sábado, 22 de abril de 2017

Cantos al viento y otras historias de brujería.





El circulo de velas parpadeantes parecía extenderse por el jardín entero.  Mi tia E. me miró con cierta impaciencia cuando me detuve al borde, observando las llamitas bailotear en la oscuridad.

- ¿Vas a entrar o no?
- Bueno...

Volví a mirar las velas, tan pequeñas y chatas que parecían brotar de la tierra misma. A la luz del atardecer, tenían un aspecto bonito, limpio. Pero la verdad, muy poco mágico. O al menos como yo me imaginaba las cosas mágicas, en todo caso. Me incliné para mirar una de cerca: tia se había preocupado por poner una piedrita debajo de cada cabo de vela y el conjunto - con sus hilos blancos de cera flotando recién derretido - tenía un aspecto delicadísimo, casi artístico. Pero aún así, seguía siendo sólo una vela sobre un trozo de roca, en un jardín con la hierba mal cortada.

Pero claro está, una no le dice esas cosas a su tia. Menos, una tia tan malhumorada como la mía, que me miraba con los ojos entrecerrados y los brazos en jarra mientras yo seguía de pie al borde del circulo, pensando en esas cosas con toda mi curiosidad infantil. En vez de eso, hice lo que me había enseñado: levanté el brazo y con el dedo indice de la mano derecha, dibujé una puerta invisible sobre el aire de la noche. El viento me sopló en la cara y tuve una extraña sensación de sobresalto. Pero magia, lo que se dice magia, no pasó.

Entré finalmente al circulo. Volví a cerrar la puerta imaginaria como tia me había enseñado y me senté a su lado. A estas alturas me sentía un poco loca o al menos, una niña jugando a solas con su tia en la oscuridad. Pero bruja...torcí la boca para masticar las palabras que se me vinieron a la lengua. Segurito que a tia no le iba a encantar que le dijera lo decepcionada que me sentía de haber hecho mi primer gran gesto mágico y no haber sentido otra cosa que cierta confusión. Así que me callé y me senté a su lado, con las piernas cruzadas y la espalda rígida.

- Pues muy bien - dijo tia extediendo las manos sobre sus inmaculada falda de flores diminutas - ya aprendiste lo primero que toda bruja aprende: a trazar el circulo de energía a tu alrededor.

Dicho así, aquello sonaba misterioso y emocionante. Pero en realidad, lo que habíamos hecho era encender un montón de velitas diminutas, colocarlas en circulo y luego, levantar el brazo para crear otro con un gesto que aparentemente tenía que demostrar alguna cosa...que por supuesto, no tenía idea de qué podía ser. Algo de mi festiva incredulidad de ocho años debió notarse en mi rostro porque mi tia frunció el entrecejo e inclinó su rostro regordete hacia el mio.

- ¿Esto te parece una nimiedad no?
- No - dije perpleja.
- ¿De verdad?
- ¿Que es nimiedad? - respondí con toda sinceridad. La verdad era que jamás había escuchado la palabra antes.

Tia soltó un resoplido muy audible e inclinó la cabeza hacia mi. Me dedicó una de sus miradas verdes, cargadas de intención e inteligencia. Parecía un poco impaciente por mi comportamiento, pero sobre todo, desconcertada por mi incredulidad. La verdad no se me estaba dando muy bien eso de creer en "la magia" - lo que sea que fuera - y mucho menos, de entender lo que mis abuelas, tías y primas comprendían sobre la palabra. Después de todo, apenas llevaba seis meses viviendo en casa de mi abuela. Y menos de dos, aprendiendo eso que con tanto amor y devoción, abuela llamaba "brujería".

No era algo sencillo, por supuesto. A pesar que me entusiasmaba la idea de aprender algo que en mi mente tenía mucho de asombroso, las cosas no eran tan sencillas como creía o al menos, esperaba. Menos, para una niña de ocho años, con la cabeza llena de ideas fabulosas que se parecían muy poco a la tradición doméstica, sencilla e incluso discreta que abuela insistía era una forma de "celebrar" el mundo de las brujas. Al principio, había hecho muchas preguntas.

- ¿Pero no se supone que una bruja vuela? - pregunté muy solemne, mientras mi abuela cocinaba el almuerzo del día. Me miró por encima de sus anteojos de leer conteniendo una sonrisa.
- ¿No es más fácil ir en un avión?
- Pero...en los cuentos las brujas se montan en una escoba y vuelan - sacudí los brazos para explicar la imagen mental que me acompañaba a todas partes desde que había leído algo semejante - se montan en las escobas y van por el cielo.

Miré disimuladamente las escobas colgadas en la pared, quizás esperando que nada más con desearlo, una saldría volando rauda y veloz hasta llegar a mi lado. Aún faltaban unos cuantos años para que Harry Potter hiciera realidad mi sueño, pero mientras tanto, en mi imaginación ese tipo de cosas eran muy reales. Por supuesto, nada sucedió: las escobas siguieron colgadas en la pared, con su mango un poco deslucido y las cerdas de paja torcidas.

- Las escobas y todo lo que existe en brujería son símbolos de algo mucho más profundo y hermoso - explicó mi abuela - Todas las brujas son ritualistas, creen en el poder de lo simbólico y en la belleza de la mitología personal. Crean su propio paisaje de historias. Y cada uno es distinto.

No entendí nada de nada de lo que dijo mi abuela, aunque sus palabras me gustaron y me parecieron bonitas, asi que supuse las recordaría después. ¿Mitología personal? Me acerqué al horno donde hervía el asado negro y miré al techo: varios ramos de diferentes especias colgaban del punto más alto, envueltas en listones de tela rojo y verde. Me les quedé mirando desde abajo, a la distancia de mi poca estatura, preguntándome por qué estaban allí.

- Pero ¿Las brujas siempre tienen que hacer cosas así? - señalé las plantas - ¿guardar cosas como plantas y matas? ¿Las escobas? No entiendo para que tenerlas si no son de verdad...ya sabes, que hacen cosas...mágicas.

Abuela siguió revolviendo la sopa en la hornilla con el cucharón. Tenía el rostro enrojecido por los vapores de la cocina y el cabello en punta. No parecía la verdad, una venerable abuela sino un poco...loca. Me avergoncé del pensamiento, pero no pude evitarlo porque me parecía muy divertido. Abuela era muy distinta a cualquier otra persona que había conocido antes. Era por distancia, la más extraña, amable y graciosa. Y también, la más sabia.

Y era bruja, claro. No  como la de los cuentos, como me había insistido con paciencia todas las veces en que le había preguntado. Una bruja que era algo más que una fantasía de mujeres de piel verdes y verrugas, nariz ganchuda y manos retorcidas. Una bruja de corazón intrépido, ojos despiertos y sonrisa interminable. Me lo había dicho desde los primeros días en que me había quedado en su casa, un año y poco más atrás y me había sorprendido su franqueza, la sencillez en la manera como usaba la palabra. Porque para ella "Bruja" era algo más que una idea, era una forma de mirar el mundo. Su reflejo en el espejo. Una aspiración total a la belleza espiritual.

Claro que, yo entendería todo eso muchos años después, luego de un largo aprendizaje y de poder yo misma llamarme de la misma manera. La niña de ojos asombrados en la cocina, seguía un poco desconcertada por la idea, tratando de darle forma, de encajarla en el mundo del colegio, de los almuerzos en familia, de los domingo en el cine con mamá. Todavía no lo lograba y me preguntaba con frecuencia si lograría hacerlo. Si alguna vez podría llamar "bruja" a mi abuela sin quedarme desconcertada, mirándome las manos, intentando comprender que quería decir al pronunciar una palabra semejante.


- Las brujas hacen lo que quieren - mi abuela soltó una carcajada - pero entre esas cosas, está crear una idea sobre su vida que vaya más allá de los objetos. Una bruja tiene un caldero, una daga, un cayado, un libro. Pero una bruja no se define a través de ellos. Una bruja es un corazón inquieto, furioso, lleno de preguntas. Una bruja es una mujer que crea y disfruta haciéndolo.

- Pero...¿Haciendo qué? ¿Creando qué? ¿Que es que lo hace una bruja que no hace otra gente? - insistí. Caminé por la cocina, mirando los viejos anaqueles de madera y cristal repletos de hierbas, las pequeñas estatuillas de madera de aspecto extraño de hombres y mujeres de aspecto extraño, las estrellas grabadas en todas partes. Todo se veía normal...pero a la vez no. Y aunque no sabía explicar en qué consistía la diferencia, si sabía que podía verla, notarla. Disfrutarla, incluso.

- Lo que les inspire su mente y su espíritu, mi niña - me contestó mi abuela. Tomó la olla, la puso en la siguiente hornilla de la cocina y la cubrió con una tapa. Se secó las manos en el delantal - Crear es un oficio de todos los días. Todos hacemos cosas propias y por el mundo a diario. Una bruja sabe el valor de todas esas cosas. Las aprecía, las construye de manera consciente para asumir su responsabilidad sobre ellas.

Una de las cosas que más me gustaba de mi abuela - la sabia, la bruja - era que siempre contestaba a todas mis preguntas. Y lo hacia como si yo fuera un adulto, sin disimular la complejidad de lo que me decía o adonarlo para hacerlo más comprensible. Por supuesto, muchas veces me llevaba esfuerzo seguir el hilo de la conversación pero ese pensar y re pensar había hecho maravillas en mi. No obstante que muy pocas veces comprendía las palabras de mi abuela, estaba consciente que quizás después podría comprenderlas. Las anotaba, las recordaba de vez en cuando. Poco a poco, aprendí ese juego de espejos que es aprender a través de tradiciones intimas, pequeñas. Palabra a palabra heredada.

- Pero ¿Hay algo que te haga bruja? - pregunté. Aquello era importante. Con apenas unos meses en casa, había descubierto que la casa de mi abuela no era sólo una casa asi sin más, era la casa de una bruja. Y de una venerable, que amaba la naturaleza,  a su familia y disfrutaba demostrándolo. Una casa llena de flores, plantas, libros, fotografías, pequeños trozos de historias. Una casa donde nada era corriente a pesar de parecerlo. Una casa llena de magia.
- Sí claro - mi abuela se inclinó y me hizo un guiño malicioso. Luego apoyó su dedo indice en mi pecho - está aquí y se llama corazón. Una bruja es un corazón de fuego puro.

Pensé en esas cosas, sentada al lado de mi tia en la tarde de la primera vez que celebré Luna Llena. Sentada dentro del círculo de velas preparado especialmente para mi. Escuchando el viento bajar de la montaña y un poco inquieta, por no comprender en realidad que ocurría a mi alrededor. ¿Será que yo no era TAN bruja como lo eran mi abuela, mis tias y primas? ¿Me habría perdido de algo luego de un año entero de hacer preguntas, mirarlo todo con ojos asombrados, escuchar todo lo que mi abuela decía? Esa idea me preocupaba. O mejor dicho, me dolía. Porque si yo no podía ver - o sentir, más bien - la importancia del circulo mágico que habíamos creado...si yo no podía percibir esa magia que tia insistía que había...pues bueno...tragué grueso, muy preocupada.

La verdad, es que el circulo mágico era una de las pocas cosas realmente misteriosas que había visto hacer a las mujeres de mi familia. No se trataba de una metáfora, ni tampoco de una larga explicación filosófica. Era el hecho que bruja podía trazar con su energía - lo que sea que eso fuera - un lugar marcado con las cosas que la hacían especial y única. Era una idea que me había costado entender, que seguía sin estar muy clara. Oye, ¡Que solo se trataba de mover el brazo y decir que allí estaba un circulo! Pero...

