sábado, 9 de abril de 2016

Alas rotas y otras historias de brujería.





- ¿A qué le tienes miedo?

Gloria solía hacerme ese tipo de preguntas de vez en cuando y siempre me sorprendía el tono casi adulto tenía su voz cuando lo hacía. Era como si de pronto, la niña de catorce años que era mi amiga, se transformara en la mujer que sería en el futuro. Un espíritu intemporal que me costaba esfuerzo reconocer.

- No lo sé - le respondí, un poco sorprendida - creo que a la oscuridad.
- Miedo de verdad - insistió Gloria. Detuvo su caminata un poco sin rumbo por el jardín antipático de mi abuela. Me miró sobre el hombro - Miedo del que te deja sin respiración, del que te hace daño.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No entendía muy bien como habíamos pasado de una frugal conversación sobre muchachos y maquillajes a esta extraño silencio, casi doloroso. Me quedé de pie, con las manos húmedas por sudor nervioso.

- A...la muerte, creo - respondí por último, un poco a regañadientes. La verdad, no tenía el menor deseo de hablar de algo semejante bajo aquel sol de septiembre que olía a tierra fresca y a montaña, en uno de esos días de final de vacaciones cargados de brillo y un delicioso calor. Pero la mirada clara y resuelta de Gloria casi me obligó a completar la frase - A morir. O que mueran quieres amo.

Silencio. Quise sacudir la cabeza, huir corriendo hacia la vieja casona de mi abuela - la sabia, la bruja - y olvidar lo que acababa de decir. Huir quizás, de lo que significaba, como si las palabras simbolizaban un dolor muy viejo y extraño que no acababa de comprender del todo.  Pero Gloria se quedó muy quieta, mirándome a la cara y decidí quedarme junto a ella. Me pregunté que le preocupaba tanto, que podía provocarle un dolor tan evidente y tan duro como para que no lo disimulara con sus habitual entusiasmo.

- ¿Tu familia que piensa de la muerte?
- ¿Cómo?
- ¿Qué cree que sucede después de morir? ¿A dónde vamos? ¿Qué pasa con...quienes somos?

Escuché el sonido del viento entre las ramas de los árboles, el suspiro de la maleza mal cortada moviéndose por la brisa húmeda. Tomé una larga bocanada de aire, con el pecho cerrado por una súbita angustia que me llevó esfuerzos controlar.

- En Brujería, creemos que...volvemos - expliqué con torpeza - que una vez que morimos, nuestro espíritu decide volver al mundo para continuar aprendiendo. Que la vida...es un larguísimo camino de sabiduría y crecimiento.
- Eso es...poético - opinó, no muy convencida.
- Para las brujas, cada día y todo lo que hacemos es una forma de aprender, de hacernos cada vez más fuertes en la experiencia, poderosos en el conocimiento. Las brujas creemos que nada muere en realidad sino que todo se transforma, se convierte en algo más poderoso y simbólico de lo que era.

Gloria apretó las mandíbulas y tuve miedo que se fuera echar a llorar, como si una ráfaga de emociones desconocidas el subieran al rostro y le colorearan  la expresión. Pero no hizo nada: permaneció allí, impotente y un poco confusa, al parecer meditando sobre lo que acababa de decir.

- Una vez leí que apenas te mueres, tu cuerpo comienza a descomponerse. A prepararte para ser parte de la tierra. Que ya no existes, que dejas de ser tu. Que eres nada, que la Tierra te come, te devora. Que dejas de estar.

Silencio otra vez. Parpadeó, como si no pudiera fijar la vista en ninguna parte. Y sentí miedo, de su rostro pálido, de lo que acababa de decir, de esa tarde plácida, idéntica a cualquier otra. De pronto, tuve una sensación muy precisa que aquella conversación desagradable, era parte de algún extraño cambio interior que Gloria padecía en silencio. Que era el anuncio de algo mucho más grande y angustioso de lo que hasta entonces, no había tenido el menor indicio. No supe qué decir o qué hacer, como no fuera esperar a que ella se enfrentara a esa incertidumbre que parecía golpearla y me explicara que ocurría.

