domingo, 10 de julio de 2016

Un susurro en el misterio y otras historias de brujería.




Soñaba que corría por un bosque de árboles de troncos descomunales y raíces retorcidas que brotaban de la tierra en gibas sinuosas. Corría entre los charcos de barro, con los brazos extendidos y los ojos cubiertos por el cabello húmedo. Me perseguía miedo, que lo era todo y nada, una criatura invisible que se alzaba en la oscuridad, que se retorcía entre las ramas sarmentosas, que extendía los dedos en la oscuridad. 

De pronto me detenía. Un gesto brusco, las manos apretadas en el pecho. Mira, vuélvete a mirar. El corazón latiendo tan rápido que apenas podía respirar. Detente y mira. Me empujaba hacia adelante, casi a punto de correr de nuevo. Entonces me volvía, hacia la oscuridad. Hacia la tierra abierta del miedo que me esperaba más allá.

El olor del viento de verano. La sensación del bosque sacudiéndose a mi alrededor. Viva, tan viva. Tan cerca del hilo del luz que me esperaba en el horizonte. 


Una vez leí en uno de los libros de las Sombras de la casa, que el recorrido más complicado que transita una bruja es hacia el interior del bosque de su mente. La frase me dejó desconcertada y fascinada. De inmediato imaginé árboles altísimos de ramas robustas enredándose sobre mi cabeza, con el olor del viento con sabor a estrellas. La imagen me gustó pero también me pareció confusa y rara.

- ¿Por qué? - me preguntó tía P. cuando se lo dije. Me encogí de hombros.
- No sé ¿Como es eso que la mente es un bosque?

Tenía ocho años y la verdad, la imagen de un bosque me aburría un poco. Me gustaba mucho más imaginar páramos tormentosos, mares furiosos o incluso paisajes que no existían en ningún otro lugar más allá de mi mente. Mi tia me enarcó una ceja cuando me escuchó descubrir la superficie lejana de un planeta imaginario que nadie había visto jamás.

- ¿Y que tiene de malo un bosque?
- Es como...algo que todo el mundo ha visto ¿no? Como un lugar al que uno puede ir si quiere - señale la montaña que se elevaba por encima del muro más alto de la casa  y que se abría en vertical por la ventana abierta - si quiero ver un Bosque, sólo tengo que mirar hacia allá.

Tía continuó ordenando sus libros con movimientos pausados. Nos encontrábamos en su habitación, que era amplia y fresca y con mucho, uno de mis lugares favoritos de la casa de mi abuela - la sabia, la bruja -. Me encantaba sobre todo, el hecho que mi tía parecía vivir en medio del desorden, rodeada de anaqueles repletos de libros, ropa colgada en de cualquier manera en muebles y percheros, objetos curiosos y hojas sueltas. Todo el lugar tenía un aspecto desordenado y caprichoso. Una colección de recuerdos entrelazados entre sí por la peculiar personalidad de su ocupante.

Tía no venía con mucha frecuencia a casa de la abuela. Era una viajera impenitente y gracias a su trabajo como periodista de un periódico local, podía ir y venir a su antojo por el país. En esta ocasión, acababa de llegar de un pequeño pueblo en las costas Venezolanas en donde había permanecido por un par de semanas y todavía llevaba en la piel el color tostado del mar caribe. Tenía un aspecto exótico y extraño, con los claros ojos azules llenos de vitalidad en contraste con el delicioso brillo que el sol había dejado en su piel.

- Uno puede mirar muchas veces las cosas cosas y de pronto, un día encontrar que son distintas - dijo. Arrojó un libro con la solapa rota sobre la cama, tomó otro de la caja que ordenaba y lo colocó donde había estado el otro -  lo que hace distinto o tedioso algo es tu manera de mirarlo o comprenderlo. Si sabes lo que quieres ver, siempre encontrarás algo asombroso en que obsesionarte.

Abuela solía decir que su hermana menor tenía el carácter impulsivo y fogoso de las brujas más viejas de la familia. Que no había nada que la detuviera o la hiciera cambiar de opinión una vez que el flujo  violento y poderoso de su mente se encauzaba hacia algún lugar. Pensé en esa frase mientras la veía saltar de un lado a otro entre el reguero de objetos y ropa de su habitación, llena de una energía atolondrada que me hizo sonreír.