La verdad, yo no veía nada. Por más que lo había intentado. Por más que había abierto bien los ojos mientras mi abuela lo invocaba con palabras hermosas y enigmáticas. No había otra cosa que cielo nocturno, hierba y la luz de la Luna. Pero a pesar de eso, mi abuela, tias y primas reían en voz alta, se tomaban de las manos. Celebraban que "el circulo" las uniera. ¿Que debía entender de todo eso? ¿Que había de mal en mi como para que circulo continuara siendo sólo una palabra para describir algo que no podía entender en realidad?

- Tia...- empecé. Las palabras se me atragantaron en la garganta - yo no...

Tia aguardó. Iluminada por la luz de las velas, tenía un aspecto extraño, casi misterioso. El cabello trenzado le caía sobre los hombros con mucha elegancia y parecía muy venerable, con sus joyas de plata brillando en la oscuridad. Pensé en lo hermosa que se veía, de pie en la oscuridad, con el brazo extendido, señalando al infinito con el dedo, creando un circulo invisible que sólo era visible a los ojos. Aunque no conocía las palabras para describir bien la escena, tuve la sensación que había algo muy viejo en su gesto, su postura, la escena completa. Algo poderoso.

- ¿Qué ocurre?
- Yo no siento nada cuando trazas el circulo - confesé finalmente. Sentí que el corazón se me caía al suelo y que un hilo helado me recorría la espalda - quisiera sentirlo. Quiero decir que si lo siento pero...Sólo te miro a ti y...

Era la pura verdad. Había intentado con furiosos esfuerzos de imaginación percibir el circulo, visualizarlo en mi mente a la manera como suponía las otras mujeres de mi familia podían verlo. Pero,  ni antes ni después, el circulo había sido otra cosa que una idea brumosa de la que no estaba muy segura.

Y eso me dolía muchísimo. Para las brujas, el circulo de energía era realmente importante o al menos, era lo que había concluido luego de todos esos meses. Mi abuela solía decir que un circulo podía contener el Universo entero, la plenitud de comprender cada secreto del mundo. Que el circulo era una tradición tan vieja que se perdía en el tiempo, que parecía proceder de todas las naciones y de todas los pueblos de la tierra. Porque el Circulo de energia no era sólo la representación del perfecto equilibrio entre el espíritu humano y la naturaleza, sino también del misterio de un tipo de perfección elemental difícil de explicar. Sentada en la hierba, con la cúpula de la noche extendiendose brillante y púrpura sobre mi cabeza, pensé que quizás, yo no formaba parte de esa historia muy vieja que abuela insistía en llamar "familiar", de esa larga línea de brujas que no sólo podían comprender que era el círculo sino también verlo.

Pero con ocho años, no sabes explicar esas cosas. O al menos no de una manera comprensible. Expresar la frustración que puede producirte una idea semejante. Así que me quedé con las rodillas apretadas contra el pecho y el rostro oculto entre las manos, sin saber que hacer. Si es que tenía que hacer algo.

- Agla...
- Perdón, tia. Quizás no nací para bruja - respondí con mucha dramatismo.

Escuché a la tia reír. Me pasó un brazo por los hombros.

- Escucha, hay un secreto que toda bruja conoce bien temprano y este: El universo entero y el mundo completo, caben en un circulo - murmuró a mi oído. Suspiré, si, ya lo sabía, pensé. El mismo circulo que yo no podía ver - y ese circulo no está en ninguna otra parte que en el lugar más misterioso de toda la creación.

Levanté apenas los ojos.Tia me observaba con los suyos brillantes por la luz de las velas.

- ¿Donde es eso?
- Aquí.

Me apoyó la mano en el pecho. Parpadeé confusa.

- ¿Como es eso?
- Cierra los ojos y vamos a buscar el circulo - seguí mirándola, sin saber que me decía. Enarcó la ceja, impaciente - que bruja más terca. ¡Haz lo que te digo!

A regañadientes, la obedecí. Sentí sus dedos en mi frente y luego acariciandome el cabello.

- El poder de una bruja, la energía que crea un circulo no procede de nada que no poseas, no disfrutes, no puedas imaginar - me susurró al oido - una bruja es un paisaje interminable. Es un valle gigantesco a punto de crearse. Son cientos de pequeños fragmentos de luz y de sombra que unen para crear un país nuevo. En tu ment. En tu espíritu. Eso es lo que crea el circulo. No algo exterior, sino lo que sientes en tu interior.

"Ahora imagina que eres un árbol. Uno jovencito, de ramas delgadas y tronco agil. De esos que mueve el viento con facilidad. De los sacuden las hojas  al doblarse frente a las tormentas. Tu espíritu es así. Aún eres una idea recién nacida, un pensamiento en el Universo tan diminuto que necesitas caminar y comenzar a avanzar para encontrar tu nombre, tu lugar bajo las estrellas. Y ese andar, es el círculo. ¿Lo puedes imaginar?

Claro que podía. Con los ojos apretados, me vi como un árbol, uno pequeñito de ramas muy cortas, danzando por las ráfagas de viento de la montaña. Un árbol que aún no sabía que lo era. Que se estaba haciendo  más fuerte con lentitud. Tanta, que a veces no podía notarse. Y ese árbol, que era yo, parecía muy frágil, muy chiquito. Una tormenta podía golpearlo. Un rayo podía partirlo en dos. Me asusté pero también sentí esa conexión con el centro del árbol, la vida nueva naciendo en él.

"Ahora, imagina que tus raíces son tan profundas que se clavan a mucha distancia en la tierra. Eres muy joven, pero hay algo en ti muy viejo. Luz pura que te hace avanzar hacia ese centro del mundo de las ideas, que eres tu misma. Una raíz que avanza hacia el corazón, el espíritu, lo que tu mente es. La explicación a todas las cosas, las preguntas que no has formulado, los sueños que aún no nace, todo eso está en su raíz".

Vi las raíces enormes y fuertes del árbol que yo era. Las vi con tanta claridad que extendí las piernas y apoyé los pies descalzos en la Tierra. Imaginé mis raíces - esos pies de mi mente - abriéndose paso a través de las rocas, más abajo, más más profundo. Hacia un centro luminoso, hacia visiones tan poderosas que parecían abrirse en capas en un mundo subterráneo. Y esas raíces eran cada vez más fuertes, fértiles, grandes. Madera antigua sobre madera nueva. Viejas palabras sobre otras que acababan de hacer.

- Y esas raíces son todo lo que eres - dijo mi tia. Senti su mano en mi hombro. El calor de las velas a mi alrededor. Tan cercano, tan fuerte que de pronto, abrí los ojos sorprendida. La luz era la misma, pero para mi había cambiado. Había algo más intenso, radiante. Algo en mi que respondía a la luz - esa raíz es la historia de tu familia, antes y después de ti. Cada palabra que te hace crecer, cada idea que te hace madurar. Cada percepción que te hace mucho más fuerte, sabia. Cada rama, cada hoja de tu vida, es una historia que contar. Es un sueño que alcanzar. Y creces, tan rápido, como para alcanzar el cielo. Tan fuerte como para mirar el mundo con ojos asombrados. En el circulo de tus ideas. En el poder de todo lo que crees y asumes posible.

Se levantó del suelo. Lo hice también, con las rodillas temblando de una emoción que no podía comprender muy bien. Me tomó del brazo y me hizo señalar al norte, donde las velitas bailaban bajo el viento de Septiembre.

- Creamos el circulo en nuestra mente para recordar que nuestra historia - dijo mientras ambas girábamos en el sentido de las agujas del reloj, mirando la luz de las estrellas. La llamitas de las velas parecieron torcerse, aumentar de tamaño. Palpitar en la oscuridad. Pero de pronto, eran parte de mi, algo más profundo. Más significativo. Eran pequeños fragmentos de historia, de esa idea amplia sobre mi propia vida, que era una pieza de una tradición más vieja de lo que yo podía imaginar - Creamos el círculo para recordar de donde provenimos, hacia donde vamos. Que esperamos recordar. Hacia donde caminamos en la oscuridad.

Nos detuvimos, el dedo apuntando al norte de nuevo, el corazón latiendo muy rápido. Sentí que una emoción simple, de pertenencia, de compresión, de puro amor me recorría. Era muy pequeña para entender su trascendencia, su justo valor. Pero aún así, sentí esa definitiva sensación de reconocimiento. Ese poder real y consciente de ser parte de algo mucho más importante que mis temores. Mi capacidad para la esperanza.

- Crear un circulo es recordar todos los motivos que te unen, te atan y te liberan a tu identidad - dijo mi tía, con su sonrisa amable - una bruja lo sabe, lo necesita. Se apoya en esa idea. Siempre avanza hacia adelante en ella.

Me llevo muchos años comprender en realidad lo que podía abarcar esa idea, el poder real de un circulo que te une, que le brinda valor a cada una de tus ideas. Pero desde esa noche, jamás volvía  temer que el circulo pudiera abandonarme, que pudiera dejar de percibirlo. Que incluso, pudiera dejar de comprender su importancia.

Porque descubrí que el circulo estaba en mi. En ese rincón del espíritu donde vive el poder de crear y aprender, de soñar y aspirar a la sabiduría.

Un símbolo de pura esperanza.

viernes, 21 de abril de 2017

Una recomendación cada viernes: “Big Little Lies” de Liane Moriarty.




Lo doméstico, lo invisible de lo cotidiano y los pequeños dolores ocultos del seno familiar, se suelen abordar en la literatura desde el drama o en el mejor de los casos, con una perspectiva satírica que busca desacralizar sus extremos más complejos y emotivos. Pero cuando las perspectiva bordea ambas cosas, no es tan sencillo comprender su objetivo. Por ese motivo, a la obra de Liane Moriarty se le suele catalogar como barata e incluso superficial, a pesar de haber tenido dos éxitos de librería casi consecutivos y sobre todo, una buena recepción de crítica y público. No obstante, la visión de Moriarty sobre el mundo femenino — sus secretos, deslices y matices — no suele ser del todo bien recibida. Quizás se deba a su rara percepción sobre el dolor y la tragedia — muy cercana a la burla nihilista — o al hecho que Moriarty analiza sus historia desde cierto desparpajo festivo. Cual sea la razón, su obra sorprende e incómoda y para la autora — que se confiesa rebelde, intranquila y petulante — eso es más que suficiente.

“Big Little Lies” no es diferente al resto de la obra de Moriarty: la historia está llena de mujeres con problemas éticos y emocionales, un misterio inquietante y problemas domésticos convertidos en alegoría del dolor femenino. Pero en esta ocasión, Moriarty forza la barra para reflexionar sobre la angustia, el miedo y la confusión desde una óptica que sorprende por su inesperada profundidad. De nuevo Moriarty juega con los acostumbrados elementos que hicieron éxitos de librería a sus obras precedentes, pero esta vez, la lección es más retorcida, mucho más dura de asimilar. La escritora asume el rostro de la feminidad moderna — que parece ser tan ambigua, mutable y desconcertante — para crear algo más refinado y duro de asimilar. En este juego de espejos que comienza como un melodrama al uso y termina convertido en una insólita mezcla de thriller y especulación filosófica sobre la vida filosófica, la autora encuentra el tono y el ritmo correcto para meditar con dureza sobre la identidad, la caída en desgracia de sus personajes y sus pequeño dolores incomprensibles. Y lo hace con una habilidad que sorprende por su eficacia.

