martes, 15 de enero de 2019

Jason Momoa contra los prejuicios: Como el hombre más sexy del mundo te puede dar algunas lecciones importantes.



Hace unos días, alguien compartió en mi frontpage de Facebook, un meme con una fotografía del actor Jason Momoa en el que se podía leer: “¿Qué harías si este hombre viene por tu novia?”. Más abajo, los comentarios mostraron el típico sentido del humor de las redes sociales, pero también un fenómeno curioso casi desconcertante: la mayoría de las respuestas eran de hombres, admitiendo que no sólo el actor les parecía atractivo — “En esos pectorales se puede lavar un edredón” comentaba un entusiasta — sino además, aceptando en tono desenfadado que Momoa podría poner en entredicho su orientación sexual. Más allá de las burlas y la ironía, las mayoría de los comentaristas parecían sentirse muy cómodos demostrando su admiración por la belleza física de otro hombre, algo que hasta hace algunos años, podría haber resultado impensable en un entorno tan machista como el latinoamericano.

— Hay una evolución y eso es evidente — dice mi amigo J. cuando se lo cuento — la cultura del hombre latino todavía es parte de la mayor parte de nuestros países, pero en realidad, la nueva generación parece analizar las cosas de una manera distinta.
 — ¿Te parece?
 — Sin duda. Aunque también hay una inclinación más firme de un considerable número de jóvenes hacia el machismo. Es un fenómeno mixto.

J. es psiquiatra y en una ocasión me comentó, que su consulta estaba llena de “hombres abrumados por la culpa histórica del machismo”. Hombres que no sabían como cumplir con las expectativas familiares y sociales. Hombres que se sentían castrados, limitados y menospreciados por la persistente exigencia social sobre la identidad masculina. Hombres que temían aceptar su orientación sexual. Hombres deprimidos, con graves cuadros ansiosos, hombres incapaces de lidiar con el deber “viril” que la sociedad condiciona desde la infancia. Me sorprendió la confesión y mucho más cuando J. insistió en que el hombre latino “lleva a cuestas todo tipo de traumas no resueltos”.

— Pero indudablemente, las cosas son mucho más sencillas para un hombre que para una mujer — dije en esa ocasión, muy ufana y lo bastante arrogante como para pensar semejante cosa.
 — ¿Lo son? — me preguntó mi amigo en voz neutra. Me encogí de hombros.
 — A un hombre no se le exige casarse ni ser madre. Tampoco debe cuidarse le violen, le agredan, le maltraten y que la sociedad crea que eso está bien. No debe trabajar el doble para obtener la mitad de su contraparte masculina. No debe sentir que siempre se encuentra en peligro o bajo amenaza.

J. suspiró con cierto cansancio. A la distancia, me pregunto cuántas veces habría escuchado el mismo razonamiento y en cuantas ocasiones, había tenido que enfrentarse a él. Pero ahora, no parecía muy interesado en contradecirme ni tampoco, buscar la grieta en mi planteamiento. Con un gesto lento y reposado, tomó un sorbo del café de la taza que tenía entre las manos.

— Entonces, para los hombres todo es fácil.
 — Más que para las mujeres, sin duda — afirmé.
 — ¿No has pensado que para ambos géneros el Patriarcado es igual de duro de sobrellevar sólo que en extremos distintos?

Me puse a la defensiva de inmediato. Después de todo, llevaba buena parte de mi vida escuchando el manido argumento de “todos los hombres no sin iguales” ni “todos los hombres violan”. Había perdido la cuenta de las ocasiones en que había tratado de explicar que no se trataba del comportamiento individual sino del sistema que avala la violencia machista, la normaliza y estratifica en niveles de culpabilidad para la víctima. El comentario de J. me supo a poco. De hecho, me pareció la tradicional excusa para invalidar al movimiento feminista que solía enfrentar con relativa frecuencia.

— El patriarcado privilegia al hombre en casi todo — me quejé — ¿cual es exactamente la versión de la historia en la que el hombre debe luchar de igual manera que una mujer por ser reconocido, aceptado o respetado por la cultura?
 — A través de la historia, el hombre ha tenido que suprimir sus emociones porque eso es lo que le exige el sistema patriarcal — dijo J. y para entonces parecía un poco irritado — ha tenido que ocultar sus aspiraciones, orientación sexual, cualquier rasgo que pudiera considerarse debilidad. Estamos hablando del mismo patrón que minimiza el esfuerzo de las mujeres: convierte al comportamiento del hombre es un estereotipo. Al macho sin sentimientos, al hombre incapaz de expresar ninguna inclinación por lo artístico o lo emocional. Al hombre que usa el sexo como arma.
 — Ahora son las víctimas.
 — Para el machismo, todos los somos.

Me quedé en silencio. El argumento me parecía incómodo, incluso pobre. Debo admitir que por entonces, había investigado muy poco sobre la forma en que el patriarcado y el machismo afecta al hombre, pero además, tenía la sensación casi dolorosa que el planteamiento de mi amigo no era justo en absoluto. ¿Cómo podía serlo en realidad? Una mujer debía pasar buena parte de su vida demostrando el valor de su trabajo, intentando sobrevivir a las presiones sociales y culturales que ni siquiera sabían estaban allí al nacer. ¿Qué hombre sufría algo semejante? ¿Qué hombre padecía la insistente sensación de ser evaluado, analizado y finalmente señalado por una cultura hipercrítica y violenta?

— No estoy equiparando sufrimientos ni esto es una comparación punto a punto de lo que el machismo hace al hombre y a la mujer — dijo mi amigo — te hablo que el peso del machismo y el patriarcado es una exigencia. Es general. Para que funcione el hombre y la mujer se deben comportar de determinada forma y en eso en Latinoamérica, en toda la cultura occidental incluso, es algo persistente. Míralo a tu alrededor, analizalo desde ese punto de vista y después hablamos.

Por supuesto, no tenía la intención de discutir semejante cosa antes o después, pero no podía negar que la incomoda conversación había dejado algunas cosas flotando en mi mente. Todas relacionadas con esa otra versión de la historia que parecía incluir al hombre pero sobre todo, que asumía que el patriarcado cobraba un precio muy alto por el privilegio. ¿Era así? Recuerdo haber pensado por semanas en la idea, leyendo aquí y haya teorías sobre el machismo y sus implicaciones sobre el comportamiento masculino, la crianza, la educación, la sensibilidad del hombre.

— ¿No lo sabías? Un hombre debe vivir eternamente tratando de parecer un hombre. O joderse.

Parpadeé. Le había preguntado a mi amigo M. sobre el tema sólo por escuchar su opinión sarcástica o su risa. Pero su respuesta me dejó entre desconcertada y fascinada. Mi amigo era un aspirante a actor, obsesionado con labrarse una carrera en el mundo del teatro desde que lo recordaba. Sonrío cuando notó mi confusión y quizás leve incredulidad.

— ¿Qué crees? ¿Que ser hombre te da la mayor libertad del mundo? — se echó a reír — ¿Que un día le dije a mi papá “mira vale, en vez de ingeniero voy a hacer actor” y el tipo se echó me dijo “haga lo que quiera hijo”?

Sacudió la cabeza. La verdad nunca habíamos hablado del tema y de hecho, daba por supuesto que la escena en cuestión debió haber sido algo semejante. Pero ahora, me preguntaba qué había ocurrido en su familia de cuatro hermanos (dos médicos, un profesor de historia), cuando el menor de la familia anunció su intención de entrar en el mundo del arte. Muy típico, muy tópico…¿muy problemático?. Mi amigo suspiró y sacudió la cabeza.

— No fue algo dramático o novelero. Pero la decepción de mi papá es algo con lo que todavía no sé como lidiar — me explicó cuando le pregunté — cuando eres hombre, hay una ruta de vida que debes seguir, un valor añadido a tu comportamiento. Eres el hombre, se supone que debes actuar de una forma específica.

¿La presión es la misma para con las mujeres? me pregunté de inmediato, pero incluso en mi mente, la cuestión tenía algo de petulante e incluso, irrespetuoso. De manera que esperé: M. parecía ahora preocupado, entristecido y un poco cansado.

— Nadie dice que el machismo sea lo mismo para una mujer y para un hombre, pero hay algo que es idéntico o yo lo creo así: ese deber de hacer las cosas de una manera específica. Un hombre tiene que hacer cosas de hombre. Un hombre tiene que demostrar que es macho. Un hombre tiene que aguantarse las cosas, un hombre tiene que callarse. ¿Quién aguanta a los amigos, a los hermanos? Tienes que estar a la par, ser buen deportista, un tipo que quiera coger siempre que pueda. Un hombre no puede ser débil, estar cansado, simplemente no tener ganas de un carajo. Un hombre hace.

Silencio. Que yo recordara, nadie nunca me había hablado en semejantes términos sobre la naturaleza de la masculinidad en el continente latinoamericano e imagino, el resto del mundo. Me sentí incómoda, un poco triste por la ignorancia, preguntándome si debía explicarle los índices de violencia contra mujeres, si debía hablarle de la experiencia…No lo hice. Me quedé muy quieta y pensé que quizás, ese impulso mio de demostrar que el sufrimiento femenino era más notorio y profundo, era el estilo de pensamientos que evitaba pudiera comprender el alcance real del machismo. ¿No había dicho Simone de Beauvoir que se ataca al sistema, no al individuo? Me pregunté si la filósofa había pensado en cosas semejantes en su época machista y restrictiva, en el espacio duro del claustro académico. La idea me abrumó un poco.

No se trataba de construir el paradigma de la víctima masculina, me dije unos días después, mientras tomaba apuntes para escribir del tema. Sino…¿Que? pensé en lo que J. me había dicho y la expresión de M. al hablarme del mundo masculino. En nuestra época, en nuestra contemporánea visión de las cosas. Vamos ¿eso disculpaba a los violadores, abusadores y maltratadores? ¿Víctimas del sistema? Contuve el impulso de ir al extremo, tomé una bocanada de aire. ¿Qué hay en el centro de todas las cosas que estoy pensando? Pensé en mi tío, que siempre estaba preocupado le llamaran “maricón” por estudiar demasiado, tener un rostro delicado o baja estatura. O lo decidido que parecía uno de mis primos en parecer el hombre más viril del mundo. El temor real que le provocaba no serlo. Todos los hombres de mi vida tenían pequeñas historias que contar, temores y horrores. ¿Por qué se los descalificaba por el mero hecho de ser masculinos? Me hice la pregunta varias veces. Investigué por semanas enteras. Al final, volví al consultorio de mi amigo J., con una rara sensación de pesadumbre y confusión.

— Creo que tienes razón.
 — ¿En qué? — preguntó pero por supuesto, sabía a que me refería.
 — Sobre el machismo y el hombre. O al menos…

No sabía como explicar el leve matiz de las cosas que había pensado durante todo ese tiempo. No se trataba de justificar las burlas al feminismo, las acusaciones de victimismo, la insistencia en las mínimas cifras de violencia contra las mujeres en contraposición de la que afectaba a los hombres. Era algo más duro de sobrellevar y más sutil de comprender. Mi amigo asintió cuando se lo expliqué.

— Ningún sufrimiento, menosprecio, prejuicio o menoscabo de la identidad del otro es justificable — respondió — no lo es por el mismo motivo que una feminista se niega a aceptar los argumentos conservadores sobre la mujer y su capacidad para decidir sobre su cuerpo y su vida. Es la razón esencial de la existencia de la idea de igualdad: el machismo es igual de pernicioso para todos. ¿Que haya quién no lo sepa, no lo admita, lo disfrute incluso? Por supuesto. Hay quien disfruta llegar a su casa y dejar que la esposa se encargue de todas las labores del hogar o de ser infiel de manera compulsiva porque puede y la cultura se muestra permisiva. Pero esas son criaturas del machismo. Son hombres educados sin estabilidad emocional, sin una percepción intelectual de sus carencias y dolores. De sus angustias y vacíos existenciales.

Una idea compleja. Recuerdo que por algún motivo, me hizo recordar una de las escenas de un clásico pop. Joey, el celebérrimo personaje de la serie Friends, es el estereotipo del clásico Casanova y macho alpha que habita en la psiquis norteamericana. O así parece sugerirlo la manera como los productores de la serie lo mostraron durante diez años de emisión del serial: Atractivo, despreocupado, irresponsable y casi ingenuo. Pero además, siempre se dejó en claro que Joey, italiano, joven y moreno, era un semental. Un macho latino a pleno derecho. Con su atlético cuerpo enfundado en apretados jeans Sergio Valente y su ya legendario “How you doing?” Joey parece representar esa imagen idílica del Latin Lover tradicional.

Chandler por el contrario, es un hombre torpe, sarcástico y neurótico. Lleno de tics y también, con un sentido del humor que llega a resultar incómodo. Pero más allá de eso, Chadler es notoriamente vulnerable. De hecho, en más de una ocasión, el personaje se llamó así mismo “Chica”. Y es que los productores de Friends decidieron dotar al compañero del Macho, de unos cuantos rasgos femeninos en lo que imagino fue, un intento de contraste burlón. El golpe de efecto tuvo éxito: como una pareja que se complementa emocionalmente, Joey y Chandler lograron grandes momentos de comedia y una fluida interacción que en ocasiones bordeó lo que parecía ser una especie de confuso romance platónico. Ambos personajes parecen representar dos visiones de lo masculino y sobre todo, la forma como la cultura pop concibe la virilidad.

