jueves, 25 de agosto de 2016

Un mundo de palabras: ¿Por qué somos lectores? Esta es mi historia.




Comencé a leer siendo muy niña, casi por casualidad. Un libro cualquiera, que me dejó sin aliento, asombrada e inquieta. ¿Todo esto puede contenerlo un libro? Recuerdo que pensé, tan pequeña que el libro que sostenía me parecía del tamaño del mundo entero. La biblioteca de mi abuela era enorme, desordenada, y repleta de todo tipo de libros: desde romances Arlequín polvorientos que alguna tía romántica había olvidado en los anaqueles, hasta tratados sobre literatura rusa que mi abuelo conservaba por razones familiares más que académicas. Los leí todos. Los leí con ese alborozo de la infancia, sin saber que era peor o que era mejor. Sin tener ninguna noción que había lecturas “buenas” y otras “terribles”, que había libros “baratos” y otros “enaltecedores”. Mucho menos sabía nada sobre “clásicos” y “best sellers”. Leí todo lo que pude a placer, a escondidas bajo el enorme escritorio de mi abuela. En el jardín antipático y soleado. En el patio de recreo de mi Escuela, aguardando por la consulta del dentista. En suma, leí todo lo que quería de leer de la manera que quise.

De manera que crecí — y leí — sin saber ni tener la menor noticia que Garcia Marquez era costumbrista y había creado el realismo mágico, John Steinbeck analizaba la vida de la Norteamerica profunda de una manera sumamente sentida, que Harper Lee meditaba sobre la moral y la ética, Turgeniev recorría la historia rusa con una mirada dolorosa o que Flaubert creaba una nueva visión de la mujer literaria. Y creo que de haberlo sabido, no me habría importado tampoco. Porque mi único interés — mi gran, obsesivo y fascinado interés — era leer historias, conocer mundos ajenos al mio, construir mundos en mi imaginación a través de las palabras, de esas visiones prestadas de la realidad que cada libro traía aparejado. Nunca me detuve un momento para pensar si el libro que sostenía entre los brazos, del que hojeaba a todas partes tenía algún valor literario, si su autor había trascendido la fama para alcanzar algo más profundo, si el análisis de obra poseía algún valor elemental. Para mi lo importante era otra cosa: era la capacidad que cada libro tenía para cautivarme, para convencerme de continuar leyendo hasta conocer sus secretos. De obligarme a hacerme preguntas, a mirar el mundo de las palabras con mayor fervor. Poco a poco, la lectura se hizo una parte de mi mente, indivisible de mi visión sobre la realidad. Aprendí a vivir y a soñar gracias a las páginas de los libros y me aprendí el valor de la transgresión — la real, la de las ideas — gracias a que cada palabra que leí me recordó que el lenguaje era absoluta libertad, que los libros representaban la frontera misma entre el mundo de las cosas comunes y las que creaba la imaginación. Esa otra versión de lo que conocía, en tinta y papel que tenía el poder de destruir cualquier limite y remontarse a otras regiones imposibles del espíritu humano. En suma, comprendí bien pronto que el poder de la palabra reside en esa herencia inmediata de cuestionamiento, de la diatriba sana, de hacerme preguntas sin cesar. Cada habitación de mi mente se construyó con palabras, y se hizo cada vez más grande y significativa a través de cada libro — pequeño, grande, clásico o de baratillo — que leí.

Esa saludable independencia de pensamiento resultó ser de inestimable valor cuando entré en la Universidad. Para entonces, ya sabía que la lectura era una parte de mi vida tan enorme que no podía ignorarla, mucho menos disimularla, de manera que decidí hacerla mi profesión. Todavía hoy, con diez años a la distancia, continúo insistiendo en que el día más feliz de mi vida fue en el que me senté en el pupitre de mi primera clase de la Licenciatura en Letras. Me sentí en el lugar correcto, el que había buscado toda mi vida, quizás sin saberlo. Estaba convencida que estudiar sobre la literatura a fondo, de comenzar a recorrer el trayecto para aprender sobre la palabra desde su origen, me permitiría profundizar en esa necesidad mía de la lectura, de esa inquieta visión sobre el mundo que cada libro me había brindado. Recuerdo que pensé, con un alborozo lo bastante inocente para conmoverme ahora, que ese era el primer paso para entender el mundo de las palabras más allá de mis pequeños prejuicios y mis temores. Aprendería el origen de mi amor por la literatura desde la palabra en estado puro. Una interpretación del mundo literario lo suficientemente sustancial para reconstruir mi propia versión sobre él.

Me equivocaba, por supuesto. Y lo descubrí a las pocas semanas de comenzar ese accidentado trayecto mio por el mundo literario Universitario. Porque lo que me encontré fue con la crítica encarnizada y el estereotipo nacido de algún lugar desconocido que parecía contradecir, y frontalmente, mi idea de la lectura como una forma de libertad. Porque sentada en un pupitre y frente a un pizarron, y no frente a las páginas de un libro — menuda paradoja — me enseñaron por primera vez que había libros buenos y otros que no lo eran tanto. Que había Clásicos, destinados a formar parte de su historia por una serie de méritos académicos y otros, muchos menos valiosos al decir de la teoría, que se olvidaban con facilidad o que al menos, así lo indicaba la costumbre docta. Que Gabriel Garcia Marquez no era el venerable anciano que contaba historias sobre una América niña, sino quien fabulaba la literatura a fuerza de mariposas amarillas. Que Chordelón de Laclos no era el chismoso que yo había imaginado — y con el cual me había divertido — sino un escritor que reconstruyó la visión de la novela epistolar para crear en si mismo un nuevo género. Perdí la inocencia de la página en blanco, del aliento contenido ante la primera línea a punto de leerse. Esa candidez de sostener un libro entre las manos para olerlo con los ojos cerrados. De dormir con el libro bajo la almohada para que lo primero que viera al despertar fuera una palabra. De las paginas dobladas por impaciencia, de las emborronadas de dedos húmedos. Y lo sustituyó esa directa visión de la literatura como algo utilitario, que tenía sentido, valor y peso. Dejé de leer por deseo y comencé a hacerlo por deber. Por necesidad. Por una obligación elemental que no tenía ningún parecido con mi entusiasmo infantil, con mi forma de ver el mundo de las hojas y las palabras. Con cierta tristeza, me pregunté muchas veces si conocer el origen de las cosas destruye su misterio. Y con cada nueva etiqueta (El libro inteligente, el que no lo es tanto, el valioso, el elemental, el indispensable, el best seller, el intrascendente) perdí un poco de esa ternura de la imaginación, de lo recién descubierto. Un tipo de agria madurez.

Mi profesor de literatura Medieval era probablemente el hombre más irreverente que conocí jamás. Era uno de los pocos que tenía la impresión disfrutaba dictar su asignatura. De hecho, había en su manera de enseñar un alborozo infantil que contrastaba de manera directa con la sobriedad que se suponía era parte de los Romanceros, églogas y sonetos. Para él, la literatura era otra cosa: algo vivo, sustancioso, en pleno crecimiento. Recuerdo me asombró su alegría, la forma como brindaba a lecturas por narturaleza lentas y pesadas una viveza que me hacía pensar en algo frutal y extraordinaria. Literatura viva, pensé maravillada, mientras nos hablaba del caballero Verde, de la Europa sencilla donde el Juglar caminaba apresurado de pueblo en pueblo para llevar la palabra a donde no podría llegar por si sola. Se parecía tanto a mi visión sobre la literatura — a mi antigua visión, me recordé más de una vez, con tristeza — que me pregunté si me había encontrado con otro soñador, como yo. Con otro idealista de la palabra, como yo.

- Te encontraste con un loco, como tu — dijo entre risas, cuando se lo comenté. Era un hombre entusiasta, vitalista y sí, como yo, estaba perfectamente convencido que la palabra y los libros creaban mundos — así que eres otra de las decepcionadas del mundo del pupitre ¿No?

Intenté explicarle entonces el dolor que suponía para mi la losa de lo académico sobre lo bello de la lectura, ese constante cuestionamiento y clasificación de las palabras en una especie de teorema práctico que jamás podría explicar su verdadera magia, el origen de toda su belleza. Incluso a mi me sonó infantil aquello, así que me callé, esperando me explicara otra vez que había libros que estaban hechos para ser leídos y recordados y otros para ser olvidados, como solía insistir con frecuencia uno de mis profesoras. En cambio, él asintió con entusiasmo tomando a sorbos ruidosos una taza de café.

- La literatura es para vivirla. Como mejor puedas y como quieras -dijo — la literatura es para soñar, para reír, para llorar. Para todas las cosas buenas y tristes de la vida. No hay un libro que no te regale una imagen, un libro que no te consuele de alguna manera, un libro que no te obsequie una idea, un libro que no te haga cambiar la dirección de tu pensamiento. No importa si es un libraco de Guillermo de Ockham o algo sencillo y sentido de Oriana Fallaci. Leer es un placer, es un dolor, es una esperanza. Y recuerdalo siempre. Habrá quien se crea más sabio que tu y te indique que debes buscar para satisfacer lo que necesitas saber.
Que poético, pensé con cierto cinismo. Que cierto, añadí después, con una sonrisa. Y es que el profesor descubrió — y describió — punto a punto esa necesidad mía de encontrar algo más allá de lo obvio en las palabras, algo más de lo lineal, de lo que se puede analizar, de lo reflexivo y evidente. Porque para mi espiritu el libro ha sido un simbolo de lo que el mundo puede ser, del futuro y la ternura de la incertidumbre. Todas lo que la realidad puede ser, lo que puedo esperar de ella. Un libro que es una sonrisa, la obscenidad, el deseo, lo feo y lo bello, lo profundo y lo humorístico, lo superficial y lo que hiere y deja cicatriz. Cada parte de mi vida, lleva un libro aparejado. Cada idea, cada reflexión, lleva la imagen de una historia que me obsequió una página abierta. Y en esa conversación incesante — trascendente — no importa demasiado el peso de la historia, el verbo oculto, el respeto que infunde el nombre de su autor. Lo verdaderamente importante es la sustancia que crea el recuerdo, el peso de la palabra que conservaré. La belleza que me obsequia lo que se narra, más allá de toda discriminación estética. Porque cada libro es un mundo y para el lector, quizás el Universo entero.

De manera que luego de atravesar ese páramo árido de la incredulidad, regresé a mi inocente confianza de lectora veterana. Esa de quien abre un libro con la expectativa de lo que leerá, que contiene el aliento por la esperanza de encontrar — de nuevo — ese elemento mágico, diminuto y desconcertante que hace inolvidable un párrafo, una capitulo, una historia entera. Volví a sonreír con la convicción que llevo por mi amor por los libros — por la palabra, por su origen mismo — a todas partes. En mi insistencia por siempre declarar que cada hoja es una bandera de libertad y que cada sueño que me obsequió un recuerdo perenne de quien soy y a donde me dirijo. Y es que la niña lectora que fui, se convirtió en la mujer soñadora que aspiró a ser. Hija del ideal que cada escritor sueña con transmitir.

miércoles, 24 de agosto de 2016

La identidad cultural como sujeto literario y otros dolores contemporáneos.




