lunes, 21 de mayo de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: ¿Puede la segunda temporada de “Por trece razones” sobrevivir al fenómeno de la primera?






El suicidio — y sobre todo, entre adolescentes — no es un tema sencillo, a pesar que en varios países del mundo ocupa los primeros lugares como causa de muertes entre los más jóvenes. Quizás por ese motivo 13 Reasons Why — que contó con la producción de la estrella Juvenil Selena Gómez — despertó expectativas y, sobre todo, polémica incluso antes de su estreno. La adaptación televisiva de la novela del mismo nombre del escritor Jay Asher podía ser tanto un suceso televisivo como una decepción de audiencia y crítica. El resultado fue una extraña mezcla entre las buenas intenciones de Netflix al crear un producto televisivo que intenta visibilizar temas álgidos y los evidentes fallos argumentales y de ritmo que atentaron contra la coherencia de la serie. La segunda temporada — que se anunció en medio del éxito y controversia de la primera — intenta profundizar en el fenómeno del dolor adolescente y sus implicaciones, sin lograrlo por completo. Ya sea porque el ingrediente esencial que sostenía la trama — esa mirada dura y acongojada de Hannah Baker sobre su vida y trágica muerte — ya obtuvo una resolución clara o simplemente, a que la mirada sobre la juventud abrumada por la pesadumbre necesita una reflexión menos edulcorada, el regreso de la serie carece de la contundencia, el poder para conmover y la fuerza emocional de su predecesora.

Por supuesto que, 13 Reason Why se asume como el fenómeno de audiencia y discusión pública en que se convirtió y comienza con la sugerencia que quizás, no deberías verla si los temas que toca — o tocará — te resultan sensibles o dolorosos. Toda una declaración de intenciones levemente maliciosa que en un principio parece responder a las críticas que despertó la descarnada primera temporada pero que en este nuevo contexto, tiene algo de artificial y poco creíble. La serie conserva su tono melancólico, duro y casi abrumador, en medio de una percepción de la juventud sesgada por el miedo y los sufrimientos privados, pero ahora, los temas potencialmente inquietantes — suicidio, abuso sexual, violencia explícita — tienen un elemento orquestado y premeditado que sesga y limita su impacto directo. Mientras que la primera temporada sorprendió por su frescura y la forma en que manifestó el sufrimiento como una expresión de dolor y especulación del Locus colectivo sobre el pensamiento individual, la segunda temporada resulta sencilla, poco convincente y lo que es aún más lamentable, construída como reflejo de un fenómeno espontáneo que resulta irrepetible por el mero hecho de ser elaborado desde la intención de sorprender.

“Si usted mismo está luchando con estos problemas, esta serie puede no ser la adecuada para usted”, dice la actriz Alisha Boe, cuyo personaje fue violada en la primera temporada en una durísima escena que despertó polémica por su dureza “O tal vez quieras verlo con un adulto de confianza”. No obstante, la advertencia tiene una evidente carga de morbo sugerido y deja bastante claro que a medida que avance la trama, habrá mucha más violencia, dolor y angustia en medio de una versión de la realidad poco verídica. Porque mientras la primera temporada mostraba como en un espejo deforme, el sufrimiento de una adolescente cualquiera, agredida y atacada por situaciones que cualquiera de sus contemporáneos podrían reconocer, la segunda intenta justificar su existencia por medio de una versión de la realidad sometida al escrutinio y a la comprensión de la naturaleza de la juventud — sus dolores e implicaciones — desde cierto plano cliché que carece de verdadera profundidad.

La primera temporada — adaptación del libro del mismo nombre de Jay Asher — tenía una estructura pensada y concebida para alimentar la noción multidimensional de los personajes: Las cintas grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford) antes de su suicidio, convierten la narración en una experiencia dolorosa a través de la pesadumbre adolescente pero sobre todo, los duros y crudos estratos del miedo a la incertidumbre, la ruptura de la ingenuidad de la primera juventud y el trayecto hacia una idea más elemental que meditaba sobre el sufrimiento joven como una perspectiva sobre la sociedad actual. A través de una serie de flashbacks bien concebidos, tanto los personajes como el público atravesaron el largo y tortuoso trayecto de Hannah hacia su propia muerte, traducida en una destrucción de su identidad y un dolor desesperado hacia la percepción del yo como una forma de pérdida de todo sentido de la individualidad. Hannah muere pero a la vez, está más viva que nunca, en el juego de grabaciones que cuentan su historia con toda la subjetividad, angustia y miedo de su lento descenso a un sufrimiento insoportable. Con la percepción de Hannah como centro motriz de la narración, la serie entera pareció moverse a través del centro de gravedad de su historia y sostenerse como una forma de expresión insistente sobre los matices de la angustia existencialista que quiso mostrar con firme sincronía.

De manera que la segunda Temporada, hace que sea inevitable preguntarse si tiene justificación continuar una historia narrada y concluida, sin otro sentido, que ampliar o profundizar en los tópicos que construyeron una columna vertebral narrativa consistente. En esta ocasión, el hilo conductor es una demanda civil presentada por los padres de Hannah contra Liberty High School en busca de una especie de justicia aciaga, terciaria y por momentos insustancial, acerca de los motivos que llevaron a su hija al suicidio. Claro está, dentro de la trama, la percepción del juicio es un espejo que refleja y concibe la noción sobre la multiplicidad emocional de los personajes como una coyuntura existencial evidente y no obstante, no logra que sea lo suficientemente coherente para resultar creíble. De nuevo, nos encontramos discutiendo los mismos conflictos ya resueltos en las grabaciones de Hannah, solo que sin su contexto, percepción y dolor, lo que transforma el debate en una escueta exposición de motivos que por momentos carece de interés. Muchos de los compañeros y amigos de Hannah suben al estrado y de alguna forma, el mapa de ruta a través de la mente del personaje se amplía, como si la serie necesitara reversionar a Hannah y brindarle un nuevo sentido de la belleza, el temor y el dolor. En teoría, esa percepción de una nueva Hannah desconocida apoya el sentido de la primera temporada: hay una versión multidimensional de cada historia, una comprensión elaborada y convincente sobre el hecho que el rostro psicológico de Hannah comienza a dibujarse de una manera por completo distinta. No obstante, el truco no funciona demasiado bien y a mitad de la temporada, es bastante notorio que atenta contra la coherencia y la percepción del show como producto específico. El problema de esta nueva Hannah, nacida de los testimonios y miradas de sus compañeros, parece contradecir en más de una oportunidad al personaje original — como la relación romántica entre Hannah y cierto personaje que nunca se insinuó o se mostró en la primera temporada — lo que provoca, que cada nuevo descubrimiento carezca de valor o en el mejor de los casos de sentido. ¿Hannah mintió entonces en cada una de sus cintas? ¿Mienten sus compañeros de clase y quienes le conocieron? ¿Existe una idea que conecte ambas percepciones más allá del bien y del mal ético que no deja de sugerirse en mitad de la trama?

Claro está, la serie también explora la cultura de la violación y el dolor que provoca la agresión sexual en medio de un ambiente de negación y autopreservación de ciertos privilegios específicos para determinados alumnos, como ocurre en Liberty High. La esperanza de la justicia — tanto para los padres de Hannah como para las víctimas de otros hechos de violencia dentro de la trama — parece enfrentarse a la idea persistente que la violación, como crimen, es parte de un ecosistema que debe luchar contra una normalización terrible y cruda. Una y otra vez, la serie analiza la vertiente insistente sobre la capacidad de nuestra sociedad para convertir la violación en un hecho justificable pero aún más, en una noción sobre la identidad rota que evade todo sentido de la estratificación y la masificación de la responsabilidad colectiva. Un acierto del guión que concede especial interés en la búsqueda de la justicia. Pero a pesar de sus esfuerzos, 13 reason Why no es capaz de aglutinar el concepto del miedo y el abuso como una versión real. Hay algo de dramático y exagerado en toda la forma en que asimila el centro de la acción y es quizás ese, su punto más bajo.

Con todo, la segunda temporada de la serie continúa tomando riesgos y lo hace con un meditado sentido de la identidad que hace pensar que habrá una tercera ocasión de analizar lo que ocurre en Liberty High, como representación exigua de la cultura norteamericana adolescente. Con capítulos de más, casi todos de excesiva duración y una banda sonora interesante (aunque no especialmente llamativa) la serie cumple apenas su cometido de extender un fenómeno llamado a convertirse en discusión pública. Lo logra, pero sin la suficiente perseverancia para ser algo más que una percepción pasajera de lo obvio. Una mirada que quizás necesite refrescar sus opciones para elevar su percepción de lo verídico como algo más que un teledrama lujoso y actual.

jueves, 17 de mayo de 2018

Crónicas de la ciudadana preocupada: Un país que lleva a cuestas la cicatriz de la incertidumbre.




Hace unos días, una de mis vecinas me advirtió que la calle que cruza el edificio donde vivo e incluso, un par más allá, es terreno de los “roba comida”. Me lo dijo cuando tropezamos al salir de uno de los supermercados de la zona. Ambas llevábamos en los brazos un par de bolsas pequeñas con algunas compras casi accidentales.

— ¿Roba comida?
 — Si mija. Son un grupo de rateros que te arrancan las bolsas de los brazos. Tenga cuidado. Muchachitos muertos de hambre que no llegan ni a quince años que te pueden lanzar un plomazo para robarte.

Miró a su alrededor con expresión preocupada, como si el hipotético grupo de asaltantes estuviera a punto de materializarse por el mero hecho de mencionarlos. No supe que responder a eso. Por supuesto, vivo en Caracas: la violencia es cosa de todos los días, está en todas partes. Es muy cercana. Un hecho cotidiano con el que debes aprender a lidiar para sobrevivir en mitad de la hostilidad urbana. Sé muy bien que la comida se ha convertido en un objetivo más en medio de la debacle social que sufrimos. He leído sobre agresiones y asaltos para arrebatar bolsas de mercado, paquetes de los desaparecidos artículos de primera necesidad. Con un escalofrío de miedo, acelero el paso. Mi vecina lo hace también, mirando sobre su hombro con cierto aire furtivo.

— Uno ya no sabe a que tenerle miedo — me sigue diciendo — imagínate tu, ahora andar pendiente porque te pueden robar la comida.

Tiene razón, se trata de un pensamiento duro de asimilar. Una idea que refleja la situación crítica que atraviesa Venezuela, pero también algo más sutil y doloroso que todavía no sé como nombrar. Mientras sujeto con más fuerza las dos bolsas que llevo colgadas en los brazos, pienso jamás creí podría temer que me agredieran en plena calle sólo por haber comprado unos cuantos productos de primera necesidad. Que de pronto, la comida supone un objeto de valor tan ambiguo como valioso. En la Venezuela del socialismo del siglo XXI, de pronto comer toma otro cariz. Ya no se trata sólo del hecho del alimento como parte de una idea de prosperidad general, sino algo más extraño y crudo. La supervivencia misma. La lucha violenta por la vida, desde una idea esencial y primitiva que cuando la analizo, me angustia y me desconcierta. ¿Cuando llegamos a una situación semejante? me digo con el corazón latiendo muy rápido. ¿Cuando el paisaje Venezolano se degradó tanto como para destruir esa civilidad cotidiana que por mucho tiempo creímos normal? Me sobresalta no tener una respuesta para eso. No tener una idea clara de cuándo comenzó todo esto. Esa lenta degeneración del día a día.

Atravesamos la calle con paso rápido y un poco nervioso. Una larga fila impaciente de hombres y mujeres se extiende unos metros a la derecha, frente a una panadería con las puertas cerradas. A la izquierda bajando por la avenida, una segunda multitud silenciosa aguarda frente a un local pequeño. Un miembro de la Guardia Nacional de Uniforme y con el arma de reglamento bien visible vigila. Se pasea con paso pomposo y lento de un lado a otro, echando miradas distraídas al grupo de gente que espera. Me pregunto que pensará sobre la gente que espera, de su paciencia casi dolorosa bajo el sol. Si le preocupará esa imagen de miseria mal disimulada que refleja. Pero el militar parece ajeno a esos pensamientos o al menos, eso concluyo cuando se da la vuelta y saca un teléfono celular de uno de los bolsillos del pantalón. Le da la espalda a la multitud. Echa la cabeza hacia atrás y ríe a carcajadas.

Mi vecina continúa contándome sobre los peligros inéditos de esta Venezuela hambrienta. Ya no se trata sólo de asaltos, sino también arrebatones, asesinatos en las filas de la comida. De la violencia espontánea y desesperada entre quienes esperan. De las agresiones fortuitas, de los ataque a ciegas. Esa noción sobre el miedo y la desesperanza que parece ocupar todos los espacios de la realidad de un país roto. Todas las historias que me cuenta las he escuchado antes, pequeñas leyendas urbanas de la pobreza. Me asombra la forma como el miedo se repite, se hace un eco interminable. Como si esa fibra invisible que sostiene cierta normalidad aparente, comenzara a romperse, quebrantada por el terror cotidiano.

— Uno ya no sabe si lo peor es el hambre que tiene miedo de pasar o el terror de no saber a donde va a parar esto — me cuchichea con una rápida mirada preocupada — ¿No te asusta? ¿No te angustia pensar en eso?

