martes, 19 de julio de 2016

Crónicas de la “Nerd” entusiasta: Todo lo que debes saber sobre la serie “Stranger Things” (Netflix) de Matt y Ross Duffer.




Durante el pasado fin de semana, el canal Netflix estrenó la muy esperada serie “Stranger Things”, el más reciente producto televisivo de los hermanos Matt y Ross Duffer. El dúo ya había obtenido cierto reconocimiento gracias a los memorables capítulos que dirigieron en la estupenda serie “Wayward Pines” (FOX, Chad Hodge) y sobre todo, por ese extraordinario experimento como lo fue “Hidden” con el debutante Bill Skarsgard — actor que en unos meses veremos en pantalla como el terrorífico Pennywise de la versión cinematográfica de la novela “IT” de Stephen King — y Andrea Riseborough. No obstante en esta ocasión, los que los Duffer logran con “Stranger Things” es algo por completo nuevo que cautivó a espectadores de todas partes del mundo: No sólo se trata de un inteligente ejercicio de nostalgia, sino una brillante concepción sobre la Ciencia Ficción, la fantasía y el terror envuelta en la inofensiva pátina de un clásico inmediato. Con un pulso que asombra por su precisión, los Duffer logran en “Stranger Things” el perfecto equilibrio entre la referencia básica — esa asombrosa decisión de retrotraer la forma y el fondo con una batería interminable de detalles visuales que convierten a la serie en una colección de imágenes melancólicas — y también, esa concepción del producto que se sustenta sobre su capacidad para innovar. Porque “Stranger Things” — como elemento novísimo de la cultura pop — es algo más que una serie construída para evocar una época y homenajear a una década: en realidad se trata de una celebración a los hijos de una generación nacida entre las bicicletas, walkie Talkies, televisores de tubo, radios, miedos y terrores casi inofensivos. Una generación anterior a la hiper contextualización y comunicación. A la inocencia en estado puro que los Duffer logran recrear con un maravilloso sentido de la oportunidad y el buen gusto.

Por supuesto, “Stranger Things” es también un homenaje al imaginario de los mìticos años ’80 y el dúo de directores no disimula su evidente influencia en el cine de Spielberg, Dante, Carpenter o en las narraciones de nítida estructura de un joven Stephen King. Y lo hacen, a través de un método que sorprende por su frescura y buen hacer: “Stranger Things” sortea con habilidad las trampas melancólicas — en estilo y forma- y elabora una propuesta sólida que se sostiene a pesar de las múltiples referencias, de la noción sobre lo visto y añorado. La serie cumple con el requisito de autonomía visual y lo hace, siendo original a pesar de la estructura referencial que lo sostiene. Hay algo nuevo, recién descubierto, que impresiona y conmueve en este producto lleno de significado que avanza con buen pie entre la melancolía evidente y algo más sutil.
La serie no se prodiga con facilidad: No sólo pareciera beber de la moral ambigua de cualquier propuesta serial contemporánea sino que además, juega con todo tipo de símbolos hasta lograr elaborar un discurso complejo a dos bandas. Porque mientras la noción de lo que ocurre — y lo que pueda significar — avanza con solidez, lo que que se adivina es incluso más poderoso, desconcertante y por supuesto, intrigante. Es entonces cuando la serie alcanza su mayor brillo y demuestra — y muestra — su valor como creación actual. La capacidad para innovar y sobre todo, evadir el fácil regodeo en sus fortalezas.

Tal vez por todo lo anterior, resulta inclasificable. Un híbrido de ideas, planteamientos y punto de vista que resulta complicado de analizar si se le toma como una única mirada hacia lo que “Stranger Things” busca mostrar. Pero más allá de cualquier cosa, la serie es un compendio de cultura popular, tan cuidado como asimétrico y sobre todo, reconocible. Y esa es su mayor baza, la expresión más profunda de un género bastardo que parece nacer y construirse a partir de piezas sueltas que de alguna manera — y por obra y gracia de un maravilloso guión — encajan de manera casi perfecta.

¿Y cuál sería el ADN cinematográfico y cultural que sostiene a una mirada tan compleja sobre nuestra identidad social como lo es “Stranger Things”? Tal vez las siguientes:

Alien y el terror invisible:
Por allá en el año 1977, los productores de Aliens sostuvieron una ya mítica conversación con el artista H. R Giger para analizar la criatura que sería el centro motor de su futura película. Se dice que el productor Gordon Carroll estaba obsesionado sobre cómo debía lucir el monstruo espacial, ese monstruo xenoforme del que nadie había oído hablar hasta entonces. Y uno de los requisitos fue que careciera de rostro e incluso ojos. Insistió también en los fluidos viscosos que rodean a la criatura, la sustancia pegajosa que impregna sus enormes fauces casi mecánicas. Giger apuntó las sugerencias, analizó y creó. Lo demás, es historia.

