sábado, 23 de julio de 2016

La voz de las hadas sin rostro y otras historias de brujería.






Mi abuela - la sabia, la bruja - solía coser su propia ropa. Lo hacía con una paciencia lenta y metódica que nunca entendí muy bien, pero me encantaba. Solía sentarme a sus pies para mirarla mientras lo hacía, asombrada por la agilidad de sus dedos y la precisión de cada puntada. Era un ritual diario, sentarnos juntas en su habitación casi al atardecer, mientras ella cosía hasta que la luz del día se lo permitía. Nunca antes o después. Nunca con luz eléctrica. Solo unas pocas horas al día y en el mismo lugar, todas las veces. Una especie de lento ritual sensitivo que me llevaría años comprender bien.

- ¿Por qué no compras tu ropa en una tienda? - le pregunté en una ocasión - ¿No es más cómodo?

Ella levantó los ojos de la labor que tenía sobre la rodilla. Me hizo uno de sus guiños traviesos.

-  Me gusta considerar que mi ropa es una obra personal - me respondió - una obra de arte que creo a partir de como me miro en mi mente.

Mi abuela siempre respondía a todas mis preguntas con el mismo tono adulto y comedido, sin importarle que yo solo fuera una niña pequeña y un poco torpe que  la mayoría de las veces no entendía mucho de lo que me decía. Había algo asombroso en ese hábito suyo, en esa complicidad que me obsequiaba con toda naturalidad. Una manera de comprender el mundo más allá del reducido mundo infantil.

- ¿Y como te miras en tu mente?
- Como una historia incompleta - me contestó - siempre a punto de escribirse. Con puntadas que pueden deshilacharse y pequeños trozos de tela que no siempre combinan entre sí. Y eso es bueno. Para las brujas, el mundo es imperfecto y siempre puede ser mejorado con un esfuerzo de imaginación.

Parpadeé, sorprendida por sus palabras. Unos días atrás, Sor Elizabeth había dicho en la clase de religión que recibíamos cada jueves en la Escuela, que el mundo era una perfecta obra de Dios y que sólo el hombre, en su egoísmo empañaba la divina proporción de cada cosa creada. La monja parecía muy preocupada porque entendiéramos la idea que todo lo creado era perfecto hasta que el género humano lo empañaba con la torpeza de su mera existencia. Una idea muy triste que me costó asimilar.

- Abuela, pero en la escuela dicen que el mundo es perfecto - tragué saliva, me incomodaba incluso comentar aquello en voz alta - y que la gente lo daña y lo destruye. Que somos una especie...de ¿plaga?

Abuela se quedó muy seria, con los ojos entrecerrados y la boca convertida en una línea dura. Muchas veces ponía esa misma expresión  cuando le comentaba sobre lo que decían o hacían las monjas bigotonas del colegio Francés donde estudiaba.  Y aunque procuraba nunca criticar a las maestras, siempre tenía algo que decir sobre la educación que se impartía en las pequeñas y sofocantes aulas de clase.

- El mundo es parte de la concepción que tenemos sobre él y por tanto imperfecto - me comentó - y es estupendo que así sea. Todos somos artífices y creamos algo hermoso y bueno a partir de nuestros sueños. Las brujas creemos que el espíritu humano es el reflejo del Universo que le circunda. Una huella de fuego de nuestro aprendizaje y creencia espiritual. ¿No es eso extraordinario? ¿Encontrarse vinculado a ese misterio que te rodea como un todo originario y que te hace parte de sus enigmas?

La verdad, no entendí demasiado lo que quería decir mi abuela, pero si lo suficiente para comprender que consideraba que cada uno de nosotros era parte de algo más grande y más hermoso de lo que éramos. Una especie de visión sobre el mundo que formaba parte de nuestro cuerpo y mente. Eso me gustó. De inmediato me puse a imaginar un paisaje imposible formado por mis manos y piernas, un mar interminable que corría por mi mente como olas enfurecidas. La imagen me hizo sonreír.

- Entonces ¿No tenemos la culpa que el mundo sea malo? - pregunté entusiasmada. Mi abuela enarcó las cejas.
- ¿Te parece que lo es?
- Las monjas insisten en lo es.

