lunes, 15 de enero de 2018

Crónicas de la Nerd entusiasta: Todo lo que debes saber sobre la serie “The End of the F***ing World” y su alegoría al existencialismo moderno.





En plena era dorada de la televisión, la oferta de producción de series comienza a convertirse en una reñida competencia de calidad, propuesta, pero sobre todo, una interpretación novedosa sobre un medio que parece renovarse a una velocidad vertiginosa. Para la cadena de Televisión Netflix, la apuesta incluso es más alta: innovar es un asunto de supervivencia y por ese motivo, la necesidad de competir con material no sólo de alta calidad sino con la capacidad de sorprender al público, resulta imprescindible. De modo, que cada nuevo producto inédito parece tener el inmediato objetivo de desconcertar, cautivar e incluso conmover mucho más que el anterior.

Algo parecido podría decirse ocurre con la serie “The End of the Fu*** world”, que llega precedida por el éxito inmediato y mundial de “Stranger Things” y la que se ha llamado su versión alemana “Dark”. No obstante, la serie es mucho más que la respuesta inmediata a una fórmula comprobada para captar la atención del público y de hecho, resulta definir a la serie bajo una único concepto, con su extraña combinación de drama adolescente, dolor postmoderno y algo más amargo entre ambas cosas. El concepto de “The End of the Fu*** world, juega con la posibilidad del desastre, una mirada inteligente sobre el desarraigo y la exclusión y finalmente, sostiene el argumento entero sobre la posibilidad de una redención pesimista que desconcierta por su sinceridad conmovedora. A primera vista, la serie parece una combinación de romance al uso y una interpretación sobre la exclusión contemporánea, cercana al cliché: con la improbable y extravagante relación entre un psicópata en ciernes y una adolescente angustiada y herida, el argumento analiza de manera multidimensional la noción del yo moderno desde una óptica refrescante pero a la vez melancólica. Con su humor negro y el ritmo de una película indie británica, la serie encuentra una forma de elaborar un discurso coherente sobre la desazón y el temor, la ternura y el amor que sorprende por su efectividad. En ocho capítulos de alrededor 20 minutos, la serie juega con todo tipo de ideas tradicionales sobre el romance, la pasión, la vida y la muerte y las trastoca hasta convertirlas en algo más duro de comprender, pero sobre todo, más profundas de lo que podría suponerse en un formato semejante. Con su estructura tensa y concisa — a diferencia de “13 reason Why”, la serie parece muy consciente de la efectividad en contraposición a la duración episódica — “The end of the Fu*** world” tiene un aire fresco e irreverente lo suficientemente logrado como para escapar de las inevitables comparaciones con propuestas parecidas.

El mayor peso de la trama recae, como es previsible, sobre sus extraños y en ocasiones, inquietantes personajes. James (Alex Lawther) es un psicópata de 17 años que intenta construir una vida normal sin lograrlo. A pesar de su juventud, ha matado una gran cantidad de animales y parece convencido, que el siguiente paso, es por supuesto algo más duro, cruel y violento que la simple satisfacción de una matanza casi simbólica. James, con toda su carga aparejada de simbolismo alegórico sobre la soledad moderna y el desarraigo, representa y refleja la sentida visión de la serie sobre el bien y el mal, la fría cualidad de una época en la que las sensaciones y las emociones parecen cifradas y transformadas en una idea más superficial y en ocasiones, dolorosa de lo que puede suponerse a primera vista. El personaje — interpretado con fría y analística contención por Lawther — tiene mucho del John Cleaver del escritor Dan Wells, con su carga de moralidad retorcida y durísima visión de la realidad. Pero James es mucho más que el anuncio de futuro criminal despiadado. Es un alma torturada y angustiada, creada a la medida de una generación pesarosa.

Por su lado, Alyssa ( Jessica Barden) tiene una enorme sensibilidad dispareja y construida a la medida de un dolor existencialista que la supera con creces. Abatida, pequeña, frágil, angustiada pero sobre todo, perversamente convencida del poder del dolor y el sufrimiento. Alyssa además, crea toda una visión del mundo a través de su íntima angustia. Se tiende para “ver el azul o el gris o el negro, y siento que me derrito en él, y por una fracción de segundo me siento libre y feliz, como un perro o un extraterrestre o un bebé”. Como si se tratara de una reflexión filosófica sobre el miedo colectivo que aqueja nuestra época, Elyssa se debate entre la posibilidad de la incertidumbre y una noción sobre si misma fragmentada y cercana a la vulnerabilidad. Pero por supuesto, Alyssa no es frágil: a su manera es casi tan peligrosa como James y juntos — la posibilidad del amor entre ambos — crean una perspectiva novedosa sobre lo moral, el bien y el mal, los pequeños dolores culturales.

Alyssa cree que James es asombroso y en contraposición, él piensa que podría asesinarla y de alguna forma, culminar su largo trayecto en medio de la curiosidad morbosa y la emoción que le produce la muerte. Ambos, son una percepción caricaturizada sobre lo moral y lo maligno en nuestra época. No es casualidad que lo sean: La serie se basa en el cómic del mismo nombre del autor Charles Forsman, una controvertida combinación de crítica, cinismo y dolor que se convirtió de inmediato en objeto de culto. En la pantalla chica, la historia conserva su comicidad cruel y dura pero sobre todo, la meditada y convincente noción sobre lo absurdo, todo sostenido a través de una narración rápida e inteligente. “The end of the F*** world” reflexiona sobre el temor, los pequeños dolores privados pero también, acerca del mundo convertido en paisaje inhóspito, violento y desalentador. No hay nada sencillo en esta propuesta agil, efervescente pero a final de cuentas, dolorosamente cínica, en el que los conceptos sobre la vida y la muerte se mezclan con una sencillez exquisita y casi cruel.

Hace unos meses, su director Jonathan Entwistle confesó que la serie nació de su constante obsesión con la muerte, pero que además, la serie era fruto de lo que llamó “un inevitable necesidad de mostrar el joven dolor de nuestra época”. Según cuenta Entwistle, casi por pura casualidad encontró una página del cómic original en Londres, con la que se obsesionó casi de inmediato. Lo demás se desarrolló muy rápido: escribió el guión para la serie combinando el humor tétrico y duro del cómic, con cierta noción sobre el road trip adolescente hasta lograr una historia convincente sobre el amor y el dolor joven. En su propuesta para Netflix, Entwistle añadió una profunda mirada filosófica sobre la identidad colectiva que convierte a James y a Alyssa, en símbolos de un tipo de existencialismo frágil y mórbido de enorme belleza visual. Desde las tenebrosas escenas retrospectivas de James — que le muestran matando animales y metiendo la mano en una freidora para sentir “algo” — hasta la reflexión del sufrimiento de Alyssa, la serie tiene como evidente intención remontar la cuesta de la adaptación con una puesta en escena sólida y oscura, pero además, con la evidente intención de llevar a la narración original a un nuevo nivel.

Entwistle dota a la serie de un atmósfera confusamente retro y atemporal. La serie está ambientada en Inglaterra, pero el guión no específica la ciudad ni tampoco la región exacta del país en que transcurre la trama, por lo que la historia avanza en un paraje geográficamente indistinto. En su viaje, James y Elyssa atraviesan parajes oscuros y depresivos, lo que además, acentua el aire definitivamente abrumador que la serie alcanza en sus momentos más logrados. Como si se tratara de una versión adolescente de Natural Born Killers (Oliver Stone — 1984), los personajes recorren autopistas y caminos vecinales en medio de un aire contenido y angustiado, fuera de la ley del tiempo. A medida que los capítulos avanzan, la conexión entre James y Alyssa comienza a sostenerse sobre la percepción de un fatalismo melancólico que encuentra un eficiente reflejo en el ambiente aprensivo y duro que le rodea.

Por supuesto, la serie es una metáfora a fenómenos tan Universales como la despersonalización, la angustia y el dolor de la pertenencia y el miedo al futuro. Pero además, la serie parece muy interesada en reflexionar sobre tales ideas a través de pequeños guiños y giros argumentales que convierten la travesía de los personajes en un retorcido viaje iniciático el mundo alrededor de ellos absurdo, pero extrañamente encantador. Cada personaje con tropiezan en el viaje muestran todo el espectro de debilidades humanas. Entre una cosa y otra, “The End of the Fu*** world” contempla la posibilidad del miedo, el amor y la ternura en medio de algo tan en apariencia temible como la vida corriente. Una propuesta subversiva como pocas.

viernes, 12 de enero de 2018

Un recomendación cada viernes: Fire and Fury: Inside the Trump White House de Michael Wolff.






