jueves, 19 de julio de 2018

Crónicas de la loca neurótica: Las cosas que todo ansioso quisiera que supieras (y no se atreve a decirte)





En una escena de la película “The Avengers” (Joss Whedon-2012), el doctor Bruce Banner — Mark Ruffalo — se vuelve para mirar al resto del equipo de superhéroes, justo antes de convertirse — en apariencia a voluntad — en la criatura enorme y de piel color verde llamada Hulk. A unos metros de distancia, el Capitán América — encarnado por el actor Chris Evans- le devuelve la mirada intrigado.

— Doctor Banner ¿Cual es su secreto para disgustarse tan pronto? — le pregunta , cuándo Banner encorva los hombros y se prepara para acometer la transformación. Banner sonríe casi con malicia mientras los hombros se le ensanchan y todo su cuerpo se deforma para transformarse en el peligroso alter ego del científico.

— Ese es mi secreto — confiesa — Siempre estoy disgustado.

Se podría decir que el buen doctor Banner y la pandilla de ansiosos del mundo compartimos el mismo secreto. Porque cuando alguien me pregunta cómo logro controlar mi natural nerviosismo y neurosis, no puedo evitar sonreír con tristeza. Porque la verdad es que siempre estoy ansiosa. De la mañana a la noche, siempre estoy al borde del desastre emocional. O al menos, creyendo que lo estoy.

Lo sé, suena melodramático. Nadie que no haya sufrido un cuadro de ansiedad aguda entiende realmente lo que significa la constante sensación de miedo que te abruma a toda hora. Y hablo de toda hora: desde que despiertas, preocupado por todo lo que tendrás que hacer — y probablemente no podrás llevar a cabo — , hasta que te vas a dormir obsesionado por ciento de imprecisas proyecciones sobre el dolor, la angustia, la desazón y el temor. No resulta un panorama sencillo de explicar y mucho menos de entender, pero es exactamente lo que sucede. De manera que como el doctor Banner — que siempre está muy cerca de convertirse en un monstruo peligroso e incontrolable — , el ansioso siempre está a punto de estallar. De avanzar hacia ese terreno impreciso donde las fobias y preocupaciones se entremezclan para crear un terreno minado que seguramente estallará la menor provocación.

Y no se trata que el ansioso no pueda — o quiera — controlarse o que algo — alguien — a su alrededor le provoque la insistente sensación que le acosa a cada minuto en que está despierto. La ansiedad es un padecimiento psiquiátrico que afecta la vida corriente de quien lo sufre. Incluso en las más mínimas cosas. De manera que el ansioso siempre se encontrará a medio camino entre intentar controlarse — sin lograrlo — o en pleno estallido y tratando de controlarse también. Por supuesto en medio de una situación tan caótica y sofocante, el ansioso debe aprender a vivir no sólo con las consecuencias de su trastorno sino también con las pequeñas cosas de la vida cotidiana que no deberían afectar a nadie …pero que en nuestro caso si lo hacen. No hay nada sencillo para un ansioso y de hecho, cada día significa un esfuerzo considerable en avanzar hacia cierta normalidad. En encontrar algún punto de equilibrio entre el temor — esa sensación desconcertante que te deja sin control de tu mente en mucha más ocasiones de las que deseas admitir — y la vida que deseas vivir. Una idea que no siempre logras conciliar pero que sin embargo, continúas intentando lograr siempre que puedes.

De manera que sí, la ansiedad para alguien que la sufre es un elemento constante a toda hora, todos los días y en cada momento de su vida. Y por ese motivo, pensé que la mejor forma de ilustrar cómo es la vida de alguien que padece cualquier trastorno relacionado al estrés, ansiedad y pánico, es describiendo situaciones aparentemente sencillas que para cualquiera de nosotros no lo son tanto. Pequeñas escenas cotidianas que parecieran ser simples fragmentos rutinarios que para cualquiera que soporta el miedo a toda hora, no lo son.

¿Y cuáles podrían ser esos pequeños momentos de misterioso y profundo sufrimiento para un ansioso? Quizás los siguientes:

El ansioso y las reuniones sociales:
Nos producen estrés y ansiedad en cualquier ámbito, situación y motivo. No importa si se trata de un mitin político o el cumpleaños de nuestra tía desdentada. Lo peor que puede ocurrirle a un ansioso es que no pueda evitar acudir a una reunión social y que además se vea en la obligación de socializar. Nunca habrá nada que provoque tanta ansiedad para un ansioso como departir, conversar o llevar a cabo el menor intercambio social con alguien que no conoce. Lo más probable es que es que un ansioso intentará cualquier cosa antes de verse en la incómoda situación de estrechar manos, sonreír y escuchar la conversación ajena. Y no se trata que no nos interese, sino que el estrés que supone convencernos que todo irá bien, que no meteremos la pata de alguna manera estrafalaria o que terminaremos convirtiendo la conversación en una larga sucesión de errores imperdonables es lo suficiente abrumador como para disfrutar de algo semejante. Así que cada vez que veas al chico o la chica de rostro pálido y manos apretadas en un puño nervioso en cualquier reunión social, ya sabes que es lo que probablemente le está ocurriendo.

El ansioso y las pequeñas escenas cotidianas como conversaciones en el elevador, transporte público y otras parecidas:
Hace unos días, me tropecé con uno de mis vecinos en el jardín del edificio donde vivo y el buen hombre, consumado conversador, intentó todas las tácticas conocidas para entablar una fluida conversación conmigo. Por supuesto, no lo logró. De hecho, lo único que consiguió fue hacerme sonreír con todos los dientes — una mueca terrorífica sin ninguna alegría — y ponerme lo suficientemente incómoda como para que al final de una larga media hora, él también se quedara callado. Transcurrió casi media hora más hasta que logré avanzar en mi maraña de pensamientos ansiosos para intentar explicarle que se trata de uno de los síntomas de mi ansiedad. Pero ya para entonces, el hombre parecía convencido me había ofendido de alguna manera misteriosa: se apresuró disculparse y correr al pasillo interior del edificio.

Creeme, no se trata de mala voluntad, pésima educación o un relapso Snob preocupante que evita que un ansioso pueda entablar una conversación cotidiana con algún conocido eventual. En realidad nos tomamos tan en serio cada conversación, que nos lleva una considerable cantidad de tiempo decidir que decir o que no, convencidos que a la menor equivocación nuestro amable interlocutor notará nuestra locura/nerviosismo/torpeza y en consecuencia, se aterrorizará, avergonzará o lo que es aún más temible, nos avergonzará. Tampoco resulta sencillo encontrar una manera sencilla de describir la abrumadora sensación de miedo — de eso se trata, sin más — que nos produce cualquier interacción social. Así que la próxima vez que ese sujeto extraño que te encuentras en el elevador comienza a tartamudear cuando lo saludas, ten un poco de paciencia.

El ansioso y las relaciones amorosas/amistad/profesionales:
Hará unos cuantos años, salí con un hombre que jamás respondía los mensajes de texto con una frase concreta, sino con todo tipo de pequeñas ambigüedades que terminaban provocándome una aguda ansiedad, aunque no fuera su intención y de hecho, se disculpara una vez que le expliqué cómo me hacía sentir la situación. Preguntas tan sencillas como “¿Qué película quieres ver?” o “¿A que hora nos encontramos?” se convertían en pequeños debates extravagantes por mi necesidad de analizar hasta la última frase, pausa y signo de puntuación que utilizaba en sus lacónicos mensajes. Los “Claro”, “Está bien”, “No hay problemas” se convertían en verdaderos suplicios semánticos que terminaban no sólo enfureciendome — aunque yo jamás admitiera que esa era la razón — y que provocaron más de alguna pelea disonante y absurda. En más de una ocasión intenté explicarle que ocurría — y lo hice lo mejor que pude — pero no se trata de una situación comprensible para alguien que no la atraviese y por último, nuestra relación terminó. Y aunque mi ansiedad sobre aquellas extrañas conversaciones virtuales no fue el único motivo para la ruptura, si tuvo la suficiente importancia como para que asumiera que era uno de los motivos por los que la relación dejó de funcionar.

Sí, sé que parece absurdo. Y también sé que no tiene mucho sentido la idea que alguien pueda acarrearle un sufrimiento semejante el hecho que no pueda entender el sentido exacto de una frase escrita. Pero no puedo negarlo: para un ansioso así suelen ser las cosas. Tenemos la tendencia sobredimensionar, analizar hasta el cansancio y enredar lo sencillo hasta que termina aplastandonos en una mezcla de impotencia y angustia. Las relaciones interpersonales para alguien que sufre de ansiedad suelen ser tan complicadas como dolorosas no sólo por lo mucho que nos importan sino por el hecho que justamente por la enorme importancia que tienen en nuestras vidas, nos interesa comprenderlas y lograr que funcionen. Se trata de una presión desigual, incómoda y muchas veces enloquecedora, que muy pocas veces provoca nuestra pareja, amigo o colega y por tanto, jamás llega a comprenderla del todo.

El ansioso y la opinión ajena:
En el grupo de ayuda para ansiosos en el que participo hay una chica que asegura tener pesadillas con la opinión de quienes la rodean. Y no sólo se refiere a chismes, cotilleos y comentarios mal intencionados — que también le provocan sueños inquietos — sino justo eso: la opinión ajena su vida, su aspecto físico e incluso, cosas tan corrientes como los perspectiva de los demás sobre si misma. Con frecuencia, nos cuenta que sueña con que se encuentra en una sala vacía donde una multitud la señala con el dedo y se ríe de cada cosa que dice, hace o piensa. Que la persiguen de un lado a otro, cada vez más cerca. Empujándola, riendo a gritos y que por último extienden la mano para apretarla contra la pared, golpearla, arañarle la cara.

— A veces creo que moriré de miedo — nos dijo hace poco, con rostro compungido — que toda esa multitud de críticas terminarán asustandome tanto que sufriré un infarto o algo semejante. Y es que no puedo soportarlo. Realmente no puedo hacerlo.

Quizás en cualquier otro lugar, una confesión semejante hubiese hecho reir a una concurrencia escéptica. Pero entre nosotros, sólo hubo cabezazos y asentimientos de comprensión. Porque para un ansioso, la opinión de quienes le rodean es importantísima. Aunque no lo crea, lo parezca o incluso lo admita en voz alta. Se trata de enfrentar no sólo la mirada del otro sino admitir lo mucho que nos preocupa y nos duele complacer expectativas ajenas, como si se tratara de una desagradable lucha contra nuestra intimidad y la forma como el resto del mundo nos mira.

¿Suena exagerado? Por supuesto que lo es. Y justamente allí radica el problema: la percepción sobre el miedo, la tensión social y la ansiedad general de un ansioso es muy distinta a la de cualquier otra persona que no sufre un trastorno parecido. Se trata de una carrera de obstáculos contra ti mismo, contra lo que piensas y sobre todo cómo te percibe. Una competencia desigual contra el temor.

El ansioso y las enfermedades:
Mis amigos ya me conocen y se toman el asunto a risa: en cada ocasión que tengo un síntoma físico inexplicable — por pequeño que sea — lo siguiente que ocurre es que me encuentro en medio de un debate mental sobre mi posible muerte. Ya sea gracias a Google — Paraíso del Hipocondríaco — o por el hecho que no podemos controlar el espiral de pensamientos funestos que nos abruman ante situaciones semejantes, estar enfermo es de las peores cosas que puede ocurrirle a un ansioso. Con toda seguridad, no sólo perderá de inmediato la capacidad para discernir entre lo que está imaginando ocurre y lo que realmente ocurre sino que además, se encontrará inmerso en un mar de suposiciones e incertidumbres funestas que lo sumieran en el miedo más profundo. Para un ansioso estar enfermo no es sólo significa perder la salud sino también, su limitada capacidad para contener y manejar la pulsión incesante del medio que debe soportar a toda hora.

