miércoles, 20 de junio de 2018

Crónica de la ciudadana preocupada: Venezuela sin rostro, el Venezolano sin país.





De niña, creí que el Ávila — la montaña que rodea a Caracas, la ciudad en la que vivo — era el mar. Lo creía con esa convicción de la infancia: Imaginaba que se trataba de una gran ola de vegetación verde, que se alzaba sobre la ciudad y luego, se quedaba petrificada, inmóvil en mitad de un paisaje imposible. Como buena caraqueña — y ya lo era desde esa edad — sentía una conexión asombrosa con esa enorme mole que rodeaba a la ciudad como un muro de contención hacia otro mundo. Una mirada asombrada hacia la tierra y el cielo más allá, convertidos en una sola cosa.

— Todo caraqueño se enamora de manera muy cursi del Ávila — me dijo una vez uno de mis primos, descreído y cínico — es como una etapa que atraviesan todos alguna vez. Pero es sólo una montaña. ¡Y ni siquiera es bonita!

Ah, ¡Como me enfureció esa frase malintencionada! Tuvimos una de esas discusiones de adolescentes que terminan en empujones y patadas, gritos y por último, groserías y acusaciones mutuas. Al final, odié a mi primo por meses, no sólo por insultar a la montaña sino por hacerme sentir…cursi. Porque la verdad era que ese enamoramiento sin sentido ni forma con el Ávila, era algo profundo y verdadero. Una conexión real no sólo con el país sino con mi ciudad. Esa que podía inspirar, asustar e incluso sorprender. Todo a la vez. Recuerdo que lloré un poco al comprender que sí, que el Ávila no era otra cosa que una montaña, una entre miles, sin otro encanto que ser nuestra — mía, me repetía secretamente — , que formar parte de mi paisaje cotidiano. De definir un poco mi identidad como habitante de una ciudad extravagante, dura y bella. O así lo pensé, con la deliberada ternura de la adolescencia, con esa necesidad de elaborar todo tipo de ideas románticas sobre el mundo. El Ávila era el Ávila. Y su belleza tenía significado. O yo quería que lo tuviera.

Una forma de llamarme Venezolana, quizás.

Recordé la anécdota -quizás no la olvidé del todo — hace unos días, cuando uno de mis amigo de toda la vida me dijo que luego de emigrar, descubrió que detestaba ser Venezolano. Fue la frase exacta que utilizó. “Lo detesto” dijo con una firmeza y una desapasionada dureza que me dejó aturdida. Me quedé sin saber que decir, mirando su rostro en la pantallita del Skype con una vaga sensación de alarma y amargura.

— Eso es…un pensamiento durísimo.
 — Es la verdad. Te basta salir del país para entender lo miserable que somos.
Parpadee, con un nudo de miedo y furia en la garganta. Mi amigo pareció notar mi incomodidad y comenzó a sacudir la cabeza en un gesto comprensivo.
 — Se que no me entiendes.
 — Lo que no entiendo, es esa noción sobre el país desastre y el país caos que implica el gentilicio, tu historia, lo que eres. No es que niegue lo que está pasando aquí, jamás lo hago. Pero lo que me dices es algo más.
 — ¿Eres más nacionalista de lo que creías?

La pregunta me enfurece y a la vez, me hace sentir desalentada. Una rara mezcla de sentimientos que tiene una directa relación con la manera como aún comprendo el país y sobre todo, la forma en que lo vivo y lucho por evitar que la amargura, sea el único sentimiento que me conecte a mi identidad como Venezolana. Siento una diáfana sensación de angustia al pensar que Venezuela, el país donde nací y crecí, se haya convertido en una especie de símbolo del dolor, la frustración y decepción que la mayoría de los Venezolanos padecemos. Como si el gentilicio — esa abstracción confusa y personal que nos define como parte de una idea más amplia del lugar que consideramos nuestro — también estuviera roto y perdido, como otras tanta cosas que podían definir nuestra identidad. Tal vez lo esté, pienso con nerviosismo. Quizás el ser Venezolano dejó de ser una idea sobre quienes somos para convertirse en algo más parecido a un temor, al reflejo de todas las pequeñas desgracias que llevamos a cuestas.

— No se trata de nacionalismo alguno — le digo — sino del hecho que la mezcla entre la crisis que vivimos y la manera como nos percibimos me parece una mezcla injusta. Un extremo que nos hace desdeñar todo lo que Venezuela puede ser más allá de la crisis que padecemos. A eso me refiero.

— Somos esta crisis — me dice mi amigo casi con resignación — ¿No lo ves? no sólo se trata de un sistema político que resultó ser una estafa histórica, sino que además, hay una resignación general, una aceptación de lo que ocurre que tiene una relación directa con lo que lo Venezuela es y se ha convertido durante los últimos años. No me digas ahora que el Venezolano no tiene responsabilidad en esta crisis. Que no ha sido su desidia, irresponsabilidad, indiferencia lo que llevaron al país al abismo donde está. ¡No se puede ser tan inocente!

No lo soy. Pero las cosas se perciben desde un cariz distinto cuando la crisis forma parte de tu día a día. Ya sea por el miedo que llevas a todas partes, la insistente sensación de frustración e indefensión, no es fácil comprender los alcances de la situación general del país mientras debes lidiar con ella. No obstante, la idea de ser responsable de lo que vivimos por el mero de hecho de no saber cómo enfrentarla me parece escandalosa. Sí, asumo que quizás no tengo una visión concreta y muy elaborada del monstruo político y económico que enfrentamos. Asumo que hay una mirada en ocasiones escapista, incluso simple sobre la situación cada vez más compleja que enfrentamos. Pero hay una diferencia entre esa percepción de lo que vivimos — y como nos afecta — y el hecho que esa percepción sobre lo que sufrimos destroce todo lo demás. Nos arrebate incluso la memoria histórica.

— Venezuela era un caldo de cultivo ideal para que un tipo como Chávez hiciera justamente lo que hizo — insiste mi amigo — ¿No lo ves? Chávez tomó el resentimiento social, la envidia y la desidia Venezolana y la convirtió en arma política. Está bien odiar, está bien señalar y estigmatizar al otro. El chavismo tomó al odio y lo hizo redituable.

Mi amigo emigró del país hace diez años, huyendo de la mera posibilidad de lo que el chavismo podía hacer. Por entonces, el país aún mantenía una cierta normalidad, una engañosa apariencia de democracia perfectible. Pero ya era bastante claro que las decisiones de un líder carismático e irresponsable nos conducían a la crisis devastadora que diez años después, copa todos los espacios. Recuerdo la última conversación que tuvimos antes que abandonara el país, el miedo que tenía de la mera idea de lo que un sistema fallido basado en el control podía hacer. Y mucho más preocupante aún, lo que podía significar que buena parte de la población diera su voto sincero y sucesivo a una cúpula política obsesionada con construir un planteamiento político sobre las cenizas del país.

— El comunismo no perdona a nadie — me había dicho — y en Venezuela, mucho menos. El Venezolano está cavando su propia tumba, su propia interpretación del socialismo estatista. Y lo hace gracias a su manera de comprender el país como proyecto.

Tendría que transcurrir una década y media para que comprendiera esa frase. Para asumir sus alcances y padecer las consecuencias directas de un proyecto político cuyo principal objetivo es el control del Estado de cada parte de la vida ciudadana. Una autocracia basada en el odio, la exclusión y el castigo de la diferencia. Aún así, no puedo admitir que sea el país — como entidad y visión de futuro — sea el “culpable” de una situación insostenible. Que la decepción histórica del chavismo se traduzca en un ataque hacia lo que Venezuela fue y es y sobre todo, lo que puede ser.

— No lo crees porque para ti es normal es la viveza tropical del Venezolano, la dependencia del estado, la vulgaridad y la chabacanería. Asumes que es inevitable que el país sea parte de esa vieja tradición asumir el poder como servilismo. Alma de esclavo, le llaman algunos analistas. Y terminé creyendo que es cierto. Hay una interpretación del país que se basa en la trampa, en el enfrentamiento y en el odio . Es inevitable y se hace cada vez peor y más preocupante. ¿Qué crees que es el chavismo sino un reflejo de lo peor de lo que somos?

Todo el razonamiento de mi amigo podría resultar insultante y prepotente a no ser por la sincera preocupación en su tono. Y es que quizás, el dilema no se base únicamente en la idea del país como un proyecto a cuatro manos, sino de ese intento fallido de asumir lo que Venezuela puede ser a través de lo que somos. Para mi amigo y tantos como él, Venezuela no es otra cosa que un ejemplo fidedigno de la ruptura de lo esencial que define a un país, de esa convivencia entre la diferencia que puede sostener una sociedad y quizás, un planteamiento cultural. ¿Qué es Venezuela ahora mismo? ¿Quienes somos los Venezolanos que sobrevivimos a esta derrota histórica? No lo sé, me digo intentando contener las lágrimas y quizás esa incertidumbre sea lo más doloroso de una situación que empeora a diario, que se hace insostenible a un nivel más radical.

— El Venezolano creó al chavismo a su imagen y semejanza, no al revés como suele creerse — concluye a mi amigo y lo hace en voz baja y pesarosa — ¿Qué es el chavismo en realidad? Es cada uno de los defectos y dolores del gentilicio traducido como política. Es el rentismo llevado a una nueva dimensión de cuota política peligrosa. Es ese clima de odio latente que el Venezolano siempre llevó como un estigma. Si el Chavismo continúa donde está es porque buena parte de los Venezolanos son incapaces de luchar contra sus propias miserias. Porque el Chavismo encarna al monstruo dentro del monstruo. A una idea muy compleja sobre cómo nos comprendemos y como asumimos el país. Venezuela era un país chavista incluso antes que Chávez existiera.

Sigo pensando en sus palabras por horas, seguramente lo haré durante semanas. Con una sensación mezcla de dolor y de miedo difícil de explicar. ¿Cómo miras e interpretas tu responsabilidad histórica cuando lo peor del país donde naciste es parte de la percepción del poder?

***
Un par de años atrás, una columnista de un diario web publicó un artículo donde criticaba la posición de la vocera política María Corina Machado con respecto a la posibilidad que el Referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro se llevaría a cabo a mediados del año 2017. En el texto, la autora además de criticar directamente la posición de Machado — lo cual es parte de la diatriba política habitual en un país en extremo polarizado — acusó a la llamada “clase media” venezolana de “malcriada” e insistió en una serie de estereotipos que no sólo estigmatiza a la población del país bajo una serie de prejuicios clasistas, sino que además, los convierte en elementos válidos para definirla. Una y otra vez, la autora del artículo insistió en toda una visión sobre la sociedad venezolana basada en la discriminación y la exclusión, pero todo en la peligrosa generalización de tópicos sociales basados en un obvio — y preocupante — resentimiento social.

El artículo se viralizó con la habitual rapidez de las redes sociales y días más tarde, uno de mis viejos profesores universitarios me habló sobre el texto mientras almorzábamos juntos en el Campus de la Universidad. Con una expresión de preocupación, me leyó algunos fragmentos en voz alta y lamentó que la sociedad venezolana continúe luchando — sin vencerlos nunca — contra un tipo de discriminación muy específica y dolorosa. Para el profesor, el artículo resume algo mucho más preocupante que el menosprecio a la identidad social de una porción considerable de la población Venezolana. Se trata de un reflejo evidente de cómo el Venezolano perpetúa viejas ideas sobre la lucha de clases y las transforma en un elemento consistente dentro de una discusión política por la alternativa del poder. Palabras, palabras menos para el profesor el hecho que aún se debata la diferencia de clases como un arma de opinión resulta sintomático de nuestra época.

— El Venezolano siempre ha sido clasista y eso nadie lo duda — me explica — pero el problema radica que ese clasismo se transformara en una disculpa para la diatriba ideológica. La autora del artículo acusa a la clase media Venezolana de “malcriada y corta de miras” y lo hace desde la presunción que esa actitud es lo que sostiene el poder. Que es ese comportamiento lo que provoca que el chavismo siga teniendo una base de electores y una militancia considerable. Un error común.

