martes, 16 de octubre de 2018

El Bien, el mal, lo desconocido del espíritu humano: Unas cuantas reflexiones sobre el por qué creemos en la bondad y en la maldad en una época nihilista.




Hace unos días, una buena amiga me preguntaba que sentido tenía hacer una buena obra si nadie sabía que la hacías. Imagino que es el equivalente filosófico pragmático a la vieja metáfora si existe el sonido si un árbol cae y no hay nadie para escuchar el estrépito. Su curiosidad me hizo sonreír.

— Mi abuela decía que las buenas acciones son pequeños secretos privados. Una vez me comentó que la mano izquierda y la derecha, deben trabajar juntas pero también, de manera independiente — comenté. Me dedicó un parpadeo perplejo.
 — Creo que me perdí.
 — Escucha, en Italia suele decirse que la mano derecha es la del trabajo y la izquierda, la del corazón. Ambas trabajan juntas, pero en ocasiones, la derecha y la izquierda tienen objetivos distintos.
 — En otras palabras ¿No siempre el corazón coincide con el interés práctico? — resumió mi amiga. Me encogí de hombros.
 — Mi abuelo materno tuvo una ferretería por casi cuarenta años. Frente al mostrador, era un hombre muy severo y duro. Los libros de contabilidad eran impecables y jamás llegó a vender nada por un precio que no fuera el que consideraba justo — le expliqué — pero también, todos los años regalaba un saco de cemento de construcción a las familias que no podían pagarlo. No sólo sacos: cuñetes de pintura, clavos y tornillos, incluso herramientas. Todo sin cobrar un céntimo. Jamás se lo decía a nadie, sólo lo hacía.
 — Mano derecha e izquierda — dijo mi amiga, con cierta sorpresa.
 — Sí. Jamás supe que hacía algo semejante hasta su muerte. Mucha gente desconocida asistió a su velorio y eran, por supuesto, muchos de quienes habían ayudado. Abrazaron a mi madre y a mis tíos con un amor entrañable, dulcísimo. Fue algo hermoso, un poco inquietante. O a mi me lo pareció. Todos llevamos a cuestas secretos. Incluso mi abuelo.

Incluso mi abuelo. Ese es un pensamiento que en su momento me causó una enorme sorpresa y curiosidad. Abuelo era un hombre esencialmente bueno y decente, pero no en especial cariñoso, abierto o comunicativo. Recuerdo que compartimos muchas tardes mirando sus adorados partidos de fútbol de liga — veladas de conversaciones a medio completar, risas y una singular intimidad — pero más allá de eso, era una figura un poco distante. Un hombre severo que bien podía dedicarme una mirada muy dura e hiriente si hacía demasiado escándalo y desobedecía con mucha frecuencia. Y de pronto, también era este hombre bondadoso, lleno de una amabilidad extraordinaria. La mano izquierda y derecha, pequeños secretos del espíritu, pienso en ocasiones con cierto sobresalto.

De hecho, creo que todos tenemos una versión sobre la bondad muy privada y potente, pero misteriosa. Todos los días, mi amiga K. baja a la calle frente al edificio donde vive y alimenta a una camada de gatitos que abandonados. Lo hace de madrugada, antes que sus vecinos puedan reclamarle “el atrevimiento” y a riesgo que la inseguridad caraqueña le cobre caro el atrevimiento. Pero para K., alimentar a los gatitos es una responsabilidad que asumió sin que nadie se lo pidiera, sin que mediara algún razonamiento que pudiera, para bien o mal, convencerla que debía hacerlo. Lo hace por satisfacción propia, por esa visión del mundo ideal que la ha impulsado desde niña e incluso, como una forma de crear su concepto del bien.

Lo mismo ocurre con J., quien cada día ayuda a cruzar la calle a una ancianita con bastón con la que suele coincidir en una Plaza cerca del barrio donde vive. Hace unos tres meses, J., se tropezó con la mujer, a quien llama “abuelita” y escuchó su historia: Necesita acudir cada día al dispensario más cercano para recibir su dosis de insulina. Vive sola desde que enviudó en una casa pequeña y destartalada, de manera que J., decidió acompañarla cada mañana, antes de ir a trabajar, al modulo médico que se encuentra al cruzar la transitada avenida donde ambos son vecinos. Me cuenta que no necesita una razón concreta para ayudar. Lo hace porque le gusta escuchar las historias que la anciana le cuenta en el trayecto y compartir con ella un café muy amargo en el pequeño salón de la casa de ella, rodeados de las fotografías de la familia que ya no está y el olor a humedad. Sonríe cuando le digo que es el clásico “buen samaritano”.

- No creo, eso es sería enorgullecerme de alguna virtud. No me lleva esfuerzo ayudar a la abuelita, y además, es una manera de reconciliarme con el mundo — me explica.
- Pero haces mucho más que algunas personas que ni siquiera les parecería deben hacer algo por el prójimo — comento. Se encoge de hombros.
- No juzgo a nadie por no hacer algo en concreto. Tampoco me enorgullezco de tener un gesto de bondad. No hay medias tintas en esto: lo hago porque quiero.

Una idea interesante. La misma que anima a mi amiga K. en alimentar a los gatitos en desgracia, a mi madre a ocuparse personalmente de comprar las medicinas de la señora que limpia la oficina donde trabaja o a mi misma, con mi pequeña cruzada por obsequiar libros a quien era leer. No es una manera de vanagloriarme de mis buenas acciones y creo que nadie que haga una, lo hace por ese motivo. El argumento, parece algo relacionado con un elemento mucho más íntimo y preciado. Una idea sobre el bien que se construye todos los días. Una visión personal del bien y del mal.

Que pensamiento curioso, me digo. Lo medito, sentada en el vagón del Metro de mi ciudad. Una buena multitud de usuarios se encuentran de pie, apretados unos contra otros. Una mujer embarazada se tambalea, aferrándose con dificultad a uno de las agarraderas que cuelgan del techo. Miro a quienes están sentados a mi alrededor. Un chico muy joven, de camiseta azul y granos en la cara, finge dormir. Una mujer joven, más o menos de mi edad, clava la mirada en el suelo. Y un hombre mayor, de barba y anteojos, parpadea, mirando a la multitud con la atención del miope. Nadie parece ver a la mujer, con su vientre bien visible y el rostro coloreado de cansancio. No hablamos de educación, ni tampoco de algo tan difuso como principios. Es una idea que parece resumir una cierta empatía, una comprensión de esa convivencia mutua que muy pocos comprendemos a cabalidad.

Cuando me levanto y le ofrezco el asiento a la mujer embaraza, ella sonríe y lo acepta con una expresión de alivio. Ninguno de mis compañeros de viaje me mira. De hecho, el chico de la franela azul hace un mohín y se cubre la cabeza con el suéter de lana que lleva anudado a los hombros. No me molesta. De pie, no tengo intenciones de demostrar una interpretación de la solidaridad o algo así de complejo. Simplemente, asumo mi responsabilidad, me miro en el espejo del otro con una facilidad que me brinda mi necesidad de observar y comprender el mundo bajo un cierto ideal. Pero eso sólo me atañe a mi ¿No es cierto? ¿Qué sentido tiene el debate insistente de lo bueno y de lo malo si debes convencer a alguien más de tus pruritos y deseos morales? No podría decirlo, pero eso parece ser la intención de la mayoría de quien lleva a cabo una buena acción.

O al menos así insiste mi amigo P., recientemente convertido en fervoroso creyente religioso. No me molesta su nuevo entusiasmo por los preceptos cristianos, pero si su necesidad de convencerme sobre su idoneidad. Lo escucho en silencio, mientras ambos compartimos un improvisado almuerzo en un pequeño restaurante muy cerca de la oficina donde trabaja.

- Entonces encontraste a Dios — pregunto. Intento no sonar descreída, mucho menos burlona. Y me lleva un poco de esfuerzo: conocí a P., en la Universidad, donde era famoso por su resistencia al alcohol y sus afición por las mujeres. Asumir que ahora se siente redimido de su pasado ruidoso de inocente fiestero gracias a la palabra Religiosa me desconcierta, aunque no me asombra tanto como debería. Supongo que todos buscamos un sentido a las cosas, a ese existencialismo de todos los días que tarde o temprano termina por dejarnos sin un motivo claro para continuar. Para P., el renacimiento en la fe parece ser el suyo.

- Lo dices como si lo dudaras.

- En realidad solo quiero saber como ocurrió — explica en tono neutro — ¿Realmente sientes que debes reivindicar por qué disfrutabas las fiestas y el buen beber?

No responde. Muerde un trozo de pizza y la mastica lentamente. Le noto un poco azorado, como si la pregunta hubiese tocado algún punto sensible e intenta calmarse antes de responder. Aguardo, sin interrumpir lo que supongo es una personalísima reflexión.