- Tu cuerpo, sí - dije entonces - es piel, huesos, músculos, órganos. Pertenecen al mundo y a la Tierra vuelven, al ciclo natural de las cosas. Pero tu mente...
- ¿Que pasa con mi mente? - me fulminó con la mirada - ¿De verdad crees que pasa algo que no sabemos? ¿Qué...?

Sacudió la cabeza y echó a correr hacia las raíces del árbol de mango más allá. Era el árbol más viejo del jardín y también, el más robusto y grande. En sus ramas, colgaban las cintas de solsticio de varios años y tenía el aspecto descuidado y agradable de un recuerdo muy querido. Miré a Gloria saltar para encaramarse en la parte más redondeada del tronco, treparse en él con las manos abiertas e impacientes.

- Gloria... - la llamé. Ella sacudió la cabeza. Su melena rubia se le derramó sobre la espalda.
- Mi miedo es desaparecer...al olvido - que raras se escucharon esas palabras en medio de esa tarde plácida, pronunciadas por una adolescente saludable y rozagante de salud - Mi miedo es que...cuando muera...nadie recuerde quien era yo...que miren mi fotografía y...

Siguió trepando árbol arriba. La mire, con el corazón latiendo muy rápido. Hace años, había encontrado una caja de fotografías perdidas en algún lugar del sótano de mi casa. Fotografías que habían viajado entre maletas y baúles por continentes enteros, sin que nadie recordara su procedencia o quien los había guardado allí. Había mirado por horas los rostros desconocidos, preguntándome por qué sonreían, a que lugar del mundo de la historia pertenecían. Y había tenido un pensamiento curiosamente semejante al que aterrorizaba a Gloria. Ese olvido que es la verdadera muerte. Desaparecer incluso de la memoria de quien podría recordarte.

- La brujería cree que eso no sucede - le grité a Gloria - Las brujas jamás olvidamos lo que atesoramos en el espíritu.

Gloria se sujetó de una gruesa rama del árbol y se quedó con el rostro apretado contra la madera rugosa y envejecida. Me acerqué a las raíces, mirándola preocupada.

- Las brujas creen en muchas cosas que yo no entiendo - se quejó en voz baja que me llevó esfuerzos escuchar.
- Sí, me ocurre también a veces - admití - pero esto, el recordar y atesorar, si lo entiendo. ¿Quieres que te cuente?

Ella no se movió, aún con los dedos aferrados al tronco del árbol, con el cabello sacudido por el viento cálido que nos rodeaba. Finalmente movió la cabeza de un lado a otro, como si  intentara recordar quien era y donde se encontraba. Tenía el extraño aspecto de una muñeca rota, con los brazos y piernas rígidos, la cabeza levemente inclinada, el rostro contraído de pura angustia. Me pregunté si continuaría trepando hacia la parte más alta del árbol, escapando de su miedo, tratando de encontrar algún alivio más allá de donde mis palabras podían alcanzarla. Eso me preocupó.

- Esta bien - aceptó por fin. Con un movimiento desmañado y un poco torpe, saltó desde la rama donde había estado colgando y se dejó caer al suelo - Cuéntame lo que tengas que contarme.

Caminamos juntas hacia la casa de mi abuela. Ahora, Gloria tenía un aspecto tranquilo, casi cansado y eso me desconcertó. A veces, pensaba que  era la persona más extraña que conocía. Por casi siete años, había sido acérrimas enemigas: Gloria era la niña más popular de la escuela y yo, el bicho raro y recién llegado que no parecía simpatizar a a nadie. De alguna manera, ese enemistad artificial dramática, se había convertido en una amistad profunda y sentida. Gloria no sólo era una de las pocas personas con las que podía conversar sino además, de la más inteligentes que conocía. Eso, a pesar de su terrible carácter y sus estallidos de ánimo que jamás llegué a comprender muy bien.