Una lista corta sin duda. Podría seguir escribiendo por horas para describir cada situación normal que para un ansioso resulta potencialmente enloquecedora. Pero creo que esta pequeña lista resume no sólo lo que la ansiedad puede ser — y en que te convierte — sino que además, brinda una perspectiva bastante clara de cómo es en realidad soportar un trastorno que convierte a tu mente en tu peor enemigo. Después de todo, todos somos un poco ese alter ego monstruoso y violento que nos domina cada cierto tiempo y como bien lo sabe el Doctor Bruce Banner, en ocasiones es tan incontrolable como inevitable. Parte de nuestro mapa mental.

miércoles, 18 de julio de 2018

Crónicas de la ciudadana preocupada: la voz invisible de la ideologización.




El lunes, desperté con la noticia que el presidente Nicolás Maduro había anunciado durante el acto de graduación de policías en la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES) que “insistiría en la eliminación” de licenciaturas universitarias relacionadas con las humanidades como Letras, idiomas modernos, estudios internacionales. Maduro consideró que “no pueden haber universidades con carreras graduando miles y miles de profesionales en carreras que no tienen nada que ver con el desarrollo del país”. Leí la noticia con un escalofrío de miedo, no sólo por ser egresada de una de las carreras mencionadas sino además, por las implicaciones directas que tiene el hecho que el Gobierno haya decidido atestar un golpe — a corto y mediano plazo — al pensamiento crítico y también, a la formación intelectual integral de la siguiente generación de Venezolanos.

Por supuesto, no se trata de algo que me sorprenda, luego de la rápida radicalización de la llamada “revolución chavista” durante los últimos tres años y sobre todo, a partir de las manifestaciones callejeras del año anterior. Aún así, me sorprende que la intención del gobierno por imponer un sistema educativo y Universitario a la medida de su ambición ideológica, sea tan claro, tan elocuente, tan imparable. Maduro aseguró que insistirá en que “todas las universidades tienen que estar conectadas con el plan de la patria 2025”, lo que equivale a decir que tendrán que encontrarse al servicio de un plan ideológico específico y además, plegarse a los requisitos de una percepción sobre el estado discriminatoria y sectaria.

— Era inevitable que algo semejante ocurriera — me comenta P., socióloga y que desde hace más de tres años sigue con ojo crítico los cambios al pensum estudiantil implementado por el gobierno — Para el gobierno, las Universidades son un bastión de resistencia que no han podido controlar a pesar de sus intentos. No ha podido mermar su representatividad ni tampoco, controlar sus opiniones o formas de protesta. Lo que quiere decir que el camino más evidente es crear una percepción de la Universidad como un instrumento que debe utilizarse “por el bien común”

Claro está, no es la primera vez que ocurre algo semejante: hace unos años, la llamada “Colección Bicentenaria” de textos escolares fue motivo de discusión en redes Sociales debido a la evidente y tendenciosa manipulación de la historia que lleva a cabo el Gobierno a través de sus páginas. El gobierno no sólo procuró elaborar solo una nueva visión de la historia — re interpretada y revisada a conveniencia — sino además, que construyó un nuevo escenario histórico donde la ideología es el punto de unión en la opinión futura. Con un escalofrío, recuerdo las ilustraciones donde la figura del Difunto Presidente Hugo Chávez aparece como parte conclusiva de la historia que se cuenta, que formará parte de la futura visión del país y siento temor. No solo por las implicaciones de lo que puede significar una intrusión semejante en medio de la educación básica, sino además el simbolismo de crear una opinión política desde la niñez. El país de pronto, el posible, el que se debate en aulas, el que se sueña en figuras y escenas, se desdibuja, carece de sentido, se desmorona. Se hace una única conclusión cultural.

- Es una técnica habitual en todo sistema político que se base en una transformación ideológica. Educas para fomentar el agradecimiento al poder, para instruir al futuro ciudadano en las ideas que beneficien la autopreservación del poder — Me dice P. cuando le menciono el tema — se trata de un proyecto de inducción educativa que incluye no solo a la educación, sino a la visión del país que se elabora a partir de una visión social.

P. suspira con una evidente preocupación. Nos encontramos en su oficina en la Universidad privada en la que aún imparte clases, aterrorizada por las posibles consecuencias de la última y más agresiva tentativa del gobierno por controlar el pensamiento colectivo. Mi amiga me mira con pesar y luego se levanta para tomar uno de los libros ordenados en su biblioteca desordenada. Se trata de un ejemplar de la ya célebre colección bicentenaria. Lo abre en cualquier hoja y me lo extiende: Chávez, caricaturizado y llevando la reconocible banda que lo distingue como presidente, sostiene en brazos a una niña que lee muy atenta bajo la sombra de un árbol. La imagen resulta grotesca, inquietante. Hugo Chávez parece incluido a la fuerza en ese paisaje de las primeras letras infantiles, en la recién nacida visión del mundo del niño que sostendrá el libro.

- Y esto es solo un ejemplo de lo que se lleva a cabo — comenta — carteleras, actos de colegio alusivas al gobierno y su desempeño. Textos escolares donde se exalta la obra partidista. El Himno escolar cantado por la voz de Hugo Chávez. El Gobierno intenta englobar la idea política con la noción de país. Crear un todo indivisible que convierta al chavismo, más allá de una fuerza política, en una forma de comprender a Venezuela.

Pienso en el concepto de “Patria” que el gobierno usa con frecuencia. Esa perspectiva sobre la nación, que parece incluir no solo su historia, el gentilicio, las características y detalles que forman esa gran noción sobre la Venezuela simbólica, la metáfora cultural, sino también la ideología. La “patria” que define a un nuevo tipo de país, uno cónsono con la insistencia ideológica, del patrioterismo barato y como no, el militarismo a espuertas. Ese socialismo vago e insustancial que sostiene una idea de Gobierno basado en la exclusión del disidente. Unos pocos meses después de la muerte de Hugo Chavez, la ciudad se llenó de imágenes en blanco y negro de su rostro, una alegoría a lo Urbano que parecía incluir el rostro del difunto líder político en cada espacio cotidiano. Miro de nuevo el libro: el dibujo de Chávez me sonríe desde cada página, enseñando las primeras letras, mostrando el país desde una óptica única. Elaborando una nueva idea de Venezuela sin matices. Siento un escalofrío.

- El gobierno está creando un caldo de cultivo cuidadoso para conservar su ideología — dice P. y me muestra la fotografía de una Escuela Pública de Caracas, donde un grupo de niños posan frente a una fotografía de Hugo Chávez. Los niños miran la cámara con sus sonrisas desdentadas, ninguno tendrá más de seis años. Pero todos hacen un saludo militar, en una imagen de pesadilla — lo está creando a partir de lo esencial: de desmerecer y desaparecer cualquier otra opinión contraria a la suya. Poco a poco, el nuevo Venezolano asumirá que el Chavismo no es solo un partido político, sino una parte esencial de la identidad Venezolana. Para ser buen Venezolano, deberás ser chavista. Para de hecho, llamarte Nacional, deberás asumir que Chávez es parte de tu historia y como un funcionario político, sino como una visión esencial del país.

Se trata de un proceso lento y laborioso que el gobierno ha llevado a cabo con inusual eficacia: hace dos años, hubo un moderado escándalo mediático por las transformaciones que el Ministerio del poder popular para la educación, implementó en el pensum escolar del país. La intervención ideológica en el temario es evidente y las consideraciones para llevar a cabo semejantes cambios, difusas y eminentemente políticas: según el documento que circuló en escuelas del país “el academicismo mutiló el trabajo, el hacer, la práctica y desvirtuó a saberes teóricos memorizados, con muy poca aplicación en la realidad, la vida y la cotidianidad; se convirtió en un ancla que detiene el proceso de comprender el mundo complejo”. También puntualizó que los métodos de enseñanza utilizados por los Centros educativos del país son “simplificadores, reduccionistas, mecanicistas” y que el aprendizaje en general tiene un enfoque fragmentado que “evita el aprendizaje como proceso”.

— Pero se trata algo más que eso — me explica P. — no se trata de una modernización del sistema educativo sino algo mucho más intencionado y con una carga política notoria: la propuesta de reforma escolar intentó conectar con los llamados “objetivos históricos” del llamado “Plan de la Patria” redactado por Hugo Chávez. Un proceso que comenzó a llevarse a cabo en el 2007 con la presentación del denominado “Currículo Nacional Bolivariano”, que formaba parte de la Reforma Constitucional. Fue rechazado en elecciones pero lentamente ha sido impuesto a través de decretos, sin consenso alguno.

Se trata de un tema evidente que se ha debatido por años, oculto detrás de los cada vez más graves problemas económicos y sociales que atraviesa el país. En el 2016, Luis Rosas, representante del Colegio de Profesores de Venezuela, destacó en una entrevista en el periódico “El Nacional” que la transformación impuesta — o el intento, para entonces — de los requerimientos del gobierno a los Centros educativos Venezolanos, tenía por único propósito la ideologización de la nueva generación de Venezolanos y además convertir a las escuelas y Universidades, en centros de formación política. “el pensamiento bolivariano al lado de los símbolos patrios y de los valores de la nacionalidad como dogmas de fe que no pueden ser discutidos, sino simplemente acatados, con lo cual se ofende la memoria del prócer, quien postulaba una educación creativa y crítica”.

Hace unos años, investigué por meses el tal celebrado sistema escolar soviético, que terminó convirtiéndose en un sistema que se asentaba directamente en la ideología. Se trataba de un sistema educativo creado a la medida de las aspiraciones y sobre todo, elaborado para favorecer la formación de ciudadanos a la medida del sistema y censurar, casi de manera originaria, el pensamiento crítico. La distribución forzada de las licenciaturas en las Universidades, logró crear una generación de relevo construida a la medida de las necesidades del poder central. Jóvenes educados para asumir la política y la ideología como parte de su gentilicio y sobre todo, de su percepción sobre el país y su identidad.

— En Venezuela bien podría ocurrir lo mismo — me explica P. con desánimo — la intención del gobierno no es procurar educación como una forma de crecimiento intelectual de la población, sino formar individuos ideológicamente competentes, lo cual por supuesto, es su forma de perpetuar la Revolución más allá de cualquier restricción legal.

Hace menos de dos años, el gobierno intentó imponer una propuesta de nuevo currículum estudiantil que no incluía asignaturas, sino ejes de aprendizaje, que según la información suministrada por el Ministerio, pudiera “garantizar la continuidad durante los cinco años”, especificando que deben estar “transversalizados con los cinco objetivos históricos del Plan de la Patria en un tejido interdependiente”. Los ejes estaban divididos en Lenguas, Culturas y Comunicación (LCC), Memoria, Territorio y Ciudadanía (MTC), Matemática, Ciencias Naturales, Lenguas Extranjeras (LE), Educación para el Trabajo (EPT) y Educación Física. Durante los tres primeros años, cada uno de los ejes tendría asignado seis horas semanales, a excepción de Memoria, Territorio y Ciudadanía, que tendría ocho. En conclusión, el pensum educativo estaba propuesto estaba construido para crear y elaborar una idea de un ciudadano sometido al arbitrio del Estado y sobre todo, a la noción de la educación como herramienta ideológica. Y Aunque el por entonces Ministro de Educación, Elías Jaua, anunció el 20 de enero de 2017 “suspender el avance progresivo del plan de estudio propuesto en el artículo 8 de la Resolución 0143, la cual contempla los Lineamientos del Proceso de Transformación Curricular en todos los Niveles y Modalidades”, es evidente que la intención continúa siendo cierta y directa. Un pensamiento que se acerca a un tipo de control sobre el pensamiento y la independencia ideológica individual cuyas consecuencias resultan inquietantes en sus alcances e implicaciones.

