martes, 27 de junio de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: La ley convertida en arma política. Unas reflexiones sobre la Asamblea Nacional Constituyente.





Cuando en el año 1999 se invocó en Venezuela el llamado “poder constituyente” me inquieté. Al contrario de la mayoría de la gente que conocía, la idea de refundar la nación a través de una nueva constitución me preocupaba, antes que despertarme algún entusiasmo. Después de todo, la Constituyente es una figura asociada a momentos de ruptura histórica especialmente tensos y sobre todo, que no suele ser el vehículo idóneo para dirimir una crisis de naturaleza política y social. Y es que aunque la constitución es un contrato social que garantiza la coherencia y la inclusión legal, la constituyente es sin duda una herramienta ambigua y poco clara para su creación o al menos eso parece sugerir esa larga tradición Venezolana de usar la ley como un arma que empuña el poder.

Cual sea el motivo, no me uní a esa gran oleada nacional de Optimismo que por el año 1999 recorría el país y que tenía por principal figura a Hugo Chávez Frías, recién electo presidente por un masiva diferencia electoral. Venezuela disfrutaba de esa relativa concordia que suele acompañar a cualquier elección multitudinaria y se preparaba para el ambicioso proyecto de reconstruir el país desde la base, a través de un nuevo proyecto constitucional que sustituiría a la entonces vigente constitución del año 1961. Enarbolando su considerable popularidad como moneda de cambio, Chávez no sólo arrasó en la novedosa consulta vinculante que allanó el camino a la constituyente, sino que se aseguró que la gran mayoría de los constituyentes y por tanto, encargados de reformular la base legal de la nación, fueran afines políticos. Eran tiempos donde aún el Gobierno de Chávez era de una sobria centro Izquierda y todavía, la palabra “Revolución” no se había pronunciado en ninguna parte. Pero las intenciones eran obvias: La nueva Constitución no sólo aseguraría las bases del proyecto de Chávez — cualquiera que fuera y por entonces, sólo había promesas de “reconstruir al país” — sobre una base legal que podría afectar, no sólo el futuro inmediato sino a mediano plazo. Una apuesta muy elevada para un político de laboratorio, un hombre que había llegado al poder por la vía del voto al fallarle el de la violencia y sobre todo, un sistema político que parecía beber de infinidad de vertientes sin definirse a través de ninguna de ellas. Eran los tiempos de la promesa de construir país con la “democracia más perfecta del mundo” y también de una distribución más justa de la riqueza.

La idea deslumbró a un país inocente y sobre todo, que aún creía en las promesas románticas de la izquierda histórica tradicional del continente. Sobre todo, apeló al descontento genérico, que necesitaba, bajo cualquier aspecto posible, lograr un cambio inmediato y cuyos beneficios pudieran cuantificarse a corto plazo. La constituyente, de la que muy poca gente tenía noticia, se alzó no sólo como una promesa electoral sino también como una posibilidad concreta de reconstruir un modelo político agotado. El partidismo atravesaba quizás su momento más bajo, el ciudadano exigía una visión del Estado incluyente y sobre todo, mucho más justa de que hasta entonces había sido y la insistencia de Chávez en un cambio “radical” de Venezuela, logró lo que parecía imposible años atrás: aglutinar a la oposición política de entonces en una única idea. Chávez, un político sagaz que aprendió bastante pronto a manejar no sólo la opinión como arma electoral sino también, como peso político de considerable importancia, usó su resonante triunfo electoral como trampolín para lograr esa aspiración confusa de una constitución “a la medida” de un proyecto social y legal aún difuso. Con el músculo de una popularidad asombrosa y cuantificada en un apoyo irrestricto a cualquier decisión presidencial, Chávez condujo al país a una decisión histórica de ruptura, a una nueva visión del país nacida de la ilusión social en estado puro.

Continúe encontrándome entre los incrédulos. Lo que me pregunté y no pude evitar hacerlo, es por qué para Chavez era necesario una nueva carta magna, si a través de la vigente, podía llevar a cambio importantes cambios de contraloría y distribución de la riqueza. Después de todo, la figura de la enmienda le permitía reformar artículos específicos de la constitución que necesitaran una indispensable revisión y lograr así, una reconstrucción legal sin costes tan traumáticos como los que podría traer una constituyente. Por entonces, cursaba los primeros años de la licenciatura de Derecho y el debate sobre la idoneidad o no de la constituyente transformó las aulas de clase en un hervidero de opiniones que parecían reflejar lo que ocurría el país.

— Si queremos un país nuevo, tenemos que tener un entramado legal nuevo — insistió hasta el cansancio uno de mis compañeros de clase, ferviente defensor de la constituyente. Para él, la propuesta de Chavez de reformular el poder para sustentarlo sobre bases legales y sociales más amplias necesitaba de una constitución mucho más “adecuada” que la muy conservadora del año ’61, formulada además con la única intención de superar por la via legal el Gomecismo. A sus palabras, la visión rural, limitada y clasista de la Carta Magna en vigencia por entonces, no le permtiría abarcar objetivos tan amplios como pragmáticos. La idea me desconcertó y sin embargo, era la más repetida por entonces. Porque la mayoría La Constituyente, esa figura desconocida y sobre todo, brumosa para la gran mayoría del país era una expectativa muy concreta de futuro. La gran mayoría de los Venezolanos no tenían ninguna duda que a través de ella, los errores e injusticias de cuarenta años de administración deficiente, de burocracia y clientelismo serían subsanados de origen.

— Una constitución a la medida de las expectativas políticas — me comentó mi por entonces profesor de derecho administrativo, uno de los pocos abogados que conocí que rechazaba públicamente y de manera frontal la constituyente — lo preocupante de todo esto, es el proyecto de ley puede no sólo construir un nuevo país, sino asentar las bases de un proyecto social a futuro y aún desconocido. Es un cheque en blanco a las ambiciones políticas de toda una nueva generación de funcionarios y un lider recién nacido y bañado en popularidad. Aún peor si la propuesta política aún no existe, es sólo una proyección a mediano plazo y basado en el carisma de un hombre que promete demasiado y que hasta ahora, sólo se muestra como una figura histriónica.

Me asombró su opinión, tan pragmática, tan objetiva y sobre todo, tan dura sobre el extraño proceso político que atravesaba el país. Después de todo, por entonces Chavez era un hombre admirado incluso por sus críticos acérrimos, que parecía haber logrado el milagro local de unificar opiniones y lograr una cierta cohesión de intenciones en un país confuso y que intentaba sobrevivir a una progresiva crisis económica cada vez más preocupante. Pero para mi profesor, la cosa estaba clara: en todas las veces en que se había invocado una Constituyente el resultado había sido una confusa mezcla entre la expectativa y la realidad: una visión del país a medias, un marco legal endeble basado en una inmediata de una realidad mucho más amplia.

— Entonces, usted cree que Chavez se asegura un papel político y un proyecto aún desconocido — recuerdo exactamente el temor que me produjo formularle la pregunta. Sentada en su calurosa y pequeña oficina de la Universidad, tuve una inquietante sensación de avanzar hacia un país desconocido, una propuesta borrosa de política y contrato social que aún no entendía demasiado bien. Y es que quizás, no había nada que entender, me dije con nerviosismo. Quizás La Constituyente más que necesidad histórica y legal palpable, era un gesto de efecto político de proporciones desconocidas y de consecuencias imprevisibles. Me sentí en la mitad de ninguna parte, en medio de una perspectiva de futuro anónimo y desconocido.

— Sí, sin duda es lo que hace. Promete una Constituyente bajo la figura elemental de un “gran cambio” a un país que que aspira a una reconstrucción de base, que está cansado y aplastado por una tensión social insostenible. ¿Santo quieres misa? Toma tu vela — suspiró, encendió un cigarrillo. Le noté tan preocupado como yo — ¿Lo peor? que seguro triunfará. Dudo muchísimo que las pocas voces en contra tengan otro efecto que demostrar que existe cierta disidencia, nada más.

Tenía razón, por supuesto. La Constituyente fue aprobada por una apabullante votación a favor, y las voces en contra, aplastadas bajo esa gran celebración sobre la “democracia” que nacía de la mano de Hugo Chavez. Recuerdo haber escuchado celebraciones ruidosas de mis vecinos, que aseguraban “ahora sí comenzó el cambio”. Chavez, rollizo y entusiasta, saludo al país con voz triunfante “La revolución comienza hoy”. Lo escuché, entre la preocupación y la alarma, desconcertada por su impavidez, a pesar de las noticias sobre la tragedia natural que sacudía por las mismas fechas el Estado Vargas. Pero para el Chavez triunfador, de uniforme verde y boina roja, la emergencia de un país en desastre podía esperar. El triunfo de la opción pro Constituyente parecía para el recién electo Presidente, la piedra angular de una propuesta que no era precisamente el sobrio proyecto de Gobierno que con sonrisas amables y traje ejecutivo había vendido a la confiada clase media, alta e intelectual de Venezuela. El Chavez renacido en popularidad, transformado en un líder con un discurso agresivo como pocas veces se había conocido en nuestro país, tomó la renovación legal de Venezuela como símbolo de su cualidad invencible, del poder político ejercicio como una cuota personal. El país a la medida y la ley que lo sostiene. Una construcción del Estado a favor de una parcialidad política y social, antes que de una visión ciudadana del poder.

En la consulta, voté por la opción “No”, por supuesto. Lo hice a pesar de saber que formaba parte de una minoría exigua y muy poco representativa del país. Lo hice a pesar de todo el que me aseguró que era un voto perdido, de todos los que asumieron mi decisión política como un apoyo tácito a lo que llamaron “continuismo de las cúpulas”. Mi compañero de clase me miró casi con tristeza cuando se lo comenté.

— Y tu insistes en la idea de apoyar lo que ya no existe — me comentó. Sacudió la cabeza — aunque lo aceptes o no, el cambio en Venezuela llegó.

No respondí. Pensé en el discurso cada vez más agresivo de Chávez, en los pequeños enfrentamientos que estaba sosteniendo con la prensa y el periodismo privado. Pensé en la Tragedia de Vargas, que el país aún sufría en carne viva y que el gobierno parecía desbordado para asumir. Pensé en el Uniforme verde oliva de Chavez, en la boina roja de paracaidista. Pensé en la propuesta un poco sorpresiva de cambiar el nombre del país para añadir la palabra “Bolivariana”. Pensé en las paredes llenas de consignas contra el partidismo tradicional. Pensé en la imagen de Chavez golpeandose el puño y llamando a su proyecto “Revolución”. Pensé en la sensación de un inminente desastre que tenía a toda hora. Pensé en las enormes esperanzas cifradas en un proyecto político del que no se tenía otra noticia que la de prometer un “gran cambio”. Pensé en la nítida sensación que buena parte de los electores Venezolanos estaban deslumbrados por el poder de una herramienta jurídica desconocida. Pensé en el futuro. Pensé que ocurriría después.

— Lo sé — admití por último. Me encogí de hombros — solo nos queda esperar.

