jueves, 16 de agosto de 2018

Larga vida a la Reina.




La primera vez que escuché a Madonna tenía doce años. Lo hice a escondidas porque lo tenía prohibido. Tanto mi madre como las estrictas monjas del colegio donde me eduqué estaban convencidas que la cantante era una mezcla entre una malísima influencia y una especie de icono dañino y peligroso. Y justo por ambas cosas, me obsesioné no sólo con su música sino con la cantante, con su manera de mirar el mundo, de reinterpretar lo femenino. De ser una mujer poderosa, lo que sea que eso signifique. Porque Madonna, más allá de las críticas y de los señalamientos, del estigma y del escándalo, es una mujer talentosa que ha creado una imagen pública a imagen y semejanza de ese poder.

Hace poco, ordenando un poco mi biblioteca, encontré uno de los primeros libros de fotografía que compré: SEX de Madonna. En realidad, no es precisamente un libro de fotografía — aunque su contenido sea exclusivamente fotográfico — y dudo mucho que tenga verdadera intención artística. Pero igualmente, continúa siendo uno de mis pequeños tesoros personales. Lo compré cuando tenía catorce años: de hecho, ahorré durante semanas enteras hasta reunir el astronómico precio que tenía por aquel entonces y cuando pude finalmente comprarlo, tuve esa sensación de emoción y desconcierto que imagino suele tener todo el que comete una travesura. Porque en esa época tan lejana e inocente de la infancia, SEX no era un libro cualquiera: era el libro del escándalo, de lo soez, de la locura y comprarlo, fue como coronar esa tentación inevitable que simboliza el sexo a cualquier edad. Recuerdo que lo guardé en mi moral, con las manos heladas de sobresalto, asombrada por el poder de lo prohibido. Porque eso era ¿verdad? Esa sensación de asalto a lo común, de transgredir esa norma que no está escrita en ninguna parte que el sexo fue secreto. Más tarde, cuando lo miré a solas, me abrumó el poder de las imágenes, la belleza de toda aquella provocación directa y frontal que jamás había visto hasta ese momento. De inmediato, sentí un inexpresable amor por el libro, por su capacidad para transgredir y por supuesto, por simbolizar esa burla enorme a lo tradicional. Y sobre todo la osadía de Madonna de enfrentarse a tantas cosas por una mera declaración de intenciones visual, una creación artística que abrió las puertas a una nueva forma de concebir a la mujer sexual, libre pero todo salvaje. Un tipo de mujer a la que nuestra sociedad no está habituada y que por supuesto, no acepta con facilidad.

No es algo que le agrade a todo el mundo y eso es evidente: por años he escuchado críticas a su “extremo uso de la sexualidad” o su “apetito por el escándalo”, como si el hecho que una mujer ejerciera su poder sexual sin tapujos — y además disfrutara haciéndolo — fuera un “pecado” cultural que no se perdona con facilidad. Pero más allá de eso, Madonna comete el inexcusable sacrilegio de avanzar contra la predisposición social de estereotipar a la mujer bajo alguna etiqueta al uso. Madonna, con sus corsés ajustados, su desinhibida libertad física e intelectual y sobre todo, con esa necesidad suya de romper cualquier dimensión de lo tradicional, simboliza un tipo de mujer que no encaja en el tópico de la Santa, la decente, o la abnegada. Quizás lo hace mucho más con esa noción de lo femenino peligroso, inquietante que tanto molesta e incómoda, pero incluso allí, Madonna es extraordinaria y reinventa el cliché. No se enfrenta a nada ni tampoco es abanderada de ninguna causa específica. En lugar de eso, se rebela contra todo y lo hace desde lo artístico, en la palestra pública, con un visible desparpajo que despierta un tipo de amor y rechazo muy específico. Como todo ídolo de masas a Madonna se le ama, se le critica y sobre todo se le señala, pero jamás se le puede ignorar. Y como cualquiera que le asombre esa capacidad de reinvención, crecí admirando a Madonna como un símbolo de esa nueva mujer que se crea a sí misma.

Quizás por ese motivo, me conmovió su discurso al aceptar el premio Billboard como mujer del año y el hecho que la reina indiscutible del pop y del escándalo escogiera a la discriminación de la mujer como mensaje central de una retrospectiva sobre los alcances de su carrera. Madonna, a quien tantas veces se la ha criticado por todo y en todas las formas posibles, decidió dejar muy claro que hay algo esencial en su batalla silenciosa pero persistente contra los tópicos de género contra los que ha luchado durante décadas. Eso, a pesar del hecho que en ocasiones pareciera banalizar la imagen de la mujer moderna o al menos, de eso se le acusa con una frecuencia preocupante. Pero Madonna no ha dejado de demostrar en cada oportunidad posible que es algo más que una reflejo incompleto de un tipo de aspiración distorsionada sobre lo femenino. “Gracias por reconocer mi capacidad para continuar con mi carrera durante 34 años enfrentándome a la misoginia, el sexismo, y el acoso y abuso continuos” empezó el discurso, dejando sorprendido y un poco escandalizado a un público que seguramente, jamás espero que Madonna eligiera un tema semejante para una ocasión estelar de su carrera. Pero Madonna — como producto y hecho comercial — es un reflejo de la sociedad que la juzga y la ataca por el sólo hecho de desafiar todo tipo de señalamientos machistas y ella es muy consciente de eso. Madonna — su carrera y esfuerzos artísticos — son espejo comercial de una generación de mujeres de vanguardia. Por primera vez, Madonna habló de cómo el ser mujer — y desde hace una década, una mujer mayor — afectó su carrera y como ha tenido que batallar en todos los ámbitos por esa conciencia especulativa sobre su identidad para enfrentarse a eso. “Envejecer es un pecado. Serás criticada, vilipendiada y definitivamente no te mostrarán en la radio” prosiguió Madonna, con una inusual seriedad que dejaba traslucir su genuina preocupación por la desigualdad en el mundo del entretenimiento.

Madonna comenzó su carrera como otras tantas de las cantantes pop norteamericanas que apelan al imaginario sobre lo provocativo para crear un estilo personal. No obstante, en una jugada de enorme poder simbólico, Madonna supo utilizar esa sexualidad agresiva y la mayoría de las veces desconcertante para el gran público, como un alegato sobre el poder femenino. Quizás por primera vez, una mujer del mundo del espectáculo no tenía temor en explotar su sensualidad y sexualidad, transgredir ese límite invisible y artificial que insiste que no puedes ser poderosa si eres sexualmente agresiva o se toma el sexo como algo natural.

La llamada Reina del pop insistió durante su discurso en que para una mujer, las normas sociales y culturales son por completo distintas que para un hombre y lo hizo desde un podio privilegiado: su experiencia. “Me forjé como artista teniendo como musa a David Bowie, que encarnaba lo masculino y lo femenino a la vez, y él me hacía creer que no había normas. Me equivoqué. No hay normas si eres un hombre. Si eres una mujer tienes que jugar un juego. En él se te permite ser guapa, mona, sexy, pero si no te pasas de lista. Se te permite ser mujer objeto para los hombres y vestir como una zorra, pero siempre y cuando esa actitud no sea iniciativa tuya y no te pertenezca. Y por supuesto ni se te ocurra compartir con el mundo tus propias fantasías sexuales. Tienes que ser lo que los hombres esperan que seas, y sobre todo, sé aquello con lo que las mujeres se sientan cómodas respecto a los hombres alrededor”, declaró sin prurito alguno. Una descripción gráfica no sólo son una cultura hipócrita que señala y critica con rudeza sino además, intenta menospreciar el poder femenino por el solo hecho de no coincidir con una mirada general sobre lo que la mujer puede ser.

El problema parece ser básico, aunque la mayoría de las veces pase desapercibido: La mujer triunfadora e independiente — o como la sociedad la percibe — debe ignorar su sexualidad o al menos, adecuarla a cierta imagen específica, glorificada por la fantasía colectiva. Y Madonna lo demuestra: se le acusa de “explotar en exceso su sexualidad” y de usar “el sexo como un insistente medio de expresión”. La acusación además lleva aparejada cierta censura explícita de una hipocresía preocupante: la mujer suele ser sexualizada en una industria obsesionada por la trivialización de lo sexual, pero si la mujer toma decisiones sobre ese estereotipo es criticada y juzgada, algo contra lo que Madonna ha luchado en todos los escenarios. Desde censura directa — como las que intentaron ejercer asociaciones de Padres durante el año 1984 contra su videoclips — hasta reales problemas legales — fue detenida en Toronto en 1990 por tocarse la ingle durante una actuación — Madonna siempre se ha encontrado al borde del escándalo y también, un tipo de provocación que parece subvertir cierto orden tácito. La mujer puede provocar pero siempre bajo ciertas reglas, que por supuesto Madonna jamás ha obedecido. ¿Es por ese motivo el escándalo y la incomodidad que suele provocar? Lo más seguro es que sí.

Ahora, Madonna envejeció. Y eso es una transgresión añadida a las muchas que se le achacan. Envejeció y no se niega a seguir bailando sobre el escenario a llevar ropa provocativa, un tema que parece incluso irritar mucho más que su desprejuiciada sexualidad y ambición. “Me convertí en la puta y la bruja del mundo, y pensé, un momento, ¿no va Prince por ahí enseñando el culo con un traje? Sí, lo hacía, pero él era un hombre” comentó en su discurso, mirando a la cámara con los ojos llenos de lágrimas. “Fue entonces cuando entendí que las mujeres no tienen tanta libertad como los hombres”, añadió. Y lo hizo muy consciente de la repercusión que su discurso tendría en el mundo del espectáculo, de las críticas y de los ataques que sufriría por esa numerosa pléyade de observadores que no le perdonan su necesidad de reivindicar el sexo femenino desde el escándalo. “Creo que lo más polémico que he hecho es seguir aquí”, aseguró por último y es cierto. Porque Madonna sigue viva, sigue creando y trabajando, no se rinde al anonimato simple y circunstanciada de los medios que trivializan el poder de esa insistencia suya en continuar. Y luchando, claro está, porque Madonna no es de las que se detiene, se desanima, asume la resignación. Sólo cambia de táctica, asume la capacidad para producir un efecto perdurable en la cultura que sigue sin saber como definirla. “O sea, que si eres feminista no tienes sexualidad, tienes que negarla. Olvídalo. Soy un tipo diferente de feminista. Una mala feminista”, aseveró enfrentándose también al prejuicio dentro de los prejuicios: el de las propias mujeres que la señalan, intenta asumir que el trabajo convencido de Madonna por la independencia femenina tiene menos peso y valor por el mero hecho de no atenerse a una serie de restricciones específicas que tampoco obedeció jamás. “Lo que me gustaría decir a todas las mujeres que están aquí hoy es: las mujeres han sido oprimidas desde hace tanto tiempo que creen lo que lo hombres dicen sobre ellas (…) Como mujeres tenemos que empezar a apreciarnos a nosotras mismas y la valía de las demás. Aliarnos con otras mujeres fuertes y buscar mujeres de las que aprender, con las que colaborar, de las que inspirarnos e iluminarnos. La solidaridad verdadera entre mujeres es un poder en sí mismo”, concluyó dejando para la historia un discurso lapidario, incendiario, inolvidable pero sobre todo, necesario. Al fin y al cabo ¿Quién más que Madonna para recordar el poder de la mujer moderna, sus alcances y sobre todo sus implicaciones? ¿Quién más que el icono del escándalo y la furia ambiciosa femenina para dejar bien claro la necesidad de continuar celebrando un nuevo e incómodo tipo de mujer?

