sábado, 20 de mayo de 2017

La voz secreta del viento y otras historias de brujería.



Hace unos meses, un amigo me preguntó si no me avergonzaba llamarme bruja. Añadió, en tono conciliador, que si no me parecía una contradicción, siendo una mujer moderna, independiente, culta. Lo escuché en silencio, con una sonrisa. No es la primera vez que alguien me pregunta algo semejante, desde luego.

- Quiero decir...En Venezuela ser bruja equivale a algo turbio, a medio camino entre la superchería y la credulidad - insistió - no sé como...es decir ¿Como lidias con las preguntas? ¿Con los malos entendidos? ¿Con las risitas e insinuaciones? La mitad de quienes te leen o te escuchan, deben tomarte como una curiosidad o simplemente, una necia cultural.

Seguí sin responder. Nos encontrábamos en una de mis librerías favoritas, paseando entre los anaqueles. Es un hábito que conservo de la infancia, que disfruto por su capacidad para tranquilizar mi mente y mi espíritu incluso en los peores momentos. Mi amigo sacudió la cabeza, con las mejillas coloreadas de verguenza.

- No lo digo por insultarte.
- No lo haces.
- Entonces ¿Qué te impulsa a llamarte bruja? Las creencias de tus familia son privadas, no creo que...

Se detuvo. Sacudió la cabeza. Aguardé, paciente. Sin duda, no es la primera vez - ni será la última - que alguien me pregunta algo parecido. Que alguien intenta comprenderme a través de la palabra bruja sin lograrlo. Que alguien asume con cierta impaciencia esa insistencia mía en mirarme a través del cristal de una creencia muy vieja y quizás abstracta. Es un punto de vista frecuente, y sobre todo, lo bastante duro como para que por un buen tiempo me irritara. Pero ya no lo hace. En su lugar, me hace reflexionar.

Cuando tenía diez año, comencé a estudiar en un colegio dirigido por una congregación de monjas francesas. Mi madre había insistido en que debía de educarme con la disciplina de una institución reconocida en el país y sobre todo, que me aseguraría lo que ella llamaba "una estupenda y cuidada educación". Yo no entendía muy bien a que se refería con esa frase. Después de todo, hasta entonces había sido una buena alumna en varios colegios públicos y antes de eso, había recibido educación de maestros particulares. Para mi, la educación escolar era algo divertido, una disparatada algarabía de gritos y de risas. Para mi madre, por supuesto, se trataba de otra cosa.

- El colegio de ayudaré a formarte como una Dama - me insistió el primer día de clases, mientras me ajustaba el uniforme de falda azul marino y blusa blanca - serás una mujer que además de tener una educación académica firme, también tendrá una mente elegante.

La frase me gustó, aunque en realidad no la entendí. Caminé con ella por la calle, llevando el morral vacío a la espalda y un poco incómoda por los zapatos nuevos. Me pregunté que tenía de extraordinario el nuevo colegio y que lo diferenciaba del otro donde había estudiado hasta entonces. Recordé con añoranza sus enormes salones repletos de niños y pupitres, las ventanales abiertos, las risas y las voces desordenadas. ¿Como sería este nuevo lugar?

No como me lo imaginaba, por cierto. Era un edificio muy bello, con una fachada de columnas y arcos de yeso, donde la figura de un ángel vigilaba con rostro serio. Las puertas eran de madera pulida, los pisos de granito muy limpio y todo parecía tener un aire muy respetable y pulido que no me gustó para nada. Apreté las manos de mi mamá con nerviosismo.

- ¿No puedo volver a mi otro colegio?
- No hay ningun otro colegio ahora. Este es tu colegio.

Nos recibió una monja pálida y alta que no me dedicó una sola mirada mientras conversaba con mi madre. Jamás había conocido a una monja ni nadie que se le pareciera y me intrigó el hábito, el cabello oculto por la cofia, las mejillas asperas y sonrojadas. Tenía un durísimo acento francés que me sobresaltó cuando finalmente se dirigió a mi.

- Vamos a tu salón.

Me tomó del brazo y me empujó con firmeza. Miré a mi mamá alarmada. Ella sonrío tranquilizadora. La monja volvió a empujarme y caminé por el largo pasillo de columnatas de argamasa. Mi mamá dijo alguna cosa pero no la entendí, ahogado por el bullicio del patio interior. Sentí una primera punzada de miedo: de pronto, me pareció ser muy pequeña en un mundo de gigantes.

El colegio era un lugar extraordinario. O a mi me lo pareció: tenía tres edificios independientes, seis enormes jardines con esculturas de Santos y Virgenes, una Capilla con vitrales, una torre de ladrillos donde se estudiaba francés y una enorme biblioteca polvorienta. La monja me señaló cada lugar con un gesto rápido y práctico, sin que nos detuvieramos al caminar.

- Allí es primaria, acá secundaria. Este es el jardin de la Iglesia, donde no debes ir. Y esta la Capilla, donde tendremos misa una vez a la semana. La biblioteca sólo se va si te manda un profesor.

Escuché todo con ansiedad. Grupitos de niñas uniformadas se reunían en las esquinas del patio y en los extremos de los pasillos, riendo y hablando en voz alta. Se veían mucho mayores que yo, tan hermosas con su informe impecable y sus melenas bien peinada. Me toqué nerviosamente mis rizos desordenados a la barbilla y sentí un sacudón de miedo que no pude explicar muy bien. Había algo definitivamente desagradable en ese orden extraordinario, en los grandes pasillos ventilados, en las monjas de habito que me dedicaban miradas curiosas mientras pasaba a su lado. Algo que yo no podía definir pero que definitivamente me desagradable. Muchos años después, pensaría que desde ese primer día, supe que me encontraba fuera de lugar en ese lugar tan hermoso, en medio de las estiradas y severas monjas. Entre aquellas niñas nerviosas y un poco altaneras que me dedicaban miradas de reojo cuando tropezabamos.

- ¿Tienes alguna pregunta? - la voz de la monja me sobresaltó. Suspiré y sacudí la cabeza.. Nos encontrábamos en un pasillo muy largo, de suelo brillante, con varias puertas cerradas a lo largo. Señaló una.

- Ese es tu salón. Ve y sientate. La maestra te ayudará en todo.

Más fácil era decirlo que hacerlo. Me llevó algunos minutos tocar la puerta cerrada, y unos cuantos más, responder a las rápidas preguntas de la maestra, también una monja de rostro rollizo que se impaciento por mi timidez. Me hizo sentar en un pupitre junto a una ventana. El resto de las niñas del salón me miraban con curiosidad. Me encogí en ese silencio pastoso y desconocido. Incliné la cabeza para soportar la curiosidad ajena.

Fue un día duro. También los siguientes. La mitad de las niñas del salón se conocían desde muy pequeñas y se dedicaron firmemente a ignorarme. Cuando no, se extrañaron de mi cabello rizado y corto, de mis manos nerviosas y de mi afán por leer a mitad de los recreos. Para el grupito de desconocidas, yo parecía ser una especie de rareza, un elemento desconocido que aún no sabían como clasificar. Incómoda y abrumada, intenté lo mejor que pude pasar desapercibida o al menos, no despertar su atención. Pero supongo que en ocasiones, simplemente no puedes escapar de la mirada ajena. O no al menos como quisieras.

Sucedió al final de la primera semana de clase. Me encontraba almorzando a solas en una esquina del patio, cuando tres niñas se acercaron, mirándome entre risitas. Continué masticando, pero el miedo de inmediato me coloreó las mejillas.

- Oye ¿Por qué te la pasas leyendo? - me preguntó una. Me encogí de hombros.
- Porque me gusta.
- ¿Leer? ¿Sin que te manden? ¡Que aburrida!

No respondí ¿Que se le puede responder a eso? continué comiendo, con la cabeza encogida entre los hombros y deseando me dejaran a solas otra vez. Fue un momento extraño: había pasado la semana queriendo poder conversar con alguien, pero ahora, me sentía alerta y un poco asustada. Supuse se trataba que aquellas tres niñas me resultaban especialmente amenazantes: solían sentarse en los primeros lugares del salón, saludar a las maestras con grandes confianzas y siempre se encontraban rodeadas de un grupito de seguidoras sonrientes. Me pregunté por qué habían decidido hablarme y no entenderlo, me asustó un poco más.

- Debe ser que soy aburrida - murmuré. Levanté mi morral, lo apreté con cierto nerviosismo. Se me resbaló un poco en las manos húmedas de sudor. Uno de los bolsillos se abrió por el movimiento - creo que me iré...

Se escuchó un tintineo. Un parpadeo de luz sobre los pulidas baldosas. Mi pentáculo brillaba sobre una de ellas, brillante en plata pulida al sol.

Nunca lo llevaba al cuello. No al menos, desde que había comenzado a estudiar en el nuevo colegio. Había entendido bien pronto que todas las monjas - y suponía que mis compañeras de clase también -  lo considerarían un objeto escandaloso e incluso peligroso y prefería llevarlo escondido en mi morral. Solía sostenerlo entre los dedos cuando nadie me veía, cuando sentía mucho miedo o angustia. Me consolaba pensar en mi abuela - que me lo había obsequiado -, en su cocina radiante, en la sensación de alegría que siempre me producía encontrarme en su casa. Era mi manera de enfrentarme a esa hostilidad callada e incomprensible de mis compañeras, a esa soledad tan pequeña que me producía la escuela. Un recordatorio que a pesar de todo, continuaba llevando un poco de magia entre los dedos.

El grupito de niñas miró la estrella de cinco puntas en silencio pero ninguna dijo nada ni hizo ademán alguno de tomarlo o acercarse. Nadie pareció muy interesada por ella o al menos, eso me pareció. Me apresuré a guardarla de nuevo en el morral, con los dedos temblándome de miedo e impaciencia. Una de las niñas dio entonces un paso en mi dirección.

- ¿Qué es eso?
- Una estrella.
- Eso lo sé. ¿Por qué la escondes? ¿Por qué no te la pones?

No supe que responder. No la llevaba al cuello porque sabía que para la mayoría de la gente, una estrella de cinco puntas simbolizaba cosas aterrorizantes. Me lo había dicho mi mamá al pedirme no la llevara sobre la ropa en el colegio y también mi prima M., quien además me había asegurado que las monjas se horrorizarían solo de verla. "Te tendrán miedo, te llamarán cosas horribles. Escondela o llévala sólo en casa" me había dicho en un susurro enigmático y con su habitual mueca petulante. Pensé en todo eso - y en que no comprendía bien por qué podría ocurrir algo así - mientras me colgaba el morral al hombro.

