miércoles, 27 de julio de 2016

Lestat y la búsqueda de un final digno: La caída en desgracia de Anne Rice.




Tenía once años o un poco menos la primera vez que leí “Entrevista con el Vampiro” de la escritora Anne Rice. Mucho antes que la historia llegara a las pantallas de cine y Tom Cruise se convirtiera en el rostro del vampiro Lestat. Para entonces, el libro ya era un fenómeno de ventas, pero aún no era el icono cultural en que se convertiría después. Lo encontré en la biblioteca de una de mis primas:me intrigó su portada (la sencilla silueta de dos hombres conversando frente a una ventana abierta) y me pregunté de qué trataría un libro con un nombre tan curioso y directo. Comencé a leerlo por pura curiosidad y de inmediato, se transformó en una de las historias más apasionantes que había leído nunca, a pesar que tuve verdaderas dificultades para entenderla mayor parte de lo que ocurría, pero si lo suficiente para asombrarme por su poder de evocación y su profunda tristeza existencialista. De pronto, los monstruos tenían algo que decir: una idea lóbrega y extraordinaria que cambió mi percepción sobre el dolor, la muerte y la desolación espiritual para siempre.

De manera que podría decir que mi historia con Anne Rice es de larga data. Ha sido una de mis escritoras favoritas del género del terror por tanto tiempo, que puedo decir que su obra simboliza mi percepción sobre las transformaciones de las novelas sobre vampiros y otros monstruos a través de las décadas. Porque Rice, con un pulso firme supo crear un vampiro para toda una nueva generación de lectores: Una reformulación del mito basada en el dolor, la belleza y una contemplación del vacío de la existencia tan agobiante como realista. Los vampiros de Rice beben sangre, pero también historia, estética y se transforman en consecuencia. Todo un logro en esa noción sobre la raíz de la percepción de lo anormal y lo temible a través de la historia de la literatura.

Quizás por eso me sorprende — y entristece — el lento declive de la calidad de la obra de Rice durante los últimos años pero más allá de eso, la monótona mirada que le dedica a su propio Universo. Luego de crear un tipo de vampirismo por completo nuevo, Rice parece dedicarse — a golpes de efecto fallido — a destruir no sólo su legado sino a convertir lo que fue una sólida visión sobre el tiempo y las vicisitudes del espíritu humano sometido a su propia fragilidad, en una versión barata y superficial. Obsesionada con los mismos temas y sin atreverse a profundizar en una necesaria reinvención, Anne Rice parece atravesar un irremediable de su larga carrera literaria.

La obra de Rice nació en una época de ruptura: luego de décadas donde el realismo aplastó la ficción y el horror hasta casi hacerlo desaparecer de los estanquillos de librería, Rice tuvo el atrevimiento de escribir de vampiros. Y no sólo sobre vampiros al uso, siguiendo la larga tradición de escritores de terror que utilizaron el mito como excusa para expresar dolores y pesares humanos. Anne Rice tomó al monstruo más antiguo de todos y lo dotó de personalidad, lo creó a imagen y semejanza de esa levantista década de los ’70 y lo dotó de una renovada energía que sorprendió por su potencial. Lestat, su personaje más emblemático y sin duda el más complejo de toda su obra, nació a finales del Siglo XVIII pero en realidad es el reflejo de ese estrellato rock ególatra y extravagante que marcó el final de la inocencia estadounidense. El Universo de Rice se construye a partir de la curiosidad llana y directa de una época cínica: más de una vez se ha dicho que su primer libro “Entrevista con el Vampiro” puede leerse como uno de los legendarios perfiles de la revista People. La novela entera es una mezcla de perfil psicológico y una poderosa historia sobre el dolor humano desde la violencia, la angustia existencialista en estado puro y un tipo de horror delicado y decadente que creó una combinación sin precedentes. La historia, con toda su carga emotiva, su detallada mirada a su entorno y sobre todo, esa necesidad de análisis sobre los motivos y objetivos de una criatura inexplicable, logra asumir un sentido de la realidad único. No nos importa si el torturado narrador es humano o no y de hecho, su condición monstruosa no es otra cosa que un detalle entre los cientos que sostienen una historia por momentos aprensiva. Y fue esa empatía, ese dolor compartido, uno de los mayores logros de Rice con una novela que se convirtió en un best sellers instantáneo.

