sábado, 23 de septiembre de 2017

La vida en las estrellas y otras historias de brujería.





Cuando tenía nueve años, llevé a mi amiga Flor a la casa de mi abuela - la bruja, la sabía - por primera vez. Ella se sorprendió por la invitación. Después de todo, hasta entonces nunca lo había hecho antes y era lo bastante reservada como para que a pesar de llevar más de un año compartiendo aula y recreo, hablara muy poco sobre mi familia. Me miró entusiasmada.

- ¿Qué veremos allá?
- Las cosas...que hay en mi casa.

Se me calentaron las orejas. Ya sabía que la casa familiar no era un lugar corriente o al menos, del tipo en el que solían vivir el resto de mis compañeras. Mi abuela y mis tías se llamaban a sí mismas brujas a quien quisiera escucharlas y además, la casa era un lugar curioso, por decir lo menos. Con mis tímidos ochos años, sabía muy bien que las escobas colgadas en la pared, la enorme biblioteca repleta de libros polvorientos, las estrellas talladas en puertas y ventanas, los tapices de paisajes marinos con la Luna Llena que brillaba al fondo, no era algo común en las casas de quienes conocía. Pero sobre todo, estaba esa festiva y rara manera de ver la vida de la que disfrutaba cada miembro de mi familia. En casa de mi abuela se debatían en voz alta temas que a otra gente les parecía incómodos y sobre todo, toda idea era bien recibida. Religión, el misterio de lo Divino, lo que ocurría después de la muerte eran discusiones habituales en la mesa, entre opiniones más o menos escandalosas. Más de una vez, me pregunté que pensarían las duras y estrictas monjas francesas con que me eduqué sobre el hecho que mi abuela pensara que Dios era una mujer o que una de mis tías estuviera convencida que al morir no íbamos al cielo, sino que regresábamos a la tierra - o incluso a otro planeta, solía decir tía con toda tranquilidad - a continuar el lento aprendizaje que abarcaba el universo entero. La mayoría de las veces el pensamiento me hacía sonreír, otras me hacía sentir incómoda. Casi siempre, me confundía.

- Cosas ¿de bruja? - insistió Flor con los ojos brillantes de entusiasmo. Me encogí de hombros.
- Supongo que sí.

Claro está, a Flor ya le había dicho que las mujeres de mi casa eran brujas y me sorprendió lo bien que se lo había tomado. Desde que lo había hecho, me seguía a todas partes haciéndome preguntas, a cual más extravagante, que demostraban que para mi amiga ser bruja era algo a medio camino entre una fabulosa criatura mitologica y algo más serio. Cuando le expliqué que mi abuela jamás había convertido a nadie en sapo - que yo supiera al menos - y que nadie que yo conociera podía lanzar rayos por los dedos de las manos, se desinfló un poco.

- Entonces ¿Por qué se llaman brujas?

Esa era una buena pregunta. Podría explicarle que mi abuela se consideraba "una mujer sabia" y que había dedicado buena parte de su vida a reflexionar sobre los asuntos realmente importantes de la vida y aprender de sus errores. O eso era lo que decía mi abuela en todas las ocasiones en que le había preguntado sobre el asunto. También podría decirle que para tia E., ser bruja era una combinación de sabiduría ancestral con un enorme sentido común cotidiano. "Mucho de aprender que el tiempo tiene su propio ritmo, su propia manera de enseñarte lo bueno y lo poderoso de cada día que vives" me explicó una vez, ambas sentadas junto al enorme árbol de mango del jardín antipático de abuela. "Ser bruja es comprender que somos piezas de un mecanismo gigantesco de comprensión del poder del espíritu. Somos partes una de las otras, palabras de una historia que se hace cada vez más rica y compleja. Cada bruja es imprescindible en ese lento trayecto hacia el origen mismo de todo saber. De toda visión de lo profundo y lo valioso que nace de tu espíritu".

- ¿O sea que toda bruja es...como parte de una familia?

Tia E. se golpeó con los dedos la barbilla, el gesto que siempre hacia cuando pensaba en lo que ella llamaba "asuntos extraordinarios". Se quedó un buen rato mirando el paisaje irregular de la hierba mal cortada. Del brillo oloroso del rocío sobre las flores que nacían como manchas de colores en mitad del follaje. Movió la cabeza con lentitud.

- No sólo somos una gran familia, somos una fuente de conocimiento ancestral. Somos la voz que recuerda por qué la tierra celebraba a una mujer que parió el mundo. La que celebra que la Luna Llena fue el símbolo del vientre fecundo y de las montañas inalcanzables de nuestra mente. Somos la consciencia que recuerda que nuestra mente es útero fecundo, que en el espíritu de cada bruja hay fuego primigenio. Un aprendizaje lento y trabajoso que le lleva a recorrer el camino más complicado: el de reconocerse a sí misma como parte de una tradición. Ninguna bruja está sola nunca, aunque lo crea. Ninguna  bruja está muy lejos del centro de todo conocimiento, que es el poder ancestral que habita en su curiosidad. De manera que sí, somos una familia. Una bruja siempre encontrará a otra bruja. Una bruja siempre extenderá la mano para sostener la de otra. Una bruja nunca olvida que es el reflejo de una historia mucho más vieja que la suya.

Pero no sabía cómo explicarle todas esas cosas a Flor. Como explicarle que las brujas de mi casa eran grandes lectoras, científicas, devotas de la filosofía, dedicadas artistas, mujeres con un espíritu extraordinario. Mujeres curiosas, con los brazos abiertos a cualquier aprendizaje, con la mirada asombrada a todo lo que ocurría a su alrededor. Eso no se parecía demasiado a las misteriosas mujeres de los cuentos, esas que vivían en bosques y montañas, con el cabello desgreñado y la nariz ganchuda.  Las brujas, las de verdad (o al menos las de mi familia) era mujeres espléndidas, luminosas por derecho propio y sobre todo, con la osadía ciega y certera de saber que la magia reside en su manera de mirar, crear y saltar hacia lo desconocido.

Claro está, una niña de ocho años no piensa en términos tan complejos y yo no era la excepción. Tenía la vaga sensación que las mujeres de mi familia era espléndidas y fuertes, aunque no podía definir muy bien en qué consistía esa energía, era radiante capacidad para sonreír y siempre avanzar, esa sabiduría bajo la sonrisa, la mirada atenta, las manos inquietas. Era algo formidable, enorme y que por supuesto, rebasaba mis ideas sencillas sobre el conocimiento, el poder de la imaginación y esa clarísima percepción sobre la fe y la tradición que era fundamental en el seno de mi familia.

- Se llaman brujas porque saben cosas - dije por último - porque las aprenden todos los días y porque les gusta enseñarlas. Porque para una bruja, aprender es algo muy importante. Es tu manera de crecer, de mirar al cielo...y saber que guarda muchos secretos para ti.

Flor parpadeó confusa. Era una niña despierta, práctica y muy inquieta y supongo que toda aquella palabrería tuvo que haberle parecido la mar de aburrida. Pero ¿Qué otra cosa podía decirle? Continuamos caminando por el patio del colegio. El resto de las niñas nos dedicaban miradas curiosas. Ya por entonces, Gloria - la niña más popular de la escuela - me había puesto el remoquete de "loca de las escobas" y la mayoría tenía una idea más o menos clara que había algo curioso conmigo. Algo lo suficientemente peculiar como para que yo insistiera en mantener una distancia prudencial de todas ellas. En un ocasión, Gloria me  había intentado arrebatar el pentáculo que llevaba colgado al cuello y cuando me resistí, me señaló con el dedo entre risas.

- La niña chiquita defiende su estrellita - se burló - ¡Eres una estupida! ¡Es una estrella de metal nada más!
- ¡Es un pentáculo! ¡Símbolo de las brujas! - grité sin pensarlo demasiado. Gloria parpadeó y esbozo una maliciosa sonrisa.
- ¿Símbolo de las brujas? - repitió lo suficientemente alto como para que todas las niñas del patio se dieran la vuelta a mirar - ¿Por qué dices algo tan feo?

No supe que responder a eso. Sabía que para la mayoría de la gente, la palabra "bruja" describía a una mujer malvada, cruel y la mayoría de las veces, capaz de las peores fechorías. Lo había leído en mis cuentos favoritos, lo había visto en las películas. ¿Cómo explicar al coro de niñas que me miraban desconcertadas que una bruja era algo por completo distinto? ¿Como hablarle de mi abuela con los brazos llenos de flores, de mis tías que cantaban bajo la Luna Llena? ¿Cómo hablarle de los libros de las Sombras, que guardaban la sabiduría de generaciones de mujeres que sonrían al pensar en el futuro? ¿Como hablarle de lo que me hacia sentir levantar los brazos a la noche e invocar junto a mi familia el poder del viento? ¿Por qué había algo mal en eso? Me mordí los labios, con el corazón latiendo muy rápido y apretando el pentáculo entre los dedos empapados de sudor nervioso.

