lunes, 13 de agosto de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: ¿En que falla “Disenchantment”, la nueva obra de Matt Groening para Netflix?




Durante los últimos veinte años, “The Simpson” han sido una forma de comprender la televisión y sus transformaciones. Matt Groening logró crear una combinación de humor, crítica social y sobre todo, un homenaje a la cultura pop, utilizando el formato tradicional de la clásica familia televisiva como punto de partido para algo más provocador. Poco después, el experimento se extendió a “Futurama” (1999–2013) en la que el autor redimensiona la habitual distopía a algo mucho más enrevesado, por momentos sardónico y casi siempre cruel. La mezcla de ambas series, crea un concepto original y extrañamente duro de asimilar: una percepción sobre el presente y el futuro, construida sobre la falibilidad de nuestra cultura, sus contradicciones y temores, en clave de comedia dolorosamente cercana. De una u otra manera, tanto “The Simpsons” como “Futurama” elaboraron una serie de reflexiones de enorme valor cultural sobre la identidad colectiva, el quienes somos y la forma como nuestra sociedad se comprende. Un aporte de enorme importancia para la versión de realidad que cualquier producto televisivo o cinematográfico desea mostrar.

No obstante “Disenchantment” (Netflix — 2018) parece enfrentarse a la difícil circunstancia de mostrar otra dimensión de la realidad, sin que Groening logre elaborar un discurso coherente y sólido, lo que convierte a la serie en un experimento bien intencionado sin demasiada consistencia. A diferencia de “The Simpsons” y “Futurama” (no serializados), “Disenchantment” crea un argumento consecutivo que tiene por objetivo contar una historia única, lo que parece incidir en su capacidad para sostener no sólo el humor sino también, la estructura completa del show. La línea episódica no solamente afecta la forma en que los personajes se presentan, sino además, reflejan cierta blandura del guión, que parece incapaz de estar a la altura de la provocación que se insinúa desde los títulos de los capítulos, hasta las habituales referencias que Groening suele utilizar como punto fuerte en su versión del humor. En realidad “Disenchantment” se esfuerza demasiado en la provocación y la transgresión, sin que en realidad tenga un tipo de planteamiento que cuestione más allá de la superficie. Usando como telón de fondo los familiares relatos de los hermanos Grimm y variaciones sobre leyendas y mitos populares, la serie avanza a tropezones entre una versión discontinua de un Universo tolkiano carente de solidez y algo mucho menos elocuente de lo que promete desde sus primeros capítulos.

Quizás, uno de los problemas más notorios de la serie es la incapacidad de Groening para analizar un formato que le resulta desconocido y la que trata de abarcar con cierta torpeza. La duración de los capítulos — más de treinta y cinco minutos sólo el piloto — hace que el humor se disuelva en situaciones de relleno y que los personajes, tengan un cierto aire incompleto, a pesar de los intentos del guión — y presumiblemente el autor — de analizar con cuidado cada uno de ellos. No obstante, el humor de Groening sigue estando presente y es de hecho, el punto más fuerte de la serie: Hay mucho de sus chistes rápidos, referencias pop de enorme valor simbólico — atención a los carteles colgados a lo largo y ancho del programa — y esa percepción tan dura del autor sobre la lógica interna del programa. En ocasiones, el show parece alcanzar su ritmo óptimo y emular a una versión soft de los Monty Python y sin duda, esa es la intención de Groening, que reflexiona con agudeza sobre la lógica de los cuentos de hadas, sus consecuencias sobre la psiquis colectivas y sus pequeñas trampas de efecto. Pero los momentos agudos son escasos y “Disenchantment” cae con lamentable frecuencia en baches argumentativos sobre la realidad y la fantasía, como si Groening y el equipo que le acompaña buscara justificarse a sí mismo, sin lograrlo siempre.

De modo que “Disenchantment”, en lugar de la sátira familiar Simpsoniana o la elocuente crítica al consumismo de “Futurama”, intenta una reflexión profunda sobre la cultura y sus formas de manifestarse pero no consigue una versión consistente sobre su ambiciosa propuesta. El guión mezcla sin demasiado acierto interrogantes sobre el feminismo, roles de género, canon y estereotipos, sin lograr otra cosa que una confusa combinación de señales y símbolos que al final, carecen de verdadero sentido, forma y fluidez. Una y otra vez, “Disenchantment” cae en pequeños escollos argumentales que no logra solventar y que hacen que cada capítulo sea insuficiente para narrar la historia que al parecer necesita cuestionar y mostrar.

Como fenómeno cultural “The Simpson” creó toda una nueva percepción sobre el humor social y cultural desde la aparente inocencia del género animado. Desde su primer capítulo, fue muy clara la intención de su creador Matt Groening de analizar — y desmenuzar desde el cinismo -al estilo de vida Americano, utilizando como telón de fondo una familia cualquiera, en un pueblo común estadounidense. El resultado fue llevar al extremo a las comedias familiares y construir una cuidadosa red de simbolismo y metáfora social a través de cada episodio. Sin duda Groening, logró encontrar el equilibrio entre la burla crítica al llamado American lifestyle y algo más profundo sobre la cultura occidental. Para el guionista e ilustrador, la noción sobre el amor, la moral y la percepción sobre el bien, estaban directamente relacionados con la ambigüedad y los matices grises de una sociedad en busca de significado.

Quizás con excesiva ambición, Groening trató de hacer algo semejante con el género fantástico en la serie “Disenchantment” y no sólo no lo logra, sino que parece encontrarse a mitad de camino entre lo subversivo y algo más elaborado cuyas piezas desordenadas no acaban de calzar entre sí. El uso de la convención del cuento de hadas retorcido como una forma de transgresión, no llega a funcionar debido a que el guión de “Disenchantment” parece mucho más interesado en provocar que crear un mensaje sólido a través de las aventuras de su princesa rebelde, acompañada de un ogro borracho y demonio malicioso. A diferencia de “The Simpson” el comentario social está por completo ausente, de manera que Groening dedica buena parte del tiempo a hacerse preguntas sobre la “política” en las viejas narraciones infantiles, lo cual funciona a ratos, pero es incapaz de sostener la idea completa de la serie. Por supuesto, el humor de Groening continúa allí y es una de las bazas fuertes del show. Aún así, la noción burlona e incisiva que tanto define a la obra del autor, se modera para lograr y crear un discurso nuevo que sorprende en ocasiones por su superficialidad.

Los primeros capítulos demuestran que Groening está completamente decidido a sostener la dinámica del programa sobre la química, los juegos de palabras y el ingenio extravagante del trío protagonista. Dibujada al habitual estilo de Groening, la serie es deudora de una amplia serie de referencias que se enlazan entre sí aunque muchas veces con cierta torpeza. Al principio concebida como una spin off paralelo del mundo “The Simpson” en la que Homero interpretaría a un Rey despótico en un mundo de fantasía Tolkiano, la serie parece conservar un poco de esa primera intención — que no logró prosperar — y hay mucho de esa complicidad tácita entre personajes que la serie clásica utiliza como su punto más fuerte. No obstante, “Disenchantment” no las tiene todas consigo al momento de trasladar la frescura de un experimento argumental a algo más que una colección de risas de diseño. Mucho más parecida a “Futurama” en su propuesta desenfadada y en la construcción de una realidad paralela que a la icónica familia televisiva, carece de la chispeante dureza de ambas. La libertad provocó que Groening no sólo pareciera incapaz de engranar el humor y la idea episódica de forma correcta sino que además, le resultara complicado engranar la historia que desea contar a algo mucho más enrevesado que una mero chiste de ocasión. El autor, que hasta ahora luchó contra las restricciones de tiempo y argumento de la televisión pública, intenta abarcar en su nuevo experimento televisivo nuevos espacios y lugares, sin lograrlo por completo. La serie carece de personalidad e identidad, a pesar de sus buenas intenciones pero sobre todo, de una línea coherente que sostenga el argumento facilón con la eficiente puesta en escena. No obstante, como en todas las obras de Groening, hay una promesa de algo mucho mejor si se le brinda el tiempo suficiente para madurar y es justamente, lo que “Disenchantment” parece esperar de su público, sin saber si lo logrará.

jueves, 9 de agosto de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: el derecho femenino a decidir y otros dolores culturales.




El aborto es una palabra dolorosa. O al menos, esa es su connotación inmediata. Hay un juicio moral inmediato, un interpretación sobre lo que sugiere que involucra y de manera directa, una serie de pareceres éticos y morales que aparentemente, no admiten ningún tipo de excepción o justificación. Para buena parte de la sociedad occidental, la palabra “aborto” remite a un crimen inquietante, a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Para una mujer, el aborto no debería ser una opción y su la mera discusión de la posibilidad se plantea como una situación ética confusa, turbia y la mayoría de las veces inadmisible. Para la gran mayoría de las personas, el aborto no es una visión sobre la sexualidad y los derechos reproductivos femeninos, sino un concepto moral sin réplica alguna, mucho menos un matiz que permita una visión menos absoluta del término.

Desperté con la noticia que el Senado Argentino había rechazado la propuesta de aborto legal en el país. Aunque estaba casi convencida que podía ocurrir — la representación senatorial Argentina representa un tipo de conservadurismo puro y duro — me entristeció la certeza que aún la mujer sigue considerándose un sujeto legal menospreciado y discriminado de una manera tan directa. Pero sobre todo, al leer la información completa — el extenso debate, los argumentos morales y éticos esgrimidos, ninguno en favor de la libertad femenina — pensé en el caso de una mujer argentina oriunda de Tucumán (norte de Argentina) que hace unos años, fue acusada de “asesinato con agravantes” por haber sufrido un aborto. A pesar de que no pudo demostrarse en juicio que el aborto fue resultado de algún procedimiento médico, la joven fue declarada culpable de asesinato y condenada a ocho años de prisión. Por sorprendente y doloroso que pueda parecer, no se trata del primero o el único caso en el cual una mujer es condenada debido a un aborto, incluso por causa naturales. En el Salvador se encuentran diecisiete mujeres en condiciones parecidas: todas fueron encarceladas por considerarlas sospechosas de practicarse un aborto, incluso si ocurrió de manera natural. El país tiene una de las legislaciones más duras en lo respectivo a la interrupción del embarazo: se encuentra prohibido incluso en casos gravísimos que puedan comprometer la vida de la madre o su supervivencia. Para la ley salvadoreña, una vez que la mujer se embaraza, pierde todo derecho a decidir sobre su cuerpo.

Resulta inquietante que las leyes de un considerable número de países continúan analizando el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo de la misma manera. Mujeres violadas, gestando como consecuencia de relaciones abusivas e incluso incestuosas, deben luchar contra un entramado legal que asume y analiza la capacidad reproductora de la mujer como un hecho biológico que no le pertenece y donde no tiene capacidad de decisión, lo cual resulta no solo una amenaza a su integridad y salud sino también, un atentado contra sus derechos reproductivos. No obstante la presión ética, y en la mayoría de las ocasiones religiosa, continúa siendo un elemento insuperable en el debate del aborto como una necesidad médica y una prerrogativa única de la mujer.