En una de las últimas escenas de la serie y a punto Chandler de abandonar para siempre el célebre departamento donde transcurrieron diez años entrañables, Joey y Chandler se dedican una larga mirada cariñosa. Ambos han madurado mucho desde la pareja de solteros despreocupados de las primeras temporadas: Joey disfruta de una prometedora carrera televisiva y Chandler se acaba de convertir en padre de gemelos. Los rodean los trozos de su querida mesa de fútbol que durante años fue el símbolo de la convivencia entre ambos. Es una escena emocional y casi tierna. Cuando Chandler se encoge levemente de hombros, sin saber como será la despedida, Joey sacude la cabeza, esconde las manos en los bolsillos y sonríe con su acostumbrada sonrisa ladeada.

— ¿Entonces? ¿Será un apretón de mano muy macho? ¿O un abrazo de mariquitas? — dice Chandler, un poco avergonzado. Joey ríe, se acerca y ambos comparten un complicado juego de manos, como dos adolescentes muy crecidos, entre risas mal contenidas. Entonces, en un gesto mutuo, Joey extiende las manos y abraza a Chandler. Un gesto emocional, cariñoso y muy largo. La imagen queda fija en pantalla, mientras un score cursi y edulcorado presenta la siguiente escena.

Toda la secuencia — y otra tantas que ambos personajes protagonizaron — parecen resumir esa perspectiva un poco ambigua que tiene la televisión y el cine sobre la sensibilidad masculina. Un híbrido entre torpeza, cariño mal contenido y algo más incompresible, que resume esa larga tradición que enclaustra al varón en una especie de límite sensorial muy definido. Porque mientras para la mujer el Universo emocional es una vasta variedad de matices y una intrincada perspectiva que nuestra cultura no sólo acepta sino además promueve como símbolo de lo femenino, lo emocional para el hombre es una puerta cerrada, una connotación muy concreta sobre que el hombre puede o no hacer — o sentir, en todo caso — para serlo. Desde el consabido “los hombres no lloran” hasta la idea mucho más compleja que un verdadero hombre No se involucra emocionalmente, los sentimientos masculinos han sido menospreciados e interpretados de manera limitada e incompleta durante siglos.

— Es justo a lo que me refiero — comentó J. cuando le hablé sobre lo anterior — el hombre está educado para que sus emociones sean un problema, en lugar de una forma de expresión. De modo que amar a cualquiera se convierte en un dilema. El dilema hace que todas las relaciones sean superficiales. Lo siguiente que ocurre a partir de eso, es casi desolador: depresión, castración emocional, desarraigo. Hombres solitarios que educan hombres solitarios.

Es un tema confuso del que hay poco material de referencia. Al momento de investigar sobre las emociones masculinas, encontré una serie de referencias más o menos abstractas sobre roles e identidades sexuales que no explican de manera suficiente la actitud de la sociedad para con las emociones del hombre. Desde las teorías que insisten en la simplificar los roles de la mujer y el hombre a toda una serie de hipótesis que sugieren que la capacidad sensitiva del varón es menos compleja que la femenina, la idea de las emociones del hombre parece sometida a un largo debate de género y papeles sexuales que no termina de cristalizar. Porque mientras la emoción femenina tiene un motivo biológico — o en eso insisten cientos de visiones sobre el tema — los sentimientos del hombre entorpecen su rol natural. La vieja imagen del cazador y proveedor, no parece calzar con un hombre capaz de experimentar un crisol de emociones lo suficientemente variado como para ser analizado.

Pero vamos más allá: Durante siglos, las emociones masculinas han sido parte de una exigencia cultural que sugiere una castración de cualquier idea de vulnerabilidad. El hombre no sólo como líder sino también como la figura dominante, se apuntala en una interpretación árida del mundo emocional masculino. La Iglesia medieval solía insistir que el hombre debía “nunca dejarse caer en emociones femeninas” y en se llegó a insistir que la lágrima del varón era una imagen de “desgracia”. El estereotipo se reforzó a medida que la imagen del “Varón heroico” — la figura popular que parece resumir todas las virtudes que se atribuyen al hombre estoico — se hizo parte de la percepción cultural del deber ser masculino. La mitología de Héroe invencible, el galante, el poderoso, abarcó cualquier idea que pudiera suponer una visión del hombre vulnerable. La capacidad de expresar emociones masculina se transformó de hecho en un tabú y más tarde en una confusa percepción de género.

Por siglos, la imagen del hombre emocional pareció aplastada por una serie de ideas muy concretas sobre la virilidad y la sensibilidad. La exigencia social parecía crear todo un panorama preciso sobre quién debía ser el hombre y como debía aspirar a ser. La figura masculina se crea desde la infancia: el niño se educa para la fortaleza física, la contención emocional, el liderazgo y otras atributos que se interpretan como masculino. El mundo emocional se reprime, se reconstruye, se convierte en una serie de códigos de conductas más o menos reconocibles y uniformes, sobre la capacidad para expresar los sentimientos quedan reducidos a su mínima expresión. La presión cultural, heredada siglo a siglo, define no sólo la identidad del hombre sino también, la manera como la sociedad lo comprenderá.

Tal vez por ese motivo, me sorprendió tanto la reacción al meme que incluye la imagen del actor Jason Momoa. Después de todo, el actor es la quintaesencia del macho salvaje y alocado, con el cabello largo y el rostro barbudo. Pero a la vez es un buen padre que lleva a sus hijos colgados de los hombros y escribe Haiku como pasatiempo. La combinación resulta novedosa y desconocida para el gran público. No obstante, la masculinidad moderna parece muy cercana — muy relacionada — con esa visión de las cosas. Con esa fortaleza que también engendra cierta ternura. Gran parte de los actores y otros símbolos pop de nuestra década son grandes padres, admiten sus emociones y muestran su capacidad para sentir dolor y angustia. Hace unos meses, Brad Pitt admitía en una entrevista que el divorcio “le había provocado un sufrimiento inimaginable y que necesitaba ayuda terapeútica”. ¿Algo así podría haber ocurrido tres décadas atrás?

— La nueva masculinidad o mejor dicho, la masculinidad sensible es simplemente una forma de madurar del ideal masculino — me dice J., quién se sonríe al leer las respuestas al meme de Momoa — la mayoría de los hombres de esta generación se sienten en mayor libertad con sus cuerpos y mentes que los de cualquier otra.
 — Pero hay mayor ataques hacia las ideas feministas — insisto preocupada.
 — Lo hay porque el debate es más encarnizado y tiene muchos más actores. Pero ese también es parte del cambio. Un hombre que se hace preguntas, que no quiere ser señalado, estigmatizado ni tampoco convertido en el villano de la historia, es un hombre que piensa más allá del estigma machista. Es un hombre que se está planteando algunas cuestiones. Y aunque habrá una minoría radical, burlona y potencialmente peligrosa, los hombres modernos quieren un tipo de libertad que jamás han tenido antes.

La antropóloga Margaret Mead, quien durante toda su carrera insistió en analizar los roles y papeles masculinos de una manera que revolucionó la ciencia en las primeras décadas del siglo XX, habría pensado de manera parecida. Para cuando Mead comenzó a escribir sobre el género, los temas sobre lo roles sexuales y las diferencias de género eran considerados secundarios en la investigación científica. Pero a Mead la idea del hombre y la mujer más allá de la presión y la percepción occidental le obsesionó: se interesó justamente por los matices de la percepción sobre la mujer y el hombre en diferentes sociedades primitivas. Y encontró toda una nueva y asombrosa percepción sobre géneros sexuales que chocó frontalmente con las conclusiones que hasta entonces, habían llegado célebres científicos de su época. En su libro “Sexo y temperamento en las sociedades primitivas” , publicado en los años treinta y en pleno auge de la teoría del rol biológico de la mujer y el hombre, armó un revuelo de proporciones imprevisibles. El libro se basa en el estudio de tres tribus de Nueva Guinea, geográficamente cercanas, en donde los papeles sexuales eran por completos distintos, a pesar que todas las tribus compartían clima, historia e incluso parentesco. Pero mientras en la primera, tanto hombres como mujeres se comportaban de manera más bien pasiva y afectuosa, maternal en la segunda, ambos sexos eran agresivos y violentos. Sin embargo fueran las observaciones de Mead sobre la tercera tribu las que generaron mayor polémica: lo varones actuaban según el estereotipo occidental femenino (cuidaban a los hijos, usaban abalorios sobre el cuerpo e incluso maquillaje ritual) mientras que las mujeres corresponden al estereotipo del varón tradicional (eran entrenadas como guerreras, eran enérgicas, decididas y líderes). La conclusión de Mead fue lógica y basada en lo evidente: los papeles sexuales no eran naturales e inmutables — como se había insistido hasta entonces — sino sobre todo culturales. Una visión que desmontó todo el viejo argumento de la visión sexual como un deber ser absoluto en la vida de todo ser humano.

Por supuesto, que el trabajo de Mead no fue suficiente para sacudir las bases de un monstruoso sistema de símbolos y valores que condenan al varón al ostracismo emocional. Para nuestra cultura, el hombre debe reprimir sus sentimientos en favor de la fortaleza y sobre toco, calzar en una esquema muy completo dentro del complejo mecanismo dentro de lo que es aceptado y lo que no. Y la presión es inmensa: desde el bombardeo de información constante de la cultura, que mira al hombre como una imagen que se transforma y endurece para proclamar su virilidad, hasta esa interpretación personal, la que nace a medida que el hombre se enfrenta a un mundo que le exige un tipo de perspectiva muy concreta sobre si mismo casi inalcanzable.

Hace unos años, la actriz Emma Watson insistió en su discurso frente a la ONU, que la igualdad “es algo que compete a ambos sexos” y que además “Si los hombres no tuvieran que ser agresivos para ser aceptados, las mujeres no tendrían que ser sumisas. Si los hombres no tuvieran el control, las mujeres no tendrían que ser controladas. Tanto los hombres como las mujeres deberían tener la libertad de ser sensibles. Tanto los hombres como las mujeres deberían tener la libertad de ser fuertes. Ha llegado la hora de que percibamos el sexo como un abanico, no como dos ideales enfrentados”. Una perspectiva que resume no sólo una antigua aspiración femenina, sino una secreta esperanza femenina.

Pero mientras logramos comprender el valor de esa comprensión de la sexualidad como una confluencia de valores y elementos más allá que una lucha perentoria, los Joey y los Chandler del mundo continuarán dándose apretones de “machos” para demostrar el afecto y los hombres continuarán preocupándose si bailar de manera exuberante les hace mariquitas. Y es que el mundo quizás necesita mirarse a si mismo con mayor atención para comprender que la emoción — la fuerte, la apasionada, la sencilla, la profunda — no es una forma de debilidad sino simplemente, una manera de crear.

— Pero tendremos a Momoa para recordarnos que todos somos imperfectos — dije J y luego suelta una carcajada — y recordarnos lo sencillo que puede ser cuestionarte algunas cosas que das por supuestas.

Pienso en eso un rato después, mientras me pregunto como será el hombre del futuro. ¿Se parecerá a Ezra Miller, provocador y androgino? ¿O a Jason Momoa, con una virilidad muy marcada, pero a la vez cálido y cercano? No lo sé, me digo con una sonrisa, pero sin duda, será interesante ver hacia dónde avanza esta evolución de lo masculino y qué encontraremos en el camino.

lunes, 14 de enero de 2019

La reinvención del Superhéroe: ¿Qué podemos esperar de “Glass” de M. Night Shyamalan?





Para comienzo del nuevo milenio, el cine de superhéroes era un fenómeno inexistente e incluso, una rareza. Por ese motivo, “Unbreakable” (2000), la extraña épica del por entonces novel director M. Night Shyamalan sobre el tema, sorprendió y desconcertó a partes iguales. Desde su visión tenebrosa sobre las capacidades extraordinarias — la búsqueda del sentido, la necesidad de la reivindicación — la película logró llegar el mundo del cómic a un estrato por completo nuevo, adulto y estimulante. Toda una concepción llena de inquietantes aristas aún por explotar.

Pero sobre todo, M. Night Shyamalan dotó a la figura del superhéroe, de la lenta y pesarosa filosofía del cine de autor. En una de las escenas finales de la película (2000), David Dunn (Bruce Willis) está sentado a la mesa del desayuno con su hijo Joseph (Spencer Treat Clark). David salvó durante noche anterior a dos niños de un asesino serial en un prodigioso acto de fuerza y valor todavía, parece digerir no sólo lo ocurrido, sino la real existencia de sus capacidades, de las que hasta entonces había dudado y las que aún, no comprende demasiado. De modo que en la mesa familiar, reina el silencio. Joseph tiene un aspecto pesaroso y agobiado (otro de los niños de ojos tristes a los que por entonces, el director M. Night Shyamalan nos tenía acostumbrados) mientras Audrey Dunn (Robin Wright) prepara el desayuno en un cansino silencio. Toda la escena tiene algo de cierta tensión residual no resuelta, de una gris melancolía que parece flotar en una quietud incómoda. Para Shyamalan, el tono de la película es justo ese y el trauma del poder extraordinario — para el argumento de la película no se trata de un don, ni mucho menos algo que agradecer — gravita sobre los personajes como un peso invisible pero real. Pero en especial, en esa mañana después de la gran toma de conciencia de David, el clima es mucho más duro, austero y agobiante. Hay algo doloroso en la distancia aparente entre los personajes, en la tristeza tan cotidiana que los une y los separa. Una nota de puro dolor en medio de una reflexión sobre la responsabilidad del poder y la angustia moral.