Más de una vez, me pregunté por qué abuela había permitido por las buenas que mi madre  insistiera en que debía educarme en un colegio de férrea formación cristiana. De niña jamás lo entendí pero ya adulta, he llegado a pensar que quizás fue una forma de respetar esa solemne idea suya sobre la diferencia, la bondad y el poder de las ideas. Nadie puede defender lo que cree si no hay quien lo contradiga, me dijo en una ocasión. Nadie puede luchar por un ideal si no conoce su valor.  Una idea que he atesorado por años.

Quizás mi abuela la analizaba en ese momento, cuando inclinó la cabeza y dedicó un par de minutos de silencio a zurcir el borde del vestido que cosía. Lo hizo con una delicadeza casi imperceptible. Puntadas invisibles que aparecían y desaparecían en la tela estampada con una rapidez de asombro. Aguardé: sabía que la abuela pensaba lo que acababa de decirle y buscaba la mejor respuesta que pudiera darme. Me gustaba ese intervalo de silencio antes de una de sus interesantes reflexiones.

- Mi niña, el mundo no es bueno ni malo. El mundo es lo que es: una combinación de todo lo extraordinario y temible que la mente humana en su inocencia puede abarcar. El mundo no complace ideas morales o éticas. El mundo existe desde lo originario a lo complejo a través de sus peculiaridades. La naturaleza y la obra del hombre son parte de esa noción del bien y el mal, pero el mundo no se define a través de ella.

Suspiró. Se puso el dedal en el dedo índice. Extendió la tela sobre su rodilla derecha. El bonito vestido de tela floreada pareció flotar en la luz menguada de la tarde.

- Pensar que el mundo es terrible porque no comparte nuestras aspiraciones o reflexiones, limita nuestra manera de comprender todo lo que podemos ser y aspirar - continuó - somos piezas sueltas de un mecanismo extraordinario que se unen para construir una idea muy amplia sobre su identidad. Para la brujería, el mundo y nuestra especie, es un tránsito de conciencia, una asimilación de conocimientos que se hacen cada vez más profundos, hermosos y elementales. Una búsqueda personal sobre lo que deseamos crear, construir y creer. Las ideas no tienen fronteras, tampoco deben ser limitadas por una percepción sobre el miedo. Somos poderosos en nuestra capacidad de admitir la complejidad de nuestra individualidad. En cómo nos comprendemos, cómo nos miramos al espejo a diario.

Me llevó esfuerzos seguir sus palabras pero por alguna razón,  al escucharlas pensé en una discusión que había sostenido con una de las niñas de mi clase unos días antes. Había sido un momento humillante que me llevaba esfuerzos recordar pero que parecía muy relacionado con lo que la abuela intentaba explicarme. Ese poder de la invidualidad, de la necesidad de luchar contra la noción de estar muy solo en medio de una idea muy grande sobre el mundo. En ocasiones como esa, me veía a mi misma como una figura solitaria, atravesando un paramos repleto de gigantes indiferentes.

Gloria era la niña más popular del salón. Rubia, guapa y muy lista era admirada por buena parte de nuestras compañeras e incluso alguna que otra maestra. Era una pequeña dictadora, muy consciente de su atractivo e influencia sobre quienes le rodeaban y tal vez por ese motivo, lo usaba como un arma refinada contra quienes no le simpatizaban. Y yo era una de esas personas. Desde que nos habíamos conocido y sin que supiera con exactitud el motivo, Gloria me detestaba. Por supuesto, se trataba de un sentimiento recíproco, cosa que yo intentaba dejar bien claro cada vez que podía.

Quizás por esa animadversión mutua, Gloria se burlaba de mí en formas muy crueles y duras. Me acosaba por sobrenombres ofensivos, se burlaba sobre mi aspecto físico y mi ropa y había veces en que incluso, la tomaba con mi familia, a quien no conocía de nada. Pero claro está, ya había escuchado los rumores sobre el hecho que las mujeres de mi familia se llamaban así mismas "brujas", cosa que parecía fascinarla e irritarla a partes iguales.

- ¡Si aquí está la loca de las Escobas! - me dijo el día de nuestra gran pelea, de pie en el patio del colegio -¿Qué harás hoy? ¿Te comerás a un gato?

Me aguanté las ganas de tirarle de cabello y arañarle la cara. En lugar de eso, me quedé sentada muy quieta en el banco de piedra del jardín, fingiendo estar muy concentrada en el libro que leía. Gloria no se dio por vencida.

