martes, 23 de mayo de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: Una mirada al terror cotidiano.




Desperté por el sonido de una detonación inexplicable. Un estruendo lento y ensordecedor que parece provenir de todas partes. Me quedo tendida en la oscuridad y me obligo a mantener la calma. A contener el alarido de pánico que me sube a la garganta cuando el retumbar metálico y lento se extiende por la oscuridad con rapidez. A la primera, le siguieron otras tantas, acompasadas y contenidas, sin que pueda identificarlas. En un arrebato de miedo, me arrojo al suelo y me cubro la cabeza con los brazos. Otra detonación hace temblar los cristales de la ventana.

“Estoy en mi casa y despierta” me repito una y otra vez. Hay algo aterrador en el hecho en no poder distinguir la realidad de la posibilidad de la pesadilla. Permanezco muy quieta, intentando comprender que sucede, recuperar la calma. Pero no lo logro. De pronto, los gritos de los vecinos llenan el silencio, se mezclan con el fragor de la metralla en la oscuridad. Los escucho reclamar, lanzar consignas, llamarse unos a otros. Y de nuevo, escucho una explosión tenue, que sin embargo no parecer ser lejana. Está ocurriendo de nuevo, me digo. Algo está ocurriendo en la calle en la que vivo.

Ya no recuerdo la última noche en que no desperté sobresaltada, aterrorizada. Que pude conciliar el sueño sin pesadillas, sin la conciencia simple y lenta que estoy muy cerca de despertar en medio de un sobresalto crudo y sin matices. Nadie te enseña a despertar en medio del estrépito de las detonaciones, de un tipo de agresión casi cotidiana que parece estar en todas partes. Nadie te enseña a temer a ese último reducto de intimidad personalísima.

La nube de gas tóxico llega rápido. El olor de la lacrimógena tiene algo de dulzón antes de convertirse en una agonía certera. Me levanto, corro por el pasillo de mi casa. Todavía torpe por el sueño, resbalo, estoy a punto de caer. Alguien grita desde una ventana cercana. Una mujer aterrorizada o herida, me digo en medio de la carrera atolondrada hacia la puerta de mi casa. Al grito le siguen otros, un coro aterrorizado y también salpicado de cólera. “Somos más que el miedo” insiste alguien. Las cacerolas comienzan a escucharse, insólitas, inútiles y tercas. Una nueva detonación resuena en la calle. Esta vez se trata de un cohetón de pólvora, con su estallido seco y rápido.

Hace unos años, uno de mis amigos me dijo que aprender la diferencia entre el sonido de una bala y de un fuego artificial era un talento venezolano. Lo dijo como una broma simple, pragmática. Una de las tantas reflexiones casi humorísticas que por años disimularon la gravedad de la crisis en puertas. De esa noción del peligro que parecía avanzar disimulada en una normalidad engañosa. Pero yo no me reí. Sentí un terror pálido y duro de asimilar que ahora recuerdo con absoluta claridad.

— ¡Están atacando la residencia más allá! — me cuenta un vecino cuando llego al pasillo. Hay una pequeña multitud en las sombras con el rostro cubierto por pañuelos y trapos, irreconocibles en la oscuridad — Están tumbando la reja y llevándose a la gente presa de los apartamentos. Seguro vienen para acá después.

Nadie sabe muy bien qué está ocurriendo. Las Redes Sociales son un hervidero de información cruzada, fotografías borrosas y vídeos apresurados de una agresión desmedida y cada vez más brutal. Cuando miro por entre las rejas de la escalera cercana, la oscuridad está plagada de puntos rojos, del humor blanco y negro mezclandose en un paisaje deforme y confuso. Un grupo de funcionarios corre calle arriba con el arma de reglamento apuntando directo al frente. En la oscuridad, las figuras parecen desvanecerse en la humareda, hacerse enormes, monstruosas.

— ¡Si se meten aquí no sé que haremos! — insiste el vecino — ¡Nos pueden allanar, llevarnos presos! ¡Ustedes saben todo lo que puede pasar!

Lo sé, por supuesto. Hace unos días, leía las largas y dolorosas descripciones de un muchacho sometido a escarnio y tortura luego de ser capturado por funcionarios de la Guardia Nacional. La forma como fue golpeado, amenazado de muerte, incluso obligado a comer arroz mezclado con heces, en un método de humillación de imposible cruel. Pero no se trata de un caso único: las historias se multiplican, se hacen cada vez más duras, devastadoras.

— La violencia en este país te llega facilito — murmura un anciano desde la escalera. Mira con nerviosismo hacia el espacio oscuro del rellano, como si esperara que grupos de Guardias Nacionales aparecieran de pronto escaleras arriba — Uno no sabe cómo salvarse de todo esto.

Las palabras tienen un tono infantil y frágil. Puro pánico, pienso con las manos húmedas de nerviosismo. Escucho a alguien llorar. Un llanto contenido y nervioso que temo se me contagie. Me siento un peldaño de la escalera cercana, con la nariz apretada contra la manga del pijama e intento respirar con lentitud, a un ritmo acompasado que evite el olor de las lacrimógenas que sube desde la calle me asfixie. Intento no sucumbir al miedo, al terror puro que me inspira el sonido de los disparos, la metralla y las bombas que se repite como una cacofonía caótica en algún punto de la penumbra. Me obligo a permanecer callada, con la piel del rostro escocida, los labios hinchados. El corazón latiendo tan rápido que casi resulta doloroso.

— Esto va de mal en peor — murmura una mujer con la voz entrecortada — estoy seguro que esta noche van a venir por todos nosotros.
 — Pero ¿Por qué? — pregunta un hombre a su lado con el rostro tenso de preocupación — ¡No hemos hecho nada!

La rabia me sube a la garganta y resulta tan dolorosa como el picor de las lacrimógenas. Todavía me sorprende que haya quien esté convencido que el ataque desproporcionado, agresivo y criminal que estamos sufriendo en nuestra calle — y tantas calles alrededor de Venezuela — sea un castigo hacia algo concreto. Que sea algo más que una forma de represión concreta contra la disidencia. Me pregunto si nos hemos acostumbrado tanto al miedo y al abuso del poder, que no distinguimos los límites sus límites e implicaciones. Si somos víctimas también de ese adoctrinamiento ciego y sutil que nos hace creer que de alguna manera, el ciudadano puede provocar la violencia que se le infringe. El pensamiento me asusta, me sacude de la inmovilidad del terror. Me hace cuestionarme sobre quienes somos luego de casi veinte años de desafueros y agresiones. En quienes nos hemos convertido.

— Yo sólo sé que esto es una dictadura y esto se va a poner peor — grita alguien al fondo del pasillo. Levanta los brazos de pura impotencia — Quien sabe que va a pasar después.
Una nueva detonación. El gas tóxico se convierte en una nube irrespirable y opaca que obliga al grupo a dispersarse hacia la oscuridad. Cuando cierro la puerta de mi casa y me quedo de pie en la sala a oscuras, los gritos se redoblan, el sonido de las cacerolas se hace ensordecedor. El miedo, también.

***
En algún punto de la noche, suspenden el servicio eléctrico en la calle en la que vivo. Paso horas enteras sentada en la oscuridad, escuchando las detonaciones que no se detienen y los impactos metálicos de la metralla. Aterrorizada por lo que podría ocurrir, por lo que no podía ver. Por la percepción inmediata del horror en medio de los gritos de furia y miedo de los vecinos. Al amanecer, me encontré petrificada, mirando el primer hilo de luz del día con una sensación de agotada sorpresa.

Por último, el silencio. Una lluvia lenta y plateada que le brinda a la calle destrozada una engañosa apariencia de normalidad. La quietud tiene un aire pesado y plomizo que agobia. Luego de casi veinticuatro horas de violencia ininterrumpida, hay una tranquilidad forzosa y engañosa. El tráfico atraviesa la avenida con un bullicio lento y desigual, los transeúntes se apresuran entre los restos de la violencia que se acumulan en las esquinas. Y pienso que el día a día se me ha convertido en este sin vivir plano y ácido. En una escena repetida mil veces, en un sufrimiento íntimo que lleva esfuerzos sobrellevar.

Hay días en que es más duro sobrellevar la frustración y la impotencia en la que me sume la anormalidad. Días en que todo lo que ocurre a mi alrededor se hace irreal, una cadena de escenas inexplicables que no logras comprender en toda su magnitud y peso. Días en que me pregunto cómo sobrevivir a todo lo que ocurre en un país que se desploma a mi alrededor, trozo a trozo. Que me abruma por el mero hecho de recordarme que luchas contra la violencia con la sencilla arma de la voluntad y la perseverancia.
Hay días así, miro por la ventana del estudio y son dolorosos, pequeñas cicatrices que no sanarán pronto. Me lo repito, mientras un grupo de vecinos camina por una de las calles, avanzando en medio de los escombros de la basura quemada, los trozos de metal retorcido de las bombas lacrimógenas y los pedazos de concreto que tanquetas y otros vehículos militares dejaron a su paso. Llevan banderas y un pequeña pancarta negra. “Luto” leo a la distancia. Estamos de luto, me repito.

Estamos de luto por todo lo que hemos perdido, por todas las víctimas sin nombre, por todos los espacios destrozados por la imposición del poder. Estamos de luto y el duelo es una transición invisible hacia un sufrimiento íntimo, cada vez más profundo y cruel.
A veces quisiera llorar sin sentirme débil y culpable. Pero lo hago a pesar de eso, claro. No hay alivio pero tampoco, algo más que pueda hacer para consolarme.

lunes, 22 de mayo de 2017

De la discreta percepción de la belleza a otras formas de documento: Unas reflexiones sobre el trabajo de Inge Morath.








