jueves, 9 de febrero de 2017

De la belleza, el sexo y otros pesares íntimos: El cine como reflejo existencialista.




A la directora Jane Campion casi nadie la recuerda en la actualidad, a pesar que durante buena parte de la década de los noventa, fue la abanderada de un tipo de cine femenino, intimista y poderoso. No obstante, su incesante y complejo diálogo visual con el espectador es un precedente imprescindible a la hora de analizar el papel de la mujer en el cine y sobre todo, esa manera original en que la directora analizó lo cinematográfico a través de cierta rebeldía visual que aún resulta original.

Por supuesto, a Campion se le ha llamado reaccionaria y la mayoría de las veces, feminista militante por esa facultad suya de enaltecer con enorme tino e inteligencia a sus personajes femeninos. Pero en realidad, la directora es además de todo lo anterior — que podría además, definir su sustancioso trabajo cinematográfico — una gran observadora. De su época, de su cultura pero sobre todas las cosas, de esas infinitas conexiones de la realidad que crean escenas. Por ese motivo, sus películas — que siempre fueron sometidas al debate y al escrutinio crítico — tienen un ligero aire anecdótico, casi onírico. Un elaborado lenguaje visual que se sustenta sobre esa necesidad de su autora de narrar a pequeños fragmentos sensoriales, las historias que mira, que captura, que intenta encajar en un Universo conmovedor. Porque para Jane Campion, lo que muestran las imágenes tienen tanto valor como lo que cuentan, por lo que su obra, tiene esa capacidad de trascendencia, de construcción de valores por encima de lo que simplemente se asume como mensaje frontal.

Sin duda se debe a que Campion concibe la imagen y el arte cinematográfico como una confluencia de significados. Jane Campion, librepensadora, nació en una familia de artistas que le brindó, desde muy niña, la oportunidad de construir una idea sobre el mundo a través de la metáfora y la estética. Pero la Jane juvenil, no se conformó con esa mirada subjetiva del mundo sino que intentó analizarlo concienzudamente: estudió antropología, lo que según sus palabras le brindó una perspectiva nueva del hombre y sus motivaciones y luego pintura. Sus pequeñas obras, frescos llenos de vitalidad que enmarcaba en intrincados marcos de madera y esparto, parecían un símbolo de esa vitalidad interior suya, de ese incesante necesidad de hacerse preguntas que el arte por si solo no podía satisfacer. Todo esto antes de finalmente decidir que el cine sería su lenguaje, la perspectiva ideal para contar y reconstruir quizás, su concepción de lo que le rodea. En la pantalla grande, se estrenó con cortometrajes: de nuevo la misma fórmula de la pintura, furiosas escenas coloridas de lo cotidiano, pequeñas historias concatenadas entre sí. Uno de los cuales fue el galardonado en Cannes, que le abrió las puertas de una celebridad temprana. Más tarde, Su primer largometraje “Sweetie” también entraría en la competición oficial del Festival de Cannes. Y es que Campion asombró al público con su insistencia en mirar el mundo desde el trasfondo, en las líneas marginales de escena de extraordinaria belleza visual. Pero sería “El Piano” película que ganaría el Oscar al mejor guión original, la que le brindó real trascendencia a su interpretación de la identidad del espíritu humano, esa búsqueda de la directora por una cualidad intrínseca de la naturaleza del hombre.

Para Jane Campion, el misterio de la identidad, se encuentra en los límites de nuestros cuestionamientos. Lo deja claro, en ese paraje indómito y fronterizo donde ubica la película con la que más parece identificarse. “El piano” como pieza narrativa, transcurre en el extrarradio, en lo marginal de lo anónimo. El ritmo, lento y contenido, parece reflejar el mundo interior de Ada, ese inquietante personaje femenino que la Campion dota con una intuición salvaje y una voluntad férrea. Nada parece ser casual en esta historia que avanza en una sincronía casi pesarosa: desde la visión de los paisajes abismales que muestran la soledad absoluta donde se mueven los personajes, hasta la manera como la autora dibuja a pinceladas breves y deliberadas, su carácter. La Campion construye un diálogo interior incesante, simbolizado por la figura del Piano de Ada — esa primera visión del Piano perdido sobre una playa solitaria sostiene por completo el lenguaje estético de la película — y sobre todo, por ese peculiar y poderoso vinculo de la mujer con la música. Un lenguaje a ciegas que brota de su interior como un torrente abrumador e indefinible.

