jueves, 21 de abril de 2016

Crónicas de la ciudadana preocupada: Tres escenas para comprender a Venezuela.





Despierto en medio de la noche y me lleva algunos segundos comprender por qué lo hice. Tendría que repetirse la ráfaga de disparos para que recordara el breve sobresalto que me empujó de un sueño profundo al miedo. Uno blanco y confuso que me llevó esfuerzos contener. Me quedo en la cama sentada muy quieta, escuchando e intentando no caer en pánico. El sonido de disparos se repite por tercera vez.

Después me enteraré que se trata de un ajustes de cuentas en el barrio Cota 905, que se encuentra unas tres cuadras del edificio donde vivo. Sabré que murieron dos supuestos asaltantes, también un padre de familia y un policía resultó herido. Que cuando desperté, hacía casi dos horas que el tiroteo había comenzado. Pero en ese momento, sólo sé del miedo. De la sensación que todo ocurre demasiado rápido, en pequeños fragmentos de escenas que no logro entender con demasiada claridad. Sin aliento, me arrojo de la cama y me quedo pegada la pared, escuchando a la oscuridad que se sacude por la violencia. Esa sucesión casi maligna de violencia que me lleva esfuerzos asumir es real.

Otra nueva ráfaga. Uno de mis vecinos deja escapar un chillido y tengo la sensación que fui yo quien que gritó, aunque no lo hice. De pronto, la noche se llena de voces y exclamaciones en voz alta. Me pregunto si todos despertamos al mismo tiempo o sólo ahora, nos atrevemos a expresar el terror en voz alta. Cualquiera de las alternativas me aterroriza y me entristece. Luego, silencio otra vez.

Transcurren algunos minutos sin que se escuche otra cosa que mi respiración. La tensión parece aumentar, mezclada con el calor de este verano interminable y el pánico que me aprieta el pecho, que me deja aplastada contra la pared como si fuera incapaz de hacer otra cosa que esperar. De pronto, me pregunto que ocurrirá a continuación. Que significa ese mutismo súbito, luego del estruendo de balas y gritos. Soy una ciudadana común: hasta hace menos de cinco años me resultaba impensable tener que asumir la violencia como parte de mi vida, protegerme de ella como inevitable. Todavía no logro encontrar la manera de asumir que lo cotidiano en mi país este paisaje destrozado por la amenaza, en esta agresión perpetúa que parece provenir de todas partes.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que me levanto del suelo. Tengo los brazos y piernas agarrotados y la espalda dolorida de la tensión. Me acerco a la ventana — una vocecita en mi mente me grita que no debería hacerlo — y miro hacia la calle. La Avenida que cruza en línea perpendicular hacia la cercana autopista está vacía, bañada por un rocío gris fruto de la sequía que sufre el país. El alumbrado público parpadea y tengo la insólita sensación que toda la escena es irreal, con su silencio a fragmentos y una engañosa calma plomiza. Nada parece sugerir lo que acaba de suceder, como si el sonido de las balas fuera fruto de mi imaginación o simplemente una pesadilla.

Pero no lo es, por supuesto. A la mañana siguiente atravieso la calle a pie hacia la panadería al final de la Avenida y me tropiezo con los restos de lo ocurrido: hay señales de balas en el metal de los postes de la calle. Una papelera llena de agujeros, vidrios amontonados en el desnivel del pavimento de la calle. Me detengo para mirar con un asombro casi infantil, como si mi cerebro fuera incapaz de procesar bien el hecho que vivo tan cerca de la violencia real — la cotidiana — que llena de cicatrices mi ciudad.
Cuando era pequeña, me gustaban las películas de acción. Me sentaba junto a mi abuelo, mis tíos y primos para disfrutar de los célebres Spaghetti Western de Sergio Leone, encantada por toda la emoción ingenua de las batallas en pleno desierto. El sonido de las balas era un estallido ciego: se escuchaba como un eco en la planicie radiante de sol y luego alguien caía al suelo, con el pecho lleno de sangre. Pero la niña que era yo, sabía que sólo era ficción. Que se trataba de un melodrama divertido y un poco burdo que me hacía reír y bromear.

