martes, 27 de septiembre de 2016

Crónicas de la feminista defectuosa: Entre la figura tradicional femenina y su evolución ¿Quién es la mujer actual?




Hace unos días, escuché el siguiente comentario en un restaurante donde me encontraba almorzando: “Las mujeres actuales deberían agradecer ser visibles”. Lo dijo un hombre de traje elegante sentado a dos mesas de distancia y acompañado por dos mujeres que no sólo sonrieron a la frase sino a quienes no pareció preocupar demasiado lo que podría implicar. Irritada e incómoda, miré al hombre el suficiente tiempo como para que notara que lo hacía y por un motivo. Me dedicó un gesto casi desdeñoso, como si no entendiera — y quizás era así -el motivo de mi malestar. Al final, rompí el contacto visual mientras el amigo que me acompañaba me miraba preocupado.

- No vas a poder cambiar el mundo — me comentó. Lo hizo con la buena voluntad de quien se preocupa, sin ninguna malicia. Pero sus palabras parecieron resumir esa idea amplia y desconcertante sobre esos limites invisibles de la sociedad, infranqueables y asumidos como necesarios. Quizás inevitables. Me tomó unos minutos contener mi mal humor antes de responder.

- Eso no quiere decir que deba dejar de intentar al menos un cambio beneficioso — digo — al menos quiero creer que el mundo es perfectible y no simplemente, una losa cultural que deba sobrellevar.

P. no responde, aunque le noto incómodo. Y es que nunca será sencillo ese debate sobre la igualdad y la exclusión social. No lo es, porque simplemente las piezas que conforman una idea tan compleja parecen formar parte de una serie de planteamientos culturales sutiles, que la gran mayoría toma por necesarios e incluso habituales. La insistente discusión sobre la igualdad de género y tal vez algo más profundo, como lo es esa visión sobre la mujer fuera de los limites de lo tradicional, es una que con toda probabilidad, llevará años de aceptación, de una mirada mucho más inquisitiva de lo cultural de nuestra sociedad. Eso, a pesar de los esfuerzos sostenidos, los triunfos y sobre todo, esa interpretación de la identidad de la mujer como parte de una idea mucho más amplia que sólo su rol biológico.

- La mujer y el hombre deben comprenderse en su diferencia. A pesar de todo, el hombre y la mujer son distintos y eso los hace complementarios — responde mi amigo, cauteloso — pero en nuestro país…
- En nuestro mundo — le interrumpo — entiendo lo que deseas decir y quisiera que fuera tan sencillo como un análisis sobre nuestra capacidad para comprendernos desde lo que nos hace distintos. Pero hablamos de un mundo que considera la diferencia una forma de debilidad y que insiste en mirar a la mujer como una criatura incomprensible y frágil.

P. no responde. Con un gesto rígido, toma su bebida y toma un par de tragos rápidos. Y me pregunto si esa desagradable sensación de tensión que percibo en sus gestos y que salpica lo que hasta entonces fue una tranquila conversación, es síntoma de esa actitud del mundo contemporáneo con respecto a la lucha por las reivindicaciones femeninas. Después de todo, es un tema espinoso y la mayoría de las veces lo suficientemente doloroso como para que que implique una visión complicada sobre el mundo femenino, sobre esa noción de género que parece confundirse con ideas tan esenciales como el rol tradicional de la mujer y más aún, su papel histórico primordial.

Es un hecho que las mujeres han sido ciudadanas cuestionables del mundo durante siglos, en todas las culturas y en la mayoría de las sociedades donde el papel de lo femenino parece resumirse a esa visión sobre la maternidad y su rol como compañera del hombre. La individualidad femenina es de hecho, una cuestión más bien reciente en la historia y quizás por ese motivo, la idea continúa siendo parte de un interminable debate sobre que ideas conforman esa nueva identidad, ese resurgimiento de la independencia emocional y sexual de la mujer moderna. Desde el infanticidio por sexo (ese crimen silencioso y anónimo que condenó a morir a cientos de niñas en diversas culturas que brindan preferencia al varón) hasta las leyes de corte sexista y discriminatorio, la mujer parece continuar luchando contra ese insistencia de la supremacía masculina, la necesidad de la sociedad de asumirla en un papel casi infantil y elemental. Eso, a pesar de que las mujeres solemos insistir que la batalla por la igualdad ha brindado frutos, que los largos años de luchas y debates han conquistado una cuota de libertad extraordinaria en comparación a otras épocas. No obstante, aún persiste esa idea de la mujer minusvalorada, sometida a una idea masculina que la supera y la rebasa. Una sociedad de hombres construida a la medida de lo masculino, y que no duda en dejar claro que la diferencia es una visión que se castiga o se minimiza entre la noción de iguales.

Supongo, por supuesto, que todo se debe a esa insistencia sobre los planteamientos de perfectibilidad y progreso heredadas del siglo XVIIII y XIX, que nos hace creer que todo lo que vivimos es mejor que el pasado inmediato y probablemente será peor que el futuro a corto plazo. Aún así, el proceso de la mujer en la búsqueda de igualdad y sobre todo, reconocimiento y respeto, no ha sido lineal, mucho menos sostenido. En todo ese largo camino zigzagueante y la mayoría de las veces accidentado hacia el reconocimiento del valor de la identidad sexual femenina, ha habido épocas de gran libertad, de una expresión del yo de la mujer tan fuerte como sostenido. Sin embargo, le han seguido etapas de profunda represión, una especie de reacción inmediata a esa libertad apenas sugerida, la expresión de la mujer como elemento fundamental de la sociedad por derecho propio.

Desde la quema de brujas en Europa ( que fue precedida por la gran libertad e iluminación del Renacimiento) hasta la revolución Francesa (primer período histórico en que la mujer fue vista bajo el crisol de una relativa igualdad) lo femenino siempre ha sido un asunto complejo para los grandes pensadores y sobre todo, la filosofía que reflexiona sobre los derechos y principios humanistas. Porque la mujer parece ser la excepción a esa necesidad de proclamar la igualdad como valor inalienable. Eso a pesar que Condorcet, filósofo y redactor de la Constitución revolucionaria ya insistía en que “O bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderos derechos o bien todos tenemos los mismos; aquel que vota en contra de los derechos de otro, cualesquiera que sean su religión, su color o su sexo, está abjurando de ese modo de los suyos”. No obstante tan preclara declaración no fue aceptada de igual manera en todos los círculos y mucho menos bajo los mismos aspectos. Con la llegada de Terror — y sus leyes limitantes y restrictivas para la mujer — quedó bastante claro que esas primeros análisis sobre los derechos femeninos fueron insuficientes — cuando no inútiles — contra esa gran concepción histórica del rol secundario de la mujer. Una percepción desconcertante, cuando no preocupante, de la necesidad de encontrar esa interpretación del género que sea capaz de asumir la inclusión — en la diferencia y quizás gracias a ella — como indispensable.

De dolor a la barbarie: La mujer y la violencia.
La caza de brujas en Europa fue quizás uno de los momentos más oprobiosos de la historia Universal. No sólo por el hecho que instauró el hecho del uso del poder como una forma de represión histórica hacia quienes se consideraban inferiores sino que además, dejó muy claro que la figura de la mujer para Iglesia y estado, era poco menos que insignificante. Durante el siglo XV y principios del Siglo XVI, hubo miles de ejecuciones, torturas y detenciones en Alemania, Italia, Inglaterra y Francia. Según crónicas de la época, el 85% de los reos quemados vivos eran mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas que muy probablemente sabían por qué motivo se les encarcelaba y se les torturaba. En algunas regiones alemanas y en medio del furor papal y eclesiástico en la búsqueda de la histórica, había al menos seiscientas ejecuciones anuales. La mayoría eran llevadas a cabo sin juicio previo y bajo acusaciones sin fundamento. Y aún así, la Iglesia las consideraba los suficiente válidas como para llevar al tormento a las víctimas. En Toulouse, cuatrocientas mujeres fueron torturadas y asesinadas a un mismo día. Como en otras regiones de Europa, ninguna de las acusaciones buscaban demostrar la culpabilidad del acusado: el mismo hecho de sospecharse su culpabilidad era una prueba lo bastante contundente como para provocarle la muerte. Las imputaciones eran tan absurdas como improbables: desde beberse la sangre de los niños hasta volar sobre pueblos y aldeas aterrorizando a sus residentes. Y sin embargo, la mayoría parecían estar sustentadas en algunas ideas que para la época resultaban inaceptables en la mujer: independencia y poder. En la hoguera inquisitorial murieron mujeres por el pecado de poseer conocimientos médicos e incluso por el simple hecho de brindar ayuda a parturientas, cuando la predica eclesiástica insistía que la mujer debía parir con dolor y riesgo para purgar su pecado original. En medio de la ignorancia y el terror, cientos de miles de mujeres sufrieron el oprobio y la humillación de ser consideradas animales, criaturas sin alma, por un poder eclesiástico que censuraba todo tipo de expresión personal de la mujer. E incluso censuraba su capacidad para amar y sentir placer.

Es quizás de esas nociones sobre la mujer malvada — la definitiva demonización de lo femenino — sea lo que tenga como inevitable consecuencia que la identidad de la mujer, su visión cultural e incluso su rol legal sean menospreciados y desvirtuados constantemente. Hay una interpretación insistente de la mujer como parte de una idea social que disminuye su reclamo por independencia y que aún hoy, forma parte de toda esa interpretación de la mujer como frágil, débil, dependiente y subsidiaria de la figura masculina. Una especie de cárcel de principios que incluso en la actualidad es parte de la visión cultural más extendida sobre la mujer y su mundo. Una condición que eventualmente la condena a esa torpe percepción sobre género en la que se insiste construir una idea.

La violencia, la agresión y la mujer: El temor como símbolo.
La noticia de la violación y estrangulamiento de dos niñas en la India, me encolerizó pero lamentablemente, no me sorprendió. Lo que si debió sorprenderme — pero tampoco lo hizo — fue la opinión de un legislador local que opinó en Rueda de Prensa que (y cito) “Algunas violaciones son correctas”. No me sorprendió esencialmente porque durante los últimos meses las noticias sobre violaciones y agresiones sexuales a mujeres en el país asiático, han estado salpicadas además, de lo que parece ser una visión social que menosprecia lo que ocurre y que además, lo convalida por cierta insistencia en el hecho que la mujer “pudo provocarlo”. Inquieta y sobre todo indigna, que la apreciación no sólo sea parte de una opinión social — por otra parte presumible en un país conocido por su machismo sino que e considere parte de una cultura que premia el maltrato y menosprecia la gravedad de lo que una agresión sexual significa para una mujer. No obstante, la noticia solo es una entre miles, una de las tantas que han saltado a la palestra pública desde que la situación general de la mujer en la India se hizo parte del panorama mundial.