- Porque no puedo llevar joyas en la Escuela. Sor Juana me lo dijo.

Era una buena excusa aunque no demasiado creíble. A pesar que si era cierto que la aspera Sor Juana me había insistido en que no podía llevar anillos, pendiente, colgantes y ningún otro tipo de accesorio en el uniforme, lo cierto era que casi todas las niñas ignoraban la norma con mucha libertad y lucían con todo desparpajo sus adornos favoritos. La niña me dedicó una mirada de ojos entrecerrados, los labios estirados en una sonrisa maliciosa.

- Yo conozco esa estrella. La he visto en las películas.

Me quedé paralizada. Miré a la niña, que ahora me parecía mucho más alta y adulta que yo. De hecho, lo era, aunque no tanto como se empeñaba mi imaginación en mostrarmela. Debido a una serie de problemas y procesos burocráticos que había sufrido al cambiar de colegio, había terminado saltándome algunos grados de educación primaria. Ahora era la más pequeña en un salón de adolescentes, todas tan mayores que con frecuencia, me sentía aislada por el sólo hecho de no parecerme a ninguna de ellas.

- ¿Qué es? - terció otra de las niñas, interesada. La otra me dedicó una larga mirada apreciativa. Y supe que ella también recordaba en donde podía haber visto mi estrella antes. Recordé las palabras de mi prima "Te tendrán miedo. Te llamarán cosas horribles" y un temblor angustiado me recorrió. Desee correr entre ellas, alejarme con un vendaval a toda la velocidad que me lo permitieran mis piernas. Pero claro está, lo hice. Continué allí, con el morral apretado contra el pecho, confusa y abrumada.

- Es una cosa del diablo - dijo la primera. Y lo dijo con leve siseo de placer, como si dijera en voz alta una palabrota. Me sobresalté. ¿Que había dicho?
- ¡No es nada del diablo! - le respondí. La niña sonrío, una sonrisa toda dientes y provocación.
- Es lo que dibujan los satánicos en las paredes cuando van a matar a la gente. ¡Y tu la llevas!
- ¡No es nada de eso!
- ¡Claro que lo es! ¡Lo he visto en muchas películas! ¿Tu eres satánica? ¿por qué la llevas?

Retrocedí un paso. ¿De que hablaba la niña? ¿A qué se refería con "Satánica"? Por supuesto sabía, que más de una vez, la estrella la solía llevar el Villano de turno en alguna película de terror...pero ¿Cosa del Diablo? Mi educación religiosa era bastante brumosa y aunque sabía que los Cristianos creían que una criatura malvada insistía en tentarlos, no entendía que relación tenía con nuestra estrella. Sentí que un escalofrío me recorrió la espalda.

- ¡Yo no soy satánica! ¡Es mi estrella!
- ¿Y por qué la llevas?
- Porque me la regaló mi abuela, que es bruja.

Silencio. Las niñas dejaron de reír y me miraron con los ojos muy abiertos y asombrados. La niña que había hablado en primer lugar soltó una risotada.

- ¡Eres una loca! ¿Te comes los gatos y los bebés? ¡Loca!

No sé cuando perdí el control. Todo a continuación fue muy borroso, un cacofonía de gritos y gruñidos. Lo único cierto es que cuando Sor Juana consiguió separarnos, la niña lloraba a gritos y yo continuaba intentando tirarle del cabello. La monja me arrastró con un gesto firme hacia la dirección.

- ¿Que clase de comportamiento es ese? - me gritó. Me negué a mirarla y a responder. Tenía la falda del uniforme llena de tierra, la blusa rota y las mejillas enrojecidas por la cólera. Pero sobre todo, estaba aterrorizada. Angustiada. Y también avergonzada, aunque no sabía por qué.

La dirección era un salón enorme de paredes cubiertas por elegantes paneles de madera y repisas muy altas, llenas de libros encuadernados. Aguardé, aterrorizada y sin saber que esperar hasta que Sor Rosa, la directora del colegio, salió de su pequeña oficina para recibirme. De inmediato, Sor Juana le contó con grandes espavientos mi "terrible comportamiento". La escuché con los dientes apretados.

- Y entonces, sin ninguna provocación, golpeó a una de las niñas de su salón como una salvaje - dijo Sor Juana. Frunció su boca mezquina y pequeña en un gesto duro - es el comportamiento de una loca, de...

Sor Rosa sacudió la cabeza. Era una mujer diminuta, escualida, con la piel del rostro seca y cubierta por un vello rubio muy visible y ralo, ojos oscuros y pequeños, rasgos borrosos. Se cubría el cabello con una cofia diminuta y práctica y siempre parecía tener prisa, muy impaciente por dejar de hablar, por continuar caminando con paso rápido, por reprender a quien lo mereciera. Se acercó a donde me encontraba sentada, entrecerrando sus ojillos brillantes.

- No sé que le habrán enseñado en su otro colegio señorita, pero en este, lo que usted acaba de hacer es inadmisible - dijo. Levanté los ojos, entre aterrorizada y furiosa.
- Esa niña me provocó.
- No me importa si la provocaron.
- Dijo que yo era satánica o una cosa así.

Sor Rosa parpadeó. Apretó sus pequeñas y huesudas manos contra sus caderas. Sor Juana me miró sobre su hombro, sorprendida.

- ¿Por qué diría algo semejante?

No respondí. Sor Rosa inclinó su rostro borroso, confuso hacia mí. Tenía ese tipo de cara que probablemente no recuerdes haber visto luego de hacerlo por primera, a no ser por el extraño vello rubio en su piel y sus ojos penetrantes. De resto, no había nada bonito o llamativo en sus pómulos duros, su barbilla diminuta. Eso me provocó miedo, aunque no supiera por qué.

- Vieron mi estrella y le dije que mi abuela me la había obsequiado.
- ¿Que estrella?

Se la mostré con cierta resignación. El rostro de Sor Rosa enrojeció aún más, sus ojillos atentos se volvieron acuosos. Con el tiempo, descubriría que era esa su manera de enfurecerse, de perder la paciencia. En ese momento me pareció que desaparecía en el hábito azul, en la cofia diminuta y apretada.

- ¿Por qué dice que su abuela le obsequió un objeto de supercheria?
- No es un objeto de supercheria.
- Si lo es. Representa creencias paganas.
- Mi abuela dice que es el simbolo de todas las cosas buenas - estallé sin poder contenerme. Sor Rosa me dedicó una mirada helada, directa. No me amilané - que es el simbolo de la Tierra, de lo bonito del cielo. Y si mi abuela lo dice, es verdad. Mi abuela es bruja y sabe muchas cosas.

Sor Rosa reaccionó como si la hubiese abofeteado en el rostro. Retrocedió, con la boca convertida en una línea tensa. La piel se le tiñó de rojo casi púrpura.

- ¿No le da verguenza llamar a su abuela de esa manera tan grosera y tan primitiva?
- Pero...
- Esa palabra define a las mujeres desobedientes de Dios - exclamó - un tipo de mito que no tiene nada que ver con las buenas y decentes mujeres de esta época. Nunca más se atreva a hacerlo aquí, en este colegio donde educamos con la Buena Voluntad Divina.

No supe que responder a eso. Y de haberlo sabido, creo que también me habría quedado callada. Estaba asombrada y desconcertada por la furia de Sor Rosa, por su expresión dura y tan severa. Sentí alivio cuando me envió a un pupitre solitario a recibir castigo. Incluso la soledad del salón vacío era mucho más reconfortante que aquella mirada suya, de su expresión iracunda.

Además, en el salón, pude llorar en paz. Con la cabeza hundida entre los brazos. Por las palabras de las niñas, por la manera como Sor Rosa había descrito a las brujas. Así me encontró mi abuela cuando vino a buscarme, unas horas después. No dijo nada cuando la abracé, cansada y entristecida. Tampoco cuando salimos a la calle, bajo el sol radiante del Octubre caraqueño, caminando entre la multitud de niños y padres que rodeaban el colegio. Se le veía tensa y distante. Me sentí cada vez más abrumada y avergonzada, aunque continuaba sin saber por qué.

- Lamento todo - dije por último, mientras caminabamos hacia la avenida que llevaba hacia mi calle. Abuela se detuvo para mirarme, con los ojos muy abiertos.
- ¿Que cosa mi niña?
- Haberme peleado...y haberte llamado bruja.
- Eso soy.

Lo dijo con su habitual serenidad, como si disfrutara paladear de la noción de la palabra. No supe que pensar, sacudí la cabeza.

- Pero Sor Rosa dijo...dijo que era una mala palabra.
- Para ella lo es.
- ¿No lo es entonces?

Abuela suspiró, me tomó de la mano y me obligó a continuar caminando. Lo hice, cada vez más confusa.

- Mi niña, la palabra "bruja" define a un tipo de mujer sabia, independiente, fuerte. Por siglos, las brujas fueron las mujeres que ayudaban a nacer a los niños, a curar a los enfermos, a consolar el dolor. Sabian escribir y leer, cantaban las canciones del pueblo, conservaban sus memorias. Las brujas eran el simbolo de la experiencia y el conocimiento de la tribu.

La escuché asombrada. Mi abuela sonreía, mientras me contaba todas aquellas cosas.

- Con el tiempo, las brujas fueron señaladas como desobedientes y se les acusó de delitos y grandes terrores - continuó - El Cristianismo las llamó "Hijas del Diablo" por profesar su fe al aire libre, por celebrar los elementos y no al Dios de la biblia. Pero la palabra "bruja" nunca ha sido una mala palabra.
- Pero ella lo cree - insistí. Mi abuela apretó mi mano entre las suyas. Un gesto cálido que me reconfortó.
- Y puede seguir haciéndolo - respondió - pero ella no tiene la verdad absoluta. Ni tampoco dice otra cosa que lo que le enseñaron. Ser bruja es un privilegio de espiritus libres, de corazones osados. Y sobre todo, de crecimiento espiritual pero en una dirección distinta a la que la Iglesia comprende. Pero, eso no hace la palabra y lo que significa dañino o malvado.
- Dijo que era una palabra primitiva - le comenté - que...

Abuela asintió. Seguimos caminando entre la multitud de transeúntes y me gustó hacerlo en su compañía. Mi abuela era una mujer dinámica, fuerte, que disfrutaba del mundo y sus colores. Siempre se le veía serena y feliz, como si todo a su alrededor le reconfortara y le brindara placer.

- A la bruja se le ve como algo remoto, lejano. De otro tiempo. Pero la bruja no tiene edad ni tampoco una época - me contestó - los espiritus fuertes trascienden esas ideas. La búsqueda de conocimiento siempre es la misma, a pesar de que transites caminos distintos a los habituales, a los evidentes. Y una bruja lo hace, sea con el conocimiento de las hierbas o caminando por una ciudad moderna. Es el poder de la imaginación.