Cuando tenía once años pensé que Madonna — su música y su imagen — era una idea portentosa. De adulta, continuó pensándolo pero sobre todo, agradeciendo su persistencia, terquedad y brillante capacidad para construir algo por completo nuevo sobre lo que la mujer puede ser. Una nueva forma de mirar el género o quizás, sólo una cuota de independencia que aún nos llevará unas cuantas décadas más comprender.

martes, 14 de agosto de 2018

Espectros silenciosas y otras formas de asombro: Unas reflexiones sobre la magnífica obra de Juan Rulfo.




Se dice que Sylvia Plath sólo escribía de noche, en el momento en que las frecuentes migrañas que le aquejaban eran más agudas que en ningún otro momento del día. Que Oscar Wilde iba a los viejos cafés Parisienses para pedir a las orquesta extrañas piezas para inspirar los pasajes más duros y encantadores de sus obras o que al menos, fue lo ocurrió mientras escribía su magnífica y sangrienta “Salomé”. Que Gabriel García Márquez lloró la muerte del Coronel Aureliano Buendía por días enteros, acurrucado en un chinchorro amarillo que después hizo quemar. Que Steinbeck escribía en la última hora de la tarde y la primera de la mañana, en busca de cierta belleza extraña que sólo la muerte y el nacimiento del día podría brindarle. Cada escritor tiene su propio mito. Cada escritor tiene su propia historia dentro de la historia que desea contar, que muestra, que modula con palabras y un sentimiento de atroz vulnerabilidad.

De Juan Rulfo se dice escribió su extraordinaria novela “Pedro Páramo” en una vieja máquina de escribir Remington Rand Nº 17. Un armatoste lo suficientemente grande como para que resultara incómoda de transportar y que tenía fama de vez en cuando, saltarse uno que otro tipo. Pero para Rulfo no había mejor cómplice a la hora de escribir lo que sería sin duda, no sólo su obra más reconocida sino una de las novelas latinoamericanas de mayor impacto de la historia. Clara Angelina Aparicio, esposa del escritor, solía decir que “daba gusto” la manera como Rulfo le sacaba “chispas” a las teclas cada vez más desiguales de la maquina, escribiendo por horas sin detenerse a tomar un respiro. Un interminable toc toc toc que parecía crear una atmósfera específica que para Rulfo apreciaba especialmente y que siguió recordando por el resto de su vida. Por ese motivo, la Remington Rand Nº 17 siguió viajando de un lado a otro con el escritor, siendo testigo de sus alegrías, penurias y dolores. Uno cómplice fiel del larguísimo trayecto de Rulfo no sólo a través de su México querido sino también, de su vida.

Quizás por ese motivo, pareciera que la vieja Remington Rand Nº 17 simboliza algo más que una herramienta en la vida de un escritor meticuloso, extrañamente pulcro y sincero como lo fue Rulfo. La compró a los 26 años, cuando ya era padre de dos niños y pagó 1000 pesos mexicanos, una fortuna para la época. El costoso obsequio que Rulfo se dió así mismo escandalizó a la esposa, que le recordó siempre que pudo que esa exorbitante cifra equivalía a un tercio de lo que cobraba como becario del Centro Mexicano de Escritores. Que significaban muchos biberones, papillas, ropas y zapatos que la familia necesitaba. Que estaba sacrificando el bienestar de la familia en beneficio de algo brumoso que nadie comprendía muy bien.

Pero para Rulfo comprar la maquina supuso dar el paso definitivo hacia el escritor: hacia la vida y esperanzas que soñaba desde que sostuvo el lápiz sobre el papel y decidió que dedicaría su vida — esfuerzo, amor, pasión y dolor — en escribir. Fue una decisión callada, quizás discreta, de un Rulfo en el cenit de su talento creativo, que se vió en la disyuntiva de decidir por la normalidad — la de los niños que exigen y la madre que economiza — y algo más. En una época en la que México apenas brindaba apoyo a la producción literaria y que la generación de creadores literarios parecían sometidos a penurias y dolores, Rulfo tomó la decisión de asumir la literatura como un hecho definitivo en su vida. Como una puerta abierta hacia la belleza, el poder de crear y concebir a la palabra como una herramienta para la expresión formal y más allá de eso, como una aventura personal.

Debió ser un paso duro, para un hombre responsable y amable que había luchado contra la dolorosa ambigüedad de saberse entre dos aguas, luchando por la necesidad de escribir — esa visión redentora que tantas veces intentó crear a partir de lo básico sin lograrlo — y su vida como Juan Rulfo, el hombre. La Remington Rand Nº 17 representó entonces esa necesidad de continuar a pesar de todo, quizás por todo. Por los sinsabores, los temores, las promesas que la literatura que aún no cumplía. Por los largo silencios ensimismados, por ese pulso de palabras que brotaba de él con tanta fluidez como un estallido de ideas perenne. Rulfo, envalentonado por el deseo — de contar, narrar, vivir a través de las palabras — tomó una decisión caótica, definitiva. Quizás elemental. Y avanzó hacia ella con paso firme, a pesar de si mismo.

Hay un retrato a lápiz de Rulfo el mismo día en que compró la máquina, realizado su amiga la pintora Lucinda Urrusti. En él, el escritor que aún no lo era pero soñaba con serlo, mira al infinito con el rostro severo de quien le preocupa el andariego curso del futuro pero que aún así, se sabe en el control — mínimo y casi irreal — de su vida. Urrusti le dibujó sereno, concentrado, casi severo, pero a la vez con un aire de inocencia despistada que parecía sugerir los grandes cambios que Rulfo estaba a punto de sufrir y que se encontraban a casi una década de distancia. El dibujo abre y cierra una puerta de la vida de Rulfo, quizás sin que el mismo escritor o la artista que captó un momento tan trascendental, lo sospecharan. Como si esa última imagen del hombre que el escritor había sido hasta entonces eternizara esa última presunción del futuro a punto de crearse, de las expectativa a punto de nacer.

Casi un año después, Rulfo entregaba la novela que le convirtió en leyenda en el mundo de la literatura latinoamericana. Habían sido diez meses de dedicación, el toc toc toc convertido en una sinfonía única que pespuntea la historia en el papel como el traqueteo de una lluvia eterna. Porque Rulfo, convencido del sentido de su vida, de su necesidad de avanzar y construir ideas, se dedicó casi al límite de la obsesión, a escribir. Abandonó su trabajo como viajante comercial de la compañía Goodrich y escribió. De día, de noche, a todas horas y por todos los motivos. Escribió, aferrado a la Remington Rand Nº 17 como quien se sujeta al último recuerdo vívido de si mismo. Y sigo escribiendo, mientras el tiempo parecía hacer piruetas, hacerse insoportablemente largo, alargarse hacia el infinito.

Rulfo, como escritor tuvo el don de la paciencia. Pero también y por contradictorio que pueda parecer, el de la impulsividad. Todas sus novelas atraviesan esa idea esencial de lo que existe y lo que puede construirse y lo hace a través de esa perspectiva de Rulfo sobre el dolor y el vacío de la existencia. Quizás por eso, sus novelas son su sangre, su identidad, su vida y obra volcadas en palabras que le pertenecen más que cualquier otra cosa. Una y otra vez, el escritor afirmó que cada uno de sus libros “era piel con piel” y más allá de eso, dolor absurdo convertido en la más bella proclama sobre la naturaleza del hombre imaginable.

“Cuando escribí Pedro Páramo yo atravesaba un estado de ánimo verdaderamente triste”, dice Alberto Vital en su libro Noticias de Juan Rulfo “Me sentía desgastado físicamente como una piedra bajo un torrente, pues llevaba cinco años de trabajar catorce horas diarias, sin descanso, sin domingos ni días feriados. Corriendo como un condenado a lo largo y ancho del país para que la fábrica, por la cual me deslomaba, vendiera más que sus competidoras”. Pero cuando la Remington Rand Nº 17 llegó a su vida, esa necesidad de correr de un lado a otro terminó y fue como si talento se hubiera asentado, enfurecido y centrado, para crear una obra de arte inolvidable. Antes de eso, Rulfo el hombre trató de mantener un pacto de paz, casi de orfandad con el Rulfo escritor. Por eso escribía al tiempo que trabajaba, era padre de la misma manera que el apasionado de las letras que fue el preludio de la magistral visión creadora que vino después.

Y es que antes de la Remington Rand Nº 17, Rulfo no tuvo maquina y tal vez tampoco, un lugar propio donde escribir. Una de las obras previas a “Pedro Páramo”, un libro de cuentos titulado “El Llano en Llamas” y que escribió entre 1945 y 1952, fue escrita de un lado a otro. Como si la pasión por escribir fuera incontenible pero tuviera que atenerse al sacudón definitivo de las formas y el fondo. Escribió en silencio, desde la discreción, en las oficinas de su odiada Goodrich, en la Migración. Entre pequeños momentos que robaba a la normalidad para crear. Para escapar. Para volar.

