martes, 12 de abril de 2016

Crónicas de la ciudadana preocupada: Cuando el terror tiene tu rostro. Una reflexión sobre la ola de linchamientos en Venezuela.


Fotografía encontrada en Open Source. 



Escucho gritos y algarabía en la calle. Cuando me asomo a ventana de mi apartamento — a diez pisos de altura — sólo distingo el tumulto movedizo en una de las esquinas de la urbanización donde vivo. Desde la distancia, tiene la apariencia de un grupo de vecinos moviéndose de un lado a otro entre exclamaciones que no logro entender. Hay algo inquietante en la escena, en medio de la normalidad del tráfico que atraviesa la avenida y el brillo del sol brumoso de la ciudad cubierta de Calina amarillenta.

— ¡Están linchando a alguien! — grita entonces mi vecina, desde su ventana — ¡Seguro es un ratero de mierda!

Siento un escalofrío recorriéndome la espalda. La palabra “linchamiento” me sofoca, me hace sentir extrañamente débil y asustada. La multitud ahora avanza unos metros y comienzo a entender los insultos y acusaciones que profiere. “¡Ladrón!” “¡Hijo de puta malandro!”. El griterío se hace insoportable y se transforma en una cacofonía casi dolorosa. De pronto, distingo en un blanco de la multitud la figura de un hombre acurrucado en el suelo, que se cubre la cabeza con los brazos en ademán de protección. La garganta se me seca de puro miedo.

Los gritos ahora también se escuchan desde los edificios que rodean la calle. Alguien toca cacerolas e incluso, algún eufórico corea consignas políticas mientras la multitud continúa golpeando al hombre desconocido. Lo más inquietante es que mientras ocurre, el mundo a su alrededor no parece detenerse: el tráfico que baja y sube por la calle y las largas filas en los negocios circundantes continúan avanzando, como si tal cosa. Toda la escena tiene un aire hórrido, como de pesadilla urbana que me desconcierta más que cualquier otro detalle.

Finalmente, aparece por la calle un par de funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana, que avanzan hacia la multitud con paso lento y casi aburrido. Unos metros más allá, se encuentra lo que suele llamarse “Una alcabala móvil” y que no es más que un toldo de Lona donde algunos efectivos armados miran vigilan sin mucho éxito el acontecer cotidiano. Los miro intervenir casi a regañadientes, empujar a un par de agresores que aún insisten en golpear al hombre caído y finalmente, enfrentarse al grueso de la poblada que continúa gritando y sacudiendo puños al aire. Desde mi ventana, no escucho lo que dicen pero el lenguaje corporal resulta inequívoco: Uno de ellos levanta su arma de reglamento y la sacude en un gesto amenazante. La multitud retrocede y algunos se alejan del grupo, aún lanzando exclamaciones y agitando los brazos enfurecidos. Pero unos minutos después, sólo queda el hombre tendido en el suelo y los dos funcionarios militares a su lado. Uno de ellos le toma del brazo y le obliga a levantarse. A empujones lo conduce hacia la cercana alcabala, donde el resto de los uniformados presenciaron el incidente sin intervenir. Sólo entonces caigo en cuenta que con toda seguridad, el grupo fue testigo del acto de violencia que ocurría a unos cuantos pasos de donde se encuentra el toldo de lona…y no intervino. Que observaron todo lo que ocurría con cierta pasividad casi grosera.

— ¡Tendrían que haber dejado que lo mataran! — grita uno de mis vecinos desde una ventana cercana. Cuando me vuelvo a mirarlo, le reconozco de inmediato: profesor bachillerato, padre de dos — ¡Esos mierdas son irrecuperables!

Cierra la ventana de un golpe y me quedo a solas, escuchando el eco de la calle, tan cotidiano, tan conocido. El mismo que he escuchado desde que era una adolescente. Pero el miedo ahora lo tiñe todo, lo desborda en una especie de pesadilla a ciegas que me cuesta comprender y mucho menos sobrellevar. De pronto, no se trata sólo de la violencia callejera — que padezco y a la cual temo desde que recuerde — sino algo más retorcido y peligroso. Una situación para que lo dudo un país fracturado y deprimido esté preparado para afrontar.

