sábado, 23 de abril de 2016

La danza de fuego y otras historias de brujería.




Mi abuela - la sabia, la bruja - no se disgustaba con frecuencia. Tal vez se debía a su carácter abierto y franco o al hecho, que estaba convencida que la risa era un don de inestimable valor. Cual fuera el caso, siempre procuraba mantener una sonrisa, esa actitud suya cálida que todos apreciabamos tanto. De manera que cuando se enfurecía de verdad, había que andarse con cuidado. Intentar no alimentar aún más la llama enorme y silenciosa de su furia.

Pensé en eso mientras la veía pasearse de un lado a otro en su biblioteca desordenada. Tenía los hombros rígidos, las manos apretadas en puño y la cabeza levemente inclinada. Y estaba enfurecida, tanto como podía estarlo alguien con su espíritu audaz y descomplicado. El motivo del disgusto era por supuesto, mi comportamiento.

- Explícame de nuevo por qué hiciste eso - dijo en voz alta y firme. Se detuvo y me dedicó una mirada dura - ¿Por qué armaste semejante alboroto en la escuela?

Suspiré. Ni yo misma lo sabía. Había pasado buena parte de la mañana de castigo en la dirección del colegio de monjas Bigotonas donde estudiaba tratando de entender como me había metido en semejante lío. Y lo único que había sacado en claro, era que había sido un acto de cobardía y también, de rebeldía. Como si ambas ideas pudieran existir bajo una misma visión de las cosas a pesar de contradecirse entre sí. Me pregunté si mi abuela lo entendería, porque ni yo misma podía hacerlo.

- Esas niñas siempre me atacan, se burlan de mí, insisten en... - tragué saliva - me llaman "la loca de las escobas". Creen que algo va mal conmigo por ya sabes...llamarme bruja. ¡Ya sabes que me arrojaron al pozo de nenúfares! ¡Tu misma enviaste una nota de queja a la Directora! Entonces...
- Entonces decidiste que era una buena idea destruir sus cosas y asustarlas para dejarlos claro que estaban equivocadas en como se comportaban ¿no?

Tragué aire. La culpabilidad me coloreó el rostro y me hizo sentir mezquina y hasta un poco ridícula. Mi abuela se quedó muy quieta, contemplandome con tristeza.

- Cada acto de violencia engendra violencia. No hay un sólo motivo para que respondas con cólera la cólera.
- ¡Pero las brujas deben defenderse! - tercié - ¡Una bruja jamás...!
- Una bruja jamás alimenta el odio porque es la manera más simple de perder el camino a la sabiduría - me interrumpió - Una bruja es una mujer que sabe que crear es una manera de construir mundos...y que el odio, justamente es la manera más inmediata de destruirlos.

Todo había empezado cuando Gloria, la niña más popular del salón, había decidido que era muy divertido empujarme al suelo del patio del recreo y tratar de arrojarme al charco de nenúfares que bordeaba la escultura de la Virgen María. Ocurría al menos un par de veces al día y al parecer, Gloria estaba bastante decidida a que en alguna oportunidad, terminara flotando en el agua sucia de olor apestoso que llenaba el pequeño estanque. Se trataba de un juego tramposo e insistente en el que tenía todas las de ganar: era casi inevitable pasar junto al dichoso estanque, que se encontraba justo junto al pasillo que nos llevaba al salón y además, era el lugar más venerado de la Escuela. Poco importara que tomara el hábito de pasar a la carrera, de cubrirme la cabeza para evitar notaran que era yo. Que gritara de furia cada vez que Gloria huía entre risas, rodeada de su grupo de amiguitas risueñas. El hecho era que estaba bastante decidida a cumplir lo que parecía una vieja tradición en el colegio y que consistía en esencia en arrojar a la chica desprevenida de turno a las profundidades de aquel pozo pestilente. Era una especie de costumbre que todos asumían necesaria o algo parecido, por los que mis quejas caían en saco roto. Lo hacia además, con toda la impunidad que le brindaba el hecho de ser la chica más querida por el salón e incluso las maestras. Nadie podía creer que ella, con su cabello rubio tan impecable y sus ojos claros de mirada casi amable, pudieran intentar algo tan mezquino como arrojar a la niña nueva al pozo de nenúfares. En ocasiones pensaba que ese era el mejor disfraz de alguien tan mezquino como Gloria: su capacidad para ocultarse en el brillo y risitas de la niña que pretendía ser.