El poder y sus implicaciones siempre ha sido motivo de asombro y especulación. Desde el clásico “Príncipe” de Maquiavelo, El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa hasta el escándalo que provocó la publicación del libro Primary Color de Joe Klein (publicado además bajo el anonimato y en un momento cultural especialmente complejo), la noción sobre los entresijos del mundo político suele provocar un inmediato interés, con frecuencia muy cercano a cierta fascinación morbosa. Mucho más si se trata de un líder controvertido y sobre todo, directamente polémico como lo es Donald Trump. Por ese motivo, el éxito inmediato del libro “Fire and Fury: Inside the Trump White House” de Michael Wolff resulta natural en medio de la percepción de Trump como un presidente que simboliza una evidente ruptura histórica de consecuencias imprevisibles. Con su estilo vulgar, frontal y su constante provocación desde el podium publico, la política de la época Trump tiene mucho de populismo — un término virtualmente desconocido y menospreciado en EEUU — y además, de reflejo de la superficialidad contemporánea. A un año de haber triunfado en una carrera electoral signada por el descrédito y el discurso violento, Trump se ha convertido en el reflejo de los peores dolores sociales de su país. A la medida de la repercusión de su tambaleante administración, Wolff reconstruye una figura de Trump cacofónica y cercana a la locura. Para el escritor, la descripción del mundo político bajo el puño de Trump comienza una única versión de la realidad: la del resentimiento cultural convertida en arma política.

Pero además, Wolff transforma su perspectiva sobre la Casa Blanca en un manifiesto sobre el hecho que Trump — con su directa capacidad para la agresión y su uso de lo mediático como elemento del poder revulsivo — crea un punto de vista sobre el poder espectáculo que hasta entonces, había sido un hecho minoritario en EEUU, un país en el que el poder no suele analizarse como un atributo sino más bien, una coalición de fuerzas transformadas en una línea capacidad instrumental. Se trata de un Trump que representa el triunfo de una cultura idiota, aparejada por la percepción de los límites de la transgresión aparejados a la provocación y a una vulgaridad endémica de consecuencias imprevisibles. Wolff describe a Trump desde la periferia: narra al hombre cotidiano, incómodo e irreflexivo, que se burla de los defectos intelectuales de sus propios hijos y de su yerno, Jared Kushner. Por otro lado, Melania Trump tiene una aura casi trágica, con su fragilidad, silencio y poca preparación para un cargo eventual que le sobrepasa a pesar sus buenos intentos para sostenerlo a través de buena voluntad. Para Wolff hay un elemento definitivamente inaudito y temible en el contexto de un hombre convertido en una noción persistente sobre el poder como herramienta de ataque y degradación. Una y otra vez, el escritor reflexiona sobre el papel de Trump como reflejo de una época mediática de enorme fragilidad ideológica, capaz de encumbrar a un Steve Bannon - ex asesor principal de Trump — y símbolo del pesimismo norteamericano más raso y vulgar en una imposible posición de influencia. Es el mismo Balón que golpea a Jared e Ivanka, que daba ordenes a gritos en la Casa Blanca y que además, insistía en una agenda supremacista que Trump aceptaba a medias por conveniencia estratégica. Para Wolff, historiador y escritor, Trump elabora una nueva visión sobre el miedo al poder pero sobre todo, sus intrincadas relaciones.

El libro “Fire and Fury” también analiza las tensiones étnicas — religiosas que imperan en la Casa Blanca, en medio de las imprevisibles alianzas que sostuvieron la candidatura de Trump y que resultan poco menos que imposible de sostener como mapa de ruta a través de una administración complicada. Wolff medita sobre la diatriba del Gobierno de Trump de complacer a cada una de las ramas que sostiene su incendiario discurso pero también, de mantener bajo cierta moderación las más alejadas del centro de su propuesta nacionalista y basada en una evidente mezcla de nociones sobre la Norteamérica más tradicional. Wolff profundiza sobre el hecho que Trump — nuevo inquilino de Washington pero sobre todo, una nueva figura de reconstrucción del poder como alegoría — representa una serie de corrientes invisibles que durante años medraron bajo el mundo político, mesuradas y quizás disimuladas bajo la hipocresía cultural. Pero Trump — venático, un hombre de medios sin otra experiencia política que su agresiva política de negocios — avanza hacia la profundización de una mirada a la anti política, que desconcierta por la amplia base de apoyo que obtiene a medida que hace más visibles sus intenciones. Wolff asume el reto de describir de manera pormenorizada la polarización de la provocación como política de Estado sin apenas oposición real. Para describir la situación, Wolff cita la opinión de Henry Kissinger sobre la disputa entre Kushner y Bannon como “una guerra entre judíos y no judíos”. No obstante, el dilema es mucho más que un dolor secular sobre la renuncia de Trump en aceptar puntos elementales de negociación sobre lo que considera política y lo que no lo es. Desde su manifiesta incapacidad para entender el arte de la negociación — Wolff le llama en varias oportunidades “la profunda incapacidad presidencial para en análisis — hasta la vulgaridad casi totémica del Trump esperpéntico y animal de medios, Wolff dota a su semblanza sobre el Presidente estadounidense de una mirada dura acerca de las condiciones que llevaron a Trump al poder, antes que lo que puede simbolizar por sí mismo. ¿Es Trump el reflejo de la norteamérica profunda y disimulada bajo la convicción de una notoriamente falsa imagen de un país mercadeable? Aunque Wolff no lo plantea de esa manera, el cuestionamiento acerca de un tema tan peliagudo es evidente y es parte de buena parte del libro.

Por supuesto, Wolff tiene un evidente acceso al círculo íntimo de Trump: sus descripciones de escenas específicas y sobre todo, la percepción del escritor sobre los intríngulis de la vida privada del presidente norteamericano, demuestran de manera clara que “Fire and Fury” no es sólo una investigación sobre metódica sobre hechos públicos, sino además, una reconstrucción exhaustiva de todos los elementos que sostienen a la administración Trump desde lo privado. Las escenas y situaciones descritas por Wolff (desde el interior de las diversas residencias del Presidente hasta las discusiones personales con miembros de su familia y el personal que le rodea) dejan muy en claro que para Wolff, la circunstancia que rodea a Trump es tan importante y significativa como su rostro público. En más de una ocasión, Wolff analiza el poder como un tejido conectivo que convierte a Trump en la consecuencia del contexto que le creó y le sostiene frente al poder.

No obstante, quizás una de las fallas del libro sea no profundizar precisamente en esa idea sobre lo que llevó a Trump a la Casa Blanca y le convirtió en líder de masas descontentas. A diferencia de la situación de Hillary Clinton — que representaba el poder establecido — Trump le dio forma y sentido a un movimiento específico, que Wolff no analiza lo suficiente. “Fire and Fury” insinúa que la tensión interna estadounidense desembocó en la búsqueda de un líder que derrumbara el totem del político tradicional. Aún así, Wolff es incapaz de teorizar el motivo por el cual Trump Trump a 1600 Pennsylvania Avenue y de hecho, menosprecia el lazo afectivo que nace entre el Trump mediático y su electorado. Wolff plantea una hipótesis profundamente insatisfactoria — la noción de la pobreza y la ignorancia como subterfugio político — pero a diferencia de la formidable percepción de Joshua Green en el libro “Devil’s Bargain” , Wolff no reflexiona demasiado sobre la cualidad y la consistencia del argumento del poder como reflejo de una acción de masas.

Por extraño que parezca y en medio de la elegante visión de poder llevada a la pantalla por Steven Spielberg en “The Post” — que retrata el fallido intento del gobierno de Nixon de bloquear el Washington Post y la publicación del New York Times de los Papeles del Pentágono — la versión de Wolff sobre el poder es arrítmica, extravagante y un tanto pendenciera. Pero entre ambas percepciones de un mismo tema, resulta indudable la percepción del bien y el mal contemporáneo — la raíz de la ética — y la necesaria discusión que se plantea desde el extrarradio.


jueves, 11 de enero de 2018

Magia, misterio y superstición: Todo lo que siempre quisiste saber sobre la tabla OUIJA y nadie te contó.





La noción sobre lo extraordinario y lo asombroso, se transforma época con época, pero sobre todo, se convierte en un reflejo de la forma en cómo la cultura puede comprender lo sobrenatural. Un buen ejemplo de eso, es la historia de la tabla Ouija, tan confusa como los rudimentos que tratan de explicar su funcionamiento. Desde la noción de la existencia de lo sobrenatural que simboliza hasta el fuerte arraigo en la cultura popular que le rodea, se trata quizás del único artefacto de la imaginería popular que metaforiza el terror colectivo hacia la muerte. Lo más desconcertante es la noción sobre lo desconocido que parece representar y que se extiende desde de su curioso origen hasta algo más amplio y complejo de definir. Para buen parte de nuestra cultura, la OUIJA es una puerta abierta a lo desconocido pero también, un reflejo de nuestra capacidad para metaforizar nuestros dilemas y dolores colectivos. La combinación entre ambas cosas crea una singular sobre la muerte que aún sorprende por su cualidad casi inocente.

