que el Don actuaría con violenta rapidez ante cualquier traición. Nadie tenía duda que Don Corleone haría lo que tuviera que hacer para preservar su Imperio privado, la tranquilidad de su pequeño feudo y de su familia. Y lo hizo, de hecho, todas las veces que alguien retó su poder, que se intentó menoscabar ese puño de hierro silencioso que representaba su durísima visión sobre sí mismo y lo que controlaba.

Tal vez por ese motivo, cuando el turco Virgil “El turco” Sollozzo le disparó y casi lo asesinó, el mundo criminal que lideraba, sufrió una importante sacudida. El turco atacó rápido: atacó a Don Corleone y luego se puso bajo la protección de las familias que sabían, querian enfrentar a los Corleone desde hacia unos cuantos años. Hubo nuevas componendas y complicidades, de inmediato el poder se reorganizó. Cuando Santino, furioso pero cauto tomó el poder, las facciones en disputa se replegaron, esperando. Y lo que ocurrió después, fue un necesario reacomodo: una búsqueda de lograr de nuevo ese precario equilibrio entre fuerzas igual de violentas y despiadas. Pero el poder de Don Corleone nunca sería el mismo. Herido y frágil, Don Vito se convirtió en una victima de su propia visión de las relaciones de poder y violencia. Desde la cama de enfermo, comprendió que acababa de perder el principal elemento que sostenía su identidad como Padrino: su cualidad invencible.

Cuando Hugo Chavez enfermó, desató una peligrosa sacudida de la noción de poder que durante quince años imperó en Venezuela. Por década y media el poder tuvo un solo rostro y un único fin: preservar a Chavez como símbolo de la revolución. Y no obstante, con su convalescencia, se demostró que ese proyecto político disparejo y errático, necesitaba de su figura para sobrevivir. O eso fue lo que concluyeron sus herededos políticos una vez que se hizo evidente su decadencia física. Para la Revolución, Chavez era indispensable, pero aún más, era insustituible. ¿Cómo lograr que el sistema ideológico creado a su imagen y semejanza sobreviviera a su debacle física? ¿Cómo lograr que la llamada “Revolución Bolivariana” sobreviviera a su único rostro?

Suele llamarse “el Legado” de Hugo Chavez a toda una serie de visiones políticas, sociales y económicas relacionadas con su pensamiento y actuación como líder único, que se intentan perpetuar aún después de su muerte. Se insiste no sólo a nivel comunicacional, sino en una visión ideológica que tiene mucho de religiosa. Porque ya sea por necesidad política, urgencia coyuntural o devoción ideológica, la Figura de Chavez continúa siendo la única noción que parece unir a quienes heredaron a medias el poder. Y es allí, donde parece existir la mayor presión, el punto de ruptura entre las diferentes visiones del Chavismo — ahora reconvertido en Madurismo — en la búsqueda de la trascendencia política. La auto preservación del poder de un sistema político basado en el carísma de un Lider que continúa siendo la única referencia a tomar en consideración.

Y es entonces cuando la crítica se considera desleal, cuando la insistencia en la rectificación se asume como la más grave de las faltas políticas. Para el Chavismo, la inmediata necesidad es enfrentarse a ese re acomodo interno de fuerzas idénticas que se disputan las cuotas de poder, que necesitan encontrar un punto crítico donde puedan subsistir, sostenerse y crear algo nuevo que sea igualmente elemental. Pero continúan sin lograrlo. A pesar de la insistencia en la defensa del legado, de todas las voces que se atribuyen liderazgo y representatividad, el Chavismo parece enfrentarse al peor enemigo de todos o al menos para una visión política unitaria: la ambición por el poder y el control de los lideres que insisten en sostener la idea “revolucionaria”. La inevitable fragmentación del poder único en cuotas de poder personal.

El último Capítulo: Aún por escribirse.
Michael y Don Corleone disfrutan de una tarde soleada entre el huerto de tomates. El Don escuchó atentamente a su hijo: sus planes son brillantes, crueles y precisos. Cuando el hombre más joven se queda callado, el anciano le apoya la mano en el brazo, casi con cariño. Pero en el gesto hay algo más duro y significativo. Un llamado a la conciencia.

— ¿Estás seguro de todo esto? — pregunta. Michael no lo mira, pero aprieta los labios. El rostro duro y pétreo.

— Debo estarlo de ahora en más.

Ninguno de los dos hombres dice nada en un rato más. Pero el Padrino Corleone, el hombre que controló el crimen en Nueva York, sabe que su lugar en la historia terminó y su hijo, frío y cerebral le sustituye. Y quizás eso sea bueno, se dice, mirando el frondoso huerto de tomatos. Otra visión del poder.

En Venezuela, vivimos una inflexión histórica imprevisible. Las finas lineas de las grietas que dividen al país entre el antes y el ahora son más claras que nunca. Sólo nos queda observar hacia donde conducen, cual es la ruptura histórica que nos espera a no tardar.

lunes, 11 de diciembre de 2017

El amor, la belleza, lo tenebroso: la macabra y exquisita ternura de “Shape of Water” del director Guillermo Del Toro.







David Roas suele decir que “el monstruo encarna la transgresión, el desorden. Su existencia subvierte los límites que determinan lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico e incluso moral”. Para el escritor, la cualidad monstruosa es una visión sobre la capacidad del hombre para comprenderse a sí mismo, su moralidad y la existencia misma de la razón, por lo cual el escritor concluye que siempre implica “su inevitable relación con el miedo. Porque una de las esenciales funciones del monstruo es encarnar nuestro miedo a la muerte (y a los seres que transgreden el tabú de la muerte, como ocurre con el vampiro, el fantasma, el zombi y otros revenants), a lo desconocido, al depredador, a lo materialmente espantoso… Pero, al mismo tiempo, el monstruo nos pone en contacto con el lado oscuro del ser humano al reflejar nuestros deseos más ocultos”. Una comprensión de que evade y hace mucho más amplios los límites de la realidad, tal y como la conocemos y sobre todo, asumimos su existencia.