- No exactamente. Pero si brindarle sentido a mi vida — dice entonces. Me sorprende la sinceridad — beber, tirar, estudiar. Todo parecía un ciclo, llegó un punto donde comencé a preguntarme si había algo más, si más allá de todo esa sencillez de la vida como se le observa más allá de cualquier filosofía había significado…

- Y pensaste que podía ser Dios.
- Es Dios.
- ¿Por qué?
- ¿Tienes que preguntarlo? ¡Es Obvio! — sonríe, casi con inocencia — una fuerza benefactora, que te ama y que además, unifica todo lo demás es el sentido a todo lo que vives. Le brinda profundidad a la idea de vivir por vivir.

No sé que responder a eso. Mi amigo me dedica una mirada casi furioso, como si mi silencio le ofendiera.

- Crees que deliro.
- No.
- ¿Entonces?
- Pienso que podrías haber pensando en lo mismo, sin necesidad de apoyarte en la religión — le explico — no creo que necesites una justificación divina para creer que hay algún tipo de conocimiento superior a ti mismo.
- ¡Por supuesto que necesito la religión! — dice — la necesito porque es la manera más sencilla de encontrar una explicación, una idea que lo funda todo en pequeñas lecciones. ¿Te has preguntado por qué el bien y el mal existen? ¿Por qué debes enfrentarte a ambas cosas? Todo tiene un sentido.

Vuelvo a quedarme en silencio. Me siento cada vez más incómoda. Imagino a mi abuelo, silencioso y adusto, cargando con sacos de cemento para familias que jamás podrían pagarle, sin decir nada a nadie que lo hacía, sin hacer otra cosa que hacer lo que consideraba correcto. Mi amiga K., que con una sonrisa me habla que los gatitos la reconocen y ya bautizó a varios con nombres de sus cantantes favoritos. O al gigante bonachón de J., que camina por la calle con una ancianita desconocida del brazo. Más aún, todos los que de alguna forma y otra, manifiestan la bondad, la maravilla y el asombro de un mundo interconectado y lleno de posibles milagros diminutos. ¿Debe una religión atribuirse el mérito? ¿Puede la religión englobar todo tipo de decisiones personales, de visiones del futuro, de preguntas y respuestas hacia quienes somos y lo que soñamos más allá de lo cotidiano. No sé cómo responder a esas preguntas, incluso si tienen respuestas, pero me gusta pensar que mi visión del mundo no es tan simple de analizar como para que pueda resumirse en un dogma.

Por supuesto, no digo nada de eso a P., que continúa explicando con mucho entusiasmo las maravillas de la religión, la manera como le brindó perspectiva y sustancia a su interpretación del mundo. Entonces llegamos al espinoso tema de las buenas obras, el pecado y todo lo que implica la visión del mundo moral. Suspiro, intentando contener la impaciencia que me produce el tema.

- La bondad no creo que tenga que ver con una idea dogmática — digo — la bondad es tu manera de asumir que creas algo que no es precisamente egoísta y además, beneficia a alguien más.
- Esa idea de bondad, es inspirada por Dios por supuesto.
- Entonces ¿Cómo explicas que algunas “buenas acciones” se contradicen entre sí? — pregunto — Hablo que lo que puede ser bueno para el Dios Cristiano, es reprobable para los que se inspiran en las palabras Mahoma o los que asumen que el Talmud es la verdad.
- La verdad es una sola.
- ¿La que tu crees?
- La que inspira Dios.
- Que está en la Biblia, claro.
- ¿Y que ocurre con el resto de quienes también insisten tener la verdad?

Aprieta los labios. La conversación no está resultando la tranquila tertulia que supongo P., suponía podríamos haber disfrutado y le noto incómodo. Y de pronto, comprendo algo muy claro: Mi amigo no necesita analizar sus ideas, tampoco cuestionarlas. Para él, la bondad que promulga la Iglesia, esa interpretación simple de la realidad justifica ese compromiso privado, es suficiente. ¿Quién soy yo para decir lo contrario? ¿Quién soy yo para oponerme a la idea solo por no comprenderla? Suspiro, levantando las manos en un gesto conciliador.

- Mientras hagas algo que te satisfaga, no creo que haya mucha diferencia — comenté. Me dedicó una mirada lenta y extrañamente dura.
- El motivo por el que haces el bien es lo que hace valioso el acto ¿No lo crees?
- En realidad no.

Pero seguí pensando en esa frase mucho rato. ¿Realmente tiene importancia los motivos por los cuales hacemos una buena acción? ¿Le brinda sentido, sustancia o importancia? Una idea de muchas implicaciones, pero también que tiene su propio peso esencial: mirarnos como parte de un entramado de decisiones más o menos complejas.

De la bondad y otras ideas mínimas: El bien y el mal en el mundo más allá del mundo de las ideas.

Hace unas semanas, leí un libro llamado “La bondad insensata” de Gabriele Nissim. El libro, conciso, complejo y levemente filosófico, parecía remontar esa idea del positivismo donde el bien tiene un objetivo, bien sea por satisfacer una creencia o una postura moral. Comencé a leerla un poco a disgusto: soy del tipo de lector que detesta le den sermones de la manera sutil y este parecía que iba a intentarlo de manera muy directa.

Resultó que no. Aún más, el libro, a su estilo discreto, no sólo elabora toda una serie de argumentos sobre el bien y el mal que me asombraron por su lógica, sino que le brindó sentido a muchas inquietudes sobre el tema.

Porque “La Bondad insensata” no intenta pontificar sobre el bien, sino hablar sobre la bondad, dos conceptos que se confunden con demasiada frecuencia y que al cabo, no son más que matices de un mismo argumento. La visión de Nissim, periodista y ensayista italiano, intenta buscar no la idea del Bien en estado puro, sino la bondad como una visión del ser humano sobre si mismo. A través de historias de hombres y mujeres que no tuvieron dudas a la hora de tender la mano a Victimas de los sucesos más cruentos y terribles, el autor logra crear una visión de la bondad — y por consiguiente, del bien — que supera leyes, ideologías o religiones. Una moral intrínseca, privada, profundamente humana. La necesidad del hombre de comprender su mundo a través de actos de valor privado. Personajes anónimos, habitantes de ese olvido selectivos de los héroes sin mayor relevancia, a no ser la de construir su propio concepto de sus creencias a través de las acciones.

Me gusta esa idea. La pienso, cuando en un gesto de súbita inspiración, le obsequio una barra de chocolate a un desconocido en la panadería donde suelo comprar mi pan favorito, en las contadas ocasiones que aún se prepara y se vende. El hombre, a quien nunca he visto, sostiene el empaque con una sonrisa, entre incómoda y un poco avergonzada. Pero la mirada que me dedica es de pura e infantil emoción.

- Gracias — balbucea — Pero no la entiendo.
- Le gusta el chocolate ¿No?
- Claro — responde de inmediato. Y la sonrisa pierde la timidez, se hace brillante y casi dulce — me encanta. Gracias.

Cuando salgo de la panadería yo también estoy sonriendo. Y no puedo dejar de preguntarme, si la bondad, con su carácter imprevisible y espontáneo, con su naturaleza simple de pequeño milagro cotidiano, es esta sensación diminuta y radiante que siento. No puedo dejar de pensar en la imagen que utilizó la gran Hannah Arendt, cuando intento describir el esfuerzo de los poetas como buscadores del bien oculto, del que no es evidente, el que parece perdido entre las escenas diarias. Con su visión directa, la escritora llamo a los bondadosos “Pescadores de Perlas”, los que “capaces de bucear en el pasado y “sacar a la luz, desde el fondo de los abismos, donde viven de forma cristalizada e inmunes a los elementos, pensamientos y acciones de los hombres que tienen un valor universal”.

Suspiro, mirando la calle transitada, el azul radiante del cielo de esta Caracas casi ilusoria y pienso que sí, que todos, a nuestra manera y con nuestros pequeños esfuerzos, somos buscadores de perlas. Lo que se enfrentan a lo cotidiano para transformarlo en algo mejor, lo que encuentran un tipo de moral tan diminuta como exquisita. Los que miran el mundo con esperanza, incluso en los momentos más incómodos. Nos han llamado soñadores, idealistas. Incluso simplemente estúpidos.

Yo creo que somos perlas, me digo, cruzando a la carrera la calle. Libre, tan libre y tan agradecida de estos momentos diminutos de aprendizaje. Joyas raras en medio de la búsqueda de significado de un mundo desconcertante. En medio de la confusión de no comprender nuestra la visión que tenemos de él y más aún, el motivo de nuestro simple deseo de sonreír.

Pero sonreímos, claro que sí.

Y eso, ya es un triunfo.

C’est la vie.

lunes, 15 de octubre de 2018

Crónicas de la lectora devota: “Uno o dos de tus gestos” de Jorge Gómez Jiménez. Proyecto veinticuatro voces Venezolanas.




