viernes, 15 de febrero de 2019

Crónicas de la lectora devota: The Collected Schizophrenias de Esmé Weijun Wang.






Con frecuencia, la literatura que analiza la salud mental y temas análogos, lo hace desde una perspectiva fría, una enumeración de síntomas más o menos coherentes que intentan mostrar una conclusión asertiva sobre la forma en que nuestra mente funciona. Por eso, el libro “The Collected Schizophrenias” de la escritora Esmé Weijun Wang sea toda una rareza en su género. Y lo es porque Wang no sólo está interesada en la salud mental como tópico, sino también, como emblema del poder personal. No en vano, la autora ha debido lidiar desde su niñez con el dolor de una dolencia psiquiátrica: a los ocho años fue diagnosticada por primera vez debido a sus alucinaciones. Veinte años después despertó y al mirar la luz del amanecer, tuvo la firme sensación que acababa de morir. No se trataba sólo de una mirada a su mortalidad, un temor poco elaborado o un estado de duermevela. Estaba muerta, o eso creyó Wang cuando se sentó sobre la cama y toda la realidad a su alrededor se distorsionó por entero. Tardaría meses en recibir el diagnóstico del padecimiento que le provocó la experiencia, pero durante esas primeras horas, el Síndrome de Cotard — una psicosis que altera al cerebro y le convence de un delirio momentáneo sobre la muerte — le hizo comprender que la mente es algo más que un conjunto de ideas alineadas bajo cierta percepción de la realidad. Wang logró recuperarse pero mientras atravesó los momentos más bajos de su padecimiento, logró vislumbrar el poder — terrible y a la vez fascinante — de los estados alterados de la conciencia humana.

Por completo recuperada de su experiencia, la escritora dedicó casi década y media a la investigación sobre casos al semejante al suyo, pero también, una ambiciosa mirada al mundo de los trastornos psiquiátricos. Para Wang, la salud mental no es sólo una mirada al comportamiento social o cultural, sino también un rasgo de identidad casi espiritual que debe ser analizado desde un cuidadoso punto de vista. Su libro es una inteligente reflexión sobre el hecho de la mente como territorio desconocido: Wang medita sobre los alcances de lo que consideramos realidad y las relaciones de esos límites, con nuestra mente como expresión del individuo. Como investigadora formada en la Universidad de Stanford, Wang lleva a cabo un recorrido a través de la historia de las enfermedades mentales, pero lo que es aún más importante, su peso e importancia sobre la vida cotidiana. Para la escritora, cualquier trastorno mental no es sólo una puerta abierta hacia la distorsión de lo que consideramos realidad, sino también, la forma en que concebimos los espacios mentales que pueden definir a cualquiera de nosotros. Desde esa premisa “The Collected Schizophrenias”, abarca una buena variedad de temas, en forma de cortos ensayos que meditan sobre la posibilidad que nuestra capacidad para el discernimiento, la comprensión y el sustento de la salud mental, radican sobre el tiempo, la realidad como interpretación y la capacidad para analizar lo que nos rodea, como estímulos precisos. A primera vista, la aproximación parece sencilla pero Wang logra englobar todo tipo de aspecto disímiles alrededor de la experiencia cognoscitiva sobre el origen de las dolencias psiquiátricas. Wang toca todo tipo de experiencias: desde la práctica del investigador en busca de la creación de una visión mucho más amable y accesible de las enfermedades mentales hasta la vida — y suplicios — en una institución psiquiatra. Para Wang, la percepción sobre lo psiquiátrico es una versión profunda sobre la mente humana como núcleo creativo, pero también, como expresión de los misterios de nuestro comportamiento. Wang no olvida ningún matiz y dedica textos completos a temas tan poco analizados como la opinión cultural sobre el suicidio — “No se es cobarde sólo por no sentir el impulso de vivir” dice — y otras mucho más sutiles, como la conexión entre la salud psiquiátrica y la concepción del valor moral del bien y del mal. Con una sutileza que sorprende, Wang teoriza sobre el hecho de la salud mental como puente entre el análisis entre el poder individual y algo mucho más indefinible. “Se insiste en la normalidad como un tipo de sostén sobre la capacidad de quienes somos dentro de la cultura, cuando no se trata de una percepción válida” sentencia y a partir de ese sustrato — que atraviesa la manera como la cultura asume el bienestar psiquiátrico — la escritora reconstruye la idea de lo real, lo verídico y lo poderoso en la vida cotidiana.

Tal vez por ese motivo, el libro no se toma concesiones y desde la primera línea, deja bastante claro que lo que contiene las siguientes trescientas páginas, es un compendio de reflexión sobre la naturaleza del hombre y su relación con su inmediato entorno. “La esquizofrenia aterroriza” dice Wang y no se molesta en profundizar o explicar la frase. Quizás no lo necesita. Después de todo, incluso en nuestra época, la enfermedad continúa siendo un genuino misterio médico. Desde los arquetipos de la Cultura Pop — “Para la mayoría, un esquizofrénico es una criatura brillante y esquiva atrapada por sus dolores” — hasta las vagas descripciones médicas, los trastornos de la percepción parecen evadir una explicación sencilla. Para la escritora, se trata de un doloroso fenómeno con el que tuvo que lidiar durante su recuperación e incluso, después. “Con frecuencia, quienes me rodeaban hablaban sobre mí en tercera persona. Como si no existiera realmente, sino que fuera la imagen refractaria de un ser humano incompleto” cuenta y añade “La gente habla de esquizofrénicos como si estuvieran muertos sin estar muertos, desaparecidos ante los ojos de quienes los rodean”. Para Wang, los trastornos psiquiátricos son una batalla silenciosa que nadie toma en serio “Las catástrofes de la narrativa de nuestra historia — guerra, muerte, violencia — son parte de lo que creemos real, pero la primera lucha ocurre en nuestra mente”. Más adelante explica la locura con una delicadeza que conmueve “La locura nos asusta porque somos criaturas que anhelamos la estructura; Dividimos el tiempo y estamos convencidos que esa división es correcta, que tiene una influencia directa con la realidad que nos circunda. los días interminables en años, meses y semanas (…) Y aún así, la lucha contra la entropía interior es por completo inútil ante la esquizofrenia, que elude la realidad a favor de su propia lógica interna”.

Lo más intrigante en el conjunto de textos, es el hecho que Wang recopila sus conclusiones desde dos fuentes distintas: Estadísticas enterradas en oscuros estudios Universitarios que pocos psiquiatras utilizan al momento de revisar la percepción sobre la salud mental y su experiencia. Ambas cosas, crean y sostienen un recorrido por el hecho psiquiátrico por completo inédito y que hace de los ensayos de Wang un documento de enorme valor anecdótico. Por supuesto, la escritora necesita aún encontrar un punto de equilibrio entre la emocionalidad y la búsqueda de significado que elabora una mirada directa sobre los temas que le preocupan: en ocasiones, sus textos van desde los datos duros hacia algo mucho más emocional, sin término de resolución pero sobre todo, sin evolucionar con una cierta delicadeza que podría favorecer a sus relatos en primera persona. Aún así, los textos tienen un enorme valor. Wang recopila todo tipo de datos históricos, los dota de sustancia y los relaciona con algo más profundo y personal. La combinación crea una experiencia sensorial en la que el escritor se ve involucrado casi sin desearlo. Wang es una escritora con la habilidad suficiente para elaborar conclusiones a partir de todo tipo de factores, y lo hace al enlazar su propia vivencia — “La locura es parte de un estrato de la conciencia que pocos nos atrevemos a reconocer” escribe sencillez en uno de los artículos más duros, en el cual describe su padecimiento — con la capacidad de la ciencia para sintetizar datos. Entre ambas cosas, la percepción sobre el poder de la mente — y sus enigmáticas y duras grietas — construyen un escenario idóneo para explorar la mente humana.

La autora es también un paciente — en recuperación perpetúa, según afirma — lo cual se hace notorio a medida que “The Collected Schizophrenias” se adentra en terrenos más extraños y se hace más complejo. Wang dedica varios párrafos a describir su experiencia personal: cuenta sobre como el síndrome Cotard le permitió asimilar lo que llama “el sistema de la irrealidad” y de qué forma, conecta esa concepción de lo que asumimos invariable con algo más emocional. “Cuando vives con una enfermedad crónica, sobrevives entre la posibilidad que los síntomas se vuelvan más agudos y una parcial recuperación. Sobrevivir de un segundo a otro es la mayor ambición” comenta y es obvio, que para Wang el trauma de experiencia es un condicionante al momento de reflexionar sobre las enfermedades mentales como un escaño poco analizado del mundo de la salud. Gradualmente, Wang integra todo tipo de percepciones sobre lo que la mente es capaz de construir como concepción de la identidad — “¿Estoy o no estoy en el mundo, tal y como lo concibo?” se pregunta con desgarradora sinceridad — y a medida que el libro pondera sobre la salud psiquiátrica tal y como la ciencia puede entenderla, añade una conversación fluída y personal sobre su propia identidad entrelazada con un tipo de padecimiento poco comprensible para la mayoría del público. “Despertar y creer que hasta el latido de mi corazón era una ilusión me demostró que la realidad es tan frágil como impenetrable” asevera. Y esa mirada entrelazada entre lo emocional y lo científico, lo que hace a “The Collected Schizophrenias” un singular recorrido a través de los espacios vacíos de la mente colectiva.

El libro al completo, tiene algo de caótico, pero la escritora deja claro que esa concepción sobre la escritura en paralelo de datos médicos y experiencias personales, tiene un motivo. Wang atravesó todo tipo de diagnósticos (la mayoría erróneos) y una miríada de tratamientos que sólo le lograron abrumar sin ofrecerle ningún tipo de consuelo o salud. Durante el proceso, descubrió que la esquizofrenia y cualquier otro trastorno de la percepción, recorre caminos poco transitados de la versión de la realidad como un confín de ideas que se retrotraen entre sí como una colección de variables. “La personalidad que nos define, la mente en pleno, no es más que un conjunto de características” explica “ y eso es lo que hace que cualquier trastorno mental deba atravesar el diagnóstico intermedio e incompleto”. Más tarde, cuando se convirtió en investigadora del Departamento de Psicología de Stanford, Wang descubrió que el diagnóstico de las enfermedades mentales a menudo es un juego de ensayo y error. Mucho más grave aún, resulta que la recuperación de cualquier padecimiento semejante, requiere sin duda, de la integración del entorno familiar para sostener al paciente. Pero para la gran mayoría, la esquizofrenia es una especie de terreno desconocido. De allí que Wang dedique gran parte de su libro no sólo a contar su experiencia, sino en hacerla digerible para el lector “Entender como funciona nuestra mente, es el primer paso para sanarla”.

Según de un informe de la Organización Mundial de la Salud, seis de cada diez adultos jóvenes sufre — o sufrirá — de alguna enfermedad mental . Lo más preocupante es que el mismo informe — sugiere que la mayoría de los que las padecen, no recibirán atención especializada. Un panorama que preocupa, en una cultura donde la salud mental es un tema que suele considerarse un tabú que muy pocas veces se considera de verdadera gravedad. Aún más, cuando el hecho de asumir la necesidad de la cuidar la salud psiquiátrica requiere de un proceso de comprensión de la forma en que funciona nuestra mente y sus implicaciones. El libro es de hecho, un reflejo sobre los entresijos enigmáticos de la salud psiquiátrica: recorre toda una variedad de reflexiones sobre la mente y sus dolencias, pero también sus relaciones con el hecho cultural. Desde “La lección de los niños” (una pequeña historia de Wang dentro de un campamento juvenil) hasta el análisis de personajes y personalidades (su recorrido por el trabajo de la fotógrafa Francesca Woodman y su espectral obsesión con la muerte resulta sobrecogedor), la escritora medita sobre la enfermedad mental como una instantánea de la realidad. Como libro “The Collected Schizophrenias” es un mapa de ruta hacia nuevos territorios sobre la mente. Como confesión, es una profunda y sincera concepción sobre lo que somos y deseamos ser. “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa” escribe Wang, en una cita directa a Susan Sontag. Y para Wang, cuyo primer diagnóstico ocurrió a los ocho años, las sombras podrían ser más oscuras y amenazantes. No obstante, la autora escoge la palabra como herramienta para hacerla retroceder. Y lo logra.

jueves, 14 de febrero de 2019

Crónicas de la loca neurótica: El atlas definitivo del trastorno de pánico y ansiedad generalizada.