El caso es que un día antes que me castigaran, finalmente Gloria logró su empeño: me encontraba de pie junto al estanque cuando de pronto, se me echó encima. Un espiral de cabello rubio y ojos muy abiertos que me tomó por sorpresa por su fuerza. Me encontré como flotando, mirando la superficie de agua sucia por el rabillo del ojo y pensando en que podría quizás recuperar el equilibrio, cuando la gravedad hizo el resto. Escuché el estallido del agua contra mi rostro antes de sentirlo y antes que pudiera comprender que ocurría, chapoteaba entre las hojas sedosas de los nenúfares y el olor grasoso del agua sucia.

- ¡Y "la Loca de las escobas" nada en agua de poza! - canturreó gozosa Gloria. Su grupo de amigas risueñas gritaron de júbilo y rieron a carcajadas por la ocurrencia - ¡Bienvenida a la Escuela donde la basura flota donde debe estar!

Me aferré a la orilla resbalosa de piedra pulida. Gloria dio un paso atrás y me miró desde su altura con el rostro iluminado de una alegría maliciosa.

- Te lo merecías y tu lo sabes - comentó. Miró sobre el hombro y supongo notó que alguien más venía. Una maestra, tal vez. Aún así tuvo el tiempo para sonreír disfrutando supongo del espectáculo de verme allí flotando entre agua sucia - Ve a convertir en sapos a otra gente, loca.

Echó a correr. Sentí que la ira se me volvía algo duro y ardiente en la garganta, tan pesado y doloroso que cuando una de las maestras vino en mi auxilio, pensó que me había tragado alguna roca o algo semejante y no podía hablar. Me envío a enfermería de inmediato y allí me quedé, sentada y con las piernas colgando en la camilla furiosa y angustiada, hasta que mi prima M. vino a recogerme por la tarde.

- ¿Y dejas que te hagan estas cosas? - se burló con su habitual tono petulante de quinceañera - ¡Tienes que imponerte! ¡Nadie puede hacerte esto y además, no llevarse ningún castigo!

Ni la maestra que me había rescatado ni la monja enfermera me creyeron que Gloria - ¡Nada más y nada menos que Gloria - hubiese sido capaz de arrojarme a la charca. Una y otra me miraron con sorpresa cuando les conté a regañadientes como me había empujado. La enfermera incluso, llegó a insinuar que quería "acusar" a una niña inocente y me recomendó "rezar mucho para enmendar los malos deseos". Mi prima soltó una carcajada cuando se lo conté.

- Además de humillarte, se salen con la suya. ¡Y tu se lo permites!
- Pero ¿Qué puedo hacer?
- Una bruja jamás deja que nadie la moleste. ¡Recuerda que debes ser audaz y no tenerle miedo a nada!

Me quedé pensando que yo no sabía nada sobre como ser valiente y que le tenía mucho miedo a un buen número de cosas, pero no dije nada. Continué caminando por la calle, aún sintiendo la ropa húmeda y el tufito del agua sucia que la impregnaba. Y sentí rabia, algo tan candente y primitivo que imaginé me secaba la ropa y el cabello, se hacia real entre mis manos y dedos.

- ¡No sé que hacer! - protesté - de verdad no lo sé.

Mi prima se detuvo a mitad de la calle y me dedicó una mirada maliciosa. Se inclinó y me miró a la cara.

- En la biblioteca de la abu, justo al lado de las esculturas de las Diosas hay un libro que quizás te lo puede decir. No se te olvide: eres una bruja y las brujas se defienden.

Intercambiamos una larga mirada silenciosa. Mi prima sonrió y me sorprendió que no fuera una sonrisa feliz sino de algo más acerado y denso que no pude entender. Me llevaría muchos años comprender que también se puede sonreír de pura furia.

