miércoles, 26 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: En territorio del miedo y la violencia.





Carlos Moreno no estaba manifestando. En eso insisten todas las notas de prensa que mencionan su caso, como si manifestar fuera en sí mismo, un delito que mereciera un castigo. Pero es la manera como se describe su inocencia, el hecho casual que la llevó a la muerte. Carlos regresaba de un participar en un entrenamiento deportivo, cuando tropezó con una de las manifestaciones que se llevan a cabo en la ciudad desde hace más de dos semanas. Recibió un disparo en medio de la confusión y murió unas horas después. Carlos estaba de pie en la calle rodeado de ciudadanos que ejercían su derecho a la protesta y simplemente cometió el único error que han cometido cada una de las víctimas que han sido asesinadas durante un mes de anarquía y violencia: encontrarse en el lugar equivocado en el momento equivocado, de transitar en medio del caos que auspicia la admisión de la impunidad y la criminalización de la opinión que padece nuestro país.
No, Carlos no estaba manifestando, pero fue asesinada de la misma manera que otros tantos que si lo hacían durante las últimas cinco semanas. Y quizás por las mismas razones. Como cada una de las víctimas de la violencia callejera que el Gobierno alienta como forma de represión, su muerte, se transforma en otro símbolo de la indiferencia y la actitud irresponsable de un gobierno que penaliza la opinión en lugar de condenar su muerte. Carlos Moreno fue asesinado de un disparo en un país donde la ley de desarme no es prioridad legislativa, donde cualquier argumento para su discusión se considera innecesario y mucho menos, de urgencia. Eso, a pesar que somos el tercer país más peligroso del mundo, que cada fin de semana casi un centenar de Venezolanos son asesinados a mansalva por el único delito de ser carne de cañón para la irresponsabilidad de un Estado ciego e indiferente a la tragedia que padecemos.

Porque al Gobierno trasladó la discusión, no al hecho evidente y repudiable que un desconocido disparó contra una multitud desarmada. Resulta obvio en cualquier país civilizado: La responsabilidad del gobierno es la de procurar todos los medios para evitar violencia armada. El chavismo hace justo lo contrario: porque la discusión y el debate no insiste sobre la necesidad de protección del ciudadano que es la víctima de un sistema que auspicia la violencia, sino en el hecho que se debe criminalizar cualquier visión que disienta de la versión oficial. Porque el delito en Venezuela no es empuñar un arma y disparar. El verdadero crimen en un país donde la represión desmedida es legal y la agresión una herramienta de disuasión es opinar

Miro la fotografía de Carlos Moreno: Un joven que sonríe, casi con inocencia. Carlos no manifestaba, pero su muerte se convirtió en esa sincronía inquietante de los tiempos violentos que padecemos, en otro motivo para hacerlo. La protesta que se convierte en necesidad, en mensaje, en una forma de expresar no solo el descontento sino esa imperativa necesidad de enfrentarse al miedo y a la opresión.

***
Me encuentro con mi amigo Juan Antonio (que insistió usara su nombre real) en su casa. Aún lleva la mano derecha inmovilizada y tiene una enorme raspón de aspecto doloroso en la mejilla. Sobre todo, aún está asustado por la experiencia que vivió, hace seis días en Valencia. Pero más allá de eso, Juan está enfurecido, desconcertado por haber sido una víctima más, en la incesante estadística de violencia de un país en conflicto. Para él, lo que vivió no solo demuestra la grave coyuntura que atravesamos sino sus implicaciones.
- Aquí todos somos vulnerables — me dice. El rostro cansado, la mano sana temblorosa — aquí no se salva nadie de la locura de lo que está ocurriendo en la calle.

Juan Antonio no es estudiante. Tampoco es partidario de ningún extremo político: es cobrador de cuenta de una empresa del ramo y durante las últimas semanas ha intentado sobrellevar a duras penas, en medio del difícil clima de conflicto que atraviesa el país. Porque Juan Antonio insistía en que no ocurría nada de especial gravedad y que había que continuar la vida rutinaria como pudiera. El caos en las calles parecía resumirse en una mera percepción de la realidad.

Hace seis días, Juan tuvo que trasladarse por la ciudad para cobrar una de las cuentas pendientes de la que se ocupa. Juan no es asiduo al Twitter ni tampoco a ninguna otra red Social, de manera que no tenía noticias sobre la situación de Violencia que en ese momento estaba atravesando Caracas. Tampoco le habría importado, de haberlo leído. Durante las últimas semanas, Juan me insistió en más de una ocasión que lo que estaba ocurriendo en las calles de Venezuela, no era otra cosa que “desorden” y “los muchachos de siempre echando varilla”. Como muchos otros ciudadanos de este país, para Juan la protesta no era más que una expresión pasajera de descontento, esa espontánea reacción que de vez en cuando todo país sufre en sus calles. Una visión un poco brumosa del verdadero malestar que atravesamos.

Muchísima gente le llamó a Juan indiferente. Yo fui una de ellas. Durante las tensas semanas de protestas, en más de una ocasión su insistencia en disminuir la gravedad del conflicto que atravesamos me demostró que definitivamente, hay una parte del país que no solo no se siente involucrado con el motivo de las incesantes manifestaciones, sino que directamente no le importan. En una ocasión, Juan me insistió que en Venezuela protestar: “Se convirtió en una especie de alboroto farandulero”, una opinión que me demostró que el ciudadano Venezolano aún no se considera parte — mucho menos protagonista — de la expresión del descontento que vivimos. No obstante, esta visión sobre el país no es extraña en una sociedad donde la opinión tiene un sesgo definitivamente ideológico. La realidad parece dividirse en dos, abrir un compás de espera para construir una interpretación concreta sobre lo que ocurre.

Quizás Juan recuerda nuestras conversaciones mientras me cuenta lo que vivió. Lo escucho, preocupada: Le noto cansado, agobiado, definitivamente abrumado.

- Una cosa es lo que creemos que está ocurriendo y otra es la que pasa en la calle — me dice — y cuando entiendes la diferencia, la realidad es otra cosa. Te pesa.

Una frase lapidaria, más aún viniendo de alguien que durante años, insistió no tener opinión política en un país donde todos parecen necesitarla. Para Juan, toda circunstancia Venezolana se encuentra a merced de ese gran debate ideológico que parece incluir cada extremo de lo que vivimos, de lo que se asume real y lo que no lo es. Tal vez por ese motivo, Juan se sorprendió con la súbita escena de caos que tuvo que enfrentar. La realidad, más allá de la noticia, del debate simple. Me explica que la escena con que se encontró en las calles le sorprendió por inesperada: las calles cerradas por barricadas humeantes, el sonido de detonaciones que se escuchaban a la distancia, un fuerte despliegue militar en los alrededor. Sin comprender que ocurría, tropezó con un grupo de manifestantes que levantaban pancartas en una esquina mientras un grupo de funcionarios uniformados les arrojaban bombas lacrimógenas. En medio de la confusión, se arrojó al suelo y trató de esconderse, pero pronto se encontró en medio de la confusión de gritos, el olor insoportable de las lacrimógenas y la violencia, plena y directa. Me cuenta que durante casi una hora, temió morir, agazapado detrás de una pared, escuchando el vaivén de las Tanqueta recorriendo la calle, las detonaciones, las explosiones de bombas y otros artefactos. Finalmente, y gracias a la ayuda de un vecino que le brindó refugio en una de las casas, pudo escapar del desastre. Para entonces, se encontraba medio asfixiado, cubierto de raspones y moretones y con un dedo de la mano derecha dislocado. Sonríe con amargura cuando levanta la mano para mostrarme el vendaje.

- Y salí barato — me dice — para lo que estaba ocurriendo allí, pudo haber sido mucho peor. No es posible vivir de esta manera, esa gente no estaba haciendo nada, yo no estaba haciendo nada y creí que podría morir. Una zona de guerra.

Me describe, de nuevo, el sonido de las tanquetas, el rumor sordo del estallido de las bombas lacrimógenas. Para Juan, el horror reside en enfrentarse a la represión cruda, a esa violencia indiscriminada que durante semanas enteras han sufrido las calles de Venezuela. Esto está por encima del discurso político, me dice, muy por encima de toda idea borrosa y poco precisa que pueda tenerse sobre el conflicto que atravesamos. Su esposa, que nos escucha en la cocina cercana sacude la cabeza.

- Esconder la cabeza no hará que el problema se solucione — respondo — el país se nos cae a pedazos. Eso no tiene nada que ver con quien apoyes, todo lo sufrimos.

Juan parece aturdido. Por mucho tiempo, me insistió en que el debate político no era lo suyo, que de hecho le importaba bastante poco lo que ocurría más allá del mundo de las cosas prácticas, de esa normalidad quebradiza que parece esconder el verdadero rostro del país. Y no obstante, lo que ocurra desborda la simple opinión, la decisión discrecional de asumir que Venezuela está padeciendo los avatares de una conflicto que se manifiesta de mil maneras distintas. Y es que la Venezuela real, la rota por mil circunstancias, la que debate entre la violencia y la necesidad de evasión, parece desbordar cualquier interpretación simple, toda consideración que intenta mirar el problema desde un solo punto de vista.
- No es solo sobre la escasez que sufrimos, o sobre lo costoso que está lo poco que conseguimos — responde por último— es algo que va más allá. Es el caos, es lo incontrolable. Pude morir. De verdad, pude morir.

La idea parece abrumarlo. A mi también. Es un pensamiento que he tenido con frecuencia durante las últimas semanas. Y sí, como insiste Juan, poco tiene que ver con la postura política que profesamos e incluso, con el simple hecho de asumir una visión crítica sobre lo que sufrimos. La violencia de infinitas implicaciones, la realidad desbordando la simple indiferencia

martes, 25 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: El paisaje del terror cotidiano.






— ¿Tienes miedo?
Me lo pregunta mi vecino de cinco años, mientras espera junto a su madre para subir al ascensor. Tiene la carita pálida y bajo los ojos, ojeras violáceas. Su madre me dedica una mirada preocupada y cansada. Me encojo de hombros, sin saber que responder.

— Un poco, pero trato de no hacerle mucho caso — digo por último.

 — Mi mamá también tiene miedo — me explica entonces en voz baja — todas las noches todos en la casa nos asustan los ruidos de la calle. No sabemos para donde correr.

Mi vecina suspira, extiende la mano, le acaricia la mejilla al niño. Él la abraza, se aprieta contra su cintura. Me quedo paralizada por una angustia brumosa, helada. Quisiera tener las palabras correctas, ofrecerle algún tipo de consuelo, decir algo que pudiera no sólo conjurar el miedo sino protegerlo del real que padecemos los adultos. Pero por supuesto no puedo — quizás no exista algo semejante — de manera que permanezco muy quieta, por la frustración y la impotencia.

Dentro del ascensor tres vecinos nos observan en silencio cuando subimos. Entre los murmullos de saludos corteses, alguien comienza a relatar lo que ha leído en redes sociales sobre los ataques sectorizados que sufre nuestra zona, la violencia callejera, las balaceras nocturnas en varias partes de Caracas. Miro al niño, que esconde la cabeza contra el cuerpo de su madre. Las manos pequeñas tensas sobre la tela, el cuerpo rígido. La madre suspira, le pasa los brazos alrededor. Pero no hay manera de protegerte de la información, de la tensión, del clima asfixiante de un país en crisis como el nuestro.

