sábado, 2 de julio de 2016

La voz de los viejos misterios y otras historias de brujería.




En una ocasión, mi abuela - la sabia, la bruja - me contó una vieja historia sobre una bruja con alas de fuego. La escuché asombrada. De inmediato, imaginé a una mujer en un vestido blanco con dos enormes llamaradas saliendo de su espalda. ¡Eso era mejor que mi libro favorito! Ese de terror que se suponía no podía leer pero que claro está, estaba leyendo a pesar de todo.

- ¿Y que hacen las alas de fuego? ¿Achicharran a sus enemigos? - para demostrar la idea, corrí en círculos por la habitación, moviendo los brazos sobre la cabeza como si se trataran de imaginarias llamas. Mi abuela me miró y apretó las comisuras de los labios, como siempre hacía cuando estaba a punto de soltar la carcajada.
- No hija. Se trata de una metáfora.

Bajé los brazos, decepcionada. La bruja en mi mente se quedó aburrida en la oscuridad con los brazos cruzados sobre el pecho.

- Tu dijiste que la bruja tenía alas - le recordé con la petulancia de mis ocho años.
- Lo sé, fue lo que dije.
- Pero ahora hablas de una...metu...meta...
- Metáfora.
- ¿Eso no es cuando las cosas no son lo que son sino otra cosa?

Ni yo misma entendí que quería decir con aquel juego de palabras. Me dejé caer en la alfombra de la biblioteca, un poco frustrada. Mi abuela me dedicó una mirada divertida y cariñosa. Durante toda la tarde, habíamos sostenido conversaciones parecidas y a la distancia, estoy convencida que ponía a prueba la considerable paciencia de mi abuela. Apenas nos conocíamos: vivía en su casa desde hacia apenas un par de semanas y aún era una niña irritante y desconocida que corría por los pasillos y corredores de la vieja casa familiar, abriendo y cerrando puertas, asomándome por las ventanas, tocando los objetos que se suponía no tenía que tocar. Pero abuela nunca dijo nada al respecto: antes bien, parecía de verdad divertida e interesada en mi energía atolondrada y sobre todo, en mi hábito insistente de hacer preguntas a toda hora, por todos los motivos.

- Una metáfora es una representación de la realidad - me corrigió - la Brujería utiliza metáforas para expresar ideas profundas.

La brujería, repetí en mi mente entusiasmada. Ahora que sabía que abuela era bruja y que mi familia practicaba la brujería, no pensaba en otra cosa. Eso a pesar claro, que no tenía idea de qué era una cosa ni la otra. Sabía - más o menos - que una bruja era una mujer poderosa con misteriosos poderes y que la brujería...lo que se los proporcionaba. O algo así. Como fuera, estaba feliz y emocionada que mi abuela fuera una bruja - ¡Ni más ni menos! - y que me hablara sobre los misterios que tanto me asombraban. O que imaginaba me podían asombrar en todo caso.

- O sea que es como que...decir las cosas como misterios - aventuré. Ya me imaginaba sosteniendo un caldero y una escoba para volar sobre Caracas y luego subir en línea vertical por la montaña que rodeaba la ciudad - ¡Como un superhéroe!

Esta vez mi abuela si soltó la carcajada. Una risa estruendosa y feliz que me hizo reír a mi también. Extendió la mano para tomar la mía con un gesto firme y me hizo sentar en su regazo.

- Una metáfora es una forma de ver el mundo más allá de lo que ves a través de tus ojos - me explicó - y la brujería busca eso: que puedas apreciar todo lo que las cosas que te rodean guardan. Por eso es que aunque te hablo de una bruja con alas de fuego, también estoy hablando de otra cosa.

La bruja en mi mente se dejó caer con un gesto malcriado en un oscuro rincón imaginario. No parecía muy feliz ni muy satisfecha con lo que mi abuela acababa de decir. Ni yo tampoco, para ser francos.

- O sea no existe.
- Sí existe, pero no es literal. La bruja es una mujer cuyos deseos de vivir y aprender son tan grandes que la hacen elevarse por encima de todo lo que conoce y lo que teme. Que va a perseverar aunque no tenga motivos para continuar. Que seguirá caminando incluso cuando ya no tenga fuerzas. Que volará con las alas rotas. Una bruja es una mujer que persevera, vence, insiste, construye.
- ¿Pero que tiene que ver el fuego con todo eso?
- ¿Sabes cuando lees algo que te gusta? ¿Esos libros que llevas a todas partes - de inmediato pensé en el libro que se suponía no tenía que leer pero escondía bajo la almohada y el morral de la escuela. Sonreí - ¿esa sensación que te llena el pecho cuando algo te gusta muchísimo? eso es fuego. Y es tan fuerte y brillante como el de verdad.