Antes de la Remington, no tuvo máquina propia. Se supone que para El Llano en llamas, el libro de cuentos que desarrolló entre 1945 y 1952, aprovechó las máquinas que había en los trabajos por los que pasó, su odiada Goodrich y, antes de ella, una oficina de Migración, o que iba tomándolas prestadas de amigos.

Pero con la Remington Rand Nº 17, Rulfo encontró el lugar, el momento y la vocación para escribir sin parar. Para escribir con furia, con amor, con miedo. Como si su proyecto de vida comenzara con las teclas y continuara con las palabras que escribiría después. Porque Rulfo — callado, tímido, severo — tomó la decisión de ser y construir a partir de una visión clara sobre lo que deseaba. Lo que necesitaba, el momento en el cual se miró así mismo a través de la obra. La intención clave de su carrera.

Y triunfo el Rulfo escritor, el que llegó a desgastar las 51 teclas de la maquina en menos de cinco años. Que aprendió a contar historias escuchándose así mismo. Que legó a Latinoamérica una mirada única, sagaz, dura y preciosa de un gentilicio a medio camino entre la ternura y lo primitivo. Que expresó con una dulzura que conmueve los dolores y pesares de un gentilicio que se lleva a cuestas. Y lo hizo, luego de entregarse con absoluta sinceridad al arte y al sufrimiento de escribir. De hacerlo a toda hora, de sentir la necesidad abrumadora de continuar incluso sin comprender hacia donde le conducía esa insatisfacción ardiente, ese impulso creativo que ya no pudo detener.

Se dice que quedan tan pocos papeles redactados de Rulfo que pareciera que decidió que la Remington Rand Nº 17 fuera su interlocutor en el mundo y en el espacio creativo. Tal vez, la mejor manera de entender la trascendencia de esa visión de Rulfo de si mismo sea mirándolo a través de la obra: Como el desagrado que sentía Pedro Páramo, el protagonista de su novela extraordinaria, por cualquier hoja manuscrita: “Con papeles o sin ellos”, le dice en la novela el cacique atávico a su abogado Gerardo Trujillo, “¿quién me puede discutir la propiedad de lo que tengo?”. La palabra convertida en un sueño y el símbolo — esa maquina Remington Rand Nº 17 que finalmente descansa, sin tinta pero en buen estado en la casa que ocupó con su familia — en un reflejo del deseo — insistente, ingobernable — de crear. A pesar de todo y quizás, por todo lo que tuvo que enfrentar.

lunes, 13 de agosto de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: ¿En que falla “Disenchantment”, la nueva obra de Matt Groening para Netflix?




Durante los últimos veinte años, “The Simpson” han sido una forma de comprender la televisión y sus transformaciones. Matt Groening logró crear una combinación de humor, crítica social y sobre todo, un homenaje a la cultura pop, utilizando el formato tradicional de la clásica familia televisiva como punto de partido para algo más provocador. Poco después, el experimento se extendió a “Futurama” (1999–2013) en la que el autor redimensiona la habitual distopía a algo mucho más enrevesado, por momentos sardónico y casi siempre cruel. La mezcla de ambas series, crea un concepto original y extrañamente duro de asimilar: una percepción sobre el presente y el futuro, construida sobre la falibilidad de nuestra cultura, sus contradicciones y temores, en clave de comedia dolorosamente cercana. De una u otra manera, tanto “The Simpsons” como “Futurama” elaboraron una serie de reflexiones de enorme valor cultural sobre la identidad colectiva, el quienes somos y la forma como nuestra sociedad se comprende. Un aporte de enorme importancia para la versión de realidad que cualquier producto televisivo o cinematográfico desea mostrar.

No obstante “Disenchantment” (Netflix — 2018) parece enfrentarse a la difícil circunstancia de mostrar otra dimensión de la realidad, sin que Groening logre elaborar un discurso coherente y sólido, lo que convierte a la serie en un experimento bien intencionado sin demasiada consistencia. A diferencia de “The Simpsons” y “Futurama” (no serializados), “Disenchantment” crea un argumento consecutivo que tiene por objetivo contar una historia única, lo que parece incidir en su capacidad para sostener no sólo el humor sino también, la estructura completa del show. La línea episódica no solamente afecta la forma en que los personajes se presentan, sino además, reflejan cierta blandura del guión, que parece incapaz de estar a la altura de la provocación que se insinúa desde los títulos de los capítulos, hasta las habituales referencias que Groening suele utilizar como punto fuerte en su versión del humor. En realidad “Disenchantment” se esfuerza demasiado en la provocación y la transgresión, sin que en realidad tenga un tipo de planteamiento que cuestione más allá de la superficie. Usando como telón de fondo los familiares relatos de los hermanos Grimm y variaciones sobre leyendas y mitos populares, la serie avanza a tropezones entre una versión discontinua de un Universo tolkiano carente de solidez y algo mucho menos elocuente de lo que promete desde sus primeros capítulos.

Quizás, uno de los problemas más notorios de la serie es la incapacidad de Groening para analizar un formato que le resulta desconocido y la que trata de abarcar con cierta torpeza. La duración de los capítulos — más de treinta y cinco minutos sólo el piloto — hace que el humor se disuelva en situaciones de relleno y que los personajes, tengan un cierto aire incompleto, a pesar de los intentos del guión — y presumiblemente el autor — de analizar con cuidado cada uno de ellos. No obstante, el humor de Groening sigue estando presente y es de hecho, el punto más fuerte de la serie: Hay mucho de sus chistes rápidos, referencias pop de enorme valor simbólico — atención a los carteles colgados a lo largo y ancho del programa — y esa percepción tan dura del autor sobre la lógica interna del programa. En ocasiones, el show parece alcanzar su ritmo óptimo y emular a una versión soft de los Monty Python y sin duda, esa es la intención de Groening, que reflexiona con agudeza sobre la lógica de los cuentos de hadas, sus consecuencias sobre la psiquis colectivas y sus pequeñas trampas de efecto. Pero los momentos agudos son escasos y “Disenchantment” cae con lamentable frecuencia en baches argumentativos sobre la realidad y la fantasía, como si Groening y el equipo que le acompaña buscara justificarse a sí mismo, sin lograrlo siempre.

De modo que “Disenchantment”, en lugar de la sátira familiar Simpsoniana o la elocuente crítica al consumismo de “Futurama”, intenta una reflexión profunda sobre la cultura y sus formas de manifestarse pero no consigue una versión consistente sobre su ambiciosa propuesta. El guión mezcla sin demasiado acierto interrogantes sobre el feminismo, roles de género, canon y estereotipos, sin lograr otra cosa que una confusa combinación de señales y símbolos que al final, carecen de verdadero sentido, forma y fluidez. Una y otra vez, “Disenchantment” cae en pequeños escollos argumentales que no logra solventar y que hacen que cada capítulo sea insuficiente para narrar la historia que al parecer necesita cuestionar y mostrar.

Como fenómeno cultural “The Simpson” creó toda una nueva percepción sobre el humor social y cultural desde la aparente inocencia del género animado. Desde su primer capítulo, fue muy clara la intención de su creador Matt Groening de analizar — y desmenuzar desde el cinismo -al estilo de vida Americano, utilizando como telón de fondo una familia cualquiera, en un pueblo común estadounidense. El resultado fue llevar al extremo a las comedias familiares y construir una cuidadosa red de simbolismo y metáfora social a través de cada episodio. Sin duda Groening, logró encontrar el equilibrio entre la burla crítica al llamado American lifestyle y algo más profundo sobre la cultura occidental. Para el guionista e ilustrador, la noción sobre el amor, la moral y la percepción sobre el bien, estaban directamente relacionados con la ambigüedad y los matices grises de una sociedad en busca de significado.

Quizás con excesiva ambición, Groening trató de hacer algo semejante con el género fantástico en la serie “Disenchantment” y no sólo no lo logra, sino que parece encontrarse a mitad de camino entre lo subversivo y algo más elaborado cuyas piezas desordenadas no acaban de calzar entre sí. El uso de la convención del cuento de hadas retorcido como una forma de transgresión, no llega a funcionar debido a que el guión de “Disenchantment” parece mucho más interesado en provocar que crear un mensaje sólido a través de las aventuras de su princesa rebelde, acompañada de un ogro borracho y demonio malicioso. A diferencia de “The Simpson” el comentario social está por completo ausente, de manera que Groening dedica buena parte del tiempo a hacerse preguntas sobre la “política” en las viejas narraciones infantiles, lo cual funciona a ratos, pero es incapaz de sostener la idea completa de la serie. Por supuesto, el humor de Groening continúa allí y es una de las bazas fuertes del show. Aún así, la noción burlona e incisiva que tanto define a la obra del autor, se modera para lograr y crear un discurso nuevo que sorprende en ocasiones por su superficialidad.

Los primeros capítulos demuestran que Groening está completamente decidido a sostener la dinámica del programa sobre la química, los juegos de palabras y el ingenio extravagante del trío protagonista. Dibujada al habitual estilo de Groening, la serie es deudora de una amplia serie de referencias que se enlazan entre sí aunque muchas veces con cierta torpeza. Al principio concebida como una spin off paralelo del mundo “The Simpson” en la que Homero interpretaría a un Rey despótico en un mundo de fantasía Tolkiano, la serie parece conservar un poco de esa primera intención — que no logró prosperar — y hay mucho de esa complicidad tácita entre personajes que la serie clásica utiliza como su punto más fuerte. No obstante, “Disenchantment” no las tiene todas consigo al momento de trasladar la frescura de un experimento argumental a algo más que una colección de risas de diseño. Mucho más parecida a “Futurama” en su propuesta desenfadada y en la construcción de una realidad paralela que a la icónica familia televisiva, carece de la chispeante dureza de ambas. La libertad provocó que Groening no sólo pareciera incapaz de engranar el humor y la idea episódica de forma correcta sino que además, le resultara complicado engranar la historia que desea contar a algo mucho más enrevesado que una mero chiste de ocasión. El autor, que hasta ahora luchó contra las restricciones de tiempo y argumento de la televisión pública, intenta abarcar en su nuevo experimento televisivo nuevos espacios y lugares, sin lograrlo por completo. La serie carece de personalidad e identidad, a pesar de sus buenas intenciones pero sobre todo, de una línea coherente que sostenga el argumento facilón con la eficiente puesta en escena. No obstante, como en todas las obras de Groening, hay una promesa de algo mucho mejor si se le brinda el tiempo suficiente para madurar y es justamente, lo que “Disenchantment” parece esperar de su público, sin saber si lo logrará.

jueves, 9 de agosto de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: el derecho femenino a decidir y otros dolores culturales.