Desde las masivas protestas que desencadenaron la violación y tortura de una joven hace casi dos años, lo que ocurre fronteras adentro de la India se hace hecho visible al resto de la comunidad internacional. Con todo, la situación no ha mejorado sino que de hecho, parece deteriorarse. Eso, a pesar de las leyes y toda una serie de presiones locales e internacionales, que insisten en impulsar reformas que aseguren la protección legal y social de la mujer victima. Aún así, el problema parece radicar que en la India — y lamentablemente en buena parte del mundo — la situación de la mujer maltratada y abusada forma parte de ese subtexto que se normaliza, se acepta y se analiza como una visión común dentro del entramado legal y social.

Una circunstancia dolorosa, aún más cuando los casos de violencia y agresión sexual contra mujeres en todas partes del mundo, están salpicados además del maltrato de las autoridades que deberían proteger no sólo a la victima sino a sus familias. En el caso de la India, la situación se torna dantesca, cuando la compleja visión social del país, parece insistir en colocar en una posición poco que menos que humillante solo al que sufre la agresión sino al que aboga por justicia. Cuando las niñas ( dos adolescentes de 14 y 15 años respectivamente ) desaparecieron, de su hogar, el padre de una de ellas se apresuró a acudir a la policía en busca de respuestas. Lo que obtuvo fue la burla de los agentes a cargo y una total negligencia en lo que se refiere a cualquier proceso legal que pudiera haber evitado lo que las niñas sufrieron a manos de sus agresores. El padre insistió y cayó de rodillas frente a los agentes suplicándoles que hicieran algo pero solo fue amenazado por el grupo de policías. Por último, el padre fue desalojado de manera violenta del edificio del edificio e incluso amenazado por varios efectivos armados ( Con información de Avaaz: Un mundo en acción)

Preocupa, que la historia anterior solo sea una de las cientos que afectan actualmente no solo a la sociedad India sino a numerosas regiones del mundo. Desde el matrimonio infantil hasta la trata de blancas, el abuso de la mujer y la indiferencia legal sobre la gravísima situación que supone, es una constante que parece repetirse en condiciones idénticas a diario. La negligencia pero sobre todo, el menoscabo de la interpretación de la violencia como un hecho legal repudiable, parece ser un elemento común en la interpretación de la situación legal de la mujer en cientos de ciudades y poblados en varios continentes.
La historia de las niñas en India parece ser un símbolo de esa perspectiva sobre la mujer primitiva e incluso directamente nociva: solo gracias a la presión internacional, cinco individuos han sido detenidos y dos oficiales de la policía destituidos. Pero aún así, las estadísticas desconcierta y abruman: cada hora, una mujer es violada en alguna de las grandes ciudades del mundo. Al menos el 60% de las mujeres que sufren agresión sexual jamás denunciará el delito. Aproximadamente la mitad de ellas, sufrirá secuelas físicas y emocionales permanentes sin disponer de ningún tipo de ayuda terapéutica o médica para lo que sufre. El 70% de las agresiones sexuales en el mundo son cometidas contra menores de edad. El 25% por miembros de la misma familia. El 21% de las victimas quedarán embarazadas de su agresor.

Y sin embargo, el mundo continúa asumiendo la existencia de la violencia contra la mujer como un mal anónimo, sin rostro. Una estadística mínima que con frecuencia, parece sometida a una opinión social que denosta a la victima y de alguna manera, la convierte no solo en rehén del estigma que una violación supone en algunos países, sino que además, brinda un preocupante velo de impunidad al atacante. No puedo dejar de preguntarme entonces, ¿Hasta que punto somos conscientes de la cultura que promueve y también acepta este tipo de interpretación distorsionada sobre la figura femenina? ¿Hasta que punto somos responsables de esa aceptación silenciosa de la agresión legal que sufre con frecuencia la mujer?

Preguntas preocupantes que demuestran que aún la cultura occidental necesita replantearse su opinión sobre a lo que la agresión sexual se refiere y sobre todo, construir una visión sobre la violencia contra la mujer mucho más consistente y menos dolorosa que la actual.

Y más allá del género: Una lucha invisible.
Venezuela es un país machista, de eso no hay duda. Y eso aunque se insiste con frecuencia que lo es mucho menos que otros países del hemisferio, lo cual es cierto, pero no hace menos preocupante la situación de la mujer Venezolana. Cuando le explico esa mezcla de ideas y de justificación histórica a mi amiga G., antropóloga dedicada desde hace unos cuantos años a la investigación de la identidad de la mujer en Venezuela, sacude la cabeza con una sonrisa resignada.

- El Venezolano es especialista en restar importancia a problemas elementales a través de la comparación — me responde — en lo referente a la mujer no es la excepción. Para buena parte de la sociedad Venezolana, somos mucho más abiertos que otras regiones del hemisferio por ejemplo, donde el machismo está bien visto y además se normalizó. Y eso puede justificar rasgos machistas por el mero hecho de no ser “tan graves”.

Me horroriza la idea. En Venezuela las cifras de analfabetismo de la mujer superan con creces las varios de países vecinos a pesar de la propaganda gubernamental que insiste en lo contrario (puedes verificar la comparativa aquí) . Otro tanto ocurre con las estadísticas rojas de maltrato y asesinato, donde Venezuela se mantiene entre los primeros lugares de feminicio del hemisferio. También somos un país donde el embarazo adolescente ha aumentado de manera exponencial en los últimos veinte años, así como el abandono escolar femenino y la consiguiente profesionalidad. También Venezuela es uno de los países donde es más frecuente el uso de acoso sexual en oficinas y aulas. Una visión general que demuestra que nuestra sociedad asume que el menosprecio a lo femenino es la mayoría de las veces inevitable.

- No solo inevitable — me responde G. cuando se lo comento — sino que es parte de lo que se asume sucede. Somos un país donde el machismo es un elemento a tener en cuenta. Te lo enseñan desde pequeña: el muchacho pa’ la calle, la mujer pa’ la casa. La puta y la fácil, el hombre “puto”. La madre que se enorgullece porque sus hijos jamás “lavan un plato”. Son todo una serie de mensajes que se insisten y se repiten, y que calan tan hondo que se consideran naturales. No es extraño, que la mayoría de las mujeres en Venezuela te digan que no hay machismo porque “pueden hacer muchas cosas que en muchos países no es bien visto”, como si el mismo hecho de tener que tomar una decisión sobre lo que se puede o no hacer no fuera un acto de agresión intelectual. Hay un buen trecho recorrido pero mucho más por recorrer.

Pienso en sus palabras mientras camino por la calle. Las mujeres de mi país, celebradas como las más bellas del mundo, son quizás también, las menos conscientes de su necesidad de liberarse de cualquier estereotipo, cualquier idea que pueda limitarla. Pienso en todas las veces en que la palabra feminista se usa como insulto, y también, en la que esa necesidad de reivindicación como una forma de rebeldía injustificada. Sí, me digo, entre esta multitud de mujeres reales, espléndidas por derecho propio, este Universo femenino en un país en esencia matriarcal pero absurdamente machista, hemos recorrido un buen trecho, pero aún necesitamos alcanzar mucho más. Quizás una simple y mucho más poderosa, percepción de identidad.

Proyecto "Un país cada mes" Octubre. Canadá. Alice Munro






La primera vez que leí a Alice Munro fue este año: lo hice porque alguien me la recomendó por su impecable capacidad para crear ambientes a partir de lo cotidiano. No supe muy bien como interpretar esa definición - me pareció podía significar cualquier cosa - hasta que leí el extraordinario relato "Demasiada felicidad" y descubrí que justamente lo que hace magistral la obra de Munro es su sencillez. Y no hablo, por supuesto de simplicidad. La escritora, directa, franca, una observadora inquieta y profunda de la realidad, construye pequeños mundos de personajes reflexivos, tan cercanos como desconcertantes en su belleza. Y es que en cada uno de sus cuentos, Munro logra retratar con la precisión de un cirujano sentimientos complejos de una manera que muchos han catalogado de cotidiana, quizás sin serlo. Porque para Alice Munro, el mundo es una gran pagina a medio escribir.

En ocasiones he pensado que Munro, es quizás su principal personaje: Con una historia que roza lo esquemático sin llegar a serlo, comenzó a escribir relatos durante las siestas de sus hijos, siendo una joven esposa en finales de la década de los sesenta. Muy probablemente, esa necesidad de evasión, de encontrar un lugar en la rutina de pura creación y expresión, es lo que hace que los relatos de Munro tengan una capacidad innegable para componer y mostrar una realidad ambigua, en constante transformación. Y es que para Munro, lo que se cuenta, solo es parte de esa visión amplia de un mundo que quiere narrar. Hay algo más, subyacente, a medio camino entre la promesa de lo que expresa y ese misterio que se adivina a medias en las escenas que describe. Al final, solo la ruptura, quizás el tema más recurrente en la obra de la autora. La ruptura entre lo evidente - o lo que parece serlo - y esa otra visión de la insatisfacción, de la búsqueda de un propósito que construye a través de una profunda emoción. Sin duda, por ese motivo, el relato tradicional de Munro siempre mostrará a una mujer aparentemente fuerte, que intenta mantener el equilibrio, que aspira a lograrlo al menos, hasta que se desploma, se rompe en dos mitades que nunca vuelven a encajar entre sí. Y esta complejidad inaudita, este proceso de temores y desasosiegos, de belleza y dolor, se describe con una prosa casi simple, sin enfasis. No obstante, Munro sabe como conmovernos: crear esa deliciosa intimidad con sus personajes y más allá de eso, permitirnos comprender sus motivaciones, crearlos en nuestra imaginación. De tan reales, que resultan siendo entrañables e incluso, un simbolo de una persona desazón.