- Así que hazlo - añadió - o esa niña seguirá lanzandote a esa poza todas las veces que le provoque.

Siguió caminando. Me quedé de pie, con el morral lleno de libros apretado contra el pecho, temblando de miedo por esa única posibilidad. Mi prima me miró por encima del hombro, ya sus buenos metros más allá.

- Y date una ducha, hueles asqueroso. Gracias a tu amiguita, claro está.

La rabia me subió al rostro como una ráfaga carmesí. Y pensé que era haría cualquier - en literal, cualquier cosa - por vengarme de Gloria.

***

El libro del que me había hablado mi prima se encontraba justo en el lugar que me había indicado. Y para mis sorpresa, no se trataba de un tratado de Ciencias Oscuras y misteriosas - como había imaginado muy entusiasmada - o incluso, un Libro de las Sombras en especial peligroso, como me habría encantado. Era un simple libro de cómo hacer tinta vegetal que no pudiera limpiarse. Una de esas curiosidades literarias a la que mi abuela era tan aficionada.

Me quedé sentada en la alfombra con el libro sobre las rodillas, sintiéndome muy decepcionada. Había pasado el día imaginándome todas las cosas malvadas que una bruja realmente furiosa podía hacerle a Gloria. Pero ahora, no tenía la menor idea de lo que mi prima me había intentado decir y mucho menos, como podía servirme un viejo libro polvoriento de química para vengarme de Gloria y sus detestables amigas risueñas. Me pregunté si mi prima también se había burlado de mi y la furia se convirtió en algo muy parecido a la verguenza.

- ¿Y que haces allí muchacha? ¿No deberías andar corriendo por ahí pa' disfrutar del sol?

La voz de Jacinta, la señora que ayudaba a mi abuela con la limpieza de la casa,  me sobresaltó. La vi entrar a  la biblioteca con su paso rápido y escandaloso. Intenté esconder el libro bajo la rodilla pero no fui tan rápida como para evitar me dedicara una de sus miradas brillantes. Se acercó a donde me encontraba.

- ¿Y eso? ¿Que escondes?
- Un libro.
- No estoy ciega, capullito de rosas. Muéstrame eso ya.


Jacinta era como parte de la familia. Además de echarle una mano a mi abuela con el pesado trabajo del hogar, también era una de sus amigas y podían pasar horas riendo y cantando mientras ambas preparaban la comida del almuerzo. Para mi Jacinta era como otra abuela a la que querer: extravagante, deliciosa y siempre ocurrente. Así que no podía desobedecerla: levanté el libro con cierto mal humor. Ella se inclinó y bizqueó para leer la portada. Después me dedicó una mirada desconcertada.

- Un libro de tintas.
- Te dije no era nada.
- ¿Y por qué lo escondes?
- No lo escondía.

Se quedó de pie, mirándome desde toda su considerable altura. Jacinta era una mujer maciza, con una figura voluptuosa, el rostro tallado en obsidiana y enormes ojos color café muy vivos e inteligentes. Como mi abuela, tenía una capacidad innata para detectar travesuras. Pero en esta ocasión, simplemente me observó dudosa, quizás tan confusa como yo lo estaba sobre cómo podría utilizar un libro aburrido y lleno de polillas para algo provechoso.

- Bueno niña, cuidado y usas esa tinta que harás para mancharte la ropa - dijo por último, un poco aburrida - mira que después somos tu abuela y yo la que tenemos que dejar los dedos para limpiar la ropa.

Se dio la vuelta y comenzó a pasar el trapeador por el piso cubierto de hojas y libros abiertos. La miré con la boca abierta, con la sensación que la habitación ondulaba a mi alrededor:  de pronto un montón de piezas sueltas en mi mente encajaron a la perfección. Una emoción maliciosa y pulcra me llenó y  me levanté de un salto, impaciente por llegar a la cocina. Jacinta se dio la vuelta y me vio tropezar con una mesa y avanzar con torpeza hacia la puerta.

- ¡Muchacha pero para donde va! - gritó.

