sábado, 25 de febrero de 2017

Secretos a media voz y otras historias de brujería.




Llamarte bruja no es sencillo. Mucho menos, cuando la palabra parece confundirse con una serie de ideas y conceptos sobre lo femenino poco menos que preocupantes. Y aún así, llamarte bruja es un honor. Llamarte bruja es una manera de asumir tu propia visión del mundo, de construir respuestas a las preguntas que te formulas a diarios e incluso, las que no sabias te obsesionaban. Llamarte bruja es una sonrisa, la necesidad de creación. El nombre que define el espíritu salvaje de la mujer primitiva, de esa naturaleza esencial de la mujer que la vincula directamente con el tiempo, la Tierra y las estrellas. El nombre secreto de su propia voluntad.

Pero de niña, yo no sabía esas cosas. Solo sabía que "bruja" era mi abuela, con su sonrisa brillante y divertida y sus mirada inteligente. Que "bruja" era mi madre, con su mirada serena y sus silencios inquietantes. Que "bruja" sería yo, aunque no sabía como ni tampoco cuando llegaría a serlo. Pero sabia que había algo que me unía irremediablemente a esa palabra, a esa extraordinaria idea que parecía aspirar a la esperanza, a lo bello y a lo radiante. Porque una bruja conoce el poder de la palabra y también del conocimiento que encierra. Y sin duda "Bruja" es una palabra poderosa. Es un reflejo nítido de nuestra capacidad para soñar y crear. Una puerta abierta hacia las posibilidades de nuestra voluntad.

No todo era tan sencillo, claro. No todo el mundo consideraba la palabra bruja tan hermosa como lo hacía mi familia. La primera vez que le dije a una de mis amigas del colegio que mi abuela se llamaba así misma de esa manera, la niña me dedicó una mirada asombrada y después, un poquito inquieta. Hubo un largo momento de silencio en que pareció paladear la palabra - y su posible significado - y finalmente, me dedicó una sonrisa vacilante, maltrecha.

- Bruja ¿Cómo las de los cuentos? - preguntó con timidez. Me encogí de hombros. ¿Qué decían los cuentos sobre las brujas? Que eran mujeres temibles que habitaban en los bosques, que disfrutaban hiriendo y matando. Una mujer de espalda retorcida y piel verde que merodeaba entre en la oscuridad, al acecho. Una figura inquietante capaz de usar sus conocimientos para aterrorizar a otros. ¿Eso era mi abuela? La recordé en su cocina, cantando en voz alta mientras cocinaba. O escribiendo en silencio, durante las tardes plácidas y muy calurosas de Caracas. Mi abuela, que alimentaba a todos los perros callejeros del barrio. Que cosía ropa para los necesitados. Que siempre visitaba a los enfermos y les obsequiaba fruta. Una mujer de mirada inteligente y poderosa. Una sabia.

- No, como las de verdad.

- ¿Cómo son las de verdad? - insistió mi amiga. La pequeña grieta del miedo continuaba en sus ojos. Pero esta vez, también había interés.

- Son las que curan y les gusta hacerlo. La que te cocinan galletas y escriben para recordar lo bueno de la familia - le expliqué - de las que cuidan el jardin, sentadas bajo la luz de la mañana. De las que se sabe las canciones que te haran reir. Mi abuela es ese tipo de bruja.

Mi amiga me miró con la boca entreabierta. Por entonces, con siete años, Flor era una niña muy curiosa que siempre hacia preguntas, como yo y quizás por eso, nos llevábamos tan bien. Más de una vez, las monjas bigotonas que dirigían el colegio, nos habían castigado a ambas por nuestro hábito de preguntar y preguntar. Una incluso llegó a decirnos que la mítica Eva, había perdido el Paraíso por ser tan curiosa como nosotras. La idea me pareció deliciosa. Lo imaginé muy claro: una Eva hermosa y salvaje, de cabello largo y lleno de hojas, mirando al cielo y formulando muchas preguntas. ¿Por qué el cielo es azul buen Dios? ¿Por qué la tierra tiene sabor a recuerdos? ¿Quienes somos Dios? ¿A dónde iremos?  La cúpula celeste guardaba silencio, un poco abrumado quizás por aquel torrente de femenina insistencia. Y después la manzana. ¡No la comas nunca! Le había ordenado el Dios de Las Escrituras. Eva, por supuesto, no había resistido la tentación. Yo tampoco habría podido. Habría tomado la manzana, con manos temblorosas, deseando conocer su sabor, sus misterios. ¿Era eso terrible?  La historia de Eva historia singular que siempre me hacía sentir confusa y extrañamente abrumada. Quizás porque la comprendía demasiado bien.