Hará unas semanas, alguien que conozco me contó que luego de hacer una larga fila para comprar comida por más de seis horas, un hombre que estaba de pie unos metros por delante de donde se encontraba de pie, colapsó. Que simplemente cayó al suelo , sacudiendo brazos y piernas en una convulsión silenciosa. Cuando se apresuró a ayudarla, una mujer le recordó que si “salía de la cola, ya no volvía a entrar”. La multitud a su alrededor miró hacia otra parte entre murmullos incómodos. Nadie se movió de su lugar, en una especie de terquedad descarnada que sorprendió — y asustó — a mi amiga.

— Me puse a gritar si era posible que dejaran morir a alguien para comprar un kilo de azúcar — me cuenta — nadie respondió. Nadie me miró. Nadie me ayudó a levantar al señor y llevarlo hasta la alcabala de la Guardia Nacional. No volví a la cola después, me dio asco.

Me cuenta todo lo anterior con expresión cansada y triste. Nos encontramos en su oficina, mirando hacia la calle de aspecto tranquilo que se extiende más abajo de su ventana. Señala un pequeño local de aspecto pulcro y casi elegante en la calle más abajo. Hay un pequeño grupo de gente formada en cola frente a la puerta cerrada. Desde la distancia, hay un orden elemental y casi triste en la manera como permanecen de pie todos juntos, en una especie de resignado orden. Mi amiga se encoge de hombros.

— Son los vecinos que ves a diario. La gente que saludas cada mañana. De pronto, esa misma gente haría cualquier cosa por una bolsa de azúcar, de harina precocida, por un frasco de aceite. Hay algo que te asusta cuando lo piensas.

Recuerdo la conversación mientras atravieso con mi vecina la avenida donde he vivido la mayor parte de mi vida. Conozco de memoria cada calle, cada local, cada parte de este pequeño rescoldo de clase media de Caracas. Conozco sus sonidos, su tranquilidad anciana, su alboroto matutino, su tardes tranquilas. Pero de pronto, ese paisaje está impregnado de algo más: de una idea inquietante sobre la crisis. Una descarnada sensación de miseria aparente, que apenas se nota. En las colas interminables que se abren en todas direcciones, en las vigilancia militar y armada que te aterroriza por sus implicaciones. En esa sensación de tensión de la multitud creciente de rostros preocupados que se multiplica allí a donde mires. De pronto, me pregunto cuándo fue la última vez que vi a un grupo de deportistas correr por la calle hacia la cercana plaza, a un niño jugar en la calle. Una pareja de ancianos caminar por la esquina rodeada de flores de maleza. Y me asusta el pensamiento que a esa normalidad la sustituyó otra cosa. Un silencio tenso y doloroso, una sensación de peligro que brota de todas partes, aunque no comprendas bien su origen. ¿En que nos hemos convertido? me pregunto otra vez, con los dedos apretados contra la superficie elástica de la bolsa que sostengo. ¿Quienes somos los Venezolanos que intentamos sobrevivir a todo esto?

Una de las colas que atraviesa la calle comienza frente a las rejas cerradas de un abasto pequeño. Hay gente sentada en las aceras, en pequeñas sillas de plástico. La mayoría está de pie bajo el sol del mediodía que cae a plomo. Todos tienen la misma expresión de pura resignación y cansancio. Una especie de indolencia clara y sincera que no sé muy bien cómo definir.

— Se me olvidó como era no hacer colas para comprar algo que se necesite — me dice mi vecina en voz baja — da miedo todo lo que hemos perdido en tan poco tiempo.

Sigo sin saber que responder. Hace unos días, encontré un pequeño texto que escribí hace tres años atrás, donde me quejaba de la desaparición de los anaqueles del aceite de cocina. Lo mucho que me preocupaba el hecho que nos habíamos acostumbrado con una rara rapidez a una pequeña cuota de escasez. Con una ingenuidad que ahora me conmueve, me preguntaba en voz alta si el Venezolano estaba dispuesto a asumir una lenta degradación económica o mejor dicho, si sabía a dónde conducía una situación que parecía cada vez más compleja y dura de asumir. Me recuerdo a mi misma, paseando entre anaqueles repletos de productos, sin restricciones de compra o de adquisición y aún así, preocupada por el hecho cierto que la temprana ruptura económica que sufríamos podría conducirnos a algo más duro. A la distancia, me asombra mi inocencia, el poco conocimiento que tenía acerca de la gravísima circunstancia económica que comenzaba a anunciarse a cierta distancia.

Por supuesto, no podría haber imaginado lo que vivimos en la actualidad, me reprocho en silencio. Jamás pude asumir el costo real que podría tener para la vida del Venezolano el experimento ideológico que un gobierno con un apoyo electoral multitudinario. Esa ignorancia sencilla y desordenada sobre lo que en realidad podría significar el hecho del hambre — la real, sin disimulo — en la vida cotidiana de un país que por décadas, se creyó próspero y rico. Con esa terquedad alucinada del gentilicio, nunca pude prever el hecho de tener real miedo no sólo a la pobreza sino a algo más confuso y abrumador. Cuando miro a la gente que se forma en cola para comprar comida, me pregunto si alguien supuso este escenario duro y reconvertido en rencor silencioso en que se convertiría un proyecto de país fallido y utópico. Si incluso en las previsiones más pesimistas, alguien supuso que la pobreza sería un método de control. Que el hambre sería el único hilo conductor en una sociedad polarizada y convertida en torpes contrincantes ideológicos.

Hará unas dos semanas, leí un artículo que cuenta la historia de una profesora universitaria de cincuenta años que hablaba sobre el hambre en el país. El hambre que padece y forma parte de su vida. La forma lenta y desigual como tuvo que afrontar el hecho que a pesar de su trabajo, distinguida carrera, los merecidos años de descanso que trajo consigo la jubilación, el hambre es parte de su vida. Los días en cola para intentar — y no siempre lograr — comprar lo necesario. Los hábitos cotidianos perdidos y destrozados por la crisis. La dolorosa sensación de desarraigo que trae consigo la pobreza inevitable, la lenta caída en un humillante ciclo de desgaste personal y emocional. El texto fue escrito por uno de sus hijos, que mira con horror el dolor de su madre, ese caos mínimo que debe afrontar. Ese miedo que todos compartimos sobre lo que sucederá después, lo que habrá más allá de este trayecto apresurado hacia ninguna parte.

El texto me hizo llorar. Me recordó con mucha nitidez la sensación que tengo cada mañana cuando despierto, preocupada por lo que comeré o cómo podré comprar lo que necesito. El nerviosismo de recordarme debo encontrar la manera cómo sobrevivir a una situación que te aplasta enorme e invisible. A esta nueva conciencia de lo que una pobreza absurda que resulta en ocasiones imposible de definir y comprender. La sensación que me provoca la alienación a ciegas a la que te empuja la escasez. El todos los días aderezado por la incertidumbre. El pensamiento pertinaz sobre qué pasará cuando el dinero no sea suficiente. El simple acto de comer convertido en un método de control, en una herramienta de presión del poder. En una línea para mantenerte bien sujeto. Un rehén de tu propia circunstancia.

Una anciana con una bolsa de plástico repleta de bolsas de arroz me pasa por el lado. La abraza contra el pecho, mira a su alrededor con desconfianza, la misma preocupación que todos compartimos. Hay algo frágil y furtivo en la forma como camina, en las manos sarmentosas que sujetan los paquetes con fuerza. Y pienso que esa desesperación muda nos acompaña a todas partes, desborda a esta Venezuela cada vez más cerca de la crisis definitiva, de un tipo de debacle que ninguna conjetura aún puede describir. Siento que el miedo me sube por la garganta, se me transforma en algo mucho más amargo y duro. ¿Qué pasará en adelante? ¿Qué ocurrirá dentro de unos meses?

Me despido de mi vecina y continuo el trayecto hacia el edificio donde vivo. En cada local comercial con que me tropiezo, hay una pequeña multitud que espera. La misma mirada huidiza y cansada. La misma noción de peligro y amenaza que nadie puede definir con claridad. El miedo, me repito. El miedo que sofoca con lentitud. Que cierra espacios, que te deja desvalido y tan cansado como para no saber cómo enfrentarlo. Este horror sin nombre de perder algo tan sencillo como una idea concreta sobre el futuro.

De pronto, un grupo de muchachos me adelanta a la carrera. Todos son muy jóvenes. El mayor tendrá unos pocos dieciseis y el menor, quizás no llega a la década. Llevan uniforme escolar, otros camisetas limpias, un pantalón corto que muestra las piernas flacas y llenas de raspones. Corren juntos, con los brazos levantados sobre la cabeza y por un momento, me recorre un sobresalto de terror. Los “roba comida” pienso en un impulso ciego y casi rídiculo. Pero el grupo no dedica ni una mirada. Todos corren calle arriba y cuando escucho el sonido bronco del motor de un vehículo pesado de tenerse, sé hacia dónde se dirigen. Me quedo de pie en mitad de la calle, con un vértigo de repulsión de y lástima. Jamás he sentido nada semejante.

El camión de la basura aparece por la esquina con una lentitud monstruosa. El grupo de muchachos levanta los brazos, le hace señas al conductor. El vehículo se detiene, tambaleándose sobre la acera. Un hombre de uniforme naranja se baja desde la cabina del conductor y grita algo al coro de rostros jóvenes que le miran desde la calle. Todos responden a gritos, sacudiendo las manos, señalando el camión sin disimular su intención. La caja trasera del vehículo se sacude, comienza a moverse. Se abre y una vaharada repugnante llena la calle. Pero los muchachos se acercan con un único gesto, se abalanzan sobre las bolsas de plástico negro que cuelgan de la placa más larga del mecanismo.

Los ojos se me llenan de lágrimas cuando uno de los muchachos mayores desgarra el plástico con dedos ágiles. Esto está ocurriendo, me digo mientras lo veo husmear en su interior, meter la mano con un gesto rápido y confiado que no logro comprender. El resto del grupo le mira ansioso, el hombre de uniforme observa todo colgado desde el vehículo. Esto es real, me digo con una inocencia rudimentaria que me hace sentir miserable. El muchacho sacude la bolsa, forcejea con el agujero en el plástico y por último, levanta la mano para mostrar una caja de cartón manchada de grasa y rota. La reconozco de inmediato: son de las que se usan en las Panaderías para la repostería. El muchacho la abre con un gesto rápido. Mira a su interior con ojos codiciosos y entonces se lleva un trozo de cartón a la boca. Lo lame con un gesto goloso y triunfal. Esto es real, me digo con el corazón latiendo tan rápido que me lleva esfuerzos respirar. Esto está ocurriendo de verdad.

Varios transeúntes se detienen a mirar también. En silencio, en una tensión perceptible y angustiosa. Todos miramos a los muchachos que continúan hurgando en la basura, sin notar que estamos allí, masticando con un deleite impúdico la comida de aspecto blando y pasado, las frutas abiertas por una madurez putrefacta, los restos de pan de aspecto repugnante. Son muchachos venezolanos, me digo con un desconsuelo devastador que me parece mínimo y poco importante en la magnitud de la tragedia que está ocurriendo unos metros por delante. Del dolor de la mera idea que Venezuela es esto, que el país del cual depende mi futuro se cae a pedazos en este sufrimiento cotidiano, en la violencia de la pobreza y la miseria como único legado. Siento un terror insoportable, una sensación de horror y de piedad que me deja sin respiración, que me recuerda que el país en el que nací ya no es el mío, que se transformó en otra cosa. Que se convirtió en algo tan borroso como imposible de definir.

No recuerdo cuando me di media vuelta para regresar a casa o cuando llegué por fin a esa falsa seguridad de mi pequeño mundo. Estoy llorando y me siento hipócrita y blanda por hacerlo. Por sentir este miedo, por esta sensación de horrorizada conciencia del país que no reconozco, que es parte de mi historia pero a la vez, resulta irreconocible, peligroso. Un reflejo de mis peores temores y dolores. Lloro de pura impotencia, de frustración. Y de nuevo miedo. Miedo porque no sé que esperar sobre un país que se desploma a pedazos. Miedo por el pensamiento por esta derrota dolorosa que supone un futuro incierto.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La belleza de la oscuridad: Una breve reflexión sobre la obra de H.R Giger.




El terror y los monstruos suelen ser con enorme frecuencia, el reflejo más claro del inconsciente individual y colectivo. Por ese motivo, Giger dibujaba lo que soñaba. Con frecuencia, el autor dejó claro que su obra se basaba en un mundo onírico desconcertante y agudo que le llevó años entender y mucho más, plasmar. Una idea un poco escalofriante cuando se analiza sus obras: Bellos espacios lóbregos de monstruos inquietantes. Escenas eróticas con un aire industrial casi sofocante. Pero quizás, el artista nunca fue más sincero que en esa confesión: ya lo decía Goya “El sueño de la razón produce monstruos”. Y quizás fue Giger, con su imaginación privilegiada y ese talento suyo para reconstruir el mundo en símbolos exquisitos, el que creó los más bellos, el que dotó de rostro al temor con un pulso elegante y profundamente conmovedor.

