lunes, 20 de febrero de 2017

Panegírico a una Dama entre azules y odaliscas inolvidables.






La primera vez que visité el museo de Arte contemporáneo Sofía Imber — siempre llevará ese nombre, en mi mente — lo hice con mi madre. Tenía unos seis o siete años y desde esa distancia de la infancia, me pareció inmenso, interminable. Un territorio desconocido que me impresionó por no parecerse a nada que había visto antes, con sus ventanales radiantes y su piso pulido que lanzaba destellos en esa luminosa mañana de sábado. No obstante, el recuerdo más claro de ese día no es el asombro por la existencia del museo — o su realidad física — sino Chagall. Un imagen extraordinaria que colgaba ingrávida en una de las paredes, sin más custodia que un cristal de plexiglás y la discreta iluminación de un foco estratégico. Todo azul y ojos radiantes, la pintura me sonrío a la distancia.

Por supuesto, en ese momento, no sabía que se trataba de una pintura Marc Chagall ni lo sabría hasta años después. En ese momento, la niña que fui lo único que tenía muy claro es que nunca había visto nada parecido. Con sus tonos azules radiantes, su aire tristón y su rarísima belleza, la obra me dejó sin aliento. Me hizo preguntarme que había más allá de esos seres de pesadilla que bailaban en un carnaval eterno del que yo no tenía noticia. Me veo a mi misma de pie, asombrada y temerosa, haciéndome preguntas en silencio sobre la pintura, la mano que la había pintado y el mundo que el artista desconocido había mirado con tanta atención para plasmar aquello. Sentí miedo y también una fascinada convicción que había algo en el arte que podía sacudir tu mente, que podía colorear espacios en tu imaginación. Llevarte justo a esa escena irreal de un baile de máscaras que jamás sucedió por un mero esfuerzo de imaginación.

Cada cierto tiempo regreso a esa mañana de un sábado cualquiera para recordar todos los motivos que me hacen amar el arte como lo hago. Lo que hizo quizás que muchos años después, tomara la decisión definitiva de dedicar mi vida a crear, soñar paisajes imposibles, construir mundos con la herramienta de mi mente y mi espíritu. Y estoy convencida que ese día, fue el primero de tantos otros, el Museo de Arte Contemporáneo me comenzó a educar. Que me brindó no sólo la oportunidad de crecer y de soñar para el arte y por el arte, sino a rebasar los límites con el sencillo método de mostrar que el mundo es mucho más vasto y complejo que lo corriente. Gracias al Museo — a todas las veces que me recibió, me consoló, me abrió sus puertas -aprendí el valor de lo artístico como elemento de construcción del futuro y la identidad. Gracias a ese legado de maravillosa convicción en el poder del arte como una forma de renacimiento, aprendí que todo que el espíritu del hombre puede construir para traducir su mundo en obras de perpetuo valor, comienza por un deseo. Por la inevitable convicción que somos algo más que lo obvio. Que el arte — en todas sus formas — es una forma de trascendencia pero que más allá de esa idea obvia, es también una noción sobre lo poderoso y lo bueno en cada uno de nosotros.

Todo eso me lo enseñó el museo. Todo eso lo aprendí gracias a la terquedad, espíritu combativo, elegancia mental y sobre todo, fuerza espiritual de Sofía Imber. Nunca habrá una forma de agradecer lo suficiente un aprendizaje como ese.

***
Cuando escuché que Sofía Imber visitaría la universidad en la que estudiaba, me entusiasmé. Por años, la mujer de rostro serio y seco, me había intrigado. En mi mente, era la encarnación de mi Museo Favorito. El símbolo visible de esa terquedad a toda prueba que había traído a Venezuela un conocimiento artístico que sorprendía por su variedad, profundidad y buen gusto. Gracias a Sofía Imber, yo había pasado mi infancia soñando con Chagall. Gracias a Sofía Imber, me había enamorado de Miró. Gracias a Sofía Imber había podido mirar a escasos centímetros las pinceladas de un Matisse. Gracias a Sofía Imber, conocía el poder de evocación de un Museo. Su sustancia, pertinencia e importancia. Gracias a Sofía Imber, había descubierto que la curiosidad artística es un don que nunca se pierde sino que nace para ser eterno, para hacerse cada vez más fuerte, insistente. Para llenar tu vida de una belleza incierta y perpendicular que llevas a todas partes, que alumbra cada día que traes al mundo de las cosas. Todo eso lo había aprendido como visitante asidua del Museo de Arte contemporáneo. Todo eso representaba para mí el enorme edificio de Bellas Artes, al que solía visitar una vez a la semana y si había oportunidad, incluso con más frecuencia. En algún punto de mi adolescencia, el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, se había convertido en mi casa, en mi hogar secreto. El lugar en que me refugiaba para leer, para escribir. Para comprender esa otra Caracas que crecía a la periferia de la real. Que se empeñaba, con una terquedad desconcertante, en oponerse al deterioro, al miedo, al lento desplome de un país cínico. Pero el Museo seguía allí para recordar que el arte siempre se perpetúa, se enfrenta. Contradice. El edificio de vidrio reforzado, hierro y hormigón era el símbolo de lo que Caracas podría aspirar, a pesar de todo.