Según Cory McLauchlin, autor del libro “Una mariposa en la máquina de escribir: La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de ‘La conjura de los necios’” nadie olvida la primera vez que leyó el que ya es un clásico por derecho propio. “¡Cómo voy a haber olvidado eso! Es imposible. Creo que todos los que amamos el libro recordamos vívidamente la primera vez que lo leímos”, insiste McLauchlin, que se tomó la tarea de reconstruir el tortuoso y casi mítico camino de un escritor convertido en ícono de las pequeñas desgracias literarias. Y lo dice como un acto de fe, una mirada asombrada sobre lo que lo que la “Conjura de los Necios” ha representado dentro de la literatura actual y sobre todo, sus implicaciones. Pero más allá del fanatismo iniciativo del biógrafo, McLauchlin mira la obra como lo que es: un poderoso reflejo de su tiempo.

Porque “La conjura de los Necios” es algo más que la mezcla de su extravagante historia — la obra única de un escritor malogrado que llegó a librerías casi en un acto reivindicativo — sino un espejo donde una sociedad intransigente, banal y cruel se refleja. Convertida en obra de culto, este asombroso ejercicio de ironía dramático, que se ama o se odia — no hay tintas medias para una obra que en ocasiones desafía toda explicación — el libro se ha convertido en una forma de mirar nuestra cultura pero sobre todo, una noción consistente sobre cómo interpretamos ese trayecto cultura que convierte a un libro en el interlocutor de un momento social y cultural en específico. Admitamoslo: “La Conjura de los necios” no es un libro que busque complacer, o aspire a lo trascendente, sino que se burla — y con qué humor sardónico, con que dolor ritual — de esa comunión entre lo absurdo y lo mimético que representa tan bien a nuestra época. Fue un libro concebido para asumir el peso de esa disparidad del nihilismo de lo contemporáneo, ese juego de espejos disparejos en el que nos vemos reflejados a diario. Un reconocimiento tardío de los pequeños dolores y penurias que nos brinda la identidad colectiva.

Cory McLauchlin insiste que John Kennedy Toole jamás esperó que su novela se convirtiera en lo que es. Que como escritor con cientos de rechazos a cuestas — el gran editor Robert Gottlieb llegó a escribirle “Tu novela no trata de nada” — jamás comprendió el valor real que podría implicar una historia rota a trozos, sin otro elemento conductor que esa noción sobre el pesimismo reconvertido en chiste privado. Toole fue una víctima trágica de ese paisaje devastado del cinismo: se suicidó a los 31 años, luego de convencerse que no sólo su novela jamás sería publicada. O eso cuenta la leyenda privada, la que lo encumbra como ídolo de la desesperanza.
Pero la novela se publicó y de pronto, ese esperpento narrativo que desagradó a tantas voces autorizadas, encontró el momento preciso y el ánimo cultural perfecto para ser reconocida como lo que es: una mirada atrevida sobre cierta individualidad quebradiza del hombre moderno. De curiosidad de librerías, “La conjura de los necios atravesó” con rapidez el enrevesado camino entre ser sólo una curiosidad conmovedora -el suicidio de su autor parecía preceder cualquier lectura — a algo mucho más contundente. Un mensaje, una instantánea muy clara del contexto que la rodea y la sostiene. Toda una osadía para un hombre que escribió un único libro y además, que lo hizo por una confusa mezcla entre la sátira cotidiana y una necesidad privada — o así podemos suponer — de retratar el mundo a su manera.

El libro hace reír — y suele decirse que es imposible no estallar a carcajadas antes de la quinta página — pero también obliga a reflexionar. A desdecirse y a reconstruir la percepción de lo que somos en una serie de golpes de efecto que no sólo sorprenden, sino que llegan a convertirse en una crítica triste y encarnizada sobre la soledad moderna, el dolor del no ser — el aislamiento espiritual y moral que todos padecemos tarde o temprano — y algo más confuso. Esa conciencia de la cotidiano, de lo corriente y lo vulgar como una forma de expresión concreta.

Porque Toole se sorprendería quizás de la repercusión de su manuscrito que durante su vida jamás abandonó el cajón del escritorio al que le confinó las decenas de amables cartas de rechazo que recibió. Transcurría una década luego de su fallecimiento para que “la Conjura de los necios” encontrara ese lugar inesperado que lo catapultó a un cierto Olimpo literario en el que ahora ocupa un bien merecido lugar. Y lo hizo luego de atravesar el intelectualismo craso que insistía en discriminar la obra sólo por su insólito pátina de humor profano. Porque “La Conjura de los necios” no es otra cosa que un intento de mirar la realidad desde lo satírico pero también, se trata de un ataque directo a la solemnidad, a ese silencio encumbrado al que suele someterse a la literatura que no complace cierto olfato esnobista que intenta limitar lo que la palabra escrita debe ser. Toole, con una extraña comprensión del humor como arma positivista, el libro es una alegoría fantástica sobre el mundo moderno, un compendio de situaciones crítica y la mayoría de las veces surreales que crean una obra inolvidable. Ambientada en Nueva Orleans, el libro reconstruye la visión del hombre moderno sobre sí mismo en una parodia humanista tan imaginativa como sorprendente: el memorable personaje principal Ignatius Reilly decide que el siglo XX carece de belleza, geometría e incluso de interés, por lo que renuncia a él de la mejor manera que puede. No obstante, el alegato contra el materialismo y las contradicciones de un mundo confuso no se limitan a una mirada concreta sino que intentan englobar la identidad del hombre actual dentro de sus propias limitaciones. Somos lo que la sociedad nos permite, nos admite. Y más allá de eso, se encuentra el caos. El intelectual, el emocional. Una búsqueda de ideas peregrinas sobre la identidad contemporánea.

Llena de personajes inolvidables, “La conjura de los Necios” es un triunfo de la imaginación y la capacidad de la literatura — en realidad, de cualquier manifestación de arte — para analizar nuestra percepción del mundo a través de la crítica, la burla y la sátira. Un fresco sobre un mundo neurótico y desigual que Toole logró captar en todo su esplendor.

Como obra, “La conjura de los Necios” demostró el poder de la literatura que no está escrita ni mucho menos se analiza, como un mensaje intelectual sino como un retrato fidedigno de su época y sobre todo, de esa noción sobre la identidad colectiva que con frecuencia toda obra utiliza como marco referencial. Pero lo hizo, con un desparpajo que logró romper barreras y sobre todo, esa limitante noción de cualquier obra literaria que debe atenerse a cierta percepción sobre su excelencia. Y allí, quizás reside su valor.

Recuerdo todo lo anterior, mientras leo la multitud de comentarios que provocó la muerte del escritor Venezolano Alejandro Rebolledo. Buena parte de ellos no sólo denigran de la figura del autor sino también, al libro “Pim Pam Pum”, su obra más conocida. La mayoría de las encendidas críticas podrían resumirse en un único punto de vista: La novela es malísima, Rebolledo no fue un intelectual y por lo tanto, no merece bajo perspectiva alguna el reconocimiento y la importancia que se le atribuye, quizás como halago póstumo. Que todos los que lamentan su muerte o asumen que el libro tuvo un valor concreto con respecto a la cultura Venezolana, son cuando menos “un grupo de malcriados” y el habitual sambenito de “provincianos tercermundistas” que apoyan a cualquiera.

A Rebolledo se le critica desde el hecho de haber escrito una sola novela hasta el tono y el carácter de una obra que en su momento, retrató la sociedad venezolana desde una mirada cínica y vulgar. Que su novela es una accidentada y poco coherente colección de escenas sin ningún tipo de valor argumental, sino que además, carece de la perspicacia para utilizar su llaneza y simplicidad como un vehículo de denuncia, opinión o incluso algo tan literal como una visión concreta sobre lo que la Caracas que describe pudo haber sido bajo su pluma. Con una dureza que sorprende, a Rebolledo se le acusa de ser el epítome de lo trivial y a su novela, de ser un corriente y no muy bien logrado esquema sobre lo contemporáneo. Una novela sin mayor sustancia, adolescente e insustancial cuya fama y repercusión fue consecuencia inmediata de una bien montada puesta en escena editorial.

De la misma manera que a Toole en su momento — y guardando las distancias de la circunstancia, talento, voz y tono de ambas propuestas literarias — Rebolledo parece haber sido condenado por tomarse el atrevimiento de atacar ciertas convenciones literarias y sociales, de escribir una novela que no parece — ni en su momento no ahora mismo — encajar en ninguna parte. De reflexionar sobre la ciudad y la época que le tocó vivir sin mayor profundidad y gracia, sin cumplir con todos los interminables y al parecer imprescindibles requisitos que toda obra debe cumplir. Y es que el mayor éxito de “Pim Pam Pum” parece ser el alejarse todo lo que pudo de la literatura como concepto — esa asimilación lineal sobre la identidad que refleja — y mirar desde la periferia de quien no intenta calzar bajo en ninguna parte, a un país y una cultura en pleno debacle intelectual.

No es un concepto sencillo, porque a diferencia de Toole — que también escribió un sólo libro y cuya obra fue considerada “malísima” por buena parte de quienes le leyeron en primer lugar — Rebolledo se convirtió en una figura casi icónica casi de inmediato. Y mientras Toole y la “Conjura de los necios” debieron transitar el largo camino hacia el reconocimiento tardío, Rebolledo lo obtuvo de inmediato. Tanto, como para que su obra fuera debatida y sobre todo, reflexionada como parte de la realidad nacional. Tanto, como que una novela de ínfima calidad pasara a convertirse en objeto de culto de toda una generación cínica y confusa que se vió reflejada en “Pim Pam Pum” tanto como para reclamar su pertenencia.

Pero al momento de su muerte — y casi dos décadas después del fenómeno local de éxito de la novela — de pronto Rebolledo y su discreto logro de reflexionar sobre la sintomatología de la decadencia, parecen encontrarse otra vez con esa percepción purista que intenta destruir no sólo lo que Rebolledo y su obra fue en su momento, sino como puede percibirse esa noción sobre lo que escribió — y lo que logró al escribir de la manera que lo hizo — en la actualidad. En un coro de críticas malsonantes y sobre todo, dirigidas más hacia la figura de Rebolledo que a su obra como parte de una visión cultural muy específica, de pronto “Pim Pam Pum” y lo que fue como parte de una época muy específica, parecen enfrentarse no sólo a la incredulidad sino también al menosprecio del mundillo intelectual nacional.