En Latinoamérica, el tema es aún más difícil de abordar: el aborto se considera un tabú con tantas implicaciones que la mera mención de la palabra invalida cualquier argumentación al respecto. La mayoría de las legislaciones del hemisferio continúan castigando de forma muy severa el aborto y condenado cualquier discusión legal respecto a una incómoda perspectiva más relacionada con principios éticos que a una perspectiva legal y crítica sobre el asunto. El año pasado fue noticia el hecho de que la ley paraguaya no permitiera el aborto terapéutico de una niña de once años, embarazada luego de ser violada por su padre. La legislación del país solo permite el aborto en caso de que haya peligro de muerte para la madre y bajo estricta recomendación médica, por lo que el caso de la niña — pesar de su edad y de las circunstancias de la concepción del bebé — fue rechazado de inmediato. No obstante las peticiones de la madre y grupos humanitarios alrededor del mundo, la niña dio a luz el 13 de agosto del 2015, a pesar del riesgo que el embarazo y el parto pudieron suponer para su salud mental y física.

En nuestra región la cultura condena a priori a la mujer por el mero hecho de considerar el aborto como una posibilidad: para la mayoría de nuestros países, hay un juicio moral inmediato que no admite excepción o justificación. Para buena parte de latinoamérica, la palabra “aborto” remite a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Resulta inquietante que en ese debate la mujer parezca tan infravalorada y vulnerable de cara al debate legal y moral, a las aseveraciones éticas y la presión religiosa. Una víctima que no sólo debe enfrentar las secuelas físicas y morales de cualquiera de las causas que le hace tomar la decisión del aborto, sino también a una sociedad que mira la maternidad y la capacidad para procrear como un atributo independiente a la mujer, a su espiritualidad e incluso a su poder de decisión individual.

Se trata además de una percepción que rechaza el hecho de que el aborto es un derecho de elección que pertenece por completo a la mujer. O esa debería ser la opción más evidente. No obstante, no lo es: la ley infantiliza el rol y la identidad femenina y lo hace, insistiendo en la presunción que la mujer debe ser tutelada y además, no tiene la capacidad intelectual y moral suficiente como para tomar una decisión específica sobre su cuerpo y las implicaciones de la maternidad tiene sobre su futuro. La mayoría de las discusiones sobre el aborto no incluyen aspectos de vital importancia como la salud biológica y mental de la mujer y las consecuencias inmediatas que puede sufrir durante un proceso de gestación no deseado. La diatriba casi siempre suele insistir en el juicio de valor inconcluso y religioso que toma la decisión incluso antes del análisis. La capacidad de concepción convertida en una lucha de la sociedad contra la interpretación cultural que usa el cuerpo de la mujer como escenario.

Por ese motivo, el debate sobre la protección de la vida y la reflexión ética con respecto al aborto pocas veces parece incluir a la Madre. ¿Cómo puede debatirse e incluso tomar decisiones que involucren la vida del feto sin tomar en consideración qué pueda ocurrir con la madre que lo lleva en el vientre? ¿Hasta qué punto el debate antepone un análisis moral a una visión sensible sobre la condición de la mujer? La respuesta a ambas preguntas desconcierta pero, sobre todo, preocupa. ¿Quién tiene el derecho a decidir sobre la capacidad de reproducción femenina? ¿Pierde la mujer los derechos básicos sobre su cuerpo una vez que se embaraza? ¿Por qué pocas veces las legislaciones protegen de la misma manera al feto y a la mujer?

Se trata de una serie de cuestionamientos que ponen en tela de juicio la percepción sobre la capacidad reproductiva que se tiene en buena parte de Occidente. La estadística que indica que en el 85 % de los países del Mundo, el aborto es considerado no sólo un delito penal sino que condena a la madre a penas mayores de diez años de prisión en caso de cometerlo. No obstante, al revisar el porcentaje en protección de madres en riesgo, los números muestran una realidad descarnada: solo el 25 % de los países poseen leyes que brindan seguridad social y económica a mujeres con embarazos no deseados. Tampoco es menos preocupante la perspectiva sobre las cifras que muestran un panorama para la mujer poco menos que agresivo: en el 56 % de los países, las violaciones tienen penas inferiores a 15 años y los reos disfrutan de beneficios de libertad condicional al quinto año. En el 67 % de los países occidentales no existe un órgano de protección que asegure la salud mental y física de las víctimas de violación. Sin embargo, el 68% tienen castigos punitivos a cualquier mujer que se practique el aborto, incluso en situaciones que pongan en riesgo su salud física y mental.

Nuestro país no es una excepción, a pesar de las pretendidas reivindicaciones sociales que la mujer disfruta en nuestra sociedad. En la 69° Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se solicitó a Venezuela la revisión y modificación de la ley del aborto, en beneficio de la mujer y en prevención al aumento de los índices de mortalidad de mujeres que, según los expertos de la organización, se encuentran entre los más altos de la región. La petición solicitaba de manera formal excepciones adicionales como la posibilidad de interrupción del embarazo producto de la violación e incesto. El texto completo (que puede leerse junto a un pormenorizado análisis de la Doctora Esther Pineda en este enlace) insiste además en el hecho de que las leyes sobre el aborto minimizan las consecuencias que puede tener su carácter restrictivo:

“El Comité está profundamente preocupado por que Venezuela tenga uno de los índices más altos de la región de embarazos de adolescentes y que muchos de ellos acaben en muerte materna”.El informe insiste además en que el organismo “está preocupado por la falta de acceso a procedimientos de aborto seguro a causa de la restrictiva ley y la carencia de información sobre el impacto de los programas para reducir estos embarazos”. No obstante, a pesar de los precisos argumentos de la solicitud, la petición se ignoró, como ha ocurrido en múltiples oportunidades en el pasado.

Sin duda la discusión sobre el aborto en Venezuela continúa en medio de debates prejuiciados sobre las razones morales que pueden empujar a una mujer llevar a cabo una decisión extrema como el aborto en contraposición a la necesidad inmediata de protegerla. Eso, a pesar de las dolorosas historias sobre mutilaciones, maltratos por mala praxis médica o fallecimientos debido a brutales procedimientos ginecológicos médicos, la mujer venezolana debe someterse a dictámenes legales influenciados por un machismo secular de una sociedad patriarcal. A pesar que el aborto es una decisión íntima, privada y que no debería depender de ninguna opinión moral ajena a la de la madre. O ese debería ser el caso. Lamentablemente no lo es. El mundo continúa reflexionando sobre el aborto como una variedad de opiniones morales que pocas veces favorecen a la víctima silenciosa de un delito sin rostro: la mujer.

miércoles, 8 de agosto de 2018

De los pequeños secretos de la mente: El miedo, la Locura y otros dilemas. Una análisis sobre la salud mental.




La primera vez que escuché el término “Trastorno de ansiedad generalizada” tenía diecisiete años. Y me la dijo el psiquiatra al que acudí debido a mi insomnio, constante nerviosismo y agotamiento general. Su tono solemne que me sobresaltó. Mucho más aún lo que sugería el término. Me encontraba en su pequeño e inquietante consultorio y no supe qué responder. Me sentí muy pequeña, muy frágil cuando me dedicó una larga mirada casi preocupada.

- ¿Sabes a que me refiero? — me preguntó.
- No — respondí casi con excesiva rapidez.
- Se trata de un desorden de ansiedad que produce el cuadro médico de constante nerviosismo que sufres — me explico — todos esos pequeños hábitos de los que me hablaste, se deben al padecimiento. Es un trastorno relativamente común.

Por supuesto, no había sido del todo sincera: en realidad no era del todo ignorante sobre el cuadro médico y una idea vaga acerca de lo que podía significar el diagnóstico y sus implicaciones. En una ocasión, había anotado todos mis síntomas y luego había dedicado horas en recorrer las opciones que Google me ofrecía hasta encontrar algo semejante a lo que me ocurría. El trastorno de ansiedad generalizada — o como se le describía — era muy parecido a la sensación de constante preocupación y angustia que me atormentaba. Pero pero preferí callarme el miedo que me hacía sentir el mero pensamiento y esperar su opinión. La profesional, la válida. Por eso había acudido a su consulta ¿no?

— No tienes nada que temer — dijo el médico — sólo es un cuadro que necesita atención.

Me sentí inmediatamente incómoda. No podía ser tan sencillo. Era difícil explicarle la angustia real que me producía que mis libros universitarios no estuvieran perfectamente ordenados, o que los bolígrafos que utilizaba para tomar apuntes no fueran del mismo color azul. Era una sensación inexplicable, pero abrumadora. O los pensamientos catastróficos que me aturdían a cada hora que pasaba despierta. Eso solo podía tener una explicación y no una tan simple como que se trataba de un síndrome, o algo tan elemental. Lo que yo sufría, era mucho más incómodo y doloroso, era una idea tirante dentro de mi mente, que parecía relacionarse con cada cosa que hacía o pensaba. Una tensión asfixiante que me dejaba sin aliento la mayoría de las veces.

- No es eso, estoy loca — dije por último. Mi psiquiatra parpadeó, un poco sorprendido.
- No lo estás.
- ¡Claro que sí! — estallé — todo lo que me pasa no puede ser sólo un “trastorno”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. No sabía como explicarle como me sentía al levantarme en mitad de la noche para ordenar por orden de tamaño y de grosor mis libros favoritos. O como se me hacía difícil respirar si escribía con tinta negra. Eso no podía ser normal ni saludable. Y la única explicación era la locura. Una muy dura de sobrellevar además.

Mi psiquiatra aguardó en silencio mientras yo lloraba de rabia y quizás de frustración en la sillón frente a su escritorio. Con los años, aprendería que era su forma de consolar y una muy efectiva: permitir que las emociones fluyeran, que pudieran expresarse con toda tranquilidad. Cuando finalmente me tranquilicé, continuaba mirándome con amabilidad y total respeto por aquellas súbitas lágrimas.

- Puedo aceptar que estoy loca — dije por último — pero realmente quisiera sentirme mejor.

Se levantó y se dejó caer en el sillón junto al mio. Me extendió una caja con toallitas de papel. Me sequé los ojos con un gesto cansado.

- Todos estamos un poco locos y eso es completamente natural. La mente humana es muy compleja para definirse con la normalidad — respondió — pero lo que sufres es una manera muy poco usual y distorsionada de manejar la ansiedad. Te sientes abrumada, desconcertada y muy probablemente aplastada por muchas circunstancias en tu vida y tu manera de reaccionar te provocaron el síndrome.

Lo escuché con atención. Eso tenía sentido. Después de todo ¿No era verdad que me obsesionaba con esas pequeñas rutinas mías cuando más nerviosa me encontraba? Pensé en los días en que debía acudir a un examen Universitario especialmente difícil y que el color del bolígrafo me parecía de enorme importancia para aprobarlo. Era un poco lo que decía el doctor no ¿No? Me mire las manos, de uñas rotas y carcomidas. Me las lavaba al menos diez o veinte veces antes de comenzar a leer libros para clase, de responder preguntas de cuestionarios. ¿Qué ocurría con mi mente?