Como siempre, el salón de la casa de mi abuela, tenía un aspecto plácido, desordenado y cómodo. Nos acercamos a la pared del fondo, donde estaban colgadas la mayor parte de las fotografías familiares, enmarcadas en cristal y madera. Gloria lo miró todo con ojos curiosos cuando nos detuvimos frente a ellas. Eran docenas de fotografías de rostros sonrientes, atemporales. Flotando en pequeñas escenas perdidas y encontradas que tenían el aspecto melancólico de un pensamiento apenas recordado.

- ¿Quienes son?
- La verdad, la mayoría de las veces no lo sé - confesé - y creo que no hay nadie de la casa que lo haga. Pero las conservamos porque es parte de nuestra historia. En Brujería, la historia no es sólo lo que ocurrió en el pasado, sino la sabiduría que se hereda, que pasa de generación en generación como un hilo interminable de conocimiento que recibes y después obsequias para que nunca se detenga el ciclo de construir algo más grande que tu mismo.

Recité aquella parrafada de memoria. La había escuchado tantas veces que de alguna forma, formaba parte de mi manera de ver el mundo sin que supiera cuando lo había aprendido en realidad. Y me gustaba: me agradaba muchísimo pensar que cada día, había algo de mi manera de pensar y de soñar que podía obsequiar a alguien más. Formar parte de un largo y bello ciclo de aprendizaje y sabiduría que continuaría después de mi, del que formaría parte todos los días de mi vida...e incluso, después de ella.

- Todas las brujas atesoran los recuerdos como parte del paisaje de su mente - dije acariciando con cuidado el marco de una de las fotografías. En ellas, una prima desconocida cuyo nombre no sabía, me saludaba desde un pasado remoto. La imagen la mostraba muy joven, casi de mi edad, con el cabello suelto y despeinado cayéndole por los hombros, en un día radiante que el claroscuro había inmortalizado con enorme belleza - Todas las brujas conservamos los fragmentos de nuestra personalidad, de quienes somos y quienes deseamos ser, para que después sean parte de lo que creamos. Toda bruja busca respuestas en su pasado y su presente. Y se enfrenta al futuro recordando todo lo que aprende gracias a esa herencia.

Gloria me escuchó, no muy convencida. Descolgué una de las fotografías que más me gustaba y se la extendí. Una mujer desconocida llevaba a un bebé en brazos, mirando hacia un atardecer de grises y radiantes blancos que siempre me había parecido de extraordinaria belleza. Gloria tomó el marco con un gesto casi reverente.

- En brujería creemos que muere a quien nadie puede recordar, como tu dices - seguí - pero también sabemos que lo que se recuerda es sólo una de las cientos de miradas al futuro. Formas parte de un conocimiento profundo sobre lo que eres, que hace valioso y necesario conservar todas las piezas que forman tu pasado. Que te sostienen y te identifican.

Caminé con Gloria hacia la pared de las Escobas. Desde que recordara, colgaban allí como una metáfora extravagante y hermosa de una tradición muy vieja. En casa de mi abuela, ninguna escoba se utilizaba para barrer y mucho menos, eran sólo objetos de uso domésticos: eran símbolos de un costumbre muy viejas, de entender el poder de la mujer y lo femenino. Una percepción casi primitiva sobre esos pequeños gestos de inestimable valor que formaban parte de la magia cotidiana.

- Toda bruja cuelga escobas en la pared para recordar que puede expulsar el miedo y la confusión de su vida - le expliqué - que a pesar de la debilidad, la confusión, las dudas...la voluntad de crear siempre será más fuerte que cualquier otra cosa. Las brujas del pasado tomaban las escobas y corrían por los campos al anochecer, para impregnar con esa intención de poder a la Tierra. De recordar el ciclo de la semilla que se cumple en todos nosotros. Que estamos vivos para morir. Que morimos para nacer de nuevo. Que somos el poder puro de nuestras creencias, convicciones y capacidad para transformar lo que nos rodea. Que nos elevamos en nuestras esperanzas, que creemos posibles la idea de lo que se sostiene sobre nuestra fe y nuestra capacidad para crear. Somos sobrevivientes, somos pura voluntad. Y lo recordamos - nos lo recuerdan - a diario.

