jueves, 20 de septiembre de 2018

Crónicas de la ciudadana preocupada: La generación perdida en Venezuela.




Hace unos días, un buen amigo me preguntó casi con inocencia como me sentía siendo parte de la llamada “Generación perdida” de Venezuela, término que podría traducirse — e incluir — a todos aquellos quienes crecimos durante el sacudón histórico de de la llamada “Revolución Chavista”. No es un término ofensivo — al menos no me lo parece — pero si lo bastante inquietante como para que la mayoría de las veces me deje sin palabras, un poco aturdida. Como si no supiera componer en palabras la desazón que me provoca formar parte de un proceso histórico que destruyó el futuro de buena parte de mis contemporáneos. Que melodramático suena eso, me digo. Que realista, también.

— Lo pregunto — se apresura a aclarar mi amigo desde la imagen diminuta del Skype — que es como crecer y hacerse adulto en plena postguerra. Como sí…no lo sé…

Sigo en silencio. Bebo sorbo a sorbo la taza de café que tengo entre las manos. Mi amigo vive en Inglaterra. Nos conocimos en uno de los innumerables cursos online que he llevado a cabo para lidiar con el miedo, la desazón y la desesperanza que campea en Venezuela desde hace más dos décadas. La educación a distancia ha sido una de las maneras que encontré para sostener la cordura, para hilvanar con hilo fino la noción sobre la supervivencia. Y eso también es un síntoma de la generación perdida, de lo que nos han arrebatado, del dolor de un país violento que se convirtió en pura amenaza.

— Es algo como esto: Aferrarte a los restos del desastre — respondo por fin — he tomado todos los diplomados y cursos que he podido porque en Venezuela, la educación se redujo a una lucha por evitar el desastre definitivo. Las Universidades a punto de quebrar, el resto luchando contra la emigración del talento. De modo que he tenido que educarme con los medios a mi alcance, de la manera que puedo.
 — Eso es muy loable — dice él y sonríe.

No le hablo, claro está, de lo que significa verdaderamente intentar mantener a salvo la cordura en un país que te empuja hacia el extremo contrario. No le hablo de la preocupación que me invade cuando comienza a llover, por ejemplo. El hecho que en Venezuela la infraestructura no soporta mucho los embates del clima. Y si somos muy francos, no soporta mucho cualquier cosa. De manera que apenas escucho la lluvia me asomo por la ventana a mirar la tormenta con una sensación de inminente desastre: miro la lluvia y me pregunto qué ocurrirá ahora. En cualquier otro país del mundo, no me inquietaría las posibles consecuencias que podría padecer la ciudad luego de algo tan corriente como un torrencial aguacero. Pero en Venezuela, es normal el desasosiego. ¿Qué debo esperar? ¿Un apagón? ¿Una crisis de servicios públicos? ¿Alguna otra avenida transitada que se abre a la mitad por efecto de la lluvia? En Venezuela uno nunca está seguro que sucederá…pero si sabe que será inminente y probablemente desalentador.

Tampoco le cuento que la mayoría de las veces no me equivoco: que luego de algunos minutos de lluvia, habrá súbito apagón eléctrico. Otra vez, pensaré con un suspiro. Durará quizás unos pocos minutos: los suficientes para que todos los electrodomésticos de mi casa tengan un súbito vaivén de voltaje. O varias horas en las que me quedaré sentada en la oscuridad. Habrá algo surreal en la escena, con los rayos y centellas iluminando la calle, la lluvia golpeando las ventanas y yo sentada, en plena oscuridad. Y pensaré, en lo vulnerable que me hace sentir esta visión de país en escombros, esta idea de sobrevivir día a día a una pequeña catástrofe urbana. Comenzaré a reír, seguro. No sabré porque lo hago. Quizás porque en mi imaginación la escena se dibuja triste y patética, quizás porque recuerdo que ahora mismo, la mitad del país quizás está a oscuras, que como dirían mis amigos que viven fuera de Caracas, la ciudad sólo padece una breve anuncio de la tragedia habitual de un país que se desploma en ineficacia. Y me reiré, a carcajadas hasta que siento que los ojos se me llenan de lágrimas, tengo una sensación extravagante de pura y súbita lucidez. Venezuela es una circunstancia rodeada de ceguera, Venezuela, la real, existe más allá de ese pequeño cuadrado de luz que miramos fijamente para olvidar lo que nos rodea. Venezuela es un escenario a oscuras, Venezuela es un temor que apenas se concreta. Venezuela no se reconoce así misma. Venezuela está disfrazada de país cuando no es más que una idea de temor. Eso somos. Un país de dolientes con el muerto de la ineficacia a cuestas. Un país asombro, que carga su inocencia rota sobre los hombros. Y en esa oscuridad breve, veo a Venezuela más clara que nunca. La asumo como desgracia leve, como pequeño tormento. Un pequeño dolor.

— Loable, sí pero es parte de la pérdida de la que hablas — prosigo — y es lo que vivo a diario. Lo que vivimos, un país que se desploma en escombros a tu alrededor.
 — Sobrevivir — dice mi amigo.
 — Seguir cuerdos — añado yo.

La generación perdida. No es la primera vez que alguien usa el apelativo. Lo he escuchado durante las frecuentes reuniones de despedidas — que ya no lo son tanto como hace dos o tres años, ahora la emigración es callada y casi discreta — , la soledad de las interminables ausencias, la colección de frustraciones a las que te somete Venezuela. Eso claro, sin hablar de los problemas realmente duros de sobrellevar, más allá de los refinamientos de una buena conexión a internet o el servicio eléctrico de calidad. Hablo del miedo al hambre, de los millones de enfermo cuya vida peligra por la escasez de medicinas, de los Venezolanos que huyen a diario por las fronteras, para llegar a países en donde se les rechaza y se le discrimina. La incertidumbre en todas sus formas, en todas sus temibles dimensiones.

Pero hay cosas más pequeñas sin duda. El haber perdido la aspiración a simple cotidiana. Olvidar la normalidad. La incertidumbre de la adultez sin un sentido de futuro. Mantener la vida a flote en mitad de un marasma sin demasiado sentido. A veces, resulta tan abrumador, tan doloroso que la idea te sobrepasa. Ocurre de vez en cuando, cuando el trajín frenético de sobrevivir a un país en ruinas te permite un rato de sosiego. Entonces te haces preguntas triviales, casi simples. ¿Cuándo fue la última vez que te reuniste con tus amigos más queridos para conversar? ¿Cuándo fue la última vez que compraste un libro? ¿O acudiste al cine? Te lo preguntas, con una sensación de alarma que no sabes bien como encajar. Que no comprendes en toda su extensión. Porque no se trata sólo de la certidumbre de la pérdida, sino de la ruptura de tu identidad en mil fragmentos irrecuperables, abiertos a interpretación, sin sentido ni forma.

Hará unos dos o tres años, solía creer que toda crisis te hace más fuerte, más firme. Lo hace, sin duda. Pero la fortaleza no proviene de la forma en como asumes la vida antes o después, sino como logras mantenerte en pie a pesar del dolor y el miedo. Un pensamiento inquietante, si se analiza con cuidado. No obstante, como parte de esta generación perdida, terminé por intuir que la fortaleza de la crisis es ficticia, es una sensación ambivalente más parecida a una terquedad ciega que a cualquier otra cosa.

Lo pienso mientras me formo en fila para comprar algunas cosas en el supermercado arrasado por la escasez. La cólera me cierra la garganta, pero también hay mucho de impotencia, una simple frustración que me deja débil y agotada. Me levanto en punta de pies para mirar el tumulto que me precede: un centenar de personas hormiguean frente a la reja azul del supermercado. Como yo, se trata de hombres y mujeres en edad productiva que intentan encontrar los artículos que hace ya meses desaparecieron de los anaqueles de locales y comercios. La mayoría no acudirá al trabajo para aprovechar la oportunidad de adquirir productos a un precio regulado. La mayoría, como yo, sigue sin comprender muy bien la situación que atraviesa. Este paisaje derrotado y aprensivo en que se han convertido las calles del país.

— Yo tuve que pedir los lunes libres en el trabajo porque si no es así, los muchachos no comen — me explica una mujer que espera unos metros por delante en la fila. Me cuenta que es madre de tres (todos menores de edad y cursando primeros grados de primaria) y que no puede darse el lujo de acudir a los llamados «bachaqueros». — No tengo plata (dinero) hija, no me queda otro remedio que venir para acá a esperar. ¿Qué más puede hacer uno?
No sé qué responder a eso. Un hombre que nos escucha sacude la cabeza y se acerca a donde nos encontramos. Tiene el rostro colorado por el calor y la expresión tensa y agotada de todos los que esperamos bajo el sol inclemente del eterno verano caraqueño.

— Yo prefiero hacer mi cola. El otro día encontré café, ¡casi veinte veces el precio de verdad! — comenta — No hay forma de alimentarse en este país. Lo que sea que encuentres por tu lado, es tan costoso que tienes que venir a hacer tu cola y aceptar la limosna al gobierno. Así estamos.

Una anciana unos pasos se vuelve para mirarnos y comienza a criticar en voz alta y sin molestarse en disimular su angustia a los «bachaqueros», los supuestos culpables de la situación que atraviesa el país. Explica a quien quiera escucharle que esos «desgraciados» son los que compran barato y venden caro y por supuestos, los responsables de la «hambruna» en Venezuela. Me pregunto si vale la pena explicarle que en un país cuyos medios de producción fueron destruidos por sucesivas políticas de expropiación y control, los revendedores son el menor de los problemas. Si debo explicarle que en Venezuela el aparato de producción, distribución y comercialización fue destruido por una mera cuestión de ideología. Que en esta Venezuela socialista, el poder está empeñado no en el bienestar de sus ciudadanos sino en mantenerse a salvo de supuestos ataques del sector privado y de cualquiera que no dependa del gobierno para subsistir. Al final, prefiero callarme, contener el torrente de quejas, señalamientos y palabras. Quizás ella no necesita escucharlo.