Hace unos días, un cliente a quien acababa de conocer me comentó que era “bastante distinta” a como me había imaginado. En fotografía suelen ocurrir cosas parecidas — para mucha gente, la profesión sigue siendo “cosa de hombres” — pero en esta ocasión, tuve la impresión había algo distinto en la forma en que lo comentó Un poco aturdida, esperé a que me explicara semejante frase, sin saber aún si tomarlo a insulto o de qué otra manera.

— Ah no no, me refiero a que se ve bastante tranquila — explicó — me la imaginaba…un poco más nerviosa.
 — ¿Por qué?
 — Leí varios de sus artículos sobre…la enfermedad que sufre. Pensé…que estaría un poco…

Se sonrojó. Intenté no sonreír divertida mientras tomaba un sorbo de la taza de café que tenía entre las manos y lo contemplaba luchar con su incomodidad. ¿Qué pensaba este buen hombre? ¿Imaginaba que la mujer con quién había conversado por semanas a través de escuetos correos y cortas llamadas telefónicas llegaría con la camisa de fuerza a cuestas? ¿Con las manos temblorosas? ¿Que me echaría a llorar por alguna razón inexplicable? Aguardé hasta que mi interlocutor logró retomar el hilo de la conversación, pasándose un pulcro pañuelo por la frente.

— Estoy loca pero no incurable — le dije. Me miró con los ojos muy abiertos — No se preocupe, me río de mi misma siempre que puedo.

Ahora fue él quien sonrió. Noté el alivio en su rostro e supuse que mi tono burlón había disipado la tensión en la conversación. Luego de algunos minutos, suspiró con un gesto casi melodramático, agregó un par de cucharadas de azúcar al té que tomaba y sacudió la cabeza.

— Lo que pasa es que le leí y pensé que el pánico era una cosa…incontrolable.
 — Lo es — afirmé — pero pasado el tiempo, las cosas mejoran.

Mi cliente se refería claro, al trastorno de pánico y ansiedad generalizada que sufro. He escrito sobre el tema el suficiente tiempo como para encontrarme familiarizada con la sorpresa, los prejuicios y la cautela ajena. Pero desde hace más de una década, me propuse normalizar el hecho de padecer un trastorno psiquiátrico que requiere terapia y medicación. Por supuesto, en un país tan prejuicioso como el mío — y con tan poca empatía con circunstancias semejantes — ha sido una labor titánica. La mayoría del tiempo, escucho comentarios como los de mi futuro cliente o comentarios directamente crueles sobre mi estado mental. En una ocasión, un escritor al que acababa de conocer me dijo que me veía “sana para acabar de salir del manicomio” — a lo que le respondí que eso era debido a la sangre con que me había bañado antes de asistir al lugar en que nos encontrábamos — y en más de una vez, he tenido que lidiar con la discriminación que provoca el desconocimiento sobre lo que en realidad, es un cuadro médico como el que sufro.

— ¿Se llega a mejorar de algo así? — preguntó el hombre. Oh, esto va para largo, pensé con paciencia.
 — Sí, pero para hacerlo se requieren algunas cosas.

El hecho es que sí, sin duda se puede mejorar de un trastorno de pánico como el que sufro (y que padece, según cifras la OMS, el 35% de los adultos entre los 25 y 45 años) pero se trata de un proceso arduo, que requiere esfuerzo, trabajo, pero sobre todo, comprender que cualquier padecimiento de índole psiquiátrico requiere atención médica y farmacológica apropiada, a la que muy pocos pacientes tienen acceso.

Sobre la ansiedad y otros demonios: Nuestra mente en medio del caos.

Luego de varios año en terapia, fui diagnosticada formalmente con un paciente de TAG (trastorno de ansiedad generalizada), un padecimiento que dificulta el control sobre las emociones y sobre todo, mi capacidad para sobrellevar situaciones muy estresantes. En algún punto, perdí el control de como asumo y construyo mis decisiones, mi ideas y más aún, mi interpretación sobre el mundo. Un paciente de TAG puede verse superado y aplastado por preocupaciones muy sencillas y con frecuencia, les lleva mucho esfuerzo diferenciar sus temores y la realidad.

- La ansiedad puede provocar que simplemente no puedas lidiar con las actividades diarias — me explicó en una ocasión mi psiquiatra — como si tu mente fuera incapaz de discernir entre los temores reales y tu percepción sobre ellos. La ansiedad aumenta, el temor a lo que pueda ocurrir te sofoca y finalmente, se convierte en un síntoma físico que no puedes comprender en realidad. Es esa confusión sobre lo que te ocurre lo que dificulta el diagnóstico y peor aún, complica un posible tratamiento y solución.

Durante los momentos más duros de mis crisis de angustia, solía preguntarme si a todo el mundo le afectaba de la misma forma que a mi la ansiedad y la angustia. Me tomó unos cuantos años entender que el trastorno de ansiedad, los ataques de pánico y otros padecimientos relacionados con la salud mental, pocas veces son tomados en serio y sobre todo, asumidos como un cuadro clínico real. Como me ocurrió a mi, muchísimos pacientes están convencidos que la angustia, el miedo, la ansiedad y el dolor pueden ser controlables por un mero esfuerzo de voluntad. Y si bien en cierto que todos nos preocupamos en menor medida por problemas comunes como la salud, el dinero y dilemas domésticos, la manera como nos afecta es de hecho una reacción por completo personal y distinta en cada uno de nosotros. Mucho más, si esa preocupación constante se convierte en invalidante, como le ocurre a los que sufrimos un trastorno de ansiedad crónico.

- El trastorno de ansiedad generalizada es un cuadro médico absolutamente real — me explicó el doctor Vicente Rojas, a quien consulté sobre la forma como se interpreta un padecimiento de ansiedad — hay una idea muy común y abstracta que la ansiedad es una problema de carácter. Se habla de autocontrol, de intentar “tranquilizarse”, y esa percepción minimiza lo que asumimos como enfermedad mental.

El doctor Rojas atiende a unos 10 pacientes mensuales con trastornos de pánico y ataques de pánico, que nunca habían sido diagnosticados. Me explica que la gran mayoría confunde lo que sufre con algún tipo de cuadro médico cardíaco y es que usualmente, los síntomas pueden ser muy parecidos: el paciente puede sentir calor o frío extremo sin razón aparente, hormigueo en las manos o perder la sensibilidad en algunos dedos y en casos muy agudos, sentir náuseas, dolor en el pecho, o sensaciones asfixiantes. Además, los ataques de pánico usualmente provocan una sensación de irrealidad, miedo a una fatalidad inminente, o miedo de perder el control. Todo lo anterior, crea una reacción inmediata y violenta de temor y profunda angustia.

- Muchos pacientes con trastorno de pánico o ansiedad visitan todo tipo de médicos de diversas especialidades hasta que finalmente comprueban o asumen, que es lo mismo, que lo que les ocurre es mental — me explica — e incluso en ese momento, luchan contra la idea de estar “locos”. Porque en Venezuela, la salud mental se define en ideas muy concretas y rudimentarias. Y “la locura” parece abarcar toda una serie de padecimiento que van desde verdaderos problemas de comportamiento a cuadros ansiosos, todos comprendidos de la misma manera y desde el mismo punto de vista impreciso.

Según cifras recientes, un 35% de los adultos Venezolanos, padece o padecerá de un ataque de pánico durante su vida. Una cifra que por supuesto, no incluye a todo ese Universo de pacientes que que sufren de diagnósticos errados y que la mayoría de las veces, nunca sabrán que todos sus síntomas son partes de un cuadro médico del cual desconocen incluso su existencia. Una idea que al Doctor Rojas le parece muy preocupante.

- Vivimos en un país sometido a un tipo de presión psicológica y emocional constante. Esa visión de la ansiedad y el pánico como “problemas de conducta” hace que sea mucho más difícil su diagnóstico y lo que es peor, su tratamiento, lo que puede desembocar en casos agudos — me dice. Durante la tarde, ha recibido una docena de llamadas de pacientes que remitidos por otros especialistas. Me explica que debido a la critica situación política y económica del país, la mayoría de sus pacientes solo acuden al consultorio como último recurso, lo cual me insiste, hace mucho más complejo encontrar una solución viable — constantemente el paciente de pánico en Venezuela cree que la solución es “tomarse unas vacaciones” o incluso “no tomarse las cosas tan a pecho”. Si el trastorno no es muy agudo, puede funcionar algunos meses. Pero si es grave, eso sólo agravará las cosas.

Los síntomas físicos de un ataque de pánico son impredecibles y tampoco, los mejora la medicina tradicional. Eso produce un trastorno dentro de un trastorno: el terror a cuando ocurrirá el siguiente ataque de pánico. Y es que un ataque de pánico, puede llevar al que lo sufre a la certeza que está sufriendo un infarto, enloqueciendo o al borde de la muerte. El cuerpo parece sucumbir a una presión psicológica insoportable y lo que es peor, a un verdadero sacudón emocional de origen misterioso.

Con frecuencia, los ataques de pánico ocurren en cualquier momento y lugar, sin que haya un condicionante inmediato ni tampoco un detonante reconocible. Incluso ocurren al dormir. Por lo general, un ataque de pánico tiene una duración relativamente corta — alcanza su máxima intensidad durante los primeros diez minutos — pero algunos síntomas pueden perdurar más tiempo, lo que hace el cuadro sea más confuso aún.

- Lo más preocupante de los trastornos de pánico o ansiedad, es que la sociedad y la cultura tiene una imagen sobre quienes lo sufren muy estereotipada — me explica el doctor Rojas — la mayoría de las personas jamás admitirán lo sufren por el mero hecho de considerarse “sanas y cuerdas”, algo que presiona aún más esa visión sobre la ansiedad como parte de un problema físico. De esa manera el trastorno aumenta en gravedad, en frecuencia y finalmente afecta la vida diaria del paciente.

Es difícil explicar a quien no lo ha sufrido, lo que significa perder el control por completo, esa línea entre un terror abstracto y destructor y lo que puede haber más allá. En los peores momentos de mi trastorno, muchas veces tuve la clara sensación que había perdido el poder de tomar decisiones sobre mi vida y que mi ansiedad era un elemento indivisible de mi personalidad. No hay nada más difícil que admitir en voz alta que tus emociones e incluso tu percepción sobre el mundo, son tan confusas que no puedes comprenderlas a cabalidad. Tal vez por ese motivo, la mayoría de las personas que sufren ansiedad son reservados, tensos y distantes: una manera de obtener un mínimo control sobre lo que se muestra y lo que se construye más allá de nosotros mismos, ese reflejo un poco distorsionado de nuestra visión de quienes somos y como nos percibe alguien más.

Cuando el enemigo es tu mente: Las cosas básicas que debes saber sobre el trastorno de pánico y ansiedad generalizada.
Desde muy niña, luché contra mi nerviosismo y ansiedad. Tenía numerosos temores, fobias y remilgos, tantos como para que mi vida cotidiana se volviera complicada y en ocasiones insoportable. Recuerdo que durante la adolescencia, me preguntaba con frecuencia por qué motivo me atemorizaban y me preocupaban cosas que a la mayoría de la gente no. Por qué razón circunstancias tan sencillas como hablar en público, presentar una tarea, hacer preguntas en voz alta a un profesor, incluso agradar o no a mis amigas, suponía una experiencia tan estresante que me dejaba exhausta. La mayoría de las veces me culpaba a mi misma: me llamaba “débil”, “quejosa”. También, me acostumbré a pensar que mi familia — en ocasiones sobreprotectora — tenía “la culpa” de mi constante zozobra, de esa inquietante sensación de siempre encontrarme al borde del desastre. El caso es que jamás imaginé que el conjunto de síntomas y comportamientos que sufría podían ser algo más que una reacción desproporcionada a ciertas ideas. Era mucho más fácil, asumir que era “cobarde” y sobre todo “incapaz” de afrontar la vida como el resto de las personas que conocía lo hacia. Un pensamiento, claro está, que además me producía una indecible tristeza. No es sencillo asumir que no eres tan fuerte como aspiras y sobre todo, tan firme como quisieras ser.

