martes, 21 de febrero de 2017

Crónicas de la feminista defectuosa: El poder, el sexo y el menosprecio.







Cuando tenía quince años, un desconocido me llamó “puta” porque iba vestida con una falda muy corta o eso supuse después. La verdad, no podría decir con exactitud que le molestó tanto como para gritar la palabra con un evidente malestar en mitad de una pequeña multitud de curiosos, que volvieron la cabeza con aire suspicaz. Me encontraba en un Centro Comercial de mi ciudad junto con un grupo de amigas, alborotando y riendo en voz alta como supongo hace cualquier adolescente de mi edad y de pronto, este hombre que con toda seguridad me doblaba la edad, se detuvo y me dedicó una mirada larga y apreciativa. Por último, torció el gesto y me lanzó el improperio. Lo hizo sin disimular su desagrado y un cierto tono acusador, como si llevar la ropa de mi preferencia le brindara la libertad de insultarme.

En el momento, me sentí profundamente culpable y avergonzada. Llegué a creer que en realidad, había hecho algo para merecer la actitud grosera de aquel hombre anónimo. Lamenté haber llevado la falda corta, lo blusa de mangas cortas. Cuando le conté lo sucedido a mi madre, insistí en que quizás había hecho algo para merecer lo que había ocurrido y eso la disgustó y preocupó a partes iguales.

— No hiciste absolutamente nada. ¡Nadie tiene derecho a maltratarte porque lo que hagas o cómo te comportes choque con sus prejuicios!

No supe que responder a eso. Recordé la mirada del hombre, su gesto de casi repugnancia. Me pregunté por qué le irritaba tanto mi aspecto cómo para agredirme en público. Pero lo peor no había sido eso, pensé con cierta pesadumbre, sino los gestos de reproche de la gente a mi alrededor, esa aparente complicidad inmediata con la palabra y sus implicaciones. Mi mamá sacudió la cabeza cuando se lo comenté.

— Es muy fácil insultar a una mujer y que el insulto reciba apoyo tácito — me contestó — la palabra “puta” parece ser la puerta abierta a un tipo de crítica y de censura muy compleja que nadie sabe en realidad de dónde proviene. Es reprobable y grosero, pero lo más preocupante es que ocurre a diario.

Nunca olvidé aquello. Con los años, he recibido el insulto otras veces y por motivos mucho más complicados de entender que una falda corta. Me han llamado “puta” por protestar, argumentar y discutir en voz alta. Por contradecir cada vez que puedo la imagen idílica que tiene sobre la mujer la cultura en la que nací. Por vestir y comportarme a mi capricho. Por disfrutar de mi vida sexual de la manera que prefiero. Incluso en una ocasión, un hombre con quien trabajaba me llamó “puta” sólo por mi eficiencia laboral. Fue una experiencia que me provocó la misma sensación de angustia y desconcierto que a los quince años, el insulto del desconocido.

— La palabra “puta” es un forma de poder y sobre todo, una noción sobre la opinión social acerca del comportamiento de una mujer — me explicó una de mis profesoras cuando le hablé del tema . Por años, se había dedicado a la investigación sobre el género y la identidad femenina y no pareció sorprendida cuando le conté mi experiencia — se esgrime la palabra como un arma, un tipo de censura pero también, una forma de estigma. Una mujer que es “puta” se despersonaliza, se discrimina y se menosprecia. Su opinión y comportamiento se infravalora por el mero hecho de contradecir la norma.

Nos encontrábamos en su oficina de la Universidad, en la que solíamos sostener debates sobre el tema incluso antes de ser su alumna y después de serlo. Las paredes se encontraban llenas de retratos de mujeres de rostro calmo y amable. Todas habían sido retratadas de la misma forma: desde un fondo neutro, observaban al hipotético espectador con una especie de infinita y extraña paciencia. No había alguna frase que indicara por qué se encontraban allí y jamás se lo había preguntado. Ahora que las contemplaba, me pregunté si simbolizaban alguna cosa.