Desde las butacas de las primeras filas del Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello, la mujer de cabello rubio y rostro arrugado, me pareció muy frágil y pequeña. Llevaba un severo traje taller color lila y zapatos cerrados, de anciana. ¿Esta era la mujer que había creado mi lugar favorito? ¿La que había luchado a brazo partido para llevar el arte a un país cínico? Me asombró su delicadeza, los movimientos lentos, el ceño fruncido, la boca apretada en un gesto sobrio. Le temblaban las manos cuando levantó el micrófono. Pero cuando comenzó a hablar, esa impresión de debilidad desapareció. Se transformó en otra cosa. De pronto, Sofía Imber se hizo colosal con su voz pausada, nasal y ese dejo de acento europeo casi misterioso que aún hablaba de un pasado lejano y complejo del que yo no tenía idea.

— El arte educa desde lo invisible — dijo entonces. Movió la cabeza y miró a la multitud de rostros entusiastas que le rodeaban — El arte está en todas partes, es una mirada hacia la humanidad como un proceso. El Museo es la prueba de esa trayectoria, ese crecer a diario que va desde la pieza de arte hacia quien la observa.

El corazón me comenzó a latir muy rápido. De pronto, fui muy consciente que Sofía Imber sabía el tamaño de la empresa que llevaba a cabo. Sabía su valor, su poder, su envergadura, lo que implicaba. Pensé en las salas enormes y radiantes del museo, en las obras expuestas. En los bocetos de Picasso que había visto y de pronto hicieron que la obra del artista saltara del libro de texto para ser parte de mi vida. En la Odalisca de Matisse, tendida en velos carmesí, narrando historias misteriosas. En las salas llenas de Recuerdos del Holocausto Nazi, que me enseñaron más de lo que podía suponer sobre el dolor y la tragedia. Esta mujer de mirada dura, de manos delicadas y manchadas por la edad, era parte de ese trayecto anecdótico. De esa percepción del ahora y al después. De ese legado de enorme importancia, para generaciones enteras de Venezolanos que reconocieron el poder del arte gracias a su trabajo.

— Uno no sabe el peso del arte hasta que hace mejor tu vida — dijo entonces y sonrío. Una sonrisa leve, rápida, poco amable. Una sonrisa rara y bondadosa, a pesar de todo — Porque el arte es una forma de pensar y traducir la realidad. Es una percepción sobre lo real y lo subjetivo, lo que une ambas cosas. Y ese puente entre ambas cosas, es el Museo. Es el espacio que brinda forma a todas esas aspiraciones y construcciones objetivas.

La escuché al borde de las lágrimas. Todo eso lo había hecho por mí el Museo. Todo eso me había enseñado. Todo eso estaba allí, al alcance de cualquiera, para ser disfrutado, comprendido, asimilado. Pensé en todos que como yo, recorrían las salas del Museo para encontrar sorpresa, alivio, maravilla. En todos los que como a mí, el Museo había recibido con los brazos abiertos. Para educar, aleccionar. Para formar desde las sombras y en silencio un nuevo tipo de ciudadano, atento, despierto, sensible. Pensé que la labor del Museo no termina con la puerta cerrada o la obra expuesta. Pensé en el poder que se extiende más allá de lo tangible y que forma parte de algo más amplio que la mera posibilidad de su existencia. Pensé en cómo sería dedicar la vida entera a ese proyecto, a esa percepción de la belleza. Pensé en cómo sería esa voluntad de crear, de porfiar contra la indiferencia, contra todas las corrientes que empujan la cultura para cerrar espacios, para cercenar significado. Y agradecí en silencio a la mujer que seguía discurriendo en voz alta micrófono en mano, por ese esfuerzo. Por la terquedad. Por la intransigencia de continuar a pesar de todo.