Luego del diagnóstico, las cosas no cambiaron demasiado en ese aspecto. Al principio, no sólo no creí padeciera de nada especial y de hecho, me negué a recibir terapia y medicinas. Tenía la convicción que no la necesitaba y que lo único que me ayudaría a mejorar sería “enfrentarme a mi debilidad”. Fueron años confusos y dolorosos: tenía crisis de pánico y ansiedad con tanta frecuencia que comenzaron a afectar mi vida cotidiana, tanto como para distorsionar mis rutinas diarias. Comencé a aislarme de mis amigos para evitar explicar mi, en ocasiones, extraño comportamiento. Dejé de frecuentar celebraciones, reuniones e incluso, me convencí que la mejor manera de lidiar con la perpetua sensación de angustia que me agobiaba, era simplemente no salir a ninguna parte. De manera que además de la ansiedad insistente que me atormentaba, también comencé a lidiar con un temor recurrente e insoportable a los espacios abiertos, a las aglomeraciones e incluso, a la simple interacción social. Unos años después de mi primer diagnóstico, me encontré no sólo luchando sin armas contra un trastorno cada vez más violento, sino contra una invalidante sensación de haberme encerrado en un espacio vacío, rodeada únicamente de mis temores. Abrumada y afligida tuve que aceptar que en algún punto del trayecto había perdido el control de mi vida y que necesitaba retomarlo.

No es sencillo admitir algo así. No es sencillo asimilar la idea que debes someterte a un tratamiento médico y psiquiátrico para recuperar algún tipo de estabilidad mental que te permite encontrarte tu rostro en el espejo. No es sencillo superar el miedo. Porque cuando sufres de un trastorno de ansiedad y de pánico, todo es miedo. A todas horas, por todos los motivos. Por todas las razones, incluso las más pequeñas. Cada pensamiento se convierte en una engorrosa prueba de esfuerzo mental y físico que llega a resultar insuperable. ¿Qué ocurre cuando el enemigo con el cual debes luchar eres tu mismo? ¿Qué pasa cuando cada cosa que ocurre a tu alrededor te provoca miedo, una irracional sensación de angustia y de dolor? ¿A quién acudes cuando en realidad el sufrimiento emocional que sufres es parte de procesos mentales y físicos que apenas comprendes?

Me llevó años asumir que necesitaba no sólo ayuda psiquiátrica, sino también, comprenderme a mi misma. Mis particularidades, formas de asumir el padecimiento que me atormentaba, incluso ideas tan obvias como analizar mi comportamiento más allá de la vergüenza que suele producir un trastorno semejante. Además de eso, que era imprescindible que quienes me rodeaban entendieran que era exactamente el trastorno que sufría, lo cual no era sencillo. La idea esencial de tener que contarle a alguien un sufrimiento tan privado y abstracto, me producía una enorme confusión. En una ocasión, una de mis de mis amigas más queridas, me insistió que ese no sólo era el primer paso para retomar el control de mi vida, sino de respetar mis emociones.

— Un trastorno de pánico suele mirarse como un secreto vergonzoso y no lo es. Es un sufrimiento mental y físico que necesita no sólo ser asumido desde esa perspectiva, sino además, respetado desde su profundidad. Eso terminará replantearte la manera como lo analizas sino como te afecta.

Mi amiga tiene una hija adolescente que también sufre del trastorno. Por años, ambas han lidiado juntas con los durísimos síntomas. Y siempre, me ha asombrado la sinceridad pero sobre todo, la completa firmeza como ambas reflexionan sobre lo que puede ser un padecimiento que afecta tu vida diaria de tantas maneras distintas. La escuché, con el corazón latiendo muy rápido de impaciencia y como no, miedo.

— Van a creer que estoy loca — balbuceé con dificultad. Puede parecer ser sencillo pero a la larga, se trata de un temor muy concreto. — No sé si…pueda soportar tener que explicar o…
 — Podrás — me insistió — , es el único camino.

Por supuesto, tenía razón. Fue un proceso largo, la mayoría de las veces angustioso pero casi siempre, satisfactorio. No sólo se trató de enfrentarme al hecho que el trastorno de pánico formaba parte de mi vida, sino también a como concibo esa noción sobre esa parte de mi vida, con respecto a quienes me rodean. Además, hablar sobre el trastorno con mis parientes y amigos me permitió reconstruir de alguna manera las relaciones que me unían a ellos, rotas y bastante dañadas luego de años de silencio y distancia emocional. Fue un re descubrir mi identidad y también, de los elementos más importante de mi mundo privado. Una forma nueva de asumir ese terreno silencioso y en ocasiones inquietante de mi mente que el Trastorno de pánico pareció haber devastado por años.

¿Y qué aprendí luego de esa experiencia? ¿Cuáles son las principales ideas que me ayudaron a sobrellevar no sólo un trance tan duro como agobiante? Quizás las siguientes:

* No es tu culpa sufrir un trastorno de pánico: así que deja de disculparte:
El trastorno de pánico provoca una serie de síntomas muy específicos que pueden provocar un comportamiento errático, a menudo inexplicable y en ocasiones, directamente incómodo. Por tanto, resulta sencillo creer los síntomas que padeces son una distorsión de nuestro carácter. Una forma de malcriadez e incluso de debilidad física o intelectual. Pero no lo son. Se trata de un padecimiento mental muy definido que puede no sólo afecta nuestra forma de percibir el mundo que nos rodea sino nuestra identidad. Por tanto, no te disculpes, no te “arrepientas” de tu comportamiento, mucho menos te culpabilices. Un padecimiento psiquiátrico como el trastorno de pánico puede afectar todos los elementos de tu vida y responsabilizarte de esa certeza, te permitirá no sólo evitar comprender el trastorno de pánico como un “comportamiento molesto” sino además, uno que debe ser “ocultado” o “Vergonzoso”.

* No se trata que te “calmes”
Cada vez que sufría una crisis de pánico, de inmediato sentía la necesidad de “calmarme”, como si la desproporcionada reacción de mi cuerpo y mi mente hacia el estrés, fuera simplemente un error de percepción. Me costó años de analizar el trastorno de pánico como lo es — un tipo de enfermedad psiquiátrica — que no se trata de “intentar tranquilizarte” sino de comprender lo mejor que puedas el ciclo de reacciones y síntomas que pueden provocarte una reacción semejante. El trastorno de pánico no es una perdida de control eventual sobre la manera como manejas la presión, el miedo y el estrés, sino directamente la incapacidad de manejarlo. A diferencia de quien no lo sufre, no ejerces control pleno sobre como tu cerebro procesa el temor, la angustia y la incertidumbre. Siendo así, no se trata que debes “calmarte” sino que necesitas buscar ayuda apropiada para comprender y sobre todo superar, los en ocasiones, aplastantes síntomas de un trastorno tan ambiguo.

* No todo ataque de pánico o ansiedad es la reacción a una situación concreta:
Sufrir un trastorno de pánico o de ansiedad, implica que en alguna medida, perdiste el control de tus reacciones a ciertos estímulos y eso también incluye, la forma como tu cuerpo y tu mente perciben el miedo, la incertidumbre y la preocupación. Por tanto, puede ser que sufras un ataque de pánico sin que haya un motivo concluyente o evidente.Te lo podría provocar una serie de pensamientos en cadena que te hacen sentir un inmediato estés, asociaciones libres, incluso nada en absoluto. Así que es importante, que si padeces un trastorno de pánico, comprendas que no se trata de lo que haces o no, sino el hecho que hay todo un sistema reacciones físicas que el trastorno distorsiona a niveles incontrolables. Ocurrirá en los momentos más inoportunos. No habrá quizás un motivo que te las provoque. Tendrás que lidiar con la idea que el pánico y la ansiedad no siempre tienen una justificación.

La única manera de lidiar con esa sensación tan abstracta como confusa, es comprendiendo como lidiar con esa respuesta física, sin culpabilizarse o creer que ejerces un control directo sobre lo que puede o no provocarlo. Aprende a como reaccionar durante un ataque de pánico. Asume que se trata del síntoma de un padecimiento y que por tanto, no un comportamiento que debas controlar.

* Necesitas ayuda psiquiátrica: No hay alternativa.
Antes de ser diagnosticada, pasé algunos años sufriendo frecuentes y debilitantes ataques de pánico, pero además una serie de síntomas relacionados directamente con sus consecuencias. Por entonces, me continuaba resistiendo a visitar un consultorio médico y solía achacar mi constante mala salud a todo tipo de razones más o menos abstractas: desde el estrés habitual que me provocaba mi trabajo de la época, hasta mis hábitos alimenticios. Me auto mediqué, intenté tomar consejos generales para “tranquilizarme” , pero no me sentí mejor. Continué sufriendo desde paralizantes dolores de cabeza, hasta problemas digestivos provocados por la constante tensión y estrés que puede provocar el trastorno. Aterrorizada por el conjunto de síntomas, llegué a creer que me encontraba realmente enferma y eso aumento mis reacciones hacia la incertidumbre y la angustia. Llegué a a sufrir de dolores estomacales y migrañas durante semanas e incluso, problemas dérmicos cuyo origen ningún médico especializado pudo descubrir.

Finalmente, luego de comenzar a recibir tratamiento y sobre todo, de ser conscientes de las implicaciones del trastorno de pánico, comencé a comprender que la mayoría de los síntomas misteriosos que solían afectarme con frecuencia tenían un origen el común: los violentos síntomas del trastorno de pánico. Asumirlo, me permitió manejar la idea que debía someterme a tratamiento psiquiátrico — tanto terapéutico como farmacológico — y comenzar a evaluar mis opciones inmediatas al respecto. Además, me hizo muy consciente del hecho que podía mejorar los síntomas tangenciales que tanto me molestaban, una vez que comenzara a recibir tratamiento médico especializado para su causa común.

* Nadie necesita protegerte: Lo digo en serio:
Cuando le hablé a mis amigos y parientes sobre mi trastorno de pánico, la primera reacción de alguno de ellos fue evitarme “preocupaciones”. Comenzaron a intentar protegerme de “estímulos” que pudieran aumentar “mi estrés” — y por tanto, el riesgo de sufrir un ataque de pánico o ansiedad — y además, a percibir mi trastorno como una idea a la que debían acostumbrarse. Al principio, les agradecí la amabilidad, pero poco a poco, comenzó a resultar incómodo todas las precauciones que varios de mis amigos tomaban para “no provocar” una recaída. Cuando le hablé a mi psiquiatra de la reacción, se preocupó.

— Necesitas que te comprendan, no que acentúan tus rutinas y afirmen tus miedos — me explicó — . Insiste que el trastorno que sufres se trata de tu reacción al miedo y al estrés, no al hecho que realmente algo te lo esté provocando.

De manera que le pedí a mis parientes y amigos que dejaran de crear una especie de red de protección a mi alrededor y que asumieran que mi comportamiento, no se debía a un estimulo en particular sino a mi manera de procesar ciertas ideas. Fue un proceso complicado: algunos se sintieron ofendidos, otros directamente preocupados. Pero finalmente, descubrí que el hecho de tener que manejar mi propia percepción sobre lo que me rodea — sin obligar a las personas que forman de mi vida a adaptarse — fue quizás una de las decisiones más saludables que pude tomar. No sólo me permitió avanzar en mi forma de comprender mi trastorno de pánico sino además, elaborar ideas más o menos complejas sobre como asumirlo como parte de mi vida.