A la novela se le ha llamado “una historia de suspenso doméstico con sofisticados toques de humor” y hay quien incluso se ha empeñado en comparar la estructura limpia — por momentos simple — de la obra de Moriarty con cualquiera de las magnificos mecanismos literarios de Agatha Christie. No obstante, “Big Little lies” no es ni cosa ni la otra: Entre ambos extremos, el libro maneja su propia batería de símbolos y pequeños juegos de dimensión y símbolos, para lograr algo novedoso. Las mujeres de Moriarty son algo más que excusas para analizar el universo femenino: son complejas entidades que batallan entre sí para encontrar un sentido profundo a sus personales vicisitudes. No siempre lo logran, pero el trayecto a la iluminación — el largo camino endeble hacia la liberación y una eventual moraleja — es tan intrigante como para captar por completo la atención del lector. La cuidada atmósfera, los cambios de estructura y punto de vista, logran sostener no sólo una historia que podría parecer tópica y remilgada, pero que en realidad, es una mirada inteligente al dolor, el desarraigo, la angustia e incluso temas tan específicos como el maltrato y la violencia doméstica.

Más de un crítico ha insistido que la obra de Moriarty es un gran colección de chismes ordenados con astuto esmero. Y durante las primeras páginas de la novela, la acción podría resumirse justamente en una justificación a un cotilleo repetitivo y cursi casi ingenuo. Aún así, la novela remonta sus peores momentos y hasta alcanzar una vigorosa perspectiva sobre el uso de los rumores y el cliché como parte del drama central. Moriarty deja muy claro que su historia se basa en la hipocresía social y también, en las debilidades de esa percepción de normalidad que se impone y que a veces, resulta casi imposible de vencer. Es entonces cuando la novela alcanza sus puntos más altos y se deleita en su capacidad para avanzar a través de lo trivial con un tono venenoso y ofensivo. No hay nada sencillo ni mucho menos superficial, en esta épica doméstica, mitad reflexión pesimista y mitad sátira retorcida. En medio de ambas cosas, Moriarty escoge los momentos y escenas a través de las cuales, dejará muy clara la diferencia entre ambas cosas.

Con todo y a pesar del buen esfuerzo de la escritora por disimularlo, la novela tiene momentos de brillo falso que quizás, demuestran la incapacidad de la escritora para abandonar por completo los pequeños clichés sobre la identidad de la mujer. A pesar de los esfuerzos de Moriarty por brindar complejidad a personajes, no tiene otro remedio que analizar el estereotipo para reforzar la idea multicultural y levemente clasista de la historia que cuenta. El libro sitúa la acción en una pintoresca península en las afueras de Sydney (Australia) en un intento por dotar de capas de significado a las extrañas combinaciones sociales y culturales que Moriarty utiliza como telón de fondo para la trama. En medio de la democrática bahía sin nombre en la que habitan el cuarteto de mujeres protagonistas, hay madres solteras muy pobres que apenas alcanzan el final de mes, autoritarias matronas que viven en mansiones lujosas y también, simpáticas damas que intentan encarnar el ideal de la independencia femenina moderna. Moriarty traspone los elementos y crea un mosaico lo suficientemente sólido como para funcionar pero en el que cuesta comprender motivaciones y puntos de vista. La escritora dedica una considerable cantidad de tiempo a ocultar las intenciones de sus personajes y no el suficiente, a dotar de realismo a los pequeños elementos que sostienen sus — en apariencia — poderosas personalidades. El resultado es una visión mixta, incompleta y desigual de sus diferentes circunstancias.

Por supuesto, para Moriarty el misterio es de importancia capital y lo deja claro desde las primeras páginas de la novela: la intención de cada una de las escenas y personajes parece esconder algo tenebroso, tendencioso y la mayoría de las veces peligrosos. El recurso resulta efectivo cuando el enigma escabroso se entremezcla con el rápido discurrir de la trama. Pero cuando no lo hace, el resultado es un blando y machacón anuncio de algo pérfido que Moriarty anuncia en cada oportunidad posible. La insinuación se hace repetitiva, innecesaria e incluso, amenaza la fina noción de la autora sobre la necesidad de mantener el equilibrio entre lo que se muestra y lo que se oculta.


Claro está,  el tema principal del libro es una alegoría a la rivalidad femenina en clave de crítica, con algunas percepciones sobre todo lo que una mujer oculta para sostener la fantasía social de una vida perfecta. La crueldad, la intimidación, la agresión sutil, el odio y el resentimiento sostienen un análisis casi cruel sobre el rol femenino, el tópico y la exigencia social. En mitad de todo, hay una definitiva intención de sostener el discurso del libro sobre la percepción del horror de los secretos domésticos como una forma de control y prejuicio. Pero Moriarty carece de la pericia para profundizar en el concepto con mayor propiedad y la idea termina convirtiéndose en un mirada simplona que evade lo más incómodo del tema.

Aún así, la novela funciona: como crítica, como alegoría y como excusa para un thriller de misterio lo suficientemente logrado para no decepcionar. Hay una ferocidad helada y durísima en la perspectiva de Moriarty sobre el comportamiento masculino, que sorprende en mitad de las descripciones edulcoradas y ambivalentes. El ritmo de la historia cambia de súbito y hacia el tramo final, la novela muestra sus mejores cartas. El tono siniestro y durísimo de las descripciones de la violencia, la despiadada mirada sobre la resignación y la angustia alcanzan un realismo casi doloroso. Es entonces, cuando “Big Little Lies” demuestra que hay una percepción del horror y la decadencia muy poderoso en aparente banalidad. Una grieta obscena y sorprendentemente efectiva en medio su paisaje en apariencia inofensivo. Una sonrisa siniestra detrás del carmín de labios aplicado con esmero en el rostro de sus personajes.

Al final, la novela gravita quizás de manera inevitable hacia cierta ambigüedad moral. La historia termina sin mostrar todas sus cartas — quizás no debe hacerlo para resultar efectiva — y evade el motivo principal que parece sostener el resto de la historia: la moraleja oculta que insiste que a veces hacer lo incorrecto también es correcto.

jueves, 20 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: el horror al otro lado de la puerta.

Fotografía referencial. Autoría EFE.



La primera detonación se escuchó temprano. Eran poco más de las diez de la mañana, cuando la Guardia Nacional arrojó la primera bomba lacrimógena en la calle donde vivo. Me asomé a la ventana y distinguí el espiral blanco de humo denso elevándose con rapidez. En una de las esquinas, una pequeña multitud de manifestantes se arrojaba al suelo, mientras un grupo gritaba y escapa en dirección contraria al estruendo de la explosión.

— ¡Comenzaron temprano! — gritó mi vecina, desde la ventana contigua — ¡no sé que está pasando!

Miré al pequeño grupo que corría por la calle. Los funcionarios con casco y peto les perseguían con el arma de reglamento en alto. Las figuras desaparecían en medio de las nubes opacas del gas tóxico. Comencé a percibir el picor en la piel, la cerrazón en la garganta. Me apresuré a cerrar la ventana. Una nueva detonación sonó tan cerca que sacudió los cristales. Cuando miro hacia la terraza de mi vecina, no puedo distinguirlo. La humareda blanca y tóxica avanza con una rapidez de pesadilla, lo cubre todo, infecta cada resquicio y lugar posible.

Seguí sin comprender el motivo del ataque. ¿Existe alguna justificación a su potencia desproporcionada? El mero pensamiento me llena de amargura. No la hay, por supuesto. Nunca la ha existido. En Venezuela, se es un criminal por el mero hecho de expresar la opinión. La manifestación avanzaba calle arriba sacudiendo banderas y consignas. Un grupo considerable. Una masa heterogénea risueña y entusiasmada. La violencia le cortó el paso, le recordó sus límites, el poder de la agresión y la represión. Nuestro delito es ejercer un derecho, la mera idea de la ciudadanía.

Otra explosión. Esta vez no pude identificar el lugar de dónde provenía o de qué se trataba. ¿Bomba de gas? ¿Granada? en Venezuela la diferencia puede ser mínima. Me quedé de pie en mi estudio y miré a través del cristal la ciudad convertida en una mancha borrosa, parpadeando en medio de un resplandor amarillo y ocre cada vez más denso. El miedo me recorrió como un escalofrío, una sacudón helado que me hizo retroceder, con los ojos muy abiertos. A la primera detonación siguió dos o tres en rápida sucesión. La calle entera se cubrió de humo pardo. Otra masa de transeúntes corrió calle arriba y se abrió en dos. Escuché sus gritos, sus insultos. Después simplemente su miedo.

Corrí a sellar las ventanas con manos torpes. Una tira de papel periódico. En otra, solo pedazos de papel adhesivo. Nadie te prepara para este miedo, para esta sensación de indefensión. Para el horror de ser rehén de la violencia en tu propia casa. Cuando comencé a toser, medio asfixiada y temblorosa, todo se tornó irreal, duro de asimilar. Corrí al interior de mi apartamento. Atrapada sin querer, en medio del humor toxico era cada vez más irrespirable que estaba en todas partes.

La primera vez que protesté contra el gobierno de Hugo Chávez, tenía dieciocho años recién cumplidos. Salí a calle con una bandera y toda la convicción que el esfuerzo valía la pena, tenía un sentido real, demostraba mi opinión de manera muy exacta y fidedigna. Acurrucada en mi habitación mientras intentaba respirar por encima del olor fétido y el picor insoportable, recordé esa primera vez. La rara valentía que me llenaba al recorrer las calles y avenidas con la mirada al frente, con la sensación inequívoca que el país dependía de mi esfuerzo, de mi voluntad, de mi necesidad de oponerme a ese poder con vicios de autoritarismo que avanzaba con paso firme en medio de la endeble democracia del país. Me hizo llorar esa imagen rota y simple. Esa noción de algo perdido e irrecuperable.

Las detonaciones se hicieron más frecuentes, más cercanas. Las escuché intentando no perder la calma. A la algarabía de la calle, de los que insultaban y lanzaban alaridos de furia, siguió un silencio lento, abrumador. El aire se despejó un poco y la piel dejó de escocer. Pero continué acurrucada, con las manos apretadas con tanta fuerza contra el suelo que un dolor palpitante y blanco me subió por los nudillos y la muñeca. No podía dejar de imaginar a los que corrían para huir. A los que gritaban de terror, asfixiados y aplastados por la marejada de la violencia, devastados por el poder disfrazado de depresión. Cada explosión lenta, chata y seca parecía marcar el camino de un nuevo dolor, de una puerta abierta hacia el desastre. El miedo se hizo más duro de sobrellevar, de controlar. Me pregunté en medio de la confusión como sobrevivir a algo semejante. Como continuar cuando sabes sin género de duda que no hay lugar a donde escapar. Cuando la violencia de un país destrozado por el caos, la indiferencia y la ambición política está en todas partes.

***
Intento trabajar mientras las detonaciones continúan. Han transcurrido más de tres horas y la violencia se sigue escuchando como un eco interminable. La calle está vacía y no puedo entender por qué las detonaciones continúan, el motivo por el cual continúan atacando — atacándonos, me digo con un terror lento y ciego que no puedo silenciar— incluso cuando ya es evidente el triunfo de la represión. Pero no hay respuesta y supongo que no la habrá. El lento repiqueteo de las bombas se escucha como una metralla imposible, monstruosa. El metal se confunde con el estallido seco de la explosión. Todo es humareda blanca, el hedor insoportable de la violencia que avanza por la calle sin detenerse, que lo anega todo, que oculta la salvaje y agresiva violencia en todas partes.