Pero esto es otra cosa, me digo con la garganta cerrada por las lágrimas y la respiración convertida en un hilo asustado. Es algo tan crudo que me hace retroceder y tropezar, alejarme de allí con paso torpe. Esto es la amenaza real, de morir — o ser asesinada, más bien — por un tipo de violencia que por años me pareció impensable, por completo inimaginable. Por una idea sobrecogedora que se extiende no sólo a lo que considero cotidiano — y ya no lo es — sino a algo mucho más amplio. Al hecho concreto que la ciudad donde nací y crecí debe enfrentarse a un tipo de amenaza difícil de comprender. Que cada ciudadano es una víctima en potencia. Que tiene una bala con su nombre esperando en alguna calle o esquina.

Dicho de esa manera, suena exagerado y dramático. Pero no lo es y hace mucho tiempo ya, que soy incapaz de pensar en Caracas de otra manera que como una amenaza. Lo pienso mientras compro pan caliente — y agradezco poder hacerlo — frente a un mostrador vacío. Me lastima mientras escucho los comentarios entre susurros de los grupos de vecinos que se apiñan en las mesas. Todos hablan de lo ocurrido: de la sensación de despertar a medianoche por el sonido de las balas, del terror del paisaje cotidiano convertido en campo de batalla. Como en una guerra que no ha ocurrido aún, sobrevivientes a un conflicto incomprensible y cada vez más duro.

— Y después escuché gritos y alguien que pedía auxilio — cuenta una anciana a unos metros de donde me encuentro con expresión preocupada — lo escuché como por dos horas. Al final no supe que pasó, si es que lo ayudaron…

Hay un suspiro general, un terror colectivo que se extiende como una suave oleada. Cuando me detengo junto al grupo, un hombre de rostro cansado cuenta cómo su hija, apenas una niña, no dejó de llorar por horas incluso cuando todo quedó en silencio.

— ¿Cómo la calmas? ¿Cómo le dices que no le va a pasar nada? ¿Cómo le explicas que eso es allá afuera si tu mismo no sabes que coño pasa? — se queja — uno sólo reza para que la cosa no sea peor. Para que una bala perdida no entre a tu casa y lleve la desgracia.

Echo a caminar para alejarme de lo que cuenta, de mi propia noche de pesadilla, de mi terror que tampoco puedo calmar. Y pienso con esa sencillez la angustia, que los Venezolanos aún somos muy infantiles para comprender nuestras angustias. Este paisaje fragmentado de la vida y lo que somos que enfrentamos todos los días.

***

Cada cuatro días, una enorme fila de compradores se extiende por casi un kilómetro frente al Supermercado a seis cuadras de mi casa. El local solía ser parte de una cadena privada, pero fue la red entera de establecimientos fue expropiada hace casi un año y ahora forma parte del programa sociales del Chavismo. De manera que en cada ocasión que el Gobierno lleva a cabo jornadas para la distribución de alimentos, la avenida y calle circundante se convierte en un hervidero de compradores preocupados, aguardando por horas para adquirir alimentos regulados.

En esta ocasión, se vende aceite y Harina precocida con la que se prepara la tradicional Arepa, plato típico de mi país. Una multitud de clientes se apiña contra las rejas del patio de cemento que los separa de la puerta aún cerrada del establecimiento. Cuando cruzo por la calle, escucho a un hombre gritar mientras sacude con fuerza los barrotes de metal.

— ¿Cuando van a abrir esta mierda? ¡Tenemos desde la madrugada esperando! ¡No abusen de los pendejos!

Me detengo en la calle para mirar. El tumulto es una masa uniforme de brazos alzados y cabezas que se sacuden, empujando y tratando de avanzar hacia el interior del local. Un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana vigila y se limita a mirar con cierto aire indiferente. Una pareja más de Uniformados espera más adentro. Ninguno parece preocupado por la agitación en el exterior, por la impaciencia amarga y furiosa de los que esperan.