— Pero “puta” parece ser la palabra favorita para agredir a una mujer — le comenté desanimada — es abrumador la forma como el insulto engloba cientos de ideas distintas en contra de la mujer.
Mi profesora movió la cabeza con cierta tristeza. Se acercó a la misteriosa colección de retratos en su pared.

— Por buena parte de la historia occidental, la mujer ha carecido de personalidad, identidad e incluso, peso cultural. La palabra “puta” es una forma de denigrar de esa noción de la existencia, de la opinión, de la transgresión del límite. Eres “puta” cuando rebasas cierto límite, una frontera entre lo que se espera de la mujer y lo que hace. Y esa “puta” es una percepción histórica que se normalizó y se hizo parte de una de las tantas formas como la cultura asimila lo femenino. Y allí el peligro.

Levantó la mano y rozó con los dedos uno de los retratos colgados. Suspiró con cierta tristeza.

— ¿Ves estas mujeres? Son curanderas en sus países. Son mujeres que son consideradas sabias en cada uno de sus pueblos, caseríos y tribus de latinoamérica. También fueron amenazadas, expulsadas y algunas agredidas por el mismo hecho de tener un tipo de sabiduría que se censura en la mujer. Las fotografié durante años para recordar la forma como la mujer se maltrata por el sólo hecho de ejercer su derecho a comprenderse de manera independiente.

Miré la colección de retratos abrumada y entristecida. Me pregunté cuántas de aquellas mujeres — jóvenes, ancianas, hermosas, venerables, tímidas, firmes — habían tenido que soportar la presión, el dolor y la angustia de ser menospreciadas por el simple hecho de negarse a ocupar el lugar que la historia había destinado para ellas. Pensé de nuevo en el hombre que me había gritado puta a los quince años de edad y a mi compañero de trabajo, que me había lanzado una mirada helada antes de llamarme “puta” por el mero hecho de luchar con sus mismas herramientas y posibilidades por un reconocimiento laboral. Para ambos, mi comportamiento parecía ser inaceptable, digno de insulto. Y la palabra una forma de golpear y sacudir mis expectativas, de cerrar espacios intelectuales a mi alrededor. Sentí una amarga mezcla de miedo y furia por el pensamiento.

— La “Puta” siempre será el epítome de lo que una mujer puede o no aspirar — concluyó mi profesora — lo que te define y lo que te brinda un lugar en la sociedad.
Miré de nuevo a las mujeres retratadas. A ellas y a mí, nos unía esa precisión de la cultura que limita, agrede y lastima. La mera idea me pareció insoportable y por último, profundamente dolorosa.

***
Sin duda, Puta es una palabra popular. O así pareciera: se utiliza como interjección, insulto, incluso en tono bromista, casi cómplice. Tal vez, la palabra puta no tenga su contundencia de antaño pero continua sin gustarme. Me produce cierto malestar lo que aún se percibe de ella. Me refiero en concreto, a esa idea un poco general que denota la palabra y que implica no solo nuestra opinión sobre el comportamiento femenino sino nuestro juicio sobre él. Porque la “puta” sigue siendo la mujer que se condena, que se mira de reojo, a la que se puede insultar por tomar su cuerpo, personalidad e identidad y hacer con ellos lo que bien pueda parecerle.