Y es que la mujer — de unos sesenta y pocos o unos setenta bien conservados — parece al borde de las lágrimas, con la voz y la expresión impregnadas de una angustia tan palpable que me conmueve. Se mueve de un lado a otro, apretando contra el costado el bolso de plástico vacío que lleva colgado al hombro. Parece desvalida, una víctima herida sin cicatriz visible. Me pregunto si todos tenemos ese aspecto ahora mismo.

— ¿Usted sabe lo que significa a mi edad ponerse a hacer cola para tener algo que llevarse a la boca? — me dice. Y me mira con los ojos muy abiertos y angustiados. Tiene un rostro flaco, lleno de arrugas y de pronto me parece muy frágil. Una niña de cabello gris tambaleándose sobre sus pies hinchados — ¿Tener miedo al hambre? Uno no está para estas cosas. Uno no tiene por qué pasar esto en la vejez.

Aprieta la boca. Nos da la espalda. El resto de quienes la rodeamos guardamos un respetuoso silencio. El hombre que habló antes se seca el sudor del rostro con la manga de la camisa y parece tan abrumado que por un momento, temo se eche a llorar. Pero cuando habla otra vez su voz es clara y firme.

— El venezolano no sabe sobrevivir a esto — dice — . Somos muchachos malcriados que el padre consintió demasiado. Primero cuarenta años de robos democráticos — sonríe con tristeza — y ahora casi veinte más de saqueo en nombre «del pueblo». ¿Y el venezolano? Jodío hasta las pelotas mija. Jodío para siempre.

Hace unos años, cuando la escasez empezó a mermar la cesta de productos básicos, un periodista me insistió en que el venezolano jamás comprendería lo preocupante de la situación que vive hasta que lo aplastara. Que como adolescentes sociales y culturales que somos, correríamos de un lado a otro para evadir el peso de la culpa, la realidad, la situación, la circunstancia y finalmente la consecuencia y que jamás aceptaríamos que el país es el reflejo de su población. Corría el año 2014, la cesta petrolera rebasaba los 120 dólares y el país disfrutaba de una improbable bonanza económica. Gracias a los sucesivos subsidios del Gobierno, podías viajar con divisas extranjeras compradas a un precio irrisorio a cualquier lugar del mundo. Un estudiante podía costearse un costosísimo postgrado en alguna prestigiosa Universidad gracias a su tarjeta de crédito. Los anaqueles rebosaban de productos importados y para la gran mayoría de los venezolanos, enamorados y obsesionados de la figura de Chávez, la prosperidad era cosa cierta. Una visión sobre la Venezuela posible, prometida por el líder carismático y apoyada por docenas de políticas populistas disfrazadas de discurso emocional. Fue el nacimiento de las llamadas «Misiones» que hicieron a millones de venezolanos dependientes del Estado a un nivel casi enfermizo. Nunca antes el ciudadano venezolano había dependido de tantas formas del poder. Nunca había sido parte de una estructura de control pensada para que el gobierno se convirtiera en el más grande empleador, en el padre economico de buena parte de la población de Venezuela. Una red de ideología que se sostenía sobre las carencias y la ambición de una población acostumbrada a mirar el poder con reverencia.

Recuerdo eso mientras la fila avanza con lentitud. Un grupo de cinco militares con el arma de reglamento bien visible aparecen caminando por la calle y comienzan a custodiar la cola. Uno de ellos vuelve el rostro brillante por el sudor y nos dedica una mirada dura, remota. Han transcurrido casi cuatro horas desde que llegué y todavía no estoy cerca de entrar al supermercado. Un barullo de gritos y forcejeo llena algunos espacios de la calle y una violenta impaciencia caldea el aire. Todos quieren entrar pero la mayoría está consciente que con toda seguridad, el inventario de productos no será suficiente para satisfacer a las casi centenar de personas que esperan. Siento un rápido latigazo de miedo. Recuerdo las narraciones periodísticas sobre saqueos y hechos de violencia. ¿Ocurrirá aquí en mi tranquila Avenida de clase media? ¿Ocurrirá en medio de esta multitud de hombres y mujeres cansados que miran con impaciencia los bultos que se descargan de los camiones? ¿En qué nos ha convertido la crisis? ¿Quiénes somos ahora mismo?
Nunca pensé vivir una situación semejante. Crecí en un país ostentoso, superficial y frívolo. Un país con una economía frágil pero que aún podía sostenerse. Un país donde podías encontrar en los supermercados los mejores importados junto a los tradicionales venezolanos. Un país donde pude estudiar dos carreras universitarias con un salario de freelance esporádico. Un país donde con mis pocos ahorros, pude comprar un automóvil nuevo. El venezolano es inocente, torpe, iracundo, sin armas frente a la crisis. No comprende su magnitud, su profundidad, lo que vendrá después. Y me aterra el pensamiento que tampoco lo entiendo, que apenas comienzo a atisbar el abismo en que me encuentro. Sin futuro, presa de la incertidumbre. Un ciudadano sin rostro.

Finalmente decido no comprar nada. Abandono la cola y caminó con paso rápido y nervioso. No miro hacia atrás hasta unos cientos de metros más allá. La calle rebosa por el descontento, la rabia, el miedo. El supermercado a oscuras tiene el aspecto tétrico, en mitad de la calle llena de una multitud enfurecida y rodeada por el tráfico caótico. Y ahora sí, no puedo contener el llanto. Lo hago de pie, como abandonada, mientras transeúntes de rostro abrumado me tropiezan al caminar. No dejo de mirar el supermercado, la ola de gente que avanza y golpea las paredes. No dejó de sentir miedo — real, puro, doloroso — por lo que ocurre, por lo que ocurrirá en el futuro y que no tengo idea de qué podrá ser. Y mientras lloro, pienso en el desamparo, en el país sumido en el caos y la amargura. En el ciudadano desposeído y con los brazos vacíos. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Quiénes somos ahora?

Sigo sin encontrar respuesta. Supongo que nunca la tendré en realidad.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Tres cabezas de una Hidra: Carolina Otero, Laura Riding y Lady Ottoline Morrell;





Ese engendro de mitad del siglo XX que, con un cigarrillo en los labios y el arma oculta en la ropa impecable, lo femenino puesto a desconcertar. Un mito contradictorio que parece crearse por inspiración propia: luchar entre la cultura que la invisibiliza y la biología que la enaltece. Todo junto a la observación fetichista en una cultura que mira a la mujer, a la hembra de la especie de humana, como un enigma aún por develarse.

Ríos de tinta han corrido desde que el positivismo admitiera a la mujer como contraparte del varón y no sólo como su débil reflejo. Décadas de contraposiciones, busquedas y cuidadosas contradicciones que dejan a la mujer no como una criatura expulsada del Edén, sino como una figura elemental en la cultura del hombre que la ignora. La paradoja de intentar definir lo que no se conoce, lo que hasta hace poco era una incógnita biológica.

La mujer pasó de ser la que colgaba del brazo del marido y era torturada por el corset a la creadora y sensible que poco a poco comenzó a construirse en el siglo XX. Y es que lo femenino, salvaje y desprovisto de las envolturas delicadas que la imaginación masculina quiso darle, se descubrió como una parte más de la sociedad mutable, con esa conciencia del siglo reconstructor del dogma que nació en la centuria pasada. La mujer se favoreció de la caída en desgracia de la fe, de la muerte de los dioses y el descubrimiento de la ciencia como faro en la oscuridad para comprenderse así misma.

Y, como todo misterio, lo femenino — tradicional y reformador — tiene sus mitos. Como esa atormentada Charlotte Bronte, que sufría de grandes depresiones y escribía para escapar del caos de su existencia sin sentido. ¡Y cómo supo ensalzar ese encierro del espíritu en libros extraordinarios que le sobrevivieron! O Virginia Woolf, perturbada y doliente, que cruzó la idea de la mujer genio y se convirtió en símbolo del tormento creativo. La mujer real, la que se brindó un rostro propio, trasciende ese silencio social para mostrarse desnuda — completa — como ideal de su propia búsqueda de valor, como punto de llegada, como cabezas de una misma Hidra.

Carolina Otero: la cabeza que canta.
Un buen ejemplo de lo anterior podría ser Carolina Otero, conocida por la historia como La Bella Otero. Carolina, gallega de nacimiento y leyenda por decisión natural, construyó su propio mito. De hembra legendaria a bella mentira, de sueño idealizado a imagen quebradiza, La Bella Otero parece formar parte de esos personajes que se desdibujan en la leyenda. Embaucadora y divina, inventó su biografía y con esa primera gran trampa logró cazar la atención mundial y elaborarse paso a paso.

Otero, la mujer más bella de su época, sigue cautivando más allá de la tumba e incluso desde ese terreno impreciso de lo que existe y lo que podría mirarse entre las sombras. Hasta un escritor tan meticuloso como Carlos Fuentes pareció perderse entre los velos de su perfume engañoso. Para Fuentes, la campesina de Pontevedra, hija de una madre soltera de quien tomó ambos apellidos, se transmuta en gitana, en ideal salvaje. En su obra Cambio de piel (1967), Fuentes insiste en recrear un mito que no existió de origen y que aún así conserva con mimo.