El rastro histórico de la Ouija atraviesa todo tipo de imprecisiones y específicamente, los espacios vacíos de su propio mito: ninguna investigación parece concluir de manera muy clara el lugar y fecha donde se utilizó por primera vez. Aún así, varios historiadores coinciden que la huella más antigua acerca de su posible origen se encuentra en Grecia: hay existen indicios que Pitágoras, utilizaba alrededor del año 540 A.C un instrumento similar para acceder a “conocimientos invisibles”. Se trataba de una “una tabla mística se movía a través de letras y símbolos” y que componía mensajes en apariencia provenientes de entes invisibles que utilizaban la tabla como medio de comunicación con el mundo real. No obstante, Pitágoras nunca aclaró si se trataba de un ejercicio mental y de lógica con algún truco de prestidigitación, como se aseguró en varias crónicas de la época. Con todo, las descripciones del “misterioso” instrumento del filósofo continúa siendo la primera referencia directa sobre un objeto capaz de entablar comunicación con lo desconocido.

También hay relatos y crónicas Chinas, que aseguran que alrededor del año 340 AC, se usaba en buena parte del continente asiático una tabla rodeada de piedras que permitía la comunicación con espíritus inquietos. Se trataba de un largo ritual que incluía ayunos sacramentales y ofrendas en pan, para asegurar que los ancestros pudieran expresar letra a letra, sus visiones sobre el pasado y el futuro. Pero a pesar de las descripciones detalladas sobre su uso y la connotación sobrenatural acerca del instrumento, no hay una sola prueba que pueda demostrar que tenía el mismo uso que actualmente tiene la tabla OUIJA, más allá de ser parte de una tradición mayor. Aún así, la connotación misteriosa parece unir de manera directa a la tabla de piedras China con la posterior reinvención que se popularizó por el resto del mundo.

Los primeros datos ciertos sobre la OUIJA como instrumento espiritista y ocultista, aparecen por primera vez en Francia, cuando el psíquico M. Planchette creó una tabla muy semejante a la actual, a través de la cual aseguraba comunicarse con los recién fallecidos. Posteriormente, el norteamericano Elija J. Nond le hizo algunas modificaciones y la vendió como curiosidad de Feria en Nueva York. Por último, William Fuld compró los derechos y la patentó, llamándola por primera vez “La tabla parlante”, término que se popularizó y que posteriormente patentó como parte de una serie de herramientas de “uso psíquico”, sin verdadero objetivo ni sentido inmediato. Un largo trayecto que convirtió a la herramienta en una curiosidad y después, en un objeto de curiosidad colectiva.

Resulta intrigante que la OUIJA se convirtió en un icono de lo culto desde las estanterías de las jugueterías estadounidenses: en febrero de 1891, los primeros anuncios que comercializaban a la llamada “Ouija, la maravillosa tabla que habla” despertó la curiosidad de la ciudad de Pittsburgh, donde comenzó a venderse en una tienda de juguetes y curiosidades. La pequeña campaña publicitaria describió a la tabla como un “dispositivo misterioso” capaz de responder preguntas “sobre el pasado, el presente y el futuro”. Fue un éxito inmediato: de pronto, el tablero parecía ser el juguete predilecto de los niños estadounidenses y su fama se extendió alrededor del país, donde fue considerado una “reliquia enigmática” y también, una extraña conexión con lo desconocido. No obstante, pronto la tabla Ouija dejó ser considerada un juguete y comenzó a formar parte del imaginario sobre la muerte y lo desconocido a lo largo y ancho del mundo.

Las hermanas Fox, famosas por sus espectaculares sesiones en las que se comunicaban con los muertos.El historiador Robert Murch dedicó casi dos décadas a investigar cómo un objeto en apariencia trivial se convirtió en una leyenda urbana por derecho propio. Murch no sólo estableció paralelismos entre la obsesión norteamericana del siglo XIX con el espiritismo sino también, con cierto pesimismo filosófico de la época. El resultado es una verdadera certeza sobre la posibilidad de comunicación entre vivos y muertos, sostenida sobre la noción de la existencia de un mundo espiritual paralelo al que la tabla Ouija brindaba acceso en apariencia real. Claro está, se trató de un fenómeno circunstancial: el espiritismo había existido durante casi una década en Europa pero fue hasta 1848 cuando llegó a EEUU convertido en un fenómeno de masas.

Kate y Margaret Fox, dos hermanas residentes en Nueva York convirtieron la presunción de los mensajes entre vivos y muertos en un espectáculo realista que atrajo multitudes y también la curiosidad periodística. Muy pronto, el espiritismo parecía estar en todas partes y el debate sobre la existencia de los espíritus — y la certeza de su capacidad para comunicarse con los vivos — pasó a ser debate común en un país en lo que lo sobrenatural suele ser asumido e interpretado como una idea vaga e incluso supersticiosa.

Sin duda, el espiritismo captó la atención estadounidense porque era de alguna forma compatible con el cristianismo. Era una actividad que no contradecía los dogmas de la iglesia y no parecía especialmente reñido con la presunción bíblica sobre vivos y muertos. El movimiento también fue un consuelo en una época donde los conceptos sobre la muerte y la enfermedad era poco menos que positivistas y creaban una presunción sobre la posibilidad de vida más allá de la muerte. Especialmente durante la guerra Civil norteamericana, el espiritismo ganó adeptos en masa. Las muertes y desapariciones durante el conflicto transformaban a los médiums y sesiones espiritistas en la única manera de obtener respuesta acerca de lo que ocurría en el Campo de Batalla. Se trató de un fenómeno que convirtió al espiritismo no sólo en un tipo de creencia de enorme popularidad, sino también una curiosidad cultural de enorme importancia.

Fue cuestión de tiempo que la OUIJA y el espiritismo coincidieran en intenciones pero sobre todo en popularidad. La Kennard Novelty Company, los primeros fabricantes en distribuir el tablero QUIJA, notaron de inmediato las posibilidades que ofrecía mezclar la noción sobre lo desconocido de la tabla y el entusiasmo que las sesiones espiritistas despertaban en buena parte del país. Según Brando Hodge, historiador del espiritismo, la tabla permitió que las sesiones no sólo fueran más rápidas sino también más exactas. Además, logró que la creencia sobre la posibilidad de vida después de la muerte tomara un nuevo cariz y sobre todo, se extendiera con una rapidez inesperada. Ya no era necesario convocar una sesión ni mucho menos, solicitar los servicios de un médium. De pronto, comunicarse con los muertos, resultó más sencillo que nunca.

Los periódicos se llenaron de extrañas historias en las que la OUIJA era la protagonista evidente: en 1920, los servicios telefónicos estadounidenses información que había una recurrencia de llamadas telefónicas de hombres y mujeres que aseguraban haber resueltos crímenes “Gracias a la Ouija”, en especial el del jugador Joseph Burton Elwell, que recibió enorme publicidad y jamás fue resuelto. En 1921, el New York Time informó que una mujer de Chicago había sido internada en un hospital psiquiátrico debido que los espíritus “le susurraban secretos sobre su madre muerta”. En 1930, los lectores de los periódicos se emocionaron ante el relato desconcertante de dos mujeres de Buffalo (Nueva York) que asesinaron a otra siguiendo instrucciones de un espíritu con el que habían entablado comunicación a través de la QUIJA. Una y otra vez, era evidente que la tabla servía no sólo como una forma de expresión de inquietudes y temores, sino una mirada a la extraña comprensión del ciudadano promedio norteamericano sobre sí mismo.

No obstante, el fenómeno trivializó las exigencias y la noción sobre el espiritismo y casi dos décadas después, el interés por las sesiones espiritistas y también el uso del tablero Ouija como objeto misterioso había disminuido tanto como para considerarse una rareza sin importancia. El antiguo fervor fue sustituido por el análisis científico y pronto, muchas de las supuestas pruebas que avalaban la veracidad de comunicaciones genuinas con espíritus fueron consideradas fenómenos físicos por completo medibles o directamente fraudes, fraguados por los participantes. El éxito se convirtió en el prolegómeno de una serie de cuestionamientos sobre la creencia y para la segunda mitad del siglo XX, tanto la tabla como las elaboradas sesiones de comunicación con el más allá habían pasado a ser una curiosidad cultural intrascendente.

Casi 120 años después, la OUIJA y su curiosa influencia sobre la imaginería popular, continúa sorprendiendo a historiadores y folcloristas. Desde su comercialización como oráculo místico, entretenimiento familiar y por último, puerta abierta hacia el más allá, la tabla OUIJA parece haber representado una evolución de conciencia en la psique norteamericana sobre el bien, el mal y sobre todo la concepción sobre lo que ocurre después de la muerte. La tabla atrajo hacia lo sobrenatural a todo un amplio espectro de edades, profesiones y educación, lo que la convirtió en un cuestionamiento válido sobre el miedo a lo desconocido y las razones por las cuales nos inquieta su mera existencia. De una u otra manera, la tabla no sólo permitió expresar las inquietudes genuinas de varias generaciones sobre la muerte, sino también, buscar sus propias respuestas.



miércoles, 10 de enero de 2018

Del Yo Narciso a la búsqueda de la Intimidad relativa: La Extimidad.