- Las brujas no son algo feo.
- ¡Son mujeres horribles! - chilló Gloria, fingiendo miedo - ¡Y tú eres la loca de las escobas! ¡Tú eres la loca de las brujas!

Hubo risas burlonas, carcajadas ofensivas, pero también miradas sobresaltadas. Me sentí más avergonzada que nunca en mi vida y me prometí nunca, nunca volver a decir en voz alta nada sobre las brujas. Cuando le conté lo ocurrido a mi tia P. me miró escandalizada y entristecida.

- Ser bruja es parte de tu vida. ¿Cómo lo vas a ocultar?
- No sé. Me esconderé.

Me llevé la mano al pecho. Bajo la camiseta sentí el peso frío del pentáculo contra la piel. Me pregunté si sería tan sencillo como esconder entre las ropas mi estrellas. Si en adelante, me cuidaría muy bien de todo lo que diría o de todo lo que hacia, para evitar que nadie supiera la forma como mi familia miraba al mundo. Sacudí la cabeza, incómoda.

- No quiero que nadie se burle de mi - dije bajito - no quiero que nadie más vuelta a...

Recordé lo mucho que me había dolido las burlas que me acompañaron por semanas en los pasillos de la escuela. Las risitas disimuladas que dejaban escapar las niñas cuando me veían pasar. Y sobre todo, la forma como Gloria se regodeaba en cada oportunidad posible, llamándome a gritos "Loca de las Escobas". ¿Será que yo no era tan valiente como el resto de las mujeres de mi familia? Tragué saliva, abrumada por la idea. Tia me tomó de la mano con ternura.

- Toda bruja alguna vez se tendrá que enfrentar a la desconfianza del resto de la gente - dijo en voz amable y franca - una bruja contradice todo, siempre señala, siempre se opone, siempre mira las cosas de manera distinta. Una bruja recorre el camino más difícil, el menos transitado, el que está lleno de dificultades y de peligros. Y lo hace porque es su manera de demostrar que el valor consiste en enfrentarte al miedo pequeño, al de todos los días.

"Las brujas en ocasiones temen decir que lo son, pero sin embargo, esa magia y poder interior les hace hacerlo. Es inevitable. Lo hacen a pesar de los prejuicios, de los temores que despierta la palabra bruja. Lo hacen a pesar de la incomodidad, de las miradas irritadas y de lo escandaloso que pueda resultar que una mujer se declare a sí misma libre de toda atadura y de todo estigma. Porque una bruja es poderosa en la medida que asume su independencia mental. Su capacidad creadora. Su visión sobre todo lo que hace, todo lo que espera, todo lo que sueña. Una bruja es pura fuerza de voluntad, es pura mirada hacia lo que es y lo que desea crear. Una bruja jamás se detiene, una bruja siempre avanza, siempre mira a la distancia. Una bruja se arroja al vacío con los brazos abiertos, se aterroriza, se emociona por el poder de la osadía. Tal vez no te llames bruja, pero lo serás. Y actuarás en consecuencia".

Me quedé en silencio, maravillada por la forma como mi tía describía el valor y el coraje. Y de pronto, me sentí muy tonta de intentar ocultar quizás lo más poderoso que había en mi espíritu, esa fuerza invisible que me hacía siempre hacer algo nuevo, intentar lo que en ocasiones me provocaba miedo. Sonreí más animada.

- ¿Y tu crees que está bien decirle a todo el mundo que soy bruja?
- Esta bien jamás ocultar quien eres por ningún motivo - respondió mi tía - y sobre todo, está bien siempre volar por encima del miedo y lo que te hace sentir insegura. Inténtalo y verás.

Gloria me miró sorprendida unos días después cuando volví a pasearme por el patio del colegio con el pentáculo bien a la vista. Me señaló otra vez con el dedo y se burló como solía hacerlo...solo que en esta ocasión, no me di por aludida. Le dediqué una larga mirada aburrida - aunque el miedo y la vergüenza me quemaban las mejillas - y seguí leyendo sentada en uno de los bancos de piedra del patio del colegio. Ella pareció sorprendida pero claro está, no se dio por vencida. Luego de varios intentos fallidos se acercó a donde me encontraba, con los brazos en jarra y los ojos ardiendo de furia impaciente.

- ¿Ahora te la das de importantísima? - me dijo casi a los gritos - ¡Eres una loca y tu familia también lo es!



Seguí sin responder. Sentí que algo amargo y duro me cerraba la garganta y que la cólera me hacia temblar los dedos, pero perseveré en no mirarla, en seguir concentrada en lo que leía y sobre todo, conteniendo el impulso de esconder mi pentáculo debajo de la ropa. Gloria soltó una risotada burlona.

- Todas las brujas son mujeres terribles. Eso es lo que son.
- Bueno, aquí yo soy la bruja y eres tu la que estás insultándome - dije entonces. Lo dije con una voz seca, dolorida. Apreté aún más el libro entre las manos y sentí el cartón de la portada crujir por el maltrato - ¿Quién es la terrible aquí?

Gloria parpadeó. Varias de las niñas a nuestro alrededor le dedicaron miradas inquisitivas.  La vi morderse el labio como siempre hacia cuando estaba realmente furiosa. Por último, se encogió de hombros y volvió a reír. Pero ya no se le veía muy segura.

- ¡Eres una estupida y una loca! - me acusó - ¡Eso es lo que eres!


Esta vez no dije nada. Ella pateó el suelo con fuerza, enfurecida y corrió a reunirse con su grupo de amigas, que me dedicaban miradas torvas. Tomé una bocanada de aire cuando todas decidieron darme la espalda ysseguir jugando sin mirarme otra vez. El alivio me invadió como una ráfaga. Me gustó lo que me hizo sentir dejar de sentir miedo, ser libre para decir lo que sea que pensaba y quería expresar en voz alta. Ese mismo día, invité a Flor a mi casa.

- Bueno ya, no me expliques más cosas - su voz de pito me hizo volver al presente. Seguía de pie a unos pasos de donde me encontraba, con los ojos muy abiertos y brillantes de emoción - claro que quiero ir a tu casa. Y quiero ver a todas las brujas. Quiero aprender.

Su entusiasmo me hizo sonreír. Pero también me hizo preguntarme porque no me temía o pensaba cosas feas sobre las brujas. Flor se limitó a encogerse de hombro, con un gesto de mujer adulta que la hizo parecer incluso más pequeña y desgarbada de lo que era.

- Si, también me las sé ¡Pero a quién le importa eso! - puso los ojos en blanco - ¡Oye! ¡Yo quiero que las brujas me cuenten su historia!

Muchos años después, recordaría esa frase. Y cuando lo hice, me pregunté si no sería un anuncio de mi pasión por contar historias de brujas - las mías, las de todas las que conocía  - a la que dedicaría mi vida.  Un ciclo radiante de conocimiento, tal vez.

***

Como es natural, Flor se sorprendió por las estatuillas de Diosas y Dioses que había en todas partes de la casa, el calderito de mi abuela - de hierro forjado y curado, un caldero de bruja de verdad - y el pentáculo de madera pegado a la pared. Cuando me preguntó de qué iba todo aquello, le respondí con toda la naturalidad del mundo que como todas las mujeres de mi familia éramos brujas, practicábamos la brujería. Mi abuela, que nos escuchaba desde el salón, sonrío con su acostumbrada malicia. Flor me miró con los ojos muy abiertos, desconcertada y luego de un largo minuto de silencio, soltó la pregunta que pareció le atormentaba luego de la, para ella, asombrosa revelación.

- ¿Vuelan en escobas?

No supe que decir. Miré a mi abuela, que se levantó del sillón donde estaba sentada y vino junto a nosotras. Sonreía con benevolencia.

- No, barremos con las escobas.
- ¿Se les pone la piel verde en luna llena? - insistió Flor. Mi abuela intentó contener la carcajada, de verdad lo intentó, pero yo noté que la risa estaba allí, muy cerca de su boca.
- No. Tampoco comemos niños y ni tenemos verrugas - respondió mi abuela. Flor escuchó todo aquello con la boca muy abierta.
- Pero son brujas.
- Sí, de las de verdad.
- Ya.