La noción sobre lo femenino suele ser ideal y en la mayoría de las ocasiones, fruto de una persistente necesidad de convertir a la mujer en una idea consecuente y elabora a través de ideas culturales mucho más antiguas. Ya lo decía Claude Lévi-Strauss, al insistir en que “lo femenino” era un elemento conector entre las diferentes historias genealógicas de la humanidad, tesis que Lacan extendería y profundizaría, hasta hacer la incómoda inferencia que “la mujer no existe”. De modo que hay una imagen estática, extraordinaria y perfecta que se suele llamar “el misterio femenino”, una combinación entre un ideal borroso sobre la mujer y algo más abstracto, que suele asociarse con cierta dulzura y fragilidad. Una imagen que parece flotar en el subconsciente colectivo: mezcla entre la belleza y una cierta sugerencia del misterio. Una visión esencial de lo que la cultura considera como parte elemental de la mujer y la forma como esa identidad genérica se manifiesta.

El escritor Jorge Gómez Jiménez contradice por completo semejante visión y crea una expresión sobre lo femenino que sorprende por su profundidad y conmovedora fidelidad al enigma del individuo, en su libro “Uno o dos de tus gestos”, una colección de relatos en que la mujer es la protagonista indiscutible pero también, la delicadísima conexión entre la multiplicidad de rostros del amor, la belleza, el poder de la convicción moral y algo mucho más sutil que el escritor elabora con pulso delicado y elocuente. Cada uno de los cuentos no sólo es la descripción de la esa individualidad construida y reconstruida desde la literatura como piezas de orfebrería de un mecanismo complejo, sino además, una mirada consecuente con esa noción sobre la mujer que nace de una comprensión plena del poder intelectual y emocional de lo femenino. Cada uno de los cuentos de Gomez Jimenez, disfruta de una autonomía sincera, pero también, de una pulsación casi erótica en la sutil emoción que describe, enarbola y expresa a través de íntimas anécdotas, algunas tan simbólicas como antiguas, otras tan modernas como desconcertantes. Pero siempre es la mujer la que se encuentra en el centro del relato. Siempre es la mujer la que avanza con paso firme — entre insinuaciones, contradicciones, miradas, recuerdos, besos, incluso más allá del velo de la muerte — hasta rememorar un imaginario de profundo simbolismo que Gómez Jiménez maneja con soltura y precisión. Cada uno de los cuentos del libro, parece construido para mirar hacia el Universo de lo sutil con una maniobra de fe — lo veo, lo asumo, lo presumo — y convierte a cada uno de sus personajes en una concepción perpetúa sobre la mujer — descarnada y real — como elemento perdurable en la memoria cultural. Todo un acierto que convierte al libro en una mirada hacia lo misterioso bajo la excusa del amor y otros tormentos.

La historia siempre ha sido muy poco caritativa con el sexo femenino. Tal vez se deba a que la mujer según la visión cultural cayó en desgracia muy pronto a través de los símbolos religiosos — la Mitológica Eva condenando al mundo al sufrimiento debido a su curiosidad — o al simple hecho, que la visión patriarcal de la sociedad siempre dejó muy claro que la mujer no tenía identidad propia. Cualquiera sea el caso y a pesar de las reivindicaciones pasadas y presentes, la decidida transformación de la opinión social de la mujer, lo femenino continúa limitado a una serie de ideas que se acepta como cierta aunque no se tenga real idea de donde provienen. Jorge Gómez Jiménez rompe con el tabú de origen y crea palabra a palabra, un Universo de mujeres, o mejor dicho, una contemplación casi onírica de la noción de lo femenino como algo más complejo que la mera concepción de su existencia. Con cierto dilema existencial no resuelto, “Uno o dos de tus gestos” es un compendio de interrogantes sobre el creer y el hacer entre los vínculos sutiles que unen a la sin razón de lo que somos, a dónde vamos y el por qué avanzamos con la síntesis elemental de lo que llamamos realidad. Para el escritor, la muerte y la vida, el recuerdo y la remembranza son cuestiones que deben ser analizadas desde la metódica mirada del tiempo como telón de fondo de la identidad. Y es entonces cuando “Uno o dos de tus gestos” alcanza su punto más alto: los besos son puentes entre la vida y la muerte, la belleza se convierte en hechizo y al final, todas las mujeres del autor — o todas las mujeres que recrea con considerable potencia — son rostros animados por la veracidad y la concepción de la individualidad como una prenda de valor insólita bajo la percepción de la ternura sugerida.

Se suele decir que el peor castigo que la sociedad Cristiana patriarcal esgrimió contra las herederas de Eva había sido el anonimato. Jorge Gómez Jiménez lo sabe y es por ese motivo quizás que todos sus personajes — esa pléyade de mujeres extraordinarias y los hombres que las aman — son destellos de una vitalidad asombrosa y profundamente sentida. La mayoría de los cuentos se titulan con el nombre de una mujer: una especie de desafío directo a ese silencio literario al que muchas veces se somete a la mujer. Al contrario, Gomez Jimenez usa los nombres de las mujeres como una especie de poder apotropaico que destroza el silencio de lo anónimo para brindar un sincero homenaje a la naturaleza femenina. A la vez, el autor utiliza a la mujer — su naturaleza escindida, su complejidad — para crear asociaciones muy directas con el despertar sexual, el amor como fuente de profunda creatividad y la belleza como expresión de fe y sobre todo, de un tipo de concepción sobre lo humano y lo erótico que sorprende por su cualidad elemental. Tal pareciera que Gomez Jimenez elabora en sus relatos metáforas de las imágenes de las misteriosas Sheela-na-gigs — esas pequeñas esculturas de mujeres que se abrían la vulva con las manos y eran consideradas sagradas — y los cultos que consideraban a la mujer símbolo de prosperidad.

Porque sin duda, “Uno o dos gestos” es una meditada disertación sobre el amor, lo poderoso de los sentimientos, pero también lo enigmático del impulso vital, otro entremezclado por la concepción evidente sobre la mujer que crea, la mujer que toma la iniciativa y se sostiene sobre un lenguaje proverbial. Para el escritor, la noción sobre el amor y el deseo, es gallarda, en ocasiones otoñal pero en otras muy viva y llena de reflejos de otras medidas culturales sobre la búsqueda del yo en el otro, el amor como hilo conductor de las ideas.

Claro está, Jorge Gómez Jiménez analiza la belleza a través de una cierta estructura emotiva que hacen de sus relatos una travesía de profundo interés hacia el corazón de la mujer y el hombre, como reflejo uno del otro. De la misma forma que hace siglos manos masculinas pintaban con enorme mimo Rosas, triángulos, flores exuberantes coloreadas y pintadas, Gomez Jimenez enarbola su propia simbología hasta construir un jardín literario en el que la mujer reina pero también refleja la percepción del autor sobre lo poderoso, lo hermoso y lo sentido. También hay mucho de erótico, de una lujuria apenas entrevista, de la exquisita delicadeza del toque experto del placer y la connotación de la ternura convertida en deseo. Como recuerda Gloria Steinem, a partir del libro de Mithu M. Sanyal “Vulva. La revelación del sexo invisible”: “La forma que llamamos ‘corazón’ — que en su simetría se parece mucho más a la vulva que al órgano asimétrico cuyo nombre lleva — es probablemente un símbolo remanente del genital femenino. Siglos de dominación masculina lo han despojado de su poder y reducido al romanticismo”. Y Gómez Jiménez no sólo parece saberlo, sino que lo plasma con mano diestra en cada uno de sus relatos.

Un corazón que muestra no sólo la emoción más pura, sino la invitación más secreta de la mujer salvaje, de la diosa primitiva que se abre para proteger y disfrutar desde el “corazón” del placer femenino que a pesar de siglos de silencio continúa palpitando con exacta energía, como símbolo perenne de un tipo de poderosa libertad. Para Jorge Gómez Jiménez, esa mujer secreta es la verdadera protagonista de “Uno o dos de tus gestos” , escondida bajo docenas de nombres y en maravillosas escenas de dolorosa ternura. Una mujer primordial que el escritor trae a la vida y construye a través de una percepción sensible sobre lo femenino y su poder real.

jueves, 11 de octubre de 2018

Crónicas de la nerd entusiasta: Todas las razones por las que deberías ver la serie “The Haunting of Hill House” de Michael Flanagan en Netflix.






En la película El espinazo del diablo del director Guillermo del Toro, uno de los personajes describe a los fantasmas como «un instante de dolor, quizás». «Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar». Una percepción sobre la trascendencia de la tragedia como un fenómeno medible y temible. Pero, ¿qué ocurre cuando esa presencia insistente, misteriosa y en mayor parte amenazante habita un lugar? Para Shirley Jackson, autora de la novela fundacional La maldición de Hill House y quizás la historia famosa sobre construcciones envenenadas por un mal primigenio. «Una casa embrujada es el temor convertido en un espacio, en el magma mismo del horror».

