sábado, 18 de febrero de 2017

La voz de la Luna Llena y otras historias de brujería.



La última vez visité la casa de mi abuela, fue quince meses después de su muerte. Había sido vendida a un pareja de ancianos y ambos, no les pareció extraño que quisiera visitarla por última vez. Me quedé de pie en la puerta, con las manos heladas apretadas contra las caderas, sin saber muy bien que hacer. Nada parecía idéntico a como había sido en mi infancia. Pero de hecho, lo era.

- Estaremos de vuelta en un par de horas - dijo la nueva dueña con una sonrisa amable - ¿Es suficiente tiempo?

Tragué saliva. De pronto tuve el loco impulso de explicarle que no hay tiempo suficiente para recuperar los recuerdos, las palabras perdidas y encontradas, los rostros escondidos entre las sombras. Los sueños rotos, las sonrisas heridas. El amor, quizás. Pero en lugar de eso me apresuré a asegurarle que sería más de suficiente y a decirle de nuevo, lo agradecida que estaba por la oportunidad de regresar de nuevo al hogar de mi infancia.

- Oh, yo entiendo como puede ser de doloroso abandonar las viejas historias - me dijo - hay algo de tesoro en lo que recordamos.

Una frase bonita, poética. La miré alejarse por el jardín descuidado, ahora vacío, sin rosas ni árboles de mango. Había algo indeciblemente doloroso en esa desolación pequeña, inquieta, de rincones polvorientos y la muralla que cerraba hacia la montaña, medio desplomado sobre la tierra. Me quedé allí, de pie, frente a la puerta entreabierta, sin saber si podría hacer lo que me había traído hasta allí. Si tendría el valor de despedirme de mi infancia.

La casa tenía el mismo aspecto un poco destartalado que recordaba de niña. Los nuevos dueños habían conservado las puertas de madera que mi abuelo había tallado con tanto esmero y los arcos que por años, habían adornado los pasillos. Fue lo primero que vi al entrar. Lo primero que me hizo sonreír y también llorar. Esa pequeña sensación de reencontrarme con una escena olvidada, que había creído rota y perdida.

- ¿Lo recuerdas no? tenía siete años la primera vez que vine - dije en voz alta, como si la casa pudiera escucharme, atenta y pacífica en su silencio de una tarde cálida - y me pareciste extraordinaria. Tan enorme que creí me perdería en los pasillos y escaleras. Estaba deslumbrada que fueras tan vieja.

Caminé hacia una de las puertas. Mi abuelo había dedicado semanas enteras a tallar las hojas de albahaca que subían por las venas de la madera hacia el techo. Una colección de hojas brillantes hechas de líneas y pequeñas esferas. Recordaba lo mucho que me había asombrado su dedicación, su amor.

- Para las brujas, las puertas son importantes - me explicó, con el rostro encarnado y un poco cansado. Se secó el sudor con el dorso de la mano - les recuerda los tránsitos, el tiempo que transcurre. Los recuerdo que se atesoran. Una puerta no es sólo una puerta para una bruja.

Si lo sabría él, esposo y padre de brujas durante casi cincuenta años. Yo me había quedado muy quieta, mirando como hundía el formón contra la puerta, lo giraba con lentitud y lograba crear un bucle de madera. Una lenta curva preciosa que subía por las venas más claras hasta alcanzar a la siguiente. Una pequeña obra de arte.

- ¿Y tu que piensas de eso? - le pregunté curiosa. Abuelo soltó una carcajada.
- Que los hombres somos ciegos, pero las brujas pueden ver en la oscuridad.

Una frase que jamás olvidé. La recuerdo ahora mientras subo las escaleras silenciosas. Alguien reparó los peldaños desiguales, relleno los pequeños huecos de entre el cemento y el yeso. Ya no hay un eco dulce, que reverbera en todas direcciones. Sólo el sonido de mis pasos. De niña, solía bajar a la carrera por ellas, flotando con los brazos abiertos, con esa ligereza de la niñez.

- Como te caigas de allí, vas a dejar la tremendura - me reñia tia E., de pie, con los brazos en jarra desde el rellano del salón. Su rostro regordete encendido de furia - te vas a dar tu buen porrazo ¡Y zas! ya no hay más corredera.

Ocurrió, claro. Y más de una vez. Y fue ella la que me consoló, sentándose a mi lado en el escalón traidor que me había hecho caer, rodeándome los hombros con los brazos y soplando despacito la rodilla despellejada.

- ¿Sabes que hace una bruja con las lágrimas? - me dijo en una ocasión. Sacudí la cabeza, llorando sin rebozo de dolor y medio luego de rodar peldaño abajo y herirme la rodilla por enésima vez - las dejamos ir hacia las estrellas. Lloramos porque es bueno, porque es natural, porque es poderoso. Quien llora sabe el color y el poder de sus heridas. Las conoce, sabe que puede enfrentarlas. Y se hace poderosa así.

Me hace sonreír su voz en mi mente. Aún llevo cicatrices en las rodillas, que la mujer en que me convertí mira con curiosidad. Pero la niña que fui las miró asombrada y desconcertada. ¿Eso puede hacer un raspón?

- Cada herida es un aprendizaje. Recuerdalo - se inclina mi tia en mi mente para limpiar con cuidado la piel llena de tierra y sangre - y asi crecemos.

Y así creemos, sí, pienso, caminando por el pasillo de mi niñez. Tan pequeño ahora, con sus pisos de madera y sus paredes desnudas. Cuando era pequeña, rebosaban de fotografías enmarcadas, de estrellas, lunas y rosas. De mis dibujos escondidos, de grietas de humedad. Y esa era mi casa. Y ese era mi sueño. Y esa era mi esperanza.