- Tu mente está tomando el camino más largo y complicado para comprender el estres — me explicó con una sonrisa cuando se lo pregunté — está agotada porque las rutinas y pensamientos obsesivos te roban energía y capacidad para concentrarte, de manera que debes esforzarte el doble para estudiar y dedicar tu atención a otras actividades. Como verás, no es locura. Yo le llamaría confusión.

Tomé una bocanada de aire. Me asustaba tanto la idea de no cumplir mis propias expectativas académicas, de simplemente no conseguir ese nivel de excelencia que me obsesionaba a toda hora. Y de pronto, tuve el deseo de llevarme las manos a la boca y mordisquearme las uñas hasta provocarme dolor. Pero no lo hice. ¿Se trataba solo de eso? Miré a mi psiquiatra un poco esperanzada.

- ¿Si sabe lo que es podría tener cura? — pregunté. Mi psiquiatra me hizo un guiño cariñoso.
- Ese es mi trabajo.

Me gustó su seguridad y me gustó sentir que había una posibilidad de comprender mi mente. Un momento de paz en medio de una especie de tormenta personal cuyos alcances apenas comenzaba a comprender.

Una pequeña batalla a ciegas:
Se dice que seis de cada diez adultos jóvenes sufre — o sufrirá — de alguna enfermedad mental . Lo más preocupante es que el mismo informe — publicado por la Organización Mundial de la Salud durante este año — sugiere que la mayoría de los que las padecen, no recibirán atención especializada. Un panorama preocupante, en una cultura donde la salud mental es un tema que preocupa de manera tangencial y que muy pocas veces se considera de verdadera gravedad. Aun más, cuando se es tan joven como para que la salud mental parezca no tener mucho sentido en esa abstracción que llamamos con mucha inocencia vida real.

Mi amiga J. nunca supo que la depresión podía ser un padecimiento médico de gravedad hasta que sus síntomas afectaron su rutina diaria y literalmente, la abrumaron. Por supuesto, en Venezuela, la angustia y la tristeza son consecuencias comunes de una situación insostenible, pero en el caso de P. además, eran parte de un trastorno que muy pocas veces se admite y justamente por ese motivo, es tan preocupante. Y es que la depresión, como padecimiento físico, afecta a más de 350 millones de personas en el mundo, aunque solo se diagnosticará alrededor del 45% de los casos, mientras que el resto seguirá siendo considerado algún tipo de desorden emocional. Según cifras de la Organización Mundial de la salud, gran parte de los pacientes depresivos jamás acudirán a consulta médica y de hecho, ignoraran que padecen un trastorno mental real hasta que las consecuencias sean incontrolables o incluso pongan en peligro su salud.

Para J. la situación empezó a hacerse incontrolable a medida que la sensación general de angustia fue haciéndose cada vez más invalidante. Desde la tristeza patológica que comenzó a interferir en su vida cotidiana hasta convencerse que no podía controlarla. Según me contaría después, la sensación era tan sofocante que llegó a creer que nunca podría superarla, un pensamiento común en los pacientes deprimidos.

- ¿Pensaste en la muerte? — le pregunté mientras conversábamos sobre el tema. Suspiró, mirándome con cierto cansancio.
- No es tan fácil como plantearte el suicidio como opción, es que sientes que solo la muerte podría aliviarte — me explicó — puede parecer dramático, pero en realidad en un momento dado, era un pensamiento real, incluso atractivo.

Finalmente y luego de sufrir un accidente automovilístico en el que casi muere, J. asumió que lo que sufría era un trastorno físico real y tan preocupante como podría serlo cualquiera de las heridas de las que se estaba recuperando. Acudir al psiquiatra no fue una decisión sencilla: como muchos otros pacientes de diversas enfermedades y síndromes psiquiátricos, la idea social sobre la locura le preocupó al momento de contemplar la opción. Pero finalmente tomó la decisión, a pesar de sus temores y la desconfianza que le producía el pensamiento de padecer un trastorno de animo.

- Nunca es fácil asumir que estás loca — comenta con una sonrisa. Han transcurrido casi dos años desde su primera consulta y la mejoría es evidente: J. tiene recobró sus fuerzas y lo que creo aún más necesario, el control de su mente. Sonrío, comprendiéndola con toda claridad. Y es que quizás la locura — esa idea imprecisa que parece definir un estado mental inquietante — es una idea que solo se asume desde la experiencia.

La salud y la belleza: secretos incómodos.
Conozco a L. desde niña. Desde el colegio, de hecho, y siempre ha sido fanática de la belleza, el ejercicio y esa estética atlética que actualmente es tan deseable. Por eso me sorprendió cuando hace un par de años, me confió que acudía a la consulta de un psiquiatra debido a los serios problemas que sufría con respecto a su identidad e imagen personal.

- Siempre me siento gorda e inadecuada — me explicó — llegó un momento en que el pensamiento era tan insoportable que reaccioné ejercitándome aún más y llevando una dieta más estricta. Hasta que no pude soportarlo más.

Me contó que había sido un proceso extraño e inquietante asumir que algo andaba muy mal con su manera de percibir la actividad física y su pasión por el deporte. Algo tan perturbador que al analizarlo bajo el ojo de la psiquiatría resultó una visión muy inquietante de su propia mente. Una sensación paralizante de menosprecio hacia su propio cuerpo e identidad que resultaba casi cruel. Desear perfeccionarlo casi de manera objetiva. Y para L. quizás eso fue lo más desconcertante: Porque en realidad no hay una manera real de comprender que existe algo excesivo en la manera como prácticas el deporte o cuidas tu salud en general. Para L. había sido una idea que jamás consideró y que le llevó unos cuantos meses asumir como real.

- ¿Que te hizo aceptar que algo grave pasaba? — le pregunto.
- Creo que no existe una única cosa. De pronto, todo el dolor parecía estar en todas partes.

Caminamos por el pasillo de un Centro Comercial de la ciudad y la estilizada figura de L. atrae numerosas miradas. Alta, esbelta tiene el tipo de figura que muchas mujeres se esfuerzan en tener y sin duda, su aspecto físico en genera es mucho más saludable que el mio, con mis kilos demás y escasa fortaleza física. Intento imaginarme que difícil debió ser para ella comprender que algo estaba mal, que estaba rebasando la linea de lo saludable para rozar algo más preocupante y peligroso. Porque para L. la cosa estuvo clara cuando siguió entrenando a pesar de una dolorosa lesión de tobillo que ahora la hace cojear de manera imperceptible.

- Cuando el dolor no me detuvo — me dice, casi con tristeza — me torcí el tobillo corriendo y seguí entrenando, incluso cuando estuvo tan hinchado que no podía calzarme y hasta que simplemente, el dolor no permitió seguir haciéndolo. ¿En resultado? una lesión quizás incurable.

Acudió al médico casi por obligación y ante la insistencia de su novio, que fue el primero en notar la parajodicamente poco saludable obsesión de L. por su cuidar de su cuerpo. Y tenía razón: el psiquiatra no tardo en descubrir que el problema de mi amiga era mucho más grave que una simple necesidad de conservar una imagen estética. Sufría de un poco conocido trastorno de la conducta alimentaria llamado “Vigorexia”, que no es otra cosa que una distorsion grave de la imagen corporal, cuya consecuencia inmediata es realizar ejercicio de una manera continuada y exagerada, hasta que, como le ocurrió a L., llegar al daño físico.

- Fue absurdo ¿sabes? — me dice, sentadas juntas en un café del Centro Comercial donde nos encontramos — asumir que intentaste cuidar tanto de ti misma que llegaste a hacerte daño, justamente lo contrario. Y aún así me parecía tan natural…

Miro a nuestro alrededor. Al menos dos o tres chicas caminan con mayas de ejercicio y en zapatos deportivos. Una mujer muy delgada come una ensalada en una mesa solitaria. Y comprendo exactamente lo que L. quiere decirme: lo difícil que debió ser asumir que hay algo anormal en la sociedad que te presiona y te mira con ojo crítico.

De pequeñas locuras a verdaderos dilemas:
Mi primo K. se casó muy joven y de inmediato, se convirtió en padre. Es un padre moderno, amistoso y accesible, de esos que están convencidos que educar a un hijo es una gran aventura. Ahora, con treinta y pocos años, es el padre de D, de 17 años, un adolescente adorable que sin embargo es el quebradero de cabeza de papá y mamá. Impulsivo, con un largo historial de problemas escolares, dificultad para seguir instrucciones y un comportamiento errático, durante los últimos años ha sido fuente de constante preocupación familiar.

Al principio, todos pensamos que D., solo atravesaba una difícil adolescencia. Motivos no le faltaban: crecía en un país en plena crisis económica y cultural, en un ambiente violento y amargo. Y no obstante, el comportamiento de D., era tan excesivo que le llevó verdaderos esfuerzos llevar una vida normal. A los catorce se le expulso del colegio por una serie de problemas de conducta y más adelante, casi fue enviado a un reformatorio por conducta vandálica. Por supuesto, que la conducta irresponsable y los problemas de autoridad, son inconvenientes que pueden asumirse como comunes en la vida de cualquier familia con hijos pre puberes. Pero lo anormal resultó que los problemas de D., no parecieran tener una verdadera razón o al menos, no una muy clara clara para sus angustiados padres. Finalmente mi primo K., comprendió que el problema de su hijo era algo más allá que una conducta impulsiva y decidió consultar a un experto. Luego de varios meses de exámenes y test médicos, la conclusión le sorprendió: D. sufría de un grave Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

- Fue toda una sorpresa — me explico. Han transcurrido casi cuatro años desde el diagnóstico y actualmente D. es una aventajado estudiante universitario. Un apropiado tratamiento y terapia psiquiátrica le permitió no solo disminuir los síntomas del padecimiento, sino además lograr un relativo equilibrio familiar — nunca supuse que todo el comportamiento de D. podría tratarse un padecimiento, más que la causa de un problema.

- ¿Te costó aceptarlo? — pregunté. Recordé lo mucho que me había costado asumir que padecía algún trastorno de ansiedad y los meses que me llevó decidir acudir a la consulta del psiquiatra. Mi primo pensó unos momentos antes de responder.

- Lo que ocurre realmente no es que me llevara esfuerzos aceptarlo, sino que simplemente nunca pensé podría ser un trastorno psiquiátrico. Mi primer pensamiento fue que algo así era impensable en mi familia, con respecto a mi hijo…

Es un pensamiento común. Varios psiquiatras que consulté, estuvieron de acuerdo en que muchos pacientes no admiten que padecen algún cuadro clínico preocupante hasta que la situación se hace virtualmente insostenible. Recordé a J., que casi había tenido que morir para aceptar que la tristeza que padecía era algo más que un estado de ánimo y a L., que sufrió una lesión tan grave que amenazó su salud para comprender que algo era excesivo en su necesidad de entrenar. Y me pregunté cuantas veces asumimos que la salud mental es mucho menos importante que la salud física, la evidente, la formalmente aceptable como parte de eso tan abstracto que llamamos normalidad.