Al niño lo vi crecer. He escuchado su llanto durante la noche, me tropecé con sus primeros pasos en el pasillo de mi edificio. Su familia es parte del paisaje común de vida, de los esporádicos encuentros aquí y allá. De pronto pienso que con cinco años de vida, no ha conocido otra cosa que la angustia que llena cada espacio de la vida cotidiana. Que ha padecido la escasez, el temor insistente, la carga de abrumador temor que está en todas partes. Una generación rota, herida. La incertidumbre como única respuesta al futuro.
Cuando las puertas se abren, la madre levanta al niño en brazos y los veo caminar por el pasillo en semipenumbra. El niño me mira sobre su hombro, todos ojos tristes, las mejillas tensas. La madre le besa la cabeza, le susurra algo — quizás justo lo que a mi no se me ocurrió para calmarlo — y caminan por la calle, con la cabeza baja, el cuerpo rígido. Y me quedo pensando en todo lo que hemos perdido, en todos los espacios en silencio, devastados y afligidos, de un país lleno de cicatrices.

Camino por la calle y miro a los transeúntes a mi alrededor. Todos tienen el mismo aspecto agobiado del niño y el que yo también debo tener, aunque ya no le doy importancia. Durante las últimas semanas, hemos sufrido los rigores de la represión nocturna que padece de nuestra zona, el temor insistente de lo que pueda ocurrir por los ataques de desconocidos a moto y a pie. Se ha hecho un hábito las denotaciones inexplicables, las ráfaga de balas fugitivas. De pronto, la violencia se volvió parte de todas las cosas, de los pequeños hábitos, de la percepción de la normalidad. Me abruma la mera idea de la resignación que eso simboliza y sin embargo, que real resulta cuando te convences a ti mismo que debes continuar, que necesitas encontrar cierta normalidad. ¿Cual? me pregunto con cierta violencia. ¿Qué tipo de normalidad puedes encontrar en el país ahora mismo?

Por supuesto, no hay respuestas para algo semejante. Lo pienso mientras me formo en fila para comprar un poco de pan, mientras avanzo por la calle tratando de sortear los restos de basura quemada en la que aún se percibe el olor de las lacrimógenas. Cuando me detengo frente a la pared de piedra de unos de los edificios que rodean la plaza pública y distingo una línea de agujeros requemados con olor a pólvora. Los rozo con los dedos, me invade el asco, el terror. Un tipo de amargura indefinida que tiene mucho que ver con la incertidumbre. La conciencia de vivir en un país en el cual con toda probabilidad haya una bala con tu nombre.

***
La tarde transcurre pacífica. La calle tiene el mismo aspecto que ha tenido durante los casi veinte años en que la he contemplado a través de la ventana de mi estudio. Hay un aire de tranquilidad plácida y engañosa, con los árboles en flor sacudiéndose por el viento y el sonido del tráfico esporádico. Y me asombra, que sea tan fácil disimular lo evidente, lo crudo de lo vivimos. Ese barniz de normalidad fragmentado e incomprensible.

Un funcionario militar cruza la calle llevando su arma de reglamento contra el pecho. A la distancia, tiene un aspecto amenazante, con el caso y el peto bien visible. Lo veo rodear la plaza, avanzar hacia adelante, detenerse en una esquina. Apoya el fusil contra el suelo, se queda inmóvil. Unos minutos después, se le unen dos funcionarios más. Y la calle en apariencia corriente se transforma en otra cosa. En una amenaza tácita pero imposible de ignorar. Hay algo alegórico en esa imagen, en el hecho que el Estado policiaco esté en todas partes, que sea un fragmento visible entre todas las concepciones de la rutina cotidiana.
Cuando tenía diez años o un poco menos, vi por primera vez una Tanqueta, ese enorme vehículo militar que en Venezuela, se ha hecho parte del paisaje urbano a medida que recrudecen las protestas. Acababa de ocurrir el primer golpe de estado y mi calle se encontraba custodiada por efectivos militares que me aterrorizaron por sus uniformes, sus armas bien visibles, el aire agresivo que parecían encarnar. Pero el recuerdo más vívido que tengo de por entonces es la silueta colosal de la tanqueta que cerraba la calle frente al colegio en el que estudiaba. Un armatoste de metal de aspecto envejecido y peligroso. Una criatura imposible a la que no encontré explicación ni tampoco justificación. Me detenía a su lado, con el morral sobre el hombro y apretando la mano de mi abuela con nerviosismo, sin saber el motivo por el cual me causaba tanto terror su silueta recortada contra el sol de la tarde. Todavía no sabía que hacía en realidad aquel objeto incongruente en todo lo que conocía, pero el temor era real, cercano.

Crecí en un país cercado por el estado general de sospecha, tutelado por el militarismo, hundido y aplastado bajo la bota verde oliva. Mientras miro al grupo de funcionarios de pie bajo el sol, incómodos y un poco inquietos, pienso en que no recuerdo cuando la violencia no formó parte de mi vida, cuando no tuve que temer por la agresión por el poder. Y pienso en esa niña que fui, que asumió con facilidad — y con preocupante rapidez — la tanqueta en la calle, el militar armado en las esquinas, la percepción de la represión como parte de todos los lugares de la vida cotidiana. ¿Qué provoca en un niño la violenta perenne, silenciosa? ¿Esa persistente visión de la agresión como parte de tu identidad, de todo lo que aspiras y eres?
Hace poco, le comentaba a una de mis amigas que llevo tanto tiempo sintiendo miedo, que no sé como dejar de sentirlo. O mejor dicho, cómo sobrellevar esa combinación de amargura, cansancio y temor que parece inabarcable. Está en todas partes, en cada trozo de lo cotidiano, en los intentos inútiles por mantener la cordura, la calma. Simplemente la esperanza. El miedo forma parte de cada noción que tengo sobre el país, de la forma en que vivo, de la manera en que deseo vivir.

El grupo de militares camina hacia la esquina y desaparece bajo la copa de un árbol. Pero aún invisibles, la calle entera parece manchada y contaminada por esa violencia que palpita al fondo de todas las cosas. Cuando cierro la ventana, las manos me tiemblan. Y el miedo está allí de nuevo, porque no puede ser de otra forma. Porque Venezuela se refleja en todas las pequeñas cosas que recuerdan la fractura, la grieta, el dolor.

***
Cuando me asomo al pasillo para arrojar la basura en el deposito, mi pequeño vecino está allí. Está jugando en las escaleras, saltando de un lado a otro. Arroja la pelota, la ataja, vuelve a arrojarla. El sonido acompasado resulta casi relajante. Me hace pensar en tiempos inocentes, dolorosos por lo incomprensibles que me resultan ahora mismo.

Su madre le observa desde un peldaño de la escalera. Me siento a su lado. Ella suspira y me mira con los mismos ojos tristes y cansados de su hijo.

— A veces, le pongo sus películas, su música, sus programas a todo volumen para que no escuche las bombas lacrimógenas. Lo encierro con las ventanas cerradas y los espacios cubiertos con paños empapados en bicarbonato. Pero…eso no es suficiente. ¿Cómo puede serlo?

El niño toma la pelota y corre escaleras arriba, fingiendo una finta. Le escucho narrar entre dientes un juego imaginario, reír en voz alta. Y siento un dolor ajeno, persistente, inexplicable. Su madre sacude la cabeza, aprieta las manos hasta que los nudillos le quedan blancos. Su angustia es tan directa y visible que es mía también. La entiendo con una claridad total.

— Estamos intentando irnos del país, pero no tenemos la plata. Estamos encerrados — suspira. Las mejillas contraídas, los ojos secos. Un sufrimiento tan lento que le deforma la expresión — y no me duele por nosotros, su papá y yo podemos con esta vaina. Pero él…

El niño baja corriendo de nuevo y me arroja la pelota. La sostengo con un gesto torpe de manos abiertas. Sacude los bracitos, me anima a arrojarla de nuevo. “Vamos a perder el juego” me grita. “Pasamela ya”. Cuando lo hago, él se burla de poca puntería y regresa al mundo pequeño y frágil que lo consuela. Su madre ladea la cabeza, se restriega los ojos con la palma de la mano.

— Hay que ver cómo se sobrevive — murmura — pero sobre todo, cómo evitas te joda el futuro todo esto.

Pienso en esa frase tendida en mi cama, escuchando los sonidos de la calle, atenta a las denotaciones acompasadas, el posible sonido de las balas fugitivas. ¿Me destrozó el futuro la violencia? ¿Ese lento goteo interminable en este país que lleva heridas tan profundos? El pensamiento me tensa el cuerpo, me hace sentir dolor. Me quedo sin aliento, con la cabeza hundida en la almohada. Y de pronto, todo es incertidumbre a mi alrededor. En medio del silencio tenso de la noche, del eco de las primeras detonaciones que se hacen más cerca. Un dolor tan viejo que no puedo hacer otra cosa que pensar quizás es irremediable.

lunes, 24 de abril de 2017

La fotografía como una puerta y ventana para la emoción y los secretos espirituales: Algunas reflexiones sobre la obra de Eve Arnold.





A menudo la fotografía es una forma de expresión que resulta un reflejo fidedigno sobre las motivaciones y esperanzas de su autor. Quizás por su carácter inmediato o sólo por el hecho de crear las condiciones propicias para la expresión, la imagen es capaz de crear un tipo de lenguaje que lleva a cuestas la historia del fotógrafo. Algo semejante debió ocurrirle a Eve Cohen (futura Eve Arnold) quien nació mujer, diminuta y con graves problemas de salud en el seno de una familia ultraortodoxa judía. Una familia disfuncional, que además tuvo que huir de su natal Ucrania cuando Eve era aún una niña pequeña. El padre, un rabino ucraniano convencido de la santidad del hogar y el papel secundario de la mujer, le insistió desde la infancia que su papel y futuro estaba “junto al fogón”. Una idea que atormentó a Eve durante buena parte de la niñez. “Soñaba con ser escritora, bombero, fotógrafa. Las palabras de mi padre me aterrorizaron” escribió en una oportunidad, rememorando la época. Quizás para alguien con menos fuerza de voluntad, esas condiciones habrían supuesto una condena a la tradición, una puerta cerrada hacia cualquier aspiración más allá de la podría imponer la época y la cultura. No obstante, Eve Arnold no sólo logró convertirse en fotógrafa tal y como lo soñó sino además, en una de las mujeres más importantes en la historia de la fotografía. En un inmediato referente a un tipo de fotografía sensitiva, emocional y pulcra que asombró a sus contemporáneos y que continúa haciéndolo décadas después de su muerte.

Fue sin duda esa larga historia de batallas personales y pequeños sinsabores, lo que hizo que Eve Arnold construyera un lenguaje fotográfico basado en la empatía, la comprensión y sobre todo, un inusual respeto hacia quien retrataba. Arnold estaba obsesionada con la circunstancia humana y lo demostraba en cada oportunidad posible: Sus imágenes cautivan por su mirada profunda y elegante, una persistente intención de expresar ideas complejas a través de cierto acercamiento emocional. Tomaba fotografías sin juzgar al personaje pero además, tenía la delicadeza intelectual suficiente como para asumir el riesgo de asimilar su historia a través del documento fotográfico. “Fotografiar es un poco analizar la psiquis y la circunstancia de quien fotografías” comentó en una oportunidad “una conversación sin palabras en la que la cámara es el vehículo ideal para confesiones inesperadas”.