Entonces David extiende la mano y toma el periódico sobre la mesa. Lo abre frente a su rostro. El sonido de los utensilios de cocina sustituye al de la respiraciones lentas de los personajes. Transcurre un largo momento y David deja caer el periódico en la mesa, bien doblado y con un pequeño pie de página visible. Luego lo empuja hacia su hijo, que mira sin interés la mano de su padre sobre la hoja abierta. Pero entonces nota lo que los dedos entreabiertos le señalan. “Desconocido salva a niños de asesino” puede leerse en el titular modesto, casi imperceptible entre el grupo de noticias. El dibujo que acompaña la nota es la de un hombre anónimo que lleva puesto un impermeable. Joseph se sobresalta. Durante toda la película intentó que su padre creyera en la mera existencia de algo inexplicable en sí mismo, que admitiera — incluso apuntándole con un arma al pecho — la existencia de algo que le hacía diferente a cualquier otro hombre. Y ahora, la prueba está allí, entre las manos de su padre. Joseph levanta los ojos llenos de lágrimas. Hace un brevísimo gesto de comprensión. David asiente. En el silencio que viene después, el argumento entero encuentra su punto más alto y asombroso. Y aunque el film aún transitará el pedregoso camino de un final ambiguo, es esta escena la que marca el concepto completo de la heroicidad planteado por Shyamalan. La mirada del trauma, el dolor y el poder que nace de un núcleo oscuro e inexplicable.

Por supuesto, que Shyamalan no hizo nada que no se hubiese analizado antes, aunque de formas menos emocionales y sin duda, ninguna tan profundamente sentida. En 1992, Tim Burton reflexionó sobre el héroe herido en “Batman Returns”, en la que creó una percepción sobre el poder directamente vinculado al trauma, el miedo y lo hórrido que se esconde en nuestros pesares más profundos. De la misma manera que Shyamalan años más tarde, Burton dotó a su Oswald Cobblepot (Danny De Vito) de un trasfondo siniestro que sostiene su posterior mirada sobre el miedo y el control. También lo hizo con su Gatubela (una Michelle Pfeiffer en estado de Gracia), a la que transformó en una víctima que recupera el poder a través de un tipo de venganza retorcida, incompleta y sofisticada. Pero sobre todo, Burton dotó a Batman (Michael Keaton) de una complejidad paradójica que lo elevó sobre cualquier otra interpretación del personaje. El hombre murciélago tiene la obsesión de la culpa y es la culpa, lo que le mueve. Un sentimiento tan común y comprensible, que parecía traspasar el traje estrafalario y los gadgets de última tecnología colgados al cinturón. Entre una y otra cosa, tanto los villanos como el Héroe de Burton, analizan lo extraordinario desde la misma mirada insólita que convirtió a “Unbreakable” en el precedente exitoso de un nuevo tipo de Superhéroe basado en la complejidad de la psiquis del hombre. No obstante, Shyamalan llevó la propuesta a un nuevo nivel y elaboró un concepto mucho más complejo sobre lo moral, el poder y la responsabilidad basada en un punto de vista íntimo. Y quizá por ese motivo, “Unbreakable” no es sólo una mirada novedosa al heroísmo, sino a la percepción del héroe dentro de un contexto por completo distinto al que hasta había sido el natural para los personajes del género.

La película no fue un éxito de taquilla — sus ganancias fueron más bien discretas y su estreno mundial apenas cubrió los gastos de producción — y quedó sepultada en medio de los aciertos y desaciertos de la carrera de su director. Eso, a pesar que con el transcurrir de los años se transformó en un film de culto. Para cuando el fenómeno del cine superheroico copó la taquilla y la atención de Hollywood, la obra de Shyamalan ya era considerada una elegante muestra de un matiz singular sobre el mismo tema. Sobre todo, cuando la película experimentó una segunda revisión y fanáticos de todo el mundo, se asombraron por su atmósfera densa e inteligente, personajes complejos y fantástico simbolismo. De pronto, la obra de Shyamalan parecía una versión mucho más depurada de las explosiones en pantalla lideradas por hombres en coloridos disfraces, lo que colocó a la película — y a su autor — en una rara confluencia de circunstancias. Para cuando “Split” llegó a la pantalla grande — recuperando la carrera de su director y además, dando una vuelta de tuerca inesperada al mito de “Unbreakable” era más que evidente, que Shyamalan estaba decidido no sólo a volver sobre el universo que había creado, sino que además, le brindaría ese lustre definitivo que los fanáticos habían esperado por casi veinte años.

Como novedad y sorpresa fílmica, “Split” fue una mirada insólita hacia el villano de ocasión. Con un James McAvoy creando lo que es quizás la actuación más audaz de su carrera, la película asombró al público y la crítica por conjugar la conocida visión del director sobre el bien y el mal, en esta ocasión enmarcada en una elegía pesarosa sobre el dolor remanente. Kevin — o cualquiera de sus personalidades — era muy parecido al Elijah Price (Samuel L. Jackson) de “Unbreakable”. Ambos habían nacido de traumas profundos y dolores físicos extraordinarios y para ambos, la maldad era un recurso inevitable de la imaginación. Pero además de eso, ambos villanos estaban firmemente unidos a la realidad. Elijah había diseñado accidentes monumentales y catastróficos en busca de su némesis, mientras que Kevin (Patricia o Denis) habitaban un Universo de dolor en que anidaba la posibilidad de la bestia. Entre ambos personajes, había un obvio paralelismo de intenciones y dimensiones: mientras Elijah batallaba a brazo partido para encontrar el significado de su propia vida, la Horda estaba obsesionada con la expiación y la angustia existencial sublimada en interminables facetas de una misma idea. Al final, tanto uno como otro, era una percepción del mal escindido, de la maldad subyacente en el subconsciente colectivo.

Quizás por eso, el hecho que “Split” fuera una secuela inesperada de “Unbreakable” no debió sorprender tanto como lo hizo. Shyamalan logró recorrer el mismo camino que antes había recorrido con el personaje de David Dunne pero en sentido inverso y no hizo nada por esconder sus intenciones. La Horda estaba en busca de un significado y lo estaba, desde el mismo instante en que el original Kevin desapareció para dar paso a personalidades más complejas que anidaban el lento nacimiento especulativo de la Bestia. Al final, la Bestia nace y toda la película toma sentido: el nacimiento del archivillano se asume desde el poder y el horror, pero también desde la pérdida. El personaje castiga y mata bajo ciertas reglas de juego. Lo mismo que Elijah, obedece a cierto metamensaje que el director manejó en el giro final que ensambló una historia general sobre lo perverso, el bien y la pureza. Lo siguiente, debería ser una gran resolución. O mejor dicho, una celebración a las cuidadosas líneas argumentales que había creado a través de casi dos décadas.

Cuando la película “Glass” fue anunciada, de inmediato se le identificó como el final de la trilogía que “Unbreakable” había comenzado, lo cual desconcertó e interesó a partes iguales. Después de todo, a ambas películas las separaban veinte años y toda una serie de películas sobre superhéroes que habían reformulado el concepto mismo de la heroicidad hasta llevarlo a una dimensión por completo distinta a la que planteaba el Universo original del director. Aún así, la propuesta despertó interés entre los nostálgicos, pero sobre todo, en quienes deseaban ver la confluencia de Elijah, la Horda y David, personajes que por sí solos, podían sostener sus historias paralelas y pesarosas. En “Glass” había la promesa de una película de Superhéroes que pudiera romper el molde de las actuales y además, añadir elementos a una percepción del heroísmo que poco o nada tenía que ver con el MCU o el Universo cinematográfico de DC. En “Split” hubo un anuncio de lo que parecía ser toda una elaborada concepción del hecho del poder pero más allá, de los sutiles matices de los héroes heridos. Después de todo, la Horda era una criatura en mitad de camino entre el desorden psiquiátrico y algo más oscuro, lo mismo que Elijah (con su prodigiosa inteligencia y doloroso padecimiento físico) y David Dunne, aterrorizado por la envergadura de su capacidades misteriosas. Entre los tres, “Glass” prometía ser un encuentro entre lo metatextual habitual en el cine de Shyamalan pero sobre todo, en la promesa de una consumada comprensión sobre el choque de la realidad y la fantasía en medio de un entorno realista.

“Glass” reúne finalmente a David, Elijah y Kevin, y deberá encontrar el punto medio para que el trío pueda expresar no sólo la complejidad del concepto que la historia maneja sobre la heroicidad, sino además elaborar un discurso coherente sobre las heridas que brindan sentido y peso a sus personajes. Elijah, con su prodigiosa inteligencia es sin duda el punto focal de la historia, aunque su desarrollo incompleto en “Unbreakable” hace evidente que Shyamalan jugará con los matices y los pequeños lugares inauditos en una historia en la que nada es lo que parece. Shyamalan está muy consciente del peso de “Unbreakable” en la trilogía y del hecho que “Split”, fue una afortunada coincidencia que le permitió completar lo que notoriamente, es un proyecto más complejo que todavía no había alcanzado su punto de mayor maduración. Por lo que “Glass” podría explorar la grieta entre la percepción del héroe y lo que realmente puede representar el poder en manos de un hombre común en un mundo superheróico saturado de efectos especiales y guiones vacíos. La sensación de misterio insondable de “Unbreakable” continúa siendo su elemento más reconocible y sin duda valioso. Y Shyamalan lo sabe.

viernes, 11 de enero de 2019

Crónicas de la lectora devota: The Water Cure de Sophie Mackintosh.





La literatura actual está plagada de violencia, sobre todo luego que la saga de novelas Río de George R.R. Martin estandarizó el uso del gore explícito dentro del marco de eventos argumentales de considerable importancia. De modo que la noción sobre lo sangriento, parece haber perdido durante las últimas décadas no sólo valor, sino también impacto. ¿Qué puede horrorizar a un público habituado a ver y leer historias sobrecargadas de imágenes retorcidas y violentas? La respuesta parece venir del otro lado del espectro: En 2016, la serie “The Handmaid’s Tale” sorprendió al público y a la crítica con su mirada sobre un tipo de horror silente y despiadado que transformó el lenguaje televisivo que hasta entonces se había interesado por el tema. Con su profuso simbolismo, pero sobre todo, la concepción sobre el mal humano convertido en una imagen oculta bajo una aparente cotidianidad, la serie — basada en el libro homónimo que utiliza la misma fórmula para crear un clima malsano y claustrofóbico — se convirtió en un éxito inmediato. Con escenas engañosamente plácidas, el horror desenvolviéndose con una lentitud pausada y progresiva, la historia del Estado totalitario de Gilead demostró que la noción sobre la violencia necesita un nuevo punto de vista. Una percepción mucho más madura y elegante de la que hasta ahora había sido la norma.

En “The Water Cure”, el libro debut de la autora Sophie Mackintosh, el dilema sobre la violencia y como mostrarla está allí, tratado con una sofisticada y cruel sutileza. Al contrario de un buen número de las ficciones contemporáneas, Mackintosh analiza el miedo y la deshumanización sin llegar a los extremos de la llamada “pornografía de ternura”, lo que le permite profundizar en aspectos más íntimos y tenebrosos sobre la concepción del sufrimiento que se infringe, la tortura y sus consecuencias. Con una esmerada delicadeza — Mackintosh está muy consciente del valor de su prosa reposada y elegante — , el libro avanza sobre escenas de inquietante realismo sobre el castigo corporal, la violencia doméstica pero sobre todo, el terror agazapado en lo cotidiano. Para Mackintosh el miedo que infringe el maltrato está más allá de la detallada descripción de lo que ocurre, de las heridas abiertas o los huesos rotos. Y es quizás esa sensibilidad perversa — la conmoción sobre el absurdo de la sangre derramada, como la autora insiste en más de una oportunidad — es lo que logra crear una historia despiadada, a mitad de camino entre la crítica cultural — hay mucho de “The Power” de Naomi Alderman en los planteamientos de Mackintosh — y la ruda capacidad de Margaret Atwood para contar el mundo femenino. Entre ambas cosas, Mackintosh recrea lo temible en sus implicaciones, en el secreto, en lo que no se cuenta y lo que se esconde debajo de la fachada de la normalidad.

¿Cuando el dolor que se describe es demasiado?¿Cuando se banalizan? Las críticas abundan sobre uno y otra arista del tema. En el éxito de librería “El Tatuador de Auschwitz” de Heather Morris, la autora se decanta por el romanticismo en lugar del detalle, lo que convierte al libro en una historia de amor al uso en medio del improbable escenario de un campo de concentración. El punto de vista le ha valido críticas y además, diversos señalamiento sobre la superficialidad con que la escritora analiza el tema del genocidio que usa como contexto a su edulcorada narración. Al otro extremo, se encuentra “Esperando a los bárbaros” de J.M Coetzee, en la que el escritor describe con demoledor realismo las torturas acaecidas durante el apartheid sudafricano. No obstante, Mackintosh desmenuza el sufrimiento en sus partes constitutivas y esenciales, lo que lo hace algo mucho más contundente. Su imagen sobre la angustia, el aislamiento y la brutalización de la víctima resulta incluso más creíble que una descripción más precisa sobre el horror que atraviesan sus personajes. Lo es, porque Mackintosh asume la tarea de hurgar en los hilos que mueven al torturador y le unen a quién agrede, hasta crear una insólita y perversa red de implicaciones que sostiene la narración entera.

