martes, 19 de junio de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: El consentimiento y la violencia sexual.

Frame del cortometraje "Para" de Samuel Miró.



Cuando tenía catorce años, mi mejor amiga de por entonces me contó que ella y su novio habían tenido sexo. Lo hizo en voz baja, el cuerpo rígido, las manos apretadas sobre el vientre en un gesto involuntario de puro temor. Una única frase “Lo hicimos”. Sin más detalles, sin añadir otra cosa que la expresión angustiada con que me miró. La quedé sin saber que pensar. Me sobresaltó su rostro tenso y pálido. La sensación que no solamente se encontraba abrumada y sobresaltada por lo que sea que hubiese sucedido, sino que además, que algo en ella — en su identidad quizás — estaba roto y lastimado. No lo pensé en esos términos — nadie piensa de semejante forma a esa edad — pero lo que si supe es que algo grave y doloroso había ocurrido.

— ¿Y cómo fue? — pregunté por último.
 — Normal.

“Normal”. Esa fue la palabra que utilizó. A pesar de la mirada huidiza, el cuerpo enroscado con fuerza sobre sí mismo, en un gesto tenso y violento. Recuerdo que no supe que otra cosa preguntar y que de pronto, me invadió la urgencia de saber si ella se encontraba bien, si todo había transcurrido como era debido — aunque yo no supiera de qué manera podía serlo — y sobre todo, si había sido una experiencia agradable y hermosa, tal y como había soñado y fantaseado por semanas. Pero no dije nada. Con esa solidaridad del miedo, simplemente me quedé allí, en medio de un silencio lento e incómodo que pareció extenderse en todas direcciones. Al final, recuerdo que comencé a hablar sin parar, para llenar ese vacío tan doloroso como terrible y ella pareció agradecerlo, en una larga conversación sin sentido ni verdadera sustancia que de alguna manera, nos tranquilizó a ambas a medias. Pero el miedo siguió allí, muy presente, muy visible. Casi peligroso.

Dos meses después, mi amiga se suicidó. Durante todo el tiempo que transcurrió antes que muriera, perdió peso, se volvió hosca y silenciosa. Poco a poco, dejó de dirigirme la palabra, aunque jamás me explicó el motivo o al menos, nunca supe la razón por lo que lo hacía. Se aisló del resto de nuestras compañeras. Incluso dejó de asistir a la escuela, bajo la excusa de malestares poco claros y cuando lo hacía, había algo de espectral en ella, sentada al fondo del salón, cada vez más delgada, las uñas carcomidas, el cabello despeinado, el rostro tenso y flaco. Sólo una vez, me atreví a preguntarle que ocurría, que había cambiado en ella en tan poco tiempo, por qué nos apartaba a todos de su vida.

Nos encontrábamos en el patio de recreo. Levantó el rostro y me miró. Una niña, aún. Con el cabello castaño abundante, los ojos verdes muy claros y lucidos. Apretó los labios, las manos. De nuevo el cuerpo tenso alrededor de una pared invisible que la separaba de de mí y de todos. Suspiró.

— No me creerías.
 — Claro que sí.
 — Yo sé que no.

Nunca me dio la oportunidad de creerle o escuchar su versión. Después de ese día, no volvió a dirigirme la palabra. Dos meses después, estaba muerta. Uno de esos incidentes que marcan la historia de tu vida, que la abren en un antes y un después. Recuerdo que no acudí a su funeral, incapaz de enfrentarme a la idea de su muerte, de su ausencia, pero si a la casa de sus padres, para dar el pésame junto a mi madre. Y fue allí donde escuché por primera vez la palabra violación. Cuando por primera vez, alguien la dijo en voz alta, aunque no la suficiente. Su hermano la murmuró, con los diente apretados, oculto en una esquina, enfurecido, los ojos enrojecidos de llanto. Era un muchacho de dieciseis años, aturdido por la tragedia, pero sobre todo, por el miedo.

— Ese desgraciado la violó — me dijo, así sin más. No eramos amigos, solo era la amiga de su hermana. Una muchacha desconocida que quizás había visto en un par de ocasiones. Pero de las pocas que acudieron a la casa en medio de la tragedia — eso fue lo que pasó. Por eso se mató. Fue por ese desgraciado.

La palabra flotó en mi mente por semanas enteras, como una pesadilla que llevaba a todas partes. Porque yo sabía que había ocurrido y no dije nada. Porque yo había sospechado que eso era lo que mi amiga creía nadie le creería, lo que la había reducido al silencio, lo que la había llevado a la muerte, quizás. Y de pronto, la palabra tomó un sentido retorcido: porque yo conocía al novio de mi amiga, me caía bien. Nos había llevado a ambas al cine. Solía saludarme con un beso en la mejilla. Pero ese mismo muchacho desgarbado, con el rostro cubierto de acné y la sonrisa torcida, le había hecho un daño inimaginable a mi amiga, uno tan violento y definitivo que había matado una parte suya incluso antes de su muerte física. Fue la primera vez que comprendí el impacto de la violación, algo más que una palabra en un libro de texto, en una película, en conversaciones susurradas y levemente morbosas. Comprendí lo que realmente significaba un acto de violencia semejante. Sus consecuencias. El horror que podría entrañar.

Recordé la historia de mi amiga mientras miraba el corto del director Samuel Miró, titulado “Para”.“Eres un violador”. Con esa esa única y contundente frase finaliza la obra que ilustra, de manera dolorosamente directa y cruda, como la violación — como delito, como hecho de violencia — continúa siendo objeto de cuestionamiento y confusión en una sociedad que sigue estigmatizando a la víctima y justificando el agresor. La pieza es corta, durísima y está protagonizada por dos rostros habituales y conocidos del cine español: Kira Miró y Alejo Sauras, un elemento que dota al corto de una escalofriante sensación de normalidad. Cosa de todos los días. Una pareja coquetea, disfruta una primera cita placentera y finalmente, ambos terminan en la cama. Una historia simple que no lo es tanto: Porque lo realmente inquietante de la forma en que narra la historia, es el hecho básico que deja claro que aún nuestra cultura necesita debatir el hecho del abuso sexual desde una óptica menos permisiva y casi complaciente que convierte al delito sexual en una debate sobre la moral y no sobre la agresión en sí misma.

Miró no sólo creó un alegato contra la violación normalizada sino que además, lo llevó hasta las últimas consecuencias: Es la mujer quien toma la iniciativa, es la mujer la que acepta mantener relaciones sexuales, pero también es la mujer la que insiste en “Para” sin ser escuchada, la que se convierte en víctima de una durísima percepción sobre la sexualidad y el consentimiento que resulta escalofriante por sus implicaciones. En el corto “Para” hay una cierta percepción del horror invisible, el hecho que el abuso sexual es algo más que un estereotipo de violencia generalizado y convertido en una idea común en nuestra cultura.

Quizás lo más escalofriante del corto de Miró sea la mirada corriente a las relaciones modernas y la noción, que el delito de la violación — y lo que parecen ser sus matices y horrores — están supeditados a la noción del consentimiento como un concepto borroso e incluso confuso para la mayoría. Después de todo, la pieza parece resumir lo que parece ser la percepción cultural sobre la violación y la violencia sexual como hecho y delito: ¿Pudo la mujer evitar lo ocurrido? ¿Pudo provocar la situación que sufrió? En el corto, la mujer le pide al hombre que pare, ambos desnudos en la cama, sosteniendo un encuentro sexual que hasta entonces parecía consentido. “Para” repite y trata de empujarle. “Para” insiste y comienza a llorar. “Para” le suplica, pero la escena — un terrible plano secuencia que resulta por momentos insoportable de ver — parece reflejar el horror, el miedo y la angustia que la mujer padece cuando pierde el control de su cuerpo bajo la violencia. Para el director, se trató de una manera de demostrar que nuestra cultura aún no comprende en realidad el hecho de la violencia sexual como un hecho absoluto “Aunque la mujer lleve la iniciativa, como en este caso hace Kira Miró, en el momento en el que dice ‘no’ o dice ‘para’, el hombre tiene que frenar. De lo contrario, es una violación” insistió Miró al periódico El País de España. Pero lo que Miró crea como alegato es algo mucho más grave y profundo: es la mirada de la sociedad sobre la violación como una circunstancia en la que la víctima tiene algún tipo de culpabilidad sobre el crimen que sufrió o incluso, que pudo evitarlo de una u otra forma.

Porque se trata sobre el consentimiento, pienso mientras leo la encendida discusión que el corto provocó en redes sociales y como no, en las páginas en que fue publicado. Se trata de una percepción sobre los derechos de la mujer sobre su cuerpo pero también, de la manera como nuestra cultura analiza la sexualidad femenina, siempre supeditada al hombre. En el corto de Miró es la mujer quién lleva la iniciativa, es la mujer quién invita y se insinúa y es también, la que intenta detener el acto sexual. La combinación de factores parece crear una visión sobre la circunstancia temible porque añade una perspectiva distorsionada sobre el consentimiento — sus matices e implicaciones — y la violencia que puede sufrir una mujer en medio de esa concepción de la violación como un hecho que puede interpretarse desde puntos de vista ambiguos o incluso, entre matices. “Hay una confusión sobre la violación” explicó Miró, para quién el corto es una respuesta directa al veredicto contra la llamada Manada de Pamplona que dividió la opinión pública mundial sobre el abuso sexual y la manera en que se comprende la violencia contra la mujer en diversos ámbitos de nuestra cultura “Parece que solo podemos llamarlo así cuando desnudan a una mujer en la calle, la fuerzan sexualmente y la dejan tirada en una esquina. Pero hay muchas más formas y puede hacerlo tu pareja, tu amante, tu amigo o tu ligue de una noche”, añade. Una mirada sobre la violencia sexual que pocas veces se asume y que sin duda, es inquietante en toda su especulación sobre lo que en realidad es un hecho de naturaleza específica, directa y brutal.

Para el realizador se trata de una forma de asumir el riesgo del debate pero también, de profundizar sobre el hecho de la violencia sexual desde un punto de vista por completo nuevo: “Una amiga me decía que trabaja con chicas que han sufrido una violación como la del corto pero que no lo asumen ni son conscientes de que lo es”, contó Miró en una entrevista y también el hecho, que para muchas mujeres, el consentimiento parece encontrarse sesgado por una condición específica sobre el comportamiento de la mujer, como si el hecho de intercambiar besos y caricias, incluso encontrarse desnuda con un hombre, fuera suficiente justificación para un acto de violencia sexual. A palabras del director, lo más preocupante es que su corto amplificó y llevó a una nueva dimensión el análisis sobre lo que implica consentir una relación sexual. Cuenta que varias mujeres que han visto el corto, han justificado el comportamiento masculino asegurando que la mujer tomó la iniciativa y por tanto “tomó un riesgo evidente” que provocó la situación de violencia que padeció. “Me sorprende mucho que incluso chicas jóvenes piensen así. Es importante concienciar de que, aunque no nos haya pasado, puede pasarnos o podemos conocer a alguien que lo haya vivido” añade el director.

Se trata de un debate más actual que nunca: con el caso Weinstein en plena discusión pública y movimientos como #MeToo y otros semejantes debatiendo sobre la noción del consentimiento y la violencia sexual, la gran pregunta es si nuestra sociedad puede asumir el cambio y la transformación necesaria para analizar la violación desde un punto de vista mucho más profundo del que ahora lo ha hecho. Que la coacción, la presión y manipulación psicológica también son formas de agresión que se relacionan directamente con la percepción sobre el consentimiento o al menos y sin duda alguna, con la comprensión sobre la naturaleza real de lo que una violación puede ser y significar como hecho de violencia y sobre todo, como una circunstancia delictiva.

La agresión y la violencia contra la mujer violada está en todas partes y es quizás, esa idea la que Miró expone en su corto pero sin duda, también forma parte de un debate público en medio de un clima político y legal de enorme importancia sobre el tema. Sin embargo, no parece ser suficiente. Lo pienso, mientras leo las escalofriantes estadísticas sobre violación que parecen ser parte del mundo globalizado: Cada dos horas, una mujer es Violada en algún lugar del mundo. Cada veinte minutos, una mujer sufrirá acoso sexual. Cada doce horas, una mujer será golpeada y sometida algún tipo de abuso físico. Sólo el 20% denunciará la agresión. Más del 70% jamás le contará a nadie lo que ocurrió. La gran mayoría conoce a su agresor.