Y es que sin duda Munro, medita sobre la fragilidad del espiritu humano con una prodigiosa habilidad para hacernos recordar nuestras propias grietas y desigualdades. Todos sus personajes parecen a punto de quebrarse en trozos irreconciliables, de sucumbir al peso de la realidad: mirarse más allá de la rutina inevitable, de esa transformación incesante del rostro humano en busca de intimidad. Una interpretación de la mente y la naturaleza humana a través de su fragilidad, de su pequeña obsesión con el desastre y su accidentado recorrido a través de lo cotidiano. ¿Qué es lo que encuentra Munro en sus pequeños mundos inquietos? ¿En esta aparente calma plomiza que envuelve a todos sus personajes e historias? Nadie parece saberlo con claridad: El grueso de su obra transcurre en un zona imaginaria, en los confines mismos de lo que consideramos normal. ¿Una paradoja? ¿Un símbolo? Tal vez, pero con Munro, nada es tan sencillo o evidente como aparenta: y de hecho su  'Munro Tract' (el Condado de Munro), esa región ficticia donde sus personajes se mueven en una normalidad quebradiza,  es mucho más que una simple visión de la estructura de sus historias. Hay algo profundamente sentido, casi doloroso, en esa pacifica visión del tiempo que transcurre, de la angustia existencial que se oculta y del rostro humano que se transforma en su propia necesidad de evasión.

Para la autora nada es simple. Su complejidad tiene mucho que ver con su capacidad para crear infinitas ramificaciones dentro de un Universo de palabras construido con un pulso tan firme como coherente. Sus historias se entremezclan en una densidad psicológica que resulta en ocasiones sofocante. A pesar de la distancia emotiva con la que la autora narra sus obras, hay una hilo de profunda emoción que estructura cada relato en un mecanismo de asombrosa exactitud. En su último libro "Mi vida Querida", uno de las historias relata quizás su propia vida y resulta incluso inquietante, la manera como la escritura se mira así misma desde una distancia prudencial: un ama de casa que escribe para si misma, la angustia existencial que no le permite expresarse de otra manera. Una pequeña turbulencia en lo común, descrito como un adulterio que casi termina en desastre. No obstante, la tensión nunca rompe la quietud casi elemental que sostiene la historia y en cierta medida a  los personajes. Con un pulso asombroso, la autora renuncia a toda drama concreto, para dejar entrever ese desazón del espiritu que subsiste entre las grietas de la memoria.

Por algún lado leí, Munro se enteró de la noticia porque su hija mayor le avisó. Había olvidado la fecha de la entrega del premio y estaba dormida cuando se conoció el veredicto. Y la imagino, radiante a sus ochenta y dos años, sonriendo casi maliciosamente, un misterio en esa necesidad suya de expresarse con absoluta sencillez. Probablemente exclamó algunas frases de franca incredulidad ("Esto es tan sorprendente y tan maravilloso") y su sorpresa sea de esas silenciosas, levemente inquietantes. Nada en concreto, una fragilidad desconcertante, casi engañosa.  Y aún así, emocionante.

Entre delirios de biblioteca te veas: ¿Cuales son los prejuicios del mundo literario?






Hace un par de días, conversaba con un antiguo compañero de Universidad, cuando comenté, casi por descuido - no debí hacerlo - lo muy entretenida que había resultado la novela "Doctor Sueño" del escritor Stephen King. Mi amigo - editor, escritor y columnista en un reconocido periódico impreso - me dedicó una mirada que no pude interpretar de otra manera que como de profundo asombro.

- ¿Lees eso? - preguntó. Sonreí. Como me encantan estos debates.
- Oh sí, leo a Stephen King siempre que puedo.

No respondió. Torció el gesto con cierta rigidez y siguió tomando su respectiva taza de café. Esperé, sabiendo que no podría mantenerse callado por mucho tiempo.

- ¿Realmente disfrutas de ese tipo de literatura? - casi me hace soltar una carcajada, el ligero retintín que le brindó a la palabra "literatura", como si quisiera dejar bien en claro su incredulidad sobre utilizar el término para definir la obra del llamado "Rey del Terror". Suspiré. Allá vamos otra vez.

- Sí. Cualquier libro tiene algo que decir, si se lo permites - dije. Que idealista sonó aquello, pensé, pero era la verdad, era justo lo que pensaba - no creo que exista un libro bueno o malo. Existen libros que no se han leído.

- Eso es una manera muy amplia de analizar el valor de la literatura - insistió - No puedes comparar a King con Vargas Llosa, por ejemplo.

- ¿Por qué querría hacerlo?

- ¿No lo haces al leer libros de ambos? De alguna manera, los equiparas a ambos con el mismo estándar: En otras palabras indicas que "Ambos merecen ser leídos".

- ¿Y quién soy yo para decir lo contrario?

- Un lector.

- Un lector respetuoso - dije, haciendo énfasis en la frase y mirándolo directamente a los ojos. La conversación comenzaba a fastidiarme pero también me preocupaba. Los prejuicios, cualquiera sea su origen, siempre me han inquietado - de manera que leo todo lo que puedo, y me formo una opinión en consecuencia.

Silencio otra vez. Supuse que mi amigo se mordía la lengua para no lanzarme a la cara la respuesta que probablemente deseaba, y que con toda seguridad, era un alegato con respecto a la baja calidad de la literatura de "folletín", como suele llamar a todo ese universo de palabras que se extiende más allá del clásico y el autor respetable. Pero al final, creo que su buen juicio superó su exasperado punto de vista y la conversación continuó por derroteros menos tensos. No obstante, no pude dejar de pensar en esa limitada visión de la literatura que parece tan extendida y lo que es aún peor, se toma por cierta la mayoría de los casos.

Y es que como cualquier otro mundo, el literario tiene sus propios prejuicios. Enormes, pequeños, sutiles, insoslayables y todas las veces, totalmente injustificados, como cualquier prejuicio que se precie. Como lectora devota desde que tengo memoria y luego, profesional del mundo literario a pleno derecho, por años me he tropezado con más de uno y he tenido que luchar con unos cuantos más, por lo que decidí, a manera de ejercicio personal, recopilar los más conocidos y hacerme la gran pregunta ¿En que sostiene un prejuicio literario? ¿Es una herencia de la visión Universal sobre la palabra o es consecuencia de la mirada del lector? Sin saber muy bien que respuesta encontraría, comencé a hacer las preguntas necesarias y esto encontré:


* Todo Best Seller es por definición literatura barata:


Uno de los mayores prejuicios y probablemente, el más extendido de todos los que pueda enumerar. Desde Stephen King, Anne Rice hasta los nuevos fenómenos editoriales Suzanne Collins y Stephenie Meyer, el llamado  best Sellers se considera en cualquier circulo literario como literatura basura. Y es que al parecer, la formula que promueve - y la mayoría de las veces, asegura las ventas - de libros se repite con tanta frecuencia que la linea entre la propuesta original y la que imita otra más exitosa, se hace difusa. Muy probablemente por este motivo, la calidad de un Best Seller continúa en plena discusión, sobre todo bajo la óptica de quien asume la literatura como una combinación de profundidad y un conjunto de elementos retóricos de valor, que la habitual simplicidad de la formula que asegura el éxito no posee. Aún así, mucho de los considerados "Best Sellers" poseen también un enorme valor simbólico: la mayoría de las veces, son la puerta abierta del nuevo lector al mundo de la página y libro.

Y además, ¿Qué es un Best Seller en realidad? Se le suele definir como un fenómeno comercial, con un libro que triunfa aunque el mundo editorial no se explique exactamente el motivo. ¿La calidad compromete? ¿Influye? ¿se relaciona con las ventas? ¿Hay un elemento definitivamente de menor sustancia en una propuesta que se hace más accesible para el lector promedio? Hay buena cantidad de ejemplos que demuestran justamente lo contrario: desde el El nombre de la Rosa de Umberto Ecco, que a pesar de su densidad y complejidad estuvo entre la lista de los más vendidos durante meses en varios lugares del mundo hasta algunas obras de Vargas Llosa, García Márquez son ejemplos de propuestas literarias muy comerciables que también poseen un alto valor literario.

* Solo los clásicos literario son libros verdaderamente valiosos:

Más de una vez, he escuchado a lectores devotos insistir que solo los autores de "renombre" tiene valor literario, opinión que parece desmerecer a todo aquel escritor que no parezca encajar con esa visión romántica del autor clásico. En lo personal, creo que además de ser un prejuicio sin sentido, es además lo suficientemente incómodo como para promover todo tipo de debates, sobre todo los que se relacionan en la influencia del escritor novel sobre el mundo de la literatura.

Una vez leí que los clásicos no necesitan abogado defensor, que deben leerse por necesidad. Muy cierto, pero también es imposible asumir la idea de la globalidad de la literatura, si insistimos en que el mundo de la palabra sobre puede acoger a determinado numero de autores y propuestas. Por supuesto, leer clásicos de la literatura abre todo un espectro de posibilidades y visiones con respecto al mundo literario, esa gran mezcla de estructuras, símbolos, mensajes y contexto que cada Universo literario contiene, pero aún así, su lectura, no debería ser una imposición o considerarse que cualquier otro libro, en comparación, carece de valor.

De manera que la gran conclusión de toda esta idea general, es la necesidad de comprender el mundo literario como ecléctico, complementario y además, subsidiario de una gran propuesta general de conocimiento que parece sintetizar - y construir - una visión de literatura mucho más amplia y completa que la que el prejuicio deja entrever.

* Los libros de cualquier subgénero como el de Terror, ciencia ficción y Fantasía, carecen de valor:

Para alguien que creció alimentando su imaginación con las grandes narraciones de Tolkien, Phillip D. Clack y otros grandes maestros de la literatura, la insinuación que la literatura fantástica tiene menor valor que la considerada "tradicional" es poco menos que un insulto. Y es que la idea, parece sugerir que la literatura solo debería limitarse a un gran monólogo entre la experiencia espiritual del hombre, su opinión sobre el mundo que le rodea e incluso el análisis de sus vicisitudes mundanas, dejando fuera del ámbito de lo que se considera "Literatura de calidad" todo ese espléndido Universo de propuestas que tienen a la imaginación y a la creación en estado puro como principal elemento de expresión. Sorprende, además, que el prejuicio insista además que la ficción, cuando desborda esa limitada línea entre el Universo creativo y algo mucho más arriesgado, carece de verdadera sustancia, profundidad e incluso belleza. Una idea que menosprecia lo esencial de toda visión literaria que se precie: la libertad para construir mundo que brinda la pluma al autor.

* Los buenos escritores nunca son compatriotas: ( o exactamente lo contrario )

Hace unos cuantos años, me aficioné a leer al poeta Venezolano Perez Bonalde. Me sorprendió la calidad de su propuesta lírica, no solo por su carácter intimista sino por su singular manera de expresar el mundo en el que vivió, con un fino olfato para la belleza y  la sutileza. Recuerdo que por entonces, había todo un redescubrimiento de la vida y obra de Sylvia Plath y tuve más de un encontronazo con algunos autoproclamados "literatos" que insistían en que la obra sencilla - nunca simple - de Perez Bonalde, no podía compararse con la poesía contemporánea, con esa perturbadora interpretación de la realidad de la poesía moderna. Fue un poco desconcertante, asistir a discusiones donde más de una vez, me insistieron en que la literatura Nacional poseía los vicios de nuestra identidad nacional y que por tanto, era incapaz de competir con una visión más depurada del hombre y de la realidad, como la que ofrecía la poesía contemporánea.