Como la distopía que es, “The Water Cure” tiene una mirada sobre el futuro desoladora, pero no completamente pesimista. La escritora no rebasa el límite del horror sobre la incertidumbre y se centra en la posibilidad de un mundo tóxico que no conocemos ni se describe con claridad. De modo que para los personajes, la realidad podría verse dividida entre la isla que habitan — y la perspectiva sesgada que tienen del mundo — y lo que ocurre más allá. Por supuesto, el tema sobre lo imprevisible y la leve insinuación del apocalipsis al otro lado del mar son constantes: el calentamiento Global, la contaminación, la hambruna y la escasez de agua ha convertido a los continentes en lugares inhóspitos en que debe lucharse por la supervivencia. En este mundo desértico y de recursos casi agotados, las mujeres llevan la peor parte. O en esa versión de la verdad insiste King y Mother, los padres de tres niñas criadas en los límites de un peñasco en medio del mar. Según King, el mundo “cercano al horizonte” no es sólo peligroso sino también mortal para las mujeres, por lo que sus hijas deben aferrarse como pueden a la frágil tranquilidad y esperanza doméstica, construida detrás detrás de una cerca electrificada de alambre de Púas. A la isla sin nombre jamás llega nadie más que mujeres: Aterrorizadas, en busca de la llamada “salvación”, que no es otra cosa que un cruel tratamiento cercano a la tortura que en principio, les protegerá de la atmósfera contaminada y las volverá “poderosas”. Pero en realidad, esta “cura del agua” no es otra cosa que una refinada tortura que busca anunciar a las víctimas su “culpabilidad” sobre lo que acaece en el mundo que se derrumba. No hay otra intención que el castigo, en los golpes, súplicas y el extenso proceso de “salvación” que debe atravesar cada mujer que llega al pequeño infierno insular que Mackintosh describe con delicadeza. Además, para la autora, el núcleo de su narración no es el festival de horrores que se desarrolla en medio de una cultura sobreviviente al colapso de la sociedad tal y como la conocemos, sino las tres hijas, conejillos de Indias y primeras “pacientes” de la técnica de curación que sus padres implementan con las mujeres que intentan encontrar ayuda en medio de la debacle. Pero una y otra vez, queda claro que no hay ayuda o salvación posible. El apocalipsis no está en las ciudades destruidas, en el cielo encapotado o en las altas temperaturas sofocantes, sino en los horrores despiadados que cuentan los sobrevivientes, la guerra silenciosa que se lleva a cabo entre las ruinas.

En la isla, las cosas no son exactamente mejores. Las tres niñas son educadas como pequeños soldados: aprenden de su madre a no confiar en nadie que no sea de la familia, a manejar armas y por último, la noción de su cuerpo como un campo de batalla. Hay un eco indudable de Margaret Atwood en el terror convertido en fuerza, en la continua afrenta y violencia en contra de lo femenino, pero Mackintosh rehuye la percepción sobre el horror director y de nuevo, entra en un perspicaz recorrido entre lo que ocurre en la isla, la vida de las niñas, la furia de los padres, el acecho del mundo exterior. Al final, cuando King desaparece y las mujeres de su familia deben enfrentar al miedo, la novela alcanza un punto de perfección técnica y una audacia narrativa que en manos menos hábiles, podría haber resultado un experimento fallido. Pero Mackintosh remonta la cuesta con absoluta facilidad y crea una imagen de la víctima muy alejada a las criaturas angustiadas y feroces de Atwood o incluso de Iris Murdoch. La víctima de Mackintosh tiene la furiosa capacidad de reorganizar su mente y su cuerpo para encontrar fortaleza. Para cuando la novela alcanza su emocionante tercer tramo, las niñas se han convertido en un trío de espíritus poderosos, despiadados en su concepción sobre el bien y el mal, pero aún así, justos. Hay un grado de indignación cada vez más violento contra el mundo perdido — obra del hombre, producto de la violencia del hombre — pero sobre todo, Mackintosh convierte su distopía feminista en algo más sagaz que una búsqueda de reivindicación moral. Las mujeres de Mackintosh son creadoras, creativas, físicamente vulnerables. La combinación crea un tipo de personaje de interminables matices, que pueden sorprender incluso cuando parece que la escritora ha dicho todo sobre ellos. Para Mackintosh parece de enorme importancia la dicotomía entre la voluntad — insiste en más de una vez que las sobrevivientes de la isla lo son a fuerza de su “dolor recién nacido” — y la necesidad de continuar, a pesar del dolor. La combinación no las transforma en heroínas. Las transforma en una mirada de inusual transparencia sobre la mujer y su circunstancia.

La novela guarda algunos paralelismos con Alias Grace de Margaret Atwood, en la medida que ambas utilizan con sabiduría la complejidad de la culpa social, el deber tradicional y el peso que el patriarcado simboliza para sus personajes. Ambas novelas reflejan — quizás sin quererlo, sobre todo la de Atwood, escrita hace más de veinte años — el ambiente actual en medio del debate sobre el poder, la agresión sexual y moral que sacude a la sociedad norteamericana. Un debate que elude a la desigualdad estructural y temible sobre los dolores y temores que sostiene el argumento. No obstante, en Alias Grace hay algo más temible, doloroso y punzante que “The Water Cure” analiza como una salvedad temible aunque paradójica. Una concepción sobre el autoritarismo y el fenómeno del patriarcado que se contempla desde decenas de situaciones disímiles y desconcertantes con respecto a la figura de la mujer como sujeto legal y cultural. La Grace Marks de Atwood se convierte sin quererlo, en chivo expiatorio de un sistema que la destroza por el mero hecho de simbolizar un tipo de amoralidad sin nombre ni explicación coherente. Es entonces, cuando el argumento alcanza su punto más duro y complejo, porque no solo muestra a Grace como víctima, sino también, como posible producto de su entorno, de su dolor y de la rabia contenida. Una mezcla que transforma a la historia en un manifiesto de furia contenida, terror apenas entrevisto pero sobre todo, de un sufrimiento ciego y sordo que puede equipararse a cualquier época. Las mujeres de Sophie Mackintosh, son víctimas que no saben que lo son hasta que su padre — la referencia para todo en sus vidas — desaparece y se encuentran en la mitad de la desolación del anonimato. Una no existencia desconcertante que convierte sus rutinas — las atrocidades que King ideó en un intento de romper la individualidad de sus hijas y convertirlas en una única mente reactiva — en despojos, en medio de una realidad que se desploma con rapidez. El trauma de la violencia está allí y es el núcleo de la historia, pero Sophie Mackintosh hilvana la historia a través del centro voraz y rehúye la tentación de convertirlo en algo más que una concepción absurda sobre la existencia.

Pero a pesar de todo, “The Water Cure” es una historia luminosa y llena de grandes momentos conmovedores. Mackintosh tiene la suficiente intuición para no permitirse caer en la tentación de contar la depravación desde la depravación. En lugar de eso, la isla se convierte en una mirada firme a la necesidad de construir una idea mucho más poderosa sobre vida y las niñas — traumatizadas, horrorizadas, pero aún así, llenas de deseos de crear su propia historia — en metáforas de esa concepción del dolor, que sitúa la fortaleza como un mero aprendizaje de sus implicaciones. En un punto dado, la novela recuerda al mito griego de las Moiras: Las tres hermanas enarbolan un único ojo consciente para comprender la graduación de la violencia a la que se han visto sometidas, a la vez que juegan sobre un extraño tablero de recuerdos y traumas para alcanzar la redención. Para Sophie Mackintosh el miedo tiene un ingrediente privado y vivencial, casi tan potente como el amor. En el límite de esa percepción, se encuentra una fantasía oscura sobre la libertad que la escritura dibuja con extraordinaria belleza en el que quizás se convierta en uno de los libros del año.

miércoles, 9 de enero de 2019

La mujer a fragmentos de Simone de Beauvoir: un homenaje a su obra para celebrar el día de su nacimiento.






Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX y sobre todo entre ciertos círculos intelectuales, la obra de Simone de Beauvoir no se consideró feminista. La primera vez que leí sobre el tema me sorprendió: después de todo, había descubierto que mi incomodidad con el sistema tenía sentido político gracias a la obra de la filósofa. Había pasado buena parte de mi primera juventud leyendo y releyendo sus libros, hasta que el “pensamiento Beauvoir” — término de mi invención que usé para definir esa sensación de trasiego interno que me provoca cualquiera de los libros de la autora — se convirtió en algo profundamente arraigado en mi identidad. Pero no, Simone de Beauvoir era demasiado singular, contestaría y por momentos cruda, para el recién nacido feminismo de la segunda Ola de los años sesenta. En un artículo que leí en una oportunidad, una enfurecida articulista acusaba a Simone de llevar las ideas sobre la mujer “a un campo intelectual sin otra trascendencia que el autoanálisis” y otra, insistió en su interpretación sobre la mujer “se quedaba corta” para la revolución en ciernes. Para bien o para el mal, Simone de Beauvoir era una intelectual utilizando el pensamiento estructurado para analizar a la mujer como nunca se había hecho hasta entonces. Y llevaría décadas enteras hasta que esa reflexión, tuviera un sentido real o al menos, pudiera integrarse al resto de las ideas que sostenían el feminismo.

El libro “El segundo sexo”, escrito en 1949 es sin duda su obra más influyente. Y también el más contestatario. En Europa tuvo problemas de publicación — en la España Franquista no pudo venderse durante años — y la gran mayoría de las discusiones a su alrededor, dejaron claro que nadie comprendía muy bien la aproximación pesimista, dura y pesarosa de Simone de Beauvoir acerca de la mujer. Se trató de una vivisección no sólo de la feminidad — lo que ya de por sí sería histórico — sino de la mujer como símbolo cultural. Entre ambas cosas, Simone de Beauvoir destruyó la idealización del género y se fórmulo durísimas preguntas acerca de la naturaleza del prejuicio latente, del miedo y los límites fronterizos que la discriminación suele provocar. En el “Segundo Sexo”, hay una variedad de expresiones y comprensiones sobre la arraigada conciencia sobre la mujer como parte de una idea social que no le pertenece. Y que duro resulta leer, comprender y asimilar, que para la cultura en que naciste, tu identidad, cuerpo e incluso apariencia, forman parte de un conjunto de líneas superpuestas que no llegas a controlar, que no te pertenecen y de las que se te despoja al nacer. La idea me provocó miedo real y por días, llevé el libro a todas partes, para leer algunos párrafos en momentos de sobresalto. Tenía diecisiete años, el ambiente Universitario me resultaba aplastante y no tenía idea sobre lo que era el feminismo.

— Simone de Beauvoir es un buen ejemplo de la mujer que analiza a la mujer, pero en ocasiones, se deja llevar los parámetros de su época — me dijo en esa oportunidad una amiga — Por favor, sigue analizando los deberes y derechos sociales. Eso es retrógrado.

Mi amiga — que si tenía conocimientos sólidos sobre feminismo — parecía analizar a Beauvoir desde la periferia o eso me pareció. En realidad, sus opiniones sobre la obra de la autora variaban de una tibieza argumental y algo semejante a la condescencia. No me lo explicaba: Para mí, “El Segundo Sexo” era todo lo que pensé alguna vez sobre la mujer y no había puesto en palabras, ya fuera porque no sabía en que parte de mi vida encajaba semejante inconformidad, o por el hecho simple que sentía analizaba mi vida desde una perspectiva casi infantil. El reclamo acerca de la igualdad que sentía desde muy niña, no tenía forma, sentido o peso hasta que Simone de Beauvoir se lo brindó y no sólo eso: hasta que me permitió crear una concepción sobre mi futuro que nunca había considerado en realidad. El amor romántico, la obligatoriedad moral y social sobre la mujer, la noción que no le debía nada a nadie por el mero hecho de mi género. De pronto, todo lo que me inquietaba desde niña tenía un sentido real y además, poderoso. Mi amiga no lo entendió.

— El feminismo de Simone de Beauvoir es poco comprensible para las masas — sentenció — y por ese motivo, no es muy útil. Pero sí, tiene sus buenos puntos.

No supe que responder a eso. Recuerdo que por días enteros, me pregunté si la obra de Simone de Beauvoir estaba destinada a ese análisis intermedio — esa opinión ambivalente que parece insistir en que “buena pero no lo suficiente” — o por el contrario, a encontrar su lugar en el debate Universal. No era una pregunta sencilla o al menos, yo no tenía una respuesta en ese entonces. Como mero reflejo, comencé a leer de nuevo “El Segundo Sexo”, quizás como una forma de encontrarla por mera insistencia.

***

Una vez, una de mis amigas de la escuela me dijo que a veces, no se pensaba a sí misma como una mujer ni como una niña. Que en ocasiones se miraba al espejo y no sabía muy bien quién era y lo que deseaba ser. Y que ese pensamiento le asustaba tanto como para que le hiciera sentir verguenza. La escuché sin saber que decir, entre asombrada y confusa. Ambas teníamos diez años y ese comentario me desconcertó. Hasta entonces, jamás había pensado que alguien podía mirarse sin concluir en que era niño o niña. Hasta ese momento, nunca me había preguntado sobre los elementos nos hace ser quien somos, ese género que prevalece y te define durante toda tu vida. Esa identidad permanente que asumimos natural.