Un par de horas después, Flor no recordaba su curiosidad y comía las famosas galletas de jengibre y pasitas de mi abuela pero a mi, sus preguntas me siguieron intrigando, a pesar que las había escuchado mil veces. Supongo que es muy distinto leer cosas semejantes en libros y verlas en televisión a escucharla de tu amiga más querida. Miré a Flor curiosa, mientras recorría la casa, tocando y señalando con el dedo todo lo que le llamaba la atención. Mi abuela respondió cada una de sus preguntas, lanzándome miradas curiosas porque yo permanecía a cierta distancia, sólo observando. En más de una ocasión, le noté preocupada. Pero no dijo nada.

- ¡Tu casa es de fábula! - gritó Flor después, cuando se subió al automóvil de su madre - ¡Invitame otra vez!

Su madre sonrío y sacudió la cabeza, un poco avergonzada. Mi abuela, a mi lado soltó finalmente la carcajada.

- Siempre estás invitada. Siempre puedes venir. Mi casa tiene las puertas abiertas a todo el que desea visitarla.

Eso sonaba muy distinto a lo que solía decirse sobre las brujas. Fue un pensamiento lento y pesaroso. Una idea muy concreta. Miré el coche de la mamá de Flor alejarse, preguntándome por qué se decía tantas cosas extrañas sobre las brujas, por qué de pronto me parecía tan importante eso. Recordé la mirada de Gloria al ver mi pentáculo, su grito de furia cuando me acusó de "cosas horribles". Me pregunté que había tan mal en lo que éramos para provocar algo semejante.  Cuando nos quedamos solas, le pregunté a mi abuela de donde salían aquellas ideas extravagantes sobre las brujas. Mi abuela me miró largo rato y ahora pienso, que probablemente intentaba resumir en una explicación que pudiera entender una niña de diez años, siglos de supersticiones. No lo logró, de manera que me abrazó con esa calidez suya que todavía extraño.

- La gente cree lo que quiere y siempre ha sido así. Lo diferente asusta y preocupa, pero para saber porque, hay que vivir. Cuando seas más grande, encontrarás la respuesta a eso.

Cuando sea más grande, pensé un poco fastidiada por esas palabras que siempre me habían impacientando. Pero resultó que al menos en ese respecto, si necesitaba ser más grande para comprender.  Y me ha llevado buena parte de mi vida hacerlo.

Porque crecí escuchando que mis creencias eran "malas", que las brujas "eran del diablo", que mi sentido de la fe eran supercherías. Seguirían ocurriendo cosas como las burlas de Gloria y a veces, mucho más graves. A los doce, una monja intentó obligarme me quitara el pentáculo que desde que recuerdo llevo al cuello, porque era "símbolo del demonio". A los quince, la madre de una amiga me pidió nunca más fuera a su casa porque era parte de una secta. En la Universidad, un profesor me insultó a su manera sutil, llamándome "primitiva e ignorante". Ha sido un camino largo, extraño, singular, duro y bello a la vez. Porque desde el momento en que decidí en que llevaría mis creencias como una banda de honor, bien visible, que sonreiría al decir la palabra bruja, que no tenía que ocultar mi manera de creer y confiar, ha sido una lucha discreta, diaria y sincera, por demostrar que lo diferente es tanto hermoso como duradero y que el poder de la fe no tiene rostro ni tampoco, discrimina.

Pero también hubo grandes momentos, como la ocasión en que varias de mis amigas más queridas de la Universidad celebraron mi cumpleaños alrededor del fuego de Equinoccio, maravilladas con la oportunidad de celebrar un viejo ritual. O como esa otra, en que una anciana desconocida me abrazó con enorme afecto al ver mi pentáculo sobre la ropa. O cuando recibí un largo correo donde una mujer me contaba como mis pequeñas reflexiones sobre la brujería, le habían permitido asumir que había una parte de sí misma definitivamente mágica. Una y otra vez, hubo momentos en que la palabra bruja - su poder y su recuerdo - se enfrentó al temor y creo algo nuevo. Una mirada profunda sobre la identidad de todas las mujeres que llevamos el nombre y la tradición como parte de nuestra vida y sobre todo, esa necesidad de comprender el poder de la esperanza, de la sabiduría íntima. De las manos abiertas hacia el infinito.

No ha sido sencillo por supuesto. Tampoco esperé que lo fuera. Porque a pesar que mi país es bastante ecléctico en lo que a creencias religiosas se refiere, es también y de una manera bastante contradictoria, muy conservador. Hay una cierta desconfianza hacia lo que no es común, hacía lo que no se entiende, y sobre todo, a eso que no podemos clasificar a primera vista. Pero cada vez que llevo el pentáculo al cuello, cada vez que realizo un ritual, cada vez que respondo "soy bruja" cuando me preguntan en qué creo, doy un paso hacia adelante para abandonar esa región de lo marginal, lo prejuiciado, lo que se discrimina. Cada vez que me atrevo a copiar un ritual y publicarlo, a hablar con total libertad de mis creencias, encuentro una manera de crear, de construir un camino propio que seguir. Y quizá,  sea esa necesidad de creer y confiar, lo que sea la verdadera magia, la esencia real de esa fe que de alguna manera me define y que durante toda mi vida adulta, le ha dado un lugar y una identidad a mi manera de ver el mundo.

A veces, todavía recuerdo esa primera tarde con Flor , comiendo galletas de jengibre, mientras mi abuela quemaba albahaca en su caldero de hierro - que heredé - y tejía un tapiz para envolver sus cartas de Tarot. Y siento un amor enorme, radiante, por esa linea de conocimiento que heredé, por esa visión de las cosas que llevo a todas partes y en todo lo que hago con profunda convicción. Y es que tal vez la bruja que soy - la niña que fui, la adulta en que convertí - es parte de ese juego de espejos que con tanta ingenuidad, llamamos madurez.

C'est la vie.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Una recomendación cada viernes: “What Happened” de Hillary Clinton.




Que una figura pública escriba sus memorias en la flor de su vida adulta y casi de manera prematura, no resulta sorprendente en nuestra época. La generación educada en la noción de la inmediatez y la egolatría, parecen consumir la percepción sobre otro desde la misma concepción de la primicia. De manera que un relato sobre las vicisitudes personales de alguien más, parece del todo adecuado e incluso necesario, en el contexto del escenario público según lo concibe una Era obsesionada con la información accesible. Un testimonio privado que de pronto, pueda convertirse no sólo en noticia sino también, en una reflexión sobre hechos puntuales de nuestra historia reciente.

Tal vez por ese motivo, el hecho que Hillary Clinton decidiera contar su versión sobre lo acaecido durante las elecciones que culminaron con la victoria de Donald Trump, no sólo parezca algo natural sino incluso, una decisión necesaria para comprender la que es quizás la coyuntura política más importante en la historia reciente de norteamérica. Por supuesto, no se trata de un gesto por completo desinteresado, a pesar que Clinton comienza sus memorias tratando de convencer al lector que lo que leerá a continuación es de “necesario análisis” para comprender lo que ocurre dentro de un país sacudido por una tácita tensión social. Para Clinton parece ser de enorme importancia contar su versión de las cosas pero al avanzar en la pormenorizada narración, queda bastante claro que a pesar de sus intenciones de hacer más comprensible el mundo político para el ciudadano común, también hay una intención de mostrar y exhibir sus propios dolores y errores como bandera política. El resultado es una historia a mitad de camino entre el mea culpa y algo más elaborado, cercano a la reflexión sobre el modo de comprender el poder en su país. Por supuesto, no es difícil imaginar a Clinton escribiendo sobre sus sufrimientos en la platea política y también explorando sus propias motivaciones para llegar a esa liberación total de todo prurito venial. Después de todo su historia es la de una ruptura histórica, la puerta abierta hacia un movimiento telúrico social de considerables proporciones. Y ella lo sabe.