Alguien está gritando, me dijo mientras intento concentrarme en lo que hago. ¿Lo escuchas? alguien está gritando. Alguien grita a todo pulmón, con un terror tan cercano y reconocible que me recorre como un sacudón. Alguien grita, alguien está herido. Alguien intenta escapar y no lo logra. Alguien grita porque no puede hacer otra cosa. Alguien grita de puro dolor irracional o de miedo, que es casi lo mismo. Alguien está gritando en la calle que conoces de memoria. En este lugar que llamas casa.

Al final, no puedo seguir intentando mantener la calma. Me acerco a la ventana, abro las persianas. El humo de nuevo, fétido y voraz, ocultando lo que ocurre más allá. Pero puedo seguir escuchando el grito, tan claro. Y de pronto, es algo más que un alarido. Son consignas, son insultos. Es toda la cacofonía de la rebeldía, del temor y de la angustia. Las detonaciones de nuevo. Y todo se mezcla, en un torbellino ácido, brumoso, hórrido. Las figuras de los Guardias Uniformados aparecen en medio de las sombras. Y también la de los manifestantes que resisten, que se esconden. Que intentan sobrevivir al miedo, vencer este horror denso y sólido que les rodea en todas partes. Los veo huir, guarecerse. Cubrirse la cabeza con los brazos. Los cuerpos inclinados, la carrera a ciegas, hacia la nada. Y la violencia les acompaña, les persigue, les golpea. La violencia real, insaciable. La violencia Venezolana.

Un guardia uniformado emerge de entre la penumbra artificial. Camina por la calle llevando el arma sobre el hombro. Se detiene, mira a su alrededor. Se inclina. Y escuchó la explosión — directa, elocuente — antes de comprender que pasa. Antes que el sonido sacuda los cristales, que me haga retroceder. Están disparando al edificio en el que vivo, me digo como si tratara de convencerme que lo que ocurre es real. Está ocurriendo. La violencia está aquí y no puedes escapar de ella.

Corro hacia el pasillo, justo cuando otra detonación estruendo se escucha. Cada vez más cerca. La amenaza pura y evidente. Sin resquicios, Me quedo paralizada, el miedo es un muro, una frontera invisible. Y no puedo cruzarla. Cierro los ojos, como si pudiera huir por un mero esfuerzo de imaginación. Me quedo de pie, intentando contener el llanto, respirar mientras las detonaciones continúan. Una y otra vez. Un espiral interminable. Una secuencia dolorosa e indistinguible. La violencia está aquí, me digo de nuevo. Está tan cerca como para que deje de ser una idea. Siento el miedo — terror vivo y letal — dejándome débil y cansada. Y de pronto, el gas lacrimógeno está por todas partes. Una gran neblina tóxica rodeándome.

Literalmente puedo respirar y la piel me quema, palpita como una gran herida abierta. Corro de nuevo pero no hay otro lugar al cual huir. No hay ninguna parte que pueda guarecerme, en la pueda sentirme segura. Y entonces creo que moriré, a solas. Con la garganta cerrada, la nariz herida por el olor, los pulmones luchando por tomar una bocanada de aire. Me aterroriza el pensamiento, me impulsa a correr de nuevo. Tropiezo con muebles invisibles, con paredes que no deben estar allí. Cuando abro la puerta quiero gritar pero no puedo hacerlo. Estoy atrapada, sujeta a esta agresión sin nombre que puedo comprender.

***
Han transcurrido casi nueve horas desde que comenzó la represión. La tarde comienza a caer, el olor fétido de la lacrimógena está en todas partes, lo inunda todo. Las detonaciones se continúan escuchando. Un eco sordo, a veces lejano, otras cercano. Una secuencia invariable e incompresible. Y continúo aquí, temblando de miedo, desvalida y escaldada por la represión que golpea sin cesar como una lluvia lenta, interminable. No dejo de preguntarme cuando me convertí en víctima propiciatoria de la violencia en mi país. En cuando me hice enemiga del poder por el mero hecho de expresar mi opinión. Quizás no hay respuesta para eso. Y quizás, eso es lo más aterrorizante.

martes, 18 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: La ciudad engañosa y otras formas de dolor.





Cuando pensé en escribir algo sobre el miedo, la primera idea que tuve fue redactar algo edificante, hermoso y esperanzador: la manera de vencerlo quizás, el miedo como una manera de superar nuestras propias limitaciones. Pero a medida que leía sobre el tema y lo analizaba con la franqueza de quien desea mirar más allá de sus propios prejuicios, consideré esa aproximación hipócrita. Poco realista. Al menos, como lo creo, lo veo y lo cuestiono, mi manera de analizar la idea. Así que decidí que para hablar de miedo, tenía que asumir que siempre lo siento, y por una razón bastante amplia: vivo en Caracas.

No puedo decirlo de otra forma: tengo miedo de la ciudad donde nací. Es un pensamiento duro, doloroso pero el más sincero que puedo expresar. Caracas me produce temor, uno muy profundo y angustioso. Me acostumbré a tener miedo y lo que creo que es peor, no soy la única. El miedo se ha convertido en una parte de la visión que tenemos sobre la ciudad, sobre nuestra manera de vivirla, crearla y construirla, en nuestra imaginación y en el ámbito de lo real. Y como duele, tener tanto miedo del lugar donde naciste y creciste. Como hiere sentir esta sensación de zozobra irreprimible, esta sensación de peligro que te acompaña a los mismos lugares donde reíste, donde miraste el cielo para crear, los que te vieron crecer. El miedo, como un acompañante silencioso, en todas partes, en todos los momentos. Miedo a lo que pueda ocurrirte, miedo a lo imponderable, lo que no puedes controlar. Lo que temes ocurra por un descuido, lo que ocurre a pesar de todas las precauciones. Porque en Caracas, el miedo es parte de lo cotidiano, un elemento más del todo los días, una manera de comprender tu manera de vivir. Que duro, es asumir eso, cuando entiendes que el miedo te sofoca, que el miedo es irreprimible, que es parte de todo y de cada cosa que ocurre a tu alrededor. Y cuando duele, no poder evitarlo, cuando lastima asumir que el miedo está y no se ira, que el miedo crea su propia cultura, el miedo es una parte de tu manera de vivir.

Mi amigo E. sonríe cuando le digo todo esto. Como buen optimista, está convencido que el miedo es derrotable. Y no dudo que lo sea, asumo: en otras circunstancias, bajo otras ideas. Yo misma lo intento a diario, para poder construir un equilibrio precario entre lo que quiero vivir y este temor que me acompaña a todas partes. Pero para E. esa idea del miedo como un todo ineludible, es excesiva.

- El temor es un síntoma de tu incapacidad para manejar lo que te rodea — me explica — el miedo es una reacción natural de protección. Pero no es inevitable ni necesario.
- El miedo en Caracas es natural — comento — lo siento a todas horas y por razones que me sobrepasan. No hablamos del miedo como una condición o un pensamiento abstracto. Hablamos del miedo como una situación real. No puedo ignorarlo, aunque quiera. Y desearía hacerlo. Pero…

No quiero hacerlo, pienso. Pero no se lo digo. No sé cómo explicarle que el miedo es parte de esta sociedad de ciudadanos confusos, temerosos del todo y de lo que pueda ocurrir. En mi caso, es un tema casi obsesivo: temo cada cosa que pueda ocurrir, desde el asalto casual hasta el incidente en plena calle que pueda provocar cualquier situación peligrosa. Una red intrincada de pequeñas circunstancias donde el único elemento común parece ser mi temor a la violencia. Siempre la violencia. La temo cuando voy en un transporte público, cuando uso el servicio de Metro, cuando camino por la calle, cuando conduzco en una avenida transitada. Porque la violencia en Venezuela es parte de lo habitual, estemos conscientes o no de ella. Es parte de lo que comprendemos, de lo que asumimos como parte de una idea de ciudad. Pero no sé cómo explicarle eso a E. con su alegría de hombre que construye su propia visión de esta ciudad complicada y dura. No sé cómo explicarle el temor del sobreviviente, de la víctima — me han asaltado en tres ocasiones — o simplemente, de quien se acostumbró al miedo para comprender a Caracas, como circunstancia y posibilidad.

- El miedo es optativo — dice entonces, con toda la convicción del que cree y confía en sus palabras — existe, nadie lo duda. Es parte de lo que asumes como real, como la esperanza. Pero entre ambas cosas, existe una decisión consciente de crear y construir cosas, de evitar que el miedo te detenga. Siempre se puede sentir miedo, claro. Pero vencerlo es una perspectiva personal.

Un pensamiento muy idealista, claro. Lo analizo mientras camino por una calle concurrida, rodeada de Caraqueños malhumorados y apresurados. Todos caminan con los brazos apretados contra el cuerpo, la mirada huidiza, el sentimiento de ser un extraño en medio de su propia idea del mundo. Yo también me siento así: a pesar de la conversación con E., de su alegría contagiosa, no puedo abandonar esa sensación de desamparo y vulnerabilidad que me provoca vivir en una ciudad violenta. Y quisiera hacerlo: lo he intentado por todos los medios que conozco durante este año. He escrito sobre Caracas hasta el cansancio, la he recorrido a pie, cámara en mano, enfrentándome a mi propio temor para captar en imágenes lo que amo de ella. De alguna manera, encontré mi propia historia en sus calles y avenidas descuidadas. Y aún así, continúo padeciendola, con esa sensación de amargura del que se siente desengañado, quizás traicionado en su inocencia. Porque a Caracas la quise muchísimo, mi ciudad fue mi primera inspiración, mi primera forma de comprenderse como parte de la historia. ¿Y ahora me hieres? ¿Me quitas el gentilicio con miedo?

¿Como puedo perdonarlo?

Este miedo es ineludible. Un miedo que tiene tantas aristas que no puedes evitarlo, te lo tropiezas en todas partes. El miedo que cambia tu vida y rutinas. El miedo que te hace sentir una inquietud que te rompe las ideas, al que te enfrentas a ciegas, con la necesidad de comprenderte a pesar y quizás debido a eso que te aplasta un poco cada día. Este miedo que sientes de pie en la calle, de los rostros ajenos, del desconocido que te mira, de la mujer que te roza, incluso del niño de mejillas sucias que te tropieza de pronto. Este miedo, tan sofocante, que te acompaña aunque no lo quieras mirar, aunque lo ignores, aunque aprietes los dientes y camines por la calle intentando no escucharlo. Pero allí está, una y otra vez el miedo: una parte de esta identidad de ciudad, del gentilicio lleno de costuras mal cosida. El miedo de las historias que te cuentan, el temor al futuro que se desdibuja, se cae a pedazos. Este miedo que no te abandona y con el que luchas a diario. Esa sensación casi frágil de no reconocerte en la angustia, de no querer hacerlo. ¿Donde estás Caracas? ¿La que te recuerdo? ¿La que forma parte de mi mente? ¿Donde estás cuando intento reconocerte en la que eres ahora, densa y ruinosa? ¿Donde estás tu, la hermosa, la dura y la furiosa en esta simplemente destrozada por el temor? No quiero mirarte así y sin embargo, lo hago. Lo necesito, para comprender a través de ti.