Una crónica inquietante: Las cifras anónimas.
Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades mentales son un tabú en casi todo el mundo: menos de la mitad de los pacientes recibirán atención adecuada. Un tercio de esa proporción, además, no continuará con tratamientos adecuados que puedan mejorar su condición psiquiátrica y solo un grupo muy pequeño encontrará mejoría. La cifra se hace incluso mayor en los países como el nuestro, donde la atención psiquiátrica es costosa y muy poco frecuente. Un pensamiento preocupante sin duda: somos una población eminente joven, casi adolescente: ¿Cuantos casos de trastornos psiquiátricos quedarán sin un tratamiento adecuado? Me hago la pregunta mientras camino por la calle y observo los rostros preocupados a mi alrededor, los hombres y mujeres agobiados por sus propia complejidad, por la inquietante sensación de encontrarte atrapado en tu propia mente. Y pienso en el hecho preocupante que somos muy poco conscientes del sufrimiento que supone un problema psiquiátrico, incluso el más leve. Una sensación inquietante que deja un amplio margen para imaginar las consecuencias.

Cuando termino de escribir esto, miro hacia mi escritorio: mis libros favoritos están colocados de cualquier manera en mi biblioteca. Siento un casi irresistible impulso de ordenarlos cuidadosamente. La sensación es casi dolorosa: el cuerpo en tensión, la extraña urgencia. Me contengo, con las manos apretadas contra el escritorio y lentamente, el impulso pasa. Miro los libros y de pronto, me siento libre, a salvo de mi propia mente, con la capacidad para controlarla y quizás incluso, asumir mis pequeñas locuras como parte de mi mundo personal. Y aún así, la extraña sensación de miedo persiste, me inquieta. Porque nuestra consciencia, esa expresión del yo tan depurada como poderosa siempre será quizás el mayor misterio al que podamos enfrentarnos alguna vez.

Un rostro oculto de nuestra propia identidad.

martes, 7 de agosto de 2018

A un byte de distancia: La existencia intermedia entre la realidad y lo virtual.





Mi abuela solía decir que vivir en el mundo real era para “corazones fuertes” una idea romántica que me hacía reír. En una ocasión, le pregunté si vivir en el mundo real no era por cierto, el objetivo y la razón de cualquiera. Que sólo contadas ocasiones — y casi todas relacionadas con un tipo poco apetecible de locura — el mundo real era la opción inmediata y obligatoria para todos. Ella me dedicó una de sus miradas maliciosas.

— Todos percibimos el mundo a través de un cristal — dijo — nos miramos a través de libros, programas de televisión, de la pantalla de la computadora. En tu época, nadie quiere mirar las cosas de frente, les cuesta demasiado dolor.

Me quedé un poco aturdida. Era un pensamiento doloroso, incluso incómodo. ¿Cuántas veces había hundido la cabeza entre las páginas de un libro para protegerme de lo que me rodea? ¿Para olvidar, distanciarme un paso de la realidad, para evadir lo que ocurre a mi alrededor? Mi abuela asintió, como si pudiera entender mi confusión y esa rara sensación de angustia que me atormentaba.

— Aceptar la realidad es un acto de valor — dijo — no todos lo aceptan de ese modo.

Recordé la conversación cuando hace poco, alguien me comentó que en Internet, todos somos ideas. Que en algún punto de la última década, nuestra percepción sobre la identidad, lo que brinda sustancia a nuestra individualidad y el quienes somos se transformó para siempre. Me lo dijo, luego que ambos leyéramos un reportaje donde se analizaba las redes sociales bajo la óptica de cuanto han transformado la manera como asumimos el presente y el futuro. E incluso, lo esencial del conocimiento y el aprendizaje.

— A este paso, no hará falta pensar — dijo mi amigo — sino simplemente tener datos que mostrar. — Eso suena un poco escalofriante — confesé, aunque la idea no me resultaba del todo nueva. — Piensalo: estamos en una cultura de gente que se está acostumbrado a expresar todas sus ideas a través de las Redes Sociales. Que no concibe la idea de no hacerlo. Que desea mostrar todo lo que hace y piensa. ¿No se trata eso de una colección de datos?

No se trata de un planteamiento novedoso, por supuesto. Durante años, toda mi generación — y la inmediatamente siguiente — parece reflexionar con mucha frecuencia sobre el hecho que somos hijos intelectuales de un mundo virtual que nos refleja de manera inmediata. De una experiencia superficial, construida a base de lo banal, donde el análisis, la profundidad de planteamientos, el debate de las ideas no parece demasiado importante. En una sociedad donde se glorifica lo absurdo, lo venial y lo simple en beneficio de toda una nueva cultura basada en la capacidad para mostrar y construir ideas aparentes. Pensé en todo eso con cierta sensación de alarma pero sobre todo, con esa habitual preocupación que me producen conceptos parecidos, que por cierto, suelen ser muy frecuentes. Me quedé en silencio, mientras mi interlocutor seguía ponderando su reflexión.

— No tiene mucha gracia seguir analizando todo desde lo intelectual y lo filosófico si nadie te va a entender ni le va a gustar lo que dices — prosiguió — porque al fin y al cabo, el mundo ya no es capaz de analizarse así mismo de esa manera. ¿Para qué tanta lectura y tanta reflexiones que no llegan a ninguna parte?

He escuchado el mismo planteamiento muchas veces a lo largo de los últimos años. Gente que me recomienda dejar de insistir en discusiones, argumentos y diatribas sobre política, filosofía e inclusión, simples puntos de vista por carecer de “objeto” y sentido en medio de una cultura que no le interesan escuchar opiniones en contra. Esa percepción que cualquier idea que no forme parte de la general, parece carecer de verdadero valor. Una y otra vez, me han insistido que somos una sociedad que se alimenta de la “tendencia”, que se construye a través de esa percepción inmediata y que cualquier otra postura, es literalmente una perdida de tiempo. Malgastar energías y esfuerzo en la defensa de argumentos que realmente, interesan muy poco a la mayoría.

Mi amiga L., psiquiatra y observadora de lo que llama, la cultura cotidiana, suele decir que esa noción sobre la realidad que se crea a través de lo popular, no es cosa reciente. Después de todo, el ser humano, como criatura social, necesita de la reafirmación y también, de la complicidad de sus congéneres para prosperar. Durante años, ha investigado esa nueva cultura del conocimiento basado en lo simple, en las opiniones sin fundamento, en la “moda” que crea puntos de vistas diversos — y la mayoría de las veces insustanciales — con tanta frecuencia que llega a desconcertar. Para ella, la noción sobre el conocimiento no solamente se trivializó sino que además se convirtió en algo más denso, desconcertante y lo que resulta más preocupante, duro de asimilar.

— Las Redes Sociales son el reflejo y no la consecuencia, como suele insistirse de lo que consideramos la cultura fast track — me explica cuando nos reunimos en su pequeño consultorio. En la pared, hay una fotografia de un hombre sentado en una habitación en sombras mirando una pantalla de televisión encendida. “¿Cuantos crees que sabes?” se puede leer al fondo — todo es rápido, de consumo sencillo y sobre todo, sin demasiadas complicaciones. Nadie necesita saber los detalles. Nadie de hecho, quiere saberlos. Cada nueva noticia, suceso, circunstancia, convierte en expertos inmediatos a toda una audiencia cautiva que sólo debe googlear para tener conocimientos generales — y la mayoría de las veces poco precisos — sobre un tema usualmente mucho más complejo. Pero es que nos hemos educado así, nos hemos habituado sea así. Y las consecuencias comienzan a notarse ahora.

Tiene razón, por supuesto. De pronto, todos somos expertos en cualquier ámbito, tema, especialidad. Si una famosa actriz de Hollywood decide operarse los pechos, la mayoría de los usuarios de las redes sociales tienen una opinión e incluso un diagnóstico y por supuesto, una crítica. Si un escritor relativamente desconocido obtiene el Oscar, de inmediato sus libros se convierten en tema de conversación, se debaten en cualquier ámbito y bajo cualquier aspecto, menos, evidentemente desde la profundidad de una lectura meditada sobre el texto. Y así, cientos de pequeñas situaciones diarias que transforman el conocimiento y el aprendizaje en una finísima red de interconexiones que apenas se sostiene sobre esa capacidad del nuevo usuario internauta de obtener información inmediata pero no precisamente profunda e incluso correcta. Ocurre con tanta frecuencia que llega a ser preocupante aunque en realidad, se trata de una consecuencia de ingente cantidad de datos e información de la que todos disponemos. Esa nueva percepción del conocimiento como datos en lugar de reflexión y análisis. Una visión sobre lo que sabemos y su estrecha relación con la opinión general.

— Es muy simple: las redes sociales se alimentan del ego del usuario, su necesidad de mostrar y crear una ilusión sobre lo que su vida a través del material que difunden — me dice L., quien durante los últimos meses ha investigado sobre la manera como la comunidad virtual se percibe así misma — además, está el hecho que cualquier Red Social es una ventana abierta al mundo. Puedes leer lo que quieras, de quien quieras. Encontrar todo tipo de datos, informaciones, reflexiones, puntos de vista, perspectivas. Usar esa información a conveniencia. La idea resulta un poco abrumadora cuando la analizas así pero sobre todo, te deja muy claro que el mundo virtual no sólo es un reflejo del actual, sino también un tipo de opinión.

Hace unos meses, leía un artículo que analizaba la idea de las consecuencias que podría tener la cultura virtual sobre las nuevas generaciones. El texto ponderaba el hecho de una nueva generación que nació en pleno auge de las Redes Sociales y que de hecho, no conoce otra cosa. Aún más, es incapaz de concebir el mundo sin la accesibilidad, medios y recursos de la web. ¿Qué consecuencias puede tener esa visión sobre el mundo basada en la experiencia virtual sobre nuestra manera de pensar? ¿Cómo se mira así misma una generación que se concibe así misma en esa capacidad para la expresión, la comunicación y la inmediatez? Nadie parece tener una respuesta sobre el tema, a pesar de que parece estar en todas partes. Y sobre todo, dejar muy claro que cómo nos concebimos — esa idea cultural sobre la identidad de la época y lo contemporáneo — probablemente haya cambiado para siempre.

— No es sencillo de comprender y mucho menos, es una opinión Mundial — me dice L., cuando le comento lo anterior — por ejemplo, en Venezuela, aún esa idea tiene años de retraso y siempre lo tendrá. Nuestro desarrollo tecnológico es precario y nuestra percepción sobre lo que es el conocimiento, también. Somos una cultura refractaria a ese tipo de cambios y sobre todo, ahora cuando un renovado nacionalismo emparentado con la ideología asume el conocimiento desde un rasgo político y reivindicativo. Pero aún así, esa generación que creció educada por internet, es muy obvia. Y también, sus consecuencias.