Hans Ruidi Giger, fue un artista profundamente desconcertante. Como dibujante, pintor, escultor, diseñador y arquitecto de interiores elaboró un Universo macabro que bebió de las fuentes más diversas: desde el surrealismo más directo — con sus extraordinarias visiones sobre el miedo en estado puro y algo semejante al horror — el ocultismo, la magia y sin duda, su personal consideración sobre la naturaleza humana. Más allá, Giger insistió en su propia versión de la realidad, de un inframundo de belleza radiante que construyó a fuerza de imaginación y esa insistente revisión sobre el imaginario cultural en el que creció. Porque Giger era ante todo transgresor, un constructor de valores estéticos que definió a su medida conceptos tan viejos como lo bello y lo temible en una idea totalmente nueva.

La mayoría del público conoció el trabajo de Giger (Coira, 1940) gracias a su monstruo más emblemático, ese estilizado y letal alienígena que es quizás el verdadero protagonista de la célebre película de Ridley Scott “Aliens”. Un monstruo que roza la perfección de un código misterioso sobre el horror de lo sugerido: La criatura de Alien no tiene ojos: Una ausencia que rompe por completo con cualquier semejanza con cualquier otro monstruo que el cine haya mostrado hasta entonces. No obstante, su impacto se basa en algo más que esa ruptura con lo que consideramos compresible: Giger creó a la criatura con la intención que resultara “indefinible en la crueldad de su belleza”. Con su enorme cráneo fálico y brillante, su cuerpo esbelto y su doble dentadura de dientes metálicos, el Alien imaginado por el artista es una mezcla entre una percepción estilizada acerca del miedo y algo más complejo. Inexplicable y violenta, se trata de una maquinaria mortífera que encarna un tipo de terror sofisticado que hasta entonces, jamás se había mostrado en película alguna. Giger no sólo asumió el reto de elaborar una visión sobre la vida espacial que superara cualquier otra propuesta semejante sino que además, asumiera el hecho de lo desconocido como una amenaza siniestra.

Para Giger, la obra de H.P Lovecraft no fue sólo un referente inmediato, sino también, una aproximación a un tipo de terror ciego en el que el artista basó la mayor parte de su obra. En más de una ocasión el artista admitió que la obra del escritor de Providence era no sólo “capital” para su trabajo visual, sino además, una fuente inmediata de comprensión “sobre la oscuridad de un tipo de terror laberíntico de enorme profundidad conceptual”. Su obra “Necronomicon” (1977) es un cuidadoso homenaje visual al Universo Lovecraft pero además de eso, a la imaginería que sostiene su discurso primordial. Tanto uno como el otro asumen lo fantástico como una vertiente de lo enigmático y es esa ausencia de definición — lo reconocible — lo convierte a la obra de ambos artistas en obras espejos una de la otra. Era inevitable por tanto, que la atmósfera oscura y abrumadora de las obras de Giger — herederas visuales del Universo de Lovecraft — brindaran a “Alien: el Octavo pasajero” un aire tenebroso y macabro muy semejante a las obras más conocidas del autor norteamericano. El universo Lovecraftiano con toda su carga simbólica y su devastadora comprensión de la nada que habita más allá de los confines de lo conocido, dotan a su obra de una profundidad elemental basada en el primitivo temor del hombre a su insignificancia. De la misma manera que el monstruo de Giger representa al enemigo imposible, implacable y voraz. A mitad de camino entre un insecto, un eficiente depredador y un sofisticado biomecanismo de evidentes connotaciones sexuales, el Alien sugiere además una insistente búsqueda de la debilidad de la psiquis colectiva. Ese punto frágil que sostiene un discurso sobre la vulnerabilidad de la existencia del hombre, en medio de un Universo desconocido y peligroso al que se enfrenta desde su frágil percepción de la conciencia.

No obstante, el trabajo del artista sobrepasa el imaginario cinematográfico para abarcar la esencia de su propuesta artística: una visión atípica sobre el horror, lo inquietante y lo retorcido. Y es que desde su magnifico La máquina de parir (Tinta sobre transcop sobre papel sobre madera, 1967) hasta la que se considera su obra máxima “Necronomicón” — origen, de hecho del monstruo Aliens — Giger demostró una manera de reconstruir los conceptos estéticos que asombró y cautivó a toda una generación. Porque Giger no se limitó a elaborar algo nuevo sobre lo viejo, sino que re dimensionó la búsqueda de conceptos sobre lo que consideramos atractivos — y lo que no lo es -a través de esa particularista estética suya, de esa oscuridad lasciva que sorprendía y desconcertaba a la vez.

A Giger más de una vez se le acuso de repetitivo, tal vez debido a que en esa penumbra mecánica que forma parte de todas sus obras, hay un elemento que parece reflejar una imagen idéntica, una elaboración del concepto muy reconocible. Y sin embargo, Giger se esforzó por conceptualizar el absurdo y lo temible siempre de manera nueva, una reconstrucción de mitos personales a la que dotó cada vez de una estética renovada. Lo hizo desde lo burlesco, desde ese humor sardónico que llenaba cada una de sus pinturas y sus inquietantes esculturas. En una de sus numerosas versiones de una sus piezas más desconcertantes “La Maquina de parir”, construye un Universo anómalo, que se alimenta de elementos reconocibles de su obra — la muerte, la vida y la violencia — pero llevados a un extremo de burla paródica que sorprendió a propios y extraños. La obra muestra las entrañas mecánicas de una pistola con tintes orgánicos y en su interior, bebés recién nacidos armados con un visible fusil. Toda una declaración de intenciones de Giger sobre la cultura hipócrita que educa de manera sutil sobre el horror y el temor desde la cuna.

Sin duda, para Giger, lo siniestro era una forma de metáfora poética sobre la fragilidad del hombre, esa vulnerabilidad simple que le inspiró probablemente — por rechazo y contradicción — lo mejor de su obra. Ese complejo mundo biomecánico — termino acuñado por el mismo artista para definir su obra — que concibió a partir de lo obsceno y algo más esencial: la raíz de lo erótico. El artista se esforzó una y otra vez por reflejar sus obsesiones corporales en minuciosas visiones de lo aterrador: lo orgánico transformado, por obra y gracia de su talento, en un elemento artificial y genital.

Lo repitió — y demostró — a lo largo de su vida: El artista era un hombre de obsesiones. De allí que su obra tuviera una personalidad tan marcada, con sus asombrosas reiteraciones que sin embargo, jamás dejó de parecer una visión totalmente nuevo sobre el sexo y la violencia. Al Giger adolescente le obsesionaban las armas “A partir de la pubertad empecé a coleccionar armas como loco, aunque me limitaba a los revólveres. El “Gölischmid”, un hombre mayor al que se tenía por loco y que siempre tenía algo que llevar a la farmacia, me enseñó a reparar armas manuales de fuego. Así es como aprendí a soldar y templar los resortes” (Del libro www HT Giger com, Taschen, 1996) y también lo erótico: sobrexcitado y precoz, la lujuría pareció formar parte de su lenguaje creativo desde sus orígenes. El resultado es una insistencia en un tema único, reformulado hasta la saciedad pero jamás repetitivo. Esa extraordinaria conclusión sobre la muerte, la vida, lo artificial y lo doloroso que trasciende la mera concepción de quien se asume creador y evoca algo más profundo: esa identidad espiritual que todo artista muestra — o intenta hacerlo — en su obra.

Seguramente, Giger jamás imaginó la trascendencia que su obra tendría en la estética de cierta visión postmodernista del arte: Giger siempre concibió su expresión estética como inevitable. Idéntica y reconocible, no obstante siempre tuvo la capacidad de sorprender, incluso irritar a un público sorprendido por la profusión de sus paisajes siniestros. Siempre había algo que decir sobre el meta mensaje de un artista que tenía muy claro que sus obras eran un reflejo de su lenguaje, una grotesta burla a lo esencial.

Desde su trabajo con aerógrafo a sus esculturas, la visión de Giger pareció depurarse cada vez más hasta llegar a una elegancia visual que se tomó como una etapa de definitiva madurez en su trabajo, sin que lo fuera. Su versión de los signos zodiacales con esos inquietantes organismos sin cabeza, carentes de rostro y más parecidos a una visión de pesadilla sobre el dolor humano que a una metáfora visual, es probablemente el símbolo de su creciente necesidad por destruir su propio mito. Un pensamiento que haría sonreír al artista con cierto cinismo. Nunca le faltó sentido del humor y quizás es esa burla a lo establecido, a lo que se asume por real, lo que se insiste como bello, el mayor legado de un artista que siempre insistió que su mayor inspiración no era la necesidad del arte sino el dolor de la exclusión.

Larga vida a Giger, al artista obsesivo y sobre todo al pionero, que brindó al arte — y a la estética — una nueva manera de mirarse y lo que es aún más desconcertante, una forma mucho más inquietante de concebirse. Una visión de radiante belleza — y también profundamente dura — sobre lo que somos y más allá, de lo que la aspiración por la trascendencia del espíritu humano puede crear a partir de su inquietantes demonios. O como el mismo Giger diría, obsesionado y ferviente defensor de su lóbrega visión de las cosas “De la oscuridad, hacia la oscuridad más hermosa”.

martes, 15 de mayo de 2018

Crónicas de la soltera neurótica: De las preguntas que nadie quiere responder y otros dolores incómodos.





Hace unos días y a propósito del día de las Madres, una de mis amigas escribió una pequeña reflexión en la que lamentaba la curiosidad morbosa, irrespetuosa e invasiva de quienes le acosan con preguntas sobre una futura maternidad. Atormentada por los cuestionamientos, la persistencia de las preguntas muy cerca de una indiscreción grosera, se preguntaba por qué debían soportar semejante presión, el motivo por el cual debían asumir que era necesario no sólo exponer su dolor — impaciencia, frustración — privada a quién quisiera escucharla, sino el motivo por el cual, buena parte de las personas creían que los motivos de una mujer — su cuerpo, sus decisiones — eran de dominio público.

Acompañado de una fotografía de sus pies desnudos sobre un suelo de líneas entrecruzadas — una encrucijada delicadísima en un diseño de granito — mi amiga escribió lo siguiente:

“¿Con qué sueño en el día de las madres?
Con no poderme ver los pies por tener una barrigota atravesada.
Pero no es tan rápido y sencillo para todas y eso es algo de lo que sólo se habla puertas adentro.
Las que llevamos como un estigma este deseo aún frustrado.
Las que han llorado viendo una regla saben perfecto de lo que hablo. 
Las que ha contado días, las que se ha metido un termómetro en la totona, las que han hecho pipí en palitos plásticos rezando por las rayitas, a las que nos dicen que hay que tomárselo con calma, nos recomiendan doctores y nos hemos bajado apps rosadas que te insisten en hacer “log” para decir si tuviste sexo o no en la semana crucial.
 Esta mañana me dijo una muchacha: ¡feliz día! secundado por un “ay no a ti no, jajaja”.
Sin malicia, pero sin la menor idea de la herida que dejó atrás.
¿Y tú para cuándo?, no mija tú cómo que eres mamón macho, ve a que te revisen, ya tienes 37.
Y te quedas pensativa y llorosa preguntándote si eres tierra fértil y abonada o si en esta vida no te va a tocar a ti.”

Cuando leí el fragmento, la garganta se me cerró por una mezcla amarga de angustia y furia. No sólo porque me enfureció tuviera que atravesar semejante sufrimiento e incomodidad, sino por el hecho, que buena parte de quienes le acosan con preguntas sobre su futura maternidad, no lo hacen con real mala intención. Mucho menos la intención de herirla o algo semejante. Lo hacen porque según una mirada tradicional muy antigua y normalizada de nuestra sociedad, el cuerpo de la mujer — su capacidad para concebir — es cosa pública. Es algo que pertenece al dominio cultural y por tanto, no hay límites. no hay espacios que cerrar, no hay privacidad que proteger. Se trata de una especie de hábito tan antiguo que nadie parece entender muy bien que la insistencia en cuestionar las decisiones de la mujer sobre su posible maternidad puede causar dolor, transgrede cierto espacio íntimo que no debería ser otra cosa que de ámbito estrictamente personal. Pero como en otras tantas cosas, el cuerpo de la mujer parece ser territorio de debate colectivo en el que los límites obvios parecen volverse difusos por mera presión e incluso, por ese percepción histórica de la mujer sin identidad, que no existe, la invisible, la que forma parte del imaginario colectivo.

Por supuesto, no es que me sorprenda el acoso que sufre mi amiga y otras tantas mujeres en situaciones como las suyas o semejantes. Venezuela es un país que convirtió la maternidad en una forma de triunfo social muy cercano al éxito que en otras sociedades y culturas se relacionan con lo académico y lo profesional. Como si se tratara de una reivindicación de la identidad idealizada sobre el género que además, te coloca bajo cierta especulación inclemente — e irrespetuosa — sobre tus motivos y propósitos personales. Lo descubrí la primera vez que admití en voz alta que no me interesaba ser madre — ni en ese momento ni después — y me enfrenté a una multitud de miradas curiosas, inquietas e incluso, temerosas. Una de las amigas con las que almorzaba se apresuró a estirar la mano para apretar la mía con gran afecto.