Lo que sugiere la anterior estadística me produce un miedo real, doloroso. Y recuerdo a mi amiga, tan joven, tan herida, tan aterrorizada. Recuerdo a su novio, un hombre cualquiera del que nunca volví a tener noticia pero como bien señala el corto de Miró, era un violador. Las leo con una profunda preocupación cuando me pregunto en voz alta si nuestra cultura no sólo propicia la violencia sexual en cualquiera de sus formas sino el silencio que las oculta, menosprecia a la víctima y las convierte en parte de esa noción que insiste en que la moral puede atenuar un crimen como la violación. Una idea que parece no sólo persistir a pesar de la evidencia y lo que es aún peor, el dolor de ese silencio inquietante que parece ser el símbolo de quien sufre una agresión semejante.

lunes, 18 de junio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todas las razones por las que deberías ver “The Incredibles 2” y disfrutar de su engañoso optimismo.



Durante toda la historia del cine, el concepto del Superhéroe se ha transformado de tantas maneras disímiles que finalmente resulta poco menos que una mezcla de valores y nociones intelectuales contradictorios. Por un lado, está la versión limpia y heroica, heredada de primitivas concepciones sobre el bien y por el otro, la más sucia y quizás retorcida, emparentada con el existencialismo moderno pero sobre todo, el temor paranoico al poder como un extremo de la racionalidad social. Por ese motivo, cuando la película “The incredibles” (Brad Bird — 2004) se estrenó, su argumento desenfadado pero sobre todo su extraña dimensión de lectura y reflexión sobre el heroísmo fue comparado de inmediato — guardando las distancias — con la historia del cómic “Watchmen” — obra fundacional de Alan Moore, publicada en el 1986 — y de la que sin duda, Bird tomó algunas ideas al momento de analizar el super heroísmo desde la pérdida de la fe, el pesimismo y la figura erosionada del héroe como parte de una degradación moral e intelectual de lo que se considera “poderoso”. Fue una jugada arriesgada: después de todo, la película tenía aires de comedia familiar y estaba dirigida a esa gran plataforma de público Pixar, que incluye desde niños en edad escolar hasta adultos, por lo que la doble lectura de su historia (que incluía un intuitivo análisis sobre el desencanto de la vida adulta, la desesperanza moderna y el dolor del desarraigo de cierta madurez espiritual) sorprendió a la crítica y al público. Pero además, era inteligentísima sátira que se burlaba de cada cliché superheroico mucho antes que el Universo Cinematográfico Marvel y su contraparte DC llegaran a la gran pantalla. La combinación convirtió la película en un éxito y además, brindó al cine animado una inédita profundidad que sorprendió por sus implicaciones. Pixar — como concepto — acababa de abrir una nueva dimensión de su propuesta sobre la animación y llevarla a un nivel por completo desconocido.

Casi quince años después, la secuela de “The Incredibles” llega en quizás el mejor y el peor momento para enfrentarse al heroísmo convertido en panacea cinematográfica y sobre todo, a un género creado a partir de la sobre explotación visual y argumental del mundo del cómic. Ya no hay nada nuevo que contar o narrar sobre el mundo de los superhéroes — quizás nunca lo hubo — pero en esta ocasión, el reto de Brad Bird — que repite en dirección y guión — es encontrar la salvedad que permita a los Parr— con toda su carga de simbolismo pendenciero — construir una historia a su medida, en medio de una época descreída, cínica y saturada del heroísmo impostado y artificial. Como símbolo, la familia superheroica tiene el objetivo de asumir la noción sobre el poder como una forma de comprender lo contemporáneo, tal y como lo hizo su predecesora. Con su peculiar capacidad para conmover y emocionar, la historia de “The Incredibles” se enfrenta a la fastuosidad de Universos enormes y complejos. Y triunfa en su extraordinaria sutileza como parte de algo más amplio y denso que cualquier otra propuesta al uso.

La película empieza justo en donde termina su predecesora, lo que permite una sensación de continuidad que se agradece pero que también, es del todo intencionada como hilo conductual de las ideas más profundas de la película. Durante la primera escena un grupo de policias riñen al Señor Increíble (con la voz de Craig T. Nelson) y a su esposa y Elastigirl (Holly Hunter), por entrometerse en medio de una situación que se encontraba “por completo controlada”. Se trata de un diálogo rápido, elemental que deja muy claro que nadie tiene muy claro el papel del héroe en una sociedad que insiste en asumir el costo de su existencia como una excentricidad menor en medio de la fauna cotidiana. Los policias parecen impacientes, cansados, un poco hastiados. Le recuerdan a los Parr la franja de destrucción que dejaron a su paso y además, que el edificio que acaban de salvar, se encuentra bajo las bondades de un cuantioso seguro. En resumen: ya los héroes no son necesarios, mucho menos indispensables. Agua pasada y reconvertida en una curiosidad pop a la que nadie presta demasiada atención. Con la misma sutileza que Moore en “Watchmen” (que vuelve a ser el referente inmediato de esta pequeña gran epopeya de lo cotidiano), el heroísmo es una rareza innecesaria, una versión de la realidad que a nadie importa demasiado. Para los primeros minutos de la película, la propuesta ya está sobre la mesa y la premisa, muy clara. Ahora sólo necesita construir algo más sólido que la mera idea sobre la heroicidad carente de verdadera utilidad.

Y la película lo hace. Con su juego de pequeñas y extrañas ironías, la película avanza entre autoreferencias — la mera mención al seguro del Banco destruido de la primera escena nos recuerda que la identidad secreta de Bob Parr, Mister Incredible solía ser empleado descontento de una aseguradora — y también, en medio de la percepción del poder como una forma de expresión lineal de una época que no comprende bien lo esencial sobre el héroe tradicional. El mundo tradicional de los Parr, creado por Brad Bird con minucioso detalle y esa plana sencillez de lo cotidiano, encuentra en “The Incredibles 2” un reflejo extravagante pero sobre todo, un aire renovado que aunque no supera a la película original, si brinda cierto aire de asombro sin llegar al virtuosismo de esa gran explosión dinámica que asombró a la audiencia en el 2004. Y mientras en la primera película la identidad de la familia de superhéroes era secreta y debía ser protegida — lo que obligaba a los Parr a malvivir bajo un disfraz hogareño que provocaba una desigual frustración en cada miembro de la familia — su secuela disfruta ampliando el Universo y creando algo más elaborado y complejo. La vieja casa anónima de los suburbios se convierte ahora en algo mucho más elegante y lujoso, una Mansión que con cascadas y un aire retrofuturista que deja muy claro, que la familia Parr no está dispuesta a ocultarse otra vez o al menos, no de la misma manera en que les habían obligado hacerlo hasta entonces.

La película continúa siendo una fantasía atemporal que sin embargo, podría ubicarse de una manera u otra — ya sea por detalles de diseño o por mera deducción visual — en la década de 1962, como sugieren las líneas rectangulares y abierta de los automóviles, las ropa sencilla y pulcra pero sobre todo, la decoración repleta de estampados y pequeños puntos focales romboides que recuerdan sin duda a la segunda mitad del siglo pasado. Esa visión tiene su encanto, su versión de la realidad y sobre todo, su profundidad al momento de narrar una historia que no depende de la época, sino más bien, de la combinación sensorial y de ideas que confluyen en el argumento. Porque a pesar de los catorce años transcurridos, el espectador de inmediato se reconecta con la acción como si en realidad la original y la secuela, fueran parte de una misma cosa, levemente diferenciadas por los apreciables avances técnicos de la animación. Pero además de eso, Bird deja muy claro que el tiempo interior de la historia ha transcurrido y lo ha hecho, bajo la concepción de algo más profundo: el mito del superhéroe se ha transformado de tantas maneras distintas que parece ubicuo y definitivamente omnipresente. Por extraño que parezca, Bird lucha contra la amenaza de Syndrome, el espléndido villano de la primera, cuya frustración y odio parece encajar de pronto en la premisa entera de la película dentro de un Universo saturado de propuestas idénticas: “Cuando todos sean súper, nadie lo será”.

Pero “The incredibles 2” supera el escollo con elegancia y una profunda gallardía amable: sin importarle los debates sobre los superhéroes o el hecho de su existencia, la idea de y la plenitud argumental del film, se sostiene sobre una coexistencia amable y persistente, que construye un reflejo de la realidad de enorme inteligencia conceptual. Sin que importe demasiado el ánimo colectivo, las discusiones sobre el heroísmo o mucho menos, la versión del héroe machacada y reconstruida en pantalla durante la última década, “The Incredibles” funcionan como lo que son: una familia que evoluciona, madura, crece y se hace cada vez más singular en sus pequeñas versiones de la realidad.

Bird se burla con inteligencia de ideas que llevan machacándose demasiado tiempo en pantalla (la necesidad de una figura poderosa, el rescate, el verdadero villano detrás de las aparentes buenas intenciones, una percepción común sobre los temores generales sobre las grandes corporaciones), pero también, de los roles de género, la noción de la identidad en medio de una época opaca y homogenizada. En conjunto “The Incredibles 2” es una secuela que aprovecha lo mejor de la película original pero además, encuentra una forma de dejar muy claro, que las grandes historias sobre la permanencia, la emoción y los vínculos esenciales siempre encuentran una forma de expresar ideas Universales. Quizás el mensaje más contundente de una película pulcra, inteligente pero sobre todo, emocionalmente compleja. Todo oculto bajo la identidad secreta de una aparente película infantil.

jueves, 14 de junio de 2018

El mundo en un balón y otras historias íntimas.




Mi abuelo materno era un gran fanático del fútbol. Tanto como para sintonizar todos los partidos de liga italiana, española — e incluso la inglesa — y gritar con el mismo entusiasmo por la Juventus, el Real Madrid y el Arsenal Football Club. Para mi abuelo no había diferencia: el fútbol era el fútbol en cualquier idioma y había una magia extraordinaria en esa estrategia refinada y potente de cualquier oncena sobre el campo de juegos. De manera que uno de mis primeros recuerdos de la infancia, es la imagen de mi abuelo dando palmadas frente a la pantalla del televisor, animado con pasión y euforia al equipo de turno, al mismo tiempo que trataba de explicar a su nieta neófita los rudimentos del asunto.

— ¿Ves ese pase? Limpio y directo. El Fútbol es pura geometría — me decía durante aquellos domingos calurosos y llenos del bullicio de los almuerzos familiares — si sabes mirar, vas a encontrar que se trata de un deporte no sólo de habilidad sino de algo mucho más inteligente. Es como el ajedrez, pero sobre un campo minado de obstáculos.

Mi abuela, que solía escuchar de cerca, ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario levemente irónico sobre la pasión desenfrenada — no había otra forma de llamarla — de abuelo por el llamado “deporte rey”. No había otro manera de explicar la forma en que mi abuelo degustaba no sólo el juego como espectáculo, sino lo que parecía ser sus infinitas ramificaciones como una forma de sofisticada estrategia deportiva. El caso era que para mi abuelo, el fútbol no era solamente un deporte — como supongo no lo es para ningún fanático — sino también, una forma de comprender la vida. Una afición que tenía mucho de obsesión y también de maravilla.