Claro está, la idea de los Millenials en Venezuela es muy restringido, además de protagonizar su propio fenómeno migratorio y de hecho, haber madurado muy rápido — y en difíciles condiciones — en medio de un proceso político muy agresivo. Pero existen: Los profesionales entre los veinte y treinta años, con titulo Universitario en mano, amantes de la tecnología, que aspiran a la independencia económica y sobre todo, al éxito social y cultural inmediato. En Venezuela los millenials — o quienes podrían encajar en esa nueva identidad — son los que están protagonizando quizás el movimiento migratorio más numeroso de los últimas décadas en el país. Y de hecho, representan a toda esa nueva oleada de hombres y mujeres que crecieron bajo la noción del mundo globalizado y la idea general del conocimiento accesible.

— Es difícil aplicar entonces esa noción sobre la “generación que educó internet” de manera universal — comenta L., mostrándome un mapa mundi donde se señala lo que parece ser una tendencia mundial sobre migración. Las líneas se entrecruzan, se mezclan, crean una especie de continente flotante — pero si, de hecho, la nueva capacidad de comunicación creó un nuevo tipo de pensamiento. Lo simplificó, lo hizo muy característico de nuestra época.

Por supuesto, sé a que se refiere mi amiga. Por siglos, el conocimiento fue cosa de élites: perteneció a un grupo minoritario que representó cierta aristocracia intelectual en su época y lugar de origen. Los literatos, artistas, filosofos, académicos parecieron representar por mucho tiempo un grupo privilegiado a través del cual pudo interpretarse la cultura desde un punto de vista muy concreto y específico. No obstante, esa perspectiva comenzó a desaparecer con la comprensión del derecho a la cultura y a la educación, con la compresión de la necesidad de democratizar el aprendizaje como elemento social. El siglo XX representó quizás una época de ruptura con esa percepción sobre la educación como privilegio y creó una nueva percepción sobre esa idea. Aún así, la cultura (como fundamento esencial) continuó siendo parte de una cierta concepción sobre la identidad individual. Pero el fenómeno de la globalización creó una percepción inédita sobre el mundo y mucho más aún, sobre lo que puede significar o no, el aprendizaje y el conocimiento dentro de la comprensión de su identidad. E internet — o mejor dicho, su crecimiento exponencial — representó una nueva interpretación sobre el quienes somos y el cómo nos percibimos.

La escritora Marina Keegan murió muy joven y quizás esa muerte prematura sea el mejor símbolo de lo que representó en su breve carrera literaria: un anuncio lo que puede estar ocurriendo en el mundo del conocimiento como consecuencia de esa rápida madurez — quizás imperfecta y desigual — que la generación internet trajo consigo. Porque Keegan jamás publicó un libro durante su vida pero su novela póstuma — donde se recopilan sus ensayos y relatos cortos — es una metáfora de una generación que crece y se educa frente a las pantallas de su computadora. La jovencísima estudiante (tenía veintidos años al morir) a través de una visión fresca sobre el quienes somos de toda una nueva identidad cultural: En su ensayo de ficción Cold Pastoral, habla sobre la muerte y la noción del anonimato que actualmente, es parte de nuestra cultura “No podía dormir y acabé viendo sus 700 fotos en Facebook hasta que caí dormida delante del ordenador. ¿Qué se supone que debo sentir? ¿Qué dice la muerte de Brian de nuestra generación?”. Una imagen que parece resumir esa idea que asumimos tan natural que nos sorprende sea relativamente nueva. Y lo hace, desde la reflexión de que en realidad, no lo es. Que esa nueva curiosidad inmediata y el conocimiento superficial forman parte de una percepción sobre la raíz cultural tan novedosa como recién nacida.

Porque Marina Keegan habla sobre si misma pero también, sobre esa noción sobre el medio y la herramienta sobre la cual reflexionó en sus textos. Quizás por ese motivo y en una especie de desconcertante presagio, uno de su cuentos — el inquietante Canción para los especiales — apunta directamente al centro del problema, a la banalidad de un mundo idéntico “Todo el mundo piensa que es especial. Mi abuela por Marlboro. Mis padres por las discotecas y la llegada a la Luna. Nos dicen que podemos ser cualquier cosa. Que nadie es como nosotros. Pero busqué mi nombre en Facebook y hay ocho caras mirándome a los ojos. Cuando muramos, nuestros epitafios dirán lo mismo”.

Porque la tecnología, la rapidez sin sustancia, el conocimiento inmediato, crea sin querer — o quizás por mera consecuencia — una nueva percepción sobre la realidad, la identidad, incluso la individualidad como idea elemental. Hace poco, leía sobre Sofía, un bebé nacido en Oakland, a unos cuantos kilómetros de San Francisco y que es un early adopter de la nueva tecnología que quizás en unas décadas, se habrá generalizado y formará parte de la vida común: el monitoreo y corporal en directo de la vida de un bebé. En la fotografía que acompaña el artículo, Sofia — de apenas siete u ocho meses — está tendida sobre su cuna y lleva lo que el artículo identifica como un pañal inteligente: una pieza de altísima tecnología que permitirá a sus padres conocer todo tipo de datos sobre su bebé y estandarizarlos para, según anuncia el texto, “comprender mejor sus procesos físicos”. Para mi sorpresa, el artículo describe el caudal de información que brinda el pañal y que convierten a la pequeña Sofia — y su proceso de crecimiento — en una miriada de datos matemáticos: El pañal proporciona un promedio de datos de riesgo de deshidratación, infecciones de orina o problemas renales. Además, los datos están disponibles para mostrarse en cualquier página web y en una Red Social — o así lo asegura el artículo — , lo que permite que Sofia se convierta una especie de personalidad pública desde la cuna. No hay nada privado para Sofia, que desde la cuna, forma parte de ese caudal de información que forma parte de Internet y que sobre todo, parece sustituir cualquier idea más allá de la reseña. Un pensamiento inquietante si se analiza más allá del beneficio que pueda suponer un control semejante sobre la salud del bebé y su crecimiento. ¿Cual es el límite donde todos nos convertimos en un cúmulo de información sin verdadero peso o sentido?

Hablamos de una cultura donde escribimos, fotografiamos y compartimos obsesivamente cualquier información personal. Donde cada red Social permite saber no sólo que pensamos, sino donde nos encontramos, que comemos, que ropa usamos. Como es nuestro mundo privado, cuales son nuestros gustos y preferencias. Una percepción irreal y alterna sobre nuestra identidad, construida a base de la información que manipulamos y construimos como una especie de reflejo esencial de lo que deseamos mostrar. O incluso, de como queremos percibirnos. Porque no se trata sólo de la información fragmentada, banal. El ego virtual convertido en una concepción sobre la realidad, sino esa deformación concreta e insistente sobre la idea de lo que es individual y privado. ¿Que ocurrirá en unas cuentas décadas? ¿Que pasará cuando la tendencia sea la única forma de conocimiento o la más accesible? ¿Estamos llegando a la frontera de lo que lo intelectual puede ser?

El pensamiento puede resultar desconcertante, pero sobre todo, realista. En la actualidad, esa capacidad de las redes Sociales y el mundo virtual de ofrecer conocimiento inmediato y frugal sobre ideas mucho más profundas, está transformando la percepción que tenemos sobre el conocimiento pero sobre todo, sobre nuestra identidad. Y es que sólo existimos en la medida que mostramos. O lo que es lo mismo: somos en la medida que podemos construir una imagen virtual que pueda representarnos.

— Probablemente la noción de comunidad virtual se haga mucho más necesaria a medida que toda esta generación que crece convencida de la necesidad de mostrar se haga adulta. Y eduque niños que tengan esa única percepción de si mismos — me dice L., con cierta preocupación. La escucho con una sensación de alarma que no sé muy bien a que atribuir — con toda probabilidad, en veinte o treinta años, sea indispensable pertenecer a una red Social para educarte, para trabajar, para simplemente socializar. Ya lo es. Pero imagina un mundo donde no sea sólo necesario, sino obligatorio. Que tu noción sobre existir esté estrechamente vinculada con tu personalidad virtual.

Lo imagino: un mundo donde cada aspecto de nuestra vida y de nuestra intimidad sea parte de la comunidad pública. Donde una simple búsqueda pueda mostrar cada aspecto de lo que consideramos personal. Que lo privado desaparezca en virtud de lo que somos como elemento dentro de ese gran conglomerado de ideas que se crean ahora mismo y que nadie comprende muy bien sus consecuencias. Un mundo donde la identidad esté sujeta lo virtual y lo que es aún más desconcertante, a la capacidad de ese reflejo irreal para definirnos. ¿Quienes seremos entonces? ¿Cómo será el mundo que se creará a partir de esa nueva percepción?

No lo sé por supuesto. Y es esa sensación de no comprender, o simplemente de asumir que el mundo se transforma bajo esa percepción, lo que me inquieta. Después de todo, pienso, mientras leo mi acelerado TimeLine — las noticias e informaciones cambian cada minuto, las opiniones se superponen unas a otras — que la virtualidad no sólo crea actualmente lo que somos, sino lo que también lo define. Más allá, está la incognita, esa sensación de desconcierto de un terreno desconocido que apenas comenzamos a recorrer.

C’est la vie.

lunes, 6 de agosto de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: todas las razones por las que deberías ver “Dietland” de Amazon Prime si aún no lo haces.





Según recientes estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, 3 por cada 100000 habitantes en el mundo sufre de algún trastorno alimenticio durante la primera veintena de su vida. Por supuesto, a decir de muchos médicos y especialistas en el tema, la cifra es muchísimo más abultada, pero pocas veces quien lo padece lo admite, lo que hace más complicado un calculo real sobre su incidencia. Los trastornos alimenticios son un padecimiento silencioso, abrasivo y destructor. Es una compulsión que te somete a una especie de privada — y casi invisible — lucha contra tu propio organismo. Pero también te transforma en un rehén de tus prejuicios, de lo que consideras normal y de esa obsesión por la visión estética que todos padecemos alguna vez en una sociedad tan mediatizada como la nuestra.

La serie “Dietland” no toca directamente el tema de los trastornos alimenticios pero la noción sobre su existencia y gravedad, gravitan sobre el argumento como una presencia invisible. Se trata de una visión cruda, violenta y retorcida sobre la noción de la belleza y la fealdad en nuestra época, pero también, sobre la percepción de lo ético y lo moral para una generación que sostiene estándares de belleza imposibles de complacer. Los primeros capítulos son una mezcla cruel de la forma como nuestra sociedad analiza la apariencia — y la identidad — de quienes no calzan en el limitado canon estético y lo hace además, con una durísima crítica tácita que asombra por su cinismo. “El 90% de nuestros clientes dicen que el estrés los hace atracones. Y soledad. ¡Pero todos están solos, Dios mío! ¿Qué otra cosa pueden hacer? “¡Creo que lo vas a hacer genial y tendrás mucha piel suelta!” En ese tono implacable y aparentemente optimista, la “instructora de adelgazamiento” Plum Kettle se enfrenta a sus clientes y además, a sus propias inseguridades, en una especie de círculo vicioso que convierte a cada escena de la serie en una percepción inquietante sobre el hecho de la delgadez como símbolo del éxito y estatus, pero sobre todo, la batalla diaria que enfrenta cualquiera que no pueda satisfacer el estereotipo idealizado sobre la apariencia personal que nuestra cultura promociona como un deber implícito. La serie, con su extrañísimo punto de vista medita acerca de la sociedad de consumo, las expectativas irrealizables pero sobre todo el contexto de lo estético como expresión del yo elaborado como un reflejo distorsionado de la realidad.