Imagino entonces a la generación que crecerá en Venezuela en la década siguiente. Una generación de jovenes que estará convencido recibe dádivas del gobierno, que debe agradecer la visión del hombre que le brinda el gobierno, la ideología como principal motivo y motor de conclusión sobre lo que vive, lo que es. Un país donde la disidencia sea contraria a la concepción misma de nación, que deba mirarse así misma como un elemento ajeno a la visión del país, al hecho mismo del gentilicio. Un país donde la juventud no tenga otra interpretación de la realidad y del futuro que la que le brinda la política. Un país de ideología. Un país sin argumentos ni debate. Un país silencioso.

Y siento miedo. Miedo que Venezuela se desdibuje por completo en el entorno de una posición ideológica prestada, a pedazos, sin sentido. Cuando camino por las calles sucias y caóticas de Caracas, miro a mi alrededor con un nuevo sobresalto: el rostro de Chávez me mira desde todas partes, una presencia omnipresente desde Vallas amarillentas, carteles rotos. El rostro flotando entre líneas de pintura en proclamas casi imprescindibles del rostro urbano. Y la política allí, en todas partes, como un temor, como una visión del desconcierto. La ideología rebasando una idea simple y convirtiéndose en algo más, una grieta pesarosa e irreconciliable del país posible, de la esperanza, de la simple necesidad de concebirnos como una de idealización del sueño histórico.

¿Quienes somos? Me pregunto de nuevo, en medio de esta fragmento de realidad sin nombre, en la tierra arrasada del ciudadano anónimo. ¿Que es esta Venezuela que comienza a vislumbrarse, herida y visceral, a un futuro borroso? No lo sé, quizás no haya respuesta para ese cuestionamiento recurrente. Para esa incertidumbre dolorosa que sustituye la necesidad de futuro. Un país sin norte.

martes, 17 de julio de 2018

Crónicas de la loca neurótica: Todo lo que deberías saber sobre el insomnio y nadie te ha dicho.






Tendida en la oscuridad, contemplo el juego de luces y sombras que se mueven en el techo de un lado a otro. Es la tercera noche en que no he logrado conciliar el sueño — no más de dos o tres horas, a lo sumo — y comienzo a sentir el extraño cansancio casi doloroso que trae consigo la prolongada vigilia. De forma que me quito las sábanas del cuerpo, me levanto de la cama y camino de un lado a otro. Tengo una ligera sensación de malestar: no me encuentro completamente alerta pero tampoco, por completo somnolienta. Sólo me siento profundamente cansada, tanto como para sentir que me lleva esfuerzos pensar y razonar con claridad.

Tomo un libro, comienzo a leer. Me lleva más esfuerzo de lo normal concentrarme en la historia. Mi mente divaga en preocupaciones, inquietudes y terrores. Me encuentro leyendo el mismo párrafo en más de una ocasión, mientras analizo la situación del país, la incertidumbre hacia el futuro, mis pequeñas y grandes preocupaciones diarias. La ansiedad me sofoca y me encuentro caminando de un lado a otro, con las manos temblando de nerviosismo, los ojos muy abiertos en la semipenumbra. El cuerpo rígido de angustia. Esta será otra noche en blanco, pienso inquieta. Otra de tantas desde que recuerdo.

Por supuesto, soy una insomne veterana. Lo he sido desde que recuerde. De niña, era la pesadilla de cualquier padre: pasaba horas despierta, jugando, gritando y saltando, mientras mi angustiada madre intentaba encontrar una manera de convencerme que debía dormir. Más o menos en la adolescencia, mi inquietud nocturna recibió un nombre que no sorprendió a nadie “Insomnio crónico”. Mi médico explico que se trataba de un desorden hormonal y que tenía severos problemas para llegar al sueño profundo. Mi madre se preocupó, pero a mi me encantó la idea. Ya con doce años cumplidos era una veterana del insomnio, una asidua a la vida en vigilia. Sobreviviente al sueño, pensaría después.

Porque cuando eres insomne, el mundo resulta completamente distinto que para cualquier otra persona. Y no, no exagero. El insomnio te hace mucho más consciente del tiempo, del transcurso de las horas y sobre todo, de como utilizas esa otra versión del mundo que descubres casi por casualidad. En mi caso, muy pronto tuve claro que esas horas nocturnas inútiles, era una manera de autodescubrimiento. Y sin llegar a la complicación filosófica, de diversión continúa y privada. E incluso algo más sustancial: te brinda la oportunidad de analizar el mundo desde el reverso, desde la idea que pocas veces se nota, un hilo marginal siempre nuevo. Probablemente se deba a que no dormir, niegue cierta naturaleza de las cosas, una idea muy sutil que no analizamos con frecuencia.

De manera que siempre fui la niña que permanecía despierta incluso cuando los adultos iban a dormir. La que esperaba en la oscuridad, impaciente y aburrida, mientras el resto del mundo roncaba ruidosamente. La que caminaba por la oscuridad aterrorizada y que luego dejó de temer por la simple razón que terminó encontrándose a gusto en la penumbra. Ya por entonces leía, en esas interminables horas nocturnas y disfrute de esa silencio interior y exterior que brindó a cada palabra un nuevo realce, que las dotó de una importancia novedosa. Nada como una historia que te asusta a medianoche o que te conmueve hasta las lágrimas antes del amanecer. O que flota, en esas horas muertas y calladas de la madrugada. Después descubrí el cine — o el cine me descubrió a mi — y el insomnio se pobló de personajes, paisajes e historias. De las extraordinarias y dementes elucubraciones de Luis Buñuel a la maravilla visual de Kubrick. Y mucho espagueti Western, con sus parajes desérticos y sus vaqueros pistola en mano. Y terror, claro que sí: del puramente visual, del que te produce escalofríos. Todo en la noche tiene mejor sabor.

Pero también, hay un lado incómodo y sofocante en las horas interminables del insomnio. La que llena la ansiedad, el miedo, el desconcierto. Porque las horas de vigilia también brindan terreno fértil a los pensamientos más angustiosos, a los más incómodos. Recuerdo noches enteras de mi adolescencia, plagadas de temores, inquietudes, la sensación que mi mente era un espacio incontrolable y fortuito sobre el que no ejercía el más mínimo control. En ocasiones, ese caos interior — un término que parecía describir la súbita sensación de miedo y desconcierto que me atacaba durante el insomnio — era tan sofocante como para no sólo evitar el sueño sino para hacerme sentir prisionera de mi propia mente. Una sensación sin sentido, sin forma, sin limite. Mis pensamientos convertidos en algo parecido a un singular mapa de ruta hacia mis peores temores, los recónditos. Los más punzantes.

Crecí, por tanto, en cierta frontera de la normalidad. Recuerdo que cuando visitaba a primas y amigas, les sorprendía mi energía nocturna, esa necesidad mía de deambular de un lado a otro cuando debía empezar a bostezar. A mi prima M. sobre todo, matutina hasta la médula, le desconcertaban mis hábitos insomnes. Le parecían incomprensibles.

- No puede ser que nunca tengas sueño — me insistía — ¿No necesitas soñar un rato?
- Siempre sueño — le expliqué — con los ojos abiertos. A toda hora. Por eso leo y escribo.
- No es lo mismo.
- Claro que lo es.
- ¿No te agotas?
- Siempre estoy cansada. Pero vale la pena.

Porque para mi lo valía. Una idea banal que supongo resume esa visión un poco infantil que durante toda mi adolescencia tuve sobre el insomnio. Y es que realmente, por mucho tiempo pensé que valía la pena ese espacio de horas muertas, esa capacidad de ir contra el mundo diurno a mi manera. Hasta que descubrí — o mejor dicho, admití — que el insomnio es también un padecimiento. Uno que te hace agota, que puede ocasionarte más de un trastorno preocupante: desde cosas tan simples como problemas de atención hasta tan graves como aumento de peso y padecimientos estomacales. Ya por entonces, me encontraba en los primeros años de la veintena y el insomnio había dejado de parecerme divertido. Incluso intrigante. Y no obstante, continuaba disfrutando de esas horas secretas de lecturas, de ese descubrimiento — cámara en mano — del mundo en sombras. Era una combinación de lo que puede preocuparte en tu cotidiano y lo que asumes como parte de tu vida. Una confusa mezcla entre esa versión del mundo que aprendiste a disfrutar y esa otra que inevitablemente, comienza a hacerte daño. Me llevaría años entender el limite entre ambas cosas.

Quizás por eso decidí escribir este pequeño artículo, desordenado y salpicado de un poco de locura: quizás el mayor descubrimiento de estos largos años insomnes, fue comprender que la vigilia es en realidad una forma de mirarte, un rasgo de personalidad tan válido como el color de tu cabello o cualquier otro talento que tengas. Y es por ese motivo, que los insomnes somos de alguna manera testigos de una historia que se cuenta poco. Una visión del mundo exclusiva y hasta extravagante, pero que tiene su propia identidad. Una que termina siendo la tuya y de alguna manera, parte de tu identidad.

¿Y cuales son esos diez aprendizaje que mi vida insomne me ha brindado? Los siguientes:

A conocer mi cuerpo:
No, por muy divertido y rebelde que parezca, el insomnio no es beneficioso ni productivo. Aunque la mayoría de las veces intento distraer las interminables horas sin dormir leyendo o fotografiando, con el tiempo he llegado a descubrir que el insomnio es realmente un padecimiento físico que requiere atención médica o al menos, el suficiente cuidado físico para que no se convierta en un elemento verdaderamente preocupante de tu vida diaria. De manera que aprendí — casi por accidente — a cuidar de mis valiosas horas de sueño tanto como puedo y comprender que las necesito, tanto para mantenerme saludable como en equilibrio emocional. Cuando debo dormir — o intentarlo — y como lograr un sueño plácido, a pesar de mi inquietud natural y mi desvelo perpetuo. Y es que dormir, no se trata de un capricho cultural ni tampoco una rutina social. Necesitas dormir por las mismas buenas razones que necesitas comer sano o ejercitarte. Mi médico suele resumirlo en que cada cuerpo es un mecanismo, y requiere pausas pequeñas para recobrar el ritmo.

- O lo que es lo mismo: necesitas que tu cuerpo pueda reconstruir lo perdido durante el día — me explicó en una ocasión — No todo los cuerpo se comporta de la misma manera, así que la forma más práctica de descubrir que necesitas, es comprendiendo tus propios ritmos. Hay quien tiene momentos de mayor lucidez a deshoras y descansa mejor en una rutina propia. Aprende tus curiosidades físicas y te sentirás mejor.

Tenía razón: con el tiempo, he logrado identificar mis momentos más energéticos y también los más bajos. Reconocer mis vaivenes físicos me ha permitido manejar mi insomnio hasta lograr un equilibrio entre el necesario descanso y esa otra parte de mi vida que disfruto, a pesar de todo.