Claro está, como buen inmigrante, abuelo seguía conservando sus pequeños tesoros del terruño y uno de ellos, era su férreo apoyo — solidaridad, complicidad, en ocasiones una fidelidad desconcertante — por la selección española. La célebre y malograda “Roja” que tantas angustias, placeres y sinsabores regaló a su fanaticada y que durante cada Mundial, despertaba las esperanzas sobre un gran, esperado y ansiado triunfo que tardaba demasiado en llegar. Para mi abuelo, La Roja era una especie de oncena mítica, una combinación de fuerza, perseverancia y poder que nadie reconocía y mucho menos, comprendía del todo. Durante años, mi abuelo espero con la fe del buen creyente, y la esperanza de un ferviente admirador, que la tradicional Furia Roja, ganara la copa del Mundo. Un bello recuerdo: esas tardes donde el fútbol lo era todo, la emoción y la expectativa de esperar el pequeño milagro que se retrasó una y otra vez. Mi abuelo se inclinaba frente a la vieja poltrona del salón, las manos apretadas y empapadas en sudor nervioso, los ojos muy abiertos, dirigiendo a gritos a los jugadores, celebrando sus aciertos y lamentando sus torpezas. Al final, el resultado era siempre muy semejante: una desilución melancólica que le dejaba enfurruñado y enfurecido por días enteros. Pero mi abuelo era inquebrantable. No hacía más que repetir: “Ya verás, solo es cuestión de tiempo. La roja se lo trae (la copa) a casa. Ya lo verás”

Por supuesto y en medio de tanto frenesí, terminé volviéndome fanática de la Roja. Casi sin querer. Simplemente escuchando a mi abuelo repetir los nombres de los jugadores y equipos, de señalar las jugadas, de mostrar lo que podía dar de sí aquella emocionante batalla entre oncenas la mayoría de las veces, llenas de una euforia similar a la de su público. Aprendí que Isidro Lángara marcó 17 goles en sus 12 partidos con la selección de España, que Ricardo Zamora fue figura prominente y popular de la Selección Española. Que la especialidad de Telmo Zarra era los remates de cabeza y que gracia a eso, ayudó a la Roja a ganar ante Inglaterra en el Mundial de Brasil de 1950, que fue además, la primera vez que la selección clasificó como entre las cuatro mejores del mundo, un logro que España entera celebró con un bacanal monumental de sangría y jamón serrano. Que el gran Luis Suárez se convirtió a mediados de 1964 en el jugador más conocido de la selección y lo fue durante quince años, además de lograr el récord de 13 goles en 32 partidos y llevar a la Roja a su primer titulo continental. Que el mítico Emilio Butragueño — El delantero madrileño que se convirtió en figura pública tan extraordinaria que llegó a considerarse el primer ciudadano de España — marcó 26 goles en 69 partidos con La Roja y que sin duda, se consagró como el gran héroe del fútbol español en el Mundial de México de 1986 ante Dinamarca (5–1), donde marcó cuatro de los goles que llevaron a la selección al triunfo. Y por supuesto, me habló docenas de veces sobre su ídolo indiscutible el gran Raúl González, que disputó los Mundiales de 1998, de 2002 y 2006, participó en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, las Eurocopas de 2000 y 2004 y fue el diestro capitán de La Roja desde 2003 hasta 2006.

— En total jugó 102 partidos y marcó 44 goles para la Roja — me explicó mi abuelo en una oportunidad — ¡Todo un portento!

Su expresión de júbilo me hizo reír pero también, me provocó una íntima tristeza. Con ochenta y dos años, abuelo comenzaba a mostrar los primeros síntomas del Alzheimer y olvidaba cosas de su vida de a poco, como si su identidad comenzara a erosionarse con lentitud en una espacio vacío y anónimo al que yo no podía llegar. En ocasiones no recordaba el nombre de mi fallecida abuela o el lugar en el que había nacido. Y más de una vez, miraba mi rostro como si no supiera con exactitud quién era la desconocida que le sonreía con cariño y escuchaba con paciencia. Pero no olvidaba aquellos datos de extraordinaria precisión sobre su pasión más querida, la que nos había unido tantos años, la que me nos había obsequiado una especie de vínculo secreto entre ambos que suponía, luchaba contra el tiempo y el olvido. En esa ocasión, me tomó de la mano y siguió hablándome de todas las virtudes y debilidades de la Roja, de todas las cosas que le alejaban de la Copa. Del hecho que siempre parecía muy cerca pero nunca capaz de alcanzar la dorada y preciada Copa Jules Rimet, aunque ya nadie le llamaba así y de hecho, poca gente recordaba ya que ese había sido su nombre oficial hasta que Brasil terminó por apropiarsela en lo años ’70. Pero por supuesto, no se me ocurrió corregirlo, sino que le tomé de la mano, ya muy delgada y sarmentosa y sonreí, asegurandole que la Roja lo lograría pronto. Que alguna vez el equipo nos daría la alegría, a pesar de los años de decadencia.

— ¡Lo hará! — me aseguró con los ojos muy abiertos y brillantes, como los de un niño entusiasmado — ¡Lo hará! La Roja es invencible.

Sin dudarlo, le aseguré que así sería. Mi abuelo me apretó la mano con cariño y otra vez, como había ocurrido tantas veces durante los últimos meses, me preguntó mi nombre y quién era. Si trabaja en la Clínica de cuidados Geriátrico en la que se encontraba recluido y que si me gustaba el fútbol. Contuve las lágrimas y le respondí con paciencia, aterrorizada y enternecida por aquel no existir, por ese silencio en su mente que no llegué a comprender muy bien. Por esa despedida lenta que poco a poco, le hacía desvanecerse en el olvido.

***

Con frecuencia, suelo ser bastante discreta sobre mis conocimientos sobre el fútbol, no sólo porque me resulta una especie de placer privado sino porque además, debo lidiar con el machismo tradicional de mi país que no parece tomarse muy bien mis fanatismo. O al menos, así me ocurre con frecuencia. La primera vez que mi primer novio de la universidad me escuchó debatir sobre las bondades de la dupla Maradona y Caniggia, me miró estupefacto y con una sonrisa burlona.

— ¿Y de donde sale todo esto?

No era la primera que un hombre me hacia una pregunta semejante. Durante la adolescencia, varios de mis amigos más cercanos me escuchaban boquiabiertos hablar sobre tácticas de equipo: de explicar con detalle las tácticas de espacio libre para aliviar la presión y construir un nuevo ataque cuando las líneas defensivas del equipo rival se hacían muy cerradas. Insistir en obligar a cambiar tácticas en mitad del juego, lo que suele desbarajustar a cualquier estrategia previamente planificada. La primera vez que lo hice, mi primo mayor me dedicó una larga mirada apreciativa, como si de pronto pasara de ser la niña flacucha e irritante que apenas soportaba, a uno de los suyos.

— Sabes sobre fútbol — dijo en voz baja y sorprendida. Sonreí.
 — Algunas cosas.

Es un prejuicio muy viejo ese: el de creer que lo femenino tiene poca o ninguna relación con la pasión deportiva o incluso, la mera actividad física, la competencia, el arrojo, esa agresiva energía que se asocia con frecuencia a los deportes. Uno de mis profesores solía decir que quizás se trataba de alguna reminiscencia de esa idea determinista que insistía en la mujer como una figura pasiva, exclusivamente dedicada al cuidado de los hijos y el hombre cazador. Pero había algo más: el deporte parece ser territorio exclusivamente masculino, una especie de espacio privilegiado vedado para las mujeres por razones poco claras o incluso infantiles. O eso es lo que he aprendido, cada vez que dejó traslucir que mi pasión por el fútbol es tan ardiente como la de cualquier fanático y que tiene una relación directa — emocional, privada — con ciertos aspectos de mi vida, de como recuerdo mis historias más íntimas y sobre todo, como asumo mi manera de vivir. Mi psiquiatra, que tiene un humor festivo y profano, insiste de vez en cuando que una mujer que ama el deporte es una especie de criatura mítica que los hombres idealizan hasta crear una especie de noción casi inexistente sobre su posibilidad. La idea siempre nos hace reír a ambas.

— Se trata de rituales personales y sociales, claro está — me comentó en una ocasión, cuando le hablé de la ruptura con el novio universitario que me escuchaba hablar de fútbol con la boca entreabierta — una forma de comprender lo que somos como pequeñas estructuras de comportamiento, que es de donde nace el estereotipo y sobre todo, lo que sostiene la percepción sobre terrenos inaccesibles para la mujer. Es muy latino eso, además. En norteamérica por ejemplo, el Soccer es un juego muy popular entre las niñas y de hecho, se considera un deporte femenino.

Cuando leí sobre el tema, me resultó toda una revelación. No sólo la noción sobre el fútbol que había en norteamérica, sino la diferencia con la nuestro continente, donde es casi una devoción muy cercana a lo religioso. En EEUU se le considera un deporte menor, una actividad extracurricular, una hobbie deportivo en las que muy pocas ocasiones se recibe una beca para grandes Universidades. Las jugadoras deben luchar justamente con el mismo prejuicio de latinoamérica pero en sentido inverso, lo que hace que el tema me pareciera más complejo, extraño y fascinante, pero sobre todo, síntoma de algo más enrevesado y comprensible: ¿Por qué el deporte parece engendrar un antiguo prejuicio sobre lo que pueden o no hacer las mujeres?

— Ah, es cosa vieja. Aquí el rey de los deportes es el Fútbol Americano, muy macho, muy relacionado con el valor físico, con el triunfo social — me explica mi amiga B., cuando le hablo sobre el tema — una especie de cumbre de la fortaleza física y el poder del macho americano. En comparación el Soccer es muy poca cosa. O mejor dicho, incapaz de hacerle mella a su popularidad. Una especie de curiosidad latinoamericana o en el mejor de los casos Europea.

— ¿No se considera un deporte entonces? — pregunto sorprendida. Ella, que conoce mi pasión por el tema, suelta una carcajada.

— Claro que sí. Sobre todo en los últimos años y sobre todo, después de ser anfitrión de un Mundial. Pero el interés sigue siendo muy poco en comparación con otros deportes y especialmente con el imbatible fútbol Americano.

B. Emigró a Nueva York con su familia hace casi casi veinte años y ya es madre de una niña de doce, que claro está y siguiendo la tradición, juega fútbol “soccer”. Me cuenta que se trata de una especie de tradición muy estadounidense y además, que se toma con toda naturalidad. Las niñas practican soccer o atletismo, mientras los chicos hacen todo lo posible por convertirse en Quarterback. La idea me resulta tan extraña como divertida y me echo a reír.

— Tal vez debiste nacer en este país. Ya serías como Alex Morgan — me dice, refiriéndose a la jugadora del equipo de futbol femenino norteamericano Portland Thorns.
 — Mejor como Deyna Deyna Castellanos — insisto, refiriéndose a la futbolista venezolana que juega como delantera en Florida State University, de la NCAA. Mi amiga vuelve a reír.

En Venezuela , el fútbol es una pasión veleidosa, que jamás ha sobrepasado al fanatismo por baseball pero que durante la última década ha logrado alcanzar cierto nivel de popularidad gracias a la querida “VinoTinto”, la selección nacional que llevó cierta esperanza sobre una posible participación mundialista la década pasada. A pesar de las derrotas — y que el sueño de la clasificación desapareció con rapidez — la selección sigue siendo centro de un grupo de fanático leal y ferviente que espera lograr el milagro mundialista en el futuro. En paralelo, la selección juvenil sub diecisiete y la llamada “Vino Tinto” femenino ha cosechado todo tipo de triunfos y buenas expectativas, lo que ha hecho que de pronto, el Fútbol ocupe un nuevo sitial como obsesión nacional.

— Este es un país de inmigrantes — dice mi tio abuelo cuando se lo comento, mirando con atención las lista de seleccionados que llevará La Roja al mundial Rusia 2018 — el Fútbol es una pasión que se lleva en la sangre, se lleva a donde sea que vayas. Lo disfrutas como una celebración que muy poca gente comprende.

Tiene razón, claro está. Venezuela fue en algún momento un país próspero, ideal para la emigración en grandes grupos familiares. Y por supuesto, el fútbol es una de esas herencias, esas grandes historias que se llevan a cuestas de un país a otro. Las reminiscencia de esa época de oro ahora es muy poca, muy limitada, muy poco representativa de lo que fue, pero sigue allí. Y el Fútbol es una de esas expresiones que siguen siendo simbólicas, elocuentes, muy importantes para los Venezolanos que aún recuerdan sus herencias y raíces. Esa vieja historia que sustentó a la Venezuela mestiza y variopinta por tantos años.

— Una celebración masculina — le contesto, como quien no quiere la cosa. Mi viejo y anciano tio, suelta una de sus carcajadas, que le hacen parecer tan joven.
 — ¿Y que hace una mujer hablando de fútbol?
 — Yo lo hago.
 — Eso es otra cosa.
 — Es es machismo.
 — Es la vida. A las mujeres les interesa cualquier otra cosa.

Cuando escucho algo semejante siempre pienso en tres cosas: En mi amiga E. que no solo tiene un conocimiento enciclopédico sobre baseball, fútbol y cualquier deporte que incluya una pelota, sino también en mi amiga J. que además de ser madre, esposa y buena profesional, es además una apasionada de la Vino Tinto y lo demuestra siempre que puede. No solo ha asistido a cada partido posible de la oncena durante las eliminatorias — incluyendo los internacionales — sino que para ella, la representación de fútbol de nuestro país representa lo mejor de los colores patrios. Además, está mi amiga N., entusiasta del deporte en todas sus manifestaciones y una aventaja ciclista. Son tantos los ejemplos que demuestran no solo el interés sino la pasión del sexo femenino por el deporte, que me pregunto si quien insiste en el particular habrá comprendido que el deporte para la mujer actual es otra manera de expresión y sobre todo de disfrutar de esa renovada visión sobre su cuerpo y el poder sobre su propia identidad.