Claro, sé los orígenes de la palabra. Es un sinónimo peyorativo de la palabra prostituta. Pero si bien “meretriz”, “prostituta” y otros adjetivos parecidos definen lo que los griegos llamaban “porne”, derivado del verbo pernemi (vender), puta sugiere algo más. Porque la puta es descarada, no disimula la vergüenza que se supone debía causarle su identidad como “mercader del sexo”. Así se lee al menos en demenciales tratados del siglo XIV sobre la sexualidad femenina. Bueno, seamos claros: no se hablaba sobre lo que no se existía. Para el medioevo la mujer no tenía derecho a sentir placer, a desear, a disfrutar de su cuerpo. La mujer era un subproducto divino, vía directa de la costilla del Célebre Adán, cuya única función, además de tener niños — lo más posibles — era tentar la conciencia masculina. De la manera que la sexualidad para la mujer se resumía y se restringía a engendrar y parir. Para todas las que no aceptaban eso, para las que simplemente disfrutaban de manera natural del placer, para las que soltaban carcajadas durante el sexo, para las que gozaban de la libertad de fornicar, había una palabra. Puta. Y Puta del diablo, si además cometías el improperio de saber leer, escribir o tenías la osadía de pensar. De manera que bien pronto, la “Puta” ya no era la “Ligera de cascos” como se diría en Español castizo, sino la que infringía la sagrada norma de no “atenerse” a lo que se esperaba de ella, a lo que se suponía era propia de la feminidad. Puta le gritaron a Juana de Arco al quemarla, Puta le gritaron a Cristina de Suecia más de una vez ( y con todo y lo reina que era ), y mucho se habló de lo “puta” que era Isabel I de Inglaterra, a pesar que también se le llamó la reina “Virgen” — cosa dudosa, o al menos eso quiero creer — y se reconoce su reinado como “la edad de Oro” inglesa. Porque Puta es la que transgrede ese orden supuestamente divino y procaz de la mujer supeditada al hombre, de la mujer colgada del brazo del marido de turno, la mujer invisible. La mujer que rompe el anonimato, que camina por la calle con paso firme, la que se lleva a la cama al hombre que prefiere y como quiere, esa, era la puta por excelencia.

Hay un caso histórico que siempre me ha estremecido. Poca gente lo sabe, pero madre de la escritora Mary Shelley, fue una gran luchadora social y una mujer adelantada a su tiempo. Mary Wollstonecraft fue una mujer extraordinaria, un portento de inteligencia y fuerza de voluntad. Pero digamos que vivió en una ruptura de épocas equivocada: de haber nacido un poco después, habría sido tratada con la sonrisa casi complaciente con que vivió George Sand y sus contemporáneos. Nacer en pleno apogeo de ideas que parirían después la Revolución francesa la condenó a una especie de abismo angustioso: porque se hablaba de igualdad, pero entre hombres. Ninguno de esos grandes filósofos de la reforma, de la revolución, los pensadores del nuevo orden se molestaron un momento en analizar el papel de la mujer en la sociedad. Para ellos ya lo tenían: parir, cuidar al marido, permanecer en casa. De manera que nadie se refirió a la mujer invisible ¿Que falta hacía?

Que tragedia para la inteligente y fuerte Mary. Que sufrimiento, aprender a leer y descubrir las ideas novedosas, paladear su profundidad y tener muy claro que jamás la incluirían. Porque era puta. ¿Y por qué era puta? Porque pensaba. Porque le encantaba la compañía de jóvenes estudiantes que no tenían pruritos para debatir en gritos los argumentos de los nuevos tiempos. Porque decidió irse a la cama con un hombre y tener un hijo suyo ( la Gran Mary Shelley, como comenté ) sin casarse. Porque decidió vivir su vida como mejor le pareció. Eso la calificaba como “Puta”, en tiempos donde la palabra no solo definía un oficio sexual sino la rebeldía de la mujer. Puta le llamaron a las brujas, a las que deseaban estudiar, a las que se atrevieron a levantarse el velo y sonreír al hombre de su preferencia.

Puta, así, sin más.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. Las mujeres ahora mismo tenemos poder económico, cultural y social. O al menos eso quiero creer. No obstante, esa puta cultural, esa puta de la memoria colectiva continúa caminando por algún lugar de las calles de nuestra mente. Esa “Puta” ancestral, sobrevive. Todavía se le llama puta a la actriz que ebsa con el amante públicamente. Puta la mujer que camina por la calle llevando vestidos cortos y los senos bien al descubierto, como si eso sigue transgrediendo alguna norma antigua. Y puta, la que hace lo que quiere, la que decide a quien llevarse a la cama y a quien no. Resulta intrigante, pensar en esa idea en este siglo donde todo parece derrumbarse lentamente y carecer de sentido. Pero al parecer esa opinión primitiva, esa idea de la sexualidad y el poder que se restringe, continua en algún lugar de la conciencia a la que todos de alguna manera u otra pertenecemos.

C’est la vie.

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