Me encantó esa idea. Pareció abarcar mi temor, mi angustia, mi abrumadora sensación de miedo. Cuando llegamos a casa, ya no me importaba tanto el castigo de los días sin recreo ni el pensamiento que tendría que volver y enfrentar a las niñas que sin duda, continuarían riendose de mí. Mi abuela me guiñó un ojo cuando se lo dije.

- Siempre  transita contra la corriente, enfrentante a lo que te es más dificil, recorre el camino más solitario - me dijo - siempre mi niña, piensa más allá de lo que temes. Y vive en consecuencia.


Sonreí, recordando esas palabras, a muchos años de distancia. En una libreria llena de mis libros favoritos, junto a uno de mis amigos más queridos. Sostuve su mirada expectante.

- No, no me averguenza - respondí entonces - es la palabra que define no sólo lo que soy sino lo que busco en mi vida, la forma como avanzo en este largo camino que recorro cada día. Me llamo bruja porque lo soy, porque creo en su significado y en el poder de esa noción sobre mi misma más poderosa que lo aparente.

Mi amigo suspiró, se encogió de hombros. Por último sonrío.

- Bruja, entonces - dijo. Con cariño, casi en tono de disculpa. Solté una pequeña carcajada feliz.
- Para siempre.

C'est la vie.

viernes, 19 de mayo de 2017

Una recomendación cada viernes: Cuentos completos de Flannery O’ Connor.




Con frecuencia, la literatura es una forma de creación más cercana a las obsesiones de su autor que a cualquier otro elemento que forme parte de su mundo privado. Flannery O’ Connor murió a los treinta y tres años luego de batallar durante casi toda su vida adulta contra un agresivo cuadro de Lupus. Hasta unos años antes, O’ Connor se había insistido en no recurrir a la religión para consolar la posibilidad de la muerte. Para la escritora era una cuestión de orgullo o mejor dicho, una notoria falta de fe que quizás era el elemento más reconocible de su religión “Soy de esas personas que antes morirían por su religión que tomar un baño por ella” escribió en una ocasión. No obstante, a medida que se hizo más evidente que estaba perdiendo la batalla contra un padecimiento devastador y poco conocido en su época, decidió que tal vez valía la pena un último intento. Contra todo pronóstico la incrédula O’ Connor decidió viajar a Lourdes para sumergirse en las aguas curativas que según la tradición, habían rozado los pies de la aparición mariana acaecida en la zona en 1858. “Es quizás la única manera de no perder la esperanza” había dicho la muy debilitada O’ Connor poco antes de realizar el viaje.

Por entonces, ya se le consideraba una de las mejores escritoras de su generación e incluso, de la historia de su natal norteamérica: Su novela “Sangre Sabia” (1952) y la colección de relatos cortos “Un hombre bueno es dificil de encontrar” (1955) la habían convertido en una de las voces más duras y frescas del panorama literario de su época. No obstante, el éxito de O’Connor no se debía sólo a la impecable calidad de su prosa: la escritora había revitalizado el género de lo grotesco con una visión retorcida y absurda que le había permitido crear algo por completo nuevo. Con su pléyade de asesinos piadosos, falsos predicadores, monstruos humanos de rostros apacibles y criaturas deformes, la obra de O’ Connor es un recorrido desde lo perverso hasta un tipo de redención sutil que transforma su obra en una alegoría desconcertante sobre la fe y la rebelión de la conciencia. Descreída, cínica pero sobre todo, profundamente convencida de la maldad del espíritu humano, O’Connor creó un punto de vista sobre la falibilidad y la angustia existencial muy cercano al horror gótico, pero sin su sofisticación. La combinación entre ambas cosas, dotó a la obra de la escritura de una oscuridad latente y seductora que sorprendió a crítica y público.

La obra completa de Flannery O’Connor es de hecho, un estudio inquietante sobre los horrores mínimos, en un ambiente costumbrista, violento y colorido que dota a su obra de una extraño ambiente anómalo. Pertenece además, al llamado “renacimiento del sur”, un movimiento literario experimental que creó a partir de las singularidades del Sur estadounidense, con su singular combinación de puritanismo, superstición y dureza. No obstante, O’Connor era algo más que esa vuelta de tuerca sobre la idiosincrasia y valores de la región. Era una búsqueda de identidad en medio de la transición histórica y cultural de lo rural hacia lo urbano, pero además de eso, una percepción de lo temible debajo de esa engañosa percepción del bien y el mal. Con una agudeza que aún hoy desconcierta, los escenarios de O’Connor están llenos de una malignidad absurda y casi juguetona. Una mirada profunda hacia el núcleo de lo grotesto en medio de lo cotidiano.
La escritora nació en la localidad sureña de Savannah en 1938, en medio de un crispado clima de tensiones raciales y un tipo de violencia callejera aupada por la religión y la costumbre. De esas primeras experiencias con fanáticos religiosos y supremacistas, O’ Connor comprendió los diversos matices del miedo debajo de lo cotidiano. Cuando de adulta se instaló con su familia en Baldwin, en Alabama el paisaje de su percepción sobre la bondad, la maldad y la hipocresía cultura tenía los suficientes matices como para sostener su venidero discurso literario. Una circunstancia además, de la que la autora solía burlarse con mucha frecuencia “Soy blanca, católica y sureña, no podía escribir otra cosa que horror”, llegó a decir en una oportunidad.

Además, la autora estaba enferma. Tanto como para que su vida pareciera una sucesión de dolores y los pequeños tormentos de una enfermedad contra la que no podía luchar. En 1951 se le diagnosticó Lupus (aunque con toda seguridad había sufrido los síntomas una década antes) y la enfermedad cambió de manera radical, su percepción sobre el tiempo, la vida y la muerte. La autora había comprendido la gravedad de la enfermedad mientras escribía su primera novela y a medida que avanzaba en ella, los síntomas transformaron el tono y el ritmo de la narración en algo más enrevesado de lo que la autora había imaginado. Pronto, O’Connor dota a sus obras de un pesimismo existencial que pendula entre el terror a la muerte y también, el desconcierto y la incertidumbre. La redención, la fe y el dolor se entremezclan en una percepción radicalmente nueva sobre los pequeños horrores ocultos en la normalidad. Sus personajes se hicieron más duros, violentos y a la vez humanos, como si su propio tránsito por la enfermedad diera origen a algo más ambivalente, crítico y devastado por la desesperanza. Aún así, mantuvo el pulso con la suficiente pericia como para que la novela se convirtiera en un asfixiante recorrido por la conciencia del Sur estadounidense, abrumado por los terrores y fragmentado en la superstición y el odio. No obstante, a diferencia de William Faulkner — principal representante del llamado “Renacimiento del Sur” — O’Connor se alejó de la experimentación para crear una noción dura y casi clásica de los sufrimientos y terrores del mapa rural que intentó mostrar.

De allí que sus posteriores cuentos, tengan un aire cruel y nítido que sorprenden por su visión análitica. La escritora ya batallaba con la etapa más dura de la enfermedad y sobre todo, con la percepción de su naturaleza crónica. Para O’Connor el hecho de morir no era tan impactante y devastador como la presunción que toda seguridad, sufriría una lenta agonía. Y esa desesperanza durísima, siniestra y brutal es la que llena sus narraciones cortas. En todos ellos, hay una presunción de la derrota existencialista, de la muerte como último bastión a vencer pero sobre todo, de la comprensión insistente de la angustia espiritual hacia la violencia y lo temible. El sufrimiento físico la hizo más prolífica que nunca y durante el año 1958 escribió una cuidada colección de cuentos que sorprende por su variedad de texturas, perspectivas pero sobre todo, por su oscura energía. Como si el dolor fuera un aliciente para su mirada literaria, O’Connor nunca fue más brillante, insistente y profunda que durante los últimos años de su vida.

Desde luego, todas las historias de Flannery O’ Connor crean una línea perceptible desde el orgullo individual hacia el desastre. La economía de su prosa, su capacidad para incorporar el entorno como un elemento casi humanizado en cada uno de sus relatos, crea una noción sobre la literatura que sorprende por su profundidad. Hay cierta predilección por el desastre, una meticulosa comprensión del sufrimiento y el miedo que va más allá de los tópicos habituales de la literatura de su época. Pero también hay un elemento revoltoso, misterioso pero sobre todo, oculto bajo las precisas descripciones de calles, rostros y pequeños lugares exóticos. O’Connor encontró en esa verosimilitud a medias una manera de asumir el peso del discurso sobre los horrores que apenas se sugieren y lo hace, con un pulso firme y pulcro que sorprende por su sagacidad. Nada es casualidad en las insólitas historias de la escritora. Ni lo enigmático, lo brutal o las breves pinceladas de belleza con las que O’Connor dota a sus obras de una extraña vitalidad.

Poco antes de la muerte de la escritora, el profesor inglés Walter Sullivan compiló sus cuentos en una especie de catálogo tenebroso que asombró al mundo literario por su efectividad. Sullivan se sorprendió por la violencia de los relatos — nueve terminan en asesinatos múltiples, tres en un asalto físico, otros en robos, incendios y golpizas — y le preguntó a la autora si había un motivo para semejante despliegue de horrores matizados con un aire cotidiano y hasta vulgar. La autora le dedicó una amplia sonrisa divertida, aunque por entonces sufría paralizantes dolores y los primeros síntomas de la infección del riñón que la llevaría a la muerte. “No puedo escribir sobre nada sutil” respondió. Y claro está, es cierto. La frase resume mejor que cualquier otra su visión inquieta y abrumadora sobre la realidad. Esa colección de falacias patéticas construidas para dibujar no sólo la identidad insular de una región, sino también sus temores y terrores. Debajo de los parajes poblados de sombras, moscas y desperdicios que O’Connor describe desde la periferia, se esconde un tipo de perversión que sorprende por su dureza y petulancia.

No obstante, además de la predilección de O’Connor por la identidad regional de la norteamérica profunda, sus historias versan sobre sus personajes. Esa variedad extravagante de criaturas marginales y levemente monstruosas que transforman los parajes inexplorados de sus historias en una colección de horrores. La amenaza que se esconde bajo sus historias no sólo esconden un “qué” — en la medida de comprender el peligro — sino también un “cuándo” y un “qué. De la combinación entre todo lo anterior, surge un elemento y calculado de profunda belleza literaria.