Pero no le digo nada de eso al viejo cascarrabias que frunce las cejas canosas y anota prospectos y posibles proyecciones de lo que ocurrirá en el venidero Mundial. En lugar de eso, le tomo de la mano, le doy un apretón amoroso y seguimos leyendo juntos las alineaciones. Como antes, como siempre. Cosa de familia.

***

Mi abuelo murió en el 2008 y en medio del dolor de su pérdida, tuve el extraño y casi infantil pensamiento que a dos años del mundial, quizás había perdido la oportunidad de ver a La Roja triunfar. O quizás se trataba de mi esperanza y la suya, convertidas en una sola cosa. La última vez que le vi, me tomó de las manos y me miró con sus ojos como de niño, que ya no me reconocían.

— El mundo es redondo como una pelota de fútbol — me murmuró. Una frase que apenas comprendí, farfullada entre tartamudeos. Le besé los dedos, con los ojos llenos de lágrimas.
 — Y rueda igual de rápido.
 — Así es.

Por supuesto, así lo era. Lo pensé sentada junto a su tumba — un lugar apacible, rodeado de hierba verde y bajo un cielo azul cristalino — pensando en nuestras conversaciones, en las tardes de debates y discusiones, en los dolores y decepciones que la gran Roja había traído aparejada entre el fanatismo saludable y ferviente. Me conmovió ese recuerdo tan viejo, ambos sentados frente a la pantalla de un viejo televisor enorme de cuerpo ancho, gritando y dando palmas por las hazañas de los jugadores. Una pasión muy antigua, muy querida, por completo entrañable.

***
Me encuentro sentada frente al televisor. Las manos apretadas contra el vientre y los dedos húmedos de sudor nervioso. En la pantalla, la Roja alza finalmente La copa, en medio de una algarabía estruendosa que contrasta con el silencio que me rodea en mi apartamento. Algún vecino grita: “Esa es la Roja, Carajo” y una discreta celebración se escucha en alguna parte de la calle. Pero yo celebro sola, sintiéndome niña de nuevo, llevando la camisa y gritando a todo pulmón por una celebración que sé en alguna parte, mi abuelo comparte conmigo.

Y aunque espero que algún Mundial venidero pueda llevar con enorme orgullo la franela Vino Tinto y gritar Gol hasta quedarme sin voz por mi País, por ahora sigo llevando la camisa de la Roja, enviando un silencioso mensaje a una antigua herencia, una vieja celebración, una pasión que heredé casi sin querer.

miércoles, 13 de junio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todo lo que debes saber sobre los símbolos, ritos y referencias mitológicas de la película “Hereditary” de Ari Aster (con Spoilers)





¿Que nos provoca miedo? ¿Se trata de un elemento tangible o simplemente una visión del bien y del mal llevado a un terreno sobrenatural? En una de las escenas de la película “Hereditary” del director Ari Aster, la magnífica casa de muñecas construida por el personaje de Toni Collette reluce en la oscuridad, resplandeciente de vida propia. Tal vez la tiene o tal vez no. O sólo se trata de un símbolo. Después de todo, el ojo narrador del argumento aprende junto a la familia el fenómeno que está ocurriendo en medio de un duelo agrio y doloroso que poco a poco se transforma en algo aterrador. De pronto, la diminuta escala de la vida hogareña de la familia, refleja no sólo sus sufrimientos sino también, un terror antiguo y posiblemente inexplicable. Una mirada al futuro inmediato en que la historia tomara un giro definitivo hacia la oscuridad.

El director ha dicho en más de una ocasión que la película no está pensada para ser comprendida de inmediato y mucho menos, para asimilarse como un conjunto sino como una serie de pequeñas estructuras, que juntas, crean un tipo de horror originario difícil de explicar a primera vista. Se trata de una forma de narrar que se sustenta sobre el misterio y una meditada comprensión sobre el misterio como elemento constitutivo del argumento. En una reciente entrevista, el director admitió que el guión y la dirección se combinan para elaborar una percepción sobre el mal tan poco clara que sea imposible de definir a primera vista.“En cierto modo quería hacer una película de conspiración sin exposición”, por lo que las líneas narrativas avanzan con cuidado, sin cruzarse unas a otras y sosteniéndose sobre las diversas explicaciones a fenómenos paranormales, convertidos en pequeñas y dolorosas visiones del tiempo y de los espacios en la que la familia debe lidiar con el horror. “Estamos con estas personas que no saben lo que está sucediendo, y estamos con ellos en su ignorancia”. Para Aster es de enorme importancia que esa ignorancia sustente el enigma y por ese motivo, elabora una serie de pequeños misterios que se entrecruzan entre sí para crear algo más complejo, complicado y duro de comprender a primera vista.

¿Y cuales son los símbolos que utiliza el director/guionista para crear un ambiente enrarecido y una atmósfera casi irrespirable, preludio de un terror más profundo? Los siguientes:

Un Demonio poco conocido: El Centro de un pacto silencioso.
Durante toda la película, la historia deja entrever que la madre muerta del personaje principal, sostuvo algún tipo de pacto con una entidad llamada Paimon o Paymon, que de acuerdo a diversos mitos y leyendas es un demonio especialmente poderoso, que tiene por misión “supervisar las cuatro direcciones cardinales” A través de varias fuentes esotéricas, se dice que tiene bajo su mando “legiones de demonios” y se le suele representar a lomos de un camello (tal y como se le muestra en la película). También se dice que es capaz de “manipular, influenciar y controlar a los demás), por lo que la analogía utilizada por Aster para demostrar la influencia del mal sobre la familia en el film, tiene una relación directa con esa capacidad para confundir y aterrorizar desde símbolos mentales y espirituales levemente inconclusos. De la misma forma que Annie (el personaje de Toni Collette) es incapaz de comprender las piezas sueltas de información que va encontrando a su alrededor, la presencia o insinuación del demonio — y en específico de Paimon — es una forma metaforizar el miedo como una estructura de confusión en la percepción de lo real y lo benigno.

Notas, libros misteriosos y otras versiones sobre Grimorios:
La película “Hereditary” juega con con la idea de una conspiración que apenas puede entreverse en medio de lo que parece ser un ritual de largo alcance, que la madre de Annie comenzó — o al menos llevó a cabo — muchos años antes de su muerte y que sin duda, involucra a su familia. Para el director, era de especial importancia crear la sensación que había una constant y dura vigilancia alrededor de la familia pero que además, había una percepción consciente que algo inexplicable estaba sucediendo en medio de la casa, como centro esencial del argumento. De pronto, la paranoia de Annie parece transformarse en una idea muy precisa sobre sucesos y eventos inexplicables que construyen una ruta enrevesada hacia un secreto inquietante. Como por ejemplo, las notas, cuadernos y todo tipo de pequeñas alusiones a un ritual estructurado que se lleva a cabo a través de la película. Como si se tratara de un hilo conductor, todas las pequeñas pistas que el director esparce a través de la trama, conducen hacia una idea persistente: el mal tiene un objetivo y ese objetivo, es lo bastante terrenal como para remitir a los antiguos pactos demoníacos medievales que según la tradición, otorgaba a quien lo realizaba todo tipo de tesoros y conocimientos a cambio de su alma. La percepción del mal en “Hereditary” es lo bastante simple como para analizarse sobre la naturaleza de lo malévolo como esencial, de manera que el ritual y todo lo que envuelve tiene una evidente concepción sobre el misterio de un proceso mágico que no se revela pero cuyas consecuencias estamos notando de forma muy evidente.

Una posesión progresiva:
En “Hereditary” es evidente que hay un secreto que guardar, pero el director se toma todas las molestias necesarias no sólo para ocultarlas sino además, construir una visión sobre lo temible basado en lo que el espectador no puede descubrir por sí solo. De la misma que Annie — que atraviesa la película tratando de comprender la idea que su madre era una mujer por completo distinta a la que conoció — el público debe asumir muy pronto que los enigmas en la trama son formas de expresión de una versión de lo sobrenatural basada en rituales o en lo que parece ser más inquietante: en una posesión que al parecer se lleva a cabo a lo largo de la historia. Se trata de los giros argumentales más inquietantes de toda la película y que supone una nueva interpretación del terror como idea conjuntiva. La madre de Annie escoge a su nieta Charlie como una especie de víctima propiciatoria y lo hace desde sus primeros meses de vida. Para cuando llega el momento de su muerte, es obvio que hay una transformación lenta y progresiva en la niña, hasta el punto en que la historia parece sugerir que se trata de un elemento en medio de un intrincado ritual del que no tenemos noticia sino a través de pequeñas muestras de información. De hecho, toda la idea parece resumirse en una de las escenas más perturbadoras de la película, en la que una de las miniaturas de la casa a escala, parece sugerir que la madre de Annie incluso amamantó a Charlie siendo un bebé, lo cual remite a viejos rituales celtas sobre la fertilidad y el poder de la madre sobre el hijo. Mucho más inquietante aún resulta el hecho que la Madre de Annie tenía todo tipo de rituales “privados” e incluso una idea abierta a interpretación sobre el hecho de su propia maternidad. Después de todo, la película plantea bien pronto que la madre de Annie había intentado algún tipo de ritual incomprensible con uno de sus hijos, que terminó suicidándose a los dieciseis años y dejó una nota en la que insistía que su madre “Había intentado introducir a alguien en su interior”, la primera gran prueba que algo mayor, más siniestro y está elaborado está ocurriendo alrededor de la película. De hecho, Ari Aster lo aclara en una entrevista: “La película trata de un ritual de posesión de larga duración que se ve desde la perspectiva de los corderos sacrificados”.

Desde la paranoia:
De la misma manera que Roman Polanski lo hizo en su oportunidad, “Hereditary” juega con la idea de una conspiración silenciosa que no termina de ser del todo clara y que por momentos, parece fruto de la imaginación de Annie o cualquier otro miembro de su familia. De hecho, el punto de vista del narrador cambia y se transforma en tal medida que para el segundo tramo de la película, no tenemos una idea clara de lo que está sucediendo o quién acecha a la familia, cada vez más abrumada por todo tipo de sucesos inexplicables y enrevesados que parecen suceder al margen de la trama principal. Desde las primeras escenas, el guión deja claro que hay todo tipo de sucesos extraños alrededor de la madre de Annie y su comportamiento, pero que también, que el punto de vista del narrador no es del todo confiable. Cuando las situaciones inquietantes comienzan a sucederse una tras otra, el punto de vista narrativo se transforma en una especie de visión triple sobre lo que podría estar ocurriendo ¿Es Annie la que está llevando a cabo todo lo extraño que ocurre a su alrededor? ¿O se trata de los extraños conocidos que de vez en cuando irrumpen en escena y que parecen estar directamente relacionados con su madre? Para Ari Aster, lo esencial de este narrador poco fiable argumentativo es la posibilidad que el espectador deba cuestionarse que es lo que está ocurriendo y analizar varios puntos de vista a la vez “Se supone que la audiencia sospecha que podría ser Annie pero que también podría tratarse del culto, como origen de todas las situaciones inexplicables. Pero se supone que debes sentir a través de la película que hay personas en la periferia que están observando a esta familia y que están revoloteando afuera” dijo Aster en una reciente entrevista a la página web Vulture. Resulta evidente que para el director, la necesidad de refractar la narración en pequeñas líneas que se cruzan entre sí, crea una percepción novedosa sobre el terror y se sostiene desde una concepción lineal sobre la maldad como ingrediente esencial de cada suceso.

El fuego, grimorios y otros misterios:
Ari Aster crea para su película una cuidada mitología basada en el ocultismo y también, en la percepción de lo maligno como un ente primigenio y consciente. De forma que utiliza antiguas referencias sobre rituales elaborados para dotar al argumento de una atmósfera malsana, inquietante y abrumadora. Desde el libro que se incendía para autoprotegerse hasta la noción de la casa de muñecas como una conexión mistérica con los miembros de la casa, la percepción sobre el bien y el mal en “Hereditary” tiene una evidente relación con el tiempo que transcurre y el mal como entidad persistente y con voluntad. De la misma forma que las antiguas leyendas y crónicas medievales sobre brujería, lo sobrenatural en la película se mezcla con la percepción del poder creado y concebido como forma de sujección de la voluntad y la compresión del culto, como un reflejo de los perturbadores sucesos que rodean a la familia hasta crear un cerco imposible de evadir.