Para el director Guillermo del Toro, la cualidad del Monstruo es justamente esa noción de la realidad entre la fantasía y la belleza, una construcción cultural alegórica que muestra lo mejor y lo peor del hombre, como reflejo del monstruo interior que le habita. Conocido por su capacidad para humanizar todo tipo de criaturas en apariencia aterradoras y míticas, Del Toro analiza las relaciones del bien y el mal, lo espiritual y lo sensible, desde un ángulo novedoso que sostiene una comprensión sobre la naturaleza humana que asombra por profundidad. Desde el “Laberinto del Fauno” (2006) hasta sus reinvenciones del Universo creado por Mike Mignola para Hellboy, el director ha sabido encontrar un equilibrio entre la expresión formal del asombro y la maravilla, con algo mucho más conmovedor y turbio. En “Shape of Water” (2017) el maestro de los monstruo no sólo humaniza a la bestia sino que contrapone los códigos, cánones y roles para crear una visión múltiple y extravagante sobre lo humano, lo monstruoso y lo emocional. El resultado es una pieza de una profunda belleza argumental y visual, que evade lugares comunes sobre la aproximación a lo temible y lo inquietante, para crear toda una expresión sobre la capacidad del amor — y para la ocasión, Del Toro asume la definición más directa y emotiva del término — como elemento transformador, extraordinario y por completo redentor.

Por supuesto, “Shape of Water” es la suma de sus puntos más altos y algunas concesiones inevitables al estilo en ocasiones recargado y autocomplaciente del director. No obstante, Del Toro plasma en cada escena de la película su peculiar comprensión sobre lo monstruoso elaborada a través de ideas metafóricas perfectamente orquestadas con la atmósfera onírica que logra captar desde las primeras escenas del film. Desde la narración de Richard Jenkins que sirve de prólogo, el argumento elabora con cuidado un mapa de ruta hacia la convicción de Del Toro de la dualidad del hombre — monstruo que habita en cada hombre y mujer del mundo. Pero ante todo “Shape of Water” es una historia de amor articulada y construída desde cierta ironía exquisita que Del Toro construye con enorme cuidado y proverbial elegancia visual. Usando el lenguaje de la fantasía con unos toques inteligentes de Ciencia Ficción, Del Toro modula una historia de enorme contenido emocional pero un trasfondo emocional que mezcla todo tipo de registros. “Shape of Water” pasa con enorme facilidad de la delicadeza visual a una enrevesada reflexión sobre lo que nos hace humanos y luego, una comprensión de inusual belleza sobre el poder de lo espiritual sobre los dolores universales y colectivos. La intención de Del Toro, es por supuesto, meditar y contravenir esa noción de normalidad que se asume inevitable (necesaria incluso) y lo hace a través de una madura poesía visual que por momentos emociona hasta las lágrimas.

La primera escena de “Shape of Water” marca su ritmo y también, su exquisita ternura argumental. Una larga escena onírica de muebles que se elevan ingrávidos hacia una bóveda celeste que no es más que ráfagas de agua turbia y delicadamente silenciosa. La secuencia es toda una declaración de intenciones: La cámara observa el prodigio de sobrecogedora belleza con paciencia y cuando el personaje Elisa Esposito (Sally Hawkins) despierta, la mirada de Del Toro, hace énfasis en los minúsculos detalles que expresan una profunda emoción y evaden una explicación sencilla. Porque en la rutina de Elisa hay un cierto fatalismo doloroso que sostiene el discurso levemente cruel y amargo de la película, oculto bajo una percepción extravagante sobre la identidad. Elisa es muda y también, se encuentra atrapada en un trauma evidente que petrificó su vida emocional desde el dolor hacia una mirada anodina sobre que le rodea. Porque Elisa está atrapada en un dolor antiguo e inquietante, que las cicatrices visibles de su cuello expresan como un horror inexpresable. Al otro lado de su historia, el personaje de Doug Jones — un monstruo inquietante de aspecto humanoide también mudo y cuyo origen se explica con lentitud e inteligencia a lo largo de la trama — parece reflejar la soledad y el violento desarraigo de Elisa. Juntos, crean un arco argumental que se sostiene sobre la exquisita expresividad de ella y la imponente dulzura de él, envueltos en un halo de ternura extraordinaria que brinda a la película un inusual tono dramático pero perverso de enorme efectividad. Entre Elisa y el monstruo hay un secreto — un lenguaje privado, cosa que Del Toro deja claro de inmediato — y a través de ese sencillo vínculo, la historia avanza con una firmeza que evade los clichés del género fantástico y transforma la historia de amor en un alegato sobre la diferencia y el dolor.

Ambientada en la década de los sesenta, “Shape of Water” crea parábolas intencionales sobre el fanatismo, la paranoia colectiva, el temor al otro y sobre todo la naturaleza del prejuicio. Con el mismo tono crítico de obras semejantes (la influencia de la saga de X Men de los autores Stan Lee y Jack Kirby es indudable) “Shape of Water” analiza la exclusión, el miedo y la discriminación con una inteligente elegancia que se agradece. No sólo utiliza la figura del monstruo como metáfora directa sino a sus magníficos personajes secundarios para crear un ambiente creíble sobre la segregación y el rechazo. La adorable Octavia Spencer reflexiona sobre la cualidad del sufrimiento del marginado: su personaje es la glorificación sincera del horror del racismo, contado entre líneas en clave de cuentos de hadas. Por su lado, el Richard Strickland de Michael Shannon, insiste en un sentido enloquecido y desalmado de la normalidad. Entre todos, el miedo y la abrumadora noción sobre la discriminación se convierte en un duelo silencioso, nunca evidente y quizás el aspecto más poderoso del guión.

Lo que sorprende de “Shape of Water” es su combinación de códigos visuales con nociones de Ciencia Ficción pura y dura. Ambos extremos se completan entre sí y crean algo de magnífica belleza. El amor de Del Toro por los clásicos cinematográficos y la literatura gótica es más evidente que nunca en esta pequeña joya de silencios pausados y que sorprende por su franqueza, carente de cualquier cinismo. Para Del Toro, todos los referentes parecen mezclarse en una idea clara sobre el amor, la redención y el poder de los sentimientos. Además, Del Toro asume la labor de crear una correlación evidente entre los orígenes del monstruo cinematógrafo — el evidente parecido y paralelismo con la película “El monstruo de la laguna negra” ( Jack Arnold, 1954) — y sus inquietudes personales, para crear una percepción sobre el verdadero monstruo que se concibe desde lo moral y lo ético. “La criatura” (así se le llama durante buena parte de la película) no es peligrosa ni tampoco agresiva, a diferencia de sus captores, cuya violencia se muestra descarnada y temible. De hecho, la violencia se muestra bajo un lustre profundamente moderno, normalizada bajo lo cotidiana y construida bajo una determinada justificación abstracta y peligrosa. El personaje de Michael Shannon no es sólo una mirada sobre el poder y sus perversiones, sino también el dolor inquietante que se esconde sobre las múltiples maneras en que la ejerce.