- ¿O Qué? ¿No hacen cosas horribles en tu casa? ¿Me vas a decir que tu abuela no se come la cabeza de niñitos recién nacidos?
- ¡Eso no es verdad! - grité con las mejillas rojas de furia - ¡Y no nombres a mi abuela!

Gloria se echó a reír, satisfecha al parecer por hacerme reaccionar. Se acercó para mirarme de arriba a abajo.

- Una loca de las escobas y que además, se viste con la basura que botan sus vecinos - canturreó - ¿Hay algo peor que eso?

Sentí que la verguenza me quemaba la garganta, porque sabía bien a que se refería. Ese día, llevaba un suéter de lana roja que la abuela había tejido para mi. No era el más bonito del mundo - no era moderno y me iba un poco grande - pero me encanta llevarlo porque me hacía recordar el olor agradable y cálido de su cocina, su sonrisa amable, su voz reconfortante.  De inmediato, lo tomé sobre el banco de piedra donde lo había dejado olvidado y traté de ocultarlo en mi morral abierto. Gloria se adelantó y tomó una de las mangas con sus dedos como zarpas.

- ¡No lo ocultes! ¡Muéstrale a todo el mundo que te encanta vestir basura! - se regodeó.

La miré angustiada. Daba miedo escucharla reír así, con el bonito rostro pecoso iluminado por una malicia impropia de su edad. Horrorizada y furiosa forcejé por recuperar el suéter, tirando de la manga que no sostenía Gloria con una energía que le sorprendió. Se esforzó por no soltar el suéter y la vi apretar los dientes para sujetarlo, como si se le fuera la vida en eso. El grupo de niñitas que la seguían a todas partes celebraba la escena con palmas y silbidos.

Entonces, dejé de tirar del suéter. Nunca sabré bien por qué lo hice. Sólo dejé caer las manos y retrocedí un paso. Gloria trastabillo, con el sueter bien aferrado entre las manos aún y me dedicó una mirada maliciosa. Su grupo de amigas celebraron la hazaña con grititos de entusiasmo.

- ¿Qué? ¿Ya no te gusta tu suéter basura? - digo Gloria en voz baja. Tomé una bocanada de aire.
- Lo que me gusta de él, no me lo puedes quitar. Y es algo sólo mio.

No sé de donde vino esa frase o si de verdad la entendía cuando la dije. Las sienes me palpitaban de verguenza cuando me incliné y tomé mi morral. Gloria siguió de pie a unos pasos de donde me encontraba. No respondió a eso, tomada por sorpresa. Cuando la miré, tenía una expresión enfurruñada y furiosa, como si le hubiese quitado algo invisible al soltar el suéter.

- ¡Toma tu porquería! - gritó entonces. Lo dejó caer al suelo y lo pateó en un gesto tenso y torpe que casi me hace reír - ¡Pontelo sucio así!

Echó a correr por el patio. Sus amigas se apresuraron a seguirla, dedicándome rápidas miradas de superioridad. Me quedé allí, con el suéter aún en tirado en el suelo y el corazón latiendo tan rápido que me llevaba esfuerzos respirar. Me sentía humillada y angustiada...pero también sabía que de alguna manera...me había enfrentado a Gloria. Y que lo había hecho sin gritar y llorar, que era lo que seguramente quería. Suspiré, tomando el suéter del suelo con un gesto lento y pesaroso. No entendía que había ocurrido...pero sabía que al menos, había logrado que Gloria se quedara con las ganas de herirme de verdad. Porque no lo había hecho ¿Verdad? me pregunté de pie. ¿O sí? No lo sabía, pensé. Y eso me dejó mucho más aturdida que la desagradable escena.

Pensé en todo eso sentada a los pies de mi abuela, viéndola coser. Esa delicadeza que hacía a sus dedos volar sobre la tela, crear algo hermoso por un mero esfuerzo de su imaginación. No había nada simple o sencillo en aquel acto de amor, esa labor silenciosa y privada que dotaba al vestido de personalidad, de un rostro real que podía adivinarse en sus pliegues y singularidades. Sonreí.