Han transcurrido dieciocho años desde entonces y de nuevo, la figura de la Constituyente se invoca como panacea a los males políticos y culturales, sólo que el país que recibe la propuesta se encuentra en escombros. Destruido luego de casi dos décadas de presión ideológica que desmanteló el estado y convirtió las instituciones en piezas de poder estratégicas. Una Venezuela que perdió la inocencia y la esperanza, transformada en un campo de batalla en la que las armas de la república se utilizan como herramienta dictatorial. En medio de una ideología que propugna un dogmatismo ortodoxo que empuja al país a un abismo financiero cada vez más imprevisible. Dieciocho años durante los cuales el chavismo devastó el marco jurídico y utilizó la capacidad legal para ensanchar el horizonte de la ley a su conveniencia. Dieciocho años en que la constitución no sólo ha sido desconocida a conveniencia, sino que ha demostrado que no sólo no sustenta proyecto político alguno sino tampoco una propuesta concreta de país. O al menos, no una muy distinta a la que resumió la constitución previa. Como si se tratara de un reflejo de un mal cultural recurrente, la historia en Venezuela suele ser cíclica, una reconstrucción de errores inauditos, de experiencias superpuestas una sobre otras para crear una interpretación del país a medias, siempre incompleta.

Hace poco, me tropecé con mi amigo de la Universidad. Continúa siendo un ferviente defensor de la ley como un arma contra el poder establecido. Tal vez por ese motivo, no me extrañó que sea un entusiasta, otra vez, de una nueva posibilidad constituyente. Lo escuché, alarmada y asombrada por su ingenuidad. Quizás la de todos, pensé después un poco entristecida. Me pregunto si el Venezolano es capaz de asumir su propia carga histórica y también, su manera de comprender su propia ciudadanía. O si continuaremos construyendo interpretaciones del poder a la medida del entusiasmo o la desesperación, o la simple noción de esa identidad política que continúa sin existir realmente.
No lo sé, me digo mirando una pared donde un Chavez descolorido saluda a una ciudad árida y violenta. Y quizás no tener una respuesta sea lo peor de todo.

C’est la vie.

lunes, 26 de junio de 2017

Veinte años de Magia: Harry Potter y la alegría de todos los pequeños prodigios cotidianos.





Esta historia comienza así: Hace más o menos veinte años, uno de mis amigos más queridos me envió desde Londres un paquete con algunas revistas sobre fotografía, unas cuantas curiosidades friki…y un libro. Era pequeño, delgado, con cubierta de cartón y un niño mal dibujado de enormes anteojos rotos que me miraba desde el papel con ojos inocentes. “Harry Potter and the Philosopher's Stone” leí en voz alta, sin que el titulo sonara de nada ni tampoco, el nombre de su escritor, JK Rowling. Mi amigo había incluido además, una nota en la que me explicaba que se trataba de una historia recién publicada que comenzaba a tener mucho éxito en Inglaterra y que hablaba sobre un pequeño brujo que descubre que lo es durante su cumpleaños número once. “Te va a gustar”.

Me gustó, por supuesto. Me enterneció, me sorprendió la capacidad para cautivar del pequeño brujo huérfano que termina enfrentándose en las dudas y convirtiéndose en un improbable héroe. No era una historia nueva — en realidad ¿cual lo es? — pero quizás justo en esa símbolo simple, había una reflexión sobre la niñez y la inocencia que me desconcertó por su capacidad para conmover. Porque en la disparatada aventura del niño que descubre su identidad y a la vez, la portentosa existencia de la magia, no encontré además de un personaje entrañable también una alegoría acerca de los solitarios, los temerosos, los que sienten una profunda incertidumbre. De todas las pequeñas escenas de la infancia que parecen carecer de sentido pero que al final, se unen unas a otras para mostrarnos al adulto que intenta comprender su historia personal que siempre hay un motivo para la maravilla. Me vi a mi misma, en esa adolescencia de las soledades, el aislamiento, la eterna sensación de encontrarme muy cerca de cierta angustia existencial. Reí y lloré mientras lo leía y la noche en que lo terminé, por primera vez en muchas semanas — extrañas noches en blanco, de preocupación y de mucha incertidumbre — pude dormir bien.

Porque Harry me consoló a la manera como sólo un libro entrañable puede hacerlo, en independencia de su calidad, trascendencia o cualquier consideración sobre su importancia. Atravesaba una complicada etapa de ruptura personal, una crisis azarosa, tratando con desesperación de encontrar un lugar en el mundo adulto. Esa soledad dolorosa, que te hace sentir el hecho de encontrarte aislado en medio de tus propias ideas y confusiones. Esa enloquecedora y salvaje angustia que amenaza con ahogarte de un momento a otro. Días oscuros, sedosos y sofocantes. Y en medio de la tormenta me aferré a un libro simple. A una historia que había leído en muchas otras ocasiones bajo distintos rostros. Lo leí con la convicción simple de encontrar un momento de calma, un pequeño fragmento de silencio en el que pudiera refugiarme. Lo encontré entre las páginas de aquel libro desconocido. De la enésima versión sobre el poder del espíritu y las buenas intenciones, sobre la oscuridad y la maldad. Una alegoría cien veces que encontré — y encontraría — en muchos libros antes y después, pero que esta ocasión tenía el rostro de un niño que podía comprender e incluso querer. Terminé el libro con una rara sensación de nostalgia. Por semanas pensé en el poder de la esperanza.

El segundo volumen de la saga lo compré con cierta impaciencia. Me hizo sonreír el titulo: “Harry Potter y la Camara Secreta”. Lo encontré en la estantería de mi librería favorita de Caracas y sólo entonces me enteré que el primer volumen, era todo un suceso en su natal Inglaterra y el resto de Europa. El librero sonrió cuando le hablé sobre cómo había encontrado el libro.

— Ya lo sabes, los libros llegan a donde los necesitan.

Me quedé de pie, junto a la puerta de la librería, con el libro entre las manos. Intenté contener los inexplicables deseos de llorar que me cerraron la garganta y luego sonreí, vencida.

— No es el mejor libro del mundo — El hombre me dedicó uno de sus guiños maliciosos de librero experto.
 — Todos los libros son mundos, eso es aún mejor.

Tenía razón, como siempre. Comencé a leer el libro con impaciencia y encontré que el universo mágico en que habitaba Harry se había hecho más amplio y consistente, tomaba forma entre las sencillez. El castillo de Hogwart se hizo más complejo, misterioso e incluso amenazante. Y la niñez de los personajes comenzó a dar paso a una juventud frutal en medio de todo tipo de expectativas. Está creciendo, recuerdo haber pensado tendida en mi cama, asombrada por la novedad. Conmovida por la sensación que me unía al libro un hilo invisible y difícil de explicar. En mi vida, el ciclo inevitable de todas las cosas tomaba un sentido similar: tenía la sensación que mi vida comenzaba a tener sus propios perfiles y formas, que dejaba de ser una confusa mezcla de expectativas y temores, para transformarse algo más.

— ¡Lees a Harry!

Levanté la cabeza desde las profundidades del castillo de Hogwarts. El campus de la Universidad apareció a mi alrededor y tuve la rara sensación, que había estado ausente de la realidad por todo un año escolar plagado de Dragones y Basiliscos. Un compañero de clase desconocido me miraba con cierta sorpresa. No supe que responder cuando levantó su ejemplar del libro y me dedicó una sonrisa simpática. Qué rara sensación de complicidad, de dos adultos jugando a recordar la niñez con tanta sinceridad.

Cuando llegó el tercer libro de la historia — Harry Potter y el Prisionero de Azkaban — ya la saga se había convertido en todo un suceso literario y estaba en todas partes. Se había perdido algo de la inocencia, pensé sosteniendo el libro entre las manos — ligero, con su chillona portada rojo carmesí llena de criaturas y rostros que sonrían — y tuve la imagen muy clara que el mundo de Harry se encontraba más poblado que nunca. Los rasgos sencillos en la narración comenzaban a perderse, una cierta densidad torpe se cernía sobre la historia del joven brujo. Y por supuesto, Harry crecía a mi lado, un reflejo extraño y dulce de alguna parte de mi misma que comenzaba a madurar con lentitud. Tal vez me encontraba entonces un poco prisionera de la tristeza y el dolor, custodiada por los dementores imaginarios que tomaron corporeidad en mi luto personal. Mi abuela acababa de morir y me encontré perdida en esa tristeza apacible de los introspectivos y los levemente abrumados. En el libro, encontré ese tránsito hacia una nueva forma de comprender, esos transitar torpe y simple de mi mente hacia algo más complejo.

En Caracas, el libro fue recibido por primera vez una gran celebración. ¿Esto es real? me preguntaba viendo a todos aquellos niños llevando calderos y varitas mágicas, hablando de magia y entusiastas del mundo creado por Rowling. También había jóvenes de mi edad, con sombreros y camisetas. “Soy un brujo, quiero ir a Hogwarts” se leía en todas partes. Que jóvenes somos todos, en realidad, recuerdo haber pensado. Que insólitamente inocentes, somos alguna vez.

“Harry Potter y el Caliz de Fuego” llegó con retraso o así me lo pareció. Durante los cuatro años en que lo esperé, dejé atrás la primera juventud y me convertí en una joven mujer, aturdida por la rapidez con que todo sucedía en mi vida, por la sensación de intentar encontrar sentido a la experiencia total de crecer y madurar en medio de una generación sin nombre y llena de incertidumbre. Y mientras tanto, comenzaba a mirar el mundo de una manera más serena. La esperanza se volvió una interrogante, una pieza complejas entre tantas otras en mi vida. Una búsqueda silenciosa, una forma de comprender mi reflejo en el espejo.
El libro llegó a Caracas con gran pompa y celebración. El día en que comenzó a venderse en las librerías, me formé en fila con cientos de fanáticos que yo, creían firmemente que la magia es algo más que lo obvio. Los Centros comerciales de mi ciudad se llenaron de niños que llevaban capas y túnicas, hablando de hechizos y pociones, de lo bonita que era la magia. Una grupo bullicioso y entusiasta de creyentes en cierto tipo de asombro que me desconcertó por su buena voluntad. Fue extraño leer las aventuras de Harry con cierto asombro, encontrarle un poco más adulto, confuso, frágil aún en la inocencia ¿cuánto tiempo había pasado? Miré los anteriores ejemplares, descoloridos y manoseados y sonreí. Y el tiempo me pareció una Era de Milagros, un tiempo nuevo que comenzaba a escribirse como las primeras líneas de un buen libro.

Que pensamiento hermoso.

Cuando se publicó “Harry Potter y la Orden del Fénix” el mundo entero se llenó de una legión de fanáticos que amaban la historia del pequeño huérfano convertido en un símbolo por derecho propio, fascinados con la idea de la magia, de crear y soñar. Entonces la película “Harry Potter y La piedra Filosofal” Chris Columbus le dio rostro y corporeidad a los personajes. Harry estaba en todas partes, era algo más que una pequeña curiosidad literaria. Y eso me sorprendió, como sólo puede sorprender compartir una experiencia emocional que resulta diferente para cada quién. Fue un año memorable ese. Llevaba tres años estudiando mi verdadera vocación y me reí a carcajadas con las críticas y las burlas que me dedicaron mis eruditos compañeros de clase por mi afición a las novelas baratas de Rowling. Por supuesto que no me importó e hice fila como todos los años, para comprar mi ejemplar lo más pronto posible y empezar a leer, como millones de otros lectores alrededor del planeta. Como esa gran pléyade de creyentes en lo imposible que acompañaban a Harry en su gran aventura. Recordé a la niña que había leído por primera vez las aventuras en el Mundo mágico y volví a sonreír, mirando el Harry de la Portada: un chico desgarbado de antojos corriendo en la Oscuridad. Cuánto hemos crecido, mi querido Harry. Cuántas cosas hemos recorrido juntos a través de páginas y días de complicidad.