De hecho su trabajo se recuerda sobre todo por acercamiento y relación con quienes fotografiaba, más que por su estilo fotográfico, sobrio y formal. Eve Arnold supo captar la individualidad y la historia personalísima de todo el que posó frente a su lente y el resultado, es una colección de historias basadas en imágenes con un claro propósito intimista. Eve Arnold asumió la capacidad de la fotografía como documento emocional y lo llevó a una nueva dimensión de análisis intelectual. No es extraño que aún en la actualidad sus imágenes de estrellas de Hollywood como Marilyn Monroe y Joan Crawford, sorprendan por su delicadeza y el aire íntimo que convierte las imágenes en testimonio, más que un mero registro. Asombra también su capacidad para transmitir percepciones complejas que acentúan su discurso intimista: En su proyecto Tras el velo Arnold mostró la cultura musulmana a la audiencia norteamericana como ningún fotógrafo lo había hecho hasta entonces. Se trató de un recorrido existencialista y anecdótico a través de las costumbres religiosas pero también, de las invisibles relaciones de poder, amor y familiaridad entre los creyentes. El resultado fue un acercamiento desconocido al núcleo mismo de la creencia y la comunidad a su alrededor. Una inédita percepción sobre la humanidad y la belleza emocional que sorprendió al público de su época.

En una ocasión, Eve Arnold confesó que fotografiar era el medio más exacto del que disponía para comprender las vicisitudes espirituales de quienes le rodeaban. Para la fotógrafa, la cámara era un recorrido por la belleza invisible, la noción sobre la identidad y algo mucho duro que solía llamar “el rostro oculto”. Rara vez Eve Arnold dejaba de fotografiar antes de encontrar esa otra perspectiva del personaje, esa vulnerabilidad amable y humana que convertía su manera de fotografiar en un discurso sobre la fragilidad del hombre y su entorno. Esa insistencia suya en mirar más allá de lo obvio, sería un elemento persistente en la obra que la haría famosa. Cuando fotografió durante casi un año a Malcolm X, el propio líder político confesaría que le asombró la delicadeza y respeto de la fotógrafa al construir un mensaje fotográfico sobre su vida y obra. “Miro lo esencial y descartó cualquier otra cosa” llegó a comentar.

Eve Arnold concibió la fotografía como una combinación de medios y conceptos. Desde sus famosas fotografías de rodajes (fue pionera de la llamada foto fija y también, del documento registro detrás de cámara del Hollywood de casi dos décadas) hasta su trayectoria como reportera, Eve Arnold supo encontrar el equilibrio entre el discurso, el mensaje y la referencia, en medio de un contexto íntimo y poderoso que dotó a su trabajo de una indudable personalidad propia. Su trabajo tenía tantas aristas como intereses la fotógrafa: Arnold fue la primera fotógrafa en seguir el rastro de los inmigrantes africanos al norte de Estados Unidos y lo hizo con un respecto étnico que le permitió obtener un documento de profundo valor sociológico. También fotografió las audiencias del Macartismo y lo hizo con tanta seguridad y pulso firme, que le permitió captar la humanidad incluso en los enconados acusadores, convertidos en villanos sociales. Una y otra vez, Arnold demostró su pericia para analizar lo social y lo cultural a través del prisma de cierta emotividad sobria y serena. Una comprensión sobre los alcances de lo humano en el hecho fáctico y sobre todo, un análisis directo sobre sus implicaciones. “Todo lo que ocurre es emocional y tiene un alto contenido humano. La labor del fotógrafo, es descubrirlo”.

De la mirada amable a la profundidad conceptual: Eve Arnold y la fotografía como recurso expresivo.

Cuando Eve Arnold fotografió a Marilyn Monroe, la actriz atravesaba una etapa especialmente dura de su vida. Tenía problemas de dependencia a todo tipo de medicamentos, su trabajo como actriz era menospreciado en favor de su turbulenta vida privada y sobre todo, sufría las críticas y sinsabores de un entorno hostil. Eve Arnold se encontró con una mujer que no deseaba ser fotografiada y que se sentía incómoda frente al lente de la cámara. “Sólo mostraré lo que tu deseas se muestre” se cuenta que insistió Arnold, con el lente de la cámara aún cubierto. La actriz aceptó continuar con la sesión.

Las fotografías de Marilyn Monroe se convirtieron en íconos de la belleza, pero también de un sensible acercamiento a la soledad y cierto desarraigo personal. La actriz se muestra en el cenit de su atractivo físico y personal, pero también desde una vulnerabilidad casi conmovedora. Arnold no sólo supo captar la combinación entre ambas cosas sino también, un rasgo misterioso sobre Monroe que aún asombra y se celebra: su infalible instinto para comprenderse así misma. Monroe no era una mujer simple a pesar de la insistencia en lo contrario y fue la fotografía de Arnold la que reveló al mundo esa extraña y brillante complejidad.

Historias semejantes se multiplicaron durante la larga carrera de la fotógrafa. Eve Arnold era una mujer ejemplar o esa la opinión mayoritaria de quienes la conocieron. Y no lo era por un comportamiento impecable — al contrario, era obstinada, ruidosa, impulsiva y con un gran carácter — sino por su asombrosa sensibilidad en una época en la que la fotografía se distinguía por su pulcritud directa y en ocasiones cruda. Arnold era conocida por su nobleza y humildad, rasgos que se ensalzan como los más reconocibles de su personalidad y que forman parte del mito a su alrededor. Algo de esa percepción sobre la vulnerabilidad del espíritu humano, es parte profunda de su visión fotográfica.

James A. Fox, editor y archivista de la agencia Magnum, recuerda a Arnold como una mujer formidable, divertida pero sobre todo “nada pretenciosa”, que estaba obsesionada con las perfección pero a la vez, estaba convencida que la creación fotográfica era un motivo para la celebración. “Eve Arnold sabía que la fotografía era un medio para mostrar emociones, a pesar de la insistencia en la pulcritud del documento en estado puro. Pero ella era rebelde y no obedecía la noción la imagen sólo como registro. Insistía en encontrar lecturas, dobles miradas. Mundos enteros escondidos en el rostro de quien fotografiaba.” Una opinión que comparte Zelda Cheatle, socia del Tosca Fund y antigua responsable de ventas de la Photographer’s Gallery londinense: “Arnold tenía una enorme voluntad para conectar con las personas y su sentido común, ya se tratara de retratar la pobreza, la excentricidad o la fama”.

Más de una vez, se le preguntó a Eve Arnold cual era su secreto para encontrar el punto exacto de vulnerabilidad y belleza en todas sus imágenes. Arnold sonrió, con cierto cansancio. “Provengo de un hogar humilde, con un padre que consideraba que debía cocinar en lugar de educarme. Me casé muy joven y perdí un bebé. Sé todas las tristezas y dolores que puede ocultarse detrás de una expresión impasible. Busco lo que hay detrás de nuestras máscaras. De nuestras puertas cerradas. Saber contar bien una historia implica comprender sus orígenes”.

De la mirada y el silencio: la búsqueda de la fotografía como registro de lo humano.
Eve Arnold siempre fue una mujer con cientos de contrastes: sus colegas de la Agencia Magnum la recuerdan como ama de casa suburbana, que reía en voz alta, contaba historias sobre sus vecinos pero también, tenía un infalible olfato para las buenas historias. Eve Arnold, que había soñado con ser médico, bailarina, escritora, encontró en la fotografía una forma de expresión tan profunda como elemental, tan personal como significativa. Se trató de un largo trayecto desde su Filadelfia adoptiva hasta llegar a Nueva York, en donde encontraría una forma de expresar toda su enorme potencia creativa. De pronto, la fotografía estaba en todas partes, era un elemento imprescindible para comprender la época que vivía. Para Eve, fue una forma de expresión tan novedosa como inevitable. “Fotografiar se convirtió en lo único que podía procurarme paz y despertar mi curiosidad”.

También en Nueva York encontró su primer trabajo como fotógrafa: vio un anuncio en The New York Times en el que se solicitaba un “fotógrafo amateur” para una fábrica de negativos. Fue el empleo perfecto para su recién nacida vocación como fotógrafa: Durante el día, aprendía todo sobre la cámara y el proceso de revelado y en su tiempo libre, retrataba las calles de Nueva York con una cámara Rolleicord. Entre ambas cosas, Eve Arnold encontró su definitiva vocación.

No obstante, le llevaría casi década y media tener el suficiente conocimiento, material y sobre todo confianza para presentarse con su portafolio en la Sede Neoyorquina de la legendaria cooperativa de fotógrafas y solicitar su admisión. Se trataba de años de transición en el lenguaje fotográfico: Robert Capa ya había que se necesitaba una renovación en el grupo de fotógrafos. Y además, había insistido en que se necesitaban mujeres. “El ojo fotográfico femenino es mucho más sagaz que el masculino” había dicho en más de una ocasión, sin duda debido al recuerdo de Gerda Taro. Para Arnold fue el momento idóneo pero sobre todo, su trabajo representó un momento de transición entre el documento en estado puro y un tipo de fotografía más sensitiva y poderosa que tenía por foco lo humano.

En su libro Eve Arnold. The Unretouched Woman (1976) la fotógrafa analiza lo que significó para su trabajo comenzar a formar parte de una agencia en la que no sólo encontró inspiración sino una nueva dimensión de su percepción sobre la imagen. “En Magnum descubrí mi capacidad para adaptar la fotografía a una búsqueda del elemento discreto y poderoso en cada ser humano” explicó pero además, encontró el sentido de sus temas recurrentes “Fui pobre y quise documentar la pobreza; perdí un niño y me obsesioné con el nacimiento; me interesaba la política y quise saber cómo afectaba a nuestras vidas; soy una mujer y quise saber más sobre las mujeres”. Con una valentía y entrega absoluta, Arnold encontró en la fotografía una forma de catarsis pero sobre todo de construir un discurso basado en su necesidad de explorar las emociones humanas como un todo. Desde sus icónicos retratos a celebridades hasta sus reportajes sobre hechos históricos, el lente de Arnold supo captar un tipo de poderosa metáfora sobre la trascendencia y el dolor del espíritu humano, en cientos de facetas distintas. Su versatilidad tiene como punto central un concepto muy profundo y aún por definir: humanidad. Para Arnold, era de enorme importancia encontrar lo que había bajo el ícono, el glamour de los grandes estrellas, lo inalcanzable de las grandes tragedias imposibles de comprender, hasta convertirlo todo en algo algo humano y accesible. Y con su maravillosa sensibilidad pero sobre todo, su sincera percepción sobre lo que nos hace humanos, lo logró.

sábado, 22 de abril de 2017

Cantos al viento y otras historias de brujería.





El circulo de velas parpadeantes parecía extenderse por el jardín entero.  Mi tia E. me miró con cierta impaciencia cuando me detuve al borde, observando las llamitas bailotear en la oscuridad.

- ¿Vas a entrar o no?
- Bueno...

Volví a mirar las velas, tan pequeñas y chatas que parecían brotar de la tierra misma. A la luz del atardecer, tenían un aspecto bonito, limpio. Pero la verdad, muy poco mágico. O al menos como yo me imaginaba las cosas mágicas, en todo caso. Me incliné para mirar una de cerca: tia se había preocupado por poner una piedrita debajo de cada cabo de vela y el conjunto - con sus hilos blancos de cera flotando recién derretido - tenía un aspecto delicadísimo, casi artístico. Pero aún así, seguía siendo sólo una vela sobre un trozo de roca, en un jardín con la hierba mal cortada.

Pero claro está, una no le dice esas cosas a su tia. Menos, una tia tan malhumorada como la mía, que me miraba con los ojos entrecerrados y los brazos en jarra mientras yo seguía de pie al borde del circulo, pensando en esas cosas con toda mi curiosidad infantil. En vez de eso, hice lo que me había enseñado: levanté el brazo y con el dedo indice de la mano derecha, dibujé una puerta invisible sobre el aire de la noche. El viento me sopló en la cara y tuve una extraña sensación de sobresalto. Pero magia, lo que se dice magia, no pasó.