Hace unos días, revisaba el frontPage de mi Facebook y me tropecé con una discusión entre una pareja de amigos que no frecuento demasiado. Al parecer, en algún momento del mes anterior ambos habían roto su relación y la discusión pública parecía resumir las razones por las cuales lo habían hecho: ella lo acusaba a él de irresponsable, él a ella de tener poco o ningún sentido del gusto y lo que es peor, ambos se arrojaban a la cabeza insultos marcadamente sexuales sobre lo poco satisfactoria que la relación había resultado para ambos. De hecho, a medida que avanzaba la diatriba, tuve un resumen bastante pormenorizado de su vida en común durante los cinco años de convivencia que compartieron. Supe de sus problemas de dinero, también de sus graves discusiones sobre fidelidad y monogamia y hasta me enteré, de un episodio de impotencia masculina que habría preferido no conocer. Escandalizada aunque no demasiado sorprendida de aquello, leí hasta el último comentario incluido en la discusión para comprobar lo se ha convertido en una costumbre que muy pocos podemos admitimos tenemos: La Extimidad, esa deliberada necesidad de expresar todo a un nivel tan público que los limites entre intimidad y privacidad se hacen tan difusos como difíciles de comprender.

Como término recién salido de la cultura popular, hay varias definiciones para una palabra que parece abarcar toda una serie de ideas que incluyen desde la sobreexposición de nuestra vida intima en las llamadas redes Sociales hasta la perdida de las naturales inhibiciones con respecto a la definición sobre lo que es privado y personal y lo que no lo es. Porque si algo ha traído esta época de comunidades virtuales sin fronteras concretas es la abstracción de lo que consideramos único, singular y propio. En esta gran conversación donde todos parecen tener algo que decir, es esa visión de la individualidad como parte de algo más grande, mucho más complejo y sobre todo, más distante de esa idea de comunicación original que por mucho tiempo fue la única de la que podíamos disponer. Y es que la perdida de lo particular — esa pequeña visión de nosotros mismos que nos diferencia del otro — no parece importar a nadie: fundida un concepto elemental, la identidad está sujeta a una gran maraña de interpretaciones de quienes somos y lo que es real. Una pensamiento que puede llegar a confundir pero que también, define la época que nos tocó vivir.

Todo en redes, nada es real:
Hace poco, alguien me envió un correo muy amable para saludarme. Me preguntó por mi gato, por mi madre y los cursos que llevo a cabo en las Escuela de fotografía donde trabajo. Lo particular — y hasta inquietante del caso — es que nunca conocí a mi interlocutor. De hecho, jamás he cruzado una palabra audible con él: nuestra relación se limita a intercambiar mensajes en algunas de las redes Sociales más populares, en donde coincidimos de vez en cuando. Lo más singular, es que su amable correo no me pareció en absoluto fuera de lugar: toda la información que incluyó provenía de lo que yo misma había compartido en diferentes momentos del año y más allá, es parte de mi discurso en el mundo 2.0 que frecuento. Aún así, no deja de ser extraño que este intrincado dialogo con un virtual desconocido — nunca mejor expresada la idea — se lleve a cabo mientras se debate sobre los limites de lo que es real, en ese desconocido mundo apenas construido de lo que llamamos visión global.

Y es aquí donde el término Extimidad parece calzar muy bien. A veces lo analizo, mientras leo mi TimeLine en la red de microblogging Twitter: cada pequeña frase parece contener no solo la opinión de su autor, sino además describir con mucha exactitud esa visión amplia y desigual del mundo en que vivimos. Políticos, actores, músicos, el ciudadano común interactuan en un extrañisimo diálogo que derrumbó los límites entre la fama, el anonimato, la simplicidad y la complejidad de la comunicación humana. Porque vía las Redes Sociales, esa exhibición de lo intimo es bien vista, es aceptada, se estimula: Nada parece ser suficiente para este entramado de palabras, imágenes e información. Porque que no cuestione jamás: en esta nueva Aldea Universal, no existen los límites pero tampoco la comunicación. Exhibimos es nuestra capacidad artículada para la información mal procesada, para la estructura de lo que se vende, se promociona, se busca, se interpreta a través de todos los matices que una expresión semejante del lenguaje y del medio puede brindar. Y es que Desde un Presidente que envía importantes resoluciones políticas vía 140 caracteres hasta estremecedoras historias de suicidas, rescates de situaciones límites, poéticas expresiones del mundo la red virtual da para todo y abarca todo. Hace poco, el Papa Francisco I insistía en que la palabra de Dios también debe llegar a Twitter, hacerse escuchar en esta nuevo vehículo de transmisión de ideas. ¿El dogma disfrazado de pluralidad? Tal vez no se trate de algo tan complicado sino incluso elemental: el medio transforma al usuario y de pronto, las redes sociales y sus consecuencias son una manera de analizar el mundo que se ha vuelto imprescindible, necesario, dolorosamente cercano a la realidad.

El mundo aislado y el silencio circunstancial:
Hace poco, comentaba en este, su blog de confianza, que soy adicta a las redes sociales. Lo admito con absoluta sinceridad y sin menoscabo de mi propia visión del mundo: dependo de la virtualidad hasta un punto que puede resultar peligroso. Y lo he comprobado durante los dos últimos dos meses, en los que debido a una falla general, me encuentro sin servicio telefónico o de internet. De pronto, me encontré deambulando en medio de esa sensación de perdida y de aislamiento — por muy paradójico que parezca — que me produjo encontrarme sin mi principal herramienta de trabajo y de comunicación. Hablo que desde hace casi dos meses, he tenido que regresar a las pequeñas rutinas habituales que había olvidado y que de hecho, me costó retomar en medio de una situación que me provocó una profunda sensación de confusión. Cosas tan simples como ir al banco en lugar de realizar pagos por transferencias, compras en tiendas a la manera tradicional, abandonar el espacio y limite que me protege — y a la vez me limita — me demostró hasta que punto me encuentro absorbida — asimilada — a la cultura de lo virtual. Por supuesto, eso excede también la idea de quienes somos y como nos percibimos: Una vez leí que los últimos tres siglos significaron la perdida de la inocencia y de la esa proximidad natural esencialmente humana. ¿Es entonces este paladear de la distancia que no parece serlo un sintoma claro de esa idea?

Sin duda puede serlo. No olvidemos que hace menos de dos siglos, el hombre carecía literalmente de intimidad: La vida en sociedad parecía tan necesaria, imprescindible como asfixiante. Las familias compartían habitación, pan e incluso límites de la vida personalmente que actualmente nos parecen impensables. Es difícil imaginar, para esta sociedad donde la distancia y el concepto de intimidad parece tan mutable como necesario, esa tergiversación de la idea básica de lo que consideramos intimo. Progresivamente, la privacidad se convirtió en una necesidad que no tenía un sentido conceptual definido: existía como idea de individualidad, de esa extrema personalización que el siglo XX definió y las primeras décadas del siglo XXI depuraron. ¿Son entonces las redes sociales una consecuencia necesaria a esa evolución? No necesariamente, aunque sí, en lo posible y evidente, un síntoma de esa transformación de la visión del hombre de si mismo y el mundo que lo rodea.

No obstante, pareciera que esa necesidad de ser mirado y mirar que conservamos de épocas donde era inevitable, se transformó en algo más. Tal vez por ese motivo, ese voyerismo de lo cotidiano continúa formando parte de nuestra psiquis y más allá de nuestra necesidad de observarnos como parte de algo mucho más. Las comunidades virtuales, que ofrecen esa sensación irreal de estar conectados al mundo aunque realmente no lo estemos, sustituyen los viejos cánones de la cercanía, la calidez, la interpretación de la visión de la individualidad. ¿Somos exhibicionistas? ¿Necesitamos meditar sobre nuestra complejidad como sociedad a través de su inmediata consecuencia virtual? Quizás si, pero muy probablemente se trato de algo más sencillo: Nos gusta observar, mirar desde una distancia prudencial y sobre todo, protegidos por esa visión del yo que se sistematiza, se construye y se asume como individual.

Ese sobre análisis del otro, la premeditación en lo que mostramos, el carácter extraordinario de esta mirada tan intima como desapasionada del otro, abre elementos que dejan como elemento de un meta lenguaje en constante recreación y construcción, de donde parte — o nace — esa necesidad de asumirnos como expresiones de ideas complejas. Porque por supuesto, en la medida que miramos, queremos ser mirados. En la medida que analizamos, deseamos comprender el análisis de quien nos mira. Un ciclo que se interconecta y se crea así mismo una y otra vez.