Para Jackson, Hill House no era sólo una casa, era la raíz de mal y también, una entidad violenta y misteriosa por sí misma. La novela transcurre en medio de la percepción de la atmósfera que rodea a la casa como punto central de la narración, pero también, reflexiona sobre la identidad de la construcción — una casa solariega que es descrita por la autora como “una presencia maligna y penitente” — como un personaje central dentro de la escalofriante trama de la novela. Palabra a palabra, escena a escena, Jackson crea la noción del mal reconvertido en una concepción sobre lo desconocido. En una connotación de lo sombrío que elabora un nuevo rostro para el miedo. De hecho, en más de una ocasión, se ha dicho que Hill House es el alter ego de la escritora, convertida en una construcción pesarosa, doliente y malvada en medio de un paisaje rural aparentemente inofensivo. Jackson era mujer tenebrosa, rodeada de una extraña historia personal que la hacía tan desconcertante como cualquiera de sus personajes. Callada, distante, con un extraño y cínico sentido del humor, Jackson se alejaba por completo de la noción de la mujer sumisa de la década de los cincuenta, ella causaba sorpresa y sobre todo, una profunda incomodidad. Según sus propias palabras y los testimonios de quienes le frecuentaban — un selecto grupo de amistades que conservó durante toda su vida — Shirley era una mujer «siniestra». Lo decían sus compañeros de The New Yorker — en donde fue colaboradora por más de dos décadas — , y también quienes la conocieron en la revista Woman’s Day, que jamás sospecharon que la mujer que escribía divertidos artículos sobre su vida cotidiana — sus pequeños desastres hogareños, sus problemas para encontrar la casa ideal en North Bennington, en Vermont, e incluso lo raro que resultaba su matrimonio con otro escritor — también podía escribir sobre el horror, la muerte y lo desconocido con una prosa tan precisa como la que usaba para describir simpáticos dilemas provincianos. El contraste resultó casi aterrador para la mayoría de quienes le rodeaban. De súbito, la pálida mujer de antojos no parecía tan inofensiva ni tan corriente como la mayoría había supuesto. De modo que “Hill House”, maligna y sutilmente perversa, es el reflejo de su autora. Pero además de eso, la concepción del Mal tal y como Jackson lo comprendía.

Tal vez por ese motivo, la nueva reinvención de la novela — en esta ocasión convertida en una serie episódica por la cadena Netflix — sorprende por su buen hacer y solidez. La serie no se limita a elaborar una percepción sobre lo maligno que habita Hill House sino que lo lleva a otra dimensión, mucho más violenta, retorcida y basada enteramente en la noción de la atmósfera, más que en los hechos sobrenaturales que puedan o no ocurrir en la tétrica propiedad. Un acierto que aleja a la producción de los clichés habituales del género y reflexiona sobre el miedo desde una perspectiva poderosa. ¿Qué es lo que se esconde en Hill House y la hace un lugar en donde el mal en estado puro se manifiesta con enorme poder? ¿Que hace esta vieja casa, siniestra y silenciosa, que medita como ídolo roto en una colina desierta, un tótem de lo siniestro? El director Michael Flanagan (Oculus, Hush, Absentia) no sólo intenta responder el origen del terror en Hill House sino que dota a la ya clásica historia de Shirley Jackson en una meditada reflexión sobre lo terrorífico que elabora algo más profundo que el mero sobresalto. “The Haunting of Hill House” explora lo sobrenatural desde la premisa de la incredulidad y a la vez, de esa meditada óptica de lo cotidiano como telón de fondo que enarbola una versión sobre lo común como máscara de lo aterrador. Lo más inquietante de la obra de Flanagan es la forma en que aleja de sus referentes inmediatos — la británica “The Haunting” dirigida por Robert Wise y adaptada por Nelson Gidding en 1963 y la esperpéntica “The Haunting” de Jan de Bont estrenada en 1999 — y crea algo por completo nuevo. Con la historia dividida en diez episodios extraordinarios, la serie se sumerge por completo no sólo en el clima malsano y el rico subtexto psicológico con que Jackson dotó a su novela, sino que lo lleva a una nueva dimensión para construir una mirada original sobre lo terrorífico. En “The Haunting of Hill House” no hay sobresaltos de cartón ni tampoco espectros que atraviesan pasillos finamente decorados. Flanagan se decanta por la belleza de la puesta desde lo sencillo y lo lleva a una lenta reconstrucción del misterio que habita entre las paredes de la casa, hasta brindarle un sentido de notoria tensión que convierte a cada episodio en una extraordinaria historia individual. Salpicado de verdaderas amenazas y construida desde la ambiciosa percepción del Mal como un ente que transmigra y se esconde en las sombras de Hill House, la adaptación de Netflix construye un verdadero homenaje a la obra original. Hay citas enteras, detalles extraordinarios que remiten no sólo al conocido libro de Jackson sino incluso a su obra entera. El director cuidó de incluir no sólo pasajes enteros de la novela — adaptados y elaborados para la audiencia actual — sino pequeños fragmentos del icónico cuento “La Lotería” e incluso, algunos pasajes de la inquietante “Siempre hemos vivido en el castillo”, obra mucho menos conocida de Jackson pero que también, reflexiona sobre el mal originario desde una perspectiva pesarosa y ambiciosa.

Flanagan parece haberse sumergido en el Universo de Jackson y quizás por ese motivo, su adaptación tiene mucho de nueva versión, antes de revisión de un clásico que el público conocido al dedillo y que por tanto, tiene pocas sorpresas que ofrecer a la audiencia. No obstante, Flanagan acierta al crear toda una nueva estructura narrativa y avanza en medio de la historia, elaborando una nueva mirada al terror psicológico original: La premisa de Jackson de una casa maldita cuyo terror — y el terror que emerge de entre sus grietas misteriosas — no es casual, sino que se alimenta de tormentos psicológicos profundamente personales, se mantiene y se amplía. De pronto, los personajes son algo más que víctimas propiciatorias de lo sobrenatural y de la misma manera que en “La Lotería”, su destino parece unido de manera inexorable a los terrores que habitan en su pasado y en su mente. La combinación del pesar, el dolor y el sufrimiento dotan al terror de una pátina mucho más poderosa y es entonces cuando la serie alcanza sus momentos más altos. Flanagan juega con la percepción del horror desde los dolores psicológicos y lo hace de manera muy directa. En algunos puntos, la serie apela al psicodrama para elaborar una respuesta convincente acerca de lo terrorífico que se esconde entre los rincones más oscuros de la casa: El trauma es el tema principal del argumento y se extiende en todas direcciones como una onda expansiva que abre todo tipo de posibilidades para comprender el sentido último del poder que sostiene a Hill House en pie. Una y otra vez, director y guión meditan sobre las relaciones familiares traumáticas, los mecanismos que nuestra mente usa para ocultar el dolor y la forma en que las cicatrices del pasado elaboran un mapa de ruta hacia nuestra oscuridad interior. La acción, dividida en dos bloques concretos, muestra a la familia Crain (Padre, madre y sus cinco hijos) convertidos en víctimas de lo sobrenatural que habita la casa. Pero la mirada de la historia explora el antes y el después para comprender el sentido de lo fatídico y las consecuencias psicológicas de dolores insoportables que dotan a la casa — o al mal anónimo que la habita — de armas para crear el miedo a través de los espejismos del sufrimiento. La cronología de la serie — que va de la década de los ochenta hasta la actualidad — está bien manejada y sobre todo, tiene una coherencia visual que asombra por su pulso visual perfectamente construido. Los detalles de ambientación se sostienen sobre referencias inmediatas pero jamás obvias y Flanagan, asume la percepción del transcurrir del tiempo desde líneas fragmentadas en perfecto orden secuencial. El resultado es un angustioso recorrido por la historia familiar, a medida que los fenómenos sobrenaturales ocurren con mayor frecuencia. Flanagan — cuya experiencia con “Oculus” le permitió explorar en las historias familiares rotas — tiene enorme interés en las heridas mentales y espirituales de sus personajes. “The Haunting of Hill House” apela al horror basado en los mundos interiores de sus personajes. El argumento está mucho más interesado la culpa y los secretos, el dolor y el resentimiento afectan a las personas y sus relaciones, que en fenómenos extravagantes e inexplicables, que ocurren pero parecen directamente enlazados con las emociones del mundo de los Crain y sus personalísimos infiernos secretos.

Claro está, “The Haunting of Hill House” es la quintaesencia del género de casas embrujadas y Flanagan no lo olvida: la casa es una estructura surrealista, sin sentido, con una geografía interna la mayoría de las veces inexplicable y un peso arquitectónico opresivo y demencial. El carácter de la casa se manifiesta a través de todo tipo de excentricidades visuales y de espacio — esquinas rudimentarias, pasillos que se deslizan hacia el lado izquierdo de forma forzada, ángulos inexplicables en medio de columnas levemente torcidas — lo que permite al espectador comprender la inmediata sensación de claustrofobia que los Crain sufren casi desde las primeras escenas. Hill House no es un lugar sencillo de entender y Flanagan se asegura no lo olvides a medida que transcurre la historia.

Con su aire tétrico pero su poderoso trasfondo emocional, “The Haunting of Hill House” de Netflix no es sólo una adaptación sino una profunda búsqueda de la raíz del miedo pero sobre todo, un reflejo del terror convertido en algo mucho más humano, cercano y por tanto doloroso. Quizás, el espectro más aterrador que vaga por los pasillos de la vieja e inquietante casa, símbolo de lo maligno y el dolor espiritual.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: Pornografía, sexo y otras ideas culturales. ¿Qué tiene que ver el amor en todo esto?