La decapitación como símbolo de poder:
En varias escenas de la película, la decapitación — en el sentido más literal — parece ser un símbolo de transición a estados más elevados de conciencia, una reminiscencia a antiguos mitos Babilónicos en las que se decapitaban estatuillas a escala de hombres y mujeres para liberarlos “de horrores” o más adelante, la forma en que supuestas brujas creaban una conexión directa con quienes se encontraban bajo su influjo. Y aunque el director insiste en no revelar porque usó en tantas ocasiones la decapitación como una forma de expresión del bien y del mal, es evidente que su intención es añadir un elemento mitológico al misterio pero sobre todo una percepción real sobre la conexión mente y cuerpo que sostiene a todo ritual mistérico. En “Hereditary” hay una clara visión sobre el horror como una forma de expresión mágica y el culto como una expresión del yo expresivo e individual. Toda una concepción nueva sobre la forma de comprender el miedo como parte de una idea personal.

Con toda su carga simbólica pero sobre todo, su expresión consistente sobre el terror y sus diferentes ramificaciones “Hereditary” es quizás una de las mejores películas de terror de la década. Pero más allá de eso, es una reflexión sobre lo que nos asusta, nos inquieta y nos hace una versión de la realidad más compleja y elaborada. Una concepción ideal sobre lo que creemos y sobre todo tememos, como una expresión figurativa del mal en estado puro.

martes, 12 de junio de 2018

Del dolor y otros misterios: Todas las razones por las que el duelo por una mascota que muere es necesario y profundo.

Leonardo Berlutti 2002 -2018



Dos días antes de morir, mi gato me dio una furiosa mordida en la mano izquierda. Me sujetó con sus pequeñas zarpas y me clavó los dientes en la palma de la mano. Grité de dolor y él sólo me miró, sus enormes ojos azules muy brillantes y vivos. El cuerpo delgadísimo ya, tenso de furia.

— ¡Suéltame! — grité sacudiendo la mano — ¡Leonardo, basta!

Intenté zafarme de él sin hacerle daño pero no lo logré, de manera que tuve que permitir siguiera mordiendo en lo que pareció un tiempo interminable. Finalmente me soltó y se quedó tendido en el suelo, respirando con dificultad. Tan pequeño, tan frágil. Del hermoso gato que había sido, se había consumido hasta transformarse en una criatura pequeña, tan débil que le llevaba esfuerzos respirar. Me aparté temblando, con la mano sangrando y de pronto, comencé a llorar. Hacía casi dos semanas que no dormía más de dos horas cada noche cuidandole y el cansancio acumulado, la preocupación y el miedo parecieron estallar al mismo tiempo, en un llanto nervioso e imparable que me dejó sofocaba y angustiada. Leonardo sólo me miró — los ojos enormes y azules, aún muy despiertos — y luego, en lo que pareció un esfuerzo titánico, se puso en pie y salió de la habitación, con un paso lento y tambaleante. Para entonces apenas podía sostenerse en pie por los dolores, pero yo no lo sabía. El cáncer que le mataría unas horas después, le había provocado anemia, una inflamación casi insoportable en el vientre y confusión cognoscitiva. Pero aún así, tuvo fuerzas para salir de la habitación, sin mirarme. Arrogante. Mi malcriado, pensé llorando, con la mano apretada contra el pecho. Mi principe loco.

La mano siguió sangrando por algunos minutos. De hecho, tuve que envolverla en un improvisado vendaje, mientras el dolor me paralizaba la muñeca y los dedos. A pesar que era un gato de mal genio y muy agresivo, Leonardo nunca me había mordido de esa manera, pensé aún sin parar de llorar, mirando la sangre diluirse en espirales color rosa en la porcelana del lavamanos. ¿Estaba tan dolorido? ¿Tan furioso? Apreté los dientes y sentí que el dolor brotaba como un estallido. Un mes antes, había perdido a mi gato más pequeño por una súbita infección urinaria. Todavía tenía dificultades para aceptar lo que había ocurrido y de hecho, todo lo que estaba pasando — la muerte de Damian, el súbito diagnóstico de Leonardo — parecía un mal sueño. Una de esas pesadillas recurrentes y ansiosas que te hacen despertar sin aliento. Leonardo había empeorado mucho después, a pesar que llevaba meses deteriorándose a ojos vistas, no sólo por el cáncer que sufría — o la sospecha que podía sufrirlo — sino por su edad. Casi dieciseis años, pensé llorando con los dientes apretados. Dieciséis años. Toda un vida. Y ahora…estaba tan cerca de ¿qué? ¿Una despedida? ¿Tomar una decisión? No me atreví ni a pensarlo.

Volví a mi estudio, aún llorando, con la mano tan hinchada que apenas podía mover los dedos. Y encontré a Leonardo allí. Estaba de pie, los ojos muy abiertos, mirándome de frente. Una mirada limpia, muy semejante a la que tenía cuando le vi por primera vez, a los tres meses de edad. Me quedé muy quieta, un poco sorprendida. Estaba erguido y volvía a parecer fuerte, a pesar de su delgadez y el pelaje estropeado. Entonces maulló — un maullido lento, dulce, que pocas veces le había escuchado — y se acercó a la silla en la que estaba sentada. Frotó su cabeza contra mi rodilla. Maulló de nuevo. Me miró. Y supe, con esa ligereza natural de los momentos inolvidables, que se despedía de mí. Que quizás, no moriría ese día ni tampoco el siguiente, pero que Leonardo, mi gato, mi mejor amigo por casi dieciseis años, mi pequeño tesoro, estaba diciéndome adiós. A su manera extraña, quizás sin sentido para nadie más. Una despedida que era sólo nuestra. Con la mano aún temblando de dolor, le levanté en brazos — apenas pesaba ya — y lo envolví en el suéter que llevaba puesto. Lo apreté contra el pecho y volví a llorar, despidiendome también, si es que uno puede despedirse de su propia historia. De su vida, de sus recuerdos con tanta facilidad.

***

Mi psiquiatra me mira con amabilidad mientras continúo en silencio, hundida en la silla de su oficina. Desde que llegué, no he dicho gran cosa. Leonardo murió hace dos días y tengo la sensación que el mundo se detuvo, que estoy rota a dos mitades, que un dolor abrasador e insoportable, me recorre de un lado a otro. He tomado un sedante suave — recomendación suya — y tengo una leve sensación de irrealidad, como si todo lo que estuviera ocurriendo fuera una especie de sueño muy realista, muy duro de asimilar. Pero está ocurriendo, sin duda, me digo con toda la dureza que puedo reunir. Mis gatos murieron con diferencia de apenas un mes entre ambos y ahora, debo de alguna forma reunir el valor y la fuerza de voluntad para asimilar la pérdida, para entender qué ocurre conmigo y sobre todo, para lidiar con un tipo de sufrimiento que no esperaba experimentar jamás.

— Sé que es una trivialidad en medio de todos los dolores que padece este país — digo de pronto, como si la idea se me viniera de pronto a la cabeza — que sólo se trata de mascotas, mientras a mi alrededor Venezolanos mueren de hambre y por carencia de medicinas. Sé que quizás…
 — Es una pérdida, es luto. No invalides tu pérdida ni tu sufrimiento — me interrumpe N. con cierta impaciencia — escucha: cada dolor es distinto, en su proporción y en su forma de comprenderlo. No puedes minimizarlo sólo porque el país es una gran colección de tragedias. No puedes deshumanizarte ni tampoco atacar tu identidad sólo por el dolor colectivo.

No sé que decir a eso. Aprieto los brazos sobre el pecho. Llevo la mano izquierda vendada. Al final, el mordisco final de Leonardo se inflamó por una infección sorpresiva que me mantiene los dedos rígidos, hinchados y doloridos. Como mi espíritu, me digo. Y el pensamiento me parece dramático, inútil, casi ridículo. Pero no puedo evitar sentirme exactamente de esa manera. Vuelvo a recordar esa tarde, su maullido de despedida. Los ojos se me llenan de lágrimas y trato de ocultarlas de N., que no mira a otro lado, sino que me contempla con simpatía y un cariño que agradezco aunque no me atrevo a reconocerlo.

— No puedo creer que haya muerto. Así de simple. Que…de pronto, estaba allí y al día siguiente, ya no está. Que es un vacío — murmuro con la voz rota, cansada. El pecho tenso por un nudo de sufrimiento pequeño íntimo — que…lo perdí. Que no…

Conocí a Leonardo a los tres meses de edad. Era el más avispado de su camada, el más travieso, el que corrió — rollizo y feliz — a mis manos, cuando me agaché para mirar al grupo de gatitos que bebían de su madre. Se me subió a las rodillas y me puso una garra pequeñita contra la barbilla. Los ojos azules como dos pequeñas esferas de cristal azul marino. Recuerdo que me hizo reír tanta osadía, tanta vitalidad. Y desde luego, me enamoré de inmediato. Pensé que aquel gatito me había adoptado con todo el desparpajo de su especie. Ya tenía gatos — de hecho, había uno en casa esperándome — pero era la primera vez que un felino me escogía deliberadamente como su “humana”. Lo cargué, lo abracé y pensé que había algo mágico — en la medida de lo inexplicable y la belleza de la incertidumbre — en aquel encuentro. En ese amor providencial que acababa de nacer. “Primavera de mi corazón” le murmuré, acariandole la cabecita, recordando a Shapeskeare. De inmediato, abrió su boquita sin dientes e intentó moderme un dedo. La primera de muchas mordidas.

— Tu dolor es tan válido como cualquier otro — dijo N., trayéndome al presente — válido, duro y difícil de sobrellevar como cualquier luto. No tienes por qué menospreciar tus sentimientos sólo porque el país se encuentra sumido en una crisis muy dura. Aún somos individuos, aún tenemos vidas y dolores personales. No permitas que nadie te haga pensar lo contrario.

Es difícil no hacerlo. En las interminables noches en que cuidé la lenta agonía de Leonardo, miré por la ventana la calle desolada que rodea en el edificio en el que vivo. Una pareja de indigentes caminaba cada noche alrededor de la medianoche hacia las bolsas de basura acumuladas en la calle y las abría, en medio de un estruendo de latas que rozaban el concreto y vidrios rotos. Los veía extender las manos, enterrarlas en las bolsas de basura pringadas de suciedad, buscar algo que comer. Al otro lado, en una de la torres del edificio. hay dos ventanas con las luces encendidas. La madre de una de mis vecinas sufrió un derrame y no tienen el dinero suficiente para sostener el tratamiento, de manera que le cuidan en casa, rodeada de instrumentos médicos donados y las manos amables de hijos y nietos. Problemas reales, pensaba, tendida en la cama junto a mi gato, que tenía dificultades para respirar, que estaba tan débil que le llevaba esfuerzo incluso beber un poco de agua, por lo que debía intentar la bebiera con una hipodérmica. ¿Cómo puedo comparar lo que me ocurre con tales desgracias? ¿Como puedo?

— Porque también es una desgracia — dice N. cuando le cuento lo anterior — no se trata del motivo del dolor, sino del hecho que te lo provoca, que es real, que lo sientes. Que estás atravesando una situación de estrés insoportable, dolorosísima. Y que tienes todo el derecho a que tu dolor se respete, de la misma manera que tú respetas el de otros.

Hace unos días, leía un artículo que afirmaba que perder a una mascota querida es una experiencia “emocionalmente devastadora”. Es la frase que utilizó y de hecho, la que mejor describe el sufrimiento insoportable en el que me encuentro sumida desde hace más de una semana. También añadía, que la sociedad suele ser muy dura y muy violenta, al momento de juzgar el dolor de la pérdida de un animal amado, por el mero hecho que no coincide con los estándares sobre el dolor y el sufrimiento que se suponen son los correctos en nuestra cultural. Los síntomas de duelo son idénticos en cualquier pérdida y de hecho, ser tan profundos y terribles como para someter a cualquiera a un nivel de ansiedad y angustia difícil de describir. La revista “New England Journal of Medicine” informó que una mujer que había perdido a su perro, experimentó de manera muy vívida el llamado “síndrome del corazón roto” una reacción física que imita un ataque de pánico, incluido un total descontrol hormonal y físico que someten al cuerpo a un tipo de reacción muy semejante a la de una afección cardíaca. Perder a un animal amado implica además, la pérdida de la historia personal, de una serie de fragmentos de historia íntima por completo irrecuperables.