Pero además, “Dietland” juega con la crueldad de nuestra cultura, de una manera directa que pocas series o cualquier otro producto televisivo lo han hecho. Las expectativas de la vida de Plum — que es una mujer obesa — están centradas en batallar contra su apetito y su apariencia física. Para Plum comer es el enemigo a vencer y cualquier idea al respecto está supeditada a la necesidad de batallar — a ciegas e incluso de manera exagerada — contra su apetito, la forma en que luce su cuerpo y sus implicaciones sobre cómo desea comprenderse. Las experiencias de vida de Plum parecen enlazarse con una versión retorcida y casi dolorosa sobre la percepción sobre la obesidad, la gordofobia y el body shaming que se ha hecho tan habitual en redes sociales e incluso, en la percepción colectiva sobre el individuo. Para Plum — aterrorizada por el hambre, las repercusiones de la obesidad sobre sus relaciones sociales y la contemporánea comprensión sobre el valor individual — las consecuencias de una cirugía de banda gástrica son un motivo de alegría, una forma de comprender su mundo y su relación con lo que le rodea. Y es esa disparidad, esa presión constante y excesiva sobre la realidad convertida en algo más duro de asimilar, lo que hace de la serie “Dietland” una travesía complicada a través de todo tipo de conceptos modernos sobre el valor de la estética y la forma en como se asume su importancia.

“Dietland” es la adaptación de la guionista Marti Noxon del libro del mismo nombre, escrito por Sarai Walker en el 2015. La historia literaria sigue a Plum a través de todas las vicisitudes que ser obesa le provoca en un mundo obsesionado por la delgadez. Mientras tanto, sueña con la cirugía que cambiará su vida. Es entonces cuando un misterioso libro con el titulo “Dietland” en la portada llega a sus manos y no solamente cambia la vida de Plum sino el hecho como asume la obesidad, la hostilidad cultural que la rodea y la noción sobre la fealdad que la golpea a diario. Con su tono satírico y retorcido, la serie analiza con cuidado los estragos de la industria de la belleza y sus repercusiones sobre una cultura hipersexualizada y obsesionada con la noción de lo bello como moneda de valor. Además, el argumento analiza desde un punto de vista novedoso la agresividad de la sociedad contra la diferencia, además de insistir en un alegato tácito sobre la desigualdad de poder entre hombres y mujeres. Y aunque el guión conserva el tono humorístico la mayor parte del tiempo, la sensación es que la historia gira alrededor del hecho del movimiento #MeToo y sus consecuencias, además de una nueva mirada hacia la percepción de la imagen corporal desde una versión mucho más inclusiva y flexible que la real. La adaptación de Noxon mantiene buena parte del humor del libro, su retorcida versión de la lucha entre las mujeres “normales” y las que ocupan el centro de los deseos colectivos, pero sin embargo, enarbola el cinismo desde un conocimiento cierto y profundo de la naturaleza femenina. La serie reflexiona sobre el hecho de cómo se miran las mujeres a sí mismas y unas a otras, como un fragmento de cultura que no termina de encajar en ninguna parte pero sobre todo, que parece fuera de tono por el mero hecho de coexistir de manera forzada con una imagen ideal imposible de alcanzar. Y aunque “Dietland” no profundiza todo lo que debería — o de la forma en que debería — es evidente que se trata de una búsqueda benevolente de sentido para la obsesión moderna por la delgadez, la gordura y en general, todo tópico sobre el como se luce y el como debería lucirse. Una extraña mezcla de reflexión y comedia que termina convirtiéndose — casi de manera involuntaria — en algo más profundo y duro de asumir.

jueves, 2 de agosto de 2018

La belleza y la vejez ¿Qué historia cuentan tus arrugas?




Por décadas, Venezuela fue conocida como el país con mayor cantidad de reinas de belleza por kilómetro cuadrado de su modesto territorio. Se trata quizás de una idea más o menos extravagante que me acompañó durante buena parte de mi niñez y adolescencia. Después de todo, para buena parte de la niñas que conocía, ser una “Miss” era la meta inmediata, una especie de idealización del éxito basado en la belleza. La idea siempre me produjo sobresaltos, aunque era muy pequeña para entender con exactitud el motivo por el que me preocupaba tanto.

— Nunca seré tan bonita como una Miss — le solté en una ocasión a mi madre — sólo seré bajita, paliducha.

Tenía doce años y eso me parecía realmente preocupante. Mi madre me miró con un cierto sobresalto. Dejó a un lado el libro que leía y me miró de arriba a abajo.

— ¿Quieres ser una Miss?
 — Es lo que todo el mundo quiere.
 — ¿Tu quieres ser una Miss?

Eso era una buena pregunta. La verdad, no tenía muy claro quién — o qué — era esa mujer entronizada en el imaginario popular. La que protagonizaba el programa de televisión más visto del año, la que salía en todas las portadas de revista. Había algo nebuloso en esa percepción sobre la belleza, algo inexistente. No era como las actrices de la televisión y el cine, que consideraba bellas por tal o cual razón. Por fuertes, por extrañas, por sus bonitos ojos o el cabello maravilloso. Con la mítica Miss Venezolana ocurría algo más inquietante. Había un peso específico, una noción sobre esa mujer imposible que acompañaba a buena parte de las mujeres Venezolanas de un lado a otro. Incluso a una niñita flacucha y deslenguada como yo.

— Las niñas de la escuela dicen que las Misses son como todas las mujeres deberíamos ser — dije entonces, como si eso se trata de un argumento irrefutable — que se supone son como…

No supe explicarle el furor y la admiración que despertaban el grupo de beldades en traje de baño, cabello esponjoso y brillante, maquillaje impecable. La mayoría de mis compañeras de clase parecían encontrarse realmente obsesionadas con la apariencia de la dos docenas de mujeres que protagonizaban una vez al año el escenario nacional. Con lo que hacían y decían, pero sobre todo, como lucian. En una ocasión, una de las niñas con las que estudiaba afirmó categóricamente que todas tendríamos que ser como “las Misses”. “Así de bellas, de altas, de flacas” declaró a quien quisiera escucharla. Sacudió su larga y sedosa melena, las manos en las cintura. Era una niña de catorce años, tan delgada como yo, con un rostro tan infantil como el mio. Pero ya llevaba maquillaje. Las manos con perfecta manicura. En contraste, me sentía pequeña, inmadura, un poco ridícula.

Por supuesto, nadie piensa en tales términos a esa edad, pero lo que si tenía muy claro, es que la manera en que lucía, no se parecía — ni mucho menos — al emblema más reconocido de la mujer nacional. Una sensación extraña, como si no perteneciera a ningún lado, como si algo estuviera mal en mí aunque no supiera exactamente el qué. Un pensamiento que me atormentaba a diario, que me hacía mirarme en el espejo, alarmada por mis cejas desordenadas, el cabello en punta, las manos pálidas de uñas cortas. ¿Podría ser como una Miss?

— No se supone que debas ser nada, menos una Miss — dijo mi mamá con su acostumbrada calma — lo único que necesitas es sentirte cómoda en tu piel y eso lleva más esfuerzo que desfilar por un escenario.
 — ¿Cómoda en mi piel? — pregunté, sin entender nada. Ella sonrió.
 — El día en que te mires al espejo y te puedas sonreír, ese será un buen día.

***

El comentario de mi amigo M. me tomó por sorpresa. Lo escuché, con los ojos muy abiertos y muy cerca estuve de escupir el sorbo de café que acababa de tomar. Pero de alguna manera logré recuperar la compostura y sonreír, intentando no parecer ofendida. No demasiado.

- ¿Botox? — repetí — ¿me estás diciendo que necesito Botox?
- Chica, pero no te lo tomes tan a pecho — respondió — solo te comento que ya no eres una niña y es hora de comenzar a pensar como verse joven para siempre.

Para quién se lo está preguntando, sí, M. es cirujano estético. De hecho, es el médico de la mayoría de las amigas de mi madre y supongo autor de esa expresión un tanto inquietante que todas exhiben con orgullo: algo en medio de la sorpresa y una sonrisa eterna que no favorece a casi ninguna. Pero ya sabemos, en la búsqueda de la belleza todo se vale, y sobre todo en Venezuela, donde la estética es una obsesión nacional.

Pero sigamos con la anécdota M. intentó explicarme porque a mis treinta y no te importa años, ya tenía que comenzar a preocuparme por cualquier linea de expresión que pudiera recordarme mi edad, mi historia o simplemente, que sí, estoy envejeciendo. Un pensamiento difícil por supuesto, pero no especialmente traumático. Intenté explicárselo de esa manera, hacerle entender que la vejez — o sus primeros síntomas en todo caso — no me produce gran ansiedad, como no sea constatar que estoy viviendo, que el tiempo está construyendo una nueva versión de mi misma y que mi mundo interior, quizás, comienza a hacerse visible en mi piel. Pero M. consideró toda esa explicación “poesía” e insistió en su punto.

- La medicina y la técnica te permiten conservar la belleza todo lo que puedes, ¿Por qué no aceptarlo? ¿Por qué no continuar siendo hermosa a pesar de los años que pueda cumplir? Eso no tiene nada de malo.
- ¿Y si no quiero?
- ¿Por qué no querrías?
- ¿Y si me parece un poco antinatural?
- Eso es una postura pasada de moda. Simplemente es tecnología para mejorar la vida.
- Lo entiendo, y me parece estupendo si alguien quiere aprovecharla, pero ¿Que ocurre si no quiero?

Silencio incomodo entre ambos. Y es que al parecer, para M. la idea que una mujer no quiera utilizar los enormes recursos de la medicina actual para verse hermosa — o al menos, no ahora mismo — es cuando menos, imposible de comprender. La discusión continúo un buen rato y sobre todo otros temas, pero lo principal que quedó claro es que en Venezuela, la vejez o mejor dicho, envejecer con dignidad, no es una opción.