- Ya se te pasará esa etapa — me aseguró.
- ¿Cual etapa?

El resto del grupo me dedicó miradas curiosas y unas cuantas preocupadas. Alguien dejó escapar una risita condescendiente tan irritante que me mordí los labios para no protestar en voz alta. Me sentí expuesta, levemente incómoda y como no, preocupada por la extraña reacción a mi alrededor.

- En unos años, vas a estar desesperada por quedar embarazada — prosiguió mi amiga bienintencionada con una amplía sonrisa amable. O que ella suponía era amable, en todo caso — midiendo tu temperatura basal y esas cosas tan engorrosas.

Un nuevo coro de risitas. Alguien más levantó las manos en un gesto impaciente.

- O quién sabe si con un bebé en los brazos. Cuando estas cosas se aceleran…
- La verdad, no lo creo — le corté y debo admitir que con malos modos — No tengo ninguna inclinación maternal. Nunca la he tenido y dudo que la tenga en un futuro.

Silencio. Una tensión palpable e incluso hostil se extendió en el pequeño rincón del restaurante donde nos encontrábamos. De pronto, ya no se trataba de una conversación casual, sino algo más parecido a una declaración de intenciones contradictoria y que chocaban en una especie de movimiento telúrico argumental. Erguí los hombros, apreté las manos húmedas de sudor nervioso sobre las rodillas Sentí que la ira — o algo parecido a la ira pero más amargo — me cerraba la garganta. ¿Cuántas veces había sostenido discusiones parecidas durante mi vida? ¿En cuantas ocasiones había tenido que lidiar con el malestar cultural que provocaba una decisión privada como la de tener hijos — en este caso, no tenerlos — entre quienes me rodeaban? Suspiré, en un intento de armarme de paciencia.

- Tener hijos es algo natural. Es por completo imposible que una mujer no aspire a tenerlos. ¡Te lo tienes que haber planteado alguna vez! — exclamó mi amiga L., esposa y feliz madre de dos — ¿Me vas a decir que no creciste imaginando a tus bebés? ¿Jugando con tus muñecas e imaginándote como tu mamá?

La verdad que no, pensé. La mayor parte de mi infancia había estado mucho más interesada en encaramarme en los árboles más altos de la casa de mi abuela, leer y hacer preguntas. De hecho, la mayoría de mis juguetes era una combinación de objetos de diversa índole y con apenas relación entre sí que usaba para armar paisajes imaginarios de puro delirio. Cajas, cámaras rotas, vestidos viejos, zapatos dispares: mi campo de juego era una nutrida colección de pequeñas locuras personales. No recordaba haber tenido jamás una especial predilección por las muñecas — a pesar de haber tenido muchas — y tampoco un rechazo visceral. Sólo se trataba de una manifiesta falta de interés que supongo que tenía mucho que ver por mi entusiasmo por toda la variedad de cosas e ideas con las que podía tropezar en el mundo exclusivamente adulto en que vivía. Nunca me sentí especial, diferente y mucho menos “rebelde” por esa historia infantil. Pero ahora, me preguntaba si había alguna relación a mi postura sobre la maternidad actual y esa visión variopinta de la realidad que había tenido durante la infancia. Era absurdo, me respondí inquieta. ¿O no?

- No se trata de eso — respondí al cabo de unos minutos — Jugar con muñecas o no hacerlo no me predispuso para el hecho que no tenga el menor interés en tener hijos. No es algo que se aprende. Mis prioridades son otras. No soy maternal. No me interesa serlo. Jamás lo ha sido.

Mi amiga bienintencionada enarcó una ceja y de pronto, noté que su expresión pasaba de una franca socarronería a verdadera preocupación. Se inclinó hacía mí, con gesto precavido.

- ¿Se trata de una decepción amorosa?
- ¡No! — estallé — no quiero ser mamá. No quiero embarazarme ni tener un bebé en los brazos. No quiero criarlo ni tampoco ser madre de nadie nunca. ¿Qué es tan complicado de entender de esa idea?

Tuve un rápido y fragmentado recuerdo de una escena semejante. Tenía unos veinte años y uno de mis profesores universitarios me recordó que quizás debería analizar mis opciones profesionales de acuerdo a “mis hijos venideros”. Cuando le dije que no los habría, también tuvo el mismo gesto precavido, angustiado y un poco torpe que después tendría mi amiga. La misma mirada a mitad de camino entre la lástima y la impaciencia. Y también él había desechado mis opciones y decisiones en un gesto lento y paternal que disparó mis alarmas mentales y mi mal humor.

- Esos son alardes de muchachita — me respondió — claro que tendrá hijos. Muchos. Como debe ser.

Ese “cómo debe ser” reverberó en algún lugar de mi mente mientras seguía lidiando con las risitas, gestos de desdén e incluso franco rechazo que recibí del grupo de mujeres que me rodeaba. ¿Qué se suponía que debía hacer para complacer esa imposición histórica a futuro con respecto a mi capacidad para concebir? ¿debía contradecir la idea general sobre quien soy y lo que deseo en favor de una mirada conservadora sobre la mujer que debía ser?

Seguí pensando en eso luego que el almuerzo terminó en un silencio tenso y irritado. Una de mis amigas me dedicó una última mirada apresurada y cansada. Dos veces esposa, madre de cuadro.

- Ojalá no te arrepientas.

La veo alejarse con paso rápido y casi arrogante, como si acabara de darme una invaluable lección existencial. Mientras camino en dirección opuesta, me pregunto por qué me habría de arrepentir sólo por tomar una decisión adulta sobre mi vida ¿O es algo más que eso?

Mi decisión de no ser madre me ha acompañado la mayor parte de mi vida. O mejor dicho, a formado parte de la manera en como me comprendo desde que lo recuerde. Jamás he tenido inclinación alguna por lo maternal ni mucho menos, nada parecido a una percepción sobre mi futuro como parte de esa complicada y profunda noción sobre el amor maternal que la cultura popular sostiene como imprescindible. Pero por supuesto respeto y admiro a todas las mujeres, que justo al contrario, no sólo deciden ser madres sino que dedican buena parte de sus energías y proyectos futuros a serlo. Las que son madres — por decisión y por un personalísimo proyecto futuro — que construye una percepción sobre si mismas basada en esa conexión enigmática y total de una madre y su hijo. Admiro a las que asumen su vida desde esa comprensión de la identidad — lo que serán, lo que esperan -, la que como mi amiga, se esfuerzan por lograr ese gran anhelo íntimo, cristalizado en una mirada hacia el futuro tan poderosa como conmovedora. Pero al igual que yo — que no deseo hijos ni los desearé jamás — , las futuras madres deben lidiar con la curiosidad ajena que asumen que el cuerpo de la mujer pertenece al imaginario colectivo. A las mujeres que se le cuestiona hasta el cansancio “¿Para cuando los niñitos? se te pasa el tren”, sin saber — mucho menos imaginar — los interminables esfuerzos, batallas y luchas que debe enfrentar para llevar a buen puerto un proyecto de vida que en ocasiones resulta más complicado de lo esperado. O las que ya son madres y deben llevar a cuestas las expectativa sobre como debe ser madre o lo que se espera de ella. Una y otra vez, las mujeres llevamos a cuestas la expectativas ilusorias y desordenadas de la sociedad sobre nuestros cuerpos, aspiraciones e incluso la incertidumbre del futuro. Una noción sobre cierta batalla contra nuestra privacidad que resulta siempre agobiante, dolorosa. En ocasiones, devastadora.

Recuerdo todo lo anterior unos días después, mientras tomo un café con J., una de mis amigas más queridas. Está embarazada de tres meses y disfruta de esa etapa donde todo en su cuerpo le parece sorprendente y hermoso, recién descubierto. Aunque todavía no tiene redondeces demasiado visibles, ya lleva con mucho orgullo ropas de maternidad y me cuenta sobre las mañanas complicadas y los antojos imprevisibles. Lo escucho todo con atención, aunque con el habitual sobresalto que siento con respecto al tema. Porque por más que hago un franco intento en sentirme emocionada y comprenderla a ese nivel biológico que se supone toda mujer comprende a otra, no lo logro. Me siento incomoda, un poco fuera de lugar, muy niña o muy inmadura, para comprender ese milagro del cual J. me habla con tanto entusiasmo. No me siento maternal, ni curiosa. En realidad, me siento un poco inquieta, incluso confusa. Y avergonzada claro, por el distanciamiento emocional que me provoca toda la historia.

- ¿Que pasa? — me pregunta J. de pronto.
- Nada — respondo. Me refugio en la taza de café que tengo al frente. J. me dedica una larga mirada apreciativa.
- ¿Es lo tuyo con los bebes no?
- ¿Que es lo mio?
- Ese temor tuyo por la maternidad, por el tema entero.
- No es temor, es… — no sé como explicarlo sin parecer grosera — no lo entiendo mucho.
- ¿Que tienes que entender? Eso se siente.
- ¿Y si no me hace sentir nada? — pregunto en voz baja. Y me siento genuinamente preocupada. Inquieta. J. suspira, mirándome. Hay algo distinto en ella, una placidez desconocida, la piel radiante, el cabello abundante y grueso. El proceso químico misterioso y antiquísimo del embarazo comienza a transformarla de mujer a madre. Me la imagino en tres o cuatro meses más, con el vientre redondo y tenso, el cuerpo creando vida en su interior. O un poco más allá, sosteniendo al bebé en brazos. ¿Por qué no siento esa necesidad de comprender lo que ocurre? ¿Por qué la maternidad no es otra cosa para mi que una idea biológica? ¿Que es ser madre? ¿Tener la capacidad de parir te hace inmediatamente madre? La respuesta debe ser no, pienso atropelladamente. Debe serlo por necesidad: ¿Que ocurre con las madres adoptivas? ¿Las que tienen la necesidad pero no la capacidad biológica de engendrar? ¿O las que como yo, la tienen — al menos eso creo — pero no desean concebir un bebé? ¿Que pasa con todas las mujeres que nos debatimos en la posibilidad de en un futuro poder tener un hijo pero que aún no lo deseamos? ¿Y si nunca llegamos a desearlo verdaderamente?

J. suelta una carcajada cuando me escucha hablar en semejantes términos. “También hay cosas terribles” me dice con un suspiro. El miedo que “algo” pueda salir mal — ese algo que abarca desde alguna situación biológica inesperada hasta una complicación súbita, en un país sin medicinas, sin atención médica, incluso sin profesionales especializados como el nuestro — , la sensación que su cuerpo dejó de pertenecerle. Que el pretendido milagro de la maternidad tiene más parecido con un fenómeno misterioso y casi despiadado con el que debe convivir a diario. Los vómitos, sudores y temblores. Las manos torpes, las piernas hinchadas. “Nadie te preparada para esto” me dice con un suspiro “Nadie sabe lo que es realmente un embarazo” me dice con un suspiro, inquieta “Lo idealizan, lo llenan de expectativas sin sentido y sin verdadero asidero. Pero nadie lo entiende”.

— ¿Estás asustada? — le pregunto, aunque sé que no debería. Ella suelta una carcajada, los ojos brillantes de lágrimas.
 — A toda hora. Y enfurecida. E invadida. Por los que te hacen preguntas sobre tu cuerpo como si no te perteneciera. Como si embarazarte te despojara del derecho a la privacidad, a tener un espacio propio. Te tocan la barriga. Te preguntan por tus senos. Te hablan de tu vagina como si fuera un bien común.

Se sonroja, ahora está enfurecida y lamento que lo esté. Pero ella parece aliviada por el enojo, por la sensación de catarsis que le provoca el disgusto. Se quita el cabello del rostro, se mira el vientre redondeado, suspira. La boca apretada, el rostro tenso.

— Nadie entiende lo que significa para una mujer ser madre. O no serlo. O decidir cualquier cosa. Llevas el mundo encima. Tan fuerte, tan insoportable. Tan angustioso.

Sobre todo en Venezuela, pienso. En Venezuela en donde la crisis convirtió cualquier hecho de la vida común en un extraño tránsito de incomodidades, dolores y peligros. Donde las mujeres embarazadas deben lidiar con la falta de medicamentos, medicinas. Con incluso la ausencia de obstetras, de cosas tan simples como pañales y otros artículos de primera necesidad. Embarazarse en Venezuela además es un doble riesgo, una especie de lucha silenciosa contra una idea inevitable sobre pequeños desastres a punto de ocurrir. Mi amiga se encoge de hombros, aterrorizada, desconcertada, cansada, enfurecida de nuevo.

— Ser madre en latinoamérica es llevar años de tradición a cuestas. Dolorosa, insoportable. A veces abrumadora. No lo sé. Es como estar bajo el ojo ajeno siempre. O luchar contra cosas que no sabías siquiera debías de luchar. No es sencillo. No lo sabía. No me arrepiento.

El tiempo transcurre. Mi reloj biológico debió comenzar a funcionar unos cuantos años atrás. O así debió ser, según la imagen popular de la treintañera que comienza a pensar en sus opciones. Pero lo cierto es que continúo pensando exactamente igual que en los comienzos de la veintena: Los bebés — la posibilidad de tener uno — para mi, no son una opción deseable. La maternidad — la idea entera — me resulta desconcertante. Lejana. Poco comprensible.