“Harry Potter y el Principio Mestizo” me encontró a solas en mi propia casa, fraguando proyectos, obsesionada por nuevos caminos, caminando en el mundo de mis ideas. Me encontraba al borde de una ambiciosa irrealidad, aturdida y tan cansada de mi misma como puede estarlo un joven adulto. Y de nuevo, Harry me tendió una mano. Harry, ya un muchacho de dieciseis años que reflexionaba con entusiasmo y torpeza sobre el amor y la soledad. Un brujo adolescente que intentaba comprender el hecho de ser distinto en medio de un mundo incomprensible. Y reí y lloré de nuevo con Harry. En los momentos más bajos y oscuros, más desesperados, cuando Proust me abandonó, cuando Woolf perdió sentido y Kafka sólo consiguió enloquecerme, allí estuvo mi humilde Harry, hablando sobre lo triste que era sentirse solo y sin esperanzas en medio de las decisiones y las circunstancias más disímiles. El mundo a mi alrededor se hacía más grande, más complejo. La fotografía ya no fue esa pasión solitaria y furiosa que unía mi pasado con mi presente sino que se transformó en algo más, una visión del futuro. Magia en el aire. Comencé a sentir de nuevo fe en ese mundo cuántico que llevo entre mis dedos y mis pensamientos. Y fue el libro de los libros de la saga de JK Rowling el que llevaba entre las manos, cuando corrí riendo de felicidad por una calle cualquiera cuando me enteré que una de mis fotografías se expondría por primera vez.

“Harry Potter y las reliquias de la muerte”, llegó mientras me debatía en las primeras batallas de la madurez, la determinación de continuar mi camino a pesar del miedo a lo desconocido, de la simple duda existencial. Sentada en la habitación favorita de mi casa, miré el libro, grueso y lujoso, tan diferente a esa pequeña edición de bolsillo que leí la primera vez. Ah, cómo hemos crecido mi Harry querido, ya somos adultos, pensé con los ojos llenos de lágrimas, dos Brujos tratando de vivir lo mejor y lo más hermoso de un mundo singular. Porque con Harry Potter no sólo hablamos de su discutible calidad literaria, sino de la magia (pequeña, personal e íntima) con que la escritora ha logrado impregnar a una historia en apariencia simple y sincrética: La vida de un joven mago que descubre un destino grandioso en medio de un mundo imposible, tangencial a la cotidianidad. Tomando elementos tradicionales de la narración épica (el lento y duro camino de un héroe sencillo hasta convertirse en un ideal en sí mismo) Rowling logró con combinación de elementos disímiles crear un fenómeno de masas que une a cientos de fanáticos alrededor del mundo bajo una misma mirada hacia lo maravilloso. Hablamos de un sueño infantil convertido en una creación válida y reconocible, a ese paladín juvenil lleno de tropiezos y errores, de temores e incertidumbres que finalmente, se crea a sí mismo a través de la fe. Sí, probablemente sea una historia muy socorrida, una estructura anecdótica carente de real valor antes otras narraciones de mayor envergadura. Pero tal vez, ese es el secreto de Harry: La humilde expresión de un héroe común con un destino extraordinario. Sí, con Harry Potter y su historia, un poco sin sentido, endeble en ocasiones quizás abrió la era de la tolerancia de los pequeños milagros del sentido común.

Me han dedicado todos los chistes posibles porque leo la saga del estudiante de Hogwarts con apasionada avidez. Mis amigos esbozan una sonrisa de suficiencia admito que soy una devota fanática del Universo creado por Rowling y que sin duda, seguiré siéndolo. Tengo una calcomanía con el blasón de Hogwarts en la pared de mi habitación, y de vez en cuando, me enfundo en una camiseta de Quidditch, con el número siete de Potter en la espalda, para dormir. Es una pequeña rebeldía, si la palabra es aplicable aquí, reirme de los estereotipos sobre las aventuras del pequeño mago torpe que lucha contra un malvado acartonado y mordaz. Sin embargo, Harry siempre será emblema de la fuerza de la fe, en medio de un océano de cínismo. Harry Potter y sus pueriles aventuras, devolvieron a la literatura la belleza de la simplicidad, de las emociones más básicas en una historia que todos conocemos demasiado bien: La inocencia venciendo a un tipo de maldad, sin matices y sin más forma que el reflejo del bien absoluto. Un deseo muy humano, por cierto, un anhelo noble e ingenuo que aún habita en el corazón de cualquiera de nosotros. El eco en el Gran salón de Hogwarts que en ocasiones es tan real que parece llenar el mundo. Que se abre en todas direcciones para recordar que siempre seremos niños, cualquiera sea nuestra edad.

sábado, 24 de junio de 2017

La Magia más antigua de todas y otras historias de brujería.




Mi tia C., que era muy impulsiva y siempre parecía a punto de cometer un garrafal error, solía decir que el amor era un asunto de muchas equivocaciones mezcladas entre sí. Un concepto que me gustó mucho y juzgué muy inteligente la primera vez que lo escuché a la madura edad de ocho años.

- Entonces ¿Uno se enamora para meter la pata? - le pregunté mientras arrojaba con fuerza la pelota con que ambas jugábamos. Tía soltó una carcajada y fue a buscarla, unos metros más allá.
- Te enamoras porque el amor es inevitable, mi niña. Te enamoras porque entre todos los infinitos matices del pensamiento humano, enamorarse es quizás el único que te hace dudar de tu propia existencia.

Por supuesto, no entendí nada de lo que quería decirme, pero esa me pareció una idea asombrosa: ¿Olvidarte de quien eres? ¿Eso podía ocurrir? Tuve una imagen clarísima de mi misma caminando en medio de una calle concurrida, preguntando a todos quienes me rodeaban cual era mi nombre o simplemente quien era yo. Me hizo sonreír ese pensamientos. Perdidos en medio del mundo ¿Eso era el amor?

- Ah, pero es bonito - dije lanzando la pelota hacia arriba para recibirla con los brazos abiertos. Tia soltó una carcajada y sacudió a cabeza. Su cascada de rizos castaños le cayeron sobre los hombros.
- Oh no, no lo es en absoluto. O sí. Pero siempre habrá mucho de dolor. Entre ambas cosas, aprendemos que hay un largo y estrecho camino hacia quienes somos.

Seguí sin entender nada lo de lo que me decía. Pero eso ocurría con frecuencia en casa de mi abuela - la sabia, la bruja - donde todos parecían reflexionar en voz alta sobre temas tan confusos y complejos que la mayoría de las veces era incapaz de seguirlos. Abuela solía decir que eso era bueno, que no entender nada era el principio básico de todo aprendizaje. Era la manera más vieja de aprender.

- Cuando todo te resulta nuevo y por descubrir, haces preguntas - me dijo mientras ordenaba su enorme y polvorienta biblioteca, que para mi era el lugar más bello del mundo - y una Bruja sabe que preguntar es la llave hacia regiones inexploradas de su mente. Pregunta y quizás no encuentres respuestas. Pero sí muchas preguntas más. La curiosidad es poder.

Vaya que me gustaba esa idea, siendo como era una niña preguntona hasta resultar irritante pero sobre todo, llena de un enorme entusiasmo por aprender. Me pasaba buena parte del tiempo preguntando en voz alta todo lo que se me ocurría, tantas veces como lo necesitara para satisfacer esa curiosidad indómita y recién nacida en mi mente. Y tal como decía mi abuela, no siempre encontraba las respuestas sino muchas más preguntas. Eso me encantaba: era como un juego que jamás terminaría, que siempre sería un poco interesante cada vez. Una puerta abierta a algún lugar misterioso en mi espíritu que jamás llegaría a conocer bien.

- Entonces ¿Enamorarte no es bonito? - insistí. Tia estiró los brazos y atajó la pelota roja antes que yo pudiera hacerlo. Se quedó de pie en mitad del jardín desordenado de la abuela, con su vestido verde lleno de salpicones de humedad y barro, el cabello suelto y las mejillas encendidas, como una niña muy alta con el rostro de una mujer.
- Es bonito y es terrible. Es dulce y a la vez, casi tan amargo que resulta insoportable. Pero también es luminoso, es la piel abierta y fragante. Es la Tierra perfumando en todo lo que eres. Nadie prueba el amor y es el mismo. Nadie atraviesa su espíritu y sigue mirando el mundo de la misma manera.

La miré encantada. Tía debía saber de lo que hablaba: todos decían que su corazón era inquieto, audaz y malcriado. Lo decía mi bisabuela, su madre, que sacudía la cabeza y decía que aquella hija menor suya, indómita y sin compón, era incomprensible. Lo decía mis primas mayores, que con frecuencia se  escandalizaban con su comportamiento, con sus besos apasionados con novios eventuales en la puerta de nuestra casa, con ausencias y escándalos. Lo decía incluso mi abuela, que insistir que tia era impredecible y que eso era su forma de avanzar por el mundo. Para mi, la tía era una llama brillante, un soplo de aire fresco en una casa donde a veces todos parecían muy adultos.

- ¿Y eso le pasa a todo el mundo?
- Solo a los valientes - respondió tía. Me arrojó la pelota, tan rápido y con tanta fuerza, que me tuve que arrojar a un lado para alcanzarla - ¿No lo sabes? Sólo aman quienes saben saldrán mal heridos, con cicatrices nuevas y dolores desconocidos...y aún así lo hacen.

Parpadeé sorprendida. No tenía idea de lo que era el amor pero al parecer, era algo mucho más peligroso de lo que las novelas y películas románticas solían mostrar. Tuve una involuntaria imagen de una chica joven y pálida, llevando un casco en forma de corazón en la cabeza y rodilleras de color rosa, de pie frente a una calle vacía, muy dispuesta a "luchar por el amor", como solía decir con gran melodrama las heroínas y damiselas en desgracia de buena parte de esas historias. Tía soltó una carcajada cuando se lo conté.

- Sí, el amor es un riesgo. ¿No lo dicen en la casa a cada rato? El amor es un misterio, el camino menos transitado, el lugar donde te encuentras con lo mejor y lo peor de ti mismo. Por eso la Brujería considera el amor una fuerza de la Naturaleza.

Sí, había leído sobre eso en varios de los Libros de las Sombras de la Familia y también se lo había escuchado más de una vez a mi abuela, que insistía que amar era quizás, el poder creativo más esencial del mundo. En una de las viejas escobas de la casa que colgaban en la pared, alguien había tallado la frase "Omnia Vincit Amor", que me había intrigado por días hasta que el abuelo me había explicado que se trataba de un viejo poema de un tal Virgilio. "El amor vence todo" me tradujo, mirando con una sonrisa el viejo mango de caoba. Después me enteraría que él lo había grabado para mi abuela el día de su boda.

- ¿Y lo es? ¿Una fuerza de la naturaleza? - pregunté asombrada. Tia me guiñó un ojo.
- En brujería suele decirse que no hay un nudo tan difícil de romper que el que atas tu mismo, y el amor sin duda empieza por tus ideas y como ves el mundo. Por eso se dice que una bruja lleva a cuestas todas sus historias de amor y todas las lágrimas y risas que atesoras gracias a él. Una vez mi madre me dijo que la primera vez que te rompen el corazón, aprendes que tan profundo es tu deseo de vivir y de persistir, a pesar del miedo que ocurra otra vez. Y que la primera vez que lo rompes, aprendes a lamentar la pérdida de la ingenuidad. Amar es una profunda necesidad de crear.