Para comenzar, Clinton se ve a sí misma a mitad de camino entre una heroína caída en desgracia y una mujer que apostó por una visión país que no logró expresar bajo los conservadores parámetros de su partido. Para Clinton, la política es un terreno familiar y de hecho, admite que durante buena parte de su vida se ha interpretado a sí misma desde el cariz del funcionario público. No obstante, como Primera Dama y después funcionaria de alto nivel de varias administraciones, Hillary logró construir una imagen del poder a su medida. La candidatura presidencial fue de hecho, una reacción natural en medio de un extenso debate sobre la actuación en el ámbito público y la necesidad de dar sentido a toda una carrera en el ámbito del servicio público, especialmente compleja. Porque Hillary intentó — sin lograrlo — mostrarse como la norteamericana esencial y también, como la única posibilidad de enfrentar a la vulgar versión de la política que encarnaba Trump. El libro dedica una buena cantidad de tiempo e interés a construir una idea sobre la necesidad de Hillary como contraparte en una batalla desigual y de hecho, ella misma admite que llegado a cierto momento de la campaña, creyó necesario asumir esa personificación del poder ciudadano. Pero la maniobra no resultó del todo efectiva y el libro, analiza justo esa dualidad entre la mujer que aspira al poder — y no teme ni le avergüenza admitirlo — y la rara transformación de esa necesidad de fe en un motivo patriótico.
Porque para Clinton, estas memorias extemporáneas son una durísima mea culpa sobre su actuación no sólo como figura pública, sino también, como símbolo de una nueva percepción sobre el aparato público y sus relaciones con la cultura de lo inmediato. Para Clinton, todas lo que ocurrió durante su campaña está vinculado a esa percepción sobre la contradicción cultural de un supuesto país progresista que batalla contra sus peores prejuicios. Desde las acusaciones de James Comey, la actuación de Bernie Sanders al dividir el voto en favor de una oferta difusa, Julian Assange y Wikileaks hasta la batalla pública de Trump y Putin, son elementos que Clinton asimila como obstáculos contra los que debió batallar sólo por su condición de candidata típica, muy consciente que toda campaña tiene relación directa con su vocación política. Admite además que nunca previó las consecuencias de la manera en que Trump asumió la contienda electoral. “Fue un gran espectáculo de Showbiz que me sorprendió por su alcance” admite Clinton desde cierto pesar. No obstante, jamás se cuestiona el uso de métodos tradicionales para enfrentarse a un Show man con aspiraciones políticas que logró devastar los cimientos de su propuesta. “A pesar de eso, la política sigue siendo política”.

Para Clinton, su vida entera le llevó a explorar la opción sobre el servicio público desde la niñez. El libro atraviesa y analiza desde sus niñez — dorada, edulcorada y quizás, el fragmento más artificial del libro — hasta su romance juvenil con Bill Clinton, el nacimiento de su hija Chelsea y su decisión de luchar contra un país “obsesionado con la política como un debate estéril”. No obstante, Clinton no profundiza ni mucho menos pondera sobre lo realmente intrigante en su vida como personaje público: aunque tiene razones para sentirse orgullosa de su vida como parte del conglomerado político del país, también hay momentos bajos que Clinton parece olvidar casi con una preocupante facilidad, las controversias que le han rodeado antes o después. Clinton no parece interesada en crear una percepción del tiempo en que le tocó vivir matizado por la autocrítica. Antes de eso, insiste en un patriotismo sincero pero poco elocuente y en el hecho, que todo lo que ha logrado es para asegurarse que “América sea el país más grande país del mundo”, una frase que bien podría haber salido del ideario de campaña de Trump y que se repite en los momentos más complejos de la narración. Una y otra vez, Clinton parece decidida a dejar muy claro que su libro es una notoria versión subjetiva sobre la Norteamérica sobreviviente a si misma y sobre todo, la fragilidad de sus ideales tradicionales.

Por supuesto, Clinton no deja de hablar de la elección y de pronto, el plácido recorrido por su vida personal se convierte en un exhaustivo análisis sobre lo ocurrido durante el trepidante año 2016. A diferencia de sus libros anteriores, “What Happened” es un libro sin tapujos ni tampoco medias tintas. Clinton dispuesta a contar detalles suculentos pero que sin embargo, no llegan a ser el material escandaloso e incluso, de interés morboso que podría suponerse. En lugar de eso, defiende la autenticidad de sus lazos y versiones de la realidad, hasta llegar a cierta poesía sobre su visión del país que insiste en representar y sobre todo, la idea de política que insiste encarna “ Este país me ha obsequiado — la vida que he vivido en él — muchos más días felices que tristes o enfadados” analiza y de inmediato, parece relacionar su percepción sobre su trabajo, su percepción sobre norteamérica y sus esfuerzos por el poder, con su vida privada. “Hubo momentos en los que no estaba completamente segura sobre si nuestro matrimonio podía sobrevivir”, asegura, como si sus dolores personales fueran un reflejo de su identidad más allá de la intimidad “En esos días, me hacía las preguntas que me importaban: ¿Todavía le quiero? ¿Todavía puedo estar en este matrimonio sin ser alguien irreconocible para mí? Las respuestas eran siempre sí”. De pronto, la confesión parece englobar ideas muy específicas sobre la vida pública y la privada, las líneas difusas que dividen ambas cosas pero sobre todo, su percepción sobre el aparato público que la ha rodeado media vida. Como si su matrimonio fuera también un aspecto específico del amor hacia el país o su función como personalidad que representa los ideales de una nación. Todo muy edulcorado, por momentos pretencioso pero asombrosamente sincero.

“What Happened” no es un único libro, sino muchos y mezclados entre sí por una corrosiva visión sobre la política, la identidad norteamericana y el tema de la política dentro de la política. También es una narración franca, durísima y por momentos divertidas. Una especie de panegírico a una carrera política que falleció pero está a punto de revivir quizás, en una nueva dimensión — o eso parece asegurar cierta idea perenne — y también, una durísima percepción sobre las trabas que una mujer debe enfrentar en un país en apariencia progresista, pero que lleva sus prejuicios de manera muy visible. Manifiesto feminista, pequeño discurso de despedida, un gran burla a toda la percepción política que insiste en mirarse desde la periferia. Por supuesto, también hay momentos cansones, enlatados y notoriamente falsos en el libro, pero son los menos y los que quizás, son los menos importantes. En realidad lo más importante del libro es su visión durísima sobre una mujer que “atravesó sus dolores” y logró demostrar que hay un rostro de Norteamérica desconocido que ella encarna a la perfección. Y que también hay una mujer desconocida debajo de la durísima estampa de quizás una de las figuras más controversiales de la política norteamericana, la misma que confiesa sentirse amedrentada por “las grandes multitudes”, “ que duele ser despedazado por el público” y que “le dolió cuando los compañeros de colegio en la escuela secundaria se burlaron de “la falta de tobillos en mis piernas robustas”. Todo bajo la misma percepción de cierta verdad temible, escandalosa y simple. La política como un monstruo violento con el que pocos saben lidiar.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

De la revelación y la maldición invisible: Todo lo que debes saber sobre “Mother!” de Darren Aronofsky antes de verla.




Con frecuencia, cualquier polémica cinematográfica tiene relación inmediata con la identidad del film que la provoca. De manera, que no resulta sorprendente que la nueva obra de Darren Aronofsky no sólo sorpresa sino además, resulte tan desconcertante como para aterrorizar, fascinar y enfurecer a las multitudes de divididos espectadores que intentan analizar el singular argumento de manera sencilla, sin lograrlo. Pero claro está, el director ha encontrado la forma de asumir el riesgo de la experimentación estilista — que es a grandes rasgos, el elemento más discernible de la película — sino además, encontrar un punto de equilibrio entre la reflexión de complejo argumento — mezcla de debate existencialista, religión, gore y cuestionamiento de la individualidad — que permite comprender a “Mother!” como un manifiesto de intenciones antes que cualquier otra cosa. Provocador y esquivo, Aronofsky insistió hace poco que que escribió el primer borrador de la película, luego de sufrir un largo delirio febril de casi cinco días. Lo aseguró luego que periodistas y críticos, intentaran comprender los enrevesados giros argumentales y extrañísima visión de la realidad que plantea el film. La película en sí es una combinación de referencias y también de todo tipo de análisis sobre la capacidad de la mente humana para el terror, el miedo, la aspiración religiosa e incluso, la percepción del acto creativo como una forma de expresión del bien y el mal. En conjunto, el argumento avanza entre las claves medias de una retorcida comedia negra, una operática visión del terror con tintes burlones y también, una claustrofóbica noción sobre el dolor y el desarraigo. El resultado es una película incomprensible por momentos pero que en otros, alcanza la sabia mezcla de una provocación directa a puntos culturales muy sensibles y sobre todo, a elementos de debate cultural en Aronofsky llega a un nuevo y siniestro sustrato. De la paranoia pre natal que parece establecer inmediatos paralelismos con cierta idea ecológica, hasta la alegoría evidente a una eco catástrofe con tintes religiosos, Aronofsky se atreve a cruzar los límites de cierto discurso persuasivo sobre la identidad colectiva para crear algo más venenoso. La película es una metáfora extravagante sobre los temores y paronias de nuestra época y algo más parecido, a una moraleja monstruosa sobre el terror escondido en lo cotidiano.

Pero sobre todo, de “Mother!” sorprende la enorme mezcla de símbolos religiosos e ideas específicas sobre lo místico y la especulación teológica, que Aronofsky utiliza para contextualizar su complejísimo mensaje subyacente. Una y otra vez, el director analiza y especula sobre el individuo y sus relaciones emocionales a través de ideas y metáforas religiosas. El resultado es una mirada inquietante sobre la naturaleza humana y su percepción de lo divino, pero sobre todo, la noción sobre lo bueno y lo malo analizado desde cierta óptica moral muy primitiva.