Entré finalmente al circulo. Volví a cerrar la puerta imaginaria como tia me había enseñado y me senté a su lado. A estas alturas me sentía un poco loca o al menos, una niña jugando a solas con su tia en la oscuridad. Pero bruja...torcí la boca para masticar las palabras que se me vinieron a la lengua. Segurito que a tia no le iba a encantar que le dijera lo decepcionada que me sentía de haber hecho mi primer gran gesto mágico y no haber sentido otra cosa que cierta confusión. Así que me callé y me senté a su lado, con las piernas cruzadas y la espalda rígida.

- Pues muy bien - dijo tia extediendo las manos sobre sus inmaculada falda de flores diminutas - ya aprendiste lo primero que toda bruja aprende: a trazar el circulo de energía a tu alrededor.

Dicho así, aquello sonaba misterioso y emocionante. Pero en realidad, lo que habíamos hecho era encender un montón de velitas diminutas, colocarlas en circulo y luego, levantar el brazo para crear otro con un gesto que aparentemente tenía que demostrar alguna cosa...que por supuesto, no tenía idea de qué podía ser. Algo de mi festiva incredulidad de ocho años debió notarse en mi rostro porque mi tia frunció el entrecejo e inclinó su rostro regordete hacia el mio.

- ¿Esto te parece una nimiedad no?
- No - dije perpleja.
- ¿De verdad?
- ¿Que es nimiedad? - respondí con toda sinceridad. La verdad era que jamás había escuchado la palabra antes.

Tia soltó un resoplido muy audible e inclinó la cabeza hacia mi. Me dedicó una de sus miradas verdes, cargadas de intención e inteligencia. Parecía un poco impaciente por mi comportamiento, pero sobre todo, desconcertada por mi incredulidad. La verdad no se me estaba dando muy bien eso de creer en "la magia" - lo que sea que fuera - y mucho menos, de entender lo que mis abuelas, tías y primas comprendían sobre la palabra. Después de todo, apenas llevaba seis meses viviendo en casa de mi abuela. Y menos de dos, aprendiendo eso que con tanto amor y devoción, abuela llamaba "brujería".

No era algo sencillo, por supuesto. A pesar que me entusiasmaba la idea de aprender algo que en mi mente tenía mucho de asombroso, las cosas no eran tan sencillas como creía o al menos, esperaba. Menos, para una niña de ocho años, con la cabeza llena de ideas fabulosas que se parecían muy poco a la tradición doméstica, sencilla e incluso discreta que abuela insistía era una forma de "celebrar" el mundo de las brujas. Al principio, había hecho muchas preguntas.

- ¿Pero no se supone que una bruja vuela? - pregunté muy solemne, mientras mi abuela cocinaba el almuerzo del día. Me miró por encima de sus anteojos de leer conteniendo una sonrisa.
- ¿No es más fácil ir en un avión?
- Pero...en los cuentos las brujas se montan en una escoba y vuelan - sacudí los brazos para explicar la imagen mental que me acompañaba a todas partes desde que había leído algo semejante - se montan en las escobas y van por el cielo.

Miré disimuladamente las escobas colgadas en la pared, quizás esperando que nada más con desearlo, una saldría volando rauda y veloz hasta llegar a mi lado. Aún faltaban unos cuantos años para que Harry Potter hiciera realidad mi sueño, pero mientras tanto, en mi imaginación ese tipo de cosas eran muy reales. Por supuesto, nada sucedió: las escobas siguieron colgadas en la pared, con su mango un poco deslucido y las cerdas de paja torcidas.

- Las escobas y todo lo que existe en brujería son símbolos de algo mucho más profundo y hermoso - explicó mi abuela - Todas las brujas son ritualistas, creen en el poder de lo simbólico y en la belleza de la mitología personal. Crean su propio paisaje de historias. Y cada uno es distinto.

No entendí nada de nada de lo que dijo mi abuela, aunque sus palabras me gustaron y me parecieron bonitas, asi que supuse las recordaría después. ¿Mitología personal? Me acerqué al horno donde hervía el asado negro y miré al techo: varios ramos de diferentes especias colgaban del punto más alto, envueltas en listones de tela rojo y verde. Me les quedé mirando desde abajo, a la distancia de mi poca estatura, preguntándome por qué estaban allí.

- Pero ¿Las brujas siempre tienen que hacer cosas así? - señalé las plantas - ¿guardar cosas como plantas y matas? ¿Las escobas? No entiendo para que tenerlas si no son de verdad...ya sabes, que hacen cosas...mágicas.

Abuela siguió revolviendo la sopa en la hornilla con el cucharón. Tenía el rostro enrojecido por los vapores de la cocina y el cabello en punta. No parecía la verdad, una venerable abuela sino un poco...loca. Me avergoncé del pensamiento, pero no pude evitarlo porque me parecía muy divertido. Abuela era muy distinta a cualquier otra persona que había conocido antes. Era por distancia, la más extraña, amable y graciosa. Y también, la más sabia.

Y era bruja, claro. No  como la de los cuentos, como me había insistido con paciencia todas las veces en que le había preguntado. Una bruja que era algo más que una fantasía de mujeres de piel verdes y verrugas, nariz ganchuda y manos retorcidas. Una bruja de corazón intrépido, ojos despiertos y sonrisa interminable. Me lo había dicho desde los primeros días en que me había quedado en su casa, un año y poco más atrás y me había sorprendido su franqueza, la sencillez en la manera como usaba la palabra. Porque para ella "Bruja" era algo más que una idea, era una forma de mirar el mundo. Su reflejo en el espejo. Una aspiración total a la belleza espiritual.

Claro que, yo entendería todo eso muchos años después, luego de un largo aprendizaje y de poder yo misma llamarme de la misma manera. La niña de ojos asombrados en la cocina, seguía un poco desconcertada por la idea, tratando de darle forma, de encajarla en el mundo del colegio, de los almuerzos en familia, de los domingo en el cine con mamá. Todavía no lo lograba y me preguntaba con frecuencia si lograría hacerlo. Si alguna vez podría llamar "bruja" a mi abuela sin quedarme desconcertada, mirándome las manos, intentando comprender que quería decir al pronunciar una palabra semejante.


- Las brujas hacen lo que quieren - mi abuela soltó una carcajada - pero entre esas cosas, está crear una idea sobre su vida que vaya más allá de los objetos. Una bruja tiene un caldero, una daga, un cayado, un libro. Pero una bruja no se define a través de ellos. Una bruja es un corazón inquieto, furioso, lleno de preguntas. Una bruja es una mujer que crea y disfruta haciéndolo.

- Pero...¿Haciendo qué? ¿Creando qué? ¿Que es que lo hace una bruja que no hace otra gente? - insistí. Caminé por la cocina, mirando los viejos anaqueles de madera y cristal repletos de hierbas, las pequeñas estatuillas de madera de aspecto extraño de hombres y mujeres de aspecto extraño, las estrellas grabadas en todas partes. Todo se veía normal...pero a la vez no. Y aunque no sabía explicar en qué consistía la diferencia, si sabía que podía verla, notarla. Disfrutarla, incluso.

- Lo que les inspire su mente y su espíritu, mi niña - me contestó mi abuela. Tomó la olla, la puso en la siguiente hornilla de la cocina y la cubrió con una tapa. Se secó las manos en el delantal - Crear es un oficio de todos los días. Todos hacemos cosas propias y por el mundo a diario. Una bruja sabe el valor de todas esas cosas. Las aprecía, las construye de manera consciente para asumir su responsabilidad sobre ellas.

Una de las cosas que más me gustaba de mi abuela - la sabia, la bruja - era que siempre contestaba a todas mis preguntas. Y lo hacia como si yo fuera un adulto, sin disimular la complejidad de lo que me decía o adonarlo para hacerlo más comprensible. Por supuesto, muchas veces me llevaba esfuerzo seguir el hilo de la conversación pero ese pensar y re pensar había hecho maravillas en mi. No obstante que muy pocas veces comprendía las palabras de mi abuela, estaba consciente que quizás después podría comprenderlas. Las anotaba, las recordaba de vez en cuando. Poco a poco, aprendí ese juego de espejos que es aprender a través de tradiciones intimas, pequeñas. Palabra a palabra heredada.

- Pero ¿Hay algo que te haga bruja? - pregunté. Aquello era importante. Con apenas unos meses en casa, había descubierto que la casa de mi abuela no era sólo una casa asi sin más, era la casa de una bruja. Y de una venerable, que amaba la naturaleza,  a su familia y disfrutaba demostrándolo. Una casa llena de flores, plantas, libros, fotografías, pequeños trozos de historias. Una casa donde nada era corriente a pesar de parecerlo. Una casa llena de magia.
- Sí claro - mi abuela se inclinó y me hizo un guiño malicioso. Luego apoyó su dedo indice en mi pecho - está aquí y se llama corazón. Una bruja es un corazón de fuego puro.

Pensé en esas cosas, sentada al lado de mi tia en la tarde de la primera vez que celebré Luna Llena. Sentada dentro del círculo de velas preparado especialmente para mi. Escuchando el viento bajar de la montaña y un poco inquieta, por no comprender en realidad que ocurría a mi alrededor. ¿Será que yo no era TAN bruja como lo eran mi abuela, mis tias y primas? ¿Me habría perdido de algo luego de un año entero de hacer preguntas, mirarlo todo con ojos asombrados, escuchar todo lo que mi abuela decía? Esa idea me preocupaba. O mejor dicho, me dolía. Porque si yo no podía ver - o sentir, más bien - la importancia del circulo mágico que habíamos creado...si yo no podía percibir esa magia que tia insistía que había...pues bueno...tragué grueso, muy preocupada.

La verdad, es que el circulo mágico era una de las pocas cosas realmente misteriosas que había visto hacer a las mujeres de mi familia. No se trataba de una metáfora, ni tampoco de una larga explicación filosófica. Era el hecho que bruja podía trazar con su energía - lo que sea que eso fuera - un lugar marcado con las cosas que la hacían especial y única. Era una idea que me había costado entender, que seguía sin estar muy clara. Oye, ¡Que solo se trataba de mover el brazo y decir que allí estaba un circulo! Pero...

La verdad, yo no veía nada. Por más que lo había intentado. Por más que había abierto bien los ojos mientras mi abuela lo invocaba con palabras hermosas y enigmáticas. No había otra cosa que cielo nocturno, hierba y la luz de la Luna. Pero a pesar de eso, mi abuela, tias y primas reían en voz alta, se tomaban de las manos. Celebraban que "el circulo" las uniera. ¿Que debía entender de todo eso? ¿Que había de mal en mi como para que circulo continuara siendo sólo una palabra para describir algo que no podía entender en realidad?

- Tia...- empecé. Las palabras se me atragantaron en la garganta - yo no...

Tia aguardó. Iluminada por la luz de las velas, tenía un aspecto extraño, casi misterioso. El cabello trenzado le caía sobre los hombros con mucha elegancia y parecía muy venerable, con sus joyas de plata brillando en la oscuridad. Pensé en lo hermosa que se veía, de pie en la oscuridad, con el brazo extendido, señalando al infinito con el dedo, creando un circulo invisible que sólo era visible a los ojos. Aunque no conocía las palabras para describir bien la escena, tuve la sensación que había algo muy viejo en su gesto, su postura, la escena completa. Algo poderoso.

- ¿Qué ocurre?
- Yo no siento nada cuando trazas el circulo - confesé finalmente. Sentí que el corazón se me caía al suelo y que un hilo helado me recorría la espalda - quisiera sentirlo. Quiero decir que si lo siento pero...Sólo te miro a ti y...