El aborto es una palabra dolorosa. O al menos, esa es su connotación inmediata. Hay un juicio moral inmediato, un interpretación sobre lo que sugiere que involucra y de manera directa, una serie de pareceres éticos y morales que aparentemente, no admiten ningún tipo de excepción o justificación. Para buena parte de la sociedad occidental, la palabra “aborto” remite a un crimen inquietante, a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Para una mujer, el aborto no debería ser una opción y su la mera discusión de la posibilidad se plantea como una situación ética confusa, turbia y la mayoría de las veces inadmisible. Para la gran mayoría de las personas, el aborto no es una visión sobre la sexualidad y los derechos reproductivos femeninos, sino un concepto moral sin réplica alguna, mucho menos un matiz que permita una visión menos absoluta del término.

Desperté con la noticia que el Senado Argentino había rechazado la propuesta de aborto legal en el país. Aunque estaba casi convencida que podía ocurrir — la representación senatorial Argentina representa un tipo de conservadurismo puro y duro — me entristeció la certeza que aún la mujer sigue considerándose un sujeto legal menospreciado y discriminado de una manera tan directa. Pero sobre todo, al leer la información completa — el extenso debate, los argumentos morales y éticos esgrimidos, ninguno en favor de la libertad femenina — pensé en el caso de una mujer argentina oriunda de Tucumán (norte de Argentina) que hace unos años, fue acusada de “asesinato con agravantes” por haber sufrido un aborto. A pesar de que no pudo demostrarse en juicio que el aborto fue resultado de algún procedimiento médico, la joven fue declarada culpable de asesinato y condenada a ocho años de prisión. Por sorprendente y doloroso que pueda parecer, no se trata del primero o el único caso en el cual una mujer es condenada debido a un aborto, incluso por causa naturales. En el Salvador se encuentran diecisiete mujeres en condiciones parecidas: todas fueron encarceladas por considerarlas sospechosas de practicarse un aborto, incluso si ocurrió de manera natural. El país tiene una de las legislaciones más duras en lo respectivo a la interrupción del embarazo: se encuentra prohibido incluso en casos gravísimos que puedan comprometer la vida de la madre o su supervivencia. Para la ley salvadoreña, una vez que la mujer se embaraza, pierde todo derecho a decidir sobre su cuerpo.

Resulta inquietante que las leyes de un considerable número de países continúan analizando el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo de la misma manera. Mujeres violadas, gestando como consecuencia de relaciones abusivas e incluso incestuosas, deben luchar contra un entramado legal que asume y analiza la capacidad reproductora de la mujer como un hecho biológico que no le pertenece y donde no tiene capacidad de decisión, lo cual resulta no solo una amenaza a su integridad y salud sino también, un atentado contra sus derechos reproductivos. No obstante la presión ética, y en la mayoría de las ocasiones religiosa, continúa siendo un elemento insuperable en el debate del aborto como una necesidad médica y una prerrogativa única de la mujer.

En Latinoamérica, el tema es aún más difícil de abordar: el aborto se considera un tabú con tantas implicaciones que la mera mención de la palabra invalida cualquier argumentación al respecto. La mayoría de las legislaciones del hemisferio continúan castigando de forma muy severa el aborto y condenado cualquier discusión legal respecto a una incómoda perspectiva más relacionada con principios éticos que a una perspectiva legal y crítica sobre el asunto. El año pasado fue noticia el hecho de que la ley paraguaya no permitiera el aborto terapéutico de una niña de once años, embarazada luego de ser violada por su padre. La legislación del país solo permite el aborto en caso de que haya peligro de muerte para la madre y bajo estricta recomendación médica, por lo que el caso de la niña — pesar de su edad y de las circunstancias de la concepción del bebé — fue rechazado de inmediato. No obstante las peticiones de la madre y grupos humanitarios alrededor del mundo, la niña dio a luz el 13 de agosto del 2015, a pesar del riesgo que el embarazo y el parto pudieron suponer para su salud mental y física.

En nuestra región la cultura condena a priori a la mujer por el mero hecho de considerar el aborto como una posibilidad: para la mayoría de nuestros países, hay un juicio moral inmediato que no admite excepción o justificación. Para buena parte de latinoamérica, la palabra “aborto” remite a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Resulta inquietante que en ese debate la mujer parezca tan infravalorada y vulnerable de cara al debate legal y moral, a las aseveraciones éticas y la presión religiosa. Una víctima que no sólo debe enfrentar las secuelas físicas y morales de cualquiera de las causas que le hace tomar la decisión del aborto, sino también a una sociedad que mira la maternidad y la capacidad para procrear como un atributo independiente a la mujer, a su espiritualidad e incluso a su poder de decisión individual.

Se trata además de una percepción que rechaza el hecho de que el aborto es un derecho de elección que pertenece por completo a la mujer. O esa debería ser la opción más evidente. No obstante, no lo es: la ley infantiliza el rol y la identidad femenina y lo hace, insistiendo en la presunción que la mujer debe ser tutelada y además, no tiene la capacidad intelectual y moral suficiente como para tomar una decisión específica sobre su cuerpo y las implicaciones de la maternidad tiene sobre su futuro. La mayoría de las discusiones sobre el aborto no incluyen aspectos de vital importancia como la salud biológica y mental de la mujer y las consecuencias inmediatas que puede sufrir durante un proceso de gestación no deseado. La diatriba casi siempre suele insistir en el juicio de valor inconcluso y religioso que toma la decisión incluso antes del análisis. La capacidad de concepción convertida en una lucha de la sociedad contra la interpretación cultural que usa el cuerpo de la mujer como escenario.

Por ese motivo, el debate sobre la protección de la vida y la reflexión ética con respecto al aborto pocas veces parece incluir a la Madre. ¿Cómo puede debatirse e incluso tomar decisiones que involucren la vida del feto sin tomar en consideración qué pueda ocurrir con la madre que lo lleva en el vientre? ¿Hasta qué punto el debate antepone un análisis moral a una visión sensible sobre la condición de la mujer? La respuesta a ambas preguntas desconcierta pero, sobre todo, preocupa. ¿Quién tiene el derecho a decidir sobre la capacidad de reproducción femenina? ¿Pierde la mujer los derechos básicos sobre su cuerpo una vez que se embaraza? ¿Por qué pocas veces las legislaciones protegen de la misma manera al feto y a la mujer?

Se trata de una serie de cuestionamientos que ponen en tela de juicio la percepción sobre la capacidad reproductiva que se tiene en buena parte de Occidente. La estadística que indica que en el 85 % de los países del Mundo, el aborto es considerado no sólo un delito penal sino que condena a la madre a penas mayores de diez años de prisión en caso de cometerlo. No obstante, al revisar el porcentaje en protección de madres en riesgo, los números muestran una realidad descarnada: solo el 25 % de los países poseen leyes que brindan seguridad social y económica a mujeres con embarazos no deseados. Tampoco es menos preocupante la perspectiva sobre las cifras que muestran un panorama para la mujer poco menos que agresivo: en el 56 % de los países, las violaciones tienen penas inferiores a 15 años y los reos disfrutan de beneficios de libertad condicional al quinto año. En el 67 % de los países occidentales no existe un órgano de protección que asegure la salud mental y física de las víctimas de violación. Sin embargo, el 68% tienen castigos punitivos a cualquier mujer que se practique el aborto, incluso en situaciones que pongan en riesgo su salud física y mental.

Nuestro país no es una excepción, a pesar de las pretendidas reivindicaciones sociales que la mujer disfruta en nuestra sociedad. En la 69° Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se solicitó a Venezuela la revisión y modificación de la ley del aborto, en beneficio de la mujer y en prevención al aumento de los índices de mortalidad de mujeres que, según los expertos de la organización, se encuentran entre los más altos de la región. La petición solicitaba de manera formal excepciones adicionales como la posibilidad de interrupción del embarazo producto de la violación e incesto. El texto completo (que puede leerse junto a un pormenorizado análisis de la Doctora Esther Pineda en este enlace) insiste además en el hecho de que las leyes sobre el aborto minimizan las consecuencias que puede tener su carácter restrictivo:

“El Comité está profundamente preocupado por que Venezuela tenga uno de los índices más altos de la región de embarazos de adolescentes y que muchos de ellos acaben en muerte materna”.El informe insiste además en que el organismo “está preocupado por la falta de acceso a procedimientos de aborto seguro a causa de la restrictiva ley y la carencia de información sobre el impacto de los programas para reducir estos embarazos”. No obstante, a pesar de los precisos argumentos de la solicitud, la petición se ignoró, como ha ocurrido en múltiples oportunidades en el pasado.

Sin duda la discusión sobre el aborto en Venezuela continúa en medio de debates prejuiciados sobre las razones morales que pueden empujar a una mujer llevar a cabo una decisión extrema como el aborto en contraposición a la necesidad inmediata de protegerla. Eso, a pesar de las dolorosas historias sobre mutilaciones, maltratos por mala praxis médica o fallecimientos debido a brutales procedimientos ginecológicos médicos, la mujer venezolana debe someterse a dictámenes legales influenciados por un machismo secular de una sociedad patriarcal. A pesar que el aborto es una decisión íntima, privada y que no debería depender de ninguna opinión moral ajena a la de la madre. O ese debería ser el caso. Lamentablemente no lo es. El mundo continúa reflexionando sobre el aborto como una variedad de opiniones morales que pocas veces favorecen a la víctima silenciosa de un delito sin rostro: la mujer.

miércoles, 8 de agosto de 2018

De los pequeños secretos de la mente: El miedo, la Locura y otros dilemas. Una análisis sobre la salud mental.




La primera vez que escuché el término “Trastorno de ansiedad generalizada” tenía diecisiete años. Y me la dijo el psiquiatra al que acudí debido a mi insomnio, constante nerviosismo y agotamiento general. Su tono solemne que me sobresaltó. Mucho más aún lo que sugería el término. Me encontraba en su pequeño e inquietante consultorio y no supe qué responder. Me sentí muy pequeña, muy frágil cuando me dedicó una larga mirada casi preocupada.