Gloria se acercó a las escobas y acarició el mango de una de ellas: la madera rugosa y muy vieja brillaba al sol del del atardecer y los símbolos grabados en ellas - estrellas, palabras, frases, ideas - parecían marcados a fuego por los años, por los recuerdos, por lo pequeños secretos que contenía. Suspiró, un gesto lento y triste que me conmovió.

- Es...tan bonito todo lo que me cuentas. Pero aún así, sigo temiendo al olvido. No soy yo lo que sobrevivo, sino lo que recuerdan de mi. Lo que alguien aprendió de mi - comentó - ¿Eso es suficiente? ¿Es es bastante bueno como para no temer a la muerte?

Era una pregunta que yo misma me había hecho muchas veces, sobre todo, después de la muerte de mi bisabuela, la primera de un pariente que amara que había sufrido alguna vez. Nunca olvidaría la sensación de profundo dolor que me había provocado su habitación vacía, sus libros de páginas inmóviles. Su ropa colgada y huérfana, la ausencia de su voz y de su rosa. Descubrí que la muerte no es sólo el terror a lo desconocido sino lo definitivo de la ausencia.

Eso me había aterrorizado muchísimo por largas semanas. No podía dormir ni comer sin pensar que la muerte me arrebataría alguna vez mi lugar en el mundo, lo que era y quien deseaba ser. Despertaba en medio de la noche, cubierta de sudor y con las manos aferradas a las sábanas, enfrentándome al terror de la muerte. Al miedo insoportable de ser nada ni nadie. Flotar en una oscuridad blanda y anónima para siempre.

- Morir es inevitable, vivir es necesario - me consoló mi abuela, una noche en que me encontró llorando, aterrorizada por esa idea. No recordaba haber hecho sonido alguno o que mi llanto fuera audible, pero allí estaba ella, con su rostro plácido y sereno, abrazándome en la oscuridad - Vivir es crear y construir, es avanzar a pesar del miedo. Es arriesgarse, la osadía pura. Es despertar cada día para enfrentar esa límite de lo desconocido que te espera y triunfar con todos los recursos de tu imaginación, a pesar de eso.

Sacudí la cabeza, abrumada de angustia y desazón. Ella me besó en la frente y me seco las lágrimas con los dedos.

- Hija, morir es un trayecto natural. Pero vivir, incluso a pesar de la muerte y después de la muerte, es una forma de aspirar a algo más profundo que el simple miedo a todas horas - me dijo - Las brujas creemos que la conciencia, lo que nos hace valiosos y únicos, sobrevive a la oscuridad. Y lo hace para volver a vivir, para seguir en el largo trayecto de aprendizaje.
- ¿Eso es verdad? - balbuceé angustiada - ¿Puede pasar?
- Nadie sabe que ocurre después de la muerte. Nadie puede asegurarte con certeza que serás recibida en un lugar de extraordinaria belleza y paz, descansarás para siempre o regresarás. Pero lo que sí es posible y es en lo que creo, es lograr que tu vida sea todo lo intensa, lo extraordinaria y lo poderosa como para ser digna de ser recordada.

Me abrazo con fuerza. Me quedé en silencio, sintiendo como el pánico se transformaba en algo más endeble, soportable e inocente. Mi abuela me acunó con dulzura hasta que dejé de llorar.

- ¿Y como hago eso?
- En Brujería, se dice que toda que bruja aspira a la trascendencia. Y no sólo porque cree que la inmortalidad del espíritu es posible, sino por el hecho que a diario, es capaz de construir el conocimiento que alguna vez heredará. Una bruja sueña con el futuro, lo construye todos los días. Una bruja tiene la osadía de confiar en que encontrará en medio de la incertidumbre. Una bruja nunca deja de aprender, de creer que la vida merece ser vivida a plenitud. Una bruja jamás agota las posibilidades, lo intenta todo, se equivoca siempre que puede. Y esa necesidad de crear y aprender, de creer firmemente en la vida como fuente de todo conocimiento hace que la muerte sea un paso a lo desconocido que puede aceptar. Qué puede mirar a la distancia. Que puede aceptar finalmente.

