viernes, 8 de julio de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Julio: Alemania. Michael Ende.,




De Michael Ende se le suele decir que fue el único escritor de niños que escribió para los adultos que aún sienten temor y asombro. Un matiz que pudiera parecer ambiguo e incluso levemente confuso si no fuera la mejor manera de describir su trabajo: Ende, no solamente creó un entrañable Universo infantil que le sobrevivió, sino que además, cimentó las bases de un tipo de simbolismo esencial que convirtió sus libros en algo más que cuentos infantiles. Y es que Ende, que solía llamarse así mismo "un soñador cansado" escribió no sólo para la niñez, sino para los adultos que la añoran y sobre todo, para quienes asumen la inocencia como fuente de sabiduría. Con una visión frágil y casi esencial, Ende creó una nueva manera de contar historias para niños de todas las edades, un fenómeno que transformó sus obras no sólo en libros de enorme profundidad filosófica sino también, en una visión trascendental sobre la inocencia.


Tal vez por ese motivo se insiste con tanta frecuencia que los libros de Ende, no son sólo fantasías de enorme belleza literaria, sino obras de enorme fuerza moral. Ende, que fue el hijo único del pintor Edgar Ende y Luise Bartholomä, heredó de sus padres no sólo una visión compasiva sobre el mundo, sino una reflexión conmovedora sobre el dolor y la identidad del espíritu humano. Creció rodeado del ambiente bohemio y artístico que frecuentaba su padre y por ese motivo, no sólo comprendió que el arte es capaz de construir belleza sino de expresar ideas claras. Una y otra vez, Ende tuvo que enfrentarse a un mundo que se transformaba a su alrededor - siendo muy joven al grupo antinazi "Frente Libre Bávaro" pero luego, se vio obligado a servir en el ejercito Alemán - lo que le brindó una perspectiva única sobre la guerra y el sufrimiento humano. Y es Ende tuvo que enfrentarse a un mundo herido no sólo por un conflicto bélico de proporciones inimaginables sino además, intentar asumir su responsabilidad sobre lo que ocurría a su alrededor. Dos puntos de vista contrapuestos que no sólo le permitió asumir su responsabilidad histórica sino también moral con la época que le tocó vivir. Y lo hizo desde la perspectiva de las palabras y la sensibilidad.

Porque Ende era un artista nato. Conjurado el espectro de la guerra, comenzó a escribir relatos familiares y juveniles, como si el hecho mismo de la postguerra y el optimismo desconcertante de la década de los 50 influyera directamente en su producción literaria. No obstante, la obra de Ende ya por entonces, reflexionaba sobre temas mucho más profundos que el optimismo por el optimismo y la necesaria visión del renacer cultural luego de un largo período de dolor. Para Ende, la escritura era un medio lógico no sólo para construir una idea sobre el futuro, sino también para meditar sobre las heridas del pasado y más allá de eso, la percepción sobre el hecho necesario de la moralidad como elemento indispensable. Como escritor, Ende miro la literatura infantil no sólo como un vehículo que asume el reflejo de lo infantil como alegórico sino que los dotó de una metáfora social e incluso intelectual que sorprendió no sólo a sus lectores sino al mundo literario que recibió con desconfianza sus obras. Dotado de una especial sensibilidad. Ende no sólo elaboró una idea sobre la verdad y lo absoluto basada en reflexiones éticas, sino que además, las contradijo, como parte de ese gran Universo de símbolos que el escritor creó como parte de su obra.

Porque para Ende, la realidad y la fantasía se construyen como elementos filosóficos,  una constante revisión a las ideas morales que el escritor consideró imprescindibles para construir mensajes concretos sobre el mundo y la visión del hombre. Ende no sólo se preocupó por brindar a sus obras una consistencia literaria considerable, sino entrelazarlas con todo tipo de mensajes humanistas que más de una vez, insistió eran necesarios no sólo para sus lectores más jóvenes sino para los adultos que también disfrutaban de su obra. Ende, escritor, no sólo pondero sobre la importancia del bien y de lo moralmente correcto sino además, del poder de la imaginación como vehículo esencial de lo que se expresa como una idea espiritual. A la vez, el Ende, artista, no sólo reconstruyó las bases de los que hasta entonces había sido la literatura infantil y creó una reflexión más cuidadosa sobre el mensaje último de la inocencia. Y es que para Ende, un artista con un insistente discurso sobre la belleza y el poder que puede tener de asumir ideas profundas, siempre defendió la necesidad de "encontrar la realidad a través de la fantasía".