En uno de los retratos más conocidos de Arthur Miller, se le ve sentado en frente a su mesa de trabajo, con un bebé en brazos. El célebre escritor lleva suéter, una camisa con el cuello abierto y tiene un aire relajado, casi amable. Lleva sus conocidos anteojos de pasta y su expresión es pacífica. A diferencia de otras tantas de sus fotografías, el autor no parece otra cosa que un hombre pacífico que sostiene en brazos a su hijos. Tiene el cabello ralo, la piel del rostro tirante. Sin afeitar, los labios apretados con cierta incomodidad. Un hombre que comienza a envejecer. Una imagen muy lejana a la del turbulento escritor, tiene la apariencia de un hombre común, con las mismas preocupaciones y terrores que agobian a cualquier otro. La fotografía logra lo que pocas: mostrar al Miller oculto, al escondido debajo del mito y sobre todo, bajo las capas de celebridad, ufana popularidad y compleja personalidad. En el retrato, Miller está tan cercano a la normalidad, a la simplicidad y quizás a su verdadera personalidad que conmueve y sorprende. Como si la imagen fuera más que un conjunto de símbolos visuales, una ventana hacia la intimidad del escritor. Y ese es quizás el elemento que sorprende de toda la fotografía: como toda imagen contundente, muestra una cosa fingiendo mostrar otra por completo distinta.

La autora del retrato fue la fotógrafa Inge Morath, que mucho después admitiría que le llevó un enorme esfuerzo captar ese único momento de fragilidad en un hombre conocido por su arrogancia. Por entonces, ya era su tercera esposa y quizás, la testigo de una historia tragicómica de relevancia pública y una insólita capacidad para el escándalo. Miller se había divorciado de un fugaz matrimonio con la actriz Marilyn Monroe y de pronto, se encontró en medio de un tipo de polémica a la que no estaba habituado: era el ex marido de una de las mujeres más deseadas del mundo y de pronto, el motivo de su infelicidad. El matrimonio con Morant fue una especie de remanso de paz, de reencuentro con cierta sencillez que el escritor había perdido. Inge Morath, una mujer con una enorme personalidad, fotógrafa y sobre todo, una enorme voracidad intelectual, parecía la contraparte ideal para un hombre convencido del peso de su genio. Entre ambos, nació de inmediato una enorme curiosidad mutua pero también un respeto mutuo que convirtió la relación entre ambos en una extraña fraternidad entre iguales.

Quizás el retrato que tomó a Miller resume esa complicidad. Un percepción de lo secreto y lo que se insinúa en cualquier imagen, que Morath exploró durante toda su vida. La fotógrafa — asistente de Cartier Bresson, obsesionada con la fotografía como un medio de creación artístico — no sólo encontró el elemento de ruptura en el hecho de la imagen como documento, sino que además, lo transformó en otra cosa. Le brindó una cierta cualidad conmovedora que es quizás el elemento más reconocible de su trabajo y además, elaboró un discurso existencial sobre la imagen como registro elocuente de la realidad. Entre todas estas cosas, Morath además encontró el método exacto para subvertir la fotografía cotidiana en algo más complejo y sorprendente.

Inge Morath nació en Graz (Austria) en 1923 de padre científicos que le animaron desde muy niña a romper los rígidos cánones que debía cumplir la mujer de su época. Aventurera, osada y con un enorme temperamento artístico, la futura fotógrafa no sólo rompió la limitada visión sobre la mujer Europea de la primera mitad del siglo XX sino que además, asimiló la corriente de cambios que vino inmediatamente después. Estudió Idiomas y apenas finalizó la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a Viena y trabajó como traductora para las fuerzas de ocupación norteamericana. La jovencísima Morath era además un espíritu artístico y crítico que intentó captar la realidad como una presunción de sus consecuencias. Con apenas veinte años, ya escribía relatos para radio y artículos para revistas que luego, serían el germen de grandes y profundos reportajes sobre la posguerra y sus implicaciones. De hecho, fue su obsesión por el periodismo espontáneo y basado en la observación directa, lo que le hizo — según sus propias palabras — llegar “tarde a la fotografía”. Tenía veinticinco cuando comenzó a fotografiar casi por mero accidente y con el único objetivo de ilustrar sus reportajes. Pero sus fotografías tenían una mirada crítica y durísima sobre la realidad que de inmediato llamaron la atención del fotógrafo Ernst Haas. Ambos se hicieron amigos cercanos y muy pronto, Morath comenzó a escribir los textos para sus fotos. De la colaboración surgió un cuidado trabajo sobre la Europa que se recuperaba de las heridas de conflicto bélico pero sobre todo, una mirada acuciosa e intrigada sobre las particularidades del renacimiento de un continente que había sufrido más de treinta años de enfrentamiento armado. Asombrado por el resultado y el impecable punto de vista conjunto, Robert Capa les invitó a formar parte de un proyecto recién nacido: la agencia Magnum, en la que Morath comenzó a trabajar como editora del material literario que acompañaba las fotografías.

En más de una ocasión, Morath insistió que decisión de ser fotógrafa no fue consciente. Simplemente supo que su lugar era detrás de la cámara. “Las historias estaban allí y necesitaba contarlas más allá de las palabras” comentó un poco antes de morir. Convencida de la capacidad de la cámara para la observación y el documento, en 1951 comenzó a trabajar como ayudante de Henri Cartier-Bresson por casi cinco años. Del fotógrafo aprendió la paciencia al fotografiar, la noción sobre la importancia del documento fotográfico y sobre todo, a desarrollar el infalible instinto del momento decisivo. Para 1955, las fotografías de Morath eran algo más que pequeñas curiosidades anecdóticas y se habían convertidos en verdaderas alegorías al tiempo que le tocó vivir y su manera de percibirlo. Fue entonces cuando entró definitivamente como fotógrafa a la Agencia Magnum.

De la mirada al mañana y otras formas de esperanza.
Inge Morath se obsesionó con la fotografía. Tanto, como para dedicarse por completo no sólo a la labor de fotografiar sino al hecho de la imagen como reflejo de la cultura y la sociedad. En sus imágenes hay un vigor y una personalidad que sorprende por su frescura, pero sobre todo, una inteligente mirada hacia la percepción de lo inmediato, lo que lo define y lo que sostienen a la fotografía como una forma de expresión formal. La fotógrafa tenía una necesidad profunda y meditada por recrear la historia a través de las imágenes, la compresión de la individualidad del ser humano y sobre todo, esa secreta sensibilidad que habita en el hombre como circunstancia. Empedernida viajera y sobre todo, una mente curiosa e intelectualmente independiente, Morath encontró en la fotografía una manera de construir una visión sobre el mundo que sorprende por su sensibilidad y frescura.

Sobre todo, Inge Morath estaba convencida que había cierto elemento poético en el fotoperiodismo, una noción desconcertante para la fotografía de la época. Quizás por eso, sus fotografías parecen tan vigentes y tan extrañamente exóticas: hay una extraña ruptura en el discurso fotográfico tradicional y purista, en busca de algo más artístico y profundo. Inge Morath jamás se conformó con una noción de la fotografía como ejercicio en esencia realista. Encontró la manera de mezclar esa percepción atemporal y casi anecdótica sobre la imagen que heredó de Cartier Bresson con algo más dúctil y sensitivo. El resultado es un discurso de enorme valor visual pero también metafórico.

Morath recorrió el mundo para fotografiar y sobre todo, para comprender esa noción de la fotografía como arte y forma: logró fotografiar a Pablo Picasso, Joan Miró, Jean Cocteau o Marilyn Monroe. Pero también, encontró un especial interés en los espacios humanizados y provistos de historia como la casa de Borís Pasternak o la habitación de Mao. Para la fotógrafa, la imagen era una mezcla de la realidad convertida en un documento subjetivo. Una percepción que dotó a su trabajo de un peso e importancia específica.
Más de una vez Morath insistió que su relación con la cámara era el equivalente al de la pasión romántica. “Fue una pasión instantánea. Desde entonces no he querido hacer otra cosa, a pesar que lo hice y por años me resistí por pura terquedad a la cámara. Pero por último, no pude resistir ese pequeño prodigio creativo”. Por supuesto, la fotógrafa es mucho más que el mito a su alrededor. Mucho más que la sorpresa que causan sus raras fotografías — como la de una Llama recorriendo en taxi una calle de Nueva York — o el hecho que fue la mujer que sustituyó al Marilyn Monroe en el corazón de un escritor esencial de la cultura norteamericana. Entre todas las dimensiones de su extraordinaria vida, el talento y la sensibilidad de Morath para comprender el mundo desde lo pequeño y singular, es quizás el rasgo más extraordinario de su larga trayectoria.

Pero además, hay algo en el ojo acucioso e inteligente de Morath que supera el mero talento, su pulso preciso para el momento decisivo o incluso, su cuidada relación con el medio como una forma de expresión estética. Morath fotografiaba desde la necesidad de narrar lo invisible y lo hacía como una forma de anécdota cultural. Lo hizo durante sus más de dos décadas como fotógrafa en Vogue, Life o Paris — Match, en su trabajo netamente documental para Magnum e incluso, el que llevaba a cabo para sí misma. Para Morath fotografiar era una forma de arte pero también, una delicadísima sugerencia de la huella humana en cada fragmento de la realidad. Y quizás por ese motivo, el éxito de su trabajo, de su postura frente al inmediato en estado puro y sobre todo, la fotografía como elemento formal del registro de la realidad.

Poco antes de morir, Morath ordenaba un trabajo que no llegó a publicar, aunque culminó con esa paciencia suya que asombra por su delicadeza: una recopilación de fotografías tomadas luego de la tragedia del 11 de septiembre en Nueva York. Pero a diferencia de todos los documentalistas que intentaron captar lo ocurrido, Morath se concentró en los homenajes, los tributos y los pequeños monumentos a las víctimas que llenaron la ciudad. Una mirada sensible a la trascendencia, la belleza y la genuinamente humano en medio del dolor. Lo que siempre llevó a cabo.

sábado, 20 de mayo de 2017

La voz secreta del viento y otras historias de brujería.