Lo demás, es historia. La escritora se convirtió en una inmediata celebridad pública, que alimentaba su propio mito con un exagerado histrionismo y una inocencia ambigua sobre su trascendencia. Con una asombrosa confianza en sí misma y obsesionada con su relevancia mediática, Rice se atrevió a crear un microuniverso literario alrededor no sólo de sus personajes sino de su obsesión por la muerte. La autora insiste no sólo en reivindicar su derecho a repetir obsesivamente los mismos tópicos sino a crear de ellos, verdaderas visiones sobre lo humano y lo sobrenatural en una larga sucesión de libros muy parecidos entre sí. Poco a poco, el original mundo que Rice pobló con todo tipo de criaturas y sobre todo, las infinitas posibilidades que ofrecen sus historias se transformó en otra cosa. En una tediosa repetición de ideas tan semejantes entre sí que llegó a convertirse en una mezcla de estereotipos propios y ajenos y algo más peligroso, en el límite de resistencia de su capacidad para brindarle a sus personajes una necesaria transformación que les permitiera sobrevivir al tedio.

No lo logró. Y es que Rice hizo lo que todos los genios de la cultura pop suelen hacer en algún momento u otro y les condena al fracaso: Negarse a la destrucción. La escritora, entronizada como la Reina del terror gótico norteamericano y sabedora del poder de su cualidad como super vendedora de éxitos instantáneos de librería, se negó a modificar lo que hasta entonces había sido su principal triunfo: la capacidad para dar un lustre nuevo a lo conocido. Resulta contradictorio e incluso irónico, que la mujer que reconstruyó el género de los vampiros para toda una nueva generación, fuera incapaz no sólo de asumir el reto de atravesar la peor etapa de aburrimiento y repetición de sus tópicos habituales — que encontró su cenit con una crisis religiosa que se materializó en el cuestionable libro “Memnoch, el Diablo” y una saga poco popular sobre ángeles — sino de erosionar esa originalidad de origen que la hizo famosa. Rice, convertida en una caricatura de sí misma, dilapidó su base creativa en una seguidilla de terribles decisiones literarias que convirtieron su obra en un desacierto tras otro.

Tal vez el mejor ejemplo de lo anterior sea el libro de “El Príncipe Lestat”, el más reciente volumen — por ahora — de su Saga de “Crónicas Vampíricas”. La historia fue publicada seis años después de la publicitada conversión de Rice al cristianismo y luego que la autora asegurara que jamás volvería escribir sobre los monstruos chupasangres que la hicieron famosa. Convertida en adalid de la fe, Rice declaró que “jamás podría volver a escribir sobre criaturas capaz de matar y alentar al pecado”. No obstante, la decisión le duró bien poco y en el año 2015 publicó lo que sería la continuación de casi cuatro décadas de vampiros, sin alterar en lo más mínimo su percepción sobre el tema ni tampoco, su prosa. Las novelas de Rice carecen de esa percepción ineludible sobre el paso del tiempo y el tiempo transcurrido no parece alterar esa insistencia de la autora en temas exactos con el mismo tratamiento. Una línea de monotonía infinita que es quizás, el principal problema de una obra innecesaria y prescindible.

Y es que los años pasan factura y la obra de Rice parece sufrir de una desconcertante indiferencia sobre la necesidad de evolución de personaje y atmósfera. La novela comienza con un nuevo mea culpa de Lestat el vampiro, que luego de haber sobrevivido a todo tipo de vicisitudes y dolores, viajar al cielo y al infierno, hablar con Dios y con el diablo, perder la cordura y recuperarla a medias, parece listo de nuevo para desfilar por el mundo humano en una renovada sed de aventura. No obstante, la novela falla al enfocar el renacimiento del personaje más querido de la autora en una serie de tópicos que atentan contra su solidez e integridad. Mientras que “Entrevista con el vampiro” era una novela que avanzaba con agilidad en temas complejos, “Príncipe Lestat” parece ser justo lo contrario: la historia avanza con una lentitud irritante por los trillados reflexiones de la escritora sobre la vida y la muerte. Una y otra vez, Rice intenta reconstruir el mundo de sus personajes con una torpeza literaria que sorprende. Sus monstruos son criaturas ambiguas pero en esta ocasión, no se trata de cuitas morales más o menos comprensibles, sino de simples golpes de efecto que intentan hacer avanzar la narración por arcos argumentales tortuosos que no terminan en ninguna parte. Y si años atrás la obra de Rice fue celebrada justamente por humanizar al monstruo, en esta ocasión se le critica la simplicidad con que lo dibuja. Esa obsesión por crear un canon estético y moral que asfixia lo que fue un universo de dimensiones colosales. Anne Rice no sólo delimita espacios y obliga a sus personajes a contradecirse a sí mismos tantas veces que resulta humorístico, sino de transformar un rico canon en una simple sucesión de clichés.