Cantante y bailarina de Music All — como fue presentada en París — , era también un mujer de pasiones y una meretriz discreta que conquistó la mirada masculina de la época con encanto y una considerable dosis de osadía. Una mujer extraordinaria, que tuvo rendido a sus pies a las cabezas coronadas de una Europa empobrecida y a grandes magnates ingenuos, llegó a poseer una pequeña fortuna sólo para perderla tiempo después.

Sin embargo, la bella Otero jamás fue cruel. Como la nueva mujer del siglo naciente, era la encarnación de la belleza y la crueldad sabiamente combinadas. Vivía pasiones tan intensas como momentáneas, amores destructores que duraban apenas pocas semanas y sorprendían incluso al mundano París con sus tropelías. Tal vez por eso Guillermo II la invitó a bailar una obra especialmente escrita para su deleite y que ella interpretó a su manera. O, yendo más allá, cuando prefirió a Barón Ollstreder por encima de los hombres más guapos y poderosos de Alemania. ¿La razón? Su vigorosa personalidad. Y es Otero no por bella era menos astuta. Lo femenino de nuevo apelando al misterio, al temor y a esa eterna dosis de malicia que la imaginación popular le achaca.

Con el transcurrir inevitable de las décadas, La Bella Otero sucumbió a su propio mito. Desapareció de los salones iluminados y pareció volver a ese anonimato borroso de donde surgió. Pero de vez en cuando su nombre retumbaba para recordarla: se la volvió a nombrar cuando vendió sus joyas para pagar sus cuantiosas deudas y así sobrevivir a duras penas.

La Bella Otero murió como nació. Con las manos cerradas sobre el pecho, pobre y solitaria, en Niza en el año juvenil de 1965. Entre los dedos sostenía un valioso broche que un misterioso barón alemán le obsequió en un último homenaje galante. El último brillo de una vida extraordinaria del que nadie supo jamás cual era la verdad.

Esa belleza inaugurada por Otero se encarnó luego en otra mujer extraordinaria: María Félix desafiando a la cámara con la mirada en la piel de Carolina, la leyenda.

Laura Riding: la cabeza que renace.
Desconocida para algunos, temida para los demás. Esta poetisa es probablemente el epítome de la mujer cruel, de la madre devoradora y la maldad, en la manera simple como la concibe la cultura popular. Laura, misteriosa, inaccesible y tormentosa, asustaba. Y no sólo metafóricamente: inteligente y maldita, supo subsistir al margen de su propio mito y nutrirse del temor ajeno. No construyó su mito a partir de la dulzura venial de la Bella Otero, sino de una sustancia más pérfida, casi venenosa: un aroma a tentación envuelto en secreto.

La historia intentó desdibujarla bajo la sombra de sus amantes. El período más conocido de su vida es en el que estuvo emocionalmente vinculada con el poeta y novelista inglés Robert Graves, el autor de Yo, Claudio. Se dice que Graves eran tan frágil en su vida emocional como sólido en la académica. En esa combinación ambigua se cebó la crueldad natural de Laura. Robert Graves era un veterano de la Primera Guerra Mundial. Es probable que parte de su vulnerabilidad espiritual tuviera su origen en la pérdida del mundo que había conocido y la crueldad del combate. Esto hirió de manera indeleble la exquisita sensibilidad del autor. Se obsesionó con redimensionar el bien y el mal para reconstruir los valores burgueses que había conocido.

Esta necesidad de reinvención y de elaborar un nuevo concepto del mundo fue lo que le unió a Riding, quien por entonces pertenecía al grupo modernista de Los Fugitivos y anunciaba una transformación radical de lo conocido. El vacilante Graves, traumatizado con los horrores de la guerra, debió quedar muy sorprendido con esa propuesta y su necesidad de mirar el mal espiritual luego de mirar la violencia real fue su perdición. Riding, con su verbo iluminado y esa cruzada misteriosa del nuevo orden espiritual construido a través de la poesía, tenía sus propias ideas sobre el mundo. Sus poemas eran de índole tan transgresor y violento que Graves, ya un conocido poeta entonces, la invitó a visitarlo durante su estancia en Egipto, donde se había trasladado para dar clases en El Cairo. Con treinta años cumplido, burgués y literato, Graves probablemente no tenía idea de quién era realmente Laura, a quien el escritor Allen Tate tachó como “la mujer más loca que había conocido”. Y sin duda fue esa benigna ignorancia lo que hizo que Laura construyera lo que llegó a llamar un circulo sagrado con Graves y su mujer Nancy. Una manera mística de llamar a lo que sin duda era un vulgar ménage à trois.

Pero con Riding nada era sencillo. La mujer, perturbada, destrozó la apacible tranquilidad burguesa de Graves para transformarla en una alegoría transformadora y agobiante. Se dice que Laura y Graves escribían durante horas juntos, mientras la esposa de Graves cuidaba a los niños en una extraña familia que nadie podía entender muy bien. Como era de esperarse, la familia Graves colapsó bajo el peso de la locura de Riding y el circulo sagrado se trasladó a Gran Bretaña, donde la relación se tornó irrespirable y enfermiza. Mientras tanto, Laura seguía escribiendo, imparable, iluminada, disociada, enloquecida. En ocasiones en colaboración con Robert Graves, casi siempre sola. Versos, ensayos oscuros, intrigantes, cargado de simbología ocultista. Cada vez más crípticos, finalmente incomprensibles. Sólo lograba publicar gracias a la influencia de Graves, quien a pesar de todo continuaba convencido que Laura conocía el secreto de la expiación del dolor que el nuevo siglo había traído consigo.

Laura era sin duda revolucionaria en tiempos de hecatombe social, de la lenta caída de los temores. Y eso tuvo su mérito. Tanto que le permitió seguir escribiendo, devorando a Graves y a su esposa con esa inteligible locura que nadie entendió jamás. El Círculo Sagrado creció: nuevos amantes se unieron al delirio, los poemas de Riding parecían llenar el mundo y, claro, mucho sexo.

Con su verbo hermético e iluminado, Laura trascendió sus propios limites y arañó un tipo de eternidad: la de la locura como esencia. Muchos años después de separarse, Graves publicó lo que sería su obra más conocida: La Diosa Blanca, ésa que habita en el seno del alma humana y más allá de ella. Allí encontró a Laura, con su creación maldita y su necesidad de transgresión primitiva.

Lady Ottoline Morrell: la cabeza maternal.
Lady Ottoline no es un personaje, digamos, muy conocido. Su nombre quedó aplastado bajo el de sus protegidos, todos ellos famosísimos autores y pintores de una época dorada de renovación después de la cual el Mundo no volvió a ser el mismo. A pesar de eso, Ottoline tiene su propio brillo y la exquisita belleza de lo trágico: era fea, enorme, monumental, exquisita, culta en muchos aspectos y una gran ignorante en otros. Todo a la vez. Lucía como una criatura mitológica que debate y alterna con ideas que la superan pero también la complementan. Y es que todo en la biografía de Lady Ottoline parece estar a punto de derrumbarse: un halo dorado y fútil que se resquebraja con el sólido golpe de la realidad.

Lady Ottoline fue mecenas y admiradora de extraordinarios intelectuales de las primeras dos décadas del siglo veinte, especialmente del llamado grupo Bloomsbury (Virginia Woolf, Lytton Stratchey, E.M Foster, Henry James ). Pero a pesar de eso, no hay un recuerdo suyo que no esté impregnado de cierta burla, satirizado por la imaginación ajena. Los testimonios, hechos desde la burla su mayoría, evidencian una afectada visión del mundo que conmueve a la distancia. Ottoline protegió bajo su ala a una generación que se reía de las convenciones y se miraba como una expresión profundamente elemental de tiempo. De manera que, ¿cuál otro gesto podría existir más a tono con el nuevo humor cultural que burlarse de quien proporciona el dinero y la comodidad? La transgresión del absurdo, la temible subordinación al yo social.

La opinión unánime que existe sobre ella es la de una aristócrata venida a menos, una pobre excéntrica marchita que sostenía su imagen obsequiando lo poco que tenía a una generación de artistas que se burlaban secretamente de ella. Imagen trágica y falsa. Porque la verdadera Ottoline, escondida bajo los chismes de pasillo de una época cruel, representó ese último intento del siglo que acababa de morir para comprender al recién nacido siglo XX.

Ottoline no sólo deseaba ser una mecenas, sino la amiga de esos artistas portentosos que admiraba. Aspiraba la belleza, a la antigua usanza, barroca y extraordinaria. En su mansión rural de Garsington, donde se trasladó en el año 1915, empezó a recibir artistas y a llevar a cabo sus grandes escenas añejas de las que tanto se burlaron los artistas a quienes intentaba agradar. La mansión estaba siempre a rebosar de huéspedes y de invitados, a quienes agasajaba con enorme mimo, a pesar de los rigores de la guerra.

Inaccesible al cinismo, intentó enfrentarse a las consecuencias de la guerra y al sino de la existencia de la única manera que podía: con la belleza triste de un siglo crepuscular que acababa de morir. Ottoline luchó contra el desencanto. A pesar de importantes logros durante su vida, como impulsar junto a Roger Fry la llegada del postimpresionismo a Gran Bretaña, se desplomó en el sufrimiento inevitable de sentir que no pertenecía a ninguna parte. Perdió su célebre granja, se mudó a una modesta casa en Gower Street y siguió recibiendo a los desprotegidos desde su pobreza. Lo hizo con la ternura de siempre, con la amabilidad del creyente, aunque ya no había nada en que creer.