La otra cara de la moneda de este prejuicio, es por supuesto, un extremo chauvinismo literario que realza, en detrimento de otras visiones foráneas, la literatura nacional. Me he tropezado con defensores acérrimos de los autores nacionales, cuyo único argumento parece ser el  de celebrar - e insistir - en que  la nacionalidad es un importante elemento dentro de la interpretación de la calidad literaria.  Me llevó mucho tiempo comprender el origen de un prejuicio tan absurdo, sobre todo porque estoy convencida que  la Literatura carece de otro gentilicio que el de la Tierra de las palabras. Más de una vez, me enfrenté a discusiones en las cuales se insistía en que todo buen lector debe ser amante de la literatura local y que toda crítica en contrario, es una grave ofensa a la identidad nacional. Una idea absurda, si tomamos en cuenta que el principal objeto de la literatura es trascender límites y más allá, asumir el valor de la palabra como Universal.



Mi amigo no hizo ningún comentario luego de la tensa discusión que sostuvimos con la portada de cartón del Libro de Stephen King como testigo. No obstante, cuando le pedí me acompañara a una librería para curiosear sobre algún nuevo libro en anaquel, declinó la oferta. Lo miré, conteniendo una sonrisa.

- ¿Volveremos a discutir? - preguntó. Me encogí de hombros, apretando el libro que tanta incomodidad le causaba contra el pecho, bien visible.
- Por supuesto.

C'est la vie.

Juego de espejos: Del misterio del espíritu humano a la búsqueda de la belleza a través del dolor.




Hablar de la obra del director sueco Ingmar Bergman, es meditar sobre un tipo de cine intimista y doloroso, un planteamiento cinematográfico destinado no tanto a sorprender como a conmover e incomodar. Porque para Bergman, las imágenes son símbolos de introspección más que de expresión en esa sutil diferencia, parece radicar la manera como asume el poder de lo que cuenta, de la historia que se construye, de ese ritmo pausado, elemental y esencial que imprime a sus piezas fílmicas. Porque sin duda, para Bergman, el cine es un arte impaciente, una mirada dura y cruda hacia esa infinita variación del espíritu humano que intenta recrear en símbolos ambiguos. Una idea que se presume cierta pero parece estar sometida a la visión subjetiva más que cualquier otro lenguaje. Y Bergman, con su capacidad para observar y construir nuevos parámetros, tuvo la osadía de reinventar esa visión bajo su propio discurso, brindándole profundidad con sus miedos y cuestionamientos más íntimos. Una reformulación de lo evidente para elaborar una idea fundacional.

Aunque resulta desconcertante hablar sobre ideas originarias y esenciales en el medio fílmico, con Bergman es necesario: porque con su película "Personas" logró resumir lo mejor de su visión artística y pulir su estilo argumental. Toda una declaración de intenciones fílmicas que durante toda su vida no hizo más que reforzar y enriquecer. La fuerza argumental, la magnífica estructura visual y sobre todo, el poder de evocación de "Personas" dejan muy claro que para Bergman, el cine intenta disuadir a la mente humana de su noción de la realidad, confundir esa necesidad del hombre de encontrar sentido al mundo que le rodea. La expresión del yo, esa necesidad de contradecir la razón con imágenes y pequeñas tretas metafóricas, crean una tensión única, una obra atemporal que trasciende el límite del celuloide para convertirse en lenguaje por derecho propio.


Se ha dicho que Bergman es un estilista. Yo también lo creo, aunque también, estoy convencida que su planteamiento cinematográfico es un ejercicio experimental casi en estado puro. Con su talento para disección del alma humana, para profundizar en ideas existencialistas con una facilidad asombrosa, Bergman encuentra en el cine una manera de contar lo intangible, de asumir el caos como una estructura de imágenes consistentes. Ideas tan complejas como la nada, la necesidad de evasión, la falta de significado de lo cotidiano, la sexualidad reprimida y la maternidad, se expresan en secuencias sublimes, en una exquisita muestra de maestría visual que intentan no solo contar una historia, sino además sublimarla, llegar a un limite donde la narración se confunde con los temores del espectador, con ese mundo del yo oculto que la obra visual de Bergman desea tocar. Como si bebiera directamente de esa necesidad del espectador de reconocerse en las imágenes, Bergman encuentra en este dialogo extrañamente visceral, su mejor herramienta de expresión.

Porque "Persona" es un film sobre los monstruos que viven en nuestra mente. En ese enfrentamiento insistente en lo que consideramos normal y lo que asumimos es parte de nuestros temores y fantasías más recónditas. La trama, con sus dos únicos personajes, perfila e insiste en esa visión parasitaria de la conciencia humana, en esa visión del director de la naturaleza humana devastadora. Y es que mientras una de las mujeres de la historia padece de una patología que la reduce al silencio, la otra - la enfermera que se ocupa de ella - tiene una compulsión casi obsesiva por hablar. De tal manera que este gran monólogo, esta insistente conversación sin interlocutor, convierte a ambas en imágenes superpuestas, donde  una se comprende a través otra, en  una especie de retorcida visión de la mente humana carente de personalidad y sentido. Y es que la enfermera - que el autor llama "Alma" con toda perversa intención - parece sucumbir a así misma en medio del silencio inquietante de la enferma, mirándose con una atención cruel que termina convirtiéndola en la propia víctima de sus propias pulsiones reprimidas.

Pero como en un salón de espejos, Bergman no se conforma con jugar con la dualidad de las protagonistas, sino que crea incontables fragmentos que parecen provenir directamente de ese diálogo estéril entre ambas. La complicidad que sugiere pero que no existe en realidad, construye finalmente la idea de la máscara del otro, del que se oculta bajo lo que insiste en encontrar en quien se refleja. Un mundo dividido entre la realidad y la apariencia, las mujeres que terminan siendo una sola, fragmentos una de la otra.

Lo más asombroso es que Bergman no intenta reflexionar esencialmente sobre la comunicación humana, sino que en realidad se cuestiona sobre la reacción humana con respecto a su opinión sobre lo que le rodea. Probablemente, con ese cinismo casi lírico como dicótoma toda su obra, Bergman demuestra que la mente humana tiene filos y bordes inexplorados y que la necesidad de comunicación es solo otra obra de artificio, otra visión del tiempo que se deshace y la visión que la desborda, en su necesidad de encontrar identidad.

Danza a la noche de los enigmas y otras historias de brujería.





Cuando tenía nueve años, llevé a mi amiga Flor a la casa de mi abuela - la bruja, la sabía - por primera vez. Ella se sorprendió por la invitación. Después de todo, hasta entonces nunca lo había hecho antes y era lo bastante reservada como para que a pesar de llevar más de un año compartiendo aula y recreo, hablara muy poco sobre mi familia. Me miró entusiasmada.

- ¿Qué veremos allá?
- Las cosas...que hay en mi casa.

Se me calentaron las orejas. Ya sabía que la casa familiar no era un lugar corriente o al menos, del tipo en el que solían vivir el resto de mis compañeras. Mi abuela y mis tías se llamaban a sí mismas brujas a quien quisiera escucharlas y además, la casa era un lugar curioso, por decir lo menos. Con mis tímidos ochos años, sabía muy bien que las escobas colgadas en la pared, la enorme biblioteca repleta de libros polvorientos, las estrellas talladas en puertas y ventanas, los tapices de paisajes marinos con la Luna Llena que brillaba al fondo, no era algo común en las casas de quienes conocía. Pero sobre todo, estaba esa festiva y rara manera de ver la vida de la que disfrutaba cada miembro de mi familia. En casa de mi abuela se debatían en voz alta temas que a otra gente les parecía incómodos y sobre todo, toda idea era bien recibida. Religión, el misterio de lo Divino, lo que ocurría después de la muerte eran discusiones habituales en la mesa, entre opiniones más o menos escandalosas. Más de una vez, me pregunté que pensarían las duras y estrictas monjas francesas con que me eduqué sobre el hecho que mi abuela pensara que Dios era una mujer o que una de mis tías estuviera convencida que al morir no íbamos al cielo, sino que regresábamos a la tierra - o incluso a otro planeta, solía decir tía con toda tranquilidad - a continuar el lento aprendizaje que abarcaba el universo entero. La mayoría de las veces el pensamiento me hacía sonreír, otras me hacía sentir incómoda. Casi siempre, me confundía.

- Cosas ¿de bruja? - insistió Flor con los ojos brillantes de entusiasmo. Me encogí de hombros.
- Supongo que sí.

Claro está, a Flor ya le había dicho que las mujeres de mi casa eran brujas y me sorprendió lo bien que se lo había tomado. Desde que lo había hecho, me seguía a todas partes haciéndome preguntas, a cual más extravagante, que demostraban que para mi amiga ser bruja era algo a medio camino entre una fabulosa criatura mitologica y algo más serio. Cuando le expliqué que mi abuela jamás había convertido a nadie en sapo - que yo supiera al menos - y que nadie que yo conociera podía lanzar rayos por los dedos de las manos, se desinfló un poco.

- Entonces ¿Por qué se llaman brujas?

Esa era una buena pregunta. Podría explicarle que mi abuela se consideraba "una mujer sabia" y que había dedicado buena parte de su vida a reflexionar sobre los asuntos realmente importantes de la vida y aprender de sus errores. O eso era lo que decía mi abuela en todas las ocasiones en que le había preguntado sobre el asunto. También podría decirle que para tia E., ser bruja era una combinación de sabiduría ancestral con un enorme sentido común cotidiano. "Mucho de aprender que el tiempo tiene su propio ritmo, su propia manera de enseñarte lo bueno y lo poderoso de cada día que vives" me explicó una vez, ambas sentadas junto al enorme árbol de mango del jardín antipático de abuela. "Ser bruja es comprender que somos piezas de un mecanismo gigantesco de comprensión del poder del espíritu. Somos partes una de las otras, palabras de una historia que se hace cada vez más rica y compleja. Cada bruja es imprescindible en ese lento trayecto hacia el origen mismo de todo saber. De toda visión de lo profundo y lo valioso que nace de tu espíritu".

- ¿O sea que toda bruja es...como parte de una familia?