El consejo del insomne para el público en general: 
¿Tienes problemas de sueño? Lo más probable es que se trate que aún no tienes un hábito personal para dormir. Intenta identificar tus horas de mayor lucidez y de mayor agotamiento. Distribuye tu tiempo y tus horas de manera que coincidan entre sí.

Todo amanecer es hermoso:
Y no solo de la manera poética. Hay una cierta sensación de renacimiento en esa hora inmediatamente anterior al primer rayo de sol. Después de años de encontrarme despierta durante los últimos momentos de la madrugada, he aprendido a disfrutar de los sutiles cambios que preceden la primera luz del día. Desde el gris opalino que comienza a elevarse en la linea del horizonte, hasta el primer azul que iluminan los primeros rayos del sol. Un espectáculo que siempre resulta vivificante, enaltecedor. Incluso conmovedor.

También he aprendido que las mejores horas de actividad mental y física son justamente durante las primeras horas del día. Por razones médicas y fisiológicas, la actividad cerebral es mucho más rápida durante la mañana: aprendes más rápido, tu organismo responde mejor al ejercicio, asimilas mejor cualquier tipo de alimento. Aprendí entonces a dormir unas pocas horas antes del amanecer y disfrutar de esa sensación de fortaleza y claridad que puede brindar las primeras horas de la mañana. Es un habito que me ha permitido — cuando logro retomarlo, claro — sentirme mucho más fuerte y lucida durante el día de lo que pudiera sentirme de dormir durante buena parte de la mañana para recuperar el sueño perdido.

El consejo del insomne para el público en general:
Aunque te parezca un contrasentido, despierta bien temprano luego de haber dormido poco. Tu cuerpo recuperará cierto equilibrio y ciclo circadiano podría estabilizarse usando el primitivo mecanismo de coincidir con la luz solar como forma de recuperar el ritmo.

Café, bendito café:
Soy una cafemaníaca confesa y estoy totalmente convencida que sin una buena taza humeante, no habría podido sobrevivir esos días lentos y confusos luego de varios días de insomnio continuado. Y sí, conozco todas las historias que acusan al café de todos los males del dormir inquieto y le culpan directamente de los desvelos de la humanidad. Pero debo decir que al contrario que la mayoría, considero al café la bebida ideal para estabilizarme luego de una noche de mal dormir. Ya sea porque la cafeína es un estimulante natural o por la simple razón del hábito insustituible, una buena taza de café te permite recuperarte de la somnolencia con más rapidez que con cualquier otro método.

No obstante, no todo se trata de mi benevolente opinión personal sobre el café. Esta demostrado que su mayor beneficio es la variedad de antioxidantes que contiene el grano y que permiten que el organismo recupere energía con rapidez. La milagrosa sustancia, llamada polifenoles, posee múltiples beneficios, incluyendo el hecho que evita la resistencia a la insulina, hormona que es la principal de la diabetes tipo II. Sólo las moras, nueces, fresas, alcachofas y arándanos contienen más antioxidantes que el café.

Por supuesto, como cualquier otra sustancia, abusar de la cafeína si puede empeorar los síntomas del insomnio, como he comprobado más de una vez a través de los años, además de ocasionarte toda una serie de transtornos físicos como nerviosismo y dolores estomacales. No obstante, un par de tazas durante la mañana es probablemente la manera más rápida de reponerte de los efectos y el cansancio de una noche en vela y lo que resulta aún mejor, de sonreír con cierto humor ante la resaca diurna. Y soy la prueba viviente de lo idóneo del método, debo decir.

Consejo del insomne para el público en general:
Y aunque soy amante del café, tal vez por el mismo motivo conozco sus efectos nocivos. Procura que la taza de café matutina no se encuentre muy cargada o con exceso de azúcar. En el primer caso podría producirte un incómodo malestar estomacal y en el segundo, acentuar los síntomas del insomne. ¿La medida ideal? Una taza de café no muy concentrado con media cucharada de azúcar.

Cuida lo que comes:
Cuando era muy jovencita, solía prepararme copiosas cenas durante la madrugada: comía enormes fuentes de pasta y salsa, o también combinaciones asombrosas de comida chatarra que terminaban provocandome un inevitable malestar estomacal. Y es que un insomnio prolongado suele producir una incontrolable ansiedad y la reacción más natural es comer, comer y comer. Lo peor del caso es que nuestro cerebro siempre tendrá predilección por comidas de alto contenido calorico y una buena provisión de dulces, que no hará otra cosa que empeorar el problema del mal dormir. Además, comer a altas horas de la noche produce problemas digestivos que la mayoría repercuten en el resto de la dieta diaria: durante años he luchado con algunos kilos de sobrepeso y sobre todo, con una pésima salud estomacal debido justamente a mis terribles habitos alimenticios provocados por mis episodios de apetito insomne.

Con el correr del tiempo aprendí que comer a altas horas de la noche es la forma más inmediata de sabotear tu dieta diaria y tu salud estomacal. Durante la madrugada y a pesar de encontrarte despierto, tu cuerpo digiere con mayor lentitud la comida, lo que puede producirte inmediatos transtornos gastrointestinales. Luego de luchar por años contra la gastritis, aprendí a manejar esos impulsos de apetito desordenado y conseguí restringir mis horarios de comida a una saludable rutina de seis comidas diarias durante el día. Y eso a pesar que continúe sufriendo esa necesidad voraz de devorar cualquier carbohidrato a mi alcance después de medianoche. No obstante, estar más consciente de los efectos que pueden producirme la ingesta calorica a deshoras, me ha hecho responsable de lo que me llevo a la boca — o que no — para distraer las horas en vela.

Consejo del insomne para el público en general:
Si estás sufriendo de un período insomne, procura no llenar tu refrigerador de dulces, bebidas de alto contenido calórico y carbohidratos. Prepara porciones de zanahoria cortada en lajas, ensaladas frías y jugos naturales sin endulzantes. Si finalmente la ansiedad te vence, no estarás saboteando tu digestión y afectando tu salud estomacal.

El arte de Procrastinar:
Durante años, aproveché mis largas horas nocturnas para leer, disfrutar del buen cine, fotografiar y escribir. Pero a pesar de que siempre he disfrutado de esa libertad de tener unas cuantas horas libres extras, no siempre el insomnio es tan productivo o útil como pareciera. De hecho, las ocasiones en que realmente puedes utilizar las horas de desvelo para crear o mantener algún tipo de actividad artistica o profesional realmente útil son contadas. La mayoría de las veces, las noche de insomnio son un larga sucesión de horas de distracción y ansiedad.

El cuerpo humano — o mejor dicho, su ritmo biológico — está estructurado de tal manera que tu atención, fuerza física y capacidad de concentración sean más altas durante el día. Cuestión de evolución, diría cualquier científico, simple efectividad, añadiría alguien más descreído. Cualquiera sea el caso, las horas de insomnio no son esa fuente de actividad y creatividad con las que todo el mundo sueña, sino que se trata de un esfuerzo adicional para el organismo y la actividad cerebral. Sobre todo, a medida que la madrugada avanza y el ritmo biológico natural se enfrenta con la necesidad de continuar despierto, lo cual suele producir confusión y cuando menos, un cansancio mucho mayor del que podría producir la misma actividad en condiciones diurnas.

Así que si deseas dormir, comienza a dejar de leer, ver televisión o estudiar. Alejate de fuentes de luz eléctrica y permitele a tu cuerpo relajarse. Deja de revisar el celular, cuchichear en Tumblr o reír con tu TimeLine de Twitter. Mi doctor suele decir que el hombre moderno nunca está completamente dispuesto a dormir, y mucho menos a desconectarse del constante flujo de información. Y que esa es la principal causa de los desvelos y problemas de sueño en la actualidad:

- Casi nadie duerme en completa oscuridad, o toma la decisión de permitirme unas horas de completa relajación — me explicó — de manera que el ritmo del sueño se modifica. Se hace liviano y sobresaltado para responder a los impulsos que nos habituamos a recibir. Somos, de alguna u otra manera, receptores constante de información y los sintomas del mal dormir son una reacción a eso.

Por supuesto, no diré que he logrado dormir durante horas sin levantarme una que otra vez para encender la televisión, escuchar algo de música o revisar mi teléfono celular. Pero si, estoy bastante consciente que si necesito un sueño reparador — y de vez en cuando lo logro — debo al menos disfrutar de unas cuantas horas de necesaria tranquilidad mental y oscuridad para lograrlo.

Consejos del Insomne para el público en general:
La mejor manera de conciliar un sueño reparador es comenzar un lento proceso de desconexión de información y de estímulos. Apaga las luces de tu habitación, deja el celular en otra habitación, cierra las cortinas. Sé que quizás te parezca incómodo o hasta superficial, pero puedo garantizarte que será la manera más rápida de asegurarte un buen descanso.

¿Consejos sencillos? probablemente, pero debo decir que son fruto de mi larga experiencia como sobreviviente al insomnio. O mejor dicho, a ese espacio extraño y en ocasiones inquietante, de mi mente en vigilia.

lunes, 16 de julio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todo lo que debes esperar de la serie “Castle Rock” (Hulu — 2018) si eres fanático de Stephen King.





Con frecuencia, el Universo de un escritor se crea a partir de sus obsesiones más privadas, profundizadas y construidas a partir de una idea más elemental sobre lo que desea narrar lo que le rodea, sus vicisitudes y dolores. Para Stephen King, sus libros son “puertas abiertas a la oscuridad de su mente” — como ha insistido en más de una ocasión — y también, delgados hilos conductores de una idea originaria y esencial sobre el desarraigo, la inocencia y el dolor existencialista, lo que convierte al miedo en todas sus narraciones en una versión del bien y del mal transformada en algo más tenebroso y a menudo complejo. Desde su ya legendaria novela debut “Carrie” (1974) hasta “The Outsider” (2018) su más reciente fantasía siniestra — una historia enhebrada entre los horrores muy realistas de la norteamérica trumpista — King ha plasmado en sus obras una mirada sobre la realidad en la que lo sobrenatural elabora una versión de lo moral y lo crítico de enorme peso metafórico. Para el escritor, cada uno de sus libros, es un alegato solapado sobre la sociedad que se transforma, sus dolores e inquietudes bajo una capa modulada de oscuridad. No resulta sorprendente, que el Universo creado a partir de ellas, elabore una percepción sobre el miedo más cercano a lo cotidiano, hilvanado entre una realidad alterna y una versión de lo corriente bajo lo que subyace el terror convertido en algo más inquietante y cercano.

Tal vez por ese motivo, la serie del canal HULU “Castle Rock” — basada íntegramente en la mayoría de las obras de King — se mueve en el terreno de la antología pero también, de algo más cercano a una unidad temática que se sostiene sobre la versión del escritor sobre el mundo y sus circunstancias. Hay algo levemente opaco, perverso y desconcertante en los primeros capítulos de la serie, como para dejar muy claro que la visión de King sobre el horror es la base medular de la historia televisiva, pero también su sentido de la continuidad, el tiempo deconstruido para crear algo más elaborado pero sobre todo, esa versión de lo sobrenatural que parece aparejado a lo fortuito y lo inclemente. Claro está, es un producto televisivo que corre el riesgo de enfrentarse a uno de los fandom más devotos y corrosivos de la literatura actual, que sin duda, analizará cada referencia bajo el ojo meticuloso del conocedor ferviente. Y los productores de “Castle Rock” lo saben: el primer capítulo es un homenaje fidedigno y respetuoso a personajes conocidos, eventos y a la configuración misma del Universo King, recreado para televisión con un argumento en la que se hilvana no sólo las historias conocidas por el público, sino su trasfondo y concepto. El resultado es un extraño experimento entre lo alternativo — el ritmo y la coherencia de la serie juegan constantemente con la idea de la doble visión de un mismo hecho — y algo mucho más elaborado, que sin duda será el punto más fuerte de una primera temporada de presentación que tiene el objetivo complicado de captar al público que conoce y ama la obra de King, pero también al neófito o al que sólo conoce la obra del autor por referencias o por alguna esporádica lectura. Entre ambas cosas “Castle Rock” toma la iniciativa y el riesgo de asumir la narración como bloques de información bien diferenciados — en algunos casos los diálogos explicativos se hacen excesivos e incluso innecesarios — y una capa más profunda, eminentemente referencial que es quizás el elemento más importante de la serie como idea única.