Todos los cuentos de O’Connor se hacen preguntas muy duras y concretas sobre la fe, la creencia, la esperanza y la redención. Cuestionamientos que se hacen cada vez más crueles y casi retorcidos a medida que la escritora avanzó hacia la parte más dura de la enfermedad que padecía. Para entonces, O’Connor estaba convencida de su muerte inminente y quizás por ese motivo, viajó a Lourdes, en un intento desesperado de salvación. No obstante, incluso en medio de la profusión de fe de la región, de los tullidos y enfermos tan parecidos a los que describía en sus obras, la escritora claudicó y se sumergió en el manantial milagroso. “Estoy segura de que nadie reza en esa agua” diría después “pero yo lo hice por la novela que estoy escribiendo. No por mis huesos, que me importan menos” aseguró en una carta a una de sus amigas. Como una última y extraña provocación a la vida, a la muerte y al origen de sus creencias. Pocos meses después, la escritora llegaría a completar su última obra para después morir, en medio de una rápida y abrupta agonía. Una forma de rarísima redención muy parecida a la de sus crudas y siempre burlonas narraciones.

jueves, 18 de mayo de 2017

Una sofisticada forma de violencia: Ichi The Killer (2001) de Takashi Miike.





Nuestra cultura en ocasiones parece tener un sentido crítico muy limitado acerca de sus momentos bajos y complejos: por eso hablar sobre violencia siempre será complicado en cualquier género y bajo cualquier aspecto. Tal pareciera que hay una sensibilidad muy definida al momento de comprender un rasgo humano inevitable y peor aún, tan esencial de la conducta humana. Aún más, si se trata de reflejarla bajo la visión de las artes y otras expresiones artísticas y de divulgación. ¿Qué ocurre con el mensaje que se envía? ¿Qué debe expresar o peor aún, mostrar un fresco sobre lo más primitivo de la conducta del hombre? ¿Necesita dejar claro un mensaje o puede mirarse simplemente como parte de una idea más amplia, como un análisis a esas expresiones infinitas de la mente humana? Nadie parece saber las respuestas a los anteriores cuestionamientos y aún así, la violencia continúa siendo una manera de comprender el mundo, una construcción de la memoria que sobrepasa cualquier prejuicio y temor.

Sin duda, ese es uno de los motivos por los cuales el director Takashi Miike — cuya trayectoria con más de cien películas a cuestas ha tocado todos los tópicos posibles — decidió crear lo que se suele llamar, una épica a la ultraviolencia. No en vano el director parece obsesionado con la naturaleza del espíritu humano y sus infinitos matices. Desde sus pequeños experimentos de bajísimo presupuesto hasta su aclamada “Audition” (Odishon, 1999), Miike logró lo que pocos autores: construir un estilo que parece abarcar toda expresión cinematográfica, no importa el tema o la manera como lo aborde. Para sorpresa del mundo del cine, Miike hizo la transición entre el cine de bajo presupuesto del género fantástico a algo mucho más depurado. Una renovación del discurso visual del autor, que sin embargo, continúo insistiendo en su descarnada visión del argumento visual. Muy probablemente por ese motivo “Ichi The Killer” (2001) no sea sólo una película Gore que intenta resumir lo mejor del género, sino además, un poderoso alegato visual que crea y construye su propio vehículo de expresión, una nueva manera de analizar la violencia, más allá de la visión moralista, de sus detractores y sus críticos. La violencia sólo por la violencia.

Además, el director — con esa visión sobre el mercado y la cultura pop que probablemente aprendió durante sus primeros años en el cine independiente — supo convertir a “Ichi The Killer” en un icono del cine gore incluso antes de su primera proyección en la gran pantalla. No solo los rumores sobre sus durísimas imágenes y su propuesta transgresora se escucharon mucho antes de su estreno, sino que acompañó la campaña de promoción de la película con una serie de trucos de efecto que logró despertar un inusitado interés entre el público. Desde obsequiar bolsas para vomitar al público que asistía a las funciones donde se proyectaba en diversos festivales, hasta las noticias — nunca confirmadas — sobre desmayos y huidas de espectadores durante la proyección debido a la crudeza de las escenas, el director logró crear una atmósfera alrededor de su obra que sorprendió al cinéfilo más incauto. No obstante, la película parece encontrarse a la altura de los rumores que produjo antes de su estreno: antes de los veinte minutos de proyección ya muestra al sorprendido espectador el motivo de tanta controversia con dos escenas difícilmente olvidables: Los créditos formados con semen que seguían a una paliza a una prostituta y la tortura a Suzuki donde unos garfios para carne jugaban un importante papel.

Por supuesto “Ichi The Killer”, es realmente una película violenta, más allá de los trucos comerciales y la propuesta escénica de su director. Heredera de todo un género gore que parece reinventar y exagerar a niveles dramáticos, la película es una enorme deudora de un Universo de personajes misteriosos, mezquinos, crueles y sanguinarios. Basado en el manga de Hideo Yamamoto homónimo, es una combinación de imágenes impactantes, donde la sangre, la crudeza y el despropósito parecen crear un atmósfera irrespirable, casi insoportable. Desde amputaciones, torturas de inimaginable crudeza y toda una sucesión de circunstancias que se entrecruzan para crear un discurso argumental descarnado y crudo, la película intenta provocar, asustar y desconcertar de todas las maneras posibles. Una agresiva puesta en escena hace el resto: “Ichi The Killer” se convirtió rápidamente en un clásico de lo obsceno, en una reinvención de lo fantástico y lo inverosímil en beneficio del terror y el discurso de la violencia.

Probablemente con toda intención, Miike presenta el mundo de los Yakuzas con una expresividad visual que sólo acentúa el ambiente terrorífico y malsano de la película: policías corruptos, drogadictos, prostitutas, psicópatas y por supuesta, un minucioso fresco de la cultura del crimen asiático, construyen una sólida visión de un mundo de engaños, sangriento y ambiguo, que el director transforma, con una asombrosa capacidad para construir escenas desconcertantes, en una espiral destructiva que obliga al espectador a cuestionarse sobre los límites y orígenes de la violencia, la crudeza y de la deshumanización de la agresión. En el mundo de Miike nadie es inocente: cada personaje parece personificar un tipo de visión sobre la furia y la agresión que sobrepasa cualquier otra identidad humana. De manera que la violencia, se hace no solo escenario de fondo sino una manera de comprender un tipo de realidad compleja, inquietante y perturbadora.

Así que “Ichi the Killer” no es solo una película que celebra la violencia, sino que además, crea un discurso visual basado en esa visión intolerable de la crudeza del elemento sin cortapisas ni disimulo. Tal vez por ese motivo, el crítico Tom Mes ha insistido que la película, más que un mero espectáculo sangriento, es una durísima reflexión sobre la relación entre el público y la violencia audiovisual. Sin duda lo es: nadie podría cuestionar la intención directa Miike por escandalizar y cuestionar lo que se considera establecido y crear un poderoso alegato sobre lo que es la visión de la violencia y nuestra capacidad para comprenderla sin querer entrar en discursos moralistas. Aunque sea una reflexión que duela, asombre y desconcierte, de manera metafórica y lo más inquietante, también literal.

miércoles, 17 de mayo de 2017

De la oscuridad y el silencio: La influencia de H.P Lovecraft en “Alien: el Octavo pasajero” de Ridley Scott.




El cine suele ser un lenguaje complejo en el que la referencia y la concepción de la realidad se entremezclan en una durísima concepción sobre la incertidumbre. Quizás por ese motivo, al director Ridley Scott se le suele acusar de trivializar la Ciencia ficción. En más de una ocasión, su tendencia a la autorreferencia y la superficialidad conceptual le ha valido durísimas críticas que además, han puesto en duda no sólo la trascendencia de su legado sino también, el valor de su percepción sobre la distopía puede ser. Aún así, es indudable que el director creó a lo largo de su extensa carrera un Universo cinematográfico único, lleno de una novedosa percepción sobre el terror y el suspenso pero sobre todo, con una mirada curiosa sobre el existencialismo. En medio de esa extraña y en ocasiones contradictoria combinación, el trabajo de Scott parece subvertir una visión muy concreta sobre lo que especulación y crear algo nuevo a partir de ella.

Por supuesto “Alien: El octavo pasajero” (1979) una de las obras cumbres de la propuesta del director y quizás, la mejor que resume esa percepción de Scott sobre el miedo y la noción existencialista con que suele dotar a sus películas. La historia del carguero espacial asediado por un extraordinario monstruo sin nombre, analiza desde un punto de vista insólito no sólo el trayecto desde la percepción de lo que tememos — y por qué le tememos — sino que además, reflexiona sobre la incertidumbre. Todo bajo una cuidada esquema de una clásica ghost story, repleta de todo tipo de influencias literarias y cinematográficas. El Alien de Scott avanza sobre la comprensión de lo desconocido — encarnado en una magnífica criatura inexplicable —  para construir un sólido planteamiento sobre el horror del vacío que suele simbolizar el espacio exterior. De esa manera tan simple y casi sobria, Scott logró no sólo revitalizar un género en el que ya comenzaba a parecer agotado y refundar una noción particularísima sobre la expresión de cierto terror retorcido y atractivo. Había nacido una nueva manera de asumir el miedo y sobre todo, el manido teorema del temor que habita más allá de lo comprensible.

Pero “Alien: el Octavo pasajero” es mucho más que una refundación de la Ciencia Ficción basada en la incertidumbre. Es también una reinvención para la pantalla grande del aire amenazante y siniestro del terror cósmico. Para Scott lo que se esconde en la negrura del infinito es mucho más temible que cualquier enemigo visible y comprensible. Es esa mirada hacia lo que tememos y no podemos explicar — y sobre todo, que somos incapaces de definir — lo que hace mucho más complejo a la historia de Scott. La historia que cuenta el guión de Dan O’Bannon transita terrenos filosóficos que rozan la hipótesis sobre terrores fundamentales de la mente humana. Es entonces cuando la película adquiere paralelismos inevitables con otro Universo en el que el terror a lo desconocido se mezcla con profundas preguntas existenciales: los cuentos de horror cósmico escritos por H. P. Lovecraft.

El parecido no es casual o al menos, no parece serlo: “Alien: el Octavo pasajero” deja muy claro de inmediato que la historia que cuenta está más interesada en lo terrorífico que en la violencia directa. La travesía por el espacio tiene un aspecto sucio y destartalado, muy distinto a la presunción de pulcra tecnología de otras obras semejantes. Como si se trata de una mirada a la caída en desgracia de las esperanzas de nuestra Era, el viaje espacial de la película de Scott tiene un sesgo pesimista. La nave y sus tripulantes son un grupo sin mayores recursos, obreros de alta categoría y efectivos militares sin otra línea en común que una travesía corriente. No hay ningún heroísmo en este grupo borroso y anónimo. Y quizás por eso, lo que vendrá después — el terror que tendrán que enfrentar — sea tan imprevisible y letal. Una alegoría directa a lo impensable que tantas veces H.P Lovecraft utilizó como recurso para describir — y mostrar — el miedo como una forma de aseveración sobre lo desconocido.