Ayer, la Fiscal General Luisa Ortega Diaz, informó que según las estadísticas del organismo que dirige veinte personas han sido asesinadas por linchamientos desde el 2015 hasta los primeros meses del año en curso. Leo la cifra desconfiada e incrédula. Sobre todo, luego que compruebo que lo que acaba de suceder en la calle donde vivo, no interesa a nadie. Que no aparece reseñado en algún medio de comunicación y que apenas un par de Tweets hacen mención como de pasada — un suceso entre tantos en un país agobiado — a lo que pudo ser un asesinato cometido por una poblada enfurecida. De inmediato, la idea del Linchamiento — falsamente llamado justicia social — toma otro cariz, una dimensión por completo nueva. Está sucediendo en todas partes y con una frecuencia desconcertante, me digo mientras continúo leyendo la noticia sobre las declaraciones de la Fiscal. Insiste que el “Estado Venezolano se toma con seriedad las denuncias” y que por ahora mantiene abierta 26 investigaciones, todas ellas referidas a muertes y lesiones ocurridas en medio de la ola de venganza colectiva que se extiende por el país. No obstante, la funcionaria pública parece olvidar — o ignorar a conveniencia — el clima de irrespirable violencia que salpica un país agobiado por el miedo. Que no se trata de un grupo de cifras que intentan disimular el núcleo de lo que ocurre, mucho más grave y explosivo de lo que supone la mirada superficial que el Estado que representa dedica al problema. Sino de una reacción de violencia colectiva y anónima que poco a poco parece alcanzar cuotas incontrolables.

— En los Ruices, hay al menos un linchamiento diario — me cuenta mi amiga R., administradora y abogada cuando la visito hace unos días — nadie lo comenta, dejó de ser noticia. Pero ocurre. Y lo que más miedo provoca es que ya se hizo algo cotidiano. Que no hay nadie que se atreva a intervenir.

La calle donde R. trabaja es una de las más transitadas de la ciudad. La atraviesa dos avenidas que conducen a una zona industrial de considerable tamaño y a una de las salidas de la autopista. Una multitud de transeúntes la recorre a diario de un lado a otro. Cuando miro la calle con su aspecto vulgar y urbano, no puedo imaginar a una multitud enfurecida en medio de ella, en una especie de reacción salvaje y primitiva que me sorprende por lo sencillo en que se acepta, por la facilidad como puede producirse. O al menos, eso es lo que parece sugerir la evidencia.

— Simplemente pasa: alguien grita, señala al “ladrón” y de pronto, sale gente de donde no te lo esperas con tablas y piedras en las manos. Parece algo casi caricaturesco hasta que te das cuenta que quieren matar — me cuenta mi amiga — que no sólo es una amenaza sino catarsis. Y anadie le importa. Nadie va a detener una turba enardecida y menos si tácitamente, la apoya.

El pensamiento me produce horror. No sólo el miedo pulcro y civilizado que puede producir la violencia sino la conciencia que en Venezuela, estamos llegando a un límite donde la justicia callejera — esa herramienta antigua y terrible acaecida en diferentes momentos de la historia — se asume como la única forma de obtener justicia. De enfrentarse a la desigualdad de la impunidad, al descuido judicial que nos ha convertido en la ciudad más peligrosa del mundo y a Venezuela, en el tercer país con mayor número de muertes por homicidios sin encontrarse en un conflicto bélico. Hay una percepción sobre el peligro que se transforma en furia, en arma y que transforma al ciudadano en homicida.

Para el sociólogo Roberto Briceño León, director del Observatorio Venezolano de Violencia, los linchamientos son una expresión de la frustración de la población por el clima de impunidad e indefensión que sufre debido a la debilidad del estado de derecho, pero en ninguna forma, una solución plausible a la crítica situación que el país atraviesa. Antes bien, la ola de linchamientos solo recrudece el reconocimiento de la agresión y la impunidad como método de defensa social. “Eso (los linchamientos) no contribuye a la pacificación de la sociedad, pero la falla la tiene el incumplimiento del Gobierno y del Estado en sus obligaciones” comentó el especialista en una entrevista recientemente publicada por el periódico Correo del Caroní. Además, Briceño insiste que los Linchamientos son una consecuencia inmediata de la sensación de orfandad que el Venezolano padece, agobiado por los altísimos índices de Violencia y la falta de soluciones y planteamientos por parte del gobierno. Para Briceño, la escalada de agresión y amenaza por parte del ciudadano proviene de un hecho cierto: “la sociedad venezolana siente que no tiene protección y que no hay castigo para los delincuentes. Esos dos son elementos clave para la construcción de la paz y el Estado de derecho”. Según el investigador, durante los últimos años, las opciones para la resolución de la crisis de inseguridad callejera no han logrado solventar el gravísimo problema que afecta a todos los ciudadanos casi de la misma manera, lo que provoca una reacción basada en la violencia reaccionando contra la violencia “esa es la gran regla de prosperidad y mejoría social. Si en la respuesta buscamos más violencia, no se está en la dirección adecuada, las medidas deben tomarse en otra dirección. Es muy difícil explícaselo a la gente, más aún cuando no hay una actuación policial que brinde protección, la sociedad no siente que la policía está de su lado, cuando esto pasa, la sociedad empieza a decir lo hago yo por mi propia cuenta”, concluye Briceño.