Ende, sobre todo, se rebeló contra la idea de la literatura que debe transitar caminos sencillos para asumir su verdadero sentido. En más de una ocasión, insistió que no se enfrentaba a "individuos" sino a sistemas y más allá de eso, a formas de consciencia. Los nuevos "monstruos" a los que debía enfrentarse sus héroes en un azaroso periplo por el mundo de la imaginación. Muy probablemente por ese motivo, los enemigos y villanos de sus libros jamás son criaturas definidas, sino más bien símbolos elocuentes que el autor definió como ideas elementales sobre el bien y el mal.  La imaginación, como límite entre el poder de lo que creamos y sobre todo, lo que expresamos a través de ella.

Con frecuencia se suele decir que Ende era un hombre político, sobre todo a la luz de sus reflexiones más o menos ideológicas sobre la comprensión de lo correcto y lo absoluto que deja traslucir sus libros. En el año 1985, unas semanas después del estreno de la película  "La historia Interminable" del director Wolfgang Petersen y basada en su novela, Ende parecía preocupado precisamente por esa confusión entre los valores morales y la concepción de la idea del bien en estado puro. "La imaginación es poder. Una buena fórmula, aunque debería haberse precisado cuál era ese poder. Hay que conocer no sólo lo que se rechaza, sino aquello por lo que se pretende sustituirlo. Y esta vez no es cuestión de sustituir una ideología por otra (...) Empezamos a darnos cuenta de que con la física, las ciencias naturales, la tecnología o la sociología es imposible resolver los problemas haciendo como si se desarrollasen independientemente de nuestra conciencia. Nos inquietamos también por la destrucción de ese mundo exterior que constituye nuestro marco vital. Sin embargo, hay otra forma de destrucción de la que no se habla y que es igualmente trágica: la de nuestro mundo interior. Cuando todo se subordina al beneficio, se empieza por explotar a los obreros y después se ataca a las colonias, al medio ambiente. Por último, le toca el turno a nuestro mundo interior." Una reflexión que parece no sólo abarcar el sentido último de las novelas de Ende sino también su intención como creador: La comprensión de un mundo posible.

Probablemente, la novela  "Jim Botón y Lucas el maquinista" (publicada en 1960, unos años antes de sus libros más celebres) sea el mejor ejemplo de esa percepción del Ende político y filósofico sobre el mundo que le rodea. A pesar de tratarse de su obra más sencilla - se suele decir que su entramado simbólico es muy exiguo  en comparación con obras como "La historia interminable" y "Momo" - la historia se sustenta sobre esa percepción del escritor acerca del poder de la diferencia. La comprensión de la solidaridad y la empatia que sustenta la historia, es una clara alegoría a la solidaridad necesaria y espiritual que el escritor asume como parte de su obra y sobre todo, de la lucha contra el mal moral, esa idea sutil que parece formar parte esencial de la obra del autor.  Con un pulso preciso y sobre todo, sensible, Ende reflexiona sobre la naturaleza del espíritu humano, la necesidad de comprensión del otro y ese elemento común en sus obras: el valor de enfrentar el temor, enarbolando el poder de la inocencia. Temas que después desarrollaría a cabalidad en sus obras más conocidas pero que en  "Jim Botón y Lucas el maquinista" parecen crear un ámbito nuevo donde asumir el peso racional de las ideas que el autor expone.

Ende siempre defendió el poder de la inocencia. Y quizás, esa insistente lucha sea el elemento más evidente en su obra. Más allá de eso, el escritor encontró una forma de comunicar sus ideas trascendentales desde la ternura. Una noción que le brinda al autor un resonante triunfo contra su enemiga más temida, esa que aparece con tanta frecuencia en sus obras: la simple desesperanza.

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