- Hacemos el mundo - dije. Mi Abuela me dedicó una mirada serie y cariñosa.
- Hacemos que sea posible en toda su belleza - me dijo - Por ese motivo, las brujas crean para asumir su poder, su personalidad, su capacidad para ejercer su voluntad como una herramienta precisa. Creamos el mundo, la realidad, lo que somos. Nos esforzamos por brindarle sentido a lo que somos a través de esa percepción del mundo como bueno, perfectible y sobre todo, parte de esa noción que puede ser una forma de esperanza. Ninguna bruja deja de luchar jamás, de esforzarse, de trabajar. Su mente está llena de ideas, comprende lo significativo que puede ser cada pequeño logro que construye uno más grande. Somos un vinculo de conocimiento entre la identidad que nos define y ese Universo contradictorio que nos rodea.

Dejó la aguja y el dedal a un lado. Levantó el vestido para que pudiera verlo: no era ni el más bonito o el más fino, pero si era suyo. Una pieza a su medida, creada con historia, con largas tardes de silencio, con sus pensamientos e idea. Me asombró que algo tan sencillo pudiera ser tan valioso.

- ¿Sabes por qué las brujas cosen su propias ropas? ¿O construyen sus propias herramientas de magia? - me preguntó. Sacudí la cabeza - por el poder que les confiere su personalidad. Por la capacidad que cada cosa que hacemos tiene para evocar lo mejor y más poderoso de lo que somos. Lleva tu impronta, tu historia, tus dolores y placeres. Lleva tu voz silenciosa, lleva cada momento que tomaste para elaborar una idea compleja. Es tu rostro, es tu individualidad. Es tu manera de expresar ideas y eso es hermoso.

La luz del sol pareció ondular en el viento de montaña que entraba por la ventana. Un fulgor dorado y naranja que coloreó la habitación y le dio una tonalidad cristalina, como si cada cosa en la habitación flotara a la deriva en un silencio bienhechor. Mi abuela miró la línea del atardecer que iluminaba la ciudad en tonos ocre y con cuidado, dobló su vestido recién nacido, su pequeña obra de arte.

- No hay nada más valioso que encontrar ese brillo interno que nos hace únicos. Esa capacidad que nos permite construir el mundo a partir de nuestras ideas más privadas - me dedicó una sonrisa, a medio camino entre la luz transparente y la oscuridad que comenzaba a rodearnos  - quizás,  magia muy antigua.

La última luz de la tarde siguió flotando en medio de las sombras triples que nos rodeaban. Y pensé, quizás por primera vez en mi vida, en el poder de los pequeños gestos privados. En la huella perdurable de nuestra manera de pensar.  En esa sonrisa misteriosa que llevamos a todas partes como un triunfo privado y que nos protege sin duda, del silencio de la desesperanza.

Un sueño íntimo, sin duda. Una mirada al Infinito que nos une y nos abarca. Una forma de crear.


***

Gloria me miró boquiabierta cuando avancé hacia la fila del patio llevando mi gastado y feo suéter rojo. Lo llevaba sin molestarme en disimular sus costuras, las mangas estiradas, la forma como algunos hilos flotaban rotos en las puntas. Y sentí una felicidad extraña y simple cuando pude sostener sus ojos sorprendidos y luego sonreír, libre de la sensación de angustia que en ocasiones sus insultos me provocaban. Me encontraba más allá de ellos, a salvo en esa noción profunda sobre el poder personal que llevamos a todas partes.

La vi sonreír y estuvo a punto de decir algo hiriente. Aguardé, con el rostro franco, sin miedo ni nerviosismo. ¿Todo era tan sencillo? pensé con las manos apretadas bajo los puños deshilachados del suéter. ¿Enfrentarse a las pequeñas cosas que nos producen temor? ¿Construir el mundo como un lugar para soñar y crear? Tal vez. Y por ese motivo, no me moví, aguardé con el miedo convertido en un nudo insignificante en algún lugar de mi mente.  Por último, simplemente volvió la cabeza y me ignoró. Pero noté los dedos tensos con que se apretó el pliegue de su pulcra falda azul y eso para mi, fue suficiente.

A veces las grandes batallas empiezan por pequeñas victorias. Por esos pequeños triunfos invisibles que nos elevan sobre el miedo y la angustia. Una mirada asombrada al mundo que nos rodea y esos indefinibles elementos que nos hacen parte de él.

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