Pero sobre todo, “Alien: el Octavo pasajero” es una película de atmósfera: una geografía tenebrosa que abarca desde los perfiles destartalados y levemente ruinosos del Nostromo hasta la espléndida criatura, fruto de la imaginación del dibujante sueco H. R. Giger. Oscura y desoladora, el tono de la película deja muy claro que el miedo es una percepción que gravita sobre la percepción de la identidad desintegrada en medio de un peligro indescriptible. La amenaza en Alien — de la misma manera que en los cuentos de H.P Lovecraft — tiene un claro aire de irrealidad y fantasía. Con sus espacios cerrados y claustrofóbicos, la visión de Scott para su película construye un escenario opresivo que evidentemente, se basa en los enrevesados universos de Lovecraft. No hay nada simple en los laberínticos pasillos iluminados por luz parpadeante o e los rápidos planos secuencias que apenas muestran al monstruo escondido entre las sombras. El miedo se convierte en un enemigo creado a partir de lo ignoramos y no podemos definir. Una pléyade de horrores que superan la comprensión humana.

Un monstruo de horrorosa belleza.
El criatura de Alien no tiene ojos: Una ausencia que rompe por completo con cualquier semejanza con cualquier otro monstruo que el cine haya mostrado hasta entonces. No obstante, su impacto se basa en algo más que esa ruptura con lo que consideramos compresible: Giger creó a la criatura con la intención que resultara “indefinible en la crueldad de su belleza”. Con su enorme cráneo fálico y brillante, su cuerpo esbelto y su doble dentadura de dientes metálicos, el Alien imaginado por el artista es una mezcla entre una percepción estilizada acerca del miedo y algo más complejo. Inexplicable y violenta, se trata de una maquinaria mortífera que encarna un tipo de terror sofisticado que hasta entonces, jamás se había mostrado en película alguna. Giger no sólo asumió el reto de elaborar una visión sobre la vida espacial que superara cualquier otra propuesta semejante sino que además, asumiera el hecho de lo desconocido como una amenaza siniestra.

El contraste, el diseño realista y funcional del caricaturista Ron Cobb para el “Nostromo” y toda la puesta en escena de la tripulación a bordo, parece insistir en esa frontera entre la exquisita oscuridad que sugiere la criatura de Alien y lo que representa. Entre ambas cosas, hay una grieta evidente entre lo real y lo ficticio en la que terror tiene un claro componente tenebroso. Una perspectiva sobre el absurdo y lo incomprensible que remite de inmediato a la obra del escritor H.P Lovecraft.

Como muchas de las deidades y monstruos concebidos por Lovecraft, la criatura de Alien simboliza un tipo de terror al filo de la conciencia humana. Contradice la presunción de lo netamente antropomórfico y se convierte en una máquina de matar tan violenta como indiferente. El Alien de Giger es la síntesis de la salvaje frialdad de las criaturas cósmicas que el escritor escribió casi medio siglo antes. A la criatura de Alien no la impulsa el hambre o tampoco, alguna idea compresible sobre su cualidad como depredador. Primitiva y sofisticada, poderosa e inalcanzable, la criatura de Alien asesina, destruye y prevalece por una especie de originario instinto de reproducción pero sobre de permanencia. Su complejo ciclo de vida es una metáfora de esa devastación desoladora con la cual Lovecraft parecía tan obsesionado en sus obras literarias: a medida que la criatura se hace más fuerte, mayor es la capacidad para la destrucción que alcanza. Desde el huevo primigenio — figura común en la ciencia ficción — hasta el advenimiento del monstruo en toda su terrorífica y espléndida plenitud adulta, la criatura Alien es la alegoría perfecta a ese enemigo inevitable, invencible y devastador que habita en la oscuridad, que se nutre del temor y la debilidad del hombre.

Para Giger, la obra de H.P Lovecraft no fue sólo un referente inmediato, sino también, una aproximación a un tipo de terror ciego en el que el artista basó la mayor parte de su obra. En más de una ocasión el artista admitió que la obra del escritor de Providence era no sólo “capital” para su trabajo visual, sino además, una fuente inmediata de comprensión “sobre la oscuridad de un tipo de terror laberíntico de enorme profundidad conceptual”. Su obra “Necronomicon” (1977) es un cuidadoso homenaje visual al Universo Lovecraft pero además de eso, a la imaginería que sostiene su discurso primordial. Tanto uno como el otro asumen lo fantástico como una vertiente de lo enigmático y es esa ausencia de definición — lo reconocible — lo convierte a la obra de ambos artistas en obras espejos una de la otra. Era inevitable por tanto, que la atmósfera oscura y abrumadora de las obras de Giger — herederas visuales del Universo de Lovecraft — brindaran a “Alien: el Octavo pasajero” un aire tenebroso y macabro muy semejante a las obras más conocidas del autor norteamericano. El universo Lovecraftiano con toda su carga simbólica y su devastadora comprensión de la nada que habita más allá de los confines de lo conocido, dotan a su obra de una profundidad elemental basada en el primitivo temor del hombre a su insignificancia. De la misma manera que el monstruo de Giger representa al enemigo imposible, implacable y voraz. A mitad de camino entre un insecto, un eficiente depredador y un sofisticado biomecanismo de evidentes connotaciones sexuales, el Alien sugiere además una insistente búsqueda de la debilidad de la psiquis colectiva. Ese punto frágil que sostiene un discurso sobre la vulnerabilidad de la existencia del hombre, en medio de un Universo desconocido y peligroso al que se enfrenta desde su frágil percepción de la conciencia.

martes, 16 de mayo de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: El país irreal y otras formas de dolor venezolano.

REUTERS/Carlos Garcia Rawlins



La calle en la que vivo, tiene un aspecto desolado y fantasmal. Durante toda la noche, la Guardia Nacional Bolivariana arrojó bombas lacrimógenas y disparó balas de goma contra los edificios que tocaban cacerolas y vitoreaban consignas de protesta. Sólo al amanecer, el ataque culminó en un bullicio de sirenas e insultos burlones de los funcionarios que llenaban mi calle. En mi habitación, aturdida por las largas horas de insomnio y cansancio, sentí una mezcla de profunda tristeza y cólera. Un rehén en mi propia casa, en mis lugares privados. En mi hogar.

— No van a dejar de reprimir hasta que dejemos de protestar — dice uno de mis vecinos unas horas después, cuando me lo tropiezo en la calle — no nos van a permitir protestar en el oeste. Deben mantener la ficción del apoyo al chavismo por este lado de la ciudad.

Se refiere por supuesto, al discurso ideológico del gobierno que insiste en sectorizar la protesta en una guerra de clases ficticia y artificial. Durante más de una década, Chávez exacerbó las diferencias y desigualdades sociales del país y las convirtió en un arma política. Nicolás Maduro también lo hace y parte de su discurso para desestimar el efecto de las protestas es insistir en que se trata de un enfrentamiento entre lo que llama “la burguesía” Venezolana que ha perdido sus privilegios y el “pueblo”. Una retorcida e intencionada simplificación sobre el descontento que la protesta del oeste de la capital — en donde una empobrecida clase media y zonas populares se mezclan en un mapa desigual — contradice de forma directa.

— Hazme caso, van a seguir hasta que la gente se canse o se asuste — insiste — y no sé si alguna de esas cosas va a ocurrir pronto.

Mira hacia la calle con un gesto exhausto. Tiene el mismo aspecto reseco y frágil que yo, me digo con cierto sobresalto. El mismo que tanto me sorprendió al mirarme al espejo, que me preocupó por ser parte de las secuelas invisibles que las largas semanas de crisis y violencia dejan a su paso. Me pregunto si de la misma manera como me ocurre, mi vecino pasa las noches en vigilia, escuchando los sonidos de la calle entre el miedo y una inquietud precavida. No se lo pregunto. Sé la respuesta.

Caminamos juntos por la avenida. Hay trozos de concreto rotos, seguramente por el impacto de las lacrimógenas. También cúmulos de basura quemada — el intento de una barricada que de inmediato se sofocó entre balas -, fragmentos de vidrios rotos. Los escuché romperse durante la noche, mientras los alaridos de los vecinos se confundían con el chasquido del vidrio contra el suelo. Cuando levanto los ojos, noto que todos los edificios a mi alrededor tienen una rara apariencia vacía. Las ventanas cerradas con tablas y objetos, el yeso de las paredes ennegrecido y lleno de grietas.

— Nos están atacando como sus enemigos — comenta mi vecino, como si pudiera leer mis pensamientos — no se trata de represión sino de amedrentar. Recordarnos que tienen las armas. ¿Cómo puede vivirse de esa manera? El gobierno te considera un enemigo, así de simple. No existes, no tienes voz ni participación. Eres nadie. Una estadística. Quizás después una víctima necesaria.

Nos quedamos de pie. Mi vecino tiene los hombros caídos, el cuerpo encorvado. Tan cansado como yo. Tan agobiado. Ambos atrapados en una situación que nos sobrepasa, nos atrapa, nos deja a solas en medio del anonimato de la violencia. Un escalofrío de puro miedo me recorre. Me pregunto cuánto más podremos soportar. Qué ocurrirá ahora que la última máscara de un Gobierno que necesita ejercer el control para mantenerse en el poder cayó. No hay un límite, una frontera que pueda protegernos. Cada ciudadano es una estadística incierta, dura de asimilar. Una víctima propiciatoria.

Mi vecino se aleja calle abajo. Lo veo desaparecer a la distancia, entre las bolsas de basura rota que llenan la calle y la silueta de los vehículos militares que custodian más allá. Una figura pequeña y vulnerable, en medio de un paisaje de pesadilla. Y yo también lo soy, me digo con las manos apretadas contra el vientre. Los dedos doloridos por la tensión. Soy un rostro más que debe esconderse del asedio, de la agresión, del puño de la represión.

Cuando lo piensas así, tiene algo de dramático. Irreal, fragmentado. Como si se tratara de una exageración fruto del miedo o del terror. Pero esa es la realidad, me digo mientras echo a caminar también. Esa es la noción de país con la que debo enfrentarme, con la que debo luchar a diario. La que es parte de mi vida desde hace casi dos décadas.