Del Toro crea un cuento de Hadas moderno y lo lleva a extremos de asombrosa ternura, complejidad y también, una delicada perversidad que sorprende por su pureza. El romance entre la Dama muda y el Monstruo se mira desde la perspectiva de lo verídico y lo hace también, desde cierta decadencia triste que evade cualquier explicación simple. De la misma manera que los Dioses que cambian de forma, los sapos de la cultura popular que besan princesas y las criaturas misteriosas que despiertan el amor en delicadas princesas, los personajes de Del Toro están llenos de inocencia y buena voluntad. La contemplativa mirada del director sobre sus dolores y vicisitudes, actúa como un lento catalizador de una expresión del romance que rebasa cualquier mirada tradicional. De la misma manera que en la mayoría de las mitologías antiguas, El monstruo y la Dama de Del Toro aspiran al amor como una fuerza que les identifica, les reconoce y les confiere poder como símbolo. Una preciosa precisión que el director deja claro con enorme frecuencia dentro de la trama.

No obstante, lo más asombroso en la historia de Del Toro, no es su atípico romance, sino el poder con que la historia sustenta una fábula de amplias miras que medita con paciencia y buen pulso sobre temas Universales. En “Shape of Water” el amor está en todas partes, se crea a sí mismo, se sostiene como un perfecto mecanismo, entre una extrañísima y exquisita versión de la realidad y algo más puro, que supera la amarga conciencia sobre la mezquindad humana, que la película muestra como el verdadero enemigo a vencer.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Una recomendación cada viernes: “The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying” de Nina Riggs.





La muerte siempre ha sido un tópico literario recurrente, en todas las épocas y en todas las culturas y lo es por la evidente razón que a pesar de todos los intentos de nuestra civilización por brindarle un nombre o sentido, todavía no hay una respuesta para quizás el misterio de la muerte física. Sin duda, la incertidumbre de lo que ocurre más allá de nuestra existencia suele capturar la imaginación, pero más allá de eso, la idea misma que la muerte es un fenómeno inevitable, parece convertir nuestra visión sobre lo trascendental en algo más cercano a nuestros temores y terrores. O mejor dicho, a esa sensación persistente que la muerte es parte de una idea mucho más profunda, radical y dolorosa sobre la identidad colectiva. Para bien o para mal, la muerte es una puerta cerrada — quizás el último gran misterioso — y por ese motivo, se construye y se elabora a través de ideas perpetuamente desiguales, incompletas y emotivas.

Por todo lo anterior, el libro “The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying,” de la escritora Nina Riggs, desconcierta desde sus primeras páginas. No sólo se trata de las memorias de una mujer que atraviesa un tránsito por necesidad mortal — y lo hace desde una descripción detallada sobre lo que le espera y el dolor que sufre — sino que además, se aleja del miedo, la angustia existencial y el insiste sufrimiento, para mirar la muerte como una remembranza de una vida plena y singularmente dura. Riggs sabe que morirá, pero la noción sobre la idea no hace otra cosa que brindarle una profunda conciencia sobre lo vivido, la percepción sobre su propia pero sobre todo, una singular mirada sobre sus alegrías, dolores y expectativas. La muerte llega para Riggs, la lenta agonía no deja duda de lo que ocurrirá, pero la escritora se observa a sí misma desde cierta despiadada versión de la realidad que le brinda no sólo un profundo sentido de la belleza sino también, una noción sobre sus vicisitudes que asombra por su crudeza. Una y otra vez, la muerte es un dolor silencioso que se asoma en medio de lo cotidiano, pero antes de crear una percepción idealizada, angustiosa o simplemente grotesca, Riggs logra humanizar la noción de su próxima desaparición física que asume con un candor conmovedor.

Por supuesto, “The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying” sin sorpresas: en las páginas finales del libro, Riggs regresa al hospital, una vez que se hace evidente que su salud ha vuelto a empeorar y que, lo más probable es que en esta ocasión, no pueda vencer un enemigo silencioso pero tenaz que la agobia como una presencia invisible en su vida. La sinceridad del libro permite esa necesaria percepción sobre la identidad de la escritora pero también una percepción casi cruel acerca de la incertidumbre. Riggs nunca duda que probablemente morirá pero esa convicción no hace menos vívida y extraordinaria su narración o quizás al contrario, brinda un brillo de enorme valor a su testimonio.

Riggs tenía 37 años cumplidos cuando fue diagnosticada con cáncer de mama. Sus memorias — vívidas, cercanas e implacables — reflexionan sobre la concepción moderna de la muerte (esa presunción sobre la trascendencia futil que parece desmentir su realidad física) pero más allá de eso, sobre el dolor. Lo hace además, con una fuerza que asombra por su poder para evocar la posibilidad de vivir (el recuerdo y el poder espiritual) desde un punto de vista discreto y en ocasiones ascético. La narración en “The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying” carece de sentimentalismos innecesarios y es un reflejo de una historia inacabada, desigual, por momentos agobiantes y en otros, definitivamente luminosos. Riggs, cuenta su propia muerte y lo hace con una admirable conciencia sobre la concepción de la vida desde el asombro. Poeta que creció en Massachusetts, es una típica habitante de Nueva Inglaterra y algo de esa sobriedad de los lugares de la infancia, impregna sus memorias inacabadas. Su capacidad para cierta dureza (sus descripciones precisas y levemente emotivas sobre el tratamiento que atraviesa, desconciertan en ocasiones por su frialdad) brinda a la narración una concepción casi distante sobre lo que vive. No obstante, para Riggs el interés parece ser contar su propia visión sobre el temor, el dolor, la angustia y por contradictorio que parezca, también de la esperanza. La autora contempla su propia muerte desde un silencio íntimo de enorme valor argumental pero sobre todo, desde la percepción de su muerte como un evento al que analiza como parte integral de su vida. “No hay posibilidades de comprender la existencia sin que el caos de la muerte sea parte de esa reflexión” insiste en uno de los momentos más angustiosos del libro. Y es esa frase, la que parece sostener la angustiosa necesidad de Riggs por avanzar en contra del tiempo, de la lenta caída en el miedo y lo que es aún más doloroso, la compresión que el mundo lo conoce, es sólo una mirada a las diminutas historias que le unen. “La muerte es un lugar solitario” insiste la autora y es ese desarraigo definitivo y profundo, lo que hace la historia más creíble, cercana, angustiosa.