Nunca he estado muy consciente o pensado con seriedad como afrontaré el tema de la vejez. Tal vez cometo el error de considerar que esta juventud pasajera será mi presente por mucho tiempo o simplemente, que las mujeres con las que crecí, jamás prestaron demasiada atención al tema. Mi abuela era una mujer muy bella, con unas preciosas arrugas que siempre consideró trofeos de experiencia. Nunca dejó a un lado su natural coquetería — se tiñó el cabello de un hermoso color rojo toda su vida y jamás dejó de hacerlo hasta que murió — pero para ella, la vejez no era una vergüenza que ocultar, sino un mensaje que mostrar. Porque para Celia, la vejez era una forma de sonreír una manera de comprender el mundo, una forma de crear una nueva interpretación de si misma. De manera que crecí con la idea que las arrugas y las canas no eran algo terrible, sino tal vez, el inevitable reflejo de como has vivido. O mejor aún, tu mejor espejo para paladear tu historia.

Por otro lado, soy venezolana y eso quiere decir que la belleza me importa. O debería importarme en todo caso. Porque en Venezuela ser bella es ser importante y más aún, es significativo. Es un tipo de poder. Tal vez en todos los países del mundo sea así, no lo dudo, pero culturalmente, para el venezolano la belleza tiene su peso, su lenguaje y se entiende de una manera particular. Claro está, vivir en una cultura donde las niñas de quince años se preocupan por el tamaño de sus senos — y como aumentarlo artificialmente — y las mujeres de veinte ya tienen una guerra declarada contra las lineas de expresión, te da un criterio muy especifico sobre el tema. O te dejas llevar — y sufres — o lo aceptas y sufres también. Oponerte es otra de las opciones, claro y es la que yo escogí. Quizás no de manera muy consciente y muy probablemente por simple malcriadez, pero siempre he logrado comprender la belleza como una manera de crear y no como una idea limitante por si misma. Porque la belleza existe en la medida que la perfección y la imperfección crean su propio equilibrio, la belleza es real en la medida que es parte de algo tan enorme y conmovedor como lo natural y más allá de eso, la belleza es una opinión. A veces se nos olvida eso: la belleza solo existe en quién la mira, quién la aprecia y que le otorga el calificativo de bella. Parecerá un cliché, de hecho creo que lo es, pero la belleza es la apreciación más subjetiva de todas, es la manera más sencilla de expresar tu idea del mundo, tu lenguaje interior y un poco más allá, tu manera de construir un concepto sobre el mundo que sea válido en tu manera de concebir lo esencial del ser humano: la individualidad.

Me siento frente al espejo y me acaricio con la yema de los dedos la diminuta y fina de expresión que aparece y desaparece de mi frente cada vez que me rio. Según M., una aplicación de botox la eliminaría para siempre. De nuevo, tendría la piel lisa de los veinte, volvería a hacer la adolescente que nunca pensó que esa linea existiría. Pero de pronto, comienzo a pensar en todas las carcajadas que crearon esa arruga: la risa desordenada y a todo pulmón de los chistes, la risa sonrojada del amor, la risa entre lágrimas de los momentos dificiles. La risa, sí, que me ha hecho ver el mundo de otra manera, la carcajada que me ha sacudido el pecho y el alma de dolor. Que bella arruga, pienso, acariciandola de nuevo. Que bonita linea en el libro de mi vida. Y que hermosa se ve allí, contando una historia que solo yo entiendo, una escena que quizá recordaré para siempre gracias a ella.

Así que no, nada de botox, me digo riendo, otra vez, a todo pulmón, con mi risa nasal y desordenada. No hay nada más hermoso que reconocerte en el espejo, que encontrarte en esa nueva mujer que emergen de tu piel de cada día. Y quiero reconocerla muchos años, quiero mirarla crecer, quiero reir y llorar junto a ella. Esa mujer que soy yo, que es la niña que fui, la adolescente en que me convertí y la anciana que seré. La belleza de la experiencia, la ternura de una vida bien vivida.

Una forma de fe, sin duda. Una manera de crear.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Crónicas de la loca neurótica: ¿A qué le tenemos miedo en esta época?





Mi abuela solía insistir que tememos a la incertidumbre. No a lo desconocido, sino a lo que no podemos predecir, una sutileza más o menos importante al momento de analizar a qué tememos y por qué lo hacemos. Claro está, mi abuela era la persona más valiente que conocí alguna vez y en más de una ocasión me insistió que había pocas cosas a las que tuviera miedo. Esa frase me sorprendió durante buena parte de mi niñez.

— Entonces, ¿no le tienes miedo a nada? — le pregunté en una ocasión. Con diez años, yo le tenía miedo casi a todo y esa “valentía” suya me parecía casi inexplicable.
 — Por supuesto que le tengo miedo a muchas cosas, pero siempre intento entender porque me asustan. Con el tiempo, saberlo hace que deje de tenerles tanto miedo.

Por años recordé esa conversación, sobre todo cuando fui a vivir sola y me enfrenté como cualquier adulto de mi edad, a la experiencia de afrontar la idea de la incertidumbre — el miedo — que provoca esa independencia que además se relaciona con cierta percepción de la vulnerabilidad. La experiencia resultó un poco desconcertante pero sobre todo, durante esos primeros años aprendí que mi abuela tenía razón en una idea esencial: el miedo se relaciona con el desconocimiento, la incapacidad para el control y la incapacidad que en ocasiones debemos enfrentar para predecir o asumir que lo que ocurre a nuestro alrededor es imposible de predecir. Una idea que me acompañó por años y que con el transcurrir del tiempo, me ayudó a comprender que el temor — más allá de esa sensación primitiva que forma parte del mapa de nuestra mente — es un concepto mucho más personal, complejo y duro que lo que solemos creer.

***

Desperté sobresaltada. En la oscuridad, el sonido continuaba escuchándose con toda claridad: Una especie de aleteo cada vez más fuerte, pendular, como si lo que lo provocara se moviera en un espacio muy reducido. El sonido decreció un par de veces, para hacerse de nuevo muy fuerte. Me quedé sentada sobre la cama, aturdida por una sensación de irrealidad: eran las cuatro de la mañana y el mero hecho de no encontrar explicación al bullicio — que continuaba escuchando con toda claridad — me paralizó de un miedo muy nítido y casi infantil. De pronto, la casa volvió a quedarse en silencio. Temblando de pánico, no me atreví a moverme por algunos minutos pero el sonido no se repitió de nuevo. Un escalofrío helado me recorrió la espalda y los antebrazos.

Me llevó mucho esfuerzo decidirme a dar una vuelta por la casa. Lo hice aferrada por el método poco ortodoxo de encender todas las luces y hacer el mayor escándalo posible. Abrí puertas, probé ventanas, revisé esquinas y espacios silenciosos. Mi gato me acompañó en el recorrido, pegado a mi talones y para mayor inri, maullando de vez en cuando a esquinas vacías. Al final, tuve que admitir que no sabía que había provocado el sonido y mucho menos, por qué se había detenido. Aturdida y agotada, permanecí sentada un buen rato junto a la ventana de mi pequeño salón hasta que amaneció. Sólo entonces me atreví a regresar a mi habitación, mirando los primeros resplandores del sol iluminando los rincones. El miedo se volvió algo más, una amarga sensación de confusión y después cierta irritación sin sentido. ¿Qué me había aterrorizado tanto? ¿Qué me había provocado aquella sensación insuperable de encontrarme indefensa? Al cabo, lo que más me molestaba era haber perdido el control de mis nervios, de sentir que el miedo era algo tan real y visceral que me llevó esfuerzos pensar con claridad. Me recordé de niña, cuando sufría un pánico ciego a la oscuridad. Y me sorprendió que la sensación fuera la misma: un miedo pulido, purificado por una inocencia casi elemental.

Cuando llamé a mi amigo Luis (no es su nombre real), ingeniero y que más de una vez ha recibido mis llamadas por motivos semejantes, río de buen humor. No llegó a burlarse de mi tono titubeante y mi estrafalaria descripción de mi caminata nocturna pero si pareció, lo cual le agradecí. Me escuchó con paciencia y prometió pasar por mi apartamento apenas pudiera para revisar un poco lo que suele llamar “las condiciones físicas” del lugar y descubrir si mi extraño episodio tenía alguna explicación natural. Le agradecí casi con excesivo entusiasmo y rió de nuevo.

- A menos que hayas recibido la visita de algún visitante misterioso… — no completó la insinuación, aunque por su tono conspirador imaginé trataba de burlarse de mi nerviosismo. Le tomé la palabra sin darme por aludida y prometí esperarlo la tarde de ese mismo día.

Durante años, Luis se ha dedicado por hobbie y quizás por mera curiosidad a revisar lo que llama “escenarios del miedo”. El nombre no es casual: cada cierto tiempo, alguno de nuestros conocidos y amigos, le telefonea para explicarle de un ruido inexplicable que escucha a media noche, algún fenómeno sin sentido que ocurre en los momentos más inesperados, ráfagas de calor o frío que parecen indicar que algún fenómeno más allá de lo explicable está ocurriendo en el lugar donde trabaja o vive. Y lo que comenzó siendo un pasatiempo de fin de semana, se convirtió con los años en un hábito que le ha demostrado a Luis — y quizás a todos los que conocemos su dedicación a un problema poco usual — que el miedo, el terror a lo sobrenatural y sobre todo, lo que nos hace vulnerable, es uno de esos temas fascinantes de los que no se ha escrito lo suficiente. Cuando le comento que escribiré mi experiencia con su particular punto de vista sobre el pánico, lo desconocido y lo que nos asusta, me dedica uno de sus gestos humoristicos.

- ¿A quién le puede interesar una cosa tan básica como lo hago? — me pregunta con toda sinceridad. Ahora soy yo la que le dedica un guiño divertido.
- Creeme, no es nada básico.

Y es que el miedo y el terror son sentimientos tan profundos como Universales. A pesar del iluminado mundo moderno que heredamos de generaciones supersticiosas, el miedo continúa siendo parte de un instinto primitivo que forma parte de nuestra vida, aunque no lo sepamos. O como comenta Luis, que ha dedicado al tema sus buenas horas de investigación: “El miedo es básico y sin matiz. Tienes miedo aunque no sepas exactamente por qué. Es un instinto insuperable”.

Cuando Luis llega a mi casa, trae un pequeño maletin de Lona consigo. Lo he visto varias veces y su lo sencillo de su contenido me impresiona: una potente linterna, dos destornilladores, un martillo, un grabador digital. Lo deja todo sobre mi pequeña mesa de comedor. Pienso que es un equipo extraño para alguien que dice intentar definir algo tan abstracto y complejo sobre el miedo. La primera vez que le pregunté sobre sus herramientas, Luis me explicó que con el tiempo descubrió que lo que nos aterroriza en realidad es lo desconocido, más que lo que amenazante.

- Lo que amenaza, es algo concreto. Lo que nos atemoriza, es una idea confusa, imprecisa. Puede ser cualquier cosa — me explica — y eso es aún peor que un peligro real.