En un gesto involuntario me puse la mano sobre el corazón. Allá, bajo la piel y los huesos, percibí su rápido palpitar bajo mis dedos. Imaginé que el latido eran llamitas que se encendían y explotaban en brillantes parpadeos de luz. La imagen me gustó: una sensación cálida me recorrió de los pies a la cabeza.

- Una bruja siente ese fuego en todo lo que hace, haga lo que haga y donde sea que lo haga. O busca sentirlo. Una bruja no se conforma con nada. No acepta menos que ese fuego. Lo busca siempre como puede. Prefiere el miedo o el dolor a no tenerlo. Prefiere el riesgo a perderlo. Son sus alas de fuego. La puerta que abre al Bosque habita en su interior.

La bruja en mi mente levantó la cabeza, interesada. Y para compensar haberle quitado sus bellas alas flamígeras, le obsequié un bosque entero de árboles de luz. Un largo camino que se elevaba colina arriba hacia una Luna Llena muy brillante que incluso a mi, que la miraba desde la distancia de la realidad, me hizo sonreír.

***

Había estado llorando toda la tarde. Tendida de costado sobre la cama, con la cabeza hundida contra al almohada. Mi mamá se inclinó para acariciar mi frente.

- No es tan grave, sólo se trata de un viaje.

Tenía catorce años y desde que recordaba, había soñado con ir junto al resto de mis compañeras de clase en uno de sus ritos iniciáticos de la infancia: el primer viaje a solas. Solía escuchar las historias de mis primas mayores hablando sobre esa primera gran ocasión, ese regalo de adolescencia que todas habían disfrutado. Me había imaginado hasta el cansancio en el Aeropuerto de mi ciudad, despidiéndome con un gesto largo y enérgico de mi madre y mi abuela. Y luego abordar al avión que me llevaría al mundo: a las risas, a la diversión, a la aventura. ¡Había sido un sueño tan cercano, que deseaba tanto cumplir! Entonces enfermé: una de esas enfermedades que nadie sabe de donde provienen ni cómo se contagian. Tan infantiles. Sarpullido, fiebre, agotamiento insoportable. El médico me prohibió cualquier aventura, incluso después que empecé a mejorar. De manera que el viaje ocurrió pero sin mi. Despedí a mi amiga Flor en el Aeropuerto y la miré partir junto al resto de mis amigas de clase, mientras yo me quedaba de pie allí junto a su madre y mi abuela.

- La próxima irás tu - dijo la madre de Flor - y será igual de divertido.

No, no lo será. Pensé. No será igual ni será divertido. Será otro viaje, pero nunca este. Se me salieron las lágrimas. Seguí llorando en el automóvil de regreso a casa. No me detuve cuando me encerré en mi habitación, las rodillas apretadas contra el pecho, furiosa contra la luz del día, contra el sonido del viento, contra mi debilidad. Seguí llorando incluso cuando mi mamá se enfadó y me insistió actuaba como una niña pequeña. Le di la espalda, justo como esa niña que ella insistía era.

- Ya irás después - dijo ella también - calmate ya.

Cuando abuela vino, pensé que me diría lo mismo. En lugar de eso, se sentó a mi lado en la cama y me miró por los pliegues de las almohadas sobre mi rostro.

- ¿Quieres venir conmigo?
- ¿A donde?
- Tu ven y ya.

Estuve a punto de negarme, pero la curiosidad fue más fuerte. En silencio, me levanté de la cama y ella salió de la habitación sin mirarme, dando por hecho la seguiría. Como una estela de fuego, pensé distraída y sólo después el pensamiento me hizo sonreír. Corrí para no perderla  y la seguí cuando recorrió la casa y caminó hacia el viejo garage destartalado del abuelo. Se acercó al viejo Ford Fairlane color carmesí que atesoraba. Me quedé a unos pasos sin saber que pensar.

- ¿A donde vamos?
- No sé - me arrojó las llaves. Las tomé con un gesto instintivo y rápido - te toca conducir por la calle.

Tenía catorce años y había aprendido a conducir casi a escondidas en las rodillas de mi abuelo, en las prácticas atolondradas y un poco descuidadas de mis primas mayores. En realidad, no sabía conducir más que maniobrar el coche por la calle, detenerlo, encenderlo otra vez. Cuando se lo dije, mi abuela me dedicó una amplia sonrisa.

- Ya va siendo hora que aprendas, entonces. Vamos.

Se subió en el asiento del copiloto. De pronto hubo fuego en mi pecho, en mis manos. En el calor que me subió por el vientre hasta hacerme correr a toda la velocidad que podía, hasta sentarme frente al volante. Apoyé las manos en la rueda de plástico. Miré a mi abuela con los ojos muy abiertos y asombrados. Las mejillas me ardían de emoción.