Nunca olvidé esas palabras y el consuelo que me proporcionaron. La sensación que a pesar de correr al límite de ese espacio vacío y doloroso de la posibilidad de la muerte, la vida era mucho más rica, enaltecedora, poderosa, espléndida. Poco a poco, me recuperé del dolor profundo de haber perdido a mi bisabuela y quizás también, la inocencia de no comprender a cabalidad el silencio de morir. Y aún así, esa conciencia que mi vida podía ser una experiencia que pudiera sobrevivir a mi desaparición física me hizo pensar que quizás, no todo es tan sencillo como desaparecer en mitad del mundo. De no ser, en medio del dolor y el duelo de quienes te aman.

- Ven aquí - le dije a Gloria y corrí como un vendaval hacia la biblioteca desordenado de mi abuela. Ella me siguió, con los ojos muy abiertos y asombrados.

La biblioteca de la casa de mi abuela era como yo suponía debían ser todas las bibliotecas: con enormes anaqueles repletos de libros en diferentes estados de deterioro, mesas y pequeñas repisas llenas de hojas a medio escribir, pequeños objetos curiosos acumulados en los rincones. Era un saludable caos repleto de conocimiento que yo apreciaba más que cualquier otra cosa y que disfrutaba justamente por esa capacidad para despertar mi imaginación. Siempre había algo nuevo que descubrir, leer o enseñar en ella.

Pensé en eso cuando me acerqué junto con Gloria a al mueble de puertas de Cristal donde se guardaban los libros de las Sombras de la familia. Eran casi un centenar de libros con solapas de cuero o carton, algunos tan viejos que parecían desmigajarse de pura senilidad a simple vista. Pero eran el tesoro familiar más querido: representaban décadas enteras de dedicación y amor por el conocimiento. Cada uno de ellos habían sido escritos a mano por una bruja de la familia, para legar sus conocimientos y aprendizajes a las brujas del futuro, como yo.

- Aquí, está el corazón de mi familia - le expliqué en voz baja, apoyando la mano en el cristal - aquí estan todas las palabras, conocimientos e ideas de muchas de las mujeres que nacieron antes que yo y que deseaban yo los conociera.

Gloria miró el anaquel, la larga fila de viejos libros y me pregunté si solo veía las solapas carcomidas por la humedad, las hojas rotas escapándose por los bordes, los pliegos de papel acumulados de cualquier modo entre ellos. Si podía entender la trascedencia de cada palabra, de cada pensamiento contenidos en ellos. Cada pequeño tesoro que una voz desconocida había obsequiado al viento.

- Una bruja es lo que puede enseñar, heredar, soñar y crear. El futuro que construye cada día. A pesar de la muerte, a pesar del miedo. Incluso esos pequeños y discretos que te atormentan a diario - me incliné para atisbar dentro del anaquel, que aún no podía abrir sin la supervisión de mi abuela pero que esperaba, algún día fuera mi herencia - una Bruja sueña con las brujas que educará a la distancia. Con todo lo que heredará ritual tras ritual, conocimiento tras conocimiento. Una bruja sobrevive así misma, por lo que pueden brindar a esa familia que espera por ella años o siglos más allá.

A veces, me conmovía tanto esa idea como para que se le llenaran los ojos de lágrimas. Imaginaba a una niña en el futuro - o un niño, tal vez - que leería mi libro de las Sombras y comenzaría a hacerse preguntas, a asombrarse por las historias que contenía. Por construir una idea más amplia y más poderosa de si mismo de lo que hasta entonces conocía. Imaginaba que mi libro sería leído por alguien que aprendería de él, que pronunciaría mi nombre al sostenerlo, que sonreiría al imaginarme, a muchos años de distancia, soñando para el futuro, creando día a día. Era la vida después de la muerte. La vida y la luz después de la oscuridad.