Me quedé boquiabierta, rebotando la pelota contra la pared del muro de las rosas, intentando asimilar todo lo que mi tía me había dicho. Ella suspiró, mirando la enredadera de espinas que se trepaba por el yeso y la montaña más allá, de un verde jugoso y limpio.

- Una bruja es apasionada, despiadada y te querrá hasta el dolor, hasta el silencio, hasta las noches en vigilia, dice un viejo poema. Pero también, sabrá que el amor nutre. Que el amor crece entre rocas y tierra seca, que se salva a si mismo, que permanece siempre inocente y nuevo. Que nace y muere muchas veces para construir una historia, para destruir otra. El amor es implacable. El amor es un abismo radiante. El amor es todas las pequeñas cosas que llevamos por nuestro tránsito hacia la sabiduría.

Tía se quedó muy quieta, con el cabello agitado por el viento de agosto. Ya no parecía tan joven, tan alocada. Había algo muy antiguo en ella, en su rostro levantado hacia el cielo infinito, los pies desnudos en el barro, los ojos muy abiertos. El rostro de incontables historias, de ese hilo de conocimiento que parecía nacer en algún lugar remoto de si misma y atarla firmemente al presente, al sudor que le bañaba la piel, la respiración agitada.

- ¿Me enamoraré tia? - pregunté entonces. No sé por qué lo hice. Jamás había pensado en el amor a no ser como una aventura extraña y disparatada en la pantalla del televisor. Pero de pronto me pareció de en enorme importancia hacerlo. Como si necesitara asegurarme que la gran aventura que describía y anunciaba, también esperaba por mi.
- Te enamorarás, claro. Con una furia infinita que te arrancará la voz. Las brujas nunca aman a medias, a escondidas, a trozos, a hilos descosidos. Las brujas aman con la fuerza de mil tormentas, con esa despótica necesidad de romper a mil pedazos toda lógica, toda explicación, cualquier atisbo de razón. Amarás porque no tendrás otro remedio. Amarás a ciegas, con inocencia. Amarás con todo el sufrimiento y la redención de saber te arrojas a volar aún sabiendo que el sol está muy cerca. Siempre amarás.

Me quedé con la pelota roja apretada contra el pecho, deslumbrada por sus palabras a pesar que no las comprendía todas y me llevaría años hacerlo. Me pregunté si la tia hablaba conmigo o consigo misma. O quizás con el viento de montaña que bajaba a toda velocidad en los últimos rayos de luz de la tarde.

- Y no siempre será a alguien más. Amarás tu vida, tus pasiones, tus obsesiones. Amarás correr en busca de lo que deseas y caerte en el trayecto. Amarás ese poder insoportablemente bello de abrir las manos para recibir alegría y furia. Amarás para existir, para nacer, para morir, para crear. Amarás por esperanza y miedo. Amarás porque es la fuente de todo conocimiento. Amarás porque como toda bruja, sabes que volar a pesar de saber que caerás, es la mejor promesa de todas.

Tia sacudió la cabeza y luego, echó a andar hacia la casa. La vi alejarse por el jardín, a esa rebelde tan joven que parecía llevar el mundo a cuestas y sonreí. Me pregunté si alguna vez en el futuro me ocurrirían todas esas cosas a mi, si sería la bruja que ella describía, si tendría el corazón intrépido de mi tia.

Desee con todas mis fuerzas que sí.

***

Cuando tía me abre la puerta me mira con los ojos muy abiertos y preocupados. No me imagino que pensará de encontrarme allí, empapada en lluvia, con el maquillaje hecho una pena y el cabello enredado cayéndome sobre los hombros. No sé cómo explicarle por qué he ido a su casa, entre todos los lugares del mundo esa noche, quizás la más dolorosa de todas.

- ¿Mi amor?
- Me rompieron el corazón - alcanzó a balbucear. Me echo a llorar de nuevo, temblando, con las manos convertidas en puños impotentes. Cuando me abraza, sollozo sobre su hombro con una libertad nueva, con una sensación de asombroso alivio que me sorprende por su sencillez.

Sentadas juntas en el círculo de luz de velas, nos miramos a la cara. Le he contado todo: como él simplemente decidió que todo había terminado, que pareció incómodo y preocupado por mi dolor, que no podía entender el silencio, la indiferencia, el simple desamor. Le narré todos a gritos, con los puños apretados, llorando y sacudiendo la cabeza abrumada de dolor. Con dieciocho años, todo parece nítido, fervoroso, tan real.

Y ella me escucha, con la copa de vino en la mano. Con la mirada paciente de mil batallas. Cuando ya no tengo nada más que decir, me toma de la mano y aprieta mis dedos entre los suyos.

- Duele.
- No puedo soportarlo.
- Seguirá doliendo. Lo sabes. Ya te lo había dicho. Una bruja mira sus heridas abiertas para aprender de ellas, para curarlas con la sabiduría. Para comprender el valor de las cicatrices. ¿Lo sabes?

Sacudo la cabeza, las uñas clavadas en las palmas de las manos. Las velas a mi alrededor palpitan, chisporretean en la oscuridad. Aprieto los dientes para no gritar otra vez.

- No sé nada - confieso, exhausta - sólo sé que quiero soportarlo.
- Y lo harás - dice mi tía muy convencida, tan segura que esa certeza es en si misma un bálsamo - habrá un día que este dolor te parecerá sorprendente e inocente. Que existirá a la distancia como una idea a medio construir. Y que este dolor será de nuevo real alguna vez, a pesar que creas que nunca será tan agónico y desesperado. Tan destructor. Y será tu maestro, tu guía en la sabiduría. Como también lo es el amor.

Me tiendo en medio del círculo de velas y miro el cielo que se abre sobre la pequeña terraza rodeada de muros. La tormenta dejó de caer hace algunas horas y el mundo parece recién nacido, lustroso. La tia se tiende a mi lado, su cabeza junto a la mia y me mira en medio del resplandor de las velas.

- Toda bruja sabe que amar es un riesgo - murmura. Suspiro, sin saber que decir - tu acabas de descubrir lo que realmente quiere decir esa frase.

Las estrellas púrpuras en el cielo parecen bambolear de un lado a otro. Como la luz de las velas a mi alrededor. Como esa herida aún sangrante y dolorosa en alguna parte de mi espíritu. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, tengo la impresión que el sufrimiento amaina un poco, se desliza en la oscuridad de mis ojos cerrados. Vuela conmigo más allá de la conciencia.

***

Tia me escucha con atención cuando camino de un lado a otro por su sala atestada de muebles. Cuando me tropiezo con su silla dejo escapar una palabrota que la hace reir.

- No la tomes con el mueble.
- No sé que debo hacer.
- ¿No me has dicho que no lo quieres?

Me detengo. No es tan sencillo explicar el desamor, esa sensación que nada te une a la persona que era todo, que formaba parte de cada idea y de cada pensamiento. Que de pronto, sólo es un rostro perdido entre la multitud. Me quedo de pie, aún masajeandome la rodilla, intentando ordenar mis pensamientos.

- ¿Es justo eso? ¿Es lógico que no quiera a alguien que me quiere?

Con veintitantos años, el mundo me parece más claro que nunca. Más lógico, más asentado sobre sus bases. Y ahora ocurre esto, me digo con una sensación de alarma y miedo que no sé a que atribuir. ¿Se trata de la muerte del amor? ¿De las esperanzas rotas? ¿De las expectativas que parecen flotar hacia ninguna parte? Me quedo de pie, en silencio, las manos vacías. El espíritu roto de una manera por completo desconocida.

- El amor no es justo - dice tia. Me dedica una de sus miradas profundas por encima de la montura de sus anteojos - El amor no busca ser otra cosa que una fuerza irracional y brillantes - Incluso ese silencio de la indiferencia, es amor. Es una idea creativa, abismal. Primitiva. Amas y sigues en la búsqueda de algo poderoso. Sin nombre.

Me siento frente a ella en la mesa. Ella saca una vela azul y la enciende con un gesto lento. Sonrío, cansada.

- ¿Brujería? ¿Qué celebramos?
- Que el amor te dejo libre par encontrarlo de nuevo - dice. Y la llama de la vela parece elevarse entre nosotras, tan radiante y brillante que de pronto el mundo parece envuelto únicamente en ese resplandor.

***

Tía ya es tan anciana que necesita apoyarse en mi brazo para caminar. No me importa hacerlo: caminamos juntas por las calles radiantes de Caracas, por una vez pacífica y cálida. Me sonríe cuando le hablo de mis fotografías, de mi novela recién publicada, de los planes y proyectos que se extienden en todas direcciones a a partir de la esperanza.

- El amor en todas partes - murmura. Se detiene, mira a su alrededor. Ella, la incansable, la de corazón malcriado e impaciente. Me inclino y le beso la mejilla arrugada.
- No todo tiene que ver con el amor.
- Todo tiene que ver con el amor.

Seguimos caminando. La bruja joven y la sabia, mirando el mundo radiante. Pensando en el amor que nace que muere, en todas las pequeñas historias perdidas y encontradas. En la complejidad de un pensamiento fugitivo. En todas los secretos que sostienen el espíritu de una bruja.

Una forma de soñar y volar a la esperanza.

Una diminuta forma de magia.

viernes, 23 de junio de 2017

Una recomendación cada viernes: “I Am Not a Serial Killer” de Dan Wells.




Los libros sobre asesinos en serie — su vida y circunstancia — suelen ser escritos desde la distancia del observador. Una narración más o menos moralizante, que intenta dejar muy claro desde las primeras líneas que el asesino es una anomalía social que debe ser combatida y además, señalada como una rareza y en el mejor de los casos, una excepción. Quizás por eso, el libro “I not a Serial Killer” de Dan Wells sorprenda y por momentos, resulte incómodo. No sólo se trata de una narración al uso sino que además, contempla y analiza a la naturaleza del asesino desde cierta complacencia inquietante pero tan realista que desconcierta por su insólita concepción del bien y el mal. No se trata de un relato obsesionado con la muerte, el gore implícito en la masacre o la noción sobre la violencia del hombre contra el hombre, sino de algo mucho más específico que Wells maneja con eficacia: la vanidad del asesino y del asesinato.

Por supuesto, se trata de una apuesta arriesgada que no logra satisfacer del todo en su propuesta. Pero a pesar de sus baches de argumentos y pequeñas debilidades narrativas, cumple con el objetivo de combinar con sabiduría una cierta dulzura desconcertante, la cualidad espeluznante del depredador y el terror que se esconde en la disección de los personajes como piezas de un mecanismo complejo y tétrico. John Wayne Cleaver, rostro visible de toda esta insólito punto de vista sobre comprensión de la psicología detrás del impulso asesino, está dotado con una inteligencia por encima del promedio y una ególatra visión sobre sí mismo. También es un adolescente en apariencia promedio — a pesar de su temprano diagnóstico psiquiátrico — y su visceral relación con la muerte. Pero lo más intrigante en la forma en que Wells analiza su personalidad no es sólo la manera de luchar contra su aparente predisposición hacia la violencia y el asesinato, sino la manera en que lo combate a diario. Una lucha silenciosa y privada que convierte la descripción sobre su complejo mundo interior en un elemento vivaz y dinámico de extraño atractivo. La necesidad imprecisa de matar de John es lo suficientemente poderosa como para estar presente en todos los aspectos de su vida. Por supuesto, Wells juega con la estructura de la narración con la suficiente habilidad como para que la muerte no sea el único objetivo de este jovencísimo asesino en potencia, sino su compleja personalidad y su decidido esfuerzo por evitar caer al abismo. La tentación que le acecha, le abruma y le obsesiona. Y es en ese juego de espejos — esa lucha constante e instintiva — contra la oscuridad interior, en el brinda a la novela sus momentos más estimulantes y profundos.