No le respondí. Corrí como un vendaval a la cocina, donde me encontré a tia M. cocinando el arroz con pollo de la cena. Me miró con la ceja enarcada cuando me detuve a unos pasos de ella con la respiración agitada.

- ¡Niña! ¿Pero qué pasa?
- ¿Será que me ayudas con una tarea de la Escuela? - le pregunté. La sensación de la mentira me dolió en algún punto de mi mente, me coloreó las mejillas pero me esforcé por ignorarla. Era una bruja, me dije. Tenía que aprender a defenderme, me insistí. Gloria no podía dejar de recibir un castigo por lo que había hecho.
- ¿Qué se supone debes hacer?

Sonreí. Sentí un jubilo caliente y justiciero recorriendo de la cabeza a los pies. Con mi mejor sonrisa inocente, le extendía a tia el libro.

- Esto de por acá.

***

Después pensaría que Gloria no había sabido de donde le vino el golpe. Cuando recuerdo la escena, la veo de pie con los brazos colgando junto al cuerpo, con toda su impecable blusa blanca cubierta de manchones verdes y carmesí., l rostro pálido de furia y el cabello cubierto de salpicones colores.  Retrocedí, aún sosteniendo un par  bombas de plástico llenas de tinta vegetal entre las manos.

- ¡Estás loca! - me gritó impotente.
- ¡Te lo mereces! - exclamé - ¡Eres malvada y horrible!

Le arrojé otra de las bombas directo a la cara: el plástico estalló con un apagado Plof y la tinta se le derramó por la mejilla y el hombro en un reguero de colores brillantes. Pensé con cierto júbilo feroz que tia M. se había superado así misma: los colores eran radiantes, muy vistosos y sólidos. En otra situación, sin duda me habrían parecido hermosos. Pero ahora eran parte de Gloria y sólo me hacían reír.

Pero no se trataba de una risa alegre. Era algo más punzante y extraño, una sensación de revancha que me llenó la boca de un inesperado mal sabor. Jamás había visto a la sonriente, maliciosa y hermosa Gloria tan disgustada y avergonzada. No la volvería a ver nunca. Por unos escasos segundos, comprendió lo que era estar rodeada de un grupo de niñas que reían a carcajadas y la señalaban burlonas. Por unos minutos, dejó de ser la chica popular y querida para convertirse en alguien avergonzado y angustiado. Por unos minutos pensé podría comprender lo que me había hecho sufrir.

- ¡Te odio! - chilló. Se me abalanzó encima y yo retrocedí a la carrera. Arrojé la última bomba de agua y le acerté en pleno rostro. Ella lanzó un jadeo con los ojos muy abiertos y sorprendidos. Apreté los puños, furiosa como nunca.
- ¡Eso te enseñará que con una bruja nadie se mete! ¡Nos defendemos contra gente como tu!

Gloria se quedó muy quieta. La pintura le caía por los hombros, por la boca y por los brazos, en gruesos hilos de color que se mezclaban entre sí para crear una tonalidad extraña y casi grotesca. Me quedé a unos cuantos pasos de ella desafiante, con los puños apretados, convencida que Gloria se me echaría encima, que sus amigas me tomarían de los brazos y me arrojarían de nuevo al pozo o algo peor. Pero no ocurrió nada. El momento pareció alargarse, hacerse interminable.

Y entonces Gloria comenzó a llorar.

Me sobresalté y quedé paralizada de un sentimiento parecido a la verguenza y a la incomodidad. Las niñas que nos rodeaban se quedaron en silencio, tan estupefactas y quizás desconcertadas como yo lo estaba. Porque la verdad era, que eso no lo había esperado ni en mis fantasías más eufóricas de niña ofendida. Había estado segura que Gloria se enfurecería, que gritaría a todo pulmón como la malcriada petulante que era y que con toda seguridad me acusaría con sus amigas las monjas, que llegarían presurosas para llevarme a la dirección de la Escuela. Casi había podido verla con los ojos de mi mente, de pie a un lado del patio muy ufana y orgullosa de haberme metido en un nuevo lio. Eso sí, con el uniforme y el rostro sucio de tinta azul y verde.