Hace un rato, alguien compartió en mi frontpage de Facebook una imagen que insistía en que “Si te ama, no verá porno”. Leí la frase con una cierta sensación de desconcierto, sobre todo por el hecho básico que la pornografía (como parte de la cultura popular y sobre todo, de la forma en que comprendemos lo sexual en nuestra época) poco o nada tiene que ver con el amor como expresión individual. Mucho más complejo, resulta el hecho de relacionar la emoción romántica — cualquiera sea su acepción cultural — con el hecho del sexo por el sexo, cuestión que forma parte de la historia de la humanidad desde sus orígenes. Entre ambas cosas, existe el insistente cuestionamiento sobre por qué el sexo crudo y directo — sin el aparente atenuante del amor — continúa provocando sobresaltos en una sociedad donde se ha desacralizado casi cualquier cosa. O mejor dicho ¿qué es lo que hace el sexo continúe siendo un tabú que requiera una justificación concreta para su existencia?

Es una pregunta tramposa, sin duda. Unos días atrás, leía un artículo que hablaba sobre la “polémica” que habían causado en Grecia las reproducciones de las obras Atenienses sobre el amor que llenan las calles en homenaje a la cultura ancestral. Se trata de imágenes de hombres en pleno acto sexual homosexual, además de algunos detalles sobre el amor “efebo” tan corriente por la época. Por supuesto, se trata de imágenes lo bastante explícitas para provocar un sobresalto a los más conservadoras pero que demuestran, que el sexo como identidad es quizás la huella histórica perdurable y tan antigua como la necesidad del espíritu humano para expresarse. Más allá del “escándalo” (que también suelen producir de tanto en tanto las vívidas escenas sexuales en las paredes de Pompeya) el hecho simple es que el sexo es una percepción de lo natural y lo primitivo, destinada a prevalecer a pesar de cualquier prejuicio y temor.

Pero hablemos de la pornografía, cuyo mera mención parece causar tanta inquietud y preocupación. El siempre provocador Andy Warhol insistía en que el sexo es más excitante en la pantalla y entre las páginas que entre las sábanas. Una idea que se suma a los argumentos que definen el concepto de la pornografía actual. El sexo que se asume egoísta: un lenguaje destinado a un consumo muy especifico y, yendo más allá, a una visión muy concreta sobre lo que ofrece. Su público lo acepta de esa manera y lo disfruta.

La pornografía es, en esencia, subversiva. Es de hecho, una visión de la cultura que muy poca gente asume como real por descarnada y consumista. El sexo ya no como expresión de lo erótico (o lo que asumimos filosóficamente como sexual), sino de lo evidente: deseo, lujuria, obsesión por lo genital. Tal vez por ese motivo la pornografía para mujeres sea, más que una reinvención de la pornografía como concepto, un replanteamiento de lo que se considera pornográfico.

No es casual que la primera vez que se utilizó la palabra pornografía asociada con un producto para el consumo femenino no fue en imágenes, sino entre las páginas de un libro. Ann Snitow es de quienes afirman que los conocidos libros de romance de la serie Harlequin no eran considerados otra cosa que pornografía para mujeres. A pesar del pánico que causó la idea entre feministas y conservadores, la idea estaba clara: lo que proponen Snitow y otros críticos es que la sexualidad femenina, a diferencia de la masculina, no se estimula sólo de lo que se mira, sino además de lo que se siente, lo que la conmueve, lo que se imagina. De manera que esas novelas, con sus tórridas escenas descritas con una meticulosidad excesiva, eran la puerta abierta hacia esa necesidad del sexo por sexo pero a través de una visión mucho más intricada que el simple porno de exhibición de genitales fotografiados.

Peter Parisi, incluso antes de que Snitow analizara el romance literario en ediciones baratas como una forma de pornografía para las mujeres, decía que eran en esencia pornografía para personas que sentían vergüenza de leer pornografía. En otras palabras, el sexo explicito (sea en palabras o imágenes) complace el morbo, pero la promesa de romance y quizás hasta de un burguesa conclusión con un anillo de compromiso en el dedo la completaba moralmente. Todo cubierto entonces, con respecto al sexo por el sexo, la mujer lectora, conservadora y tímida, sonreía desde sus sábanas.

Pero para Snitow no todo se limita a pensar en la pornografía femenina como una reinterpretación del morbo y una satisfacción del erotismo, rodeado de una serie de elementos propios de lo que llama la visión femenina, sino que profundiza y asume que en la pornografía para mujeres el sexo cumple otro rol además del evidente: satisface esa necesidad de inmersión total de los sentidos. Así que la pornografía para mujeres no sólo conquista esa visión de la mujer sobre el sexo, llena de matices, sino que además consuela esa culpa histórica de una cultura misoginia que asume que la gratificación inmediata femenina no existe (o no debería existir). El argumento da para todo: Snitow insiste en mirar a la mujer como una gran observadora de su sexualidad, una espectadora y la constructora del mensaje erótico. Y es allí donde la pornografía para mujeres brinda un nuevo concepto: se admira así misma como un descubrimiento en una dura región social donde todo parecía estar dicho.

El planteamiento remueve ideas novedosas sobre esta nueva mujer sexual: adopta a pleno derecho la subversión de la pornografía masculina. Pero, además, asume la destrucción de los limites históricos de lo que puede ser sexual o no para la mujer y de cuanto se considera erótico o no. Todo esto ocurre finalizando la década de los setenta, cuando el despertar sexual del planeta está en su apogeo, el feminismo replantea el juego de roles y la mujer se hace preguntas sobre sí misma. Es en ese momento cuando la pornografía para hombres recorre su propio camino para dejar de ser una mera curiosidad cultural y lanzarse de lleno al triunfo comercial.

Playboy, fundada en 1953 por un jovencísimo Hugh Hefner, daba el salto de ser una publicación a un ícono comercial. La reaccionaria Hustler, el producto de un campesino astuto como Larry Flint, sacudía las bases de lo que hasta entonces se asumía como aceptable y creaba algo nuevo. Ya no hablamos de panfletos de mala calidad con fotografías de mujeres desnudas: hablamos de lujosas publicaciones en papel glasé y a todo color como el eje de mucha otra mercancía. Es la reinvención de la pornografía como negocio y, al mismo tiempo, como una mezcla entre lo que se vende y lo que se asume como un nuevo lenguaje. La pornografía ya no se esconde ni tiene miedo: los estanquillos del mundo se llenan de ediciones lujosas del sexo y la fotografía sexual, que parecía formar parte de un género vergonzoso dentro de un arte menor, deja de esconderse de la mirada popular y redimensiona su estética propia. Y reinventó su modelo de negocio.

Actualmente, los ingresos de la industria del placer convertido en entretenimiento suman más de 14 mil millones de dólares anuales sólo en Estados Unidos. “Los vídeos porno generan más dinero que los ingresos combinados de las franquicias de fútbol profesional, béisbol y baloncesto” indica las investigaciones de Family Safe Media. Respetables firmas empresariales, como las cadenas hoteleras Marriott, Hyatt, Sheraton y Hilton, o los distribuidores de televisión por cable Time Warner, Comcast o News Corp, obtienen un considerable porcentaje de ganancia en la distribución. A manos limpias y bien disimulado, el mundo corporativo estadounidense también disfruta de su cuota de gemidos y sexo comercial. Las productoras de cine porno producen anualmente 13.000 mil títulos catalogados para adultos que no entran en el circuito de cine comercial, empleando a unas 12.000 personas en unas mil empresas. La sola cifra de producción en bruto supera treinta veces a Hollywood. A esa cifra descomunal hay que agregar los millones de dólares que generan posters, revistas, videocabinas, páginas web, descargas on-line y websites dedicados exclusivamente al porno puro y duro.

Para redondear estas extraordinarias ganancias, tengamos en cuenta que 20.000 millones proceden únicamente de los vídeos y unos 7.500 millones de la venta revistas. Pero hablamos de negocios iniciados en los años cincuenta, como el emporio Playboy, que fue el primero en diversificarse y hoy gana unos 5.000 millones a punta de teléfonos sexuales, 2.500 millones a través del pago por ver videos y otros 2.500 millones en Internet.

No fue sino hasta 1984 que la neoyorquina Candida Royalle fundó Femme Productions, su productora directamente intencionada en un universo erótico cuyo eje fuera deseo femenino. Aunque varios críticos sostienen que sus primeras películas estaban dirigidas más bien a parejas, el hecho de que varias de sus producciones fuesen recomendadas por consejeros matrimoniales y terapeutas, sumado al cuidado artístico y a renunciar a aspectos tradicionales de la pornografía como la relevancia de la eyaculación masculina, la posicionó rápidamente en un nuevo nicho de mercado. Royalle incluso formó parte del grupo que en 1989 firmó un Manifiesto del Porno Postmodernista y fue nombrada miembro de la Asociación Americana de Educadores Sexuales, Consejeros y Terapeutas. Así llegó el feminismo a el otro Hollywood, como es conocido el negocio del cine pornográfico en tierras estadounidenses.

