domingo, 17 de julio de 2016

El brillo de la Luna Roja y otras historias de brujería.





Cuando me arrojó al mar, lo hago con los ojos cerrados. Escucho el aire rozarme las mejillas y luego, el agua fría abrazarme, acunarme de un lado a otro. Y caigo, con rapidez, en un espejismo de blanco y azul, de hilos de luz flotando a mi alrededor. Miro hacia la superficie. La luz del sol del atardecer colorea todo de rojo y dorado.

Una bruja es una mujer que sueña. Una mujer que se atreve y se equivoca. Que teme pero aún así, avanza sobre el miedo. Lo transforma en otra cosa. Me lo digo mientras el agua me golpea las sienes, me aprieta los pulmones. Las manos cerradas contra los costados. El mundo tan arriba, tan lejano. Y este silencio. Este mundo tranquilo e ingrávido a mi alrededor.

- Uno debe enfrentar lo que teme - me dice mi tia P. en mi mente, una tarde lejana de domingo - la vida no vale la pena si no es gracias al miedo que se enfrenta. ¿Tu lo sabes no? El miedo, ese que paraliza.

El miedo como el que estoy sintiendo ahora, pienso. Los pulmones intentando respirar. La sensación que podría perder el pie y las fuerzas y no poder nadar. Este miedo, este terror que se dibuja en mar y sombras. Esta sensación de la vida al borde, al abismo, al silencio. Esta mirada lenta y angustiada hacia más allá de mi misma. Miedo, miedo, miedo. En oleadas frías y cálidas como las olas. Como el lento y transparente vaivén del agua entre la luz del sol. Miedo, real, del que quema y te deja heridas.

- El miedo es el límite de todas las cosas. Cuando tenemos miedo, allí se detiene todo. El aprendizaje, el amor, la belleza, el asombro. El miedo lo transforma en algo más ambiguo y sin sentido - prosigue tia en mi imaginación - hay que enfrentarse a eso. Esa línea imaginaria. Y seguir Agla. Seguir hasta donde te lleve el corazón.

Nado hacia arriba. Mi cabeza rompe la superficie. Tomo una bocanada de aire. Veo la figura en la orilla que sacude los brazos. ¿Vas a regresar? parece decir. ¿Vas a venir?  No, aún no,  le digo aunque no puede escucharme. Aunque mi respiración se convirtió en hilo lento y pesaroso. Todavía hay miedo. Un miedo conciso. Que pesa y que duele. Que abruma y me deja sin fuerzas. Me hundo de nuevo en el agua.

Mi abuela disfrutaba caminando por la montaña junto a la vieja casa familiar. Lo hacía a pesar del camino empinado repleto de rocas, de difícil acceso. Lo hacía incluso cuando la artritis le lastimaba las rodillas y la vejez le pesaba sobre los hombros. La recuerdo casi sin aliento, trepando por los escalones de barro y ramas secas, mirando hacia la cúspide, los ojos muy abiertos y asombrados. Yo la seguía, entre preocupada y conmovida. ¿A donde vamos? ¿Por qué venimos aquí?

- Es muy fácil rendirse al miedo. Tanto que lo hacemos sin notarlo - me dice, sin aliento. Se apoya la mano en el costado. Tiene el rostro encarnado y sudoroso. Pienso en su corazón, en sus pequeños y secretos achaques - es fácil dar la media vuelta y pensar que hay razones para no persistir. Que hay motivos para quedarse de pie, mirando a los pies o a los lados. Olvidando el hecho que somos nuestras decisiones y omisiones.

Se impulsa hacia adelante. Sigue caminando. La sigo de inmediato. Cuando tropieza, le tomo del brazo pero ella se suelta con delicadeza. Yo puedo, parece decir el gesto. Yo puedo continuar. Sé que puedes, pienso siguiendole el paso. Sé que jamás nada te ha detenido y quizás nada lo hará. Pero...

- Agla, toda bruja debe romper ese pequeña ilusión de poder que te brinda el miedo - toma aire, sigue avanzando - el miedo te hace pensar que puedes evitar los riesgos, que puedes protegerte a ti misma. El miedo te hace olvidar el poder del riesgo, del fuego en el espíritu. De conocer tus limites y las puertas cerradas de tu mente.

Se detiene, aspira una larga bocanada de aire. Con el cabello recogido a la nuca, la blusa blanca y los pantalones flojos de deporte, tiene un aspecto frágil y cansado. Pero aún hay fuerza en ella. Un poder maravilloso. Una capacidad para enfrentarse al desaliento que parece innato en ella. Tan firme y radiante que me deslumbra. Y sonrío, emocionada y admirada. Ella me dedica una de sus largas miradas amables y firmes. Pura belleza.

- El miedo Aglaia, es el rincón de las voces muertas. De las estrellas sin nombres. No te permitas estar demasiado tiempo en su oscuridad amable.


Floto de nuevo a la superficie. Tomo aire. La luz del sol se enreda en el aire, en la belleza muda de aquel temor y aquel silencio de cuerpo y alma. Me hundo de nuevo. Los puños sobre la cabeza, el cabello flotando en mis muñecas. Y el miedo. Lo llevo conmigo a donde vaya. El miedo que me golpea y me sacude.


Bisabuela era muy poco paciente con el miedo. Solía enfurecerla, hacer brillar sus ojos verdes. Las manos apoyadas en el bastón mientras me mira llorar sentada en la mesa de la cocina.

- ¡Es que no puedo! - le digo con la voz temblorosa - no puedo ir simplemente y...