- No sé si regresamos a la vida. O lo que somos forma parte de la vida y así vives, aunque no estés - confesé en voz baja. Gloria me dedicó una larga mirada silenciosa y cálida - pero si sé que lo que sueñas, lo que creas, lo que esperas construye algo tan valioso que vale la pena conservarlo. Obsequiarlo. Te salva del olvido. Te salva del miedo. Te protege de las sombras y el temor.

Suspiré. Gloria ladeó la cabeza con un gesto amable que no le reconocí.

- Vivir para no morir - resumió en voz baja. Me encogí de hombros.
- Morir pensando que tu vida vale la pena ser recordada.

Una vez, le había preguntado a mi abuela como era que la brujería había sobrevivido a las quemas, purgas y torturas. Que como aún había mujeres y hombres que celebraban a la Gran Diosa sin nombre a pesar de las quemas, el horror y el miedo. Ella me miró con una sonrisa cuyo significado comprendería sólo años después.

- Porque lo realmente valioso de toda herencia jamás muere. Se hace más fuerte en el dolor. La muerte es sólo un paso. La vida es para siempre.

Pensé en esa frase mientras Gloria y yo contemplamos los libros de mi familia, esa larga herencia de conocimiento que había llegado al futuro creándose así misma. Y pensé que la vida era un misterio rodeado de misterios, mucho más exquisitos y poderosos que la mera ausencia de la muerte. Que el dolor y el miedo que provocaba lo desconocido jamás podrían vencer a la capacidad del espíritu humano para alcanzar la esperanza.

- Vivir para siempre en lo que somos - dijo entonces Gloria y me sobresaltó que su frase pareciera resumir lo que estaba pensando. Me volví para mirarla y me sorprendió su sonrisa tímida, el rostro de niña lleno de una alegría casi adulta - vivir para seguir avanzado y que lo que hagamos, sea más fuerte que lo que pueda provocar nos olviden.

Escuché el viento de la tarde golpear las ventanas de la biblioteca, con su aroma a mundo nuevo y silencios interminables. Y el sol, ese sol de Caracas tan de oro y recién nacido que siempre me hacía pensar en la esperanza. Como si la vida naciera a diario, a cada aliento, en cada pensamiento. Y la muerte, fuera sólo un momento de silencio, más allá de las estrellas.

***


Sonrío cuando escucho a Gloria al otro lado del teléfono. No tengo idea donde se encuentra ahora: la última vez que me telefoneó estaba en alguna Isla del Caribe, escribiendo sobre playas extraordinarias y montañas misteriosas. Antes, me había enviado fotografías de Selvas frondosas y ríos resplandecientes y sin nombre. Me pregunté que nuevo secreto del mundo habría encontrado ahora. Que nueva mirada al futuro construía a través de su cámara y su imaginación.

- ¡Lo que te pierdas paliducha! - me gritó eufórica. Escuché al fondo de su voz, el sonido del agua al caer en estrépito, el ulular del viento - ¡No hay nada como la belleza para recordar que estás viva!

Nos recordé de niñas, en mitad de una biblioteca vieja y destartalada. A la Gloria temerosa, con los ojos muy abiertos y asombrados. Las mejillas sonrojadas de emoción.

- Voy a vivir para que me recuerden y para recordarme que la muerte es eso...lo que se puede conservar - me había dicho en esa ocasión, los ojos brillantes de lágrimas, tan cerca de la angustia como de la emoción - ya vas a ver. No habrá momento en mi vida que no valga la pena recordar.

La escucho reír al otro lado del teléfono, plena y feliz, la mujer arrojada y aventurera en que se convirtió. Y pienso en el poder de la vida, en el poder del conocimiento que nos obsequia vivir como si cada segundo fuera un obsequio. Una mirada interminable al futuro. Una forma de soñar.

La magia más antigua de todas.

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