Pero en lugar de eso, lloró. Lloró con una sinceridad histérica y dura que me hizo sentir cólicos de pena. Se cubrió el rostro con las manos y se dejó caer en cuclillas en el patio de recreo con un movimiento lento y derrotado que me sorprendió por su ligereza. Rechazó a manotazos la ayuda y los consuelos de sus amigas, hundida en una especie de desconsuelo escándaloso que yo no sabía como interpretar.

- ¡Eres una loca! - gritó una de sus amigas risueñas, esta vez muy seria - ¡Una niña horrenda!

Otra niña que sabía también había soportado una caída en el pozo cortesía de Gloria me dedicó una mirada fea. Y otra más, sacudió la cabeza con tristeza. Me quedé estupefacta, asombrada por aquel duelo silencioso, por no comprender nada de lo que estaba pasando. Cuando la maestra de turno llegó me encontró aún de pie, mirando a Gloria llorar desconsolada y aturdida. No me resistí cuando me llevó a la dirección. Era casi idéntico a como lo había imaginado...sólo que no me sentía victoriosa y ufana. La verdad, me sentía tan culpable que me llevaba esfuerzos respirar. Contuve las lágrimas lo mejor que pude pero al llegar al enorme salón de la dirección, dejé de preocuparme por hacerlo.


***

Mi abuela había escuchado toda la historia en silencio. Se quedó quieta junto a la ventana, con sus ojos color miel llenos de tristeza.

- Una bruja no cree en la venganza. Una bruja jamás comete un acto de odio. Una bruja sabe que el poder de enfrentarse al resentimiento es siendo mucho más fuerte que sus dolores y pesares.

No supe que decir. Mi abuela tomó una larga bocanada de aire y echó una mirada a la desordenada biblioteca familiar que se levantaba a su espalda. Y aunque yo no se lo había dicho, noté que desviaba los ojos hacia el libro de las tintas, de nuevo en su lugar junto al anaquel de las Diosas. Tuve un escalofrío, como siempre me ocurría cuando tenía la impresión que mi abuela adivina mis pensamientos con asombrosa precisión.

- Pero tenía que defenderme - murmuré - lo que Gloria hizo.
- Tu hiciste lo mismo que Gloria - terció mi abuela en voz baja y grave - ¿Cual es la diferencia?
- Que ella se lo buscó - balbuceé - que ella...
- Y según ese razonamiento, ahora tu te lo buscaste...¿Qué pasará ahora?

No supe que decir. La verdad era que no había pensado en el tema. Tuve un breve parpadeo de miedo al preguntarme si tendría que mirar sobre el hombro durante todo el tiempo que pasaba en la escuela, para evitar que Gloria me lanzara al pozo o algo peor. Abuela soltó un suspiro.

- Una bruja se defiende de la violencia enfrentando lo que la provoca, no creando más violencia - insistió - Una bruja sabe que eres fuerte en la medida a que te resistes a la salida sencilla. Eres poderosa en tu capacidad para detener a quienes te hieren y te insultan construyendo límites, luchando contra lo que nos aterroriza y nos limita para ir más allá de nuestros límites. Eso es lo que hace alguien fuerte, que asume su poder como una forma de responsabilidad.


Me mordí los labios. Visto así... recordé a Gloria llorando, humillada y aturdida. Y pensé que todos mis esfuerzos  - engañar a mi tia, llevar un montón de bombas inflables, esconderme para atacar a Gloria - me habían hecho no sólo parecida a ella...sino incluso peor. Sentí unos enormes deseos de llorar. Mi abuela sacudió la cabeza. El cabello cobrizo de su trenza brilló bajo la luz del mediodía que entraba por la ventana de la biblioteca.

- Aglaia, una bruja se defiende protegiendo lo mejor de sí misma, lo más valioso, lo más esencial. La venganza, el rencor es una mirada simplista y sin sentido. El corazón de una mujer sabia es justo, osado y lleno de fuego. No lleno de las ceniza del odio que te consume, del dolor que te corroe.