Sacudo la cabeza. Lo que más me desconcierta del artículo y la forma como se refiere a la parte de la población que quizás ha sufrido de manera más evidente la crisis política, es que la autora es una mujer de mediana edad que precisamente, forma parte de ese conglomerado abstracto y en ocasiones, tan menospreciado como lo es la clase profesional venezolana. Una mujer que además tuvo que lidiar con todos los sinsabores y diatribas de una sociedad maltrecha, exhausta y crítica como la nuestra. ¿No debería tener una visión mucho más concreta, realista y sobre todo profunda sobre el país que la que expresa en el artículo? ¿Por qué la necesidad de achacar culpas históricas a un número considerable de hombres y mujeres cuyo mayor pecado social consiste en reflejar la motilidad cultural de un país que ya no existe?
 — Somos un país adolescente que estuvo medio enamorado de la izquierda histórica por décadas — el profesor sacude la cabeza — la mayor parte de los adultos de la generación anterior a la tuya, nos consideramos “comunistas” en algún momento. Defendimos el derecho de Fidel Castro a la autodeterminación y argumentamos sobre las bondades del colectivismo. Supongo que es normal. Pero la consecuencia es esta: la infravaloración del esfuerzo individual es cosa normal. El resentimiento disfrazado de culpa social. La idea del humanismo y sensibilidad por las diferencias, envuelto en un paquete de moralismo utópico.

Unos años atrás, uno de mis compañeros de clases universitarios me insistió que era “chavista” porque “pagaba una deuda cultural” de toda una sociedad que olvidó “al buen pobre”. Cuando le pregunté el motivo por el cual consideraba que la desigualdad debía analizarse a través de la culpa y no de la responsabilidad ética — y el compromiso de restañar heridas históricas — me llamó “inocente”.

— En Venezuela nadie quiere al pobre — me explicó — todos quieren ser millonarios, derrochar, ser ostentosos. La clase media se pasa la vida aspirando a que los burgueses los acepten ¿y los pobres? que se jodan. Hay que cuidar a los pobres.

Mi amigo era el hijo único de una pareja de médicos que le obsequió un apartamento de soltero cuando cumplió la mayoría de edad. Cuando se lo recordé se enfureció. Pareció ofendido y sorprendido que no comprendiera que su necesidad de “reivindicar” lo que llamó la pobreza noble, provenía justo de ese “despilfarro”.

— ¿Cómo crees que me siento? Gente muere de hambre mientras yo tengo un automóvil último modelo y dinero para gastar a diario.

La verdad no lo sabía, pero me pregunté por qué en lugar de militar en un partido político de corte socialista, no dedicó sus esfuerzos a la búsqueda de soluciones realistas para aliviar el sufrimiento de esa pobreza que tanto le preocupaba. Parpadeó cuando se lo dije.

— Las cosas se cambian desde el fondo — terció — no desde las apariencias.
 — Me refiero en específico, a dedicar tu trabajo voluntario a planear mejor educación para los niños que lo necesitan, abrir fuentes de trabajo, luchar por una sociedad basada en el progreso y no en el control.

Mi amigo me dedicó una mirada incrédula, como si lo que le dijera contradijera no sólo su pensamiento político sino que además, le resultaran incomprensible. Comenzó a sacudir la cabeza, preocupado y desconcertado.

— Mira, no entiendes de verdad lo que es la pobreza.
 — Tu tampoco — le recordé.
 — ¡Pero soy sensible al hecho que existe! ¡La respeto! ¡Sé su valor!
 — La pobreza no es algo que deba valorarse, sino es una condición que debe evitarse — le insistí — el problema del chavismo y toda izquierda que basa su propuesta en la veneración de la carencia, es que no asume la necesidad de construir medios para que cada ciudadano pueda beneficiarse.

Recuerdo esa extraña e incómoda conversación mientras el profesor y yo caminamos por el campus soleado. A mitad del período vacacional, sólo hay unos pocos alumnos rezagados sentados aquí y allá. Una pareja almuerza en el comedor. Hay un aire de definitiva tristeza y decepción que no sé si estoy imaginando o realmente está allí.

— Es típico del “humanista” superficial hacerse preguntas genéricas sobre la desigualdad: La pobreza se asume como una condición del ser, una característica que te brinda una nobleza insuperable. Un buen salvaje aplastado y devorado por las circunstancias. El capitalismo no lo hace mejor, sin duda, percibe al individuo como una pieza. Pero entre ambas cosas, hay una enorme irresponsabilidad con proveer los medios — y reconocer la existencia de un problema — que pocas veces se reconoce y mucho menos, se acepta.

Hugo Chávez solía insistir que amaba a los pobres Venezolanos. Esa mirada en apariencia compasiva y preocupada sobre la preocupante desigualdad en Venezuela le aseguró una enorme influencia social y una definitiva, simpatía electoral que le convirtieron en un ícono y poco después, en un líder carismático más cerca del caudillismo que de la política tradicional. De hecho, varios de sus ministros insistieron de su muerte, que Chávez estaba “obsesionado” con la pobreza en Venezuela, lo que devino en la creación de toda una serie de misiones y la supuesta inversión del ingreso petrolero en el intento de mejorar las condiciones de vida de la población de Venezuela. No obstante, esa noción de Chávez sobre la pobreza no incluía el progreso social y cultural, sino la insistencia de una idea de la pobreza como un mal necesario que además, había debía dignificarse y asumirse como un elemento imprescindible para la construcción del país. Para Chávez la pobreza era una condición que debía asumirse como parte de la identidad del país y un problema el cual debía remediarse. El matiz entre ambas cosas resultó en una lucha de clases encarnizada que por último, se transformó en su mejor herramienta política.

— Por supuesto, la pobreza enmarcó el proyecto personalista de Chávez en una percepción sensible y sobre todo, un icono de la lucha de social del continente — dice mi profesor con un suspiro — y eso es justo lo que permitió crear una plataforma electoral que se mantuvo firme por casi veinte años. En medio de una bonanza económica sin precedentes, el hecho que Chávez dedicara atención mediática y propagandística a la pobreza, sin ocuparse en realidad de transformar las condiciones que la producían, creó quizás el populismo más saludable del continente.

Sacudo la cabeza, no sé que decir a eso. Recuerdo las largas discusiones que sostuve sobre la ideología que sostenía el gobierno de Hugo Chavez, la manera como el socialismo romántico de latinoamérica, perdonó su talante autocrático en un esfuerzo por ganar representatividad y visibilidad mediática. Muerto Chávez, los diferentes proyectos que se sostenían de su diatriba y la chequera de petrodólares Venezolanas, comenzaron a caer uno a uno. Un golpe de timón previsible aunque continúa resultando sorprendente por su rapidez.

— Porque el proyecto de Chávez nunca se sostuvo en otra cosa que no fuera Chávez como figura y el discurso clasista que el Venezolano compra con tanta facilidad. Aquí la mayoría de quienes analizan el mapa político Venezolano lo hacen desde la generalización y no se trata de un error histórico consciente, sino que siempre se ha hecho de esa manera. Una y otra vez, hay una predisposición en analizar al país como dos toletes. Los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los nobles y los malos. El país adolescente, sin duda.

Por supuesto, el profesor tiene razón. Estoy harta de las generalizaciones: harta de los pobres nobles, los ricos malvados, la clase media malcriada. Harta de los negros malandros, los blancos sifrinos, los rubios gringos. Harta que cada palabra que se dedique a Venezuela sea fruto de una segmentación artificial, ridícula y retrógrada. Harta de vivir al margen de todo movimiento de comprensión y tolerancia hacia el otro. Harta muy harta que se nos falte el respeto como país ecléctico, mestizo y crisol de cien etnias que somos.
Estoy harta que se celebre el insulto, la grosería y la vulgaridad. Estoy harta del viveza barata, del chauvinismo peligroso, de la falta de sentido común. Estoy harta de la superioridad moral, de la arrogancia y el sermón moral basado en el resentimiento.

Estoy harta que cada vez seamos más trozos desiguales de un mapa borroso.

Sí, sé que trata de una queja anónima, en una trinchera sin nombre. Pero a veces es imposible soportar en silencio el lento goteo de un país cada vez más venenoso.

El profesor suspira cuando me escucha decir lo anterior en voz alta. Me mira con tristeza pero sobre todo, con una enorme preocupación. Cuando me acompaña a la salida de la universidad, me pone una mano en el hombro con cariño, como solía hacer cuando era una de sus alumnas. Cuando debatir sobre el país no era un tema tan doloroso y espinoso.

— Venezuela es lo que hemos hecho de ella — comenta entonces — y es evidente que hemos fallado en muchas cosas. Pero insistir en los errores del pasado continúa siendo nuestra decisión. Y la seguimos tomando tantas veces que comienza a ser un riesgo, un peligro inevitable y una puerta cerrada hacia el futuro.

Pienso en esa idea unas horas después, sentada junto en un trasporte público y rodeada de una multitud de rostros cansados, tristes, abrumados. Los Venezolanos que sobrevivimos al diario vivir. Los Venezolanos que nos enfrentamos como podemos a una crisis histórica que nunca estuvimos preparados para afrontar. Pero que llegó y nos mostró la debilidad de una sociedad niña, de una cultura a fragmentos que no sabe cómo protegerse de una herida social e ideológica colosal.

¿Quienes sobrevivimos a la debacle? ¿quienes somos los venezolanos a la periferia? No lo sé y esas preguntas sin respuestas, quizás sean el síntoma más doloroso de todos lo que poco que hemos aprendido acerca de la situación que enfrentamos. Este fracaso como sociedad que atravesamos y este silencio social sin sentido que apenas logramos comprender.

martes, 19 de junio de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: El consentimiento y la violencia sexual.

Frame del cortometraje "Para" de Samuel Miró.



Cuando tenía catorce años, mi mejor amiga de por entonces me contó que ella y su novio habían tenido sexo. Lo hizo en voz baja, el cuerpo rígido, las manos apretadas sobre el vientre en un gesto involuntario de puro temor. Una única frase “Lo hicimos”. Sin más detalles, sin añadir otra cosa que la expresión angustiada con que me miró. La quedé sin saber que pensar. Me sobresaltó su rostro tenso y pálido. La sensación que no solamente se encontraba abrumada y sobresaltada por lo que sea que hubiese sucedido, sino que además, que algo en ella — en su identidad quizás — estaba roto y lastimado. No lo pensé en esos términos — nadie piensa de semejante forma a esa edad — pero lo que si supe es que algo grave y doloroso había ocurrido.

— ¿Y cómo fue? — pregunté por último.
 — Normal.

“Normal”. Esa fue la palabra que utilizó. A pesar de la mirada huidiza, el cuerpo enroscado con fuerza sobre sí mismo, en un gesto tenso y violento. Recuerdo que no supe que otra cosa preguntar y que de pronto, me invadió la urgencia de saber si ella se encontraba bien, si todo había transcurrido como era debido — aunque yo no supiera de qué manera podía serlo — y sobre todo, si había sido una experiencia agradable y hermosa, tal y como había soñado y fantaseado por semanas. Pero no dije nada. Con esa solidaridad del miedo, simplemente me quedé allí, en medio de un silencio lento e incómodo que pareció extenderse en todas direcciones. Al final, recuerdo que comencé a hablar sin parar, para llenar ese vacío tan doloroso como terrible y ella pareció agradecerlo, en una larga conversación sin sentido ni verdadera sustancia que de alguna manera, nos tranquilizó a ambas a medias. Pero el miedo siguió allí, muy presente, muy visible. Casi peligroso.

Dos meses después, mi amiga se suicidó. Durante todo el tiempo que transcurrió antes que muriera, perdió peso, se volvió hosca y silenciosa. Poco a poco, dejó de dirigirme la palabra, aunque jamás me explicó el motivo o al menos, nunca supe la razón por lo que lo hacía. Se aisló del resto de nuestras compañeras. Incluso dejó de asistir a la escuela, bajo la excusa de malestares poco claros y cuando lo hacía, había algo de espectral en ella, sentada al fondo del salón, cada vez más delgada, las uñas carcomidas, el cabello despeinado, el rostro tenso y flaco. Sólo una vez, me atreví a preguntarle que ocurría, que había cambiado en ella en tan poco tiempo, por qué nos apartaba a todos de su vida.