* Lidiar con un trastorno de pánico no es sencillo pero es posible:
Luego de años de tratamiento, medicación y sobre todo, esfuerzo mental y físico, he descubierto que sí, es posible sobrevivir a un trastorno de pánico y ansiedad como el que sufro. Puedo trabajar, disfrutar de mi capacidad creativa, de una relación de pareja estable y hermosa. En suma, la vida de una mujer de mi edad. Pero no ha sido sencillo: me llevó un disciplinado esfuerzo construir un camino coherente no sólo hacia mi recuperación sino al hecho concreto de comprender ideas básicas sobre mi misma y la forma como me afecta el trastorno que sufro. Y ese descubrimiento — ese larguísimo trayecto que me permitió no sólo madurar sino profundizar en mi identidad y comportamiento — me permitió comprender que todo trastorno psiquiátrico es una compleja visión sobre la realidad, pero también sobre como la analizas. Toma responsabilidad sobre tu salud mental y física pero sobre todo, comprende que puedes construir una vida satisfactoria a pesar del dolor físico y moral que un trastorno semejante puede provocar. Sé muy consciente del valor de tus decisiones y por supuesto, del hecho que el padecimiento que sufres forma parte de tu experiencia íntima y esa noción tan amplia como elemental que llamamos identidad.

Continúo sufriendo de ataques de pánico y ansiedad. Y es probable, los continúe sufriendo durante toda mi vida. No obstante, a pesar de eso, soy mucho más fuerte de lo que supuse y sobre todo, cómo descubro en ocasiones con una sonrisa casi aliviada, capaz de superar mis propios espacios oscuros para disfrutar de los luminosos. Una trayecto complicado pero profundamente personal hacia mi identidad. Una manera de crear mi propia visión del mundo. Un pequeño triunfo personal.

— Entonces…sigue estando un poco ¿loca? — pregunta mi cliente.

Escuchó con atención todo lo que tenía que decir sobre el tema de mi salud mental. Lo hizo además, con un amable respeto que me sorprendió: no es lo más común. Aún parece tímido y un poco incómodo, pero la sonrisa que me dedica es de inequívoco humor. No puedo evitar soltar una carcajada y tomar el último sorbo de café de la taza con deleite.

— “Un poco” es una apreciación gentil — digo en tono pretendidamente misterioso — porque nunca se sabe…

Mi cliente ríe también. Unos minutos después, estamos por completos dedicados a su idea, visión y lo que desea plasmar en fotografía. Y pienso, mientras le escucho narrar imágenes fabulosas de guacamayas y tucanes bailarines, que en ocasiones la locura es un don del que no estamos del todo conscientes. O tal vez sí, me digo con una sonrisa privada. Y eso es suficiente.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Crónicas de la loca neurótica: La ciudad que nadie recuerda.


Fotografía Nicola Rocco. 




En el libro de Marcel Proust “En busca del Tiempo Perdido”, el escritor dice que “lo que creemos real puede desaparecer con una facilidad poética y terrorífica”. La primera vez que leí la frase, estaba en la Universidad y todavía la obra de Proust no me gustaba lo suficiente como para analizarla más allá que como deber académico. Pero con el paso del tiempo, la colección de historias y memorias del escritor, se convirtió en un reflejo en el cual mirarme. En una escena progresiva de mi vida como una sucesión de historias y también, como una concepción ilusoria y poco importante de lo que somos como parte de algo más grande.

Si vives en Venezuela, piensas mucho en esas ideas. Lo haces mientras deambulas por las calles semiderruidas, entre una multitud de venezolanos de rostro cansado y afligido. El tiempo pasa, pero en Venezuela pasa el doble de rápido y con el doble de fuerza. A mis treinta y tantos años cumplidos, tengo la sensación que he vivido al menos seis décadas más, como si vida fuera una rotonda por la que doy vueltas en círculos para encontrarme con mi propio reflejo. Es un pensamiento inquietante ese. Como la habitación de la memoria en que se perdió José Arcadio Buendía o los laberintos extravagantes de la casa sin nombre que imaginó Mark Z. Danielewski para su libro “La casa de las hojas”. La sensación es exacta, como si cada pieza de la mente careciera de sentido y se perdiera en medio de un enorme vacío inexplicable, desperdigada la memoria aquí y allá. Una grieta en la pared del tiempo que no consigues ocultar cuando apoyas ambas manos en ella.

Ahora mismo, Venezuela no es ningún lugar. Vaya que idea escalofriante es esa, me digo tendida boca arriba en la terraza del edificio en el que vivo, casi veinte pisos en vertical sobre el suelo. Es de noche y las estrellas no se ven más cercanas. En realidad tengo la sensación que podría extender los dedos y confundirme en la oscuridad que circunda. Las estrellas observando cómplices y terribles. Monstruos helados. La idea me sobresalta y me siento sobre el suelo. La ciudad pende como una imagen irreal entre parpadeos de luz amarillenta. Caracas no es ni la sombra de lo que fue ni volverá a serlo pronto. Sólo hay una percepción sobre la historia que flota a través de ella, como una gran antigüedad.

— Todo lo ves muy romántico — dice una amiga cuando le cuento algo de lo anterior — todo eso que me cuentas parece una novela de esas rusas que tanto te gustan.
 — ¿No te sientes así?
 — ¿Así cómo?
 — ¿Como que cada recuerdo de Caracas es una reliquia?

Mi amiga sonríe y suspira. Nos conocemos hace años y conoce mis desvaríos lo suficiente como para no sorprenderse. Se encoge de hombros.

— Una reliquia es algo religioso — dice al cabo — Caracas es como una bestia herida.
 — Eso si es poético — apunto. Ella me mira preocupada.
 — Es lo que es. Cuando un animal está herido, te lanza dentelladas y zarpazos. Caracas es algo como eso, pero peor. Sobre todo ahora.

“Ahora”. Se refiere al extraño tránsito político que atravesamos. La crisis política llegó a su punto más alto en años — y creo que culminante — y la sensación general es que la incertidumbre se volvió algo denso y cotidiano. Nadie sabe qué ocurrirá en un país con dos presidentes, pobre, violento y roto por el odio. Y “ahora” es toda la percepción sobre lo que podría ocurrir, mientras Caracas avanza en silencio, abierta y vulnerable, como una mujer hostil despedazada por alguna agresión secreta. Eso no se lo digo a mi amiga pero creo que ella lo sabe. Suspira, se inclina sobre el sofá de la casa de sus padres en la que aún vive. Una adulta adolescente porque Venezuela no le permitió madurar.

— Esto se jodió — dice con simplicidad — y no, Caracas no es una reliquia. Es un pedazo de basura, una antigüedad que nadie quiere conservar.

Esa noche, al dormir, pienso en la imagen. El último pensamiento que tengo, es hacia la imagen del país que flota a la deriva, como la ciudad a oscuras más allá de mi ventana y la sensación que el país, simplemente se convirtió en un recuerdo fragmentado que nadie puede definir a cabalidad.

Hace unas semanas, compré una taza de porcelana en una vieja tienda de antigüedades. Se trató de una casualidad afortunada: conducía en una calle cercana, cuando leí el cartel de una tienda que anunciaba “cierre por liquidación”. Caracas está llena de avisos semejantes o simplemente de portones y rejas cerradas, que comienzan a cubrirse de herrumbre. Pero cuando eché una segunda ojeada, noté la vitrina llena de muebles de aspecto digno y elegante, algunos libros cerrados con tapa de cuero apilados en una esquina y un antiquísimo tapiz de tela con el viejo motivo del unicornio. No son cosas que se vean muy a menudo en el tercer mundo, pensé de inmediato, asombrada. Detuve el automóvil en el primer espacio que encontré calle arriba y volví casi a la carrera a la esquina en la que había visto la tienda, casi dos cuadras más atrás.

Se trata de un local pequeño, que por irrisorio que parezca, se encuentra junto a un Sex Shop con luces de neón color rojo que se mantenían encendidas incluso en pleno mediodía. Miré el resplandor rojizo que bañaba la fachada de la pequeña tienda de antigüedades. Era una mezcla absurda y casi surreal. Me pregunté si siempre había sido así o antes, había alguien que pedía apagar las luces, algún dueño enojón, con bigote frondoso y blanco, que sacudía el puño y gritaba con acento extranjero para pedir respeto. Una imagen bonita, pensé con una sonrisa, mientras me inclinaba para mirar a través del cristal con las manos ahuecadas. El local era apenas un pasillo iluminado con un par de focos led en las esquinas. Había un montón de objetos amontonados en las esquinas, cubiertos con sábanas o pedazos de plástico. Sólo eran visibles los muebles, la fila de libros en precario equilibrio y el tapiz polvoriento.

Una mujer joven con el cutis lleno de acné vino para abrir cuando toqué el timbre junto a la puerta. Me dedicó una mirada aburrida. Llevaba una especie de delantal cubierto de polvo y guantes de trabajo.

— No se vende nada — me dijo de inmediato.
 — Pero el cartel dice…
 — Eso es para que la gente sepa que esto está cerrado. Ya no vendemos nada.

Miré el tapiz, con su Dama pelirroja que acariciaba la cabeza de un Unicornio dócil. Los libros cuyos nombres no podía leer a la distancia. Los muebles de madera pulida y gastada por el tiempo. Después miré a la muchacha y traté de no parecer en exceso impaciente.

— Es para un cumpleaños. El de mi mamá. Me gustaría comprarle algo bonito.
 — Al lado venden cosas bonitas también — dijo y sonrío.

Fue una de esas sonrisas que invitan a la complicidad. Una sonrisa de “vamos a reírnos de estos cacharros viejos y pensar en la vida real. En dildos y orgasmos. Vamos a olvidarnos de esta polvareda y pensar en ropa interior lujosa y bonita”. Pero no se la devolví. Cruce los brazos sobre el pecho, enfadada e incómoda, aunque no podría decir exactamente el motivo. ¿Algún tipo mojigatería nunca resuelta y apenas admitida? ¿O esa asexualidad mía a la cual jamás he podido darle nombre? Cual sea el caso, la mujer notó la frialdad y se guardó su sonrisa de chiste guarro para otra oportunidad.

— Pero no vendemos nada. Todo ya se guardó — volvió a insistir.
 — Algo pequeño, seguro le pagan por comisión. Imagínese vender algo cuando ya la tienda cerró.

Me miró con los ojos entrecerrados. La muchacha debía tener mi edad pero tenía un tipo de dureza que la hacía parecer mucho mayor. La dureza de lidiar con clientes, la ciudad de pavimento caliente, el metro subterráneo abarrotado. De pronto me sentí ilusa, ridícula, malcriada. Las mejillas se me calentaron por un involuntario rubor de verguenza.

— Déjelo así — dije con un suspiro — de verdad creo que le quito tiempo.
 — Hay una tacita — dijo en voz baja — no es gran cosa. Pero es bonita. Y seguro el nuevo dueño la va a botar porque no tiene par. Pero es algo bonita.
 — ¿Me la muestra?

Ella movió la cabeza y sin esperar respuesta, caminó hacia el local. La seguí y cerré la puerta a mi espalda. El calor de la calle pareció disolverse bajo un silencio con olor a polvo y el brillo frío de las lámparas encendidas. Me quedé de pie, sin saber muy bien que hacer, mientras ella iba hacia el enorme mostrador de madera y se metía detrás. Para entretenerme, miré el tapiz. ¿Sería real? ¿O una valiosa reproducción? Lo imaginé colgado en la pared de mi habitación, enorme y majestuoso. En medio de mis muebles modernos y sencillos. La lámpara de pie de metal. La imagen mental me hizo sonreír.