Por supuesto, no sorprende en absoluto ese punto de vista: es un hábito muy Venezolano — y quizás latinoamericano -el ataque extremo y violento de figuras caídas en desgracia. Y Rebolledo con su única novela, su cuestionable punto de vista, su dudosa calidad autoral, parece ser el sujeto ideal no sólo para la crítica virulenta sino también, para el cuestionamiento sin otro motivo que una animadversión emocional sin demasiada justificación. Desconcierta además, que muchos de quienes apuntan el dedo acusador hacia Rebolledo sean artistas, escritores y todo tipo de voceros culturales que deberían ser mucho más conscientes del contexto sobre lo que ocurre a nivel cultural y procesos históricos que crean símbolos — superficiales o no — con un valor concreto en nuestra sociedad. Lo preocupante de esa percepción incompleta y desigual es el inmediato cuestionamiento que produce ¿Hasta cuando el menosprecio, la trivialización y sobre todo el ataque a nuestra identidad como comunidad artistica?

Pim Pam Pum no es el mejor libro del mundo. Ni se acerca a serlo y con toda probabilidad, tampoco fue la intención de Rebolledo que lo fuera. Mucho menos, podría considerarse a Rebolledo un buen escritor en el sentido clásico del término. Pero aún así su libro — como lo es a la distancia “La Conjura de los necios” — analiza el mundo desde el extrarradio, fuera de los confines del deber ser literario. Rebolledo, más que ídolo o víctima, escribió un libro que se convirtió sin esperarlo y sin intención, en un monumento al íntimo desastre de esta circunstancia rodeada de caos que llamamos Caracas. Y lo hizo como un caraqueño: sin conciencia de la trivialidad, como un personaje más en la fauna diametral de la Ciudad de la década de los ’90. El libro “Pim Pam Pum” no aspiraba a convertirse en un tesoro nacional de la literatura: simplemente una colección de anécdotas que reflejan Caracas de una manera que sorprendió por su franqueza vulgar. Es un libro decadente y frívolo, tal como lo ha sido Venezuela desde que disfrutó de una improbable riqueza que la convirtió en una caricatura de un país bananero. Es una novela reflejo, una reflexión superficial y banal sobre la ciudad también superficial y banal que nacía de la decadencia del boom petrolero. Una historia que avanza sin sentido, que se sostiene sobre esa mirada de la sociedad Venezolana simplona, bellaca y quebradiza. La noción del país roto y una generación corrompida por el cinismo. Y no lo refleja por su gran calidad literaria — que es discutible — sino por el hecho que nació en ese momento de ruptura específico y fue sin duda, un catalizador de cierta temperatura y carácter de una ciudad hostil como la nuestra.

Fenómenos parecidos al de Rebolledo y “Pim Pam Pum” han ocurrido cientos de veces en la literatura y continuarán ocurriendo, en escalas mucho más extraordinarias y en visiones mucho más efectivas, pero siempre con el mismo efecto catalizador de pequeños — o grandes fenómenos, según el ámbito — de transformaciones sugerentes . Libros baratos, de ínfima calidad que de pronto, parecen destinados a representar ideas y procesos históricos muy específicos. Libros en la que la cultura — y sus elementos reconocibles — parecen encontrar una contradicción directa y más allá de eso, una noción poco comprensible sobre su objetivo. Ocurre con los Best Sellers de pacotilla, destrozados por la crítica pero que impulsan el mercado editorial de un lugar a otro. Ocurre con los pequeños triunfos de estilo narrativo, como la “Conjura de los Necios” casi perdidos por la resistencia a una nueva visión literaria y convertidos en íconos de un tipo de narración por completo nueva. Quizás sea del todo temerario comparar a “Pim Pam Pum” con todas sus blanduras y baja calidad con fenómenos literarios de repercusión mundial, pero aún así, lo que ocurre luego de la muerte de su autor permite un análisis certero sobre la ceguera cultural que en ocasiones nos aqueja. Y la conclusión preocupa: ¿somos tan poco capaces de criticar y asumir nuestros dolores históricos y culturales como para ignorar los símbolos que producen? Es inevitable preguntarse también que consecuencias tendrá esa contradicción a largo. Supongo que, de alguna forma, ya estamos viendo cuales son.

martes, 23 de agosto de 2016

La belleza de lo insólito: del miedo a la no existencia y otras reflexiones complejas.



Leonora Carrington murió de pulmonía un 25 de mayo del 2011 en México. Lo hizo rodeada de sus objetos favoritos y del clima que tanto le gustaba, pero además, sonreía. O eso al menos cuenta la pequeña leyenda sobre su figura, que se comenzó propalar apenas horas después de su muerte. Aunque por supuesto, ya Leonora había intrigado lo suficiente la imaginación popular de ese México devoto y supersticioso tanto como para que su mitología extravagante le precediera: Se hablaba de su carácter singular, tan explosivo como festivo. De su hábito de escribir y pintar de madrugada, casi en la oscuridad. De su extraña visión sobre el mundo — a mitad de camino entre lo inquietante y algo más retorcido — que plasmaba con pincel firme en lienzos crípticos. Que a México, le acompañaron los Sidhes con los cuales soñaba, una aventura mágica que comenzó en su natal inglaterra. Y que esas presencias invisibles que poblaban su imaginación— magníficas, risueñas, inquietantes — en ocasiones abandonaban sus cuadros para remontar la cuesta del clima acre y cálido de su México adoptivo. Un mito dentro del mito. Como si Leonora se hubiese convertido — sin querer o quizás sin la intención directa — en uno de sus personajes.

Porque Leonora, icono discreto del surrealismo, se convirtió quizás en una mirada desconocida sobre el arte femenino pero más allá de eso, en un símbolo del poder de la independencia intelectual. Leonora jamás fue otra cosa que Leonora, obsesionada con lo singular, maravillada con los ámbitos invisibles, a quien jamás le importaron las apariencias y que según cuenta Elena Poniatowska en su libro “Leonora” sólo vivía para pintar. Que no tuvo temor en denunciar a Hitler, Franco y Mussolini cuando estaba mal visto hacerlo, que se atrevió al exilio solitario cuando aún nadie lo creía necesario. Leonora era mucha Leonora, una mujer indefinible, a mitad de camino entre la fortaleza y algo más misterioso. Un artista símbolo que no sabía que lo era, que quizás habría reído incrédula por una definición tan pomposa pero que deseándolo o no, construyó toda una nueva manera de interpretar la realidad desde los cimientos. No hubo nada que Leonora no intentara y fuera un triunfo, como si esa noción sobre sí misma — la hoja de ruta por el mapa de su mente — le condujera al origen mismo de su necesidad de construir un lenguaje íntimo extraordinario.


“Quería ser pájaro” Leonora Carrington.



Dice Poniatowska en uno de los múltiples artículos que ha dedicado a la vida de la pintora, que Leonora Carrington escribió su propia fábula a golpes de efecto. Después de todo, la Leonora indómita — que parecía existir en un estrato levemente inferior y desconocido de la artista y escritora — parecía bastante decidida a avanzar con bastante ruido en medio de lo absurdo del cotidiano. Nunca sacrificó su identidad por algo más que su propia devoción — y obsesión — por crear, que por otro lado, jamás se lo exigió. Y es que pintar y escribir para Leonora Carrington era tan natural e indispensable como respirar. Esa exaltación de la belleza de lo extraño, lo antinatural y lo lírico. Para Leonora la belleza era algo intrincado, insólito. Y la plasmó siempre que pudo: en sus cuadros, que por años asombraron por su puntilloso detalle y sobre todo su conmovedora emoción en medio de lo incomprensible — sus preciosas criaturas asimétricas miran con ojos grandes y asombrados desde todos sus lienzos — pero también en sus libros. Por momentos absurdos pero siempre sorprendentes, sus cuentos y novelas parecen subvertir el orden de la realidad para crear algo más complejo y doliente. No hay nada sencillo en la prosa de una artista que delinea el mundo tanto en palabras como en pincel. Y parte de esa noción de la realidad intangible, de esa otra dimensión de las cosas que Leonora Carrington describe tan bien, es lo que hace poderoso su trabajo. Inolvidable, la mayoría de las ocasiones.
A Leonora se le solía criticar por incomprensible, como si sus obras estuvieran atrapadas en toda su vitalidad en el círculo vicioso del prejuicio. Pero la pintura no se detuvo en su empeño de contar el mundo a su manera, con una libertad de espíritu que dotó a sus obras de una personalidad sorprendente. Leonora pintó por deseo y escribió por impulso y creó un híbrido entre ambas cosas que construyó un lenguaje nuevo. Defendió su talento con la misma fiereza con la vivió y se opuso a ser considerada sólo mujer, cuando ella misma se contempló como una de las criaturas fabulosas que pintaba. Leonora Carrington nunca se conformó, jamás cedió en el empeño y esa terquedad luminosa le permitió no sólo construir un lenguaje a la medida de sus aspiraciones e inquietudes — y tan único que pareció creado para ella — sino que además elaboró una visión sobre el mundo desde la periferia. Se obsesionó hasta el delirio con su necesidad de pintar — y sobre todo, elaborar un discurso creativo acorde con sus dolores y pesares — y logró contemplar el abismo de la locura, del aislamiento y la alineación desde una perspectiva nueva.

Are you really syrious? Leonora Carrington.



Tal vez por ese motivo, se opuso a cualquier definición. Tanto que incluso rechazó el apelativo de “pintora surrealista” que varias veces confesó era “incapaz” de analizar los espacios y silencios de su mente. Su mundo era mucho más complejo que una palabra y se esforzó por demostrarlo: había referencias celtas en sus paisajes diminutos abigarrados de rostros y sombras inquietantes, pero también de una mirada infantil que colisionaba directamente con la mitología íntima. Sus criaturas visibles e invisibles, habitantes de los de los Sidhes, traviesos y temibles, eran parte de su trabajo. Pero no sólo en lo conceptual. Hay algo mistérico, extravagante y místico en toda la obra de Leonora. Un ritual a ciegas. Una noción de lo bello y lo difuso que se construye a mitad de camino entre lo que sorprende y conmueve.

Leonora, el mito y la mujer de carne y hueso:
“Ser mujer sigue siendo muy difícil todavía. Y debo decir, con un mejicanismo, que solo se supera con mucho trabajo cabrón” declaró en una ocasión, riendo ante el desconcierto del periodista que le escuchaba. A continuación, le contó que como buena rebelde, la expulsaron varias veces de todos los colegios de dónde estudió y que a los dieciseis, decidió que sería un “pequeño monstruo” en lugar de una muchacha de su época. Y es que la historia de Leonora siempre estuvo cargada de golpes de efectos, de esa denodada batalla contra lo tradicional y sus clamorosas derrotas. Su aristocrática familia intentó que contrajera matrimonio con un miembro de la realeza británica y su respuesta fue un cuento donde una niña de la alta sociedad, se trasviste en Hiena. Para horror de su padre, el cuento se publicó como fanzine y el nombre de Leonora Carrington comenzó su largo trasiego hacia el asombro.