Nos encontrábamos en el patio de recreo. Levantó el rostro y me miró. Una niña, aún. Con el cabello castaño abundante, los ojos verdes muy claros y lucidos. Apretó los labios, las manos. De nuevo el cuerpo tenso alrededor de una pared invisible que la separaba de de mí y de todos. Suspiró.

— No me creerías.
 — Claro que sí.
 — Yo sé que no.

Nunca me dio la oportunidad de creerle o escuchar su versión. Después de ese día, no volvió a dirigirme la palabra. Dos meses después, estaba muerta. Uno de esos incidentes que marcan la historia de tu vida, que la abren en un antes y un después. Recuerdo que no acudí a su funeral, incapaz de enfrentarme a la idea de su muerte, de su ausencia, pero si a la casa de sus padres, para dar el pésame junto a mi madre. Y fue allí donde escuché por primera vez la palabra violación. Cuando por primera vez, alguien la dijo en voz alta, aunque no la suficiente. Su hermano la murmuró, con los diente apretados, oculto en una esquina, enfurecido, los ojos enrojecidos de llanto. Era un muchacho de dieciseis años, aturdido por la tragedia, pero sobre todo, por el miedo.

— Ese desgraciado la violó — me dijo, así sin más. No eramos amigos, solo era la amiga de su hermana. Una muchacha desconocida que quizás había visto en un par de ocasiones. Pero de las pocas que acudieron a la casa en medio de la tragedia — eso fue lo que pasó. Por eso se mató. Fue por ese desgraciado.

La palabra flotó en mi mente por semanas enteras, como una pesadilla que llevaba a todas partes. Porque yo sabía que había ocurrido y no dije nada. Porque yo había sospechado que eso era lo que mi amiga creía nadie le creería, lo que la había reducido al silencio, lo que la había llevado a la muerte, quizás. Y de pronto, la palabra tomó un sentido retorcido: porque yo conocía al novio de mi amiga, me caía bien. Nos había llevado a ambas al cine. Solía saludarme con un beso en la mejilla. Pero ese mismo muchacho desgarbado, con el rostro cubierto de acné y la sonrisa torcida, le había hecho un daño inimaginable a mi amiga, uno tan violento y definitivo que había matado una parte suya incluso antes de su muerte física. Fue la primera vez que comprendí el impacto de la violación, algo más que una palabra en un libro de texto, en una película, en conversaciones susurradas y levemente morbosas. Comprendí lo que realmente significaba un acto de violencia semejante. Sus consecuencias. El horror que podría entrañar.

Recordé la historia de mi amiga mientras miraba el corto del director Samuel Miró, titulado “Para”.“Eres un violador”. Con esa esa única y contundente frase finaliza la obra que ilustra, de manera dolorosamente directa y cruda, como la violación — como delito, como hecho de violencia — continúa siendo objeto de cuestionamiento y confusión en una sociedad que sigue estigmatizando a la víctima y justificando el agresor. La pieza es corta, durísima y está protagonizada por dos rostros habituales y conocidos del cine español: Kira Miró y Alejo Sauras, un elemento que dota al corto de una escalofriante sensación de normalidad. Cosa de todos los días. Una pareja coquetea, disfruta una primera cita placentera y finalmente, ambos terminan en la cama. Una historia simple que no lo es tanto: Porque lo realmente inquietante de la forma en que narra la historia, es el hecho básico que deja claro que aún nuestra cultura necesita debatir el hecho del abuso sexual desde una óptica menos permisiva y casi complaciente que convierte al delito sexual en una debate sobre la moral y no sobre la agresión en sí misma.

Miró no sólo creó un alegato contra la violación normalizada sino que además, lo llevó hasta las últimas consecuencias: Es la mujer quien toma la iniciativa, es la mujer la que acepta mantener relaciones sexuales, pero también es la mujer la que insiste en “Para” sin ser escuchada, la que se convierte en víctima de una durísima percepción sobre la sexualidad y el consentimiento que resulta escalofriante por sus implicaciones. En el corto “Para” hay una cierta percepción del horror invisible, el hecho que el abuso sexual es algo más que un estereotipo de violencia generalizado y convertido en una idea común en nuestra cultura.

Quizás lo más escalofriante del corto de Miró sea la mirada corriente a las relaciones modernas y la noción, que el delito de la violación — y lo que parecen ser sus matices y horrores — están supeditados a la noción del consentimiento como un concepto borroso e incluso confuso para la mayoría. Después de todo, la pieza parece resumir lo que parece ser la percepción cultural sobre la violación y la violencia sexual como hecho y delito: ¿Pudo la mujer evitar lo ocurrido? ¿Pudo provocar la situación que sufrió? En el corto, la mujer le pide al hombre que pare, ambos desnudos en la cama, sosteniendo un encuentro sexual que hasta entonces parecía consentido. “Para” repite y trata de empujarle. “Para” insiste y comienza a llorar. “Para” le suplica, pero la escena — un terrible plano secuencia que resulta por momentos insoportable de ver — parece reflejar el horror, el miedo y la angustia que la mujer padece cuando pierde el control de su cuerpo bajo la violencia. Para el director, se trató de una manera de demostrar que nuestra cultura aún no comprende en realidad el hecho de la violencia sexual como un hecho absoluto “Aunque la mujer lleve la iniciativa, como en este caso hace Kira Miró, en el momento en el que dice ‘no’ o dice ‘para’, el hombre tiene que frenar. De lo contrario, es una violación” insistió Miró al periódico El País de España. Pero lo que Miró crea como alegato es algo mucho más grave y profundo: es la mirada de la sociedad sobre la violación como una circunstancia en la que la víctima tiene algún tipo de culpabilidad sobre el crimen que sufrió o incluso, que pudo evitarlo de una u otra forma.

Porque se trata sobre el consentimiento, pienso mientras leo la encendida discusión que el corto provocó en redes sociales y como no, en las páginas en que fue publicado. Se trata de una percepción sobre los derechos de la mujer sobre su cuerpo pero también, de la manera como nuestra cultura analiza la sexualidad femenina, siempre supeditada al hombre. En el corto de Miró es la mujer quién lleva la iniciativa, es la mujer quién invita y se insinúa y es también, la que intenta detener el acto sexual. La combinación de factores parece crear una visión sobre la circunstancia temible porque añade una perspectiva distorsionada sobre el consentimiento — sus matices e implicaciones — y la violencia que puede sufrir una mujer en medio de esa concepción de la violación como un hecho que puede interpretarse desde puntos de vista ambiguos o incluso, entre matices. “Hay una confusión sobre la violación” explicó Miró, para quién el corto es una respuesta directa al veredicto contra la llamada Manada de Pamplona que dividió la opinión pública mundial sobre el abuso sexual y la manera en que se comprende la violencia contra la mujer en diversos ámbitos de nuestra cultura “Parece que solo podemos llamarlo así cuando desnudan a una mujer en la calle, la fuerzan sexualmente y la dejan tirada en una esquina. Pero hay muchas más formas y puede hacerlo tu pareja, tu amante, tu amigo o tu ligue de una noche”, añade. Una mirada sobre la violencia sexual que pocas veces se asume y que sin duda, es inquietante en toda su especulación sobre lo que en realidad es un hecho de naturaleza específica, directa y brutal.

Para el realizador se trata de una forma de asumir el riesgo del debate pero también, de profundizar sobre el hecho de la violencia sexual desde un punto de vista por completo nuevo: “Una amiga me decía que trabaja con chicas que han sufrido una violación como la del corto pero que no lo asumen ni son conscientes de que lo es”, contó Miró en una entrevista y también el hecho, que para muchas mujeres, el consentimiento parece encontrarse sesgado por una condición específica sobre el comportamiento de la mujer, como si el hecho de intercambiar besos y caricias, incluso encontrarse desnuda con un hombre, fuera suficiente justificación para un acto de violencia sexual. A palabras del director, lo más preocupante es que su corto amplificó y llevó a una nueva dimensión el análisis sobre lo que implica consentir una relación sexual. Cuenta que varias mujeres que han visto el corto, han justificado el comportamiento masculino asegurando que la mujer tomó la iniciativa y por tanto “tomó un riesgo evidente” que provocó la situación de violencia que padeció. “Me sorprende mucho que incluso chicas jóvenes piensen así. Es importante concienciar de que, aunque no nos haya pasado, puede pasarnos o podemos conocer a alguien que lo haya vivido” añade el director.

Se trata de un debate más actual que nunca: con el caso Weinstein en plena discusión pública y movimientos como #MeToo y otros semejantes debatiendo sobre la noción del consentimiento y la violencia sexual, la gran pregunta es si nuestra sociedad puede asumir el cambio y la transformación necesaria para analizar la violación desde un punto de vista mucho más profundo del que ahora lo ha hecho. Que la coacción, la presión y manipulación psicológica también son formas de agresión que se relacionan directamente con la percepción sobre el consentimiento o al menos y sin duda alguna, con la comprensión sobre la naturaleza real de lo que una violación puede ser y significar como hecho de violencia y sobre todo, como una circunstancia delictiva.

La agresión y la violencia contra la mujer violada está en todas partes y es quizás, esa idea la que Miró expone en su corto pero sin duda, también forma parte de un debate público en medio de un clima político y legal de enorme importancia sobre el tema. Sin embargo, no parece ser suficiente. Lo pienso, mientras leo las escalofriantes estadísticas sobre violación que parecen ser parte del mundo globalizado: Cada dos horas, una mujer es Violada en algún lugar del mundo. Cada veinte minutos, una mujer sufrirá acoso sexual. Cada doce horas, una mujer será golpeada y sometida algún tipo de abuso físico. Sólo el 20% denunciará la agresión. Más del 70% jamás le contará a nadie lo que ocurrió. La gran mayoría conoce a su agresor.

Lo que sugiere la anterior estadística me produce un miedo real, doloroso. Y recuerdo a mi amiga, tan joven, tan herida, tan aterrorizada. Recuerdo a su novio, un hombre cualquiera del que nunca volví a tener noticia pero como bien señala el corto de Miró, era un violador. Las leo con una profunda preocupación cuando me pregunto en voz alta si nuestra cultura no sólo propicia la violencia sexual en cualquiera de sus formas sino el silencio que las oculta, menosprecia a la víctima y las convierte en parte de esa noción que insiste en que la moral puede atenuar un crimen como la violación. Una idea que parece no sólo persistir a pesar de la evidencia y lo que es aún peor, el dolor de ese silencio inquietante que parece ser el símbolo de quien sufre una agresión semejante.

lunes, 18 de junio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todas las razones por las que deberías ver “The Incredibles 2” y disfrutar de su engañoso optimismo.



Durante toda la historia del cine, el concepto del Superhéroe se ha transformado de tantas maneras disímiles que finalmente resulta poco menos que una mezcla de valores y nociones intelectuales contradictorios. Por un lado, está la versión limpia y heroica, heredada de primitivas concepciones sobre el bien y por el otro, la más sucia y quizás retorcida, emparentada con el existencialismo moderno pero sobre todo, el temor paranoico al poder como un extremo de la racionalidad social. Por ese motivo, cuando la película “The incredibles” (Brad Bird — 2004) se estrenó, su argumento desenfadado pero sobre todo su extraña dimensión de lectura y reflexión sobre el heroísmo fue comparado de inmediato — guardando las distancias — con la historia del cómic “Watchmen” — obra fundacional de Alan Moore, publicada en el 1986 — y de la que sin duda, Bird tomó algunas ideas al momento de analizar el super heroísmo desde la pérdida de la fe, el pesimismo y la figura erosionada del héroe como parte de una degradación moral e intelectual de lo que se considera “poderoso”. Fue una jugada arriesgada: después de todo, la película tenía aires de comedia familiar y estaba dirigida a esa gran plataforma de público Pixar, que incluye desde niños en edad escolar hasta adultos, por lo que la doble lectura de su historia (que incluía un intuitivo análisis sobre el desencanto de la vida adulta, la desesperanza moderna y el dolor del desarraigo de cierta madurez espiritual) sorprendió a la crítica y al público. Pero además, era inteligentísima sátira que se burlaba de cada cliché superheroico mucho antes que el Universo Cinematográfico Marvel y su contraparte DC llegaran a la gran pantalla. La combinación convirtió la película en un éxito y además, brindó al cine animado una inédita profundidad que sorprendió por sus implicaciones. Pixar — como concepto — acababa de abrir una nueva dimensión de su propuesta sobre la animación y llevarla a un nivel por completo desconocido.