— Uno no deja el arte nunca. Te lo llevas a todas partes. Te nutre de formas desconocidas — dijo por último — y esa es la labor del Museo, aquí y en cualquier parte. Una conversación que jamás termina.
Sonreí. Me llevé la mano al pecho. En algún lugar de mi mente, la niña que miraba a Chagall con ojos muy abiertos, sonrío también.

***
De adulta, no perdí el hábito del Museo. A pesar de las convulsiones políticas, de la ciudad que comenzó a resquebrajarse por el miedo. Seguí acudiendo cada sábado por la tarde, cada martes en la mañana. Cada viernes perdido. Seguí caminando de una sala a otra, paladeando el silencio, fascinada por esa cercanía tan sincera con el arte. Tan asombrosa por su sinceridad.

Mi lugar favorito, por alguna razón inexplicable, siempre fue el espacio Francis Bacon. En todas las ocasiones, en todas las visitas terminaba de pie, en medio de la sala pequeña y helada, asombrada en la forma como el silencio del museo la cubría, la rodeaba, me la obsequiaba. Pensando en esa belleza triste y levemente frágil del arte y el poder de crear belleza incluso en lo inconcebible. Estaba allí, de pie, cuando escuché que alguien se lamentaba porque “la Dama” — esa guerrera a ciegas contra la vulgaridad perenne — abandonaría el Museo. Me volví para mirar a la pareja que conversaba en voz baja. Un hombre y una mujer que como yo, parecían refugiarse en el espacio blanco y atemporal que nos rodeaba.

— Nadie está sorprendido — dijo el hombre en voz muy baja — Este Museo no podría ser el mismo con Chávez en el gobierno. Pero nadie esperaba que ella saliera…
 — Pero iba a suceder — agregó la mujer. Sacudió la cabeza — no había más remedio.

Me quedé petrificada de algo muy semejante al miedo. Sí, había escuchado los rumores, los escarceos, la presión sobre el museo y su directora. Chávez, con su necesidad de controlar, destruir, refundar no podía soportar — tolerar — la memoria histórica que una institución semejante representaba. La insistencia en controlar y aplastar al Museo — como concepto del arte como una forma de pensamiento — por el simple hecho de existir. No supe que decir, a donde mirar. La sala con su rostro sin facciones y su curva pesarosa, reflejó mejor que cualquier otra cosa el dolor, la angustia que me invadió y que por último, me hizo huir de allí.

Después sabría que Hugo Chávez, con todo su afán personalista y populista, había cerrado las puertas del Museo a Sofía Imber desde su programa de televisión. Que el anuncio oficial había sido una larga e hipócrita perorata sobre la pobreza y el poder del pueblo. Que para Chávez, una criatura mediática obsesionada con el poder en todas sus formas, la posibilidad de un ambiente como el del Museo era impensable, con su libertad, su independencia, su distancia moral e intelectual. Que para un hombre que deseaba un tipo de control ideológico retrógrado inmediato, el Museo era un enemigo a vencer, a cerrar, a disminuir. Y Sofía Imber, la matrona férrea, el adalid de las salas abiertas, del arte frontal, no tenía lugar en esa nueva visión del arte propaganda. De lo artístico al servicio del poder.

Nunca supe cuando dejó de estar en su oficina o si alguna vez volvió después del anuncio. La siguiente vez que volví al Museo, alguien comentó en voz baja junto a Tempestad de Auguste Herbin, “Ya no está aquí”. El eco de la voz del visitante corrió y cerró puertas. Y de nuevo, sentí miedo. Una punzante sensación de pérdida.

***
Querida Odalisca:

Diez años han transcurrido desde que desapareciste en esa circunstancia brumosa que llamamos país. Te fuiste en silencio, casi con discreción. Tanto así, que casi nadie notó su ausencia. O de hacerlo, no le dio importancia. Así somos en este, tu país adoptivo: descuidados, desconcertados y la mayoría de la veces destructivos. De manera que no es de extrañar que nadie notara tu notoria ausencia, que una copia barata te sustituyera sin que algún ojo experto se sobresaltara o al menos diera la voz de alarma. Plácida y primordial, abandonaste el país que tanto se enorgullecía de tenerte por la puerta pequeña. ¿Quién lo diría?
Por entonces, la llamada “Revolución cultural” tenía envalentonados a todos. En el año 2000, estrenando nuevo siglo, todavía nuestro país inocente no había comprendido la estafa histórica que sufría. No le hacía falta tampoco: Había aires de celebración, esa atmósfera de festividad de pueblo tan simple que pareció sustituir el buen juicio. El puño en alto, la ideología bien visible: así recordábamos los Venezolanos el valor de la utopía. O creía recordarlo en todo caso. Tu padre en Óleos, el bien amado Matisse ya lo decía por entonces “Las circunstancias transforman la belleza en símbolo”. Y bien que lo sabría él, que atravesó con dignidad esa época de ruptura de un siglo que nació a través de la rebeldía y la euforia. Y de allí, naciste tu, una obra inolvidable, donde la belleza tenía tanta fuerza como lo que se esconde entre los trazos hábiles de color. Ese discurso hábil y centenario que quiso contar una historia, que forma parte de la memoria Universal por cuenta propia.