Rice no profundiza ni en la forma o en fondo al intentar revitalizar su universo de vampiros: perdido el interés en el punto de vista humano — o humanizado — de sus personajes, sus criaturas se convierten en máquinas de matar de enorme belleza. La escritora no deja de recordarnos en cada oportunidad posible, que basó su obra en el esteticismo. Pero lo hace arguyendo razones simplistas y fallando en lo obvio: en esta ocasión lo estético no es la mirada enajenada de una criatura que descubre la banalidad del bien y del mal, sino la simple necesidad de mostrar que la belleza es un requisito para la existencia en el Universo de Rice. Dejando a un lado todo planteamiento filosófico, la escritura describe párrafo tras párrafo el asombroso aspecto físico de sus criaturas, la manera en que se visten e incluso como se peinan, en un intento fallido de construir una noción sobre esa trascendencia que parece nacer de la superficialidad. Pero se trata de un intento fallido y torpe: la novela adolece de verdadero interés y luego de casi doscientas páginas de fatigosas descripciones sobre el rostro y el atuendo de sus espléndidas criaturas, la narración cae a pique en una contradicción esencial que jamás supera. ¿La inmortalidad es un tránsito entre el dolor y la búsqueda de significado o simplemente una colección de trivialidades sin sentido?

Desde “Memnoch, el Diablo” (novela de ruptura que marcó quizás el final de uno de su emblemático Lestat como personaje dual de sus historias) Anne Rice ha intentado recuperar el tono seductor de sus novelas, sin lograrlo nunca. La novela fue criticada en su momento por su errático contenido religioso pero sobre todo, por destrozar el génesis de su planteamiento narrativo: Para Rice, el nihilismo religioso siempre había sido de enorme importancia. Tanto como para definir su propuesta creativa. Lo sobrenatural en sus novelas era una incógnita que la mayoría de sus personajes trataban de revelar sin éxito. Y más allá de eso, la noción sobre la existencia más allá de la muerte — y sus misterios — parecen enlazarse con una epopeya existencialista tan profunda como válida. Todo eso termina con Memnoch, una fábula dogmática sin pies ni cabeza que avanza a trompicones entre una lección teológica incompleta y un combinación de reverencia y fe carente de sustancia. Quizás por eso, más de un crítico literario apuntó que el final de la novela (que muestra a Lestat destrozado moral y espiritualmente, deambulando por una Nueva Orleans de pesadilla) sea el final más conveniente para una serie de planteamientos sin sentido que Rice no logra cristalizar. Incluso desde su vacuidad argumental, la novela sirve de despedida para una etapa de la autora y quizás de la mayoría de sus personajes. Una conclusión filosófica exagerada y dramática, pero conclusión al fin.

No obstante, la autora volvió a la carga con una serie de novelas individuales de vampiros que poco o nada tenían que ver con los brillantes planteamientos de “Entrevista con el vampiro” y su inmediata continuación “Lestat, el Vampiro”. Con sus historias de vampiros convertidos en una excusa para continuar escribiendo sobre lo natural sin la misma visión profunda sobre el tema, las novelas navegan en medio de las incongruencias y falta de sustancia argumental. Poco a poco, los relatos intentan reproducir más que las historias de los inmortales que las narran — en voces idénticas y decepcionantes — la enmarañadas política interna de los vampiros. Para esta última fase de las “Crónicas Vampíricas”, Rice construyó una mitología tan terriblemente elaborada que requiere una segunda lectura de las obras que le preceden para comprenderse. Y no se trata sólo que en conjunto, la supuesta línea que vincula todas las historias en un argumento global termina por desdibujarse en cientos de tropiezos narrativos, sino que además Rice se niega a construir una visión renovada que pueda resumirlas a todas y avanzar un paso más en la noción sobre lo que sus historias desean expresar. Los hilos narrativos, se desdibujan y al final el lector se encuentra con una colección de fragmentos sin mucha coherencia que intentan unirse para crear una única voz, sin lograrlo.
El “Príncipe Lestat” es quizás el libro al que más le afecta esa revisión sobre revisión sin mayor orden ni profundidad. Su lectura requiere una tonelada de material complementario incluso para ser comprensible. Y la autora lo sabe: la historia incluye un largo y detallado resumen introductorio de la historia de los vampiros de Rice (llamado de manera muy pomposa “Génesis de Sangre”) sino además un glosario sobre la terminología que Rice usa en el libro y que puede resultar ininteligible para el nuevo lector. Como si eso no fuera suficiente, el libro además se toma varias páginas para incluir una lista de personajes y una guía formal de los volúmenes anteriores. Como si la escritora supiera que su libro es incapaz de ser comprendido por sus cualidades, se ocupa de dejar muy claro que se trata de una novela que regresa al origen y que necesita la paciencia del lector cómplice para ser no sólo leída sino incluso, asumida como parte de un Universo mayor.