- Pero un bosque es un bosque - insistí - ¿qué puede tener eso de interesante?

Tía no respondió de inmediato: puso un par de libros más en su lugar y después arrojó un par de blusas arrugadas en una de las gavetas abiertas de su cómoda. Cuando por fin me miró, tenía una rara expresión de seriedad.

- Lo interesante y lo que no es es parte de miras el mundo. Un bosque puede ser un bosque, tal y como dices, una imagen vulgar y corriente. Pero también puede ser un lugar extraordinario y misterioso, siempre diferente. Pero para eso, debes imaginarlo así. Debes comprender que no hay nada sencillo en el mundo. Nada inocente. Nada que no lleve el misterio a cuestas.

Se acercó y abrió la ventana con un gesto elástico y  rápido. La luz entró a raudales en la habitación. La montaña junto a la casa pareció de pronto muy cercana, derramar su verde y dorado en el suelo de madera de la habitación. La luz del sol dibujaba pequeños círculos de sombras entre las veredas de los lejanos árboles y quizás por ese motivo, nunca había sido más consciente de su colosal realidad física, de sus copas enormes y gruesas. De las ramas robustas que brotaban aquí y allá en el verde tupido.

- ¿Sabes por qué se suele decir que una bruja encuentra incluso lo que no está buscando? - preguntó tia. Me encogí de hombros.
- ¿Por qué es lista? - respondí un poco confusa. Tía soltó una breve carcajada.
- Lo es, pero también es terca. Una bruja jamás deja de buscar lo que desea, aunque no recuerde por qué lo hace - dijo - una bruja avanza en la oscuridad, con los ojos abiertos aunque no sea capaz de distinguir gran cosa. ¿Sabes por qué?

Imaginé a una mujer vestida de blanco corriendo por una vereda gris y opaca, en medio de un camino sinuoso que se elevaba en una montaña muy parecida a la que rodeaba mi ciudad. En la imagen, la bruja corría con las manos extendidas hacia adelante, el cabello despeinado arañando la piel del rostro. Los ojos cubiertos por un trozos de tela. La imaginé tan claro que casi escuché el sonido de su respiración agitada y el de las ramas al romperse bajo sus pies. Parpadeé para regresar al aquí y al ahora.

- No lo sé - admití.
- Porque están llenas de vida. Y esa vitalidad nace de su necesidad de crecer y madurar, de asumir el costo y el riesgo de aprender. La brujería jamás te dirá que hacer y una bruja no quiere que se lo digan - sonrió con cierto aire de pillete - una bruja se va a rebelar contra toda idea que intente detenerla, contra todo pensamiento que limite esa libertad inevitable que nace con la voluntad.

Tía se dejó caer en el alfeizar de la ventana con un gesto rápido y ágil que envidié. Era torpe y solía caerme con frecuencia, por lo que aquellos andares rápidos suyos me asombraban. Caminé entre los montones de objetos desperdigados por aquí y por allá en la habitación y me acerqué a la ventana.

- ¿Y eso hace que un bosque deje de ser un bosque? - pregunté con cierta timidez. Tia ladeó la cabeza y me dedicó una mirada radiante de malicia.
- Donde tu ves un bosque que es solo un bosque, yo veo un símbolo. Veo una forma de entender ese intrincado camino que me lleva a lo más profundo de quien soy. Un bosque es sólo la puerta abierta hacia el lugar más complejo y extraño que puedas imaginar: El espíritu de una bruja.

Nos quedamos en silencio. La luz del bordeó el viento y la habitación se llenó de pequeños fragmentos de luz fugitivos.

- Una vez, leí que hace siglos, una Bruja sólo era aceptada en el circulo de su familia cuando era capaz de atravesar un bosque durante la noche - me contó entonces - que se le dejaba a la bruja sólo su daga y lo poco que pudiera sostener en sus manos para comer en un claro del bosque y ella debía cruzar el descampado hacia donde la esperaba su familia. Debía atravesar no sólo la oscuridad sino también su temor, luchar contra los monstruos que se ocultan entre las sombras de tus miedos. Sólo así podría ser digna de crear magia, de soñar con portentos, de invocar a la Luna Llena.