Entonces aparece la nueva mujer que nace entre la ruptura de la feminista acérrima (que rechaza la sexualidad que la convierte en objeto) y la que se está descubriendo a sí misma está en la búsqueda de descubrir lo que puede aspirar (desear) en esa sexualidad moderna, elemental y dura que hasta entonces le había resultado esquiva. Comenzó a ver pornografía a escondidas, robando escenas y ojeando las revistas. Aunque le atraía, necesitaba más que lo genital en primer plano. Pero no sólo porque la sexualidad cruda niega la propia identidad cultural de la mujer (y tal vez en ocasiones la agrede), sino porque además no complace la necesidad esencial de la mujer sexual: la fantasía erótica sensorial.

Esa visión del sexo crudo, que complace a unos e incomoda a otras, parece sugerir que ambos se miran con mucha claridad a través de esa declaración de intenciones (vulgar, anónima y en ocasiones anodina) de la pornografía como producto de consumo, algo innegable que no se puede. Se dijo que el auge de la pornografía podía deberse al progresivo aislamiento sensorial del hombre en una sociedad de consumo efectista. Se debatió larga y amargamente sobre su conducta desensibilizadora en adolescentes que tenían su primer contacto sexual a través del sexo grosero y evidente de la pornografía. Pero también se habló de la liberación del tabú, del sexo como fenómeno accesible y como vehículo de expresión.

Pero lo sensorial ya se había explorado en otras regiones. Es referencia obligada el asombro mediático que causaron El último Tango en París (1972), de Bernardo Bertolucci y El Imperio de los Sentidos (1976), del director Nagisa Ōshimay, en una tradición que continúa en películas como Romance X (1999), de la directora Catherine Breillat: mostrar al gran público el sexo crudo,como fuente de ideas, como generalización de un concepto que pareció pertenecer exclusivamente a la periferia. Una propuesta que parecía combinar esa idea del sexo genital con la fantasía sensorial y optimista que interesaba a Snitow. Y así aparece un híbrido entre ambas cosas: la obra de Erika Lust y su visión de la industria.

Lust encontró la grieta entre las interpretaciones (el sexo que vende; el sexo que simboliza) y creó algo totalmente nuevo. Como mujer, se enfrentó al prejuicio de la industria porno y también a la mirada inquisidora de la nueva feminidad crítica y consciente de su sexualidad. Y de alguna manera triunfó en ambos extremos. La obra de Erika Lust en ocasiones produce desconfianza, cuando no franca animadversión. ¿Porno feminista? En un mundo acostumbrado a que el sexo pornográfico tiene una sola visión, su frontal reinterpretación de la idea causó polémica. ¿Que aporta Lust a este universo sin medidas tintas, donde la mujer y el hombre son objetos de la fantasía del que mira? Tal vez que comprendió que la percepción del hombre y la mujer con respecto a sus cuerpos y al sexo, como placer y como satisfacción, son distintos pero siempre coincidentes en la necesidad de verse allí. A la mujer le gusta el porno, pero incluido en la idea sensorial. El hombre admira el misterio y busca el sexo. Y entre ambas visiones, Lust encontró una pieza perdida: esa que hace femenino y erótico el porno, pero conservando esa genitalidad necesaria. Encontró lo erótico en lo evidente y lo reinventó.

Se ha dicho que el porno es inseparable del hombre sexual contemporáneo. Pero también que la fantasía erótica forma parte de la sexualidad femenina. Entre ambas cosas, desde el consumidor de porno puro y duro hasta la lectora de novelas Harlequin y las más recientes fanáticas de la trilogía erótica 50 sombras de Grey hay un elemento en común: la búsqueda de la satisfacción más allá del tabú y el poder que brinda el sexo como sonrisa vertical.

martes, 9 de octubre de 2018

Crónicas de la lectora devota: “Guachipira va de viaje” de Arianna Arteaga Quintero.





La literatura infantil suele un elemento Universal que se sostiene sobre su capacidad de hablar un idioma común, basado en la emoción antes que en la comprensión intelectual. Tal vez por ese motivo, el género trasciende la mera noción de la literario como expresión de ideas y se convierte en algo más elaborado, cercano a una comprensión de una identidad colectiva. Toda historia (infantil o no) es una forma de creación elaborada a través de la referencia, pero en el caso de su aproximación a la niñez, es también un vehículo para crear y construir una versión sobre lo que nos rodea especialmente dotada de personalidad y poder. Un niño mira al mundo desde el asombro y la literatura infantil también lo hace.

Tal vez por ese motivo “Guachipira va de viaje” de la periodista Arianna Arteaga Quintero, es una travesía imaginaria no sólo por su país natal sino también, un recorrido por una infancia rica en matices, vibrante de pura belleza y recuerdos de una mirada atónica acerca del mundo que le rodea. La historia, que cuenta las aventuras de un Colibrí que decide viajar por una Venezuela ideal y pintoresca, no sólo se sustrae de las convenciones del género — Guachipira recorre al país no en busca de respuestas sino por un afán genuino y emocional por el descubrimiento — sino que además, crea una mirada amplia y radiante sobre ese cuestionamiento asombrado de la infancia sobre la identidad y la realidad recién descubierta. Guachipira vuela y explora, pero además, mira con ojos de maravilla el mapa misterioso de un país que se abre a su alrededor como una gran hoja de ruta hacia la búsqueda de la felicidad y la esperanza. Como personaje, Guachipira recorre un diminuto camino del héroe hacia una búsqueda profunda de la ternura, el amor familiar y la fuente misma de su necesidad por descubrir lo que le rodea como una colección de historias. Como símbolo, el colibrí metaforiza ese afán de descubrimiento de la infancia, en su necesidad esencial de reformular el mundo como una imagen espiritual extraordinaria, profunda y llena de pequeñas referencias a simbologías más antiguas en las que el colibrí muestra el espíritu humano en su máxima necesidad de trascendencia.

El libro tiene algo de autobiográfico: La escritora Arianna Arteaga es la hija de Valentina Quintero, célebre periodista Venezolana dedicada desde hace más de tres décadas a la promoción del turismo sostenible en el país. No obstante, Valentina convirtió su meticulosa mirada sobre Venezuela en algo mucho más potente y poderoso: en un recorrido por un tierra de Gracia, llena de belleza inexplorada y convertida desde la perspectiva de la periodista, en una posibilidad de pura esperanza renacida. Su hija — fotógrafa paisajista y también dedicada a la narración de la Venezuela posible — conjugó desde muy joven la concepción de Quintero sobre el país desconocido y lo transformó en una amplia colección de paisajes y descubrimientos que le llevaron a convertirse en símbolo y estandarte de una generación de Venezolanos que quie continúa apostando a la reconstrucción y sobre todo, en mostrar lo invisible en medio del lento desplome de la vida cotidiana. Para Valentina Quintero, el incansable recorrido por la geografía Venezolana demuestra el ímpetu de un gentilicio reconstruido a partir de una noción sobre su valor intrínseco. Arianna Quintero toma el testigo y convierte la búsqueda en una percepción más emocional, un reflejo de Venezuela elaborado a través de la vivencia y con una evidente connotación antropológica. Para Arianna Quintero, el país que su madre mostró a generaciones enteras de Venezolanos, es también su patio de juegos, el lugar en que aprendió el motivo y la fuerza para crear una nueva percepción sobre la Venezuela que se esconde bajo los escombros de la emergencia generalizada. A través de sus fotografías, Arteaga ha mostrado a Venezuela como una serie de paisajes extraordinarios bordeados por el dolor de las pequeñas tragedias cotidianas. Sus textos en revistas y periódicos analizan la circunstancia desde un optimismo práctico, vehemente y crítico. El resultado de ambas cosas es una mirada consecuente y constructiva sobre el país que le vio nacer, desde la concepción de la belleza pero también, de la percepción del sufrimiento inevitable que rodea los afortunados accidentes geográficos que forman parte de Venezuela. Para la autora, el recorrido constante por un país herido pero también, joven y lleno de posibilidades ha sido una forma de redefinir la constante presunción sobre la identidad adolescente no sólo del país sino también del continente como elemento histórico.

Parte de esa percepción sobre la belleza y el autodescubrimiento, es notoria en “Guachipira va de viaje”. Bajo la inocente apariencia de un libro ilustrado y una heroína infantil, Arteaga logra elaborar una concepción sobre Venezuela como herencia pero también, una meditada reflexión sobre el país como parte del gentilicio, la percepción de la identidad colectiva. Una puerta abierta a la libertad, no sólo la mental, sino también la espiritual, una forma de construir un mundo a su medida. Guachipira, convertida en alter ego de su autora, crea un recorrido brillante y poderoso sobre el país como parte de un legado emocional. Una recorrido que además, se extrapola en todo tipo de metáforas sobre la independencia, la individualidad y la noción sobre la madurez, en medio de una aventura infantil que intenta construir una expresión mucho más amplia de Venezuela como parte de la historia personal de Arteaga. Guachipira no sólo recorre al país en un viaje azaroso lleno de descubrimientos y también de una mirada profunda sobre el amor y la ternura, sino que además, encuentra un motivo persistente para dialogar con los lectores de todas las edades sobre el hecho de la pertenencia, la forma en que se construye los lazos profundos del país y la curiosidad recién nacida por una Venezuela que se muestra desconocida, como un gran secreto a medio descubrir.