Durante las últimas semanas, Venezuela ha sido sólo tensión. Una sensación de irrealidad que te invade en cualquier parte, que te sacude y te deja sin armas para vencerlas. Me ocurrió en ese local pequeño, con su atmósfera fría y polvorienta. Contemplé la calle y las fachadas de tiendas cerradas y me encontré pensando en que la ciudad en que nací y crecí, desapareció. Así, sin más. Desaparecida en una vorágine violenta y perturbadora de algo tan duro de asimilar que en mi mente, aún no tiene nombre. El país que llamaba hogar, la versión de la realidad que asumía como parte de mi vida, se desplomó a pedazos. Como si fuera la sobreviviente de una guerra que jamás ocurrió, en ocasiones siento que soy una extranjera en el suelo que me vio nacer. Alguien que regresa a la tierra en la que nació años después de haber olvidado la importancia que tuvo en su vida y en su forma de comprenderse. ¿Tiene sentido algo semejante? Miro de nuevo el tapiz del Unicornio, la Dama pelirroja con la cabeza levemente ladeada. Una vez leí que había imágenes semejantes en los palacios florentinos del siglo XV. Aquí y allá, la existencia que carece de tiempo. Un país que no existe, una identidad rota que no tengo idea de cómo recuperar.

La muchacha volvió con una taza muy ornamentada con flores y lo que parecían pequeñas aves entre las manos. Me la extendió con un gesto casi descuidado. La tomé, preocupada por dejarla caer por mi habitual torpeza.

— Esta es la taza — dijo con una sonrisa — es sólo porcelana. Pero es una cosa bonita.

El corazón se me aceleró. Era más que una cosa bonita. En realidad era una taza coalbrookdale, con un precioso ramillete de flores intacto a la derecha y una mariposa azul monarca sobre el asa un poco agrietada. Me quedé boquiabierta y después, el corazón se me fue a los pies ¿cuánto podría costar una pieza semejante? Sin duda, no podría atinarle al precio. Jamás…

— Llevatela barata — dijo la muchacha y a continuación, me señaló un precio irrisorio — esa tacita no la quiere nadie.
 — Pero ¿No…la meterá en un lío vender algo así por tan poco dinero? — pregunté.
 — Es sólo una taza, ¿que tanto puede costar? — soltó una carcajada fresca — todo el mundo se llevó los cubiertos y cosas finas. Eso estaba al fondo de una caja.

Me pregunté si debía explicarle que la taza en realidad era una antigüedad extraordinaria. Que llevaba casi seis meses tallar las flores delicadisimas, las mariposas que emergen de la porcelana como por arte de magia, que quizás en una muy parecida, algún Duque o Marqués inglés había tomado su té de las tres de la tarde. Que cualquier museo…pero ella ya miraba a su alrededor, otra vez cansada, pasándose el antebrazo por la frente para secarse el sudor.

— El dueño se fue hace meses. Los hijos odian la tienda. A nadie le interesa lo que hay aquí. Llévate tu taza.

No me atreví a decir nada más y me tragué mis escrúpulos. Mientras ella envolvía la taza, miré el tapiz otra vez, abrumada por su belleza, por el brillo radiante de los cabellos de la princesa — porque eso es lo que era ¿verdad? — los ojos enormes del Unicornio. Me pregunté si debía…sí era capaz…suspiré. No tenía el valor para engañar la inocencia o la mezquindad de la muchacha una segunda vez. Cuando me entregó la taza y la tarjeta de crédito, me miró con atención.

— ¿A tu mamá le gustan esas tazas?
 — Me gustan a mí.

Ella soltó una carcajada. Me acompañó a la puerta. Cerró con mano firme. No me volví a mirar cuando eché andar hacia mi automóvil. La taza apretada contra el pecho, aturdida por encontrarme de nuevo entre el tráfico ruidoso, el sol a plomo del mediodía de la ciudad.

Miro la taza y pienso en su viaje hasta mi mesa. Imagino todas las manos y bocas que crearon su historia. La imagino al fondo de un barco, en un baúl antiguo, en las manos de una dama de alcurnia y por último, al fondo de un cajón, donde nadie la quería. Me pareció más bella que nunca, en su exagerado repujado, en los detalles antiguos de sus rosas y mariposas. El olvido es un sueño, dijo algún poeta que no recuerdo. El tiempo es una voz sin palabras. Una imagen fugitiva perdida en medio de lo cotidiano.

lunes, 11 de febrero de 2019

Crónicas de la Nerd entusiasta: La maravillosa mirada a la distopía y el cyberpunk “Alita: Battle Angel” de Robert Rodriguez.





Cualquier fanático lo sabe y sin duda, a través de la decepción: Hollywood continúa sin hallar la fórmula adecuada para adaptar videojuegos, series de manga o anime. Se trata de un equilibrio complicado entre lo esencial de la historia y además, conservar ese hálito inconfundible que define a cualquier producto exitoso. O ese parece ser el gran dilema al que se enfrenta cualquier adaptación que deba no sólo satisfacer a los fanáticos acérrimos sino además, incluir al gran público al Universo del juego del producto. Parte del problema radica que no hay una manera sencilla de adaptar sin problemas argumentales de fondo, la forma en que el videojuego, anime o el manga construyen sus historias y argumentos. Se trata de una disonancia que afecta desde la forma de contar la historia hasta la manera en que se asimila la percepción del conjunto de elementos que sostienen el contexto. Para bien o para mal, el cine tiene muy poco tiempo — y en ocasiones, muy poca habilidad — para analizar de manera clara las complejas capas que forman una historia destinada a contarse de manera episódica, a través de la interacción con el usuario de diversas consolas o el peso de una simbología que la adaptación a la pantalla grande no suele manejar. De modo que la aventura de llevar al cine cualquier obra al uso, suele ser una apuesta arriesgada: ¿podrá resultar final garantizar no sólo una traducción acertada del material original sino además, una obra que pueda mantenerse de manera independiente?

La adaptación de “Alita: Battle Angel” dirigida por Robert Rodriguez y basada en el manga “Battle Angel Alita” de Yukito Kishiro, es una clara demostración que las adaptaciones sobre historias que requieren una cierta profundidad argumental y el desempeño de una plataforma en particular para funcionar, pueden resultar exitosas. Al menos “Alita: Battle Angel”, dialoga con su naturaleza híbrida entre una historia original basada en la estética y los códigos del manga y el cine, de una forma lo suficientemente fluida para resultar atractiva. Además, hay una percepción directa y contundente, sobre el Universo creado por Kishiro que la película conserva de manera casi intacta. Tal vez se deba a que el director Robert Rodríguez (que ya había adaptado con inteligencia el cómic de Frank Miller “Sin City” en el 2005) sabe estructurar la percepción de lo sustancial de lo que cuenta, sobre una versión de la realidad ligeramente aumentada. El resultado es atractivo pero también, no depende por completo del material de Kishiro para funcionar de manera eficiente. También es notorio que el productor James Cameron tuvo una enorme influencia en la selección de la estética y el discurso de “Alita: Battle Angel”: la historia llega casi de manera literal a la pantalla grande y lo hace, porque tanto el argumento como la batería de recursos especiales, recrean el mundo de manga punto a punto, un logro visual que sorprende por su sutileza. A pesar que buena parte de la película es una evidente puesta en escena digital, el film conserva la suficiente emoción humana como sostenerse y elaborar un atractiva visión de una historia que no es del todo sencilla de digerir. Después de todo, el manga reflexiona sobre la identidad, el olvido y el futuro, a través de una convicción pesimista que atraviesa diversos estadios de profundidad, hasta encontrar una gran redención. Como si se tratara de una versión de la ya clásica “Memento” de Christopher Nolan, en “Alita: Battle Angel” la memoria lo es todo, pero todo representa en esencia la forma en que nos comprendemos como individuos y la manera en que creamos el entorno al que pertenecemos.

Sin duda, tanto Rodríguez como Cameron tomaron la decisión correcta al tomar los puntos más altos del manga y llevarlos a un espectacular contexto que abraza la historia entera como una historia que se cuenta a la periferia. De la misma manera que en el material original, la acción transcurre en medio de una Guerra interplanetaria y también, hay todo tipo de segmentos de una cultura elaborada y reconstruida sobre la base del auto reconocimiento. La película podría ser un producto de ciberpunk en estado puro que juega por momentos con los mejores símbolos de la distopía. Pero en realidad no es una cosa o la otra. La película medita sobre la inutilidad de la existencia, pero el tono filosófico se enlaza directamente con lo esencial: Alita, como personaje, es toda una alegoría. También una convicción profunda y vehemente del derecho a vivir y el poder de la voluntad. Todo en el emocionante empaque de un androide que tiene la inocencia de un niño humano y el poder de una máquina destructiva. De la manera que lo hizo Jeff Vandermeer en “Borne” (2017), el guión transforma a Alita — como personaje — es una interrogante que se transforma a medida que sabemos más de ella y también, evolucionamos junto a ella hasta encontrar un significado al misterio de su pasado y las posibilidades de su futuro. Mientras tanto, Alita es sólo presente. Uno que se torna dicotómica y se abre en vórtices enigmáticos que vinculan la naturaleza del personaje con algo más complejo: la capacidad de Alita para reconstruir su propia identidad y crear la noción del yo y del encuentro con sus partes intelectuales esenciales. El personaje — interpretado por la actriz Rosa Salazar de “Bird Box” — se cuestiona la naturaleza de su propia vida pero también, el miedo que sostiene ese recorrido hacia un núcleo persistente de lo que pudo ser y ahora no recuerda.

El paso del tiempo lo es todo en “Alita: Battle Angel”. Desde el inicio de los créditos hasta el primer recorrido de la cámara, es evidente que Rodríguez desea brindar espectacularidad al paisaje destruido y decadente de un futuro destartalado y pesimista. Claro está, el director juega con ventaja: la historia se basa esencialmente en el autodescubrimiento y esa concepción de lo que nace y de lo que se hace real, lo que conducirá la película a través de todos los arcos argumentales que debe recorrer. Alita deberá rescatarse a sí misma y también, recorrer el pedregoso camino de construir una noción sobre su peso como ideal — “pienso que entiendo lo que soy, pero sigo sin saber a dónde pertenezco” dice el personaje — y algo más profundo. Desde que el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz) le encuentra en un cerro de chatarra y decide reconstruirla, Alita atraviesa diversas etapas que enlazan su nueva “vida” con la que ya ha vivido, un recorrido que el guión elabora con pulcra precisión. Como si despertara de la muerte — o algo muy cercano — Alita comienza a recuperar fragmentos de su vida — como moverse o controlar sus capacidades — y Rodríguez lo hace todo tan real y tan sutil, que la evolución de Alita resulta un recorrido inteligente por lo que consideramos es una forma de belleza. Mientras todo lo anterior ocurre, Alita debe aprender — o recordar — como vivir en una ciudad deshecha por la pobreza, en la que debe aprender a luchar contra carroñeros y lidiar con el hecho que tiene sentimientos complejos — ¿Es real lo que siento o algún otro artificio? pregunta Alita a Ido, como si de una fantasía de Philip K. Dick se tratara — por el atractivo y misterioso Hugo (Keean Johnson). No obstante, este renacimiento tiene mucho de estructura mecánica y poco de poesía: Alita es de hecho una máquina de Guerra con un propósito muy específico y el recorrido hacia esa idea, tiene mucho de transitorio y espectacular.

Rodriguez además (y es evidente que también James Cameron) utiliza el CGI con una precisión asombrosa que permite crear una creíble versión de lo que Alita puede hacer. En “Alita: Battle Angel” casi todo el escenario pertenece al ámbito de lo digital, pero no se trata de una mezcolanza de texturas y colores de aspecto irreal, sino una versión perdurable de un tipo de acercamiento estético bien estructurado que brinda a la película sus mejores momentos. Sobre todo Alita — como personaje — tiene un aspecto realista que sorprende, a pesar de sus ojos enormes y su cuerpo extrañamente desproporcionado. Pero Alita está viva y es tan vital, que por momentos lleva esfuerzos creer que se trata de una criatura creada por ICG, una ventaja quizás, del hecho de utilizar una actriz para sostener el cascarón digital.