El libro, narrado en primera persona y sobre todo, con una visión muy objetiva sobre la enfermedad y sus consecuencias, comienza con una premisa en apariencia ambigua: ¿Cómo sabes cuando empiezas a convertirte en una persona enferma? A partir de esa pregunta — y la complicada búsqueda de una respuesta — la autora teje una serie de precisiones y conclusiones sobre la muerte, la vida y sobre todo la concepción del tiempo como una forma de reflejo de la identidad. La autora, medita sobre la fugacidad de la existencia pero también, sobre el poder de la vida sobre el dolor. La historia avanza con cuidado, buen gusto y sensibilidad y logra construir una mirada sobre la convalescencia — y luego, la mortalidad — que se sustenta sobre una enorme compasión y ternura. Se trata de un recorrido fascinante por las cuestiones existencialistas más profundas, pero también a través de la belleza de la vida como una forma de fe y capacidad creativa. Eso a pesar que Riggs debe enfrentar el hecho que atraviesa un cuadro incurable y que la enfermedad se ha vuelto metastásica y terminal. Pero Riggs no se rinde y asume la noción sobre la existencia como una aventura interminable. Madre y esposa devota, recorre su vida desde la gentileza pero también, una dura batalla contra el miedo “Hay muchas cosas peores que la muerte”, escribe en la primera página, “viejas rencillas, falta de autoconciencia, estreñimiento severo, sin sentido del humor, la mueca en el rostro de su marido mientras vacía su drenaje quirúrgico en la taza de medir “.

Lo siguiente, es un recorrido durísimo y desgarrador sobre el sentido de la vida a pesar de la cercanía de la muerte. Desde su descripción de la mastectomía y la quimioterapia — “Soy mujer y a la vez no lo soy” escribe sobre lo que llama un “sentimiento obliterado y desconcertante de la femineidad”, hasta sus intentos de explicar lo que les está sucediendo a sus hijos, Riggs elabora un testimonio audaz, creíble y profundamente dulce sobre el sufrimiento. Pero además de eso, hay una deliciosa mirada a lo cotidiano que se entrecruza con el dolor para crear un matiz de necesaria ternura. “La vida está llena de grandes momentos” escribe “como el vapor que sube después de una ducha de verano, como un bebé susurrando en su cama” y es ese recorrido de la escritora por su vida — lo sublime, lo terrible y lo invisible — lo que hace al libro de inestimable valor y poder.
Pero Riggs no sólo se limita a mirar la muerte como un enemigo invisible con el que debe luchar, sino también, una percepción sobre el futuro y el tiempo. La muerte redimensiona sus relaciones personales — una de las escenas más emocionantes de la narración, es el encuentro entre la autora y su madre, quien sufre de un gravísimo cuadro de mieloma múltiple “Somos huérfanas una de la otra” escribe Riggs — y les brinda un nuevo lustre. Sobre todo, su relación con su esposo, una presencia amorosa y estable, que le permite lidiar con el futuro inmediato — temible y angustioso — a través de cierto humor desigual. “Las parejas se preparaban para envejecer juntas, yo para mi funeral” dice Riggs al describir las lágrimas silenciosas de su esposo ante el último y definitivo diagnóstico. “Siempre haz lo que tienes miedo de hacer” insiste con cierta acritud amable y hasta nostálgica “y eso incluye vivir”.

Nina Riggs falleció en febrero y el testimonio de su libro parece hacerse más sensible y duro que nunca . “No he terminado de convertirme en mí o lo que seré”, escribió con la conciencia de la cercanía de su muerte. “Todavía estoy en las obras iniciales”. Con su prosa fluida, su crudeza angustiosa y su ternura impredecible “The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying” es una mirada al futuro desde la perdida de la identidad. De la muerte como puerta abierta a la reflexión sobre lo que somos. Y quizás eso sea lo más conmovedor de una historia que se aleja de las convenciones sobre el dolor y la muerte, para crear una profunda y meditada comprensión sobre el dolor y sus infinitas formas de manifestarse.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Delirios y manías: Las cinco películas que me dieron lecciones sobre fotografía, sin cámara de por medio.




Se dice que toda obra cinematográfica, es también una percepción sobre la realidad convertida en objetivo estético. Cada película, es una transposición de imágenes que no sólo contienen peso narrativo, sino que convierten a la percepción del movimiento y el color en una idea tan compleja como sustanciosa. Niveles y capas de interpretación, que se estructuran dentro de una visión del lenguaje que analiza lo argumental desde lo simbólico. Una idea que puede parecer un tanto abstracta — en ocasiones, absurda — pero que parece resumir esa necesidad de todo autor de expresar a través de su obra, toda una serie de ideas, expresiones y percepciones de la realidad. Por supuesto que, en el cine, la labor parece masificarse, elaborarse con una serie de variaciones de forma y fondo necesarias, pero aún así, la necesidad es la misma: contar al mundo o mejor dicho, la manera como el director — ese artífice de pequeños circunstancias visuales — lo comprende. Quizás una de las razones por las que el cine, como vehículo creador, sea también, un reflejo eminente — y necesario — del origen de las ideas que lo construyen. Y más allá, un lenguaje construido a partir de elementos personales y profundamente anecdóticos.