Por supuesto, no lo pensé en términos tan complejos pero sí supe que lo que amiga me decía, era quizás la idea más extraña que había escuchado nunca. Ella continuaba mirándome, quizás aguardando a que me burlara de ella o me asustara por lo que acababa de decir. En lugar de eso, me quedé muy quieta, pensando en sus palabras. Quizás en mi reflejo en el espejo. En todas las cosas que de pronto no parecían tan seguras ni tan evidentes en mi mente o en mi cuerpo.

— ¿Cómo te piensas entonces? — pregunté por último.
Mi amiga parpadeó, como si le sorprendiera que me tomara en serio lo que con tanta dificultad me había contado. Se encogió de hombros, con las manos de uñas cortas y mordisqueadas apretadas sobre las rodillas.
 — Sólo como una persona ¿Eso es muy malo? No quiero vestirme de rosa, ni llevar el cabello con lacitos. No quiero ponerme la faldita del colegio. Quiero jugar video, quiero comer hamburguesas y ensuciarme. Pero eso no es de niñas. ¿Eso está mal?

Tampoco supe que responder a eso. La verdad era que yo pensaba cosas parecidas con tanta frecuencia que llegaron a parecerme corrientes aunque sabía, con ese instinto infalible que no lo eran tanto. Que a pesar que no había nada de malo en corretear con mis primos por el patio de la casa de mi abuela, leer libros en lugar de jugar con muñecas o preferir la blusa azul en vez de la roja o la fucsia, tampoco era lo normal. O lo que la mayoría de la gente consideraba normal, al menos. De manera que me encogí de hombros, preocupada.

— No sé. Pero también me pasa — le confesé, para tranquilizarla — A lo mejor le pasa a mucha gente pero tampoco dice nada. ¿No lo piensas?

Ella sacudió la cabeza con la boca fruncida en un gesto angustiado y los hombros rígidos. Como mucha otra gente estaba convencida que la incomodidad y el aislamiento eran cosas que sólo le ocurrían a ella, que le torturaban y le acosaban más que a cualquier otra persona. A la distancia de muchos años, a veces pienso que mi amiga comprendió mucho antes que yo que el mundo no tolera bien la diferencia, que no lo asimila con facilidad, que no transita eso visión que nos hace únicos con la comprensión de lo que puede significar. Y me conmueve que una niña de diez años llevara ese peso a solas. Lo sostuviera sobre los hombros con tanta dificultad. Intentara lidiar con sus dolores con tan poca habilidad para hacerlo.

Recordé esa conversación escolar algunos años después cuando encontré en la biblioteca de mi casa un libro que sin duda, cambió mi vida para siempre. Leí “La Mujer Rota” de la escritora Simone de Beauvoir cuando era aún una adolescente. No lo comprendí, por supuesto. Aún no tenía la experiencia, la visión para hacerlo. Pero igualmente me cautivo, me sorprendió, me inquietó. Porque si algo podría decir del libro, este largo monólogo de la feminidad que se analiza a sí misma con una durísima mirada cruel, es que no deja indiferente a nadie.

Y por supuesto, no me dejó indiferente a mí, que con dieciseis años comenzaba a cuestionarme por qué debía obedecer lo que la tradición y la cultura donde nací intentaban imponer casi a la fuerza sobre mi identidad. Esa noción sobre el deber ser con el que toda mujer tropieza de vez en cuando. No es sencillo entender que la sociedad en la que creces tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y qué puedes aspirar. Límites, restricciones y fronteras que intentan definir tu individualidad aunque te resistas a la idea.

Es un pensamiento extraño, cuando lo tienes. Y luego, no puedes olvidarlo. Porque de alguna manera cambia todo lo demás, lo recompone y lo hace encajar dentro de esa idea. ¿Por qué debo tener el cabello largo o corto? ¿Por qué debe gustar maquillarme o no? ¿Por qué debo pensar en que seré madre? ¿Por qué debo casarme? ¿Por qué debo obedecer toda esa múltiple y cada vez compleja variedad de pensamientos e ideas que parece conformar la identidad de una mujer? Es curioso pensarlo de esa forma y sobre todo, doloroso. Porque de pronto, encuentras que no estás sola en el asunto. Comienzas a preguntarte cuantas mujeres a tu alrededor — las que conoces, las que te tropiezas por la calle, las que miras en las revistas — se esfuerzan como se espera que tu lo hagas por encajar en ese esquema de valores. Cuantas lo hacen por gusto, por costumbre, por necesidad, porque no conocen algo más. Y cuántas como tu, también se hacen las mismas preguntas. Cuantas miran a su alrededor y se preguntan ¿por qué deben ser así las cosas? ¿Por qué deben ser de esa manera exacta? ¿Por qué es necesario que lo sean?

Claro está, nadie se cuestiona de esa manera. Pero está la incomodidad, esa ligera sensación de inquietud. O al menos a mi me ocurría. Y no sólo con asuntos tan intrascendentes como el comportamiento social, como me veía o debería verme. Comenzó a preocuparme que buena parte de mis escritores favoritos fueran hombres porque así lo había aprendido, que casi todas las heroínas televisivas y cinematográficas con las que me tropezaban fueran apenas una apendice del masculino, una figura preciosa y desdibujada que parecía perderse en la historia. Y me comenzó a inquietar también, esa otra realidad tan sutil como desdibujada, la de todos días. La que forma parte del cotidiano cuando vives en un país machista como el mío: las calles llenas de niñas embarazadas, los periódicos llenos de noticias de mujeres golpeadas y violadas. Esa noción sobre la desesperanza y el fatalismo latinoamericano que parecía tan relacionado con las mujeres, con lo femenino y su legado. De pronto, me encontré preguntándome si había algo en mi, en mi género y mi manera de ver la realidad para que el mundo se empeñara en verme como algo secundario, accesorio, dependiente por completo de una idea aparentemente superior.

Entonces llegó Beauvoir y me dejó claro que las cosas no debían ser de esa manera. Que ni siquiera tenía por qué plantearme la feminidad desde ese reduccionismo intelectual y emocional a la que te obliga la cultura. Y fue toda una revelación. Tan dolorosa e inquietante como suelen serlo todas las revelaciones. Por semanas enteras me cuestioné sobre esa serie de temas que me perseguían a todas partes, que me acosaban y abrumaban por el mero hecho de hablar de una mujer irreal que yo no deseaba ser. No se trataba de un tipo de rebeldía, mucho menos de un enfrentamiento casi natural contra el canon que todo joven tiene alguna vez. Fue una gradual y destructora toma de conciencia del hecho que no deseaba ser definida en lo genérico, que no necesitaba que nadie me dijera cómo debía pensar o cómo debía verme. Y eso en latinoamérica, en esta Venezuela patriarcal y machista obsesionada por la figura de la mujer idealizada que ignora a la real, se convirtió en un suplicio. En una idea que llevaba como un estigma, en una presunción de sospecha sobre mi cordura, incluso un debate sobre mi orientación sexual. Todo por decidir que no deseaba que colgar en mi mente la etiqueta que la cultura imaginó para mí, que delineó con todo cuidado desde antes de mi nacimiento.

En una ocasión, un hombre con el que salía se burló de lo que llamó “mi necedad adolescente”. Ambos éramos estudiantes universitarios y mientras él podía plantearse un futuro a la medida de sus aspiraciones — sean cuales fueren — yo debía conformarme con una especie de rígida estructura que me exigía más de lo que podía brindarme. Con veinte años cumplidos, ya debía soportar las preguntas indiscretas sobre mi soltería o una probable maternidad que ni siquiera había considerado hasta entonces. Y mi malestar al respecto no sólo le pareció exagerado sino además “artificial”.

— Ese rechazo a la persona que eres es absurdo: ¡Eres una mujer! en algún momento querrás casarte o tener hijos. Está en tus genes, en tu historia biológica. No sé por qué te resistes o en todo caso, qué esperas obtener haciéndolo.

No supe que responder a eso, entre aterrorizada y un poco asqueada. Llevábamos casi dos años juntos y escucharle hablar en esos términos sobre mi mi — o mejor dicho, mi futuro — me dejó muy claro que había algo doloroso y violento en la mirada de la sociedad sobre las mujeres. Una imposición férrea que nunca imaginado tan grave, tan despótica, pero que estaba allí a la vista. O mejor dicho, que formaba parte de una noción sobre lo que la mujer podía ser — aspirar, construir para si misma — que resultaba no sólo preocupante, sino directamente castrante.

La relación no terminó por esa discusión pero siempre pensé que después de tenerla, sólo avanzó hacia una ruptura simple que ocurrió unos meses después. Y es que cuando alguien te habla en esos términos, tienes la sensación que tu mundo se sacude un poco. O al menos, a mi me ocurrió. Comienzas a preguntarte casi con crueldad qué te hace mujer y por qué deseas serlo. Te sacude la idea que desde la niñez, debes enfrentar todo tipo de estereotipos que intentan decirte quien eres o mejor dicho, lo que debes ser. Ideas que transcurren y transmigran a tu alrededor en un intento no sólo de cercenar esa libertad personal que convierte la individualidad en una idea genérica, sino además se impone como un destino biológico. Un pensamiento que resulta angustioso cuando debes lidiar con él a diario, cuando es parte de tu vida y cómo te comprendes. O mejor dicho, como te asume el mundo que te rodea, te construye, te imagina, te limita.

Simone De Beauvoir imaginó ese mundo femenino claustrofóbico, cuando por primera vez trató de explicar en qué consistía los peligros e implicaciones de la desigualdad de género. Se trató quizás del primer intento formal e intelectual de comprender lo femenino como un concepto cultural creado a partir de trozos de información dispares. Con una escalofriante dureza, Simone ponderó sobre el hecho a los niños se les enseña a ser fuertes, determinados e independientes mientras en contraposición, a las mujeres se les insiste en la debilidad. En el género que se define como débil, en la necesidad depender emocional e intelectualmente de alguien más. Como si la autorrealización no formara parte de la naturaleza de la mujer: una noción destructora que parece condenar a la mujer a una dependencia borrosa del que muy pocas veces somos conscientes. La mujer objeto, al servicio de otros, tan preocupada por su aspecto físico, tan abnegada y convertida en una especie de útero histórico que necesita convalidar su existencia a través de su capacidad para agradar y seducir.

Tal vez por ese motivo, buena parte de mi vida me han acusado de egoísta, arrogante o incluso, directamente agresiva. Sólo por haber decidido que no necesito perpetuar ese confinamiento a la feminidad que se define a través de estereotipos superficiales, del cuidado de otros, de la autoimagen. A veces, resulta sorprendente lo mucho que puede molestar esa simple decisión de no ser una mujer al uso, de asumir por cuenta y riesgo, que una mujer es mucho más que la ropa que lleva y como luce. Que una mujer es un individuo más allá de su capacidad para ser esposa o madre de alguien. Esa autonomía que parece tan reñida con la definición histórica de género.

Hará unos cuatro meses, recibí un correo muy insultante de un lector que criticó mi postura “feminazi”, haciendo referencia a que suelo identificarme como feminista y escribir al respecto siempre que puedo. Entre groserías y burlas a mi aspecto fisico, me insistió en que toda mujer “debe aceptar que lo es” y que mientras más rápido lo haga “menos habrá lugar para la frustración”. Me sorprendió sobre todo la agresividad de sus planteamientos, como si el mero hecho que una mujer quisiera definirse según el canon habitual fuera motivo de prejuicio y discriminación.

— Lo es. Cualquier mujer u hombre que se atreva a transgredir lo que se supone espera de él, se enfrenta a esa agresividad — me explicó L., una de mis profesoras universitarias con las que aún mantengo el contacto cuando le hablé del correo — La cultura y la sociedad son refractarias a los cambios, se resisten todo lo que pueden a cualquier manifestación de conducta e incluso, al simple hecho de modificar un punto de vista. Cuando alguien lo hace, se suele aislar y limitar como parte de esa estructura social. Es lo que llamamos minoría.