— No sólo eso — dice N. con rostro preocupado — perdiste a una parte de de tu vida que tenía una importancia relevante. No puedes menospreciar tu propio dolor y mucho menos hacerlo, porque creas que es poco conveniente o incluso, sin sentido. Tienes derecho a padecer dolor. Tienes derecho a sentir toda la angustia que la pérdida te está causando.

Silencio otra vez. La angustia me sacude el pecho, el cuerpo entero. Desvio la mirada, intento contener el acceso de pánico que me viene a la garganta. Cuando lo hago, noto que el suéter que llevo, está lleno de pelitos blancos. Leonardo tenía predilección por dormir en mi ropa oscura. Antes de poder evitarlo, vuelvo a llorar de nuevo. Un llanto lento, insoportable. Un peso tan agudo que apenas me permite respirar.

***

Estoy sentada almorzando entre un grupo de amigos que organizaron una especie de reunión de “emergencia” para intentar levantarme el ánimo. Sigo sin poder mover con facilidad la mano izquierda, por lo que una de mis amigas, dedica tiempo y atención a que servir algunos trozos de pastel y una taza de café. Todo un lujo, pienso aturdida, en un país donde la comida es cada vez más costosa y que el mero hecho de llevar a cabo aquella pequeña reunión, supuso un gasto tan desproporcionado como duro de cuantificar. Pero este pequeño grupo de sobrevivientes — así nos llamamos unos a otros — lo hace con la mejor voluntad posible. Y así me obligan a aceptarlo. O casi.

— Entonces te mordió — comenta mi amigo J. con una sonrisa triste. Levantó la mano vendada y aún hinchada con un gesto lento.
 — Y con gusto.
 — Ah, pero es que para Leonardo ese era el gusto.
 — Por supuesto — dice mi amiga G. — no sólo era el gusto, era el sentido de su vida.

Reímos. Casi todos mis amigos conocían a Leonardo y habían sufrido bajo su arrogante malcriadez. Al crecer, mi gato se había hecho un ejemplar magnífico de Sagrado Birmano de frondoso pelaje gris y enormes ojos azules plácidos. Pero también, con un carácter irascible y casi violento de cuidado. O eso era lo que yo insistía. Par el resto, las travesuras y tropelías de Leonardo era algo inherente a su carácter y personalidad, si es que un gato puede tenerla.

— Claro que los gatos tienen personalidad — comenta alguien — todos son pequeñas personitas atrapadas en cuerpos tiernos. Pero mira…todos son especiales, inolvidables.

Todos murmuran anécdotas sobre Leonardo y alguna que otra sobre Damian, mi gato más pequeño que también murió pero que con cuatro años, le conocían poco. O eso dice mi amiga S., con amabilidad. “Un gatito tierno” dice con una sonrisa simpática. Pero en realidad, para ellos, ambas muertes se confunden en una sola y se relacionan directamente con la pérdida, con un tipo de angustia que les resulta difícil consolar. No soy la madre de nadie, la hija de nadie que haya muerto. Sólo soy la dueña de dos gatitos que por esos extraños avatares del azar, murieron en fecha cercana. ¿Cómo se consuela semejante pérdida? ¿Como se asume en un país como el nuestro, plagado de sufrimientos, carencias y padecimientos? No lo sé.

Aprieto los labios para evitar se me salten las lágrimas. Perder a mis dos gatos en menos de un mes ha supuesto que deba replantearme mi vida hogareña — ese tranquilo espacio insular en que intenté aislarme del desplome del país a mi alrededor — desde lo mínimo. El proceso del duelo de un animal querido es por completo distinto al de una persona: no puedo hacer otra cosa que intentar manejar el dolor, lidiar con él, analizar qué ocurre en mi vida. Temo que me tilden de inmadura o débil. O de egoísta o simplemente ¿qué? ¿De qué podría acusarme cualquiera por llorar a mis mascotas muertas? Suspiro, me seco las lágrimas, que al final me corren por las mejillas. Todos me miran preocupados y entristecidos. Mi amigo M. se inclina y me aprieta la rodilla con cariño.

— Leonardo vivió una buena vida. Dieciséis años de amor y de profundo cariño. Le cuidaste, le quisiste, te hizo feliz — ahora también tiene los ojos brillantes por lágrimas que no termina de derramar — eso no es un consuelo, pero es un buen pensamiento. Es una buena forma de despedida.

No sé por qué pienso en la última noche de Leonardo. Ya estaba tan débil, que se tendió en la cama con los ojos entrecerrados. Yo también lo hice, junto con mi prima mayor y juntas le despedimos en voz baja. Le hablamos como si se tratara de un ser humano roto y al borde de la muerte. Le consolamos con el mismo amor que un pariente que agoniza. Leonardo suspiró y se quedó tendido, respirando cada vez con mayor lentitud, con nuestras palabras flotando a nuestro alrededor como un consuelo lento y sordo. La noche avanzó con rapidez y también, lo inevitable. Me recorre un escalofrío al recordar cuando noté que Leonardo había dejado de respirar. En un gesto casi instintivo, me sostengo la mano dolorida, como si fuera el último recuerdo que conservo de mi gato. Un dolor lento, incómodo, irritante.

— Cuando murió mi perra, no fui a trabajar por tres días — comenta mi amiga L., con un suspiro. Recuerdo a “Penélope”, una golden retriever que murió por una dolencia intestinal muy grave. Era grande, radiante, cariñosa. También lloré su pérdida — literalmente no podía moverme de la cama o dejar de llorar. Es un tipo de angustia y dolor muy grave, muy profunda. No la entiendes hasta que la atraviesas. Nadie puede entender el dolor real que provoca la muerte de una mascota hasta que la vive.

Nadie dice nada. Todos tienen un animal que cuidar: perros, gatos, incluso un viejo loro parlanchín. Y de pronto, hay un pequeño dolor y sobresalto entre todos. Una sensación de angustia difícil de definir. Alguien sirve café. Cuando aprieto la mano sobre la taza, los dedos vuelven a dolerme. Leonardo está allí, más cerca que nunca.

***

— Se trata de una pena intensa, un tipo de sufrimiento real porque se relaciona directamente con tus hábitos y tu estilo de vida — me dice M., mi antigua psiquiatra, ahora retirada por una emergencia familiar — mira, es una amenaza para la salud emocional de cualquiera y tienes que asumirlo como tal. Necesitas vivir tu dolor. Necesitas asumir que ocurrió algo grave en tu vida.
 — Pero en Venezuela…
 — No importa lo que esté pasando en Venezuela — dice ella. Su voz se distorsiona desde la pequeña pantalla del Skype — no importa lo que pase en el mundo entero. El dolor es una forma de expresión válida y te lo está causando perder parte de tu vida afectiva. Deja de menospreciar lo que sientes.

No sé que responder a eso, de manera que me callo. Durante los últimos días, he intentado mantener la calma trabajando el doble, ocupando mi mente en todo tipo de ocupaciones triviales y saturando mi vida tanto como puedo de cualquier cosa que pueda distraer la sensación de extravío que me produce la ausencia de mis mascotas. Sigo investigando sobre el tema. Expertos insisten que la pérdida de una mascota implica además una ruptura en nuestra rutina, en la forma en que comprendemos nuestros afectos dominantes. Que no se trata sólo de perder un animal sino que además, perdemos todos los pequeños rituales domésticos y hogareños relacionados con su vida.

— Es exactamente eso — dice M. cuando le comento lo anterior — Una mascota te permite disminuir la soledad y la depresión, aliviar la ansiedad. Mucho más una que te acompañó por tanto tiempo, es un miembro de nuestra familia, es una parte de tu vida de especial relevancia.

Suspiro y miro hacia la silla en la que Leonardo solía afilarse las uñas, no importa las veces que se lo prohibiera o todas las ocasiones en que le regañara. La silla azul, con su tela fuerte y rasposa, era su favorita, de forma que se colgaba en ella, mirándome desafiante mientras balanceaba sus patas a un ritmo vivo y rítmico. Le recuerdo ahora y pienso que la ausencia es en si mismo una manifestación física del dolor. Como si la configuración de mi vida, mi casa, mi cotidiano hubiese cambiado para siempre. Un trozo de mi historia que se disolvió en ese lugar misterioso que representa la muerte.

— Perder una mascota afecta tu identidad porque te arrebata todo lo que se relacionaba con ella — dice M. con cariño — tu dolor es válido, asúmelo, deja que escape. Deja que vaya transcurriendo con lentitud. Que la vida tome su curso. Que puedas recuperar un poco de tranquilidad.

Cuando cuelgo la llamada, noto que ya puedo mover con facilidad la mano izquierda. Ha transcurrido casi cuatro día desde la muerte de Leonardo, me digo. La vida sigue, la vida es la vida, una frase que antes me parecía tan superficial como para hacerme reír. Ahora la comprendo más de lo que quisiera. La muerte es un lugar solitario. La vida al contrario, florece aunque no lo quieras.

***

Mi prima mayor ha sido mi roommate por más de quince años, de manera que la muerte de Leonardo, le afecta de la misma forma que a mí. Nos dedicamos juntas a reunir sus juguetes, su cama bordada — obsequio de alguna amiga con habilidad para las artes manuales — , sus pequeños juguetes rotos. Hace un mes, hicimos lo mismo con Damian, mi gato más pequeño y me pareció un ritual exasperante, insoportable. Pero esta vez, hubo algo pacifico, dulce y tierno. Una especie de despedida silenciosa.

— ¿Recuerdas cuando llegó? — dice de pronto N. levantando la cabeza de entre una bolsa de pequeños muñecos de felpa, todos obsequios para Leonardo de mis parientes y amigos — ¿Qué se colgaba de cabeza de las mesas y sillas?

Lo recordaba claro. Lo recordaba y me sorprendía la habilidad de aquel cachorro de tres semanas de nacido, su vivacidad, su capacidad para la travesura. Recuerdo que estaba deslumbrada por toda esta vitalidad, por el hecho que una criatura tan pequeña pudiera irradiar tanta felicidad, tanta alegría. Me quedo de pie, pensando en eso. Mi prima sonríe con tristeza.

— Mira, tienes que dejar de disculparte porque te duela lo de Leonardo y lo de Damian. No importa si el país se está viniendo abajo, los dolores personales siguen siendo nuestros. Siguen siendo una forma de mirarnos al espejo y reconocernos. Es bueno, sentir dolor. Es bueno, asumir que existe.

Fue mi prima quién cavó la tumba de Leonardo, en la vieja casona de mis tías. Lo hizo a pala, bajo un sol radiante de Junio. Las mujeres de la familia nos quedamos alrededor del pequeñísimo agujero mientras ella se afanaba hasta lograr un lugar digno para Leonardo, o eso pensé, con cierta dosis de drama literario. Luego fue N. quién colocó el cuerpecito sin peso del gato sobre la tierra y ella fue quién lo enterró. En un momento dado, quise ayudarle, extender las manos, arrojar un puñado de tierra. Pero permanecí de pie, entumecida, la mano izquierda palpitando, aterrorizada por el vacío, por la inapelable de la muerte, desconcertada por su belleza simple.

— Lo asumo — digo con un suspiro, tomando el peluche favorito de Leonardo y guardándolo con cuidado en una bolsa de plástico — sólo que…

Es enorme, pienso. Es más grande de lo que quiero admitir. Es una pérdida que está en todas partes, que me hace golpearme en todas direcciones. Es dolor, es angustia. Es la sensación que una parte de mi vida se agrietó y murió. Que…no sé cuando comienzo a llorar. No sé cuando mi prima se acerca y me abraza. No sé cuanto tiempo paso llorando sobre su hombro. Un pequeño dolor, muy grande.