Por ese motivo, la fotografía suele nutrirse del cine y viceversa, como artes y disciplinas análogas que se mezclan para crear una expresión formal estética de enorme valor conceptual. De hecho, la cine y la fotografía crean un lenguaje expresivo que se completa entre sí, por lo que con frecuencia, ambas visiones de la realidad suelen combinarse para crear algo más extraordinario. Así que con frecuencia, un fotógrafo puede encontrar todo tipo de referencias y visiones originales sobre el arte de la imagen instantánea en la pantalla grande, por lo cual, es inevitable preguntarse: ¿Cuáles serían las cinco películas que todo fotógrafo debería ver sin que su tema sea la fotografía? Hablamos de películas cuyo peso visual sea el suficiente como para mostrar una nueva manera de comprender la imagen, y sus recursos visuales sean tan poderosos como para dejar una impresión perdurable en la mente de un fotógrafo. Durante un par de días, revisé mi colección de películas favoritas, preguntando por aquí y por allá y aunque la lista es enorme, decidí hacerla muy corta y resumirla en los cinco film que me permitieron aprender algo sobre fotografía mientras las disfrutaba. Y ellas son:

Apocalipsis Now: de Francis Ford Coppola:
Considerada una de las películas más complejas e importantes del cine de la década de los ’70, es también un prodigio visual: Su director de fotografía — el magnifico Vittorio Storaro — creó para historia un mundo de colores y sombras que escenificó esa idea insistente del descenso a los infiernos de los personajes, el temor, la locura, la crueldad. Basándose en una paleta de colores muy saturada y el dramático uso de la luz para brindar tensión a las escenas, Storaro construyó una atmósfera sorprendente realista para historia. Asombroso, la impecable belleza de las escenas, meticulosamente planeadas para recrear el ambiente opresivo de la Guerra y poco después, de una angustia casi existencialista. Desde sus primeras imágenes la película cautiva con una estética única y sobre todo, su capacidad para recrear la tensión densa e insoportable del libro “El corazón de las Tinieblas” en el cual está basada la película.

El Portero Nocturno de Liliana Cavani:
Esta película — la obra cumbre de la directora italiana Liliana Cavani — siempre será controversial, no solo a nivel argumental — que ya bastaría para asombrar al espectador más ecuánime — sino por su poderosa puesta en escena. Una historia compleja y durísima, cuya estética deja una huella perdurable: El uso del color para acentuar el dramatismo de las escenas, la luz como herramienta para brindar carácter a los personajes y escenarios. Con una iluminación increíble, la estética de la película fluctúa entre lo retorcido y lo bello, en un raro equilibrio visual muy bien logrado. ¿ Para el recuerdo? La manera como el juego de luces y sombras recrea la dualidad del personaje femenino principal — Lucía, cuyo nombre significa “luz” — y su desconcertante temor a la luz. Un juego de ambigüedades con una estética magnífica.

El Padrino ( Primera parte ) de Francis Ford Coppola:
Un clásico siempre lo será, y más aún si ha envejecido de una manera tan digna como esta gran película. Con una producción de Lujo, el Padrino — al menos su primera parte — tiene mucho de cine independiente y experimental, con este joven Coppola creando en imágenes toda una lección de ritmo. No obstante, la estética de la película brilla por si sola: con sus altos contrastes de luz y de sombra, sus planos cenitales que sugieren una dureza visual inusitada y esos inquietantes primeros planos a los personajes en sus momentos más críticos, el director de fotografía Gordon Willis logró una estética entre lo urbano, lo clásico y una depuración del tradicional cine de gangster. No obstante, en El Padrino hay mucho más que un ejercicio de estilismo: hay un tipo de elegancia muy cuidada y sobre todo, una atención al detalle que convierten cada imagen en una documento visual inolvidable.

Chinatown de Roman Polanski:
A Roman Polanski se le suele considerar un artista incomprendido: llamado genio y a la vez una gran decepción como director y creador visual, está a medio camino entre la admiración y el repudio. Tal vez se deba a su turbulenta vida personal o al hecho de tener una desigual carrera fílmica: cualquiera sea el caso Polanski creó todo un nuevo estilo visual en su celebrada Chinatown y demostró, que al margen del prejuicio es un director muy consciente que toda buena historia, debe tener también, un considerable peso visual. Y que clase de lección de estética y de belleza visual nos brinda en “Chinatown”: Asombroso la manera como las escenas — cargada de pequeños juegos de luz y de sombra — parecen definir a los personajes y más allá, crear un nuevo discurso visual dentro de ese cine negro tradicional donde todo parecía estar dicho. Porque Polansky demostró que el cine es una cuestión de atmósferas y es en ChinaTown donde encontramos una verdadera lección sobre esa especial idea estética de la imagen al servicio de la narrativa cinematográfica.

American Beauty de Sam Mendes:
Sin duda, el director Sam Mendes siempre sorprenderá con una estética visual depurada, milimétrica y llena de un simbolismo casi hipnótico. Tal vez se deba a su buen hacer como director Teatral o a su instinto como creador visual, el hecho es que el director ha sabido encontrar en la creación de atmósferas y una estética casi minimalista, su propio lenguaje visual. Y tal vez la película “American Beauty” — curiosamente su primera incursión en el Hollywood comercial — sea donde mejor se demuestra ese gusto de Mendes por hablar en imágenes, por transmitir ideas complejas a través del lenguaje visual: American Beauty es una película de una belleza sobrecogedora, de un poder visual apabullante, y de una contundencia basada principalmente en su capacidad para sorprender a través de giros estéticos tan bien pensados como hermosos. ¿Para el recuerdo? La capacidad de Mendes para trascender lo cotidiano y expresar lo introspectivo a través de imágenes muy concretas: La adolescente y tentadora Mena Suvari envuelta en pétalos de rosas o la bolsa solitaria, danzando en el aire, toda una metáfora de la circunstancia visual. Una película que desconcierta, no solo por su extraordinaria utilización del color, luz y sombra sino además, de la simbología como lenguaje fílmico puro y duro.

Una lista muy corta sin duda. Probablemente sea casi imposible resumir todas las películas que han creado toda una nueva estética a través del lenguaje cinematográfico. Aún así, esta pequeña selección intenta comprender las infinitas variaciones de un mismo tema a través de artes paralelos que se complementan entre sí. Una mirada hacia lo estético y lo artístico, como una expresión única. Una manera novedosa de crear.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

De la tertulia anónima a la soledad del hombre moderno: ¿Quienes somos?




El experimento parecía sencillo: Un grupo de seis personas nos sentamos en una mesa de restaurante para tomar un café juntos. Sin celular. Tampoco tablet, Kindle o cualquier otra artilugio electrónico. Solo un grupo de tres hombres y dos mujeres que comparten intereses en común que desean pasar un buen rato juntos. ¿La intención? Demostrar que tanto daño ha causado a la comunicación moderna la interminable conversación virtual en el mundo 2.0 y sus infinitas ramificaciones.