¿Y cuales son las principales referencias que uso Darren Aronofsky para contextualizar su perspectiva sobre el bien, el dolor y el mal originario? Las siguientes:

Eva dolorosa:
Buena parte del argumento de “Mother!” parece basado en ciertas concepciones sobre la maternidad como el dolor y redención, pero también la posibilidad de la concepción como un hecho milagroso. La figura de la Madre beatífica y la madre creadora se repiten, en evidentes referencias a especulaciones del Génesis sobre Eva como madre de la humanidad pero también, el origen de todos sus males. Aronofsky plantea la percepción del bien y del mal originario a través de la Mujer divinizada y además, la percepción del dolor femenino como una forma de destrucción de la identidad y expiación de las culpas, un tema que está presente en cada giro argumental de la obra.

El Edén y el Infierno visceral:
Los personajes de la película de Aronofsky carecen de nombre y ese anonimato parece englobar un sentido originario y primitivo sobre la existencia. Además, la forma en que Aronofsky analiza su identidad tiene una relación directa con la percepción Universal de los míticos Adán y Eva, como fuente de vida. El Hombre y la Mujer (él y Madre, en la película) asumen su expresión como elemento ideal de cierta idea naturalista y casi inocente. De pronto, la película meditar justo sobre esa inexistencia y el dolor palpitante desde el cual se analiza la visión sobre el hombre y el tiempo, la mujer y la tentación constante. Además, Aronofsky refuerza la percepción sobre la noción sobre lo originario de la transgresión y la belleza que Aronofsky analiza, crean una especie de reinvención macabra e inquietante sobre el Génesis cristiano. El director se esfuerza por reinterpretar la inocencia, la fuente de la vida originaria y otras ideas místicas a través de escenas de una potente carga aleccionadora y simbólica, basada como no, en la percepción de la Mujer como ente furioso (esa Madre devoradora que anuncia y muestra la destrucción) y también, el hombre como temor que se asimila al borde de la conciencia, en la oscuridad de lo que se anuncia en mitad del caos existencial.

La eterna rivalidad de Caín y Abel:
Para Aronofsky, la idea sobre el pecado original, la rivalidad primitiva y sobre todo, el odio visceral parecen provenir directamente sobre la historia bíblica de los dos hermanos enfrentados entre sí. El director agrega capas de información matizadas a través de ideas sobre el pecado basadas en el odio en estado puro y sus personajes parecen obedecer cierta intención de “rivalidad inevitable” basada en un destino esencial sobre su naturaleza dividida. Carentes de nombre e identidad, las relaciones entre ellos se establecen desde sentimientos y emociones primitivas, por lo que el odio hacia el otro — la rivalidad persistente y temible — se manifiesta de inmediato. Y como si de una vieja maldición bíblica se tratara, la comprensión sobre el horror, el pecado, el asesinato provienen de una antiquísima visión sobre el castigo Divino y el poder de los terrores ocultos en las admoniciones celestiales. En “Mother!”, cada giro argumental está cargado de una intencionalidad simbólica que extrae sentido de la idea perenne que algo más grande y misterioso que lo evidente está ocurriendo alrededor de los personajes. Una comprensión ideal sobre una dimensión del bien y el mal entremezcladas en cierta concepción del miedo que subyace bajo la amenaza de una maldición primigenia.


El castigo Universal, el diluvio y otras consideraciones sobre el terror:
Para Aronofsky parece ser de enorme importancia, plantear la idea sobre la expiación del “pecado” a través de la destrucción y la devastación, para lo cual usa todo tipo de referencias al Diluvio Universal y también, a la visión bíblica sobre la mirada al tiempo como un ciclo interminable de castigo y redención. El resultado es una percepción sobre el horror, las transgresiones y el dolor emocional basado en cierta connotación sobre la necesidad de una caída definitiva en el desastre anunciado. Toda la película se sostiene sobre la amenaza del castigo y la posibilidad que ocurra. El director juega con todo tipo de simbolismos y metáforas sobre la muerte aparente, que se entrecruzan como pequeños fragmentos de información cruzada sobre un anunciado apocalipsis que no termina de ocurrir pero que parece sostenido sobre cierta conflagración inevitable.

Un infierno Dantesco:
Aronofsky está consciente que la percepción sobre la religión se modifica a través del tiempo y es por ese motivo, que incluye todo tipo de referencias sobre Dante y la Divina Comedia en los momentos álgidos de la trama. Desde metáforas muy específicas como la de crear una identidad alterna para el personaje principal como Beatrice (la eterna amada de Dante) hasta el viaje a los “reinos del Infierno” (creada a partir de largos planos de cámara de un extraño e inquietante sótano aterrador) Aronofsky crea una percepción sobre lo inevitable del dolor y los pecados que se castigan con sangre y fuego muy parecida a los horrores anunciados por la inmortal obra. Con su rarísima y asfixiante atmósfera de novela victoriana con elementos posmodernos, “Mother!” la película medita sobre la naturaleza de la culpa desde las aseveraciones materiales y carnales (la ambición, el asesinato) y asume la transgresión desde el inevitable castigo celestial.

La Divinidad Femenina:
Como suele hacerlo con frecuencia, Aronofsky analiza sus personajes principales desde cierta distancia emocional que crea una percepción durísima sobre el desarraigo y la soledad. “Mother!” no es la excepción y para su personaje femenino principal, el director crea un entorno hostil que asume la debilidad, la belleza y el poder del miedo como atributos a una idea inquietante sobre el poder de la mujer. El personaje “Mother” es poderoso pero también irracional, confuso, abrumado por el peso de sus dolores y culpas, pero también profundamente violento, lleno de dolor y una metáfora radiante sobre los “pecados” que está llamado a encarnar. Para Aronofsky, la identidad de la mujer es más que una percepción cultural y lo lleva a extremos inimaginables sobre el tiempo y la comprensión sobre su naturaleza dual (madre y destructora) que asombra por su dureza.

Sin duda, “Mother!” es una complejísima mezcla de simbología, gore y humor grotesto, pero sobre todo, una análisis concienzudo sobre los dolores y terrores primitivos que son parte de nuestra identidad cultural. ¿Logra Aronofsky crea una declaración de principios a través de su frenética visión sobre el dolor, el absurdo y la necesidad de expiación? Tal vez no del todo pero aún así, le película permanece en la memoria por su inteligentísima necesidad de evitar explicaciones sencillas a las obsesiones colectivas sobre nuestra naturaleza y la razón que crea monstruos y más allá de eso, su capacidad para crear nuevas perspectivas sobre el lenguaje simbólico en el cine. Y ese quizás, es su mayor triunfo.

martes, 19 de septiembre de 2017

Zombies y comunismo: Todo lo que debes de saber de la pequeña rareza “Juan de los Muertos” de Alejandro Brugués.





La escena es por completo inverosímil: Una multitud de muertos vivientes recorre entre gritos de dolor La Habana. En todas partes, la devastación de la muerte es visible pero también, un paisaje conocido para los viejos veteranos del comunismo, que miran pasar a la horda de monstruos con ojos indiferentes. “Peores cosas se han visto” dice un anciano hosco sentado en una de las calles destartaladas, mientras en una vieja pantalla de la televisión, un periodista de expresión ambigua que “grupúsculos de disidentes pagados por el gobierno de los Estados Unidos” invadió Cuba y por tanto, es necesario que los cubanos patriotas salgan en la defensa “de la Revolución”. Enajenados y torpes, un grupo de ciudadanos de a pie enfrentan la amenaza inminente con utensilios de cocina, piedras y negrísimo sentido del humor. “Son lentos, aguantan mucho el dolor y parece que están drogados, casi parecen cubanos” dice uno de los esforzados luchadores. Es entonces cuando la broma trágica, macabra y astuta de “Juan de los Muertos” del director Alejandro Brugués (2011) se muestra en todo su esplendor.