La influencia de James Cameron es notoria: la película entera tiene un aspecto pulcro y el uso de los efectos especiales se enlaza con el guión, traduciendo los mejores momentos del manga en prodigiosas escenas llenas de colorido y buen hacer cinematográfico. Iron City, y Zalem — la ciudad que nuclea toda la acción y el mundo que lo circunda — son hervideros de vida, tanto como para que sus brillantes paisajes sean por momentos, verdaderos puentes argumentales entre escena y escena. Para el segundo tramo de la película, Alita alcanzó su madurez — tanto física como mental — y de ser un androide torpe y aturdido, se transforma en un arma de batalla tan precisa, tan violenta y a la vez tan real, que condensa los mejores momento del icónico Manga que versiona. Además, Robert Rodríguez analiza la historia de Alita como conjunto y la modula con la suficiente firmeza como para dotarla de una serie de matices que rememoran la trepidante capacidad del comic para hacer converger varias líneas argumentales a la vez. El guión logra abarcar los primeros cuatro volúmenes del manga y hacerlo de manera sólida: la película recorre todo tipo de hilos y matices. Desde la investigadora deductiva hasta que descubre la verdad sobre su identidad, Alita es un compendio de matices que sorprende por su sinceridad y coherencia.

Para los amantes del Cyberpunk, pero sobre todo, para los que esperan una película que sepa combinar con inteligencia la historia de uno de los mangas más icónicos: “Alita: Battle Angel” será toda una sorpresa. El desierto post- apocalíptico que Alita recorre de un lado a otro tiene tanto de metáfora como de una evidente declaración de intenciones: A medida que el personaje avanza a través del paisaje desolado, encuentra piezas perdidas de viejas civilizaciones, historias y quizás, seres perdidos en medio de la destrucción olvidada. Quizás, como su propia mente y más allá, su propia existencia.

viernes, 8 de febrero de 2019

Crónicas de la lectora devota: “Black Leopard, Red Wolf” de Marlon James




Durante la última década la ficción, ciencia ficción y fantasía africana ha disfrutado de un merecido y tardío reconocimiento. Desde el éxito de la recopilación “Afrofuturism: Black Sci Fi and Fantasy Culture o AfroSF: Science Fiction by African Writers” del 2015, la literatura de género del continente ha encontrado un lugar apropiado para desarrollarse a profundidad. Tal vez por eso, el anuncio de la trilogía “Dark Star” de Marlon James sorprendió a público y crítica literaria: después de todo, el escritor se encontraba en un año sabático luego de ganar el premio Man Booker en el 2015. Lo anunció como una mezcla de fantasía y la mitología africana, pero la expectación que suscitó el anunció no se debió precisamente a esa descripción. Después de todo, no es la primera vez que ocurren tales combinaciones: buena parte de la literatura Fantástica occidental está emparentada directamente con la percepción de lo fantástico y lo maravilloso de antiguas tradiciones, creencias y por supuesto, leyendas. La diferencia radica en que la obra de James avanza a través de los caminos poco transitados de la superstición en combinación con una audaz concepción del héroe y la correlación del valor, con su forma de expresar la acción y la aventura. Lo curioso es que “Black Leopard, Red Wolf”, el primer libro de la futura trilogía, comienza con un tránsito entre la vida y muerte, construido a través de lo literal: “El niño está muerto. No hay nada que más saber al respecto”. La frase parece englobar la sensación de lo funesto y lo inevitable, pero a la vez, abrir una puerta que pocas veces se toca en la literatura: La capacidad de la historia para asumir la carga simbólica de sus personajes, incluso antes que sean parte de su propia historia. ¿Quién es el niño? ¿Por qué murió? ¿Hacia dónde se dirige el miedo y la desolación que se percibe en esa única frase?

Seiscientas veinte páginas después, el lector encuentra la respuesta a todas las preguntas, pero para entonces, ya no importan demasiado. La novela avanza con pie ligero por África, pero también, a través del subtexto de la violencia, lo metafórico y un tipo de compresión de lo absurdo, que evita cualquier intento de brindar sentido a la narración completa sin el auspicio de la fantasía. se lee como un trepidante cuento de Hadas, pero también como una épica extraordinaria con raíces en las creencias más antiguas de una África intocada, voluptuosa y por completo redescubierta por el escritor, que se esfuerza por alejarse de la colonización, el dolor negro y la versión sobre el continente sufriente. Los personajes y el África de James son de una potencia asombrosa, una reflexión poderosa sobre los entresijos de la historia y la herencia como parte de una concepción dual sobre lo moral, lo trágico y lo portentoso. Claro está, el nivel experimental de James brinda a la novela un ritmo alucinante que deslumbra: todos los capítulos cierran con un Cliffhanger y de hecho, tal pareciera que cada página es una trepidante carrera de obstáculos hacia el objetivo final de la trilogía, que aún permanece oculto y además, se encuentra ligado estrechamente a la visión del autor sobre la narración como telón de fondo de una historia poderosa. Por ese motivo, “Black Leopard, Red Wolf” no sólo es la conclusión de una historia en extremo compleja, sino también la catarsis del lector que ha seguido con fidelidad las aventuras de los personajes de James. Entre ambas cosas, la percepción sobre la aventura, las tierras imaginadas por el autor y la síntesis de la mitología como telón de fondo, encuentran el lugar ideal para apuntalar la historia.

En esta ocasión, James renuncia a sus guiños habituales de sus obras anteriores (personajes controvertidos e imposibles de definir, tan cerca del bien como del mal), para crear un rostro nuclear que sostenga la historia: Tracker, un cazador con el extraño don de encontrar “lo que debería quedarse perdido”, es el centro de la trama y también, el hilo que atraviesa toda la narración de un extremo a otro. Como héroe de la novela (y también, sostén principal de la acción que se desarrolla) Tracker pasea por el continente Africano, con la sobria convicción de un depredador en busca de su presa. Como mercenario, su privilegiado sentido del olfato, está al servicio del mejor postor y a la vez, es una posesión valiosa y personalísima del personaje, que perdió apellido e identidad familiar al abandonar la casa de su niñez. “Mi nombre le pertenecía a mi padre, así que lo dejé en su puerta al partir” cuenta en su tono seco y casi desabrido al hablar sobre su niñez. Tracker es un vagabundo pero también un nómada con una culpa insoportable a cuestas. Por única vez, el olfato de Tracker falló y esa falla es la que desencadena la acción completa del libro que comienza.

El libro comienza entre la incertidumbre, lo que permite a James sentar las bases de un viaje casi místico que atraviesa parajes encantados, valles tenebrosos y sobre todo, la vida y las emociones de sus personajes. Como cada una de las novelas de James, lo realmente importante en sus historias es la capacidad de lo que cuenta por elaborar una percepción sobre lo fantástico tan elocuente como frágil. A la manera de Tolkien — que pobló la Tierra Media de criaturas mitológicas envueltas en conflictos muy humanos — James retoma su viaje por el África que imagina con paso firme y la perenne sensación que se acerca al núcleo mismo de todas las historias del mundo. Hay un rasgo universal en “Black Leopard, Red Wolf” que James logra llevar a una dimensión por completo nueva, ajena en los libros precedentes. En cada lugar que Tracker visita, hay una persistente memoria de la belleza, una notoria consideración al poder como una capacidad que supera a la mera existencia humana y a la vez, une todas sus partes. Por supuesto y como en todos los libros de James, la magia está en todas partes. Lo está a la manera de Gabriel García Márquez, entre los detalles sutiles, en la forma en que lo extraordinario se manifiesta en matices mínimos. Desde los árboles que cantan viejas leyendas, el viento que sostiene el conocimiento como una memoria colectiva, hasta la tierra misma convertida en asidero medular de toda la historia, James transforma cada escenario en una búsqueda de símbolos, como si la travesía de Tracker fuera en realidad un camino del héroe que evade toda explicación simple.

James ama la fantasía y es notorio en su trilogía. Pero en especial en “Black Leopard, Red Wolf”, la narración alcanza las fronteras del género, para crear algo distinto y mucho más emocional que asombroso. Fresca y realista, a pesar de lo maravilloso que la circunda, la historia es un devenir entre todo tipo de circunstancias que podrían desconcertar, de no ser por la mano firme de James para mantener su historia entre las fronteras de una travesía hacia la redención. Con la densidad de la mitología de un continente pero también, la inteligente elocuencia de la narración contemporánea, “Black Leopard, Red Wolf” tiene la particularidad de vincular sus diferentes capas como un mapa de ruta hacia algo más imperecedero y primitivo. Y es África, cuna del mundo y de la misma existencia humana, el escenario espléndido que sostiene toda la historia y que acumula la percepción de lo Universal que la trilogía “Dark Star” guarda.

A pesar de eso, “Black Leopard, Red Wolf” no es un cuento de Hadas, aunque en ocasiones lo parezca y se acerque tanto a la oralidad que la voz de Tracker parece mezclarse con los cánticos de las aldeas y tribus que recorre. Tampoco pretende serlo: La narración es sangrienta, salvaje, esotérica. También tiene un ritmo tan frenético que por momentos, James parece caer en cierto caos argumental que sin embargo, evita con enorme facilidad. En realidad “Black Leopard, Red Wolf” es una búsqueda de significado y de sentido, en medio de un camino del héroe que se sostiene sobre extrañas correspondencias de valor y de coraje. Pero también hay sangre — el escenario completo de la novela es muy sangriento — y una percepción de la violencia como inevitable. El punto medio entre ambos extremos, construye un puente entre lo fantástico y también, esa violencia meridiana, fruto de la capacidad de James para dotar a su universo de una ferocidad inaudita.

El libro, además, juega en paralelo con la idea de la vida y de la muerte. Tracker debe avanzar a través de la llanura para encontrar a un niño perdido que debe llevar con vida pero a la vez, es un heraldo de la muerte. O en eso insiste en el grupo de rastreadores que acompaña a Tracker, atemorizados por las leyendas que aseguran que todo el que ha ido tras el niño perdido, encuentra la muerte. Pero en realidad, el juego superpuesto de la realidad y la fantasía de James, logra crear una visión dual y ambigua sobre la conexión de las supuestas muertes y la supervivencia del niño que sorprende por su audacia. James experimenta con su narración y crea un recorrido siniestro entre mundos aparentes y nociones de la realidad distorsionada. Al cabo “Black Leopard, Red Wolf”, toma la sustancia de una visión onírica, sólo para precipitarse a la lucha violenta, la concepción de la libertad a través del enfrentamiento y un tipo de agresión directa tan singular, que la novela entera pendula entre la sensación de desastre inminente y laberinto tenebroso que conduce a algún lugar primigenio.

Como en toda su obra, James descubre las personalidades de sus personajes con cuidado. Jamás se prodiga en exceso y poco a poco, los nombres y personalidades emergen con la lentitud de un descubrimiento tardío. En “Black Leopard, Red Wolf” no es diferente y de hecho, el truco se alarga hasta crear una singular sensación de colectivo unido por un objetivo en común. Como si se tratara de un anonimato impulsado por la acción, James utiliza los verbos para crear la sensación que todos los personajes atraviesan el mismo lugar con el mismo objetivo. Sólo para luego dejar claro a la siguiente página, que cada uno es una entidad independiente, poderosa y por completo autónoma.

James es un gran estratega de sus propias historias. Por eso, se ha comparado su trilogía con la Saga Río “Canción de Hielo y Fuego” de George R.R Martin. Ambas historias comparten la tensión interna, la audacia en la reflexión sobre el poder y sus aristas, pero sobre todo, la belleza profundamente sentida de una historia que avanza a través de la profunda identidad de una cultura mágica y llena de una singular vivacidad. Y aunque James después insistió en que su historia no tiene ninguna relación con la de George y admitió que la comparación había sido “una broma”, es imposible no comparar ambos escenarios violentos y repletos de una capacidad para la evocación que deslumbra al lector. Sea cual sea el camino que escoja seguir Tracker para encontrar al niño sin nombre cuya vida debe preservar, James logra que su travesía se convierta en una reflexión sobre la identidad, el deber, el poder de la sangre y el individuo, la fantasía y la capacidad de evocación de un continente extraordinario y misteriosa. Una historia dentro de otra historia.