***
Mientras almuerzo con un grupo de amigos, alguien pregunta en voz alta quien asistirá a la manifestación del día siguiente. Lo hace con un tono casual, como si se tratara de una rutina entre tantas otras. Un murmullo de inquietud y aprobación recorre la mesa.

— Tengo miedo — declara en voz alta alguien al fondo — de verdad tengo miedo de que me maten. Y ya, eso fue todo. Pero igual voy. ¿Qué más le queda a uno?

Lo dice en un tono neutro y objetivo, sin mayor emoción. Simplemente describe un hecho, pienso masticando con desgana. El miedo se transformó en algo más, en una combinación borrosa y quizás incomprensible de resignación y furia. Un cabeceo solidario y lento recorre la mesa. Uno de mis amigos más queridos levanta la mano con un gesto rápido y firme.

— Así me maten voy — dice — igual te puede matar el malandro, que te falte un antibiótico. Si lo van a joder a uno, al menos que sea de manera digna. Ya no queda otra cosa que hacer.

Me sobresalta la convicción triste de sus palabras pero sobre todo, su firmeza. No se está burlando, exagerando o incluso dramatizando ese miedo constante que todos vivimos a diario. Lo está creando en una idea esencial: la última resistencia es la supervivencia. La percibo con tanta claridad que me quedo paralizada, pensando en el hecho sencillo — evidente ¿cómo no lo vi antes? — que todos en la mesa estamos pensando quizás la misma cosa. Que de una u otra forma, aceptamos que podríamos morir. Que quizás, no sobrevivamos al clima de violencia encarnizada en Venezuela. Que somos víctimas de un sistemadevastador e impune que erosionó cada expectativa, derecho y esperanza. De manera que solo queda esto, me digo mientras tomo un trago de agua. La garganta se me cierra de miedo y me lleva esfuerzos obligar a beber unos cuantos sorbos. Sólo nos queda la conciencia de la muerte, de su posibilidad. Como víctimas de una guerra invisible, pertinaz, desigual. ¿Quienes somos los Venezolanos ahora mismo? ¿Cómo nos enfrentamos a este panorama roto y cubierto de cicatrices?

La conversación continúa en el mismo tono. Varios hablan de las medidas que deben tomarse para evitar ser herido durante las manifestaciones. “Hay que cuidar las piernas, los guardias te están disparando a las rodillas para evitar puedas huir” dice una de mis amigas con preocupación. La miro y recuerdo su estupenda forma física, su dedicada obsesión por la salud. Su proverbial optimismo y buen humor. Ya no queda nada de eso. Ahora es una sobreviviente que analiza las maneras de evitar las heridas, el dolor, el miedo. Alguien más insiste en la necesidad de llevar cascos — “Si te golpea una lacrimógena puede provocarte un conmoción inmediata” — y describe las heridas, mortales y peligrosas que puede provocarte el ataque de perdigones. De pronto, la conversación es sólo eso: el temor convertido en precaución, en la posibilidad de riesgo, en la plena idea de la muerte.

¿Cómo será la vida de hombres y mujeres de nuestra edad en cualquier otro país? me digo con cierta ingenuidad. ¿Cómo será tener esperanzas, una real posibilidad de futuro? Me tiemblan las manos cuando dejo los cubiertos sobre la mesa. Tengo la sensación que estallaré en llanto. En alaridos de miedo. ¿Cómo será no pensar en la muerte como una posibilidad inmediata, confundida con lo cotidiano, convertida en un fragmento indivisible de lo que consideras personal?

Me quedo en silencio, por supuesto. Las manos apretadas contra el vientre, el miedo convertido en un escalofrío invisible. Cuando el almuerzo acaba, salgo sola al pequeño jardín que rodea el viejo restaurante. Por diez años, fue mi lugar favorito, un pequeño refugio al que acudí en los peores momentos. Ahora el diminuto espacio ornamental con sus buganvillas y enredaderas en flor, un aspecto abandonado y levemente descuidado. Como el local entero, para ser justos. Hace semanas supe que cerrará. “No sobrevivió a la crisis”, me explicó alguien que conoce a los dueños. Ahora la frase me parece no sólo dolorosa, sino oportuna. Una rara coincidencia retorcida, de esas que parecen suceder con tanta frecuencia en Venezuela.

La calle más allá de la pequeña muralla de yeso tiene un aspecto engañosamente normal, con el tráfico tumultuoso de la primera hora de la tarde y sus grupos de transeúntes que avanzan contra el sol a plomo. Me pregunto si todo es así, si podría resumirse de esa manera: El país abierto en una grieta histórica insalvable y evidente. La violencia oculta bajo una pátina de tranquilidad que se mantiene a duras penas. Esa noción de lo que existe y lo que se disimula que convierte al país en una extraña mezcla de paisajes, sentimientos y escenas. No lo sé y no lo comprendo. No comprendo al país que se esfuerza por continuar sosteniendo una frágil apariencia de normalidad cuando no existe, cuando dejó de existir hace tanto tiempo que resulta imposible recordar el momento exacto en que comenzó la ruptura. El horror de la violencia convertido en algo cotidiano. La muerte tan cerca.

***
Despierto por el estruendo acompasado de una detonación. Tan cerca que hace vibrar los cristales de mi ventana, sacude los pequeños objetos sobre mi escritorio. Me quedo tendida en la oscuridad, las manos aferradas a la almohada. El miedo llega y pasa. Y queda la rabia, invisible, cegadora. La sensación de imposibilidad convertida en certeza. ¿Quienes somos los Venezolanos que nos enfrentamos a la violencia? No lo sé, me digo con los ojos muy abiertos en la penumbra. Quizás no hay un nombre para este espacio sin nombre en el que el miedo lo es todo. Este horror cotidiano que forma parte del rostro oculto del país que conocí. Una cicatriz que nunca sana. Un sufrimiento invisible y persistente imposible de definir.

lunes, 15 de mayo de 2017

De lo enigmático a lo transgresor: La insólita propuesta de Claude Cahun.




La fotografía tiene la capacidad de definir, reflejar y construir una opinión visual sobre la realidad que capta, las referencias que le nutren e incluso, la personalidad de su autor. Más allá de eso, la imagen inmediata es un lenguaje que se construye a partir de una idea elaborada a partir de la esperanza y el temor de lo subjetivo. Un elocuente y sensitivo discurso sobre la identidad y sobre todo, la forma en que se manifiesta de manera artística.

Tal vez por eso, sea tan complejo definir — o al menos, analizar en sus elementos constitutivos — el trabajo de Claude Cahun (seudónimo de Lucy Schwob, Nantes, 1894–1954). Con su mezcla de androginia, autorepresentación, disfraz totémico e incluso alegoría vivencial sobre los dolores existencialistas de nuestra época, la fotógrafa no sólo cuestionó la forma como la mujer se percibe en el arte sino además, la percepción de la identidad a partir de la transformación del discurso que estético. El resultado es una combinación extravagante, sagaz y profundamente simbólica sobre la transición de la memoria colectiva y la tradición sobre lo femenino hacia algo más duro de asimilar. Con su estilo subversivo, por momentos inexplicable pero sobre todo audaz, Cahun logró reescribir la noción sobre la imagen de la mujer en el arte. Y lo hizo con una mirada analítica que sin duda es su mayor logro.

Para Cahun el rostro humano es un elemento creativo, más que cualquier otra cosa. Su trabajo está basado en autorretratos que indagan de manera morbosa, nítida y brillante todo tipo de cuestionamientos sobre el género, la soledad moderna, la comprensión de la identidad como una forma de desarraigo pero además, de eso crean un paradigma sobre el concepto de la autoimagen como forma de rebelión. La artista se retrata pero también se camuflajea — en ocasiones, se transforma — para plasmar su condición de mujer como un descubrimiento de esencial importancia. No obstante, su visión fotográfica no se basa sólo en la capacidad analítica de la fotografía para definir espacios y desigualdades plásticas: el trabajo de Cahun es una acertadísima mezcla entre la percepción de la metáfora cultural sobre el sexo y el elemento binario del género hacia algo más duro de comprender.

Claro está, una combinación semejante hace que el trabajo de Cahun sea una mudanza sensorial e intelectual entre lo determinado y lo simbólico de la fotografía como símbolo: hay algo desordenado e irracional en sus fotografías, que coincide de lleno con esa noción del culto a la personalidad que supone una época obsesionada con el autodescubrimiento como la que le tocó vivir y crear. A finales de los años veinte, Cahun se encontró sumergida en un tremedal de ideas renovadoras del arte y de lo esencial de la creación estética. Como fotógrafa, Cahun encontró en la imagen un refugio esencial a la noción de la creación como lenguaje esencial. Sin embargo, no se trataba de un percepción dúctil ni tampoco sencilla: Un autorretrato fechado en el año 1928 la muestra en plenitud andrógina y provocativa, enfundada en una malla negra, con un ojo abierto, el otro cerrado pintado de negro, el cráneo rasurado y los angulosos rasgos de su rostro destacados por el juego de luces y sombras, Cahun tiene el aspecto de un ángel terrible. Convertida en su propia pieza de arte, la imagen la muestra como una aseveración artistica más que cualquier otra cosa, lo que transforma al autorretrato ya no en un reflejo de las pulsiones y nociones de la artista, sino en algo más elaborado y contrahecho. Cahun crea no sólo una percepción de la imagen como sujeto artístico — aunque lo reafirma de manera tácita — sino también, como un hecho contestatario. Entre ambas cosas, la obra de la fotógrafa sostiene una percepción durísima sobre la individualidad, el miedo a la transgresión y lo que habita más allá de la compresión sobre quienes somos. Ingobernable, un monstruo surgido de su propia percepción de un doloroso absurdo existencialista, la obra de Cahun se manifiesta como una vuelta de tuerca a lo conocido y propuesto hasta ese momento como elemento esencial de la imagen artística. Todo envuelto en el extraño matiz de una figura sin sexo y sin edad. Una reivindicación misteriosa al arte como rebelión.


El mito de la oscuridad en medio del arte:
Claude Cahun fue una artista polifacética que construyó un lenguaje formal basado en la mezcla de varias disciplinas: poeta, ensayista, traductora y sobre todo revolucionaria, su creación artística estuvo salpicada de todo tipo de influencias pero además, una sincera certeza sobre el arte de elaborar percepciones de la belleza a partir de una noción de ruptura discursiva. Nacida en una época de grandes mujeres que luchaban contra la burguesía intelectual, encontró en París el lugar idóneo para construir una percepción del arte tan novedoso como controvertido. Rodeada del legado de figuras de extraordinarias como Natalie Barney, Gertrude Stein, Silvia Beach, Adrienne Monnier, Dora Maar, Djuna Barnes, Meret Oppenheim o Lee Miller, Cahun asimiló el norte de la construcción artística a través de un mosaico de ideas complejas. Desde sus primeros pininos artísticos de retratos alegóricos hasta su obra más elaborada (que jamás llegó a Galeria alguna y que Cahun protegió con férrea insistencia en el anonimato) la obra de Claude Cahun es un compendio de información de brutal honestidad sobre los horrores y enigmas de la identidad colectiva. Cahun puede o no existir y es esa abstracción de su personalidad lo que brinda una resonancia atípica a sus insólitos autorretratos sin rostro y sin definición real.

