jueves, 30 de junio de 2016

El preciso equilibrio del miedo: ¿Por qué falla “The Conjuring 2” a pesar de su estupenda primera parte?





Para el momento de su estreno en el año 2013, la película “El Conjuro” fue un éxito de crítica y de taquilla, una rara combinación para una película de terror. El buen hacer de su director — un inspirado James Wan, conocido por por la extraña “Insidious” y sus secuelas — creó un tipo de terror que sin mostrar nada original, sorprendió a los espectadores de todo el mundo. No sólo usó una combinación de elementos tradicionales del género — una puesta en escena claustrofóbica y oscura, juegos de cámara largos y sorpresivos, una banda sonora con largos silencios y notas estridentes — sino además, lo hizo con una elegancia formal indiscutible. Porque “El Conjuro” era una buena película de terror, pero también un ejercicio estilístico con buen pulso. Una obra elegante, comedida, de tomas simétricas y una serie de escenas tan terroríficas como hermosas. Puede parecer una contradicción, pero Wan logró lo imposible: combinar el buen arte cinematográfico con una clásica película de serie B de espantos y sobresaltos. El resultado sorprendió a propios y extraños.

Wan, que venía de dirigir una serie de películas menores y aprender en el trayecto el manejo de efectos y trucos de cámara básicos, demostró en “El Conjuro” que era un alumno aplicado. Construyó una puesta en escena llena de detalles terroríficos — esa habitación repleta de objetos malditos o las pequeñas anécdotas de los Warren incluídas en distintas partes del guión — y la aderezó con trucos simples como subidas de sonido y cambios de luz en mitad de las escenas. Pero lo hizo con tanta efectividad que jamás tuvo altibajos en la historia o saturó a la audiencia con el terror visual y argumental. Había algo malsano y agresivo en la atmósfera del “El Conjuro”, aunque nadie podría decir con exactitud qué era o en qué consistía su capacidad para producir tanto miedo. Y de allí su triunfo.

Tal vez por ese motivo, había expectativas muy altas con respecto a lo que Wan podría mostrar en la secuela de la película, llamada sin mayores aspavientos “El Conjuro 2”. Resultó que más que una continuación de la trama, la película es otro capítulo independiente de los llamados “expedientes Warren”, que puede ser vista y comprendida de manera independiente a su predecesora. Wan repite con el mismo equipo de guionistas — Chad y Carey Hays, David Leslie — y además agrega algo de su propia pluma. El resultado es una historia que guarda quizás excesivas semejanzas con la primera película pero que aún así conserva cierta autonomía. O es lo que Wan intenta desde su privilegiada mirada desde la silla del director.
Pero no lo logra y tal vez motivo, “The Conjuring 2” resultó una enorme decepción. Porque a pesar que conserva todos los inteligentes elementos que brindaron su éxito a su predecesora, en esta oportunidad James Wan pierde el pulso y construye una historia que se tambalea entre un ombliguismo agotador y un mal manejo de recursos frustrante y que por momentos, sabotea la continuidad de un narración bien construida. El film falla en su excesiva semejanza con la anterior obra de Wan: el paralelismo abarca desde la introducción — que por otra parte resulta innecesaria a pesar de su indudable solidez — hasta el desarrollo del caso. De nuevo nos encontramos con una familia numerosa acosada por una entidad violenta con la que debe lidiar sin otro recurso que “el amor familiar”. Un tópico flojo que esta oportunidad se desarrolla a medias y sin real solidez.

Claro está, “El Conjuro 2” no busca ser original. De hecho, desde la primera secuencia deja muy claro que será una experiencia muy semejante a la película que la precedió y lo hace con una espléndida escena introductoria que por sí sola, funciona como un pequeño corto terrorífico. Wan deslumbra de nuevo con una mirada lenta y meticulosa sobre eventos inquietantes, guardando una cierta distancia académica que convierte al espectador en un observador subjetivo. Más que contemplar lo que ocurre a la conveniente distancia de la pantalla, la sucesión de escenas aprensivas nos llevan junto a los personajes. Se trata de un golpe de efecto tan efectivo que sostiene estos casi quince minutos donde Lorraine Warren (interpretada de nuevo por la maravillosa Vera Farmiga, que no decepciona) recorre paso a paso un nuevo caso. La atmósfera se hace todo miedo — desde la iluminación lateral y esas largas sombras que se deslizan por las paredes — hasta los alaridos de puro horror de la médium, aterrorizada por lo que acaba de vislumbrar.
A partir de allí, la película transcurre en dos escenarios distintos. Mientras los Warren luchan en su propio frente con una entidad desconocida que los acosa por motivos poco claros, también conocemos a la familia Enfield, tan numerosa como los Perron — protagonistas de la película original — pero mucho menos idílica. Los Hodgson ofrecen el retrato de la clase media más humilde de la Inglaterra en plena década de los ’60 y Wan nos las presenta con un tour de force que no pierde una sola característica de los cuatro hijos y la madre soltera. El director mira con sensibilidad a cada personaje: luego de la rápida escena de presentación, ya los hijos Hodgson y su Peggy su madre nos interesan y más allá de eso, respiran. Todo un prodigio de buen hacer cinematográfico.

