jueves, 28 de abril de 2016

Un Universo infinito: El sueño de la razón y el monstruo que espera.







No me gusta Tom Hanks. Sí, reconozco que es un gran actor con una prolífica carrera. Pero simplemente no me gusta. Tal vez se deba a que es un hombre muy nítido, con todas las piezas de sus sistema muy pulidas y brillantes. Un hombre que sonríe con todos los dientes blancos, un espíritu muy decoroso cuya vida parece tan ordenada y estructurada como cualquiera de sus películas. Casi pareciera que su vida transcurre en un paisaje idílico, extraordinario, con esa belleza inmaculada e impecable del gran Hollywood. A mí, eso me da un poco de miedo. Aunque no sepa el motivo.

Quizás por las mismas razones, prefiero a Bukowski en lugar de Neruda. O a Pizarnik en lugar de Elizabeth Barrett Browning. O el dolor extraordinariamente hermoso de Iris Murdoch en lugar de esa ordenada precisión — que no critico pero tampoco añoro demasiado — de Agatha Christie. No lo sé, estoy convencida que se debe a cierta predilección por el desorden o quizás que concibo la vida deshilachada por los bordes, con sus pequeñas grietas abriéndose de lado a lado, descolorida y algunas veces quebradiza. Y eso es bueno, me digo en ocasiones a mi misma. Lo pienso sobre todo cuando tomo la cámara para fotografiar o el lápiz para escribir. Lo pienso, cuando las palabras fluyen de entre mis dedos y me consuelan, a medias, nunca con suficiente fuerza, en ese dolor mínimo de la existencia. Cuando una imagen hace retroceder al caos. Cuando la belleza me asombra, me desconcierta, me sacude desde lo esencial. Y pienso claro, mirando este mundo imperfecto, desigual y en ocasiones inquietante que me tocó vivir, que el arte nos salva. El arte nos brinda poder. El arte se crea así mismo. El arte crea mundos y visiones. El arte se eleva sobre las limitaciones. El arte nos brinda la oportunidad de admirar el mundo más allá de sus pequeños dolores.
Así lo pensaba al menos Gustav Mahler, que estaba profundamente obsesionado con la muerte y también, con la idea de la resurrección. Esa curiosa mezcla fluye en su música con fuerza, la transforma, la hace algo nuevo y emocionante. Y es que Mahler, con su extraordinaria estatura histórica y su talento enérgico, descubrió muy pronto que el arte redime. Que el arte es una forma de vida. Como cuenta Philip Sandblom en su libro “Enfermedad y creación” la obsesión de Mahler por crear música que hiciera retroceder el desastre y el dolor, comenzó desde su juventud. En una revisión médica menor cuando contaba apenas dieciocho años, su médico de cabecera descubrió que sufría de una afección cardíaca, poco trascendente pero que aterrorizó al futuro músico. “Si he de morir, que sea rodeado de música”, escribió a sus padres abrumado y desconcertado por la posibilidad de la muerte, por su necesidad de comprender la nada que parecía extenderse más allá de su propia visión de la vida. Y es que Mahler, que hasta entonces había sido un muchacho activo y vitalista, la posibilidad de la muerte brindó mucho más sentido al arte. “Intento encontrar la eternidad a través de la belleza” escribió a uno de sus discípulos “Quizás lo logré. Quizás no. Pero la muerte no será mi destino si encuentro la profundidad de lo que deseo expresar a través de las notas”. El director se afanó por años en esa idea obsesiva del arte que se enfrenta a la mortalidad y de hecho, muchas de sus obras están impregnadas de esa necesidad ciega de trascender la natural debilidad física del hombre. “Soy la música y más allá, lo que sueño de ella”. Una mezcla de aspiraciones y visiones que transformaron a Mahler en un visionario.

Para Marcel Proust el elemento redentor fue la escritura. Obsesivo, puntilloso y furiosamente apasionado de la palabra, el escritor tenía un enorme interés en los más pequeños detalles de la vida cotidiana: cada frase que escribía era una manera de lidiar con la nada impersonal, con la no existencia que parecía acecharle al borde mismo de la identidad, de esa visión de lo habitual rota por la posibilidad de la mortalidad. Y es que Proust, estaba obsesionado con la vida en la misma medida que lo estaba en la muerte. Tenía una necesidad casi ingobernable por asumir el arte como una cualidad vital y extraordinaria: la posibilidad de reconstruir el temor en algo mucho más hermoso y trascendente que la simple inquietud. Proust, además, estaba convencido que su obsesión, su necesidad de desmenuzar cuidadosamente la vida y las escenas de esa normalidad borrosa que en su mente se acercaba tanto al caos, era una forma de creación por si misma. “Todo lo importan lo han creado los neuróticos” llegó a decir, exaltado por esa capacidad de la palabra para calmar el pánico al silencio absoluto, a la no existencia que parecía habitar más allá de la págima escrita “ ellos han creado las grandes obras. Disfrutamos de música deliciosa, hermosas pinturas y miles de pequeños milagros, sin detenernos a pensar lo que le ha costado a sus creadores en insomnio, salpullidos, asma, epilepsia y, lo que es aún peor, temor a la muerte”. Ya a punto de morir comentó “Soy lo que escribo y me sobrevivo a mi mismo”.