Casi quince años después, la secuela de “The Incredibles” llega en quizás el mejor y el peor momento para enfrentarse al heroísmo convertido en panacea cinematográfica y sobre todo, a un género creado a partir de la sobre explotación visual y argumental del mundo del cómic. Ya no hay nada nuevo que contar o narrar sobre el mundo de los superhéroes — quizás nunca lo hubo — pero en esta ocasión, el reto de Brad Bird — que repite en dirección y guión — es encontrar la salvedad que permita a los Parr— con toda su carga de simbolismo pendenciero — construir una historia a su medida, en medio de una época descreída, cínica y saturada del heroísmo impostado y artificial. Como símbolo, la familia superheroica tiene el objetivo de asumir la noción sobre el poder como una forma de comprender lo contemporáneo, tal y como lo hizo su predecesora. Con su peculiar capacidad para conmover y emocionar, la historia de “The Incredibles” se enfrenta a la fastuosidad de Universos enormes y complejos. Y triunfa en su extraordinaria sutileza como parte de algo más amplio y denso que cualquier otra propuesta al uso.

La película empieza justo en donde termina su predecesora, lo que permite una sensación de continuidad que se agradece pero que también, es del todo intencionada como hilo conductual de las ideas más profundas de la película. Durante la primera escena un grupo de policias riñen al Señor Increíble (con la voz de Craig T. Nelson) y a su esposa y Elastigirl (Holly Hunter), por entrometerse en medio de una situación que se encontraba “por completo controlada”. Se trata de un diálogo rápido, elemental que deja muy claro que nadie tiene muy claro el papel del héroe en una sociedad que insiste en asumir el costo de su existencia como una excentricidad menor en medio de la fauna cotidiana. Los policias parecen impacientes, cansados, un poco hastiados. Le recuerdan a los Parr la franja de destrucción que dejaron a su paso y además, que el edificio que acaban de salvar, se encuentra bajo las bondades de un cuantioso seguro. En resumen: ya los héroes no son necesarios, mucho menos indispensables. Agua pasada y reconvertida en una curiosidad pop a la que nadie presta demasiada atención. Con la misma sutileza que Moore en “Watchmen” (que vuelve a ser el referente inmediato de esta pequeña gran epopeya de lo cotidiano), el heroísmo es una rareza innecesaria, una versión de la realidad que a nadie importa demasiado. Para los primeros minutos de la película, la propuesta ya está sobre la mesa y la premisa, muy clara. Ahora sólo necesita construir algo más sólido que la mera idea sobre la heroicidad carente de verdadera utilidad.

Y la película lo hace. Con su juego de pequeñas y extrañas ironías, la película avanza entre autoreferencias — la mera mención al seguro del Banco destruido de la primera escena nos recuerda que la identidad secreta de Bob Parr, Mister Incredible solía ser empleado descontento de una aseguradora — y también, en medio de la percepción del poder como una forma de expresión lineal de una época que no comprende bien lo esencial sobre el héroe tradicional. El mundo tradicional de los Parr, creado por Brad Bird con minucioso detalle y esa plana sencillez de lo cotidiano, encuentra en “The Incredibles 2” un reflejo extravagante pero sobre todo, un aire renovado que aunque no supera a la película original, si brinda cierto aire de asombro sin llegar al virtuosismo de esa gran explosión dinámica que asombró a la audiencia en el 2004. Y mientras en la primera película la identidad de la familia de superhéroes era secreta y debía ser protegida — lo que obligaba a los Parr a malvivir bajo un disfraz hogareño que provocaba una desigual frustración en cada miembro de la familia — su secuela disfruta ampliando el Universo y creando algo más elaborado y complejo. La vieja casa anónima de los suburbios se convierte ahora en algo mucho más elegante y lujoso, una Mansión que con cascadas y un aire retrofuturista que deja muy claro, que la familia Parr no está dispuesta a ocultarse otra vez o al menos, no de la misma manera en que les habían obligado hacerlo hasta entonces.

La película continúa siendo una fantasía atemporal que sin embargo, podría ubicarse de una manera u otra — ya sea por detalles de diseño o por mera deducción visual — en la década de 1962, como sugieren las líneas rectangulares y abierta de los automóviles, las ropa sencilla y pulcra pero sobre todo, la decoración repleta de estampados y pequeños puntos focales romboides que recuerdan sin duda a la segunda mitad del siglo pasado. Esa visión tiene su encanto, su versión de la realidad y sobre todo, su profundidad al momento de narrar una historia que no depende de la época, sino más bien, de la combinación sensorial y de ideas que confluyen en el argumento. Porque a pesar de los catorce años transcurridos, el espectador de inmediato se reconecta con la acción como si en realidad la original y la secuela, fueran parte de una misma cosa, levemente diferenciadas por los apreciables avances técnicos de la animación. Pero además de eso, Bird deja muy claro que el tiempo interior de la historia ha transcurrido y lo ha hecho, bajo la concepción de algo más profundo: el mito del superhéroe se ha transformado de tantas maneras distintas que parece ubicuo y definitivamente omnipresente. Por extraño que parezca, Bird lucha contra la amenaza de Syndrome, el espléndido villano de la primera, cuya frustración y odio parece encajar de pronto en la premisa entera de la película dentro de un Universo saturado de propuestas idénticas: “Cuando todos sean súper, nadie lo será”.

Pero “The incredibles 2” supera el escollo con elegancia y una profunda gallardía amable: sin importarle los debates sobre los superhéroes o el hecho de su existencia, la idea de y la plenitud argumental del film, se sostiene sobre una coexistencia amable y persistente, que construye un reflejo de la realidad de enorme inteligencia conceptual. Sin que importe demasiado el ánimo colectivo, las discusiones sobre el heroísmo o mucho menos, la versión del héroe machacada y reconstruida en pantalla durante la última década, “The Incredibles” funcionan como lo que son: una familia que evoluciona, madura, crece y se hace cada vez más singular en sus pequeñas versiones de la realidad.

Bird se burla con inteligencia de ideas que llevan machacándose demasiado tiempo en pantalla (la necesidad de una figura poderosa, el rescate, el verdadero villano detrás de las aparentes buenas intenciones, una percepción común sobre los temores generales sobre las grandes corporaciones), pero también, de los roles de género, la noción de la identidad en medio de una época opaca y homogenizada. En conjunto “The Incredibles 2” es una secuela que aprovecha lo mejor de la película original pero además, encuentra una forma de dejar muy claro, que las grandes historias sobre la permanencia, la emoción y los vínculos esenciales siempre encuentran una forma de expresar ideas Universales. Quizás el mensaje más contundente de una película pulcra, inteligente pero sobre todo, emocionalmente compleja. Todo oculto bajo la identidad secreta de una aparente película infantil.

jueves, 14 de junio de 2018

El mundo en un balón y otras historias íntimas.




Mi abuelo materno era un gran fanático del fútbol. Tanto como para sintonizar todos los partidos de liga italiana, española — e incluso la inglesa — y gritar con el mismo entusiasmo por la Juventus, el Real Madrid y el Arsenal Football Club. Para mi abuelo no había diferencia: el fútbol era el fútbol en cualquier idioma y había una magia extraordinaria en esa estrategia refinada y potente de cualquier oncena sobre el campo de juegos. De manera que uno de mis primeros recuerdos de la infancia, es la imagen de mi abuelo dando palmadas frente a la pantalla del televisor, animado con pasión y euforia al equipo de turno, al mismo tiempo que trataba de explicar a su nieta neófita los rudimentos del asunto.

— ¿Ves ese pase? Limpio y directo. El Fútbol es pura geometría — me decía durante aquellos domingos calurosos y llenos del bullicio de los almuerzos familiares — si sabes mirar, vas a encontrar que se trata de un deporte no sólo de habilidad sino de algo mucho más inteligente. Es como el ajedrez, pero sobre un campo minado de obstáculos.

Mi abuela, que solía escuchar de cerca, ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario levemente irónico sobre la pasión desenfrenada — no había otra forma de llamarla — de abuelo por el llamado “deporte rey”. No había otro manera de explicar la forma en que mi abuelo degustaba no sólo el juego como espectáculo, sino lo que parecía ser sus infinitas ramificaciones como una forma de sofisticada estrategia deportiva. El caso era que para mi abuelo, el fútbol no era solamente un deporte — como supongo no lo es para ningún fanático — sino también, una forma de comprender la vida. Una afición que tenía mucho de obsesión y también de maravilla.

Claro está, como buen inmigrante, abuelo seguía conservando sus pequeños tesoros del terruño y uno de ellos, era su férreo apoyo — solidaridad, complicidad, en ocasiones una fidelidad desconcertante — por la selección española. La célebre y malograda “Roja” que tantas angustias, placeres y sinsabores regaló a su fanaticada y que durante cada Mundial, despertaba las esperanzas sobre un gran, esperado y ansiado triunfo que tardaba demasiado en llegar. Para mi abuelo, La Roja era una especie de oncena mítica, una combinación de fuerza, perseverancia y poder que nadie reconocía y mucho menos, comprendía del todo. Durante años, mi abuelo espero con la fe del buen creyente, y la esperanza de un ferviente admirador, que la tradicional Furia Roja, ganara la copa del Mundo. Un bello recuerdo: esas tardes donde el fútbol lo era todo, la emoción y la expectativa de esperar el pequeño milagro que se retrasó una y otra vez. Mi abuelo se inclinaba frente a la vieja poltrona del salón, las manos apretadas y empapadas en sudor nervioso, los ojos muy abiertos, dirigiendo a gritos a los jugadores, celebrando sus aciertos y lamentando sus torpezas. Al final, el resultado era siempre muy semejante: una desilución melancólica que le dejaba enfurruñado y enfurecido por días enteros. Pero mi abuelo era inquebrantable. No hacía más que repetir: “Ya verás, solo es cuestión de tiempo. La roja se lo trae (la copa) a casa. Ya lo verás”

Por supuesto y en medio de tanto frenesí, terminé volviéndome fanática de la Roja. Casi sin querer. Simplemente escuchando a mi abuelo repetir los nombres de los jugadores y equipos, de señalar las jugadas, de mostrar lo que podía dar de sí aquella emocionante batalla entre oncenas la mayoría de las veces, llenas de una euforia similar a la de su público. Aprendí que Isidro Lángara marcó 17 goles en sus 12 partidos con la selección de España, que Ricardo Zamora fue figura prominente y popular de la Selección Española. Que la especialidad de Telmo Zarra era los remates de cabeza y que gracia a eso, ayudó a la Roja a ganar ante Inglaterra en el Mundial de Brasil de 1950, que fue además, la primera vez que la selección clasificó como entre las cuatro mejores del mundo, un logro que España entera celebró con un bacanal monumental de sangría y jamón serrano. Que el gran Luis Suárez se convirtió a mediados de 1964 en el jugador más conocido de la selección y lo fue durante quince años, además de lograr el récord de 13 goles en 32 partidos y llevar a la Roja a su primer titulo continental. Que el mítico Emilio Butragueño — El delantero madrileño que se convirtió en figura pública tan extraordinaria que llegó a considerarse el primer ciudadano de España — marcó 26 goles en 69 partidos con La Roja y que sin duda, se consagró como el gran héroe del fútbol español en el Mundial de México de 1986 ante Dinamarca (5–1), donde marcó cuatro de los goles que llevaron a la selección al triunfo. Y por supuesto, me habló docenas de veces sobre su ídolo indiscutible el gran Raúl González, que disputó los Mundiales de 1998, de 2002 y 2006, participó en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, las Eurocopas de 2000 y 2004 y fue el diestro capitán de La Roja desde 2003 hasta 2006.