No hay nada sencillo en la forma como Wells desmenuza el comportamiento del asesino y mucho menos, la forma como se cuestiona los motivos que construyen la amenaza de la agresión en algo más complejo e inquietante. La voz narrativa de John tiene un elemento creíble que le permite sostener la historia con toda facilidad y además, dota a la narración de un impecable hilo conductor que al menos, durante la primera mitad, convierte la novela en una intrigante análisis sobre la percepción de lo moral, lo instintivo y el dolor espiritual convertido en una real frontera entre el impulso hacia la violencia — que Wells describe como impreciso, letal y en plena ebullición — y algo más atroz y peligroso. John tiene una poderosa visión de su personalidad pero también, de su forma de asumir su naturaleza dividida. Wells logra manejar con una sorprendente original la obsesión destructiva de su personaje y la transforma en algo más poderoso, mutable y sensible. John puede matar — de hecho, parece predestinado casi de manera biológica a hacerlo — pero no cede a la tentación insistente. Y es esa batalla privada la que convierte al libro en una extraña osadía argumental cuyo buen pulso sorprende y se agradece.

Claro está, la historia se enfrenta a la limitación de la edad de su personaje — y por consiguiente, el entorno que le rodea y sus implicaciones — y también, a los lógicos clichés de cierto entorno juvenil. Pero Wells remonta las aparentes debilidades narrativas con una sátira astuta y sobre todo, un negrísimo sentido del humor que permiten a John avanzar con facilidad en medio de los consabidos tópicos del adolescente promedio estadounidense. Y esa combinación — la acertadísima visión del personaje como un ser humano tratando de encajar — lo que brinda al libro su enorme coherencia como propuesta. A diferencia de la saga literaria del escritor Jeff Lindsay que tiene como figura central al forense y asesino serial Dexter Morgan — con la que a menudo se le compara — la obra de Wells está más interesada en la introspección y sobre todo, el ingrediente cotidiano y sobre todo, anecdótico en la vida de su personaje central. No hay elementos del tipo mitológico o religioso que justifiquen la conducta del personaje, sino que se esfuerza por analizar la voluntad y la necesidad del asesinato como un elemento análogo a la personalidad de John. Para Dan Wells, el asesino es un rostro en la multitud, que resulta inquietante justo por su anonimato.

Wells utiliza todo tipo de recursos para reflejar a su personaje sin entrar en la reflexión directa. Desde la fascinación antinatural con la muerte y los asesinos en serie hasta su diagnóstico médico, hay una serie de pequeños fragmentos de información que elaboran una idea muy profunda sobre la psiquis del personaje, sin necesidad de elaborar de recurrir a una larga descripción sobre sus motivaciones y terrores. John sabe que no procesa las emociones de la misma manera que quienes le rodean y también, que su psicopatía hace que la posibilidad pueda convertirse en un verdadero monstruo es muy real, pero no reflexiona sobre ella desde la distancia y el terror. Al contrario, el personaje entiende la idea de la muerte y asume sus implicaciones en un raro mecanismo simbólico que juega no sólo con el sentido de permanencia — en un insólito guiño crítica a nuestra época obsesionada con la identidad y la apariencia — y algo más novedoso, que sustrae al libro de cualquier fórmula sencilla para comprender los motivos del asesinato. Wells dota a su personaje de una frialdad temible pero también de una ambiciosa vanidad que convierten el asesinato — y la rutina que lo compone — en una clarísima alegoría sobre sus mínimos dolores y padecimientos. El escritor maneja con enorme buen pulso y sabiduría los diversos matices de su personaje y avanza más allá de una obvia búsqueda de justificaciones, hacia una idea más profunda y tenebrosa sobre la capacidad humana para comprender la abstracción del bien y del mal.

Quizás los momentos más flojos del argumento son justamente aquellos en que Wells pierde el pulso de su análisis sobre las sombras de la mente humana. El escritor parece incapaz de no ceder a la tentación de dramatizar la noción del asesinato en una metáfora poco efectiva. John tiene un alter ego — al que llama de manera casi banal “su monstruo” — y lo usa a la manera simbólica de quien intenta asumir el instinto como deshumanizado e incluso, directamente objetivo. Es entonces cuando el juego entre la percepción del bien y del mal se convierte en un metáfora poco efectiva, en una mirada casi risible sobre los hilos que mueven la voluntad y la comprensión del individuo hacia algo mucho más maniqueo y confuso. No obstante, Wells está muy consciente de la fragilidad del recurso y lo usa más bien poco, por lo que el diálogo interior de su personaje no se detiene en absoluto, a pesar de las grietas en la estructura y en el discurso.

Hay algo tétrico pero sin duda poderoso y eficaz, en esta visión del asesino en ciernes. En la presunción del asesino que puede evitar contener sus apetitos para construir algo más complejo que un mero impulso voraz es no sólo intrigante, sino que además abre un estimulante abanico de posibilidades sobre el asesino como una versión de sus propios terrores y espacios en blanco. Incluso el sorprendente toque sobrenatural — que podría resultar un desliz de sentido y coherencia en alguien con menos habilidad y pulso narrativo que Wells — resulta bienvenido y encaja dentro de la concepción de la historia como una búsqueda del horror y lo temible desde cierta engañosa normalidad. Hay una yuxtaposición muy eficaz entre lo visible y lo invisible de la naturaleza del hombre y la cualidad atípica de la violencia, que convierten los dilemas de John en una intrincada serie de especulaciones sobre la frontera de la razón y el horror que subyace en su interior. Para Wells, la humanidad del asesino es imprescindible pero sobre todo, es necesaria para asumir la profundidad de su dimensión moral. Con una enorme conciencia del necesario matiz en la propuesta del asesino como ser marginal, el escritor dota a su personaje de simpatía, valor e incluso, una profunda asimilación sobre la percepción sobre aspiración espiritual, que no comparte ni entiende pero que práctica y asume como parte de su vida. El resultado es un personaje complejo, de comprensible falibilidad pero también, peligroso. Una amenaza latente que Wells maneja con mano firme y que gravita en la novela como una visión insistente sobre la oscuridad que evade, pero que no deja de asumir como parte de su propuesta.

Al final “I am not a Serial Killer” es una mirada sobre lo que nos hace humanos, pero también sobre la distancia que nos separa como individuos. Una lenta travesía a través de los entresijos de la violencia, el temor y lo absurdo. Pero también un espejo retorcido sobre lo temible, lo moral y sobre todo, la oscuridad que habita en cada uno de nosotros. Una combinación tan siniestra como atractiva que la novela — convertida en saga — explota con buen gusto y osadía.

jueves, 22 de junio de 2017

Lo autorreferencial y la vivencia como parte de la obra literaria: Unas reflexiones sobre “Matadero Cinco” de Kurt Vonnegut.




Se suele decir que la correspondencia privada de cualquier escritor es el mejor reflejo de su obra. O al menos, una visión pormenorizada e íntima de su forma de concebir el mundo. Un recorrido intenso y extrañamente sentido por sus pequeñas vicisitudes pero también, su punto de vista más doméstico y personal. Un reflejo fidedigno de su identidad.

La primera carta del volumen que se publicó hace una década sobre la correspondencia del escritor Kurt Vonnegut, es para su padre. Una misiva corta, durísima y de una extraña belleza inquietante. La carta data de 1945 y lo más seguro, es que fuera escrita durante los meses siguientes a la liberación del escritor del escritor del campo de concentración en que estuvo recluido luego de ser capturados por los nazis. “En Nochebuena, la R.A.F (la fuerza aérea británica) bombardeó y ametralló nuestro tren, que no estaba identificado (según un estatuto de la Convención de Ginebra, cualquier vehículo que transportara prisioneros de guerra debían tener una identificación visible y reconocible). Mataron a unos 150 de nosotros”, escribe con una frialdad y concisión que ahora mismo resulta espeluznante. “Los alemanes nos condujeron a través de duchas de agua muy caliente. Muchos hombres murieron por el shock después de 10 días de hambre, sed y frío. Pero no yo”. Poco tiempo después, el jovencísimo Vonnegut se enfrentó a los bombarderos aliados. “Sus labores combinadas mataron a 250.000 personas en 24 horas y destruyeron todo Dresde, posiblemente la ciudad más hermosa del mundo. Pero no a mí”. Vonnegut tenía 22 años, llevaba más de tres enfrentándose a la guerra y había visto morir a la mitad de su regimiento en el campo de batalla y después, entre las penurias de los campos de concentración. El futuro escritor miraba el mundo sin alegría, pero tampoco con un excesivo pesimismo. Una combinación singular y fronteriza que más adelante, sería lo más reconocible en su estilo.

De hecho, las veinte líneas de la carta anterior, resumen de manera pormenorizada la historia de su obra más conocida “Matadero Cinco” que escribió durante los veintitrés años siguientes y que le llevó un duro esfuerzo completar, a pesar de ser un escritor que se describió a sí mismo más de una vez como “prolífico e impulsivo”. No obstante, “Matadero Cinco” fue algo más que una narración al uso: se trató de una visión catártica convertida en una compleja y rara visión sobre la guerra. “Es muy difícil recordar lo que no tiene sentido”, adujo Vonnegut para explicar el largo período de escritura, pero había algo mucho más amargo e inquietante en la revisión de su experiencia bélica y el resultado — una obra fundacional, desconcertante y de abrumadora dureza — lo deja muy claro. Se trata de una obra de Ciencia Ficción que refleja la realidad como todas las obras del género, pero también se trata de un meditado recorrido por los lugares más oscuros y dolorosos de la obra de Vonnegut. El símbolo de un tipo de sufrimiento descarnado, anónimo y total que devastó al escritor y sobre todo, le dejó heridas emocionales y psíquicas que ni siquiera la publicación y rotundo éxito del libro pudo sanar. La fama instantánea llevó a Vonnegut a la depresión y más tarde, a una desesperación singular y abrumadora que le atormentaría el resto de su vida.

El escritor Kurt Vonnegut siempre se consideró así mismo un extranjero. Quizás se trató de una herencia inevitable al haber nacido en una familia de inmigrantes o del hecho, que a sus palabras, siempre fue un sujeto “inusual”. Cual sea la explicación a su manera de su singular manera de concebir el mundo, el escritor tuvo desde muy niño una noción extraordinaria y sumamente personal sobre el mundo que le rodeaba. Sobre todo, pareció desde muy temprana edad obsesionado con comprenderse a través de la palabra. Y es que Vonnegut se asumió escritor desde la adolescencia, cuando abandonó Universidad Butler de Indianápolis, cuando uno de sus profesores le insistió que sus relatos no eran lo bastante buenos. Porque Vonnegut no se trataba de únicamente de escribir, sino de comprenderse a través de su identidad creativa, de su capacidad para construir y destruir el mundo a través de la palabra. Más allá de eso, el escritor ya desde muy joven, comprendió la necesidad de la reconstrucción, de la comprensión de la metáfora y la realidad a través de una particularísima visión personal. Una especie de asimilación de la cultura y sus ideas sobre ella a mitad de camino entre la crítica aguda y la necesidad de expresión.

La experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial fue especialmente dura para el escritor. No sólo luchó como soldado — y según cuenta en varias entrevistas posteriores, se aterrorizó por la idea de la muerte cercana hasta el punto de la extenuación — sino que además, fue prisionero de guerra durante casi dos años. La visión de la Guerra como un acto humano de considerables implicaciones, desde la crueldad de la matanza hasta la futilidad de la lucha cuerpo a cuerpo, destrozaron mentalmente al escritor. Más de una vez, admitió que buena parte de su obra había nacido en medio de la desesperación, de esa necesidad de reconstruir el mundo para asumir el poder de la imaginación sobre la devastación total. Como prisionero nazi fue un testigo privilegiado de una de las batallas más cruentas que se recuerde en territorio alemán: El asedio a Dresde, ocurrido entre 13 y el 15 de febrero de 1945. “Una destrucción completa,” recordaría años después, al rememorar el episodio e intentar rememorarlo de alguna manera concluyente. “Una matanza inconcebible.” Por semanas enteras Vonnegut fue obligado a trabajar apilando cuerpos para enterrarlos en fosas, una labor que le llevó al borde de la locura. El escritor cuenta que “había demasiados cuerpos que enterrar, así que los nazis prefirieron enviar a unos tipos con lanzallamas. Todos esos restos de víctimas civiles fueron reducidos a cenizas”.

Mucho años después, Vonnegut continuaría intentando comprender el conflicto, asumirlo como parte de su propia historia. Quizás por ese motivo, gran parte de sus obras parecen un obsesivo análisis sobre la guerra, la muerte y la desolación. Más aún, Vonnegut parece convencido de la necesidad de reconstruir lo vivido no sólo a través de la palabra sino la construcción de una nueva realidad a través de la literatura. Es entonces cuando su capacidad como escritor asume el poder de elaborar una nueva expresión sobre sus experiencias y mucho más, sobre su profunda angustia existencial. Y es que para Vonnegut, el poder de la creación literaria parece no sólo residir en su capacidad para contar sino para transformar lo que se cuenta en algo mucho más sustancioso, alegórico y sin duda poderoso. Con frecuencia, el autor además solía insistir que sólo la Ciencia Ficción era capaz de “mirar de manera optimista, incluso en sus momentos más bajos, el futuro”. No extraña por tanto, que una de sus novelas más conocidas sea una mezcla asombrosamente precisa entre el temor y el humor, la ciencia Ficción y lo semi biográfico. Una recreación nueva y poderosa sobre la realidad y sus consecuencias.

Porque sin duda la novela “Matadero Cinco” es quizás una de las reconstrucciones y análisis más duros sobre la Guerra que ningún escritor de Ciencia Ficción haya llevado a cabo. No sólo de una visión personalísima sobre la destrucción y abrumadora angustia que todo conflicto bélico supone, sino una crítica directa, mordaz e inteligente con respecto a la sociedad contemporánea, lo que la sostiene, la manera como se comprende así misma. Y es que Vonnegut se da el lujo no sólo de asumir la guerra y recrearla a través de una serie de metáforas y alegorías profundamente poderosas, sino de utilizar un tipo de humor sardónico que convierte la historia en algo mucho más doloroso y desconcertante de lo que puede parecer a simple vista. Más aún, Vonnegut decide recrear el conflicto no sólo a través de una visión imaginativa y asombrosa, sino dotarlo de giros humorísticos que asombran por su contundencia. Todo un prodigio de imaginación y buen hacer literario, una vuelta de tuerca insólita para una reflexión crudisima sobre el futuro y la forma como la humanidad se comprende así misma.

Años después de la publicación de la novela, Vonnegut aseguraría que pasó mucho tiempo escribiendo y reescribiendo sus experiencias sobre el bombardeo que sufrió la ciudad Alemana de Dresde sin intenciones de incluirlo en novela alguna. Después decidió que lo haría, pero de una forma por completo nueva: una mirada hacia el tiempo que transcurre y sus consecuencias, de la idea de la muerte y la guerra como elementos que crean una complejidad absurda que poco a poco intenta desentrañar a través del humor. Incluso, Vonnegut se atreve a parodiarse así mismo: su personaje principal, un jovencísimo y torpe soldado que recorre una Alemania devastada y sumida en el caos, que observa con cierto tono burlón una realidad cada vez más claustrofóbica y violenta. Probablemente, ese sea el gran acierto de Vonnegut: su novela mira con descarnada precisión el presente y el futuro, la guerra, la muerte, la esencia de los conflictos, sin tomar partido por ninguna idea, sin asumir que la idea sea algo más que otra elucubración falsa, como otras tantas en la narración. Un juego de espejos cada vez más complicado, enrevesado y finalmente brillante que dota a la novela de su inusual personalidad.

Otro de los grandes méritos de la novela es su sencillez: escrita con una prosa precisa y aparentemente simple, la novela avanza con pulso firme en medio de situaciones cada vez más duras. Conmovedora, emotiva y en ocasiones inquietante, “Matadero Cinco” tiene la capacidad de asumir su propia visión sobre su historia como absurda, una burla gigantesca y personal hacia el temor y la desesperación. La aparición del elemento fantástico incluso parece someterse a esa necesidad de Vonnegut de asumir el riesgo de usar el humor como idea insistente, como base y cimiento de interpretaciones más profundas de la realidad.
Muy probablemente por todo lo anterior, sea tan complicado definir el tono y el ritmo de “Matadero cinco”. ¿Se trata de una obra biográfica? ¿Una mordaz burla a la guerra y a la violencia? ¿Una obra de Ciencia Ficción pura que intenta como todas las obras del género analizar al hombre y su circunstancia desde una perspectiva por completo nueva? Quizás, “Matadero cinco” sea no solo una mezcla de todo lo anterior sino también, una poderosa mirada hacia la fragilidad humana, sus limitaciones y esa comprensión esencial de su propia vulnerabilidad.

miércoles, 21 de junio de 2017

Del fuego al celuloide: todo lo que debes saber sobre los relatos del terror en la literatura y el cine.



Por siglos, la costumbre de compartir historias bajo el calor de la fogata doméstica fue parte esencial de los ritos cotidianos. Y los relatos de terror fueron patrimonio casi exclusivo de esa tradición oral. En buena parte de Europa, el hábito de contar historias terroríficas pertenecía a la antiquísima costumbre de la reunión familiar junto al fogón, quizás luego de la cacería o una opípara cena familiar. La costumbre además, formaba parte de la permanente idea de lo sobrenatural como parte de la vida cotidiana y lo que ahora puede resultarnos por completo desconcertante, la percepción del miedo como una dimensión de la belleza y lo profundamente significativo. De manera que el terror no sólo era parte de las tradiciones más antiguas de pueblos y tribus, sino un reflejo de todo tipo de atributos y virtudes. Las historias terroríficas tenían una importancia específica y también, un profundo significado en la memoria colectiva de buena parte del mundo antiguo.

Los primeros relatos de terror de los que se tienen constancia — y registro — provienen justo de las costumbres familiares y tribales alrededor del fuego sagrado. Hacia el siglo II DC, las historias sobre monstruos, fantasmas y terrores nocturnos formaban parte de una riquísima herencia cultural en buena parte de Europa y también en Oriente medio. De hecho, se trataba de una costumbre que formaba parte de cierta jerarquía intelectual y ya en Inglaterra, “los cuentos de sombras” se conservaban en buena parte de las Iglesias y Abadías como ejemplarizantes y más allá, huellas de un pasado pagano que la Iglesia se empeñaba en cristianizar. Los antiquísimos relatos celtas y de otras tribus — con su rico folclor y llenos de todo tipo de referencias mitológicas — se convirtieron en epopeyas religiosas en el que el poder divino triunfaba de manera invariable sobre el mal. Los Dioses se transformaron en demonios y los espíritus, en criaturas malignas capaces de tentar al pecado al hombre. No obstante, la noción sobre el miedo — la incapacidad del hombre para explicar lo desconocido y sobre todo, la incertidumbre sobre la existencia — continuó siendo parte de la percepción del terror como experiencia colectiva. Hay descripciones detalladas de celebraciones en las que la narración formaba parte integral de los ritos de paso, una visión muy amplia sobre lo sobrenatural que reflejaba las relaciones entre el hombre y el conocimiento. Una expresión de fe, de convicción pero sobre todo de asombro por lo invisible y lo inexplicable.

Gracias a esa comprensión del cuento de horror como elemento cultural, hacia el siglo XV la tradición había alcanzado una nueva dimensión: los relatos transmitidos de boca en boca, comenzaron a ser copiados y recopilados para su conservación y difusión. De la época datan las versiones tempranas de cuentos como La Cenicienta y Blancanieves, que por entonces eran consideradas como “leyendas de fuego” por su ingrediente estremecedor. No obstante, aún el miedo — o su capacidad para provocarlo — no era el elemento más reconocible en la mayoría de los cuentos, de manera que no recibían otra denominación que leyendas. A pesar de los intentos de copistas por conservar la mayoría de las historias tradicionales en papel y tinta, buena parte de las narraciones sobre monstruos, demonios, brujas y princesas continuaban formando parte de ritos y creencias domésticas que se transmitían de generación en generación como una forma de conocimiento familiar.

En el célebre ensayo “Un tratado sobre cuentos de horror” del crítico estadounidense Edmund Wilson, se analiza también el origen del cuento de terror como intento de transcripción y sobre todo, racionalización de un tipo de costumbre oral que se mantiene a través del tiempo como objetivo cultural. El autor sostiene que los cuentistas originarios fueron los que intentaron brindar un nueva comprensión al cuento y dotarlo de ciertas características literarias de las que carecía. De esta época de transición, provienen los primeros intentos por brindar al cuento de terror una cierta noción moral e incluso, dotar a lo terrorífico de cierta personalidad humana de la que hasta entonces habían carecido. La oralidad había transformado los cuentos y relatos terroríficos en una forma de entretenimiento. La recién nacida tendencia literaria vino a dotar de refinamiento y profundidad a la visión del terror como parte de la identidad del hombre y de su mundo intelectual. Según Wilson, esta lenta evolución permitió a la historia de terror encontrar no sólo una nueva forma de difusión — el papel podía conservarse y formar parte de una idea general sobre el relato mucho más específica — sino también, una visión elemental sobre su significado. Además, la escritura y reinvención del cuento de terror creó lo dotó de un inesperado simbolismo «Los autores no estaban interesados en apariciones por sí mismas; sabían que sus demonios eran símbolos, y sabían lo que estaban haciendo con esos símbolos» explica Wilson en su texto.