Hija del editor y novelista francés Maurice Schwob y Marie-Antoniette Courbebaisse, la futura fotógrafa se crió en un ambiente complejo de relaciones familiares trastocadas por una rarísima rivalidad que convirtió el hogar paterno en centro de enfrentamientos e relaciones emocionales muy cercanas al incesto. La misma Cahun terminó sosteniéndo una relación lésbica con su hermanastra que perduró buena parte de su vida. Heredera directa del carácter extravagante de su tío el simbolista Marcel Schwob, Cahun aprendió bien pronto que el arte era una forma de liberación total de cualquier límite cultural y moral. Sus primeras fotografías (que realizó a la temprana edad de quince años) tenían una evidente intención transgresora: primeros planos sugerentes de partes del cuerpo de aspecto confuso, que bien podrían ser cuerpos desnudos o simples juegos de luces inofensivos. Pero la confusión entre ambas cosas — y sobre todo, la percepción de la provocación como medio creativo — dota a esas primeras imágenes sin mayor técnica intención de una perturbadora fuerza. Cahun ya comenzaba a transitar el camino hacia la noción del arte escudo y alegórico que le acompañaría toda la vida.

No obstante, Claude Cahun es mucho más que su necesidad de romper límites para crear otros a partir de sus preguntas existenciales. La fotógrafa dedicó buena parte de su vida a profundizar en el lenguaje metafórico del misticismo, la plenitud caótica, la androginia y la fantasía como expresión formal de su militante percepción de la libertad. Pero más allá de eso, también hay mucho de un retorcido sentido del humor, de la parodia de la época y sobre todo, la presunción de la destrucción de la individualidad en busca de algo más profundo. Sus autorretratos — esa extraña colección de personajes y creaciones a los que Cahun brinda una vibrante personalidad — van más lejos que la rebeldía. Una audacia que permitió a Cahun construir un verdadero performance artístico alrededor del género. Política y poética, la obra de la fotógrafa no se atiene a interpretaciones sencillas y mucho menos, a los límites de una única manera de definirla. Entre sus retratos, fotografías aparentemente espontáneas, fotomontajes e imágenes incoherentes, la obra de Cahun avanza hacia cierto tipo de análisis sobre el bien y el mal que asume su poder constructivo a través de la neutralidad. Tal pareciera que Cahun está convencida de la necesidad de no pertenecer a ninguna parte, de atravesar la concepción de lo artístico como paisaje imposible entre lo visible y lo invisible.

La esencia en penumbras y otros misterios:
En muchos de los trabajos de la fotógrafa es evidente su conocimiento sobre el dadaísmo, aunque su enfoque sea por completo surrealista. Sus bodegones de aire irreal y sus autorretratos teatralizados tienen una apariencia profundamente desconcertantes, que sin embargo, parecen sugerir la intención de la artista por encontrar un plano de existencia artístico único. Lo más sorprendente es que el arte de Cahun evoluciona: de la simple subversión visual, la artista avanza en un trayecto complejo de composiciones metonímicas de objetos que parecen simbolizar su yo múltiple y lo que resulta más desconcertante, las infinitas variaciones de la dimensión personal de Cahun como objeto artístico. Sus imágenes tienen algo de sexual, pero no erótico — son secas, distantes, violentas — pero aún así, resultan evocaciones de un tipo de ruda lujuria que atrae por su naturaleza vibrante.

Por supuesto, esa rareza esencial convirtió a Cahun en un ídolo misterioso. Eso, a pesar que la mayor parte de su obra y propuesta se mantuvo oculta y olvidada por más de tres décadas. Hasta 1995 se supo muy poco sobre su arte y propuesta: Una colección de casi 400 imágenes que abarcan esa percepción extravagante y aguda sobre la belleza, el género y el deseo que transforma su trabajo en una especulación teórica antes que cualquier otra cosa. Tal vez el férreo anonimato tuvo relación con su detención por la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial: la polícia política del régimen nazi requisó y destruyó la mayor parte del trabajo tras la detención de Cahun por firmar panfletos contra propagandísticos y de resistencia con Le Soldat sans nom. Confinada en una prisión militar, Cahun intentó suicidarse pero no lo logró y según escribió después, jamás lograría recuperarse del todo de esa “derrota moral” de la vida sobre su intención de la muerte. Luego de la liberación de París su pena fue conmutada pero nunca volvió a trabajar con tanta libertad ni tampoco penetración psicológica como lo había hecho antes.

Las imágenes de Claude Cahun siguen asombrando incluso hoy: con su discurso de género y la superposición de ideas disímiles crea un lenguaje fuerte y estructurado que soporta la metamorfosis que la propuesta de Cahun sufre a medida que evoluciona. En la actualidad el rostro andrógino, duro y en ocasiones inquietante de Cahun continúa desconcertando pero sobre todo, definiendo nuevos límites para la perpetúa creación de la identidad artística. Enajenada del reino de lo físico y convertida en pura idea, Cahun logró encontrar una manera de exorcizar la angustia, el tedio y la tradición a través de una obra de múltiples interpretaciones. Sus fotografías abrieron una brecha en la historia de la estandarización de la representación visual de la mujer y en la inversión de las normas del género, cuyo valor conceptual aún perdura.

sábado, 13 de mayo de 2017

La sonrisa de la mariposa y otras historias de brujería.




En una ocasión, declaré a quien quisiera escucharme, que deseaba vivir en la biblioteca desordenada de mi abuela con toda la intención al fantasma que según una de mis primas, vivía en ella. Me planté frente a la puerta, sosteniendo mi almohada favorita y mi cobija de estrellas, insistiendo que no me iría de allí hasta que pudiera descubrir si realmente había un fantasma y por qué había decidido vivir, justamente, entre los anaqueles repletos de libros de la habitación.

- Mi niña, pero es probable que prima te haya dicho eso para bromear contigo - me dijo abuela.
- A mi me sonó en serio.
- ¿Y que te dijo hacia el fantasma?

Solté la cobija y la almohada para poder retorcer las manos y poner cara de monstruo, intentando explicarle a mi abuela como se suponía debía verse la criatura misteriosa de la biblioteca. Después corrí de un lado a otro, aullando como posesa y sacudiendo los brazos. Según mi prima M., el espíritu era quien movía los libros de un lado a otro y hacia extraños ruidos a mitad de la noche, que aunque yo no había escuchado, estaba segura debían producirse. Abuela contuvo la sonrisa.

- Ya veo. ¿Y tu vas a descubrir que quiere?
- Claro que sí.


 Me encogí de hombros, tan segura y decidida como podía estar una niña de diez años. Abuela movió la cabeza, con uno de sus gestos serenos y comprensivos, pero siguió apretando los labios e intentando contener la carcajada. Abrió la puerta de la biblioteca con un gesto lento.

- Bueno, puedes quedarte...pero tienes que prometerme algo.
- ¿Qué?
- Que intentarás aprender una palabra poderosa al día mientras cazas al fantasma.

Parpadeé. Tomé de nuevo mi cobija y mi almohada, intentando comprender que quería decir mi abuela con aquello. ¿Una palabra poderosa? ¿Y como iba a saber yo cual era poderosa y cual no? Me entusiasmé. ¡Seguro se trataba de alguna palabra mágica y extraordinaria de la que guardaban los Libros de las Sombras! ¡Seguro mi abuela quería que aprendiera brujería y lanzara hechizos y esas cosas! Mi abuela soltó una carcajada cuando me escuchó.

- Mi niña, lo que quiero es que encuentres palabras que te hagan sentir cosas. Que te hagan imaginar, soñar y desear - me explicó - mientras cazas al fantasma, también quiero que caces palabra. Es lo único que debes hacer para quedarte en la biblioteca. ¿Está bien?
- Bueno, lo haré.

Vaya, bueno, eso no parecía tan difícil, pensé entrando en la biblioteca. Después de todo, en la biblioteca de mi abuela las palabras flotaban en el aire como motas doradas de sol. Miré a mi alrededor, como siempre asombrada y emocionada por la imagen de los anaqueles repletos de libros que rozaban el techo. Desde la primera vez que había entrado en ella, había pensando que así debían verse todas las bibliotecas: Con sus enormes muebles viejos llenos hasta el tope de libros usados, revistas y papeles, sus mesitas cojas de todos los tamaños desordenadas y cubiertos por hojas a medio escribir y el enorme escritorio de mi abuela, de madera maciza y tan alto que siempre debía estirar el cuello para ver que ponía la abuela encima. Todas las bibliotecas debían ser así de desordenadas, amables y misteriosas, pensaba con frecuencia. O así me lo parecía a mí.

De manera que quedarme para buscar el fantasma, no me parecía especialmente aterrador y mucho menos, cazar algunas palabras de las que mi abuela llamaba "poderosas". La biblioteca parecía ser el lugar ideal para ambas cosas y sobre todo, albergar tanto criaturas enigmáticas como libros de páginas abiertas. Mi abuela esperó mientras dejaba la manta y la almohada en el enorme y viejo sofa remendadado, en una de las esquinas.

- ¿Vas a estar cómoda aquí? - preguntó. La miré, muy digna con mi pijama verde olivo y el cabello suelto y rebelde cayendome sobre los hombros.
- ¡Claro! ¡A mi no me asustan los fantasmas! ¡No soy ninguna cobarde!

Mi abuela asintió y se acercó a la ventana, cerrando las cortinas de encaje polvoriento con cuidado. Eran casi el atardecer y una bonita luz dorada y roja caía como una explosión cálida en la habitación. Faltaba mucho para la hora de dormir - una eternidad, pensé con un suspiro - pero cuando abuela cubrió los cristales, una oscuridad lenta y melindrosa llenó todo. Encendió la lamparita de Cristal de su escritorio. Los libros chispearon con pequeños fragmentos de luz robados a los paneles de vidrio. Tragué saliva. La biblioteca de pronto, pareció otro lugar, uno más grande, interminable, de esquinas silenciosas y de espacios que no podía distinguir bien. Con un sobresalto, pensé que nunca había estado en la biblioteca durante la noche. Que jamás había entrado en ella sin que la luz del sol la bañara toda. Por esa razón, me había intrigado tanto las palabras de mi prima, el hecho que describiera la biblioteca como lugar tenebroso. No podía imaginarmelo. Ahora comenzaba a preguntarme si realmente había algo escondido entre los enormes y viejos anaqueles, entre los muebles que sonaban y rechinaban cuando te sentabas en ellos. Me mordí los labios para que no se me escapara ninguna palabra de miedo.