Unas horas después, aún se percibe un ambiente enrarecido y frenético en la calle donde vivo. Las larguísimas colas que atraviesan la avenida parecen mezclarse para crear una única multitud descontenta y enfurecida. Cuando me acerco escucho las conversaciones que nadie se molesta en disimular.

— Esos bichos hay que darles sus coñazos sin arrepentimiento — dice una mujer que lleva de la mano a un niño pequeño de unos ocho años — defenderse y joderlos pa’ que tu veas que aprenden a dejar de robar.

Un coro de murmullos de aprobación la rodea. El niño a su lado vuelve la cabeza para mirar el lugar donde hace unas pocas horas, un hombre recibía una paliza de una poblada anónima. Me pregunto que piensa el niño, como asume lo que está ocurriendo, si es que lo está haciendo de alguna manera. Me aterroriza la mirada curiosa — es sólo un niño, después de todo — que le dedica al lugar. A su madre, que continúa comentando en voz alta lo que acaba de suceder, al lugar donde aún hay restos de la basura y las piedras que le arrojaron al supuesto criminal linchado. Y siento miedo. Paralizante, seco. Una sensación durísima de asimilar pero que me agobia cada vez con más frecuencia en esta ciudad descarnada y árida.

Desde hace más de diez años, se han implementado 24 planes de seguridad en el país, sin ningún resultado visible. El último, la llamada Operación de Liberación al Pueblo (OLP) parece haber convertido la lucha contra el hampa en una batalla campal donde los funcionarios policiales — mal armados y peor entrenados — llevan la peor parte. Los índices delictivos de la ciudad no sólo no han disminuido sino que además, Caracas misma parece haberse transformado en un mapa fragmentado controlado por megabandas y sociedades criminales. Un paisaje destruido por la impunidad y la ineficacia gubernamental.

La fila frente al Supermercado a dos cuadras de mi casa se alarga casi un kilómetro. Mientras camino a su lado, sigo escuchando los comentarios sobre el linchamiento que casi ocurrió tan cerca. Hay una satisfacción general que nadie disimula, una gratificación evidente que deja muy claro que todos consideran la violencia necesaria e incluso imprescindible en medio de la situación que atravesamos. Como si finalmente el ciudadano hubiera descubierto la manera de enfrentarse a la impotencia y al acoso de la amenaza. Un arma que empuñar contra la creciente visión de la Venezuela destrozada por la impunidad.

— Mira, yo te lo digo: si hay que matar a esos hijos de puta a patadas, se hará. Cuando vean que ya no tienen pa’ donde escapar y que la respuesta es que lo maten, esto se va a acabar — dice alguien en voz lo suficientemente alta para que todos le escuchemos. Me detengo para mirarlo. Se trata de un hombre joven, casi de mi edad. Tiene un aspecto limpio y pulcro, aunque cansado por lo que supongo es una larga espera en fila para comprar alimentos. Alguien que podría ser mi amigo. Alguien que podría ser yo misma. Trago saliva. ¿En que nos hemos convertido?

El miércoles 5 de abril, Roberto Josué Fuentes murió de un edema pulmonar en el Hospital Pérez Carreño. El cuadro fue una complicación luego de sufrir quemaduras en el 70% de su cuerpo. Dos días atrás, una multitud anónima lo golpeó y lo quemó a plena luz pública luego que fuera acusado de asaltar a un hombre unos minutos atrás.

Roberto no pudo defenderse. Fue acorralado y arrojado al suelo, donde sufrió una paliza a manos de casi un centenar de transeúntes que tomaron justicia por su mano. El delito quedó grabado en teléfonos celulares y de inmediato se viralizó. Cuando alguien lo compartió en mi TimeLine, me aterrorizó no sólo la escena — ya de por sí dantesca y terrorífica — sino los comentarios que celebraban “la muerte de un hijo de puta”. Una y otra vez, esa gran conversación de las redes Sociales, pareció reflejar el ánimo general que celebraba “la justicia” que había sufrido la víctima. Todo ocurrió a las 9:00 am de la mañana del lunes 4 de abril, en plena avenida principal de los Ruices.

Después se sabría que Roberto no era un ladrón: trabajaba como Chef en un restaurante de las cercanías y según las versiones de testigos, socorrió a un anciano que había asaltado minutos atrás. Era padre de cuatro niños pequeños y hacía menos de una semana, había comenzado a trabajar en el Restaurante a pocos metros de donde murió.

