viernes, 22 de abril de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Abril: México. Elena Poniatowska.




Elena Poniatowska siempre supo que quería ser escritora o al menos, en eso insiste. Quizás nunca sabremos si es cierto. Otra pieza ambigua y maravillosa del paisaje que la escritora crea para sí misma. Y es que cada vez que cuenta su andadura por el mundo literario,  Poniatowska se toma libertades poéticas que añaden a su historia un brillo mitológico y nostálgico. Y es que tal vez Poniatowska confunde la realidad y la fantasía al recordar y al recordarse. Al construir esa exploración de su identidad gracias a las palabras y por las palabras. Siendo así, avanza con dolor y con angustia hacia una idea profunda no sólo contra sí misma - y quien pudiera ser - sino lo verídico. Tal pareciera que Poniatowska intenta fabular lo mínimo, asumir su día del ayer y del hoy a través de una serie de equívocos brillantes que la escritora no logra asumir más allá de lo delicado y lo profundo de su visión sobre lo que le rodea.

Pero a pesar de esa ambigüedad al contar su historia - o narrarse así misma - Poniatowska siempre parece coincidir en una sola idea: Siempre anhelo escribir. Lo hizo desde niña, cuando perseguía su madre, su hermana y a su tia para que escucharan sus cuentos. Ella misma se describe como intranquila, encaramándose en sillas y mesas para hacerse escuchar. Y creando. Creando a toda hora. Desde todas las formas, por todos los motivos. Creandose como un personaje extraordinario, de infinitos matices. Bello y extravagante, común y entrañable. Tal pareciera que la Poniatowska salta de un lado a otro, avanza con dolor en su propia narración del pasado para entenderse. Porque a esta pequeña escritora en ciernes, nadie le hacia caso. Hija de una pareja de aristocratas recién llegados de Europa, se encontró de pronto aislada, sin saber cómo hablar de ese mundo interior que se le desbordaba desde los dedos. Esa mirada profunda e insistente sobre el hoy, el futuro y la incertidumbre. En una ocasión Poniatowska contó - o se narró así misma - que este México exótico, extraordinario, de cielos calientes y belleza recia la cautivó. Que no podía dejar de mirar las calles naranja, los almendros frágiles de las esquinas de su casa, la belleza indígena de los hombres y mujeres que la rodeaban. Y tanto miro que de pronto sintió la necesidad de contar - resguardar, atesorar, llevar  todas partes - esa belleza imposible, esa ternura de ratos con olor a tierra y a mar invisible. Y se obsesionó por hacerlo.

Así que siguió mirando. Siguió insistiendo en contar aunque la siguieron ignorando por mucho tiempo. Pero finalmente, encontró su voz - o mejor dicho, un oido interior que la escuchó con atención - y de esas narraciones orales, comenzó a escribir. Lo hizo a toda hora, por todos los motivos. Lo hizo pensando en el para siempre. Con veinte años ya tenía varias publicaciones en las editoriales más prestigiosas de México. Y  construía una reputación bien ganada como mujer de palabra poderosa, como esa esencia contemplativa que encuentra en la realidad su mejor inspiración. Poniatowska siguió entonces narrando. Elaborando historias, completando otras. Uniendo hilos infinitos para crear un tapiz de literatura que llevara su impronta. Porque con la misma pasión de la niña obsesionada con las palabras, la adulta en que se convirtió siguió mirando a todas partes, asumiendo el costo y la fuerza de crear, construir y aprender a través de ideas personales y fértiles. Como si la palabra en la hoja escrita fuera más que un mensaje, un reflejo donde pudiera mirarse con atención. A ella misma pero sobre todo, a esa realidad que construía a partes infinitas. Esa noción obsesiva sobre la individualidad y la virtud de la visión original para elaborar un mensaje concreto sobre la identidad.