En “Stranger Things” parecen haberse tomado muy en serio la referencia a ese monstruo invisible y misterioso que Aliens hizo célebre. No sólo carece de rostro mítico Aliens de la gran pantalla, sino además, también deja a su paso un residuo resinoso y repugnante cuyo origen nadie puede explicar muy bien. Con un buen sentido de la estructura narrativa, los Duffer se toman su tiempo para explicar los métodos y naturaleza de este monstruo apenas entrevisto, pero ya para el capítulo ocho de la serie sabemos lo suficiente como para comprender — y reconocer — su origen visual y conceptual.

Estados alterados y la cacería aterradora:
Cuando William Hurt se tendió en una cámara insonorizada rodeado de líquido amniótico que lo llevó a la frontera de la realidad en la película “Estados Alterados” ( Ken Russell, 1980), sorprendió a un público que intentó comprender el sentido real de una secuencia que asombró por su crudeza y capacidad metafórica. Los Duffer parecen recordar con claridad el asombro que causó la secuencia y la reproducen de manera parcial, agregándole además, todo un nuevo significado que describe el potencial psíquico de uno de sus personajes. En una serie de asombrosas secuencias, los Duffer logran captar la extraña visión de lo real y lo imaginario que “Estados Alterados” supo construir y que serie reproduce con enorme precisión.

Doble cuerpo y la obsesión visual:
En los primeros años de la década de los ’80, Brian de Palma creó una mezcla de la clásica “La Ventana indiscreta” de Hitchcock con una visión retorcida y voyerista que causó un considerable escándalo. La película “Doble de Cuerpo” (1984) causó furor por su mezcla de sexo y violencia. De hecho, una de las escenas más recordadas de la film, es esa mirada intrusa del obsesionado protagonista hacia su objeto del deseo a través de una persiana bajo un claroscuro de tonalidades carmesí, lo que otorgó a la escena un aire onírico y extrañamente sexual. Los Duffer reproducen la escena en “Stranger Things” pero solo toman de ella esa necesidad insatisfecha, ese deseo contenido y casi inocente que convierte a la secuencia en una extraña recreación de la original.

Stephen King y su mirada sobre el terror:
Es imposible no reconocer la larga sombra del maestro del terror estadounidense en el guión de “Stranger Things”: Desde los cuidados giros de efecto de guión hasta el miedo convertido en un personaje más dentro de la narración, el estilo del terror circunstancial del escritor parece estar en todas partes. Además, uno de los personajes femeninos de la historia es de hecho una mezcla evidente entre las chicas con poder telequinético en las novelas de King: la mítica Carrie parece muy presente entre las escenas álgidas de la serie, en medio de un escenario donde el fanatismo científico parece sustituir al religioso del libro. La trama avanza profundizando no sólo en las motivaciones del personaje como una mezcla de fuerza y miedo — y esa noción del peligro latente bajo su naturaleza bondadosa — y al final, nos deja claro que a pesar de su aparente dulzura, puede estallar con mucha violencia. Incluso una secuencia entera en el episodio seis, homenajea el ya clásico final de Carrie (1976, Brian De Palma) con la mano del personaje principal emergiendo como un único gesto desesperado hacia la pantalla.

A principio de la década de los ’80, La obsesión Star Wars apenas comenzaba y “Stranger Things” no lo olvida:
Hay múltiples referencias al Universo de George Lucas en la serie: desde las menciones explícitas de elementos y personajes de la serie, hasta los juegos de palabras en los que varios de los personajes mencionan la “traición” de Lando Calrissian cometió contra Han Solo. Se trata además de una inteligentísima mezcla de contexto y subtexto. El guión no sólo recuerda el momento histórico que muestra sino que además, lo analiza como parte de su estructura general.

E.T, el Extraterrestre. El héroe infantil:
Por supuesto, se trata de la referencia más evidente y notoria de un universo abigarrado de dobles lecturas visuales y conceptuales. Desde la noción del niño como testigo y narrador de una historia compleja, hasta esa amistad entre un niño solitario de los suburbios y un extranjero en desgracia, “Stranger Things” no disimula (ni tampoco desea hacerlo) lo mucho que su historia bebe del imaginario clásico de la película. Pero las similitudes no terminan allí: La serie retrata una visión sobre la búsqueda de la redención a partir de la inocencia muy semejante a la película de Spielberg. El hogar caótico de una madre divorciada, cuyo hijos tienen la suficiente libertad y tiempo libre para ocuparse de un fenómeno sobrenatural sin que nadie lo sospeche. Los poderosos vínculos emocionales entre los personajes, una bicicleta elevándose a las alturas por obra y gracia de la telequinesia, una encantadora niña pequeña con dos trenzas apretadas tan parecida a jovencísima Drew Barrymore que resulta conmovedora. La obra de Steven Spielberg está en todas partes y no sólo como marco de referencia obvio — que lo es — sino esa búsqueda sustancial y emocional sobre los motivos — secretos, misteriosos y conmovedores — que desencadenan la acción.

La niebla maligna de Carpenter:
Otra referencia obvia, sencilla y efectiva: los Duffer utilizan la radio como núcleo argumental en varias de las escenas y es entonces, cuando la célebre escena de la película “La Niebla” de John Carpenter (1980) se hace muy evidente, con la onda corta convertida en ruido blanco y como herramienta para expresar el misterio y el miedo que subyace bajo el simple sonido de la estática. Además, “Stranger Things” toma de la obra de Carpenter esa noción sobre el miedo que se extiende a ciegas y casi como oleadas invisibles que una pequeña comunidad debe combatir.