¿Monstruos? me dije un poco confusa. ¿Lo estaría diciendo de verdad? estiré el cuello para mirar la montaña otra vez. En esta ocasión, el tranquilo tapiz verde de la copas de los árboles me pareció tenía un aire amenazante.

- ¿Pero había algo que diera...miedo de verdad? - pregunté. Y no me refería solo a los animales agazapados en la noche o a los lugares húmedos y traicioneros del bosque. Tia enarcó la ceja con un gesto divertido.
- Todo lo que da miedo, lo da de verdad, sobrina querida - dijo - es de una simplicidad que asombra la verdad. La idea del miedo, me refiero. Existe y ni siquiera sabes por qué. Ni siquiera sabes que lo provoca. Y por supuesto, tanto en el bosque real como en el bosque de tu mente, hay cosas que asustan...de verdad.


Tragué saliva. Vale, esto comenzaba a dejar de ser divertido, pensé impaciente. ¿La tía quería asustarme? No lo sabía: se la veía muy relajada allí,  con un pie apoyado sobre la madera y la mano firme sobre el alfeizar combado. ¿De qué me hablaba entonces? ¿A qué se refería con...cosas que daban miedo?

- Una bruja no le tiene miedo a nada - salté de pronto, enfurecida - ¿Qué podía haber allí que...en ese bosque?

Podía haber...monstruos para empezar, como había dicho la tia. Monstruos que caminaban pesados por entre los troncos inmensos. Monstruos con dientes y garras afiladas. Monstruos de pelambre erizada y mal oliente. O quizás...volví a imaginar el bosque de mi mente, tan frondoso y verde. Sólo que ahora había espacios oscuros. Pequeñas vetas de gris perlado que parecían deslizarse al rabillo de esa imagen que retenía en mi mente. Me recorrió un escalofrío.

- Una bruja tiene miedo pero el truco consiste en que jamás permitirá que ese miedo le venza - respondió Tia - el miedo habita el mismo lugar que el bosque que toda bruja debe atravesar para llegar a la raíz de sus ideas. Para avanzar hacia lo más profundo de si misma. En el bosque real o en el bosque que imagina la bruja, el miedo ocupa un espacio de verdad. La reta, la detiene, intenta empujarla y hacerla retroceder a ese lugar donde el miedo lo es todo.

Tia miró hacia la montaña y yo lo hice también. Quizás se debía a la luz de la tarde que declinaba o al sonido ululante del viento, pero de pronto los árboles monumentales tenían un aspecto casi siniestro. Las ramas retorcidas que se extendían hacia el cielo abierto, las rocas lejanas como pequeñas formas inconcretas a la distancia. Apreté las manos nerviosas contra el vientre.

- ¿De verdad...existe algo que de tanto miedo? - pregunté en voz muy bajita. Lamenté el sonido de mi voz. Tia se volvió para mirarme. Me contempló con un gesto largo y franco que me reconfortó.

- Sobrina, el miedo siempre está, es inevitable - dijo - no puedes dejar de sentir miedo. Incluso cuando nada te lo provoca. La naturaleza humana es temerosa pero también, sabe como vencer el miedo. Y ese es el gran mérito del espíritu del osado, del que se atreve, del que insiste a pesar de todo, del que avanza incluso cuando está temblando de terror, que el corazón le late muy fuerte. Una bruja sabe el valor anónimo, de ese miedo que hace al bosque de su mente enorme y amenazante. De ese terror que nadie te infunde pero que lleva tanto vencer.

Recordé la ocasión en que había bajado hasta el sótano de la casa de la abuela, envalentonada por descubrir que ocultaba su puerta cerrada. Recordé con toda claridad el sonido de mis pies contra la madera de la escalera vieja, lo altas que me habían parecido las sombras que me rodeaban. La sensación de agobio y miedo que me rodeaba cuando todo a mi alrededor se quedó en silencio y la puerta pareció mirarme, casi malévola. Aún así, había levantado las manos para aferrar el picaporte. Para sacudirlo e intentar entrar en lo que sea hubiese después de la puerta.