— En total jugó 102 partidos y marcó 44 goles para la Roja — me explicó mi abuelo en una oportunidad — ¡Todo un portento!

Su expresión de júbilo me hizo reír pero también, me provocó una íntima tristeza. Con ochenta y dos años, abuelo comenzaba a mostrar los primeros síntomas del Alzheimer y olvidaba cosas de su vida de a poco, como si su identidad comenzara a erosionarse con lentitud en una espacio vacío y anónimo al que yo no podía llegar. En ocasiones no recordaba el nombre de mi fallecida abuela o el lugar en el que había nacido. Y más de una vez, miraba mi rostro como si no supiera con exactitud quién era la desconocida que le sonreía con cariño y escuchaba con paciencia. Pero no olvidaba aquellos datos de extraordinaria precisión sobre su pasión más querida, la que nos había unido tantos años, la que me nos había obsequiado una especie de vínculo secreto entre ambos que suponía, luchaba contra el tiempo y el olvido. En esa ocasión, me tomó de la mano y siguió hablándome de todas las virtudes y debilidades de la Roja, de todas las cosas que le alejaban de la Copa. Del hecho que siempre parecía muy cerca pero nunca capaz de alcanzar la dorada y preciada Copa Jules Rimet, aunque ya nadie le llamaba así y de hecho, poca gente recordaba ya que ese había sido su nombre oficial hasta que Brasil terminó por apropiarsela en lo años ’70. Pero por supuesto, no se me ocurrió corregirlo, sino que le tomé de la mano, ya muy delgada y sarmentosa y sonreí, asegurandole que la Roja lo lograría pronto. Que alguna vez el equipo nos daría la alegría, a pesar de los años de decadencia.

— ¡Lo hará! — me aseguró con los ojos muy abiertos y brillantes, como los de un niño entusiasmado — ¡Lo hará! La Roja es invencible.

Sin dudarlo, le aseguré que así sería. Mi abuelo me apretó la mano con cariño y otra vez, como había ocurrido tantas veces durante los últimos meses, me preguntó mi nombre y quién era. Si trabaja en la Clínica de cuidados Geriátrico en la que se encontraba recluido y que si me gustaba el fútbol. Contuve las lágrimas y le respondí con paciencia, aterrorizada y enternecida por aquel no existir, por ese silencio en su mente que no llegué a comprender muy bien. Por esa despedida lenta que poco a poco, le hacía desvanecerse en el olvido.

***

Con frecuencia, suelo ser bastante discreta sobre mis conocimientos sobre el fútbol, no sólo porque me resulta una especie de placer privado sino porque además, debo lidiar con el machismo tradicional de mi país que no parece tomarse muy bien mis fanatismo. O al menos, así me ocurre con frecuencia. La primera vez que mi primer novio de la universidad me escuchó debatir sobre las bondades de la dupla Maradona y Caniggia, me miró estupefacto y con una sonrisa burlona.

— ¿Y de donde sale todo esto?

No era la primera que un hombre me hacia una pregunta semejante. Durante la adolescencia, varios de mis amigos más cercanos me escuchaban boquiabiertos hablar sobre tácticas de equipo: de explicar con detalle las tácticas de espacio libre para aliviar la presión y construir un nuevo ataque cuando las líneas defensivas del equipo rival se hacían muy cerradas. Insistir en obligar a cambiar tácticas en mitad del juego, lo que suele desbarajustar a cualquier estrategia previamente planificada. La primera vez que lo hice, mi primo mayor me dedicó una larga mirada apreciativa, como si de pronto pasara de ser la niña flacucha e irritante que apenas soportaba, a uno de los suyos.

— Sabes sobre fútbol — dijo en voz baja y sorprendida. Sonreí.
 — Algunas cosas.

Es un prejuicio muy viejo ese: el de creer que lo femenino tiene poca o ninguna relación con la pasión deportiva o incluso, la mera actividad física, la competencia, el arrojo, esa agresiva energía que se asocia con frecuencia a los deportes. Uno de mis profesores solía decir que quizás se trataba de alguna reminiscencia de esa idea determinista que insistía en la mujer como una figura pasiva, exclusivamente dedicada al cuidado de los hijos y el hombre cazador. Pero había algo más: el deporte parece ser territorio exclusivamente masculino, una especie de espacio privilegiado vedado para las mujeres por razones poco claras o incluso infantiles. O eso es lo que he aprendido, cada vez que dejó traslucir que mi pasión por el fútbol es tan ardiente como la de cualquier fanático y que tiene una relación directa — emocional, privada — con ciertos aspectos de mi vida, de como recuerdo mis historias más íntimas y sobre todo, como asumo mi manera de vivir. Mi psiquiatra, que tiene un humor festivo y profano, insiste de vez en cuando que una mujer que ama el deporte es una especie de criatura mítica que los hombres idealizan hasta crear una especie de noción casi inexistente sobre su posibilidad. La idea siempre nos hace reír a ambas.

— Se trata de rituales personales y sociales, claro está — me comentó en una ocasión, cuando le hablé de la ruptura con el novio universitario que me escuchaba hablar de fútbol con la boca entreabierta — una forma de comprender lo que somos como pequeñas estructuras de comportamiento, que es de donde nace el estereotipo y sobre todo, lo que sostiene la percepción sobre terrenos inaccesibles para la mujer. Es muy latino eso, además. En norteamérica por ejemplo, el Soccer es un juego muy popular entre las niñas y de hecho, se considera un deporte femenino.

Cuando leí sobre el tema, me resultó toda una revelación. No sólo la noción sobre el fútbol que había en norteamérica, sino la diferencia con la nuestro continente, donde es casi una devoción muy cercana a lo religioso. En EEUU se le considera un deporte menor, una actividad extracurricular, una hobbie deportivo en las que muy pocas ocasiones se recibe una beca para grandes Universidades. Las jugadoras deben luchar justamente con el mismo prejuicio de latinoamérica pero en sentido inverso, lo que hace que el tema me pareciera más complejo, extraño y fascinante, pero sobre todo, síntoma de algo más enrevesado y comprensible: ¿Por qué el deporte parece engendrar un antiguo prejuicio sobre lo que pueden o no hacer las mujeres?

— Ah, es cosa vieja. Aquí el rey de los deportes es el Fútbol Americano, muy macho, muy relacionado con el valor físico, con el triunfo social — me explica mi amiga B., cuando le hablo sobre el tema — una especie de cumbre de la fortaleza física y el poder del macho americano. En comparación el Soccer es muy poca cosa. O mejor dicho, incapaz de hacerle mella a su popularidad. Una especie de curiosidad latinoamericana o en el mejor de los casos Europea.

— ¿No se considera un deporte entonces? — pregunto sorprendida. Ella, que conoce mi pasión por el tema, suelta una carcajada.

— Claro que sí. Sobre todo en los últimos años y sobre todo, después de ser anfitrión de un Mundial. Pero el interés sigue siendo muy poco en comparación con otros deportes y especialmente con el imbatible fútbol Americano.

B. Emigró a Nueva York con su familia hace casi casi veinte años y ya es madre de una niña de doce, que claro está y siguiendo la tradición, juega fútbol “soccer”. Me cuenta que se trata de una especie de tradición muy estadounidense y además, que se toma con toda naturalidad. Las niñas practican soccer o atletismo, mientras los chicos hacen todo lo posible por convertirse en Quarterback. La idea me resulta tan extraña como divertida y me echo a reír.

— Tal vez debiste nacer en este país. Ya serías como Alex Morgan — me dice, refiriéndose a la jugadora del equipo de futbol femenino norteamericano Portland Thorns.
 — Mejor como Deyna Deyna Castellanos — insisto, refiriéndose a la futbolista venezolana que juega como delantera en Florida State University, de la NCAA. Mi amiga vuelve a reír.

En Venezuela , el fútbol es una pasión veleidosa, que jamás ha sobrepasado al fanatismo por baseball pero que durante la última década ha logrado alcanzar cierto nivel de popularidad gracias a la querida “VinoTinto”, la selección nacional que llevó cierta esperanza sobre una posible participación mundialista la década pasada. A pesar de las derrotas — y que el sueño de la clasificación desapareció con rapidez — la selección sigue siendo centro de un grupo de fanático leal y ferviente que espera lograr el milagro mundialista en el futuro. En paralelo, la selección juvenil sub diecisiete y la llamada “Vino Tinto” femenino ha cosechado todo tipo de triunfos y buenas expectativas, lo que ha hecho que de pronto, el Fútbol ocupe un nuevo sitial como obsesión nacional.

— Este es un país de inmigrantes — dice mi tio abuelo cuando se lo comento, mirando con atención las lista de seleccionados que llevará La Roja al mundial Rusia 2018 — el Fútbol es una pasión que se lleva en la sangre, se lleva a donde sea que vayas. Lo disfrutas como una celebración que muy poca gente comprende.

Tiene razón, claro está. Venezuela fue en algún momento un país próspero, ideal para la emigración en grandes grupos familiares. Y por supuesto, el fútbol es una de esas herencias, esas grandes historias que se llevan a cuestas de un país a otro. Las reminiscencia de esa época de oro ahora es muy poca, muy limitada, muy poco representativa de lo que fue, pero sigue allí. Y el Fútbol es una de esas expresiones que siguen siendo simbólicas, elocuentes, muy importantes para los Venezolanos que aún recuerdan sus herencias y raíces. Esa vieja historia que sustentó a la Venezuela mestiza y variopinta por tantos años.

— Una celebración masculina — le contesto, como quien no quiere la cosa. Mi viejo y anciano tio, suelta una de sus carcajadas, que le hacen parecer tan joven.
 — ¿Y que hace una mujer hablando de fútbol?
 — Yo lo hago.
 — Eso es otra cosa.
 — Es es machismo.
 — Es la vida. A las mujeres les interesa cualquier otra cosa.

Cuando escucho algo semejante siempre pienso en tres cosas: En mi amiga E. que no solo tiene un conocimiento enciclopédico sobre baseball, fútbol y cualquier deporte que incluya una pelota, sino también en mi amiga J. que además de ser madre, esposa y buena profesional, es además una apasionada de la Vino Tinto y lo demuestra siempre que puede. No solo ha asistido a cada partido posible de la oncena durante las eliminatorias — incluyendo los internacionales — sino que para ella, la representación de fútbol de nuestro país representa lo mejor de los colores patrios. Además, está mi amiga N., entusiasta del deporte en todas sus manifestaciones y una aventaja ciclista. Son tantos los ejemplos que demuestran no solo el interés sino la pasión del sexo femenino por el deporte, que me pregunto si quien insiste en el particular habrá comprendido que el deporte para la mujer actual es otra manera de expresión y sobre todo de disfrutar de esa renovada visión sobre su cuerpo y el poder sobre su propia identidad.

Pero no le digo nada de eso al viejo cascarrabias que frunce las cejas canosas y anota prospectos y posibles proyecciones de lo que ocurrirá en el venidero Mundial. En lugar de eso, le tomo de la mano, le doy un apretón amoroso y seguimos leyendo juntos las alineaciones. Como antes, como siempre. Cosa de familia.

***

Mi abuelo murió en el 2008 y en medio del dolor de su pérdida, tuve el extraño y casi infantil pensamiento que a dos años del mundial, quizás había perdido la oportunidad de ver a La Roja triunfar. O quizás se trataba de mi esperanza y la suya, convertidas en una sola cosa. La última vez que le vi, me tomó de las manos y me miró con sus ojos como de niño, que ya no me reconocían.

— El mundo es redondo como una pelota de fútbol — me murmuró. Una frase que apenas comprendí, farfullada entre tartamudeos. Le besé los dedos, con los ojos llenos de lágrimas.
 — Y rueda igual de rápido.
 — Así es.