Los Goonies y la aventura interminable:
Imposible no sonreír hacia la obvia referencia del grupo de aventureros infantiles que “Stranger Things” recrea con una maravillosa puesta en escena y un guión que sostiene las peripecias aparentemente inverosímiles de su jóvenes protagonistas. El aire de improvisación, alegría espontánea y sobre todo, la entrañable complicidad, crean una atmósfera de puro asombro inocente que sin duda remite a una de los films más famosos de Richard Donner.

Un asesino sediento de sangre:
En la película “Tiburón”, un jovencísimo Steven Spielberg creó una atmósfera malsana y aprensiva para recrear el miedo y la tensión que su enorme bestia sedienta de sangre infunde en sus víctimas. Con escasos recursos, el director logró crear una visión sobre el miedo basada en lo sugerido y de hecho, se tomó un considerable tiempo para sostener un tipo de tensión psicológica que resulta incluso más efectiva que la imagen inmediata de la sangre o las fauces hambrientas del tiburón. Los Duffer, en un inteligente giro de efecto, optan por la misma opción y dotan a su monstruo de la misma fiereza y también, de esa búsqueda insaciable y ciega de sangre a la periferia, casi al rabillo del ojo del espectador. Para redondear, no olvidan recordar los peligros de la sangre en el agua en el episodio dos, recreando con medios mínimos y más simbología que otra cosa una de las escenas clásicas de la película de Spielberg.

Los juegos inquietantes de Poltergeist:
En “Stranger Things” el terror es un anuncio, una sensación que aumenta a medida que las pequeñas piezas de un gran rompecabezas de ideas sensoriales se mezclan para sostener la trama. Tal vez por ese motivo, los Duffer tomaron la obvia referencia de la obra de Tobe Hooper al momento de recrear los momentos álgidos de la comunicación con lo sobrenatural. Desde las paredes como límites entre lo desconocido y el terror hasta la referencia inmediata a la película — como epítome del miedo — , la noción sobre el suspenso del clásico de los años ochenta parece estar en todas partes.

La voz del Depredador:
En “Stranger Things” hay un homenaje directo a la película John McTiernan y no sólo por el aspecto del monstruo misterioso que acecha entre las sombras. El sonido de clic escalofriante que se escucha antes de cualquier ataque, es una referencia obvia al sonido que emite el Depredador de 1987 al atacar.

Quédate conmigo, ahora y después:
En 1986, la película Stand by Me de Rob Reiner sacudió nostalgias y la convirtió en objeto de culto. Basada en un cuento corto de Stephen King, la película es una celebración de la niñez, la aventura infantil y la pérdida de la inocencia. La serie “Stranger Things” no sólo imita el tono sino también, esa noción sobre la muerte y el miedo a la mortalidad que se descubre por primera vez. La pérdida y la tragedia no sólo se mezclan para crear una atmósfera muy precisa sobre el dolor juvenil y la búsqueda de la identidad, sino también, asumen el peso de la evolución de los personajes a medida que la trama se hace cada vez más compleja y profunda. Además, resulta evidente la referencia a la película en los largos paseos junto a la vía del tren de los personajes, como símbolo de crecimiento espiritual y la incesante búsqueda de respuestas que forma parte del paisaje emocional de la serie.

El ojo mecánico de Cronenberg:
En su película Videodrome (1983), el director David Cronenberg creó un tipo de terror extravagante y mecánico que fusionó la tecnología con la insistente paranoia humana con respeto a la capacidad de lo virtual para confundir la mente humana. Desde un punto de vista muy sutil “Stranger Things” analiza la idea y aunque no llega a concluirla — ni tampoco parece ser su intención — esas paredes de la habitación que se extienden como una televisión a color sobre la piel de uno de sus personajes es una evidente referencia Videodrome. Tanto en el sentido como en la forma, los Duffer parecen meditar sobre los peligros de la ciencia — y sus riesgos — en un sutil guiño quizás a una de las películas más extrañas y complejas que se han filmado sobre el tema.

Con toda seguridad, la serie “Stranger Things” está llamada a convertirse en objeto de culto inmediato. Con sus personajes bien construidos, una historia intrigante y su espléndida puesta en escena la serie es una pequeña obra de arte construida sobre una perspectiva brillante sobre lo nuevo y lo nostálgico. Pero más allá de eso, es el reflejo de una década, de un punto de vista sobre lo moral y lo espiritual que resulta entrañable sobre todo, una búsqueda de respuestas que abarca cierta inocencia argumental. Y quizás desde esa perspectiva, en ese espacio donde la niñez parece un espacio lleno de conjeturas éticas y de pura belleza imaginada, es que pueda explicarse su éxito. Su capacidad para conmover y deslumbrar y sobre todo, para cautivar. Un triunfo del poder del asombro sincero y quizás, algo tan simple como la mirada inocente sobre la complejidad contemporánea.

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