Por supuesto, la serie también abre el espacio para nuevos personajes, que interactúan de manera consistente con las líneas de tentadoras dobles referencias con las que el argumento juega con eficacia. Las narraciones originales de la serie interactúan con toda facilidad y fluidez con los escenarios que King adoptó como espacios finitos que delimitan su narración literaria: de modo que Maine es mucho que un lugar y se convierte en un espacio insular en la que ocurre todo tipo de sucesos más o menos inexplicables, incómodos, incómodos. Los hilos narrativos de “The Dead Zone”, “Cujo” y “Needful Things” aparecen como pequeños espejismos, aunque no se muestran del todo y aún no es claro que papel representarán en el resto de la serie. Aún así, hay mucho del brillo de las sensibles adaptaciones de Frank Darabont, aunque bajo un lustre por completo cínico. La combinación es una mirada al Universo King bajo una mirada siniestra que se esfuerza por seguir paso a paso el mito dentro del mito. La versión del mundo que King quiso crear como una reflexión elusiva de la realidad.

Una epopeya semejante hace que el tejido del multiverso dependa completamente de sus historias humanas, que gravitan sobre las insinuaciones de lo terrorífico con delicadeza. La combinación crea un drama apasionante que recorre un mapa de ruta propio entre las historias que el lector consecuente reconocerá al punto. No obstante, las trampas nostálgicas son mucho menos efectivas — y los productores no abusan de ellas — que los momentos en que la narrativa se mezcla con un profundo trasfondo episódico. El argumento entonces se crece hasta hacerse una historia independiente a toda regla, que no depende ni de las criaturas de King que suponemos esperan en la periferia ni de las narraciones deudoras que delimitan los capítulos. “Castle Rock” en toda su gloria tenebrosa, es una nueva narrativa llena de misterios dignos de la musa del autor.

Pero sin duda, es el misterio de los Easter Eggs (repartidos con buen instinto a través de la trama) lo que hace a “Castle Rock” un obsequio mal intencionado para los amantes del género de terror y sobre todo, de Stephen King. Las pequeñas sorpresas abundan pero además, la interconexión entre personajes funciona con solidez gracias al hecho que todas están sustentadas sobre un único hilo conductor: las andanzas de Henry Deaver (Andre Holland), un abogado de Texas que regresa a Maine para atender a una llamada inexplicable e insistente de ayuda. Se trata de un golpe de efecto que sitúa la trama y la contextualiza: de pronto, todo alrededor de Holland se materializa para recrear todo tipo de vicisitudes de su pasado y su presente, conectadas entre sí para elaborar un argumento tenso y bien armado. Evitando el homenaje excesivo pero sobre todo, creando una atmósfera específica y personal, “Castle Rock” avanza a buen pie entre el enigma — que se percibe al trasfondo de la trama principal — y todo tipo de pequeñas argucias argumentales que intentan crear un elemento fresco en medio de lo que se supone una idea misteriosa sobre elementos conocidos por el gran público. Pero en realidad, la serie tiene más interés por el descubrimiento y no se prodiga con facilidad: desde sus sobresaltos bien planeados hasta sus durísimas historias emocionales, “Castle Rock” es un diorama de pequeños estratos narrativos por descifrar, quizás lo parecido a la mente del escritor que cualquier adaptación haya logrado plasmar. Una mirada quizás, a ese reducto de oscuridad que tanta insistencia, King asume como su mayor inspiración.

jueves, 12 de julio de 2018

Del mundo del arte y la expresión Individual: ¿Por qué veo manzanas azules?





Hace unos días, visité una de las pocas librerías que sobreviven a la crisis Venezolana y encontré que remataban los libros de arte. Pilas y pilas de libros en diferentes estados de deterioro, algunos empaquetados en celofán, otros con las hojas abombadas y amarillentas. Me incliné y rocé algunos con la yema de los dedos, el corazón latiendo muy rápido de una angustia indefinible. El nuevo librero que atiende el local — el anterior, que me educó el buen arte de escoger libros usados y regatear — emigró hace unos meses. El rostro desconocido me mira con cierta indiferencia e incomodidad.

— Todo allí está a mitad de precio — me indica.

Vuelvo a mirar. En la pila, hay un libro de la editorial Taschen sobre Simbolismo que añoré por años, unos cuantos sobre la obra de Vasari, un considerable número sobre análisis pictóricos de diferentes artistas italianos. Todos en un rincón, rodeados de papel periódico húmedo. Miro la lista de precios: Aunque siguen siendo altos — en Venezuela hiperinflacionaria no hay nada que pueda considerarse barato — son considerablemente más accesibles que el resto de los libros que ofrece la librería. Tomo un par, lo sostengo entre los brazos.

— ¿Por qué la rebaja?
 — Nadie compra eso. Para botarlos mejor venderlos.

Parpadeo. La furia se me sube al rostro pero no digo nada. El librero vuelve detrás del mostrador y cuando me acerco, toma los libros con aire distraído. Los libros que nadie quiere, pienso con un sobresalto. El arte regalado a las antípodas del conocimiento, me digo. El pensamiento me parece dramático hasta que vuelvo a mirar la pila polvorienta, descuidada.

No sé por qué me sorprende, pienso después, cuando regreso a casa conduciendo por la ciudad. Llueve y las calles anegadas de barro tienen un aspecto derruido, con el concreto roto y abierto. Un grupo de transeúntes corre a guarecerse bajo la cornisa de una tienda. Hay un aire de definitiva derrota en todas partes, como si el país agonizara. O mejor dicho, sufriera de una muerte lenta y dolorosa.

El peso de los libros sobre las rodillas me obsesiona. Los únicos libros que no se venden. ¿Qué me desconcierta de eso, en realidad? En un país como Venezuela, el arte por el arte no existe. De hecho, me pregunto si en algún lugar del mundo te puedes llamar artista sin tener que pensar en que una parte debe ser comercial, más prosaica, el arte útil, como he leído en ocasiones. Unos años atrás, tuve una larga conversación con un amigo fotógrafo sobre el tema que me dejó reflexionando sobre la disyuntiva y más aún, cuestionando sobre lo que me hace desear fotografiar o escribir. O lo que es lo mismo ¿la pasión en estado puro existe?

- Yo tomo fotografías porque amo hacerlo y es un privilegio que pueda vivir de ese amor — me comentó — pero en este país, esa noción es inexistente. El arte es un pretexto, una mirada angustiada. Nada que pueda definirse como utilitario en medio de la crisis.

Me quedé pensando un buen rato en la idea. He fotografiado durante gran parte de mi vida y de vez en cuando tengo la sensación me ha permitido seguir cuerda en los momentos más complicados. De hecho, no recuerdo un momento de mi vida que no esté directamente relacionado con la fotografía. Trabajo, construyo mi idea del mundo a través de las imágenes. Pero en mi país, no se me considera profesional — a pesar de los largos años que he dedicado a educarme y mi aprecio por la imagen — porque mi trabajo fotográfico no es un hecho comercial. En otras palabras, la fotografía no me hace ganar dinero, mucho menos ahora, en medio de una crisis inflacionaria que convierte al salario (el de cualquiera) en una especie de ilusoria percepción del valor real de lo que haces. Más aún, cuando se hace difícil asumir que tu pasión, esa a la que dedicas tanto tiempo y consideras tan íntima, pueda ser no solo un producto de venta sino que además, deba serlo. Como diría mi sabia bisabuela, quién era una apasionada de la pintura pero nunca vendió un cuadro: “Hay que asumir que quizás solo crees arte para disfrutarlo tú sola”.

Una idea inquietante. Porque todo artista y creador intenta comunicarse, expresar ideas a través de lo que hace. Y no obstante, esa necesidad se tropieza — choca de frente, diría yo — con el mundo real, lo que sea que ese término quiere decir. Más allá de la privacidad, del placer de crear está la gran disyuntiva ¿Ahora qué? ¿Qué hago con mis palabras, mis imágenes, mis versiones de la realidad, mis formas de crear? ¿Existe un límite que defina la calidad del arte a través de lo muy visible y reconocido que pueda ser? Es una pregunta que todo artista se ha formulado en su momento y que más allá, le ha producido inquietud. Todo artista desea que su obra sea apreciada, pero en una cultura de consumo, en una sociedad en donde el éxito se traduce en una manera de comprobar cual es el valor neto de casa cosa, el limite entre lo que se muestra — como expresión — y lo que se vende — como visión — es difuso, cuando no inexistente. Una manera de mirar la propia obra como una pieza de valor, cuantificable y redituable. Lo cual es válido claro, pero no siempre coherente con la idea más pura, que cualquier creador piensa sobre si mismo y lo crea.

Del arte crudo al valor real: Entre lo cuestionable y lo visible.
Modigliani fue un artista atormentado y muy pobre la mayor parte de su vida. Tuvo que morir — en la miseria — para que poco después, sus obras comenzaran a venderse por precios extraordinarios. Lo mismo ocurrió con Van Gogh. Para ambos, el mundo artístico fue tan estéril como sin sentido, un monstruo de cien cabezas contra el que tuvieron que luchar durante toda su vida para sobrevivir en el mundo hostil del comercio artístico. Es un pensamiento inquietante ese: el artista crea y construye y de pronto, debe comprender que más allá del hecho artístico crudo, el que lo inspira, el que nace como un instinto esencial en su mente, debe lidiar con un mundo mucho más simple pero cientos de veces más duro: el de mostrar su obra como un producto. Hay un largo trecho entre el arte — el que nace de las manos del autor — al que comerciable, al que gana dinero, al que atrae multitudes. Ya lo decía más arriba: Modigliani pintó cada día de su vida por más de quince o veinte años y su obra fue masacrada por la crítica de su época, ignorada por el público. Murió pobre y tuberculoso, rodeado de sus pinturas y solo después, alcanzó el éxito comercial que lo convirtió en historia. ¿Por qué? ¿Que hizo sus obras atractivas al comprador luego de su muerte? Puede haber montones de razones, pero la evidente es una sola: El arte sobrevive a su autor y sólo si se convierte en objeto de valor.