Era la pura verdad. Había intentado con furiosos esfuerzos de imaginación percibir el circulo, visualizarlo en mi mente a la manera como suponía las otras mujeres de mi familia podían verlo. Pero,  ni antes ni después, el circulo había sido otra cosa que una idea brumosa de la que no estaba muy segura.

Y eso me dolía muchísimo. Para las brujas, el circulo de energía era realmente importante o al menos, era lo que había concluido luego de todos esos meses. Mi abuela solía decir que un circulo podía contener el Universo entero, la plenitud de comprender cada secreto del mundo. Que el circulo era una tradición tan vieja que se perdía en el tiempo, que parecía proceder de todas las naciones y de todas los pueblos de la tierra. Porque el Circulo de energia no era sólo la representación del perfecto equilibrio entre el espíritu humano y la naturaleza, sino también del misterio de un tipo de perfección elemental difícil de explicar. Sentada en la hierba, con la cúpula de la noche extendiendose brillante y púrpura sobre mi cabeza, pensé que quizás, yo no formaba parte de esa historia muy vieja que abuela insistía en llamar "familiar", de esa larga línea de brujas que no sólo podían comprender que era el círculo sino también verlo.

Pero con ocho años, no sabes explicar esas cosas. O al menos no de una manera comprensible. Expresar la frustración que puede producirte una idea semejante. Así que me quedé con las rodillas apretadas contra el pecho y el rostro oculto entre las manos, sin saber que hacer. Si es que tenía que hacer algo.

- Agla...
- Perdón, tia. Quizás no nací para bruja - respondí con mucha dramatismo.

Escuché a la tia reír. Me pasó un brazo por los hombros.

- Escucha, hay un secreto que toda bruja conoce bien temprano y este: El universo entero y el mundo completo, caben en un circulo - murmuró a mi oído. Suspiré, si, ya lo sabía, pensé. El mismo circulo que yo no podía ver - y ese circulo no está en ninguna otra parte que en el lugar más misterioso de toda la creación.

Levanté apenas los ojos.Tia me observaba con los suyos brillantes por la luz de las velas.

- ¿Donde es eso?
- Aquí.

Me apoyó la mano en el pecho. Parpadeé confusa.

- ¿Como es eso?
- Cierra los ojos y vamos a buscar el circulo - seguí mirándola, sin saber que me decía. Enarcó la ceja, impaciente - que bruja más terca. ¡Haz lo que te digo!

A regañadientes, la obedecí. Sentí sus dedos en mi frente y luego acariciandome el cabello.

- El poder de una bruja, la energía que crea un circulo no procede de nada que no poseas, no disfrutes, no puedas imaginar - me susurró al oido - una bruja es un paisaje interminable. Es un valle gigantesco a punto de crearse. Son cientos de pequeños fragmentos de luz y de sombra que unen para crear un país nuevo. En tu ment. En tu espíritu. Eso es lo que crea el circulo. No algo exterior, sino lo que sientes en tu interior.

"Ahora imagina que eres un árbol. Uno jovencito, de ramas delgadas y tronco agil. De esos que mueve el viento con facilidad. De los sacuden las hojas  al doblarse frente a las tormentas. Tu espíritu es así. Aún eres una idea recién nacida, un pensamiento en el Universo tan diminuto que necesitas caminar y comenzar a avanzar para encontrar tu nombre, tu lugar bajo las estrellas. Y ese andar, es el círculo. ¿Lo puedes imaginar?

Claro que podía. Con los ojos apretados, me vi como un árbol, uno pequeñito de ramas muy cortas, danzando por las ráfagas de viento de la montaña. Un árbol que aún no sabía que lo era. Que se estaba haciendo  más fuerte con lentitud. Tanta, que a veces no podía notarse. Y ese árbol, que era yo, parecía muy frágil, muy chiquito. Una tormenta podía golpearlo. Un rayo podía partirlo en dos. Me asusté pero también sentí esa conexión con el centro del árbol, la vida nueva naciendo en él.

"Ahora, imagina que tus raíces son tan profundas que se clavan a mucha distancia en la tierra. Eres muy joven, pero hay algo en ti muy viejo. Luz pura que te hace avanzar hacia ese centro del mundo de las ideas, que eres tu misma. Una raíz que avanza hacia el corazón, el espíritu, lo que tu mente es. La explicación a todas las cosas, las preguntas que no has formulado, los sueños que aún no nace, todo eso está en su raíz".

Vi las raíces enormes y fuertes del árbol que yo era. Las vi con tanta claridad que extendí las piernas y apoyé los pies descalzos en la Tierra. Imaginé mis raíces - esos pies de mi mente - abriéndose paso a través de las rocas, más abajo, más más profundo. Hacia un centro luminoso, hacia visiones tan poderosas que parecían abrirse en capas en un mundo subterráneo. Y esas raíces eran cada vez más fuertes, fértiles, grandes. Madera antigua sobre madera nueva. Viejas palabras sobre otras que acababan de hacer.

- Y esas raíces son todo lo que eres - dijo mi tia. Senti su mano en mi hombro. El calor de las velas a mi alrededor. Tan cercano, tan fuerte que de pronto, abrí los ojos sorprendida. La luz era la misma, pero para mi había cambiado. Había algo más intenso, radiante. Algo en mi que respondía a la luz - esa raíz es la historia de tu familia, antes y después de ti. Cada palabra que te hace crecer, cada idea que te hace madurar. Cada percepción que te hace mucho más fuerte, sabia. Cada rama, cada hoja de tu vida, es una historia que contar. Es un sueño que alcanzar. Y creces, tan rápido, como para alcanzar el cielo. Tan fuerte como para mirar el mundo con ojos asombrados. En el circulo de tus ideas. En el poder de todo lo que crees y asumes posible.

Se levantó del suelo. Lo hice también, con las rodillas temblando de una emoción que no podía comprender muy bien. Me tomó del brazo y me hizo señalar al norte, donde las velitas bailaban bajo el viento de Septiembre.

- Creamos el circulo en nuestra mente para recordar que nuestra historia - dijo mientras ambas girábamos en el sentido de las agujas del reloj, mirando la luz de las estrellas. La llamitas de las velas parecieron torcerse, aumentar de tamaño. Palpitar en la oscuridad. Pero de pronto, eran parte de mi, algo más profundo. Más significativo. Eran pequeños fragmentos de historia, de esa idea amplia sobre mi propia vida, que era una pieza de una tradición más vieja de lo que yo podía imaginar - Creamos el círculo para recordar de donde provenimos, hacia donde vamos. Que esperamos recordar. Hacia donde caminamos en la oscuridad.

Nos detuvimos, el dedo apuntando al norte de nuevo, el corazón latiendo muy rápido. Sentí que una emoción simple, de pertenencia, de compresión, de puro amor me recorría. Era muy pequeña para entender su trascendencia, su justo valor. Pero aún así, sentí esa definitiva sensación de reconocimiento. Ese poder real y consciente de ser parte de algo mucho más importante que mis temores. Mi capacidad para la esperanza.

- Crear un circulo es recordar todos los motivos que te unen, te atan y te liberan a tu identidad - dijo mi tía, con su sonrisa amable - una bruja lo sabe, lo necesita. Se apoya en esa idea. Siempre avanza hacia adelante en ella.

Me llevo muchos años comprender en realidad lo que podía abarcar esa idea, el poder real de un circulo que te une, que le brinda valor a cada una de tus ideas. Pero desde esa noche, jamás volvía  temer que el circulo pudiera abandonarme, que pudiera dejar de percibirlo. Que incluso, pudiera dejar de comprender su importancia.

Porque descubrí que el circulo estaba en mi. En ese rincón del espíritu donde vive el poder de crear y aprender, de soñar y aspirar a la sabiduría.

Un símbolo de pura esperanza.

viernes, 21 de abril de 2017

Una recomendación cada viernes: “Big Little Lies” de Liane Moriarty.




Lo doméstico, lo invisible de lo cotidiano y los pequeños dolores ocultos del seno familiar, se suelen abordar en la literatura desde el drama o en el mejor de los casos, con una perspectiva satírica que busca desacralizar sus extremos más complejos y emotivos. Pero cuando las perspectiva bordea ambas cosas, no es tan sencillo comprender su objetivo. Por ese motivo, a la obra de Liane Moriarty se le suele catalogar como barata e incluso superficial, a pesar de haber tenido dos éxitos de librería casi consecutivos y sobre todo, una buena recepción de crítica y público. No obstante, la visión de Moriarty sobre el mundo femenino — sus secretos, deslices y matices — no suele ser del todo bien recibida. Quizás se deba a su rara percepción sobre el dolor y la tragedia — muy cercana a la burla nihilista — o al hecho que Moriarty analiza sus historia desde cierto desparpajo festivo. Cual sea la razón, su obra sorprende e incómoda y para la autora — que se confiesa rebelde, intranquila y petulante — eso es más que suficiente.

“Big Little Lies” no es diferente al resto de la obra de Moriarty: la historia está llena de mujeres con problemas éticos y emocionales, un misterio inquietante y problemas domésticos convertidos en alegoría del dolor femenino. Pero en esta ocasión, Moriarty forza la barra para reflexionar sobre la angustia, el miedo y la confusión desde una óptica que sorprende por su inesperada profundidad. De nuevo Moriarty juega con los acostumbrados elementos que hicieron éxitos de librería a sus obras precedentes, pero esta vez, la lección es más retorcida, mucho más dura de asimilar. La escritora asume el rostro de la feminidad moderna — que parece ser tan ambigua, mutable y desconcertante — para crear algo más refinado y duro de asimilar. En este juego de espejos que comienza como un melodrama al uso y termina convertido en una insólita mezcla de thriller y especulación filosófica sobre la vida filosófica, la autora encuentra el tono y el ritmo correcto para meditar con dureza sobre la identidad, la caída en desgracia de sus personajes y sus pequeño dolores incomprensibles. Y lo hace con una habilidad que sorprende por su eficacia.

A la novela se le ha llamado “una historia de suspenso doméstico con sofisticados toques de humor” y hay quien incluso se ha empeñado en comparar la estructura limpia — por momentos simple — de la obra de Moriarty con cualquiera de las magnificos mecanismos literarios de Agatha Christie. No obstante, “Big Little lies” no es ni cosa ni la otra: Entre ambos extremos, el libro maneja su propia batería de símbolos y pequeños juegos de dimensión y símbolos, para lograr algo novedoso. Las mujeres de Moriarty son algo más que excusas para analizar el universo femenino: son complejas entidades que batallan entre sí para encontrar un sentido profundo a sus personales vicisitudes. No siempre lo logran, pero el trayecto a la iluminación — el largo camino endeble hacia la liberación y una eventual moraleja — es tan intrigante como para captar por completo la atención del lector. La cuidada atmósfera, los cambios de estructura y punto de vista, logran sostener no sólo una historia que podría parecer tópica y remilgada, pero que en realidad, es una mirada inteligente al dolor, el desarraigo, la angustia e incluso temas tan específicos como el maltrato y la violencia doméstica.

Más de un crítico ha insistido que la obra de Moriarty es un gran colección de chismes ordenados con astuto esmero. Y durante las primeras páginas de la novela, la acción podría resumirse justamente en una justificación a un cotilleo repetitivo y cursi casi ingenuo. Aún así, la novela remonta sus peores momentos y hasta alcanzar una vigorosa perspectiva sobre el uso de los rumores y el cliché como parte del drama central. Moriarty deja muy claro que su historia se basa en la hipocresía social y también, en las debilidades de esa percepción de normalidad que se impone y que a veces, resulta casi imposible de vencer. Es entonces cuando la novela alcanza sus puntos más altos y se deleita en su capacidad para avanzar a través de lo trivial con un tono venenoso y ofensivo. No hay nada sencillo ni mucho menos superficial, en esta épica doméstica, mitad reflexión pesimista y mitad sátira retorcida. En medio de ambas cosas, Moriarty escoge los momentos y escenas a través de las cuales, dejará muy clara la diferencia entre ambas cosas.