Hace unos meses, un amigo me preguntó si no me avergonzaba llamarme bruja. Añadió, en tono conciliador, que si no me parecía una contradicción, siendo una mujer moderna, independiente, culta. Lo escuché en silencio, con una sonrisa. No es la primera vez que alguien me pregunta algo semejante, desde luego.

- Quiero decir...En Venezuela ser bruja equivale a algo turbio, a medio camino entre la superchería y la credulidad - insistió - no sé como...es decir ¿Como lidias con las preguntas? ¿Con los malos entendidos? ¿Con las risitas e insinuaciones? La mitad de quienes te leen o te escuchan, deben tomarte como una curiosidad o simplemente, una necia cultural.

Seguí sin responder. Nos encontrábamos en una de mis librerías favoritas, paseando entre los anaqueles. Es un hábito que conservo de la infancia, que disfruto por su capacidad para tranquilizar mi mente y mi espíritu incluso en los peores momentos. Mi amigo sacudió la cabeza, con las mejillas coloreadas de verguenza.

- No lo digo por insultarte.
- No lo haces.
- Entonces ¿Qué te impulsa a llamarte bruja? Las creencias de tus familia son privadas, no creo que...

Se detuvo. Sacudió la cabeza. Aguardé, paciente. Sin duda, no es la primera vez - ni será la última - que alguien me pregunta algo parecido. Que alguien intenta comprenderme a través de la palabra bruja sin lograrlo. Que alguien asume con cierta impaciencia esa insistencia mía en mirarme a través del cristal de una creencia muy vieja y quizás abstracta. Es un punto de vista frecuente, y sobre todo, lo bastante duro como para que por un buen tiempo me irritara. Pero ya no lo hace. En su lugar, me hace reflexionar.

Cuando tenía diez año, comencé a estudiar en un colegio dirigido por una congregación de monjas francesas. Mi madre había insistido en que debía de educarme con la disciplina de una institución reconocida en el país y sobre todo, que me aseguraría lo que ella llamaba "una estupenda y cuidada educación". Yo no entendía muy bien a que se refería con esa frase. Después de todo, hasta entonces había sido una buena alumna en varios colegios públicos y antes de eso, había recibido educación de maestros particulares. Para mi, la educación escolar era algo divertido, una disparatada algarabía de gritos y de risas. Para mi madre, por supuesto, se trataba de otra cosa.

- El colegio de ayudaré a formarte como una Dama - me insistió el primer día de clases, mientras me ajustaba el uniforme de falda azul marino y blusa blanca - serás una mujer que además de tener una educación académica firme, también tendrá una mente elegante.

La frase me gustó, aunque en realidad no la entendí. Caminé con ella por la calle, llevando el morral vacío a la espalda y un poco incómoda por los zapatos nuevos. Me pregunté que tenía de extraordinario el nuevo colegio y que lo diferenciaba del otro donde había estudiado hasta entonces. Recordé con añoranza sus enormes salones repletos de niños y pupitres, las ventanales abiertos, las risas y las voces desordenadas. ¿Como sería este nuevo lugar?

No como me lo imaginaba, por cierto. Era un edificio muy bello, con una fachada de columnas y arcos de yeso, donde la figura de un ángel vigilaba con rostro serio. Las puertas eran de madera pulida, los pisos de granito muy limpio y todo parecía tener un aire muy respetable y pulido que no me gustó para nada. Apreté las manos de mi mamá con nerviosismo.

- ¿No puedo volver a mi otro colegio?
- No hay ningun otro colegio ahora. Este es tu colegio.

Nos recibió una monja pálida y alta que no me dedicó una sola mirada mientras conversaba con mi madre. Jamás había conocido a una monja ni nadie que se le pareciera y me intrigó el hábito, el cabello oculto por la cofia, las mejillas asperas y sonrojadas. Tenía un durísimo acento francés que me sobresaltó cuando finalmente se dirigió a mi.

- Vamos a tu salón.

Me tomó del brazo y me empujó con firmeza. Miré a mi mamá alarmada. Ella sonrío tranquilizadora. La monja volvió a empujarme y caminé por el largo pasillo de columnatas de argamasa. Mi mamá dijo alguna cosa pero no la entendí, ahogado por el bullicio del patio interior. Sentí una primera punzada de miedo: de pronto, me pareció ser muy pequeña en un mundo de gigantes.

El colegio era un lugar extraordinario. O a mi me lo pareció: tenía tres edificios independientes, seis enormes jardines con esculturas de Santos y Virgenes, una Capilla con vitrales, una torre de ladrillos donde se estudiaba francés y una enorme biblioteca polvorienta. La monja me señaló cada lugar con un gesto rápido y práctico, sin que nos detuvieramos al caminar.

- Allí es primaria, acá secundaria. Este es el jardin de la Iglesia, donde no debes ir. Y esta la Capilla, donde tendremos misa una vez a la semana. La biblioteca sólo se va si te manda un profesor.

Escuché todo con ansiedad. Grupitos de niñas uniformadas se reunían en las esquinas del patio y en los extremos de los pasillos, riendo y hablando en voz alta. Se veían mucho mayores que yo, tan hermosas con su informe impecable y sus melenas bien peinada. Me toqué nerviosamente mis rizos desordenados a la barbilla y sentí un sacudón de miedo que no pude explicar muy bien. Había algo definitivamente desagradable en ese orden extraordinario, en los grandes pasillos ventilados, en las monjas de habito que me dedicaban miradas curiosas mientras pasaba a su lado. Algo que yo no podía definir pero que definitivamente me desagradable. Muchos años después, pensaría que desde ese primer día, supe que me encontraba fuera de lugar en ese lugar tan hermoso, en medio de las estiradas y severas monjas. Entre aquellas niñas nerviosas y un poco altaneras que me dedicaban miradas de reojo cuando tropezabamos.

- ¿Tienes alguna pregunta? - la voz de la monja me sobresaltó. Suspiré y sacudí la cabeza.. Nos encontrábamos en un pasillo muy largo, de suelo brillante, con varias puertas cerradas a lo largo. Señaló una.

- Ese es tu salón. Ve y sientate. La maestra te ayudará en todo.

Más fácil era decirlo que hacerlo. Me llevó algunos minutos tocar la puerta cerrada, y unos cuantos más, responder a las rápidas preguntas de la maestra, también una monja de rostro rollizo que se impaciento por mi timidez. Me hizo sentar en un pupitre junto a una ventana. El resto de las niñas del salón me miraban con curiosidad. Me encogí en ese silencio pastoso y desconocido. Incliné la cabeza para soportar la curiosidad ajena.

Fue un día duro. También los siguientes. La mitad de las niñas del salón se conocían desde muy pequeñas y se dedicaron firmemente a ignorarme. Cuando no, se extrañaron de mi cabello rizado y corto, de mis manos nerviosas y de mi afán por leer a mitad de los recreos. Para el grupito de desconocidas, yo parecía ser una especie de rareza, un elemento desconocido que aún no sabían como clasificar. Incómoda y abrumada, intenté lo mejor que pude pasar desapercibida o al menos, no despertar su atención. Pero supongo que en ocasiones, simplemente no puedes escapar de la mirada ajena. O no al menos como quisieras.

Sucedió al final de la primera semana de clase. Me encontraba almorzando a solas en una esquina del patio, cuando tres niñas se acercaron, mirándome entre risitas. Continué masticando, pero el miedo de inmediato me coloreó las mejillas.

- Oye ¿Por qué te la pasas leyendo? - me preguntó una. Me encogí de hombros.
- Porque me gusta.
- ¿Leer? ¿Sin que te manden? ¡Que aburrida!

No respondí ¿Que se le puede responder a eso? continué comiendo, con la cabeza encogida entre los hombros y deseando me dejaran a solas otra vez. Fue un momento extraño: había pasado la semana queriendo poder conversar con alguien, pero ahora, me sentía alerta y un poco asustada. Supuse se trataba que aquellas tres niñas me resultaban especialmente amenazantes: solían sentarse en los primeros lugares del salón, saludar a las maestras con grandes confianzas y siempre se encontraban rodeadas de un grupito de seguidoras sonrientes. Me pregunté por qué habían decidido hablarme y no entenderlo, me asustó un poco más.

- Debe ser que soy aburrida - murmuré. Levanté mi morral, lo apreté con cierto nerviosismo. Se me resbaló un poco en las manos húmedas de sudor. Uno de los bolsillos se abrió por el movimiento - creo que me iré...

Se escuchó un tintineo. Un parpadeo de luz sobre los pulidas baldosas. Mi pentáculo brillaba sobre una de ellas, brillante en plata pulida al sol.

Nunca lo llevaba al cuello. No al menos, desde que había comenzado a estudiar en el nuevo colegio. Había entendido bien pronto que todas las monjas - y suponía que mis compañeras de clase también -  lo considerarían un objeto escandaloso e incluso peligroso y prefería llevarlo escondido en mi morral. Solía sostenerlo entre los dedos cuando nadie me veía, cuando sentía mucho miedo o angustia. Me consolaba pensar en mi abuela - que me lo había obsequiado -, en su cocina radiante, en la sensación de alegría que siempre me producía encontrarme en su casa. Era mi manera de enfrentarme a esa hostilidad callada e incomprensible de mis compañeras, a esa soledad tan pequeña que me producía la escuela. Un recordatorio que a pesar de todo, continuaba llevando un poco de magia entre los dedos.

El grupito de niñas miró la estrella de cinco puntas en silencio pero ninguna dijo nada ni hizo ademán alguno de tomarlo o acercarse. Nadie pareció muy interesada por ella o al menos, eso me pareció. Me apresuré a guardarla de nuevo en el morral, con los dedos temblándome de miedo e impaciencia. Una de las niñas dio entonces un paso en mi dirección.