Pero volvamos a Venezuela, a esta realidad tropical que todos intentamos sobrevivir. Con frecuencia, la situación me hace recordar la vieja admonición filosófica: “¿Si un árbol cae donde nadie puede escucharlo, el estruendo que hace al cae aún es sonido?” Una idea curiosa. La extraordinaria fotógrafa Vivian Maier, que durante más de 30 años fotografió casi a diario pero jamás mostró su trabajo a nadie más. Solo después de su muerte, su espléndido trabajo fue encontrado por un coleccionista que mostró al mundo su talento. ¿Es menos válido, menos real, menos fuerte, el trabajo de Maier por no pensar en su pasión por la fotografía como una trascendencia en si misma? A veces la puedo imaginar, recorriendo las calles cámara en mano, fotografiando por placer, por al mera necesidad de hacerlo. A diario, todas las que veces que pudo. No tuvo mayor importancia para ella mostrar el resultado, incluso, disfrutarlo de ella misma. ¿Que motivaba a Vivian? ¿que la hacia persistir? ¿Se llamó a si misma fotógrafa? ¡Quizás ni le importaba llamarse así!. Algo muy parecido a lo ocurrido con el trabajo del magnifico Franz Kafka: el escritor escribió durante casi toda su vida pero nunca se lo mostró a nadie. De hecho, cuando supo que moriría, pidió a uno de sus amigos quemara su obra. ¿Una pasión anónima? ¿Una necesidad jamás satisfecha? ¿Por qué pintamos? ¿Por qué escribimos? ¿Por qué fotografiamos? ¿Por qué soñamos? Esos cuestionamientos me hacen recordar uno de mis poemas favoritos de Bukowski, que al parecer también se preguntó el motivo por el cual tomaba un lápiz y una hoja para escribir:

(…)

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso.
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que te mueras
o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

( Fragmento de Así que quieres ser escritor de Charles Bukoswki )

Con frecuencia recuerdo también todos los libros anónimos que leí durante mis años de trabajar en editoriales. Historias simples, otras poderosas, muchas olvidables. Pero también encontré algunas furiosas, exquisitas, duras, dolorosas. Que nadie leerá porque un editor cansado lo arrojó al infame cajón de los olvidados. Porque la primera linea no fue lo suficientemente fuerte, porque el texto tenía algunos errores de principiantes.

El caso es que todos creamos por una razón: transcender. Y quizás otras tantas que no tienen nombre. Porque lo que te hace tomar una cámara y buscar una imagen que atesorar, no es tangible. Tampoco lo que te hace llorar sobre una hoja de papel o de un lienzo a medio pintar. Lo que te hace crear proviene de alguna fibra pasional, sensible, iracunda, que te hace desear mirarte más allá de ti mismo, morir y renacer en tu propia capacidad para construir mundos. Como el músico que tiembla de placer mientras toca un instrumento o canta, o la bailarina que levanta los brazos y baila a solas, disfrutando del leve vértigo de esa inmortalidad de a trozos que nos regala el arte. Todos queremos ser escuchados, desde luego, todos queremos mirarnos a través de un espejo profundamente significativo y mostrar esa mundo interior que nos pertenece, nos agobia, nos define, nos crea. Pero ¿de qué depende el impulso creativo? ¿de la idea de que esa transcendencia se logre? ¿De esa necesidad innata de encontrar un momento de pura belleza y comunión para y por el arte?

Mi profesor de morfolingustica se reiría por un discurso tan florido como mi anterior párrafo. De hecho, tomaría su lapiz rojo de las correciones y lo tacharia. Para él, cualquier consideración con respecto al arte, era dura y cruda.

- Escribes porque quieres que te lean, fotografías para todos miran el mundo como lo haces tu — me dijo una vez, en una de esas tardes de debate, café en mano, que disfrutamos en mis años universitarios — nadie es tan puro o tan ingenuo para creer que el arte solo es una idea que nace y se manifiesta. Esa necesidad debe crear alguna cosa, construir algo más.

- No lo dudo, ¿Pero debe ser la única razón para crear?

- Claro que no — recuerdo que me dedicó una de sus sonrisas cínicas — pero es de indudable valor que lo que haces de manera individual se reconozca como valioso. Esta es una sociedad arrogante, una sociedad de vanidosos muy concentrados en mirarse, en intentar demostrar su cuantificable valor siempre que pueden. El arte es un gran vehículo.

- O sea, escribimos por egocentricismo.

- ¡Pero por supuesto! — exclamó. Ambos reímos, asombrados por el cinismo de aquella conversación, en medio del jardín de una Universidad que insistía en inculcar un ideal difuso — el arte es un ejercicio de profunda arrogancia y egocentrismo. Pequeños mundos distantes. Es como el asesinato, la muerte. El último acto de vanidad. Por eso en el medioevo se llamaba a pintar o escribir el arte de morir lentamente. Es un acto único de reafirmación.

Una idea interesante. Reflexioné mucho sobre el tema en los años siguientes, mientras mi aprecio por el arte aumentaba y mi opinión por lo comercial fluctuaba entre la preocupación y el desconcierto. Pero ¿Como separar una cosa de la otra? ¿Que ocurre con los soñadores? ¿Los que crean y los que desean por el mero placer, por ese momento cristalino de reafirmación que te proporciona el arte?

- Manzanas azules — me dijo una vez mi bisabuela — ¿Te conté eso verdad?
- No.
- Cuando era niña, me pidieron dibujar manzanas y colorearlas. Y yo las dibujé irregulares y las añadí un vibrante color azul, del primario y muy evidente. Mi maestra trató de convencerme que las manzanas jamás serían azules: que las pintara de rojo, de verde, de amarillo. Pero me empecine e insistí y seguí pintando las manzanas azules. Con cinco años era una rebelde. Pero como a ninguna maestra le agrada una niña rebelde, llamaron a mi madre.
- ¿Y que ocurrió?
- La maestra le explicó que probablemente yo sufría de algún problema psiquiátrico. O quién sabe que me ocurría para mirar las manzanas azules. Mi madre lo escuchó todo y por último respondió “Sueña con manzanas azules”, es suficiente.

Una idea maravillosa. La pienso mientras incluyo mis nuevos libros en la biblioteca y sonrío. A pesar de la crisis, de la identidad rota de un país en escombros, aún hay una manera de luchar contra la corriente. Después, tomaré una fotografía de los nuevos habitantes de mi anaquel favorito y la incluiré en mi colección de rostros e historias en mi cuaderno de historias, ese que llevo a todas partes y al que nadie muestro. Repleto de manzanas azules, de ideas creándose y mirándose así mismas nacer, una y otra vez.

Una manera de soñar.

C’est la vie.

miércoles, 11 de julio de 2018

Crónicas de la loca neurótica. Todas las preguntas que nunca deberías hacer a una mujer soltera.




Tenía unos doce años cuando pensé por primera vez que no deseaba contraer matrimonio. Por supuesto, a esa edad nadie piensa las cosas de manera tan clara: Sólo recuerdo haber tenido la súbita idea que algún día tendría que hacerlo y que la idea, no me gustaba demasiado. O mejor dicho, quería hacer muchas cosas antes de hacerlo. Quería ser arqueóloga, egiptóloga, aprender veinte idiomas distintos, ir como Margaret Mead por Guinea Oriental, pintar como Artemisia Gentileschi, fotografiar como Diane Arbus…cuando escribí todo aquello en una tarea escolar en la que debía contar como imaginaba mi futuro, la maestra me escuchó con una sonrisa simpática.

— ¿Y como imaginas tu familia? ¿Cuantos hijos quieres tener?

No supe que responder a eso. En realidad jamás me había planteado la cuestión de tener esposo o mucho menos, hijos a los cuales cuidar. Tenía la difusa idea que toda mujer debía aspirar al matrimonio — o eso insistía todo el mundo — y que sin duda, algún día recorrería el altar con un hombre que me amaría para siempre…y esas cosas. Pero en realidad, no lograba imaginarme la escena. Claro está, tenía doce años y no tenía por qué pensar en algo semejante…pero para la maestra parecía ser especialmente importante el tema.

— ¿Deseas casarte joven? ¿O después de culminar la universidad? — insistió.

Seguí sin decir nada, avergonzada y un poco aturdida. El resto de mis compañeras de clase me miraban entre la burla y el aburrimiento: era la más pequeña del salón, la más extraña, la que se quedaba en el recreo con un libro en las rodillas, la que le gustaba hablar de películas antes de muchachos. De forma que estar allí, de pie, muy sonrojada, me hizo sentir que había algo mal en mí. Que algo no funcionaba de manera correcta.

— No sé si quiera casarme.

Hubo un silencio muy tenso a mi alrededor. Alguien se echó a reír en voz alta. “Con esa pinta…” murmuró una de mis compañeras de clase. La maestra me miró un poco desconcertada y pareció no saber como asimilar muy bien lo que acababa de decir. Por último ensanchó su bonita sonrisa y me dedicó un guiño complice. O que ella pensaba era cómplice, en todo caso.

— Ya se te pasará — dijo — un día te enamorarás y querrás hacerlo.

Tenía razón en algunas cosas: en los años siguientes, me enamoré profundamente y varias veces. Pero jamás, ni antes ni después, tuve el impulso o necesidad de sentir debía contraer matrimonio. Mis amigas cercanas imaginaban la escena, la veían muy clara en su mente…mientras yo continuaba preguntandome si había algo mal en mi mente, en mi forma de entender el mundo. Si había algo roto, a medio hacer en mi manera de comprender la realidad. Ya pasará, me decía para consolarme.

Y no, no se me pasó.

La escena siempre es idéntica o muy similar a la siguiente: expresas tu opinión sobre el matrimonio — una no muy popular, por cierto — y lo siguiente que sucede es un breve pero significativo momento de silencio. Como si la frase “no creo en el matrimonio” no encajara bien en ese transcurrir de las escenas y conservaciones típicas. Seguramente habrá un intercambio de miradas colectivas que intentará desentrañar el misterioso motivo por el cual, la idea del elemento esencial de la sociedad no te parece especialmente atractiva. Habrá incluso risitas nerviosas, uno que otro carraspeo y sin duda, un bien intencionado que decidirá es un buen momento para aclararte que con toda seguridad, estás equivocado en tus conclusiones al respecto.

— Nadie puede decidir que no se casará por las buenas — me dijo en una oportunidad un buen amigo — simplemente, no te apetece ahora mismo. Es normal. Eres joven y sin pareja. Pero te llegará el momento que…

Por ese entonces tenía veinticinco y veía bastante improbable que eso sucediera. Tenía una opinión fundada sobre el hecho que el matrimonio — como institución — no sólo no satisfacía ninguna de mis aspiraciones a futuro sino tampoco formaba parte de cualquiera de mis proyectos personales. Dicho así, suela petulante e incluso arrogante, pero no se trata de un menosprecio directo hacia una idea social fundamental de la cultura en que nací, sino simplemente de una opción. Quizás una muy poco popular y con toda probabilidad incomprensible para la mayoría de quienes conozco, pero una decisión al fin y al cabo. Pero tratar de explicar eso a alguien que está por completo convencido de lo contrario, no sólo resulta complicado sino la mayoría de las veces incómodo e incluso insultante.

— Realmente, no quiero casarme ni tener hijos. No es que sea malo o bueno, no tengo prejuicios al respecto. Es que para mi no funciona — le expliqué en esa oportunidad al amigo preocupado — no encaja en lo que deseo hacer en el futuro o como intento construir mi vida.

Mi amigo chasqueó la lengua y sacudió la cabeza. Varios de los que nos rodeaban hicieron el mismo gesto, una combinación de conmiseración y aparente comprensión a lo que supongo, consideraron un gesto de malcriadez. Esperé, entre incómoda e inquieta. No era la primera vez que me enfrentaba a una discusión semejante, pero si quizás, la ocasión donde me sentía más desconcertada por la actitud general. De nuevo, me pregunté por que debía justificar una decisión personal, el motivo por el cual no sólo debía excusarme por actuar con cierta coherencia con respecto a mis opiniones sobre la familia y el mundo. Que permitía que no sólo mi estilo de vida sino incluso mis forma de comprender el futuro, pudiera ser debatido en voz alta, como parte de una idea pública en las que todos a mi alrededor sentían el derecho de opinar.