Con todo y a pesar del buen esfuerzo de la escritora por disimularlo, la novela tiene momentos de brillo falso que quizás, demuestran la incapacidad de la escritora para abandonar por completo los pequeños clichés sobre la identidad de la mujer. A pesar de los esfuerzos de Moriarty por brindar complejidad a personajes, no tiene otro remedio que analizar el estereotipo para reforzar la idea multicultural y levemente clasista de la historia que cuenta. El libro sitúa la acción en una pintoresca península en las afueras de Sydney (Australia) en un intento por dotar de capas de significado a las extrañas combinaciones sociales y culturales que Moriarty utiliza como telón de fondo para la trama. En medio de la democrática bahía sin nombre en la que habitan el cuarteto de mujeres protagonistas, hay madres solteras muy pobres que apenas alcanzan el final de mes, autoritarias matronas que viven en mansiones lujosas y también, simpáticas damas que intentan encarnar el ideal de la independencia femenina moderna. Moriarty traspone los elementos y crea un mosaico lo suficientemente sólido como para funcionar pero en el que cuesta comprender motivaciones y puntos de vista. La escritora dedica una considerable cantidad de tiempo a ocultar las intenciones de sus personajes y no el suficiente, a dotar de realismo a los pequeños elementos que sostienen sus — en apariencia — poderosas personalidades. El resultado es una visión mixta, incompleta y desigual de sus diferentes circunstancias.

Por supuesto, para Moriarty el misterio es de importancia capital y lo deja claro desde las primeras páginas de la novela: la intención de cada una de las escenas y personajes parece esconder algo tenebroso, tendencioso y la mayoría de las veces peligrosos. El recurso resulta efectivo cuando el enigma escabroso se entremezcla con el rápido discurrir de la trama. Pero cuando no lo hace, el resultado es un blando y machacón anuncio de algo pérfido que Moriarty anuncia en cada oportunidad posible. La insinuación se hace repetitiva, innecesaria e incluso, amenaza la fina noción de la autora sobre la necesidad de mantener el equilibrio entre lo que se muestra y lo que se oculta.


Claro está,  el tema principal del libro es una alegoría a la rivalidad femenina en clave de crítica, con algunas percepciones sobre todo lo que una mujer oculta para sostener la fantasía social de una vida perfecta. La crueldad, la intimidación, la agresión sutil, el odio y el resentimiento sostienen un análisis casi cruel sobre el rol femenino, el tópico y la exigencia social. En mitad de todo, hay una definitiva intención de sostener el discurso del libro sobre la percepción del horror de los secretos domésticos como una forma de control y prejuicio. Pero Moriarty carece de la pericia para profundizar en el concepto con mayor propiedad y la idea termina convirtiéndose en un mirada simplona que evade lo más incómodo del tema.

Aún así, la novela funciona: como crítica, como alegoría y como excusa para un thriller de misterio lo suficientemente logrado para no decepcionar. Hay una ferocidad helada y durísima en la perspectiva de Moriarty sobre el comportamiento masculino, que sorprende en mitad de las descripciones edulcoradas y ambivalentes. El ritmo de la historia cambia de súbito y hacia el tramo final, la novela muestra sus mejores cartas. El tono siniestro y durísimo de las descripciones de la violencia, la despiadada mirada sobre la resignación y la angustia alcanzan un realismo casi doloroso. Es entonces, cuando “Big Little Lies” demuestra que hay una percepción del horror y la decadencia muy poderoso en aparente banalidad. Una grieta obscena y sorprendentemente efectiva en medio su paisaje en apariencia inofensivo. Una sonrisa siniestra detrás del carmín de labios aplicado con esmero en el rostro de sus personajes.

Al final, la novela gravita quizás de manera inevitable hacia cierta ambigüedad moral. La historia termina sin mostrar todas sus cartas — quizás no debe hacerlo para resultar efectiva — y evade el motivo principal que parece sostener el resto de la historia: la moraleja oculta que insiste que a veces hacer lo incorrecto también es correcto.

jueves, 20 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: el horror al otro lado de la puerta.

Fotografía referencial. Autoría EFE.



La primera detonación se escuchó temprano. Eran poco más de las diez de la mañana, cuando la Guardia Nacional arrojó la primera bomba lacrimógena en la calle donde vivo. Me asomé a la ventana y distinguí el espiral blanco de humo denso elevándose con rapidez. En una de las esquinas, una pequeña multitud de manifestantes se arrojaba al suelo, mientras un grupo gritaba y escapa en dirección contraria al estruendo de la explosión.

— ¡Comenzaron temprano! — gritó mi vecina, desde la ventana contigua — ¡no sé que está pasando!

Miré al pequeño grupo que corría por la calle. Los funcionarios con casco y peto les perseguían con el arma de reglamento en alto. Las figuras desaparecían en medio de las nubes opacas del gas tóxico. Comencé a percibir el picor en la piel, la cerrazón en la garganta. Me apresuré a cerrar la ventana. Una nueva detonación sonó tan cerca que sacudió los cristales. Cuando miro hacia la terraza de mi vecina, no puedo distinguirlo. La humareda blanca y tóxica avanza con una rapidez de pesadilla, lo cubre todo, infecta cada resquicio y lugar posible.

Seguí sin comprender el motivo del ataque. ¿Existe alguna justificación a su potencia desproporcionada? El mero pensamiento me llena de amargura. No la hay, por supuesto. Nunca la ha existido. En Venezuela, se es un criminal por el mero hecho de expresar la opinión. La manifestación avanzaba calle arriba sacudiendo banderas y consignas. Un grupo considerable. Una masa heterogénea risueña y entusiasmada. La violencia le cortó el paso, le recordó sus límites, el poder de la agresión y la represión. Nuestro delito es ejercer un derecho, la mera idea de la ciudadanía.

Otra explosión. Esta vez no pude identificar el lugar de dónde provenía o de qué se trataba. ¿Bomba de gas? ¿Granada? en Venezuela la diferencia puede ser mínima. Me quedé de pie en mi estudio y miré a través del cristal la ciudad convertida en una mancha borrosa, parpadeando en medio de un resplandor amarillo y ocre cada vez más denso. El miedo me recorrió como un escalofrío, una sacudón helado que me hizo retroceder, con los ojos muy abiertos. A la primera detonación siguió dos o tres en rápida sucesión. La calle entera se cubrió de humo pardo. Otra masa de transeúntes corrió calle arriba y se abrió en dos. Escuché sus gritos, sus insultos. Después simplemente su miedo.

Corrí a sellar las ventanas con manos torpes. Una tira de papel periódico. En otra, solo pedazos de papel adhesivo. Nadie te prepara para este miedo, para esta sensación de indefensión. Para el horror de ser rehén de la violencia en tu propia casa. Cuando comencé a toser, medio asfixiada y temblorosa, todo se tornó irreal, duro de asimilar. Corrí al interior de mi apartamento. Atrapada sin querer, en medio del humor toxico era cada vez más irrespirable que estaba en todas partes.

La primera vez que protesté contra el gobierno de Hugo Chávez, tenía dieciocho años recién cumplidos. Salí a calle con una bandera y toda la convicción que el esfuerzo valía la pena, tenía un sentido real, demostraba mi opinión de manera muy exacta y fidedigna. Acurrucada en mi habitación mientras intentaba respirar por encima del olor fétido y el picor insoportable, recordé esa primera vez. La rara valentía que me llenaba al recorrer las calles y avenidas con la mirada al frente, con la sensación inequívoca que el país dependía de mi esfuerzo, de mi voluntad, de mi necesidad de oponerme a ese poder con vicios de autoritarismo que avanzaba con paso firme en medio de la endeble democracia del país. Me hizo llorar esa imagen rota y simple. Esa noción de algo perdido e irrecuperable.

Las detonaciones se hicieron más frecuentes, más cercanas. Las escuché intentando no perder la calma. A la algarabía de la calle, de los que insultaban y lanzaban alaridos de furia, siguió un silencio lento, abrumador. El aire se despejó un poco y la piel dejó de escocer. Pero continué acurrucada, con las manos apretadas con tanta fuerza contra el suelo que un dolor palpitante y blanco me subió por los nudillos y la muñeca. No podía dejar de imaginar a los que corrían para huir. A los que gritaban de terror, asfixiados y aplastados por la marejada de la violencia, devastados por el poder disfrazado de depresión. Cada explosión lenta, chata y seca parecía marcar el camino de un nuevo dolor, de una puerta abierta hacia el desastre. El miedo se hizo más duro de sobrellevar, de controlar. Me pregunté en medio de la confusión como sobrevivir a algo semejante. Como continuar cuando sabes sin género de duda que no hay lugar a donde escapar. Cuando la violencia de un país destrozado por el caos, la indiferencia y la ambición política está en todas partes.

***
Intento trabajar mientras las detonaciones continúan. Han transcurrido más de tres horas y la violencia se sigue escuchando como un eco interminable. La calle está vacía y no puedo entender por qué las detonaciones continúan, el motivo por el cual continúan atacando — atacándonos, me digo con un terror lento y ciego que no puedo silenciar— incluso cuando ya es evidente el triunfo de la represión. Pero no hay respuesta y supongo que no la habrá. El lento repiqueteo de las bombas se escucha como una metralla imposible, monstruosa. El metal se confunde con el estallido seco de la explosión. Todo es humareda blanca, el hedor insoportable de la violencia que avanza por la calle sin detenerse, que lo anega todo, que oculta la salvaje y agresiva violencia en todas partes.

Alguien está gritando, me dijo mientras intento concentrarme en lo que hago. ¿Lo escuchas? alguien está gritando. Alguien grita a todo pulmón, con un terror tan cercano y reconocible que me recorre como un sacudón. Alguien grita, alguien está herido. Alguien intenta escapar y no lo logra. Alguien grita porque no puede hacer otra cosa. Alguien grita de puro dolor irracional o de miedo, que es casi lo mismo. Alguien está gritando en la calle que conoces de memoria. En este lugar que llamas casa.

Al final, no puedo seguir intentando mantener la calma. Me acerco a la ventana, abro las persianas. El humo de nuevo, fétido y voraz, ocultando lo que ocurre más allá. Pero puedo seguir escuchando el grito, tan claro. Y de pronto, es algo más que un alarido. Son consignas, son insultos. Es toda la cacofonía de la rebeldía, del temor y de la angustia. Las detonaciones de nuevo. Y todo se mezcla, en un torbellino ácido, brumoso, hórrido. Las figuras de los Guardias Uniformados aparecen en medio de las sombras. Y también la de los manifestantes que resisten, que se esconden. Que intentan sobrevivir al miedo, vencer este horror denso y sólido que les rodea en todas partes. Los veo huir, guarecerse. Cubrirse la cabeza con los brazos. Los cuerpos inclinados, la carrera a ciegas, hacia la nada. Y la violencia les acompaña, les persigue, les golpea. La violencia real, insaciable. La violencia Venezolana.

Un guardia uniformado emerge de entre la penumbra artificial. Camina por la calle llevando el arma sobre el hombro. Se detiene, mira a su alrededor. Se inclina. Y escuchó la explosión — directa, elocuente — antes de comprender que pasa. Antes que el sonido sacuda los cristales, que me haga retroceder. Están disparando al edificio en el que vivo, me digo como si tratara de convencerme que lo que ocurre es real. Está ocurriendo. La violencia está aquí y no puedes escapar de ella.