- ¿Qué es eso?
- Una estrella.
- Eso lo sé. ¿Por qué la escondes? ¿Por qué no te la pones?

No supe que responder. No la llevaba al cuello porque sabía que para la mayoría de la gente, una estrella de cinco puntas simbolizaba cosas aterrorizantes. Me lo había dicho mi mamá al pedirme no la llevara sobre la ropa en el colegio y también mi prima M., quien además me había asegurado que las monjas se horrorizarían solo de verla. "Te tendrán miedo, te llamarán cosas horribles. Escondela o llévala sólo en casa" me había dicho en un susurro enigmático y con su habitual mueca petulante. Pensé en todo eso - y en que no comprendía bien por qué podría ocurrir algo así - mientras me colgaba el morral al hombro.

- Porque no puedo llevar joyas en la Escuela. Sor Juana me lo dijo.

Era una buena excusa aunque no demasiado creíble. A pesar que si era cierto que la aspera Sor Juana me había insistido en que no podía llevar anillos, pendiente, colgantes y ningún otro tipo de accesorio en el uniforme, lo cierto era que casi todas las niñas ignoraban la norma con mucha libertad y lucían con todo desparpajo sus adornos favoritos. La niña me dedicó una mirada de ojos entrecerrados, los labios estirados en una sonrisa maliciosa.

- Yo conozco esa estrella. La he visto en las películas.

Me quedé paralizada. Miré a la niña, que ahora me parecía mucho más alta y adulta que yo. De hecho, lo era, aunque no tanto como se empeñaba mi imaginación en mostrarmela. Debido a una serie de problemas y procesos burocráticos que había sufrido al cambiar de colegio, había terminado saltándome algunos grados de educación primaria. Ahora era la más pequeña en un salón de adolescentes, todas tan mayores que con frecuencia, me sentía aislada por el sólo hecho de no parecerme a ninguna de ellas.

- ¿Qué es? - terció otra de las niñas, interesada. La otra me dedicó una larga mirada apreciativa. Y supe que ella también recordaba en donde podía haber visto mi estrella antes. Recordé las palabras de mi prima "Te tendrán miedo. Te llamarán cosas horribles" y un temblor angustiado me recorrió. Desee correr entre ellas, alejarme con un vendaval a toda la velocidad que me lo permitieran mis piernas. Pero claro está, lo hice. Continué allí, con el morral apretado contra el pecho, confusa y abrumada.

- Es una cosa del diablo - dijo la primera. Y lo dijo con leve siseo de placer, como si dijera en voz alta una palabrota. Me sobresalté. ¿Que había dicho?
- ¡No es nada del diablo! - le respondí. La niña sonrío, una sonrisa toda dientes y provocación.
- Es lo que dibujan los satánicos en las paredes cuando van a matar a la gente. ¡Y tu la llevas!
- ¡No es nada de eso!
- ¡Claro que lo es! ¡Lo he visto en muchas películas! ¿Tu eres satánica? ¿por qué la llevas?

Retrocedí un paso. ¿De que hablaba la niña? ¿A qué se refería con "Satánica"? Por supuesto sabía, que más de una vez, la estrella la solía llevar el Villano de turno en alguna película de terror...pero ¿Cosa del Diablo? Mi educación religiosa era bastante brumosa y aunque sabía que los Cristianos creían que una criatura malvada insistía en tentarlos, no entendía que relación tenía con nuestra estrella. Sentí que un escalofrío me recorrió la espalda.

- ¡Yo no soy satánica! ¡Es mi estrella!
- ¿Y por qué la llevas?
- Porque me la regaló mi abuela, que es bruja.

Silencio. Las niñas dejaron de reír y me miraron con los ojos muy abiertos y asombrados. La niña que había hablado en primer lugar soltó una risotada.

- ¡Eres una loca! ¿Te comes los gatos y los bebés? ¡Loca!

No sé cuando perdí el control. Todo a continuación fue muy borroso, un cacofonía de gritos y gruñidos. Lo único cierto es que cuando Sor Juana consiguió separarnos, la niña lloraba a gritos y yo continuaba intentando tirarle del cabello. La monja me arrastró con un gesto firme hacia la dirección.

- ¿Que clase de comportamiento es ese? - me gritó. Me negué a mirarla y a responder. Tenía la falda del uniforme llena de tierra, la blusa rota y las mejillas enrojecidas por la cólera. Pero sobre todo, estaba aterrorizada. Angustiada. Y también avergonzada, aunque no sabía por qué.

La dirección era un salón enorme de paredes cubiertas por elegantes paneles de madera y repisas muy altas, llenas de libros encuadernados. Aguardé, aterrorizada y sin saber que esperar hasta que Sor Rosa, la directora del colegio, salió de su pequeña oficina para recibirme. De inmediato, Sor Juana le contó con grandes espavientos mi "terrible comportamiento". La escuché con los dientes apretados.

- Y entonces, sin ninguna provocación, golpeó a una de las niñas de su salón como una salvaje - dijo Sor Juana. Frunció su boca mezquina y pequeña en un gesto duro - es el comportamiento de una loca, de...

Sor Rosa sacudió la cabeza. Era una mujer diminuta, escualida, con la piel del rostro seca y cubierta por un vello rubio muy visible y ralo, ojos oscuros y pequeños, rasgos borrosos. Se cubría el cabello con una cofia diminuta y práctica y siempre parecía tener prisa, muy impaciente por dejar de hablar, por continuar caminando con paso rápido, por reprender a quien lo mereciera. Se acercó a donde me encontraba sentada, entrecerrando sus ojillos brillantes.

- No sé que le habrán enseñado en su otro colegio señorita, pero en este, lo que usted acaba de hacer es inadmisible - dijo. Levanté los ojos, entre aterrorizada y furiosa.
- Esa niña me provocó.
- No me importa si la provocaron.
- Dijo que yo era satánica o una cosa así.

Sor Rosa parpadeó. Apretó sus pequeñas y huesudas manos contra sus caderas. Sor Juana me miró sobre su hombro, sorprendida.

- ¿Por qué diría algo semejante?

No respondí. Sor Rosa inclinó su rostro borroso, confuso hacia mí. Tenía ese tipo de cara que probablemente no recuerdes haber visto luego de hacerlo por primera, a no ser por el extraño vello rubio en su piel y sus ojos penetrantes. De resto, no había nada bonito o llamativo en sus pómulos duros, su barbilla diminuta. Eso me provocó miedo, aunque no supiera por qué.

- Vieron mi estrella y le dije que mi abuela me la había obsequiado.
- ¿Que estrella?

Se la mostré con cierta resignación. El rostro de Sor Rosa enrojeció aún más, sus ojillos atentos se volvieron acuosos. Con el tiempo, descubriría que era esa su manera de enfurecerse, de perder la paciencia. En ese momento me pareció que desaparecía en el hábito azul, en la cofia diminuta y apretada.

- ¿Por qué dice que su abuela le obsequió un objeto de supercheria?
- No es un objeto de supercheria.
- Si lo es. Representa creencias paganas.
- Mi abuela dice que es el simbolo de todas las cosas buenas - estallé sin poder contenerme. Sor Rosa me dedicó una mirada helada, directa. No me amilané - que es el simbolo de la Tierra, de lo bonito del cielo. Y si mi abuela lo dice, es verdad. Mi abuela es bruja y sabe muchas cosas.

Sor Rosa reaccionó como si la hubiese abofeteado en el rostro. Retrocedió, con la boca convertida en una línea tensa. La piel se le tiñó de rojo casi púrpura.

- ¿No le da verguenza llamar a su abuela de esa manera tan grosera y tan primitiva?
- Pero...
- Esa palabra define a las mujeres desobedientes de Dios - exclamó - un tipo de mito que no tiene nada que ver con las buenas y decentes mujeres de esta época. Nunca más se atreva a hacerlo aquí, en este colegio donde educamos con la Buena Voluntad Divina.

No supe que responder a eso. Y de haberlo sabido, creo que también me habría quedado callada. Estaba asombrada y desconcertada por la furia de Sor Rosa, por su expresión dura y tan severa. Sentí alivio cuando me envió a un pupitre solitario a recibir castigo. Incluso la soledad del salón vacío era mucho más reconfortante que aquella mirada suya, de su expresión iracunda.

Además, en el salón, pude llorar en paz. Con la cabeza hundida entre los brazos. Por las palabras de las niñas, por la manera como Sor Rosa había descrito a las brujas. Así me encontró mi abuela cuando vino a buscarme, unas horas después. No dijo nada cuando la abracé, cansada y entristecida. Tampoco cuando salimos a la calle, bajo el sol radiante del Octubre caraqueño, caminando entre la multitud de niños y padres que rodeaban el colegio. Se le veía tensa y distante. Me sentí cada vez más abrumada y avergonzada, aunque continuaba sin saber por qué.

- Lamento todo - dije por último, mientras caminabamos hacia la avenida que llevaba hacia mi calle. Abuela se detuvo para mirarme, con los ojos muy abiertos.
- ¿Que cosa mi niña?
- Haberme peleado...y haberte llamado bruja.
- Eso soy.

Lo dijo con su habitual serenidad, como si disfrutara paladear de la noción de la palabra. No supe que pensar, sacudí la cabeza.

- Pero Sor Rosa dijo...dijo que era una mala palabra.
- Para ella lo es.
- ¿No lo es entonces?

Abuela suspiró, me tomó de la mano y me obligó a continuar caminando. Lo hice, cada vez más confusa.

- Mi niña, la palabra "bruja" define a un tipo de mujer sabia, independiente, fuerte. Por siglos, las brujas fueron las mujeres que ayudaban a nacer a los niños, a curar a los enfermos, a consolar el dolor. Sabian escribir y leer, cantaban las canciones del pueblo, conservaban sus memorias. Las brujas eran el simbolo de la experiencia y el conocimiento de la tribu.