Luchó hasta el final por expresar su necesidad de belleza en esa necesidad de evasión del desastre, acogiendo a quienes se burlaron de ella y después la olvidaron para siempre. En su epitafio, escrito por T.S Eliot junto a Virgina Woolf, puede leerse: “Leal y valiente / la más generosa. / Guardaba sin embargo / un espíritu indomable”. Sin duda, una heroína del absurdo, una metáfora casi quebradiza de su propia decisión de trascender. La dualidad del poder, de ese misterioso y perdurable que sólo la feminidad parece conservar.

martes, 18 de septiembre de 2018

Crónicas de la ciudadana preocupada: el espectáculo, el dolor y la caída en desgracia del país anónimo.




Hace unos años, tenía la sensación que todo lo ocurría en Venezuela era una especie de combinación entre una ópera bufa y un caos ideológico inclasificable. La percepción no ha variado — empeoró de hecho — pero en lugar de provocar cierta curiosidad, ahora me intriga con esa dolorosa capacidad de observación que en ocasiones proporciona el temor, la inquietud, un sufrimiento privado que no sé muy bien como calificar. La vida puede tener un sentido extraño, cuando transcurre entre la incertidumbre y cierto drama perentorio. Y en Venezuela ambas cosas suelen confundirse con muchísima facilidad.

Desde ayer, la noticia que desborda la redes sociales en el país, es la visita de Nicolás Maduro al restaurant del famoso chef turco Nusret Gökçe, una ocasión caricaturesca en que el chef (conocido por sus manera teatral de cortar las carnes y condimentarlas como si les arrojara un hechizo) no sólo abrió las puertas de su famoso local a la familia presidencial, sino que además se aseguró de demostrar su aprecio con todo tipo de gestos espléndidos y respetuosos. Maduro disfrutó de la ocasión como cualquier otra de las celebridades que suelen frecuentar la red de restaurantes de Gökçe y fue agasajado por el chef con enorme efusividad. Al final, el video que recoge la ocasión se hizo viral y se convirtió en otra mirada a la Venezuela absurda y dolorosamente rota, que la mayoría de los Venezolanos debemos soportar.

— Lo realmente terrible es la exposición de nuestra orfandad — me dice un amigo — la sensación que Venezuela es un rehén de una situación trágica que a nadie le importa demasiado. Un gran espectáculo de la pobreza y el sufrimiento a la vista de todo el mundo.

Mi amigo es periodista y por meses, ha dedicado tiempo y esfuerzo en acumular el drama Venezolano desde todas sus aristas. Desde las calles en las que grupos de hombres y mujeres hambrientos comen directamente de las bolsas de comida hasta la emigración forzada de cientos de refugiados que recorren el continente a pie, la tragedia Venezolana tiene toda la apariencia de un desastre sin nombre ni condición que avanza en todos los sentidos como una oleada de devastación masiva. El comportamiento de Maduro (que volvía de una gira por Rusia y China en busca de financiación para la deprimida PDVSA) es sólo otra imagen para la colección de historia absurda que sostiene a la Venezuela resquebrajada en cientos de trozos desiguales. La historia perdida de un país que parece desplomarse a diario ante la mirada curiosa y levemente intrigada del resto del mundo.

— Animales de zoológico — dice de pronto mi amigo. Las mejillas se le enrojecen de furia — Eso es lo que somos ¿No lo piensas a veces? Un experimento social venido a menos que todo el mundo observa desde una considerable y segura distancia.

Por supuesto, lo he pensado. Lo hago cuando desconocidos de otros países me preguntan como es vivir en el país más peligroso del mundo o cómo sobrevivo a la hiperinflación. “¿Puedes hacerlo? Sobrevivir, me refiero” me preguntó hace unos días uno de mis compañeros del Máster Online de escritura creativa que llevo a cabo. “Lo intento, al menos” respondo. No sé si sentirme ofendida o simplemente cansada del interrogatorio casual, de la compasión convertida en algo más amargo que recibo cada vez que menciono el país del cual provengo. Alguien más me mira desde la pantalla diminuta del Hangout con una expresión inclasificable “Debe ser duro” dice con su fuerte acento inglés. Lo miro, con una sensación de profunda vulnerabilidad, una rabia fortuita y dolorosa que no sé muy bien como expresar. “¿El qué?” pregunto. La persona sacude la cabeza, se inclina hacia la pantalla, como si quisiera mirarme mejor “La eterna sensación de estar expuesta”.

Ah, porque de eso se trata ¿no es así? me digo en ocasiones. Esta percepción de la tragedia como algo de todos los días, compartido, debatido y analizado por cientos de voces que no la comprenden, que no pueden unir las piezas para comprender la cualidad errática y violenta del dolor que padecemos en un país sacudido por la violencia y la pobreza. La crisis se convierte en otra cosa, en una conversación sucesiva, interminable. En la señal reconocible, en la forma en que se comprende tu gentilicio, identidad. Lo que te rodea.

“Quisiera agradecer al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por su visita”, escribió Gökçe, ufano, antes de recibir un centenar de insultos y borrar el video de sus redes sociales. Para entonces, la visita de Maduro al restaurant del chef ya era tendencia mundial. De inmediato, todas las miradas se volvieron al presidente de un país en crisis capaz de disfrutar de las mieles de la fama y la fortuna, mientras la crisis socioeconómica y la escasez se multiplica, escala a niveles desconocidos e inclasificables. Según el último informe de la FAO — la agencia de Naciones Unidas para la alimentación — , Venezuela es el país más castigado por el hambre en nuestro continente. Entre 2015 y 2017, 3,7 millones de venezolanos sufrieron infraalimentación, una cifra que cuadruplica a las del trienio de 2010–2012.

Me niego a ver el video o las fotografías del espectáculo público en que se convirtió la cena de Nicolás Maduro. Pero aún así, no puedo evitar que la información llegue por todas las vías posibles, que se convierta en parte de todas las conversaciones a mi alrededor. La noción sobre el desastre convertida en algo más frugal y angustioso. Una percepción sobre el sufrimiento colectivo trasvasado hacia una escena polémica, simple, sin el menor valor. Finalmente, leo lo que el propio Maduro tiene que decir sobre su visita al restaurante del chef estrella: “Le envío de aquí un saludo a Nusret. Nos atendió él personalmente, estuvimos conversando, disfrutando con él. Un hombre muy simpático, ama a Venezuela”. Una querida amiga en mi Facebook se pregunta en voz alta cuando fue la última vez que alguno de sus conocidos comió carne, que pudo comprarla. Cuándo fue la última vez que dispuso del dinero suficiente para comprar alimentos sin el terror silencioso de la escasez. Nadie responde. Y Maduro sonríe en las fotografías, junto al chef de moda, que más tarde posa frente a una fotografía de enormes dimensiones del fallecido Fidel Castro.

Uno de mis profesores solía decir que la realidad se retrotrae a la manera en que la percibimos y en la manera que la traducimos. Mientras el escándalo escala — y se convierte en otro ingrediente más del enrarecido clima de un país golpeado por todo tipo de dolores y tragedias mínimas. “Un poco de Proust acá, algo más de Dickens para aderezar la melancolía, una corta medida de Fitzgerald Scott y la realidad es otra cosa” solía bromear, el querido profesor, que por cierto murió hace un par de años víctima de la diabetes en un país con escasez criminal de medicinas. Mi país se desmorona lentamente, se hace un reflejo borroso de si mismo y los ciudadanos sentimos una especie de temor apocalíptico ante la caída de las luces. ¿Quienes somos? ¿A dónde vamos? Aparentemente, Venezuela guarda silencio en medio de la incertidumbre.

Con frecuencia, me aterroriza el futuro. No el inmediato, sino el que se crea ahora mismo en medio de un país que se desploma a pedazos. La generación perdida, nos llaman a los sobrevivientes del chavismo con más de tres décadas de vida. ¿Y como llamaremos a los más jóvenes? ¿A los que no han conocido otra cosa que la Venezuela en una lucha interminable contra el miedo y el horror? ¿Contra la angustia violenta de construir una idea sobre el ciudadano que carece de asidero? Pienso en todo lo anterior mientras camino por una de las calles vecinas al lugar donde vivo. El concreto roto crea un desnivel casi peligroso en una de las esquinas y allí, se acumula la basura. En la parte superior y por obra de algún prodigio natural que no comprendo demasiado, retoña un musgo suave y blando, un pequeño retoño de alguna planta verde de tallo escuálido. Cuando la miras a la distancia, el conjunto tiene algo de hermoso en su terrible simplicidad, en su delicadeza despiadada. Lo contemplo y siento deseos de llorar. De…¿Qué? ¿tratar de comprender este silencio a dos bandas? ¿La visión de Venezuela transformada en una idea rota en mil partes distintas? No lo sé. Y la incertidumbre tiene algo de dramático, como si avanzara en medio de un desastre que se avizora en todas partes pero carece de explicación, sentido o forma. Soy una sobreviviente, me repito. Y pienso en el retoño de hojas débiles, abriéndose camino por entre la roca y la basura. Sacudo la cabeza, me hace reír mi propio romanticismo. No tiene el menor sentido comprender las ideas desde ese punto de vista, me digo. El país se convirtió en una interrogante, en un espectáculo bufo.