Me sentí triste y humillada como pocas veces en mis largos diez años de vida. Por más que lo intenté, no pude contener las lágrimas. Intenté secarlas sin que mi abuela lo notara. No quería que pensara que de verdad era cobarde. Aunque yo misma ya pensaba que lo era.

- Una bruja es una mujer que toma el conocimiento que le rodea y crea algo más fuerte, más bello y más brillante de lo que recibió entre sus manos y en su mente. Crea sabiduría. Una bruja nunca olvida que lo es no importa cual sea la situación que atraviesa. Se sostiene de esa idea de integridad y consciencia de si misma para avanzar hacia el centro de todas sus ideas.

Abuela caminó por la biblioteca pero ya no parecía disgustada, sino un poco triste. Y eso me pareció incluso peor que su disgusto y su angustia. Más doloroso. Clavé la mirada en la madera arañada del suelo, sintiéndome muy desgraciada.

- Tu bisabuela solía decir que una bruja tiene el poder que le brinda aprender de sus errores, a menudo garrafales y terribles. Y eso es bueno: porque nadie pide que no te equivoques, que no cometas travesuras y locuras. Lo que si desea cualquiera que te ame es que aprendas de ese trayecto, de todas las caídas y dolores. Y que sigas construyendo un mundo a tu medida.

Levanté los ojos para mirar a la abuela. Ella me dedicó una de sus sonrisas amables. De nuevo era ella, pensé con cierto alivio. Pero todavía, yo seguía siendo un poco la niña mezquina que había atacado a Gloria. Sentí de nuevo la mezcla de furia y verguenza que me había atormentado durante los últimos días. Me pregunté si era justo que me sintiera de esa manera, siendo que Gloria había provocado toda la situación. Pero de pronto, comprendí que yo me había comportado de la misma manera que ella. E incluso de manera más ruin. ¿Valía la pena algo semejante? ¿Hacer lo mismo que había hecho Gloria me hacia sentir mejor?

- Me siento horrible - confesé en voz baja. Y ahora no me molesté en ocultar las lágrimas - no sé que hacer. No sé cómo...arreglar todo esto.

Mi abuela ladeó la cabeza y me contempló con un gesto lento y dulce. Pero cuando habló su voz era dura y hasta un poco brusca. El disgusto seguía allí y eso me sobresaltó.

- Encuentra en ti misma la manera de romper este ciclo de ataques y dolores. Y una vez que lo haga recuerda que lo que haces, te ata a sus consecuencias. Toda bruja sabe que la libertad es una forma de comprensión del valor de lo que hacemos y lo que decidimos no hacer. Y actúa en consecuencia.

Se volvió para mirar la luz cristalina, teñida de carmesí de la última hora de la tarde. Y en el silencio que vino después, tuve la sensación que había muchas más palabras guardadas - temibles y dolorosas - que la conversación que acababámos de sostener.

***

Gloria me dedicó una mirada desafiante y un poco sobresaltada cuando me acerqué a ella y su grupito de amigas. Me pregunté si recordaba la manera como había saltado de entre las ramas de bambúes que rodeaban el pozo para comenzar a lanzar bombas llenas de pintura. A pesar de mi arrepentimiento, me gustó que fuera así. Me pregunté si la bruja en mi interior era más desobediente de lo que suponía.

- ¡Voy a llamar a la directora! - exclamó de inmediato. Dos de sus amigas risueñas me lanzaron miradas asesinas. Me detuve a unos cuantos pasos de ella.
- Sólo queria decirte que lo siento mucho.

Gloria se quedó boquiabierta. El resto de las niñas que le rodeaban me lanzaron  miradas desconfiadas.

- ¡No le creas Gloria! ¡Seguro te va a lanzar tierra o algo así! - gritó una de ellas. Levanté las manos.
- Sólo quiero disculparme y que sepas que esto no va a seguir, así tu te vengues de mi - le informé. Y la voz me temblaba mientras lo hacia. Estaba avergonzada pero también muy asustada. Me pregunté si tendría que pasarme la vida huyendo de aquel grupo de niñas. Pero era el costo de mis decisiones, pensé. Muchos años después, recordaría ese como mi primer pensamiento adulto.