Tia E. se golpeó con los dedos la barbilla, el gesto que siempre hacia cuando pensaba en lo que ella llamaba "asuntos extraordinarios". Se quedó un buen rato mirando el paisaje irregular de la hierba mal cortada. Del brillo oloroso del rocío sobre las flores que nacían como manchas de colores en mitad del follaje. Movió la cabeza con lentitud.

- No sólo somos una gran familia, somos una fuente de conocimiento ancestral. Somos la voz que recuerda por qué la tierra celebraba a una mujer que parió el mundo. La que celebra que la Luna Llena fue el símbolo del vientre fecundo y de las montañas inalcanzables de nuestra mente. Somos la consciencia que recuerda que nuestra mente es útero fecundo, que en el espíritu de cada bruja hay fuego primigenio. Un aprendizaje lento y trabajoso que le lleva a recorrer el camino más complicado: el de reconocerse a sí misma como parte de una tradición. Ninguna bruja está sola nunca, aunque lo crea. Ninguna  bruja está muy lejos del centro de todo conocimiento, que es el poder ancestral que habita en su curiosidad. De manera que sí, somos una familia. Una bruja siempre encontrará a otra bruja. Una bruja siempre extenderá la mano para sostener la de otra. Una bruja nunca olvida que es el reflejo de una historia mucho más vieja que la suya.

Pero no sabía cómo explicarle todas esas cosas a Flor. Como explicarle que las brujas de mi casa eran grandes lectoras, científicas, devotas de la filosofía, dedicadas artistas, mujeres con un espíritu extraordinario. Mujeres curiosas, con los brazos abiertos a cualquier aprendizaje, con la mirada asombrada a todo lo que ocurría a su alrededor. Eso no se parecía demasiado a las misteriosas mujeres de los cuentos, esas que vivían en bosques y montañas, con el cabello desgreñado y la nariz ganchuda.  Las brujas, las de verdad (o al menos las de mi familia) era mujeres espléndidas, luminosas por derecho propio y sobre todo, con la osadía ciega y certera de saber que la magia reside en su manera de mirar, crear y saltar hacia lo desconocido.

Claro está, una niña de ocho años no piensa en términos tan complejos y yo no era la excepción. Tenía la vaga sensación que las mujeres de mi familia era espléndidas y fuertes, aunque no podía definir muy bien en qué consistía esa energía, era radiante capacidad para sonreír y siempre avanzar, esa sabiduría bajo la sonrisa, la mirada atenta, las manos inquietas. Era algo formidable, enorme y que por supuesto, rebasaba mis ideas sencillas sobre el conocimiento, el poder de la imaginación y esa clarísima percepción sobre la fe y la tradición que era fundamental en el seno de mi familia.

- Se llaman brujas porque saben cosas - dije por último - porque las aprenden todos los días y porque les gusta enseñarlas. Porque para una bruja, aprender es algo muy importante. Es tu manera de crecer, de mirar al cielo...y saber que guarda muchos secretos para ti.

Flor parpadeó confusa. Era una niña despierta, práctica y muy inquieta y supongo que toda aquella palabrería tuvo que haberle parecido la mar de aburrida. Pero ¿Qué otra cosa podía decirle? Continuamos caminando por el patio del colegio. El resto de las niñas nos dedicaban miradas curiosas. Ya por entonces, Gloria - la niña más popular de la escuela - me había puesto el remoquete de "loca de las escobas" y la mayoría tenía una idea más o menos clara que había algo curioso conmigo. Algo lo suficientemente peculiar como para que yo insistiera en mantener una distancia prudencial de todas ellas. En un ocasión, Gloria me  había intentado arrebatar el pentáculo que llevaba colgado al cuello y cuando me resistí, me señaló con el dedo entre risas.

- La niña chiquita defiende su estrellita - se burló - ¡Eres una estupida! ¡Es una estrella de metal nada más!
- ¡Es un pentáculo! ¡Símbolo de las brujas! - grité sin pensarlo demasiado. Gloria parpadeó y esbozo una maliciosa sonrisa.
- ¿Símbolo de las brujas? - repitió lo suficientemente alto como para que todas las niñas del patio se dieran la vuelta a mirar - ¿Por qué dices algo tan feo?

No supe que responder a eso. Sabía que para la mayoría de la gente, la palabra "bruja" describía a una mujer malvada, cruel y la mayoría de las veces, capaz de las peores fechorías. Lo había leído en mis cuentos favoritos, lo había visto en las películas. ¿Cómo explicar al coro de niñas que me miraban desconcertadas que una bruja era algo por completo distinto? ¿Como hablarle de mi abuela con los brazos llenos de flores, de mis tías que cantaban bajo la Luna Llena? ¿Cómo hablarle de los libros de las Sombras, que guardaban la sabiduría de generaciones de mujeres que sonrían al pensar en el futuro? ¿Como hablarle de lo que me hacia sentir levantar los brazos a la noche e invocar junto a mi familia el poder del viento? ¿Por qué había algo mal en eso? Me mordí los labios, con el corazón latiendo muy rápido y apretando el pentáculo entre los dedos empapados de sudor nervioso.

- Las brujas no son algo feo.
- ¡Son mujeres horribles! - chilló Gloria, fingiendo miedo - ¡Y tú eres la loca de las escobas! ¡Tú eres la loca de las brujas!

Hubo risas burlonas, carcajadas ofensivas, pero también miradas sobresaltadas. Me sentí más avergonzada que nunca en mi vida y me prometí nunca, nunca volver a decir en voz alta nada sobre las brujas. Cuando le conté lo ocurrido a mi tia P. me miró escandalizada y entristecida.

- Ser bruja es parte de tu vida. ¿Cómo lo vas a ocultar?
- No sé. Me esconderé.

Me llevé la mano al pecho. Bajo la camiseta sentí el peso frío del pentáculo contra la piel. Me pregunté si sería tan sencillo como esconder entre las ropas mi estrellas. Si en adelante, me cuidaría muy bien de todo lo que diría o de todo lo que hacia, para evitar que nadie supiera la forma como mi familia miraba al mundo. Sacudí la cabeza, incómoda.

- No quiero que nadie se burle de mi - dije bajito - no quiero que nadie más vuelta a...

Recordé lo mucho que me había dolido las burlas que me acompañaron por semanas en los pasillos de la escuela. Las risitas disimuladas que dejaban escapar las niñas cuando me veían pasar. Y sobre todo, la forma como Gloria se regodeaba en cada oportunidad posible, llamándome a gritos "Loca de las Escobas". ¿Será que yo no era tan valiente como el resto de las mujeres de mi familia? Tragué saliva, abrumada por la idea. Tia me tomó de la mano con ternura.

- Toda bruja alguna vez se tendrá que enfrentar a la desconfianza del resto de la gente - dijo en voz amable y franca - una bruja contradice todo, siempre señala, siempre se opone, siempre mira las cosas de manera distinta. Una bruja recorre el camino más difícil, el menos transitado, el que está lleno de dificultades y de peligros. Y lo hace porque es su manera de demostrar que el valor consiste en enfrentarte al miedo pequeño, al de todos los días.

"Las brujas en ocasiones temen decir que lo son, pero sin embargo, esa magia y poder interior les hace hacerlo. Es inevitable. Lo hacen a pesar de los prejuicios, de los temores que despierta la palabra bruja. Lo hacen a pesar de la incomodidad, de las miradas irritadas y de lo escandaloso que pueda resultar que una mujer se declare a sí misma libre de toda atadura y de todo estigma. Porque una bruja es poderosa en la medida que asume su independencia mental. Su capacidad creadora. Su visión sobre todo lo que hace, todo lo que espera, todo lo que sueña. Una bruja es pura fuerza de voluntad, es pura mirada hacia lo que es y lo que desea crear. Una bruja jamás se detiene, una bruja siempre avanza, siempre mira a la distancia. Una bruja se arroja al vacío con los brazos abiertos, se aterroriza, se emociona por el poder de la osadía. Tal vez no te llames bruja, pero lo serás. Y actuarás en consecuencia".

Me quedé en silencio, maravillada por la forma como mi tía describía el valor y el coraje. Y de pronto, me sentí muy tonta de intentar ocultar quizás lo más poderoso que había en mi espíritu, esa fuerza invisible que me hacía siempre hacer algo nuevo, intentar lo que en ocasiones me provocaba miedo. Sonreí más animada.

- ¿Y tu crees que está bien decirle a todo el mundo que soy bruja?
- Esta bien jamás ocultar quien eres por ningún motivo - respondió mi tía - y sobre todo, está bien siempre volar por encima del miedo y lo que te hace sentir insegura. Inténtalo y verás.

Gloria me miró sorprendida unos días después cuando volví a pasearme por el patio del colegio con el pentáculo bien a la vista. Me señaló otra vez con el dedo y se burló como solía hacerlo...solo que en esta ocasión, no me di por aludida. Le dediqué una larga mirada aburrida - aunque el miedo y la vergüenza me quemaban las mejillas - y seguí leyendo sentada en uno de los bancos de piedra del patio del colegio. Ella pareció sorprendida pero claro está, no se dio por vencida. Luego de varios intentos fallidos se acercó a donde me encontraba, con los brazos en jarra y los ojos ardiendo de furia impaciente.

- ¿Ahora te la das de importantísima? - me dijo casi a los gritos - ¡Eres una loca y tu familia también lo es!



Seguí sin responder. Sentí que algo amargo y duro me cerraba la garganta y que la cólera me hacia temblar los dedos, pero perseveré en no mirarla, en seguir concentrada en lo que leía y sobre todo, conteniendo el impulso de esconder mi pentáculo debajo de la ropa. Gloria soltó una risotada burlona.

- Todas las brujas son mujeres terribles. Eso es lo que son.
- Bueno, aquí yo soy la bruja y eres tu la que estás insultándome - dije entonces. Lo dije con una voz seca, dolorida. Apreté aún más el libro entre las manos y sentí el cartón de la portada crujir por el maltrato - ¿Quién es la terrible aquí?

Gloria parpadeó. Varias de las niñas a nuestro alrededor le dedicaron miradas inquisitivas.  La vi morderse el labio como siempre hacia cuando estaba realmente furiosa. Por último, se encogió de hombros y volvió a reír. Pero ya no se le veía muy segura.

- ¡Eres una estupida y una loca! - me acusó - ¡Eso es lo que eres!


Esta vez no dije nada. Ella pateó el suelo con fuerza, enfurecida y corrió a reunirse con su grupo de amigas, que me dedicaban miradas torvas. Tomé una bocanada de aire cuando todas decidieron darme la espalda ysseguir jugando sin mirarme otra vez. El alivio me invadió como una ráfaga. Me gustó lo que me hizo sentir dejar de sentir miedo, ser libre para decir lo que sea que pensaba y quería expresar en voz alta. Ese mismo día, invité a Flor a mi casa.