Bien decía Voltaire que si no existía Dios, había que inventarlo para tener bajo control a mujeres y criados. Que poca concreción, de esta época “revolucionaria” — de nuevo, otra revolución de las ideas que muere lentamente, desplomándose en medio de imprecaciones y un dualismo frenético- carente de absoluta coherencia. ¿No era Ea de Queiroz quién también afirmaba que era necesario no extender ciertas verdades entre el vulgo; pues sin formación suficiente para asimilarlas correctamente, el pueblo podía tomar el rábano por las hojas y armar una revolucioncita? Un pensamiento inaudito por lo cruel, sobre todo por la agónica muerte del valor social, este devastada cultura que perdió el rostro y el confín. Que lamentable que la única esperanza social que ha tenido el pueblo de Venezuela en los últimos 60 años haya sido la peor de todas las estafas históricas. Siento una profunda desazón, una sensación de pérdida inenarrable. ¿Dónde está el país que deseo, que anhelo, el que estaba inextricablemente vinculado a mi futuro? Sí, sé la respuesta, perdido en medio de una pobreza intelectual de vértigo y una completa ausencia del rostro joven de una sociedad que se encamina directamente hacia su mayor temor: el país transformado en una tragedia perenne, sin sentido y sin fronteras. Ah, sí, algún cínico me dirá qué no hubieran dado los eximios representantes de las Luces por legitimar su recato ideológico poniendo como ejemplo las revueltas en la banlieu de París o los suicidios aniquiladores del fanatismo islámico: y claro, a quién se le ocurre insuflar la liberté-egalité-fraternité en las cabecitas de quienes nunca tendrán medios para ejercerlas. Pero mi país, la Venezuela abstracta que aún está por construirse es la obra de todos quienes por omisión, por temor, pacatismo o angustia, dejamos que tenga la forma de una frustración enorme y sin razón.

Ah, que insoportable esta sensación de pura incertidumbre. Soy una hija de una época convulsa, una transformación Violenta, sin medida y carente de sentido. Muere Venezuela, la idea ideológica se desplaza lentamente, sustituye la necesidad de comprendernos como un concepto étnico. No somos nada más que un mutismo venial.

El mero pensamiento me hace llorar. Un llanto angustiado, abrumado. Por alguna razón, lo único que se me ocurre en medio de este dolor sin nombre, que se extiende a lo largo y ancho de mi mente es un poema de Ezra Poud:

Id, cantos míos, al solitario y al insatisfecho,
id también al que tiene los nervios deshechos, al esclavo de las convenciones,
mostradles el desprecio que siento por sus opresores.
id como una gran ola de agua fría,
mostradles mi desprecio por los opresores.

Hablad contra la opresión inconsciente,
hablad contra la tiranía de la falta de imaginación,
hablad contra las trabas.

Id a la burguesa que se está muriendo de tedio,
id a las mujeres de los suburbios.
id a los espantosamente casados,
id a aquellos cuyo fracaso está oculto,
Id a la desgraciadamente casada,
Id a la esposa comprada,
id a la mujer impuesta.

Id a aquellos de lujuria exquisita,
id a aquellos cuyos delicados deseos son frustrados,
id como plaga contra la estupidez del mundo;
id con vuestro filo contra esto,
reforzad las cuerdas sutiles,
llevad confianza a las algas y los tentáculos del alma.

Id amigablemente,
id con palabras sinceras.
Estad ávidos por hallar nuevos males y un nuevo bien,
estad contra todas las formas de opresión.
Id a aquellos que están embotados por la madurez,
hacia aquellos que han perdido su interés.

Id al adolescente que es sofocado en familia…
¡Oh! ¡Cuán asqueroso resulta
ver tres generaciones en una misma casa reunidas!
Es como un árbol viejo con renuevos
y con algunas ramas podridas que ya se caen.

Salid a desafiar la opinión popular,
id contra esta servidumbre vegetativa de la sangre.
Estad contra cualquier clase de opresión.

¿Quienes somos los sobrevivientes a la Venezuela nacida luego de veinte años de violencia? La mera respuesta me aturde, me golpea, me deja sin voz.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: ¿Por qué “ The Predator” de Shane Black triunfa como revival de una franquicia modesta?






Durante la última década, la nostalgia se ha hecho un nicho importante entre las superproducciones de la meca del cine: De pronto, pareciera que toda la nueva producción cinematográfica depende directamente de la capacidad para despertar el recuerdo y la buena voluntad del público o lo que es lo mismo, manipular esa sutil conexión emocional que todo producto de moderada éxito tiene con su audiencia. No es de extrañar por tanto, la proliferación de remakes, reboots y secuelas tardías de todo tipo de franquicias de más o menos peso histórico, que pueblan la pantalla grande de un forzado revival no siempre exitoso. Desde “Alien vs Predator”, “Total Recall”, “Die Hard 4” (y todas sus innecesarias secuelas), Point Break (con su fallida reinvención y pérdida de la mayor parte de su salvaje encanto) hasta la inclasificable “Terminator: Genisys”, cada uno de estos experimentos sobre viejos triunfos taquilleros demuestran la incapacidad de Hollywood para crear algo más novedoso a partir de lo conocido. ¿Se trata de fallos en el planteamiento de la nostalgia como principal anzuelo para la taquilla o de algo más elaborado, del que cada una de estas películas y las docenas de ejemplos semejantes, carecen por completo? Cualquiera sea la respuesta, es evidente que las nuevas producciones basadas en antiguos éxitos, deben enfrentarse al terreno incierto del cinismo de las nuevas audiencias y lo que resulta aún más complejo, a la rápida evolución del lenguaje cinematográfico, que parece condenar su existencia desde el origen.

No obstante, “The Predator” del director Shane Black, parece subvertir la debilidad del planteamiento en algo más novedoso y sobre todo, mucho más original de lo que cabría esperar de una franquicia que ha sido maltratada por años con secuelas de ínfima calidad. Blake, que además de dirigir también es co autor del guión junto a Fred Dekker, parece haber encontrado la fórmula infalible para devolver a la franquicia su brillo. De hecho “The Predator” anuncia un renacer del cine gore de ciencia ficción con una cuidada factura cinematográfica, lo cual resulta no sólo una sorpresa sino también, una apuesta arriesgada luego de casi un lustro de fallidos intentos sobre el subgénero. Pero el director logra en “The Predator” no sólo un buen equilibrio entre la mitología original de la franquicia sino algo mucho más elaborado que sostiene un guión sencillo pero sólido, en medio de una puesta en escena sobria que brinda a la producción un aire severo y enigmático de enorme efectividad.

Por supuesto, se trata de una película que apela a cierto grado de interacción con el espectador y desde la primera escena (con la nave espacial de líneas reconocibles y sobre todo, una versión mejorada de las ya conocidas por el público) es evidente que “The Predator” no disimula su carácter subsidiario con el resto de la franquicia. Es una decisión que a la larga resulta correcta e inteligente: “The Predator” no se trata sólo de una versión renovada — y mejorada — de una saga que ha tenido considerables altibajos, sino también, una profundización de un Universo rico en detalles y matices que Black logra reunir bajo una percepción concreta sobre lo sustancioso de su existencia. Como personajes, los conocidos “Predadores” tienen toda la características de una tribu belicosa y con una historia antropológica propia. Black no solamente logra construir un telón de fondo creíble sobre el tema sino que además, elabora una concepción original sobre la tribu espacial. El resultado es una visión conceptual perfectamente analítica sobre la guerra, la violencia y el miedo a lo desconocido, todo lo anterior envuelto en el lustre de una buena película comercial. Un híbrido pocas veces exitosos pero en este caso, con una considerable posibilidad de volverse un hito dentro de la carrera de obstáculos que en ocasiones representa para el cine actual el revival forzado en medio de elaboradas construcciones de taquilla.

Siendo así, la familiaridad inunda a “The Predator” con una sutileza que no necesita de la estrafalaria obviedad al estilo de la renovada trilogía de Jurassic Park ( con Colin Trevorrow a la cabeza en el 2015 y Juan Antonio Bayona en el 2018) sino que se hace compacta y multifacética a medida que la película avanza. Por supuesto, se trata de una franquicia con treinta y un años de antigüedad y tres películas a cuestas (cinco, de incluir los fallidos y confusos mashups con la saga Alien), por lo que casi cualquier objeto o giro de guión resulta reconocible. Pero Black parece tener mucho mejor tino que otros directores para construir un universo fresco sin recurrir por completo a la mezcla de elementos viejos y a la vez, elaborar una versión de la mitología ya conocida de enorme poder visual. “The Predator” no se trata de un fanservice ni mucho menos, una película creada para asimilar el resto de la franquicia bajo una artificial versión modernizada. La película tiene su propia personalidad y además, juega con gran tino con los lugares comunes inevitables, brindándoles una percepción audaz sobre el Universo predator y sus criaturas. Asombra sobre todo, la manera como Black logra crear una interacción creíble entre las anteriores películas e innovar una concepción sobre la violencia gráfica de tenor muy moderno. Entre ambas cosas “The Predator” sostiene la percepción sobre la violencia en crudo con buen pulso y se desarrolla con un ritmo frenético que no decae hasta la última escena.

Además, Black se atreve con el sentido del humor, un riesgo medido que corre en medio del trepidante conjunto de escenario que atraviesa la trama casi en una inagotable recorrido entre bosques sombríos, laboratorios misteriosos y pequeñas ciudades de EEUU en plena celebración de Halloween. Los chistes se integran a la acción, pero sin resultar extenuantes y mucho menos, carecer de significado en medio de la tensión que aumenta y antecede las escenas más sangrientas. Aún así, de vez en cuando, los chistes y chascarrillos parecen forzados en medio de secuencias tan violentas que resultan abrumadoras. No obstante, Black no modera su versión del bien y del mal, la sobriedad de sus criaturas en contraposición con el desconcierto de sus víctimas. Entre una cosa y otra, hay una extraña comprensión sobre la belleza de un rudimentario poder desconocido, lo que llega a resultar quizás el planteamiento más intrigante de la película.

jueves, 13 de septiembre de 2018

La intimidad en la fotografía: Unas reflexiones sobre la belleza secreta en la mirada del otro.