Por supuesto, el experimento resultó fallido. La novela se desgrana en docenas de historias que comprometen la estructura central de la historia y ralentizan la acción tanto como para hacerla insoportable. El impulso narrativo se pierde bien pronto y el único tema sobre el que parece meditar — la grandeza de Lestat, la belleza de Lestat, su lugar imprescindible en el mundo vampiro — cae en una serie de lugares comunes incongruentes que no logran cimentar ese anuncio de un nuevo impulso para la Saga. La novela pende constantemente de un hilo y por último, cae en un estrepitoso final sin mayor interés, que decepciona y entristece al lector consecuente por partes iguales.

La caída del muro del miedo y otras tragedias contemporáneas:
En nuestra época, hay muy pocas cosas que realmente produzcan miedo. Se trata de una generación que creció frente a una pantalla de televisión o de computadora, acostumbrada a todo tipo de estímulos límite desde la niñez- De manera que el horror debe reinventarse para capturar la imaginación sobreestimulada de espectadores para quienes el miedo es un conjunto de estímulos antes que una idea de la cual procede algo más grande. Anne Rice lo supo pronto, incluso antes de la llegada de las Redes sociales en su máximo apogeo y la destrucción de esa noción de lo terrorífico como parte de una meditada noción sobre la vulnerabilidad del hombre. Y de allí el éxito de sus novelas: Rice medito por mucho tiempo sobre la muerte y lo desconocido desde un punto de vista más cercano al dolor espiritual que al terror en estado puro, una diferencia que logró captar a los cínicos, desencantados y a sobre todo, a los descreídos. Rice escribió para una generación atea, obsesionada con sus propios límites y en búsqueda de la última frontera moral.
Hay algo de esa búsqueda espiritual incompleta en “El Príncipe Lestat” pero está tan mal construida que resulta insuficiente. De la misma manera que lo fue para las maniqueas reflexiones de Marius Romano — uno de los vampiros más antiguos en la mitología Rice — en la olvidable novela “Sangre y Oro” o en los análisis parcos y poco brillantes de Armand en la novela que lleva su nombre. Cada historia de vampiros por separados no parece sostenerse de manera independiente y no lo hace justamente porque la autora prescinde de la reflexión cínica y nihilista por algo más edulcorado y previsible. Hay pequeñas pinceladas de lo que Rice fue, con su romanticismo añejo, el encanto retro y sus vampiros meditando en voz alta sobre sus glorias pasadas. Pero todo su esfuerzo se derrumba en el momento en que la novela se hace un ciclo de pequeños dolores de dudosa sinceridad. Lestat es el núcleo de toda la percepción sobre la vida y la muerte y sus congéneres gravitan a su alrededor como pequeños satélites sin importancia. Es entonces cuando la narración completa se viene abajo: ¿Donde quedó este universo fragmentado y brillante donde cada personaje parecía disfrutar de un momento de apoteosis? ¿Qué ocurre con la mitología cuidadosa que la escritora creó para sostenerlo? Poco a poco, la novela destruye lo que la autora forjó con tanto cuidado por casi cuarenta años hasta un final ambiguo que termina por sepultarlo en el tópico ocasional.

Y todo este apocalipsis ocurre en una época muy poco propicia: los vampiros son bastante escasos en la ficción de horror y su más reciente encarnación es un fenómeno pop sin demasiadas pretensiones. Para la nueva generación de lectores del género, los vampiros entran en toda una nueva percepción sobre e el llamado “romance paranormal”, en el que los seres sobrenaturales retozan a sus propios ritmos y con una sensualidad de hormonas muy humanas en medio de historias insustanciales o directamente absurdas. Tal vez por ello, se echa tanto en falta esa Anne Rice de sus primeros años, con sus brillantes escenas dieciochescas plagadas de subtrama y aderezadas con un humor profano e inteligente. O esa visión de la muerte sublimada como el último mal y el último misterio. Los vampiros de Rice fueron por mucho tiempo el límite entre lo hermoso y lo poderoso en un género tardío que terminó por derrumbarse. De manera que esta simplificación, esta redimensión a lo obvio resulta tanto lamentable como muy poco oportuna.