— ¡Desde las seis estoy aquí y nada que avanza la cola! — exclama una mujer con el rostro enrojecido de furia — ¡No sé que coño esperan!

Nadie lo sabe en realidad o eso supongo cuando la larga fila se deforma y se vuelve un semi circulo de voces y exclamaciones cada vez más violenta. Alguien me empuja y me hace retroceder aunque me encuentro a varios metros e incluso no he avanzado ni paso hacia la fila.

— ¡Ni te atrevas a colearte pendeja! — me grita la mujer que me empujó. Tendrá mi edad, quizás un poco menos y lleva un niño en los brazos, que se chupa el dedo con tranquilidad mientras su madre se mueve de un lado a otro — ¡Vete pa’ allá atrás!

Me apresuro avanzar a algunos pasos y me alejo todo lo que puedo de la multitud. Ahora la agitación aumenta, se hace cada vez más peligrosa. Tengo la sensación que la improvisación y la insatisfacción están a punto de estallar en un tumulto violento. De manera que sigo caminando, con los hombros rígidos y la cabeza inclinada hasta que apenas puedo escuchar los gritos. Me detengo finalmente en una parada de transporte público. Un grupo mira hacia la esquina donde el grupo se hace cada vez más voluminoso con expresiones de preocupación e incluso miedo.

— Yo no sé que irá a pasar en este país — dice una mujer joven que lleva un morral colgado al hombro — ya la gente no se aguanta más tener que pasar tanto trabajo para comprar comida.

— Lo aguanta y lo seguirán aguantando — le responde un muchacho con las mejillas rojas cubiertas de acné. Sacude la cabeza, mira a la multitud unos cientos de metros más allá — Ya nos acostumbramos a la mierda y ni notamos cuando pasó.

La frase me sacude, me deja un sabor amarguisimo en la boca. Pero sobre todo, me produce miedo. Uno atroz, impensable, doloroso por ser cotidiano. Entonces recuerdo a mi vecina, que hasta menos de seis meses me aseguró jamás haría una fila para comprar comida, de pie y en silencio junto a grupo de compradores tan cansados y entristecidos como ella, frente camión que vende a mitad de precio la verdura. Recuerdo a mi amiga que tuvo que comprar por quince veces su valor una medicina que no logró encontrar en ninguna Farmacia comercial. A mi colega que admitió pagaba a un revendedor de productos básicos para evitarse la habitual cola. A la mujer que vi llorar sentada en la calle frente a un establecimiento vacío, porque no había nada para comprar. Al hombre en Twitter, que suplicaba por una medicina sin que nadie pudiera ayudarle. Y de pronto, tengo la sensación nítida que nos encontramos en medio de la debacle, de una tragedia a etapas, de una larga agonía que no conduce a ninguna parte.

Cuando llega el autobús que tomaré, miro antes de subir hacia el tumulto de compradores más allá. Ahora, los tres agentes uniformados caminan por la calle, con el arma de reglamento en alto y gritando alguna cosa que no puedo entender a la distancia. La multitud se repliega como una ola, retrocede y vuelve a formarse en cola. Y es esa resignación pálida, ese lento terror lo que conmueve más que cualquier otra cosa.

***
En la plaza frente al edificio donde vivo, un grupo de militantes del oficialismo levanta una tarima para celebrar — o conmemorar, según el cristal con que se mire — los hechos del 13 de Abril del 2002. La improvisada estructura no sólo obstruye el tráfico sino que además, limita la circulación de vehículos alrededor en la Avenida. ¿El resultado? La zona se encuentra aislada por una celebración política y minoritaria donde la mayoría de los vecinos no participa de manera directa. Cuando salgo a la calle, encuentro a la mayoría reunidos en pequeños grupos, desconcertados por la parafernalia de la celebración partidista: en menos de una hora, la tranquila plaza se llena de poster de viejas campañas electorales, sillas de plásticos y mesas repletas de bebidas. Un centenar de militantes del Partido Socialista de Venezuela, trajeados de rojo de los pies a la cabeza, desbordan la calle. Sobre la tarima un animador llama “a la rebelión popular”.