- ¿Lo ves? toda bruja enfrenta los monstruos que habitan en su mente y más allá de ella - dijo tía cuando le conté mi peculiar aventura en el sótano - toda bruja sabe que hay una frontera que debe cruzar para encontrar sabiduría. Que no hay nada sencillo ni tampoco simple en la forma como el miedo te empuja, te retrasa, te deja sin voz. Que no hay nada inofensivo en esa sensación de angustia suprema que cierra los espacios de tu mente, que te obliga a correr en dirección contraria hacia donde lo deseas.

En mi mente, el bosque que había imaginado ahora estaba lleno de oscuridad y luz. Los enormes troncos de los árboles se elevaban hacia un sol débil y las ramas se sacudían por un viento que silbaba de manera siniestra. Y allí estaba el miedo, escondido entre los troncos. Con la forma de criaturas fabulosas que no podía distinguir. Apareciendo y desapareciendo al seguirme. La bruja en mi mente - que era yo misma o quizás, no - se detuvo y miro a su alrededor. Y cuando más ganas tuvo - tuve - de huir y de correr, se - me - detuve. Mire - miro - a su alrededor y de pronto el bosque pareció llenarse de vida. De significado. El fuego que no quema, pensé de pronto, volviendo a la realidad. El conocimiento que te recuerda la fuerza de quien eres.

- Un bosque...no siempre es un bosque - dije entonces un poco atolondrada por lo que acababa de imaginar. ¡Había sido tan real! Cuando miré de nuevo la silueta de la montaña, volvía sólo a ser una montaña, con su superficie sinuosa y sus árboles diminutos y frágiles. Una ráfaga de aire dorado y oloroso al verano eterno de Caracas, cruzó la habitación. La tía tomó una bocanada de aire, como si deseara aspirar esa belleza cálida y transparente, ese calor eterno.

- Un bosque no siempre es un bosque y el miedo no es siempre una puerta cerrada - dijo entonces - una bruja sabe que arriesgarse es la posibilidad de encontrar una tierra nueva para comprender, una lección que llevará a todas partes como un tesoro, una mirada renovada hacia sí misma.

El bosque de mi imaginación parecía mecerse en un viento invisible y mientras miraba la tarde caer, pensé que una sombra no siempre es una sombra y que el saber no siempre es sencillo. Un secreto a mitad de otro secreto. Un misterio difícil de comprender.


***

Soñaba que corría por un bosque de árboles de troncos descomunales y raíces retorcidas que brotaban de la tierra en gibas sinuosas. Corría entre los charcos de barro, con los brazos extendidos y los ojos cubiertos por el cabello húmedo. Me perseguía miedo, que lo era todo y nada, una criatura invisible que se alzaba en la oscuridad, que se retorcía entre las ramas sarmentosas, que extendía los dedos en la oscuridad. 

De pronto me detenía. Un gesto brusco, las manos apretadas en el pecho. Mira, vuélvete a mirar. El corazón latiendo tan rápido que apenas podía respirar. Detente y mira. Me empujaba hacia adelante, casi a punto de correr de nuevo. Entonces me volvía, hacia la oscuridad. Hacia la tierra abierta del miedo que me esperaba más allá.

El olor del viento de verano. La sensación del bosque sacudiéndose a mi alrededor. Viva, tan viva. Tan cerca del hilo del luz que me esperaba en el horizonte. Y de pronto, el miedo no era nada más que mi rostro en el espejo. Que la mirada atenta y  firme de la bruja que soy. 

Abrí los ojos. En la oscuridad, el miedo desapareció y me dejó somnolienta y débil sobre la cama. ¿Había tenido de nuevo la misma pesadilla? La misma que tenía en los momentos más angustiosos de mi vida. La misma que me atormentaba en medio del dolor y la aflicción. La misma que a veces era incapaz de vencer. Sólo que ahora...sólo era un recuerdo borroso. No podía recordarlo con claridad. En medio del sueño, la luz radiante de algún secreto perdido. Los párpados pesados. La sensación de haber encontrado un instante de paz en medio de viejas lecciones que quizás, necesitaba recordar.

Porque un bosque no siempre es sólo un bosque. Y el miedo no es solo miedo. Entre ambas cosas, habita un poder invisible y radiante que toda bruja conoce y en el que confía. Una forma de voluntad y magia. Un sueño de esperanza.

Una manera de crear.

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