“Guachipira va de viaje” es la primera obra de la autora construida dentro del universo infantil y por tanto, fruto de ese devenir de la inocencia y la fantasía propia de la infancia, pero extendida hacia un motivo — y un mensaje — mucho más complejo. Ilustrada por Stefano Di Cristofaro, Arteaga no sólo narra un mundo de fantasía, sino una historia trascendente que poco a poco toma sustancia propia, construye una versión de la realidad que logra captar la inocencia de esa otra visión del país que describe — la delicada, la profundamente emocional — y que además, permite a la escritora encontrar una forma de contar al mundo sus ideas, de asimilar sus particularidades y asumir el poder real de la palabra creativa. De pronto, la Venezuela que recorre Guachipira tiene mucho de asombro y de una ingenua mirada hacia un Universo creado a través de metáforas sobre el país real. Arteaga dota a “Guachipira va de viaje” de una complicidad diáfana, la calidez de una aventura que se avanza entre alegorías y una persistente concepción sobre Venezuela como un mundo radiante a punto de ser descubierto por la curiosidad infantil. La escritora insiste en esa visión dulce de lo natural, como si lo humano en cada uno de los personajes, sólo fuera una manera de destacar su sutileza ideal. Con un sabio pulso narrativo, Arteaga triunfa al dotar a su historia de una profundidad que no se basa en las metáforas que crea, sino en su capacidad para expresar la noción sobre la belleza desde la simplicidad.
Por eso, “Guachipira va de viaje” conserva una inocencia perdurable, una frescura que junto con sus ilustraciones coloridas y brillantes, elaboran y sostienen un mundo extraordinario, un país que se convierte en norte y sentido de un discurso fresco y lleno de entusiasmo. Esa noción de la pureza intocada, de la fraternidad sutil que surge sólo del mundo infantil. Con sus reminiscencias casi inevitables a cierta estampa pastoral, Arteaga crea algo tan espléndido como raro: una noción simple e inolvidable, del mundo de la ternura en lo más profundo del corazón de un país desconocido para la mayoría de sus lectores.

jueves, 4 de octubre de 2018

El Malleus Maleficarum vs. Las mujeres que nunca fuimos.



Mural pintado por el artista hondureño Javier Espinal.


Las mujeres que fuimos.
El Malleus Maleficarum es quizás uno de los libros más cargados de simbología y, sobre todo, inquietantes de la literatura universal. Fue publicado en Alemania, alrededor el año de 1487, y es un exhaustivo tratado sobre la brujería, el satanismo y la naturaleza de la tentación encarnada por la mujer. Este libro incluye todo lo que La Santa Inquisición utilizó como excusa para usar sus herramientas de tortura y asesinar mujeres durante siglos.

No obstante, el Malleus Maleficarum no fue únicamente un compendio de superstición medieval, sino también un escalofriante documento sobre el desprecio hacia la mujer que entonces era moneda común. Hablo de un libro que no sólo muestra (de manera escalofriante) hasta qué punto lo femenino era temido y minimizado por una sociedad represiva, sino también de una noción de la mujer directamente maligna, junto a todo lo relacionado con su visión emocional e intelectual.

La máxima insistencia del Malleus Maleficarum era castigar a las brujas, que durante muchos años fue la manera de llamar a la mujer rebelde, la desobediente incapaz de someterse al poder político de lo masculino. No extraña, entonces, que este libro haya sido escrito por dos inquisidores, con toda la intención de castigar todo lo provocador y ese motivo del pecado que reside en la mujer tentadora: Heinrich Kramer y Jacob Sprenger.

El Papa Inocencio VIII concedió una bula para que Kramer y Sprenger pudieran escribirlo. Ambos dedicaron una buena cantidad de tiempo y esfuerzo a terminar un compendio de motivos por los cuales la mujer debía ser castigada. La causa primaria era, así de simple, su naturaleza. Eso bastaba para que toda la cristiandad sospechara: la mujer era pecadora por naturaleza.

En el Malleus Maleficarum se resumieron los elementos que permitían ver que lo femenino era, sin lugar a dudas, el motivo de buena parte de las tragedias de un mundo signado por el dolor, la ignorancia, la enfermedad y el temor a lo divino. Pero el mayor pecado de la mujer, su peor debilidad, era su propensión a pensar.

Pensar era intentar parecerse al hombre, una herejía para el severo Dios del Antiguo Testamento, que había dejado establecido en el Edén su ambigüedad y concupiscencia.

Todas las lógicas discriminatorias tienen lugar cuando las personas pactan con los prejuicios que impone: la época y la sociedad que recibió el Malleus Maleficarum lo hizo de manera jubilosa y lo convirtió en el libro más leído de su época.

Las mujeres que nunca fueron.
En la Edad Media el pensamiento femenino era inaceptable, una rareza venenosa a envilecer la obra divina. ¿Pero quién es esa mujer sabia que la cultura ha condenado tantas veces? ¿Es la pionera, la audaz, la rebelde? ¿O es aquella que reivindica su identidad a través de lo que crea?

Ilustración de Lorentz , A. J. que data de 1842. Es Aurore Lucile Dupin Amantine, más conocida por su seudónimo George Sand.
Aurore Dupin, más conocida por su seudónimo George Sand, con pantalones. (Ilustración de A.J. Lorentz, de 1842)

¿Cómo se ven hoy, en la distancia, a Margaret Mead, una antropóloga que revolucionó los planteamientos sobre el género y la interpretación de la mujer? ¿Cuánto pudo cambiar el mundo Alexandra David-Neel, la primera mujer occidental que entró en Lhasa, la capital de Tíbet, y redimió la búsqueda espiritual de la mujer como una manera de independencia?

La identidad femenina parece construir una visión de sí misma que crece y se afianza con el transcurrir del tiempo, con la búsqueda de nuevas distancias y de mirar el futuro como una nueva aspiración personal.

“Vivir sola […] no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”, escribió Sor Juana Inés de la Cruz en una oportunidad, probablemente abrumada por el peso de la tradición y la cultura que le exigía otra cosa.

Pero pocas mujeres pudieron atravesar la puerta cerrada del conocimiento, frustrando su necesidad de pensar, de crear. La mayoría de quienes pudieron ser las grandes mujeres históricas son sombras, siluetas rotas apartadas de su verdadera capacidad.

Mary Wollstonecraft, la madre de la escritora Mary Shelley, fue una paria de su época por su anhelo de crear una identidad intelectual a su medida. Se marchó sola a París en mitad de la Revolución Francesa, fue madre soltera en una cultura que la condenó al ostracismo y, finalmente, luchó contra esa noción de la mujer sabia que parecía destruirla. Tiempo después de su muerte, su hija escribiría sobre un monstruo solitario y exquisito que sólo deseaba ser reconocido por sus semejantes, pero fue destruido por la incomprensión. La metáfora es más que obvia.

Las mujeres que somos.
Otra de las sobrevivientes del sagrado mandato de la mujer sin voluntad fue George Sand… es decir: Aurora Dupin. No sólo una prolífica y magistral escritora. Nacida en 1804, desde su juventud provocó asombro y rechazo. Ella sabía que era distinta, deseaba demostrarlo y, además, disfrutar del poder de su inteligencia. En 1830 causó furor en París al vestirse de hombre, pero fue más allá de la simple rebeldía: escribió para como forma de expresarse y método para ganarse la vida.

Para las mujeres de hoy es necesario reconocer a aquella que buscó la libertad intelectual y comenzó a reflexionar sobre sí misma desde la independencia, desde la noción de suprema individualidad. “Yo escribí mi salida”, dice Jeanette Winterson en su autobiografía (titulada ¿Por qué ser feliz cuando podrías ser normal?). En esas mismas páginas se atreve a decir “El arte me hizo libre”. Sin embargo, también vendría bien preguntarnos cuánto queda vivo hoy, en el siglo XXI, del Malleus Maleficarum, de esas líneas en las que acusa a la mujer de tener “lengua mentirosa y ligera” y afirma que “una mujer que piensa sola, piensa mal”.

¿Cómo asimila la sociedad de hoy esa necesaria metáfora de la creación intelectual como una forma de expresión tan personal e intima como puede ser concebir un hijo? ¿Cómo se comprende hoy a la mujer que crea, a la mujer de ideas complejas, a las intelectuales contemporáneas?

¿Cuán lejos estamos del Malleus Maleficarum?

martes, 2 de octubre de 2018

Crónicas de la lectora devota: ¿Por qué el libro “What Belongs to you” de Garth Greenwell es una mirada universal al amor? Unas reflexiones sobre la madurez espiritual y el sexo.