Mi amigo José (no es su nombre real) no se lo tomó en serio. Colocó el teléfono sobre la mesa y nos miró a todos con aire de triunfo. Gabriel (tampoco es su nombre real) tomó su maletín de trabajo y lo colocó en una silla, a la suficiente distancia como para que le resultara dificil alcanzarlo. Pedro (es su nombre real e insisto que lo usara) me pregunto si podría guardar su teléfono celular en el bolsillo. Mi amiga María (no es su nombre real) soltó una carcajada y sacudiendo la cabeza, extendió la mano.

- No señor, a la mesa — dijo — si todos sufren, tu también.
De manera que con gesto tenso, Pedro la obedeció. Yo también lo hice, claro está: Añadí mi celular a la bolsa de papel con cierta incomodidad. Y allí estábamos todos, mirándonos unos a los otros sin saber muy bien que hacer a continuación. José me miró, tomando un trago de su botella de cerveza.
- Bueno, la idea fue tuya ¿Qué hacemos ahora?
- Conversar — dije con mi sonrisa más inocente — ¿Que hicieron hoy?

Un murmullo tenso corrió por la mesa y noté que realmente, a todos nos estaba llevando un considerable esfuerzo comenzar una conversación relajada. Intentamos comentarios jocosos, sintiéndonos un poco ridículos. Después hubo una especie de torpe intento de congeniar, que nadie supo muy bien como manejar, a pesar que todos nos conocemos hace más de un par de años. Tal vez se debió a que una de las reglas del ejercicio era no tocar ningún tema que se estuviera conversando en las redes Sociales y tratar de enfocarnos en una tertulia más intima y cómplice. Pues bien, una hora después, nos encontramos en silencio, asombrados por la confusión que sentíamos y sobre todo, profundamente desconcertados por nuestra incapacidad para conversar. Porque se trataba de eso: no podíamos comenzar ningún tema que no tuviera relación directa con algo que hubiésemos leído o analizado vías redes sociales o lo que era más preocupante, sin recurrir a la pantalla de cualquier artefacto electrónico para disimular la tensión y el mal rato. Mi amigo José, que ya no le parecía tan gracioso el ejercicio, se tomó su quinta botella de cerveza, dedicando al grupo una mirada inquieta.

- ¿En qué momento ocurrió esto? — preguntó. Y no era un chiste. Gabriel sacudió la cabeza, desalentado. Unos minutos atrás, se había declarado casi con una sinceridad infantil como un adicto a la tecnología. Una especie de dependencia emocional y un poco abrumadora por esa vía alterna para escapar de lo social y la interacción más simple.
- Supongo que ya es como irremediable — opinó Pedro, quien si mucho disimulo estiró la mano sobre la mesa y tomó el teléfono. Reviso con ansiedad la pantalla y pronto, simplemente dejó de estar, como si esa otra visión del mundo, esa conversación alternativa no solo capturara su atención sino que la modelara en algo más. María se encogió de hombros, también con su teléfono en la mano.
- Creo que es algo más simple. No existes sin un teléfono, una tablet o una computadora — comentó — aunque quieras separarte de esa otra parte del mundo, no puedes. Recibes invitaciones, comentarios, lees las noticias. A estas alturas, la necesidad de las Redes Sociales no es solo un capricho social, es una necesidad cultural.

¿No es un poco exagerada esa idea? pensé. Y no obstante, yo misma ya acababa de perder el hilo de la conversación intercambiando mensajes con varios conocidos vía Whatsapp y riendo por unos cuantos chistes que alguien compartió en mi TimeLine de Twitter. Una hora después, cuando finalmente el experimento terminó, el grupo estuvo de acuerdo en que había sido una experiencia muy extraña comprobar hasta que punto la tecnología o mejor dicho, las comunicaciones virtuales formaban parte de nuestra vida. Un pensamiento preocupante, me dije. En realidad, no solo formaban parte de nuestra vida, eran una parte esencial y profundamente significativa de nuestra identidad.
Más tarde, sostuve una discusión vía Skype con José sobre el tema. Curiosamente, la conversación fue mucho más fluida y sustanciosa de la que sostuvimos cara a cara. Cuando se lo comenté, se encogió de hombros.

- Quizás, solo se trata de una manera de asumirnos como parte de todo un nuevo ecosistema — me respondió — la red social, cualquiera de ellas, sustituye la incomodidad del primer encuentro, sustituye esa necesidad de contacto visual que fuerza la intimidad. En la red social tenemos una ilusión de control enorme, una visión totalmente nueva de las relaciones humanas. La intimidad aparente, lo que no existe pero que es tan satisfactorio — o casi — como lo real.

Una idea sugerente y también muy inquietante. Porque si la analizamos ¿En que se están transformando la primitiva naturaleza social del hombre? ¿Qué se asume como utilitario, sensorial, directamente verbal en una cultura donde la comunicación parece tener que atravesar toda una nueva expresión del yo o de quien somos? Lo irreal y lo real, convertidos en meras interpretaciones sociales de una idea mucho más amplia — y ambigua — sobre la comunidad global.
De la comunicación verbal a la interacción cultural: Lo social como toda una nueva expresión de cultura desconocida.