La profesora L. lo sabe en carne propia: de joven tuvo que enfrentarse a un mundo universitario hostil y violento que la criticó por sus duros puntos de vista sobre el machismo académico en Venezuela. Ahora, en un tranquilo retiro alejada de las aulas de clase, suele insistir en Venezuela ser mujer es enfrentarse a una percepción durísima sobre la feminidad. Una condición cultural que limita y aplasta la individualidad en favor de una imposición colectiva sobre lo que la mujer puede ser según la tradición que hereda.
 — Puede parecer despiadado pero no lo es: simple cultura — me dice cuando me impaciento por la serenidad de sus palabras — por eso Beauvoir insistió que una no nace mujer sino que llega a serlo. Somos el producto de una serie de elementos que te definen a la fuerza. La desigualdad procede de esa idea, de ese discurso cultural que te hace normalizar la discriminación. Y lo asumimos como parte de nueva vida.
Quizás por ese motivo, continuo acudiendo a Beauvoir para analizar esa percepción sobre la mujer que desborda el mero tópico que logró crear a través de sus lúcidas reflexiones sobre el tema. Tan realista y crueles, pero a la vez, tan profundas que resultan abrumadoras. Porque para la escritora, el mundo íntimo de la mujer es un diálogo continuo, una creación de emociones y pensamientos de inestimable valor. . Algo sublime, durísimo y que me cambió la visión sobre la mujer literaria, la real e incluso sobre mi misma para siempre. No sólo se trató que Simone de Beauvoir me demostró que una mujer puede escribir — y bien — sino que además, escribir sobre la mujer sin romanticismos, sin elegías dulzonas. En el libro, ninguna mujer sufrió, se martirizó, se culpabiliza. En realidad era una obra filosófica muy bien pensada que elaboró — al menos, en mi caso — un nuevo tipo de mujer fuerte e intelectual que poco o nada tenía que ver con la angustia existencial que hasta entonces había creído en la mujer literaria y en la escritora. Aquello fue para mí radical.
Porque hablamos de individualidad, construída a través de piezas y fragmentos que no necesitan ni deben encajar en un esquema general de las cosas. La mujer es la mujer por la decisión de construir un reflejo de sus inquietudes intelectuales, físicas y mentales. Una mujer no es sólo los atributos de su género sino también esa noción que a pesar de la historia, la tradición, el conservadurismo y esa presión constante de encajar en el esquema de las cosas, es un individuo que puede construirse así mismo. Que desborda los prejuicios, que evade cualquier interpretación sencilla. Que rechaza los pequeños símbolos triviales que intentan construir una idea sobre si misma.

Simone de Beauvoir medito sobre el tema desde el dolor. Y lo hizo con una precisión que resulta casi escalofriante: No hay ninguna concesión a la ternura, la simpatía o a la delicadeza en sus textos. Con un pulso exquisito y profundamente sentido, crea una reflexión dura, cruda y a la vez hermosa en tres narraciones, que a pesar de ser independientes entre sí, se entremezclan para crear un único discurso, para hablar de la mujer secreta y poderosa que habita entre sus páginas. Sobre todo en su libro “La Mujer Rota” donde las interpretaciones se entrecruzan para meditar sobre lo femenino y sus pesares. Las puertas y ventanas cerradas que confinan a la mujer — como identidad — y a su legado — como estructura cultural — a una serie de planteamientos mínimos que resultan asfixiantes. Y es que la narración, las tres historias, parecen girar en esa idea de la mujer que habita en lo esencial, esa incomprensión cultural y social que ata, que envuelve, que reprime, que destruye y que a la vez construye la identidad femenina. No es casual que en el trasfondo de cada página, palpite la desolación, la angustia, los cuestionamientos, reproches, la sensación abrumadora de que la vida paso rápido, sin sentido. Para Beauvoir, la necesidad de crear ese mundo de lo femenino real, fuera del estereotipo tradicional, produce una tensión enorme y casi hermosa dentro de cada relato, dentro de esa intimidad casi dolorosa que subyace en cada historia y que la delinea con una delicadeza impensable, a pesar de su crudeza.

Tal vez, lo más sorprendente de esta historia con tres rostros, sea su intención de recrear esa otra idea de la mujer, la que no abarca el romanticismo y la idealización. Esa mujer real, poderosa y doliente, de la que tan poco se habla, la que parece desaparecer en el deber ser social, es a la que Beauvoir le brinda voz, le otorga un rostro. Un triunfo de ese sutil misterio a mil voces que es la feminidad sobre la simplicidad de lo cotidiano.

He releído el libro tantas veces que en ocasiones estoy convencida forma parte de mi vida y de mi forma de pensar en cien maneras secretas. Con frecuencia, recuerdo varios de sus párrafos y me encuentro pensando en que esa inconformidad, esa preocupación constante no se era algo accidental, tampoco una rareza. Millones de mujeres antes que yo y con toda seguridad, cientos después de mi, se preocupan por los mismos temas, por los mismos extremos, por los exactos problemas que me inquietaban a mi. Y todo ese conjunto de preocupaciones e inquietudes, tenían un nombre. O mejor dicho, una dirección. Una intención formal que puede tener mil formas de definirse — feminismo, búsqueda de la equidad, lucha de valores y derechos — pero que tiene la misma conclusión: la idea de una mujer libre de toda etiqueta social.

martes, 8 de enero de 2019

Crónicas de la feminista defectuosa: Cejas perfectas, rivalidad femenina, sororidad y otros temas complejos.

Para quien se lo pregunte, así quedaron las cejas.



Esta historia comienza así: hace unas dos semanas, mi madre — fashionista, sofisticada y mucho más atenta a la moda que su descuidada hija — me obsequió una “micropigmentación” del arco de cejas. La miré sin saber qué responder cuando me informó que tenía una cita con una reputada dermatóloga de la ciudad y que ella correría con los gastos. Bueno, eso es distinto a los regalos habituales: perfumes estrafalarios que jamás usaré y ropa estrecha que va contra mi propósito de vida de celebrar la comodidad práctica.

— ¿Y qué se supone que es una “micropigmentación”? — pregunté al cabo de algunos minutos de incómodo silencio.
 — Una profesional te tatuará cabello a cabello las cejas, para que recuperen su forma y tamaño original.
 — ¿Original?
 — Antes que…

Hizo una mueca que pareció abarcar todo mi rostro. No tenía que explicar mucho más. Durante los últimos años, el arco de mi ceja ha seguido el caprichoso dibujo de mi pulso torpe: Nunca he logrado encontrar la forma correcta para mi rostro, el grosor o incluso, un aspecto lo suficientemente pulcro como para que me satisfaga. Al final, como cualquier mujer sin muchos conocimientos sobre estética, termino maquillándolas de manera cuidadosa y delicada. Sin un gran resultado, debo admitir.

— No me tatuaré las cejas — anuncié escandalizada.
 — No es un tatuaje. O lo es — admitió cuando la miré incrédula — pero es algo especializado, vello a vello y que mejorará tu aspecto físico.

Mi madre suele tener una forma muy dura de criticar como luzco. Lo hace con ese desparpajo que asumo es común de todas las madres y que las pone a salvo de cualquier sensibilidad. De modo que las discusiones sobre como me visto, maquillo o peino, han sido parte de nuestras conversaciones desde que recuerde. Para mi madre, la apariencia física es de capital importancia, no importa mis impacientes protestas sobre la tiranía estética del país, la vanidad venezolana o cualquier otro argumento con el cual intente detener el caudal de consejos bienintencionados sobre cual debería ser mi aspecto. Pero sin duda, esta nueva táctica — el regalo inevitable — es por completo nueva. Sacudí la cabeza, alarmada.

— Ni pienses me haré algún tratamiento facial sin conocer hasta el último detalle — anuncié con nerviosismo. Mi madre puso los ojos en blanco.
 — Lo suponía. Hablaremos con la doctora antes.

La doctora resultó ser una mujer encantadora que escuchó mis dudas y reclamos con mucha más paciencia que mi madre. Le expliqué que me negaba en redondo a tatuarme las cejas — no es un tatuaje, es imitar los vellos naturales perdidos, me aclaró — , mi temor a parecer algún tipo de criatura alienígena — se verán suaves y naturales, me aseguró — y al final, mi desconcierto por la necesidad de algo semejante. Mi madre apretó los labios furiosa, pero en apariencia conteniendo la miríada de comentarios que se le vinieron a la cabeza en consideración al lugar en que nos encontrábamos. La doctora sonrió.

— Esa es una buena pregunta que casi ninguna paciente hace — admitió — y debería hacerla.

Resueltas las dudas — y sobre todo, luego que la doctora me asegurara en todas las formas posibles que no sentiría dolor — decidí someterme al tratamiento, que por otra parte no es del todo permanente. Con suerte, la micropigmentación durará un año o un poco más, después de lo cual, el pigmento desaparecerá dejando a mis cejas con su aspecto desordenado habitual. Pero para entonces “desearé repetir el tratamiento lo antes posible” me aseguró la doctora.

— Ya veremos.
 — ¿Y mi otra pregunta?
 — Te la respondo mientras trabajo.

En sí, la micropigmentación es un proceso indoloro pero laborioso. Tal y como me había explicado la doctora, se trata de tatuar con una aguja de pigmento casi milimétrica, cada vello perdido que pueda afectar la forma y grosor de mis cejas. Inclinada hacia mi rostro, la doctora tenía una expresión concentrada y cuidadosa que me agradó.

— En Venezuela, las mujeres compiten de manera muy dura y desleal entre sí — dijo de pronto la doctora — esa es la respuesta a la necesidad de este tratamiento y tantos otros. Nuestra cultura te convence desde muy niña que debes ser la mejor versión de ti misma y eso incluye, el aspecto físico.

Nada que me sorprenda, pienso mientras siento la presión de la aguja en la piel — por ahora nada de dolor — y el olor de la tinta médica. Le cuento a la doctora sobre mi constante análisis sobre el comportamiento de la mujer latinoamericana y sobre todo, la percepción de la belleza como un arma de enfrentamiento. Suspira, con cierta tristeza.

— Nada más cierto — me dice — aquí me vienen mujeres a que, literalmente, las haga “más bellas” para triunfar. Es algo duro, cuando te llega aquí una abogada, una contadora, una arquitecta y te dice que debe verse “divina” para lograr que le presten atención en la escala administrativa. Que sólo así podrá obtener el sueldo, el lugar que aspira.

No digo nada. Pero recuerdo todas las veces en que mis amigas más queridas han debatido sobre las normas de vestir y de apariencia en las oficinas en las que trabajan. En las insinuaciones, críticas y comentarios que han recibido de jefes y compañeros. Mi madre, ejecutiva de una empresa transnacional, se mueve inquieta en la silla.

— No se trata de eso. Eres lo que muestras — me dice.
 — Eso es un prejuicio.
 — En Venezuela es una realidad — insiste.

La doctora sacude la cabeza. El proceso continúa y comienzo a sentir dolor. Pequeñas puntaditas sobre la piel, rápidas como para que no me produzcan incomodidad, pero evidentes como para que me pongan nerviosa. Intento soportar con cierta dignidad la eventualidad.

— A lo que se refiere la doctora, es al tema que el triunfo social dependa de la belleza — aclaro — eso es cuando menos…perturbador.
 — Y es de un nivel de exigencia imposible — añade la doctora. Detrás del tapabocas, frunce el entrecejo — lo es, porque en Venezuela, la cultura de la Miss es un requisito invisible. Te pesa, lo llevas a todas partes, aunque no lo sepas. Me llegan mujeres de diecisiete años pidiendo una inyección de Botox porque tienen “una arruguita” entre las cejas. O exigiendo tratamientos para “reafirmar la piel” cuando aún tienen las mejillas llenas de acné. Todo eso es peligroso y síntoma de algo más complicado.

Me recorre un escalofrío. Pienso en mi aspecto a los diecisiete años. Una niña mujer de cabello alborotado, cutis enrojecido y cuerpo flaco. Recuerdo la presión de mis compañeras de clases, la sensación de ser inadecuada, de encontrarme en el lugar incorrecto. ¿De haber existido una solución cosmética a la incomodidad la habría probado? ¿La habría…?

— En Venezuela, se educa a la mujer para ser contrincante, no cómplice — dice la doctora de pronto — y eso, es parte de la cultura. Lo demás es consecuencia.

Una de mis amigas, suele decir que no hay un crítico más feroz y encarnizado que una mujer y mucho más si se trata de escudriñar el comportamiento y el aspecto de otra. Recuerdo la idea mientras leo los comentarios que provocó en mi front page de Facebook una imagen en la que se puede leer “Necesitamos muchas más brujas rebeldes que princesas aburridas”. La frase provocó un inmediato debate en el que la mayoría de los comentarios se burlaban de las mujeres que preferían el color rosa, llevar maquillaje y usar vestido y en el que se dejó muy claro que una mujer que disfrutara de la imagen tradicional de lo femenino merecía ser atacada y menospreciada. No se trató solo de un tipo de crítica despiadada y burlona, sino de un virtual linchamiento público: de pronto, las casi doscientas opiniones parecían coincidir de manera muy directa en que “una mujer moderna” debe atenerse a cierto comportamiento y aspecto para ser aceptada, respetada e incluso disfrutar de cierta consideración pública. Una insistente ridiculización hacia una percepción de lo femenino que la mayoría de quienes participaban en la discusión, consideraban anticuado e incluso inaceptable. Lo más sorprendente fue el ataque hacia la mujer que toma una decisión concreta sobre su aspecto y comportamiento. Una nueva forma de control de sorprendente virulencia

No obstante, lo más preocupante del tema no fue el ataque burlón e irrespetuoso contra la mujer que toma decisiones específicas sobre su aspecto físico y comportamiento, sino que la mayoría de los comentarios provinieron de otras mujeres. Me entristeció la saña, la violencia y agresividad no solo de las críticas, sino el pensamiento que toda mujer debe soportar este tipo de ataque con una enorme frecuencia. Como si se tratara de una condición inevitable, la colección de opiniones mal intenciones y en su gran mayoría destructivas, me dejó claro que la mujer de nuestra época aún no se libera del impulso de menospreciar y criticar el comportamiento de otras.