La escuché asombrada. Mi abuela sonreía, mientras me contaba todas aquellas cosas.

- Con el tiempo, las brujas fueron señaladas como desobedientes y se les acusó de delitos y grandes terrores - continuó - El Cristianismo las llamó "Hijas del Diablo" por profesar su fe al aire libre, por celebrar los elementos y no al Dios de la biblia. Pero la palabra "bruja" nunca ha sido una mala palabra.
- Pero ella lo cree - insistí. Mi abuela apretó mi mano entre las suyas. Un gesto cálido que me reconfortó.
- Y puede seguir haciéndolo - respondió - pero ella no tiene la verdad absoluta. Ni tampoco dice otra cosa que lo que le enseñaron. Ser bruja es un privilegio de espiritus libres, de corazones osados. Y sobre todo, de crecimiento espiritual pero en una dirección distinta a la que la Iglesia comprende. Pero, eso no hace la palabra y lo que significa dañino o malvado.
- Dijo que era una palabra primitiva - le comenté - que...

Abuela asintió. Seguimos caminando entre la multitud de transeúntes y me gustó hacerlo en su compañía. Mi abuela era una mujer dinámica, fuerte, que disfrutaba del mundo y sus colores. Siempre se le veía serena y feliz, como si todo a su alrededor le reconfortara y le brindara placer.

- A la bruja se le ve como algo remoto, lejano. De otro tiempo. Pero la bruja no tiene edad ni tampoco una época - me contestó - los espiritus fuertes trascienden esas ideas. La búsqueda de conocimiento siempre es la misma, a pesar de que transites caminos distintos a los habituales, a los evidentes. Y una bruja lo hace, sea con el conocimiento de las hierbas o caminando por una ciudad moderna. Es el poder de la imaginación.

Me encantó esa idea. Pareció abarcar mi temor, mi angustia, mi abrumadora sensación de miedo. Cuando llegamos a casa, ya no me importaba tanto el castigo de los días sin recreo ni el pensamiento que tendría que volver y enfrentar a las niñas que sin duda, continuarían riendose de mí. Mi abuela me guiñó un ojo cuando se lo dije.

- Siempre  transita contra la corriente, enfrentante a lo que te es más dificil, recorre el camino más solitario - me dijo - siempre mi niña, piensa más allá de lo que temes. Y vive en consecuencia.


Sonreí, recordando esas palabras, a muchos años de distancia. En una libreria llena de mis libros favoritos, junto a uno de mis amigos más queridos. Sostuve su mirada expectante.

- No, no me averguenza - respondí entonces - es la palabra que define no sólo lo que soy sino lo que busco en mi vida, la forma como avanzo en este largo camino que recorro cada día. Me llamo bruja porque lo soy, porque creo en su significado y en el poder de esa noción sobre mi misma más poderosa que lo aparente.

Mi amigo suspiró, se encogió de hombros. Por último sonrío.

- Bruja, entonces - dijo. Con cariño, casi en tono de disculpa. Solté una pequeña carcajada feliz.
- Para siempre.

C'est la vie.

viernes, 19 de mayo de 2017

Una recomendación cada viernes: Cuentos completos de Flannery O’ Connor.




Con frecuencia, la literatura es una forma de creación más cercana a las obsesiones de su autor que a cualquier otro elemento que forme parte de su mundo privado. Flannery O’ Connor murió a los treinta y tres años luego de batallar durante casi toda su vida adulta contra un agresivo cuadro de Lupus. Hasta unos años antes, O’ Connor se había insistido en no recurrir a la religión para consolar la posibilidad de la muerte. Para la escritora era una cuestión de orgullo o mejor dicho, una notoria falta de fe que quizás era el elemento más reconocible de su religión “Soy de esas personas que antes morirían por su religión que tomar un baño por ella” escribió en una ocasión. No obstante, a medida que se hizo más evidente que estaba perdiendo la batalla contra un padecimiento devastador y poco conocido en su época, decidió que tal vez valía la pena un último intento. Contra todo pronóstico la incrédula O’ Connor decidió viajar a Lourdes para sumergirse en las aguas curativas que según la tradición, habían rozado los pies de la aparición mariana acaecida en la zona en 1858. “Es quizás la única manera de no perder la esperanza” había dicho la muy debilitada O’ Connor poco antes de realizar el viaje.

Por entonces, ya se le consideraba una de las mejores escritoras de su generación e incluso, de la historia de su natal norteamérica: Su novela “Sangre Sabia” (1952) y la colección de relatos cortos “Un hombre bueno es dificil de encontrar” (1955) la habían convertido en una de las voces más duras y frescas del panorama literario de su época. No obstante, el éxito de O’Connor no se debía sólo a la impecable calidad de su prosa: la escritora había revitalizado el género de lo grotesco con una visión retorcida y absurda que le había permitido crear algo por completo nuevo. Con su pléyade de asesinos piadosos, falsos predicadores, monstruos humanos de rostros apacibles y criaturas deformes, la obra de O’ Connor es un recorrido desde lo perverso hasta un tipo de redención sutil que transforma su obra en una alegoría desconcertante sobre la fe y la rebelión de la conciencia. Descreída, cínica pero sobre todo, profundamente convencida de la maldad del espíritu humano, O’Connor creó un punto de vista sobre la falibilidad y la angustia existencial muy cercano al horror gótico, pero sin su sofisticación. La combinación entre ambas cosas, dotó a la obra de la escritura de una oscuridad latente y seductora que sorprendió a crítica y público.

La obra completa de Flannery O’Connor es de hecho, un estudio inquietante sobre los horrores mínimos, en un ambiente costumbrista, violento y colorido que dota a su obra de una extraño ambiente anómalo. Pertenece además, al llamado “renacimiento del sur”, un movimiento literario experimental que creó a partir de las singularidades del Sur estadounidense, con su singular combinación de puritanismo, superstición y dureza. No obstante, O’Connor era algo más que esa vuelta de tuerca sobre la idiosincrasia y valores de la región. Era una búsqueda de identidad en medio de la transición histórica y cultural de lo rural hacia lo urbano, pero además de eso, una percepción de lo temible debajo de esa engañosa percepción del bien y el mal. Con una agudeza que aún hoy desconcierta, los escenarios de O’Connor están llenos de una malignidad absurda y casi juguetona. Una mirada profunda hacia el núcleo de lo grotesto en medio de lo cotidiano.
La escritora nació en la localidad sureña de Savannah en 1938, en medio de un crispado clima de tensiones raciales y un tipo de violencia callejera aupada por la religión y la costumbre. De esas primeras experiencias con fanáticos religiosos y supremacistas, O’ Connor comprendió los diversos matices del miedo debajo de lo cotidiano. Cuando de adulta se instaló con su familia en Baldwin, en Alabama el paisaje de su percepción sobre la bondad, la maldad y la hipocresía cultura tenía los suficientes matices como para sostener su venidero discurso literario. Una circunstancia además, de la que la autora solía burlarse con mucha frecuencia “Soy blanca, católica y sureña, no podía escribir otra cosa que horror”, llegó a decir en una oportunidad.

Además, la autora estaba enferma. Tanto como para que su vida pareciera una sucesión de dolores y los pequeños tormentos de una enfermedad contra la que no podía luchar. En 1951 se le diagnosticó Lupus (aunque con toda seguridad había sufrido los síntomas una década antes) y la enfermedad cambió de manera radical, su percepción sobre el tiempo, la vida y la muerte. La autora había comprendido la gravedad de la enfermedad mientras escribía su primera novela y a medida que avanzaba en ella, los síntomas transformaron el tono y el ritmo de la narración en algo más enrevesado de lo que la autora había imaginado. Pronto, O’Connor dota a sus obras de un pesimismo existencial que pendula entre el terror a la muerte y también, el desconcierto y la incertidumbre. La redención, la fe y el dolor se entremezclan en una percepción radicalmente nueva sobre los pequeños horrores ocultos en la normalidad. Sus personajes se hicieron más duros, violentos y a la vez humanos, como si su propio tránsito por la enfermedad diera origen a algo más ambivalente, crítico y devastado por la desesperanza. Aún así, mantuvo el pulso con la suficiente pericia como para que la novela se convirtiera en un asfixiante recorrido por la conciencia del Sur estadounidense, abrumado por los terrores y fragmentado en la superstición y el odio. No obstante, a diferencia de William Faulkner — principal representante del llamado “Renacimiento del Sur” — O’Connor se alejó de la experimentación para crear una noción dura y casi clásica de los sufrimientos y terrores del mapa rural que intentó mostrar.

De allí que sus posteriores cuentos, tengan un aire cruel y nítido que sorprenden por su visión análitica. La escritora ya batallaba con la etapa más dura de la enfermedad y sobre todo, con la percepción de su naturaleza crónica. Para O’Connor el hecho de morir no era tan impactante y devastador como la presunción que toda seguridad, sufriría una lenta agonía. Y esa desesperanza durísima, siniestra y brutal es la que llena sus narraciones cortas. En todos ellos, hay una presunción de la derrota existencialista, de la muerte como último bastión a vencer pero sobre todo, de la comprensión insistente de la angustia espiritual hacia la violencia y lo temible. El sufrimiento físico la hizo más prolífica que nunca y durante el año 1958 escribió una cuidada colección de cuentos que sorprende por su variedad de texturas, perspectivas pero sobre todo, por su oscura energía. Como si el dolor fuera un aliciente para su mirada literaria, O’Connor nunca fue más brillante, insistente y profunda que durante los últimos años de su vida.