“El cuento popular africano no está hecho para el escepticismo y tampoco, para ser comprendido con facilidad. Tampoco para que sea parte de una estructura que no reafirme la identidad” afirmó Marlon James en una entrevista a finales del año pasado al periódico The New Yorker. Y es esa frase la que parece resumir la travesía de sus personajes a través de las llanuras desnudas, el sol metálico y al final, el dolor complejo y casi irracional con el que deberán lidiar. Un juego de espejos en que el que la fantasía es sólo el puente hacia algo más profundo y personal.

jueves, 7 de febrero de 2019

Crónicas de la Nerd entusiasta: Todas las razones por las que deberías ver “Velvet Buzzsaw” de Dan Gilroy.





El arte y lo sobrenatural se han mezclado con frecuencia de maneras peculiares y muy extrañas durante buena parte de la historia de occidente. Desde los dibujos de las cuevas de Altamira (destinados a potenciar la capacidad de cazadores y a predecir el éxito de cacería), hasta los íconos Rusos que supuestamente eran parte de delirios y profundos trances de éxtasis divino, el arte suele comprenderse como un puente entre la realidad y algo más intangible. Mucho más si la idea se retrotrae a cierta versión de lo estético como expresión de lo humano — o del espíritu humano, en todo caso — y la percepción del hombre como parte de algo más misterioso y peligroso.

El director Dan Gilroy toma la premisa y la convierte en algo más mundano, pero sin duda, intrigante en “Velvet Buzzsaw”, un extraño híbrido entre la comedia, la crítica, el slasher y el horror sobrenatural, aderezado con una buena porción sobre lo artístico como hipótesis sobre la identidad colectiva. Con toda su carga de cínica versión sobre el mundo del arte y sus intrigas, Gilroy (que también es guionista), pondera sobre temas tan dispares como la intención artística como objeto de investigación — ¿es arte cualquier concepto que pretenda serlo? — y la cualidad de lo sobrenatural como una abstracción del pensamiento humano. El subtexto de lo comercial, lo ambiguo y lo malicioso en lo artístico — ¿Algo es realmente artístico sólo porque sea considerado una forma de comunicación visual o de cualquier otro estilo? — evade una explicación sencilla y tiene como evidente objetivo, cuestionar lo perverso que se esconde detrás del refinamiento del arte. Claro está, el tema da para mucho y el director/guionista lo sabe: La película comienza como una sátira ligera sobre los festivales, conversaciones curatoriales y crítica especializada, hasta que toma un inesperado giro que la sitúa sobre la peculiar premisa de la muerte y lo sobrenatural, como una forma de belleza. Gilroy juega con símbolos habituales (su mirada sobre los grandes festivales de arte asombra por su humor negro y retorcido) pero también, elabora una teoría satírica muy sofisticada sobre el trasfondo del arte como comercio. Vendes el arte, vendes tu alma, parece sugerir la película en un extraño tono burlón que por momentos, es pura crítica durísima sobre el mundo que rodea el patrimonio emocional de nuestra cultura y que lo menosprecia con enorme facilidad.

La película no comete el error de tomarse en serio y ese es uno de sus puntos fuertes: La versión de Gilroy sobre la percepción del arte como parte de la necesidad del comercio intelectual, es dura pero también divertida. Los personajes van de un lado a otro, riendo, coqueteando entre sí, presumiendo sus conocimientos y por último, muriendo en medio de horrorosas escenas sangrientas que aún así, conservan un breve parpadeo de sofisticación. Como si no fuera suficiente, lo sobrenatural aparece en breves pinceladas que dejan muy claro que detrás de la elegante superficie de los artistas, vendedores, compradores y galerías, subyace una versión de lo real retorcido e inquietante. El director no se prodiga demasiado en explicaciones y experimenta en un discurso levemente dual sobre el origen de lo inexplicable: ¿Nace de lo artístico? ¿De su profanación? ¿De su percepción indirecta sobre la naturaleza humana? ¿Se trata de una percepción sobre un tipo de terror que subyace sobre lo evidente y crea una doble visión sobre lo que creemos real? El arte siempre ha sido un lenguaje subjetivo y el gran acierto de Gilroy es utilizar esa premisa para analizar las intrincadas relaciones entre lo asumimos evidente y lo que no lo es. El horror en “Velvet Buzzsaw” no es del todo coherente: se manifiesta en pequeños fragmento de información que se confunden con el argumento principal en pequeños golpes de efecto. Para la película, el peligro que acecha y lo aterrador que se esconde entre las sombras, es una versión retorcida del mundo elegante y pulcro de las galerías. Y es ese guiño — ese paralelismo entre dos ideas en apariencia desiguales — lo que dota a la “Velvet Buzzsaw” de su extraña personalidad.

Por supuesto, buena parte de esas contradicciones y juegos de efecto que sostienen la trama, tienen una relación directa con los personajes centrales. El egocéntrico, repugnante y snob grupo de galeristas, museógrafos, críticos y curadores que analizan la escena artística desde una frialdad casi quirúrgica, son el núcleo de esa percepción sobre el absurdo. Juntos, son el puente entre el arte y el gran público. Los custodios de la idea artística como algo más que una pieza costosa. Pero en lugar de asumir el arte desde su perspectiva sensorial, lo hace desde el punto de vista corporativos. A ninguno de los personajes de “Velvet Buzzsaw” les agrada especialmente el arte ni les importa en realidad, el destino o integridad de las obras artísticas. En lugar de eso, las consideran parte de un entramado más elaborado relacionado con símbolos de estatus que Gilroy muestra en alegre y cínica sucesión. Desde Josephina (Hawe Ashton), sufriente y abrumada por dilemas prosaicos que tienen muy poca relación con su trabajo como marchante, hasta la vendedora de arte Rhodora Haze (Rene Russo), que asume la compra y venta de obras como una frialdad despótica, la película medita muy de cerca sobre la trivialización de los símbolos de poder y de belleza, además de sacar conclusiones bastante elocuentes sobre la concepción de lo que consideramos valioso y lo que simplemente, forma parte del imaginario colectivo. Resulta un deleite perverso, la forma como Haze negocia con una habilidad propia de un vendedor entrenado, piezas extraordinarias que en el trámite, pierden su cualidad etérea y estética. Desde sus primeras escenas, la película deja muy claro que el arte sólo es valioso si es mercadeable. Y esa retorcida versión de lo artístico, es lo que al final, desencadena “el mal” (lo sobrenatural) que poco a poco, medra entre los personajes.

Es evidente que Gilroy disfruta burlándose con enorme crueldad del ambiente artístico. Con la precisión de un mecanismo extrañamente asincrónico, el guión recorre todos los puntos de vista sobre el arte convertido en objeto de comercio y además, el evidente desprecio que denota la actitud general del ambiente que rodea al creador y a sus creaciones. El punto máximo de la reflexión, lo encarna Morf Vandewalt (Jake Gyllenhaal), un crítico que tiene el poder destrozar — o encumbrar — a un artista según sus durísimos artículos. Y aunque jamás leemos o vemos en realidad como se desempeña el rol de Vandewalt como agente constructivo y destructivo de comercio del arte, las reacciones a su alrededor, lo hacen evidente. Gyllenhaal elabora un personaje entre lo petulante, lo frágil y lo ególatra, que en manos de un actor menos competente, habría resultado patético, pero que en las suyas, brilla como una gema falsa de escaso valor. El personaje deambula de un lado a otro y es el hilo conector entre los diferentes mundos y dimensiones del arte como producto. Mira, observa, comenta, analiza, critica. Todo desde una distancia aburrida y sarcástica del poder fatuo. Y cuando lo sobrenatural llega, es Vandewalt el que entra en un singularisimo juego de intereses, horror y asesinatos. Vender o comprar arte se convierte en una paradoja y una sentencia de muerte. Y mientras la trama transcurre, el mundo de Vandewalt parece venirse abajo dentro de la especulación inmediata sobre el origen del miedo y la violencia. Es entonces, cuando las relaciones misteriosas entre el arte, lo mágico y lo sobrenatural se hacen aún más duras de comprender y elaborar, lo que permite a la película remontar la dura cuesta del cliché. Y lo hace con una relativa facilidad que sorprende por su eficacia.

Lo intrigante, es que para el director/guionista, el motivo del horror — su origen y sentido — no tiene mayor interés, de modo que elabora la hipótesis sobre su existencia desde lo inevitable. El mal y el miedo coexisten en una colección de obras extravagantes y tenebrosas, que el espectador jamás sabrá si tiene sentido, forma o incluso, alguna percepción real sobre la conexión emocional y enigmática del arte con su creador. Gilroy no se deja llevar por la tentación de brindar al “monstruo” un rostro y dedica más atención, a la ambivalencia del tono y la forma en que se analiza las muertes y sus implicaciones. Con su tono burlón, las muertes — gore puro con un aire estilizado que llega a sorprender — son una versión alterada y sobre dimensionada de la crítica en el subtexto, sobre el arte vandalizado y subestimado. Pero Gilroy no se queda allí y ofrece todo un panorama sobre lo terrorífico que extiende su versión del miedo hacia algo más sustancioso y complejo. El arte que se convierte en vehículo de los lugares más oscuros de la mente humana, el asesinato como una expresión artística.

Sorprende que Gilroy logre la paradoja de orquestar personajes terriblemente repulsivos que a pesar de eso, pueden comprenderse e incluso, analizarse desde cierta distancia de la mera elucubración. El elenco coral resulta una brillante selección: sobre todo Gyllenhaal añade a su personaje capas de profundidad que se superponen unas a otra para crear una máscara rota de pura ambición retorcida. Es entonces, cuando el personaje abandona su cariz casi mezquino para encontrar algo oscuro y venenoso en medio de la desesperación. Porque Vanderwalt transita una desolación patética y cínica, pero el director sólo lo muestra cuando la sangre empieza a fluir.

Lo más intrigante de “Velvet BuzzSaw” es su acertada combinación entre géneros, que logra crear un híbrido extravagante que jamás pierde el ritmo ni su consistencia. Gilroy utiliza todos los guiños de género del terror a su alcance, para luego corromperlo dotándolos de una rara simbología que al final, resulta desconcertante. El tono del terror está allí, pero también la intención del director de crear una aliteración total que incluya todos los elementos sobre el arte y su trascendencia que ocultó entre la trama. Hacia la última media hora, el sentido alegórico de la película se hace más potente, sin perder su divertida y macabra perspectiva del horror. Un triunfo de puro buen manejo argumental que Gilroy logra con un pulso preciso y pulcro.

Lo mejor de “Velvet BuzzSaw” es que a pesar de su meta mensaje y la intención de la crítica directa, no parece sermoneadora en absoluto. El tono desenfadado del terror evidente la resta potencia a la dureza de subtexto que se adivina entre los rápidos diálogos y las escenas entre refinadas salas de arte. Al final, la película es una mirada a un mundo despreciable poblado de criaturas despreciables. Aún así, esa percepción no disminuye el impacto del asesinato, las claves del slasher en estado puro y tampoco, la idea de lo sobrenatural como vuelta de tuerca imprevisible. Al final, “Velvet Buzzsaw” es una mirada a nuestra cultura, a la patética fragilidad de la ambición de la época pero también, una película de terror con una fantástica muestra de imaginación y buen hacer. Toda una elegante rareza.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Crónicas de la loca neurótica: El gato estrábico y el cuerpo como campo de batalla.



Tengo una camiseta con el estampado de un gato abarca todo mi pecho. Tiene una ¿expresión? furiosa y un tanto harta, además de llevar anteojos. “He hecho algunos cálculos y no podemos mantener al perro” se lee más abajo. Hará un par de semanas, la llevaba cuando un conocido me miró y se echó a reír.

— El gato bizco — dijo.
 — ¿Qué dices?
 — Bueno…que la camiseta…se estira y…no…

Parecía incómodo aunque yo seguía sin entender la broma o el motivo de su incomodidad. Por último, en un súbito momento de lucidez comprendí a qué se refería. Como me suele ocurrir con frecuencia, me apresuré a cruzar los brazos sobre el pecho, azorada y un poco molesta. Mi interlocutor con vena humorística ahora estaba evidentemente avergonzado y un poco molesto.