- El miedo no es algo malo, mi niña - comentó mi abuela - ni la cobardía algo tan sencillo como no tener miedo. La valentia nace del miedo más profundo y la cobardía de la arrogancia.  Como siempre, la verdad está entre las franjas de muchas ideas y pensamientos.

Me quedé sentada en el sofa donde dormiría para cazar al fantasma, apretando la esquina de la almohada. No entendía bien lo que quería decir mi abuela, pero si sabía dos cosas: es posible que me diera miedo y sería una cobarde si salía corriendo a mitad de la noche, sin descubrir que ocurría de noche en la habitación. Eso para mi era valor y cobardía. Lo demás...bueno, ya tendría tiempo de pensar en eso.

- ¿Las brujas tienen miedo? - pregunté entonces. Mi abuela - la sabia, la bruja - se encontraba junto a la puerta y se volvió para mirarme, con una singular expresión de dulzura que no comprendí bien.
- Siempre tenemos miedo. A lo que podemos encontrar haciéndonos preguntas. A lo que nos espera detrás de puertas y ventanas cerradas. A todo el largo trayecto que nos lleva a asumir que nuestra curiosidad e inteligencia es una manera de hacer magia. Siempre hay miedo - entonces sonrío - y vencerlo, es parte del aprendizaje que te hace continuar, avanzar en la oscuridad, con las manos abiertas. Encontrando piezas que faltan en ti misma y en tu mente. Siempre hay miedo, pero también el deseo de vencerlo.
- ¿Y como lo haces? - me interesé. Me dedicó uno de sus guiños maliciosos.
- Busca palabras poderosas en esos libros - hizo un gesto que pareció abarcar todos los libros de la biblioteca, los incontables mundos escondidos entre sus páginas - ellas te explicarán que hacer.

Cerró la puerta. La oscuridad cobriza a mi alrededor pareció ondular, hacerse quebradiza. Alzarse entre los libros, mirarme derecho desde las esquinas en sombras. Y tuve la sensación un poco abrumadora que estaba más sola de lo que había estado en mi vida. Que detrás de la puerta cerrada de mis temores y con el fantasma - lo que sea que fuera, al acecho - sólo estaba yo, mirando a mi alrededor con los ojos muy abiertos y asombrados. Y quizás las palabras poderosas que mi abuela quería que encontrara.

Me dispuse a buscarlas y encontrarlas, sin saber si lograría hacerlo.

***

En brujería se suele decir que las palabras son el refugio de la magia más vieja y poderosa de todas: la capacidad de todo espiritu humano para crear y soñar. Había escuchado esa frase muchas veces, repetida en cientos de manera distintas y jamás la había entendido en realidad. Pero esa noche, a solas en la biblioteca desordenada de mi abuela, de pronto tuve la sensación que esas palabras, eran un faro en mitad de los charcos de oscuridad que me rodeaban, que podían esconder - o no - a la supuesta criatura malvada y misteriosa que vivía entre los libros. De manera que me dispuse a defenderme del miedo de la mejor manera que pude y la encontré, justamente obedeciendo a mi abuela. En medio de los crujidos de la madera que me parecía escuchar en todas direcciones, de los suspiros del polvo entre la oscuridad, extendí las manos temblorosas y tomé el primer libro que encontré. Era una vieja edición en tapas muy gastadas, que comenzaban a deshilacharse por los bordes. Leí la primera línea en voz alta:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

¿El hielo? ¿Que tenía de asombroso el hielo? me pregunté un poco desconcertada. Imaginé al Coronel como un señor muy alto y de cabello plateado, mirando al pelotón de hombres que le apuntaban con sus armas y recordaba el hielo. Suspiré, concentrándome en la línea mientras la biblioteca parecía cloquear desde sus clavos viejos y sus libros pesados. Y decidí que la palabra poderosa que podía obsequiarme el libro era "recordar". Porque el Coronel Buendía, estaba a punto de morir y tenía miedo, pero no pensaba en la muerte cercana o el terror de las balas, sino en el hielo. Un recuerdo. Repetí la palabra en voz alta. Recordar, recordar para no tener miedo. Recordar.

Tomé otro libro.

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero y con fortuna necesita casarse cuanto antes. Y por más desconocidos que puedan ser los sentimientos o las ideas de ese caballero, cuando él llega a un vecindario por primera vez, las familias que ahí viven inmediatamente lo consideran propiedad privada de alguna de sus hijas.

Me hizo reír el párrafo. Mi tia E. solía decir que las brujas siempre huían de la formalidad, de las cosas que se supone que debían hacer por mera obligación y de las ideas pequeñas, restringidas, como habitaciones pequeñas donde intentaban encerrar a las esperanzas. Que las brujas eran fuertes, por el mero hecho de oponerse. De contradecir. E imaginé a una bruja leyendo aquel extraña declaración, a una bruja pensando que debía casarse porque era "sabido Universalmente". Y pensé que quizás bajo esas líneas había algo más que descubrir, que se escondía bajo lo que te hacia reir. ¿Los sentimientos? Esa podía ser mi palabra poderosa. Cerré el libro, repitiendola en voz alto, ignorando el sonido extraño de las ventanas sacudidas por el viento, la sensación que la biblioteca entera cobraba vida a mi alrededor a  medida que la noche avanzaba.  Los sentimientos siempre serán misteriosos, pensé con cierto sobresalto y siempre podrán protegerte de la oscuridad.

Me subí a uno de los pequeños taburetes que se amontaban al fondo de la biblioteca. Acaricié los lomos de los libros de los peldaños más altos de uno de los anaqueles. Tomé un libro donde un anciano ciego parecía escuchar el sonido de las páginas con la cabeza medio inclinada.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Incesante. Jamás había escuchado esa palabra antes. Me quedé con el libro apretado contra el pecho, intentando imaginar que podía ser: de pronto imaginé a Beatriz Viterbo como una hermosa mujer yaciendo en sábanas blancas, empapadas de sudor y dolor. Los párpados hundidos, las manos delgadas sobre el pecho. Y de pronto, el Universo incesante se apartaba de ella, se iba hacia el cielo de la noche dejándola atrás. Y tuve miedo, pero también me alegré de poder repetir muchas veces la palabra incesante para consolarme. Cuando el reloj del pasillo dio las once y escuché la última puerta de la casa cerrarse, sentí que la muerte de Beatriz Viterbo, tan delicada, frágil y desconocida, me salvaba del miedo.

Seguí buscando palabras, mientras el fantasma continuaba sin aparecer. Cuando la oscuridad que bajaba de la montaña se apretó contra las montañas, me aferré a las palabras para continuar. De los libros que iba leyendo al azar, del libro de las Sombras de las brujas de la casa que encontré perdidos entre ellos. Del hombre que hablaba de la ciudad de Londres para asombrarse de su belleza y temer su crueldad. O de la tia desconocida que hablaba que el poder de las brujas reside en su capacidad para enfrentarse así mismas, para avanzar más allá de los lugares temibles de su imaginación y su mente. Una y otra vez, las palabras me salvaron de caer, de resbalar hacia los lugares de pesadillas, de los ruidos atemorizantes, de las sombras inexplicables. Y del fantasma que no aparecía, pero que parecía estar allí, en medio del susurro de las páginas abiertas, de las palabras flotando a mi alrededor. Temblando de miedo, pero esforzandome por no dejar de leer, me cubrí con mi sabanas de estrellas y seguí leyendo, haciendo retroceder al miedo tan lejos como para que me miraba, ansioso y confuso, desde los charcos de luz de las lámparas. Lo vencí una y otra vez, enarbolando ideas, imágenes en mi mente y finalmente sueños en mi imaginación.

Las palabras alzándose a mi alrededor, como pequeñas mariposas negras y blancas, huyendo del miedo y de la simple desazón.


- Mi niña, despierta.

La voz de mi abuela me sobresaltó. La luz parpadeante del sol llenaba la biblioteca, recién nacida y tan cálida que tuve la impresión que nunca había visto nada tan bello. Los primeros rayos del amanecer. En algún momento de la noche me había dormido, rodeada de libros y hojas arrugadas. Me senté en el sofa, confusa y sin saber que había ocurrido. Mi abuela, inclinada a mi lado, me acarició el cabello despeinado.

- ¿Encontraste al fantasma? - preguntó con genuino interés. Sonreí.
- No, pero encontré palabras. Muchas palabras.

Miré a mi alrededor. Los libros volvían sólo a ser libros y las mariposas de alas en claroscuros con las que había estado llorando volvían a vivir sólo en mi mente. Pero me emocionó la idea que el miedo no me había vencido. Que había logrado avanzar a través de él llevando palabras entre las manos.

- ¿Todas poderosas? - se asombró mi abuela. Reí en voz alta y levanté el libro donde el Coronel Aureliano seguía recordando el hielo justo al momento de su muerte.
- Muy poderosas. Todas me contaron cosas y no dejaron me asustara.
- Porque el miedo no puede luchar contra tus deseos de vencerlo. Las palabras crean cosas y las brujas lo sabemos desde hace mucho - dijo mi abuela. Los ojos le brillaban de alegría. Se inclinó y me besó en la frente - para nosotras, las palabras son mundos, son ideas que se elevan por su propio peso y valor, que construyen mundos y lugares.  Por eso las consideramos mágicas y de enorme valor.

Sonreí, mirando los libros entre las manos. Pensé en todas las veces en que había tenido miedo. En todas las ocasiones en que me había despertado con pesadillas, temblando de terror y mirando la oscuridad amenazante. ¿Era tan simple dejar de tenerlo? Tomé otro de los libros que me rodeaban y recordé a sus señoritas graciosas y tristes que esperaban casarse para no caer en desesperación. ¿Era tan fácil como imaginar el mundo a través de las palabras?

Aún me lo sigo preguntando, mientras miro las páginas llenas de palabras, mios o de otros. Aún sigo aprendiendo el poder de crear, para enfrentarme al temor. Y asombrandome de su sencillo poder, de su capacidad para construir la belleza. De esa magia tan vieja como profunda, tan sincera como única. La de crear para creer y volar más allá de mi imaginación.

C'est la vie.