No recuerdo un día en que no haya querido fotografiar. Que no haya soñado con imágenes. Que no haya creído que una imagen puede decir lo que muchas veces no puedo expresar de otra manera. La fotografía ha sido para mi una manera de crear el tiempo, mi propio mundo. La manera más intensa y profunda que encontré de mirar el mundo, de interpretarlo a mi manera, de creer y confiar en mi propia capacidad de soñar. Además, el hecho fotografiar tiene un peso específico en mi vida: a fuerza de insistencia y persistencia, he comprendido el valor de la imagen como una forma de reflejo oscuro (verdadero y elaborado) de alguna parte de mi mente que de otra manera, habría pasado desapercibida o quizás, jamás hubiese tenido una forma de expresarse o manifestarse a plenitud. Crecer frente a la cámara — o verme crecer a través del lente — ha sido una experiencia singular que ha dotado de especial significado mi forma de comprender el mundo. La sustancia de la imagen. O como diría Ansel Adams “una forma de crear vida en silencio”.

Comencé a fotografiar siendo una niña de once años. ¡Qué timidez esa, de sostener la cámara por primera vez! Recuerdo la primera vez que tomé una fotografía, tan nítido que incluso el olor de la calle reluciente de sol es real ahora mismo, mientras me veo de pie, una niña pálida y delgaducha, intentando captar un instante, hacerlo eterno. Mío. Era una cámara de plástico, una Kodak desechable, de esas que vendían por entonces en cualquier farmacia. Pero nunca olvidaré la sensación de trascendencia, de asistir a un prodigio diminuto, exquisito. De capturar un instante entre todos los instantes y comprender, que viviría para siempre, gracias a la imagen que acaba de captar. Eso me pareció de inestimable valor. Un milagro casi. Y aunque era muy niña para pensar en esos términos, si sabia que nunca podría ver el mundo de la misma manera otra vez. Que de ahora en adelante, estaría muy atenta, mirando a mi alrededor, decidiendo que llevaría al tiempo sin reloj, a los recuerdos que no mueren ni se vuelven amarillos. Porque con once años descubrí que la fotografía me brindaba un poder asombroso, magia de sueños: construir mundos. Conservarlos para siempre. Imaginar más allá de lo simple y evidente. Crear.

En mi casa, la amante de la fotografía era mi abuela — la bruja, la sabia — y mis primeros pasos los di entre álbumes polvorientos, cámaras de metal y olor a químicos. Mi abuela nunca se llamaría así misma fotógrafa, a pesar de su empeño por aprender y su necesidad de comprender el mundo en imágenes, pero si sabía que fotografiar, era el poder de soñar. Nos recuerdo juntas, en esas tardes de la infancia que parecen transcurrir en otro tiempo, en un lugar esencial bañado de un sol eterno, mirando fotografías, conversando en voz baja — casi con respeto — sobre el poder de mirar. Porque se trata de eso ¿Verdad? De mirar más allá del limite, de comprender el color como una sonrisa, de admirar el mundo con sus bordes mellados y sus arrugas. Porque fotografiar es comprender el poder que te permite contemplar cada cosa, cada rostro, cada lugar en una dimensión totalmente nueva. Y es que fotografiar es la conservar la historia para volverla a mirar. Es llevar el corazón a todas partes, es admirar el mundo cada día, es crear y creer que cada imagen tiene valor y sentido. Que lo que el corazón ve, también se puede atesorar. Son mil historias que viven para siempre, son mil sueños que se reflejan así mismo a través de la luz y de las sombras. Porque fotografiar siempre será hablar en un idioma universal, en un lenguaje que todos podemos comprender, que para nadie es ajeno. ¿Cual es el valor de una sonrisa? ¿Cual es el sueño que guarda un rostro? Otorgamos significado, tenemos la capacidad de encontrar significados y símbolos en el poder de crear.

Nunca pensé en que sería fotógrafa. Aún ahora, cuando ha transcurrido casi dos décadas desde que comencé a fotografiar, no me llamo de esa manera, Nunca tomé la decisión consciente de comprender el mundo de las imágenes, de hablar este idioma de mil contrastes. Pero si supe, desde esa primera fotografía, esa torpe imagen de una calle olvidada, de hojas que flotaban al viento y una luz radiante que parecía parte de mis sueños, que la imagen sería mi rostro en el espejo, mi manera de verme crecer. Lo supe desde que comprendí que la imagen era la mejor historia que contar, la que se recuerda cien veces, las que es posible mirar una y otra vez para recordar su valor. Y es que nunca soy tan libre como cuando sostengo una cámara entre las manos. Nunca sonrío con tanta felicidad como cuando miro el mundo a través del lente.

Por supuesto, crecí con la expectativa del hecho fotográfico como algo más orgánico y profundo que el mero hecho de levantar la cámara para fotografiar. Siempre he pensado que las imágenes, en si misma, expresan el peso de la realidad. Sea a través de líneas, o el uso de las sombras, le dan un sentido personal — íntimo digamos — a esa porción subjetiva de la realidad que se crea a partir de una concreción visual. Un sueño tan profundamente cercano al concepto, que otorga una forma y una recreación de lo que consideramos anécdota, pero que tal vez solo se trate de vivencias.

Pienso en todo lo anterior mientras miro una de mis fotografías favorita de la fotógrafa Bárbara Klemm: En una habitación oscura, apenas iluminada por una ventana estrecha y alta, una figura observa de espaldas el mundo más allá del cristal. Se trata de una imagen silenciosa, con un poder interior que elabora un discurso simple con los mínimos elementos a su disposición. La figura está de pie, erguida, la silueta entera iluminada por las ráfagas de luz que escapan a través de la ventana y se elevan en pequeños fragmentos a través de la escena. Poco a poco, el observador comienza a descubrir que la escena es mucho más elaborada que la quietud engañosa que contempló al principio: Hay un caballete — lo que parece serlo — a la izquierda, y más allá, un espacio cerrado y vacío, repleto de objetos que apenas podemos distinguir. Al final, la imagen entera parece sugerir algo más que ternura, algo más que un breve atisbo de soledad. Una mirada elocuente y persistente sobre los pequeños secretos de lo cotidiano. Un misterio dentro de un misterio.

Claro está, Klemm fue una de las máximas exponentes de esta expresión visual interior, sujeta y ajena a cualquier interpretación más allá que la subjetivo que se sostiene sobre un lenguaje propio. Como periodista fotográfica, Klemm recibió su formación en un taller de fotografía de Karlsruhe. En 1959 fue contratada por el “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, al comienzo como estereotipadora y a partir de 1970 como fotógrafa de redacción, para las páginas culturales y políticas. Desde entonces, Bárbara Klemm documentó con su cámara situaciones cotidianas de la actualidad económica, política y cultural. Pero lo hizo a su manera, con una curiosidad extraña y dura que elaboró un sentido críptico sobre los espacios y las nociones sobre lo extraordinario desde una percepción muy particular sobre la realidad. Los títulos de sus trabajos se limitan generalmente a un lugar y una fecha, que es una forma de expresar su convicción de ser una observadora ciertamente implicada, pero que no se ubica por encima de los acontecimientos recurriendo a perspectivas desacostumbradas. Las fotos de Barbara Klemm muestran acontecimientos históricos y escenarios de episodios políticos que, pese a su sobriedad, documentan manifestaciones concretas y aun así, con una interpretación personal del momento. La fotógrafa viajó constantemente , a causa de sus trabajos privados y también para el suplemento de viajes del “Faz”. La colección de su obra incluye también la fotografía de Leonid Brezhnev cuando fue recibido por Willy Brandt, de 1973. Los dos políticos actúan como si no fueran observados, como si no hubiese una cámara fotográfica. La cámara de Bárbara los contempla, los analiza, los convierte en una versión de la realidad levemente disruptiva y dolorosa. La fotógrafa parece seducida por aspectos sorprendentes de las perspectivas y los momentos, desde un ángulo privado que resulta inquietante por su intimidad . Dejando de lado la espontaneidad de la instantánea, la elección de los encuadres da pruebas de un gran equilibrio desde el aspecto formal y su composición.

No obstante, mi fotografía favorita de Klemm es sin duda la que tomó a su padre, el pintor Fritz Klemm, en 1968, que describo un poco más arriba. Una vez que se le brinda contexto, la imagen asume una belleza extraña y singular, que sin duda, es una de las características de la obra de Klemm y también de la visión de la fotografía como obra de autor esencial. Cargada de una emoción sobria y grave, es sin embargo, una de las obras más personales de la fotógrafa: La figura se recorta contra la luz, delineada levemente por un brillo cenital abierto y brumoso. La ventana parece desaparecer contra el plano iluminado, mientras los muebles de la habitación se dibujan claramente al contra luz. Una sensación de soledad e introspección, una escena corriente que se convierte en extraordinaria a través de la mera textura de un tiempo interior. El hombre en pie, parece subyugado por ese mundo que se muestra a través de la ventana pero que no podemos ver, sino sólo atisbar a través de su concentración: la cabeza un poco inclinada, los ojos encorvados, la tensión sutil de la espalda, los brazos cruzados en un ademán casi conmovedor por su intimidad. Y que esta fotografía tiene ese pequeño signo de la genialidad visual: La sensación de encontrarnos por instante dentro de un segundo robado, mirando el mundo — un universo diminuto de lineas y sombras, un rayo de luz fugitivo otorgándole sentido a toda la escena — a través de los ojos de alguien más, a quién no conocemos pero podemos comprender. La imagen se refracta así misma, parece repetirse a través de la insinuación: la puerta abierta a la derecha del hombre que mira por la ventana, muestra una habitación, tan austera y asceptica como la que llena el espacio visual. No obstante, la luz reverbera en ella de una manera distinta, más minuciosa, y podemos atisbar una gravedad impecable, el peso de la cotidianidad más allá de lo que simplemente podemos ver.