Desde luego, todas las historias de Flannery O’ Connor crean una línea perceptible desde el orgullo individual hacia el desastre. La economía de su prosa, su capacidad para incorporar el entorno como un elemento casi humanizado en cada uno de sus relatos, crea una noción sobre la literatura que sorprende por su profundidad. Hay cierta predilección por el desastre, una meticulosa comprensión del sufrimiento y el miedo que va más allá de los tópicos habituales de la literatura de su época. Pero también hay un elemento revoltoso, misterioso pero sobre todo, oculto bajo las precisas descripciones de calles, rostros y pequeños lugares exóticos. O’Connor encontró en esa verosimilitud a medias una manera de asumir el peso del discurso sobre los horrores que apenas se sugieren y lo hace, con un pulso firme y pulcro que sorprende por su sagacidad. Nada es casualidad en las insólitas historias de la escritora. Ni lo enigmático, lo brutal o las breves pinceladas de belleza con las que O’Connor dota a sus obras de una extraña vitalidad.

Poco antes de la muerte de la escritora, el profesor inglés Walter Sullivan compiló sus cuentos en una especie de catálogo tenebroso que asombró al mundo literario por su efectividad. Sullivan se sorprendió por la violencia de los relatos — nueve terminan en asesinatos múltiples, tres en un asalto físico, otros en robos, incendios y golpizas — y le preguntó a la autora si había un motivo para semejante despliegue de horrores matizados con un aire cotidiano y hasta vulgar. La autora le dedicó una amplia sonrisa divertida, aunque por entonces sufría paralizantes dolores y los primeros síntomas de la infección del riñón que la llevaría a la muerte. “No puedo escribir sobre nada sutil” respondió. Y claro está, es cierto. La frase resume mejor que cualquier otra su visión inquieta y abrumadora sobre la realidad. Esa colección de falacias patéticas construidas para dibujar no sólo la identidad insular de una región, sino también sus temores y terrores. Debajo de los parajes poblados de sombras, moscas y desperdicios que O’Connor describe desde la periferia, se esconde un tipo de perversión que sorprende por su dureza y petulancia.

No obstante, además de la predilección de O’Connor por la identidad regional de la norteamérica profunda, sus historias versan sobre sus personajes. Esa variedad extravagante de criaturas marginales y levemente monstruosas que transforman los parajes inexplorados de sus historias en una colección de horrores. La amenaza que se esconde bajo sus historias no sólo esconden un “qué” — en la medida de comprender el peligro — sino también un “cuándo” y un “qué. De la combinación entre todo lo anterior, surge un elemento y calculado de profunda belleza literaria.

Todos los cuentos de O’Connor se hacen preguntas muy duras y concretas sobre la fe, la creencia, la esperanza y la redención. Cuestionamientos que se hacen cada vez más crueles y casi retorcidos a medida que la escritora avanzó hacia la parte más dura de la enfermedad que padecía. Para entonces, O’Connor estaba convencida de su muerte inminente y quizás por ese motivo, viajó a Lourdes, en un intento desesperado de salvación. No obstante, incluso en medio de la profusión de fe de la región, de los tullidos y enfermos tan parecidos a los que describía en sus obras, la escritora claudicó y se sumergió en el manantial milagroso. “Estoy segura de que nadie reza en esa agua” diría después “pero yo lo hice por la novela que estoy escribiendo. No por mis huesos, que me importan menos” aseguró en una carta a una de sus amigas. Como una última y extraña provocación a la vida, a la muerte y al origen de sus creencias. Pocos meses después, la escritora llegaría a completar su última obra para después morir, en medio de una rápida y abrupta agonía. Una forma de rarísima redención muy parecida a la de sus crudas y siempre burlonas narraciones.

jueves, 18 de mayo de 2017

Una sofisticada forma de violencia: Ichi The Killer (2001) de Takashi Miike.





Nuestra cultura en ocasiones parece tener un sentido crítico muy limitado acerca de sus momentos bajos y complejos: por eso hablar sobre violencia siempre será complicado en cualquier género y bajo cualquier aspecto. Tal pareciera que hay una sensibilidad muy definida al momento de comprender un rasgo humano inevitable y peor aún, tan esencial de la conducta humana. Aún más, si se trata de reflejarla bajo la visión de las artes y otras expresiones artísticas y de divulgación. ¿Qué ocurre con el mensaje que se envía? ¿Qué debe expresar o peor aún, mostrar un fresco sobre lo más primitivo de la conducta del hombre? ¿Necesita dejar claro un mensaje o puede mirarse simplemente como parte de una idea más amplia, como un análisis a esas expresiones infinitas de la mente humana? Nadie parece saber las respuestas a los anteriores cuestionamientos y aún así, la violencia continúa siendo una manera de comprender el mundo, una construcción de la memoria que sobrepasa cualquier prejuicio y temor.

Sin duda, ese es uno de los motivos por los cuales el director Takashi Miike — cuya trayectoria con más de cien películas a cuestas ha tocado todos los tópicos posibles — decidió crear lo que se suele llamar, una épica a la ultraviolencia. No en vano el director parece obsesionado con la naturaleza del espíritu humano y sus infinitos matices. Desde sus pequeños experimentos de bajísimo presupuesto hasta su aclamada “Audition” (Odishon, 1999), Miike logró lo que pocos autores: construir un estilo que parece abarcar toda expresión cinematográfica, no importa el tema o la manera como lo aborde. Para sorpresa del mundo del cine, Miike hizo la transición entre el cine de bajo presupuesto del género fantástico a algo mucho más depurado. Una renovación del discurso visual del autor, que sin embargo, continúo insistiendo en su descarnada visión del argumento visual. Muy probablemente por ese motivo “Ichi The Killer” (2001) no sea sólo una película Gore que intenta resumir lo mejor del género, sino además, un poderoso alegato visual que crea y construye su propio vehículo de expresión, una nueva manera de analizar la violencia, más allá de la visión moralista, de sus detractores y sus críticos. La violencia sólo por la violencia.

Además, el director — con esa visión sobre el mercado y la cultura pop que probablemente aprendió durante sus primeros años en el cine independiente — supo convertir a “Ichi The Killer” en un icono del cine gore incluso antes de su primera proyección en la gran pantalla. No solo los rumores sobre sus durísimas imágenes y su propuesta transgresora se escucharon mucho antes de su estreno, sino que acompañó la campaña de promoción de la película con una serie de trucos de efecto que logró despertar un inusitado interés entre el público. Desde obsequiar bolsas para vomitar al público que asistía a las funciones donde se proyectaba en diversos festivales, hasta las noticias — nunca confirmadas — sobre desmayos y huidas de espectadores durante la proyección debido a la crudeza de las escenas, el director logró crear una atmósfera alrededor de su obra que sorprendió al cinéfilo más incauto. No obstante, la película parece encontrarse a la altura de los rumores que produjo antes de su estreno: antes de los veinte minutos de proyección ya muestra al sorprendido espectador el motivo de tanta controversia con dos escenas difícilmente olvidables: Los créditos formados con semen que seguían a una paliza a una prostituta y la tortura a Suzuki donde unos garfios para carne jugaban un importante papel.

Por supuesto “Ichi The Killer”, es realmente una película violenta, más allá de los trucos comerciales y la propuesta escénica de su director. Heredera de todo un género gore que parece reinventar y exagerar a niveles dramáticos, la película es una enorme deudora de un Universo de personajes misteriosos, mezquinos, crueles y sanguinarios. Basado en el manga de Hideo Yamamoto homónimo, es una combinación de imágenes impactantes, donde la sangre, la crudeza y el despropósito parecen crear un atmósfera irrespirable, casi insoportable. Desde amputaciones, torturas de inimaginable crudeza y toda una sucesión de circunstancias que se entrecruzan para crear un discurso argumental descarnado y crudo, la película intenta provocar, asustar y desconcertar de todas las maneras posibles. Una agresiva puesta en escena hace el resto: “Ichi The Killer” se convirtió rápidamente en un clásico de lo obsceno, en una reinvención de lo fantástico y lo inverosímil en beneficio del terror y el discurso de la violencia.

Probablemente con toda intención, Miike presenta el mundo de los Yakuzas con una expresividad visual que sólo acentúa el ambiente terrorífico y malsano de la película: policías corruptos, drogadictos, prostitutas, psicópatas y por supuesta, un minucioso fresco de la cultura del crimen asiático, construyen una sólida visión de un mundo de engaños, sangriento y ambiguo, que el director transforma, con una asombrosa capacidad para construir escenas desconcertantes, en una espiral destructiva que obliga al espectador a cuestionarse sobre los límites y orígenes de la violencia, la crudeza y de la deshumanización de la agresión. En el mundo de Miike nadie es inocente: cada personaje parece personificar un tipo de visión sobre la furia y la agresión que sobrepasa cualquier otra identidad humana. De manera que la violencia, se hace no solo escenario de fondo sino una manera de comprender un tipo de realidad compleja, inquietante y perturbadora.

Así que “Ichi the Killer” no es solo una película que celebra la violencia, sino que además, crea un discurso visual basado en esa visión intolerable de la crudeza del elemento sin cortapisas ni disimulo. Tal vez por ese motivo, el crítico Tom Mes ha insistido que la película, más que un mero espectáculo sangriento, es una durísima reflexión sobre la relación entre el público y la violencia audiovisual. Sin duda lo es: nadie podría cuestionar la intención directa Miike por escandalizar y cuestionar lo que se considera establecido y crear un poderoso alegato sobre lo que es la visión de la violencia y nuestra capacidad para comprenderla sin querer entrar en discursos moralistas. Aunque sea una reflexión que duela, asombre y desconcierte, de manera metafórica y lo más inquietante, también literal.

miércoles, 17 de mayo de 2017

De la oscuridad y el silencio: La influencia de H.P Lovecraft en “Alien: el Octavo pasajero” de Ridley Scott.