Pero en esta Venezuela que rememora al buen salvaje de Rousseau, eso no importa. Lo importante en las artes, es que sean representativas del puño en alto, del grito de la consigna. El arte por el arte, ya no se estila. Porque en esta Venezuela herida de patriotismo, sofocada por la insistencia en una visión política que se transforma en dogma, el arte puede resultar peligroso. El arte es de hecho una contradicción a esa peculiar necesidad de control, ese puño de hierro que aplasta y sofoca la historia. Porque para la Revolución, la libertad es una amenaza, visión difusa de esa necesidad de igualdad autoimpuesta, obligatoria y debida que la identifica. Así que imagina, que simboliza para una ideología militarista, centralista y autocrática la independencia del pensamiento, esa furiosa necesidad de crear y construir, que destruye límites y crea otros nuevos, que brinda opinión, sentido y criterio a cada aspecto de la vida.
Una amenaza, sin duda. Una grieta en el ese entramado fijo y aparentemente sin resquicio de la ideología que aplasta, que sofoca, que exige. Que a fuerza de repetirse, se convierte en una proclama. En una forma de identidad.

Y allí estabas tu, flotando, exquisita y espléndida, en mitad de un maremágnum de transformación. La revolución que adjudicó otro valor a lo artístico, que lo transformó en propaganda, en lamentable hilo conductor de una necesidad inhóspita de convalidar el rencor. El Museo de Arte Contemporáneo, que te recibió con los brazos abiertos se transformó en otra cosa. Se deterioró lentamente, perdido y aplastado por el peso de la historia reciente, de la construida a trozos, de la que mira con desconfianza la belleza. Quienes te admiraron y recorrieron medio mundo para obsequiarle a Venezuela tu rostro, los trazos deliciosos y vitales que te crean, expulsados del nuevo Reino del Arte que predica una única postura, el que no se resiste, el que baja la cabeza. A nadie extrañó, por tanto, que esa noche — ¿O fue un día? — alguien decidiera que no tenía mucho sentido que continuaras allí, en la pared húmeda y agrietada, entre el polvo y la telaraña. Te tomó, con el desparpajo de la violencia y este desorden, de forma y fondo, y te arrebató a la historia de nuestro país. Y a cambio, con ese simbolismo de la frusilería, de lo superficial, dejó una copia. Una imitación burda de quien eres y más doloroso aún, de lo que fuiste para los amantes del arte de este país.

Nadie sabe muy bien dónde estuviste durante estos diez años. Quizás abandonada de toda metáfora. Pérdida y cubierta de polvo, sin valor, ajena. Ciega. ¡Duele tanto imaginarte así! A ti, pequeño tesoro de un país que te miró con admiración. Pero tal vez ese país ya no existe: Porque durante esos diez años que dormiste — o deambulaste de aquí para allá en el silencio — Venezuela cambio. Venezuela avanzó inexorable por un camino deteriorado, lleno de baches, zigzagueando de un lado a otro hacia el desastre. Venezuela olvidó toda aspiración por lo excelso, lo poderoso de la belleza, para mirar, en pleno ombliguismo absurdo, el arte como una idea rota. Porque mientras dormías, pasajera e itinerante, parpadeando entre manos ajenas, el país que te amó tanto como para considerarte suya, te repudia. No a viva voz, no como un reclamo, sino en todo lo que representas. Porque Venezuela, escindida, violenta, sofocada bajo el puño de lo único, miró al arte como el enemigo, el que se atreve a disentir, el que busca un resquicio de libertad para sobrevivir. ¿Y es que cómo puede una Revolución que no habla de ideas sino de armas, que insiste en la autopreservación antes que la construcción de ideas comprender lo que representa la belleza? ¿A donde va el arte en un país que necesita símbolos prestados para construirse, que asume la estética, lo que se escribe y lo que se pinta, lo que sueña y lo que se canta como un ataque frontal a esa unidad granítica que necesita para subsistir? ¡Hasta el humor, Odalisca nos ha robado esta revolución verde oliva! ¡Hasta los deseos de reír con inteligencia, de criticar con elocuencia, nos arrebata — o lo intenta — esta ideología del resentimiento, esta visión de lo social que no admite replica. Y uniformados en lo caótico, en la defensa de la supervivencia, aplastados y heridos por el terror, intentamos continuar, con equipaje liviano. Con las manos vacías.
No reconocerías a esta Venezuela a la que regresas: depauperada, con el espíritu quebrantado, con tantos lutos sobre lutos que ya es parte de lo esencial que se acepta. No reconocerías a esta generación agotada, dolorida y asustada, que huye de Venezuela al vacío, sin mirar hacia atrás. No reconocerías las calles desoladas, el verbo insustancial. Y esta pobreza Odalisca, esta inquietante frugalidad del pensamiento. Que dolor recibirte así, desnudos, con las manos abiertas porque te necesitamos pero sin saber para qué. Que vergonzoso, tener que hablarte del resentimiento que se hizo parte del lenguaje, del dolor que se hizo lágrima seca, de este gentilicio del horror que construimos en quince años de enfrentamientos y abrumador desconcierto.