Le explico todo aquello a J. Me da un poco de verguenza hacerlo: a ella, tan madraza. Con los ojos brillantes de ilusión por el bebé que espera a pesar de los temores y dolores, ese futuro cercano y cierto que la convertirá no solo en madre sino con toda probabilidad, en una mujer más fuerte y más serena. Porque esa es la imagen que nos vende la cultura ¿Verdad? ¿Es así? A veces, me digo, apretando nerviosamente los dedos. Pienso en las mujeres que he visto llorar de frustración, atrapadas en la en la maternidad. O esas jovencitas casi niñas que caminan por la calle llevando en brazos un bebé con incomodidad resignada. ¿Que ocurre con ellas? ¿estan fuera del espectro? ¿Forman otra parte de esa visión de la maternidad popular? ¿Como sería yo como madre? ¿Querría serlo?

J. me escucha en silencio. Cuando me quedo callada porque no tengo nada más que decir, sigue en silencio. Me encojo de hombros, cansada.

- Sé que piensas que lo mío es una crisis de inmadurez tardía — digo.
- No lo creo — responde.
- A veces yo misma creo que lo es — admito. J. sonríe, casi amable. Será una gran madre. Sabe disimular el disgusto bien.
- No lo es y lo sabes. Simplemente, ahora mismo no quieres tener un bebé y eso no es discutible. Tampoco es para preocuparse. No está entre tus opciones y ¿como podría estarlo? Vives a tu manera y haces lo que quieres. Un bebé te hace replantearte por completo tus prioridades. Mejor aún: tus prioridades pasan por idea de maternidad. Lo que si me preocupa es otra cosa.
- ¿Que?
- ¿Y si decides tener un bebé después?.

Hay un silencio entre nosotras. Incómodo y duro. Siento el impulso de soltar mi respuesta acostumbrada: “No lo deseo”, expresar a viva voz ese rechazo visceral que me produce la maternidad. Pero por una vez, me obligo a permanecer callada. Pienso la idea, la sopeso. ¿Que ocurre si mis debates mentales se enfrentan directamente a mi reloj biológico? ¿Que ocurre si todo este lento proceso de maduración de las ideas, de crecer en mi propia circunstancia va en disparejo con ese otro proceso, el natural, el misterioso? ¿Qué pasaría si en alguna oportunidad encuentro logro encontrar un equilibrio entre mis ideas y la voluntad biológica de mi cuerpo…y entonces descubro que ya no puedo concebir? Una idea plausible y dolorosa. Me sobresalta el pensamiento. Me pregunto como podría afrontar la realidad de asumir la maternidad cuando ya no pueda ejercerla. Una ironía casi cruel, pero totalmente posible.

- No sé lo que haría — respondo. Con franqueza, me irrita hacerlo. Se me suben los colores al rostro, quisiera decirle que mi decisión con respecto a la maternidad es firme, no admite matices. No me gusta la idea, la perspectiva de futuro que se pinta con biberones y pañales. Pero no lo hago, porque no me atrevo a cometer de nuevo el error de suponerme infalible, absoluta. Si algo me ha enseñado estos primeros años de la treintena, es lo mucho que he aprendido equivocándome, corrigiendo mi vida a tachones y sobre la marcha. Tropezándome para volverme a levantar. De manera que termino mi taza de café, con J. mirándome atentamente.

- No ser madre también es una opción — dice — y es bueno tenerla. Me gusta pensar que estoy embarazada porque quise, no porque no tengo otro remedio. Tu también podrías pensar de la misma manera: No lo estás no porque no puedes, sino porque no lo deseas. Ahora, intenta que ambas cosas coincidan. Sería doloroso querer y no poder.

Sacudo la cabeza, incómoda. Cuando nos despedimos, J. me da un fuerte abrazo. Tiene la piel caliente y la siento plena, feliz. Es su decisión, es su opción biológica. ¿Cual es la mía?

La respuesta parece encontrarse en medio de la interminable discusión en mi mente y esa otra realidad, la cronológica, la que avanza en silencio a mi lado, que me recuerda de vez en cuando su existencia. ¿Habrá alguna finalmente? No lo sé.

C’est la vie.

lunes, 14 de mayo de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todos los motivos por los que deberías ver la nueva adaptación “Fahrenheit 451” de HBO de Ramin Bahrani.




En ocasiones, la Ciencia Ficción suele mirar el futuro con cierta desconfianza, como si las promesas de la tecnología y la filosofía en inevitable evolución, no fueran del todo ciertas. O peor aún, se trataran de pequeños fragmentos de una idea mucho más amplia y enrevesada que carece de sentido real, cuando se analiza como todo en conjunto. Es probable que por eso, la nueva versión de “Fahrenheit 451” de HBO dirigida y escrita por Ramin Bahrani, comienza dejando claro que la historia es un acuerdo engañoso, una percepción dual y poco concreta entre el ciudadano que asume lo que la sociedad narra y los secretos que guarda. Un pensamiento sin duda inquietante, que el guión analiza con rapidez desde una primera vista de un mundo sometido a una mentira resplandeciente y rígida. Poco a poco, el argumento introduce al espectador en la engañosa ciénaga de una versión oficial violenta y restrictiva. Un tipo de prejuicio convertido en ley y comprensión de la realidad. Lo falso como excusa para el progreso, lo que deseamos creer y lo que resulta aún más preocupante, lo que necesitamos comprender como el mundo que nos rodea.

Ramin Bahrani crea nexos inmediatos con un mundo donde lo ficticio tiene mucho más valor que la verdad (y es mucho más importante y definitivamente influyente) y el nuestro. Y lo hace a través de esa ligera noción sobre la pérdida de la objetividad y la percepción de lo verosímil que la película sostiene como principal línea de su argumento. Para bien o para mal, la distopía que se anuncia desde las primeras escenas tiene algo de predicción, de anuncio. Y es lo que el guión muestra como un reflejo pertinente de la trama como conjunto: ¿Que es cierto y que no lo es? ¿Cuantos estamos dispuestos a sacrificar para comprender el tiempo que se construye como una versión del bien y el mal ético sepultado bajo capas de mentiras oficiales más o menos creíbles? El “Farenheit 451” para una generación cínica analiza sin cortapisas los alcances de la post verdad — esa noción sobre la comunicación convertida en un arma de manipulación — y lo hace con una sutileza que asombra.

Basada en la novela distópica de Ray Bradbury escrita 1953, la película conserva el aire doloroso y violento sobre la búsqueda de lo creíble a través de la literatura y el arte, prohibidos como medios de libertad en medio de un futuro aplastado por una noción aciaga del control y el peso del poder como una idea mucho más compleja que las relaciones de dominio. “Es mucho más fácil ser feliz que ser libre” anuncia la nueva adaptación y lo hace desde un pesimismo aciago que pende sobre la obra de una sociedad que entregó sin demasiada resistencia su percepción sobre sí misma a cabo de una felicidad artificial. Con la misma potencia de la novela y quizás un interés más que inquietante sobre los principios y límites de la libertad personal, la película se hace preguntas inquietantes sobre el hedonismo, el fervor por la personalidad y el egoísmo moderno, ideas que parecen entrecruzarse entre sí para sostener una sociedad en que el placer sustituye el cuestionamiento. ¿Es suficiente el hedonismo como una forma de expresión de fe, aciaga y marchita, en medio de una sociedad hipertecnificada que se asegura de aplastar cualquier rastro de identidad? El film pondera de manera inteligente, cruel y sofisticada sobre la pérdida de la individualidad en favor de un tipo de satisfacción hueca cercana a un narcisismo utópico. ¿Quienes somos cuando la percepción de quienes somos está supeditada al poder como centro de toda versión de la verdad, la credibilidad y lo verosímil? ¿A qué aspiramos cuando todo cuestionamiento y resistencia debe enfrentarse a un placer incompleto y artificial basada en una celebración sensorial carente de valor? De la misma manera que el libro, la película se enfrenta a la percepción de la libertad personal y lo hace a través de la literatura y las artes, desde el centro mismo de la idea que la libertad reside en lo creativo. Con una puesta de escena impecable y una concepción asombrosamente efectiva sobre lo creacionista y lo expresivo como una forma de independencia inalcanzable, la noción sobre la verdad y lo que se oculta, se transforma en una lucha de enormes consecuencias morales en medio de una sociedad rota por su propia superficialidad.

Claro está, la sombra de François Truffaut sigue siendo muy evidente y los elementos más reconocibles de su adaptación del 66, siguen formando parte de un imaginario central que también sostiene la versión de Ramin Bahrani. Esa sociedad secreta de hombres — libro, que crean una memoria clandestina bajo la historia oficial impuesta desde la ignorancia, continúa siendo uno de los elementos más extraordinarios y sobre todo, esenciales dentro de la narración de una historia basada en la libertad a través de la independencia intelectual que se asume como inalcanzable y casi utópica. Con su juego de espejos en medio de una distopía analfabeta basada en el placer en que los libros son ilegales, Bradbury envió una crítica directa a cierta versión de la cultura del consumo y de la percepción de la identidad basada en la necesidad de la autocomplacencia. Creando inevitables paralelismos con la sociedad contemporánea y sobre todo, elaborando una intrigante hipótesis sobre la posibilidad del miedo. Una ruptura de lo que define a lo intelectual como parte de una idea más profunda y extraordinaria.

Tanto en el libro como en sus sucesivas adaptaciones, resulta inquietante que los Bomberos — institución que en la mayoría de los países del mundo es considerada símbolo de respetabilidad e integridad moral — sean los encargados de aplicar la durísima ley que condena a la literatura como delito moral inclasificable. Convertidos en soldados de asalto, son los bomberos quienes destruyen y atacan a cualquiera que posea un libro o cualquier muestra de arte y lo hacen con la serena eficiencia de un deber asumido sin cuestionamiento alguno. Por supuesto, las escenas de quema y destrucción, son apenas metáforas de lo que esconden realmente el comportamiento subordinado de población: Durante años, toda la ciudadanía consumió drogas prescritas y todo tipo de tecnología que sustituyen el pensamiento crítico por algo más simple y manejable. De hecho, la puesta en escena que Ramin Bahrani imaginó para el argumento es fastuosa y rutilante, un gran escenario vacío que parece contener a duras penas una indiferencia sin sentido, cada vez más elemental y cercana a cierta ingenuidad infantil de connotaciones peligrosas. Tanto en el libro como en las películas, la noción sobre el heroísmo se manifiesta en el desacatado de la norma — esa quema de libro inmisericorde y despiadada — y sobre todo, en esa percepción de la sociedad sofocada por propaganda estatal y la destrucción de la identidad como un todo colectivo destinado a la derrota.

Ramin Bahrani, un cineasta que parece obsesionado con ciertas ideas sobre la dominación y el tiempo creativo — sus créditos incluyen Man Push Cart (2005), Chop Shop (2007) y At Any Price (2103) — , crea un Estado paranoide, autoritario, tendencias anti intelectuales obsesionado con el control y que sostiene la versión del mundo que crea y difunde, como una expresión de individualidad rota, construida a base depresión y violencia. A diferencia de la adaptación de Truffaut, la televisión se convierte en una presencia escalofriante e invasora, un gran ojo observador que se extiende en todas las regiones privadas para arrebatar la intimidad y convertirla en bien común. Bahrani crea una película tenebrosa, sombría, llena de símbolos por momentos complicados de codificar, más relacionada con la Ciencia Ficción elegante, sofisticada y distante de Gattaca (Andrew Niccol — 1997) y Ex Machina (Alex Garland — 2015) que el caos en escalada que suele relacionarse con el enfrentamiento por el control moral e intelectual, que sugiere la obra de Bradbury. Como otros tantos productos de la Ciencia Ficción de la Era Trump, la versión de HBO también anuda los elementos de un futuro basado en la popularidad y la cultura pop para analizar las ramificaciones del poder como un mal mayor basado en la confusión del tiempo como estructura del colectivo y la perspectiva de la administración de la ley como prebenda de oscuros intereses. Entre una cosa y otra, “Fahrenheit 451” es también una proclama evidente sobre los derechos difusos, la versión de la ruptura de la sociedad bajo el peso de un punto de vista inquietante y sobre todo, una batalla por las ideas que subsisten a pesar del totalitarismo de la tontería, bajo el cual se esconde algo más siniestro.