El cine siempre ha sido una plataforma ideal para la crítica social. No solo tiene la capacidad — como arte, como lenguaje — de expresar ideas complejas de la manera más simple y directa, sino que además, brinda un profundo significado a la imagen como paradigma, como expresión de la cultura e incluso, elemento insustituible dentro de la reivindicación social. Cada cierto tiempo, el cine entonces se transforma no solo en una expresión visual con peso propio: es además, una muestra de esa visión del tiempo que transcurre, una instantánea de la realidad que posee su propio peso y metáfora social.
Quizás por ese motivo, “Juan de los Muertos” sea una de esas pequeñas obras ingeniosas que trascienden lo meramente anecdótico para convertirse en documento y reflejo de la sociedad a la que pertenece. Audaz, creativa y extrañamente surreal, la propuesta de “Juan de los Muertos”, parece recurrir a la Sátira para construir toda una nueva interpretación sobre un tema muy viejo: La situación política, cultural y social de Cuba. En todo su tono burlón y extrañamente ambivalente, es quizás una la crítica más duras que se ha realizado al Estado totalitario. Una visión sentida y sobre todo, poderosa sobre lo que es la vida más allá de la metáfora y los prejuicios que suele provocar el tema cubano. Una crítica que no se toma tan en serio así misma pero que aún así, es tan directa como dura. Tan sentida como elemental.

Con sus buenas dosis de humor ácido y su planteamiento casi sardónico, “Juan de los muertos” podría pasar por una simple jugarreta socarrona sobre los elementos habituales del régimen Cubano. Pero gracias al buen hacer de su director es algo más: desde el antihéroe de pasado tumultuoso hasta la visión de la Habana casi bucólica, enfrentándose a un enemigo inesperado, que aún así, no parece ser peor que la historia reciente de la isla. Con numerosos guiños a la situación local y un lenguaje visual que disfruta de ese híbrido entre la melancolía y la desesperanza de la Cuba actual, Brugués construye un documento visual que habla más de lo esencialmente cubano que de los temores y críticas a un sistema político devastador. De hecho, el director parece tener bien claro que la mezcla de ritmo y temática crea toda una nueva manera de asumir el riesgo de construir un mensaje que supere la mera evidencia de lo real. Inspirado quizás en esa manifestación del cine como mensaje estructurado Brugués insiste que “Casi siempre, cuando ha sido bien hecho, el cine de género ha estado combinado con temática social. Entonces, una de las cosas interesantes de hacer esta película era el subtexto social que podía tocar, porque si no sería una película de zombies cualquiera. Y ya que estaba haciendo una película de zombies en Cuba tenía que tener un subtexto”. Y es que quizás, lo más desconcertante del planteamiento de Brugués sea muy probablemente ese: La visión de la Cuba actual no a través del consabido mensaje político, sino de la reformulación del tópico para adecuarse al mensaje.

Pero más allá de eso, “Juan de los Muertos” es una película de zombies a toda regla. Con sus buenos y malos momentos, su ritmo pausado y su extrañísimo planteamiento, la película rebasa ese límite entre la burla simple y se decanta por algo más mesurado, incluso en los momentos más grotescos. Porque para la película, el zombie solo es la excusa para contar la historia que se entremezcla y aún así, no se disimula el gore, la directa implicación del género de muertos vivientes en la Subtrama. Para el director, la idea de los zombies no es solo la excusa para hablar de la crisis, sino para llevarla a otro nivel, para crear un enorme y complejo ejercicio de imaginación donde los dilemas de la Cuba actual — rota y huérfana en medio de su lenta debacle — parecen construirse por medio del símbolo. ¿Y cual simbolismo podría ser más apropiado que el zombie, para retratar a esa Habana decadente, siempre a medio camino entre la destrucción?

A “Juan de los Muertos” se le llamado facilona, una película sin la mayor consistencia, un juego de discurso que no termina nunca de cristalizar en un mensaje real. Y es que “Juan de los Muertos”, con su sencillez, su ambiente ambiguo y ese elemental juego de ideas, engaña por momentos. Pero más allá del efectismo, la risa y el planteamiento de la sátira por la sátira, Juan de los Muertos es un documento duro sobre una realidad difícil de digerir: Más allá de las risas, de las escenas surreales y del guión casi frágil, el paisaje de la Cuba arrasada, histórica y culturalmente, se dibuja con toda claridad. Y quizás es eso lo más evidente y duro de asimilar en una película que no sólo trata de contar la realidad a su manera — y lo logra — sino que además, deja bien claro que más allá de la carcajada siempre habrá un silencio de pura reflexión. Un leve pendular entre la elocuencia y la visión más dura de la realidad.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El terror y la provocación: ¿Por qué deberías ver la película “Anticristo” de Lars Von Trier?





El arte — como expresión conceptual — es una mezcla de la visión sobre la identidad de su autor, sus relaciones culturales y sociales con el entorno pero sobre todo, un reflejo de sus pulsiones — obsesiones, deseos, temores y placeres — más profundos. Quizás por eso, A Lars Von Trier se le acusa de agresivo e insólito. Visualmente inquietante. Muchos adjetivos dispares para describir un estilo cinematográfico que no parece encajar en ninguna parte adecuadamente. Y es que el director, intenta encontrar un equilibrio entre el éxtasis, la transgresión en estado puro y algo más doloroso, quizás humano, que nunca termina de mostrar en realidad. Tal vez porque no lo desea, porque sería demasiado simple para un director acostumbrado a bordar lo complejo con imágenes luminosas. Sin duda, Von Trier se comprende así mismo como un autor, pero más allá, como un creador visceral. En su obra, la provocación es moneda común — ¿Alguien lo duda? — pero además, hay un análisis meditado, profundamente sentido sobre los límites de la naturaleza humana. Para Von Triers, el dolor no es el ajeno, pero en el transito hacia su escenificación hay una crudeza desconcertante, una visión del mundo que incluso puede llegar atemorizar.

Tal vez por ese motivo, se diga que “El Anticristo” es Von Trier en estado puro. La película impacta desde su primerísima escena: una larga secuencia de sexo explicito filmada con tanta belleza que conmueve a pesar de sorprender por su frontalidad. De nuevo, el director usa su recurso favorito para crear un ambiente de tensión insoportable: una fotografía que hipnotiza en medio de una circunstancia que inquieta, incluso asombra. La escena carece de trucos, transcurre en una atmósfera surreal, tan poderosa que roba el aliento. Y justamente ese parece ser el objetivo del directo: a medida que el metraje avanza, queda muy claro que esa secuencia, describe la emoción cruda y desgarradora que será la nota común en un film sin concesiones, incómodo, aterrador y en ocasiones, directamente insoportable. Una mirada al lado Oscuro de la tragedia humana y el limite entre la cordura, la simple furia existencial y algo incluso más turbio y desolador: el temor a esa naturaleza salvaje que el espíritu humano intenta ocultar con tanto esfuerzo.

Con el naturalismo que se ha convertido en el sello distintivo de la especialísima visión artística del director, la película avanza en la aridez del dolor humano. Entre sacudones e imágenes levemente borrosas, Von Triers nos castiga con una puesta en escena repleta de alucinaciones y un drama tan profundamente descarnado que deja sin aliento, que llega a resultar excesivo para el esforzado espectador. Y aún así, la película conserva una cierta belleza espeluznante, un ritmo elemental que no decae nunca, que abruma y golpea a partes iguales. Lírica hasta extremos impactantes, hiriente como pocos films, “Anticristo” batalla con su propios excesos para lograr un discurso cinematográfico sólido. Y eso, que para Von Triers, esa sustancia que desborda el fotograma parece ser lo menos importante. Implacable, cámara al hombro, persigue a sus personajes de manera implacable. Entre alucinaciones, sufrimientos, llanto, una latente locura que en ocasiones se confunde con algo tan sutil con una lucidez escalofriante, el guión desborda momentos intolerables. La atmósfera aumenta en tensión, se hace irrespirable, continúa avanzando hasta volverse una pesadilla de belleza implacable. Porque el director jamás pierde el pulso, jamás se deja seducir por la tentación de convertir su obra solo porno salvaje disfrazado de interpretación intelectual. Busca y abre brechas en discursos psicológicos cada vez más densos, angustiosos. La historia parece sacudirse de un lado a otro, hundir al espectador en la perplejidad. Cada vez con mayor fuerza, deslumbra con pequeñas dosis de ironía y un poder de evocación visual que envuelve la crudeza de la trama — en ocasiones tan desproporcionada como inexplicable — en una especie de confuso juego de espejos entre lo sangriento y lo directamente bochornoso.

A la película se le acusó de hueca, de ser una mezcla de escenas gore sin un sentido estético más allá de la de provocar las náuseas del espectador. Quizás se deba a que el director no se preocupa demasiado por conceder un momento de liberación al espectador, una moraleja que justifique la sucesión de escenas desmoralizantes que muestra en rápida sucesión. Probablemente sea cierto: la historia avanza a trompicones entre el sentimiento de culpa, la depresión, el sufrimiento y luego todo parece combinarse en un estallido donde la sugerencia de lo sobrenatural es probablemente el elemento menos sorprendente. Asombroso, el registro histriónico que alcanzan los actores, Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg, que se someten al puño de hierro del director sin reservas, a una exigencia brutal de convertir su lenguaje corporal en puro canibalismo emocional.