Por supuesto, así lo era. Lo pensé sentada junto a su tumba — un lugar apacible, rodeado de hierba verde y bajo un cielo azul cristalino — pensando en nuestras conversaciones, en las tardes de debates y discusiones, en los dolores y decepciones que la gran Roja había traído aparejada entre el fanatismo saludable y ferviente. Me conmovió ese recuerdo tan viejo, ambos sentados frente a la pantalla de un viejo televisor enorme de cuerpo ancho, gritando y dando palmas por las hazañas de los jugadores. Una pasión muy antigua, muy querida, por completo entrañable.

***
Me encuentro sentada frente al televisor. Las manos apretadas contra el vientre y los dedos húmedos de sudor nervioso. En la pantalla, la Roja alza finalmente La copa, en medio de una algarabía estruendosa que contrasta con el silencio que me rodea en mi apartamento. Algún vecino grita: “Esa es la Roja, Carajo” y una discreta celebración se escucha en alguna parte de la calle. Pero yo celebro sola, sintiéndome niña de nuevo, llevando la camisa y gritando a todo pulmón por una celebración que sé en alguna parte, mi abuelo comparte conmigo.

Y aunque espero que algún Mundial venidero pueda llevar con enorme orgullo la franela Vino Tinto y gritar Gol hasta quedarme sin voz por mi País, por ahora sigo llevando la camisa de la Roja, enviando un silencioso mensaje a una antigua herencia, una vieja celebración, una pasión que heredé casi sin querer.

miércoles, 13 de junio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todo lo que debes saber sobre los símbolos, ritos y referencias mitológicas de la película “Hereditary” de Ari Aster (con Spoilers)





¿Que nos provoca miedo? ¿Se trata de un elemento tangible o simplemente una visión del bien y del mal llevado a un terreno sobrenatural? En una de las escenas de la película “Hereditary” del director Ari Aster, la magnífica casa de muñecas construida por el personaje de Toni Collette reluce en la oscuridad, resplandeciente de vida propia. Tal vez la tiene o tal vez no. O sólo se trata de un símbolo. Después de todo, el ojo narrador del argumento aprende junto a la familia el fenómeno que está ocurriendo en medio de un duelo agrio y doloroso que poco a poco se transforma en algo aterrador. De pronto, la diminuta escala de la vida hogareña de la familia, refleja no sólo sus sufrimientos sino también, un terror antiguo y posiblemente inexplicable. Una mirada al futuro inmediato en que la historia tomara un giro definitivo hacia la oscuridad.

El director ha dicho en más de una ocasión que la película no está pensada para ser comprendida de inmediato y mucho menos, para asimilarse como un conjunto sino como una serie de pequeñas estructuras, que juntas, crean un tipo de horror originario difícil de explicar a primera vista. Se trata de una forma de narrar que se sustenta sobre el misterio y una meditada comprensión sobre el misterio como elemento constitutivo del argumento. En una reciente entrevista, el director admitió que el guión y la dirección se combinan para elaborar una percepción sobre el mal tan poco clara que sea imposible de definir a primera vista.“En cierto modo quería hacer una película de conspiración sin exposición”, por lo que las líneas narrativas avanzan con cuidado, sin cruzarse unas a otras y sosteniéndose sobre las diversas explicaciones a fenómenos paranormales, convertidos en pequeñas y dolorosas visiones del tiempo y de los espacios en la que la familia debe lidiar con el horror. “Estamos con estas personas que no saben lo que está sucediendo, y estamos con ellos en su ignorancia”. Para Aster es de enorme importancia que esa ignorancia sustente el enigma y por ese motivo, elabora una serie de pequeños misterios que se entrecruzan entre sí para crear algo más complejo, complicado y duro de comprender a primera vista.

¿Y cuales son los símbolos que utiliza el director/guionista para crear un ambiente enrarecido y una atmósfera casi irrespirable, preludio de un terror más profundo? Los siguientes:

Un Demonio poco conocido: El Centro de un pacto silencioso.
Durante toda la película, la historia deja entrever que la madre muerta del personaje principal, sostuvo algún tipo de pacto con una entidad llamada Paimon o Paymon, que de acuerdo a diversos mitos y leyendas es un demonio especialmente poderoso, que tiene por misión “supervisar las cuatro direcciones cardinales” A través de varias fuentes esotéricas, se dice que tiene bajo su mando “legiones de demonios” y se le suele representar a lomos de un camello (tal y como se le muestra en la película). También se dice que es capaz de “manipular, influenciar y controlar a los demás), por lo que la analogía utilizada por Aster para demostrar la influencia del mal sobre la familia en el film, tiene una relación directa con esa capacidad para confundir y aterrorizar desde símbolos mentales y espirituales levemente inconclusos. De la misma forma que Annie (el personaje de Toni Collette) es incapaz de comprender las piezas sueltas de información que va encontrando a su alrededor, la presencia o insinuación del demonio — y en específico de Paimon — es una forma metaforizar el miedo como una estructura de confusión en la percepción de lo real y lo benigno.

Notas, libros misteriosos y otras versiones sobre Grimorios:
La película “Hereditary” juega con con la idea de una conspiración que apenas puede entreverse en medio de lo que parece ser un ritual de largo alcance, que la madre de Annie comenzó — o al menos llevó a cabo — muchos años antes de su muerte y que sin duda, involucra a su familia. Para el director, era de especial importancia crear la sensación que había una constant y dura vigilancia alrededor de la familia pero que además, había una percepción consciente que algo inexplicable estaba sucediendo en medio de la casa, como centro esencial del argumento. De pronto, la paranoia de Annie parece transformarse en una idea muy precisa sobre sucesos y eventos inexplicables que construyen una ruta enrevesada hacia un secreto inquietante. Como por ejemplo, las notas, cuadernos y todo tipo de pequeñas alusiones a un ritual estructurado que se lleva a cabo a través de la película. Como si se tratara de un hilo conductor, todas las pequeñas pistas que el director esparce a través de la trama, conducen hacia una idea persistente: el mal tiene un objetivo y ese objetivo, es lo bastante terrenal como para remitir a los antiguos pactos demoníacos medievales que según la tradición, otorgaba a quien lo realizaba todo tipo de tesoros y conocimientos a cambio de su alma. La percepción del mal en “Hereditary” es lo bastante simple como para analizarse sobre la naturaleza de lo malévolo como esencial, de manera que el ritual y todo lo que envuelve tiene una evidente concepción sobre el misterio de un proceso mágico que no se revela pero cuyas consecuencias estamos notando de forma muy evidente.

Una posesión progresiva:
En “Hereditary” es evidente que hay un secreto que guardar, pero el director se toma todas las molestias necesarias no sólo para ocultarlas sino además, construir una visión sobre lo temible basado en lo que el espectador no puede descubrir por sí solo. De la misma que Annie — que atraviesa la película tratando de comprender la idea que su madre era una mujer por completo distinta a la que conoció — el público debe asumir muy pronto que los enigmas en la trama son formas de expresión de una versión de lo sobrenatural basada en rituales o en lo que parece ser más inquietante: en una posesión que al parecer se lleva a cabo a lo largo de la historia. Se trata de los giros argumentales más inquietantes de toda la película y que supone una nueva interpretación del terror como idea conjuntiva. La madre de Annie escoge a su nieta Charlie como una especie de víctima propiciatoria y lo hace desde sus primeros meses de vida. Para cuando llega el momento de su muerte, es obvio que hay una transformación lenta y progresiva en la niña, hasta el punto en que la historia parece sugerir que se trata de un elemento en medio de un intrincado ritual del que no tenemos noticia sino a través de pequeñas muestras de información. De hecho, toda la idea parece resumirse en una de las escenas más perturbadoras de la película, en la que una de las miniaturas de la casa a escala, parece sugerir que la madre de Annie incluso amamantó a Charlie siendo un bebé, lo cual remite a viejos rituales celtas sobre la fertilidad y el poder de la madre sobre el hijo. Mucho más inquietante aún resulta el hecho que la Madre de Annie tenía todo tipo de rituales “privados” e incluso una idea abierta a interpretación sobre el hecho de su propia maternidad. Después de todo, la película plantea bien pronto que la madre de Annie había intentado algún tipo de ritual incomprensible con uno de sus hijos, que terminó suicidándose a los dieciseis años y dejó una nota en la que insistía que su madre “Había intentado introducir a alguien en su interior”, la primera gran prueba que algo mayor, más siniestro y está elaborado está ocurriendo alrededor de la película. De hecho, Ari Aster lo aclara en una entrevista: “La película trata de un ritual de posesión de larga duración que se ve desde la perspectiva de los corderos sacrificados”.

Desde la paranoia:
De la misma manera que Roman Polanski lo hizo en su oportunidad, “Hereditary” juega con la idea de una conspiración silenciosa que no termina de ser del todo clara y que por momentos, parece fruto de la imaginación de Annie o cualquier otro miembro de su familia. De hecho, el punto de vista del narrador cambia y se transforma en tal medida que para el segundo tramo de la película, no tenemos una idea clara de lo que está sucediendo o quién acecha a la familia, cada vez más abrumada por todo tipo de sucesos inexplicables y enrevesados que parecen suceder al margen de la trama principal. Desde las primeras escenas, el guión deja claro que hay todo tipo de sucesos extraños alrededor de la madre de Annie y su comportamiento, pero que también, que el punto de vista del narrador no es del todo confiable. Cuando las situaciones inquietantes comienzan a sucederse una tras otra, el punto de vista narrativo se transforma en una especie de visión triple sobre lo que podría estar ocurriendo ¿Es Annie la que está llevando a cabo todo lo extraño que ocurre a su alrededor? ¿O se trata de los extraños conocidos que de vez en cuando irrumpen en escena y que parecen estar directamente relacionados con su madre? Para Ari Aster, lo esencial de este narrador poco fiable argumentativo es la posibilidad que el espectador deba cuestionarse que es lo que está ocurriendo y analizar varios puntos de vista a la vez “Se supone que la audiencia sospecha que podría ser Annie pero que también podría tratarse del culto, como origen de todas las situaciones inexplicables. Pero se supone que debes sentir a través de la película que hay personas en la periferia que están observando a esta familia y que están revoloteando afuera” dijo Aster en una reciente entrevista a la página web Vulture. Resulta evidente que para el director, la necesidad de refractar la narración en pequeñas líneas que se cruzan entre sí, crea una percepción novedosa sobre el terror y se sostiene desde una concepción lineal sobre la maldad como ingrediente esencial de cada suceso.

El fuego, grimorios y otros misterios:
Ari Aster crea para su película una cuidada mitología basada en el ocultismo y también, en la percepción de lo maligno como un ente primigenio y consciente. De forma que utiliza antiguas referencias sobre rituales elaborados para dotar al argumento de una atmósfera malsana, inquietante y abrumadora. Desde el libro que se incendía para autoprotegerse hasta la noción de la casa de muñecas como una conexión mistérica con los miembros de la casa, la percepción sobre el bien y el mal en “Hereditary” tiene una evidente relación con el tiempo que transcurre y el mal como entidad persistente y con voluntad. De la misma forma que las antiguas leyendas y crónicas medievales sobre brujería, lo sobrenatural en la película se mezcla con la percepción del poder creado y concebido como forma de sujección de la voluntad y la compresión del culto, como un reflejo de los perturbadores sucesos que rodean a la familia hasta crear un cerco imposible de evadir.

La decapitación como símbolo de poder:
En varias escenas de la película, la decapitación — en el sentido más literal — parece ser un símbolo de transición a estados más elevados de conciencia, una reminiscencia a antiguos mitos Babilónicos en las que se decapitaban estatuillas a escala de hombres y mujeres para liberarlos “de horrores” o más adelante, la forma en que supuestas brujas creaban una conexión directa con quienes se encontraban bajo su influjo. Y aunque el director insiste en no revelar porque usó en tantas ocasiones la decapitación como una forma de expresión del bien y del mal, es evidente que su intención es añadir un elemento mitológico al misterio pero sobre todo una percepción real sobre la conexión mente y cuerpo que sostiene a todo ritual mistérico. En “Hereditary” hay una clara visión sobre el horror como una forma de expresión mágica y el culto como una expresión del yo expresivo e individual. Toda una concepción nueva sobre la forma de comprender el miedo como parte de una idea personal.