- ¿Sabes a que me refiero? — me preguntó.
- No — respondí casi con excesiva rapidez.
- Se trata de un desorden de ansiedad que produce el cuadro médico de constante nerviosismo que sufres — me explico — todos esos pequeños hábitos de los que me hablaste, se deben al padecimiento. Es un trastorno relativamente común.

Por supuesto, no había sido del todo sincera: en realidad no era del todo ignorante sobre el cuadro médico y una idea vaga acerca de lo que podía significar el diagnóstico y sus implicaciones. En una ocasión, había anotado todos mis síntomas y luego había dedicado horas en recorrer las opciones que Google me ofrecía hasta encontrar algo semejante a lo que me ocurría. El trastorno de ansiedad generalizada — o como se le describía — era muy parecido a la sensación de constante preocupación y angustia que me atormentaba. Pero pero preferí callarme el miedo que me hacía sentir el mero pensamiento y esperar su opinión. La profesional, la válida. Por eso había acudido a su consulta ¿no?

— No tienes nada que temer — dijo el médico — sólo es un cuadro que necesita atención.

Me sentí inmediatamente incómoda. No podía ser tan sencillo. Era difícil explicarle la angustia real que me producía que mis libros universitarios no estuvieran perfectamente ordenados, o que los bolígrafos que utilizaba para tomar apuntes no fueran del mismo color azul. Era una sensación inexplicable, pero abrumadora. O los pensamientos catastróficos que me aturdían a cada hora que pasaba despierta. Eso solo podía tener una explicación y no una tan simple como que se trataba de un síndrome, o algo tan elemental. Lo que yo sufría, era mucho más incómodo y doloroso, era una idea tirante dentro de mi mente, que parecía relacionarse con cada cosa que hacía o pensaba. Una tensión asfixiante que me dejaba sin aliento la mayoría de las veces.

- No es eso, estoy loca — dije por último. Mi psiquiatra parpadeó, un poco sorprendido.
- No lo estás.
- ¡Claro que sí! — estallé — todo lo que me pasa no puede ser sólo un “trastorno”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. No sabía como explicarle como me sentía al levantarme en mitad de la noche para ordenar por orden de tamaño y de grosor mis libros favoritos. O como se me hacía difícil respirar si escribía con tinta negra. Eso no podía ser normal ni saludable. Y la única explicación era la locura. Una muy dura de sobrellevar además.

Mi psiquiatra aguardó en silencio mientras yo lloraba de rabia y quizás de frustración en la sillón frente a su escritorio. Con los años, aprendería que era su forma de consolar y una muy efectiva: permitir que las emociones fluyeran, que pudieran expresarse con toda tranquilidad. Cuando finalmente me tranquilicé, continuaba mirándome con amabilidad y total respeto por aquellas súbitas lágrimas.

- Puedo aceptar que estoy loca — dije por último — pero realmente quisiera sentirme mejor.

Se levantó y se dejó caer en el sillón junto al mio. Me extendió una caja con toallitas de papel. Me sequé los ojos con un gesto cansado.

- Todos estamos un poco locos y eso es completamente natural. La mente humana es muy compleja para definirse con la normalidad — respondió — pero lo que sufres es una manera muy poco usual y distorsionada de manejar la ansiedad. Te sientes abrumada, desconcertada y muy probablemente aplastada por muchas circunstancias en tu vida y tu manera de reaccionar te provocaron el síndrome.

Lo escuché con atención. Eso tenía sentido. Después de todo ¿No era verdad que me obsesionaba con esas pequeñas rutinas mías cuando más nerviosa me encontraba? Pensé en los días en que debía acudir a un examen Universitario especialmente difícil y que el color del bolígrafo me parecía de enorme importancia para aprobarlo. Era un poco lo que decía el doctor no ¿No? Me mire las manos, de uñas rotas y carcomidas. Me las lavaba al menos diez o veinte veces antes de comenzar a leer libros para clase, de responder preguntas de cuestionarios. ¿Qué ocurría con mi mente?

- Tu mente está tomando el camino más largo y complicado para comprender el estres — me explicó con una sonrisa cuando se lo pregunté — está agotada porque las rutinas y pensamientos obsesivos te roban energía y capacidad para concentrarte, de manera que debes esforzarte el doble para estudiar y dedicar tu atención a otras actividades. Como verás, no es locura. Yo le llamaría confusión.

Tomé una bocanada de aire. Me asustaba tanto la idea de no cumplir mis propias expectativas académicas, de simplemente no conseguir ese nivel de excelencia que me obsesionaba a toda hora. Y de pronto, tuve el deseo de llevarme las manos a la boca y mordisquearme las uñas hasta provocarme dolor. Pero no lo hice. ¿Se trataba solo de eso? Miré a mi psiquiatra un poco esperanzada.

- ¿Si sabe lo que es podría tener cura? — pregunté. Mi psiquiatra me hizo un guiño cariñoso.
- Ese es mi trabajo.

Me gustó su seguridad y me gustó sentir que había una posibilidad de comprender mi mente. Un momento de paz en medio de una especie de tormenta personal cuyos alcances apenas comenzaba a comprender.

Una pequeña batalla a ciegas:
Se dice que seis de cada diez adultos jóvenes sufre — o sufrirá — de alguna enfermedad mental . Lo más preocupante es que el mismo informe — publicado por la Organización Mundial de la Salud durante este año — sugiere que la mayoría de los que las padecen, no recibirán atención especializada. Un panorama preocupante, en una cultura donde la salud mental es un tema que preocupa de manera tangencial y que muy pocas veces se considera de verdadera gravedad. Aun más, cuando se es tan joven como para que la salud mental parezca no tener mucho sentido en esa abstracción que llamamos con mucha inocencia vida real.

Mi amiga J. nunca supo que la depresión podía ser un padecimiento médico de gravedad hasta que sus síntomas afectaron su rutina diaria y literalmente, la abrumaron. Por supuesto, en Venezuela, la angustia y la tristeza son consecuencias comunes de una situación insostenible, pero en el caso de P. además, eran parte de un trastorno que muy pocas veces se admite y justamente por ese motivo, es tan preocupante. Y es que la depresión, como padecimiento físico, afecta a más de 350 millones de personas en el mundo, aunque solo se diagnosticará alrededor del 45% de los casos, mientras que el resto seguirá siendo considerado algún tipo de desorden emocional. Según cifras de la Organización Mundial de la salud, gran parte de los pacientes depresivos jamás acudirán a consulta médica y de hecho, ignoraran que padecen un trastorno mental real hasta que las consecuencias sean incontrolables o incluso pongan en peligro su salud.

Para J. la situación empezó a hacerse incontrolable a medida que la sensación general de angustia fue haciéndose cada vez más invalidante. Desde la tristeza patológica que comenzó a interferir en su vida cotidiana hasta convencerse que no podía controlarla. Según me contaría después, la sensación era tan sofocante que llegó a creer que nunca podría superarla, un pensamiento común en los pacientes deprimidos.

- ¿Pensaste en la muerte? — le pregunté mientras conversábamos sobre el tema. Suspiró, mirándome con cierto cansancio.
- No es tan fácil como plantearte el suicidio como opción, es que sientes que solo la muerte podría aliviarte — me explicó — puede parecer dramático, pero en realidad en un momento dado, era un pensamiento real, incluso atractivo.

Finalmente y luego de sufrir un accidente automovilístico en el que casi muere, J. asumió que lo que sufría era un trastorno físico real y tan preocupante como podría serlo cualquiera de las heridas de las que se estaba recuperando. Acudir al psiquiatra no fue una decisión sencilla: como muchos otros pacientes de diversas enfermedades y síndromes psiquiátricos, la idea social sobre la locura le preocupó al momento de contemplar la opción. Pero finalmente tomó la decisión, a pesar de sus temores y la desconfianza que le producía el pensamiento de padecer un trastorno de animo.

- Nunca es fácil asumir que estás loca — comenta con una sonrisa. Han transcurrido casi dos años desde su primera consulta y la mejoría es evidente: J. tiene recobró sus fuerzas y lo que creo aún más necesario, el control de su mente. Sonrío, comprendiéndola con toda claridad. Y es que quizás la locura — esa idea imprecisa que parece definir un estado mental inquietante — es una idea que solo se asume desde la experiencia.

La salud y la belleza: secretos incómodos.
Conozco a L. desde niña. Desde el colegio, de hecho, y siempre ha sido fanática de la belleza, el ejercicio y esa estética atlética que actualmente es tan deseable. Por eso me sorprendió cuando hace un par de años, me confió que acudía a la consulta de un psiquiatra debido a los serios problemas que sufría con respecto a su identidad e imagen personal.

- Siempre me siento gorda e inadecuada — me explicó — llegó un momento en que el pensamiento era tan insoportable que reaccioné ejercitándome aún más y llevando una dieta más estricta. Hasta que no pude soportarlo más.

Me contó que había sido un proceso extraño e inquietante asumir que algo andaba muy mal con su manera de percibir la actividad física y su pasión por el deporte. Algo tan perturbador que al analizarlo bajo el ojo de la psiquiatría resultó una visión muy inquietante de su propia mente. Una sensación paralizante de menosprecio hacia su propio cuerpo e identidad que resultaba casi cruel. Desear perfeccionarlo casi de manera objetiva. Y para L. quizás eso fue lo más desconcertante: Porque en realidad no hay una manera real de comprender que existe algo excesivo en la manera como prácticas el deporte o cuidas tu salud en general. Para L. había sido una idea que jamás consideró y que le llevó unos cuantos meses asumir como real.

- ¿Que te hizo aceptar que algo grave pasaba? — le pregunto.
- Creo que no existe una única cosa. De pronto, todo el dolor parecía estar en todas partes.

Caminamos por el pasillo de un Centro Comercial de la ciudad y la estilizada figura de L. atrae numerosas miradas. Alta, esbelta tiene el tipo de figura que muchas mujeres se esfuerzan en tener y sin duda, su aspecto físico en genera es mucho más saludable que el mio, con mis kilos demás y escasa fortaleza física. Intento imaginarme que difícil debió ser para ella comprender que algo estaba mal, que estaba rebasando la linea de lo saludable para rozar algo más preocupante y peligroso. Porque para L. la cosa estuvo clara cuando siguió entrenando a pesar de una dolorosa lesión de tobillo que ahora la hace cojear de manera imperceptible.