Del miedo se habla mucho pero pocas veces, lo asumimos como propio. Pienso en eso, sentada en el Calvario, mirando a Caracas a mis pies, silenciosa y casi simple en su belleza desordenada. Tan lejana. Eres mia como tu eres parte de mi historia. Estamos unidas Caracas, por esta visión del mundo que alguna vez fue nuestra. ¿Eso es suficiente? me pregunto mientras levanto la cámara. Te miro a través del visor, el lente encuentra lo más bello de ti, lo enfoca lentamente. Y apareces Caracas, la de los sueños. Apareces lentamente, en tus edificios y calles, en el caos, en el cielo azul radiante que se abre y se mezcla con el olor a calor de voz y tiempo. Eres tú Caracas, a través del espejismo de la imagen, distorsionada y perenne. Eres tú, Caracas, la imagen que forma parte del tiempo en mi memoria, de todas las cosas pequeñas y dulces que recuerdo de ti. Y aún eres mía, en este miedo, en esta sensación de pérdida, en esta decepción. Cuando tomó la fotografía estoy llorando y no sé por qué. Quizás por desamparo o simplemente, por amor.
Y regreso al miedo. Quería escribir sobre eso y terminé escribiendo sobre Caracas. Tal vez, ahora mismo, ambas cosas se confunden en mi imaginación.

Casi todos los días, camino por la misma calle para tomar en el mismo lugar un autobús, que me llevará a cualquier parte de la ciudad. Es una de esas rutinas asimiladas lentamente, que incorporas a tu vida cotidiana sin prestarle excesiva atención. Me detengo en la acera, junto con el habitual grupo de transeúntes y espero, un poco abrumada por el mal olor de la calle, el corneteo incesante y ese humor árido de Caracas, tan inevitable como natural. Pero también por supuesto, hay algo más: mientras aguardo, me aprieto contra el costado el bolso. Miro a mi alrededor una y otra vez. Me alejo del hombre alto que me dedicó una mirada furtiva, de la pareja de muchachos que cuchichean entre sí. La sensación es angustiosa, pero la continuó sintiendo cuando me subo al autobús. Tengo miedo, un real y genuino miedo por lo que pueda suceder (me). Y tampoco se trata de una sensación espontánea, sin sentido o mucho menos inexplicable. Viviendo en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, la lotería de la violencia es un peligro a tener en cuenta siempre, en todo momento, en todo lugar. Una identidad del país roto a pedazos, invisible pero latente. Una herida sin cicatrizar.

El sinvivir, los pequeños trozos de la ciudad olvidada y otros dolores ajenos.
En su novela “Victoria” Knut Hamsun llama “sinvivir” a un espacio vacío y fragmentado del día y de la noche. A la última luz del atardecer. A la agonía que precede a la muerte. Un dolor infinito, inevitable pero también invisible, que está en todas partes y cualquiera de nosotros ha conocido alguna vez. Un término que parece intentar definir ese silencio de las cosas rotas, de las grietas abiertas, de las herida que no se curan.
Pienso en eso mientras intento comprender el miedo en Caracas y por extensión, en Venezuela. En nuestro país, tener miedo es algo común. Necesario quizás. Tienes miedo del desconocido que se acerca demasiado, del que te tropieza, del que te mira de manera casual. Tienes miedo de las calles y avenidas, de lo que puede — o no — ocurrir en el transporte público. De la madrugada, de la tarde en sombras, incluso del simple hecho de encontrarte equivocado en el momento equivocado. Porque en Caracas, la seguridad personal ya no es algo de precaución, de cuidar por donde caminas, de conocer la estratificación del peligro, de reconocer el mapa del riesgo. En Caracas, todos somos víctimas aunque no lo sepamos, aunque todavía no llevemos el número de la estadística colgado invisible en algún lugar de lo cotidiano. En Caracas vivimos apresuradamente, huyendo del peligro, abrumados por la posibilidad, inquietos por la presunción de peligro que brota de todas partes.

Mi madre me escucha inquieta cuando comento sobre el tema. Durante los últimos años, hemos tenido discusiones y enfrentamientos por el miedo. Porque puede tener mil nombres la discusión y tener cien formas el argumento, pero siempre es por el miedo. El no llegues tarde, el mira por donde vas, el ten cuidado con lo que haces. Eso, a pesar que ya crucé la treintena y disfruto de cierta independencia, que en realidad procuro en la medida de lo posible, cuidarme, medir mis pasos. Pero para mamá, eso no es suficiente. Quizás nunca lo sea. Porque para ella, Caracas es una amenaza, más que una ciudad.

- No se trata de cuidarte o no, hablamos que Caracas es peligrosa por el mero hecho de ser impredecible — me dice. Me ha estado comentado sobre la más reciente anécdota de la violencia: un hombre asaltó a B., su secretaria, en un vagón del Metro de Caracas. La amenazó con un cuchillo, delante de un grupo de usuarios, que retrocedieron aterrorizados. Nadie intervino, ni siquiera alguien lo intentó. Solo miraron como el hombre le arrebata la cartera a B. y después la golpeaba en pleno rostro, rompiéndole la nariz y un par de dientes. Cuando bajó del Metro, el resto de los pasajeros se alejaron de ella, sin mirarla, abrumados por una especie de verguenza colectiva. Ningún medio reseña el hecho, uno más entre los cientos de anécdotas de la violencia que pululan en la ciudad. La violencia como parte del paisaje natural de la ciudad.

- Se trata de algo más — digo — se trata de la idea de Caracas como toda una mezcla de sus dolores, de sus defectos. Caracas es Caracas.
- Poesía — me reclama 
— Caracas nunca fue tan peligrosa ni tan cruel. Antes…
- ¿Cuanto antes?
Mamá frunce los labios. Esta conversación ya la hemos sostenido antes, tantas veces que siempre parece a misma. Mi mamá recuerda una Caracas que no existe, que no comprendo: la Caracas de las calles animadas, de la vida nocturna radiante. La Caracas desbordante de progreso, la Caracas cosmopolita, la Caracas que aspiraba algo más que su destino de simple reconstrucción Urbana. La Caracas que yo conozco es otra: una durísima, destrozada por cien formas de indolencia, resquebrajada por el peso del dolor, de la pobreza, de la indiferencia. La Caracas que cierra puertas para protegerse, la cubierta de rejas. La que es testigo de muertes y dolor. Esa Caracas, la mia, no se parece a la suya.

- Caracas es consecuencia de la historia de este país, más que ninguna otra región o lugar de Venezuela — me dice — Caracas fue primero un sueño: Guzmán Blanco la soñó bonita, afrancesada y falsa. Luego Pérez Jiménez la convirtió en símbolo, la reconstruyó, le brindó un lugar en sus ideas de lo que debía ser el país, ordenado y bajo la bota militar. Adecos y copeyanos se la disputaron. El Chavismo la utiliza.
Todo eso es verdad, pero incluso a pesar de la profusión de símbolos, de ideas y de planteamiento, Caracas sigue sobreviviendo a todo. A pesar incluso, de esa transformación constante, de la insistencia de mirarla como parte de la historia y a la vez como metáfora de un país adolescente, muy niño. Caracas es lo que creemos de ella, lo que asumimos existe a medias, lo que vemos desde nuestra parcela de la realidad. Caracas puede ser esta ciudad rota y desordenada, el casco histórico a medio rehacer, los barrios variopintos a su alrededor. Puede ser la historia, la que se cuenta todos los días, la que se asume progresista.
Pero Caracas es también, un recuerdo de lo que pudo haber sido. De lo que ya no será. Mi mamá sonríe cuando me cuenta la primera vez que visitó el teatro Teresa Carreño y se impresionó por sus dimensiones, por lo que significaba.

- Un teatro a la altura del primer mundo — me dice — eso fue lo primero que pensé cuando subí por la enorme escalera mecánica, mirándolo todo como si no pudiera creerlo. El teatro entero olía a nuevo, y era una emblema de la Venezuela Saudita. No había comparación con otra estructura en el país y lo que pensé “Y lo que nos espera”.

No comento nada, pero me entristece el pensamiento. Hace unos cuantos meses, visité el Teatro Teresa Carreño y me entristeció encontrar justo lo contrario a lo que mi madre cuenta. Las paredes agrietadas. Los pisos un poco deslustrados. El Teatro lleno por los cuatro costados de un aire de decadencia lamentable. Y aún así, continúa pareciéndome hermoso, desde luego. A pesar de los jardines secos, de las pequeñas señales de deterioro que nadie se ocupa de restañar y reparar. Como Caracas, con su rostro pintarrajeado para ocultar las arrugas, con la boca torcida de pura amargura. Pero es Caracas, y así la quiero.

- A Caracas se le quiere porque no queda de otra — me dice F., vendedor de frutas en la Esquina justo al frente de la Iglesia de Altagracia. Voy por allí de vez en cuando, en mi constante deambular por recuperar a Caracas, por recordar cómo era aunque no la haya vivido. Pero F., es un optimista: lo es incluso en estos tiempos descreídos donde no encuentra azúcar para el jugo y las naranjas son tan costosas que apenas puede comprarlas. Pero el sigue vendiendo el juego porque es “bueno para el corazón” y sus clientes de siempre se los compran. Como yo. Saboreo el sabor muy ácido de las naranjas recién exprimidas con una sensación de emoción casi infantil. Sabe a historia, a pequeños milagros en medio de esta ciudad que no cree en nadie.

- A veces le tengo más miedo de lo que la quiero — le respondo. Mi amigo sacude la cabeza, desgreñado y venerable, con sus arrugas de sol rodeando su sonrisa.

- Mija, el miedo es fácil. Sencillísimo pues: uno le tiene miedo a todo, o podría tenerlo. Pero Caracas es otra cosa, es una identidad, es un temor sí, pero también una felicidad, un pequeñas cosas. El olor de las cosas que uno vivió en ella. De cada cosa que se atesora.

Que poético, pienso terminando de un solo trago el jugo. Que exquisito momento en este, donde Caracas es casi bonita con la cúpula de la Iglesia brillando al sol y este calor beatifico del Verano eterno. Y el olor a ciudad, que es acre, duro y reconocible. El olor a todas las cosas. Encaramada en el muro cercano a medio construir, conversando con F., siento que la vida transcurre muy rápido, que tiene incluso un buen sabor. Supongo que así recuerda mi madre a Caracas, a la que fue y ya se desdibuja en el horizonte de la realidad dura y violenta que soportamos en la actualidad.

Para mi la ciudad es otra cosa. Es este jadeo de temor que me sale del pecho mientras camino por sus calles. El mirar sobre el hombro para saber dónde está el peligro. Pero también es el Ávila, tan radiante que incluso a veces me irrita. Que gusto detenerme en cualquier parte para asombrarse por su línea verde y majestuosa, que delicia sonreír, para contemplar su verde inolvidable. Y aún así; no es suficiente. No lo es en medio de la angustia, del sonido de la refriega, del temor.

Mi amigo P. es un hombre colosal. Es la primera palabra que se me ocurre mientras conversamos sentados en la terraza de la Escuela de fotografía donde trabajo. El Ávila otra vez, retoza tranquilo sobre los muros blancos, extraordinario y brillante. Hoy, el cielo azul Caracas lo borda, lo decora, lo pule. Tiene una abundante melena alborotada, una maravillosa barba que rebosa personalidad y una sonrisa de pillo, maliciosa y encantadora. Es la que me dedica cuando le digo que amo a Caracas, que la extraño aunque no la conocí antes que esto. Sacude la cabeza y suelta una risita.