La imagen del profesor que temo se hace enorme en mi mente. Lo veo sentado detrás del escritorio, mirándome con los ojos entrecerrados. Siento el miedo como un hilo fino y helado subiéndome por la espalda. Aprieto los dientes. Bisabuela inclina su rostro hacia el mío. Me mira con un brillo salvaje y radiante en sus ojos.

- El miedo sólo es una idea pero tu la haces poderosa - lo dice con su voz lenta y cultivada, donde percibo la ira. Cegadora, modulada, atractiva - El miedo sólo existe si se lo permites. Si lo dejas avanzar silencioso a través de los espacios que devora. ¡No lo hagas!

Sacudo la cabeza. Tengo doce años y tengo miedo. Un miedo real y duro de sobrellevar. Miedo del que deja cicatrices. Bisabuela aguarda, los labios apretados de furia.

- No sé si pueda...
- Puedes ir y exigir justicia o quedarte aquí lamentando no hacerlo - habla sobre el examen que reprobé como si se tratara de algo importante, una idea que debo transitar aunque yo misma no lo comprenda de inmediato - El miedo te ciega, te deja sin palabras. El miedo te aplasta.

- No sé cómo vencerlo.

- Una bruja sabe que el miedo llega - dice y se queda erguida y quieta sobre su bastón  - que llega y le arrebata. Que llega y te arroja al suelo. ¡Toda bruja sabe levantarse! ¡Toda bruja sabe como lograr que el miedo se transforme en otra cosa!

¿En que otra cosa puede transformarse el miedo? ¿En valor? ¿En ideas? ¿En decisión? Camino por el pasillo hacia el salón de clases. Llevo el examen en la mano. El cuerpo me tiembla, siento deseos de llorar. Y el miedo, allí. Tan cercano. El miedo. Pero necesito hacerlo. Quiero hacerlo. Debo hacerlo. Abro la puerta y el monstruoso hombre de mis pesadillas se convierte solo en mi profesor, un hombre callado y hermético que me mira sobre sus anteojos de leer. Los ojos muy abiertos cuando me acerco a su escritorio. La cabeza inclinada para escucharme. El miedo transformado en otra cosa. El miedo siendo algo más.

Nado hacia la superficie. El miedo me estalla en el pecho, me abrasa y me devora. Es fuego líquido en las venas. Este miedo insoportable, doloroso. Esta cicatriz abierta. Este dolor de pies y manos que me deja sin fuerzas. Levanto la cabeza sobre el agua. Aspiro aire y siento la vida que me recorre, que me deja sin voz y sin rostro. Pero aquí en mi pecho, hay poder.  Un chispazo de fuerza tan brillante que me deja a ciegas, a la deriva.

Y recuerdo.
Y recuerdo el momento en que estuve a punto de morir. Recuerdo el miedo terrible de la muerte al fondo del abismo. El arma del desconocido en mi rostro, el olor de hierro que la rodea. La sensación de completa indefensión. Y el miedo claro, que es como un ciclo interminable, que golpea y te arroja al suelo. El miedo en todas partes. En el llanto, en la oscuridad de la calle. En el golpe que me derriba al suelo. Y la conciencia que puedo morir. Que quizás lo haga esta noche, a manos de un hombre que no le importa mis sueños y pensamientos. Mis deseos y mi futuro. Que me disparará sólo porque puede hacerlo. Que me dejará sin voz y sin nombre. En la oscuridad.

Pero no lo hace. Me golpea y lo escucho correr por la calle. Lejos, interminable. Lo veo huir y la muerte va con él. Pero el miedo se queda. El miedo está aquí, el miedo que no me dejará dormir noches enteras. El miedo que me hará gritar en pesadillas. El miedo que me ahora llorar sin control. El miedo que me perseguirá a toda hora. El miedo que me quitará el apetito, el placer. El deseo de vivir. El miedo que no sé como enfrentar. Que me aplasta y me devora.

Entonces vengo aquí, a la playa de la niñez, a la oscuridad del recuerdo. Y te enfrento. Lo hago a gritos, lo hago aquí en la profundidad del mar tranquilo, entre las olas invisibles, con las manos extendidas hacia la luz. Lo hago con el pecho cerrado de miedo. Con la respiración convertida en un recuerdo. Viva y muerta. Lo hago a gritos. Lo hago nadando cada vez más profundo. Los ojos abiertos en la oscuridad. Lo hago con rabia y esperanza. Lo hago porque quiero vivir.

Y floto de nuevo a la orilla, a la luz. Me abro camino hacia este renacimiento en agua y poder. En medio de este silencio. Y cuando nazco otra vez al mundo, grito. Grito con los ojos cerrados. Grito flotando con dificultad en el mar donde el día y la noche agonizan. Y lloro, ahora sí. Como no lo hice en incontables días. En las noches de horror. En el miedo en todas partes. Y lloro y tengo miedo. Y estoy viva y el mundo es de nuevo verde y salvaje. Y la sangre está viva en mis venas. Y el fuego nace de nuevo en mi espíritu. Y soy todos los pequeños dolores y asombros. Y soy la vida extraordinaria. Y soy todas las cosas que mueren y sueñan en mi mente. Las manos abiertas. Tan abiertas. Y regreso de nuevo al origen. Al miedo. Al poder de vencerlo. A la fuerza del dolor.


Cuando regreso a la orilla, él me envuelve en una toalla mullida y me abraza. Me quedo apretada contra su pecho, llorando y riendo. Y él me acuna, la cabeza apretada contra la mía.

- ¿Estas bien? - me susurra al oído. Estoy temblando, sofocada de alegría y curiosidad. La vida de nuevo naciendo en mi.
- Estoy viva.

El amor es un lenguaje. Y el poder que nace del miedo - que se transforma en otra cosa - también.

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