Tal vez se deba, a que Bahrani comenzó a trabajar sobre la novela y su adaptación durante el 2016, en plena batalla electoral EEUU y pudo asimilar los grandes rasgos de una lucha descarnada contra la verdad y la noción sobre lo verídico. Con Michael B. Jordan como el héroe Montag y Michael Shannon como el Capitán Beatty, la película toma tintes de debate silencioso sobre una expresión inquietante sobre una facción de la sociedad estadounidense, reconvertida en espectadores y víctimas de la realidad confusa y reconvertida en algo más absurdo. Bahrani dota al film de un aire atemporal, duro y frío, a diferencia de la versión de François Truffaut del ’66, que elaboraba un sensibilidad muy refinada y autoral que se echa de menos en la obra de HBO, mucho más fastuosa pero con menos personalidad. No obstante Bahrani logra crear un mensaje duro y crudo sobre las implicaciones de la información, del tiempo y la percepción del individuo que trasciende al brillo de sus escenarios hiper tecnificados y de enorme belleza técnica. Parte de la puesta en escena de Bahrani mezcla la brutalidad con una limpieza visual que resulta escalofriante en su eficiencia: Los soldados derriban puertas, golpean a ciudadanos en la calle y destrozan objetos “peligrosos” resguardados como tesoros por quienes aún se atreven a conservarlos. Pero lo temible es el evidente placer que les produce a este grupo de élite el hecho de dominar, abusar y humillar, como si la ignorancia fuera una forma de poder reconvertido en un arma de intereses inexplicables por su abstracción remota. Es entonces cuando la película alcanza su mayor belleza y dureza. La rebelión diminuta, apenas evidente, comienza a abrirse espacio en medio del violento autoritarismo y en medio de los titulares de periódicos producidos por algoritmos, hay una versión de la realidad que se muestra como inminente. Quizás un anuncio, una predicción, una versión de la realidad tan cercana a la nuestra que resulta escalofriante. Quizás el mayor triunfo de la película.

jueves, 10 de mayo de 2018

La culpa, el miedo y el castigo bíblico: Unas cuantas reflexiones sobre el miedo, la responsabilidad y otras ideas existencialistas.


“El despertar de la tristeza” de William-Adolphe Bouguereau


Uno de mis amigos suele decir que el pecado original que el catolicismo entero lleva a cuestas, no es la desobediencia de Eva, sino la culpa que engendró el conocimiento que obtuvo. Una idea que resulta un poco inquietante, si tratas de encajarla en algún lugar y bajo algún sentido, en un mundo en el que siempre parece existir un chivo expiatorio. Hace años, esa idea me atormentó un buen rato, sobre todo cuando la crisis del país comenzó a hacerse cada vez más dolorosa e imparable, por lo que buena parte de los Venezolanos comenzamos a intentar encontrar un “culpable” a quién señalar por todo lo que ocurría. Al principio, el país entero volvió los ojos hacia los años previos a la llegada del chavismo la poder, a los presidentes que habían cometido errores imperdonables que allanaron el camino al radicalismo. Después a la inactividad, indiferencia e incluso, confusión del ciudadano como colectivo y por último, al simple hecho que nadie parecía preparado para enfrentarse al miedo en medio de una situación política caótica. Cualquiera sea el caso, buscar un “culpable” de la situación del país, se convirtió en una obsesión nacional, en un forma de catarsis misteriosa y persistente sin el más mínimo objetivo. Tal vez porque un “culpable” nos redime de responsabilidad, nos permite mirar a otra parte, nos alivia de la perenne sensación de luchar contra el desasosiego, el temor y la desdicha de situaciones insalvables.

Por supuesto, no lo encontramos jamás. Mejor dicho, la culpa se fragmentó en miles de ideas contradictorias que me demostraron que la “culpa” es una idea abstracta que carece de valor. O parece carecer en todo caso. En Venezuela, la culpa se transformó en una especie de temor iniciático, que llevamos a cuestas con cierta sensación de urgencia, con el miedo convertido en algo más denso, insoportable y doloroso. La culpa del horror de la violencia, el hambre y la escasez la tiene los pudientes, los muy pobres, los muy poderosos, los sumisos, los que luchan en desorden. Al final del día, la culpa es una colección de dolores que se integran a un concepto más amplio y angustioso. Como todas las culpas, pienso con cierta angustia privada. Como todas las veces en que intenté convencerme que no se trataba de mi “culpa”, la lenta erosión de derechos ciudadanos que sufría mi país. O mucho menos, el hecho del lento desplome de la historia presente y personal que conocía como vida cotidiana. La noción de “la culpa” fue de las situaciones más duras que tuve que soportar — y lidiar — luego de casi veinte años de régimen chavista. Y claro está, una experiencia semejante te deja varios aprendizajes. Dispersos, sin demasiado sentido en ocasiones, pero lo suficientemente firmes para consolar los momentos más duros de un trayecto emocional que tiene mucho de batalla moral personalísima.

¿Por qué uso el ejemplo de mi país para hablar de la culpa? Porque en colectivo, los Venezolanos “nos culpamos” de lo que hemos vivido durante una de las crisis más atípicas y violentas de nuestra historia. Pero también, porque esa “culpa país” (esa responsabilidad del ser y estar, de sostener y construir una idea sobre el gentilicio) me hizo comprender mejor la culpa que cualquier otra circunstancia. Después de todo, sentir que eres “culpable” de lo que ocurre al lugar donde vives, de un conglomerado colosal y de una situación imprevisible, te deja heridas dolorosas e invisibles, con las que difícilmente puedes lidiar con facilidad.

— La culpa es una idea judía — me explica mi amigo J., sociólogo y especialmente interesado en la idea de como transitamos la responsabilidad individual y colectiva — o mejor dicho, es una idea bíblica. La mítica “Eva” tuvo la culpa de todos los dolores del mundo por su curiosidad y Adán por su pasividad. Por tanto, la culpa se hereda a un mundo que está expuesto a las mismas condiciones por las cuales ambos fueron condenados. Todos podemos ser víctimas de nuestra curiosidad, malicia e inactividad. Por tanto, para las Antiguas Escrituras, la culpabilidad es un tema inherente a la naturaleza humana.
 — El pecado original.
 — Ni tanto así — mi amigo sonríe de buen humor — la tentación original. La Biblia fue un libro escrito como un compilado de leyendas orales de tribus a quienes de manera inherente, les unía la creencia en el bien y el mal. También, era una forma de asumir la idea que debía existir un orden. Si lo notas, la Bíblia es una manera de analizar el comportamiento urbano y rural, de reglar y de restringuir el comportamiento, además de sostener la historia. Por eso se le consideraban “Divinas”, era un orden sobre el orden humano. Una forma de sujetar el comportamiento violento de la naturaleza del hombre hacia algo más fructífero y sin duda “sagrado”.

Una vez leí que la Talmud era una recopilación de reglas básicas de supervivencia entre tribus y que la culpa (el Temor a Dios) había sido utilizada como una percepción elemental sobre un castigo extraordinario en caso de romper alguna de las duras exigencias de los libros tribales. La idea tiene su sentido: buena parte de las tribus judaicas carecían de orden e incluso, estructura social hasta que finalmente, se volvieron sedentarias y comenzaron a construir una vida en común basada en la convivencia forzosa. De allí quizás, el mito de Caín y Abel; uno agricultor y el otro pastor, parecían representan las dos vertientes de una sociedad primitiva que intentaba sostenerse sobre una mirada mucho más organizada acerca de si misma. Una idea interesante, si la analizamos desde el punto de vista, que ya desde entonces, la culpa era un tema de particular importancia dentro de la percepción del orden y la religión. Cada percepción sobre el ordenamiento territorial, privado e incluso doméstico dictado por el primitivo Talmud, utilizaba la culpa como una manera de elaborar percepciones sobre el colectivo. Si alguien fallaba en sus deber (en sus ofrendas, rezos, en la forma de adoración al Dios único) lo más probable es que su comportamiento tuviera una recuperación colectiva. La culpa como estigma, tal y como la llevaba Caín luego de matar a Abel, en medio de una disputa de pura furia reconvertida en envidia territorial e incluso, emocional. El primer asesinato pasional de la historia. Con su considerable añadido de culpa, claro.

— Todos los libros Sagrados son reflejos de la cultura que los escribió pero más allá de eso, son formas de elucubrar sobre la culpa como fenómeno colectivo. El catolicismo incluso lo incluye en sus ritos — dice J. y se lleva la mano al pecho — “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” ¿No es eso lo que dice el ritual litúrgico de la Iglesia? Para la religión la culpa es esencial y más allá de eso, es imprescindible para la obediencia.

El pensamiento me provoca escalofríos. Como pagana, la idea cristiana y católica acerca de la culpa me produce angustia y desconcierto. Es una contradicción ideológica con las creencias que me educaron. La responsabilidad moral que tomo por mi comportamiento y mis acciones es totalmente personal, íntima y sin posibilidades de conceptualizar un imaginario “chivo expiatorio” sobre quien descargar las consecuencias. Considero un facilismo teológico incongruente, la filosofía judeo Cristiana que sostiene que energía independiente a la racionalidad social, es quién sostiene la posibilidad del “mal”. El sufrimiento, el miedo, la violencia, no son obra de la omisión o la acción de una creación sofista, sino de una estructura ajena a cualquier dominio o comprensión humana. Una idea perturbadora, sin lugar a dudas y sobre todo, carente de coherencia y valor. En otras palabras, la “culpa” es el reflejo de esa maldad insistente y perturbadora, que existe en algún estrato de la realidad. El Mal existe como ente y como tal, se analiza dentro de una percepción mucho más amplia y preocupante. Porque “la culpa” traduce esa noción sobre lo “maligno” que podemos provocar o al menos, que ocurre de manera persistente como una forma de expresión del yo colectivo.

En una ocasión, me pregunté si la preciosa obra “El despertar de la tristeza” de William-Adolphe Bouguereau tenía mucho más relación con la culpa que con la idea del dolor. En la obra (que retrata con enorme y trágica belleza la escena en que Eva y Adán descubren el cadáver de su hijo Abel) ambos padres lloran con el cuerpo del muchacho fallecido tendido sobre sus rodillas. Hay una rara belleza en los gestos de dolor, en la angustia abrumadora que se trasluce de la pintura, pero también un detalle que me ha hecho preguntarme más de una vez si la pintura tiene una relación más directa con el sufrimiento de la culpa que con el emocional. Adan levanta la mano derecha y la apoya en el corazón, un gesto habitual en los motivos Pastorales del siglo XVII para expresar la culpa moral. ¿Por mi culpa, se pregunta este Adán barbudo y tan joven? ¿Por mi culpa acaece esta pequeña muerte? ¿Este horror insoportable? ¿Esta angustia fuera de todo sentido?

Es una idea dolorosa, aunque por supuesto, sé que la metáfora judeocristiana sobre la creación tiene más relación con las relaciones entre nómadas y recolectores, además de un enfrentamiento tribal constante. Tal vez por ese motivo, constamente, releo “El dios sádico” de François Varone, debido a que los argumentos que se exponen en sus páginas son congruentes con la liberalidad de mis ideas más íntimas. O al menos parecen serlo, pienso en mis momentos más festivos. La última vez que lo releí, Venezuela se encontraba traducida por una ola de protestas tan violenta que temí que que desembocara en una confrontación imprevisible. Pero por supuesto, no sucedió y sólo quedó la culpa, la sensación de haber podido hacer un poco más, de quizás haber luchado contra la idea de la indiferencia que parece sustentar al poder. Esa culpa colectiva tan parecida a la religiosa. Con todo, creo firmemente en la recreación de un mesianismo humano,basado en liberación del deseo. Varone elabora una especie de evangelio del Reino de las ideas, sin dudas. A grandes rasgos, esta es la tesis que propone:

1. El sufrimiento humano no es consecuencia del pecado original.
2. El sufrimiento humano no tiene para Dios ningún valor compensatorio ni reparador: no constituye placer ni exigencia jurídica de Dios.
3. El sufrimiento humano no le alcanza al hombre como si fuera efecto de una disposición divina o algo permitido concretamente por Dios a modo de prueba, advertencia o de castigo para tal o cual persona o grupo.
4. El sufrimiento humano es la consecuencia normal de la fragilidad física y moral de la humanidad y del mundo. El sentido de tal o cual sufrimiento es, pues, puramente inmanente al acontecimiento y a sus causas concretas, en principio reconocibles.
5. A esta primera causa que es la fragilidad se añaden, por desgracia, la maldad, la violencia y la injusticia del hombre.
6. La condición humana de fragilidad y de vulnerabilidad representa una provocación y un escándalo para el deseo ilimitado del hombre y provoca en él reacciones, activas o pasivas, que sólo consiguen agravar aún más el sufrimiento y la falta de sentido.
7. Aún sin ser querido ni enviado ni organizado por Dios en tal o cual acontecimiento para tal o cual persona, el sufrimiento en general forma parte del mundo material “en devenir”.
8. Esta condición de fragildad y de vulnerabilidad son instrumentos del “devenir” histórico y personal de la humanidad.
9. El sufrimiento en sí mismo no es portador de valor. Su verdadera eficacia es que provoca el deseo y la libertad y es ocasión de fe y de perseverancia.

Pensar en algo semejante siempre resulta doloroso. Después de todo Galileo ya nos despojó del heliocentrismo y Darwin del orden primigenio, por lo que la culpa cósmica es quizás el último hilo que nos une a una idea enorme sobre lo sagrado. Hay algo de infantil arrogancia, pienso mientras imagino a las multitudes en el medioevo, convencidas que sus pecados — acciones u omisiones — creaban algo más elaborado que la mera idea sobre lo que consideramos transgresor. En otras palabras: la culpa del hambre, el dolor, las grandes y pequeñas desgracias cotidianas, provenía por supuesto de faltas a la moral cósmica, como faltar al ayuno, fornicar con tu mujer en fechas fuera del calendario eclesiástico o no acudir al servicio religioso. Tiene algo de belleza, pienso con tristeza, esa megalomanía casi ingenua. Somos “culpables” del devenir de las cosas, de ese gran mecanismo del dolor y la belleza que es el mundo que nos rodea. Un nudo gordiano, donde el hombro lobo de Hobbes tiene la forma del rostro que vemos al espejo. La recreación moral de la culpa es por tanto, nuestra manera más primita de expresar el temor al vacío, el temor cenital en el infinito rayano en la locura que se alza entre las ideas más veniales.