Tal vez lo más intrigante sobre esta caída del viejo mito de la escritora, es que los vampiros de Rice son sin duda el reflejo de la vejez de su autora, que octogenaria y de salud frágil. Sus personajes avanzan entre una cierta nostalgia por sí mismos y algo más amargo, una supra conciencia sobre el hecho que de alguna forma incontestable, están perdiendo la batalla contra el tiempo. Resulta trágico y conmovedor la manera como Rice describe lo obsesionados, preocupados y embelesados que sus criaturas se encuentran con la era digital. La escasísima población sobreviviente a incontables desgracias sobrenaturales, llevan iPhones, música en cd y miran los aconteceres del mundo humano en sus enormes televisores de pantalla plana. Pero hay algo artificial en todo este asombro por lo tecnológico, como si los vampiros no tuvieran otro remedio que mostrarse asombrados por la época de brillantes colores en que transitan. Y esa torpeza, ese dolor casi atávico, lo que muestra mejor que cualquier otra cosa la manera como Rice se desliza a una senectut precaria a la que condena también a sus novelas.

Saltó el tiburón de dientes muy afilados:
Según la inefable Wikipedia la frase jumping the shark (traducida al castellano como saltar sobre el tiburón) “es un coloquialismo empleado generalmente por los críticos de televisión estadounidense para definir el instante en el que ocurre un evento extraordinario (e inesperado) en la línea argumental de un guion de una serie de televisión y el cual es considerado como demasiado exagerado, produciendo una pérdida de credibilidad en la coherencia de la historia (…) Cuando una serie de televisión ha llegado a su momento álgido de interés por parte del público, al entrar en descenso de audiencia, los jumping the shark se hacen más necesarios.”

El concepto parece definir mejor que cualquier otro la última etapa de lo que parece ser la definitiva caída del mito Rice: El miércoles de esta semana la autora reveló en su FanPage de Facebook y también en su página web que las “Crónicas Vampíricas” tendrían un nuevo volumen titulado “El Príncipe Lestat y los Reinos de la Atlántida” a publicarse el 29 de noviembre de este año. Como si se tratara de una provocación obvia, la escritura no sólo difundió el título del libro sino que además, publicó lo que sería su primer capítulo: De nuevo Lestat parece intentar combatir el tedio existencial de la eternidad, en esta ocasión convirtiéndose en un aventurero de ocasión para descubrir uno de los mayores enigmas de la humanidad. Y lo hace en compañía de Amel, el espíritu origen de todos los vampiros que ahora posee a Lestat en una especie de convivencia parasitaria. En el fragmento publicado puede leerse a Lestat, sin el menor cambio luego de trescientos años de existencia, conversando con su espíritu/consorte sobre lo que les espera más allá del enigma. Lo hace además, con un tono trágico de obra shakesperiana que convierte en corto diálogo en un reflejo de esta último intento desesperado de la autora por recuperar el poder de seducción de su mundo de seres sobrenaturales sin lograrlo.

En 1976 Anne Rice hizo lo que parecía imposible: revitalizar desde el origen un género de capa caída. Sus vampiros falibles, aprensivos, obligados a explorar su propia ética y abrumados por la culpa y el dolor, crearon una nueva visión sobre el monstruo clásico que revolucionó el concepto absoluto que se tenía sobre ellos. La novela no sólo logró cautivar a los escépticos sobre el terror literario sino que creó una legión de fans incondicionales que brindaron un decisivo impulso al género. Treinta libros más tardes, con una mitología abundante y malgastada, Rice destroza no sólo ese legado que abrió las puertas al vampiro al siglo XXI sino también, esa noción simple sobre el monstruo como parte del hombre y sobre todo, deudor de sus dolores y achaques. Un final lamentable para un extenso mundo poblado de criaturas fascinantes que sin duda, están en peligro. El amanecer — quizás la última página de una saga fallida — está cerca y es hora de retirarse a la sombra. O quizás debió serlo, hace ya varios años atrás.

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