- Cuando el dolor no me detuvo — me dice, casi con tristeza — me torcí el tobillo corriendo y seguí entrenando, incluso cuando estuvo tan hinchado que no podía calzarme y hasta que simplemente, el dolor no permitió seguir haciéndolo. ¿En resultado? una lesión quizás incurable.

Acudió al médico casi por obligación y ante la insistencia de su novio, que fue el primero en notar la parajodicamente poco saludable obsesión de L. por su cuidar de su cuerpo. Y tenía razón: el psiquiatra no tardo en descubrir que el problema de mi amiga era mucho más grave que una simple necesidad de conservar una imagen estética. Sufría de un poco conocido trastorno de la conducta alimentaria llamado “Vigorexia”, que no es otra cosa que una distorsion grave de la imagen corporal, cuya consecuencia inmediata es realizar ejercicio de una manera continuada y exagerada, hasta que, como le ocurrió a L., llegar al daño físico.

- Fue absurdo ¿sabes? — me dice, sentadas juntas en un café del Centro Comercial donde nos encontramos — asumir que intentaste cuidar tanto de ti misma que llegaste a hacerte daño, justamente lo contrario. Y aún así me parecía tan natural…

Miro a nuestro alrededor. Al menos dos o tres chicas caminan con mayas de ejercicio y en zapatos deportivos. Una mujer muy delgada come una ensalada en una mesa solitaria. Y comprendo exactamente lo que L. quiere decirme: lo difícil que debió ser asumir que hay algo anormal en la sociedad que te presiona y te mira con ojo crítico.

De pequeñas locuras a verdaderos dilemas:
Mi primo K. se casó muy joven y de inmediato, se convirtió en padre. Es un padre moderno, amistoso y accesible, de esos que están convencidos que educar a un hijo es una gran aventura. Ahora, con treinta y pocos años, es el padre de D, de 17 años, un adolescente adorable que sin embargo es el quebradero de cabeza de papá y mamá. Impulsivo, con un largo historial de problemas escolares, dificultad para seguir instrucciones y un comportamiento errático, durante los últimos años ha sido fuente de constante preocupación familiar.

Al principio, todos pensamos que D., solo atravesaba una difícil adolescencia. Motivos no le faltaban: crecía en un país en plena crisis económica y cultural, en un ambiente violento y amargo. Y no obstante, el comportamiento de D., era tan excesivo que le llevó verdaderos esfuerzos llevar una vida normal. A los catorce se le expulso del colegio por una serie de problemas de conducta y más adelante, casi fue enviado a un reformatorio por conducta vandálica. Por supuesto, que la conducta irresponsable y los problemas de autoridad, son inconvenientes que pueden asumirse como comunes en la vida de cualquier familia con hijos pre puberes. Pero lo anormal resultó que los problemas de D., no parecieran tener una verdadera razón o al menos, no una muy clara clara para sus angustiados padres. Finalmente mi primo K., comprendió que el problema de su hijo era algo más allá que una conducta impulsiva y decidió consultar a un experto. Luego de varios meses de exámenes y test médicos, la conclusión le sorprendió: D. sufría de un grave Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

- Fue toda una sorpresa — me explico. Han transcurrido casi cuatro años desde el diagnóstico y actualmente D. es una aventajado estudiante universitario. Un apropiado tratamiento y terapia psiquiátrica le permitió no solo disminuir los síntomas del padecimiento, sino además lograr un relativo equilibrio familiar — nunca supuse que todo el comportamiento de D. podría tratarse un padecimiento, más que la causa de un problema.

- ¿Te costó aceptarlo? — pregunté. Recordé lo mucho que me había costado asumir que padecía algún trastorno de ansiedad y los meses que me llevó decidir acudir a la consulta del psiquiatra. Mi primo pensó unos momentos antes de responder.

- Lo que ocurre realmente no es que me llevara esfuerzos aceptarlo, sino que simplemente nunca pensé podría ser un trastorno psiquiátrico. Mi primer pensamiento fue que algo así era impensable en mi familia, con respecto a mi hijo…

Es un pensamiento común. Varios psiquiatras que consulté, estuvieron de acuerdo en que muchos pacientes no admiten que padecen algún cuadro clínico preocupante hasta que la situación se hace virtualmente insostenible. Recordé a J., que casi había tenido que morir para aceptar que la tristeza que padecía era algo más que un estado de ánimo y a L., que sufrió una lesión tan grave que amenazó su salud para comprender que algo era excesivo en su necesidad de entrenar. Y me pregunté cuantas veces asumimos que la salud mental es mucho menos importante que la salud física, la evidente, la formalmente aceptable como parte de eso tan abstracto que llamamos normalidad.

Una crónica inquietante: Las cifras anónimas.
Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades mentales son un tabú en casi todo el mundo: menos de la mitad de los pacientes recibirán atención adecuada. Un tercio de esa proporción, además, no continuará con tratamientos adecuados que puedan mejorar su condición psiquiátrica y solo un grupo muy pequeño encontrará mejoría. La cifra se hace incluso mayor en los países como el nuestro, donde la atención psiquiátrica es costosa y muy poco frecuente. Un pensamiento preocupante sin duda: somos una población eminente joven, casi adolescente: ¿Cuantos casos de trastornos psiquiátricos quedarán sin un tratamiento adecuado? Me hago la pregunta mientras camino por la calle y observo los rostros preocupados a mi alrededor, los hombres y mujeres agobiados por sus propia complejidad, por la inquietante sensación de encontrarte atrapado en tu propia mente. Y pienso en el hecho preocupante que somos muy poco conscientes del sufrimiento que supone un problema psiquiátrico, incluso el más leve. Una sensación inquietante que deja un amplio margen para imaginar las consecuencias.

Cuando termino de escribir esto, miro hacia mi escritorio: mis libros favoritos están colocados de cualquier manera en mi biblioteca. Siento un casi irresistible impulso de ordenarlos cuidadosamente. La sensación es casi dolorosa: el cuerpo en tensión, la extraña urgencia. Me contengo, con las manos apretadas contra el escritorio y lentamente, el impulso pasa. Miro los libros y de pronto, me siento libre, a salvo de mi propia mente, con la capacidad para controlarla y quizás incluso, asumir mis pequeñas locuras como parte de mi mundo personal. Y aún así, la extraña sensación de miedo persiste, me inquieta. Porque nuestra consciencia, esa expresión del yo tan depurada como poderosa siempre será quizás el mayor misterio al que podamos enfrentarnos alguna vez.

Un rostro oculto de nuestra propia identidad.

martes, 7 de agosto de 2018

A un byte de distancia: La existencia intermedia entre la realidad y lo virtual.





Mi abuela solía decir que vivir en el mundo real era para “corazones fuertes” una idea romántica que me hacía reír. En una ocasión, le pregunté si vivir en el mundo real no era por cierto, el objetivo y la razón de cualquiera. Que sólo contadas ocasiones — y casi todas relacionadas con un tipo poco apetecible de locura — el mundo real era la opción inmediata y obligatoria para todos. Ella me dedicó una de sus miradas maliciosas.

— Todos percibimos el mundo a través de un cristal — dijo — nos miramos a través de libros, programas de televisión, de la pantalla de la computadora. En tu época, nadie quiere mirar las cosas de frente, les cuesta demasiado dolor.

Me quedé un poco aturdida. Era un pensamiento doloroso, incluso incómodo. ¿Cuántas veces había hundido la cabeza entre las páginas de un libro para protegerme de lo que me rodea? ¿Para olvidar, distanciarme un paso de la realidad, para evadir lo que ocurre a mi alrededor? Mi abuela asintió, como si pudiera entender mi confusión y esa rara sensación de angustia que me atormentaba.

— Aceptar la realidad es un acto de valor — dijo — no todos lo aceptan de ese modo.

Recordé la conversación cuando hace poco, alguien me comentó que en Internet, todos somos ideas. Que en algún punto de la última década, nuestra percepción sobre la identidad, lo que brinda sustancia a nuestra individualidad y el quienes somos se transformó para siempre. Me lo dijo, luego que ambos leyéramos un reportaje donde se analizaba las redes sociales bajo la óptica de cuanto han transformado la manera como asumimos el presente y el futuro. E incluso, lo esencial del conocimiento y el aprendizaje.

— A este paso, no hará falta pensar — dijo mi amigo — sino simplemente tener datos que mostrar. — Eso suena un poco escalofriante — confesé, aunque la idea no me resultaba del todo nueva. — Piensalo: estamos en una cultura de gente que se está acostumbrado a expresar todas sus ideas a través de las Redes Sociales. Que no concibe la idea de no hacerlo. Que desea mostrar todo lo que hace y piensa. ¿No se trata eso de una colección de datos?

No se trata de un planteamiento novedoso, por supuesto. Durante años, toda mi generación — y la inmediatamente siguiente — parece reflexionar con mucha frecuencia sobre el hecho que somos hijos intelectuales de un mundo virtual que nos refleja de manera inmediata. De una experiencia superficial, construida a base de lo banal, donde el análisis, la profundidad de planteamientos, el debate de las ideas no parece demasiado importante. En una sociedad donde se glorifica lo absurdo, lo venial y lo simple en beneficio de toda una nueva cultura basada en la capacidad para mostrar y construir ideas aparentes. Pensé en todo eso con cierta sensación de alarma pero sobre todo, con esa habitual preocupación que me producen conceptos parecidos, que por cierto, suelen ser muy frecuentes. Me quedé en silencio, mientras mi interlocutor seguía ponderando su reflexión.

— No tiene mucha gracia seguir analizando todo desde lo intelectual y lo filosófico si nadie te va a entender ni le va a gustar lo que dices — prosiguió — porque al fin y al cabo, el mundo ya no es capaz de analizarse así mismo de esa manera. ¿Para qué tanta lectura y tanta reflexiones que no llegan a ninguna parte?