La anécdota me hace recordar los estudios de Tracy Vaillancourt y Aanchal Sharma, psicólogas de la Universidad de Ottawa que llevaron a cabo un experimento sobre la amistad entre mujeres que llegó a conclusiones perturbadoras. Las científicas reclutaron dos grupos de mujeres en los primeros años sobre la veintena a las que se les explicó que participarían en un experimento sobre “la amistad y la fraternidad”. Se estimuló las conversaciones entre los grupos por varias horas hasta que, por último, fueron interrumpidas por una mujer joven y bella. Una de ellas vestía de manera conservadora, mientras la otra llevaba ropa provocativa. Las reacciones entre ambos grupos fueron contradictorias y sorprendentes: mientras la mayoría de las mujeres del primero aceptaron con amabilidad a la recién llegada de aspecto sobrio, el que debió interactuar con la mujer de atuendo provocativo reaccionó con mal humor y malestar. Se trató de una reacción visceral y casi espontánea, a la que ninguna de las participantes en la investigación pudo darle nombre o definir. Para ambas investigadoras, el hecho demostró los alcances de las reacciones inconscientes entre mujeres, fruto de la educación, la cultura y el entorno de las que muy pocas veces somos conscientes.

La doctora acaba con la primera ceja y me permite mirarme en el espejo. Entre la piel inflamada y enrojecida, la ceja tiene un aspecto impecable y casi natural. Ella sonríe cuando observo mi reflejo con una rara atención desconcertada. Tengo la impresión que no reconozco a la mujer en el espejo, que no tengo idea de quién se trata, con su mirada sorprendida y su mueca de tensión ansiosa.

— Se ve bien ¿No es así?

En realidad no sé como se ve. El marco de la ceja añade interés a mi ojo y como fotógrafa, sé que el cambio visual será evidente y agraciado. Pero la mera idea que un detalle tan insustancial pueda tener relación inmediata con mi autoestima, me abruma un poco. Porque así sucede ¿No? ¿Cuántas mujeres no se mirarán en este mismo espejo y pensarán en el alivio de ser hermosas? ¿En la importancia de ese renacer de imagen e identidad que dota un procedimiento cosmético sencillo? Eso es bueno, claro, pero ¿que tanto dependemos de esa idea de la belleza? Recuerdo que en una ocasión, una conocida me dijo que se sometería a una cirugía estética para “demostrar lo que había debajo de las arrugas prematuras”. ¿Demostrarlo a quien? pensé con un sobresalto en esa oportunidad. ¿Qué nos obliga a insistir en esa mirada sobre lo bello y lo feo? ¿De esa percepción sobre el aspecto físico como una herramienta para la rivalidad?

La doctora comienza con el proceso en la ceja izquierda. Por algún motivo, ahora siento dolor desde el principio pero no digo nada. En realidad, se trata de una sensación dolorosa. Una rara asimilación de mi cuerpo transformándose. Una vez leí que los guerreros mayas se tatuaban el cuerpo a fuego vivo porque el sufrimiento de la carne quemada les recordaba el valor y el sentido de la vida. Por supuesto, los ligeros piquetes de la aguja ni se comparan a una monumental quemadura, pero tiene su sentido. Las mujeres de todo el mundo se someten a diario a todo tipo de operaciones y procedimientos médicos en busca del ideal de belleza. De lo hermoso como expresión de un yo caótico que poco o nada tiene que ver con las sesudas consideraciones sobre lo estético que llenan la literatura Universal. Ser hermoso en nuestra época es un requisito. Un deber. Un obligación. Una batalla silenciosa. Mi madre suele decir que no se es hermosa para los hombres, sino para impresionar a otras mujeres. Suelta una carcajada cuando lo digo en voz alta en el consultorio.

— Es así — dice con toda tranquilidad — la mayoría de las mujeres luchan por ser más atractivas que las otras. No por llamar la atención de nadie.

¿Por qué compiten las mujeres entre sí? No se trata de un cuestionamiento que tenga una respuesta sencilla: por siglos, las mujeres han sido alentadas a enfrentarse para lograr satisfacer los restringidos patrones sociales que intentan — sin lograrlo nunca — definirla. Una batalla silenciosa que convierte las relaciones femeninas en un ambiguo campo de batalla. Mujeres que critican el aspecto físico de otras mujeres, su conducta, su forma de comportarse, su libertad sexual, incluso decisiones privadas como la maternidad y su capacidad reproductiva. Mujeres que menosprecian, estigmatizan y agreden a otras mujeres en busca de revalorizar su propia autoestima. Se trata de un hábito tan antiguo como pernicioso y que la mayoría de las veces resulta inevitable.

Tal vez por ese motivo, la palabra “sororidad” se ha hecho cada vez más común e insistente en la forma en cómo comprendemos las complejas relaciones entre mujeres de nuestra época. Se trata de un término discreto, que muy pocas veces se analiza a cabalidad, pero que define un nuevo tipo de comportamiento femenino: el de la confraternidad de género. Una nueva forma de expresión de la amistad y las relaciones personales entre mujeres, basadas en un tipo de solidaridad y fortaleza intelectual desconocido en nuestra cultura. Una hermandad entre mujeres que se perciben en posición de igualdad y respeto, gracias a la cual la agresión insistente se minimiza y se convierte quizás en una percepción más saludable sobre nuestra identidad. No hay bandos ni competencia, sino una comprensión de la mujer — y más allá, el conglomerado de mujeres — como una expresión de profunda inteligencia intelectual y emocional.

No es una idea nueva: el feminismo promueve la sororidad desde hace más de cuarenta años, con la intención de crear nuevos patrones de conducta en los que la habitual competencia encarnizada entre mujeres — que nuestra cultura promueve como una forma de comprender lo femenino — se convierta en una percepción emocional mucho más poderosa. Según la escritora y política Marcela Lagarde, la hermandad entre mujeres es una forma de rechazo a la percepción de la mujer objeto, que debe competir por la atención y la consideración de quienes le rodean como una forma de convalidación personal. Para Lagarde, la sororidad brinda a la mujer un nuevo tipo de experiencia con respecto a su percepción de género e incluso como se comprende a sí misma.

¿Qué mujer no ha tenido que lidiar con ataques sutiles — pero no por eso menos agresivos — de otras mujeres en medio de relaciones interpersonales contaminadas por un tipo de enfrentamiento confuso? Sobre todo en nuestra época, donde el aspecto físico y los códigos estéticos se transforman en expresiones de triunfo y éxito personal, el ataque entre mujeres se hace más notorio y violento. Mucho más aún en países como Venezuela, en el que el triunfo social de una mujer se percibe a través de la belleza física y la admiración masculina que pueda despertar. Un tipo de conductas que esconden una profunda hostilidad que resulta difícil de interpretar y lo que provoca que la mujer deba luchar — sin armas y casi siempre a ciegas — contra ataques y el menosprecio de quienes le rodean. Como si eso no fuera suficiente, a la mujer occidental se le exige calzar en un tipo de estereotipo que niega su capacidad para expresar emociones, por lo que la competencia y la violencia emocional se convierten en conflictos solapados de enorme complejidad. Los rumores, chismes, la manipulación emocional como una forma de ataque se convierten en parte de una compleja estructura de ataque y violencia que toda mujer ha sufrido en algún momento de su vida, ya sea como testigo, víctima e incluso como agresora.

A la mujer se le ha enseñado que el valor personal depende del aprecio de la pareja y de quienes le rodean por encima de sus iguales, lo que hace que la rivalidad se convierta en una noción específica sobre la autovaloración y la autoestima. Lo enfrenta en todas partes: en la casa y en la oficina, en las relaciones de pareja y profesionales, entre amigas e incluso entre desconocidas. El señalamiento e infravaloración hacia otra mujer es no solo moneda común, sino también una forma de control tan común que apenas reparamos en su existencia. Y está en todas partes, forma parte de lo que somos como sociedad. El pensamiento me enfurece y después, me deja entristecida de una manera difícil de explicar.

Finalmente, la doctora termina con el laborioso proceso. Han transcurrido casi cuatro horas desde que todo comenzó y cuando me miro al espejo, me sorprende el resultado. Realmente tengo buen aspecto. Las cejas tienen un aspecto natural, abundante y juvenil. Incluso mi expresión ceñuda parece más relajada. La doctora me aprieta el hombro con amabilidad y se quita el tapabocas. Está sonriendo con cierta satisfacción.

— ¿Satisfecha?
 — La verdad, sí.

Mi madre me mira con una de sus típicas miradas críticas. Pero en esta ocasión, sonríe también. Me acaricia la mejilla y sale del consultorio junto a la doctora. Y en esos instantes a solas, pienso en los rituales de esta nueva era donde la belleza es un mirada al abismo, una confrontación directa. Una forma de enfrentamiento privado en la que la necesidad de entablar relaciones femeninas saludables se hace parte no solo de un objetivo común, sino también parte de una expresión mucho más empática sobre lo que lo femenino puede ser. Una percepción en la que la solidaridad, la comprensión y la noción sobre el respeto mutuo sea una forma de comprendernos unas y otras. Una nueva percepción sobre la feminidad.

lunes, 7 de enero de 2019

Crónicas de la Nerd Entusiasta: Los principales símbolos de la cultura pop a los que le diremos adiós en el 2019




La cultura pop cambia año tras año y con ella, la mayoría de sus símbolos. Además, se trata de una reinvención necesaria: cada década, cada ruptura histórica, cada evento colectivo crea sus propios íconos y además, su forma de interpretarlos. La emblemas de cultura popular son de hecho, vitrinas de su época y lo son, casi de manera involuntaria: La evolución de la mayoría de ellos refleja el paso del tiempo y el poder del constructor social para transformar sus propios cimientos en algo por completo nuevo. Las celebridades, cantantes, incluso personajes de la pantalla grande y chica, crean una percepción sobre la tendencia firmemente vinculada al mundo como un gran escenario mimético. El cine y la televisión — los grandes espejos convexos en los que el mundo se observa atentamente — reflejan la transformación de la masa pero también, la convicción de esa gran psiquis colectiva en su evolución. Una reflexión que se abre espacio en lugares inusitados de nuestra memoria histórica.

Por ese motivo, el final de algunas series, películas y sagas simbolizan también el fin de épocas y grandes nociones sobre el espectáculo. En el 2019, muchas de las grandes símbolos de la última década llegan a su final — series que tendrán su última temporada, franquicias que cerrarán ciclos individuales, incluso libros que obtendrán la necesaria conclusión a sus historias — lo que será, para bien o para mal, un evento de considerable importancia a la vista de cómo se analiza la cultura popular en adelante. En una época hipercomunicada y tecnificada, los grandes eventos colectivos se convierten en hitos históricos, que para bien o para mal, elaboran una nueva versión de lo que puede concebirse como cultura de masas.

¿Y cuáles serían los grandes finales que cerrarán varias de las aventuras culturales más importantes de la última década? Los siguientes:

La última temporada de Games Of Thrones llega a HBO en Abril:
Se trata sin duda del final de una época: La serie insigne del canal por cable HBO no sólo se convirtió en emblema de la cadena, sino junto a The Wire y The Sopranos en uno de los hitos de la llamada “Edad dorada de la televisión”, que transformó los hábitos de consumo de toda una generación de televidentes. Además, la serie llega a su última temporada sin perder su capacidad para asombrar: El primer capítulo de la séptima batió récords de audiencia: 10,1 millones de espectadores en Estados Unidos, según informó hoy la edición digital de Variety. Superó en un 27% el debut de la temporada anterior en abril del año pasado, un fenómeno insólito en la televisión que demuestra que la serie continúa siendo incombustible y, sobre todo, un ícono de la nueva manera de comprender la llamada Edad de Oro de la pantalla chica.

El capítulo es además, toda una declaración de intenciones: Games of Thrones avanza no sólo hacia una posible resolución a dos temporadas de distancia sino también, hacia una reflexión sobre los elementos que convirtieron a la serie en el programa más visto de la cadena HBO. El argumento regresa sobre Arya Stark (interpretada por la actriz Maisie Williams) y elude cualquier solución sencilla a la violencia, para dejar muy claro que el regreso al tablero de poder en Westeros será un enfrentamiento sangriento y definitivo. Después, acelera el ritmo para convertir el episodio número 61 en una glorificación de las virtudes que han hecho a Games of Thrones un rotundo éxito de audiencia y de crítica. La mezcla de fantasía, leyenda y realismo es cada vez más evidente: Los caminos plagados de peligros, los extraordinarios castillos polvorientos y los conflictos de poder convertidos en nociones sobre la supervivencia, adquieren en una desconocida profundidad.

Desde la Reina Cersei Lannister caminando sobre el mapa de un mundo cercenado por sus enemigos hasta la llegada de una firme Daenerys Targaryen a Dragonstone, la trama de la penúltima temporada de Games of Thrones parece añadir un valor agregado al simbolismo. Se trata de un recurso habitual en las novelas de George RR Martin, en las que los pequeños hechos están destinados a sostener historias más profundas y complejas. En la séptima temporada la visión sobre el pasado, el presente y sus consecuencias en el futuro se mezclan en una apoteosis metafórica de enorme valor argumental. Con una escena de apertura extraordinaria y una visión casi cinematográfica de la narración, la historia del imaginario Westeros atraviesa una inevitable evolución: los personajes se preparan para una batalla que cambiará a la serie para siempre. Y la trama avanza sostenida por esa noción: los guionistas se han vuelto expertos en crear un discurso de recapitulación que convierten las primeras escenas de cada capítulo en un resumen pormenorizado sobre la trama general. Para la séptima temporada, Arya Stark se convierte en el rostro de la justicia tardía y también en la promesa de una conclusión despiadada a los nudos argumentales que le rodean. Todo un acierto narrativo que sugiere una historia a punto de alcanzar su punto más complejo y cruel.