¿Quién está detrás del rostro blanco? Leonora Carrington.
Para Leonora el arte lo era todo: estudio en la galería Uffizi de Italia a pesar de la oposición familiar y luego en París, donde tuvo grandes y apasionadas discusiones con el cubista Amédée Ozenfant, “que no nos dejaba hablar mientras dibujábamos”, contó después con cariño. Pero sería en Londres, donde la verdadera historia de Leonora — a mitad de camino entre la fábula y lo melodramático — comenzaría. Se enamoró a primera vista del pintor alemán Max Ernst. El amor en todas partes: sus obras se llenaron de paisajes pedregosos y dorados donde criaturas de ojos enormes miraban el futuro. Pero la felicidad duró poco: Ernst fue detenido por el creciente nazismo y se ve obligada a huir de París a España. En medio del caos, el dolor se convierte en furia. En los últimos restos de una estructura extraordinaria que intenta sostener a pesar de las presiones internas.

Esa lucha impenitente por ser ella misma la hizo terminar en un psiquiátrico de Santander (España) nada más acabar la Guerra Civil Española. Como si una dama victoriana se tratara, Leonora fue encerrada por determinada, por furiosa, por contestataria, un tipo de locura tan peligrosa para la época como cualquier padecimiento físico real. Pero Leonora además, estaba convencida que la locura era un estado de plenitud y fascinación perpetua. Por ese motivo insistía en que era un caballo (“jamás una yegua” aclararía después) y también una criatura libre, que las paredes del sanatorio (y la tradición) jamás pudieron detener. Tal vez por ese motivo, sus pinturas están llenas de seres de apariencia equina y rarísimos paisajes de pesadillas radiantes. Una combinación que describe la locura — la de Leonora — como un paisaje radiante.

Leonora vivió una vida agitada, llena de escenas extravagantes que alimentaron su mito sobre la rebeldía pero también, de esa lucidez esquiva y definitiva que la caracterizó mejor que cualquier otra cosa. Ya de anciana, vivía semi recluida, en un ostracismo delirante en el que sólo la acompañaron sus pinturas. Desde su dorado retiro en una casa de línea vanguardista Colonia Roma de la Ciudad de México, Leonora siguió pintando y escribiendo, aunque no se lo mostrara a nadie ni necesitara hacerlo. Pero pintaba por agonía, por deseo, por necesidad, por dolor. Por seguir buscando respuestas a lo invisible y lo remoto, para conversar con sus viejas criaturas y seguir galopando en los páramos extraordinarios de su mente. Pinto y pinto, hasta los noventa y cuatro años, cuando finalmente decidió ocultar su último cuadro en un armario de su estudio. Ya por entonces chocheaba — ella misma lo decía, no había nadie más que se atreviera a hacerlo — y se había dedicado por consejo de su galerista Isaac Masri a la escultura. Y de nuevo, las criaturas inquietantes y extraordinarias surgieron del arte: figuras antropomórficas de proporciones colosales, que parecían la síntesis entre lo que había pintado y escrito. Una mirada profunda al arte renacido, incluso en las postrimerías de una vida muy intensa, para recordar el origen.

Dicen que Leonora Carrington murió sonriendo. Que sostenía uno de sus cuadros entre los brazos. Que miró hacia las esquinas y paredes de la habitación donde se encontraba, tratando de encontrar a sus criaturas fascinantes, inolvidables. Que murió oponiéndose al tiempo que jamás entendió, pero que sobre todo, murió a una idea clara sobre si misma. Que cuando cerró los ojos, una ráfaga de viento fresco entró por la ventana entreabierta que iluminaba la escena. Un aire fresco lleno de memorias. Una reflexión insólita sobre un mundo elemental. Un mártir de sus principios. Una “novia del viento” como su amado Max Ernst la llamó.

lunes, 22 de agosto de 2016

ABC del fotógrafo curioso: Sí, la ‪‎fotografía‬ se lee y no sólo se trata de cámaras costosas o de alta tecnología.




¿Qué es la teoría fotográfica? Es una pregunta que muy poca gente se realiza. Y no lo hace, porque en realidad no lo necesita o lo que es aún peor, no lo considera necesario. Para la mayoría de los fotógrafos en la actualidad hablar de fotografía se limita a la idea de comparar la eficacia de un equipo de mayor o menor gamma, la calidad de la óptica que posee y cualquier otro debate técnico, que tenga como protagonista la cámara y sus implicaciones. En contadas ocasiones, el fotógrafo analiza la fotografía como una consecuencia intelectual y de hecho, como un argumento filosófico que se analiza como una visión muy amplia sobre sus decisiones, interpretaciones de la realidad y revisiones sobre lo que puede o no ser la imagen como documento.

Esa indiferencia sobre el tema, se debe sobre todo a que la teoría fotográfica no es algo simple ni que pueda aprenderse a través de un manual de instrucciones. Se trata de un recorrido cognoscitivo y esencial a través de lo que nos hace fotografiar o mejor dicho, lo que sustenta lo que intentamos expresar a través de nuestra producción fotográfica. Siendo así, la fotografía como elemento académico debe atravesar varias ideas subjetivas que disminuyen su importancia hasta el menosprecio. ¿Quién desea debatir sobre la cuestión referencial, la importancia de la noción estética, el uso de símbolos constructivos dentro del lenguaje fotográfico si se puede analizar las bondades técnicas de la cámara que se sostiene? ¿Quién dedica atención a la búsqueda de coherencia referencial y conceptual si puede sostener sus conocimientos fotográficos sobre algo mucho menos complejo y sobre todo automático como puede serlo el conocimiento técnico?
De manera que la teoría fotográfica — ese análisis académico de la imagen como recurso expresivo — a menudo resulta sepultado sobre todo tipo de nociones evidentes y discutibles sobre la fotografía como resultado de un medio técnico. Después de todo — y es la argumentación de un considerable número de fotógrafos — la fotografía no existiría de manera física a no ser por la cámara. No obstante, la cámara tiene el mismo valor incidental que un buen pincel o un instrumento musical bien afinado: mejora lo evidente y sustancial del arte que se crea. Por lo tanto, la fotografía es mucho más que la cámara como herramienta — de la misma manera que la pintura es mucho más que los pinceles o el óleo que se utiliza o la música que las cuerdas del instrumento que la crea — y se basa en esa noción del concepto como sustento inevitable de lo que expresa como ideario personal. Y es que la fotografía es una forma de arte y por lo tanto, se analiza también desde lo intelectual, lo evidente y lo consistente que sustenta su trayecto cognoscitivo.

La fotografía, es además una combinación de ideas que se sustentan unas con otras y hacen necesario el manejo de la creación visual a través de conceptos. Una teoría que además sustenta sus condiciones de existencia y las posibilidades que ofrece el medio fotográfico para expresar un conjunto de ideas complejas. Desde lo estético, lo socio — cultural (que además incluyen un componente psíquico) y lo filosófico (que analiza las implicaciones emocionales y hasta religiosas de una pieza visual) la teoría fotográfica analiza de manera consistente el motivo y sobre todo, la conclusión de la fotografía como idea que se asume necesaria y constructiva. Una lectura que va más allá del contenido obvio y directo — lo que la imagen muestra — y que asume el valor directo de los campos intelectuales que puede manejar y que forman parte de la percepción del documento como un conjunto de reflexiones consistentes. La teoría fotográfica es además una noción sobre la necesidad de profundizar la fotografía luego del hecho mecánico de la captura de la imagen.
Por supuesto, la fotografía como documento e idea es algo más que el recurso conclusivo de la imagen como resultado técnico — proceso tecnológico que produce un hecho concreto — se trata de un pretexto válido y necesario para pensar en la historia y la cultura que protagoniza. Para analizar, desde un punto de vista organizativo, la importancia de la imagen como parte de la historia artistica de nuestra época. Y eso supera la mera intención de los medios y herramientas que utilicemos, de la noción básica y estructural de la imagen como reflejo de lo que le rodea. La fotografía además, supone el primer paso en la creación de imágenes que deben atravesar un filtro tecnológico para su existencia y su aparición es emblemática: destronó a la pintura como medio de expresión primario para el recuerdo colectivo y elaboró toda una nueva percepción de lo que es el arte como medio de recurrencia de ideas paralelas y formales sobre la identidad.

Quizás, el triunfo de la teoría fotográfica radica en que dota a la inmediata de significado y la capacidad para abstraer formas y crear un lenguaje personal. Siendo así, la imagen funciona como extrapolaciones de lo abstracto y cumple una función simbólica — lo que vemos es un recurso visual que se sostiene sobre la capacidad del hombre para imaginar — y crean todo un recurso lingüístico y epistemológico sobre lo que la fotografía puede ser. En otras palabras, asume que la fotografía es un mapa de ruta a través del conocimiento seminal y personal, que atribuye significado a lo que pudiera no tenerlo. Visto así, una imagen elabora una versión de la realidad alterna, subjetiva y simbólica: una connotación congruente y elaborada sobre lo que somos y lo que podemos ser.

La fotografía: una forma de replantear el mundo y la forma como lo comprendemos.
A propósito del día mundial de la fotografía, he leído una buena cantidad de artículos celebrando la creación visual como parte de una idea intrínseca de la cultura moderna. Lo hace desde el punto de vista que la fotografía refleja esa nuevo optimismo tecnológico tan propio de la vida contemporánea. Se habla de inmediatez, de la proliferación de tecnología de punta para la toma de imágenes, de la variedad de recursos que ponen a disposición de cualquiera la fotografía. Como si la imagen fotográfica fuera solamente una combinación de variables técnicas. Como si la fotografía fuera sólo el hecho de sostener una cámara frente al ojo y disfrutar de las bondades de esa captura mecánica.

En muy pocas ocasiones, leí reflexiones sobre el hecho que la compulsión fotográfica actual refleja la enorme soledad moderna. Que la necesidad de dejar testimonio sobre nuestra permanencia — ese “ser” y “estar” imprescindible en la actualidad — es parte de la identidad fotográfica de una acelerada carrera por la impronta egocéntrica. Que la fotografía dio el vuelco definitivo para convertirse de un documento inmediato en estado puro a una herramienta artística por derecho propio. A una elaborada visión sobre el mundo interior de su autor y los símbolos temporales y personales que lo identifican.