- ¿Por qué guardas fotografías de tanta gente? - le pregunté una vez a mi abuela, mirándole limpiar cuadro a cuadro. Ella sonrío con su habitual calidez.
- Porque son nuestra historia. Porque hablan del pasado y en ocasiones del futuro. Porque aprendo de ellos.
- ¿Cómo? Ya no están - le respondí intrigada. Ella me dedicó una de sus largas miradas cálidas.
- Somos todo lo que nos crea, el pasado, los recuerdos, el futuro y la esperanza. Cada uno de ellos nos obsequio un regalo que conservamos. Una idea, un pensamiento. Somos una familia de espíritu. Conservamos nuestra historia.

Para las brujas, la familia lo es todo. Para una bruja, la familia es el amanecer, la belleza, la tristeza y la lágrima. Y la mía, era numerosa, dicharachera, festiva, amorosa. Una familia de mujeres fuertes, de rostros canosos y arrugados. Una familia de mujeres poderosas, salvajes. Una familia de brujas. Recuerdo que mirando todos esos rostros del pasado lo pensé por primera vez, lo disfruté asombrada. Me desconcertó el poder de esa idea, de ese hilo de pensamientos que me unía a esos rostros, parecidos y tan diferentes al mío.

El poder de lo humilde, lo pequeño.

Me acerco a la puerta de la habitación que había sido la biblioteca de mi abuela. Me detengo, no quiero mirar. De niña, solía pensar que así debían ser todas las bibliotecas del mundo: Atestada de libros desordenados, llenas de hojas y palabras sueltas. ¿Y ahora que encuentro en ella?

Los nuevos inquilinos no tienen libros, tampoco objetos curiosos. La habitación tiene un aire mustio, con sus cuadros de paisajes al óleo y sus cortinas de encajes. Pero aún, las paredes huelen a sabiduría,  a preguntas, a curiosidad. El lugar de los sueños, de las primeras palabras aprendidas, de los amigos eternos. De mis amores en tinta. El poder de crear.

- Una bruja crea, mi niña - me había dicho mi abuela en una oportunidad, mientras me obsequiaba la historia de una familia destinada a sufrir cien años de soledad - Una bruja construye su historia, su camino, su manera de soñar. Una bruja aprende, asume la belleza. La mira a la distancia. La sueña.

Libros y libros. Los mios, los de abuela - la sabia, la bruja -, los de todas las mujeres que antes y después que yo, habían guardado sus recuerdos en hoja y cuero. Cada libro con una historia, cada página rebosante de experiencia. ¿Y la mia? me veo con los ojos de mi mente allí, sosteniendo el libro contra el pecho, temblando de emoción. Un libro de las Sombras para escuchar mis confidencias, para acompañarme en el camino de la brujería.

Y aquí está este silencio, me digo, avanzando por la casa en sombras. Aquí está este pequeño dolor de la perdida. Pero también estoy yo, tanto tiempo después, con los ojos llenos de lágrimas y emoción. Por todos los rostros que me brindaron nombre y lugar en el mundo. Aquí abuela, trenzando el cabello para mi iniciación. Aquí mi madre, contándome su historia. Aquí cada una de las brujas de mi familia, en sombras o en vida, sosteniendome en brazos, obsequiandome el futuro, soñando a través de mi por los años que vendrán. Por los sueños que compartiremos.  Por la esperanza que construimos juntas.

Y lloro, en silencio, de pie en la oscuridad. Este dolor pequeño, de infancia. Y rio también, por comprender que el tiempo corre en espiral. Que se eleva y me lleva en brazos. Que me muestra lo que puedo ser y aspiro a crear. Y soy yo, esta mujer pálida y torpe, que llora y ríe entre sombras, que aspira a la belleza, que respeta la sabiduría, el eslabón más joven de esta cadena. De este trayecto que se eleva ante mi como una estrella olvidada pendulando en una línea azul añil.

¿Quienes somos cuando el mundo cambia a nuestro alrededor? me digo, caminando hacia el rosal preferido de mi abuela. El lugar más viejo de la casa. Una vez me dijo que tatarabuela había decidido construir justo allí su hogar gracias a una rosa fugitiva. Que poético, que sueño delicado y probablemente irreal. Pero aún así, resume esa belleza discreta, de creer y de confiar. Me detengo, mirando la tarde caer sobre la muralla rota, con la montaña distante mirándome con su infinita paciencia. ¿Quienes somos cuando el tiempo regresa al origen? ¿Cuando las manos se abren para soñar otra vez?

Y baila la bruja, que soy yo. Que seré en mis esperanzas. Que fui en mi aprendizaje. En mi asombro de niña, en mi alegría de espíritu salvaje. Y soy la bruja, la heredera de una historia que no termina, que continúa a través de mi y hacia el confín de la cúpula celeste que admiro. Porque más allá del brillo de estrellas muertas, espera un tiempo siempre nuevo. Un ciclo eterno en el devenir de las ideas.

- ¿Todo en orden? - me pregunta la nueva dueña al despedirme, unas horas después. Sonrío, el rostro seco de lágrimas, la sonrisa aliviada y feliz.
- Todo en su lugar - le respondo y sé que es así. Ella mira la casa a nuestras espaldas, que se despide de mi con su venerable silencio y después sonríe, casi con ternura.
- Es una bella casa, la cuidaré como pueda - me mira a continuación - ¿Sabía que hay quien piensa que esta era una casa de brujas?

Lo dice con cierto asombro e incluso temor. Y río, en mi mente, mientras el cielo parece extenderse como hilo de plata y añil más allá de mi última mirada al pasado y el primer paso hacia el presente. Sonrío, con el asombro de la niña que creció entre brujas y la mujer en que me convertí.

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