— Ah, por supuesto, nos encanta creer que somos tan importantes como influir en el orden del Universo — dice mi amigo J. con sonrisa traviesa — es mucho más interesante eso que pensar que hagamos lo que hagamos, el Universo es un accidente fortuito y todos vivimos en medio de consecuencias de hechos que ni siquiera llegamos a adivinar. Pero ya sabemos, la especie humana es arrogante, inocente y creativa.

“Primates con alto nivel de discernimiento” diría el recientemente fallecido Hawking, pienso recordando la conversación. Claro, despojarnos de la culpa no es consuelo; pero por lo menos esto me ayuda a repensar, si no la verdadera razón del sufrimiento, todos los sermones con los que me llenaron la cabeza en el colegio de monjas bigotonas en el que me eduqué, diciéndome que todo el dolor era consecuencia de mis malas acciones, que hemos venido a este valle de lágrimas a sufrir y cargar nuestra cruz; y sobre todo que tengo el derecho de cuestionar y de cuestionarme. Mis preguntas no tienen respuesta, no se si acaso algún día la tendrán, sin embargo hay aún dentro de mí un ser que quiere creer a pesar de todo. Una idea que se multiplica en todas direcciones como una refracción interminable. Como si la culpa fuera una idea inherente al género humano o sólo, a nuestra propia arrogancia venial.

C’ est la vie.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: Del ser mujer y no morir en el intento en un mundo que olvida con facilidad.





Uno de mis amigos suele decir que me tomó las cosas con “excesiva intensidad”. Lo dice, mientras lloro debido a la noticia de la violación de una niña pequeña en la India, quién además fue torturada y quemada viva. Me quedo un poco desconcertada por el comentario pero sobre todo, la sensación que para él, mi preocupación por la horrible circunstancia que padeció la víctima antes de morir es excesiva o cuando menos, incomprensible.

— Era una niña de catorce años — le digo por último. Intento contener el enojo pero esas cosas jamás se me dan demasiado bien — que fue violada y quemada viva. Sólo porque era una niña, porque su agresor podía hacerlo y porque su país todavía normaliza semejantes atrocidades.

Silencio. Mi amigo suspira, como si lamentara haber provocado semejante discusión en lo que parecía ser sólo una conversación casual. En un intento de tranquilizarme, dejo la tableta a un lado, con el rostro de la niña flotando sobre la pantalla. En un acto de discreto respeto, le cubren los ojos con una cuadrícula digital, pero el resto de sus pequeñas facciones morenas son muy visibles. El cabello largo, un sari color verde que le cubre los hombros delgadisimos. Una niña de catorce años, que pudo vivir cualquier cosa, aspirar al mundo entero. Una niña que seguramente soñaba con las mismas cosas que cualquiera de su edad, que reía a carcajadas espontáneas, que se enfurruñaba con papá y mamá por sus exigencias y discusiones sin importancia. Ahora, es una víctima. Un símbolo de un tipo de violencia tan cruel y temible que me provoca un escalofrío de pura angustia.

— Pero es en la India — insiste mi amigo. Enarca la ceja, toma la taza de café en la mesa que compartimos y toma un sorbo con cuidado — ¿Que coño te importa lo que le pase a nadie en la India? Preocupate por Venezuela, que bien jodidos estamos.

Me contengo para responder la respuesta que de inmediato formulo en mi mente: el egocentrismo simple y banal con que en la actualidad, analizamos la violencia ya sea de género o de cualquier otro tipo, la mirada de temible indiferencia con que desdeñamos el horror, como si se tratara de una mera idea abstracta. Quizás lo es, me digo con el corazón latiendo tan rápido que me lleva esfuerzos respirar. Tal vez, para la mayoría de la gente la violencia son la sucesión de noticias desgarradoras que atraviesan los medios de comunicación y las redes sociales, en una interminable escenario tenebroso que muestra en eterna sucesión los peores dolores y sufrimientos de nuestra cultura. ¿Será ese el efecto de la inmediatez? me pregunto aturdida, desconsolada. ¿Será esa la noción más dura y angustiosa sobre ese cinismo contemporáneo que se construye a diario? No lo sé. Sin duda peco de ingenua al dudarlo. O incluso, sólo analizarlo desde un idealismo frágil y quebradizo.

— El machismo y la violencia están en todas partes — respondo por fin — me preocupa esta niña asesinada en la India y la que violan en Maracaibo. Me preocupa de la misma manera y por las mismas razones. ¿No se trata de eso, la globalización? ¿La aldea Global?

Mi amigo chasquea la lengua, sacude la cabeza. Nos conocemos hace más de doce años y hemos sostenido conversaciones parecidas más de una vez. Para él, todo lo relacionado con el machismo es un mal inevitable, endémico y asimilado por nuestra cultura, imposible de analizar de otro modo. En más de una ocasión me ha insistido que el feminismo es como batallar como contra un Molino monstruoso que además, se multiplica por cada piedra que cae. “Nuestro continente es machista, el mundo es machista. Educa a las mujeres para que no acepten semejante trato. Pero no podrás destruir un sistema que se sustenta de todo lo que consume y lo alimenta a diario” me dijo en una de nuestras discusiones más duras, hace un par de años.

— ¿Qué debo hacer entonces? ¿Renunciar a la esperanza?
 — Entender el mundo en que vives — me respondió. Y no lo hizo con malicia y mucho menos, con dureza. Lo hizo con una cierta resignación que dolió. Sacudí la cabeza.
 — No puedo imaginar que el mundo debe ser así — insistí. Se encogió de hombros.
 — Pero lo es.

Recuerdo esa discusión mientras intento terminar la taza de café que sostengo entre las manos. De vez en cuando, echo una mirada a la tablet y miro el rostro de la niña muerta. Enciendo la pantalla solo para eso. Una niña pequeña, una niña que murió aterrorizada, que no debió padecer semejante suplicio, que no debió…los ojos se me llenan de lágrimas otra vez.

— Te tomas todo a la tremenda — dice de nuevo mi amigo, mirándome con amabilidad — no hace falta sufrir por un mundo borroso, sin mucho sentido.

Silencio otra vez. La niña de la pantalla está sonriendo: dientes pequeños, muy blancos. La trenza gruesa sobre el hombro. Y pienso que por ella — por todas las que son como ella y han sufrido el mismo suplicio que ella — vale la pena la insistencia, la persistencia, la batalla diaria, la preocupación, la negativa a la indiferencia. Lo vale. Lo merece. Resulta inevitable.

***

Hace unos cuantos años, una amiga me contó con detalles su dolorosa ruptura con su novio por más de tres años luego que descubriera le era infiel con una mujer con la que trabajaba. Me habló sobre los días de dolor devastador, los silencios en la casa vacía y sobre todo, la sensación ambivalente y demoledora que había perdido una parte de sí misma. La escuché con toda la empatía de la que fui capaz y como toda buena amiga, me dediqué a despotricar contra el novio ausente con toda la buena fe que pude reunir. Ella me escuchó, sonrió y se secó las lágrimas.

- Espero que la mujer esa con la que me fue infiel sufra el peor castigo del infierno — me dijo. Parpadee.
- Él se lo merece mucho más.
- Él es sólo un hombre.

No supe que responder a eso. No sólo por el hecho que la frase parecía englobar un directo menosprecio al que fue su pareja por casi un lustro sino además, justificar su conducta a un nivel que me resultaba incomprensible. Carraspeé la garganta, incómoda.

- Pero él era quien tenía una relación y un compromiso emocional contigo.
- ¡Ella se le metió por los ojos! — insistió. Las mejillas se le colorearon de pura furia — Estábamos bien hasta que ella…

Se queda sin palabras, traga saliva. Como buena amiga que soy, debería darle una palmadita en la espalda y asegurarle que esa “otra mujer”, la “puta” que le “arrebató” al que consideraba el hombre de su vida, sufrirá todos los martirios del infierno. Que tendrá que soportar la verguenza y la ignominia de haber provocado la ruptura de una pareja perfecta. Pero simplemente no puedo: no encuentro el argumento, la razón, el objetivo de insistir en una idea tan engañosa como esa, de adornar la verdad con esa noción sobre la culpabilidad difusa, el estigma de la mujer caníbal capaz de destrozar cualquier relación emocional a su antojo. En lugar de eso sacudo la cabeza, le tomo de la mano y me preparo para lo que supongo, será una discusión incómoda.

- Ya había problemas antes que llegara esa mujer — comienzo — la relación no dejó de funcionar porque un tercero apareció en escena. Lo hizo porque algo ocurriría complejo entre ambos que no llegó a resolverse. Él actuó de manera cobarde, violenta y grosera hacia a ti. Es él quien es el responsable de todo lo que está ocurriendo.

Mi amiga se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me dedicó una rara mirada de furia. Sacudió la cabeza y noté que se ponía rígida, como si cada una de mis palabras la ofendieran de una manera secreta que yo no comprendía muy bien. Tal vez era así, me dije con un sobresalto, como si cayera en cuenta por primera vez de la compleja interconexión de ideas que sostenía todo su razonamiento. No sólo se trataba de una disculpa tácita al comportamiento de su ex pareja sino una justificación — absurda e incompleta, pero justificación al fin — sobre el dolor que le había causado.

- Él me quería antes que esa mujer…
-Quien tenía una relación era él, no ella — ahora me siento una verguenza inexplicable — desde el punto que lo mires, él es quien traicionó tu confianza, te mintió y destrozó lo que había entre ambos.

Que difícil resulta poner en palabras algo tan simple cuando quien te escucha necesita la barrera de cierta ignorancia ingenua para atravesar un sufrimiento íntimo. Que complicado es el hecho de analizar con una distancia objetiva un asunto emocional con tantas implicaciones distintas. Me arrepentí de haberlo hecho, cuando mi amiga se levantó del sofá donde estaba tendida y me dedicó una larga mirada apreciativa, como si le resultara una desconocida. Quizás lo éramos, pensé de súbito. Luego de años de amistad y una larga historia en común, lo más probable es que no nos conocieramos en absoluto.

- Cuando alguien te joda como esa puta me jodió a mi, me hablarás de tus ideas feministas — me gritó y lo hizo con una sinceridad que me rompió el corazón — ¡Allí entenderás de qué hablo!

Por supuesto, no tenía cómo responder a eso sin herirla, de manera que opté esta vez por el silencio. Aún así, seguí pensando en su reacción — en el sufrimiento que parecía ocultar una callada conciencia sobre lo que podía significar lo que yo había sugerido — muchos meses después. Preguntándome con enorme preocupación el motivo por el cual la cultura en que nacimos comprende a la mujer y al hombre — y las relaciones entre ambos — de manera tan confusa. Una visión fragmentada sobre quienes somos y quienes podemos ser.

***

Es curioso como se recuerdan algunos momentos que luego comprendes fueron importantes en tu vida. En mi caso, lo hago a través de anécdotas. Por ejemplo, recuerdo con mucha claridad la primera vez que pensé sobre la manera distorsionada como la sociedad percibe a la mujer: fue durante una prosaica consulta odontológica y lo hice luego de leer un cuento muy estúpido titulado “Te perdí y te amé”. Tenía unos dieciséis años y como dije, me encontraba en el lugar más extraño que se pueda imaginar para recibir una iluminación moral. El cuento al que me refiero venía incluido en una arrugada edición de la por entonces popularisima revista “Tu” que me encontré en un polvoriento revistero y que leí por aburrimiento. Sí, yo y mi mala maña de leer todo lo que se me pasa por las manos. Pero ese es otro tema. Volviendo al del cuento, recuerdo que se trataba de un relato de una chica de mi edad que había descubierto que su amadísimo y al parecer no tan confiable novio, le había sido infiel. El pequeño drama a tres actos dejaba bien claro un par de cosas desde el principio: que nuestra sufrida protagonista era una chica “buena” que no había querido salir la noche de la “infamia”, que el chico era torpe e irresponsable…y que la otra era poco menos que una puta. Así, a las claras. Porque de hecho, durante las tres páginas del cuento — que leí en diez minutos que no recuperaré jamás y que sigo lamentando — la autora se dedicó fue a dejar bien claro que el problema no era su juventud, la estupidez del novio…sino esa pérfida chica de minifalda que había “engatusado” al pobre hombre inocente, a esa víctima de los zapatos de tacón alto y el lápiz labial. A esa chica, a la “fácil” se le acusaba de todo. La sufriente y herida novia engañada la llenó de epítetos, la acusó de ser el motivo de sus lágrimas de niña dulce y “ de su casa” y el grupo de adolescentes imaginarios del cuento, la apoyó. Un poco asombrada — e irritada — recuerdo tomé un bolígrafo y allí mismo, comencé a reescribir la historia por los bordes de las hojas, contando como la chica de la minifalda se sentía usada por el sexo de una noche, por haberse ido a la cama con un sujeto que no le dedicó ni un solo pensamiento como no fuera el de acusarla por su necedad. Imaginé a la chica, ya sin maquillaje que la hacía ver mayor, sentada en la orilla de una cama pequeña, como de niña, con los ojos enrojecidos de llorar, luego que alguien le llamaba para contarle lo que el chico que tanto le había gustado unas noches antes decía de ella. La imaginé tan claro que llené la revista de palabras y de acusaciones. Y cuando mi odontologo me atendió, estaba tan disgustada que le pedí cambiar la cita para otro día que me sintiera mejor. Caminé por la calle, ofendida, como si los personajes del cuento fueran reales y después, me pregunté porque me sentía de esa manera.