Tal vez por eso, muchísima gente sueña con tener una cámara LEICA y debaten sobre la idoneidad de un equipo Canon o Nikon, pero muy poca analiza la fotografía desde el concepto. Muchísima gente se esfuerza por ser reconocido, por difundir su trabajo y hacerlo lo más visible posible, sin ahondar en lo que hará definitivamente perdurable un documento fotográfico: el lenguaje que utiliza para expresar sus ideas. Por ese motivo, es muchísimo más probable que alguien haga un considerable esfuerzo económico en procurarse un equipo fotográfico de alta gama, que leer la fotografía desde lo esencial. Conocer su historia, recorrido, fundamentos. De analizar desde el origen sus implicaciones y su contenido. De trabajar por construir una estructura semiótica y referencial que pueda sostener no sólo la forma como se expresa sino la opinión concluyente que elabora a través de ideas personales.

Por ese motivo también, poca gente se hace preguntas sobre la fotografía. Pocas veces un fotógrafo se toma la molestia de preguntarse sobre el motivo, significado y tema recurrente de la fotografía. Poca gente elabora teorías sobre lo que crea, asume el hecho que la imagen es una elaborada confrontación de ideas entre la realidad, la visión que tenemos de ella y una sólida comprensión sobre lo que deseamos crear a través de la imagen. Una gran cámara fotográfica o nuestra habilidad técnica para manejarla no nos hará mejores fotógrafos. Sólo hará mucho más visible nuestro lenguaje.

La cámara es accesoria a pesar de lo primordial e imprescindible que pueda parecer. La cámara es una herramienta que hará tus errores o las virtudes del discurso que expresan sean más claro. Mayor tecnología sólo te permite decir lo que siempre has dicho en cualquier medio de manera más clara, de manera que si esa historia fotográfica y visual que acarreas junto con tu historia simbólica carece de asidero, la nueva tecnología no sólo lo hará más obvio sino que además, dejará en evidencia esa ausencia de significado y sustancia sobre lo que se dice y lo que se crea. Porque la fotografía como cualquier arte, necesita sostenerse sobre una idea que la contenga. Que la sostenga y la profundice. O la imagen sólo será el reflejo de un vacío conceptual lamentable.

Más allá del obturador: La fotografía como forma de arte.
Vilém Flusser fue quizás el primer investigador fotográfico en analizar la fotografía como subproducto social de su época, entorno y visión creadora. Para el escritor , la fotografía separa la época pre y post Histórica — la imagen directa y la imagen que se crea a través de la técnica — y construye una consistente visión de la fotografía como discurso y documento. Se trata de un texto ideal para todos los que conciben la fotografía no sólo como una comprensión de valor artístico, sino también como un manifiesto de ideas visuales esenciales que crean una noción profunda sobre la realidad.

Leer a Flusser es además, encontrar un tipo de reflexión sobre la fotografía que excede la opinión mecanicista más frecuente sobre el documento inmediato. Esa insistencia en asumir que el hecho visual comienza y termina en la cámara, en la inmediatez de la producción fotográfica y sobre todo, en el hecho que la imagen es algo más que el resultado de una serie de decisiones artísticas y conclusivas sobre lo que deseamos mostrar y expresar a través de un conjunto de imágenes.

Y es en los textos de Flusser — como en los Barthes y Sontag — que encontramos la justificación de la fotografía como pieza argumentativa, que es en realidad lo que es la imagen inmediata en su origen. Una pieza de arte destinada a la discusión, al debate, la incomodidad, pero sobre todo al análisis del reflejo de su entorno que pretende ser. Una fotografía es un documento que se crea a partir de las referencias que lo nutren, de la capacidad expresiva que contiene y sobre todo, lo que asume como elemento esencial del discurso que propone.

De manera que cada vez que un fotógrafo prima la cámara sobre el mensaje, el espacio virtual y cognoscitivo continúa menospreciandose en favor de la técnica. La fotografía es mucho más que un mecanismo de altísima eficiencia técnica. Es una creación formal que intuye la importancia de la capacidad creativa y narrativa de su autor en el momento de construir una hipótesis válida sobre lo que la fotografía puede ser. Más allá de eso, la fotografía jamás será inocente: es una comprensión ideal sobre lo que hacemos y comprendemos a través de la mirada esencial que supone la imagen que se elabora a través de una percepción sensorial e intelectual.

La imagen es una mezcla compleja de percepciones, una idea que crea y elabora un sistema de símbolos y metáforas personalísimas que sostienen la identidad visual. Una forma de expresión. Una obra de arte en pleno crecimiento. Algo que lamentablemente, olvidamos con enorme frecuencia.

domingo, 21 de agosto de 2016

Danza de estrellas y otras historias de brujería.






Cada Luna Llena es una celebración. Lo pienso, sentada en medio del circulo de velas, con los brazos levantados hacia el infinito tachonado de estrellas. El tiempo en mis dedos. La sonrisa secreta bailando en alguna parte de mi mente. Y el fuego, ese fuego perenne y poderoso del tiempo que avanza para recordarme mi identidad, que se hace cada vez más fuerte. Que se hace poderoso en la belleza, en la capacidad para transformarse en algo más complejo y esencial. Porque en la bruja en mi espíritu es más fuerte que nunca. Más simbólica y poderosa. Un rostro entre mil rostros. Una mirada potente y primitiva sobre mi espíritu y mi propia identidad


- Bruja.
- Así es.
- ¿Cómo la de los cuentos?
- Como las de mi casa.

El salón al completo me escucha el silencio. Alguien suelta una risita, hay un ligero carraspeo. Yo continuo de pie, con la blusa un poco arrugada, la falda del Uniforme sucia de barro y el cabello despeinado. Desde luego, no tengo el aspecto de una bruja, de esa criatura fabulosa y melancólica que la maestra de Castellano acaba de describir. Sólo soy yo, de diez años, con las rodillas salpicadas de raspones, las uñas sucias y la cara pálida llena de pecas.

No sé porque me empeño en decir esas cosas en voz alta, piensa una parte de mi, sin duda la más sensata y discreta. Debería quedarme callada, mentir, quizás. No tengo que responder todas las preguntas ¿Verdad? no tengo que decir la palabra que parece asustar tanto a las niñas de mi edad y hacer que los adultos sonrían con esa...¿Suficiencia? ¿Comiseración? no sé aún cual es la palabra correcta. La sabré muchos años después: Incredulidad. Y probablemente burla. Pero la niña de diez años que soy, no le importan esas cosas.

Porque esa niña, piensa en que la palabra sólo describe cosas buenas. A la abuela que rie a carcajadas, con el cabello cobrizo y los ojos color miel. A las tardes aterciopeladas con olor a galletas de avena. A la tia oronda y simpática, que le trenza el cabello mientras ambas cantan viejas canciones a la Luna. A la prima hermosa, con el cabello largo y oscuro como el suyo. Incluso a su madre, que aunque no le gusta tanto esa palabra como al resto de las mujeres de su familia, también sonríe al pronunciarla. De manera que ¿Por qué no decirla? ¿Por qué murmurar en voz baja, con verguenza? ¿Por qué fingir que no existe, cuando creo que es la palabra más bella del mundo? Porque ser una bruja es un Privilegio. Es ser una hija de la Tierra, el sol y las estrellas. Es atesorar sabiduría de las plantas, es escuchar al viento cantar. ¿Por qué ocultar, entonces, quién soy?


La luz de las velas parece flotar a mi alrededor, plácida y diminuta. Y siento el poder del viento y de la Tierra arrasar todo temor, todo desconcierto. Y soy yo: la mujer que cree en el espíritu salvaje del fuego, en la radiante belleza del mar que fluye en su mente. Soy yo, la mujer que se llama así misma bruja. La mujer que danza y mira al cielo infinito que brilla su alrededor como un sueño inolvidable. 

- Bruja.
- ¿Lo dices en serio?
- Completamente en serio.
- No me lo esperaba de ti.

Me encuentro en la Universidad. Una adolescente libre y asombrada por el mundo nuevo que se abre ante ella. Una adolescente delgaducha, de mirada ardiente y cabello despeinado que comienza a comprender el valor de lo que aprende, de toda esa nueva experiencia que comienza a vivir. Mi amigo más querido por entonces, se sobresalta con la palabra, aprieta los labios se encoge de hombros.

Sé lo que piensa. Para él las cosas son simples: Las brujas simboliza una mitología perdida, vieja y arcaica. O quizás nada. La bruja sólo es una mujer de espalda retorcida y piel verde, en un libro de cuentos, con las mejillas arrugadas y los ojos duras. Bruja para él es una mujer ignorante, que corre por los bosques, aullando y gritando. En el mejor de los casos, bruja para él, es una mujer enloquecida, que se tira de los cabello, que se debate con la mirada extraviada. ¿Donde encajo yo en esa imagen? ¿Donde encaja la chica que discute y debate ideas? ¿La lectora voraz con quien comparte el gusto por los clásicos rusos? ¿Por qué me empeño en llamarme de esa manera, como si afeara mi capacidad para creer y confiar? Cuando me suelta de la mano, miro nuestros dedos sobre la hierba verde y fresca del campus de la Universidad. No lo entiende aún ni lo entenderá.

Y danzo, desnuda bajo la Luna Llena. Riendo y llorando bajo este silencio fragmentado y lleno de recuerdos. Danzo en esta oscuridad púrpura tachonada de secretos. Y Soy yo, la mujer salvaje, la poder poderosa. La sabia, la curandera. Mil veces viva y renacida. Hija del círculo de fuego. Hija de los enigmas y del sueño que se crea a sí mismo. Hija de mil secretos. Hija del bosque secreto que habita en mi mente. Del tiempo que nace y muere, sólo para volver a renacer. 

- Bruja.
- ¡Baja la voz! ¿No te avergüenza decir eso en voz alta?
- ¿Por qué podría hacerlo?
- Ya sabes lo que podrían pensar sobre tu familia e incluso, sobre ti.


Lo sé, por supuesto. Mi amiga Flor no tiene que explicarme, que en Venezuela, ese crisol ecléctico de religiones y creencias, la palabra brujería parece abarcar toda una serie de visiones de la superstición, lo atemorizante  e incluso lo directamente desconcertante. Porque bruja se le llama al Santero, al Palero, al que fuma tabaco oloroso frente a pequeñas tiendas abarrotadas de botellitas de cristal. Y también se le llama así a la mujer que grita, a la discutidora, a la difícil. Porque bruja es el epíteto, el insulto, el estigma pequeño. Bruja es la insoportable, la gruñona, la insolente. Bruja es la anciana desgreñada, esa que vive en la imaginación popular. Pero Flor no entiende aún los dos rostros de esa visión de una misma cosa: eso a pesar que visita mi casa desde que era niña y ahora que somos adultas, lo hace incluso con mayor frecuencia. No lo entiende a pesar que quiere y respeta a mi abuela, de se asombra con los ojos muy abiertos por los Libros de las Sombras, por los pequeños altares repletos de piedras y flores. Aún así, la historia pesa mucho, pesa tanto. La bruja continúa atemorizando.