He escuchado el mismo planteamiento muchas veces a lo largo de los últimos años. Gente que me recomienda dejar de insistir en discusiones, argumentos y diatribas sobre política, filosofía e inclusión, simples puntos de vista por carecer de “objeto” y sentido en medio de una cultura que no le interesan escuchar opiniones en contra. Esa percepción que cualquier idea que no forme parte de la general, parece carecer de verdadero valor. Una y otra vez, me han insistido que somos una sociedad que se alimenta de la “tendencia”, que se construye a través de esa percepción inmediata y que cualquier otra postura, es literalmente una perdida de tiempo. Malgastar energías y esfuerzo en la defensa de argumentos que realmente, interesan muy poco a la mayoría.

Mi amiga L., psiquiatra y observadora de lo que llama, la cultura cotidiana, suele decir que esa noción sobre la realidad que se crea a través de lo popular, no es cosa reciente. Después de todo, el ser humano, como criatura social, necesita de la reafirmación y también, de la complicidad de sus congéneres para prosperar. Durante años, ha investigado esa nueva cultura del conocimiento basado en lo simple, en las opiniones sin fundamento, en la “moda” que crea puntos de vistas diversos — y la mayoría de las veces insustanciales — con tanta frecuencia que llega a desconcertar. Para ella, la noción sobre el conocimiento no solamente se trivializó sino que además se convirtió en algo más denso, desconcertante y lo que resulta más preocupante, duro de asimilar.

— Las Redes Sociales son el reflejo y no la consecuencia, como suele insistirse de lo que consideramos la cultura fast track — me explica cuando nos reunimos en su pequeño consultorio. En la pared, hay una fotografia de un hombre sentado en una habitación en sombras mirando una pantalla de televisión encendida. “¿Cuantos crees que sabes?” se puede leer al fondo — todo es rápido, de consumo sencillo y sobre todo, sin demasiadas complicaciones. Nadie necesita saber los detalles. Nadie de hecho, quiere saberlos. Cada nueva noticia, suceso, circunstancia, convierte en expertos inmediatos a toda una audiencia cautiva que sólo debe googlear para tener conocimientos generales — y la mayoría de las veces poco precisos — sobre un tema usualmente mucho más complejo. Pero es que nos hemos educado así, nos hemos habituado sea así. Y las consecuencias comienzan a notarse ahora.

Tiene razón, por supuesto. De pronto, todos somos expertos en cualquier ámbito, tema, especialidad. Si una famosa actriz de Hollywood decide operarse los pechos, la mayoría de los usuarios de las redes sociales tienen una opinión e incluso un diagnóstico y por supuesto, una crítica. Si un escritor relativamente desconocido obtiene el Oscar, de inmediato sus libros se convierten en tema de conversación, se debaten en cualquier ámbito y bajo cualquier aspecto, menos, evidentemente desde la profundidad de una lectura meditada sobre el texto. Y así, cientos de pequeñas situaciones diarias que transforman el conocimiento y el aprendizaje en una finísima red de interconexiones que apenas se sostiene sobre esa capacidad del nuevo usuario internauta de obtener información inmediata pero no precisamente profunda e incluso correcta. Ocurre con tanta frecuencia que llega a ser preocupante aunque en realidad, se trata de una consecuencia de ingente cantidad de datos e información de la que todos disponemos. Esa nueva percepción del conocimiento como datos en lugar de reflexión y análisis. Una visión sobre lo que sabemos y su estrecha relación con la opinión general.

— Es muy simple: las redes sociales se alimentan del ego del usuario, su necesidad de mostrar y crear una ilusión sobre lo que su vida a través del material que difunden — me dice L., quien durante los últimos meses ha investigado sobre la manera como la comunidad virtual se percibe así misma — además, está el hecho que cualquier Red Social es una ventana abierta al mundo. Puedes leer lo que quieras, de quien quieras. Encontrar todo tipo de datos, informaciones, reflexiones, puntos de vista, perspectivas. Usar esa información a conveniencia. La idea resulta un poco abrumadora cuando la analizas así pero sobre todo, te deja muy claro que el mundo virtual no sólo es un reflejo del actual, sino también un tipo de opinión.

Hace unos meses, leía un artículo que analizaba la idea de las consecuencias que podría tener la cultura virtual sobre las nuevas generaciones. El texto ponderaba el hecho de una nueva generación que nació en pleno auge de las Redes Sociales y que de hecho, no conoce otra cosa. Aún más, es incapaz de concebir el mundo sin la accesibilidad, medios y recursos de la web. ¿Qué consecuencias puede tener esa visión sobre el mundo basada en la experiencia virtual sobre nuestra manera de pensar? ¿Cómo se mira así misma una generación que se concibe así misma en esa capacidad para la expresión, la comunicación y la inmediatez? Nadie parece tener una respuesta sobre el tema, a pesar de que parece estar en todas partes. Y sobre todo, dejar muy claro que cómo nos concebimos — esa idea cultural sobre la identidad de la época y lo contemporáneo — probablemente haya cambiado para siempre.

— No es sencillo de comprender y mucho menos, es una opinión Mundial — me dice L., cuando le comento lo anterior — por ejemplo, en Venezuela, aún esa idea tiene años de retraso y siempre lo tendrá. Nuestro desarrollo tecnológico es precario y nuestra percepción sobre lo que es el conocimiento, también. Somos una cultura refractaria a ese tipo de cambios y sobre todo, ahora cuando un renovado nacionalismo emparentado con la ideología asume el conocimiento desde un rasgo político y reivindicativo. Pero aún así, esa generación que creció educada por internet, es muy obvia. Y también, sus consecuencias.

Claro está, la idea de los Millenials en Venezuela es muy restringido, además de protagonizar su propio fenómeno migratorio y de hecho, haber madurado muy rápido — y en difíciles condiciones — en medio de un proceso político muy agresivo. Pero existen: Los profesionales entre los veinte y treinta años, con titulo Universitario en mano, amantes de la tecnología, que aspiran a la independencia económica y sobre todo, al éxito social y cultural inmediato. En Venezuela los millenials — o quienes podrían encajar en esa nueva identidad — son los que están protagonizando quizás el movimiento migratorio más numeroso de los últimas décadas en el país. Y de hecho, representan a toda esa nueva oleada de hombres y mujeres que crecieron bajo la noción del mundo globalizado y la idea general del conocimiento accesible.

— Es difícil aplicar entonces esa noción sobre la “generación que educó internet” de manera universal — comenta L., mostrándome un mapa mundi donde se señala lo que parece ser una tendencia mundial sobre migración. Las líneas se entrecruzan, se mezclan, crean una especie de continente flotante — pero si, de hecho, la nueva capacidad de comunicación creó un nuevo tipo de pensamiento. Lo simplificó, lo hizo muy característico de nuestra época.

Por supuesto, sé a que se refiere mi amiga. Por siglos, el conocimiento fue cosa de élites: perteneció a un grupo minoritario que representó cierta aristocracia intelectual en su época y lugar de origen. Los literatos, artistas, filosofos, académicos parecieron representar por mucho tiempo un grupo privilegiado a través del cual pudo interpretarse la cultura desde un punto de vista muy concreto y específico. No obstante, esa perspectiva comenzó a desaparecer con la comprensión del derecho a la cultura y a la educación, con la compresión de la necesidad de democratizar el aprendizaje como elemento social. El siglo XX representó quizás una época de ruptura con esa percepción sobre la educación como privilegio y creó una nueva percepción sobre esa idea. Aún así, la cultura (como fundamento esencial) continuó siendo parte de una cierta concepción sobre la identidad individual. Pero el fenómeno de la globalización creó una percepción inédita sobre el mundo y mucho más aún, sobre lo que puede significar o no, el aprendizaje y el conocimiento dentro de la comprensión de su identidad. E internet — o mejor dicho, su crecimiento exponencial — representó una nueva interpretación sobre el quienes somos y el cómo nos percibimos.

La escritora Marina Keegan murió muy joven y quizás esa muerte prematura sea el mejor símbolo de lo que representó en su breve carrera literaria: un anuncio lo que puede estar ocurriendo en el mundo del conocimiento como consecuencia de esa rápida madurez — quizás imperfecta y desigual — que la generación internet trajo consigo. Porque Keegan jamás publicó un libro durante su vida pero su novela póstuma — donde se recopilan sus ensayos y relatos cortos — es una metáfora de una generación que crece y se educa frente a las pantallas de su computadora. La jovencísima estudiante (tenía veintidos años al morir) a través de una visión fresca sobre el quienes somos de toda una nueva identidad cultural: En su ensayo de ficción Cold Pastoral, habla sobre la muerte y la noción del anonimato que actualmente, es parte de nuestra cultura “No podía dormir y acabé viendo sus 700 fotos en Facebook hasta que caí dormida delante del ordenador. ¿Qué se supone que debo sentir? ¿Qué dice la muerte de Brian de nuestra generación?”. Una imagen que parece resumir esa idea que asumimos tan natural que nos sorprende sea relativamente nueva. Y lo hace, desde la reflexión de que en realidad, no lo es. Que esa nueva curiosidad inmediata y el conocimiento superficial forman parte de una percepción sobre la raíz cultural tan novedosa como recién nacida.

Porque Marina Keegan habla sobre si misma pero también, sobre esa noción sobre el medio y la herramienta sobre la cual reflexionó en sus textos. Quizás por ese motivo y en una especie de desconcertante presagio, uno de su cuentos — el inquietante Canción para los especiales — apunta directamente al centro del problema, a la banalidad de un mundo idéntico “Todo el mundo piensa que es especial. Mi abuela por Marlboro. Mis padres por las discotecas y la llegada a la Luna. Nos dicen que podemos ser cualquier cosa. Que nadie es como nosotros. Pero busqué mi nombre en Facebook y hay ocho caras mirándome a los ojos. Cuando muramos, nuestros epitafios dirán lo mismo”.