Violento sofisticado y con una lujosa factura, el show convirtió la percepción de la fantasía en anzuelo para adultos y brindó sentido al uso contemporáneo de viejas visiones universales sobre la magia y lo asombroso. Y aunque la serie maneja los elementos tradicionales de cualquier saga al uso — con sus dragones, mazmorras, enanos, monstruos, magos y profecías — la historia es mucho más que eso: refleja la oscuridad y las divisiones del mundo real con un acento político agudo y tétrico. El resultado es una visión del bien y del mal encumbrado en medio de una historia compleja y siempre sorprendente.

¿Qué podemos esperar para esta temporada, preludio del gran final? A medida que se acerca a su resolución, la serie parece dominada por personajes femeninos poderosos y un juego de lealtades y traiciones signado por la ambición personal. Quizás, el reflejo más evidente sobre los dolores y terrores que atravesará cualquiera que recorra el largo camino hacia el Trono de Hierro.

Y finalmente, The Big Bang Theory, llega a su final:
Cuando este año se anunció la temporada final de The Big Bang Theory (2007 -2019), poca gente lo lamentó. De hecho, el comentario más común en las redes sociales, fue que la serie merecía no sólo un final digno, sino que, además, que lo necesitaba al menos desde hacía tres temporadas atrás. Se trata del fin de una época: La comedia de la cadena CBS (bajo la producción de Warner Bros y Chuck Lorre) pareció brindar una necesaria bocanada de aire fresco al erosionado formato de la tradicional comedia de situación estadounidense.

En el 2019, The Big Bang Theory se despedirá siendo una de las series más vistas de la televisión. Aun así, no hay algún sitcom que parezca sustituir su ausencia. No se trata de una circunstancia reciente: en el 2015 The New York Magazine anunciaba que “la televisión sufre de una gran recesión de comedias”. Un año antes, solo 9 de los 50 programas de la televisión fueron comedias. Para el 2017, sólo la malograda Roseanne y la penúltima temporada de The Big Bang Theory formaron parte de la lista de los programas más vistos de la televisión.

Se trata de un fenómeno que podría achacarse no sólo a la pérdida de vigencia del formato televisivo, sino también al hecho que los hábitos del televidente se han transformado para siempre. Con la aparición del TIVO y sobre todo, la llegada de Netflix, HULU, Amazon Prime y Youtube Prime, el formato serializado ha debido luchar por su supervivencia contra un público que se habituó con rapidez a escoger su propia programación, a la vez que interesarse por un tipo de producto televisivo más profundo y duro. Poco a poco, la sitcom ha quedado relegado a un segundo lugar, desplazado por la telerrealidad — su otro gran enemigo — pero, sobre todo, por la exigencia de la audiencia de contenidos más complejos y duros. Con toda una generación de televidentes educadas por internet, bajo el auspicio de la televisión sin guion y con ocurrencias actuales, la dinámica de la comedia de situaciones tiene algo de caduco y de poco sustancial. Mucho más aún cuando se le compara con los dramas profundos, complejos y sustanciales que llenan la televisión en la actualidad. ¿Cómo puede competir la producción barata, los personajes canónigos y las risas enlatadas con la televisión convertida en vitrina artística por excelencia?

Tal vez para la sitcom y nos encontremos al borde de un nuevo revival. Pero con la última temporada de “The Big Bang Theory, hay un vacío evidente en lo que al formato se refiere. El posible renacimiento luce aún lejano y lo que es peor, más relacionado con la posibilidad de su explotación que de su calidad. Una esperanza lamentable para lo que una vez fue el centro de la televisión como medio de diversión y entretenimiento.

El fin del Universo Marvel como lo conocemos:
En la actualidad, el cine de Superhéroes se enfrenta al peligroso riesgo de perder el interés del público en el género, un fenómeno que se anuncia desde hace más de dos años y que aún, continúa sin suceder. Luego del resonante éxito de Avengers: Infinity War (Hermanos Russo — 2018) y sobre todo, sus consecuencias sobre el Universo cinematográfico Marvel, la gran preocupación a nivel general es cuanto pudo haber afectado la violenta e imprevisible conclusión de la más grande de las películas de la franquicia a las venideras historias.

Sin duda, es un movimiento calculado: la llegada del espectáculo de masas que promete ser Avengers Endgame promete además de un final apoteósico a la tercera fase del Universo cinematográfico Marvel y una puerta abierta, hacia la cuarta, cuyo primeros esbozos comenzarán a mostrarse en la venidera Capitan Marvel, a estrenarse el ocho de Marzo del 2019. Una forma inteligente de utilizar al nuevo personaje icónico de la casa de las ideas como bisagra necesaria entre las Superproducciones de ruptura y algo por completo nuevo. Por supuesto, luego de casi diez años de películas de superhéroes, el fenómeno comienza a desgastarse y Marvel intenta evitarlo con decisiones arriesgadas: Ya lo hizo cuando llevó a la pantalla grande al Doctor Strange, uno de sus héroes menos conocidos. Uno además, tan insólito y exótico que sigue sorprendiendo al mundo lector cuarenta años de su primera publicación. El Doctor Strange llegó a su aventura fílmica con toda su capacidad para el asombro intacta y además, demostrando que la factoría Marvel todavía tiene mucho que mostrar, a pesar de las dudas al respecto. El éxito fue inmediato y dejó claro que el Universo Marvelita continuaba teniendo toda una variedad de estrategias para mantener el interés del público intacto, a pesar de la laboriosa empresa de llevar películas individuales y a la vez, culminar con éxito la saga Avengers, su más ambicioso proyecto. Con Avengers Endgame Marvel intenta llevar al límite su habitual puesta en escena espectacular y atención al argumento, que han llevado a las películas de la casa a un resonante éxito de taquilla durante toda la última década. Kevin Feige toma la decisión correcta y apuesta por construir un discurso que no sólo sostenga esa aparente superficialidad del superhéroe sino que además funcione como una forma de comprender el extrañísimo universo en que los personaje se encuentran. En cada una de las películas de la franquicia Avengers hay una verdadera y atractiva conexión entre el camino del héroe y además, una potente percepción sobre el individuo que convierten a la propuesta entera en el acontecimiento cinematográfico más importante de los último veinte años.

Se espera que para Endgame Marvel analice con mayor propiedad la mitología más profunda del Universo creado por la editorial y sus implicaciones. Hasta ahora, los hermanos Russo han tenido el buen pulso y elegancia, para que nada parezca demasiado pesado o complejo, a pesar de los ocasionales baches de guión. En conjunto, la saga Avengers tiene una particular sensibilidad e inteligencia que la convierte en una rareza cinematográfica dentro de su género. Con Endgame no sólo se trata del final de una forma de hacer cine sino de una concepción sobre la conciencia colectiva sobre el heroísmo, una que además encontró en el cine un mapa mucho más amplio y poderoso para crear. Y que Marvel está dispuesta a aprovechar hasta el último plano.

Gotham llega a su final y por primera vez, veremos la transformación de Bruce Wayne en Batman (al menos, en televisión)
Con ochenta y ocho capítulos a cuestas, la serie Gotham (Warner, 2014–2019) de Bruno Heller culmina llevando a cabo el peculiar camino del héroe de Batman, que sin ser en esta ocasión el personaje central de la serie, se convirtió en el motor del argumento de la historia. Para los guionistas, la transformación del jovencísimo Bruce Wayne (David Mazouz) en Batman, ha sido uno de los elementos más interesantes a desarrollar, a la vez de mostrar la lenta evolución de los villanos a su alrededor. El resultado es una extrañísima visión sobre la conocida historia del héroe de Gotham, que recorre su adolescencia y primera juventud desde la mirada atenta del por entonces recluta Jim Gordon (Ben McKenzie). Y aunque la serie no la tuvo todas consigo en crítica o en audiencia, si fue una muestra inteligente del desarrollo de una historia competente que logró dotar al mito del superhéroe enmascarado de una nueva dimensión.

En más de una ocasión, Bruno Heller comentó que su percepción sobre Batman, pero sobre todo El Guasón (personaje ambiguo y aún sin nombre o identificación clara en la serie) se basaba en el trabajo de Alan Moore. La interpretación de un universo donde Batman es un héroe en formación y la caótica Gotham, la ciudad más importante del mundo — quizás después de la brillante y limpia Metrópolis — necesitaba una mirada mucho más profunda que la que podía encontrar en las películas y series que hasta ahora habían mostrado la vida del justiciero enmascarado. De modo que Heller — convencido de la importancia de comprender la figura del héroe a través de sus obsesiones y luchas — creó un Batman adolescente, traumatizado y lleno de necesidad de venganza a la medida de un posible Guasón (Cameron Monaghan) roto por la violencia, pero a la vez, consciente del poder del mal como forma de rebeldía. Heller logró crear un paralelismo inmediato entre el héroe de Gotham y su villano más temible. De la misma manera que Batman, El Guasón sufre una tragedia inimaginable, alineación y violencia, pero al contrario de su némesis, establece la idea del mal como contradicción al miedo y al horror con que debe enfrentarse. Para Heller, tanto Batman como el Guasón son expresiones del mismo horror, de la misma visión deformada sobre el miedo pero sobre todo, del heroísmo y la crueldad comprendidos como dos elementos alienados que crean algo mucho mayor: Un caos sin reglas o respuestas. El existencialismo absoluto. Batman y el Guasón padecen del mismo tipo de locura, sólo que una resulta “benigna” o al menos, aceptable para una sociedad ególatra y despiadada que admite al monstruo — cualquiera sea su rostro — como una percepción de sí misma.

La serie se despide sin haberse convertido en el fenómeno de masas que prometía ser, pero atravesando quizás su fase más oscura y profunda: Bruce Wayne deja a un lado los debates éticos y se sume en la noción de la venganza, al mismo tiempo que Jim Gordon deben replantearse su sentido del bien y el mal. Batman — como discurso y como elemento simbólico — se opone a toda esa visión milimétrica sobre lo moral. Y el Guasón, lo hace aún más. Heller logra integrar ambas ideas y sobrepasa la limitada visión de la serie sobre la personalidad del hombre y el monstruo. Batman no es exactamente bueno y no necesita serlo. Gracias a esa pequeña disyuntiva, el mito del hombre murciélago de Heller alcanza un nuevo sentido del valor y el principio intelectual sobre lo que consideramos ético o no. El Guasón criminal y asesino, también forma parte de cierta idea sobre el mal a mitad de camino de lo comprensible y lo repudiable. Dos rostros de una misma idea que jamás llegan a completarse. Quizás el triunfo de una serie discreta pero muy consciente de su origen intelectual.

Nos despedimos de Pennywise (quizás)
El libro “It” es quizás una de las obras de Stephen King que retratan con más claridad el mal originario que para el escritor sustenta el miedo en todas sus formas. Y es Pennywise, esa criatura en apariencia sin forma — o que se transforma a medida que el mal avanza y se transforma en una identidad concreta — la manifestación más clara de esa idea del miedo como reflejo de nuestra propia oscuridad. Una percepción sobre lo que nos produce terror que tiene una relación directa no sólo con la manera como asumimos lo que nos asusta — y sus relaciones e influencias con el mundo que nos rodea — sino algo más inquietante y cercano. El mal y el miedo como partes de un mecanismo eficiente para recrear lo peor de lo que somos.

Con la versión cinematográfica de “It” a cargo del director Andrés Muschietti, la habitual Monster movie encontró una revisión a la medida no sólo del texto original, sino además una meditada concepción del mal en estado puro. Con la forma de un payaso de feria y la dialéctica de una criatura milenaria, El Pennywise cinematográfico mutila, destroza, tortura y es un asesino despiadado a la vez, que una criatura sobrenatural sin explicación clara. Para Andrés Muschietti, Pennywise encarna una pérdida de identidad progresiva que analiza la concepción que tenemos sobre la seguridad que brinda el mundo moderno. No todo es tan brillante y evidente en nuestra época de avances tecnológicos y en la cual la seguridad personal parece estar asegurada como un derecho esencial. El asesinato, la crueldad, el dolor inevitable aún parecen formar parte del mundo a la periferia, de esa percepción sobre la realidad casi invisible en medio del brillante mundo moderno.

Para su segundo capítulo, Pennywise tendrá que enfrentarse al mundo adulto. Una conexión directa con los temores subconscientes que atraviesan la percepción del bien y el mal como algo más que un aparente juego de espejos. Con Pennywise — que se reconoce a sí mismo como el horror último y no duda en disfrutar de esa maldad sin matices — la monster movie alcanza un nuevo paradigma de lo terrorífico que se manifiesta en un esplendor casi cósmico por su poder para evocar las raíces de la imaginación convertida en horror.

En el libro “Pop Culture Now! A Geek Art Anthology”, el escritor Thomas Olivri asegura que la cultura popular es una expresión “camaleónica” sobre el espíritu creador humano, sino además, “su ilimitada capacidad para trascender los precisos límites de la imaginación que la razón marca”. ¿Quienes somos y quiénes queremos ser? Quizás sólo la cultura popular, en toda su vastedad inabarcable, sea la única respuesta a eso. O al menos, me gusta pensar que así puede ser.