martes, 26 de abril de 2016

Dolor, creación y arte: La razón que crea monstruos, el arte que construye una voz en medio del caos.




Picasso revisaba cada noche la basura de su natal Málaga en busca de lo que llamaba “pequeños tesoros”. Lo hacía con un método maníaco y repetitivo que mucha veces, él mismo llamó “pequeños accesos de locura”. Sylvia Plath aseguraba que únicamente escribía cuando el tormento interior la hería hasta el dolor físico. “Oigo una voz dentro de mí que no se calla” insistía “entonces, tomo la pluma y me hiero a fuego”. El pintor Ernst Josephson sufría frecuentes crisis de lo que llamaba “locura venial” que le hacia pintar de manera muy distinta a como lo hacía cuando no las padecía. De hecho, tanto era su transformación interior, que algunos críticos de su época estuvieron convencidos sus obras tenían alguna “influencia ajena y desconocida”. El artista Charles Méryon, quien sufría de esquizofrenia, atravesó todas las etapas de la enfermedad sin dejar de grabar y pintar. ¿El resultado? Una inquietante visión del efecto de la locura sobre la obra de arte. Sus piezas de arte muestran un mundo inquietante, poblado de animales fantásticos y escenas inquietantes. Y a pesar que su trastorno se hizo cada vez más grave, Méyron no dejó de grabar. Escenas que asombraron incluso a Victor Hugo que insistió en que “la obra de Méyron está invadida del aliento del infinito. Sus grabados, más que cuadros, son visiones”. No se equivocaba el inmortal escritor. Para cuando el artista fue recluido en un asilo, su dibujos mostraban un Universo irreal y trastornado.

Por siglos, se ha insistido en que el talento es una forma de locura y probablemente sea cierto. Los padecimientos mentales parecen acentuar esa necesidad del hombre de expresar ideas incluso la más complejas a través del arte, solo que las enfermedades parecen acentuar rasgos muy específicos de la mente creadora. Y aunque no necesariamente se debe estar loco para crear — en contra de lo que parece ser una creencia popular — si parece ser requisito para la creación la absoluta abstracción, esa ruptura entre lo racional y cotidiano. La visión del mundo interpretado a través de la subversión de las ideas. ¿Es entonces la necesidad de creación una forma de trastorno mental? O quizás solo se trate, como sugería Graham Green (refiriéndose a la escritura) “de una forma de terapia; una necesidad definitiva de escape de la realidad”. Cual sea el caso, la creación parece encontrarse definitivamente relacionada con esa absoluta perdida de control, de esa búsqueda de un lenguaje análogo al habitual, para construir ideas comprensibles. E incluso más allá, el arte como espejo de quienes somos y en el caso de la locura, de lo que nos separa por completo del mundo que nos rodea. Una grieta definitiva entre nuestra personalidad — o los elementos que la forma — y nuestra capacidad para comprender la realidad.

Los artistas tienen sobre todo, una gran necesidad de encontrar nuevos e íntimos medios como vías de comunicación. Y es esa necesidad de reconstruir los espacios y los que consideramos natural, lo que hace que el artista deba replantearse nuevos estratos de la realidad, una dimensión totalmente nueva de lo que puede ser su concepto sobre la realidad y la fantasía. Tal vez eso podría explicar por qué, el extraordinario pintor sueco Carl Hill que estaba confinado a sus habitaciones, arrojaba sus dibujos por las ventanas a la que pasaba. Un intento desesperado de comunicación y de encontrar una visión de si mismo fuera del parámetro de la normalidad.

Y es que la evasión del dolor o a la vez, la búsqueda de un significado al padecimiento, es lo que hace que el arte sea el vehículo idóneo para esa profunda transformación del poder de crear como un reflejo del sufrimiento espiritual y mental. Por siglos, los artistas no sólo fueron admirados por su talento, sino idealizados, alabados y destruidos por el mundo de las artes, jerárquico y restringido. De manera que ser artista, no sólo era una decisión por vocación, sino una profesión que creaba una expectativa concreta sobre quien podía ser el artista en la sociedad y como parte del entramado cultural. Una presión enorme sobre la necesidad del triunfo y más aún, esa visión del arte como vehículo transformador. Porque en todas las épocas, el artista no era sólo el que describía a través de la belleza de su arte el siglo que le tocó vivir, sino que además, reconstruía el poder y la visión del hombre a través de sus logros y alcances. Audaz, pionero, el artista corría riesgos inimaginables a otros hombres y mujeres de su cultura y sociedad, en busca de una forma de expresión cada vez más depurada. En busca de esa metáfora que construyera el arte por el arte, por encima de cualquier vicisitud.

Tal vez por ese motivo, casi todos los artistas y escritores terminan sucumbiendo a su propio dolor e incluso, a su mito, el que se crea alrededor de su arte y lo que produce como visión constructora. Una necesidad de transcender más allá de sus limitaciones físicas, de la enfermedad o la vejez. Ya lo decía el escritor Anatole Broyard, al contar la experiencia que significó para él crear estando gravemente enfermo: “quería decirle a la gente cómo es una enfermedad grave, las ideas y fantasías sin precedentes con las que nos llena la cabeza, las inesperadas sensaciones de inquietud y las alteraciones que introduce en nuestro organismo. Para una persona gravemente enferma, hablar de otras conciencias es como la sangría que recomendaban los médicos para reducir la presión”. Y es probablemente por ese motivo, que los artistas de cualquier ámbito crean incluso al borde de la muerte, construyendo lo que será probablemente su última palabra a la humanidad. Una interpretación del arte como legado personal — más que cultural — y que intenta, crear incluso más allá de la muerte.