Octavio Paz la llamó "el pájaro de la Literatura Mexicana" y lo hizo seguramente en un intento de comprender esa curiosidad de Poniatowska por la literatura como multiplicidad de miradas. No sólo tuvo la capacidad de pasar de la crónica a la biografía, del cuento a la novela y de la entrevista al ensayo con una facilidad pasmosa sino que además lo hizo con indudable delicadeza y talento. Porque el mayor triunfo de Poniatowska fue asumirse como mirada transformadora, siempre en busca de una grieta en el argumento, de una percepción completamente nueva de lo que deseaba escribir y debatir. Y lo logró a base del empeño por encontrar siempre una arista novedosa en ese paisaje de palabras. En la interminable búsqueda de una razón para continuar observando, contemplando. Obsesionada con la belleza - como siempre -, con lo intelectual - como la adulta que siguió en busca de respuestas - y más allá de eso, como una expresión formal de una gran necesidad de expresión en constante crecimiento. Poniatowska intentar contar lo que ve - como todo escritor - y además elabora toda una perspectiva fresca al hacerlo.

Pero Poniatowska es sobre todo Mexicana. Hija de un México remoto que insiste en conservar en su imaginación y que continúa construyendo y conservando con la misma osadía y energía de su juventud. Con ochenta y tres años cumplidos, Poniatowska continúa creando el México que sueña, el que aspira mostrar a través de sus obras pero sobre todo, con el que sueña cada palabra que escribe. Y lo confiesa sin empacho ni verguenza. Hace un año durante una entrevista que concedió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, insistió en que escribía para México, como si cada párrafo fuera un reflejo incesante de ese país interior que lleva a todas partes.  “Escribir ha sido mi manera de querer a México” resumió la escritora para contar su aventura de vida a través del país que ama y la imagen que tiene de él. "Quizás todos nos contamos historias a medida que avanzamos y tememos lo que perdemos. Pero escribimos para el país imaginario. El que nace todos los días, el que recordamos por nostalgia, el que soñamos por pura esperanza" remató con el candor de la niña que fue y que sin duda, continúa siendo. Su apasionada confesión arrancó aplausos y carcajadas de un público que la admira no sólo por su talento - lúcido, blanco y por completo intacto a pesar de la vejez - sino también por esa gallardía basada en ilusiones. En esa noción fantástica sobre lo bueno y fuerte de un país de contrastes.

Tal vez por ese motivo, a Poniatowska - esa niña mujer extraordinaria, la escritora implacable, la anciana encantadora - se  llama así misma la "Sancho Panza Femenina". Una definición que no sólo parece expresar esa idea alegórica que inspira y sostiene a la escritora sino también, algo más profundo. Esa percepción del bien y del mal, lo bello y lo feo basado en una inocencia que asombra por su capacidad para desconcertar. Porque Poniatowska no es en absoluto ingenua pero si posee una sencillez de sentimiento que enarbola un tipo de belleza extraordinaria que conmueve más que cualquier otra cosa de su obra.  En la misma Feria, donde presentaba un libro de cuentos llamado "Hojas de papel volando" fue aclamada y alabada justo por esa noción sobre la sencillez que se mantiene intacta en sus obras, esa sinceridad a toda prueba que la define “Leer sus cuentos reunidos es pensar en el confeti de la fiestas populares, en el papel picado del día de muertos y en el son del negro revoloteando por la ciudad de México, donde vive gente muy distinta, de clases muy distintas. Podemos acercarnos a mundos como el de la sirvienta y la patrona. Los trabajadores de una tlapalería o la soledad de un maquinista en la cárcel de metal de su tren. Ella consigue sacar hilitos de una asombrosa sagacidad narrativa y pasearlos ante nuestros brillantes ojos” declaró la escritora Ana García Bergua, quién se declaró no sólo admiradora de la escritora sino de sus mundos. Todos esa visión interminable sobre lo que se crea y se construye a través de la palabra.

Una vez se le preguntó a Poniatowska cual era su verbo favorito y respondió de inmediato y casi sin pensar: "Contar. Contar y contar. No hay nada que me defina mejor o comprenda mejor que contar". Y es lo que hace, asombrada y conmovida por su México amado y también por la naturaleza que avanza hacia regiones inexploradas a través de su prosa. Que mira con curiosidad y amor al mundo que sigue desconcertando - y que mejor razón para escribir que esa - y siendo parte de una perspectiva múltiple y valiosa sobre lo que somos como continente y deseamos ser como identidad.  “Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca" insistió en una oportunidad al narrar su vida azarosa, extraordinaria y llena de matices - "y continuar para ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

La sensibilidad como forma de crear.

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1 comentarios:

Carlos Martínez Rodríguez dijo...

Me puedes enviar los materiales que ofreces de Poniatowska ... mi correo cmtz05@gmail.com te agradezco de antemano. Saludos

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