Otro escritor que también asume el hecho del cuento de terror como una transformación de lo oral a un género literario por derecho propio, es David Punter que en su obra “The Literature of Terror. A History of Gothic Fictions from 1765 to the Present Day” relaciona el término “terror” con la narrativa gótica de origen anglosajón, directa heredera de los primitivos relatos celtas basados en horrores inexplicables y sobre todo, la fábula moral reconvertida en noción espiritual e intelectual. Para el autor, el género del terror pasó a ser una colección de visiones sobre lo terrorífico a sostener toda una comprensión más o menos elaborada sobre el mundo del hombre y su circunstancia. Para el siglo XVII, el cuento de terror ya formaba parte de una dimensión muy amplia sobre la personalidad humana. Y es esa búsqueda, lo que permite que narración que analiza el miedo como parte del paisaje humano se haga cada vez más profunda, perversa y obtenga un enorme valor estético. Punter además insiste en el hecho que la rápida capacidad del terror para absorber todo tipo de tendencias lo convirtió en la herramienta ideal para contar los vericuetos y dolores más inquietantes de la naturaleza humana. “De Mary Shelley a Ambrose Bierce, de Dickens a J. G. Ballard, en todos los cuales hallamos rastros de lo gótico. Los conceptos de “gótico” y “terror” han aparecido entrelazados a lo largo de la historia de la literatura y lo que se precisa es una investigación de cómo y por qué tal ha llegado a ser el caso” sostiene Punter, que además asume que el terror como hecho folclórico es una indudable herencia de nuestra época. “El miedo nos simboliza y nos refleja” apunta en su libro.

No obstante, la percepción del cuento de terror como un análisis sobre el miedo — y lo que lo provoca — se mantuvo durante parte del siglo siglo XVIII y principios del XIX sobre todo en Alemania e Inglaterra, en las que los relatos eran una combinación de la visión lóbrega de las leyendas paganas con cierto preciosismo elemental nacido del refinamiento intelectual de cortes y diversos círculos intelectuales. A mitad de camino entre el racionalismo y la estética del neoclasicismo, el terror como género se transformó en algo más que una sombra de una larga tradición y la cultura del relato familiar como parte de una concepción esencial sobre la historia que se transmite como herencia doméstica. Además, la meditada idea sobre el terror como parte de la naturaleza humana se combinó con los elementos originarios del terror gótico — que se popularizó en Inglaterra entre el 1765 y 1820 — y de la que heredó sus elementos más reconocibles como castillos embrujados, valles y parajes tenebrosos, criptas, casas solariegas derruidas y decadentes cementerios sombríos, niebla, fantasmas y vampiros. De la combinación de ambas tendencias, el cuento de terror creó una nueva expresión sobre la naturaleza humana y su oscuridad que perdura hasta la actualidad.
Por supuesto, se trata de una evolución que convirtió al terror y sobre todo al terror basado en los viejos relatos orales en todo un suceso cultural a lo largo y ancho de Europa. El crítico y especialista estadounidense Jack Sullivan, insiste que el cuento de terror — tal y como lo conocemos en la actualidad — se dio a partir de la llamada “muerte” de la novela gótica — a mediados de la década de 1830 y que coincidió con la difusión de novelas por entregas que ridiculizaban el género — y alcanzó su mayor preeminencia en los primeros años del siglo XX hasta casi alcanzar los años postreros de la Primera Guerra Mundial, en la que el género decae y se transforma en una noción mucho más compleja y a la cual se le añade una reflexión psicológica pesimista que transformará el género en algo más complejo.

Del miedo iniciático al poder de las imágenes: El terror llega al cine.
El llamado “Horror Folk” es el reflejo más cercano en la pantalla grande del primitivo relato de horror nacido de la tradición oral. De hecho, todo los símbolos e imágenes asociadas a su estructura narrativa, están directamente relacionados con la imaginería que por siglos alimentó y sostuvo la forma en que se comprendió el terror literario: campos solitarios, aldeas y paisajes románticos destruidos por la intemperie pero sobre todo, cierto aire pagano que parece provenir de la utilización de alegorías sobre el bien, el mal y lo divino que poco o nada tienen que ver con la concepción cristiana sobre el tema. La gran mayoría de las películas del género poseen un trasfondo que alude a la posibilidad de un tipo de poder primigenio — que puede ser maligno o benigno según la percepción de la historia — que se refleja en construcciones megalíticas, ritos y rituales de paso que resumen la concepción de lo mágico y lo extraordinario como algo en esencia irracional. No obstante, lo más intrigante de esa versión del terror — que tiene sutiles pero evidentes diferencias con el terror tradicional — es la compresión de la naturaleza humana como falible y corrompida y lo sobrenatural, como presencias peligrosas y sin identidad comprensible, que incluso pueden tener origen cósmico. La naturaleza ambigua del Terror Folk — que transita desde el miedo en estado puro a una reflexión durísima sobre la identidad del hombre como criatura impenitente — dota al género de un sustrato mucho más del complejo que otros semejantes y sobre todo, de un peso existencialista de complejas connotaciones intelectuales.

Como fenómeno, el Terror Folk nació en la televisión británica en plena década de los sesenta y con toda probabilidad, como reacción a las crisis sociales y culturales de la década. Nigel Kneale — escritor y precursor inmediato del terror televisivo actual de series como Black Mirror — crea lo que es con toda probabilidad, la primera gran visión sobre el terror inaudito como producto masivo. Una de sus obras más conocidas “The Stone Tape” — película emitida por la BBC en la navidad de 1972 — es un ejemplo formidable de terror fantástico y la primera obra en la que los elementos del terror Folk están presentes como una estructura de análisis y comprensión sobre lo ideal y lo temible. Con su puesta en escena sobria y severa — la película está plagada de elementos góticos — la historia combina los antiguos terrores sobre la supervivencia de la identidad humana a la muerte y lo tecnológico, para crear una presunción sobre la oscuridad y el horror más allá de toda explicación racional. El resultado es una pieza de soberbia envergadura metafórica, en la que el terror evade los lugares comunes y convierte la percepción del miedo en algo originario y poderoso. El terror en “The Stone Tape” no es sencillo ni tampoco evidente y eso lo hace profundamente efectivo. Además, la concepción del miedo como emoción originaria — y de lo sobrenatural como anuncio de un vasto paisaje sobre lo inexplicable — posee una inusitada complejidad. La película transcurre en medio de un atmósfera malsana que analiza al hombre desde sus defectos y dolores — los personajes están llenos de matices y contradicciones — y avanza hacia el necesario enfrentamiento del bien y el mal, pero no bajo la habitual concepción moral sino algo más depravado y disoluto que sorprende por su dureza.

Pero la obra de Kneale no es el único referente inmediato al Terror Folk como género específico: la serie infantil inglesa “Children of the Stones” (1977) cuentas la aventura de un arqueólogo que investiga un desconcertante monumento megalítico que rodea un pueblo en apariencia corriente. De nuevo, la noción de lo bueno y lo malo se convierte en una comprensión casi perversa sobre la naturaleza humana. Además, el anuncio de un terror cósmico inimaginable y portentoso, convierte a la concepción del miedo y el absurdo en algo más inquietante de lo que podría analizarse a primera vista. John Bowen también celebró la misteriosa herencia pagana inglesa, con capítulos seleccionados en series de enorme popularidad en la que incluía todo tipo de rituales de fertilidad y referencias a rituales precristianas. Para los primeros años de la década de los ’80, la noción sobre el terror como un ente inhumano y violento era tan poderosa como sugerente y había tomado proporciones de subgénero de enorme importancia en la imaginación popular.

La visión del miedo originario y el legado del horror esotérico.
Para 1960, el cine aún analizaba con cierta distancia intelectual y sobre todo, sobriedad el terror en su vertiente más intelectual. Fue la casa productora Hammer films la primera en convertir el Horror Folk en algo más que una curiosidad televisiva. Por ejemplo, la película “Las Brujas (1966) dirigida Cyril Frankel y con guión de Nigel Kneale, muestra el horror bajo la percepción de la magia y lo desconocido convertido en un instrumento estético. Desde el vudú al satanismo, la obra de Frankel avanza en la percepción del poder originario, más semejante a una expresión irracional sobre los terrores primitivos que a una concepción cristiana sobre el deber moral. La Hammer comenzaba así todo un recorrido por la percepción del relato de horror cinematográfico, reconvertido en una comprensión sobre un tipo de amenaza primigenia e inclasificable. Para la casa productora, se trató de un descubrimiento: el éxito crítica y público de la película convirtió la percepción sobre el terror con tintes panteístas y paganos en toda una original reflexión sobre el miedo simbólico.

A finales de la década de los ’70, el estudio Tigon British Film Productions tomó el relevo de la decadente Hammer y creó sus propios productos de Horror folk, aunque mucho más cercano a la serie B y al Gore que a la sofisticación de sus predecesores. Desde la conocida película “El Inquisidor” (1968) dirigida por Michael Reeve — con toda su carga alegórica y metafórica sobre el horror nacido de la venganza y del espíritu humano — hasta “Satan’s Skin” (1970) de Piers Haggard — con sus inquietantes escenas de dolor y placer entremezcladas con una visión del miedo más cercana al éxtasis — la casa productora logró brindar al género una personalidad propia, a mitad de camino entre el relato existencialista y una idea muy amarga sobre la naturaleza humana.

No obstante, fue la British Lion Films la que finalmente dotaría al horror Folk con toda su carga anecdótica y perversa que conocemos en la actualidad y que parece reflejar los antiquísimos relatos de terror tribal de los que procede. En «The Wicker Man» (1973) de Anthony Schaffer — y adaptación de la novela “Ritual” de David Pinner — el miedo se sustrae de toda consideración moderna y crea una concepción temible por su vastedad. La película tiene una ambiciosa visión sobre la angustia existencial y la convierte en no sólo en un medio para convertir al terror en un elemento naturalista y primitivo sino además, dotarlo de ciertas reminiscencias tradicionales.

El Horror folk continúa siendo una de las visiones del terror más depuradas y sofisticadas del género: en 2016 Robert Eggers meditó sobre la figura de la bruja a través de una nueva percepción del horror que sorprendió por su belleza metafórica. Con la misma pausada mirada de Nigel Kneale y la sofisticación de las obras de Hammer, la película avanza en el difícil terreno de la estructura psicológica con toques sobrenaturales que crean una percepción sobre el bien y el mal tan profunda como dolorosa. Al final, la noción del bien y del mal no son importantes como la mirada hacia lo antiguo, lo oculto y lo misterioso, los mismos elementos que sostuvieron a los primitivos relatos de horror y que aún ahora, continúan cautivando la imaginación y subvirtiendo la convicción sobre lo que tememos y los que nos inquieta. Quizás los mismos motivos que alimentan el fuego de la perversa curiosidad del hombre por lo desconocido.

martes, 20 de junio de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: Venezuela, territorio arrasado.


Fotografía Christian Veron — Reuters.


Era una niña muy pequeña la primera vez que vi un vehículo militar: un armatoste de casco blanco y abollado, con dos torretas superiores y una pequeña claraboya de cristal grueso a un costado. Una de las llamadas “tanquetas” que suelen utilizarse para asegurar el orden público en manifestaciones y protestas callejeras. Se encontraba a dos cuadras del colegio en el que estudie la primera enseñanza, detenida como una enorme criatura mitológica en mitad de la calle. Me aterrorizó su envergadura paquidérmica y sin duda, peligrosa. Me recuerdo pequeña y confusa bajo su sombra, sin entender que algo semejante pudiera existir. Que formara parte del paisaje de los lugares que solía llamar hogar. Cuando mi mamá me levantó en brazos y cruzó la calle con paso nervioso, seguí mirando sobre su hombro la línea de metal que brillaba bajo el sol. Y sentí miedo. Uno muy limpio e inocente. Miedo de niña. Miedo sin verdadera trascendencia.