***

Estoy sentada en el ventanal de mi estudio tomando una taza de café. Caracas está despierta, toda azul y verde, el trasiego de la vida que sigue. Alguien grita más allá y suelta una carcajada. Alguien más le responde. Caracas siempre tan viva. Y me quedo de pie, percibiendo el vaivén de la vida. Siendo el dolor ir y venir y me lo permito. Me permito las lágrimas que vienen después. Me permito la sonrisa del recuerdo. Cuando me miro la mano izquierda, encuentro que la herida curó y ya puedo mover los dedos. La vida continúa, fluye. Sonrío, al recordar a Leonardo y a Damián, maullando y corriendo por la casa. Hace tan poco y también, hace tanto ya. Pero algo aprendí: el dolor es irreprimible y aceptarlo, es una forma de madurar. Los buenos recuerdos siguen vivos. El amor también.

lunes, 11 de junio de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: El robo imperfecto o todos los motivos por los cuales “Ocean’s 8” es una oportunidad perdida.






Cuando el elenco entero de una franquicia exitosa cambia de género, suelen ocurrir dos cosas: despertar una rechazo inmediata o prudente expectativa. En el caso de Ocean’s 8 no ha ocurrido ninguna de las dos cosas y quizás se deba a que la película se cuida muchísimo de usar a su elenco íntegramente femenino como principal centro de atención. Sí, es una película llena de mujeres talentosas, hermosas e inteligentes haciendo de malhechoras pero la película, no parece muy interesada en el género de sus protagonistas sino en comprender que ocurre dentro de este disparejo grupo de ladronas de especial astucia. El resultado es una película equilibrada, con más puntos altos que bajos, pero que sobre todo juega con la neutralidad como basa inmediato: Al poco de comenzar la acción, el director logra olvidemos que se trata de una película en la que la mayor parte del elenco son mujeres y enfoca el interés en sus argucias y tropelías. Un acierto que parece ligero pero que en realidad sostiene toda la acción.

La película tiene estupendos precedentes. Al director Steven Soderbergh suele crear obras fílmicas marcadas por estupendos diálogos, una inteligente versión de la realidad — esa alternativa fría y distante que parece encapsular a sus personajes en mundos emocionales complejos — pero sobre todo, su habilidad para mezclar tramas que en apariencia tienen poco en común. En el año 2001, el director llevó a la pantalla grande “Ocean’s Eleven”, quizás su primera película comercial y demostró que su habilidad como creador de mundos privados y nítidos, era igualmente efectiva en algo mucho más ambicioso, ligero y comercial. Por supuesto, ya había un anuncio de lo que el director podía hacer con el material adecuado: en 1998 “Out of Sight” se convirtió en una rareza de enorme elegancia fílmica, con su mezcla de tensión sexual y ágiles diálogos, lo que demostró que Soderbergh estaba preparado para una aventura mucho más grande. “Ocean’s Eleven” fue un acierto tanto en la atmósfera como en la forma de elucubrar sobre los pequeños grandes espacios de la comedia y una osada manera de contar una historia inverosímil, con un pulso preciso e inteligente que convirtió al film en un éxito taquillero y de crítica.

Como era de esperarse, el éxito se tradujo en una secuela y en el 2007 llegó a la pantalla grande “Ocean’s Thirteen”, carente del parte del brillo de predecesora pero con la misma ingeniosa capacidad para retratar a este grupo de fantásticos y adorables embaucadores. De nuevo, el elenco parecía disfrutar de un gran chiste privado que se traslucía en pantalla y Soderbergh, de la libertad de convertir la trama en una serie de eventos incomprensibles que terminaban combinados en una historia astuta y levemente cínica. La película no tuvo un notable éxito pero dejó claro que la fórmula podía funcionar pero además, tenía la capacidad para reinventarse una y otra vez. Una versión de la realidad concebida para ser una gran trampa audaz en la que el público parecía caer con enorme regocijo.

Por supuesto, en una época plagada de remakes y reboot de franquicias exitosas, las aventuras de Danny Ocean no podían evitar regresar a la gran pantalla, reformuladas y reconstruidas para una audiencia distinta pero intentando conservar esa rara complejidad extrañamente perspicaz que convirtió las películas anteriores en clamorosos triunfos. No obstante, en esta ocasión, Soderbergh solo es uno de los productores — y al parecer sin demasiada influencia en el resultado final — y la dirección se encuentra a cargo de Gary Ross, conocido por su sobriedad y cierto esquema clásico en sus puestas en escenas. Director de films tan disímiles como Pleasantville hasta Seabiscuit pasando por The Hunger Games y Free State of Jones, Ross está acostumbrado a los grandes presupuestos y a las estrellas de renombre, pero su ojo fílmico carece de esa intuitiva audacia que hizo famosa a la serie de películas sobre la banda de tramposos carismáticos que Soderbergh convirtió en una fórmula infalible. Al contrario, la dirección de Ross parece fría y distante, pero sobre todo, lamentablemente plana, envuelta en una cierta percepción sobre lo inaudito que no logra celebrar la chispa e inteligencia cínica que llevó a Ocean y su equipo al éxito instantáneo. Aún así, Ross se esfuerza y al contrario de las pesimistas predicciones sobre la necesidad de la mano de Soderbergh para crear una visión inteligente sobre el remake, “Ocean’s 8” sorprende por lograr un cierto equilibrio entre la inevitable herencia de los conocidos éxitos de la franquicia y algo novedoso que al menos al principio, resulta refrescante por su cualidad experimental.

Para la nueva aventura de la pandilla de ladrones, Ross decidió crear una atmósfera que recuerda por momentos el desenfado de Soderbergh, pero sin su rigurosa versión sobre la camaradería de un clásico instantáneo creado para beneficio del carisma de su elenco. Eso, a pesar que los nuevos rostros tienen el suficiente potencial para sorprender y encandilar de inmediato: Con tres ganadoras y una nominada al Oscar, una ganadora del Grammy, otra de un Emmy e incluso un SAG, la historia parece apresurarse para mantenerse a flote en medio de la rara combinación de talento y carisma que sostiene con cierta dificultad. El grupo tiene una especial química que brinda a la película un aire ligero pero que además, permite a una conexión emocional entre un equipo disparejo que en manos de actrices menos hábiles, podría haber resultado menos convincente. Ross no logra con tanta elegancia Soderbergh amalgamar a este extraño grupo de ladrones y estafadores, pero tiene el suficiente buen tino para combinar las diferentes personalidades en un todo intrigante y por momentos, realmente divertido.

Claro está, la película no desmerece su origen y de inmediato, establece la conexión con la serie anterior: Sandra Bullock es Debbie Ocean — hermana de Danny, fallecido en circunstancias poco claras — que al parecer tiene una vida delictiva prolífica y peligrosa. Durante las primeras escenas de la película, Ross deja muy claro que esta mujer hábil, singular y práctica es quién llevará la carga de lo que sea que vendrá a continuación. Bullock parece en su elemento y brinda una actuación desenfadada y cínica: camina por la ciudad robando y haciendo pequeñas trampas de efecto, que demuestran su habilidad pero también, una pequeña dosis de picardía que parece un homenaje disimulado al personaje de Clooney. De inmediato, queda muy claro que el personaje no tiene la menor intención de llevar una vida corriente y ya durante los primeros diez minutos, ha cometido quizás la mitad de los crímenes que la llevaron a las rejas: miente, roba y se reúne con su antigua compañera en el crimen Lu ( una misteriosa, socarrona y deliciosa Cate Blanchett). Por supuesto, Debbie tiene un plan y uno que hace necesario un equipo de expertos que debe lidiar con todo tipo de pequeños obstáculo, de forma que el dúo original termina reclutando a una hacker adicta a la marihuana (Rihanna, con una actuación por momentos en exceso artificial), una diseñadora de modas que parece constantemente al borde del colapso nervioso (Helena Bonham Carter, repitiendo de nuevo sus tics habituales), una experta en joyería con problemas domésticos (Mindy Kaling), una carterista callejera de envidiable habilidad y que además, tiene la capacidad de ser lo bastante discreta para pasar desapercibidas (Awkwafina) y una tímida Sarah Paulson, que completa el equipo con su presencia nerviosa y levemente neurótica, pero también experiencia estratégica. El objetivo del equipo será lograr que la estrella de cine Daphne Kluger ( interpretada por una magnífica Anne Hathaway, quizás en un de sus mejores papeles) lleve el collar Cartier durante la Gala Met del año, momento en el equipo actuará a pleno potencial.

Quizás es Hathaway quién más sorprende en medio del desfile de luminarias de extraordinaria belleza y talento: Convertida en una Narcisista y ególatra metáfora sobre lo femenino en Hollywood, convierte su personaje en algo divertidísimo e incluso político. La actriz no se toma en serio a sí misma y crea un registro sobre la feminidad moderna — o al menos, como los medios la comprenden — a través de una serie de guiños y tics de enorme inteligencia. Con su amplia sonrisa maliciosa, Hathaway atraviesa el guión como una bocanada de aire fresco y de hecho, es quizás uno de los pocos elementos realmente originales de una historia contada muchas veces.

El primer tramo de la película encandila por su buen hacer, rapidez y agilidad, pero tal pareciera que Ross no puede sostener el ritmo todo el rato. De pronto, la película se desgasta en escenas clichés sin mayor relevancia y avanza a tropiezos en donde antes lo había hecho con enorme buen gusto. Tal vez se trate que se echa en falta la pulida visión de Soderbergh sobre la belleza — el director suele convertir escenas en apariencia poco importantes en extraordinarias expresiones estéticas — o que Ross no logra imprimir personalidad, lo que resulta que algunas escenas — y lamentablemente, algunas de las principales — tengan un cierto aire insípido y aburrido.

A partir del segundo tramo y hacia el final, la película se desgasta con lentitud en fórmulas clichés, a pesar que la guionista Olivia Mich — que firma el guión junto al propio Ross — intenta brindar un tono fresco y divertido que no alcanza del todo. Hay una notable falta de chispa y humor — de cualquier tipo, incluso del ligero — que hace que la película tienda a tomarse muy en serio y convertirse en una extraña mezcla de aventura, suspense con algo menos consistente. La mezcla no resulta comprensible y la tensión termina rompiéndose en algo trivial y carente de verdadero sentido. Tal vez se deba a que el grupo no se enfrenta a verdaderos obstáculos — o todos se resuelven en cuestión de minutos sin mayor trascendencia — o al hecho, que al guión le hace falta cierto refinamiento para construir algo más arriesgado. Cualquiera sea el caso, la película decae hasta volverse predecible, simple y hasta tediosa. Quizás lo más lamentable en una película que pudo ser una oportunidad extraordinaria para jugar con ideas más audaces y sobre todo inteligentes, que sin embargo acaban diluidas en un enorme cliché sin verdadera sustancia e interés.

jueves, 7 de junio de 2018

Crónicas de la loca neurótica: La vida, el poder de la imaginación y otras formas de sobrevivir.






Una vez, una de mis profesoras universitarias insistió que la pasión es una rareza. A pesar de las exhaustivas revisiones y reflexiones sobre el tema, nadie sabe con exactitud que es esa energía desordenada, brillante y enajenada que se supone bendice a algunos seres y otros no. Porque allí está la pequeña salvedad, de ese aparente poder secreto que sostiene a unos y que el resto sólo admira: no siempre parece ser equitativa tu existencia, su nacimiento, su potencia. En otras palabras, todos sabemos que la pasión existe — ese éxtasis, ya sea amoroso, abstracto, por la vida, por pequeñas y grandes cosas — pero en ocasiones, nos resulta una especie de idea inalcanzable. Convertida en un ideal tan lejano — abstracto, sin nombre, sin forma — que no sabemos exactamente en qué puede consistir o si lo poseemos, incluso. Queremos ser apasionados — supongo que la gran mayoría de las personas lo desean — pero en realidad no tenemos demasiada idea de en qué consiste o que se supone incluye un término tan amplio como ambiguo. Tan antiguo como poderoso. Tan simplemente humano.

Nunca me he considerado apasionado. Sí, bastante obsesiva, curiosa y “metomentodo” — maravilloso término acuñado en España y que mi familia del otro lado del mar me suele dedicar con especial júbilo — cosas que no tengo idea si me hacen “apasionada”. No lo creo, la verdad. Mi amiga Rao suele decir que soy “Intensa”. Con frecuencia insiste en que me tomo las cosas a la manera más extrema, sin matices. Que “me complico por cosas que deberían ser simples”. Que de alguna manera, todo lo que hago o pienso, tiene un ingrediente dramático que no siempre es lo simpático o incluso lo comprensible que pueda parecer a primera vista. Y tiene razón. Mi mamá lo piensa también. A menudo me cuenta que cuando era una niña, era sensible e irritante. Aún de chiquita, me obsesionaban temas e ideas e insistía en ellos con una impaciencia que le sorprendía.