- Bueno ya, no me expliques más cosas - su voz de pito me hizo volver al presente. Seguía de pie a unos pasos de donde me encontraba, con los ojos muy abiertos y brillantes de emoción - claro que quiero ir a tu casa. Y quiero ver a todas las brujas. Quiero aprender.

Su entusiasmo me hizo sonreír. Pero también me hizo preguntarme porque no me temía o pensaba cosas feas sobre las brujas. Flor se limitó a encogerse de hombro, con un gesto de mujer adulta que la hizo parecer incluso más pequeña y desgarbada de lo que era.

- Si, también me las sé ¡Pero a quién le importa eso! - puso los ojos en blanco - ¡Oye! ¡Yo quiero que las brujas me cuenten su historia!

Muchos años después, recordaría esa frase. Y cuando lo hice, me pregunté si no sería un anuncio de mi pasión por contar historias de brujas - las mías, las de todas las que conocía  - a la que dedicaría mi vida.  Un ciclo radiante de conocimiento, tal vez.

***

Como es natural, Flor se sorprendió por las estatuillas de Diosas y Dioses que había en todas partes de la casa, el calderito de mi abuela - de hierro forjado y curado, un caldero de bruja de verdad - y el pentáculo de madera pegado a la pared. Cuando me preguntó de qué iba todo aquello, le respondí con toda la naturalidad del mundo que como todas las mujeres de mi familia éramos brujas, practicábamos la brujería. Mi abuela, que nos escuchaba desde el salón, sonrío con su acostumbrada malicia. Flor me miró con los ojos muy abiertos, desconcertada y luego de un largo minuto de silencio, soltó la pregunta que pareció le atormentaba luego de la, para ella, asombrosa revelación.

- ¿Vuelan en escobas?

No supe que decir. Miré a mi abuela, que se levantó del sillón donde estaba sentada y vino junto a nosotras. Sonreía con benevolencia.

- No, barremos con las escobas.
- ¿Se les pone la piel verde en luna llena? - insistió Flor. Mi abuela intentó contener la carcajada, de verdad lo intentó, pero yo noté que la risa estaba allí, muy cerca de su boca.
- No. Tampoco comemos niños y ni tenemos verrugas - respondió mi abuela. Flor escuchó todo aquello con la boca muy abierta.
- Pero son brujas.
- Sí, de las de verdad.
- Ya.

Un par de horas después, Flor no recordaba su curiosidad y comía las famosas galletas de jengibre y pasitas de mi abuela pero a mi, sus preguntas me siguieron intrigando, a pesar que las había escuchado mil veces. Supongo que es muy distinto leer cosas semejantes en libros y verlas en televisión a escucharla de tu amiga más querida. Miré a Flor curiosa, mientras recorría la casa, tocando y señalando con el dedo todo lo que le llamaba la atención. Mi abuela respondió cada una de sus preguntas, lanzándome miradas curiosas porque yo permanecía a cierta distancia, sólo observando. En más de una ocasión, le noté preocupada. Pero no dijo nada.

- ¡Tu casa es de fábula! - gritó Flor después, cuando se subió al automóvil de su madre - ¡Invitame otra vez!

Su madre sonrío y sacudió la cabeza, un poco avergonzada. Mi abuela, a mi lado soltó finalmente la carcajada.

- Siempre estás invitada. Siempre puedes venir. Mi casa tiene las puertas abiertas a todo el que desea visitarla.

Eso sonaba muy distinto a lo que solía decirse sobre las brujas. Fue un pensamiento lento y pesaroso. Una idea muy concreta. Miré el coche de la mamá de Flor alejarse, preguntándome por qué se decía tantas cosas extrañas sobre las brujas, por qué de pronto me parecía tan importante eso. Recordé la mirada de Gloria al ver mi pentáculo, su grito de furia cuando me acusó de "cosas horribles". Me pregunté que había tan mal en lo que éramos para provocar algo semejante.  Cuando nos quedamos solas, le pregunté a mi abuela de donde salían aquellas ideas extravagantes sobre las brujas. Mi abuela me miró largo rato y ahora pienso, que probablemente intentaba resumir en una explicación que pudiera entender una niña de diez años, siglos de supersticiones. No lo logró, de manera que me abrazó con esa calidez suya que todavía extraño.

- La gente cree lo que quiere y siempre ha sido así. Lo diferente asusta y preocupa, pero para saber porque, hay que vivir. Cuando seas más grande, encontrarás la respuesta a eso.

Cuando sea más grande, pensé un poco fastidiada por esas palabras que siempre me habían impacientando. Pero resultó que al menos en ese respecto, si necesitaba ser más grande para comprender.  Y me ha llevado buena parte de mi vida hacerlo.

Porque crecí escuchando que mis creencias eran "malas", que las brujas "eran del diablo", que mi sentido de la fe eran supercherías. Seguirían ocurriendo cosas como las burlas de Gloria y a veces, mucho más graves. A los doce, una monja intentó obligarme me quitara el pentáculo que desde que recuerdo llevo al cuello, porque era "símbolo del demonio". A los quince, la madre de una amiga me pidió nunca más fuera a su casa porque era parte de una secta. En la Universidad, un profesor me insultó a su manera sutil, llamándome "primitiva e ignorante". Ha sido un camino largo, extraño, singular, duro y bello a la vez. Porque desde el momento en que decidí en que llevaría mis creencias como una banda de honor, bien visible, que sonreiría al decir la palabra bruja, que no tenía que ocultar mi manera de creer y confiar, ha sido una lucha discreta, diaria y sincera, por demostrar que lo diferente es tanto hermoso como duradero y que el poder de la fe no tiene rostro ni tampoco, discrimina.

Pero también hubo grandes momentos, como la ocasión en que varias de mis amigas más queridas de la Universidad celebraron mi cumpleaños alrededor del fuego de Equinoccio, maravilladas con la oportunidad de celebrar un viejo ritual. O como esa otra, en que una anciana desconocida me abrazó con enorme afecto al ver mi pentáculo sobre la ropa. O cuando recibí un largo correo donde una mujer me contaba como mis pequeñas reflexiones sobre la brujería, le habían permitido asumir que había una parte de sí misma definitivamente mágica. Una y otra vez, hubo momentos en que la palabra bruja - su poder y su recuerdo - se enfrentó al temor y creo algo nuevo. Una mirada profunda sobre la identidad de todas las mujeres que llevamos el nombre y la tradición como parte de nuestra vida y sobre todo, esa necesidad de comprender el poder de la esperanza, de la sabiduría íntima. De las manos abiertas hacia el infinito.

No ha sido sencillo por supuesto. Tampoco esperé que lo fuera. Porque a pesar que mi país es bastante ecléctico en lo que a creencias religiosas se refiere, es también y de una manera bastante contradictoria, muy conservador. Hay una cierta desconfianza hacia lo que no es común, hacía lo que no se entiende, y sobre todo, a eso que no podemos clasificar a primera vista. Pero cada vez que llevo el pentáculo al cuello, cada vez que realizo un ritual, cada vez que respondo "soy bruja" cuando me preguntan en qué creo, doy un paso hacia adelante para abandonar esa región de lo marginal, lo prejuiciado, lo que se discrimina. Cada vez que me atrevo a copiar un ritual y publicarlo, a hablar con total libertad de mis creencias, encuentro una manera de crear, de construir un camino propio que seguir. Y quizá,  sea esa necesidad de creer y confiar, lo que sea la verdadera magia, la esencia real de esa fe que de alguna manera me define y que durante toda mi vida adulta, le ha dado un lugar y una identidad a mi manera de ver el mundo.

A veces, todavía recuerdo esa primera tarde con Flor , comiendo galletas de jengibre, mientras mi abuela quemaba albahaca en su caldero de hierro - que heredé - y tejía un tapiz para envolver sus cartas de Tarot. Y siento un amor enorme, radiante, por esa linea de conocimiento que heredé, por esa visión de las cosas que llevo a todas partes y en todo lo que hago con profunda convicción. Y es que tal vez la bruja que soy - la niña que fui, la adulta en que convertí - es parte de ese juego de espejos que con tanta ingenuidad, llamamos madurez.

C'est la vie.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La búsqueda de significado y otros dolores artísticos: El reflejo íntimo en la obra conceptual.




La primera vez que vi una fotografía de Francesca Woodman no sabía nada sobre su historia ni tampoco su trágica muerte. Francesca aparecía de pie medio desnuda, contra una pared llena de grietas. Sostenía algo que podía ser un trozo de madera pero también, un trozo de piel, un pedazo de sí misma. En el claroscuro resulta indistinguible. Pero a pesar de la imagen tenebrosa, equívoca — una combinación de pequeños retazos de historia — percibí con absoluta nitidez el miedo, la fragilidad y el espectral poder que emanaba de sus imágenes. Me asombró ese juego de luces y sombras, de símbolos tenebrosos con el cuerpo femenino pero sobre todo, que era protagonista absoluta de cada una de sus creaciones. Que había una percepción muy nítida sobre su personalidad, sus dolores y sufrimientos que la cámara captaba con enorme elocuencia. Nunca olvidé el sobresalto que me provocó esa percepción del cuerpo como sujeto artístico, esa visión sobre los monstruos silenciosos que habitan el espíritu y que la cámara devela con tanta facilidad.
Tenía dieciseis años y ya por entonces me autorretrataba. Lo hacia a toda hora, en una compulsión lenta y la mayoría de las veces torpe, que no me conducía a ningún lugar en concreto. Sólo sabía que deseaba fotografiar (me), que de la misma manera que para otras adolescentes el “querido diario” era una forma de expresar la angustia existencial que agobia durante los difíciles años de la primera juventud, la fotografía me brindaba la oportunidad de expresarme a un nivel profundo y directo. Fotografiaba sin otro motivo que comprender los rápidos cambios que estaban ocurriendo en mi vida y en mi mente. Y lo hacía con toda inocencia, sin técnica ni tampoco mucha coherencia. Sólo sabía que deseaba fotografiar y que con toda seguridad, continuaría haciéndolo quizás por el resto de mi vida.