El cine suele ser un lenguaje complejo en el que la referencia y la concepción de la realidad se entremezclan en una durísima concepción sobre la incertidumbre. Quizás por ese motivo, al director Ridley Scott se le suele acusar de trivializar la Ciencia ficción. En más de una ocasión, su tendencia a la autorreferencia y la superficialidad conceptual le ha valido durísimas críticas que además, han puesto en duda no sólo la trascendencia de su legado sino también, el valor de su percepción sobre la distopía puede ser. Aún así, es indudable que el director creó a lo largo de su extensa carrera un Universo cinematográfico único, lleno de una novedosa percepción sobre el terror y el suspenso pero sobre todo, con una mirada curiosa sobre el existencialismo. En medio de esa extraña y en ocasiones contradictoria combinación, el trabajo de Scott parece subvertir una visión muy concreta sobre lo que especulación y crear algo nuevo a partir de ella.

Por supuesto “Alien: El octavo pasajero” (1979) una de las obras cumbres de la propuesta del director y quizás, la mejor que resume esa percepción de Scott sobre el miedo y la noción existencialista con que suele dotar a sus películas. La historia del carguero espacial asediado por un extraordinario monstruo sin nombre, analiza desde un punto de vista insólito no sólo el trayecto desde la percepción de lo que tememos — y por qué le tememos — sino que además, reflexiona sobre la incertidumbre. Todo bajo una cuidada esquema de una clásica ghost story, repleta de todo tipo de influencias literarias y cinematográficas. El Alien de Scott avanza sobre la comprensión de lo desconocido — encarnado en una magnífica criatura inexplicable —  para construir un sólido planteamiento sobre el horror del vacío que suele simbolizar el espacio exterior. De esa manera tan simple y casi sobria, Scott logró no sólo revitalizar un género en el que ya comenzaba a parecer agotado y refundar una noción particularísima sobre la expresión de cierto terror retorcido y atractivo. Había nacido una nueva manera de asumir el miedo y sobre todo, el manido teorema del temor que habita más allá de lo comprensible.

Pero “Alien: el Octavo pasajero” es mucho más que una refundación de la Ciencia Ficción basada en la incertidumbre. Es también una reinvención para la pantalla grande del aire amenazante y siniestro del terror cósmico. Para Scott lo que se esconde en la negrura del infinito es mucho más temible que cualquier enemigo visible y comprensible. Es esa mirada hacia lo que tememos y no podemos explicar — y sobre todo, que somos incapaces de definir — lo que hace mucho más complejo a la historia de Scott. La historia que cuenta el guión de Dan O’Bannon transita terrenos filosóficos que rozan la hipótesis sobre terrores fundamentales de la mente humana. Es entonces cuando la película adquiere paralelismos inevitables con otro Universo en el que el terror a lo desconocido se mezcla con profundas preguntas existenciales: los cuentos de horror cósmico escritos por H. P. Lovecraft.

El parecido no es casual o al menos, no parece serlo: “Alien: el Octavo pasajero” deja muy claro de inmediato que la historia que cuenta está más interesada en lo terrorífico que en la violencia directa. La travesía por el espacio tiene un aspecto sucio y destartalado, muy distinto a la presunción de pulcra tecnología de otras obras semejantes. Como si se trata de una mirada a la caída en desgracia de las esperanzas de nuestra Era, el viaje espacial de la película de Scott tiene un sesgo pesimista. La nave y sus tripulantes son un grupo sin mayores recursos, obreros de alta categoría y efectivos militares sin otra línea en común que una travesía corriente. No hay ningún heroísmo en este grupo borroso y anónimo. Y quizás por eso, lo que vendrá después — el terror que tendrán que enfrentar — sea tan imprevisible y letal. Una alegoría directa a lo impensable que tantas veces H.P Lovecraft utilizó como recurso para describir — y mostrar — el miedo como una forma de aseveración sobre lo desconocido.

Pero sobre todo, “Alien: el Octavo pasajero” es una película de atmósfera: una geografía tenebrosa que abarca desde los perfiles destartalados y levemente ruinosos del Nostromo hasta la espléndida criatura, fruto de la imaginación del dibujante sueco H. R. Giger. Oscura y desoladora, el tono de la película deja muy claro que el miedo es una percepción que gravita sobre la percepción de la identidad desintegrada en medio de un peligro indescriptible. La amenaza en Alien — de la misma manera que en los cuentos de H.P Lovecraft — tiene un claro aire de irrealidad y fantasía. Con sus espacios cerrados y claustrofóbicos, la visión de Scott para su película construye un escenario opresivo que evidentemente, se basa en los enrevesados universos de Lovecraft. No hay nada simple en los laberínticos pasillos iluminados por luz parpadeante o e los rápidos planos secuencias que apenas muestran al monstruo escondido entre las sombras. El miedo se convierte en un enemigo creado a partir de lo ignoramos y no podemos definir. Una pléyade de horrores que superan la comprensión humana.

Un monstruo de horrorosa belleza.
El criatura de Alien no tiene ojos: Una ausencia que rompe por completo con cualquier semejanza con cualquier otro monstruo que el cine haya mostrado hasta entonces. No obstante, su impacto se basa en algo más que esa ruptura con lo que consideramos compresible: Giger creó a la criatura con la intención que resultara “indefinible en la crueldad de su belleza”. Con su enorme cráneo fálico y brillante, su cuerpo esbelto y su doble dentadura de dientes metálicos, el Alien imaginado por el artista es una mezcla entre una percepción estilizada acerca del miedo y algo más complejo. Inexplicable y violenta, se trata de una maquinaria mortífera que encarna un tipo de terror sofisticado que hasta entonces, jamás se había mostrado en película alguna. Giger no sólo asumió el reto de elaborar una visión sobre la vida espacial que superara cualquier otra propuesta semejante sino que además, asumiera el hecho de lo desconocido como una amenaza siniestra.

El contraste, el diseño realista y funcional del caricaturista Ron Cobb para el “Nostromo” y toda la puesta en escena de la tripulación a bordo, parece insistir en esa frontera entre la exquisita oscuridad que sugiere la criatura de Alien y lo que representa. Entre ambas cosas, hay una grieta evidente entre lo real y lo ficticio en la que terror tiene un claro componente tenebroso. Una perspectiva sobre el absurdo y lo incomprensible que remite de inmediato a la obra del escritor H.P Lovecraft.

Como muchas de las deidades y monstruos concebidos por Lovecraft, la criatura de Alien simboliza un tipo de terror al filo de la conciencia humana. Contradice la presunción de lo netamente antropomórfico y se convierte en una máquina de matar tan violenta como indiferente. El Alien de Giger es la síntesis de la salvaje frialdad de las criaturas cósmicas que el escritor escribió casi medio siglo antes. A la criatura de Alien no la impulsa el hambre o tampoco, alguna idea compresible sobre su cualidad como depredador. Primitiva y sofisticada, poderosa e inalcanzable, la criatura de Alien asesina, destruye y prevalece por una especie de originario instinto de reproducción pero sobre de permanencia. Su complejo ciclo de vida es una metáfora de esa devastación desoladora con la cual Lovecraft parecía tan obsesionado en sus obras literarias: a medida que la criatura se hace más fuerte, mayor es la capacidad para la destrucción que alcanza. Desde el huevo primigenio — figura común en la ciencia ficción — hasta el advenimiento del monstruo en toda su terrorífica y espléndida plenitud adulta, la criatura Alien es la alegoría perfecta a ese enemigo inevitable, invencible y devastador que habita en la oscuridad, que se nutre del temor y la debilidad del hombre.

Para Giger, la obra de H.P Lovecraft no fue sólo un referente inmediato, sino también, una aproximación a un tipo de terror ciego en el que el artista basó la mayor parte de su obra. En más de una ocasión el artista admitió que la obra del escritor de Providence era no sólo “capital” para su trabajo visual, sino además, una fuente inmediata de comprensión “sobre la oscuridad de un tipo de terror laberíntico de enorme profundidad conceptual”. Su obra “Necronomicon” (1977) es un cuidadoso homenaje visual al Universo Lovecraft pero además de eso, a la imaginería que sostiene su discurso primordial. Tanto uno como el otro asumen lo fantástico como una vertiente de lo enigmático y es esa ausencia de definición — lo reconocible — lo convierte a la obra de ambos artistas en obras espejos una de la otra. Era inevitable por tanto, que la atmósfera oscura y abrumadora de las obras de Giger — herederas visuales del Universo de Lovecraft — brindaran a “Alien: el Octavo pasajero” un aire tenebroso y macabro muy semejante a las obras más conocidas del autor norteamericano. El universo Lovecraftiano con toda su carga simbólica y su devastadora comprensión de la nada que habita más allá de los confines de lo conocido, dotan a su obra de una profundidad elemental basada en el primitivo temor del hombre a su insignificancia. De la misma manera que el monstruo de Giger representa al enemigo imposible, implacable y voraz. A mitad de camino entre un insecto, un eficiente depredador y un sofisticado biomecanismo de evidentes connotaciones sexuales, el Alien sugiere además una insistente búsqueda de la debilidad de la psiquis colectiva. Ese punto frágil que sostiene un discurso sobre la vulnerabilidad de la existencia del hombre, en medio de un Universo desconocido y peligroso al que se enfrenta desde su frágil percepción de la conciencia.

martes, 16 de mayo de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: El país irreal y otras formas de dolor venezolano.

REUTERS/Carlos Garcia Rawlins



La calle en la que vivo, tiene un aspecto desolado y fantasmal. Durante toda la noche, la Guardia Nacional Bolivariana arrojó bombas lacrimógenas y disparó balas de goma contra los edificios que tocaban cacerolas y vitoreaban consignas de protesta. Sólo al amanecer, el ataque culminó en un bullicio de sirenas e insultos burlones de los funcionarios que llenaban mi calle. En mi habitación, aturdida por las largas horas de insomnio y cansancio, sentí una mezcla de profunda tristeza y cólera. Un rehén en mi propia casa, en mis lugares privados. En mi hogar.