Con toda seguridad, por esa crudeza sin concesiones, ese uso del cuerpo de la mujer como herramienta para construir elaboradisimos discursos de dolor y degradación es que se acusa al director de misoginia. No obstante, en realidad el director concibe la feminidad desde una perspectiva perturbadora que reivindica a la mujer cinematográfica, esa criatura frágil e idealizada que Von Trier destroza casi con placer. Sus mujeres son criaturas complejas, duras, violentas. Todas parecen amenazadas por su propia furia existencial, al límite de la cordura. Una poderosa visión del alma de la mujer que desborda cualquier propuesta anterior, limitada al estereotipo y a la simplificación de género.

Mucho más allá de las críticas y de la provocación aparentemente gratuita del director, “El Anticristo” se alza como una revisión inquietante de un subgénero aún sin nombre: a medio camino entre lo terrorífico, el panfleto intimista y algo tan turbio que no logra calzar en ninguna definición. En esta época descreída, de un espectador endurecido por el efectisimo y el excesivo uso de recursos esteticistas, “El Anticristo” crea una nueva visión de ese cine que trasciende la linea de lo común e invade esa región inquieta de la mente humana más primitiva. Tal vez esa es la pequeña tragedia de Lars Von Trier, intentar demostrar que entre lo superficial y lo meramente grotesco, su cine intenta brindar algo más esencial, profundo y sustancial. Una mirada dura e hiriente sobre la vulnerabilidad de la naturaleza humana.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Vientos de primavera y otras historias de brujería.




Mi abuela solía decir que todas las mujeres son mágicas. No sólo por su habilidad para crear sino para asumir el poder natural de su cuerpo para construir el futuro. Recuerdo esas palabras mientras enciendo una a una las velas del circulo, mientras invoco el canto del viento, el sabor del fuego, el silencio de la Tierra. Mientras la voz del agua me recuerda quién soy o mejor aún, quien deseo ser.

No es sencillo llamarte bruja, mucho menos cuando la palabra parece sugerir una idea grotesca y casi dolorosa. No lo es en medio de esa visión que menosprecia el símbolo y la metáfora, esa extraña belleza del espíritu salvaje que vive en cada mujer. ¿Quién es una bruja en esta época? Pienso mirando el lento espiral de humo que se alza desde el caldero repleto de ramas y hojas. ¿Quién es una bruja en medio de este pragmática mirada del mundo? ¿Este cinismo secular que forma parte del pensamiento corriente? ¿Quién es una bruja en una época descreída y en ocasiones dolorosamente árida?

Lo es la que sostiene la vida. La médico, la doula, la curandera, la madre, la que protege y ama. Lo es la mujer que crea y construye su vida a base del poder de sus pasiones, de su amor y desamor, de su asombro y poder de convicción. La mujer que celebra su vida como la mejor obra de arte. La mujer que avanza a pesar de las dificultades, la que celebra ser capaz de asumir el valor y el poder de sus decisiones, la que la celebra la vida, la que respeta sus aspiraciones, la que enarbola su poder para asumir su responsabilidad y el poder de lo que piensa. Lo es la que tiene la certeza en el camino que se labra a solas, el que sigue con paso firme, el que asume con toda la energía silenciosa de su propia devoción por el cambio y la transformación.

Sonrío mientras la llama de las velas que me rodean parpadean, lanzando fragmentos de luz liquida a mi alrededor. Y la oscuridad retrocede, se hace espacios secretos de luz y sombra. Pienso en la belleza de la sabiduría que nace de la osadía, de esa necesidad de aprender y crear, a pesar del miedo pero sobre todo, por el miedo. De ese debate insistente y perenne sobre quienes somos y quienes deseamos ser. Esa luz y sombra en la mente de toda mujer que lucha, de todo espíritu que se quema en sus prodigios íntimos, que sueña con crear y aprender.

¿Quién es bruja en esta época? Me lo pregunto de nuevo. ¿Quién lleva ese poder misterioso de no atenerse a razones, de rechazar toda imposición, de permitirse la impaciencia, el miedo, la capacidad de creación? ¿Quién es una bruja en una época que da todo por sentado? ¿Qué cree imposible lo inexplicable? ¿Que deambula entre los fragmentos de conocimiento olvidando el enorme poder de la intuición? ¿Quienes somos las mujeres que continuamos luchando con las manos abiertas para soñar y conservar la esperanza? ¿Las que levantan el lápiz, la cámara, el pincel, cincel, las ideas para proclamarse libres? ¿Quienes son las mujeres que bailan en la oscuridad? ¿Que celebran el placer y el dolor? ¿Que aprenden de la carne, del sudor, del olor del amor y del odio? ¿Que nunca dejan de construir a cuatro manos, en una feroz batalla de pensamientos, el futuro y lo irracional, la belleza de lo perdido?

Una bruja crea, se transforma, restaura, renace, se transforma así misma. En fuego, en silencio, en gritos, en jadeos, en gemidos, en palabras que se pronuncian y las que se guardan en silencio. En todas las puertas abiertas y cerradas de su mente e imaginación. En los rituales diarios, en esa convicción que la naturaleza propia y ajena enseña. En esa magia secreta de la sonrisa, de la complicidad, del corazón que se debate, de la inquietud y el desconcierto. Porque una bruja aprende equivocándose. Una bruja jamás acepta lo evidente, lo incontestable. Una bruja es rebelde de puro deseo, franca por la libertad absoluta de las ideas. Independiente por el mero hecho de negarse a aceptar que nada tenga poder sobre lo que elabora más allá de su propia visión de lo que crea. Una bruja jamás desmaya, nunca deja de insistir, jamás se detiene. Sigue avanzando con el viento el rostro, con la lluvia entre los dedos. A pesar de la oscuridad, en medio del dolor y el terror. En la frontera del miedo.

Y canto para esa bruja que vive en cada mujer, para ese espíritu indomable, inmenso e inabarcable que se alimenta de todos los silencios, que remonta ese paisaje extraordinario de los que aprendemos, soñamos y merecemos. De lo que sostenemos en las palmas abiertas, lo que la Luna Llena recibe como prenda. Para esa idea primitiva y antigua del conocimiento que nace y se renueva cada vez que se enseña. Porque ¿Qué otra cosa es una bruja sino una maestra, una sacerdotisa poderosa, una mujer que encuentra y busca conocimiento? ¿Qué otra cosa es una bruja sino una hija del Sol y de la Luna Llena, una mujer que baila para el mar, que celebra bajo las estrellas, que danza para sus historias y enarbola su propio valor como estandarte? ¿Quien es una bruja sino una mujer que batalla con las palabras, que crea magia con su sabiduría, que asume la capacidad de soñar y crear como una forma de elevarse a las estrellas? ¿Quién más es una bruja que una guardiana de viejos secretos, de pequeñas páginas perdidas en el tiempo? ¿De ritos e invocaciones cantadas y aprendidas a la luz del fuego? ¿Quién más es una bruja que esa mujer atemporal, poderosa, cruel y a la vez bondadosa, la personificación de la osadía, del dolor mínimo de la perdida, de la capacidad prodigiosa de vencer sus propia debilidad?

Levanto las palmas al Infinito tachonado de estrellas y sonrío. Por el poder de todas las mujeres que me precedieron, por la identidad que me heredaron, por el conocimiento que intento perpetuar. Por esa intuición en lo trascendental y personal. Por esa íntima capacidad para elevarse sobre las grietas de la memoria. Por la confianza en la intuición que nace de la tierra y el mar. Por esa necesidad de extender los brazos y proteger. De recorrer caminos desconocidos, de volar con el pensamiento, la imaginación y el corazón. Con el fuego brotando entre los dedos. Con la sangre antigua cantando viejas glorias. Con el temor y la curiosidad por lo desconocido avanzado en la Oscuridad del conocimiento y la razón.

¿Quienes somos las brujas? me pregunto bailando desnuda bajo la luz de la Luna Llena. ¿Quienes somos las mujeres destinadas a perdurar, a soñar y a perseverar incluso ante los peores dolores? ¿A escuchar el llamado del Infinito en nuestro espíritu? ¿Quienes somos las brujas en esta época de contradicciones y pequeños sufrimientos? ¿Quienes somos las brujas justo ahora, cuando la palabra parece perder significado en cientos de hojas perdidas y encontradas? ¿En lo pliegues de la memoria Universal?