— No es para tanto.
 — Claro que lo es.
 — Pero ¡Era un chiste!

No le respondí. Más tarde, me miré en el espejo furiosa, frustrada y como no, cansada de esa sensación inevitable que mi cuerpo es inadecuado, que llevo a cuestas desde hace no sé hace cuánto tiempo. El estampado de la camiseta parece estirado y un poco deformado por…sí, el tamaño de mi escote. Tanto como para que los ojos del minino de la tela tengan un aspecto estrábico. Realmente es gracioso, me digo con un suspiro. Es un chiste original. Si por supuesto, no me hiciera sentir tan observada, desconcertada y abrumada en mi propia piel.

Tengo pechos grandes. Dicho así, la frase tiene algo de vulgar, pero en realidad, se trata de la descripción más objetiva que puedo hacer de mi cuerpo. Lo más curioso del asunto, es que en realidad no soy voluptuosa pero el tamaño de mi escote supera con creces al resto de las curvas de mi cuerpo. El resultado es incómodo y un poco absurdo: como si mi imagen corporal tuviera poca o ninguna relación con lo que imagino sobre mi misma o al menos, analizo como parte de mi identidad.

Hace unos días, leí que a un sentimiento semejante se le llama “dismorfia”, que según la literatura médica que consulté se trata de un “trastorno mental caracterizado por la preocupación obsesiva por un defecto percibido en las características físicas”. No coincide demasiado con la incomodidad que me hace sentir el tamaño de mi busto — que no considero en realidad un defecto — pero sí, con la preocupación obsesiva por el asunto. Vamos, no se trata en realidad de “una obsesión”. Es algo más parecido a una sempiterna sensación de encontrarme expuesta, muy visible. Que mis pechos no son sólo partes de mi cuerpo, sino una de las maneras en que se me define.

Es una idea angustiosa, sobre todo si vives en un país tan machista como el mío y que además, se encuentra completamente obsesionado con la figura femenina. Tener pechos grandes y aún lo suficientemente firmes como para que nos les afecte la gravedad, implica que todo lo que haces, la manera en que luces, incluso la forma en que te comportas, se sexualiza casi de inmediato. De pronto, todo parece relacionarse con el volumen de tu cuerpo, con esa apariencia que pseudo erótica que tu cultura presiona y elabora a partir de un imaginario limitadisimo, basado en un sustrato inclemente sobre el aspecto de la mujer. De modo que tener pechos grandes, no sólo es un accidente biológico. Es también es una especie de confrontación frecuente con el ideal erótico de un país que disfruta definirse como “ardiente y tropical”.

En Venezuela se le llama “pechonalidad” al atributo de un busto de considerable tamaño y aunque el mío continúa siendo discreto en comparación a las maravillas estéticas logradas por el bisturí de un cirujano, durante buena parte de mi vida he debido de enfrentarme a hombres que le hablan directamente a mi pecho, con mujeres que menosprecian mi inteligencia debido a ese único rasgo físico, con el hecho que incluso mi trabajo fotográfico parece impregnado de un inevitable sentido erótico por el mero hecho de mi talla de sostén. Puede parecer risible — a veces incluso a mi me lo parece — pero en la mayoría de las ocasiones, tengo la sensación que mis pechos son una parte incontrolable de mi individualidad. Una pieza suelta de la definición que tengo sobre quien soy, que no calza en ninguna parte y no lo hará jamás.

— Hay gente que paga por tenerlos así ¿Y tu te quejas? — me dijo una de mis amigas en una oportunidad — chica, ponte un buen sostén y disfruta de la vida.

“Disfrutar de la vida”. Bien, supongo que podría hacerlo. Romper el convenio que hice con propia mente de asumir mi sexualidad como algo privado y no una bandera simbólica y usar mi “pechonalidad” para deslumbrar y llamar la atención. Muy a lo latino. Celebrar que soy una mujer que nací con la bendición de un par de pechos sanos, de considerable tamaño y sexualmente apetecibles y…¿qué? me pregunto mirándome al espejo, desnuda y cohibida. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Es natural que sea tan torpe? ¿Qué me mire y no me reconozca del todo? Sí, lo sé. Debo agradecer que mis atributos sexuales sean hermosos y atractivos. Pero ¿qué ocurre si no deseo tenerlos? En ocasiones, he fantaseado con pedirle a un cirujano estético que haga el mismo milagro que lleva a cabo a diario, pero a la inversa. Transformar la gloria voluptuosa en algo mucho más discreto, acorde con la forma en que me miro, me comprendo, desearía ser.

— ¿Estás loca? ¿Una cirugía? — se escandalizó una de mis tías — Muchacha por Dios ¡Comprate un buen sostén y deja de sufrir por una necedad semejante!

Sí, desde luego que es una necedad. En un país con una gravísima crisis económica, social y cultura, hablar sobre el tamaño de los pechos es una osadía. Pero la necedad me acompaña a todas partes. La necedad hace que desconocidos se pasen la lengua por los labios mientras me contemplan el pecho sin ningún tipo de disimulo. La necedad hace que lleve capa sobre capa de ropa, en un intento absurdo de disimular aquel atributo sexual que no pedí y que me define, a pesar de no desearlo. Lo pienso mientras me ajusto el brassier de lycra para deportistas que uso a diario. Nada sexy, nada encantador, nada delicioso. Un sostén que me ofrece una cierta tranquilidad que no puedo explicar demasiado bien.

— No me digas que tienes problemas con tu identidad sexual — se burla uno de mis amigos más queridos — sería el colmo.

M. es gay y desde que nos conocemos suele insistir que soy la mujer cis más “neutra” que conoce. En otras palabras: mi cualidad femenina no es exagerada, a flor de piel, evidente. Soy una mujer que disfruta de maquillarse, de la ropa elegante, que lleva el cabello largo y bien cuidado. Pero también llevo ropa bastante unisex, en ocasiones me veo como un muchachito joven de ojos muy grandes. O en eso existe M., que se ríe a carcajadas cuando el enésimo desconocido me dedica una mirada larga y exhaustiva que va a detenerse justo en mi busto. El día en particular, llevo pantalones grises de punto, una blusa blanca de manga corta, zapatos negros, un discreto collar de plata. El cabello trenzado alrededor de la cabeza. Pero mis pechos, rebeldes y violentamente directos, son muy visibles entre tanta sobriedad. Una redondez maciza, blanda y supongo que atractiva. Un espacio de mi anatomía que parece responder a otra voz y a otra intención más allá de la mía.

— Ignora el tema, ya estás volviéndote loca por algo sin importancia — dice M. más tarde — ya tienes edad para superarlo. Hazlo.

Lo he intentado claro. A los dieciseis era verdaderamente delgada, muy frágil y pequeña…con un busto bien desarrollado que era imposible de ocultar. Decidí volverme un poco marimacha en respuesta y hasta los veinte, mi aspecto era una especie de mezcla de entre una mujer a medio construir y algo más amargo. Después, tomé la resolución de aceptar mis pechos tal y como eran: los fotografié, los miré con cariño, incluso llegué a lucirlos con cierto orgullo. La consecuencia inmediata fue una oleada de atención incontrolable y violenta que me afectó en más de una hora manera. Mis fotografías se volvieron experimentos eróticos — alguien me llamó “La Dama boudoir” — y en una ocasión, alguien rechazó mi curriculum como escritora por mi “superficialidad”. Cuando pedí explicaciones, me habló que una editorial como la suya no podía contratar a una “exhibicionista”.

También por supuesto, están los hombres de mi vida. Los amantes, los novios, los fuck body que han insistido que mis pechos son extraordinarios, tentadores. Cada uno de los hombres que he llevado a mi cama, ha tenido una opinión distinta y cuando finalmente, el conflicto con mi cuerpo me hizo entrar en una guerra ciega y casi violenta con mi identidad corporal, los pechos grandes representaron una época absurda sobre como me comprendía. Todavía lo hacen. De forma que sí, luché por superarlo. Luché por…¿qué? ¿encontrar un sentido a esta combinación imposible entre lo que miro en el espejo y lo que imagino en mi mente sobre quien soy? No lo sé.

— Existe una teoría que nuestros conflictos corporales tienen relación con nuestras relaciones familiares — dice mi psiquiatra — ¿has pensado que pueda ser eso?

¿Que mi incomodidad por el tamaño de mis pechos refleja mi terrible relación con mi madre? No sé que decir a eso. Me quedo muy quieta en la butaca. Hoy llevo una blusa cerrada al cuello, un suéter ligero y me inclino levemente hacia adelante. A veces tengo la sensación que he pasado buena parte de mi vida encorvada, ocultando con los brazos esa plenitud mía que no sé muy bien de donde proviene.

— No creo que sea tan sencillo.
 — Plantéatelo — me dice mi psiquiatra con amabilidad.

Lo hago. De nuevo, me miro desnuda frente al espejo. Mis caderas son inexistentes. Mis piernas son un poco rollizas esencialmente por mis malos hábitos alimenticios, mi trasero no abulta demasiado. Pero allí están, gloriosos y radiantes, mis pechos. Enhiestos y puntiagudos, diría Anais Nin. O “amplios y que parecen abarcar el mundo” diría Henry Miller. Pechos. Mientras en mi mente, soy una mujer neutra — ¿asexual, quizás? — que por ahora atraviesa una etapa de anomia, de cierta tristeza corporal, de una búsqueda de significado que no parece llegar nunca a un buen puerto. Suspiro. Me pongo de nuevo el sostén de lycra, me siento en la cama. Me miro sin reconocerme. ¿Es tan complicado este simple detalle? ¿Es tan…?

— Es tu cuerpo, el reflejo de lo que eres o sientes. Así de importante es todo esto.

Me lo dice la más vieja de mis tías. Con casi ochenta años, vive en su casona descuidada del Este de la ciudad. Me gusta visitarla, sentarme en silencio en su salón polvoriento y tomar su mal café. Camina con un bastón y según los chismes familiares, fue una célebre belleza de la ciudad. Ahora es una anciana de cabello blanco y grueso, que usa zapatos ortopédicos y tiene las manos hinchadas por artritis. Se deja caer a mi lado y me mira detrás de los cristales de sus anteojos. Sus ojos verdes se ven enormes y cansados.

— Me siento ridícula preocupándome por algo así.
 — Todas las preocupaciones son ridículas, pero son nuestras.

Me sirve té de frambuesa. Me mira cruzar los brazos sobre el pecho mientras espero que la taza deje de humear.

— Algo día dejará de doler que te miren primero el pecho y después a los ojos.

¿Así de romántica y prosaica es la cosa? Pero ¿en realidad es prosaica? No lo sé. Añado dos cucharada de azúcar a la taza. La revuelvo con lentitud. Tía me mira, con su taza entre las manos deformes.

— Mi profesor de fotografía favorito me dijo una vez que de no conocerme bien, me trataría como “las niñas pezón” que abundan en el país — le cuento — es como una gran máscara, los pechos. Un espejo en el que te miras y te devuelve un reflejo doloroso.

Mi tia no dice nada. Ya no es tan lúcida como solía serlo y creo que ya olvidó la mayor parte de la conversación que sostuvimos. Pero lo poco que duró, fue hermosa y sentida. Me tomó el resto de té mientras ella me habla de sus perros, del recuerdo de su marido muerto y al final se queda callada.

De nuevo, tendida desnuda en la cama. Pienso en mi cuerpo como una isla, como una mirada más allá de mi misma. Como una especie de conexión con el Universo de las cosas que no siempre tiene que se razonable. Y quizás, allí está el meollo de todo el asunto, me digo envolviéndome en las sábanas y a punto de quedarme dormida. Quizás el tema es algo más duro, elaborado, inquieto. Una mirada a un sistema planetario lejano y doloroso. A una idea rota sobre la mujer que soy.