Hacía menos de seis días que había sucedido el golpe de estado contra el Presidente Carlos Andrés Pérez y la ciudad entera continuaba bajo estado de sitio, una tensión violenta y por momentos insoportable que a mi edad, no podía comprender pero que sentía con toda claridad. Un miedo lento, insólito. Escondido en el rostro de los adultos, en los pequeños hábitos diarios, en cada pequeño aspecto de la realidad empequeñecida y herida por la sospecha. En todos lados, se instaló un tipo de agresión directa al modo de vida que habíamos disfrutado hasta entonces. O al menos, a la precaria noción sobre el ciudadano que había sido parte de la frágil historia republicana del país. La figura del militar de pronto se incorporó a la vida cotidiana, desbordó el límite de lo cívico y se convirtió en un tipo de amenaza muy precisa y dura. La percepción de la identidad compartida se desplomó en una grieta abierta y temible de la que no se recuperaría jamás.

Por supuesto, era muy joven para pensar en esos términos. Sólo contemplé con los ojos muy abiertos y aterrorizados el vehículo. El peligro evidente que le rodeaba, el miedo que me producía. Transcurrieron décadas antes que comprendiera a cabalidad lo había traído consigo la fallida asonada militar. Para entonces, Hugo Chávez Frías — líder de la rebelión armada — era el presidente de Venezuela y la violencia formaba parte de cada aspecto de la vida ciudadana. Se había instaurado como una forma de amenaza perenne que alcanzó límites insospechado y que transformó el paisaje del país en algo por completo nuevo y peligroso. Una mirada inquietante sobre el odio y el resentimiento convertido en arma política y sobre todo, la forma en cómo comprendemos los mecanismos del poder.

Nunca olvidé esa escena y en los años siguientes, llegaría a pensar que Venezuela, como país, se resume en esa imagen estática y que con el transcurrir del tiempo se ha hecho tenebrosa, angustiosa. Por momentos extrañamente simbólica. Esa fue la Venezuela en la que crecí. Un país bajo un estado general de sospecha en el que la violencia no sólo se convirtió en una forma de comprender el paisaje cultural y social sino además, en un reflejo de la identidad del Venezolano. La agresión como discurso, como expresión perenne del gentilicio. Una herida que jamás sana.

Pienso en todo lo anterior de pie, de nuevo de pie en la calle en la que vivo. Una tanqueta avanza con aparatosa lentitud en medio del tráfico detenido, rodeada de una docena de efectivos militares en motocicleta. También hay grupos de uniformados en las esquinas, llevando peto, casco y escudo. Todos llevan el arma de reglamento muy visible entre las manos o colgada en el hombro, con la boquilla levantada en vertical. Una amenaza tácita, me digo cuando uno de ellos pasa junto al lugar en el que me encuentro junto a un grupo de vecinos. Me dedica una mirada aburrida y altanera. La expresión burlona. Cuando se aleja, los funcionarios que le rodean estallan en carcajadas silenciosas.

— Somos víctimas y no lo sabemos — murmura uno de mis vecinos. La expresión tensa, los labios apretados de furia — estamos presos y sometidos en nuestras propias casas, en todo lo que hacemos. Hace años que no somos libres, sólo que ahora, ya lo sabemos. Lo asumimos.

No digo nada. Escucho el traqueteo de la tanqueta cuando acelera la velocidad y cruza por la esquina más próxima. El metal pintado de blanco se ve envejecido y gastado, el metal lanza destellos bajo el sol blanco del mediodía. Avanza con rapidez, a pesar de su envergadura y pronto, atraviesa la calle rodeada de efectivos que parecen custodiarla, aunque sé que no es así. Hay una quietud lenta y torva en las calles, en los transeúntes que observan la escena entre atemorizados e inquietos. En el tráfico reducido a un insólito silencio. La violencia se convierte en una sensación helada y durísima casi dolorosa.

A nuestro alrededor, se escuchan cacerolas tocar. Una cacofonía lenta y cada vez más potente que se eleva en espiral en medio de la tensión. Los vecinos de los edificios que rodean la calle gritan consignas, lanzan alaridos de pura furia. Un coro de miedo y verguenza que se confunden con el repiqueteo metálico de las ollas.“Asesinos, todos son asesinos” , repite alguien, la voz ronca, la rabia convertida en una letanía interminable. “Asesinos, están matando Venezolanos”.

La comitiva sigue avanzando. Nadie sabe a dónde se dirigen. Imagino que a la protesta que ocurre más allá, para reprimir a los miles de ciudadanos que continúan en la calle, intentando hacerse escuchar. Siento miedo por ellos y por mí. Por su indefensión, por la vulnerabilidad simple del ciudadano que se enfrenta a la maquinaria del Estado. La tanqueta ya desaparece en la curva que dobla hacia el distribuidor principal que conecta con la autopista. Ahora lleva la torreta abierta y en medio del complicado mecanismo de planchas de metal abiertas, un hombre mira a su alrededor aferrado al arma que apunta al suelo. Un arma real, con toda seguridad cargada, que está lista quizás para amedrentar y herir a quienes manifiestan más allá. El pensamiento me llega como una ola de miedo y angustia, la certeza que estamos atrapados en un país cárcel, en medio de una crisis insostenible que se radicaliza a diario, que se hace cada vez más dura de sobrellevar. Y pienso en la historia reciente, manchada de sangre y autoritarismo, de esta grieta social que nos heredó casi veinte años de una estafa histórica irremediable. El miedo es sólo otra dimensión de la frustración, la negativa a la resignación y la angustia que acosa. Somos víctimas, me repito con las manos apretadas contra el vientre. Somos ciudadanos del desastre, huérfanos de cualquier reivindicación.

Los oficiales en motocicletas se detienen en un movimiento coordinado y lento que me sobresalta a unos metros de donde me encuentro. Son más de diez y van en parejas. Todos con el arma bien visible, los rostros cubiertos con el casco, el escudo apoyado sobre el tobillo. Se detienen en un movimiento coordinado y cierran el tráfico de la calle y al sonido de las cacerolas se añade ahora el de los gritos de los conductores, el insistente y grave de las bocinas, un bullicio generalizado que se extiende como una ola caliente y metálica. El grito de “asesinos” se redobla, está en todas partes. Es un eco que se hace ensordecedor, que pierde sentido y se hace cada vez más violento. “Asesinos”. “Están matando Venezolanos”.

Todo ocurre muy rápido. Uno de los guardias vuelve la cabeza hacia el grupo de vecinos que gritamos y agitamos los brazos en la calle. El sol se refleja en la boquilla del arma cuando la levanta y sé lo que sucederá incluso antes que haga algún gesto. La violencia, pienso en un instante frágil y doloroso. Llegó la violencia. Alguien me empuja hacia el interior de mi edificio y cuando escucho la detonación de la lacrimógena, me arrojo al piso temblando de miedo. Una detonación detrás de otra. El espiral de humo tóxico se extiende de izquierda a derecha. Me cubro la cabeza, intento respirar con el rostro apretado contra el concreto. Los gritos en la calle se convierten en un único rugido e intermitente. No sé que está ocurriendo, si lo que escucho son detonaciones de bombas tóxicas o metralla. La piel escaldada, el cuerpo encogido por el pánico, los pulmones contraídos de puro dolor. El miedo en todas partes.

No sé cuánto tiempo transcurre hasta que regresa una engañosa y frágil calma. Un silencio peligroso. Pero aún no me atrevo a levantarme. Continuo en el suelo, indefensa y humillada. Los brazos sobre la cabeza, convencida que el horror regresará, que esta vez será peor, más dura, más directa. Pienso en el terror inevitable, en el sonido de la violencia, en todas las ocasiones en que lo he escuchado, en cómo forma parte de mi vida. Una voz masculina pide ayuda en medio de la quietud temible y pesada que nos rodea. Finalmente me obligo a ponerme en pie: mis vecinos corren de un lado a otro, en medio de una humareda irrespirable. Alguien se acerca, me extiende un trozo de tela húmeda, me lo llevo a la cara. El llanto nervioso se me convierte en una sensación de abrumadora tristeza. Y pienso, sin saber por qué, — quizás porque no puedo hacer otra cosa — en la sombra enorme de la tanqueta de mi infancia, en la violencia convertida en parte de la vida desde que tengo memoria. El miedo como un lenguaje, como una forma de vida. Un reflejo de la identidad del país en el que nací.

***
Ochenta días de protestas, me digo con la garganta cerrada por un nudo amargo y doloroso. Ochenta días enfrentar la agresión del estado a diario, de temer los alcances de la impunidad, de vivir al margen de cualquier idea sobre lo cotidiano. No hay país al cual volver, me digo mientras escucho las detonaciones fuera de mi ventana, mientras escucho el estrépito de los perdigones en medio la batalla campal en la calle. No hay un lugar en el cual pueda protegerme, sentir alguna seguridad. Soy una víctima, pienso. Soy un rehén en mi propia casa.

El miedo en todas partes. Mientras lees las primeras noticias sobre la represión en Caracas. La ferocidad, la maníaca y pendenciera violencia. Escuchas a tus amigos contar lo que viven, medio asfixiados, aterrorizados, enfurecidos. Alguien llora, uno más intenta describir el horror de las nubes tóxicas, del chasquido de los perdigones sobre el asfalto. Las heridas, los nombres de los fallecidos. ¿Quién murió? Lo pregunto de manera obsesiva, los labios apretados de angustia. Alguien grita al otro lado del teléfono. La ciudad entera se sacude bajo el embate de la agresión. ¿Quién murió? Llevo cada luto como propio. Cada rostro que me mira desde la inocencia de las fotografías. Cada historia que intento conservar. ¿Quién murió? Tiene diecisiete años. Uno menos que la dictadura. Un disparo en el pecho. El miedo, el miedo en todas partes. El pensamiento obsesivo de la herida abierta, que jamás cura. La posibilidad del sufrimiento y de la muerte, como una huella dolorosa que llevas a todas partes.

De nuevo, país luto. País tragedia. Lloro a solas en mi estudio, junto a la ventana por la que miro la ciudad cubierta de humo. De pura impotencia. De una amargura tan infinita que te deja sin fuerzas. Mientras deseas que todos quienes aman y aprecias, estén protegidos, que ninguna bala, perdigón, huella de odio los alcance. Lloras, porque no puedes hacer otra cosa. Las manos apretadas contra el pecho, la mandíbula apretada. Y es el dolor, el país, es la vida que transcurre. Y es el pensamiento del tiempo circular, del odio convertido en rutina. Y el miedo, otra vez, porque jamás puedes escapar de él. El miedo que es una pared, un muro, un silencio interminable.

Escribir, cuando todo falla. Escribir para recordar. Para que después, puedas comprender por qué soportaste con los brazos abiertos el sufrimiento. Una y otra vez. Escribir mientras escuchas las detonaciones, los perdigonazos. Tan cerca.

Llegó la violencia, como siempre. También la resistencia.

Es el día ochenta de las protestas en Venezuela. Aquí continuamos a pesar de todo, quizás por todo.
La extraña comitiva tiene un aire indudablemente agresivo, pero también, es todo un símbolo del país que construyó el chavismo luego de casi dos décadas de gobierno y de expresar el poder a través de una línea militar dura.