El trabajo de Francesca — siempre le he llamado así en mi mente, como si de una vieja amiga se tratase — me impactó justo porque parecía abordar el mismo dolor, la angustia frenética y el asombro que me hacía fotografiar como una forma de expresión íntima. Sus maravillosas imágenes — diminutas, claustrofóbicas, fantasmales — tenían un poder no sólo para reflexionar sobre el sufrimiento desde un punto de vista nuevo sino que además, poseían una personalidad única. Cada imagen de Francesca, era una búsqueda de respuestas a cuestionamientos existenciales que se hacían cada vez más complejos. Una metáfora donde su personalísima simbología creaba una nueva dimensión de lo que la imagen — y el autorretrato — podía ser. Para Francesca no había nada obvio y por lo tanto, había niveles de lectura muy claros en cada una las pequeñas historias que sus imágenes contaban. Desde el aire ultraterreno y etéreo, la mirada fija y angustiada hacia la cámara, hasta los espacios imposibles y extraordinarios que creaba con una economía de recursos que aún desconcierta, el trabajo de Francesca es una percepción ideal sobre un Universo interior repleto de una riqueza única. Con Francesca no sólo no hay nada sencillo, sino además, la complejidad toma tintes líricos y se manifiesta a través de un poesía visual deslumbrante.

De Francesca se ha escrito muchísimo, aunque en ocasiones de manera tangencial. Porque Francesca, la mujer, parece absorbida y consumida por su propio mito. Una idea bastante extraña si analizamos su trabajo desde la óptica de su impulso esencial, el hecho mismo que lo motiva: una búsqueda del yo profundamente simbólica, una necesidad casi angustiosa de definir esos espacios interiores vacíos y silenciosos que habitaban en la mente de la artista. Y es que Francesca, la mujer, se debatió durante toda su vida con Francesca la artista, en un debate ciego que según se cree — ¿Y quién podría negarlo? — la llevó a la muerte.
Francesca provenía de una familia de artistas: sus padres Betty y George eran reconocidos fotógrafos antes que la muerte de su hija los convirtieran en personajes trágicos de una historia mucho más amplia que su propia obra. También lo era su hermano Charlie, de quien poco se sabe, diluido en la mitología formidable de su hermana. Y es que Francesca, el mito, el monstruo artístico de ego obsesivo y frágil coexisten también con la mujer, la secreta y la artista, prolífica y profundamente necesitada de expresar en imágenes la manera como concebía el mundo. Su vida podría resumirse en su enorme obra: sus padres conservan un archivo de casi 800 imágenes que cuentan, mucho mejor que cualquier palabra, las vicisitudes que atravesó Francesca en su búsqueda incesante de identidad. Desnudos de inquietante belleza, juegos de símbolos y una sexualidad tan profundamente asimilada como sutil hacen de sus imágenes una búsqueda de metáfora de la feminidad. Y aunque Francesca quizás no categorizaría su propio trabajo como “femenino” si lo haría como intimista. Profundamente ansiosa por demostrar su cualidad artística — aferrada quizás a esa vanidad creativa tan arraigada en sus obras — comenzó a fotografiar desde los 13 años. Empezó en el mundo fotográfico con una determinación que superaba con creces su niñez: en blanco y negro y de pequeño formato, sus autorretratos cuentan una historia borrosa de desasosiego y asombro por el medio artístico que le permitía construir sus ideas que sorprende a propios y extraños. Al principio, Francesca parecía fascinada por la naturaleza exterior: flores y ramas, pequeños escenarios perfectamente controlados que jugaban una idea sensorial sobre su propuesta artística. Porque para Francesca, en su obra, no había espacio para lo casual, para la idea que podía pender de la interpretación súbita. En el mundo de Francesca — de luces y sombras, de encuadres perfectos y exquisitas historias que la tenían como protagonista — todo parece encajar con una perfección escalofriante, evidente y precisa. Tal vez la artista, en ese génesis de mirar el mundo como una reinterpretación de su propia idea, intento figurar el concepto del yo más allá del tema fotográfico. Un concepto visual que lo abarcaba todo, que parecía crearse así mismo imagen tras imagen.

La búsqueda de la identidad: Francesca en todas partes.
Hace unos días, hice imprimir una de mis fotografías favoritas de Francesca para colgarla en la pared de mi estudio. En ella, se le ve desnuda, frágil y afligida, con el cuerpo desnudo y el aspecto propio de una criatura inexplicable, flotando sobre sus habituales espacios semiderruidos y llenos de un caos visual tan atractivo como poderoso. Lo hice porque deseaba recordarme que hay un motivo por el cual continúo autorretratándome, ahora, en la tercera década de mi vida, con la misma pasión compulsiva con que lo hice durante mi primera juventud. Resulta extraño de pronto mirar — y analizar — mi trabajo fotográfico y encontrar que hay un hilo de unión entre lo que me asombra, me seduce y mis pequeñas, que aparecen y se deshacen como temas recurrentes. Y en medio de esa extraña percepción del ahora y el después en mis obras, Francesca aparece como una imagen recurrente. No sólo como el referente obligado a todas las ideas que construyen y sostienen lo que deseo expresar a través de la fotografía, sino esa percepción específica sobre lo que la identidad que se transforma a través de la imagen. Una y otra vez, Francesca aparece en mi manera de plantearme la fotografía pero también, en esa búsqueda personal sobre los motivos que sostienen los conceptos que analizo y también, el dolor que aún brindan sentido a ese largo monólogo con mis monstruos íntimos.

En ocasiones, he tenido la impresión perturbadora que las fotografías de Francesca tiene una vitalidad propia, inquietante, por completo desconocida. Mirándolas, siempre tengo la sensación que la mujer esquiva que parece mimetizarse entre las sombras, danza en un ritmo ilusorio, detenida en un tiempo falso e ilusorio que me lleva esfuerzo comprender. Con un suspiro, contemplo detenidamente la fotografía que colgué en la pared. Mi preferida, una sutil y cruda elegía a esa soledad interior que Francesca parecía conocer tan bien. La mujer de la foto se intuye joven por la postura del cuerpo y el pelo brillante que le cubre la cara. Su mano sujeta el cable del disparador, que el movimiento convierte en una varita mágica o en una espada luminosa. Autorretrato a los 13 años es la primera imagen que conocemos de Francesca Woodman (Denver, 1958-Nueva York, 1981) y la que abre puerta al extraño imaginario de una de las artistas visuales más profundas y duras del siglo XX.

Tal vez por ese motivo, Francesca Woodman es una criatura mitológica inventada a partir de sus propias fotografías. Fugaz, poderosa, efímera, sus imágenes captan no sólo esa percepción sobre la fragilidad del propio reflejo — el reencuentro del yo, la reconstrucción de la identidad — sino también el trayecto elemental hacia la creación utópica de una constante existencial. Con una capacidad alegórica sorprendente, creó una nueva manera de construir lenguajes visuales basados en el análisis insistente del ego. Un reflejo de la fotografía ya no sólo como un acto creativo formal y académico — que lo es — sino también, una reflexión sobre los símbolos personales y la apropiación de las metáforas universales en un lenguaje consistente. Francesca, tan joven como innovar y tan consciente de la capacidad del arte para la expresión como para construir ideas profundas, analizó la fotografía como una herencia intelectual, además de una visión conceptual concluyente.

La vida y obra de Francesca pueden resumirse en 114 obras, una muestra escasa de lo que pudo ser una infinita búsqueda de significado que acabó muy pronto. Se habla también de 800 instantáneas que les dejó el día que como insisten sus padres “abandonó la vida”, arrojándose desde la ventana del lugar donde vivía en el East Village neoyorquino. Cuesta mucho imaginar a Francesca muerta, estando aún tan viva, tan presente, tan profundamente arraigada en los medios y en la visión de toda una nueva generación de fotógrafas que analizan su feminidad y sus terrores espirituales a través de la imagen. Tal vez por ese motivo, su madre jamás habla del suicidio de Francesca e insiste que la muerte de su hija fue un “vuelo hacia la eternidad”. Una imagen sublime, esa. La de comprender a Francesca a partir de su capacidad para trascendente y no desde el dolor inaudito que la llevó al silencio definitivo.

Francesca estaba obsesionada con la muerte. Una fascinación que abarcaba lo estético pero también, que se debatía entre el concepto visceral de la muerte y algo más profundo y amargo. En todas sus imágenes hay un definitivo aire de decadencia, la materialización de la angustia existencial definitiva a través de casas decrépitas, flores secas y paredes llenas de grietas. En contraposición, cada una de sus fotografías están llenas de una vitalidad que desborda el entorno deprimente. Hay una mirada vitalista y enérgica en la constante experimentación. En esa noción sobre el placer del cuerpo, su peso y su significado. A veces la miro, de pie, con su cuerpo delgado y blando y pienso que Francesca pensaba en sí misma como el objeto de arte definitivo. Como una noción compleja sobre la identidad desdoblándose como una inherente visión del mundo como parte de la percepción espiritual y lo que deseamos “Su vida está toda en sus fotos, a pesar de que nunca son narrativas, ni siquiera cuando se estructuran como serie. Francesca se analiza, pero no se cuenta, ni se revela”, afirma Marco Pierini, director de Le Papesse y comisario de la muestra que se presentó en Nueva York hace unos cuantos años.

El misterio en Francesca — en sus imágenes, en su vida — tiene varios niveles de comprensión y análisis. Francesca casi nunca enseña el rostro y experimenta con su cuerpo desnudo hasta lograr que las imágenes lo absorban como una mirada esencial sobre su opinión silenciosa sobre el sufrimiento. Porque Francesca está sufriendo, de eso no hay duda y el cuerpo lo expresa, lo muestra, lo contiene en una serie de percepciones no narrativas pero si lo bastante claras para dejar claro que la fotógrafa estaba convencida del poder elocuente de la desnudez. A veces mira con sus propios ojos — son autorretratos en estado puro — y en otras ocasiones, avanza hacia una mirada masculina, que estructura esa concepción de la obra creativa donde el cuerpo es el motivo y la respuesta. No hay una sola fotografía de Francesca donde su cuerpo no sea el protagonista, como si no soportara estar fuera del encuadre. Incluso en la célebre serie “Charlie the model” (a la que se le considera su obra maestra) continúa presente delante del objetivo, aunque deja la cámara a una mano desconocida. El juego de espejos persiste, se hace más notorio y duro de digerir.
Hay algo definitivamente subversivo en el hecho que para Francesca la desnudez no fuera erótica ni mucho menos contemplativa. Hay una noción poderosa sobre lo que expresa a través de esa contradictoria insinuación de una breve visión erótica — el cuerpo sometido y provocador — hacia algo más elemental. Básico. Una interpretación exhibicionista — el cuerpo es mi recurso y lo uso a plenitud — que convierte su obra en una expresión mucho más primitiva que la mera estructura estética. Francesca va en busca de significado y lo hace, dejando la piel en el experimento. Abriendo heridas profundas en una percepción poderosa y enajenada sobre su identidad.