La noche se hace única, un recuerdo entre tantos. Con los brazos abiertos recibo la bendición del Infinito. Y soy, esta mujer entre secretos, la rama más joven de un árbol muy viejo. La mirada asombrada, la esperanza entre mis dedos. Y bailo, para recordar mi nombre, el hilo que me vincula a una tradición antigua, extraordinaria. La mirada de la Diosa en mi mente. Hija del Tiempo que no tiene nombre. De los bosques misteriosos de la memoria. 

- Bruja.
- ¿De verdad?
- Así es.
- ¿Sobreviviente?
- Creyente.

Sonrío, frente al grupo de oyentes. Los que aceptaron la invitación de escucharme. Los que quieren saber. pronuncio la palabra, frente a sus ojos asombrados, mostrándole mis libros de las sombras, las plumas que decoran cada hoja, las cartas del tarot que yo misma confeccioné. La pronuncio levantando la daga que heredé y mi pentáculo. ¿Quieres eres? me pregunto, radiante y fresca. ¿Quién eres? me cuestiono, mientras respondo sus preguntas, mientras le hablo de mi historia. ¿Quien eres para soñar y creer? ¿Quién eres para desear y construir? ¿Quienes eres para esperar el futuro que se crea y se construye entre mis manos? ¿Quienes para soñar y aspirar? ¿Quien eres para conservar la esperanza? ¿Quien eres para crecer con humildad, como el tallo del árbol verde y joven que brota de la tierra fértil?

- Soy una bruja - repito - y todas las mujeres de mi familia, también lo son.


En el jardin tibio y resplandeciente, las escucho reir y cantar. A las brujas de mi memoria. Juntas, bajo la luz de la luna, celebramos ese raro privilegio de recibir como herencia un nombre, una creencia, una tradición. Y bailamos juntas, las manos entrelazadas, el rostro vuelto hacia el infinito. Una plegaria de sonrisas, una profunda visión de la fe.

Así sea.

sábado, 20 de agosto de 2016

La danza del fuego secreto y otras historias de brujería.




Mi abuela sonríe. En mi mente, tiene el mismo aspecto tendrá para siempre en mi imaginación: el cabello largo y cobrizo trenzado sobre el hombro, los ojos brillantes de entusiasmo. Las mejillas coloreadas por el buen humor. Se inclina, me toma de las manos, las aprieta en un gesto cálido y cómplice.

- Entonces ¿Qué es eso que quieres decirme?
- Quiero ser lo que tu eres.
- Ya lo eres.
- ¿Por qué?
- De alguna forma toda mujer lo es.

Una vez leí que hay momentos que jamás olvidamos, por mucho tiempo que transcurra o lo desdibujados que parezcan en nuestra memoria. Que avanzamos, a traspiés y con torpeza a través del páramo de la memoria, llevando pequeños tesoros de imágenes y escenas. Mi abuela les llamaba "fragmentos de sol". Una forma de magia tan pequeña como delicada. Quizás ese recuerdo antiguo, medio desdibujado de la primera vez que me llamé a mi misma "Bruja" sea uno de esos destinados a permanecer para siempre en mi memoria, flotando a la deriva entre cientos de otros. A veces, casi invisible. En otras ocasiones, tan claro y vívido que me sorprende su belleza. Frágil, intocado. Como si no pudiera marchitarse a causa del tiempo.

- ¡Pues yo quiero ser bruja! ¿Podré serlo - digo.
- Ya te lo he dicho: Naciste bruja. Por tradición, por osadía, por inocencia. Toda mujer tiene un espíritu de fuego que desea remontar vuelo. Que quiere encontrar un lugar donde arder a placer. Toda mujer lleva una bruja en alguna parte de su espíritu. Una mujer sabia, una curandera del bosque, una furiosa Dama de cabellos llameantes. Toda mujer busca conocimientos. Toda mujer crea, encuentra un motivo para crear y continuar. Toda mujer avanza hacia su bosque personal.

Una bruja, pienso alborozada. Con ocho años, no quería otra cosa. Lo había deseado desde el primer día en que mi abuela me había dicho que lo era. Desde las primeras semanas en que viví en su rara casa de jardines antipáticos, bibliotecas desordenadas y escobas colgadas en la pared. Nunca había deseado nada con tanta fuerza y amor. Nunca nada me había parecido tan lejano, también.

- ¡Pero soy muy chiquita! - me quejo - ¿De verdad puedo ser todas esas cosas?

Mi abuela siempre respondía mis preguntas y lo hacía como si me tratara de una mujer adulta, en lugar de la niña que era, un hábito que me sorprendía y me desconcertaba a la vez. La mayoría de las veces no comprendía lo que me decía, pero de alguna forma, el conocimiento encontraba una manera de encajar en mi mente, como piecitas de un complejo rompecabezas que me llevaría años completar. En esa ocasión, tampoco entendí demasiado de lo que me hablaba, pero si lo suficiente como para saber que una bruja era una mujer formidable. Una aventurera rebelde y poderosa. Justo lo que yo quería ser.

- ¿Y cuanto tiempo me llevará eso? - Abro los brazos y doy vueltas por la habitación, volando en mi imaginación sobre llanuras imposibles - ¿Cuánto tiempo me llevará ser así de sabía?

Abuela - la sabia, la bruja - ladea la cabeza y me dedica una larga mirada brillante. Hay algo en su expresión que era pura serenidad, una ternura cálida que me llevaría años comprender un poco. ¿Se veía así misma en la niña que reía y saltaba de un lado a otro de la habitación,  la rama más joven de un árbol muy viejo? No lo sé y nunca se lo pregunté. Pero a veces, tengo la sensación que mirándome allí, tan pequeña y regocijada con el deseo de ser bruja, contemplaba el futuro. El suyo, el nuestro. El de las creencias de nuestra familia.

- Toda la vida - responde entonces - toda la vida te llevará que la bruja en tu mente cante alto y fuerte, que levante los brazos hacia el sol y las estrellas en una invocación sincera. Esa búsqueda de conocimiento eterno, firme y decidido. Esa voluntad imperecedera. Ese fuego en tus venas. Que te quema y te consume. Esa furiosa necesidad de crear y continuar. La bruja en ti siempre tendrá algo que enseñarte y mostrarte. No hay un principio o un final en un camino tan extraordinario.

Me quedo de pie, sin saber que responder a eso.  Escucho el viento golpear las ventanas abiertas, subir por las escaleras de la casa para llegar a la habitación donde me encontraba y rodearme, fragante y fresco. Misterioso y lleno de recuerdos ajenos. Parpadeo, como si de pronto recordara una imagen muy vieja, que vuelve a perderse en mi mente en medio del olor brillante de aquel día de septiembre.

- ¿Tanto? - pregunto un poco abrumada.
- Tanto - dice mi abuela.


El viento de nuevo. Ondula, se eleva. Se hace un crisol de sonidos y sensaciones. La casa despierta bajo su mano. Abuela sonríe, se levanta con un movimiento ágil y firme. El cabello cobrizo brilla bajo el sol.

- Y si es tanto, mejor empezamos ahora - dijo. Me extiende la mano. La tomo y siento la calidez de su piel, los callos que le produjeron en la palma años de trabajo. Eso me hace sonreír de puro amor y reconocimiento - ¿Vamos?

El viento sonríe cuando yo lo hago. Lo siento en mi piel. Aprieto los dedos de mi abuela con fuerza.

- Vamos.

***

Cuando tenía doce años, me puse de pie en medio de todas mis compañeras de clase de por entonces y dije la frase que mi mamá me había prohibido decir:

-  Creo en la brujería. Soy bruja.

Nadie respondió. Hubo un silencio tenso. Algunas risitas. La profesora de Ciencias Sociales me dedicó una mirada confusa.

- Te pregunté en qué crees, no...en esas supercherías - me dedicó una sonrisa helada de suficiencia.

Más risitas. Dos de las chicas de la primera fila comenzaron a murmurar, cabeza con cabeza. Otra, me miraba con franca desconfianza. Imaginé que veía: una muchacha flaca y desgarbada, con el cabello desordenado, el rostro pálido y pecoso. Y dice que es bruja. ¿Que le ocurre? Se ve tan torpe, con su uniforme medio arrugado, las rodillas llena de raspones,  los ojos grandes y preocupados. La incomodidad me cerró la garganta. Pensé sino sería mejor callarme, responder cualquier cosa y volver a sentarme en el pupitre. A ese anonimato de la chica rara, de la que las populares, las que se ríen y conversan de fiestas y muchachos no miran. Pero no lo hice. Apreté los puños. Me erguí.

- Entendí la pregunta. Le estoy diciendo en qué creo y quién soy - mi voz sonó atronadora de pronto. Casi desconocida. Un tono petulante, malcriado. No me importó. Me pasé un mechón de cabello detrás de la oreja y seguí mirando a la profesora directamente a los ojos - creo en la brujería, porque soy bruja.

Esta vez no hubo risitas. Tampoco cuchicheos. Estaba claro que ese tono de voz desconocido mio, mi actitud, había provocado una ruptura en orden sutil que existe en los salones de clases. La profesora también lo notó: pálida y con una expresión tensa, me hizo una seña para que me acercara al escritorio.

- Te me vas a la dirección y allí te quedas hasta que aprendas a respetar.
- Entonces usted también debería venir conmigo.

Un escalofrío me recorrió. No había gritado, por supuesto. Las palabras se me escaparon de la boca como si tuvieran vida propia. Incontenibles, abriéndose camino hacía ese extraño momento con tanto ímpetu que no pude detenerlas. Me escuché a mi misma como si se tratara de alguien más, de alguien con una voz estertórea, extrañamente calmada, que no podía ser yo.   Nunca sabré porque respondí eso. No tenía la intención de hacerlo, ni tampoco, era mi costumbre responder - todavía no - a las impertinencias de los demás. Me asusté de mi osadía. De hecho, mi temor pareció contagiarse a mi alrededor. Volvieron los cuchicheos. Esta vez había algo alarmante en ellos. La profesora me miró, tomada por sorpresa y en ese minuto de silencio, donde ambas nos miramos, comprendí algo profundo que recordaría toda la vida: El poder de la palabra, el poder de aceptar quien eres, el poder de levantar la cabeza y sonreír. Y pensé que cualquier cosa que pasara después, valdría la pena por eso. Tendría sentido por aquella sensación de triunfo, por poder seguir de pie y sentir que había importancia - valor - en mi manera de ver el mundo.

Me pasé el día en la dirección por supuesto. De hecho, la profesora se negó a darme clases de nuevo otra vez y me cambiaron de salón a otro, donde ya conocían mi proeza y me recibieron con miradas de asombro y curiosidad. El primer día en que me senté en uno de los pupitres del fondo, con los brazos cargados de mis libros favoritos, despeinada y un poco aburrida por el ajetreo, una niña de enormes ojos azules, se sentó a mi lado.