Frustrada y tratando de entender por qué los vecinos debemos soportar la improvisada escena, me acerco al lugar para observar. Un anillo de Guardias Nacionales Uniformados custodia la zona, lo cual no me sorprende: según una legislación vigente, la zona es considerada bajo resguardo militar. Lo cual hace más desconcertante la espontánea celebración que se lleva a cabo en plena Avenida. Quizás por ese motivo o sólo por simple curiosidad, decido tomar unas cuantas fotografías con una cámara pequeña. La tomo y camino en redondo hacia la tarima, donde un hombre grita el nombre de Hugo Chávez frías con machona insistencia.

Nadie me mira cuando me acerco. Hay un ambiente festivo y caliente, lleno del olor de bebidas alcohólicas y un puesto para freír en una esquina. Lo miro todo, un poco desconcertada que la improvisada escena no signifique nada para mí. Como si no perteneciera al país que esta multitud carmesí celebra y reconoce. Una extraña en mi propio suelo, una extranjera del gentilicio con el que nací. Es una idea extraña y triste, que me duele más de lo que puedo admitir.

Levanto la cámara con un gesto simple. Y quizás no disimulé lo suficiente, no me escondí como se supone debí hacerlo en un país donde el miedo impera y la censura está en todas partes. De inmediato se acerca a donde me encuentro uno de los uniformados, se abre paso entre la multitud que me dedica miradas sorprendidas e irritadas. Y me quedo allí, sin saber que hacer o a quien acudir, cuando el militar se planta al frente y extiende la mano con un gesto firme casi violento.

— ¡Deme esa mierda para acá!
Reacciono casi por instinto. Retrocedo y sostengo la cámara contra el pecho en un intento de protegerla. El militar se inclina hacia donde me encuentro y de pronto, soy muy consciente de la amenaza, de la multitud que me observa y se burla, de la situación peligrosa en la que me encuentro en un país donde la justicia es un arma ideológica.

— ¡No tiene derecho a utilizar esa vaina aquí! — grita el militar y avanza otra vez. Escondo la cámara, doy un paso atrás y casi con inocencia me pregunto si me golpeará, si la situación se volverá incontrolable. Si esa amenaza que palpita y desborda cada calle y ciudad está a punto de desbordarse a mi alrededor. Me quedo de pie, asustada y humillada, mirando el arma de reglamento que el militar descansa sobre el muslo, sintiendo con una nitidez abrumadora que el país es una cárcel donde soy prisionera sin saberlo.

Porque no tengo derecho. No sólo a fotografiar, sino tampoco a quejarme, lamentar la pérdida de la tranquilidad y la libertad ciudadana. Un país donde no tengo derecho a levantar la voz, a enfrentarme a un funcionario que debería protegerme pero cuya única intención parece ser recordarme que como civil, me encuentro bajo la bota de un Estado militar. No tengo derecho a la replica, a reclamar los espacios públicos, a disfrutar de la libertad de expresarme, de oponerme a las ideas que una ideología retorcida y violenta intenta imponer.

El militar grita de nuevo, me ordena me vaya. Y lo hago con el dolor del abuso de poder a cuestas, horrorizada por el alivio que me llena cuando abandono la plaza y nadie me sigue. Corro hacia la calle, con los ojos llenos de lágrimas. Siento las miradas de mis vecinos rodearme, tan cercanos y tan parte de esta tragedia. Pero nadie se acerca. Agradezco que lo hagan. Que nadie quiera limpiar las heridas abiertas. Esas cicatrices que todos llevamos ocultas. La de un país convertido en un acto de obediencia.

A veces pienso que Venezuela dejó de existir. Es una idea persistente, que llevo a todas parte, que me agobia en tantas ocasiones que con lentitud se está convirtiendo en un padecimiento cotidiano. Porque con la pérdida de mis derechos, el país se desploma, se desdibuja en un paisaje quebradizo que no reconozco. Que no es otra cosa que una mirada a ese sufrimiento silencioso que cada Venezolano soporta como una nueva forma de gentilicio.

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