Como autorretratista, el trabajo de Francesca siempre me ha obsesionado. Ha sido un largo trayecto, el de mirar su obra para comprender que esa lenta búsqueda de la imagen como espejo tiene sentido. Su misterioso talento, la manera de recrear su mente a través de desnudos casi siniestros, juegos surrealistas y una sexualidad casi frágil siempre me ha parecido la mayor muestra de esa capacidad de la fotografía para construir mundos intangibles. Porque en la fotografía de , hay mucho de esa incertidumbre de lo femenino, ese dolor visceral de la mujer que se mira en su propio arte sin encontrar nunca su reflejo. El denso trabajo de Woodman — sorprende la complejidad de su planteamiento a sus jóvenes veintidós años — es parte de una poderosa aproximación al simbolismo más doloroso. Un lenguaje visual donde la complejidad se manifiesta en luces y sombras.

En más de una ocasión, he leído a la maravillosa autorretratista Elina Brotherus insistir sobre el hecho que un autorretrato destruye — y reconstruye — todas tus concepciones sobre belleza, identidad e incluso, ideas tan privadas como los elementos que forman parte de tu personalidad. Y es cierto: Un autorretrato no trata de mostrar e idealizar el ego de su autor, sino que de hecho, lo fragmenta hasta crear una noción sobre su identidad basada en las ideas disímiles que lo cimientan. Una idea que en ocasiones puede llegar a ser devastadora: Todo autorretratista medita sobre el yo desde un punto de vista peligrosamente cercano al cuestionamiento, a la crítica, al debate y sobre todo, esa insistente necesidad de explorar las regiones oscuras y luminosas de su mente a través de ideas conceptualmente coherentes. De manera que no, un autorretrato no celebra la vanidad sino más bien, deconstruye el discurso sobre el cual podría sustentarse.
¿Eso es lo que busco? me pregunto. ¿Eso es lo que sustenta mi obsesiva búsqueda del Yo a través de la imagen? No lo sé. La mayoría de las veces fotografío por la mera necesidad de encontrar una respuesta a una pregunta que aún no se formula. Para mirarme en medio de ideas incompletas que quizás están destinadas a permanecer como piezas sueltas de algo mucho más amplio inexplicable. Después de todo, la fotografía es así: se manifiesta como una percepción desconcertante. Como una expresión sin sentido. Como una serie de planteamientos que se crean a medida que sustentan su propio objetivo y razón.

La fotografía — el autorretrato — existe para alimentar cierta soledad interior que se manifiesta a través de nuestra manera de mirar. De manera que somos, antes o después, piezas de arte en pleno proceso de elaboración de algo más complejo. Francesca lo supo, lo expreso y en ocasiones me pregunto si fue esa conciencia la que hizo que su obra se convirtiera en una mirada asombrada sobre lo femenino y lo fotográfico que todavía perdura nítida y poderosa. Un mapa de ruta hacia un tipo de locura fragante e inaudita.

Cierro los ojos. En la oscuridad de mis párpados cerrados, Francesca se inclina, suspira, mira una cámara imaginaria. Un momento inacabado en la memoria. Paz para los locos, en medio de la imagen y la desazón.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Danza entre misterios y otras historias de brujería.




Sentada en silencio, en medio de un circulo de velas, a solas con mis pensamientos. Una desconcertante calidez me recorre por entero, me envuelve, dándole sentido y forma a todas las imágenes que por un momento parpadean en mi mente. Viva, tan viva, a medida que el instante se alarga y las llamas de las velas parecen danzar en un viento imposible y exquisito que solo yo puedo percibir. A solas sí, en los jardines de mi mente, en busca del sentido, la razón, la simple necesidad de comprensión.

De niña, no entendía demasiado el hecho que las mujeres de mi familia estuvieran convencidas que cada mujer era una fuente de poder creativo. Que cada parte de su cuerpo representaba la belleza y el poder de un tipo de conocimiento esencial que parecía ser tan antiguo como la Tierra misma. Mi abuela - la sabia, la bruja - solía decir que toda bruja sabe que en su piel habita la vieja historia de las tormentas, los lazos invisibles y persistentes de una memoria antigua mucho más vieja que cualquier otro tipo de sabiduría.

- Lo sabes ¿verdad? las Brujas somos muy conscientes de ese vinculo que nos une a nuestra historia, a todo lo que somos, creamos y soñamos - me dijo en una ocasión, sentadas juntas en su jardín desordenado - nos gusta pensar que somos parte de una misma visión del mundo. Que viajamos hacia el futuro todas juntas, asombradas por el poder de hacer o crear. Que nos sorprenden las lecciones del pasado. Que nos intrigue cada conocimiento que podemos aprender de cada día y de cada cosa que vivimos. Una bruja sabe el poder de volar todo lo alto que pueda.

La frase me hace sonreír. Me imagino a una mujer de grandes alas blancas, volando tan alto y con tanta rapidez, que alcanza a rozar una cúpula de estrellas púrpuras. Y abre los brazos, para abarcarlo todo, para rozar con la punta de los dedos los misterios del infinito, para olvidar su nombre y recordarlo otra vez en el prodigio de la Luna Llena. Es una imagen que atesoraré de por vida, que regresará a mi mente una y otra vez.

- Para la Tradición de la Diosa,  el cuerpo de la mujer simboliza de una manera muy fidedigna la naturaleza del ciclo Vida, muerte y de nuevo la vida - me explica mi bisabuela con una de sus sonrisas misteriosas -  El núcleo mismo de la feminidad otorga sentido a las ideas e impulsos que inducen a amar, crear, creer y desear. El pensamiento y la capacidad creadora se manifiestan a través de un espléndido circulo de fuego donde los conceptos más elementales nacen, viven su tiempo, se desvanecen y mueren y vuelven a nacer. Se podría decir que las mujeres ponen en práctica este concepto de una manera consciente y inconsciente en cada ciclo lunar de sus vidas. Para algunas la luna que indica los ciclos está en la bóveda nocturna. Para otras es la Diosa secreta que vive en su psique.

Caminamos juntas por la terraza de la casa. En realidad no es una terraza, sino una especie de extensión en yeso que sobresale de la ventana, rodeada por una reja ornamental que podría ser bonita a no ser innecesaria y un poco grotesca, con sus hojas de parra retorcidas y enormes volutas de metal. Pero la bisabuela le llama la terraza, en toda su elegancia y en toda su extraña manera de asumir el mundo como una obra de arte.

Nos sentamos en las sillas de madera para contemplar la ciudad más allá del muro del jardín. Caracas tiene un aspecto inocente, triste y distante. Tiene un brillo perla y dorado en medio de la noche, que le brinda un aire de engañosa tranquilidad. Bisabuela enciende uno de sus cigarros olorosos a tabaco y deja escapar una bocanada de aire. Sacudo la cabeza.

- Fumar no es una forma de celebrar el cuerpo - le recuerdo. Ella suelta una de sus carcajadas roncas.
- Hay una idea sobre la perfección y la pureza. El disfrute carnal es muchas cosas a la vez incluso los errores y lo que puede hacernos daño. Si, un cigarro puede hacerte daño pero un hábito que te recuerde el poder de tomar decisiones, también.

Apaga el cigarro, me dedica una mirada traviesa.

- ¿Feliz?
- Me siento tu consciencia.
- Todas las brujas buscan la perfección - dice y suspira. El olor del tabaco sigue allí. Orgánico, fuerte y un poco hosco - Intentan avanzar hacia una idea mucho más fuerte de ellas mismas, de lo que sus cuerpos representan, de lo que simboliza sus ciclos y transformaciones. Una bruja comprende física, emocional y espiritualmente que todo ciclo  una  forma de expresión de su necesidad de creer y de crear. Que surge de maneras inesperadas y por medios inspirados para reducirse de nuevo a la nada y ser concebidos otra vez en toda su gloria. El poder supremo y misterioso de comprender que tu cuerpo es capaz de mostrarte la forma como el mundo que te rodea se comprende a sí mismo, de la fecunda capacidad para otorgar sentido a nuestra propia voz espiritual.

Bisabuela se recostó sobre la silla, con un gesto satisfecho y lento casi majestuoso. La imité y miré su perfil en la oscuridad.

- ¿No vale lo mismo para todas las mujeres?
- Toda mujer es bruja aunque no lo sepa - sonrió y estiró los brazos a lo alto - toda mujer sabe que hay un poder enorme y secreto en cada cosa que hace. Que tiene un especial conocimiento de las emociones, de la belleza, de la profundidad de lo construye a través de lo sensorial. Eso es tan valioso como la más profunda de las lecciones y tan personal como tu reflejo en el espejo.

El cielo se abre como una cúpula cristalina y brillante. Y pienso en todas las mujeres que antes de nosotras y después, lo miraran con reverencia. En todas las que buscan sabiduría, en todas las que reconocen el poder de su cuerpo y su mente como una forma de libertad.  Un renacimiento en fuego, un desvarío de la memoria que se alza y desborda cualquier límite, que se crea a sí mismo con todo la irrevocable fuerza de la convicción y la capacidad para comprender la memoria de nuestro espíritu como un lenguaje primitivo, espúreo, carente de cualquier sofisticación. Ese pensamiento primigenio, ajeno a toda cualidad de la razón, que brota libremente en cada forma que toman nuestras ideas, perspectivas, objetivos, conceptos. Una transformación incesante, que acaece cada día, cada hora, cada minuto en que tomamos la decisión de vivir, de comprender la energía creadora como una forma de convicción personal.

La energía, el sentimiento, la intimidad, la soledad, el deseo, el tedio, todo sube y baja en ciclos relativamente seguidos. El deseo de intimidad y de separación crece y disminuye. La naturaleza de la vida / muerte / vida no sólo me enseñó a bailar al ritmo de todas esas cosas, sino que además, es la respuesta a la confusión, a esa sensación de desconcierto que en ocasiones nos abruma y amenaza con dejarnos a solas en el terreno yermo del dolor: la voz del renacimiento en cada una de nosotros. El aburrimiento se desploma ante una nueva actividad, la intimidad se alza en medio de la soledad aparente, dándole sentido de nuevo a la mera emoción. La danza de la memoria, la danza del tiempo que vive y muere en mí.

Abro los ojos. Las velas casi se han consumido. Con una sonrisa, aguardo un poco más, sumergiéndome lentamente en la oscuridad, nacida de la luz, la dualidad absoluta, el tiempo nuevo, la fuerza de la razón.

Así sea.