Sí, un sueño en medio de dos expresiones de la verdad, un palpitar exquisito y espléndido que se eleva a través de una evocación. Una fotografía que es un recuerdo y a la vez un tiempo enigmático que se alza más allá que la mera comprensión de la voz de la razón.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

La travesía del placer: el cunnilingus y la frontera de lo esquivo






Unos años después que Cristóbal Colón descubriera América nació un anatomista con quien compartía apellido (y quizás curiosidad) había hecho un descubrimiento en la geografía anatómica que también estaba destinado a reescribir la historia sobre el placer: Mateo Realdo Colombo, ese anatomista del Renacimiento, había dado con el clítoris en el cuerpo de Doña Inés de Torremolinos, su mecenas.

Hasta entonces, el placer de la mujer era un misterio y sus genitales, fuente de temor y desconfianza. Como culpable del pecado original, lo femenino se consideraba lo suficientemente amenazante como para que la ciencia médica lo analizara con enorme reticencia. No sorprende, por tanto, que Colombo enfrentara un juicio inquisitorial por tal descubrimiento y sus implicaciones. ¿Un órgano sexual análogo al pene, todo placer, pero exclusivamente femenino? ¿Podía la mujer disfrutar del éxtasis, a pesar de su pecado original? Por extraño que parezca, las largas deliberaciones en el juicio a Mateo Colombo dejaron claro que lo inadmisible de su descubrimiento era la existencia de un órgano cuyo único objetivo era el placer.

Logró salvar la vida y la reputación a pesar del juicio. Intentó llamar a su descubrimiento anatómico “Dulzura de Venus” (otras versiones lo traducen como “Placer de Venus”), e insistió en que esa región era el “corazón” del éxtasis de la hembra humana. Además, intentó definir el placer de la mujer y comprenderlo no sólo desde la óptica masculina, sino además como atributo individual, tal como señala Yidy Páez Casadiego en Ethos-Episteme-Psyche: ensayos critico-hermenéuticos. Nunca lo logró: su hallazgo no sólo fue escamoteado, criticado y ocultado, sino que además pasó a la historia como una rareza médica, un dato sin mayor importancia. Perseguido y acosado por su propia curiosidad médica, se convirtió en un paria, un desconocido cuyo recuerdo quedó asociado al pecado y no a la ciencia.

2

El clítoris era la invitación a un pecado mayor que la Iglesia condenaba directamente y llegó a etiquetar contra ordinem naturae, para describir la osadía temible que podía significar brindar placer (sobre todo uno tan agudo y profundo) al cuerpo femenino. Disfrutar del cuerpo — la lujuria, que entonces describía toda actividad sexual, incluyendo el onanismo — era contradecir a la naturaleza. Mucho más para la mujer, a quien se le prohibía cualquier placer de la carne. La sola idea de que la mujer — considerada un macho defectuoso, cuyo cuerpo sólo tenía por objeto brindar un refugio seguro y temporario al nacimiento de la vida humana — pudiera disponer de su placer a cuenta propia era escandalosa. Peligrosa. Y siguió siéndola durante largos siglos, al amparo del prejuicio y el dogma.

Una y otra vez la Iglesia insistió en que el placer era la puerta abierta hacia el Infierno y que el sexo sólo debía tener como único objetivo la procreación. De tal manera que el cunnilingus (al igual que el fellatio) eran condenadas a viva voz desde el púlpito y llamadas sin disimulo alguno como obras del demonio, convirtiendo quienes incurrían en su práctica en condenados. De hecho, en un texto de Pablo de Hungría se daban instrucciones sobre cuál debía ser el proceder de un sacerdote hacia los pecados de la carne e indicaba que “cuando alguien vierte el semen fuera del lugar especificado para ello” era una rebelión directa contra Dios.

Sin embargo, el cunnilingus ya era práctica común desde la conspicua Roma, a juzgar por los grabados y dibujos que dejan muy en claro que para los romanos — y sobre todo las romanas — el éxtasis sexual través de la caricia intima oral era moneda común. Eso a pesar de que se le consideraba degradante, pernicioso e incluso ilegal. La “caricia más intima” fue motivo de infinidad de piezas de arte que para más asombro — y mayor escándalo de la primitiva Iglesia — no sólo se limitaba a darse entre un hombre y una mujer, sino entre mujeres.

El escritor John Clarke, en su libro Roman Sex, demuestra a través de los murales de Pompeya que para la sociedad romana el placer oral formaba parte de saturnales y otras festividades de corte hedonista. Pero incluso antes, en la patriarcal Antigua Grecia, el cunnilingus también era un placer enigmático. Las mujeres a quienes se les practicaba — y lo disfrutaban — eran consideradas sospechosas. El sexo oral, según Pascal Quignard, “tolerable en los gineceos, en el caso del hombre libre era considerada una infamia a partir del momento en que le crecía la barba”. Es decir: una vez que se hacían responsables de sus actos. Pero con todo y eso se consideraba “delicia divina”. Incluso el emperador Tiberio, conocido por su frugalidad y carácter severo, según crónicas de la época era un defensor asiduo de esta práctica sexual. También en la lejana China, la emperatriz Wu Zetian — quien reinó desde el 690 al 705 d.C. y además fue la única figura de poder femenino en China — exigía a todos los visitantes de su palacio que rindieran sus respetos con placer.

El cunnilingus real se convirtió, entonces, en una práctica cortesana, en una extrañísima visión de lo femenino que domina y a la vez se deja subyugar por el placer.

3

¿Es entonces el cunnilingus una forma de reverenciar a la mujer? ¿Es sólo placer? ¿Se trata de una concesión masculina, dentro del estricto orden natural que la cultura y la Iglesia reverenció durante siglos? Tal vez y, en contraste con el temor y la repulsión que los genitales femeninos parecían producir en algunas sociedades antiguas, el cunnilingus sugiere una adoración muy semejante a la que solían profesar antiquísimas culturas por los genitales de la mujer.

Desde el mito de Baubo, la muejr que consoló a Demeter mostrándole su vulva sanadora, hasta la diosa sumeria Inanna — deidad del amor y de la guerra — en cuyos himnos de adoración podemos encontrar versos como “la diosa lanzó gritos de júbilo por su vulva, tan hermosa de contemplar, y se felicitó a sí misma por su belleza”, el símbolo del placer de la mujer, sanador, rutundo y salvaje, queda en el mismo lugar. “Mi vulva, el cuerno, la Barca Celestial llena de deseo como la joven luna” puede leerse en las invocaciones a Inanna.

¿No será entonces el cunnilingus una celebración inconsciente y biológica de esa sabiduría misteriosa que también se le atribuía a los genitales de la mujer? ¿Quizás una celebración de la libertad a través del vientre de la diosa — esa que cada mujer representa — y, sobre todo, una manera de asumir el poder del placer como redentor?

La idea parece contradecir directamente la noción que durante siglos consideró el sexo oral como repulsivo, como una práctica salvaje que incluso vulneraba la naturaleza humana.

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El poder apotropaico del genital femenino preocupó lo suficiente a la Iglesia primitiva como para aplastar a la mujer bajo el yugo de un dogma elemental. Muy atrás quedaron las imágenes de las misteriosas Sheela-na-gigs — esas pequeñas esculturas de mujeres que se abrían la vulva con las manos y eran consideradas sagradas — y los cultos que consideraban a la vulva y al placer de la mujer símbolos de prosperidad.

Pero el cunnilingus continuó practicándose a pesar de eso (o, quizás, justamente por eso) y considerándose sagrado en diversas culturas, en especial en Asia, donde el Yoni era venerado como creador.

La diosa que exige placer y lo recibe, la mujer que expresa en el delirio sexual un tipo de poder que retrotrae a una creencia tan antigua como orgánica, vive ese placer creador. La historia da muestras de esa noción del placer y de que el misterio femenino es más perdurable de lo que suponen quienes la censuran. A pesar de que el viaje de Colón — el anatomista, no el navegante — tuvo un final atropellado, ese territorio de los femenino que descubrió continuó desbordándose por encima de los límites de la historia oficial.

Rosas, triángulos, flores exuberantes coloreadas y pintadas con enorme mimo por manos masculinas llenan los lienzos más famosos de la historia. Los símbolos de lo femenino — aquella “dulzura de Venus” — siguió mostrándose entre disimulos y sonrisas, pero sin perder su valor. La travesía erótica del olvidado Colón quedó en cientos de pequeños símbolos desconcertantes. Como recuerda Gloria Steinem, a partir del libro de Mithu M. Sanyal Vulva. La revelación del sexo invisible: “La forma que llamamos ‘corazón’ — que en su simetría se parece mucho más a la vulva que al órgano asimétrico cuyo nombre lleva — es probablemente un símbolo remanente del genital femenino. Siglos de dominación masculina lo han despojado de su poder y reducido al romanticismo”.

Un corazón que muestra no sólo la emoción más pura, sino la invitación más secreta de la mujer salvaje, de la diosa primitiva que se abre para proteger y disfrutar desde el “corazón” del placer femenino que a pesar de siglos de silencio continúa palpitando con exacta energía, como símbolo perenne de un tipo de poderosa libertad.

martes, 11 de septiembre de 2018

Crónicas de la lectora devota: El Infierno de Edelmiro de Golcar Rojas.