— De verdad, no quiero casarme — insistí. Comenzaba a disgustarme — ni ahora ni después. Lo elegí así. No entra en mis planes ni entrará después. — No puedes decidir algo así siendo tan joven. — ¿Por qué no? — Porque no es justo para ti. — ¿Por qué no? es una libre elección.

A estas alturas, el silencio incómodo se había convertido en un coro de murmullos malsonantes, directamente incómodos e insultantes. Una conocida levantó las manos y las sacudió, como si intentara desembarazarse de mis palabras con el gesto.

— Casarse es parte de la naturaleza humana. El matrimonio sólo oficializó ese instinto social que es parte de nuestra identidad — terció — ¿Cómo puedes tomar una decisión para toda la vida siendo tan joven y sin ni siquiera haber ponderado que sucederá después?

Suspiré. He escuchado el mismo discurso antes y en todas las ocasiones, ha hecho reír — una risa amarga, cansada — la inmediata conclusión a la que suelo llegar escuchándolo: nadie le diría la misma perorata moral alguien que decide contraer matrimonio siendo muy joven. A pesar, que básicamente también es una decisión que afectará el resto de su vida y que con toda seguridad, se toma bajo la efímera influencia de una emoción pasional. Pero cuando alguien decide contraer matrimonio, nadie lo cuestiona. Es un impulso, una necesidad, un requisito social. De manera que a pesar de cualquier duda e incertidumbre, el hecho de hacerlo marca la frontera en lo que se supone es la conclusión a la que todos debemos llegar en nuestro comportamiento cultural. Lo contrario es impensable o al menos tan improbable, que quien lo decide, se encuentra en la nada cómoda situación de transitar un terreno árido de puro ostracismo social casi inmediato.

— ¿Y que pasará cuando tengas una pareja que quiera casarse? — insiste alguien más — ¿Te negarás a pesar de que sea la única forma de continuar juntos?

Me guardé mis comentarios sobre el tono melodramático de la frase y me pregunté en silencio por qué, poca gente asume el hecho que todos podemos negociar nuestro futuro — de la manera pragmática y un poco emocional como se escucha — hasta encontrar un equilibrio que no sólo nos satisfaga sino que además, nos brinde cierta estabilidad personal. Que cuando decides no contraer matrimonio, no estás rechazando la idea de no disfrutar de la profundidad, intensidad y placeres de la vida en común, sino al hecho simple de no asumir un contrato social. Claro que, analizado de esa forma, el matrimonio parece perder esa solemnidad que se nos inculca, esa visión sacramental que lo hacen no sólo necesario sino imprescindible para comprender nuestro lugar bajo el sol. Aún así, el hecho evidente es que el matrimonio como cualquier otra clausula social no sólo admite corrección sino también excepciones. Y yo escogí una.

Con frecuencia este tipo de conversaciones suelen extenderse hasta la incomodidad. Porque no sólo se debaten las razones por las cuales decides que el matrimonio no forman parte de tus opciones, sino tu vida privada, tu forma de comprender el país y la cultura donde naciste e incluso tu aspecto físico. Llegados a cierto punto, la discusión no intenta profundizar sobre el por qué consideras que el matrimonio no podría satisfacer tus necesidades afectivas sino que hay de malo en ti, como para concluir tal cosa. Y es que para la mayoría de quienes conozco, la opción de la solteria no es sólo una forma de estigma sino también, una idea que te condena a un tipo de soledad de la que nadie quiere hablar o que directamente, provoca miedo e incomodidad. Una idea tan extraña a la percepción general del cómo debe ser las cosas, que termina siendo no sólo preocupante sino directamente, desconcertante.

Por supuesto, con treinta y pocos años, me he tenido que enfrentar a situaciones parecidas a la anterior — y mucho más incómodas — y sobre todo, a todo tipo de prejuicios e ideas sobre mi punto de vista no sólo sobre el matrimonio sino con respecto a la idea general sobre cómo debe ser mi vida. Un debate continúo que incluye no sólo una crítica directa y cada vez más agresiva sobre mis puntos de vista personales sino también, un ataque frecuente hacia mi perspectiva con respecto a mi futuro emocional. De manera que decidí recopilar las preguntas más comunes — con sus respectivas respuestas — a las que debo enfrentarme en ese insistente cuestionamiento que todo soltero debe soportar acerca de la forma como decidió vivir. Y podría decir que las más incómodas — y en ocasiones, extravagantes — son las siguientes:

¿No te casas por qué estas traumatizada? ¿Tus padres están divorciados? ¿Un novio te rompió el corazón?
Lo que respondo:
Más de una vez, se suele asumir que quien no desea casarse probablemente sufre de algún tipo de problema emocional complejo, que le hace rechazar plano tan solemne institución social. Una idea, que además, parece sostenerse sobre el hecho que para la mayoría de la gente, el matrimonio es el cenit de las aspiraciones y esperanzas a la que todo adulto podría aspirar en su vida. De manera que no sólo negarte a esa posibilidad, sino cuestionarla, te pone en la incómoda situación que cualquiera a tu alrededor se sienta no sólo en el deber, sino en el derecho de analizar tu historia personal y emocional en busca de una “razón” que le permita comprender el hecho que no desees contraer matrimonio. Y mientras más trágica y melodramática, mucho mejor.

Todo lo anterior puede ser cierto, por supuesto, aunque no es la norma y sin duda, en mi caso no lo es. Decidí que no contraería matrimonio no por el hecho que mi historia personal me haga complicado sostener una relación basada en ideas tradicionales, sino que el matrimonio como institución legal y social no satisface mi concepto sobre la pareja. De la misma manera que la mayoría de los solteros del nuevo milenio lo soy por razones bastante más simples que un trauma misterioso y poco analizado. Desde mi análisis de los parámetros de lo que el matrimonio puede ser hasta una percepción muy personal sobre el hecho y los límites del contrato matrimonial, mi decisión está basada en el análisis antes que en la emoción. Al igual que el resto de mi generación, el matrimonio no representa para mi una decisión concluyente: Según estadísticas recientes, el 45% de los hombres y mujeres entre 20 y 40 años deciden deliberadamente no contraer matrimonio por motivos de independencia económica, una nueva concepción sobre la vida en pareja y el hecho concreto que los parámetros sociales del matrimonio tradicional no le satisfacen. Aún más, Una generación que, según Boston Consulting Group (BCG), los adultos jóvenes del siglo XXI no sólo interpretan la idea del matrimonio como una opción poco ventajosa con respecto a la vida en solteria, sino que la sopesan sobre una decena de variables que favorecen su punto de vista: desde el hecho que la vida en común sin un contrato social se percibe como mucho más sincera hasta la necesidad de comprender el amor romántico como una construcción moral antes que legal. Incluso, para un breve fragmento de la población Millenians, contraer matrimonio es la contradicción de no sólo sus aspiraciones sino también, su punto de vista cultural.

En otras palabras, en el siglo XXI el matrimonio se analiza como una de las tantas perspectivas que un adulto independiente puede asumir. Una negociación de pareja que no necesariamente deba incluir una convalidación social.

Lo que quisiera responder:
Lo que ocurre es que vivir encerrada en una cueva durante diez años te deja algunas secuelas emocionales…

¿No te casas por qué no tienes pareja?
Lo que respondo:
Probablemente es la pregunta más frecuente que suelen hacerle al soltero por vocación, como si la vida adulta fuera una transición entre la búsqueda de pareja y el anillo al dedo, previo recorrido por el altar. Pero no, tomar una decisión que afectará probablemente no sólo tus relaciones emocionales a futuro sino la forma como elaboras una perspectiva sobre la vida en común, no tiene mucho que ver con una relación de pareja en específico sino como asumes tu forma de comprenderlas en general. No contraer matrimonio es una reflexión individual sobre como asumes no sólo puntos particulares sobre la cultura donde naciste sino de tu rol social, de género e incluso, temas tan abstractos como las ideas que sustentan una relación romántica o que esperas sobre ella. De manera que no se trata si te encuentras si te encuentras en medio de una apasionada relación de pareja o en búsqueda de una, sino del hecho de decidir sobre tu futuro basada en tus opciones personales y emocionales.

Lo que quisiera responder:
Por si acaso llega el indicado, tengo una caja con un kit de emergencia para el soltero que cambia de opinión: vestido blanco, anillo, un bate para convencer al indeciso de turno y…

¿No te casas porque nadie te lo ha pedido?
Lo que respondo:
Otro punto de vista popular: con frecuencia se suele concluir que el soltero lo es porque no tiene otro remedio, no ha tenido propuestas matrimoniales o directamente, jamás ha disfrutado de una relación de pareja que te haya hecho analizar tu decisión desde otro punto de vista. Una perspectiva tan errónea como la anterior y que implica, esa noción sobre el matrimonio como una conclusión obvia a toda relación romántica. No obstante, quien decide no contraer matrimonio lo hace por personalísimas razones, que incluyen una reflexión sobre su vida y lo que espera de ella. Casi siempre, se trata también de un acuerdo de pareja, un debate entre opciones disimiles y en ocasiones, tomar decisiones complicadas con respecto a lo que desea hacer — o no — dentro de una relación emocional. Quien decide permanecer soltero lo no sólo porque el matrimonio no le satisface sino porque además, es parte de su forma de comprender la dinámica de las relaciones románticas, emocionales y sexuales que forman parte de su vida.

Y aunque suele ocurrir que en algún punto te cuestiones si la decisión es la correcta, pocas veces ocurre por una relación especialmente significativa o profunda. De hecho, compartir un vinculo afectivo muy profundo con alguien más, se cimienta sobre la comprensión, el respeto mutuo y la comprensión intelectual, lo que implica debates y análisis sobre la manera como cada miembro de la pareja analiza y concibe el futuro de la relación. En otras palabras, nadie que te ame de manera sincera intentará hacerte cambiar de opinión sólo porque la suya sea contraria o por razones personales. Toda relación fructífera, se basa en la negociación, la comprensión y una mirada comprensiva sobre las razones del otro para asumir su vida cómo lo hace.

Lo que quisiera responder:
Es que yo no pierdo el tiempo. En el momento que llegue el hombre correcto a mi vida, tendré una epifanía devastadora: tomaré el grillete, el pañuelo con cloroformo, las llaves del candado y le explicaré por qué debemos pasar nuestra vid….

Eres bonita ¿Por qué no quieres casarte?
Lo que respondo:
Hace unos seis años, alguien debatió conmigo durante el horas el hecho de que era una mujer joven y hermosa y por lo tanto, debía querer contraer matrimonio a la brevedad posible. Cuando le expliqué que el matrimonio no sólo me parecía una institución obsoleta sino que además, sometía a una presión destructora a cualquier relación de pareja, no sólo se escandalizó sino que insistió en el tema que aún “tenía oportunidad” para “sentar cabeza”.

— Toda mujer bella puede casarse cuando quiera — me explicó — No entiendo por qué no puedes entenderlo.

En realidad, lo que no podía entender era el motivo por el cual relacionaba dos conceptos tan dispares como belleza física y compromiso matrimonial en una única frase. Cuando intenté cuestionarle al respecto, volvió al tema central: toda mujer atractiva debe aspirar al matrimonio, punto de vista en el que siguió insistiendo hasta que la conversación terminó por supuesto, en un incómodo silencio.