No es casual que más de un artista, haya creado una pieza cumbre al borde de la muerte. El director ruso Andrei Tarkovski filmó una de sus piezas filmográficas definitivas “Sacrificio” aquejado de un gravísimo cáncer que le llevaría a la muerte. No es casual que su película analice el tema de la muerte y el sacrificio, la búsqueda de la redención y la insistencia en un milagro, en imágenes tan hermosas como terroríficas. Otro ejemplo desconcertante es el de Carl Fredik Reuterward, que en el momento más prolífico de creación artística, sufrió un apoplejía que lo condenó al silencio y a la parálisis corporal. Con un largo proceso terapéutico, logró recuperar el habla pero antes, recuperó su habilidad artística para lograr crear lo que sería un renacimiento artístico breve pero profundamente significativo. Una vuelta de tuerca a lo que hasta entonces había sido su obra — cínica y hasta cruel — para transformarse en algo más melodioso, casi bondadoso. Para el momento de su muerte, Reuterward había reconstruido su lenguaje artístico para crear lo que se considera su personal despedida del mundo visual y pictórico que por décadas, amo obsesivamente.

Del dolor a la tragedia: el arte como idea redentora.

Al fotógrafo David Nebreda, se le diagnóstico esquizofrenia a los diecinueve años, cuando aún era estudiante de Bellas Artes en Madrid. Abrumado por los síntomas, se encerró en un apartamento de apenas dos habitaciones donde ha realizado la totalidad de su obra fotográfica. Y es que David decidió, tal vez de manera consciente, que su dolor y su sufrimiento serían la base de su obra o lo que parece ser lo mismo, el arte como reflejo de un sufrimiento secreto y que no podría expresar de otra manera que a través de las imágenes. Sin tomar medicación, sin comunicación con el exterior, sin radio, prensa, libros ni televisión, David ha creado un lenguaje fotográfico desgarrador, donde muestra, imagen a imagen, el mundo más allá de lo racional, el verdadero rostro de la locura. Muy probablemente, David encontró en la fotografía no sólo una manera de expresión, sino algo mucho más duro de concebir y comprender: una noción de si mismo más directa y evidente de la que podría tener a través de sus propios sentidos.

Vincent Van Gogh sufrió un extraño tipo de epilepsia que con frecuencia, se mezclaban con terribles crisis de ansiedad. En sus momentos de mayor actividad artista, el padecimiento lo sumía en severos estados de agresividad y confusión que sin duda, influyeron en la percepción de su obra e incluso en la esencia de su discurso artístico. Y de hecho, se insiste que es esa extraña combinación de locura y talento, lo que ocasionó que el pintor literalmente no pudiera dejar de pintar y produjera una inconcebible — para la época y con los limitados recursos del artista — cantidad de cuadros que parecían resumir sus épocas de dolor y angustia mejor que cualquier otra cosa. El mismo Van Gogh, agotado pero iluminado por la locura como una forma de construcción de la memoria afirmaba “Trabajo como poseído, más que nunca, en silencioso frénesi. Lucho con todas mis fuerzas para dominar mi arte, y me digo que el éxito sería el mejor medicamento para mi enfermedad. Mis pinceles corren entre mis dedos como el arco de un violín”.

Carlo Gesualdo, principe de Verona y conde de Conza, fue uno de los grandes compositores medievales italianos. Ningún cronista ha podido ofrecer mayor indicio sobre cual era la enfermedad mental que aquejaba al artista, pero la mayoría de las narraciones, le describen como un hombre violento e irascible que sólo encontraba alivio en la música. En un episodio confuso que confudió a sus contemporáneos y que fue considerado “inaceptable” para el mundo artístico que frecuentó, Gesualdo hizo apuñalear a su joven esposa frente a él y después mató al pequeño hijo de ambos por dudar de su paternidad. Todo esto, sin dejar de componer piezas artísticas que asombraron por su belleza a un público embelesado que jamás sospechó que más allá de la mano artística, se ocultaba un hombre considerado como un cruel asesino. Y es que al parecer, la violencia de Gesualdo parecía incrementarse en la medida que no podìa expresarse artísticamente. Perturbado y cada vez más deprimido, el Principe de Verona terminó sus días sumido en la locura, pero siempre componiendo obras magnificas que en pleno siglo XIX fueron denominadas “milagros de perfecta ejecución”.

Desde la depresión más profunda a severos estados de disociación con la realidad, el arte parece muy relacionado con esa necesidad del artista de reconocerse, comprenderse y quizás, construirse a base de lo que asume como arte y construye como idea perenne. Un reflejo no sólo de su visión del mundo, sino de si mismo, de esa inquieta reflexión sobre la naturaleza de la identidad y la personalidad que sólo se logra a través de la construcción del simbolismo visual. Y es que quizás el arte en estado puro, no sea sólo una forma de locura, sino una elucubración misteriosa sobre quien somos y cómo nos concebimos más allá de la realidad. El arte que desinhibe, que abre puertas cerradas en la imaginación y la mente, que brinda a su autor una libertad desconocida no sólo para asumirse como parte de su proceso creativo sino de la obra que crea en sí.

Y tal vez la gran pregunta sea la que engloba y resume la inquietud del arte que construye, destruye y renace. ¿Es el arte entonces un fenómeno que escapa a la visión de quien somos para crear una nueva? ¿O es el arte una forma de concebirnos, un renacimiento en nuestra capacidad de creación? Quizás nunca tengamos una respuesta a una idea que parece debatir esa expresión del yo tan profunda como es el arte. Aún así, el mero cuestionamiento deja claro que la expresión artística es algo más sustancial que una simple expresión personal y que parece rozar esa necesidad de transcendencia que forma parte esencial de la personalidad creadora.

Un delirio por el infinito. Una manera de construir una nueva visión de la realidad.

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