— No van a dejar de reprimir hasta que dejemos de protestar — dice uno de mis vecinos unas horas después, cuando me lo tropiezo en la calle — no nos van a permitir protestar en el oeste. Deben mantener la ficción del apoyo al chavismo por este lado de la ciudad.

Se refiere por supuesto, al discurso ideológico del gobierno que insiste en sectorizar la protesta en una guerra de clases ficticia y artificial. Durante más de una década, Chávez exacerbó las diferencias y desigualdades sociales del país y las convirtió en un arma política. Nicolás Maduro también lo hace y parte de su discurso para desestimar el efecto de las protestas es insistir en que se trata de un enfrentamiento entre lo que llama “la burguesía” Venezolana que ha perdido sus privilegios y el “pueblo”. Una retorcida e intencionada simplificación sobre el descontento que la protesta del oeste de la capital — en donde una empobrecida clase media y zonas populares se mezclan en un mapa desigual — contradice de forma directa.

— Hazme caso, van a seguir hasta que la gente se canse o se asuste — insiste — y no sé si alguna de esas cosas va a ocurrir pronto.

Mira hacia la calle con un gesto exhausto. Tiene el mismo aspecto reseco y frágil que yo, me digo con cierto sobresalto. El mismo que tanto me sorprendió al mirarme al espejo, que me preocupó por ser parte de las secuelas invisibles que las largas semanas de crisis y violencia dejan a su paso. Me pregunto si de la misma manera como me ocurre, mi vecino pasa las noches en vigilia, escuchando los sonidos de la calle entre el miedo y una inquietud precavida. No se lo pregunto. Sé la respuesta.

Caminamos juntos por la avenida. Hay trozos de concreto rotos, seguramente por el impacto de las lacrimógenas. También cúmulos de basura quemada — el intento de una barricada que de inmediato se sofocó entre balas -, fragmentos de vidrios rotos. Los escuché romperse durante la noche, mientras los alaridos de los vecinos se confundían con el chasquido del vidrio contra el suelo. Cuando levanto los ojos, noto que todos los edificios a mi alrededor tienen una rara apariencia vacía. Las ventanas cerradas con tablas y objetos, el yeso de las paredes ennegrecido y lleno de grietas.

— Nos están atacando como sus enemigos — comenta mi vecino, como si pudiera leer mis pensamientos — no se trata de represión sino de amedrentar. Recordarnos que tienen las armas. ¿Cómo puede vivirse de esa manera? El gobierno te considera un enemigo, así de simple. No existes, no tienes voz ni participación. Eres nadie. Una estadística. Quizás después una víctima necesaria.

Nos quedamos de pie. Mi vecino tiene los hombros caídos, el cuerpo encorvado. Tan cansado como yo. Tan agobiado. Ambos atrapados en una situación que nos sobrepasa, nos atrapa, nos deja a solas en medio del anonimato de la violencia. Un escalofrío de puro miedo me recorre. Me pregunto cuánto más podremos soportar. Qué ocurrirá ahora que la última máscara de un Gobierno que necesita ejercer el control para mantenerse en el poder cayó. No hay un límite, una frontera que pueda protegernos. Cada ciudadano es una estadística incierta, dura de asimilar. Una víctima propiciatoria.

Mi vecino se aleja calle abajo. Lo veo desaparecer a la distancia, entre las bolsas de basura rota que llenan la calle y la silueta de los vehículos militares que custodian más allá. Una figura pequeña y vulnerable, en medio de un paisaje de pesadilla. Y yo también lo soy, me digo con las manos apretadas contra el vientre. Los dedos doloridos por la tensión. Soy un rostro más que debe esconderse del asedio, de la agresión, del puño de la represión.

Cuando lo piensas así, tiene algo de dramático. Irreal, fragmentado. Como si se tratara de una exageración fruto del miedo o del terror. Pero esa es la realidad, me digo mientras echo a caminar también. Esa es la noción de país con la que debo enfrentarme, con la que debo luchar a diario. La que es parte de mi vida desde hace casi dos décadas.

***
Mientras almuerzo con un grupo de amigos, alguien pregunta en voz alta quien asistirá a la manifestación del día siguiente. Lo hace con un tono casual, como si se tratara de una rutina entre tantas otras. Un murmullo de inquietud y aprobación recorre la mesa.

— Tengo miedo — declara en voz alta alguien al fondo — de verdad tengo miedo de que me maten. Y ya, eso fue todo. Pero igual voy. ¿Qué más le queda a uno?

Lo dice en un tono neutro y objetivo, sin mayor emoción. Simplemente describe un hecho, pienso masticando con desgana. El miedo se transformó en algo más, en una combinación borrosa y quizás incomprensible de resignación y furia. Un cabeceo solidario y lento recorre la mesa. Uno de mis amigos más queridos levanta la mano con un gesto rápido y firme.

— Así me maten voy — dice — igual te puede matar el malandro, que te falte un antibiótico. Si lo van a joder a uno, al menos que sea de manera digna. Ya no queda otra cosa que hacer.

Me sobresalta la convicción triste de sus palabras pero sobre todo, su firmeza. No se está burlando, exagerando o incluso dramatizando ese miedo constante que todos vivimos a diario. Lo está creando en una idea esencial: la última resistencia es la supervivencia. La percibo con tanta claridad que me quedo paralizada, pensando en el hecho sencillo — evidente ¿cómo no lo vi antes? — que todos en la mesa estamos pensando quizás la misma cosa. Que de una u otra forma, aceptamos que podríamos morir. Que quizás, no sobrevivamos al clima de violencia encarnizada en Venezuela. Que somos víctimas de un sistemadevastador e impune que erosionó cada expectativa, derecho y esperanza. De manera que solo queda esto, me digo mientras tomo un trago de agua. La garganta se me cierra de miedo y me lleva esfuerzos obligar a beber unos cuantos sorbos. Sólo nos queda la conciencia de la muerte, de su posibilidad. Como víctimas de una guerra invisible, pertinaz, desigual. ¿Quienes somos los Venezolanos ahora mismo? ¿Cómo nos enfrentamos a este panorama roto y cubierto de cicatrices?

La conversación continúa en el mismo tono. Varios hablan de las medidas que deben tomarse para evitar ser herido durante las manifestaciones. “Hay que cuidar las piernas, los guardias te están disparando a las rodillas para evitar puedas huir” dice una de mis amigas con preocupación. La miro y recuerdo su estupenda forma física, su dedicada obsesión por la salud. Su proverbial optimismo y buen humor. Ya no queda nada de eso. Ahora es una sobreviviente que analiza las maneras de evitar las heridas, el dolor, el miedo. Alguien más insiste en la necesidad de llevar cascos — “Si te golpea una lacrimógena puede provocarte un conmoción inmediata” — y describe las heridas, mortales y peligrosas que puede provocarte el ataque de perdigones. De pronto, la conversación es sólo eso: el temor convertido en precaución, en la posibilidad de riesgo, en la plena idea de la muerte.

¿Cómo será la vida de hombres y mujeres de nuestra edad en cualquier otro país? me digo con cierta ingenuidad. ¿Cómo será tener esperanzas, una real posibilidad de futuro? Me tiemblan las manos cuando dejo los cubiertos sobre la mesa. Tengo la sensación que estallaré en llanto. En alaridos de miedo. ¿Cómo será no pensar en la muerte como una posibilidad inmediata, confundida con lo cotidiano, convertida en un fragmento indivisible de lo que consideras personal?

Me quedo en silencio, por supuesto. Las manos apretadas contra el vientre, el miedo convertido en un escalofrío invisible. Cuando el almuerzo acaba, salgo sola al pequeño jardín que rodea el viejo restaurante. Por diez años, fue mi lugar favorito, un pequeño refugio al que acudí en los peores momentos. Ahora el diminuto espacio ornamental con sus buganvillas y enredaderas en flor, un aspecto abandonado y levemente descuidado. Como el local entero, para ser justos. Hace semanas supe que cerrará. “No sobrevivió a la crisis”, me explicó alguien que conoce a los dueños. Ahora la frase me parece no sólo dolorosa, sino oportuna. Una rara coincidencia retorcida, de esas que parecen suceder con tanta frecuencia en Venezuela.

La calle más allá de la pequeña muralla de yeso tiene un aspecto engañosamente normal, con el tráfico tumultuoso de la primera hora de la tarde y sus grupos de transeúntes que avanzan contra el sol a plomo. Me pregunto si todo es así, si podría resumirse de esa manera: El país abierto en una grieta histórica insalvable y evidente. La violencia oculta bajo una pátina de tranquilidad que se mantiene a duras penas. Esa noción de lo que existe y lo que se disimula que convierte al país en una extraña mezcla de paisajes, sentimientos y escenas. No lo sé y no lo comprendo. No comprendo al país que se esfuerza por continuar sosteniendo una frágil apariencia de normalidad cuando no existe, cuando dejó de existir hace tanto tiempo que resulta imposible recordar el momento exacto en que comenzó la ruptura. El horror de la violencia convertido en algo cotidiano. La muerte tan cerca.

***
Despierto por el estruendo acompasado de una detonación. Tan cerca que hace vibrar los cristales de mi ventana, sacude los pequeños objetos sobre mi escritorio. Me quedo tendida en la oscuridad, las manos aferradas a la almohada. El miedo llega y pasa. Y queda la rabia, invisible, cegadora. La sensación de imposibilidad convertida en certeza. ¿Quienes somos los Venezolanos que nos enfrentamos a la violencia? No lo sé, me digo con los ojos muy abiertos en la penumbra. Quizás no hay un nombre para este espacio sin nombre en el que el miedo lo es todo. Este horror cotidiano que forma parte del rostro oculto del país que conocí. Una cicatriz que nunca sana. Un sufrimiento invisible y persistente imposible de definir.