Con toda probabilidad, una idea tan desconcertante tiene su origen en cierta noción darwiniana que analiza las relaciones de pareja como una serie de impulsos instintivos que nos conducen a un punto en común: la reproducción. Una teoría que insiste en el hecho que todos necesitamos de una u otra forma, encontrar nuestro par genético y biológico perfecto que nos permita no sólo concebir al retoño de la próxima generación de la especie, sino además, aliviar nuestro claro e implacable instinto de conservación. No obstante, aunque es una teoría cientifica de indudable valor para comprender el comportamiento instintivo del ser humano, también menoscaba el hecho del poder de la razón sobre las decisiones biológicas. En otras palabras, podemos contradecir con toda tranquilidad lo que la naturaleza dispone en beneficio de lo que nuestras ideas suponen o sostienen.

De manera que no contraer matrimonio no tiene relación alguna con “falta de oportunidades”, con la belleza o la fealdad física, con la edad cronológica o mucho menos, esa noción que asume que toda mujer joven necesita contraer matrimonio para contraer cierta etapa de su vida emocional. Al menos en mi caso, la decisión de no casarme tiene una inmediata relación con la satisfacción de mis necesidades intelectuales y personales y muy poco, con un instinto misterioso aparentemente incontrolable que la sociedad doméstico a fuerza de contrato matrimonial.

Lo que quisiera responder:
Lo que pasa es que me falta el colágeno y la silicona suficiente para que alguien decida que puedo pasar por el altar. *Llora desconsoladamente*.

Eres joven ¿No te casas por qué eres lesbiana?
Lo que respondo:
Se trata de una frase recurrente, que suele incluir dos de los grandes prejuicios sociales de toda sociedad machista donde nací: la soltería y la orientación sexual. No sólo se trata de cuestionar la sexualidad ajena — que en todo caso, no se trata de un hecho insultante ni mucho menos — sino además, asumir que decidir no contraer matrimonio sólo puede explicarse por razones absolutas que expliquen o justifiquen el comportamiento del otro. O lo que es lo mismo: nadie puede rechazar por las buenas tan venerable institución, por lo que debe existir un motivo claro, evidente y muy comprensible para hacerlo. O de lo contrario, ¿Qué ocurriría con el mundo como lo conocemos?

Pues para los descreídos: una mujer puede ser heterosexual y no desear contraer matrimonio. Aunque sorprenda a más de uno y resulta incomprensible para cierta visión arcaica sobre la naturaleza femenina.

Lo que quiero responder:
¡Pero claro que tienes razón! Es que tengo un harén de mujeres que me convencieron de faltarle el respeto a la sociedad.

¿No te da miedo la soledad?
Lo que respondo:
Nuestra sociedad suele relacionar de inmediato la solteria con un tipo de soledad invalidante y dolorosa, lo cual no es cierto. La soledad o lo que es lo mismo, esa insatisfacción recurrente y sobre todo, amenazante que parece ser el temor más inmediato de buena parte de la sociedad, se relaciona más con la insatisfacción personal e individual que con una relación de pareja. La soledad de hecho o nuestra incapacidad para lidiar con ella, no es una idea que tenga relación con quien compartes tu vida emocional, sino la manera en como manejas tus relaciones emocionales a nivel general.

Así que no, no temo a la soledad ni tampoco usaría el matrimonio como un consuelo inmediato para un conflicto de índole personal. Además, el hecho de no contraer matrimonio no implica que no disfrute de relaciones sentimentales y emocionales. El contrato social que sostiene el matrimonio sólo es una convención cultural que simboliza una serie de ideas sobre el compromiso que en realidad, tienen muy poca relación directa con nuestros debates emocionales e individuales. Y la soledad es uno de ellos.

Lo que quisiera responder:
Por eso tengo mi escopeta preparada para convencer al primer incauto que se me atraviese de acompañarme el resto de mi vida…

¿No te da miedo la vejez?
Lo que respondo:
Cuando era adolescente, pasé un par de meses trabajando en un Geriátrico de mi ciudad como parte del Servicio social que exigía el colegio donde estudiaba. Allí conocí a una anciana entrañable a la que le tomé especial afecto, no sólo por su capacidad para sonreír a pesar de sus dolores y precaria salud — sufría de un tipo de artritis reumatoide invalidante — sino por el hecho, de encontrarse definitivamente abandonada por buena parte de sus familiares. Con enorme tristeza me contó como sus hijos no sólo la habían recluido en la institución para no cuidar de ella. Me habló de sus esfuerzos para educarlos, de su abnegada dedicación maternal. Y de lo buena esposa que había sido durante casi cuarenta años de feliz matrimonio. En la viudez y en su soledad de anciana, mi amiga solía preguntarse en que se había equivocado para terminar sus días en un lugar tan árido como en una casa de cuidados como en la que se encontraba. Lo decía con una enorme tristeza inconsolable, como si estuviera convencida que su comportamiento como esposa y madre, habían provocado su penosa situación.

Por meses, pensé en historia y me hice la mismas preguntas que ella. Sobre todo, porque por entonces, ya comenzaba cuestionarme si era necesario contraer matrimonio por el muy pragmático motivo de asegurar una vejez segura. Pero el caso de mi amiga no sólo me demostró que el matrimonio no es un contrato exacto que prevenía las penurias de la vejez sino analizarlo desde ese punto de vista, era una generalización que desmerecía lo que debía ser una institución basada en ideas emocionales profundas. Pasada la idealización de la adolescencia, también me cuestioné el hecho que el matrimonio represente una opción para evitar no sólo el abandono de la vejez sino el hecho básico, de un tipo de soledad que mucha gente suele temer y es la que se relaciona con la tercera edad de nuestra vida. Una perspectiva para que la mayoría tiene ideas confusas, basadas casi siempre en el temor y la fragilidad que supone la vejez.

De manera que aunque supongo temo a ese último estadio de mi vida como cualquier persona de mi edad, no creo que el matrimonio sea una respuesta para consolar ese temor. O que deba contraer matrimonio para especular sobre mi futuro basada en ideas muy generales sobre el amor fraternal y filiar. Después de todo, el futuro se basa en las decisiones personales que tomamos y no en un espectro amplio de posibilidades sustentadas en un contrato social.

Lo que quiero responder:
¡Claro que le temo! por eso tengo una habitación en el sótano lleno de candidatos a cuidarme cuando llegue a la chochez. ¿Qué? ¿Que eso no es legal? ¿Pero como que no?

¿Y si te lo pide la persona indicada? ¿Y si te insiste en contraer matrimonio alguien que amas de verdad?
Lo que respondo:
Alguien que me ame de verdad, habrá debatido conmigo lo suficiente la idea para saber que no forma parte de nuestras opciones. Y a partir de allí, negociaremos el futuro de nuestra relación. Se trata de un punto de vista que forma parte de mis reflexiones sobre lo que deseo para mi vida y sobre todo, la forma como construyo mis aspiraciones personales. Algo tan álgido e importante, no puede resumirse sólo a una propuesta, sino a una discusión larga y profunda sobre nuestras diferentes perfectivas. El amor real, al menos como yo lo analizo, no puede basarse en imposiciones morales o sociales, sino en la libertad de elegir lo que consideramos mucho mejor para nuestro vida y nuestra salud emocional.

Lo que quisiera responder:
Estoy aquí en mi castillo esperando que llegue, ya ves. Creo que se está tardando un poco. Debe ser el dragón del bosque que no le deja llegar.

Todas las mujeres sueñan con el matrimonio. Tu no puedes ser distinta:
Lo que respondo:
No, no todas las mujeres sueñan con el matrimonio. La cultura popular, el cine y la literatura ha creado una imagen del matrimonio como un ideal necesario para toda mujer que desee “satisfacer” su mundo emocional y ocupar su rol tradicional en el mundo. Pero en realidad, existe una amplia, sostenida y cada vez más sustanciosa opinión femenina sobre la solteria y se fundamenta en el hecho, que deseamos elegir nuestras opciones personales y sobre todo, la manera como comprendemos nuestra vida. No critico ni criticaré jamás a todos los que asuman el matrimonio como necesario e imprescindible, pero esa visión no puede menoscabar o menospreciar la contraria. El matrimonio es una decisión personal y emocional muy privada e insistir en construir una obligación a través de ese planteamiento no es sólo contraproducente sino directamente amenaza la integridad de cualquier decisión moral que se tome al respecto.

Lo que quisiera responder:
Es que somos un club, las solteras esperando casarse. Nos encontramos todos los viernes a las seis vestidas en primoroso blanco para llorar nuestra desgracia de no haber encontrado nuestro galán. *Llora desconsoladamente*.

¿A que te tantas explicaciones? No te cases y ya. A nadie le importa.
Lo que respondo:
Ojalá realmente, a nadie le importara. Ojalá no tuviese que soportar las preguntas maliciosas e insistente cada vez que me reúno con mi familia. Ojalá no tuviera que escuchar comentarios y la mayoría de las veces hirientes de conocidos e incluso, amigos cercanos. Que cualquiera se sienta básicamente en la libertad de debatir en voz alta mi vida personal emocional. Que cualquiera crea que tiene el derecho a juzgar mi manera de actuar y de comportarme por el mero hecho de no llevar un anillo en el dedo. De no tener que intentar lidiar con el prejuicio y los juicios morales que suele despertar en mucha gente, la soltería femenina. Que no tuviera que responder un interminable interrogatorio más o menos mal intencionado sobre mi punto de vista sobre las relaciones románticas e incluso mi sexualidad. Sería un alivio, créanme. Y lo agradecería más que nadie.

Pero nací en una cultura machista donde mi individualidad e identidad se intenta definir por un rol tradicional. En las que las mujeres como yo, que toman decisiones poco populares y sobre todo, contraviniendo la idealización sobre quienes debemos ser, deben justificar cada tanto el motivo por el cual tomaron decisiones y sobre todo, sus implicaciones. Que carecemos de nombre — como no sea un estigma — y también de lugar — como no sea burlón — en una sociedad perfectamente convencida de su infalibilidad y que se asume absoluta.

Por eso continuo escribiendo y debatiendo sobre el tema. Lo hago por todas las mujeres como yo que se hacen preguntas, que toman la via menos transitada, que deciden no asumir una idea única sobre su identidad. Por las que luchan a diario contra la palabra “solterona” y las que deben sonreír cuando les insisten “que van a vestir santos”. Por todas las que se preocupan por la presión social y las que apenas pueden soportarlo. Por las que sufren relaciones de pareja por no haber tenido la opción de decidir. Porque deseo hacer visible el hecho que el hecho que la obligatoriedad del matrimonio es una contradicción al amor romántico que suele celebrar. Porque quiero celebrar la independencia emocional e intelectual.

Lo que quisiera responder:
¿Por qué estás leyendo esto entonces?

Años atrás, cuando alguien me cuestionaba sobre mi decisión sobre no contraer matrimonio, solía enfurecerme y asustarme, como si debiera justificar una idea tan natural en mi que resulta indivisible de mi personalidad. No obstante, ahora comienzo a sonreír, convencida que quizás esa sorpresa — y en ocasiones agresividad — es una señal que la sociedad comienza a comprender que hay opciones, que le desconcierta su existencia pero que aún así, admite en cierta manera su importancia. Una inflexión sutil de una idea general que quizás comienza a transformar lo que consideramos inevitable en algo más parecido a una decisión personal.