- ¿Eres bruja? - lo dijo sin malicia.
- Sí - respondí con igual sinceridad.
- ¿Y como es serlo?
- Lo eres, simplemente.

Sonrió. Y yo también. Y me convencí del poder irrevocable de crear, crear y simplemente confiar.

***


Suele ocurrir que cuando digo "soy bruja" el interlocutor de turno, me mira de estas dos  maneras: O con cierta incredulidad compasiva - y que viene a significar: esta loca - o con manifiesta hostilidad - o lo que es mismo: que ignorante -. O en los casos más amables, simplemente hace como no escuchó y continuamos conversando como si tal cosa, como si no hubiese mencionado el tema o lo que es más probable, que no le importa en absoluto. Un silencio que abarca el mundo, que se hace más profundo y complicado a medida que avanza hacia ideas más complejas.

Porque es indudable, que hablar de brujería, creencias, fe, paganismo en el mundo actual es un terreno delicado. Es algo que la mayoría de las veces provoca malentendidos, cuando no franca incomodidad. Me he enfrentado a eso desde que era una niña y llevaba al colegio un pentáculo al cuello en lugar de un crucifijo o cuando proclamé en Noveno año de Secundaria que "Dios era mujer y lo había sido por mucho tiempo". Recuerdo que la religiosa que impartía las clases de teología me dedicó una mirada hosca, durísima y esa fue unas  de las cosas que más me dolió de la escena: que una mujer me dedicara esa desconfiara por el mero hecho de celebrar la divinidad, la mía y la suya, como parte de mi vida. Porque me eduqué creyendo firmemente en el poder de la Luna y celebrando los Solsticios con una sensación tan radiante que a veces me lleva esfuerzos explicarla. Porque crecí convencida no sólo que la Divinidad es creacionista, sino que todos formamos parte de ella, como un gran organismo hermoso y palpitante de vida que es parte de cada uno de nosotros. Crecí, mirando las estrellas para soñar, y caminando descalza sobre Tierra sintiéndola Mi Madre. Y que te digan que todo eso está mal, que estás equivocada, que es "pecado" es doloroso. En ocasiones humillante. Siempre triste.

De manera que crecer, llamándome bruja y que esa palabra te define no es sencillo. Pero si muy hermoso. O al menos lo fue para mí. Porque soy bruja de las herencia, de las que su abuela enseñó las propiedades de la herbología, de las que revisas su cartera y vas a encontrar un mazo de cartas de Tarot, y probablemente una bolsita de piedras y cristales. Soy la que aun lleva al cuello un pentáculo de plata donde puedes leer "Soy el misterio de las estrellas y el dulce canto de la Tierra".  Soy la que escribe - sí, a mano - un libro de las Sombras, que no es más que una pequeña colección de anécdotas, pequeñas costumbres y esa sensación de profundo amor que me hacen sentir mis creencias. Es una experiencia curiosa, dura y extraña, llamarte a ti misma por una palabra que tiene tantas connotaciones y la mayoría de ellas, ofensivas. Pero lo hago porque en mi mente, ser bruja es comprender una herencia femenina tan vieja como poderosa y además, construir mi futuro a base de esa forma de crear tan antigua como personal: la fe.

***

La bruja, la mujer. ¿Quien soy?. Lo pienso mientras me siento frente a un corrillo de desconocidos que me dedican miradas atentas. Un grupo a quién hablo sobre brujería, que desean escucharme hablar sobre las viejas tradiciones de mi familia.  Sonrio, nerviosa y erguida para contar mi historia en una línea: "Soy bruja", digo en voz alta. Soy una hija de la Diosa. Qué miedo tengo al hacerlo, como lo sentí siendo una niña la primera vez  y que liberador fue abrir la puerta de los secretos, de las palabras, de mi historia privada para compartir mi manera de ver el mundo. Que extraordinario es sentir que puedo hablarles a todos quienes me escuchaban de esa herencia compartida de construir el mundo a través de lo que creemos y podemos aspirar, de la espiritualidad más allá del dogma, del mundo de los que somos soñadores, de los que sabemos el poder de la osadía, la convicción y el poder de creer. Porque siento que podemos comunicarnos, más allá de las diferencias, que hay un hilo invisible que une a cada uno de nosotros, que podemos comprendernos, como parte de esta gran historia que todos compartimos.

Y es que quizás la gran enseñanza de la brujería, es que la tradición esta formada por personas, por sueños, por esperanzas y deseos. Y evoluciona a través de ellos. La brujería pertenece a la mujer que mira la Luna y la reconoce como símbolo, aún sin llamarse bruja. Del hombre que abraza a sus hijos e invoca algo superior a si mismo para protegerlos. Sin nombre ni identidad.  La brujería pertenece al que hace magia con cada palabra, al que levanta la cámara para captar una escena perdurable, el que sostiene un libro para soñar. La magia pertenece al que conoce el poder de la experiencia y los recuerdos. En ocasiones, imagino a las brujas del pasado, a las que nada sabían de nombres ni de filosofías, sentadas tomadas de la mano en la oscuridad. La luna en lo alto, y sus voces cantando en cualquier idioma, riendo, compartiendo pan y vino. Porque todas las historias comienzan de la sencillez, nace de esa natural inspiración que todos sentimos hacia lo divino.

A esta pequeña conversación,  traje mi Libro de las sombras: ¡Que extraño es verlo allí, abierto, contando sus secretos a todo el que quisiera escucharlo! Y eso me parece extraordinario: Las sonrisas de quienes leen los viejos rituales, la mirada de curiosidad de quienes descubren la brujería a través de él. También traje mi caldero y conté su historia: la vieja herencia del humilde caldero de hierro, ahora allí, a la vista de un grupo expectante, asombrado. Levanto mi Daga y ya no en privado, sino para abrir un circulo donde todos teníamos un lugar. E invoco, a la Diosa, en una habitación que quizás nunca había escuchado su nombre pero que ahora, forma parte de esa gran manifestación de fe.

Porque lo Divino, lo Sagrado y lo que consideramos hermoso, es parte de lo que vivimos a diario y eso lo han sabido siempre las brujas. La fe no se señala con el dedo, la Divinidad no existe para castigar o premiar. Miramos al Infinito en busca de respuestas claro, pero no hacia el que está más allá de nosotros, sino el que crea nuestras ideas. Ese paisaje interminable de nuestra mente y nuestro espíritu, de nuestras preguntas. Una bruja sabe que el poder es la capacidad de asumir la responsabilidad por lo que haces, por lo que crees y aspiras. Una bruja es Hija de la Luna, de la Historia y de lo creativo. Una bruja es poderosa en la medida que rie a carcajadas, grita de furia, escribe por amor. Una bruja conoce el poder de confiar en su propia visión del mundo, en su poder para pensar en si misma como parte de la historia que vive, que aspira que es parte de su futuro. Una bruja conoce el poder de la esperanza y también, el del sueño creador.

Y toda eso, lo encontré en el circulo que se abre para celebrar las diferencias y el poder de mirar al otro sin reservas. Una sensación poderosa, la de compartir el pequeño secreto de mirar el mundo a través de la esperanza, de asumir el poder de mirar la creencia como una manera de construir respuestas.  Inolvidable, la manera como ese público amable, quiso comprender el mundo desde otra perspectiva. La mujer hermosa que llevó el sombrero puntiagudo de bruja de cuentos para escucharme. Mi amigo de tantos años sonriendo al escucharme contar mi historia, nueva para él. Y sobre todo, levantar las manos en silencio y decir en voz altas las viejas invocaciones, para unir a los que no las conocen, a quienes las sueñan, a quienes se hacen preguntas y quienes como yo, están convencidos que el mundo es un crisol de visiones y opiniones, de pensamientos e ideas, creando algo más grande que todos, mucho más amplio que la fe, las visiones de la divinidad, incluso nuestra individualidad. Un sueño compartido, una manera de crear.

El circulo está abierto. Un sueño compartido bajo el brillo de la luna, un símbolo de fe.


***

Por supuesto, no siempre pensé de esa manera. Como cualquier persona, tuve momentos de absoluta desesperación y sobre todo de angustia existencial. Durante mi adolescencia, intenté por todos los medios olvidar esa parte de mi misma tan poderosa como íntima. Lo intenté con total convicción: recuerdo que fue una etapa de incredulidad, de cuestionarlo todo, de gritar y rebelarme. Y no solo contra la manera de ver el mundo de mi familia, sino además, contra mi misma. Porque contra lo que me debatía era sin duda la sensación de ser distinta en un mundo de iguales, y el dolor, tan privado que eso implica. Recuerdo la vergüenza que sentí cuando una buena amiga de por entonces se rió por mi amor a mis cartas del Tarot, o el hecho que llevara hojitas de Laurel en el morral del colegio. No es fácil, enfrentarte a ese tipo de experiencias teniendo quince años, sintiéndote desesperadamente aislada, queriendo formar parte de algo que ni siquiera sabes que es. La soledad joven de necesitar comunicarte sin poder hacerlo. La tristeza de querer comprender el mundo sin lograrlo.

Pero esa etapa pasó y más pronto de lo que creí. No solo porque simplemente acepté que mi diferencia, cualquiera que fuera, era parte de mi manera de crear y construir mi propio mundo, sino además porque de pronto, esa necesidad de pertenecer dejó de tener sentido. Eran los tiempos Universitarios, agitados y excitantes y volver a mis raíces, al pensamiento original fue encontrarme de nuevo, mirarme en el espejo y sonreír, sentir la plenitud de creer en esa necesidad mía de elevarme por encima de mis propios temores y encontrar una razón para avanzar. De niña a mujer quizá.

De esos años de renacimiento, recuerdo una escena: mi primer ritual de la Luna a solas. Mi abuela había muerto hacía unos cuantos meses atrás y vivía sola en el apartamento que me heredó. Y me senté, en la oscuridad, desnuda, rodeada de pétalos de flores, mirando la llama de la única vela que encendí. Fue como conectarme, vertiginosamente, con el poder de mi propia mente, creciendo, sintiendo esa personal sonrisa interior de encontrar esa puerta en mi interior que había estado cerrada durante tanto tiempo. Lloré, a solas, invocando en voz baja, sintiéndome pequeña y torpe, pero feliz. Una nueva visión de mi vida, de las cosas, de mirar hacia dentro de mi misma y contemplar, cuánto había crecido el jardín de mi espíritu, en flor.


Han pasado unos cuantos años de eso. Y ya no es tan difícil sonreír cuando alguien me dedica una mirada entre extraña y confusa cuando me llamo bruja. De hecho, es más fácil que nunca, porque la mujer que soy, en la que me convertí, es la que siente el placer enorme de reencontrarme con mis propias palabras, de soñar con mi futuro en forma de creación y de sentir esa furiosa necesidad de creer y tener esperanza, que con tanta ingenuidad, yo solo llamo fe.