Somos las mujeres que luchamos, nos enfrentamos a lo terrible y lo poderoso, somos las que asumimos el poder imperecedero de tener esperanza. De llevarla entre las manos, como un tesoro silencioso. De crear y asumir lo que somos, el nutrir, enseñar y sanar. Ese mirada compasiva, fuerte y personal que señala el horizonte del amanecer del espíritu. La audacia de resistir en medio de las sombras, de encontrar la belleza y la luz en medio de la oscuridad.

E invoco, el poder que vive en mi espíritu. Que me une a esa vieja herencia, a esa tradición que trasciende mi rostro. Cada vez que invoco las viejas sonrisas olvidadas, los nombres de ese vinculo misterioso que me une a la sabiduría de la tierra que nace, del viento que recuerda historias, del fuego que purifica, del agua que bendice. Un tiempo en mi espíritu. Una nueva forma de soñar y alcanzar el infinito en mis párpados cerrados.

Un forma de magia sin nombre ni confín.
Una sonrisa enigmática a une a cada Bruja que danza y sonríe a la luz del Infinito a una antigua forma de belleza.

El poder infinito que vive en su interior.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una recomendación cada viernes: “4321” de Paul Auster.





Escribir es con frecuencia, un recorrido intelectual a mitad de camino entre la vanidad intuitiva y algo más amargo y personal. Sin duda, ese es el motivo, por el cual se le ha llamado a Paul Auster frívolo, narcisista. En cada uno de sus libros, hay un elemento profundamente referencial, una intimidad sugerida que el autor crea a través de una revisión sobre la voz narrativa que siempre sorprende por su honestidad. También por eso, se le llama crítico, duro y elegante. Al final, pareciera que este escritor — a medio camino entre la estrella de cine y el mito literario, — no llega a definirse de ninguna otra manera que como una consecuencia de ese matrimonio invisible entre fama y talento. Probablemente Auster sea el mejor ejemplo del híbrido entre esa adoración del ídolo tan frecuente en nuestra época y la capacidad del escritor para reinventarse, para construir la huida mental — como se le ha llamado a sus constantes especulaciones sobre el hoy y la realidad — de una manera consistente, idónea y exquisita. Como héroe por derecho propio, Auster ha construido su personal mito literario y más allá, ese identidad consistente del creador que se asume dueño de su obra.

Sin duda, Auster es uno de esos escritores infaltables. Sus libros parecen siempre formar parte de las lista de los imperdibles, los infaltables y los necesarios a leer. No obstante, nada es tan superficial como un de boca en boca en medio de la cultura del consumo lineal. Paul Auster es un escritor sólido, un hombre con cicatrices espirituales profundamente que crea un Universo de palabras consistente y denso. Sí, probablemente buena parte de su literatura sea una vuelta de tuerca al egocentrismo literario, una búsqueda de recorrer una y otra vez el análisis de su propia circunstancia, pero aún lo hace con tal elegancia y con una conciencia tan firme de la trascendencia de la frase que construye, que probablemente así revindique. Porque para Auster, la belleza de lo que se escribe — y por consecuencia, se crea — tiene una relación directa con su capacidad para evocar. Como en “La invención de la soledad” donde el autor intenta encontrar su propia sombra, reconstruye episodios biográficos y crea un híbrido entre realidad y fantasía que termina sublimando la historia, dotándola de un borde de realidad asombroso. ¿Y no es lo que todo escritor hace? se preguntará algún descreído y la respuesta es obvia: el escritor escribe de lo que sabe, pero para Auster, la creación incluye también esa decisión de auto analizarse con el tono fluctuante de su obra. Una y otra vez, reflejos de un espejo de melancolía inspirada en recuerdos preciados, en ideas íntimas que se reconstruyen sin que perder lo esencial: La impronta del que escribe y la obra que se levanta sobre la idea.
Autor de una obra amplia y variada, la ficción juega un papel fundamental en la manera como Auster comprende el mundo literario. Como propuesta narrativa, sus novelas tienen una visión extraordinaria sobre el bien, el mal, el desarraigo moderno y la profunda soledad existencialista de nuestra época, elementos que Auster utiliza como telón de fondo en una mirada incisiva sobre la identidad. Su más reciente publicación, la enigmática novela “4321” no sólo mezcla las percepciones favoritas de Auster sobre la modernidad y el terror a la incertidumbre sino que además, pondera sobre la ficción como una relación intrincada con la realidad. Todo bajo la cuidada prosa de Auster y su obsesión por la belleza narrativa. No obstante, en “4321” Auster alcanza un nuevo nivel de precisión lingüística y también, de comprensión de la naturaleza mutable de su talento narrativo. Abandona sus habituales obsesiones, por una mirada costumbrista, a la que sin embargo agrega una eventualidad argumental desconcertante: La novela consta de cuatro finales alternativos, que convierten la historia en un rompecabezas y un duelo imaginario contra la percepción de lo inevitable y cierto absurdo existencial. Auster además, redimensiona el recurso de la autorreferencia y lo lleva a un nivel por completo nuevo, al narrar desde cuatro perspectivas distintas los supuestos motivos — el libro flota sobre la incertidumbre — que le llevaron a ser escritor. La percepción de Auster sobre los entresijos de la labor creativa, la belleza de la concepción del arte como reflejo íntimo y además, la búsqueda de objetivo y significado, hace den “4321” una mirada alternativa y poderosa sobre todas las nociones especulativas sobre el hecho de escribir. Las escenas se suceden unas a otras, en una visión significativa sobre lo que supone la creación como método de observación de la realidad pero también, de las íntimas vivencias que construyen una comprensión sobre el mundo privado del autor.

Las dimensiones que alcanza la narración, evaden cualquier explicación sencilla: va desde la infancia del protagonista (muy semejante a la del propio Auster) hasta su plácida adultez, lo que convierte a las cuatro narraciones — que avanzan en paralelo y desde la noción de la observación crítica de la existencia — en avatares del propio Auster. El escritor parece genuinamente fascinado por el acto especulativo de novelar su vida — y encontrar nociones alternativas sobre lo que pudo ser o no — y crear una especie de doloroso recorrido por sus pulsiones internas. Un ejercicio que Auster ha llevado a cabo en varias oportunidades, sólo que en esta ocasión, es mucho más firme y sosegado. Por supuesto, que Auster no abandona su hábito de contar historias dentro de historias, un hilo que en ocasiones sostiene no sólo la tensión, sino también la personalidad de lo que narra. Pero en “4321” el hábito se hace incluso más depurado, más simple. Una vuelta de tuerca sobre sucinto y esa proverbial belleza que convierte a cada una de sus obras en espléndidas visiones sobre lo rutinario y una aparente cotidianidad construida a partir de hecho fortuitos de enorme poder simbólico.

La novela, ambientada en una onírica e idealizada visión sobre los años cincuenta, es un cuidadoso compendio de los principales estereotipos que pueblan la memoria histórica estadounidense. Pero Auster convierte en trasfondo en un metódico análisis sobre la circunstancia de la vida del país, en una reflexión argumental sobre las motivaciones culturales que sostienen el impulso creativo.
Al final, la larga narración construye y genera intimidad. La obra se entrelaza con el ahora, con el pasado y el presente de la incertidumbre. Una concepción sobre la identidad — la de Auster, la de su personaje — que se elabora en base a los recuerdos de otro, a la visión de otro que el lector termina asumiendo como suyo, a pesar del juego de espejos evidente que supone la lectura. Y es que quizás la mejor manera de entender al Auster creador sea mirándolo a través de su empeño irreductible de asumir la realidad como una serie de escenas interconectadas: Las suyas, las del lector desconocido, incluso las que toca tangencialmente y que parecen cruzarse en medio de ambas cosas. Hay un asombro de vivir, un redescubrimiento perenne en la realidad a la que brinda belleza.

Fluctuante y extrañamente venial en ocasiones, a Auster se le acusa de encontrarse a mitad de camino entre el pop literario y la celebridad por derecho propio. Tal vez la grieta entre ambas cosas, es la que brinde significado a esa extraña visión suya de la obra que nace y la obra que se construye. ¿Es que hablamos de la vida de Auster o la obra que se combina con la ficción? Después de una lectura a su obra, la confusión es obvia, aunque eso no hace menos valioso su construcción y la interpretación del autor sobre la escritura. ¿Un laberinto enrevesado donde la realidad y la fantasía se mezclan? Nada tan sencillo. Probablemente, la novela “4321” se trate de una conversación, una muy íntima, entre el lector y el escritor, una complicidad nacida entre la palabra que fluye devota y esa percepción de la intimidad que se sugiere. Porque sin duda para Paul Auster, la escritura no es solo la necesidad de mostrar sino además, de comprender al lector como parte de la experiencia literaria, de incluirlo y construir un puente entre lo que se lee — y se brinda — y lo que se crea — se asume — en el mundo que el escritor construye.