Sin duda, Wan se toma demasiado en serio la necesidad de contar las subtramas paralelas y olvida la historia que intenta unirlas: el despliegue técnico resulta agotador y llegado a cierto punto, la historia reciente el meticuloso análisis de ambos escenarios. Y es que nada parece unir a los sucesos terroríficos que le ocurren a los Hodgson y la pérdida de la fe que padecen los Warren. Ambas tramas no se complementan sino transcurren como una visión única sobre sucesos distintos. Eso a pesar que en esta ocasión, el previsible aumento de presupuesto hace que la ambientación y la puesta en escena sean de una minuciosidad que se agradece: tanto como la historia en EEUU como en Inglaterra, tienen vida y sustancia propia y quizás por ese motivo, resulte tan complicado para el guión mezclarlas a ambas en un arco argumental coherente. La película avanza a trompicones, con bajones argumentales que desconciertan y que en ocasiones, sabotean por completo la consistencia del relato. El espectador no sabe hacia dónde mirar o que analizar primero: si la extraña presencia que acosa a Lorraine Warren o los sucesos cada vez más violentos y horripilantes en la casa Hodgson. Y entre ambas circunstancias, se abre una larguísima diatriba sobre el bien y el mal, aderezada con una que otra referencia directa a la religión que sabotean la mirada dura sobre lo sobrenatural que Wan consigue en las primeras escenas.

Debido a todo lo anterior, la película tarda sus buenos cuarenta minutos en reunir las piezas que desarrolla y que sostienen el guión. Para entonces, la narración comienza a decaer por el exceso de sobresaltos y trucos en apariencia escalofriantes. Lo más preocupante es que a medida que la película se hace más densa y sobre todo terrorífica — o en todo caso, intenta serlo — se tropieza con su propia autorreferencia. Es entonces cuando Wan falla en lograr una personalidad única para el film y lo convierte en una copia más o menos reconocible del anterior. En realidad, no hay nada que produzca verdadero miedo en una película que avanza con pie de plomo y se detiene quizás con excesivo mimo en secuencias extraordinarias pero que deslucen el conjunto en general. En otras palabras, la sustancia de la película — exagerada hasta el límite de la coherencia — parece derrumbarse en una serie de golpes de efectos eficientes pero que en ocasiones, carecen de completa solidez.

En un intento de unir las piezas sueltas, el guión llega a una conclusión apresurada, en exceso romántica y sin duda, insustancial. Sorprende como Wan remata su obra con un puñado de diálogos tópicos y la cierra con quizás la escena menos comprensible, luego de recorrer un largo camino de tensión y una meditada atmósfera malsana. De nuevo, el paralelismo con “El Conjuro” resulta inevitable: De nuevo cielos brillantes, rostros esperanzados y pequeños sermones espirituales. ¿Wan hace uso de un maniqueísmo excesivo para plantear la lucha del bien y el mal? Sin duda.

Mención aparte merece el reparto: Desde la estupenda Vera Farmiga, el carismático Patrick Wilson — convertido a estas alturas en actor fetiche del director — hasta la pequeña Madison Wolfe— a quien recordamos de la primera temporada de “True detective” — ofrecen actuaciones impecables y conmovedoras. Sobre todo la pequeña Madison, quien asume su rol doble como niña aterrorizada y objeto de las posesiones con una firmeza que sorprende por momentos. Inolvidable su mirada vidriosa y espantada hacia lo invisible que la acecha desde un rincón de su salón favorito. El debutante elenco infantil tiene una enorme química y quizás es este grupo coral de actores equilibrado y bien dirigido, lo que sostienen a flote una historia que por momento en ocasiones, directamente aburrida.

En Hollywood las secuelas siempre deben superar a la película de las que son deudoras. Eso hace que siempre sean más grandes, espectaculares y ruidosas que el producto original. En este caso, quizás esa ambición sin mucha coherencia sabotea “The Conjuring 2”, tanto como para convertirla en una película del montón, sin otro aliciente que un puñado de escenas de tensión impecable y de nuevo, una preciosa puesta en escena.

Con todo, recomiendo a cualquier amante del terror esta nueva interesante aunque irregular pieza de James Wan, un escalón por debajo de su predecesora pero con unos cuantos momentos rescatables. Ahora bien, si el miedo no es lo tuyo…quizás “The Conjuring 2” tampoco sea tu película.

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