Una forma de mirar el mundo, el mio y el que me rodea, mi propia concepción de las cosas.

Así sea.

C' est la vie.

viernes, 19 de agosto de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Agosto: Japón. Banana Yoshimoto.




Que Murakami sea uno de los más reconocidos escritores japoneses de la actualidad, nadie lo duda. Que quizás pueda ganar un Nobel en el futuro — o al menos eso es al menos la insistente idea popular — tampoco. Lo que sorprende en realidad, es la influencia que el escritor sin quererlo ni esperarlo, está teniendo en la literatura de su país, marcada a fuego por gigantes de la talla de Mishima y Kawabata. Pero es justamente Murakami, con sus novelas anómalas, su tono fantástico y su dolor invisible a cuesta lo que de pronto, popularizó el estilo de contar historias del país Nipón.

Quizás se deba a su tremendo éxito internacional o al hecho que todas sus novelas, tienen una mirada lenta y profunda sobre el existencialismo, una expresión doble y residual sobre lo contemporáneo, a mitad de camino entre la tristeza y una melancolía en ocasiones poco comprensibles. Cual sea el motivo, Murakami tiene una corte de llamados “imitadores” — que en realidad sólo beben de su estilo — y que están creando un nuevo rostro para el mundo de palabras para el país asiático. Una de ellos — o quizás la más reconocible y trascendente — es Banana Yoshimoto, quince años y más joven y la más hábil de sus pupilos emocionales para adaptar la fórmula del romanticismo a frágil, los dolores a medio comprender, los ritos de iniciación y el amor a lo Murakami, que no es otro que esa mezcolanza entre lo dulce, lo primerizo y algo más doloroso parecido al desencanto. Yoshimoto no sólo cuenta las historias como Murakami, sino que además, las mira desde su perspectiva. Construye una elaborada comprensión desde el ahora y el mágico relativo que es mucho más consistente que cualquiera del resto de los escritores que siguen la estela del escritor Nipón más conocido de la actualidad. Y es que Yoshimoto, tímida, en ocasiones edulcorada pero siempre intrigante, crea un tipo de comprensión sobre las llanuras de las emociones humanas que conmueve tanto como su maestro emocional y que trasciende a la mera anécdota. En medio de una generación de escritores que se definió a través de Murakami y que sin duda, lleva a cuestas su peso, Yoshimoto supo encontrar una expresión personalísima en el arte de narrar un complejo mundo de la naturaleza humana.

Por supuesto, es indudable que Banana Yoshimoto se beneficia de la figura de Murakami, tanto como para que se diga con mucha frecuencia que su obra depende de esa mirada sobre lo absurdo y lo fantástico que identifica al autor. Pero además de eso Yoshimoto tiene una mirada literaria propia y la mayoría de las veces vanguardista: Sus relatos cortos tienen una especial calidad (como los maravillosos que componen el libro Sueño Profundo) y además, es notorio que Yoshimoto aún se encuentra en pleno crecimiento creativo. En un recorrido formal y estético en la busca de una identidad aún más profunda que crea a partir de su necesidad de contar el mundo a su manera. Algo que no deja de sorprender: porque se trata de un recorrido personal que la está llevando justo al extremo contrario de esa sombra débil de Murakami — como se le consideró por años — para encontrar una percepción mucho más potente sobre una prolífica escritora en ciernes.

Quizás por ese motivo Yoshimoto sea aún una escritora por definirse. Más de una vez, ha dicho que sorprende — y se avergüenza, aunque no explica el motivo — por el hecho que sus lectores le conozcan más por sus ensayos que por sus novelas, las que considera la piedra angular de su trabajo. Quizás su preocupación sea infundada: tanto sus relatos de ficción como sus cuidadosos ensayos tienen como punto en común, una precisión mecánica y esencial sobre el mundo y sus misterios, una mirada profunda sobre la existencia desde el dolor y la belleza. En su colección de ensayos “Un viaje llamado vida” en los cuales el movimiento — como abstracción y concepto — es el centro de una serie de reflexiones sobre la naturaleza humana, Yoshimoto analiza de manera sutil pero sobre todo, con enorme delicadeza, esa noción de la transmigración del espíritu. Lo hace además, en un lento ritmo de reflexión que resulta tan ambiguo como atrayente. Un pequeño prodigio de delicadeza que conmueve aunque en apariencia no sea la intención de la escritora. Con un pulso que asombra por su buen hacer, el ensayo avanza hacia un análisis sensible sobre esa noción frágil del hombre. Una novela que no se reconoce como tal pero que lo es, a pesar de todo. Incluso de sus debilidades.

La primera novela de Yoshimoto Kitchen (Tusquets) se publicó en 1987 y fue un éxito clamoroso: Una rara mezcla de tecnología, crisis personales y cocina como telón de fondo que sedujo al público por esa particular capacidad de Yoshimoto para construir escenas extraordinarias desde lo mínimo. La obra — que la escritora escribió cuando aún era estudiante — la catapultó a la fama de inmediato: en menos de un año era considerada una de las grandes promesas de la literatura japonesa, aunque ya por entonces se insistía en la deuda referencial y emocional de su obra a la de Murakami. Con todo, Yoshimoto supo lidiar no sólo con la comparación sino con sus implicaciones. Luchó contra la inercia editorial que la intentaba encasillar y logró llevar al cine la historia de Kitchen no una, sino dos veces. Una y otra vez, la escritora se enfrentó al estereotipo que no dudó en encajar a la fuerza su obra en una interpretación manida y referencial. Continuó escribiendo sus espléndidos ensayos y en paralelo insistió con la novela. También se dedicó al guión cinematográfico con Umi no futa y Shirakawa yofune (basados en las novelas del mismo nombre) e incluso, tuvo el atrevimiento de parodiar su propias novelas en más de una ocasión, en críticas anónimas en las que pareció burlarse de su romanticismo lento y la mayoría de las veces, ligeramente espectral. El esfuerzo le permitió encontrar una cierta identidad propia: Un lustro después de su éxito literario inicial, Yoshimoto había logrado encontrar un nicho particular, un punto de vista individual e inconfundible que la convirtieron en ícono de toda una generación de escritores.

Y es que Yoshimoto Banana encontró una forma de contar historias que sorprende por su conmovedora ternura, a pesar de la poca originalidad de la que suele acusarse a la mayoría de sus novelas. Sus historias tienen un aire cotidiano y corriente que puede resultar engañoso e incluso tedioso, si no fuera por la capacidad de la escritora para crear escenarios de sutil existencialismo urbano. No hay casual y mucho menos accidental en los delicados mundos de Yoshimoto, en su búsqueda consciente de cierta epifanía transgresora del bien y el de mal que nunca llega a construir del todo. Pero es esa imperfección, esa mirada en la periferia y en lo quebradizo, lo que brinda a sus obras una profundidad inusitada.

Porque Yoshimoto es una escritora que encuentra en la sutileza su mayor mensaje. Quizás por ese motivo, decidió utilizar el seudónimo “Banana”, en un juego de palabras que hace referencia inmediata la belleza andrógina de la flor del banano. La escritora busca no sólo construir un mensaje donde lo evidente oculte un mensaje más elaborado y complejo, sino que además lo logra con una convencida interpretación de la realidad a través de todo tipo de pequeños trucos de efectos. Nada es lo que parece en las deliciosas y cortas novelas de Yoshimoto: las escenas se suceden unas a otras para crear un ámbito casi irreal sobre lo cotidiano. En las novelas de Yoshimoto una puerta jamás será una puerta, como tampoco el amor será sólo amor. Y esa combinación de ideas donde la escritora encuentra no sólo su mayor fortaleza, sino esa identificación elemental del espíritu creativo que la hacen única.

En una de sus pocas entrevistas, la escritora comentó que “hoy en día el arte y el romanticismo han desaparecido del corazón de los japoneses”, y por eso, con frecuencia piensa en que debe escribir novelas “centradas en esa idea”. Toda una declaración de intenciones que sustenta esa mirada de la autora que parece abarcarlo todo. En cada una de sus obras, hay esa búsqueda inclemente y franca sobre los dolores y temores cotidianos, esa percepción del hombre como parte de su circunstancia y más allá de eso, como un reflejo del devenir — incesante e indetenible — de cada elemento que forma su identidad. Una especie de mecanismo en ocasiones fallido donde el amor — siempre el amor — lo es todo.

Pero Banana Yoshimoto es además de escritora, una mujer japonesa y es esa identidad indefinible también es parte esencial de lo que crea. En cada una de sus novelas, Japón es otro personaje. Descrito a medias, siempre entre las adyacencias de pequeñas escenas donde la personalidad cultural parece imprescindible para sostener el relato entero: “El clima ejerce una gran influencia en los seres humanos. En Japón, las casas se descomponen rápidamente. Hace mucho bochorno en los días de verano en los que apenas sopla la brisa. Por eso, la gente se irrita y se pone nerviosa. Sin embargo, mientras estuve en Egipto, el aire era tan seco que apenas sudaba y no me hacía falta cambiarme de ropa cada poco. Por lo tanto, recuerdo que mi estado de ánimo era claro, completamente definido, en blanco y negro, sin matices de gris, es decir, sin ambigüedad”.

Yoshimoto avanza con paciencia a través de un cotidiano lleno de sutilezas. Avanza a través de la pérdida de la fe una cultura que se contempla a sí misma desde cierta distancia. Avanza a través de cierto tedio cotidiano que describe esa tensa relación de amor — odio entre la comprensión de nuestra naturaleza — tardía, elemental y fragmentada — hacia algo más denso y doloroso. Y más allá de eso, Yoshimoto se encuentra así misma. Se analiza como parte integral del paisaje y crea algo nuevo a partir de lo conocido, de esa comprensión de la sustancia que sostienen sus historias. Porque Banana Yoshimoto es una experta en el arte de lo invisible y no pierde de vista el intrincado paisaje entre escenas: Sus personajes comen, bostezan, sonríen y miran al cielo con una inercia de lo corriente que en ocasiones desconcierta. Pero en medio de todo eso pasan de estados de extrema tensión a un toque humano extraordinario. Un momento álgido de pura humanidad que de pronto, cobra magia y sentido. Seres anónimos que de pronto, simbolizan una humanidad heroica y universal que conmueve.

Banana Yoshimoto suele decir que no le importa que olviden su cara y su nombre. Pero que desea ser recordada — la verdadera trascendencia — en el consuelo del dolor a través de la literatura. Como si de una frase fugitiva se tratase, espera que su manera de contar historias — y lo que en ellas puede encontrarse — sea su verdadero legado. Un alivio venial a la conciencia.