Lo real y lo sugerido: Lo que nace y se desarrolla, se construye y se masifica.
Como decía antes, Extimidad es un término bastardo que no termina de definir esta intercomunicación ilimitada entre el hombre y el nuevo medio digital. El primero en utilizarlo fue el psicoanalista francés Jacques Lacan, pero quizás, en su precisión académica, no abarque esa idea general que se fundamenta en el hecho que actualmente, nuestra idea del mundo se encuentra íntimamente entrelazada con nuestra capacidad de comunicación. El tema no es desconocido para la ciencia moderna, y de hecho no fue Lacan el primero en analizarlo desde una perspectiva científica: en su ensayo “La intimidad del espectáculo” la antropóloga Paula Sibilia analiza el fenómeno de la cultura que se muestra, del inevitable ensamblaje de comunicaciones e ideas que se entremezclan entre sí para crear la realidad virtual que parece ser ahora mismo tan importante como la realidad concreta. Desde el blog como diario Íntimo hasta el video que capta los momentos más intimos, esa pornografía de lo cotidiano — que no es necesariamente sexual — subvierte el orden de lo que por mucho tiempo fue un esquema de construcción de la personalidad o de cómo nos definimos. La introspección se transforma en esa capacidad de comprendernos a través de reacciones, se debilita en el supuesto que carece de forma y sentido. Una confirmación quizás de nuestra existencia en paralelo de lo que consideramos — o no — importante y real.

Hace poco, alguien en mi Facebook se quejaba precisamente de esa perdida de la privacidad o mejor dicho, la transformación del término. Lo hacia en un estado de la Red Social, argumentando sus razones para creer que existe una fractura concreta entre lo que consideramos necesario de ser mostrado y lo que no lo es por naturaleza. Cuando alguien le comentó si no le parecía contradictorio realizar la critica a través de uno de los medios que justamente criticaba, la respuesta resumió la contradicción de este mundo a mitad de lo real y lo sugerido: “Solo me leerán si lo escribo aquí”.

¿Qué es entonces esta extimidad de lo que asumimos como evidente? La idea abarca no solo lo que concebimos como propio sino sus limites, que es lo que pertenece y lo que no. Porque nos permitimos ser observados y más allá analizados, como elucubraciones del contexto que creamos y asumimos como propios. No importa por quien somos observados. Nos interesa en realidad, la mirada misma. E incluso, esa necesidad de expresar emociones de manera pública, haciéndonos objeto de esa gran observación global de la que somos parte y crea una nueva medida de la personalidad y la individualidad.

¿Hay un límite para esta idea del yo por el yo? ¿Esta gran conversación irreal y casi perversa con un Universo que se transforma a medida que se hace más complejo? No lo sé, pero lo que si podría decir es que la red social, esta idea del universo y la comunicación ilimitada se transforma en una visión inquietante, de esa región interminable de ideas y pareceres que con tanta ingenuidad, llamamos personalidad.


martes, 9 de enero de 2018

De la cámara al sueño: ¿Te has preguntado por qué fotografías?




Me llevó media vida llamarme fotógrafo. Me parecía irrespetuoso hacerlo: Después de todo, mi experiencia fotográfica era personal, emocional y privada. Lo que sabía, lo había aprendido a golpes de esfuerzo y después, procurando la mejor educación que pude obtener en un país donde la fotografía continúa siendo una especie de hobbie elitesco. Me encantaba fotografiar, lo hacia a toda hora, mi relación con mis imágenes era tortuosa, profunda y dolorosa. Pero ¿Eso me hace fotógrafo? ¿Eso me permite llevar el nombre con toda responsabilidad? Como dije, no lo creí por un buen tiempo. Al final, lo hice más por respeto a mi trabajo que por cualquier otra cosa.

El primer fotógrafo de verdad que conocí — o así lo pensé a mis tiernos ocho años — me dio también el mejor consejo sobre fotografía que nadie me ha dado. Era un anciano desdentado que tomaba instantáneas Polaroid en la Plaza Bolivar de Caracas. Cuando me obsequió una fotografía, me dedicó un guiño amable que nunca olvidé.

- Un fotógrafo siempre está mirando — dijo — eso lo hace fotógrafo.

La frase me la llevé a todas partes en los años siguientes. La recordé cuando comencé a fotografiar, con una vieja cámara Kodak que se convirtió en mi manera de hablar. La atesoré cuando miré mis primeras fotografías, borrosas y anónimas, pero mías, parte de mi mente. Me obsesionó cuando hice mi primer autorretrato, temblando de miedo y de algo parecido a una expectativa torpe y profundamente intima. Porque fotografiar para mi es un acto de valor, simbólico, ritualista y agónico. ¿Eso es fotografiar? me pregunté muchas veces, cámara en mano, confusa y preocupada. Solo soy una persona que toma fotografías, que necesita hacerlo porque la imagen es su otro idioma, el más visceral, el más exacto, el reflejo de una parte de mi mente que de otra manera, me resultaría por completo desconocida. ¿Eso es ser fotógrafo?

La primera vez que me hice la pregunta — en tono preocupado — fue cuando conocí a un fotógrafo profesional. O así se hacia llamar. Tenía una cámara enorme, con un lente de considerable envergadura también y miró mi pequeña cámara de rollo con una conmiseración que me hirió de una manera que aún recuerdo. Ambos pertenecíamos a un pequeño grupo de amateurs que recorrían Caracas cámara en mano y a la sazón, yo era la más joven — y única mujer — del grupo.

- Eso es una antigüedad — comentó. Intento sonar paternalista, incluso — pero está bien para ti, porque no te lo estás tomando en serio ¿No?

Recordé mis noches de insomnio fotografiando. Mis lágrimas mirando mis fotografías. Mi obsesión por la imagen, que me acompañaba a toda hora y a todo lugar. Esa sensación abrasadora y quemante de crear y construir mi propio lenguaje a través de lo que miro. De observar a toda hora, de contemplar el mundo en pequeñas construcciones ideales. ¿Me lo tomo en serio? Apreté la cámara entre las manos para no arrojarsela a la cara y traté de conservar la calma.

- No lo sé — respondí al cabo — creo que tenemos diferentes percepciones de la fotografía.

- La fotografía es una sola cosa: la mejor imagen que puedas lograr. Y eso te lo brinda una gran cámara — me contestó el fotógrafo profesional y se fue, dejándome incómoda y furiosa, pero sobre todo confusa, sin saber muy bien el motivo. Después de eso, la pequeña reunión de entusiastas perdió brillo y lustre. ¿Que sentido tenía estas pequeñas tertulias entre apasionados por la imagen si parecíamos contradecirnos en el planteamiento esencial? A mi alrededor todos parecían obsesionados con los equipos que sostenían y no las imágenes que producían. Me encontré preguntándome si alguna vez podría rebasar esa idea emocional sobre el arte y ser mucho más pragmática. Realista, le llaman. No volví a reunirme con ellos de nuevo.

No tenía a nadie a quien preguntarle sobre el tema. Después de todo, tenía solo diesiseis años, una cámara barata, muchos rollos revelados, un montón de fotografías escondidas entre mis libros favoritos y un deseo insuperable y profundamente caótico por documentar mi vida y lo que me rodeaba. Por hablar en imágenes. Esta bien, no soy fotógrafo, me dije finalmente, agotada de cuestionarme largamente y por meses sobre un tema sin resolución. Entonces, ¿Qué soy? ¿Que significa este amor enorme y radiante por la fotografía?

No lo sabía. Recuerdo que intenté no obsesionarme con la idea, pero a veces es inevitable enfrentarse a esas pequeñas batallas personales a diario. Sobre todo porque la fotografía es una parte de mi misma ajena a cualquier explicación. Es una necesidad instintiva de reconstruir el mundo que miro a través de símbolos personales. La fotografía llena todos los ámbitos de mi vida, le brinda sentido a una serie de ideas dispares. Me permitió mirarme de una manera tan objetiva como definitiva. Me brindó un nombre y una motivación.

Pero seguía sin llamarme fotógrafa.

Más allá del lente: el mundo de la lucha por la imagen y una definición.
La primera vez que recibí una clase formal de fotografía tenía 27 años. Estaba tan nerviosa como puede estarlo cualquiera que logra alcanzar un sueño largamente acariciado. Tenía fotografiando desde los once años pero de alguna manera, tenía la sensación que había algo brumoso y elemental en mi pequeña historia detrás de la cámara. La realidad, la concisa, comenzaba allí, en esa pequeña aula de clases. Para mi sorpresa — y después mi alivio — la cosa no era tan sencilla.

- Hablemos sobre por qué fotografiamos — dijo un inspirado Luis Roberto Lipavsky ese primer día de clases. Me asombró la seriedad de su tono y además, la manera como hizo la pregunta. De pie en la mitad del salón, dedicó una mirada silenciosa al grupo que le escuchábamos un poco sorprendidos. Al menos, yo lo estaba — Una buena fotografía comienza aquí.