Corro hacia el pasillo, justo cuando otra detonación estruendo se escucha. Cada vez más cerca. La amenaza pura y evidente. Sin resquicios, Me quedo paralizada, el miedo es un muro, una frontera invisible. Y no puedo cruzarla. Cierro los ojos, como si pudiera huir por un mero esfuerzo de imaginación. Me quedo de pie, intentando contener el llanto, respirar mientras las detonaciones continúan. Una y otra vez. Un espiral interminable. Una secuencia dolorosa e indistinguible. La violencia está aquí, me digo de nuevo. Está tan cerca como para que deje de ser una idea. Siento el miedo — terror vivo y letal — dejándome débil y cansada. Y de pronto, el gas lacrimógeno está por todas partes. Una gran neblina tóxica rodeándome.

Literalmente puedo respirar y la piel me quema, palpita como una gran herida abierta. Corro de nuevo pero no hay otro lugar al cual huir. No hay ninguna parte que pueda guarecerme, en la pueda sentirme segura. Y entonces creo que moriré, a solas. Con la garganta cerrada, la nariz herida por el olor, los pulmones luchando por tomar una bocanada de aire. Me aterroriza el pensamiento, me impulsa a correr de nuevo. Tropiezo con muebles invisibles, con paredes que no deben estar allí. Cuando abro la puerta quiero gritar pero no puedo hacerlo. Estoy atrapada, sujeta a esta agresión sin nombre que puedo comprender.

***
Han transcurrido casi nueve horas desde que comenzó la represión. La tarde comienza a caer, el olor fétido de la lacrimógena está en todas partes, lo inunda todo. Las detonaciones se continúan escuchando. Un eco sordo, a veces lejano, otras cercano. Una secuencia invariable e incompresible. Y continúo aquí, temblando de miedo, desvalida y escaldada por la represión que golpea sin cesar como una lluvia lenta, interminable. No dejo de preguntarme cuando me convertí en víctima propiciatoria de la violencia en mi país. En cuando me hice enemiga del poder por el mero hecho de expresar mi opinión. Quizás no hay respuesta para eso. Y quizás, eso es lo más aterrorizante.

martes, 18 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: La ciudad engañosa y otras formas de dolor.





Cuando pensé en escribir algo sobre el miedo, la primera idea que tuve fue redactar algo edificante, hermoso y esperanzador: la manera de vencerlo quizás, el miedo como una manera de superar nuestras propias limitaciones. Pero a medida que leía sobre el tema y lo analizaba con la franqueza de quien desea mirar más allá de sus propios prejuicios, consideré esa aproximación hipócrita. Poco realista. Al menos, como lo creo, lo veo y lo cuestiono, mi manera de analizar la idea. Así que decidí que para hablar de miedo, tenía que asumir que siempre lo siento, y por una razón bastante amplia: vivo en Caracas.

No puedo decirlo de otra forma: tengo miedo de la ciudad donde nací. Es un pensamiento duro, doloroso pero el más sincero que puedo expresar. Caracas me produce temor, uno muy profundo y angustioso. Me acostumbré a tener miedo y lo que creo que es peor, no soy la única. El miedo se ha convertido en una parte de la visión que tenemos sobre la ciudad, sobre nuestra manera de vivirla, crearla y construirla, en nuestra imaginación y en el ámbito de lo real. Y como duele, tener tanto miedo del lugar donde naciste y creciste. Como hiere sentir esta sensación de zozobra irreprimible, esta sensación de peligro que te acompaña a los mismos lugares donde reíste, donde miraste el cielo para crear, los que te vieron crecer. El miedo, como un acompañante silencioso, en todas partes, en todos los momentos. Miedo a lo que pueda ocurrirte, miedo a lo imponderable, lo que no puedes controlar. Lo que temes ocurra por un descuido, lo que ocurre a pesar de todas las precauciones. Porque en Caracas, el miedo es parte de lo cotidiano, un elemento más del todo los días, una manera de comprender tu manera de vivir. Que duro, es asumir eso, cuando entiendes que el miedo te sofoca, que el miedo es irreprimible, que es parte de todo y de cada cosa que ocurre a tu alrededor. Y cuando duele, no poder evitarlo, cuando lastima asumir que el miedo está y no se ira, que el miedo crea su propia cultura, el miedo es una parte de tu manera de vivir.

Mi amigo E. sonríe cuando le digo todo esto. Como buen optimista, está convencido que el miedo es derrotable. Y no dudo que lo sea, asumo: en otras circunstancias, bajo otras ideas. Yo misma lo intento a diario, para poder construir un equilibrio precario entre lo que quiero vivir y este temor que me acompaña a todas partes. Pero para E. esa idea del miedo como un todo ineludible, es excesiva.

- El temor es un síntoma de tu incapacidad para manejar lo que te rodea — me explica — el miedo es una reacción natural de protección. Pero no es inevitable ni necesario.
- El miedo en Caracas es natural — comento — lo siento a todas horas y por razones que me sobrepasan. No hablamos del miedo como una condición o un pensamiento abstracto. Hablamos del miedo como una situación real. No puedo ignorarlo, aunque quiera. Y desearía hacerlo. Pero…

No quiero hacerlo, pienso. Pero no se lo digo. No sé cómo explicarle que el miedo es parte de esta sociedad de ciudadanos confusos, temerosos del todo y de lo que pueda ocurrir. En mi caso, es un tema casi obsesivo: temo cada cosa que pueda ocurrir, desde el asalto casual hasta el incidente en plena calle que pueda provocar cualquier situación peligrosa. Una red intrincada de pequeñas circunstancias donde el único elemento común parece ser mi temor a la violencia. Siempre la violencia. La temo cuando voy en un transporte público, cuando uso el servicio de Metro, cuando camino por la calle, cuando conduzco en una avenida transitada. Porque la violencia en Venezuela es parte de lo habitual, estemos conscientes o no de ella. Es parte de lo que comprendemos, de lo que asumimos como parte de una idea de ciudad. Pero no sé cómo explicarle eso a E. con su alegría de hombre que construye su propia visión de esta ciudad complicada y dura. No sé cómo explicarle el temor del sobreviviente, de la víctima — me han asaltado en tres ocasiones — o simplemente, de quien se acostumbró al miedo para comprender a Caracas, como circunstancia y posibilidad.

- El miedo es optativo — dice entonces, con toda la convicción del que cree y confía en sus palabras — existe, nadie lo duda. Es parte de lo que asumes como real, como la esperanza. Pero entre ambas cosas, existe una decisión consciente de crear y construir cosas, de evitar que el miedo te detenga. Siempre se puede sentir miedo, claro. Pero vencerlo es una perspectiva personal.

Un pensamiento muy idealista, claro. Lo analizo mientras camino por una calle concurrida, rodeada de Caraqueños malhumorados y apresurados. Todos caminan con los brazos apretados contra el cuerpo, la mirada huidiza, el sentimiento de ser un extraño en medio de su propia idea del mundo. Yo también me siento así: a pesar de la conversación con E., de su alegría contagiosa, no puedo abandonar esa sensación de desamparo y vulnerabilidad que me provoca vivir en una ciudad violenta. Y quisiera hacerlo: lo he intentado por todos los medios que conozco durante este año. He escrito sobre Caracas hasta el cansancio, la he recorrido a pie, cámara en mano, enfrentándome a mi propio temor para captar en imágenes lo que amo de ella. De alguna manera, encontré mi propia historia en sus calles y avenidas descuidadas. Y aún así, continúo padeciendola, con esa sensación de amargura del que se siente desengañado, quizás traicionado en su inocencia. Porque a Caracas la quise muchísimo, mi ciudad fue mi primera inspiración, mi primera forma de comprenderse como parte de la historia. ¿Y ahora me hieres? ¿Me quitas el gentilicio con miedo?

¿Como puedo perdonarlo?

Este miedo es ineludible. Un miedo que tiene tantas aristas que no puedes evitarlo, te lo tropiezas en todas partes. El miedo que cambia tu vida y rutinas. El miedo que te hace sentir una inquietud que te rompe las ideas, al que te enfrentas a ciegas, con la necesidad de comprenderte a pesar y quizás debido a eso que te aplasta un poco cada día. Este miedo que sientes de pie en la calle, de los rostros ajenos, del desconocido que te mira, de la mujer que te roza, incluso del niño de mejillas sucias que te tropieza de pronto. Este miedo, tan sofocante, que te acompaña aunque no lo quieras mirar, aunque lo ignores, aunque aprietes los dientes y camines por la calle intentando no escucharlo. Pero allí está, una y otra vez el miedo: una parte de esta identidad de ciudad, del gentilicio lleno de costuras mal cosida. El miedo de las historias que te cuentan, el temor al futuro que se desdibuja, se cae a pedazos. Este miedo que no te abandona y con el que luchas a diario. Esa sensación casi frágil de no reconocerte en la angustia, de no querer hacerlo. ¿Donde estás Caracas? ¿La que te recuerdo? ¿La que forma parte de mi mente? ¿Donde estás cuando intento reconocerte en la que eres ahora, densa y ruinosa? ¿Donde estás tu, la hermosa, la dura y la furiosa en esta simplemente destrozada por el temor? No quiero mirarte así y sin embargo, lo hago. Lo necesito, para comprender a través de ti.

Del miedo se habla mucho pero pocas veces, lo asumimos como propio. Pienso en eso, sentada en el Calvario, mirando a Caracas a mis pies, silenciosa y casi simple en su belleza desordenada. Tan lejana. Eres mia como tu eres parte de mi historia. Estamos unidas Caracas, por esta visión del mundo que alguna vez fue nuestra. ¿Eso es suficiente? me pregunto mientras levanto la cámara. Te miro a través del visor, el lente encuentra lo más bello de ti, lo enfoca lentamente. Y apareces Caracas, la de los sueños. Apareces lentamente, en tus edificios y calles, en el caos, en el cielo azul radiante que se abre y se mezcla con el olor a calor de voz y tiempo. Eres tú Caracas, a través del espejismo de la imagen, distorsionada y perenne. Eres tú, Caracas, la imagen que forma parte del tiempo en mi memoria, de todas las cosas pequeñas y dulces que recuerdo de ti. Y aún eres mía, en este miedo, en esta sensación de pérdida, en esta decepción. Cuando tomó la fotografía estoy llorando y no sé por qué. Quizás por desamparo o simplemente, por amor.
Y regreso al miedo. Quería escribir sobre eso y terminé escribiendo sobre Caracas. Tal vez, ahora mismo, ambas cosas se confunden en mi imaginación.

Casi todos los días, camino por la misma calle para tomar en el mismo lugar un autobús, que me llevará a cualquier parte de la ciudad. Es una de esas rutinas asimiladas lentamente, que incorporas a tu vida cotidiana sin prestarle excesiva atención. Me detengo en la acera, junto con el habitual grupo de transeúntes y espero, un poco abrumada por el mal olor de la calle, el corneteo incesante y ese humor árido de Caracas, tan inevitable como natural. Pero también por supuesto, hay algo más: mientras aguardo, me aprieto contra el costado el bolso. Miro a mi alrededor una y otra vez. Me alejo del hombre alto que me dedicó una mirada furtiva, de la pareja de muchachos que cuchichean entre sí. La sensación es angustiosa, pero la continuó sintiendo cuando me subo al autobús. Tengo miedo, un real y genuino miedo por lo que pueda suceder (me). Y tampoco se trata de una sensación espontánea, sin sentido o mucho menos inexplicable. Viviendo en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, la lotería de la violencia es un peligro a tener en cuenta siempre, en todo momento, en todo lugar. Una identidad del país roto a pedazos, invisible pero latente. Una herida sin cicatrizar.