- Oye, la quiero conocer ¿Te permitirá llevarme a tu casa? - preguntó mi amiga entusiasta.

- Yo creo que sí. Mi abuela le gusta la gente nueva.

Por supuesto, mi abuela aceptó. Y no solo porque le gustara la gente nueva - que era cierto - sino también porque la curiosidad de Flor, le agradó. Para mi abuela, las preguntas eran una forma de conocimiento, una profunda manifestación espiritual. Una forma de comprenderte a ti mismo. Con una paciencia admirable, durante horas respondía todas mis preguntas, como si se divirtiera haciéndolo. Siempre tenía una explicación a cualquiera de mis interrogantes. Y de no tenerla, ambas solíamos sentarnos en su vieja biblioteca para leer y tratar de encontrarla.

Flor pareció fascinada con la casa, a pesar que me preocupaba la encontrara desordenada y extraña. Pero en realidad le encantó el jardin antipático, con sus buganvillas de colores encendidos brotando por todos lados, su enorme árbol de mango alzándose en el centro y su hiedra verde oloroso trepando por los muros. También le gustó el salón, con sus colección de muebles viejos, fotografías y tapices.  Pero como yo, prefirió  cocina, con sus aromas exquisitos y un poco abrumadores. Nos sentamos las tres juntas en la mesa de madera, tomando un poco de leche chocolatada, mientras mi amiga miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos.

- Pero si parecen brujas de verdad - dijo entonces, por lo bajo. Mi abuela soltó una de sus carcajadas ruidosas, de esas que parecían tan luminosas como los rayos de sol que entraban por la ventana.

- ¿Que es una bruja de verdad? - preguntó mi abuela. Mi amiga se encogió de hombros, masticando a toda velocidad las galletas de Avena recién hechas.

- Las que hacen hechizos y viven en el bosque. He visto dibujos donde tienen plantas así - dijo señalando la albahaca y el romero puesto a secar junto a la ventana - y también escobas y cosas como las que usted tiene. Pero no entiendo ¿Las brujas no deberían dar miedo?

Miré a mi abuela avergonzada. La pregunta de mi amiga era cuando menos grosera. Me tomé un sorbo de chocolate, pensando en cómo disculparme pero cuando miré a mi abuela, ella sonreía. Y muy contenta. Se tomó su tiempo para responder, masticando lentamente las deliciosas galletas calientes.

- ¿Qué te da miedo, hija? - preguntó a Flor.
- Las cosas que no entiendo, las que me pueden hacer daño. Asustarme - respondió. Sacudió la cabeza  y miró hacia el jardin, verde y fresco, que parecía flotar al otro lado de la ventana - pero aquí todo es hermoso y cálido.

- Lo que nos asusta, es lo que no comprendemos - respondió mi abuela - lo que no sabemos de donde provienen o en las que no podemos confiar inmediatamente. Nos abruman, nos preocupan, nos hacen sentirnos pequeños y débiles. ¿Es así?

- ¡Sí! - saltó Flor, muy contenta - es como usted lo dice. Pero...esta casa no da miedo. Ni Usted. No entiendo.

- ¿Debería darte?

- En los cuentos se dice que las brujas son... - Flor tomó una bocanada de aire y frunció su nariz llena de pecas. Estaba buscando una palabra, una que expresara exactamente lo que le producía las historias de las brujas misteriosas de los cuentos. Lo supe por la manera en que el miedo le tensó las mejillas, le hizo apretar los labios - son temibles.

La palabra me produjo escalofríos. La conocía porque la había leído en algún libro. Simbolizaba los espacios oscuros, gritos de dolor. En mi mente, escuché el sonido del viento, ese que me daba tanto miedo en la Oscuridad de la noche, golpeando las ventanas. ¿Así era que veía Flor a mi abuela? ¿Mi casa? ¿Incluso a mi misma? La miré sin saber que decir. Mi abuela extendió la mano y apretó la mía, como si supiera que estaba pensando. A veces tenía la impresión que era así.

- ¿Por qué lo son? - preguntó mi abuela, tan tranquila. Y es que a ella no parecía haberle afectado tanto como a mi la palabra. ¿La había escuchado muchas veces? ¿Era eso? O se trataba solo del hecho que mi abuela sabía muchas más palabras que yo y que su visión de ellas era mucho más profunda y sentida? No lo sabía. Pero me intrigó el pensamiento. Me dije que más tarde le preguntaría eso.