Porque la tecnología, la rapidez sin sustancia, el conocimiento inmediato, crea sin querer — o quizás por mera consecuencia — una nueva percepción sobre la realidad, la identidad, incluso la individualidad como idea elemental. Hace poco, leía sobre Sofía, un bebé nacido en Oakland, a unos cuantos kilómetros de San Francisco y que es un early adopter de la nueva tecnología que quizás en unas décadas, se habrá generalizado y formará parte de la vida común: el monitoreo y corporal en directo de la vida de un bebé. En la fotografía que acompaña el artículo, Sofia — de apenas siete u ocho meses — está tendida sobre su cuna y lleva lo que el artículo identifica como un pañal inteligente: una pieza de altísima tecnología que permitirá a sus padres conocer todo tipo de datos sobre su bebé y estandarizarlos para, según anuncia el texto, “comprender mejor sus procesos físicos”. Para mi sorpresa, el artículo describe el caudal de información que brinda el pañal y que convierten a la pequeña Sofia — y su proceso de crecimiento — en una miriada de datos matemáticos: El pañal proporciona un promedio de datos de riesgo de deshidratación, infecciones de orina o problemas renales. Además, los datos están disponibles para mostrarse en cualquier página web y en una Red Social — o así lo asegura el artículo — , lo que permite que Sofia se convierta una especie de personalidad pública desde la cuna. No hay nada privado para Sofia, que desde la cuna, forma parte de ese caudal de información que forma parte de Internet y que sobre todo, parece sustituir cualquier idea más allá de la reseña. Un pensamiento inquietante si se analiza más allá del beneficio que pueda suponer un control semejante sobre la salud del bebé y su crecimiento. ¿Cual es el límite donde todos nos convertimos en un cúmulo de información sin verdadero peso o sentido?

Hablamos de una cultura donde escribimos, fotografiamos y compartimos obsesivamente cualquier información personal. Donde cada red Social permite saber no sólo que pensamos, sino donde nos encontramos, que comemos, que ropa usamos. Como es nuestro mundo privado, cuales son nuestros gustos y preferencias. Una percepción irreal y alterna sobre nuestra identidad, construida a base de la información que manipulamos y construimos como una especie de reflejo esencial de lo que deseamos mostrar. O incluso, de como queremos percibirnos. Porque no se trata sólo de la información fragmentada, banal. El ego virtual convertido en una concepción sobre la realidad, sino esa deformación concreta e insistente sobre la idea de lo que es individual y privado. ¿Que ocurrirá en unas cuentas décadas? ¿Que pasará cuando la tendencia sea la única forma de conocimiento o la más accesible? ¿Estamos llegando a la frontera de lo que lo intelectual puede ser?

El pensamiento puede resultar desconcertante, pero sobre todo, realista. En la actualidad, esa capacidad de las redes Sociales y el mundo virtual de ofrecer conocimiento inmediato y frugal sobre ideas mucho más profundas, está transformando la percepción que tenemos sobre el conocimiento pero sobre todo, sobre nuestra identidad. Y es que sólo existimos en la medida que mostramos. O lo que es lo mismo: somos en la medida que podemos construir una imagen virtual que pueda representarnos.

— Probablemente la noción de comunidad virtual se haga mucho más necesaria a medida que toda esta generación que crece convencida de la necesidad de mostrar se haga adulta. Y eduque niños que tengan esa única percepción de si mismos — me dice L., con cierta preocupación. La escucho con una sensación de alarma que no sé muy bien a que atribuir — con toda probabilidad, en veinte o treinta años, sea indispensable pertenecer a una red Social para educarte, para trabajar, para simplemente socializar. Ya lo es. Pero imagina un mundo donde no sea sólo necesario, sino obligatorio. Que tu noción sobre existir esté estrechamente vinculada con tu personalidad virtual.

Lo imagino: un mundo donde cada aspecto de nuestra vida y de nuestra intimidad sea parte de la comunidad pública. Donde una simple búsqueda pueda mostrar cada aspecto de lo que consideramos personal. Que lo privado desaparezca en virtud de lo que somos como elemento dentro de ese gran conglomerado de ideas que se crean ahora mismo y que nadie comprende muy bien sus consecuencias. Un mundo donde la identidad esté sujeta lo virtual y lo que es aún más desconcertante, a la capacidad de ese reflejo irreal para definirnos. ¿Quienes seremos entonces? ¿Cómo será el mundo que se creará a partir de esa nueva percepción?

No lo sé por supuesto. Y es esa sensación de no comprender, o simplemente de asumir que el mundo se transforma bajo esa percepción, lo que me inquieta. Después de todo, pienso, mientras leo mi acelerado TimeLine — las noticias e informaciones cambian cada minuto, las opiniones se superponen unas a otras — que la virtualidad no sólo crea actualmente lo que somos, sino lo que también lo define. Más allá, está la incognita, esa sensación de desconcierto de un terreno desconocido que apenas comenzamos a recorrer.

C’est la vie.

lunes, 6 de agosto de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: todas las razones por las que deberías ver “Dietland” de Amazon Prime si aún no lo haces.





Según recientes estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, 3 por cada 100000 habitantes en el mundo sufre de algún trastorno alimenticio durante la primera veintena de su vida. Por supuesto, a decir de muchos médicos y especialistas en el tema, la cifra es muchísimo más abultada, pero pocas veces quien lo padece lo admite, lo que hace más complicado un calculo real sobre su incidencia. Los trastornos alimenticios son un padecimiento silencioso, abrasivo y destructor. Es una compulsión que te somete a una especie de privada — y casi invisible — lucha contra tu propio organismo. Pero también te transforma en un rehén de tus prejuicios, de lo que consideras normal y de esa obsesión por la visión estética que todos padecemos alguna vez en una sociedad tan mediatizada como la nuestra.

La serie “Dietland” no toca directamente el tema de los trastornos alimenticios pero la noción sobre su existencia y gravedad, gravitan sobre el argumento como una presencia invisible. Se trata de una visión cruda, violenta y retorcida sobre la noción de la belleza y la fealdad en nuestra época, pero también, sobre la percepción de lo ético y lo moral para una generación que sostiene estándares de belleza imposibles de complacer. Los primeros capítulos son una mezcla cruel de la forma como nuestra sociedad analiza la apariencia — y la identidad — de quienes no calzan en el limitado canon estético y lo hace además, con una durísima crítica tácita que asombra por su cinismo. “El 90% de nuestros clientes dicen que el estrés los hace atracones. Y soledad. ¡Pero todos están solos, Dios mío! ¿Qué otra cosa pueden hacer? “¡Creo que lo vas a hacer genial y tendrás mucha piel suelta!” En ese tono implacable y aparentemente optimista, la “instructora de adelgazamiento” Plum Kettle se enfrenta a sus clientes y además, a sus propias inseguridades, en una especie de círculo vicioso que convierte a cada escena de la serie en una percepción inquietante sobre el hecho de la delgadez como símbolo del éxito y estatus, pero sobre todo, la batalla diaria que enfrenta cualquiera que no pueda satisfacer el estereotipo idealizado sobre la apariencia personal que nuestra cultura promociona como un deber implícito. La serie, con su extrañísimo punto de vista medita acerca de la sociedad de consumo, las expectativas irrealizables pero sobre todo el contexto de lo estético como expresión del yo elaborado como un reflejo distorsionado de la realidad.

Pero además, “Dietland” juega con la crueldad de nuestra cultura, de una manera directa que pocas series o cualquier otro producto televisivo lo han hecho. Las expectativas de la vida de Plum — que es una mujer obesa — están centradas en batallar contra su apetito y su apariencia física. Para Plum comer es el enemigo a vencer y cualquier idea al respecto está supeditada a la necesidad de batallar — a ciegas e incluso de manera exagerada — contra su apetito, la forma en que luce su cuerpo y sus implicaciones sobre cómo desea comprenderse. Las experiencias de vida de Plum parecen enlazarse con una versión retorcida y casi dolorosa sobre la percepción sobre la obesidad, la gordofobia y el body shaming que se ha hecho tan habitual en redes sociales e incluso, en la percepción colectiva sobre el individuo. Para Plum — aterrorizada por el hambre, las repercusiones de la obesidad sobre sus relaciones sociales y la contemporánea comprensión sobre el valor individual — las consecuencias de una cirugía de banda gástrica son un motivo de alegría, una forma de comprender su mundo y su relación con lo que le rodea. Y es esa disparidad, esa presión constante y excesiva sobre la realidad convertida en algo más duro de asimilar, lo que hace de la serie “Dietland” una travesía complicada a través de todo tipo de conceptos modernos sobre el valor de la estética y la forma en como se asume su importancia.

“Dietland” es la adaptación de la guionista Marti Noxon del libro del mismo nombre, escrito por Sarai Walker en el 2015. La historia literaria sigue a Plum a través de todas las vicisitudes que ser obesa le provoca en un mundo obsesionado por la delgadez. Mientras tanto, sueña con la cirugía que cambiará su vida. Es entonces cuando un misterioso libro con el titulo “Dietland” en la portada llega a sus manos y no solamente cambia la vida de Plum sino el hecho como asume la obesidad, la hostilidad cultural que la rodea y la noción sobre la fealdad que la golpea a diario. Con su tono satírico y retorcido, la serie analiza con cuidado los estragos de la industria de la belleza y sus repercusiones sobre una cultura hipersexualizada y obsesionada con la noción de lo bello como moneda de valor. Además, el argumento analiza desde un punto de vista novedoso la agresividad de la sociedad contra la diferencia, además de insistir en un alegato tácito sobre la desigualdad de poder entre hombres y mujeres. Y aunque el guión conserva el tono humorístico la mayor parte del tiempo, la sensación es que la historia gira alrededor del hecho del movimiento #MeToo y sus consecuencias, además de una nueva mirada hacia la percepción de la imagen corporal desde una versión mucho más inclusiva y flexible que la real. La adaptación de Noxon mantiene buena parte del humor del libro, su retorcida versión de la lucha entre las mujeres “normales” y las que ocupan el centro de los deseos colectivos, pero sin embargo, enarbola el cinismo desde un conocimiento cierto y profundo de la naturaleza femenina. La serie reflexiona sobre el hecho de cómo se miran las mujeres a sí mismas y unas a otras, como un fragmento de cultura que no termina de encajar en ninguna parte pero sobre todo, que parece fuera de tono por el mero hecho de coexistir de manera forzada con una imagen ideal imposible de alcanzar. Y aunque “Dietland” no profundiza todo lo que debería — o de la forma en que debería — es evidente que se trata de una búsqueda benevolente de sentido para la obsesión moderna por la delgadez, la gordura y en general, todo tópico sobre el como se luce y el como debería lucirse. Una extraña mezcla de reflexión y comedia que termina convirtiéndose — casi de manera involuntaria — en algo más profundo y duro de asumir.