- ¿Qué quieres? - preguntó Gloria. Y lo hizo en voz baja y seria, sin pizca de malicia.

Nos miramos la una a la otra. Ella todavía tenía algunas manchas verdes y rojas en el cabello y en las manos, allí donde no había encontrado la manera de limpiar la tinta vegetal. Una de las monjas me había recriminado que una semana después, la mamá de Gloria seguía luchando contra esas manchas rebeldes. Y una semana después, yo seguía luchando contra mis propias manchas: esa sensación de haberme comportado justo como le había criticado. Haberle hecho lo que tanto lamenté y temí me hicieran a mí.

- Quiero decirte que fue horrible me lanzaras a la poza pero pero peor aún, es que yo te arrojara pintura para vengarme de eso. Porque actué como tu y me comporté de la misma manera que tanto odio de ti - le expliqué. Y también lo hice en un tono sereno y calmo que incluso me sorprendió a mi misma - que odio tener que pensar que esto va a seguir todo el tiempo. Por mi, esto se acabó. No importa lo que tu hagas.

El grupo de niñas se rieron de mí y alguien me llamó cobarde entre risitas. Pero Gloria siguió mirándome con seriedad mientras jugaba con uno de los mechones de su cabello teñido de verde. Entonces hizo algo muy curioso e inesperado: extendió la mano hacía mi.

- No voy a hacer nada - declaró - no me importa ya.

Era un gesto malcriado y prepotente pero de alguna forma extraña, también era muy sincero o a mi me lo pareció. Así que le di un apretón rápido, que saldaba cuentas y de alguna forma, demostraba a todo el mundo que nos respetabamos la una a la otra.

- Anda a hacer lo que sea que hacen las locas de las escobas como tu - dijo entonces y me soltó la mano con un gesto exagerado. Me pregunté si lo hacia en favor de las risitas y miradas curiosas de su grupo. No me importó: las vi alejarse apuntándome con el dedo y riendo en voz alta - supongo que de mi - y de pronto, sentí que me había sacado un peso de encima que hasta ese momento, no había notado me aplastaba.


***

Tia M. y Jacinta me ignoraron cuando entré en la cocina. Mi abuela me había castigado por haber mentido y parte del castigo incluía echarle una mano a ambas en las ajetreadas horas de la cena. Pero ninguna estaba muy feliz con la eventualidad.

- Lava los platos y ponlos en orden, ahora mismo - me ordenó Jacinta con su mejor tono de abuela ofendida. Me aguanté la risa cuando me guiñó un ojo pero me apresuré a obedecerla.

- Esto te servirá para que dejes de inventar locuras y meterme a mi en ellas - comentó Tia con aire digno. Me encogí de hombros, con los brazos hundidos hasta los codos en agua jabonosa.

- ¿Y me vas a decir que nunca hiciste una travesura? - Comentó de pronto Jacinta con los ojos muy abiertos. Tia se encogió de hombros con gestos de gran Dama.

- ¡Nunca! siempre he sido una mujer ejemplar.

Jacinta soltó una carcajada escandalosa que tenía mucho de incrédula y movió la cabeza, cantando en voz baja mientras condimentaba la sopa que comeríamos poco después. Y  pensé en ese pequeño universo de equivocaciones y aciertos que en forma parte de nuestra vida, ese conocimiento simple que te brinda enfrentarte a tus errores y dolores con tanta frecuencia como puedas. Por supuesto, era muy pequeña para pensarlo en términos tan complejos pero en ese bullicio plácido y cálido de la cocina,   si comprendí algo de enorme valor : la enorme importancia de nuestra mirada privada. De comprender nuestros errores como una forma de pequeña redención.

Tal vez todo se trata de eso ¿No es así? pienso en ocasiones mientras camino por el mundo con paso desordenado y torpe. En comprender la importancia de cada cosa que hacemos y más allá de eso, de todo lo que deseamos crear a partir de esa idea general de quienes somos.

Una vieja forma de magia personal.

C'est la vie.

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