Y al decir aquello, no señaló la modernísima cámara que se encontraba en su escritorio. Señaló sus ojos. Me sobresalté, porque recordé, con una nitidez casi conmovedora, al viejo fotógrafo de la Plaza Bolivar de Caracas, con su cámara Polaroid entre las manos. Un fotógrafo siempre está mirando, había dicho. Eso lo hace serlo. Sentí un estremecimiento de placer, algo parecido a reconocer mis ideas en algo más amplio, más conceptual, mucho más cercano a esa visión de la imagen como documento y expresión creativa. Ese primer día de clase fue un despertar, una manera de recomponer mis ideas y de comprenderlas con mayor claridad.

Unos meses más tarde, decidí llevar a cabo mi primer proyecto fotográfico, más allá de mis autorretratos y mi obsesión por coleccionar pequeños momentos. Intentaría expresar toda la angustia y la desazón que me provocaba mi extraña relación con mi madre a través de fotografías. Todo un paso, si tomamos en cuenta que durante casi toda mi vida, mis fotografías eran documentos auto referenciales que parecían formar parte de una idea mitología personal muy definida. Este proyecto también lo era por supuesto, pero había algo más, mucho más profundo, mucho más elemental: en esta ocasión lo haría mirando a través del lente a alguien más, construyendo mi propios códigos — o tratando de hacerlo — a través de la experiencia ajena. La mera idea me aterrorizó. Pasé noches enteras preguntándome como lo lograría, de qué manera lograría hilvanar esa idea elemental que siempre me hizo fotografiar — desear expresar mis ideas más profundas — con esa otra de mirar el mundo e interpretarlo. Tenía miedo de no poder lograrlo. Miedo de encontrarme torpe y limitada para contar una historia que no era mía pero que deseaba expresar a través de mi lente. ¿Podría hacerlo? ¿Era posible un híbrido entre ambas cosas? ¿Podría tener la suficiente sensibilidad para comprender la historia de otro y construirla con mis imágenes? Me preocupaba no saber cual era la respuesta a esas preguntas.

Además, no era fotógrafa.

¿O sí?

Durante casi dos años, fotografié a Madres e Hijas. Me obsesioné con ellas, las contemplé entre asombrada, aturdida y emocionada. Las vi gritarse una a la otra, llorar juntas. Las vi tomarse de la mano en silencio, en medio del dolor de una sala de quimioterapia. Las vi reír a pleno sol, corriendo por la hierba fresca de una Caracas desconocida. Me senté en la sala de la casa del barrio, con las rodillas temblandome de miedo, para escuchar la historia de una madre huérfana. Lloramos juntas. Me permitió fotografiarla. Fui de un lado a otro, fotografiando, fotografiando, fotografiando. Miré con tanta atención el mundo que de pronto brotó algo más, una idea diáfana. Algo tan claro como inmenso. La imagen era capaz de abarcarlo todo, de crear una conversación fugaz pero indeleble, entre dos espíritus. Y lo comprendí, asomándome al mundo de otro a través de mi cámara. Sosteniéndola con los dedos temblorosos, con el corazón lleno de angustia y de pasión. La cámara habló a través de mi y de pronto, escucharla se hizo más sencillo, más cercano. Más real.

No le mostré a nadie mis fotografías de Madres e hijas. Solo a un buen amigo, que las miró todas con ojos muy abiertos, un poco asombrado de esa otra tónica en mi forma de fotografiar. Me tomó de la mano con calidez.

- ¿Que vas a hacer con todas estas Evas silenciosas? — preguntó. Me encogí de hombros. Realmente no lo sabia. Miré el retrato de una mujer silenciosa, con una sonrisa amable pero rota. Había perdido a su hija y la fotografié junto a su tumba. Le obsequié la fotografía. La colocó junto a su cama y me dijo que de vez en cuando, despertaba para mirarla con una sonrisa. Que amargo y angustioso. ¿Eso podría pertenecer a alguien más que a mi misma?

- No lo sé.

Caminé por Caracas, cámara en mano. Ya con treinta años, miras a tu ciudad de una forma muy distinta a cuando eres una niña, cuando le perdonas todo, cuando la miras a través de pequeños filamentos y excusas. La fotografié por las esquinas, en la basura, en las rejas, en las calles rotas. La recordé pequeña, diminuta, esencial. La Caracas que soy yo misma. Cuando le conté a Nelsón Garrido, con quien tomaba clases por la época, me dedicó una de sus raras miradas torcidas.

- Somos lo que fotografíamos, como expresión de lo que miras y cómo lo miras — explicó. Nos encontrábamos en el enorme comedor de la Escuela de fotografía que fundó en Caracas y que intenta darle una vuelta de tuerca a esa visión clasista y exclusiva de la imagen. Me gustaba estar allí, con sus paredes cubiertas de extraños iconos de cultura local, su bullicio extravagante y sobre todo por el profesor Garrido, un hombre que comprende la fotografía como un concepto único, más allá de cualquier otro elemento formal — eres tu propio concepto, tu manera de construir la imagen. La gran herramienta de la fotografía es la mente que se educa, la curiosidad que se afila, la necesidad de expresar ideas. Cualquier otra cosa es accesoria.

Recordé lo que decía Roland Barthes “Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.” El documento, el mundo que se reconstruye para crear un momento único. La anécdota que se sustrae como valor elemental. Y la esencia de la fotografía que lo cobija. Sin duda, lo esencia y valioso de una imagen, lo que otorga una razón para elaborar un pensamiento, incluso quizás una reflexión.

En la Escuela del profesor Garrido, la máxima aspiración parecía construir un discurso visual. Tan original y poderoso que trascendiera ese límite de lo cotidiano. Una idea que parecía construirse día a día, en esa escuela suya tan poco tradicional, cubierta de ideas de pared a pared, entre los salones enormes repletos de fotografías e ideas transgresoras. Me encantó pensar en la idea fotográfica como fruto de algo más profundo, afilado. Y fue ese concepto el que me llevé a todas partes, el que me permitió elaborar otra idea sobre la fotografía basada en mi necesidad para crear documentos personales sobre la realidad. Porque, por eso fotografiamos ¿No es así? Por ese motivo levantamos la cámara y hacemos el click definitivo.

¿Por eso nos llamamos fotógrafos?

El día que fotografié a Maria Belén, paciente de cáncer de Mama, lloré muchísimo. A escondidas, con las manos temblandome de miedo. ¿Quien era yo para transgredir su intimidad? ¿Quién era yo para invadir su angustia, ese sentimiento de vulnerabilidad que cualquier padecimiento de salud trae consigo? ¿Que derecho tenía yo para hacerlo? Pero sonreí cuando le tomé de la mano y le aseguré le tomaría la mejor fotografía posible, que haría mi mejor y mayor esfuerzo porque la imagen expresara su espíritu y su valor. María Belén me miro, con esa sonrisa suya, entre cómplice e inocente y me dedicó un guiño amable.

- Confío en ti, eres la fotógrafa.

¿Lo soy? Me dije de pie, delante de ella, con la cámara en la mano. Pensé en la trascendencia de ese momento, en el valor de captar el mundo de alguien más, de honrar su confianza, de construir un mensaje a través de su cuerpo de su rostro. En un momento que pareció hacerse eterno, comprendí que la imagen es más allá de cualquier consideración, un documento de la realidad, una expresión del yo que se eleva y se comparte, se enlaza con una idea tan profunda como exquisita. Una conversación entre dos silencios, un espacio de luz y sombra rebosante de significado y valor.

Y de pronto, las piezas en mi mente parecieron encajar. Encontré, más que un por qué, una visión de la sustancia misma de lo que me hace fotografiar y el hecho que mi concepto de la fotografía trasciende la cámara que sostengo y la visión mínima de lo que asumo es parte de mi lenguaje. Hay algo más, relacionada con el sentimiento, el valor del yo, la identidad que trasciende, el valor de la imagen como parte de esa gran vivencia espiritual que todo arte conlleva consigo. Incluso hay más aún, una búsqueda de respuestas, de cuestionarte, de mirarte a ti mismo y a quienes te rodean en el espejo de la imagen, en la simple identidad del creador y esa mínima empatia de quien expresa ideas emocionales con una mera expresión de su propia espiritualidad.

Miro mi pared, cubierta de fotografías. Mi historia contada en base a imágenes. Las primeras, borrosas y simples, las más recientes, el rostro de una idea que subyace bajo muchas otras y sonrío. Con esta sensación de comprender el tiempo que vive a través de mis ideas visuales, el poder de construir un visión del mundo tan poderosa como personal. Y siento este poder — privilegio — de mirar el mundo no como una manera de comprender (me) sino como un vehículo para crear. Una forma de soñar.

C’est la vie.


lunes, 8 de enero de 2018

Lo femenino, lo masculino y el poder: La especial trascendencia histórica de la película Phantom Thread de Paul Thomas Anderson.