En el libro “Las Cortesanas, sexo y poder” del autor Paul Tournier, el autor pondera sobre la capacidad del sexo — la prostitución y la manipulación sexual — como elemento preponderante del poder y el la forma en que se magnifica la percepción sobre lo poderoso. La idea, elaborada con maestría a través de descripciones más o menos elementales sobre el peso del deseo y la lujuria en el ámbito político, resulta aleccionador. Tournier asevera que “Todo político tiene un lecho caliente en el misterio del cual depende su reputación” y desde esa versión del miedo y la condena voluntaria, hay una percepción conceptual intrigante: ¿Hasta que punto lo sexual se hilvana con la noción sobre el poder para crear algo más elaborado, duro de digerir, profundamente hilvanado con la naturaleza humana?

Golcar Rojas analiza la idea y la retrotrae a la realidad Venezolana en su libro “El infierno de Edelmiro”, en el que el autor analiza bajo un ritmo ágil y levemente inquietante, los entresijos entre los secretos del poder y de la alcoba. Entre ambas cosas, Rojas analiza de manera maliciosa y profunda, la concepción del sexo — o sus secretos — bajo el auspicio de lo poderoso. En un trasfondo tan parecido a la realidad Venezolana que resulta reconocible de inmediato, Rojas se toma la libertad de construir la percepción sobre el sexo, los prejuicios y el dolor que sustrae el miedo al poder hacia una connotación más elaborada y compleja. Analiza el hecho mismo del secreto y el sexo como una combinación peligrosa que se desliza debajo de una mirada atenta sobre los vaivenes de la noción sobre el prejuicio y el hecho mismo de la política — esa unión de las fuerzas notorias de una sociedad corrompida — hacia algo más voluptuoso y casi violento.

Por supuesto, la propuesta de Golcar no es novedosa y tiene antecedentes inmediatos. Ya Mario Puzo había analizado las infinitas vertientes del uso y construcción de las relaciones de poder, pero usando el secreto — y también la noción de lo peligroso — como una mirada afín y conveniente sobre la forma frágil en que nuestra cultura percibe la connotación del secreto político o mejor dicho, lo que queda al margen de la esa idea primaria sobre su importancia. La primera escena de la película “El Padrino” define el ritmo y el resto de la historia: Vito Corleone, entre la oscuridad y la sombra de su estudio privado, aguarda. La cabeza medio inclinada, el rostro aparentemente apacible. Se encuentra tranquilo tranquilo el Don, quizás porque afuera, se celebra con gran pompa, el Matrimonio de su hija Connie. Y como bien agregaría Mario Puzo al comentar “No hay mejor día para un Siciliano que la boda de una hija”. Pero la imagen idílica, oculta lo esencial de una historia que parece contarse a palabras entrecortadas: Frente a él, Bonasera, amigo personal de Don Vito, inclina la cabeza, tenso y angustiado. Los hombros rígidos. Habla sin apenas despegar los labios. Un lamento monocorde que a Don Vito le cuesta escuchar. El temor y la vergüenza abrumándolo. Pero Don Vito espera, paciente. Es una de sus cualidades.

— Y me pides eso hoy, en la boda de mi hija — responde por último, luego de escuchar lo que Bonasera tiene que decirle. El hombre lo mira, parpadeando. La piel cetrina pálida y seca. La humillación bordeando la expresión.

— Sí, porque sé que no me lo negarás.

— Hablas de matar a un hombre — insiste — eso es algo muy grave.

— Lo sé — responde Bonasera. Y espera. El Padrino inclina la cabeza. La oscuridad de la habitación se hace dolorosa, sofocante. No obstante, la tensión parece ser una respuesta en si misma. Porque Bonasera lo sabe, nadie tiene que decírselo, que el Padrino lo escuchó y responderá. De una forma u otra, recibirá lo que exigió, entre susurros y lágrimas en los ojos. Justicia.

En el mundo del Padrino, todas las decisiones se toman de esa manera: en medio de exigencias a medio decir, sin testigos, con el poder de Vito Corleone como único limite. Porque en el Mundo de la Mafia todas las decisiones están más allá del bien y del mal. Lo legal y lo moral parecen tener muy poca importancia ante la actuación de la mano de hierro de Vito Corleone, de su retorcida visión del mundo. El Padrino es la única válida y sus órdenes incuestionables. Golcar Rojas invade el mismo terreno pero a través de los secretos que podrían destruir — o no — la concepción misma del poder en un país ficticio asediado por el prejuicio. De la misma manera que Puzo, Rojas administra la idea sobre el bien y el mal moral sobre las decisiones que se entremezclan en medio de un clima político y social que sostiene la comprensión de la moral desde una reflexión difícil de definir. ¿Es el Presidente Berroterán algo más que un símbolo sobre los males y temores de un país aferrado a una moral provinciana que se excusa detrás de una idea general sobre lo ético? ¿O es, de la misma manera que lo describió Mario Puzo en su libro más conocido, el símbolo de un tipo de retorcida intención de lo poderoso y lo consciente que se elabora como algo más amplio? Cualquiera sea la respuesta, es evidente que Rojas elabora una hoja de ruta hacia el miedo consciente y el poder como arma, que además, debe luchar y batallar contra la debilidad de la carne, la ferocidad del deseo y algo mucho más elemental y doloroso que se elabora como una versión de lo profundamente espiritual que sorprende por su eficacia y delicadeza. Entre todas estas cosas, la conmoción sobre el hecho mismo que el secreto — sexual, de alcoba, del sentido originario de lo esencial de la historia — asume una comprensión engañosamente simple sobre lo obsceno, lo profano, el amor y lo que prospera bajo el secreto. Todo lo anterior, mientras el mapa país se sacude de un lado a otro, parece hundirse bajo los sacudones imposibles del dolor y sobre todo, crea y construye una idea persistente sobre lo que el poder puede ser como una expresión de la capacidad humana para radicalizar el hecho de la voluntad y la violencia como una forma de diálogo interno.

¿Donde se encuentra el límite entre el poder, el sexo y las profundas implicaciones que parecen mezclarse entre ambas cosas? En una ocasión, Pamela Digby, nuera de Winston Churchill y considerada la gran cortesana del siglo XX aseguró según el libro Life of the Party: The Biography of Pamela Digby Churchill Hayward Harriman de Christopher Ogden que el poder para los hombres el “era otro afrodisíaco, el más poderoso quizás” . ¿Y que es entonces el secreto del sexo que sostiene y contiene el poder como una percepción nuclear sobre lo ético y lo moralmente accesible? Desde Aspasia de Atenas hasta Pamela Pamela Digby Churchill Hayward Harriman e incluso la misteriosa María Virginia de Golcar Rojas — que logró llevar a la Presidencia a un joven e improbable Bill Clinton — es quizás un triunfo de la imaginación, de la voluntad y la perseverancia, gracias a esa tentación incesante, esa promesa de lujuria apenas siempre sugerida, que cada mujer parece simbolizar. Y es que después de todo, el sexo puede ser no sólo un vehículo de éxtasis carnal, sino el medio más directo para lograr un ambiguo y misterioso éxito intelectual.

Hace unos años, la filósofa Beatriz Preciado — experta en la llamada “política del cuerpo” y autora del magnífico ensayo “Pornotopía” — reflexionó sobre el poder del sexo — como símbolo y alegoría social — en medio de las décadas que transformaron la historia reciente. Para preciado, el señuelo del sexo — que vende y es irresistible para la psiquis colectiva — muestra sofisticada de hedonismo que además, fructifica sobre la idea del poder como una versión de lo inteligible de las relaciones humanas y sobre todo, su manera de expresar el peso de lo erótico sobre la percepción de lo poderoso. Golcar Rojas lo hace y “El Infierno de Edelmiro” se convierte en una búsqueda incesante no sólo del tiempo y la época que le toca vivir desde una perspectiva de la autoridad pervertida, sino también, una precisión sobre lo ético rayano en lo sensual y ese es quizás, su mayor logro.

Claro está, en “El Infierno de Edelmiro” las referencias cruzadas son obvias: desde la forma en que utiliza el sexo — y el secreto sexual — para ponderar la realidad, el futuro y la incertidumbre de un país ficticio hacía la búsqueda de la noción del sexo como poderoso, recuerda de inmediato esa concepción histórica de lo sexual como elemento sustancial del discurso sobre la memoria intrínseca de la cultura occidental. Golcar medita no sólo sobre los límites de la ética sino también de esa ambigua capacidad del ser humano para disculparse así mismo, para justificar la ruptura con su identidad social a través de la depravación. Somos monstruos elementales, diría Sade, pero también testigos elocuentes de nuestra propia barbarie con la justificación del deseo. Somos esclavos de nuestros deseos, diría Edelmiro, consumido por el deseo y la confusión. Ideas análogas que se manifiestan con enorme consistencia en el “Infierno de Edelmiro”.

Rojas ataca puede los principios y costumbres de una sociedad hipócrita que censura lo que considera sórdido, pero que a la vez, se siente irremediablemente atraído por lo prohibido. Con “El Infierno de Edelmiro” esa necesidad del desgarro social y el ataque a la ética frágil, se hace aún más evidente. Era una época que caricaturizaba y dogmatiza la sexualidad en una fórmula simple de convenciones sociales agobiantes: La mujer y el hombre cumplían un rol social rígido, carente de verdadera dimensión y parecen destinados a formar parte de una concepción cultural tan severa como insustancial. Con su prosa limpia, inteligente e intuitiva y su marcada y evidente necesidad de destruir lo meramente simbólico y sustituirlo con opinión, Golcar Rojas crea un espejo de la sociedad que crea y se construye a sí misma a través de sus dolores y miserias, trasciende lo puramente anecdótico para convertirse en un abanderado de una cierta revolución de las ideas. Tal vez su mayor logro argumental.