Con frecuencia, la ficción sobre las relaciones homosexuales, suele llevar a cuestas el prejuicio de lo clandestino y lo poco convencional, desde la perspectiva del tabú convertido en análisis sobre la identidad y lo privado. Tal vez por ese motivo, suelen reflejarse en la literatura desde el dolor, el desencuentro, el desarraigo y la tragedia. Una combinación que parece llevar implícita cierta angustia existencial y, sobre todo, una velada censura sobre relaciones que, la mayoría de las veces, reciben el incómodo epíteto de «imposibles». De hecho, la percepción sobre las relaciones románticas y sexuales entre hombres, suele asumirse desde el parámetro del miedo y la comprensión de su imposibilidad de origen, como si se tratara de una percepción a flor de piel sobre la posibilidad del desencanto. Una versión de la realidad al margen de una idea más profunda, pero sobre todo, de una concepción mucho más persistente sobre el prejuicio como valor secular.

Sorprende, que semejante criterio impere incluso en el trasfondo literario más refinado y académico. En 1999, el escritor John Updike realizó una crítica somera y muy poco benevolente sobre la novela de Alan Hollinghurst “The Spell”, en la que insistía que cualquier historia sobre el amor entre dos hombres debe enfrentar el inmediato handicap de encontrarse a la deriva entre géneros — ¿Cómo puede clasificarse una obra donde el amor no es más que una excusa para la lujuria pero no lo admite? se preguntaba el autor — sino que además, aseguraba que las historias de homosexuales no interesaba al público en general. “No se trata de nada que resulte especialmente interesante como objetivo narrativo” escribía Updike, sobre la maravillosa prosa de Hollinghurst y su recorrido por la poderosa capacidad del despertar sexual masculino. Resultó desconcertante que Updike, autor de varias novelas que utilizan el elemento sexual de manera directa y concreta, se haya quejado que en Hollinghurst utilizaba el sexo como “auto gratificación” y además, que convirtiera la historia en un juego “implacablemente gay” que carecía de todo aliciente “para cualquiera que no estuviera interesado en el tema”. Para Updike, la falta de consistencia en las historias homosexuales parecía radicar directamente sobre la imposibilidad y su completa inutilidad, al contrario de las heterosexiales, que “implican la perpetuación de la especie y las antiguas estructuras sacralizadas de la familia”.

A criticas semejantes tuvo que enfrentarse André Aciman cuando “Call me by your name” fue considerada una “fantasía sexual levemente cursi” por buena parte de los críticos, que desdeñaron la poesía nostálgica de la adolescencia convertida en un espacio de gracia extraordinaria que sostiene la obra del escritor. A cambio, el escritor contraatacó en un extraordinario ensayo y dejó claro que su novela “no pretendía redefinir el amor sino convertirlo en una versión de la belleza inexplorada”, criterio que sostiene no sólo su obra posterior sino esencialmente, el punto de vista de Aciman sobre las relaciones homosexuales. Tanto para Aciman como para Hollinghurst, el amor entre hombres tiene un dejo de autodescubrimiento, osadía y finalmente, algo muy semejante a un expresión de profunda convicción sobre la individualidad convertida en un ardid erótico y sensorial de extraordinarias proporciones.

En un espacio intermedio entre la percepción de lo erótico como puente para el autodescubrimiento planteado por Aciman y la belleza voluptuosa casi icónica de Hollinghurst, se encuentra “What Belongs to You”, la extraordinaria novela debut del escritor Garth Greenwell. Como si se enfrentara la percepción de Updike sobre el “sexo por el sexo gratuito”, la novela es una magnífica exploración sobre la fenomenología de la lujuria y algo mucho más profundo que elabora una versión de la realidad extravagante y casi dolorosa. Ambientada en la Bulgaria de principios del siglo XXI, la novela utiliza el concepto del país que debe luchar contra su reciente pasado comunista — y sus prejuicios — para comprender la forma en que se comprende la sexualidad en una sociedad en la que el sexo sigue siendo considerado tabú y la homosexualidad una forma de pecado que puede convertirse en una idea fronteriza sobre el bien y el mal. En la novela de Greenwell, el deseo gay sigue siendo un prejuicio con el cual luchar y una forma de estigma, por lo que contradiciendo a Updike, se trata de una concepción del yo mucho más profunda que la “autogratificación” y más cercana a la búsqueda de la identidad a través del cuerpo y el sexo. Para el autor, el sexo se convierte en un vehículo de expresión, de conocimiento pero sobre todo, una profunda percepción de la belleza que plasma a través de una prosa casi poética, elaborada sobre la ternura de cierta melancolía quebradiza.

Claro está, la novela también es una forma de provocación: la historia comienza con un hombre en busca de sexo anónimo y desinhibido. No obstante, el anónimo narrador recorre la ciudad de Sofía con un nerviosa mirada sobre su propia disyuntiva — ¿el deseo o la percepción de lo erótico? — hasta encontrar satisfacción al impulso primario a través de una meditada óptica sobre el absurdo de la insatisfacción y la búsqueda del placer. Cuando el personaje finalmente encuentra la gratificación, también comienza una relación misteriosa, tensa y llena de matices con un hombre que no sólo es su reflejo distorsionado sino el enigma, en medio del silencio de una ciudad extraña. Como un extranjero entre extranjeros, el personaje de Greenwell avanza hasta encontrar una percepción sobre el bien y el mal recóndito y amoral, pero también, los matices de algo mucho más vívido del sexo casual. Entre ambas cosas, Greenwell crea una atmósfera exquisita, una concepción de la ternura que resulta profundamente existencialista y sobre todo, una limpia crítica a los tabúes como elemento desigual que rige el norte y el secreto personal.

El libro, dividido en tres partes, está lleno de vívidas escenas sexuales pero también de una reflexión ponderada, ideal y madura sobre la madurez erótica y la búsqueda de la individualidad. La primera parte — titulada “Mitko” y publicada como novela independiente en el 2011 — mira al personaje principal y los comienzos de su relación con un hombre misterioso desde la periferia y cierta inquietud existencialista. Hay algo doloroso y vívido en la percepción desigual de ambos sobre lo que comparten — una especie de affaire sexual de alto voltaje con cierta conexión intelectual no del todo definida — que convierte a la narración en una búsqueda algo escueta sobre símbolos y significados personales. Se trata de un comienzo prometedor por supuesto, pero en exceso blando y que parece de hecho, sostenerse sobre la premisa de Updike de “nada de interés para el público general”. No obstante, Greenwell no se detiene en su narración profunda y melancólica y avanza en la segunda parte para llegar a la verdadera intención del libro: esa comprensión humana, despiadada y dolorosamente bella sobre las raíces del miedo, la orfandad espiritual y la búsqueda del significado intelectual. Titulada “Un Sepulcro” es la respuesta contundente a la trivialización y a la banalización de la sexualidad gay: su narración sobre su vida, percepción sobre la lujuria y la melancolía de la juventud perdida, el autor crea un marco perfecto para exponer el proceso de la verguenza de la sexualidad convertida en dolor, prejuicio y humillación. La descripción del narrador sobre su natal Kentucky establece paralelismos inmediatos con sus vivencias en Bulgaria y de pronto, la novela adquiere una profundidad que asombra por su agudeza. Todos estamos condenados a repetir el pasado, todos estamos aplastados por los ciclos incompletos creados por el dolor y el sufrimiento anónimo.

Con “Pox” — la última parte y perfecto cierre de la novela — Greenwell logra encontrar el equilibrio entre ambas cosas y compensa la versión de la realidad con una búsqueda casi natural de lo cotidiano. De la pasión desenfrenada de “Mitko” al dolor de “Un sepulcro”, el autor crea una versión de la realidad sensitiva, refinada y sugerente que elabora una concepción del amor gay por completo nueva en la literatura actual. Con su prosa vitalista, llena de una belleza desconcertante y a la vez dura — casi dolorosa — Greenwell atraviesa con facilidad el páramo de la angustia hacia la sutileza de la madurez intelectual con la vívida sensación que el mundo interno se extrapola más allá de la piel, como una forma de ternura. Con la misma capacidad para el color local y la fuerza meditada de Ben Lerner y Karl Ove Knausgaard, “What Belongs you” es una búsqueda de una intrínseca interacción entre la ternura, lo brutal de los secretos y la necesidad de encontrar un punto común entre ambas cosas.

Por supuesto, habrá lectores que insistirán que la historia de Greenwell no es del todo Universal y que Updike, después de todo tenía razón. Pero en la medida que se profundiza en la obra de Greenwell, la percepción universal sobre el amor, la belleza y la dulzura crea una concepción sobre la historia que trasciende los límites sobre lo que cuenta para crear algo más elaborado, sensitivo y audaz. Un enigma dentro de un enigma, que por supuesto, tiene poco o ninguna relación con lo que se espera de ella o lo que se supone puede ofrecer el epíteto de novela gay. Al final “What belongs to you”, es una narración que intenta analizar búsqueda de individualidad desde lo espiritual, una creación dolorosa sobre la sensibilidad y sobre todo, una crítica historia de amor. Una mezcla casi imposible que Greenwall logra con un éxito arrollador.