A menudo, el arte es una correlación entre el bien y el mal social, convertido en lenguaje conceptual. Una noción extraordinaria que el director Paul Thomas Anderson conoce y ejecuta con especial habilidad. Sus películas suelen meditar desarraigo, el dolor existencial y algo muy cercano a cierta soledad amarga. Lo hace además, utilizando elencos corales que de alguna u otra manera, expresan el dolor espiritual colectivo a partir de un profundo análisis sobre el desarraigo de nuestra época. Esa perspectiva, con frecuencia crea una rara conexión emocional entre el público y sus dramas, casi todos enfocados hacia cierta angustia íntima, una tensión apreciable que convierte a cada una de las películas del director en pequeños debates sobre la vida moderna a través de una evidente introspección argumental. Desde su ópera prima “Sydney” (que reflexionó sobre el mal moderno en clave melancólica) hasta “Magnolia” — quizás su película más acabada y redonda — en la que medito con cuidado sobre las pulsiones de nuestra cultura, Anderson parece obsesionado con la veleidad de la memoria y el tiempo, pero sobre todo, con la capacidad de lo social como una forma de expresión estética. Para Anderson, hay una evidente relación entre la belleza, el dolor y el temor. Un vínculo secreto que sostiene un poderoso concepto sobre la identidad.

Algo parecido ocurre con la magnífica, adictiva y elegante “Phantom Thread” en la que el director analiza otra vez sus temas favoritos, pero esta vez convierte la idea sobre el bien y el mal, las obsesiones y el amor en algo mucho más elaborado, discreto y poderoso. Hay algo definitivamente poderoso, esa insinuación del amor convertido en férrea necesidad de posesión y creación, en la delicadeza de una puesta en escena complicada y preciosista. Para Anderson, parece de enorme importancia analizar la percepción sobre el poder personal pero también, la rivalidad entre la comprensión de la individualidad, a través de esta mezcla de mirada al arte como expiación del dolor. Una vuelta de tuerca a la forma en que comprendemos lo meramente estético o al menos, una noción profundamente dura sobre el dolor y su expresión como una forma de arte.

Claro está, Anderson es considerado como un coloso artístico, un término un tanto exagerado que aún así parece resumir esa intención del director por otorgar sentido artístico a todo tipo de símbolos específicos. Después de todo, fue Anderson quien se atrevió a analizar la pornografía desde el elemento humano y un evidente cinismo elemental: “Boogie Nigths” sigue siendo una pequeña metáfora inquietante sobre el dolor descarnado de una sociedad de símbolos vacuos. En ““There Will Be Blood”, Anderson se obsesionó con la furia, el dolor y la oscuridad y creó un alegato profundamente humano sobre el poder, sus alcances e implicaciones, todo en clave de épica oscura dotada de un sentido casi trascendente. El director asumió el poder de la locura — o al menos, lo que un inspirada guión asumía como locura — y lo dotó de una dimensión nueva que elaboró todo un discurso sobre la ambición que sorprendió por su efectividad. Anderson dejó claro que incluso la rapacidad soterrada — esa comprensión sobre la avaricia tan cercana a un épico pecado capital — estaba sostenida por algo más sutil y profundo. Una reflexión sobre la necesidad de nuestra cultura por analizarse a sí misma desde sus dolores más profundos.

En la película “Phantom Thread”, Anderson regresa al análisis sobre la figura patriarcal en busca de redención pero además, le agrega un inusitado elemento de pura delicadeza intelectual. Una redención de sorprendente belleza argumental que resulta por momentos inquietante por el hecho de convertir la misma ambición y avaricia que Anderson analizó en sus anteriores obras en algo más extraño y fascinante. A través del personaje de Reynolds Woodcock, Anderson reflexiona de nuevo sobre los límites del dominio, el control y el sentido de una masculinidad tóxica, que el director convierte en algo mucho más elaborado, elemental y profundamente sentido. Para el director, parece de enorme importancia que la historia de “Phantom Thread” — aderezada y sostenida sobre cierta idea ambivalente sobre la bondad y la maldad, la necesidad del poder pero también, el rasgo más conmovedor de la belleza — sea un reflejo de una evolución consistente sobre el personaje masculino que hasta ahora, Anderson ha desarrollado de película en película. Su Reynolds Woodcock — de una suave y elegante fiereza — demuestra no sólo la forma como el director analiza la fuerza masculina sino además, como percibe el poder, lo que convierte a “The Phantom Thread” en una obra de arte de la insinuación y la elegancia visual. La película, con su enorme carga simbólica, deja claro que Anderson de nuevo medita sobre la figura masculina, pero también añade una insólita dimensión, al expresar el arte y lo estético como una forma de poder directamente vinculada con la identidad y la individualidad. Toda una combinación que se sustenta sobre la visión de Anderson sobre la virilidad, la voluntad creativa pero sobre todo, la percepción sobre lo que nuestra cultura asume como poderoso. Anderson concibe al rígido modisto de la década de los cincuenta, como un artesano de enorme talento, pero también incapaz de asumir la belleza como otra cosa que un lenguaje privado. “Phantom Thread” analiza — casi de manera involuntaria — las líneas y pequeñas conexiones entre lo que consideramos poderoso pero también, de la cualidad de la belleza para reflejarlo. ¿Puede ser la belleza un símbolo de fuerza? ¿Puede traducirse las cualidades tradicionalmente relacionadas con lo femenino como la elegancia, la sutileza y la ternura del mundo de la moda en algo más contundente y agresivo?

La reflexión de Anderson tiene mucho de paradójica y sobre todo, de esa necesidad del director de analizar la proyección de la figura masculina — idealizada y tradicional — a través de una visión que busca empalmar y analizar las raíces conjuntivas de lo viril con algo más complejo. En “Magnolia” Tom Cruise interpretaba a un orador machista que lanzaba incendiarias diatribas sobre el poder y lo masculino, al tiempo que parecía sostenerse sobre una endeble y frágil vida familiar. Lo mismo ocurre en “Phantom Thread” en donde el director logra crear en un contexto de extraordinaria belleza, una pretensión ideal sobre lo viril que roza una evidente dureza. Pero también, Anderson parece profundamente sorprendido por la capacidad de su personaje para reflexionar sobre sí mismo como parte de un contexto hostil y violento que se construye a través de ideas subyacentes, proclives al análisis sobre lo que consideramos masculino y femenino en medio de un debate perenne sobre el tema.

La película está inspirada al menos en parte, en la vida del diseñador Charles James, un reconocido diseñador británico reconocido durante buena parte de la década de los cincuenta por sus magníficos y sobrios diseños. No obstante, Anderson elaboró una percepción sobre lo bueno, lo bello y lo hermoso, relacionada directamente con nuestra concepción de lo que puede ser artístico. A su vez, el director se hace preguntas no demasiado disimuladas sobre el poder ejercido por el hombre — las relaciones de Woodcock con las mujeres a su alrededor son cuando menos extravagantes cuando no sencillamente duras — y la forma como crea una visión sobre la mujer, rayana en un tipo de dolor muy específico y contundente. Nada es casual en la búsqueda de Anderson de pormenorizar y conceptualizar lo femenino y lo masculino en los rígidos conceptos tradicionales, pero además, resulta evidente que el director asume el hecho clásico y consecuente de lo moral como una noción sobre lo que consideramos normal y evidente. Woodcock es un hombre de extraordinario talento, pero también carente de cierta sutileza intelectual. Y mientras a su alrededor las mujeres brillan por su capacidad artistica o su mirada casi fría sobre lo poderoso — un atributo que suele atribuirse al hombre — Woodstock se analiza como la mano expresiva de un tipo de talento nato que asombra por su cualidad para fascinar. El modisto encarna al bien y el mal cultural en una época especialmente restrictiva y dura, lo cual resulta de enorme valor como metáfora sobre la cultura occidental.

“Phantom Thread” llega a la pantalla grande en un momento especialmente álgido sobre el debate acerca del poder masculino, un cambio cultural y conductual que comienza a asombrar por sus implicaciones. De pronto, el incesante cuestionamiento sobre el género — y las relaciones que se establecen entre ellos — se reconstruyen dentro de un ámbito de valor que se asume necesario para comprender nuestra herencia cultural. Con su aire refinado y duro — una joya pulida que puede convertirse en una cárcel argumental — “Phantom Thread” medita de manera durísima sobre las relaciones de poder entre hombres y mujeres, sin que el tema sea evidente ni mucho menos el centro mismo de la narración. No se trata de un debate sobre el machismo, sino la forma en que hasta ahora, la correlación entre el bien y lo que consideramos necesarios. Con su versión inquietante y directa sobre el Pigmalión — construida a base de esa mirada perspicaz sobre el bien y el mal convertido en voluntad estética — la película convierte la disyuntiva del hombre poderoso — y como expresa su poder — en una eventual mirada sobre la forma en que nuestra sociedad asume la desigualdad. Woodcock representa el poder que se expresa como atributo — para el personaje, el derecho inalienable de crear no se equipara al de las mujeres — por lo que la visión sobre el temor y la belleza, se analiza desde cierta connotación inquieta y dura. Como si se tratara una de versión elegante, refinada pero igualmente dura del mundo que habitan los Weinstein y Kevin Spacey de nuestra época, la visión de Anderson sobre la masculinidad tóxica, resulta del todo insólita y poderosa por sus implicaciones. El Woodcock de Anderson quiere gobernar — ejercer el poder — y lo hace a través de una mirada durísima sobre el dominio que ejerce en su imaginación sobre el mundo que le rodea. Todo envuelto en un extraordinaria visión de belleza.


viernes, 5 de enero de 2018

Una recomendación cada viernes: “Berta Isla” de Javier Marías.