Jane Campion tiene un gran absolutismo como artista y lo demostró en sus intrincadas historias donde el contexto parece ser una excusa para tratar temas universales de enorme complejidad. En su película “Holy Smoke!” (1999) la directora imprime su estilo visionario en cada toma, desde el exquisito colorido y los magníficos movimientos de cámara en las vistas de la India, hasta la primitiva fuerza de inmenso y azul cielo del desierto australiano y su atemorizante terreno. Pero a la vez crea un ritmo desenfadado y libre, que mantiene a la película saltando entre sentimientos extremos, ofreciéndonos fantasías al estilo Bollywood, pero sin dejar de enviar mensajes políticos sobre el papel de la mujer, el prejuicio por género que toda mujer sufre a lo largo de su vida e incluso, un libre cuestionamiento espiritual. La Campion sabe hasta como pintar la compulsión de su heroína sin arrojar ninguna luz acerca de los impulsos espirituales que hay detrás del culto Krishna; en realidad, ella parece bastante atraída hacia ellos.

La directora jamás ha tenido interés en relatar el tipo tradicional de historias de amor: más bien trata de explorar las verdades del sexo y del poder, identificando las patologías que desfiguran nuestra psiquis y buscando valores que nos liberen y sanen. Tal exploración está condenada a ser caótica y algunas veces exasperantes, lo que explica que todas las películas de la directora tienen un paisaje de afilados y riesgosos saltos metafóricos. Y es precisamente esta combativa audacia lo que marca a la Campion como una de las pocas artistas que se respeta a sí misma de nuestro tiempo. Provoca incansablemente, nos fuerza a pensar en nuestra vida en lugar de interesarnos por criticarla.

Algo de eso encontramos en la puesta en escena de “El Piano”, que no sólo asombra por su precisión sino también, por la manera como Campion — en su doble labor como guionista y directora — medita sobre la naturaleza humana dividida a través de una serie de pequeñas escenas de dolorosa belleza. La imagen de Ada y su hija atravesando un bosque impenetrable, completamente vestidas de negro y ataviadas con gorros y miriñaques, describe a la perfección el mutismo que se extiende en todas direcciones a partir de un sufrimiento inabarcable y que la Directora muestra en planos abiertos cada vez más lóbregos. Y ese es el ambiente insistente que transmite la película, escena tras escena, a través de esa violencia y calma sostenida, esa pasión que se adivina entre los bordes y que sugiere una agresividad insoportable y cada vez más profunda.

Mención aparte para su extraordinario elenco: desde la impecable actuación de Holly Hunter que sin pronunciar una sola palabra expresa una agresividad que define cada expresión de su personaje, un Harvey Keitel abrumador y poderoso hasta una jovencísima Ana Paquin, que encarna esa salvaje inocencia que habita más allá del rostro impasible de Ada. Juntos, el elenco logra crear una tensión cada vez más irrespirable, como si sus vicisitudes, pasiones y decisiones se mezclaran con el bullicio de la selva primitiva que los rodea.

Tal vez lo que más sorprende en la filmografía de Campion es como logra contraponer el rol de géneros de una manera original y la mayoría de las veces transgresora. Jamás lo hace de manera usual ni mucho menos comprensible. Un extremo que logró incomodar a más de un espectador y que hizo que sus película fueran llamadas “vulgares” en más de una ocasión. Mientras el cine tradicional mantiene la mirada fija sobre el cuerpo de la mujer, para Campion resulta aún más interesante, el hombre, como símbolo y como elemento visual. En “El Piano” La directora no se amilana: insiste en esa visión de Ada, indomable y cada vez más libre de todo prejuicio, ambivalente y desconcertada, pendulando entre el deber del lecho conyugal y la pasión que se la transporta, como la misma música, más allá de sí misma. Es entonces cuando Campion lleva la historia a sus cotas más altas: el sufrimiento mudo de Ada supera lo que superficial, lo apenas sugerido y se transforma en algo más. Porque Ada, a través de la música, el adulterio, la pasión, el dolor, la angustia y el cuestionamiento de si misma, escapa de los rígidos estándares de la época Victoriana que la define, que la recrea con sus peinados intrincados y el corset, bien sujeto que el personaje de Keitel desata a pulso en una liberación simbólica. La sexualidad de Ada entonces estalla, como una metáfora muy visible y casi perturbadora de lo que es la necesidad del deseo, sus motivaciones carentes de sentido. La fuerza y la intensidad se confunden y como si de una nota agudísima se trataran, llenan a un clímax mudo, hiriente y profundamente redentor.

Se ha insistido que toda la obra de Campion es feminista y lo es. No obstante, en realidad también puede interpretarse como una justificada alegoría sobre la Libertad, el poder de la creación y sobre todo, los entresijos del deseo humano como una forma de construcción de una nueva visión de la conciencia. O después de todo, como diría Campion en una de sus cortas y siempre sustanciosas entrevistas: “Un pequeño dolor espiritual que llega a invadir la carne y brindar sentido a ese existencialismo esencial del que no podemos escapar”.

Una declaración de principios sin duda. O algo tan profundo como una necesidad de reivindicación.

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