- Porque son reales — me contestó mi tía L., deslenguada y directa, cuando le conté la anécdota — eso ocurre siempre, a toda hora. Y obviamente, ese cuento pendejo es una manera de dejar bien claro los roles que una chica debe cumplir y los que debe evitar.

De nuevo, me imaginé a la chica “buena”. Y me pregunté en que consistía exactamente esa “bondad”, cuál era el sentido de ese estereotipo tan socorrido y que parece estar en todas partes. La mujer que sonríe siempre con amabilidad, la mujer que “es difícil”, la mujer “decente”. Más allá, la abnegada, la que sostiene el hogar. Y mucho más allá, la anciana venerable, la que se recuerda cómo esa identidad intachable. Me dio escalofríos imaginarme a mi misma de esa manera, preguntarme dónde encajaba yo en todo eso. Mi tia L., soltó una de sus escandalosas carcajadas.

- Mejor te acostumbras — me dijo después — porque ni tu ni yo, o cualquier mujer inteligente, calza en nada de eso. Lo femenino es poder pero para entender eso hay que ejercerlo.

Nunca olvidé la frase y ahora que escribo esto, sonrío al recordarla otra vez.

Hablar sobre la mujer no es sencillo. Podría parecerlo, en una época donde la sociedad aboga por la igualdad y las diferencias de género se acortan. Después de todo, la identidad femenina ha conseguido triunfos significativos en independencia, equidad y sobre todo, su percepción como parte de una idea cultural igualitaria. O eso podría pensarse, en un análisis superficial. Porque aunque es una visión esperanzadora — justa, en realidad — es tan irreal como cualquier otra que pueda sustentarse sobre una futura reintrepretación de roles culturales. Actualmente, la mujer continúa siendo menospreciada y sobre todo, disminuida en su identidad cultural y social en numerosos países del mundo y lo que es aún peor, forma parte de una estadística ciega, marginal que pocas veces se incluye dentro de una visión global de sociedad. Parece exagerado lo que digo ¿verdad? También me gustaría pensar que se trata de una exageración. De una mera interpretación sobre lo femenino en medio de una cultura que aspira a la igualdad. Pero no lo es, y los ejemplos sobran y lo que es peor, se multiplican, quizás consecuencia de esa necesidad cultural de mirar hacia otra parte, de analizar las ideas de una perspectiva más permisiva, en lo que a la mujer respecta.

***

Una vez leí que por mucho tiempo, el peor castigo que la sociedad Cristiana patriarcal había esgrimido contra las herederas de Eva había sido el anonimato. Encontré la frase en un interesante libro sobre la mujer y la liberación intelectual y jamás la olvidé, aunque me llevó unos buenos años comprenderla. No es fácil, aceptar que la sociedad donde vives, mira a la mujer de reojo, tiene una opinión sobre ella que parece superar y sobrepasar tu individualidad. Y tampoco es fácil notarlo, aunque los indicios parecen estar en todas partes: desde niña, te educan — te presionan — para amoldarte a un rol social tan especifico que resulta asfixiante, restrictivo. Y esa obligación del deber ser, del eres-una-mujer-y-eso-implica-un comportamiento está en todas partes. Recuerdo las ocasiones en una de mis vecinas me preguntó muy seriamente si mi madre no me reprendía por llevar el cabello suelto y sin peinar. Por entonces, tenía unos ocho o nueve años y nunca, que yo recordara, había tenido la necesidad de peinarme otra manera que no fuera con los dedos, para quitarme los mechones de cabello enredado de la cara. Por supuesto, eso a mi vecina, tan mujer tradicional — la que sea que signifique eso — eso le parecía incomprensible.

- ¿Y tu mamá no te regaña por andar asi toda desaliñada? — me preguntó. Recuerdo que su pregunta me pareció muy extraña. Mi mamá era una mujer muy pulcra y femenina pero que a la vez, no consideraba que llevar maquillaje o ir bien peinada significara otra cosa que solo eso: Una manera de apreciar su propia estética. Por supuesto, era muy pequeña para pensar en esos términos, pero si sabia algo muy concreto: A mi mamá le importaba muy poco si llevaba la camiseta dentro del pantalón, el cabello recogido con un lacito o los zapatos limpios. Mi mamá y mi abuela, podían estar muy en desacuerdo con muchas cosas, pero en lo que ambas parecían coincidir era demostrarme desde niña que la mujer lo es esencialmente por algo más tangible que la manera de vestirse o llevar el cabello.
- No, yo nunca me peino — respondí, resumiendo todos esos pensamientos de la mejor manera que supe. Mi vecina me dedicó una mirada dura.
- Eso es de niños.
- Yo soy una niña y no me peino.
- Por eso está mal.
- ¿Quién lo dice?

La anciana apretó los labios. Era una mujer muy bonita, con su cabello castaño bien teñido siempre peinado cuidadosamente, los ojos maquillados y la ropa impecable. Había algo en ella contenido, preocupado, tenso. Siempre me producía la impresión que esa nítida higiene personal tenía algo de duro, como una superficie muy pulida que cuesta esfuerzo mantener. Con ocho años, no lo pensé en términos tan complejos. Quizás ni siquiera lo razoné: solo supe que no quería ser así.

Porque a la mujer se le exige: la sociedad asume una identidad para lo que considera femenino a trozos de muchas ideas sobre lo femenino que no parecen encajar muy bien. Hablamos de todas esas variaciones de la mujer que forman parte del imaginario popular: La hija disciplinada, la mujer joven decorosa, la madre abnegada, la anciana cálida. ¿Qué ocurre con quienes no encajamos allí? ¿Qué ocurre con las que no nos miramos como parte de una idea de género sino como parte de una conciencia individual? Al rincón de los marginados, pienso con frecuencia. A esa zona de las que no entienden — ni quieren — un nombre o una imagen que completar, que insisten en mirarse más allá del rol legal, formal, cultural y social que obtuvieron por el solo hecho de nacer con un útero y una vagina. De rol biológico a la estereotipo cultural sólo hay un par de tetas, escuché decir una vez a mi tía L, y aunque en un primer momento la frase me hizo reír, con el correr de los años terminé temiendole un poco. Porque la mujer, lo que somos, lo que aspiramos a ser, rebasa la visión paternal de una cultura que nos mira a través de esa diminuta rendija, que nos define a medias y que nunca nos comprende en realidad.

***

En una ocasión una de mis profesoras de fotografía favoritas tomó una imagen que siempre me ha gustado muchísimo: es un plano amplio de un automóvil destartalado frente a una pared rota. Más allá, un grafiti declara que “Caracas no cree en Nadie”. Cuando vi la foto, pensé que la misma frase puede aplicarse a su manera de ver la vida. Con cuarenta años, madre, esposa, fotógrafa y sobre todo muy consciente de su identidad, mi profesora suele burlarse de esa visión de lo femenino. Más de una vez, le he escuchado insistir que no entiende a las mujeres, y probablemente, más que una provocación, es totalmente cierto. Porque mi profesora, con sus hombros tatuados en brillantes colores, su visión crítica del mundo y su muy asimilada idea sobre el mundo, no encaja — ni lo intenta — en el mundo femenino de nuestro país. A veces la miro, con sus bonitos anteojos de pasta, riendo y bromeando, y pienso en que ella, como mi foto favorita de las suyas, no cree en nadie. No cree en la cultura que intenta darle una identidad, ni tampoco en lo femenino que se impone. Esa mujer inexistente que la mujer real rebasa, que parece solo existir en la imaginación popular.

Pienso en esas cosas con frecuencia. Lo pienso cuando camino por la calle, mirando a las mujeres con las cuales me tropiezo. Las que caminan con los hijos llevando a sus hijos cargados, las muy hermosas, las temerosas, las tímidas, las que apenas sonríen, las que sonríen con alegría. Me pregunto que pensarán sobre si mismas, en un país que las define y las analiza como un elemento concreto en una fórmula primitiva. Pienso en eso cuando converso con mis amigas y me tachan de exagerada, de feminista, de simplemente inconforme. Pienso en eso y con mucha preocupación, cuando leo las múltiples noticias sobre abusos, violaciones, maltrato que abundan en nuestro país y que son noticia de segunda pagina, esas que casi nunca llegan a titulares, que forman parte de la crónica roja anónima de un país muy violento. Pero yo si las leo. Las leo angustiada, con una sensación de pequeño desastre. Cuando era más joven, las recortaba y las guardaba. Leía de vez en cuando esa dolorosa historia del desastre, del anonimato de la violencia contra la mujer. Era mi manera de declarar mi personal intención de no olvidar, de quizás, recordar a esas olvidadas de siempre, esos fragmentos de historia que nadie quería recordar después. Todavía lo hago de vez en cuando, aunque no con tanta frecuencia.

Quizás me rebasó la violencia de la realidad, ese lento repiqueteo de noticias que demuestran cómo a pesar de los avances y conquistas, del lento trayecto de la mujer hacia la igualdad, el temor y el miedo continúa siendo la realidad para muchas en numerosos países del mundo. Ejemplos sobran: como la “Subasta de Vírgenes en Colombia”, una práctica aberrante que parece popularizarse en las zonas más pobres del vecino país o los matrimonios infantiles, una costumbre primitiva que recientemente cobró la vida de una niña de ochos años, que falleció debido a las heridas internas que sufrió cuando el hombre con quien contrajo matrimonio — y que le cuadriplicaba la edad — consumó el matrimonio. Lo monstruoso del hecho, junto con la aparente indiferencia con que el mundo se toma la noticia no solo me asombra, sino me enfurece. ¿Qué ocurre con la percepción cultural sobre la mujer? ¿Lo que asumimos como parte de esa visión concreta sobre lo que es lo femenino?

Leo la noticia de la niña muerta en la India varias veces y una cólera ciega y dolorosa me abruma. Más tarde, la encontré en un periódico y ahora, tengo dos imágenes de la niña, recortada con cuidado. Una adolescente de huesos largos y elegantes, sonriendo junto a su padre y su madre. Porque es una de las cientos de noticias sobre hechos parecidos que encuentro y que seguramente encontraré en el futuro. Como por ejemplo, el de un asesinato de una niña de quince años obligada a contraer matrimonio con un hombre que le triplicaba la edad. El hecho ocurrió en Singapur y nadie pareció demasiado extrañado, preocupado. "No es la primera vez que ocurre" escribió alguien, con cierto cinismo. Lo que más me enfureció - me irritó, me hirió - fue los comentarios de los supuestos blogger "defensores" de la memoria de la niña muerta que se citan en el artículo, como para dejar bien claro que alguien se opone y lamenta de una niña pequeña por un abuso sexual brutal, con la complicidad por familiares y lo que es peor, la ley. Uno de ellos comentaba: "¿Nadie notó que era muy joven y que había que esperar un poco de tiempo?". A lo cual, me pregunto: ¿Nadie asume la responsabilidad de una deformación social tan grave como retrógrada que insiste que la mujer es una huérfana moral? ¿Hasta cuando la cultura de un buen número de países insiste en mirar a la mujer como una criatura sin voluntad, secundaria en la interpretación legal y sujeta a restricciones demenciales como la que ocasionó la muerte de esa niña? No es que habría tenido que esperarse un tiempo, es que una NINGUNA MUJER debe contraer matrimonio contra su voluntad por ningún motivo, no importa la razón cultural que crea pueda imponer una idea social para hacerlo justificable. Por favor, basta del maltrato de menospreciar lo femenino como un subproducto barato de la sociedad.

Arrojo el periódico al suelo. La niña de la fotografía que ilustra la noticia parece mirarme, con sus enormes ojos inocentes cubiertos por el tul de un vestido de novia que le viene enorme en talla y significado. No sé si se trata de un retrato de la niña muerta o cualquier otra padeciendo la misma situación. Y no importa quién sea. Lo que importa es que fue una víctima. Que la cultura donde está creciendo tomó decisiones por ella, destruyó cualquiera esperanza de decisión y visión del mundo propia. No dejo de preguntarme, la idea atormentandome sin pausa, ¿Cuál es la visión de la mujer actualmente? ¿Realmente hay algo que celebrar en logros y triunfos? ¿O solo se trata de una frágil necesidad de asumir que los cambios deben manifestarse y mostrarse más allá de una idea esperanzadora?

No lo sé. Y no saberlo me duele tanto como la mera incertidumbre de qué pueda ocurrir después.