- ¿De verdad puedo conducir a donde quiera?
- A donde puedas con catorce años y sólo alrededor de la casa - abuela se inclinó y me dedicó un guiño malicioso - pero si te desvías un poco, no diré nada.

Mi abuela y yo intercambiamos una mirada larga, quizás la primera vez que nos reconocíamos una a la otra como adultas. Me quedé con las manos apoyadas sobre el volante y pensando en la sensación de portento - pura aventura - que me llenaba el pecho. Esa rara felicidad que había eclipsado cualquier tristeza que hasta ese momento me había atormentado.

- ¿Y si lo hago mal? - le pregunté - ¿Y si me desvío? ¿Y si me estrello contra algo?
- No lo harás - se llevó la mano al pecho - el fuego está contigo. ¿Lo recuerdas? Confía en ti.

El fuego otra vez, en la risa. En las manos húmedas de nerviosismo. En la sensación de posibilidades. Cuando el motor encendió, las lágrimas me parecieron un recuerdo lejano y poco importante.

***

Soñaba que corría. Cayendo y tropezando en medio de un bosque de árboles muy altos. Corría, gritaba. Los brazos sobre la cabeza. La felicidad y la furia cerrándome la garganta. Tan viva, siempre tan viva. Y esta sensación de portento. De encontrarme en mitad de un momento extraordinario e irrepetible. Entonces, hubo una explosión, fría y plateada. Un solo chispazo de luz en la oscuridad. Fuego blanco. El olor a madera quemada me rodea, me llena la nariz. Pero no siento miedo. Ahora corro hacia el resplandor de ese fuego que no quema, de esa...

Desperté, aún con las hojas de papel sobre el pecho. Un libro a medio a escribir. O al menos, pienso parpadeando, quiero que lo sea.  Las páginas desparramadas sobre las sábanas, en el suelo. Cuando me siento en la cama, unas cuantas se deslizan como alas blancas en medio de la oscuridad.

Escribir duele, escalda, te deja sin fuerzas. Pero también te redime. Una vez leí en el libro de las Sombras de mi abuela que toda las brujas son contadoras de historias, cronistas de su vida y de quienes le rodean. Que todas escriben como una forma de hechizo, de ritual interminable. Palabras para describir el mundo, todos los mundos. Palabras para temer, para admirar, para crear. Para existir, tal vez. Palabras para mirar nuevos cielos y espacios. Palabras para abrir un camino de fuego en su pecho, en su voz y nombre.

¿Por qué tengo tanto miedo? me pregunto mirando las hojas cubiertas de palabras. ¿Por qué temo continuar a mitad de esta oscuridad de puertas abiertas y cerradas en mi mente. ¿Temo al dolor? Una vez mi abuela me contó que el medioevo, las brujas se cubrían los ojos y caminaban sobre zarzas ardientes para demostrar que el miedo sólo era una comprensión del mundo. Que el dolor y la osadía eran una misma cosa. Que cada momento de nuestra vida podía ser tan doloroso como bello, tan intenso como sutil. Que no hay nada cierto, que no hay nada real. Que lo absoluto es una ilusión y que todo lo que el fuego no arrasa, no puede volver a nacer. Que la magia son llamas, que la esperanza existe para recordarnos ese espacio blanco y misterioso donde no existe.

Tomo el lápiz. Comienzo a escribir. Lo hago con los labios apretados, la espalda encorvada y tensa. Y pienso en esas brujas del pasado, sentadas alrededor del fuego, quizás memorizando la historia de quienes le rodean,  rodeada de la vida y todas las imágenes del futuro y del presente. Y las llamas, tan altas y extraordinarias, elevándose hacia el cielo y la Luna Llena. Haciéndose una bóveda brillante e imposible. Lenguas de fuego que abren la realidad. La belleza. Y estas palabras aquí. En medio del silencio. Solo el sonido de mi voz.

Cuando parpadeo, hay otra página llena de la historia. De una de las tantas que deseo contar. De una de las tantas que llevo entre mis manos hacia el futuro.

***

Cuando apago la última vela, me quedo de rodillas en el circulo a oscuras. E imagino por un momento una bruja desconocida que avanza por la noche. Lo hace con paso firme y radiante. Avanza sin miedo, a pesar de las sombras. O quizás, justo por ellas. Y de pronto, en su espalda hay luz. Un pequeño resplandor que se ensancha, se desborda. Brillante, de tan brillante que mi mente parece llenarse de luz. Y de pronto, toda la oscuridad del bosque imaginario sólo es ese resplandor. Ese fuego que las brujas sueñan, que usan para crear y construir el futuro. Ese brillo inenarrable. Todo fuego, en mis manos, en mi mente, más allá de mi misma.

Alas de fuego hacia las estrellas.

Un nombre en la oscuridad.

Así sea.

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