No puedo disimularlo ni tampoco, supongo, ocultarlo: soy una usuaria obsesiva de internet. La red supone no solo una herramienta de reestructuración de la manera como me comunico sino además, un fragmento de la manera como comprendo la realidad. Desde mi adolescencia la red ha sido la plaza donde frecuento a mis amigos y conocidos, la bandera donde enarbolo mi opinión, la biblioteca que consulto con más frecuencia. Lentamente, la red sustituyó lo social en mi vida por algo mucho más complejo y desigual que todavía me pregunto si debo agradecer. Pero admitamoslo, tampoco podría rechazarlo: Para una persona de hábitos nocturnos e introspectivos como yo, Internet ha sido una ventana a un tipo de expresión única, donde mis pequeñas manías y tics encajan a la perfección. En muchas maneras, soy la consecuencia de esa facilidad, fluidez y anonimato de la red. Crecí en un ámbito que desdibujó los límites y los reconfiguró de una manera totalmente nueva. Soy un habitante — o así me considero — de un esquema social nuevo que promueve la participación como identidad.
Quizás, por ese motivo, necesito probar, de todas las maneras posibles, los nuevos rostros de esa propuesta de comunicación que se diversifica a una velocidad apenas asimilable. Cada dia nace una nueva red social, una forma de intercambio tan novedosa que insiste en esa necesidad de fracturar las ideas en un mosaico que replantea lo inmediatamente anterior. Y es que si algo ha descubierto la superpoblación de la red, es que existen infinitas variaciones y recombinaciones de la palabra y la imagen como herramienta de intercambio de ideas. El antiguo ¿Quienes somos? se ha transformado rápidamente en ¿quién seremos? O mejor dicho ¿Quienes somos ahora mismo? ¿Reflejos del lenguaje recién descubierto? ¿Una síntesis estructural de lo que nos motiva a comunicarnos? ¿Una demostración evidente que el primitivo ego humano es indestructible?

No lo sé. A veces me lo pregunto con cierta inocencia. ¿Toda red social es una forma de vanidad? Probablemente lo sea, aunque de serlo, tampoco justifica o simboliza la definitiva importancia que esta conversación en tiempo real sin rostro tiene en la cultura contemporánea. Porque a pesar que todos deseamos mirarnos y que nos miren, lo que deseamos expresar parece formar parte de una intrincada red de planteamientos interconectados. Desde la utilidad hasta la abstracción, el arte por el arte, y el deseo de simplemente mirar el aislamiento humano de una perspectiva por completo distinta. ¿Ser escuchados ( o la ilusión de serlo ) es un consuelo al silencio y la soledad moderna? Una idea existencialista que aún así continúa sin brindar sentido a esa búsqueda de reconocimiento inmediato. ¿Deseamos la mirada aprobatoria? ¿La necesidad de reconocimiento? Existimos a medida que nos reconstruimos en la opinión del otro.

En el Medioevo, se interpretaba el amor — el romántico, pasional — como reconocimiento. De hecho, en los grandes poemas, el amante solo era digno de existir a través de la mirada del amado, del objeto imperecedero de sus deseos. Cabe preguntarse, si en esta vuelta de tuerca del dolor humanista, esa visión reflejo — existencia parcial — sea una evolución necesaria. Un elemento esencial en esa insistencia comunicacional de nuestra sociedad que insiste en mirarse así misma como una mezcla de elementos donde la comunicación se convierte no sólo en lo que expresamos sino en cómo lo hacemos. Una conversación única, insistente, excluyente, anodina y la mayor veces insustancial, que intenta encontrar una identidad con la cual identificarse. O quizás solo mirarse como una reproducción desigual de esa ilusion de individualidad que la cultura insiste en encontrar, sin lograrlo en realidad. Una inevitable grieta entre lo que percibimos y lo que asumimos real, a través de los simbolos que nos representan sin verdadera profundidad.

Escribo todo lo anterior, mientras en mi TimeLine de Twitter se discute con ferocidad sobre la identidad y la provocación. En Facebook, alguien actualiza su estado para contar su dramática historia romántica, para uso y consumo de la concurrencia que deseen leerlo. En el café donde me encuentro, cada uno de los comensales consulta la pantalla de su teléfono, en ese gesto contemporáneo que se ha hecho universal: La cabeza inclinada, los hombros rígidos, la atención insistente en lo que ocurre en ese pequeño mundo intricando que sostiene entre los dedos. Y me pregunto, parpadeando sorprendida, con la sensación que despierto brevemente de un sueño muy profundo, quienes somos, como hijos de la automatización y lo inmediato. A donde nos dirigimos, ciegos y abrumados por la información que sustituye la realidad. Pero olvido el cuestionamiento muy pronto. Me inclino de nuevo a la pantalla. La realidad desaparece. Carezco de rostro.

Lo evidente que se disuelve en esa búsqueda de comprensión de lo que no existe. O quizás, ni siquiera se trate de algo tan profundo, sino una circunstancial visión de la simplicidad humana, que se muestra sin concesiones. Somos hijos de lo simple. O muy probablemente, sólo de lo superficial.
C’est la vie.

martes, 5 de diciembre de 2017

El amor, el dolor, el deseo, el olvido: “Call Me by Your Name” de Luca Guadagnino y la mirada al secreto emocional.





Para Hollywood, el misterio de la sexualidad, la orientación sexual y el erotismo continúa siendo un estereotipo con el que le lleva esfuerzos lidiar. Desde las dolorosas praderas de “Brokeback Mountain” (Ang Lee — 2005) hasta la meditada elocuencia visual de Tom Ford en “A Single Man” (2005), las noción sobre la presión emocional y la lujuria mal contenida que suele definir la pasión homosexual en el mundo del cine, tiene mucho de una búsqueda de justificación de su existencia y motivo. Como si necesitara de una explicación y sobre todo, de una perspectiva concreta, muy pocas películas analizan el hecho de una relación entre dos hombres como algo más que una rareza sometida al sufrimiento, el padecimiento existencial y al desarraigo emocional. Tal vez por ese motivo, la película “Call Me by Your Name” del director Luca Guadagnino marca un hito en el subgénero pero además, en la noción sobre el amor, la pasión y la belleza en medio de un ambiente controvertido y potencialmente peligroso. Con su atmósfera de romance suntuoso y su reflexión sobre sobre la profunda conexión que precede al amor, “Call Me by Your Name” parece mucho más interesada en profundizar en la ternura, la noción sobre la diferencia y la comprensión sobre el amor como vínculo intelectual que otra cosa. También hay mucho de esa percepción inusual sobre lo romántico concebido desde el secreto y la presión cultural y social. El resultado es una obra pausada, visualmente asombrosa y sorprendente por su sensibilidad.

Pero más allá de eso, “Call Me by Your Name” analiza también la cualidad telúrica del primer amor, la percepción de la identidad como origen de la presunción de la realidad pero sobre todo, la capacidad del deseo y el romance para conjeturar sobre la individualidad. Con un pulso inteligente y sobrio, Guadagnino se aproxima a la interpretación del amor y la lujuria como un estado del ser y sobre todo, una huella privada que permanece a través del tiempo. Lejos de la estridencia, el sufrimiento e incluso el melodrama que suele achacarse a romances “prohibidos” — por la época, el tiempo, las circunstancias, la cultura — el amor para Guadagnino es un descubrimiento, una expresión atroz y veleidosa que se asume de enorme importancia incidental y personal. Una visión extraordinaria sobre el tiempo y los espacios íntimos que deslumbra por su agudeza, inteligencia pero sobre todo ternura.