— En un ocasión, me preguntaste por qué los bomberos vestían de rojo — me cuenta — recuerdo que llegaste muy preocupada del colegio, con los brazos cargados de dibujos e imágenes recortadas de revistas. “¿Por qué deben vestir de Rojo?” “¿No podrían vestir de amarillo? ¿O de blanco? ¿O de negro?”. Recuerdo que no te contesté de inmediato y me lo preguntaste hasta que te respondí “para parecerse a las llamas”. Lo primero que se me ocurrió.

— ¿Y que hice?
 — Seguiste preguntando claro. Finalmente me obligaste a llevarte de la mano a una estación de Bomberos. El Comandante se rió con la pregunta. Tampoco sabía la respuesta.

Me hace sonreír el recuerdo. No había pensando en esa escena durante muchos años. Recordé con claridad el bello patio radiante, el perro — un bello dalmata, claro — durmiendo en una esquina y el hombre alto vestido de pantalones oscuros de dril y camisa blanca, mirándome un poco asombrado. Me había obsequiado una insignia de metal y me había prometido investigar al respecto.

— Eras obsesiva — continúa mi mamá. Me hace un guiño — aún lo eres.

No la contradigo. De hecho, estoy convencida que esa “intensidad”, esa necesidad de los extremos, esa impulsividad un poco a tontas y locas que es parte de mi personalidad, me define mejor que otra cosa. Durante toda mi vida, he tenido la clara sensación que necesito entenderme desde una región brillante de mi mente, como si los cientos de matices entre perspectivas distintas no fueran suficiente para brindarme una noción sobre el mundo. Por supuesto que, esa afición por la pasión o mejor dicho, esa necesidad de vivir de manera dolorosamente sentida nunca ha sido todo lo saludable que podría ser. Más de una vez, esa misma potencia y energía me ha herido y lastimado por el simple hecho de mostrarme un sólo punto de vista o lo que es más preocupante, por limitar mi visión de las cosas a varias ideas muy precisas.

Me enfurezco con suma facilidad. Tanto, que cuando los estribos muy pocas veces hay un motivo concreto para la cólera que me colorea las mejillas, esa sensación muy exacta de pérdida de control que en ocasiones me agobia. También lloro con facilidad: un llanto muy sincero y nervioso que me avergüenza. También me río a carcajadas, estruendosas, incluso groseras. En resumidas cuentas, mis emociones son siempre tan visibles como incontrolables. Y es que tal pareciera, que entre ambas formas de expresar mis sentimientos, existe esa necesidad mía, que no nunca he comprendido demasiado bien, por mirar el mundo desde una perspectiva de colores muy vivos. Una necesidad de empujarme a mi misma a una región fronteriza de mi mente, donde las lineas son muy gruesas y evidentes y las formas muy marcadas. Una sensación de encontrarme en medio de una tempestad violenta y en ocasiones, hasta insoportable.

Cuando estaba en la Universidad, me obsesioné con obtener altas calificaciones. Me refiero a que no sólo me dediqué a ser una buena alumna y aprender lo que pudiera. Necesitaba, además, ser la mejor alumna, obtener el reconocimiento más alto en cualquier asignatura que cursara. Me dediqué con un entusiasmo eufórico al estudio y la investigación. Lo hice, aun a costa de mi tiempo libre, de mi tranquilidad mental e incluso en ocasiones, mi salud. Pero la necesidad de obtener ese trofeo imaginario de conocimiento y aprobación de quienes admiraba — más tarde lo comprendería así, aunque en el momento no lo admitiera — terminó consumiéndome. Durante los últimos años de mi primera licenciatura, estuve agotada y débil constantemente y de hecho, cuando por fin recibí mi diploma — y me encontré entre los primeros de la promoción — el triunfo tuvo un sabor agridulce, a poca cosa.

Y es que de pronto, encontré que mi obsesivo esfuerzo me había hecho transitar los preciados años Universitarios casi a ciegas. Mientras la mayoría de mis compañeros tenían escenas que celebrar y también recuerdos que atesorar, yo tenía estupendas calificaciones en una carrera universitaria que no me agradaba del todo y cuyo ejercicio me producía dudas e incluso inseguridad. Una de mis amigas de la época, llegó a decirme que la Universidad me había transformado en un mecanismo de tics y manías, a cambios de estupendas calificaciones.

— Eso es injusto — le reclamé, muy ofendida. Ella se encogió de hombros, con cierta tristeza.
 — No sé si sea justo. Lo que si sé, es que es real.

Recordé esa frase por años, a medida que esa afición mía por los extremos se hacia más evidente y sobre todo más incontrolable. Tal parecía que nunca podía estar lo suficientemente alejada de una situación límite, de una circunstancia incontrolable y que con toda seguridad, terminaría explotándome en las manos. Lo viví en numerosas ocasiones entre mi circulo de amigos, incluso en los lugares donde trabajé durante los primeros años como joven profesional. Uno de mis jefes llegó a decir que sufría de una desconcertante “afición al drama”.

— Eso es profundamente grosero — le reclamé — simplemente hago hincapié en lo que me interesa.
 — Lo cual es estupendo — me respondió — la pregunta que me hago es si sabes cuando detenerte, si estás consciente del poder que ejerce sobre ti esa necesidad de extremos, de complicarte la vida. Si puedes tomar un respiro y analizar que te ocurre, cuando esa eterna carrera que llevas hacia un punto borroso, te abruma. ¿Lo has pensado?

Y más de una vez, me dije luego de la conversación. Aunque no quisiera admitirlo en voz alta, con frecuencia me había encontrado afligida y encerrada en una especie de lucha contra mis propios instintos, en esa necesidad de comprender esa prodigiosa capacidad mia para buscarme problemas. Incluso donde no debería haberlos. Porque todo parecía resumirse a esa idea: en numerosas ocasiones, parecía que perdía el control de mi vida y de mi mente, como si avanzara hacia una línea de desastre que me llevaba esfuerzos comprender, pero a la que siempre me acercaba a limites peligrosos. Era un patrón recurrente, de la obsesión a la necesidad de enfrentarme a mi misma, de continuar a pesar del cansancio, la aflicción, lo abrumada que me pudiera sentir. La angustia que me provocaba la idea de no cumplir mis metas, de decepcionar no solo a mi misma, sino a esa idea que había construido — ambivalente y vaga — sobre mi capacidad. Al final, el resultado era el mismo: una extraña sensación de agotamiento y la certeza, que el resultado del esfuerzo no era del todo lo que había aspirado podría ser.

Más de una vez, me pregunté de donde provenía esa afición mía por el desastre y lo que mentalmente yo misma calificaba de melodrama. Mi amiga Flor solía insistir en que no se trataba de uno o de lo otro, sino esa necesidad muy concreta que todos tenemos por encontrar nuestras propias respuestas — o entender las cosas desde nuestro punto de vista — llevado al límite.

— Casi siempre pierdes el control porque no encuentras un límite donde dejar de insistir en una idea — me dijo en una ocasión, mientras almorzábamos juntas — la vida no es tan simple como para que todo pueda explicarse. Y tampoco tan compleja como para que debas mirarla desde colores tan exuberantes. Te concentras demasiado en “como” vivir, más que en disfrutar la vida.
 — Eso no parece explicar que siempre esté molesta o triste, o cansada o preocupada por alguna cosa — le respondí — es como si no pudiera apreciar nada de manera equilibrada, sino inclinado hacia algún lado, bajo un matiz muy específico.
 — Claro que sí — me respondió — Miras a tu alrededor como si lo que te rodea debiera ser explicado o articulado para crear algo más, para satisfacer tus aspiraciones, para asumirse comprensible. Y por supuesto, no es así. No hay manera de explicar el mundo por completo. A pesar que de que lo intentes, de que lo creas necesario. La mayor libertad es asumir que el mundo es caótico.

Un pensamiento intrigante. Me recordé en todas las ocasiones en que me había obsesionado con puntos de vista, desechando otros, simplemente rechazando cualquier alternativa a mi propia interpretación de las cosas. Todas esas ocasiones en que me había enfurecido por pequeñas situaciones sin mucha importancia o que me preocupaba en exceso por otras, en un intento torpe de brindar sentido a lo que quizás, no lo tenía. Y de pronto, me pregunté si esa exaltación mía, el melodrama privado, no era una manera de intentar ejercer control o la ilusión de tenerlo al menos. Una visión limitada y restringida sobre el mundo y las cosas. O los que aún más desconcertante, sobre mi misma.

— Lo emocional es en esencia una manera de expresión. Una forma de construir ideas abstractas, de comunicarlas a través de fragmentos de información sensorial. En tu caso, es una búsqueda de razones : todas muy privadas y específicas — me dijo en una ocasión Mercedes, mi psiquiatra. Para ella, las emociones son formas de entender las aristas de nuestra mente, la expresión del yo más complejo. Y sin duda, mi exaltación habitual, esa desordenada aspiración a lo emocional, era a su criterio, algo más profundo y azaroso — Intentas entender lo que te rodea a tu manera, pero sólo a la tuya. Y te pierdes la extraordinaria oportunidad de usar toda esa energía para asumir los infinitos matices del mundo, todas las formas en que tu experiencia diaria puede transformarte.

Una lenta evolución, pienso, con los pies hundidos en el agua helada de un riachuelo de montaña. Tiemblo de frío, me encuentro a kilómetros de distancia de cualquier lugar que pueda considerar familiar. Me enfurece mi vulnerabilidad, la sensación de encontrarme a solas, como pocas veces lo he estado, con mis pensamientos. A solas con el viento que baja de la Montaña perfumado a tierra fresca, con el susurro del manantial misterioso a caer. Con esta fragilidad de no ser parte de nada, de no tener nada a que aferrarme. Después la sensación me emociona, me aterroriza. Quiero retroceder. Quiero huir un poco quizás.

No lo hago. Continuó allí, con los pies doloridos por el agua que de tan fría, quema. Como fuego. Y escuchando ese silencio gigantesco. No lo entiendo y eso está bien, pienso con las manos apretadas contra el pecho. No me pertenece y eso es extraordinario. Miro a alrededor y de pronto el azul interminable del cielo y el verde inmemorial de la montaña se unen en un sólo escenario, en un pequeño fragmento de belleza interminable, que no me pertenece pero que forma parte de mi vida, que me envuelve, me consuela, me brinda un tipo de paz muy singular. Suelto una bocanada de aire, me aferro a la idea de libertad. El poder de creer y confiar.

— No te cuestiones tanto — dice entonces mi amiga Arianna. De pie, sobre una roca, empapada de agua con olor a tierra primitiva, los ojos brillantes de felicidad — la vida es así, sin explicación.

Y se arroja al agua, con los brazos abiertos, gritando de emoción. De pronto, la emoción está en todas partes. Forma parte de un todo indivisible, es una idea que me trasporta, me eleva. Más allá del miedo, más allá de cualquier otra cosa. Cuando miro al cielo dolorosamente azul, solo estoy sonriendo, a solas, en medio de cientos de ideas nuevas. Creciendo, siendo por un momento, sólo un rostro en medio de la inmensidad.

***

El comandante de la estación de Bomberos me escucha con una sonrisa. No es el mismo hombre que me atendió hace años, aunque lleva el mismo pantalón de Dril azul y camisa blanca. Le hago la misma pregunta que me obsesionaba de niña. Parpadea, ríe en voz baja, sacude la cabeza.

— En realidad, el Uniforme de los bomberos es amarillo, es una chaqueta impermeable inventada en Denver en el año 1940 — me explica. Sacudo la cabeza.
 — ¿No es rojo?
 — Solo el camión.

El perro al fondo del patio ladra alegremente y viene para olfatear mis manos. Lo acarició entre las orejas y pienso, que tal vez todas las cosas, tienen dos visiones y ninguna es la correcta. Tal vez, me insisto mirando al cielo azul, esa linea vertical que se abre en todas direcciones en pura belleza, en asumir que nada es evidente, todo es ilimitado y que cada idea, en si misma un mundo. Infinitos mundos, pienso, mientras el perro me hace fiestas, ladrando y me olisquea los dedos. Una manera de soñar.

C’est la vie.