Pienso en Roberto Josué Fuentes mientras las conversaciones a mi alrededor me abruman, como zumbidos de una cólera social que cada vez se contiene menos y se acepta con más facilidad. ¿Quién podría atreverse a enfrentar a una muchedumbre enardecida? ¿Quién se atreve a ser la voz de la razón en medio de una situación cada vez más caótica? Me recuerdo a mi misma, de pie en la ventana de mi casa, mirando a la turba que golpea y agrede, entre la sorpresa y la precaución. Soy testigo pero también cómplice. Soy parte del clima de violencia. Y en medio de la furia convertida en arma sin nombre, también soy parte del problema. Quizás una pieza más de este espantoso engranaje de pura violencia que engendró la desidia gubernamental.

Hace unos días, leía una entrevista del Psicólogo Leoncio Barrios, en la que ponderaba el efecto inmediato de los linchamientos “Esta situación nos prende la luz roja, porque los linchamientos se están volviendo ‘socialmente aceptados’, en el sentido de que hay un acuerdo entre pares de una comunidad para actuar así, cansados de una ineficacia policial y viéndose vulnerables ante el hampa”, explica. Y recuerdo sus palabras justo ahora, mientras la calle en donde vivo — ese fragmento corriente de ciudad — parece enardecido y envalentonado, convencido que la agresión y el asesinato a mansalva es una forma de justicia. Que la cólera puede convertirse en un arma de justicia irracional y primitiva.

Quizás por ese motivo, lo que más me aterroriza es que cada vez que me tropiezo con una noticia al respecto o alguien me comenta sobre la ola de linchamientos en Venezuela, agrega la frase “la gente está cansada”. O lo justifica insistiendo en que “la situación lo provoca”. Aún peor, se encoge de hombros y asume que es “algo que va a ocurrir y mejor que sea contra un ratero sin importancia”. No estamos hablando sólo de una retaliación física contra un desconocido presionados por el clima de violencia de impunidad que soportamos, sino algo mucho más peligroso: la agresión convertida en venganza legítimizada.
Sí, sé cual es el clima de violencia que se padece en Venezuela. Me han asaltado tres veces y en una de ellas, el asaltante casi me dispara a la cara. En otra oportunidad, me arrojaron en el suelo y me patearon para arrebatarme un teléfono barato. Sé exactamente a qué nos referimos cuando hablamos del clima de asfixiante impunidad que el Venezolano debe soportar cada día, pero eso no justifica los linchamientos, no sólo por cualquier consideración moral privada sino que nos coloca como colectivo al borde de una situación inimaginable. Un ataque de masas abrumadas por el odio, regodeándose en el apoyo general y sobre todo, asumiendo que la agresión anónima es “necesaria” puede desencadenar una circunstancia incontrolable que nadie y mucho menos un gobierno inepto que se cimenta en el caos, podrá controlar. Un espiral de violencia y agresión que ya no intente enfrentarse a la delincuencia, sino que se convierta en un enfrentamiento armado callejero.

Me detengo en mitad de mi calle y miro a mi alrededor ¿En que nos hemos convertido? me pregunto de nuevo. Veo a las amas de casa en fila para comprar alimentos o llevando unas pocas bolsas colgadas en el brazo. A hombres de aspecto cansado y severo caminando cabizbajos. Todos somos víctimas en este país tragedia. Pero no puedo dejar de preguntarme ¿Qué ocurrirá cuando se linche a “los enemigos”? ¿Cuando grupos armados golpeen, asalten y agredan a “criminales” de un crimen que no puedan demostrar? Este es el país de las delaciones, los “patriotas cooperantes” y las acusaciones gratuitas. No puedo dejar de imaginar a una poblada enfurecida que obedece a un chisme, a una acusación gratuita para atacar. ¿Qué ocurrirá cuando la práctica se haga más general, cuando quemen automóviles y casas? ¿Qué ocurrirá cuando se asesine a la primera persona por “desleal”? ¿Por “tramposa”? ¿Qué ocurrirá cuando ya no sea “rateritos” sino enemigos frontales? ¿Estamos consciente que la justicia callejera nos convierte a todos en víctimas y también en asesinos?

Siento miedo. Como siempre que camino por las calles de mi ciudad. Pero en esta ocasión también me embarga algo peor. Una sensación de abrumadora tristeza, de no reconocer el lugar donde nací y crecí. De ser muy consciente que cada Venezolano tiene una bala con su nombre en medio del creciente clima de violencia. Y que ahora además, quizás también le espera una golpiza. Convertirse en una víctima propiciatoria de la violencia ciega y anónima que cada día se hace inevitable.

Una puerta abierta hacia lo impensable.

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