Uno de los grandes triunfos argumentales de “Call Me by Your Name” es alejarse cuanto puede de la tragedia y el horror. El guión analiza las emociones de los personajes a través de su profundidad e inevitabilidad, más allá de la noción sobre lo terrores y dolores de una relación destinada a terminar muy pronto. La delicadeza de la mirada argumental permite que el amor sea un misterio — antes que un secreto — y ese pequeño matiz, dota a la trama de una intensa mirada hacia los derroteros sentimentales y personales que construye una concepción realista sobre lo privado y lo intenso del enigma del otro, encarnado en una pareja de amantes que trasciende la mera noción de la angustia que puede suponer un romance efímero. Con su engañosa pátina de película suave e incluso, de sentimientos Universales, “Call Me by Your Name” es una reflexión intensamente erótica y contenida sobre las vicisitudes del deseo y el impulso primario por el asombro del amor como experiencia. Para Guadagnino, el punto de vista de un deseo y una emoción que se reprime a la fuerza, desborda el concepto mismo del amor que atañe el simple impulso o incluso, la torpe inocencia en búsqueda de significado. Además, el director contextualiza la historia dentro de esa línea inquietante entre lo prohibido como mirada a las propios prejuicios. Para Guadagnino, la emoción se contiene, se transforma en una idea profunda y trascendental que se atribuye el valor de una experiencia casi dolorosa. El director contempla con cámara subjetiva el romance entre sus personaje como un lenguaje inteligente y elegante sin verdadera resolución. Como resultado inmediato, “Call Me by Your Name” asume todo contacto físico como crucial, electrizante y un riesgo en sí mismo que se entrecruza como una necesidad siempre insatisfecha.


Para Guadagnino y James Ivory (autor del guión de la película) la intimidad es un hecho gradual que se construye a través de pequeños actos de valor de sublime ternura. Elio (Timothée Chalamet), el joven estudiante hijo de un profesor de antigüedades (Michael Stuhlbarg) que pasa el verano en la extraordinaria Villa de su familia en el norte de Italia, y Oliver (Armie Hammer) crean un retrato sobre la dulzura y la misteriosa química del amor que asombra por su inquietante capacidad para desconcertar. Guadagnino describe con buen tino y una extraordinaria inteligencia visual, la atracción inmediata entre ambos personajes y la forma como la existencia de esa singular conexión sin parangón (No hay medias tintas en aguda narración de la relación) sacude el mundo de ambos. La conexión entre Elio y Oliver es muy evidente y palpable, pero el guión elabora una idea perspicaz sobre la voluptuosidad basada en golpes de inteligencia argumental y una tensión brillante, todo en medio de un contexto tan hermoso como bucólico. Como lo ha hecho ya en sus obras anteriores, Guadagnino apuesta por analizar lo físico desde cierta distancia basada en una contemplativa visión sobre la belleza. De la misma manera de “I’m Love” (2009), en la que el director analizó la psiquis vulnerable de Tilda Swinton a través de una rara percepción sobre su impactante presencia, en “Call Me by Your Name” Guadagnino plantea el enigma del amor y el poder de una relación emocional a través de una idea intrigante sobre lo físico: el deseo, el apremio y la ternura oculta bajo la tensión que se adivina pero que nunca llega a expresarse del todo. “Call Me by Your Name” no es un drama erótico y de hecho, las escenas sexuales — muy pocas en comparación a los largos silencios contemplativos y la ternura apenas sugeridas — se encuentran cuidadosamente coreografiadas, con una mirada sensible sobre el apremio oculto bajo la presión social. Además, la química entre ambos actores resulta radiante y vital, lo que convierte a las escenas más íntimas en una reflexión delicadísima sobre la capacidad del amor para transformar los dolores y pesares en algo más extraordinario y poderoso. “Call Me by Your Name” es una historia de amor, pero también una reflexión sobre la madurez, la lírica hermosura del descubrimiento erótico y emocional, la seducción entre silencios doloros y temibles. A pesar del deseo evidente, los personajes nunca hablan sobre sus sentimientos, sino que de hecho, hay una verdadera noción sobre la incapacidad de hacerlo. Toda la película es una meditada mirada sobre el miedo, la tensión y la necesidad de ocultar sentimientos bajo capas morales e ideales, una meditación poética sobre la represión sexual pero más allá de eso, del peso de la angustia moral sobre los sentimientos y el apremio sexual. Entre ambas cosas, el guión traslada las cargas y percepciones sobre la necesidad inquieta del primer amor hacia algo más amplio y dulce, que no termina de resolverse del todo.

La película entera tiene una enorme cualidad furtiva que además, se entremezcla con una profunda mirada contemplativa sobre la realidad física del amor y la emoción convertida en autodescubrimiento- A diferencia de “Brokeback Mountain” — con toda su carga de tragedia romántica — “Call Me by Your Name” analiza las relaciones entre los hombres desde una amplitud generosa y ambivalente que asombra por su ternura. Ambos personajes se relacionan con mujeres y de hecho, el director lo hace evidente para lograr construir una versión sobre el sentimiento que los une a ambos como un vinculo inexplicable y extrañamente poderoso. La película enfoca todo su poder narrativo en resolver la cuestión sobre quienes somos realmente frente a la mirada de lo sexual y la plenitud del deseo. Oliver — mayor que Elio y en apariencia más experimentado — es sin embargo, quien debe lidiar con sus temores y angustias desde una perspectiva más tradicional, mientras que Elio — confuso y abrumado por la noción de lo erótico recién descubierto — asume su recién descubierta sexualidad como una puerta abierta hacia la belleza y el asombro intelectual. Y es la combinación de ambas percepciones sobre el amor y el deseo, lo que convierte a “Call Me by Your Name” en una reflexión profunda e intensa sobre la pasión, el tiempo y las oportunidades perdidas. Todo bajo el radiante de una Italia idílica y un secreto escondido entre líneas.