En una ocasión me contó que la primera vez que llevó a cabo lo que llama “su raro oficio”, fue en la enorme casona de su madre. La vieja casa — que había pertenecido a su familia por generaciones — había sido remodelada y reconstruída a medida que el tiempo transcurrió y la propiedad pareció crecer para acoger a los hijos y después, incluso a los nietos. Con sus cuatro habitaciones, patio trasero y amplio jardin, la casa siempre fue un lugar hermoso y un poco desordenado sin mayor atractivo hasta que comenzaron a ocurrir una serie de pequeños desastres doméstico.

- Mi mamá encontraba la puerta abierta cuando la había cerrado dos veces, las luces fallaban, en una ocasión el techo cedió en un lado de la terraza y por último, comenzó a percibirse un olor putrefacto y desargadable — me contó en su oportunidad — mi mamá llamó a una amiga que le aseguró había “algo viviendo”. Quemaron incienso, pero los terrores nocturnos continuaron, hasta que decidí revisar.

Luis paso días recorriendo la casa con linterna en mano y un par de destornilladores. Al principio, se sobresaltó cuando escuchó el sonido real de algo moviendose en la oscuridad, o encontrar abierta la puerta que había cerrado a presión dos veces. Pero poco después, descubrió que los fenómenos parecían tener cierto ritmo e incluso, una frecuencia muy exacta que no parecía exactamente sobrenatural. Y no lo era: se trataba de algo tan simple que cuando lo descubrió, Luis convocó a la familia para mostrar el origen del trastorno que había aterrorizado a la familia durante meses.

- Este es el fantasma — anunció mostrando una pared medio ladeada al fondo del patio — de aquí viene todo el problema.

Resultó que una de las paredes medianeras de la casa había cedido debido a la presión de la sucesión de nuevas construcciones que tenía que soportar. El peso la hizo hundirse en su lecho de concreto agujerado y humedecido por años de humedad y ladeó una de las columnas principales unos cuantos centímetros. Los suficientes, por cierto, para provocar que un tabique presionara la instalación eléctrica y creara el desperfecto que producía los ocasiones problemas eléctricos. Me cuenta que su madre lo miró esceptica.

- ¿Y la puerta que se abre? — insistió — eso no tiene nada que ver con eso.

Por si cierto que si lo tenía: la presión de una de la columna desnivelada, había logrado descolocar tabiques y cabillas interiores, por lo que la puerta, que se hinchaba y se desinchaba por los intervalos de calor y humedad del clima, se abría y se cerraba por efecto de un simple fenómeno físico. El temido olor putefracto — que la amiga de la madre de Luis había llamado “obra de un espíritu” — no era otra cosa que un montón de yeso enmohecido que comenzaba a desmoronarse a trozos. Unas semanas después, Luis y un grupo de albañiles reparó los desperfectos de la casa. Nunca más volvieron a escucharse sonidos extraños o inquietantes.

- Desde allí me pregunté cuantas de las cosas que nos atemorizan e inquietan, son en realidad pequeñas situaciones fuera de nuestro control y conocimiento — me explicó la primera vez que me contó sobre su curioso pasatiempo — me pregunté que hace que esencialmente tengas miedo ¿Lo que no comprendes? ¿Lo que no puedes ver? ¿Lo que no puedes controlar? ¿O la mayoría de las veces se trata de tus propias asociaciones libres creando un escenario aterrador?

En esa ocasión, la idea me hizo sonreír. Como amante de las películas de terror, más de una vez me había sobresaltado sucesos que inmediatamente relacioné con mis escenas favoritas de films que consideraba particularmente inquietantes. Puertas abiertas que se cerraban con un sonoro portazo sin que nadie las tocara, una sombra fugitiva al final de un pasillo, un susurro inexplicable en medio de la noche. Me intrigó preguntarme si lo que me aterrorizaba no era mi propia percepción de lo que creía ver o escuchar, antes de lo que realmente lo producía o incluso el hecho mismo. Me irritó un poco la idea de un razonamiento tan básico sobre un tema tan complejo.

- Pero no todo es tan sencillo — le dije — es decir ¿Cómo puedes estar tan convencido que el miedo es sólo nuestra reacción a la incertidumbre?
- No lo estoy — me respondió entonces — pero es una de los motivos por los que sueles aterrorizarte, lo sepas o no.

Pensé en esa idea mientras recorríamos mi pequeño apartamento con lentitud. Luis probó a abrir y cerrar puertas, gavetas. Golpeó con suavidad las paredes. Escucho atentamente el sonido de aparatos eléctricos, apoyó la mano sobre la madera de muebles y sillas. En una ocasión leí que el miedo es un instinto salvaje, una de las tantas maneras como tu mente y tu sistema nervioso te protege de lo que ocurre a tu alrededor, del peligro real que te rodea. De hecho, la teoría se encuentra tan extendida, que muchos científicos consideran que el miedo es un arma de defensa muy eficaz contra los riesgos potencialmente mortales. Esa parte antigua del cerebro que se relaciona con nuestras funciones más primitivas reacciona como un mecanismo inmediato que nos hace despertar de cierta indiferencia cotidiana para convertirnos, virtualmente, en un organismo que intenta mantenerse a salvo. Desde el torrente de hormonas recorriendo nuestro sistema sanguíneo hasta la agudización de los sentidos, el miedo es el arma con que la naturaleza nos dotó para enfrentarnos a un mundo plagado de riesgos.

- Además, es un sistema codificado que te permite tomar una serie de precauciones para salvaguardar tu seguridad — me dice Luis. Prueba los tornillos de un anaquel, sacude con cierta violencia las puertas abiertas de un viejo archivo. Revisa las tablas de madera de la biblioteca — al final el miedo es un instinto muy valioso y necesario, aunque lo olvidemos de vez en cuando.

En una ocasión, caminaba por una calle de mi ciudad, cuando un hombre de aspecto dudoso se detuvo a mi lado. Me dio una mirada larga y un poco inquietante. El miedo me recorrió como un latigazo de energía, pero por alguna razón, contuve mi inmediata instinto de alejarme y continúe de pie a su lado, tachándome de irracional y paranoica. El hombre no dejó de mirarme hasta que finalmente cruzó la calle. Con el corazón latiéndome lo miré alejarse, sin saber que me había provocado tanto terror. El hombre no había hecho ningún gesto amenazante y se había mantenido a una distancia más o menos segura desde donde me encontraba. Un rato después, mientras entraba a una de las Estaciones de Metro cercanas, escuché gritos y alboroto: una chica había sufrido un asalto unos cuantos metros más allá. Cuando uno de los testigos describió a gritos al atracador, me recorrió un escalofrío cuando reconocí al hombre que había visto antes.

- El ser humano es el único mamífero que se resiste a escuchar su instinto de autopreservación — me dice Luis, con una pequeña carcajada. Nos encontramos en mi baño y lleva largo rato abriendo y cerrando las llaves de agua, probando las puertas, la manera como funciona el inodoro — cualquier otro animal lo obedece ciegamente. El hombre aprendió a reprimirse hasta controlarlo. Y tal vez por ese motivo, ahora no puede reconocerlo ni tampoco comprenderlo a cabalidad. Pero el miedo es la forma como tu cuerpo te señala el riesgo. Escucharlo, la mayoría de las veces es sano.

Recuerdo todas las historias sobre la cobardía y la valentía que he escuchado. Pareciera que la especie humana se mira así misma como cierta autosuficiencia y arrogancia, y el miedo representa una debilidad que no es completamente admisible en nuestra manera de comprender el mundo. Luis se encoge de hombros, como si el tema le trajera sin cuidado.

- No hay valientes ni cobardes. Hay diferentes reacciones a un mismo estimulo — me dice — por ese motivo escucho a todos los que me llaman con igual respeto. Si algo te produjo temor es real. Es real para ti y te produjo un tipo de reacción coherente, física y evidente. ¿Que le llamas fantasma? ¿Que le llamas sonido inexplicable? Eso ya forma parte de tu manera de razonar y comprender tus propias reacciones, pero eso no es malo ni bueno. Es simplemente una opinión. Lo real, lo incontestable es el miedo.

Súbitamente, el mismo sonido que me aterrorizó la noche anterior me sobresalta. Carece de la nota desconcertante y un poco espeluznante que tenía en mitad de la noche: Es un sonido mecánico, repetitivo, que se repiquetea en el baño como un eco desordenado. Miro a Luis que inclinado sobre el tubo de respiración del baño sonríe triunfante. El sonido parece provenir directamente de la rejilla de la respirador.

- Ya encontré a tu fantasma — me dice entre risas — es aterrorizante.

Me muestra un puñado de revistas húmedas y destrozadas que al parecer, cayeron desde algún piso vecino por el ducto de cemento. Las hojas se enredaron en las aspas del pequeño ventilador del conducto y cuando este empezó a funcionar a mitad de la noche en su acostumbrado ritmo, produjo el curioso sonido que tanto me aterrorizó. Desconcertada, pienso de nuevo en la escena nocturna, en la sensación de vulnerabilidad. En la forma como logró no sólo que me sintiera débil y abrumada, sino en esa profunda angustia que me mantuvo despierta. Luis me escucha con una expresión comprensiva.

- El miedo no se controla y esa es otra de sus características. El es tan natural, espontáneo y potente como una crisis de carcajadas y lágrimas — me comenta — te aturde y luego te prepara para una lucha imaginaria. ¿Cómo explicas un proceso físico tan complejo? No tengo dudas que durante siglos, lo que creo a los fantasmas fue el temor. Así de simple como suena: lo que recordamos al día siguiente es el pánico incontrolable, esa blanca sensación de angustia que nos sofoca.

La idea me deja un poco preocupada. Miro a Luis que limpia las astas del ventilador con un paño seco. Todo parece tan evidente bajo la luz del sol, tan concreto. ¿Tan simple es nuestro temor? ¿Nuestra necesidad de comprendernos como un organismo vivo que necesita auto preservarse? Luis se encoje de hombros cuando se lo pregunto.

- Seguro que no — dice. Se inclina. Coloca de nuevo el pequeño artefacto. Cuando se enciende el sonido que produce es el conocido zumbido al que nunca había notado estaba acostumbrada — pero sin duda, es el nudo angular de todo lo demás. Pregúntate. ¿Que te produce realmente el miedo? ¿Que hace que seas más consciente de tu cuerpo, tus capacidades y debilidades cuando lo sientes? Allí están todas las respuestas.

Me lo pregunto esa noche, en la oscuridad. El silencio me envuelve, pesado y casi sofocante. Tengo los músculos en tensión porque a pesar de la experiencia diurna, recuerdo con excesiva claridad el miedo que sentí antes, ese rastro primitivo y desconcertante que me deja sin voz. Cuando comienzo a dormirme, tengo las manas aferradas a las sábanas. Y me pregunto entre dormida y despierta, que ocurre más allá, que nos provoca esta sensación de confusión, el miedo en estado puro, la simple desazón. No lo sé y tampoco lo sabré un poco después cuando me despierte en mitad de la noche, los ojos muy abiertos en la oscuridad sin saber que me ha despertado. Tal vez vez el miedo en estado puro — lo natural y primitivo de sentirlo — sea una parte de nuestra propia humanidad.

C’est la vie.