Y Como quisiera, bella Odalisca, decirte que tu regreso es un señal de reconstrucción, que esperarte con los brazos abiertos, celebrando que volviste luego de ese largo periplo fugitivo, será un reencuentro. Pero no puedo decírtelo, mi querida. No puedo ocultarte lo que te espera aquí, lo que no reconocerás aquí. Porque repatriada y devuelva a quienes te esperamos, sólo serás la metáfora de lo que perdimos y no podemos recuperar, de lo que asumimos — tememos — como necesario e inevitable. Porque entre el sufrimiento de lo que perdimos y la conciencia de la irrecuperable, te esperamos, los que aún creemos que el arte es una forma de sanación, lo que aún aspiramos a contemplar la belleza para recordar lo bueno y lo sustancial.
Pero en esta Venezuela descreída, en esta Venezuela rota, eso no es suficiente. Cómo duele admitirlo, como pesa en el alma del que busca, del que lucha, aceptar que el arte por el arte — de nuevo esa visión de lo que se promueve y se construye más allá de cualquier significado — en este país ya no es consuelo. Tu no lo serás, a pesar de tu belleza, de tu historia, de la alegría que despierta tu regreso. Quisiera decirte que sí, quisiera celebrarlo también pero no puedo hacerlo. Eso, a pesar del amor que te profeso, del amor del que asume el arte como redentor. Eso, a pesar de lo esperanza que me aferro.

Pero no, para la Revolución resquebrajada, para el país en precario equilibrio sobre el desastre, la metáfora de la capacidad de construir y crear, ya no es suficiente. Y quizás, en un largo tiempo, no lo será.
Aún así, iré en cuanto pueda para verte. Otra vez, gloriosa y única, colgada en la pared agrietada de un viejo Museo de un país mudable y circunstancial. Te miraré, para sonreír, para admirarte, para pensar que quizás y a pesar de mis temores y dudas, simbolizas algo nuevo, algo mucho más poderoso de lo que yo puedo admitir en mi cinismo descreído.

Una nueva mirada a lo viejo. Una esperanza que se renueva.

Ese siempre será el poder del arte, quizás.

Te recibo entonces, con la alegría prudente del sobreviviente, a medio camino entre la desesperanza y la alegría. Una Venezolana que te quiere,

A.
***
Lunes de un febrero roto y sin nombre. De otro mes más en medio de una crisis a cuentagotas, sin nombre. Despierto con la noticia que Sofía Imber murió. Y pienso en el Museo que llevaba su nombre y que ya no lo lleva, en las obras perdidas, abandonadas, rotas, destrozadas. En todo lo perdido en medio del odio, el resentimiento. Pero aún así, también pienso que sobrevive lo más importante, lo indestructible. Lo que ninguna revancha histórica podrá destruir y avasallar: el legado que Sofía Imber dejó al Museo, a toda una generación de Venezolanos que creció entre sus salas. A quienes como yo, esgrimen el poder del arte para luchar contra el control, el miedo y la desesperanza. Gracias Sofía, por un verdadero legado perdurable. Gracias por el poder de crear y construir conocimiento. Gracias por el poder invisible que brindaste en cada momento de tu vida.

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