- Porque hacen cosas...enigmáticas: hechizos, pócimas. Una bruja le dio una manzana envenenada a Blancanieves - explicó Flor muy convencida - y otra construyó una casa de caramelos y se comía a los niños. Y...

Flor contuvo la respiración. Miró a su alrededor y tuve la impresión, miraba la alegre cocina de mi abuela comparándola con esas ideas. Después me miró a mi, sentada a su lado, con la boca llena de galletas, despeinada y llevando su mismo uniforme de colegio. Y luego a mi abuela, sonriente, con su trenza color caoba cayéndole sobre el hombro derecho. Fue una mirada larga, progresiva, que le iluminó el rostro y la sonrisa. Cuando levantó las manos, su gesto me sobresaltó.

- ¡Ya lo entiendo! - dijo exultante - ¡Los cuentos no siempre son reales!

Me sorprendió la frase. Boquiabierta, pensé que era quizás la respuesta más sencilla a una idea muy compleja que había escuchado nunca. Vaya que Flor era lista, pensé muy admirada, mientras mi abuela sonreía y nos servía un poco más de chocolate. Había algo en su expresión curiosamente dulce, pero sobre todo entrañable. El sol de la tarde le bañaba las mejillas y todo su cuerpo robusto, tenía un aspecto saludable y hermoso. Mi abuela es una bruja, pensé, y de pronto, la palabra pareció encajar perfectamente en muchas ideas, en muchos lugares y pensamientos. Mi abuela, tenía conocimiento. Poder. Mi abuela sabía el valor de las palabras, del significado del aroma de las plantas. Mi abuela era una mujer fuerte y sabia.

- No lo son - asintió mi abuela - pueden serlo, pero siempre hay que tener una opinión personal sobre lo que uno mira, comprende y construye a diario. Es bueno hacer preguntas, cuestionarte, siempre decidir en que deseas creer y confiar. Es importante, sobre todo, saber cuando vale una palabra y el conocimiento. Por eso, la curiosidad es un don divino. Una perspectiva para saber y crear.

No supe que contestar a eso, ni Flor tampoco. Nos quedamos muy silenciosas, comiendo galletas y bebiendo chocolate, mientras asimilabamos la idea lentamente. Pensé de nuevo en la mítica Eva, castigada por el pecado de la curiosidad. ¿Era así? Quizás no, me dije. Quizás Eva jamás había sido castigada por nada, sino que nos habría brindado el conocimiento de quienes eramos. La imaginé libre y feliz, corriendo por un Paraíso verde, repleto de belleza y luz. Preguntándose, mirando todo a su alrededor con ojos redondos. Y el cielo azul, donde habitaba el Dios creador sonriendo con ella. Eso me gustaba más, pensé con un suspiro, que la otra historia, donde era expulsada del Paraíso, triste y angustiada. Para la mítica Eva, yo deseaba un Paraíso Terrenal.

Cuando la mamá de Flor vino a buscarla, corrió a contarle sobre la cocina, las galletas, el chocolate, el jardin. Y también sobre las brujas. Su mamá, distraída, no la escuchó sino que le agradeció a mi abuela con una gran sonrisa amable. Las miré alejarse en su automóvil pequeñito azul, mientras Flor nos hacia frenéticas señas de alegría desde el cristal.

- Su mamá no creyó que eras bruja - le comenté a mi abuela. Ella soltó una carcajada. Una bella y estruendosa, que pareció repiquetear y palpitar por todo el jardín.

- Ya lo creerá - dijo - Seguramente, Flor la termine convenciendo. Y aún así...

- Cada quien tiene su versión de la historia - repetí. Mi abuela me regaló uno de sus guiños, divertida.

- Incluso las brujas - contestó - sobre todo, las brujas.

Esa noche, antes de dormir, pensé que tenía que preguntarle a mi abuela a que se refería con esas palabras. Más tarde lo hice y la respuesta me hizo sonreír. Pero eso esa es otra historia que contaré en su oportunidad.


Más tarde, despierto en medio de la oscuridad. Había estado soñando con una mujer hermosa y salvaje, que extiende la mano para alcanzar una manzana, brillante y tentadora. Cuando la toma, la escucho reír y el azul del cielo parece reír también entre resplandores. Y pienso, otra vez, que el conocimiento es una forma de construir una idea sobre la divinidad, y ¿Por qué no? de sonreír al infinito.

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