- Eso es inocencia. Caracas no quiere a nadie, no le importa querer a nadie — dice. Suspira. Mira al Ávila a través de sus lentes oscuros — es una hembra, una mujer dura y loca. Estéril. No te da nada, te lo arrebata todo. Pero igual la amas así, a pesar de todo. La amas, la llevas a todas partes. Las sostienes, la acunas entre los brazos. Caracas es todo, y no es nada. Pero puede serlo.

Es verdad. Y aunque la poesía — otra vez la palabra — la describe a medias, también esa ciudad suya de contrastes es la que encuentro a diario, con la que tropiezo con más frecuencia. La Caracas que miro a través del cristal sucio de la ventana del Autobús, la que relumbra cuando cruzo la calle a la carrera, entre gritos y el tráfico ensordecedor. La silenciosa de los jardines pequeños y olvidados. La dura, de las noches aterradoras. Y también, la de la violencia. La del Este que lucha, la del Oeste que duerme plácida. ¿Quien eres? Le pregunto con frecuencia. ¿Quienes somos cuando formamos parte de su historia?

El Calvario siempre será un lugar privilegiado. Levanto la cámara instantánea con las manos temblorosas. Te quiero Caracas, necesito mirarte. Quiero contemplarte más allá del miedo. ¿Quien eres? El click sonoro me sorprende, me duele, me desconcierta. Parpadeo. Aguardo mientras la fotografía aparece lentamente en el pedazo de papel. Y de pronto, allí está Caracas, la que yo veo, más allá de la muerte y el sufrimiento, más allá del temor. Caracas, inamovible, un recuerdo. La nada que retoza, la belleza que es frágil y simple. La que existe y podría no existir.

Miro la fotografía de Caracas mientras escribo. Y también la otra imagen, la que se cuela a través de la ventana entreabierta. La azul radiante, la maloliente, la real. La cruel. Me pregunto entonces quién eres tu, a donde vas, quien es el deseo. A quien temo y quien soy cuando te miro. Las respuestas son tantas que creo todas son valiosas: eres más allá que eso, más allá de lo que sueñas y paladeas. Te amo, te odio, te necesito, te recuerdo, eres todo lo que soy y más allá, lo que fui. Un recuerdo a trozos. Una visión de mi mundo resquebrajado y quizás borroso, pero real. Esa eres tu, pienso, acariciando con la punta de los dedos la fotografía, esa instantánea que empieza a desdibujarse.

Y quizás, no seas otra cosa que lo deseo mirar de ti, me digo. Lo que no podré recuperar jamás.
C’est la vie.

lunes, 17 de abril de 2017

La fotografía como puerta abierta a la especulación emotiva: Unas reflexiones sobre la obra de Giséle Freund.








La fotografía como documento suele analizarse desde la visión de la realidad como objeto inmediato y su trascendencia. O lo que es lo mismo: el valor concreto que puede captar. No obstante, la imagen es mucho más que su contenido obvio. Es una presunción sobre lo que se esconde detrás de ella, en sus márgenes y confines. Una noción concreta sobre la sustancia que compone la realidad.

Giséle Freund siempre fue una mujer reservada o en eso coinciden todos sus contemporáneos. Silenciosa, en ocasiones severa, incluso dura. No obstante, detrás de la cámara — o más bien, gracias a la cámara — afloraba una simpatía y una rara dulzura que sorprendía y sobre todo, seducía a quien posaban para su lente. Una mirada extraña, amplia y profunda sobre la naturaleza humana que lograba transmitir a sus retratos. Para Freund, fotografiar era una conversación. Un mensaje que se construía en raros intercambios silenciosos. Una comprensión de la identidad del otro a través no sólo de la imagen — como reflejo — sino también, como idea subjetiva convertida en una alegoría formal.

“No puedo fotografiar a nadie sin conocerlo previamente. Necesito familiarizarme con su aspecto, con sus características físicas y psíquicas” dijo en una oportunidad Freund cuando se le preguntó sobre su técnica al retratar. Para la fotógrafa, el hecho de la imagen era algo más que un proceso mecánico destinado a registrar la realidad. Era un recorrido por los inusuales paisajes de la identidad del otro y los espacios blandos de la individualidad. Pero más allá de eso, Giséle Freund estaba convencida que la imagen — como recurso y pieza artística — era una mezcla de opinión, visión y estructura visual destinada a prevalecer sobre lo obvio. “Nadie fotografía sólo lo que ve, sino lo que aspira a ver” insistió a lo largo de su vida. La expresión de lo humano, lo poderoso, lo pertinente a través de la imagen como documento de algo mucho más complejo que lo que se muestra primera vista.

Como fotógrafa, Giséle Freund estaba convencida de la importancia de la doble dimensión del discurso que se muestra. Tanto como para obsesionarse con los vericuetos y pequeñas trasposiciones de espacio y tiempo en cualquiera de sus retratos. Le obsesionaba ese misterio aparente en quien retrataba, los límites de su intimidad y su paisaje íntimo. Y quizás por ese motivo, su obsesión con el retrato se basaba en esencia con esa percepción de quien retrata como el centro y origen de la fotografía que se muestra. “No hay nada sencillo en la vida de alguien más y la labor del fotógrafo es comprender esa complejidad a través de los símbolos que reproducen los enigmas privados” escribió a propósito de su célebre fotografía del presidente francés Francois Mitterrand, con quién conversó por largas horas antes de fotografiar. “Tomas la cámara, miras a través del visor. Y entonces debes descubrir lo que el otro intenta ocultar. Abrir, capa tras capa, la metáfora que el otro guarda” añadió. Su fotografía del duro y distante presidente fue por años parte de la imagen internacional de Francia pero sobre todo, uno de los pocas imágenes que muestra al ex presidente desde una óptica extrañamente cercana. “La foto se puede constituir en un elemento de conocimiento de la realidad, y puede ser, a la vez, documento, testimonio o reflejo de la realidad social, pero en su origen una foto debe decirnos algo, incidir en nuestras fibras más sensibles” insistió la fotógrafa, luego de la experiencia.

De la cámara a la consecuencia: La fotografía como excusa para elucubrar sobre la realidad.
Giséle Freund trabajó durante casi siete años con Robert Capa, de quién insistió había aprendido esa noción sobre la cercanía, la verdad y el documento visual inevitable. No obstante, el concepto del célebre fotógrafo distaba en esencia del Freund, a pesar de coincidir en lo esencial. Para la artista, fotografiar era un fenómeno de observación — de la misma manera en que lo era para Capa — pero además, de asimilación y comprensión emocional, algo que el fotoperiodista evitaba a toda costa. “De Bob aprendí fundamentalmente a hacer reportajes universales, con validez para todos los países donde pudieran publicarse a través de la agencia Magnum”. Una percepción que parecía reflexionar sobre la necesidad de la fotografía como documento capaz no sólo de mostrar la realidad, sino además, meditar sobre su circunstancia. Pero ¿qué ocurre cuando el motivo fotográfico es un rostro, la historia silenciosa que guarda? Para Giséle Freund la disyuntiva era mucho más compleja que la que su mentor podía suponer. Se trataba del retrato como una puerta abierta hacia la percepción del misterio humano como una obra y un hecho fotográfico de valor heterogéneo. Además, Giséle Freund asumió el peso y el poder del retrato como una forma de analizar un tipo de circunstancia concreta. “Cuando fotografías pero sobre todo, cuando retratas, la imagen es un espejo. Una historia que se cuenta a medias y que el espectador debe completar” insistió en varias oportunidades, como resumen y síntesis de su obsesión por la identidad humana como expresión fotográfica.

Eso, a pesar que Giséle Freund tuvo que abrirse camino en mitad de la “edad de oro” del gran reportaje fotográfico. La fotógrafa intentó combinar la percepción de la fotografía como hecho social con tintes artículos y la narrativa visual inmediata en una forma de construcción fotográfica por completo nueva. Lo logró a medias: Sus imágenes de la época son elaboradas visiones sobre el presente con pocas referencias a la profundidad conceptual con la que estaba obsesionada. Aún así, Giséle Freund supo encontrar un equilibrio entre ambas percepciones sobre la imagen como elemento referencial — “somos lo que mostramos” — y publicó con frecuencia en revistas históricas como Life. “En aquel tiempo todo el mundo quería ser reportero porque era quien se codeaba con los grandes personajes e incluso vivía como las grandes estrellas” comentó con sorna en una entrevista que resumía su paso por las grandes publicaciones “pero yo buscaba una cercanía inédita a las referencias sociales que llenaban las páginas. A veces, no las encontré”.

Esa reflexión sobre la imagen con más de un tipo de percepción, la acompañó durante toda su vida. Más de una vez, se catalogó a sus densos retratos “del alma” y se insistió en que la fotógrafa encontraba en la cámara “una concepción de lo humano tan denso como emocional”. Los retratos que realizó de James Joyce, Henry Matisse y Virginia Woolf no sólo captaron las personalidades de los modelos, sino además, un tipo de elemental fragilidad que transformó las imágenes en icónicas. “Nadie está ajeno al poder de la cámara como lenguaje meditado sobre lo íntimo” dijo, al intentar describir su concepción del retrato como un testimonio de lo personal.

Gisèle Freund además, fue una de las primeras fotógrafas en comprender la cámara como un arma y una herramienta para comprender el futuro. Luchó no sólo por mostrar y celebrar la dignidad humana a través de la fotografía, sino que comprendió que todo retrato es una profunda manifestación de principios e ideas. Tal vez por ese motivo, la fotógrafa dedicó buena parte de su vida a fotografiar a artistas y a escritores, entre quienes se cuentan André Malraux, Bernard Shaw, Walter Benjamin, José Ortega y Gasset, Colette, Diego Rivera, Frida Kahlo, Vladimir Nabokov, André Breton y Paul Valéry, entre otros. Inmortalizó sus rostros pero también la comprensión de la profundidad intelectual y emocional que les distinguía. En esencia, sus retratos eran manifiestos de intenciones y también, una perspicaz mirada sobre la complejidad emocional de quienes posaban para ella. “No sé por qué los seres humanos se cubren los genitales cuando el rostro es lo más desnudo que tenemos” dijo cuando se le preguntó si podía resumir su forma de fotografiar en una sola frase. Para Freund, el arte del retrato era algo más que un género fotográfico. Era una combinación de lo estético y lo mecánico en busca de un composición intelectual sobre lo que nos hace humanos.

La percepción del yo, la comunidad etérea y la imagen elusiva:
Gisèle Freund nació el 19 de noviembre de 1908 en Schöneberg, Berlín. A los dieciseis años, su padre le obsequió una fotografía para celebrar su buen rendimiento académico: Se trataba de una Leica, que apenas unos años años atrás comenzaban a fabricarse en serie. Para la joven Gisèle fue descubrir un mundo nuevo, una aproximación de las cosas que nunca había supuesto podría existir. “Mirar a través de la cámara fue comprender que el mundo puede ser un reflejo de sus virtudes y defectos” escribiría después.