El sinvivir, los pequeños trozos de la ciudad olvidada y otros dolores ajenos.
En su novela “Victoria” Knut Hamsun llama “sinvivir” a un espacio vacío y fragmentado del día y de la noche. A la última luz del atardecer. A la agonía que precede a la muerte. Un dolor infinito, inevitable pero también invisible, que está en todas partes y cualquiera de nosotros ha conocido alguna vez. Un término que parece intentar definir ese silencio de las cosas rotas, de las grietas abiertas, de las herida que no se curan.
Pienso en eso mientras intento comprender el miedo en Caracas y por extensión, en Venezuela. En nuestro país, tener miedo es algo común. Necesario quizás. Tienes miedo del desconocido que se acerca demasiado, del que te tropieza, del que te mira de manera casual. Tienes miedo de las calles y avenidas, de lo que puede — o no — ocurrir en el transporte público. De la madrugada, de la tarde en sombras, incluso del simple hecho de encontrarte equivocado en el momento equivocado. Porque en Caracas, la seguridad personal ya no es algo de precaución, de cuidar por donde caminas, de conocer la estratificación del peligro, de reconocer el mapa del riesgo. En Caracas, todos somos víctimas aunque no lo sepamos, aunque todavía no llevemos el número de la estadística colgado invisible en algún lugar de lo cotidiano. En Caracas vivimos apresuradamente, huyendo del peligro, abrumados por la posibilidad, inquietos por la presunción de peligro que brota de todas partes.

Mi madre me escucha inquieta cuando comento sobre el tema. Durante los últimos años, hemos tenido discusiones y enfrentamientos por el miedo. Porque puede tener mil nombres la discusión y tener cien formas el argumento, pero siempre es por el miedo. El no llegues tarde, el mira por donde vas, el ten cuidado con lo que haces. Eso, a pesar que ya crucé la treintena y disfruto de cierta independencia, que en realidad procuro en la medida de lo posible, cuidarme, medir mis pasos. Pero para mamá, eso no es suficiente. Quizás nunca lo sea. Porque para ella, Caracas es una amenaza, más que una ciudad.

- No se trata de cuidarte o no, hablamos que Caracas es peligrosa por el mero hecho de ser impredecible — me dice. Me ha estado comentado sobre la más reciente anécdota de la violencia: un hombre asaltó a B., su secretaria, en un vagón del Metro de Caracas. La amenazó con un cuchillo, delante de un grupo de usuarios, que retrocedieron aterrorizados. Nadie intervino, ni siquiera alguien lo intentó. Solo miraron como el hombre le arrebata la cartera a B. y después la golpeaba en pleno rostro, rompiéndole la nariz y un par de dientes. Cuando bajó del Metro, el resto de los pasajeros se alejaron de ella, sin mirarla, abrumados por una especie de verguenza colectiva. Ningún medio reseña el hecho, uno más entre los cientos de anécdotas de la violencia que pululan en la ciudad. La violencia como parte del paisaje natural de la ciudad.

- Se trata de algo más — digo — se trata de la idea de Caracas como toda una mezcla de sus dolores, de sus defectos. Caracas es Caracas.
- Poesía — me reclama 
— Caracas nunca fue tan peligrosa ni tan cruel. Antes…
- ¿Cuanto antes?
Mamá frunce los labios. Esta conversación ya la hemos sostenido antes, tantas veces que siempre parece a misma. Mi mamá recuerda una Caracas que no existe, que no comprendo: la Caracas de las calles animadas, de la vida nocturna radiante. La Caracas desbordante de progreso, la Caracas cosmopolita, la Caracas que aspiraba algo más que su destino de simple reconstrucción Urbana. La Caracas que yo conozco es otra: una durísima, destrozada por cien formas de indolencia, resquebrajada por el peso del dolor, de la pobreza, de la indiferencia. La Caracas que cierra puertas para protegerse, la cubierta de rejas. La que es testigo de muertes y dolor. Esa Caracas, la mia, no se parece a la suya.

- Caracas es consecuencia de la historia de este país, más que ninguna otra región o lugar de Venezuela — me dice — Caracas fue primero un sueño: Guzmán Blanco la soñó bonita, afrancesada y falsa. Luego Pérez Jiménez la convirtió en símbolo, la reconstruyó, le brindó un lugar en sus ideas de lo que debía ser el país, ordenado y bajo la bota militar. Adecos y copeyanos se la disputaron. El Chavismo la utiliza.
Todo eso es verdad, pero incluso a pesar de la profusión de símbolos, de ideas y de planteamiento, Caracas sigue sobreviviendo a todo. A pesar incluso, de esa transformación constante, de la insistencia de mirarla como parte de la historia y a la vez como metáfora de un país adolescente, muy niño. Caracas es lo que creemos de ella, lo que asumimos existe a medias, lo que vemos desde nuestra parcela de la realidad. Caracas puede ser esta ciudad rota y desordenada, el casco histórico a medio rehacer, los barrios variopintos a su alrededor. Puede ser la historia, la que se cuenta todos los días, la que se asume progresista.
Pero Caracas es también, un recuerdo de lo que pudo haber sido. De lo que ya no será. Mi mamá sonríe cuando me cuenta la primera vez que visitó el teatro Teresa Carreño y se impresionó por sus dimensiones, por lo que significaba.

- Un teatro a la altura del primer mundo — me dice — eso fue lo primero que pensé cuando subí por la enorme escalera mecánica, mirándolo todo como si no pudiera creerlo. El teatro entero olía a nuevo, y era una emblema de la Venezuela Saudita. No había comparación con otra estructura en el país y lo que pensé “Y lo que nos espera”.

No comento nada, pero me entristece el pensamiento. Hace unos cuantos meses, visité el Teatro Teresa Carreño y me entristeció encontrar justo lo contrario a lo que mi madre cuenta. Las paredes agrietadas. Los pisos un poco deslustrados. El Teatro lleno por los cuatro costados de un aire de decadencia lamentable. Y aún así, continúa pareciéndome hermoso, desde luego. A pesar de los jardines secos, de las pequeñas señales de deterioro que nadie se ocupa de restañar y reparar. Como Caracas, con su rostro pintarrajeado para ocultar las arrugas, con la boca torcida de pura amargura. Pero es Caracas, y así la quiero.

- A Caracas se le quiere porque no queda de otra — me dice F., vendedor de frutas en la Esquina justo al frente de la Iglesia de Altagracia. Voy por allí de vez en cuando, en mi constante deambular por recuperar a Caracas, por recordar cómo era aunque no la haya vivido. Pero F., es un optimista: lo es incluso en estos tiempos descreídos donde no encuentra azúcar para el jugo y las naranjas son tan costosas que apenas puede comprarlas. Pero el sigue vendiendo el juego porque es “bueno para el corazón” y sus clientes de siempre se los compran. Como yo. Saboreo el sabor muy ácido de las naranjas recién exprimidas con una sensación de emoción casi infantil. Sabe a historia, a pequeños milagros en medio de esta ciudad que no cree en nadie.

- A veces le tengo más miedo de lo que la quiero — le respondo. Mi amigo sacude la cabeza, desgreñado y venerable, con sus arrugas de sol rodeando su sonrisa.

- Mija, el miedo es fácil. Sencillísimo pues: uno le tiene miedo a todo, o podría tenerlo. Pero Caracas es otra cosa, es una identidad, es un temor sí, pero también una felicidad, un pequeñas cosas. El olor de las cosas que uno vivió en ella. De cada cosa que se atesora.

Que poético, pienso terminando de un solo trago el jugo. Que exquisito momento en este, donde Caracas es casi bonita con la cúpula de la Iglesia brillando al sol y este calor beatifico del Verano eterno. Y el olor a ciudad, que es acre, duro y reconocible. El olor a todas las cosas. Encaramada en el muro cercano a medio construir, conversando con F., siento que la vida transcurre muy rápido, que tiene incluso un buen sabor. Supongo que así recuerda mi madre a Caracas, a la que fue y ya se desdibuja en el horizonte de la realidad dura y violenta que soportamos en la actualidad.

Para mi la ciudad es otra cosa. Es este jadeo de temor que me sale del pecho mientras camino por sus calles. El mirar sobre el hombro para saber dónde está el peligro. Pero también es el Ávila, tan radiante que incluso a veces me irrita. Que gusto detenerme en cualquier parte para asombrarse por su línea verde y majestuosa, que delicia sonreír, para contemplar su verde inolvidable. Y aún así; no es suficiente. No lo es en medio de la angustia, del sonido de la refriega, del temor.

Mi amigo P. es un hombre colosal. Es la primera palabra que se me ocurre mientras conversamos sentados en la terraza de la Escuela de fotografía donde trabajo. El Ávila otra vez, retoza tranquilo sobre los muros blancos, extraordinario y brillante. Hoy, el cielo azul Caracas lo borda, lo decora, lo pule. Tiene una abundante melena alborotada, una maravillosa barba que rebosa personalidad y una sonrisa de pillo, maliciosa y encantadora. Es la que me dedica cuando le digo que amo a Caracas, que la extraño aunque no la conocí antes que esto. Sacude la cabeza y suelta una risita.

- Eso es inocencia. Caracas no quiere a nadie, no le importa querer a nadie — dice. Suspira. Mira al Ávila a través de sus lentes oscuros — es una hembra, una mujer dura y loca. Estéril. No te da nada, te lo arrebata todo. Pero igual la amas así, a pesar de todo. La amas, la llevas a todas partes. Las sostienes, la acunas entre los brazos. Caracas es todo, y no es nada. Pero puede serlo.

Es verdad. Y aunque la poesía — otra vez la palabra — la describe a medias, también esa ciudad suya de contrastes es la que encuentro a diario, con la que tropiezo con más frecuencia. La Caracas que miro a través del cristal sucio de la ventana del Autobús, la que relumbra cuando cruzo la calle a la carrera, entre gritos y el tráfico ensordecedor. La silenciosa de los jardines pequeños y olvidados. La dura, de las noches aterradoras. Y también, la de la violencia. La del Este que lucha, la del Oeste que duerme plácida. ¿Quien eres? Le pregunto con frecuencia. ¿Quienes somos cuando formamos parte de su historia?

El Calvario siempre será un lugar privilegiado. Levanto la cámara instantánea con las manos temblorosas. Te quiero Caracas, necesito mirarte. Quiero contemplarte más allá del miedo. ¿Quien eres? El click sonoro me sorprende, me duele, me desconcierta. Parpadeo. Aguardo mientras la fotografía aparece lentamente en el pedazo de papel. Y de pronto, allí está Caracas, la que yo veo, más allá de la muerte y el sufrimiento, más allá del temor. Caracas, inamovible, un recuerdo. La nada que retoza, la belleza que es frágil y simple. La que existe y podría no existir.

Miro la fotografía de Caracas mientras escribo. Y también la otra imagen, la que se cuela a través de la ventana entreabierta. La azul radiante, la maloliente, la real. La cruel. Me pregunto entonces quién eres tu, a donde vas, quien es el deseo. A quien temo y quien soy cuando te miro. Las respuestas son tantas que creo todas son valiosas: eres más allá que eso, más allá de lo que sueñas y paladeas. Te amo, te odio, te necesito, te recuerdo, eres todo lo que soy y más allá, lo que fui. Un recuerdo a trozos. Una visión de mi mundo resquebrajado y quizás borroso, pero real. Esa eres tu, pienso, acariciando con la punta de los dedos la fotografía, esa instantánea que empieza a desdibujarse.

Y quizás, no seas otra cosa que lo deseo mirar de ti, me digo. Lo que no podré recuperar jamás.
C’est la vie.