Y es que el arte, es sin duda la esencia de ese singular poder humano para reinventarse así mismo, para reconstruirse, para elaborar ideas mucho mas grandes que sus limitaciones morales y personales. Como ese solitario Lewis Carroll, disminuido y aplastado por sus temores, que creó un mundo extraordinario en secreto, para escapar de sus dolores. O el escritor Samuel Odman, que siempre temía enfermar y debido justamente a ese temor comenzó a escribir, una forma de escapar a su propia fragilidad. “Escribo como sueño, entre pequeños dolores y terrores. Pero escribo para crear algo mucho más fuerte que esos trasiegos ingratos del alma. Escribo para liberarme. Escribo para elevarme. Escribo para vivir”, escribió a uno de sus alumnos. Una mirada dura pero radiante a ese Universo confinado, solitario y duro en el cual habitó el escritor, entre sufrimientos y terrores por casi medio siglo. Unos pocos días antes de morir, abrumado por su debilidad física insistió “la escritura me permitió trascender”. Murió dos días después, con el lecho de enfermo repletos de hojas a medio escribir y una pluma en la mano.

Tal vez por ese motivo, por ese poder calcinante de la palabra, por su capacidad para brindar un nuevo brillo al sufrimiento, Virginia Woolf casi desfallecía al terminar cada una de sus obras. Postrada al límite de lo que llamaba “Una brillante cordura” parecía sufrir de breves períodos de delirios que le producía su necesidad de creación. “Soy el más grande de los seres humanos…porque puedo mirarme a mi misma desde la palabra y asumir que me renuevo a mi misma”. Porque para Virginia Woolf, la literatura era una manera de asumir su identidad, las pequeñas aristas de su profunda depresión y los momentos de brillante alegría que disfrutaba a continuación. La escritura no sólo era redentora, sino esencia de todo lo que consideraba comprensible en su vida. “A través de la literatura, entiendo al mundo”. Eso, a pesar que Virginia Woolf tenía una enorme capacidad para la autocrítica y tal vez por ese motivo, era muy vulnerable a la opinión de sus defensores y detractores. “A veces temo tanto lo que se dirá sobre lo que escribo como lo que no se dirá, aún más doloroso” insistió a su esposo en una de sus últimas cartas. Una idea parecida a la que abrumó durante buena parte de su corta vida a Sylvia Plath. La poeta, diagnosticada como maniaco depresiva, utilizaba la poesía como una puerta abierta hacia su mente, para mirarse así misma en el refleho de sus palabras: “Sólo escribo porque oigo una voz dentro de mí que no se calla”. Por semanas, Plath solía obsesionarse con sus obras, en infinitas y cada vez más furiosas correcciones, escribiendo hasta la extenuación. Su tremenda necesidad de triunfar en el reducido y misógino mundo Literario Americano, se convirtió en una obsesión. Pero aún más, ese placer inmediato que le producía escribir, crear, escapar por instantes al sufrimiento emocional. En una ocasión insistió que “se desnudaba” a través de la palabra y que la poesía “era quizás el arma más aguda de la que disponía”. Desconcierta incluso que esa incesante búsqueda de belleza y renacimiento en las palabras, parecieran incluir además un anuncio de su muerte temprana: “Muestra la sonrisa de la realización/La Ilusión de la solución griega”. Una metáfora que parece asumir el peso de la muerte — inexorable e insoportable — sobre la necesidad de trasformación que brinda la palabra.

El arte salva sin duda. Y también transmuta, transforma, re dimensiona. La belleza en todas partes, brindando nuevo sentido a los límites difusos de un mundo borroso, en ocasiones carente de sentido. Cuando levanto la cámara y miro a través del visor, la idea es más real que nunca. La idea que extraordinaria de crear que se extiende a todas partes. La misma sensación de la palabra que describe, que cuenta, que narra, que se eleva. Que es más real y cierta que cualquier otra sensación en el momento justo en que existe, que es más fuerte que cualquier otra idea. El arte, como un sueño de la memoria. La verdadera inmortalidad.

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