Sus primeras fotografías profesionales datan de 1932, cuando realizó un concienzudo seguimiento a las manifestaciones demócratas que se llevaban a cabo el primero de mayo Francfort, las primeras reacciones contra el incipiente nazismo alemán. Ya por entonces, las fotografías de Freund eran miradas atentas a pequeñas estructuras de la realidad: parecía más interesada en los rostros anónimos que formaban parte de la protesta que el impacto mismo del evento. Universitaria y rebelde — Estudiaba Sociología y estaba comprometida políticamente con los defensores de la democracia — aquel primer trabajo fotográfico fue una puerta abierta hacia el análisis histórico y conceptual. “Descubrí que fotografiar era una forma de mirar la realidad y además, asumir el peso de lo que creemos intrascendente” contaría después sobre la época. Por su activismo político tuvo que huir hacia París para evitar ser detenida. Corría el año 1933 y Hitler acaba de tomar poder. De pronto, toda oposición ideológica se convirtió en un delito. Le llevó casi dos semanas de terror y amenaza cruzar la frontera alemana. “París parecía un remanso de paz después de las semanas que acababa de vivir. Al parecer nadie tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo en Alemania; nadie sabía nada de la brutalidad del nuevo régimen, de los campos de concentración, las persecuciones…”, explicó cincuenta años después, rememorando el incidente.

En 1935 Freund conoció a quien quizás sería su mayor apoyo durante los convulsos años del exilio: Adrienne Monnier, propietaria de la librería La Maison des Amis des Livres, quién la apoyaría en su carrera tanto en la fotografía con la sociología de manera decidida. Fue Monnier quien le presentó a la mayoría de los escritores que Freund inmortalizaría a través del lente. El primero fue Malraux: el retrato que le haría la fotógrafa le muestra con el rostro serio y un cigarrillo entre los labios, frente a una París que se desdibuja por los bordes. En la imagen, hay una intimidad sugerida que sorprende pero sobre todo conmueve. De inmediato, la comunidad de intelectuales de la ciudad sucumbió a la fascinación por la manera de fotografiar de Freund. La fotógrafa se encontró en el centro neurálgico de Europa en plena transformación política y cultural. Uso la cámara para comprender sus límites e implicaciones, pero sobre todo su trascendencia.

Luego de terminar sus tesis doctoral en la Universidad, se dedicó casi por completo a fotografiar a los escritores del momento. Se trató de una labor lenta, concienzuda y con conocimiento de su importancia que la fotógrafa llevó a cabo desde una mirada casi antropológica. “En ocasiones, la historia es parte de nuestra vida. Lo sabía mientras fotografiaba en París” llegó a confesar.

Posiblemente por ese motivo, Freund sea más reconocida y recordada por su faceta como retratista que como escritora, a pesar que su abundante reflexión teórica del medio es uno de los análisis más profundos sobre la teoría fotográfica que se haya escrito jamás. Fue autora de una serie de obras de referencia, como France (1945), Mexique Précolombien (1954) , James Joyce. His Final Years (1965), Le Monde et ma caméra, y el que fuera su ensayo teórico-histórico más conocido y de mayor calado, La fotografía como documento social (Éditions du Seuil; París 1974). En las conclusiones del volumen, Freund reflexiona sobre la fotografía como elemento y percepción de lo social y lo cultural, más que un mero observador a distancia. “Sin la fotografía no hubiera existido ni el cine ni la televisión. Mirar cotidianamente la pantalla se ha vuelto una droga de la que ya no pueden prescindir millones de seres humanos. El inventor de la fotografía, Nicéphore Niépce, realizó desesperados esfuerzos para imponer su idea. Sólo obtuvo fracasos y murió en la miseria”.

Durante el resto de su vida, Freund insistió en que la fotografía es un razonada mirada sobre la realidad pero también, una emotiva comprensión sobre sus alcances. Una combinación extraña que le permitió conferir a la imagen una dimensión perdurable. “Una fotografía nunca puede decir más de lo que ve el fotógrafo. El verdadero valor de una depende de la habilidad del fotógrafo para seleccionar, entre un cúmulo de detalles que llaman la atención y que confunden a la vez, aquellos que le parecen los más característicos. Los conocimientos técnicos no son decisivos, lo más importante es saber ver”. Freund murió el 31 de marzo del año 2000 dejando a su paso la trascendencia de la imagen como documento emotivo, pero además una pulcra visión sobre la imagen como reflejo de un tipo de poderosa conciencia cultural. Sin ella, la historia de la fotografía no hubiera sido como es.

sábado, 15 de abril de 2017

El secreto de las mariposas y otras historias de brujería.




El cabello me cae abundante y desordenado sobre los hombros. Mi abuela me peina con uno de sus cepillos de madera, con una lentitud embriagadora. Me desenreda mechón por mechón, con una paciencia que me resulta desconcertante. En el reflejo del espejo, noto que sonríe con dulzura.

- Tienes mi cabello - me dice. Y es verdad: también ella tiene una melena rizada y rebelde, que lleva peinada en una única trenza sobre el hombro. Lo que no heredé fue su color cobrizo, como el último rayo de luz del atardecer, que tanto me gusta. Mi cabello es oscuro, casi negro. Un castaño profundo que mi abuela suele llamar "Como el roble viejo".

Finalmente, toma un mechón grueso entre los dedos. Me dedica una mirada luminosa desde el espejo. Ambas compartimos una sonrisa.

- ¿Lista?
- ¡Sí!

Mi abuela me comienza a trenzar el cabello. Me quedo muy quieta, con los hombros erguidos, las manos apretadas sobre las rodillas. Sé que es un gesto importante, que para las brujas, las trenzas tienen un poderoso simbolismo. Pero allí, sentada en silencio, mientras los dedos de mi abuela trabajan hábiles y rápidos, me pregunto si la sensación de profunda paz que siento tendrá alguna relación con esa magia que todos le achacan a ese sencillo gesto y que hasta ese día, me pareció desconcertante, incluso increible. Con los ojos entrecerrados, siento que mi cabello toma vida, como si estuviera impregnado de mi personalidad, mi sonrisa, mi curiosidad inquieta. Cuando mi abuela anuda la primera trenza y me la deja caer sobre el hombro, me acaricia la mejilla con ternura.

- ¿Por qué estás nerviosa?

No sé que responderle. Lo estoy quizás, porque leí en alguno de los libros de la sombras de la familia que las brujas llevan el cabello trenzado como una forma de recordar el origen profundo y ancestral de su vinculo con la tierra. Los nudos de los árboles, los anillos del humo que se eleva desde el fuego, los espirales de las rocas que recorren montañas y bosques, los diminutas y sinuosas líneas de las olas del mar. Pequeños hilos que se unen, se entrecruzan entre sí para crear la historia del mundo, la pequeña, la que se cuenta en susurros. Una vez, mi tía E. me contó que las brujas dejaron de trenzarse el cabello cuando comenzaron a ser asesinadas y perseguidas en Europa.

- Los jueces de la Inquisición consideraban a las mujeres que llevaban el cabello trenzado como provocadoras. Creían que la trenza simbolizaba su apego al Diablo - me explicó - de manera que antes de asesinar a las acusadas de brujería, les rapaban el cabello para obligarles a inclinar la cabeza ante Dios. El cabello se quemaba en una Hoguera aparte, para demostrar que carecía de poder alguno.

Esa me pareció una imagen muy triste, dolorosísima. Imaginé a las mujeres de cabeza calva, llevando el balandrán del tela blanca del condenado, sintiéndose desnudas de una manera inimaginable, despojadas incluso de su último reducto de dulzura, de recuerdos, de fragmentos de su memoria. Y el fuego arrasando todo. No el fuego hermoso y puro de las celebraciones, el fuego perfumado del caldero, sino las llamas del odio, de la condena y de la angustia.

- Pero las brujas continuaron trenzandose el cabello, en secreto, como una forma de rebeldía contra el odio - me dijo mi tía. Ese día, llevaba una gruesa trenza rodeando la nuca, enroscada sobre su cuello y sujeta con pequeños ganchos de metal. Se acarició con la puntas de los dedos el cabello, con una sonrisa casi misteriosa - lo hacían de noche, cuando nadie podía verlas. La cabeza cubierta con telas y pequeños bonetes. El cabello trenzado como metáfora del espíritu libre, de la Naturaleza que sobrevive. Se hizo una costumbre muy intima, la de llevar peinados que nadie podía ver.

Sonreímos juntas. Con los ojos de mi mente, vi con toda claridad a las rebeldes,a las apasionadas, las indomables, con la cabeza cubierta decorosamente, pero allí, en el silencio, declarando su serena decisión de conservar su nombre, su pasado y su herencia. Me pregunté cuántas mujeres habrían trenzado su cabello en la noche, cuando el marido y los hijos no podían verla, con los labios apretados, mirando la luna desde la ventana. Quizás escuchando el viento cantar.

- El cabello de una bruja siempre ha sido símbolo de su intimidad, su vinculo con lo salvaje y lo bello, con lo profundamente femenino - me explicó mi bisabuela F. en una oportunidad. Al contrario que el resto de las mujeres de la familia, llevaba el cabello corto a la barbilla. Los rizos canosos  le caían brillantes sobre las orejas y la frente, como pequeños nudos de agua brillante y vivaz - llevarlo largo o corto, es parte de tu manera de concebir la etapa que vives, la manera cómo construyes el mundo y miras la vida.

Desde que yo recordara, la bisabuela F. había tenido el cabello muy corto. En un par de ocasiones se lo había rapado para sorpresa y desconcierto de todos lo que le conocían. Su cabeza calva había sido una imagen de poder y de ternura, frágil y casi doloroso en su belleza.  En otras, lo había dejado dejado crecer solo un poco: una melena indómita que llegaba a los hombros. Mi bisabuela había sido una mujer enfermiza: había sufrido poliomielitis siendo muy niña y aún adulta, sufría sus secuelas. La cojera que la enfermedad le había dejado, la había atormentado y entristecido durante buena parte de su vida, aunque nunca se había rendido a ella. Bisabuela había tenido una vida plena y radiante, llena de pequeñas aventuras, viajes y sinsabores. Pero había sido una experiencia extraordinaria, como solía decirme, con su sonrisa triste y amplia. Sin duda, el cabello larg o corto, simbolizó ese vaivén entre el dolor y la alegría, la desesperación y la aspiración. Cuando la conocí, ya había encanecido casi por completo: pero yo sabía que en su juventud, lo había tenido de un encendido color cobrizo, un rojo profundo y delicioso que mi abuela había heredado. Y es que tal parecía que el cabello de mi bisabuela era una forma de comunicarse con el mundo y consigo misma, un discreto lenguaje de esperanza y belleza que sólo ella parecía comprender a cabalidad.

- ¿Por qué lo llevas corto? - le pregunté en una ocasión. Ella sonrió, y se llevó la mano a la cabeza. Se acarició el cabello con la palma abierta, como si disfrutara de su caricia mínima y secreta.

- Nunca he tenido buena salud - me explicó - y mi vida no ha sido sencilla. Mi cabello cuenta toda la historia que a veces no he sabido contar. Y eso es bueno: Es una declaración de intenciones, es una manera de demostrarme a mi misma que la vida continúa, que todo fluye y se transforma. Que soy fértil como la Tierra que piso y libre como el viento que disfruto escuchar.

Pensé en esa respuesta muchas veces. La miré, a escondidas, mientras reía y bromeaba, con su cabello corto moviendose al compás de sus carcajadas y pensé en ese poder inmenso, extraordinario, de convertirte en tu mejor obra de arte. De comprender tu imagen y tu manera de mirarte, como parte de lo que sueñas, aspiras y esperas.