Con toda su carga simbólica pero sobre todo, su expresión consistente sobre el terror y sus diferentes ramificaciones “Hereditary” es quizás una de las mejores películas de terror de la década. Pero más allá de eso, es una reflexión sobre lo que nos asusta, nos inquieta y nos hace una versión de la realidad más compleja y elaborada. Una concepción ideal sobre lo que creemos y sobre todo tememos, como una expresión figurativa del mal en estado puro.

martes, 12 de junio de 2018

Del dolor y otros misterios: Todas las razones por las que el duelo por una mascota que muere es necesario y profundo.

Leonardo Berlutti 2002 -2018



Dos días antes de morir, mi gato me dio una furiosa mordida en la mano izquierda. Me sujetó con sus pequeñas zarpas y me clavó los dientes en la palma de la mano. Grité de dolor y él sólo me miró, sus enormes ojos azules muy brillantes y vivos. El cuerpo delgadísimo ya, tenso de furia.

— ¡Suéltame! — grité sacudiendo la mano — ¡Leonardo, basta!

Intenté zafarme de él sin hacerle daño pero no lo logré, de manera que tuve que permitir siguiera mordiendo en lo que pareció un tiempo interminable. Finalmente me soltó y se quedó tendido en el suelo, respirando con dificultad. Tan pequeño, tan frágil. Del hermoso gato que había sido, se había consumido hasta transformarse en una criatura pequeña, tan débil que le llevaba esfuerzos respirar. Me aparté temblando, con la mano sangrando y de pronto, comencé a llorar. Hacía casi dos semanas que no dormía más de dos horas cada noche cuidandole y el cansancio acumulado, la preocupación y el miedo parecieron estallar al mismo tiempo, en un llanto nervioso e imparable que me dejó sofocaba y angustiada. Leonardo sólo me miró — los ojos enormes y azules, aún muy despiertos — y luego, en lo que pareció un esfuerzo titánico, se puso en pie y salió de la habitación, con un paso lento y tambaleante. Para entonces apenas podía sostenerse en pie por los dolores, pero yo no lo sabía. El cáncer que le mataría unas horas después, le había provocado anemia, una inflamación casi insoportable en el vientre y confusión cognoscitiva. Pero aún así, tuvo fuerzas para salir de la habitación, sin mirarme. Arrogante. Mi malcriado, pensé llorando, con la mano apretada contra el pecho. Mi principe loco.

La mano siguió sangrando por algunos minutos. De hecho, tuve que envolverla en un improvisado vendaje, mientras el dolor me paralizaba la muñeca y los dedos. A pesar que era un gato de mal genio y muy agresivo, Leonardo nunca me había mordido de esa manera, pensé aún sin parar de llorar, mirando la sangre diluirse en espirales color rosa en la porcelana del lavamanos. ¿Estaba tan dolorido? ¿Tan furioso? Apreté los dientes y sentí que el dolor brotaba como un estallido. Un mes antes, había perdido a mi gato más pequeño por una súbita infección urinaria. Todavía tenía dificultades para aceptar lo que había ocurrido y de hecho, todo lo que estaba pasando — la muerte de Damian, el súbito diagnóstico de Leonardo — parecía un mal sueño. Una de esas pesadillas recurrentes y ansiosas que te hacen despertar sin aliento. Leonardo había empeorado mucho después, a pesar que llevaba meses deteriorándose a ojos vistas, no sólo por el cáncer que sufría — o la sospecha que podía sufrirlo — sino por su edad. Casi dieciseis años, pensé llorando con los dientes apretados. Dieciséis años. Toda un vida. Y ahora…estaba tan cerca de ¿qué? ¿Una despedida? ¿Tomar una decisión? No me atreví ni a pensarlo.

Volví a mi estudio, aún llorando, con la mano tan hinchada que apenas podía mover los dedos. Y encontré a Leonardo allí. Estaba de pie, los ojos muy abiertos, mirándome de frente. Una mirada limpia, muy semejante a la que tenía cuando le vi por primera vez, a los tres meses de edad. Me quedé muy quieta, un poco sorprendida. Estaba erguido y volvía a parecer fuerte, a pesar de su delgadez y el pelaje estropeado. Entonces maulló — un maullido lento, dulce, que pocas veces le había escuchado — y se acercó a la silla en la que estaba sentada. Frotó su cabeza contra mi rodilla. Maulló de nuevo. Me miró. Y supe, con esa ligereza natural de los momentos inolvidables, que se despedía de mí. Que quizás, no moriría ese día ni tampoco el siguiente, pero que Leonardo, mi gato, mi mejor amigo por casi dieciseis años, mi pequeño tesoro, estaba diciéndome adiós. A su manera extraña, quizás sin sentido para nadie más. Una despedida que era sólo nuestra. Con la mano aún temblando de dolor, le levanté en brazos — apenas pesaba ya — y lo envolví en el suéter que llevaba puesto. Lo apreté contra el pecho y volví a llorar, despidiendome también, si es que uno puede despedirse de su propia historia. De su vida, de sus recuerdos con tanta facilidad.

***

Mi psiquiatra me mira con amabilidad mientras continúo en silencio, hundida en la silla de su oficina. Desde que llegué, no he dicho gran cosa. Leonardo murió hace dos días y tengo la sensación que el mundo se detuvo, que estoy rota a dos mitades, que un dolor abrasador e insoportable, me recorre de un lado a otro. He tomado un sedante suave — recomendación suya — y tengo una leve sensación de irrealidad, como si todo lo que estuviera ocurriendo fuera una especie de sueño muy realista, muy duro de asimilar. Pero está ocurriendo, sin duda, me digo con toda la dureza que puedo reunir. Mis gatos murieron con diferencia de apenas un mes entre ambos y ahora, debo de alguna forma reunir el valor y la fuerza de voluntad para asimilar la pérdida, para entender qué ocurre conmigo y sobre todo, para lidiar con un tipo de sufrimiento que no esperaba experimentar jamás.

— Sé que es una trivialidad en medio de todos los dolores que padece este país — digo de pronto, como si la idea se me viniera de pronto a la cabeza — que sólo se trata de mascotas, mientras a mi alrededor Venezolanos mueren de hambre y por carencia de medicinas. Sé que quizás…
 — Es una pérdida, es luto. No invalides tu pérdida ni tu sufrimiento — me interrumpe N. con cierta impaciencia — escucha: cada dolor es distinto, en su proporción y en su forma de comprenderlo. No puedes minimizarlo sólo porque el país es una gran colección de tragedias. No puedes deshumanizarte ni tampoco atacar tu identidad sólo por el dolor colectivo.

No sé que decir a eso. Aprieto los brazos sobre el pecho. Llevo la mano izquierda vendada. Al final, el mordisco final de Leonardo se inflamó por una infección sorpresiva que me mantiene los dedos rígidos, hinchados y doloridos. Como mi espíritu, me digo. Y el pensamiento me parece dramático, inútil, casi ridículo. Pero no puedo evitar sentirme exactamente de esa manera. Vuelvo a recordar esa tarde, su maullido de despedida. Los ojos se me llenan de lágrimas y trato de ocultarlas de N., que no mira a otro lado, sino que me contempla con simpatía y un cariño que agradezco aunque no me atrevo a reconocerlo.

— No puedo creer que haya muerto. Así de simple. Que…de pronto, estaba allí y al día siguiente, ya no está. Que es un vacío — murmuro con la voz rota, cansada. El pecho tenso por un nudo de sufrimiento pequeño íntimo — que…lo perdí. Que no…

Conocí a Leonardo a los tres meses de edad. Era el más avispado de su camada, el más travieso, el que corrió — rollizo y feliz — a mis manos, cuando me agaché para mirar al grupo de gatitos que bebían de su madre. Se me subió a las rodillas y me puso una garra pequeñita contra la barbilla. Los ojos azules como dos pequeñas esferas de cristal azul marino. Recuerdo que me hizo reír tanta osadía, tanta vitalidad. Y desde luego, me enamoré de inmediato. Pensé que aquel gatito me había adoptado con todo el desparpajo de su especie. Ya tenía gatos — de hecho, había uno en casa esperándome — pero era la primera vez que un felino me escogía deliberadamente como su “humana”. Lo cargué, lo abracé y pensé que había algo mágico — en la medida de lo inexplicable y la belleza de la incertidumbre — en aquel encuentro. En ese amor providencial que acababa de nacer. “Primavera de mi corazón” le murmuré, acariandole la cabecita, recordando a Shapeskeare. De inmediato, abrió su boquita sin dientes e intentó moderme un dedo. La primera de muchas mordidas.

— Tu dolor es tan válido como cualquier otro — dijo N., trayéndome al presente — válido, duro y difícil de sobrellevar como cualquier luto. No tienes por qué menospreciar tus sentimientos sólo porque el país se encuentra sumido en una crisis muy dura. Aún somos individuos, aún tenemos vidas y dolores personales. No permitas que nadie te haga pensar lo contrario.

Es difícil no hacerlo. En las interminables noches en que cuidé la lenta agonía de Leonardo, miré por la ventana la calle desolada que rodea en el edificio en el que vivo. Una pareja de indigentes caminaba cada noche alrededor de la medianoche hacia las bolsas de basura acumuladas en la calle y las abría, en medio de un estruendo de latas que rozaban el concreto y vidrios rotos. Los veía extender las manos, enterrarlas en las bolsas de basura pringadas de suciedad, buscar algo que comer. Al otro lado, en una de la torres del edificio. hay dos ventanas con las luces encendidas. La madre de una de mis vecinas sufrió un derrame y no tienen el dinero suficiente para sostener el tratamiento, de manera que le cuidan en casa, rodeada de instrumentos médicos donados y las manos amables de hijos y nietos. Problemas reales, pensaba, tendida en la cama junto a mi gato, que tenía dificultades para respirar, que estaba tan débil que le llevaba esfuerzo incluso beber un poco de agua, por lo que debía intentar la bebiera con una hipodérmica. ¿Cómo puedo comparar lo que me ocurre con tales desgracias? ¿Como puedo?

— Porque también es una desgracia — dice N. cuando le cuento lo anterior — no se trata del motivo del dolor, sino del hecho que te lo provoca, que es real, que lo sientes. Que estás atravesando una situación de estrés insoportable, dolorosísima. Y que tienes todo el derecho a que tu dolor se respete, de la misma manera que tú respetas el de otros.

Hace unos días, leía un artículo que afirmaba que perder a una mascota querida es una experiencia “emocionalmente devastadora”. Es la frase que utilizó y de hecho, la que mejor describe el sufrimiento insoportable en el que me encuentro sumida desde hace más de una semana. También añadía, que la sociedad suele ser muy dura y muy violenta, al momento de juzgar el dolor de la pérdida de un animal amado, por el mero hecho que no coincide con los estándares sobre el dolor y el sufrimiento que se suponen son los correctos en nuestra cultural. Los síntomas de duelo son idénticos en cualquier pérdida y de hecho, ser tan profundos y terribles como para someter a cualquiera a un nivel de ansiedad y angustia difícil de describir. La revista “New England Journal of Medicine” informó que una mujer que había perdido a su perro, experimentó de manera muy vívida el llamado “síndrome del corazón roto” una reacción física que imita un ataque de pánico, incluido un total descontrol hormonal y físico que someten al cuerpo a un tipo de reacción muy semejante a la de una afección cardíaca. Perder a un animal amado implica además, la pérdida de la historia personal, de una serie de fragmentos de historia íntima por completo irrecuperables.

— No sólo eso — dice N. con rostro preocupado — perdiste a una parte de de tu vida que tenía una importancia relevante. No puedes menospreciar tu propio dolor y mucho menos hacerlo, porque creas que es poco conveniente o incluso, sin sentido. Tienes derecho a padecer dolor. Tienes derecho a sentir toda la angustia que la pérdida te está causando.