Se suele decir que Javier Marias es el fruto de su entorno, como si su talento literario fuera consecuencia directa de una línea biológica que lo predispuso para el mundo intelectual. Razones no faltan para concluir algo semejante: el escritor es el cuarto de una familia de cinco del renombrado filósofo y miembro de la real Academia Julián Marías. Un catedrático reconocido por sus argumentos complejos sobre el mundo y su capacidad para comprenderse así mismo que muchos reconocen en los libros de su hijo, el autor. Como si eso no fuera suficiente, Javier también pudo haber heredado la elocuencia de su madre, la escritora Dolores Franco Malenas o compartir conocimiento y complicidad intelectual con su hermano, el historiador de arte Fernando Marías Franco. Si alguien tenía dudas sobre la ilustre línea de parentesco que avala la reputación de Marías también habría que nombrar, para redondear el peregrino concepto, al Cineasta Jesús Franco, tío materno del escritor.

No obstante, Javier Marías es algo más que la suma de las partes de su enrevesado e intelectual árbol genealógico. No sólo se trata de una de las voces más elocuentes de la literatura Española, sino además, tiene el raro honor de construir su propia ideal sobre su visión de la palabra en cada oportunidad posible. Sagaz, audaz, extrañamente irónico, Marías es un portentoso narrador que ha sabido encontrar en los escenarios más improbables, una cuota de belleza que sorprende por su buen hacer y elegancia en la prosa. Pero además de eso, Javier Marías es un personaje en si mismo: Una visión sobre el creador literario a mitad de camino entre lo evidente, lo contradictorio y lo levemente desarticulado. Como si se tratara de una de sus novelas — piezas de milimétrica y maravillosa precisión — Javier Marías se concibe así mismo como un escritor que escribe sobre si mismo.

Y es que lo que sorprende de Marías, es quizás su cercanía, su don para la palabra elocuente, su amabilidad sentida y llana. En la entrevista que le realizó el periódico ElPaís de España luego que su novela “Así empieza lo malo” fuera elegida el mejor libro del 2014, demostró que no sólo es un hombre que ama escribir — y lo hace de manera espléndida — sino que también está muy consciente de su papel como escritor. De hombre frente a las cámaras y frente al periodista. Sonriendo, todo ojos en el rostro pálido de intelectual irreprochable, su primer comentario es para una broma “Mi cardiólogo me va a reñir por salir fumando en las fotos” explica y luego explica que el médico se convirtió en uno de los personajes del libro homenajeado. Y es que para Marías, la realidad y la ficción parecen entrelazarse en finos hilos indeterminados, en un paisaje elemental que crea algo más que una página escrita. Se trata de una visión sobre lo que se cuenta tan vivaz como poderosa, tan profunda como real. Para Marías, el oficio de escritor trasciende la palabra, va a todas partes. Es el reflejo de los personajes en quienes conoces, de la personalidad del libro que es la suya propia. Y más allá de eso, un límite borroso entre quienes somos y quienes deseamos ser, esa percepción de la belleza y la ternura que parece zigzaguear entre lo bello, lo extraño y profundo a medida que avanza su percepción sobre el Universo literario que intenta crear.

Tal vez por ese motivo, la novela más reciente del escritor “Berta Isla”, es una vuelta de tuerca al estilo más depurado de Marías, con esa noción sobre el mundo real como panacea a los dolores existencialistas y su infalible visión sobre la vida incompleta, a mitad de camino entre la duda, el desconcierto y algo muy semejante a la belleza. Se trata de una novela que asume su cualidad como reflexión sobre la desolación y la belleza, sobre el temor y el miedo. Pero también es una mezcla delicadísima y elegante de humor, opiniones — algunas dolorosas, otras definitivamente provocadoras — que Marías entremezcla con complejas escenas. Con su estilo zigzagueante y una magnífica estructura, la acción parece discurrir entre lo verídico y algo más difícil de discernir, en medio de una narración rápida y agil. Hay un elemento de absoluto desamparo que Marías dota de un significado casi épico. Juntos, todos los elementos crean un sentido del asombro que convierten la novela en un tapiz de situaciones y personalidades que desconciertan por su complejidad. Como un juego de referencias cruzadas, el escritor logra trasponer situaciones y crear un aire de fatalismo, que además, dota a la historia de un aire de misterio subyacente. En las novelas de Javier Marías, las citas literarias crean una trama que el permite al lector seguir el rumbo de los personajes como un hilo conductor de puro conocimiento entrelazado. Y “En Berta Isla” el efecto es notoriamente sabido, lo que brinda a la narración entera un aire de sorpresiva belleza.

Para Marías, los personajes suelen ser reflejos de sus opiniones y en “Basta Isla” la noción le permite construir personalísimos puntos de vista, no obstante las contradicciones que eso pueda provocar. Para Marías, toda novela es un reto, es una percepción de la realidad ambigua, llena de pros y contra en los actos de los personajes. Y en “Berta Isla”, el reto parece ser mayor: ya sea en tercera o en primera persona, el narrador nunca emite juicios morales a pesar que podría hacerlo y permitir a Marías sermonear al lector desde la periferia. Sin embargo, el escritor se cuida de hacerlo: “Berta Isla” avanza entre lo extravagante, lo simple y lo extraño — una singular combinación que en manos menos hábiles podría no funcionar — y sostiene planteamientos de enorme agudeza, interpretados desde lo cotidiano y lo doloroso. Para Javier Marías no hay nada sencillo, nada elemental. Toda situación y circunstancia parecen entremezclados en una perspectiva mucho más dura, coherente y directa sobre el mundo. En “Berta Isla” los personajes son capaces de atravesar las hojas y sorprender al lector. Por otro lado, algo común en las novelas del escritor: en una ocasión confesó que seguía sorprendiéndole que quienes le leían, pudieran asumir a sus personajes como criaturas de carne y hueso. “En una firma de ejemplares una señora me dijo que estaba indignada con el comportamiento de un personaje. Otra le respondió: “Es que el marido…”. Supongo que es bueno que el lector se meta en una novela lo suficiente como para que las vicisitudes de los personajes le sean motivo de aprobación o de indignación. Me sorprende por el tipo de novela que yo hago, que no es de técnica realista, pero me agrada, claro. El mayor elogio que se le puede hacer a una novela es hablar de sus personajes como si fueran personas reales” contó en una entrevista. Y más adelante añadió “Es un poco como crear vida. Como asumir que la palabra sostiene la belleza desde lo que creas sin saberlo”. En “Berta Isla” crea además una percepción sobre el bien, el mal y lo insólito que supera cualquiera de los intentos del escritor por recrear escenarios imposibles. De pronto, la vida de sus personajes supera al miedo, supera a las pequeñas desgracias que le rodean. Se miran desde un cristal de considerable inteligencia. Y el mundo que les rodea se convierte en escenario, en reconocimiento de su propia existencia.

Sin duda, para Javier Marías, la escritura y la creación proviene de esa belleza perdida. ¿Heredada? ¿Asimilada? ¿Fruto de la experiencia? El escritor se niega a ser comprendido de una manera sencilla. Y sigue escribiendo. Fascinado quizás por su capacidad para reconstruir la realidad y sostenerla a partir de una idea consecuente. Con una sonrisa, el mismo hombre que se sorprende del efecto de lo que escribe, admite que sus historias y sus personajes son suyos, una puerta abierta a la imaginación. “Todos los personajes tienen algo de realidad, y siempre hay algo de uno mismo en todos ellos. Yo tiendo a poner cosas mías en los más desagradables. A veces son meros detalles. Pero todos existen en mí: el escritor en busca de su espejo”.

Una manera de asumir el valor de su propia pero sin duda también, una forma de celebrar esa visión personalísima del escritor sobre el mundo que crea, que asume como propio y que obsequia al lector como parte de un deseo de trascendencia. Toda una contradicción que nace de algún lugar misterioso de la mente de quien crea y que sin duda, es el mayor atributo de cualquier obra destinada a sorprender. Una forma de elaborar una nueva dimensión sobre lo real y lo profundo, en medio de lo que la palabra puede ser.