Finalmente, mi abuela terminó de trenzarme el cabello. Me dio un apretón en los hombros, mirando su reflejo y el mio en el espejo. También lo hice: el rostro de la anciana de cabello cobrizo que sonreía y la niña pálida que contemplaba todo con los ojos muy abiertos y asombrados. La luz del sol entraba a raudales por la ventana, lo impregnaba todo y tuve una sensación de portento, de silenciosa maravilla.  Las diminutas trenzas me caían entre los rizos despeinados de mi cabello: tenía un aspecto atemporal, casi primitivo. Y me pregunté cuantas mujeres en el pasado se habían mirado al espejo, o en el reflejo del río o del mar, para contemplar ese nuevo pacto diminuto y privado con la magia de su espíritu, con el olor de la Tierra fresca, con la belleza de la Luna parpadeando en blanco y plata en medio de una noche tachonada de estrellas. Sonreí, con el corazón latiendo muy rápido, imaginando ese después y el ahora, esa línea de tiempo que me unía a todas las mujeres - las brujas - que antes habían sonreído a su reflejo, al símbolo que las une y al poder personal en el que confían. Cuando mi abuela me extendió su mano, la apreté con fuerza.

- Estás unida a mi y a todas quienes te precedieron, en la esperanza - murmuró. Las palabras tenían algo de sortilegio, de promesa. Yo quise pensar que se trataba de una canción.

Sonrío, al recordar la escena. Miro a la mujer pálida y de rostro fresco en que convertí reflejada en el espejo: el cabello trenzado me cae sobre los hombros, oscuro y fuerte. De nuevo, la historia que heredé es parte de mi vida, de mi sueños y mi convicción. Soy la mujer que confía en la tierra, la mujer que escucha el viento. La mujer que sonríe al mar. La mujer que baila alrededor del fuego.

La bruja que lleva en su rostro, una vieja eternidad.

C'est la vie.

viernes, 14 de abril de 2017

Una recomendación cada viernes: La tetralogía Napolitana de Elena Ferrante.




En la literatura, el seudónimo suele ser una manera no tanto de proteger la identidad del autor sino una declaración de intenciones en sí misma, una percepción muy directa sobre las implicaciones y la forma como quien escribe percibe su obra. Pero más allá de eso, se trata de una percepción directa sobre los motivos para crear del escritor y la percepción sobre el objeto destino de cualquier libro. El seudónimo protege pero también, se erige como una metáfora sobre el resultado final de lo que se cuenta.

Quizás por ese motivo, el caso de Elena Ferrante sea tan notorio y se haya debatido con tanta insistencia: Se trata de la autora — o autor, según la versión que quien cuente la historia — de un notable éxito que consiguió la proeza de mantener su identidad oculta en plena época de la hiper información. Pero además, la insistencia de Ferrante en no divulgar su nombre es un mensaje muy claro acerca de su apasionante mirada literaria y su mundo privado. Para Ferrante, escribir es una aventura profundamente personal, que no admite revisiones ni miradas ajenas. Un recorrido en nudo por lo que cuenta y sobre todo, lo que rodea a esa percepción universal y espléndida que plasma en sus libros. Elena Ferrante podría o no existir, ser cualquiera y sus libros tendrían el mismo valor, la notoria precisión de crear y construir un mundo creíble que excede y desborda la ambición de la fama. La escritura como una elaborada visión de la personalidad pero más allá de eso, reflejo de su peso e importancia como legado creativo. “No me arrepiento de mi anonimato. Descubrir la personalidad de quien escribe a través de las historias que propone, de sus personajes, de los objetos y paisajes que describe, del tono de su escritura, no es ni más ni menos que un buen modo de leer” dijo la escritora en una de sus contadas y esporádicas entrevistas. Una descripción muy concreta sobre sus aspiraciones al escribir y también, del punto de vista desde el cual concibe sus historias.

No obstante, hay algo más que lo insólito del anonimato de su autora en el éxito inmediato de la llamada “Tetralogía Napolitana” que lleva su firma. Las novelas — publicadas con pocos años de diferencia y que despertaron un furor adictivo en lectores de todo el mundo — es un lienzo iniciático en el que Ferrante elabora una profunda propuesta sobre la belleza de la realidad. Los personajes de Ferrante son complejas y elaboradas obras de arte o lo que es lo mismo, aproximaciones insólitas de enorme valor simbólico. Las novelas son un Tableau Vivant, herederas directas del barroco italiano, en las que los personajes de un barrio pobre de Nápoles se transforman en símbolos alegóricos de su tiempo y su época. La mirada de Ferrante — analítica, dulce y por momentos brutalmente honesta — atraviesa casi treinta años de amistad entre dos mujeres, tan distintas entre sí como para que la miríada de contrastes entre ambas sostengan una historia compleja. El recorrido construye una esplendorosa visión sobre el paso del tiempo, la madurez femenina, los dolores y temores del espíritu humano. Pero más allá de eso, Ferrante parece obsesionada con la percepción del poder del amor y la coincidencia de los pequeños trozos de historias. En sus novelas, Ferrante juega con las pequeñas y grandes vicisitudes de sus personajes como un gran lienzo que se completa con cuidado, con duras reflexiones sobre la emoción y su trascendencia, pero sobre todo, una dolorosa comprensión sobre el amor y sus alcances. Una apasionada reflexión sobre la identidad, la pérdida de las ilusiones y la esperanza como puerta abierta hacia la tranquilidad espiritual.

De hecho, los personajes de Ferrante son el eje de todo lo que desea contar: tanto como para que las cuatro novelas interconectadas entre sí funcionen como un lento y trabajoso recorrido de las historias personales de cada uno de ellos, sino un análisis emocional sobre su destino. El variado y estupendo conjunto de pequeños fragmentos narrativos — desde la vecina apasionadamente enamorada de un hombre ambiguo, hasta las enemistades peligrosas entre los más jóvenes — constituyen un paisaje cuidadoso a través del cual Ferrante avanza con pulso firme. No hay nada al azar en esta colección de alegrías, dolores y sinsabores, en la capacidad de Ferrante por ensamblar piezas con una paciencia que asombra por su precisión. El colorido del barrio, la vital y dinámica visión del tiempo y del transcurrir de la vida en común, dotan a las novelas de una poderosa comprensión sobre la naturaleza humana pero también de una seductora sencillez. En apariencia, las novelas de Ferrante son mucho más sensoriales que intelectuales. Pero a medida que el lector avanza, encuentra que la narración se transforma en un nudo argumentativo sobre el amor, la pasión por vivir y la primitiva noción de la individualidad como punto de encuentro — y creación — de una mirada en común. Hay mucho sobre la condición de los pequeños dolores personales, la comprensión del arraigo y el poder del amor en una novela que no se define como romántica pero que avanza a través de la emoción como punto de encuentro de todo tipo de análisis sobre la identidad. Para la escritora parece ser de enorme importancia esa consecuencia del hacer y el desear, de ese tránsito de la inocencia a la cierta perversidad natural y al final, la madurez. Nadie es inocente en esta trama compleja en apariencia simple, de la misma manera que nadie parece escapar de los infinitos matices sobre el bien y el mal que las novelas plasman con una inusual belleza.

Ferrante escogió para su obra un entorno cerrado que en manos menos hábiles podría resultar asfixiante e incluso, claustrofóbico. La vida en el barrio transcurre idéntica que hace veinte o treinta años y esa inevitabilidad lo que dota a las historias de Ferrante de cierto aire atemporal. Todo ocurre y transcurre por razones muy parecidas en un escenario casi idéntico. Pero el espacio del barrio es algo más: se trata de una conjunción social y crítica lleno de las fantasías, frustraciones y ambiciones de seres humanos multidimensionales y profundamente reales. Un ambiente que en ocasiones parece recargado por descripciones exhaustivas pero que la trama sustenta y justifica con plena sinceridad. Un retrato costumbrista que Ferrante acomete desde cierta óptica cansada y atípica. Y ese quizás es su mayor triunfo, el motivo por el que la combinación resulte tan creíble, tan poderosa y por momentos hipnótica.

La llamada “tetralogía Napolitana” — compuesta por “La amiga Estupenda”, “El mal Nombre”, “Las deudas del cuerpo” y la “niña perdida” — es mucho más que una mirada amable sobre lo cotidiano a la que se le dota con cierta belleza intelectual. Es también un thriller, un culebrón melodramático tipicamente italiano e incluso, tiene por momentos reminiscencias de la literatura de fantástica. La combinación convierte la lectura en un ejercicio sugerente que evade cualquier clasificación simple y que disfruta de esa cualidad incomprensible desde la noción básica de su premisa: las novelas son tan dúctiles y ambiguas como la vida misma. Todos los géneros se mezclan y a la vez, no definen las historias, por el mismo motivo quizás que Ferrante se niega a analizarse como escritora y deja el peso de su creación a su seudónimo. Las novelas de la escritora intenta abarcar una pléyade de temas y concepciones sobre la raíz del absurdo cotidiano y lo hace con un buen gusto que se agradece: hay una elegancia lúcida y sutil en la forma como Ferrante describe los altibajos de la amistad, el amor, el sexo, el odio, la transformación personal y la búsqueda de la identidad. Todo desde el ámbito de lo doméstico, de la percepción de todos los días, la comprensión dúctil de lo cotidiano que hace de las historias de Ferrante una mirada lenta y realista sobre lo que somos y cómo nos comprendemos. Pero más allá de eso, hay un testimonio emocional y sincero que brinda al conjunto un poder de evocación desgarrador.

Pero además, para Ferrante la condición femenina parece ser el elemento aglutinante y definitivo en el fondo de cada una de sus novelas. La infancia y la juventud de dos niñas en medio de rígidos códigos morales, imposiciones, restricciones y tradiciones crean un trasfondo brutal y enrarecido en el que los personajes principales deben avanzar con dificultad. La realidad física de ser mujer en una época machista y violenta — con el maltrato, la sujeción al padre y la violencia doméstico como contexto — profundizan en el recorrido anecdótico de la autora. La intimidad de la narración, la lenta confluencia de valores y dolores sostienen lo que será un recorrido perturbador y en ocasiones duro por los secretos y dolores de las mujeres de la historia, de su fortaleza, debilidad y fuerza. Aún así, Ferrante no emite juicios, tampoco contradice esa lenta pulsión de realidad en sus obras. Como testigo y voz única, la integridad del relato se basa en esa transparencia de intenciones. En ese alegato de certeza que le brinda una dimensión poderosa.

Quizás, ese sea el elemento común en cada una de las novelas de Ferrante: la transparencia engañosa que en realidad oculta una complejidad brillante. El elemento persistente que asegura y sostiene el discurso que se manifiesta a través de la oscuridad y la luz. Incluso los personajes se definen a través de extremos — “Tu eres la buena y yo la mala” es una frase recurrente en uno de los principales — como si la percepción sobre la realidad tuviera colores muy definidos o los necesitara para sostener su rara belleza.
Es difícil definir el elemento que hace de la obra de Ferrante adictiva, seductora e inolvidable. El New York Times insiste en que la tetralogía es “deslumbrante” y The Guardian afirma que Ferrante — su obra, su insistencia en la creación nítida — es digna del premio Nobel. Pero mucho más que el asombro y la curiosidad, lo que hace a sus novelas únicas es la sinceridad demoledora de Ferrante, quien apenas corrige su trabajo, desconfía del estilo depurado e insiste que escribir es “un ejercicio de valor y de amor”. Cual sea el motivo, las historias de Ferrante — con su negativa el tópico, lo previsible — son un recorrido deslumbrante por lo diminuto y sus misterios. Un paisaje de ida y vuelta hacia el corazón palpitante de los pequeños dolores de la vida real.