Silencio otra vez. La angustia me sacude el pecho, el cuerpo entero. Desvio la mirada, intento contener el acceso de pánico que me viene a la garganta. Cuando lo hago, noto que el suéter que llevo, está lleno de pelitos blancos. Leonardo tenía predilección por dormir en mi ropa oscura. Antes de poder evitarlo, vuelvo a llorar de nuevo. Un llanto lento, insoportable. Un peso tan agudo que apenas me permite respirar.

***

Estoy sentada almorzando entre un grupo de amigos que organizaron una especie de reunión de “emergencia” para intentar levantarme el ánimo. Sigo sin poder mover con facilidad la mano izquierda, por lo que una de mis amigas, dedica tiempo y atención a que servir algunos trozos de pastel y una taza de café. Todo un lujo, pienso aturdida, en un país donde la comida es cada vez más costosa y que el mero hecho de llevar a cabo aquella pequeña reunión, supuso un gasto tan desproporcionado como duro de cuantificar. Pero este pequeño grupo de sobrevivientes — así nos llamamos unos a otros — lo hace con la mejor voluntad posible. Y así me obligan a aceptarlo. O casi.

— Entonces te mordió — comenta mi amigo J. con una sonrisa triste. Levantó la mano vendada y aún hinchada con un gesto lento.
 — Y con gusto.
 — Ah, pero es que para Leonardo ese era el gusto.
 — Por supuesto — dice mi amiga G. — no sólo era el gusto, era el sentido de su vida.

Reímos. Casi todos mis amigos conocían a Leonardo y habían sufrido bajo su arrogante malcriadez. Al crecer, mi gato se había hecho un ejemplar magnífico de Sagrado Birmano de frondoso pelaje gris y enormes ojos azules plácidos. Pero también, con un carácter irascible y casi violento de cuidado. O eso era lo que yo insistía. Par el resto, las travesuras y tropelías de Leonardo era algo inherente a su carácter y personalidad, si es que un gato puede tenerla.

— Claro que los gatos tienen personalidad — comenta alguien — todos son pequeñas personitas atrapadas en cuerpos tiernos. Pero mira…todos son especiales, inolvidables.

Todos murmuran anécdotas sobre Leonardo y alguna que otra sobre Damian, mi gato más pequeño que también murió pero que con cuatro años, le conocían poco. O eso dice mi amiga S., con amabilidad. “Un gatito tierno” dice con una sonrisa simpática. Pero en realidad, para ellos, ambas muertes se confunden en una sola y se relacionan directamente con la pérdida, con un tipo de angustia que les resulta difícil consolar. No soy la madre de nadie, la hija de nadie que haya muerto. Sólo soy la dueña de dos gatitos que por esos extraños avatares del azar, murieron en fecha cercana. ¿Cómo se consuela semejante pérdida? ¿Como se asume en un país como el nuestro, plagado de sufrimientos, carencias y padecimientos? No lo sé.

Aprieto los labios para evitar se me salten las lágrimas. Perder a mis dos gatos en menos de un mes ha supuesto que deba replantearme mi vida hogareña — ese tranquilo espacio insular en que intenté aislarme del desplome del país a mi alrededor — desde lo mínimo. El proceso del duelo de un animal querido es por completo distinto al de una persona: no puedo hacer otra cosa que intentar manejar el dolor, lidiar con él, analizar qué ocurre en mi vida. Temo que me tilden de inmadura o débil. O de egoísta o simplemente ¿qué? ¿De qué podría acusarme cualquiera por llorar a mis mascotas muertas? Suspiro, me seco las lágrimas, que al final me corren por las mejillas. Todos me miran preocupados y entristecidos. Mi amigo M. se inclina y me aprieta la rodilla con cariño.

— Leonardo vivió una buena vida. Dieciséis años de amor y de profundo cariño. Le cuidaste, le quisiste, te hizo feliz — ahora también tiene los ojos brillantes por lágrimas que no termina de derramar — eso no es un consuelo, pero es un buen pensamiento. Es una buena forma de despedida.

No sé por qué pienso en la última noche de Leonardo. Ya estaba tan débil, que se tendió en la cama con los ojos entrecerrados. Yo también lo hice, junto con mi prima mayor y juntas le despedimos en voz baja. Le hablamos como si se tratara de un ser humano roto y al borde de la muerte. Le consolamos con el mismo amor que un pariente que agoniza. Leonardo suspiró y se quedó tendido, respirando cada vez con mayor lentitud, con nuestras palabras flotando a nuestro alrededor como un consuelo lento y sordo. La noche avanzó con rapidez y también, lo inevitable. Me recorre un escalofrío al recordar cuando noté que Leonardo había dejado de respirar. En un gesto casi instintivo, me sostengo la mano dolorida, como si fuera el último recuerdo que conservo de mi gato. Un dolor lento, incómodo, irritante.

— Cuando murió mi perra, no fui a trabajar por tres días — comenta mi amiga L., con un suspiro. Recuerdo a “Penélope”, una golden retriever que murió por una dolencia intestinal muy grave. Era grande, radiante, cariñosa. También lloré su pérdida — literalmente no podía moverme de la cama o dejar de llorar. Es un tipo de angustia y dolor muy grave, muy profunda. No la entiendes hasta que la atraviesas. Nadie puede entender el dolor real que provoca la muerte de una mascota hasta que la vive.

Nadie dice nada. Todos tienen un animal que cuidar: perros, gatos, incluso un viejo loro parlanchín. Y de pronto, hay un pequeño dolor y sobresalto entre todos. Una sensación de angustia difícil de definir. Alguien sirve café. Cuando aprieto la mano sobre la taza, los dedos vuelven a dolerme. Leonardo está allí, más cerca que nunca.

***

— Se trata de una pena intensa, un tipo de sufrimiento real porque se relaciona directamente con tus hábitos y tu estilo de vida — me dice M., mi antigua psiquiatra, ahora retirada por una emergencia familiar — mira, es una amenaza para la salud emocional de cualquiera y tienes que asumirlo como tal. Necesitas vivir tu dolor. Necesitas asumir que ocurrió algo grave en tu vida.
 — Pero en Venezuela…
 — No importa lo que esté pasando en Venezuela — dice ella. Su voz se distorsiona desde la pequeña pantalla del Skype — no importa lo que pase en el mundo entero. El dolor es una forma de expresión válida y te lo está causando perder parte de tu vida afectiva. Deja de menospreciar lo que sientes.

No sé que responder a eso, de manera que me callo. Durante los últimos días, he intentado mantener la calma trabajando el doble, ocupando mi mente en todo tipo de ocupaciones triviales y saturando mi vida tanto como puedo de cualquier cosa que pueda distraer la sensación de extravío que me produce la ausencia de mis mascotas. Sigo investigando sobre el tema. Expertos insisten que la pérdida de una mascota implica además una ruptura en nuestra rutina, en la forma en que comprendemos nuestros afectos dominantes. Que no se trata sólo de perder un animal sino que además, perdemos todos los pequeños rituales domésticos y hogareños relacionados con su vida.

— Es exactamente eso — dice M. cuando le comento lo anterior — Una mascota te permite disminuir la soledad y la depresión, aliviar la ansiedad. Mucho más una que te acompañó por tanto tiempo, es un miembro de nuestra familia, es una parte de tu vida de especial relevancia.

Suspiro y miro hacia la silla en la que Leonardo solía afilarse las uñas, no importa las veces que se lo prohibiera o todas las ocasiones en que le regañara. La silla azul, con su tela fuerte y rasposa, era su favorita, de forma que se colgaba en ella, mirándome desafiante mientras balanceaba sus patas a un ritmo vivo y rítmico. Le recuerdo ahora y pienso que la ausencia es en si mismo una manifestación física del dolor. Como si la configuración de mi vida, mi casa, mi cotidiano hubiese cambiado para siempre. Un trozo de mi historia que se disolvió en ese lugar misterioso que representa la muerte.

— Perder una mascota afecta tu identidad porque te arrebata todo lo que se relacionaba con ella — dice M. con cariño — tu dolor es válido, asúmelo, deja que escape. Deja que vaya transcurriendo con lentitud. Que la vida tome su curso. Que puedas recuperar un poco de tranquilidad.

Cuando cuelgo la llamada, noto que ya puedo mover con facilidad la mano izquierda. Ha transcurrido casi cuatro día desde la muerte de Leonardo, me digo. La vida sigue, la vida es la vida, una frase que antes me parecía tan superficial como para hacerme reír. Ahora la comprendo más de lo que quisiera. La muerte es un lugar solitario. La vida al contrario, florece aunque no lo quieras.

***

Mi prima mayor ha sido mi roommate por más de quince años, de manera que la muerte de Leonardo, le afecta de la misma forma que a mí. Nos dedicamos juntas a reunir sus juguetes, su cama bordada — obsequio de alguna amiga con habilidad para las artes manuales — , sus pequeños juguetes rotos. Hace un mes, hicimos lo mismo con Damian, mi gato más pequeño y me pareció un ritual exasperante, insoportable. Pero esta vez, hubo algo pacifico, dulce y tierno. Una especie de despedida silenciosa.

— ¿Recuerdas cuando llegó? — dice de pronto N. levantando la cabeza de entre una bolsa de pequeños muñecos de felpa, todos obsequios para Leonardo de mis parientes y amigos — ¿Qué se colgaba de cabeza de las mesas y sillas?

Lo recordaba claro. Lo recordaba y me sorprendía la habilidad de aquel cachorro de tres semanas de nacido, su vivacidad, su capacidad para la travesura. Recuerdo que estaba deslumbrada por toda esta vitalidad, por el hecho que una criatura tan pequeña pudiera irradiar tanta felicidad, tanta alegría. Me quedo de pie, pensando en eso. Mi prima sonríe con tristeza.

— Mira, tienes que dejar de disculparte porque te duela lo de Leonardo y lo de Damian. No importa si el país se está viniendo abajo, los dolores personales siguen siendo nuestros. Siguen siendo una forma de mirarnos al espejo y reconocernos. Es bueno, sentir dolor. Es bueno, asumir que existe.

Fue mi prima quién cavó la tumba de Leonardo, en la vieja casona de mis tías. Lo hizo a pala, bajo un sol radiante de Junio. Las mujeres de la familia nos quedamos alrededor del pequeñísimo agujero mientras ella se afanaba hasta lograr un lugar digno para Leonardo, o eso pensé, con cierta dosis de drama literario. Luego fue N. quién colocó el cuerpecito sin peso del gato sobre la tierra y ella fue quién lo enterró. En un momento dado, quise ayudarle, extender las manos, arrojar un puñado de tierra. Pero permanecí de pie, entumecida, la mano izquierda palpitando, aterrorizada por el vacío, por la inapelable de la muerte, desconcertada por su belleza simple.

— Lo asumo — digo con un suspiro, tomando el peluche favorito de Leonardo y guardándolo con cuidado en una bolsa de plástico — sólo que…

Es enorme, pienso. Es más grande de lo que quiero admitir. Es una pérdida que está en todas partes, que me hace golpearme en todas direcciones. Es dolor, es angustia. Es la sensación que una parte de mi vida se agrietó y murió. Que…no sé cuando comienzo a llorar. No sé cuando mi prima se acerca y me abraza. No sé cuanto tiempo paso llorando sobre su hombro. Un pequeño dolor, muy grande.

***

Estoy sentada en el ventanal de mi estudio tomando una taza de café. Caracas está despierta, toda azul y verde, el trasiego de la vida que sigue. Alguien grita más allá y suelta una carcajada. Alguien más le responde. Caracas siempre tan viva. Y me quedo de pie, percibiendo el vaivén de la vida. Siendo el dolor ir y venir y me lo permito. Me permito las lágrimas que vienen después. Me permito la sonrisa del recuerdo. Cuando me miro la mano izquierda, encuentro que la herida curó y ya puedo mover los dedos. La vida continúa, fluye. Sonrío, al recordar a Leonardo y a Damián, maullando y corriendo por la casa. Hace tan poco y también, hace tanto ya. Pero algo aprendí: el dolor es irreprimible y aceptarlo, es una forma de madurar. Los buenos recuerdos siguen vivos. El amor también.