miércoles, 22 de febrero de 2017

De la belleza y otros terrores literarios: Carlos Fuentes frente a la historia.




Para SER, el hombre debe asesinar al Tiempo… El hombre actual vive, no para él, sino para su proyección en el futuro. No existe el hombre. Existe SU participación en el Tiempo… Y así nunca trascenderá el Hombre al Hombre, sino al vacío. El Tiempo debe detenerse, el Hombre debe salir del océano asfixiante de relojes suizos en el cual diluye su promesa. Al perder al Tiempo el Hombre encontrará al Hombre
(Carlos Fuentes, 1949: 24).


Se dice que Carlos Fuentes jamás perdió su extraordinaria memoria. Que ni aun siendo octogenario, mostró atisbo de debilidad mental o senilidad, sino una salud y lucidez digna de su juventud. En una ocasión se le preguntó a qué debía su entusiasmo, su energía inagotable. El llamado ‘escritor esencial de México’ sonrío y miro al periodista que le entrevistaba, a la sazón en la Feria del Libro de Buenos Aires del 2002 con aire bonachón: ‘escribo a toda hora, desde que despierto hasta que me voy a dormir. Y cuando no estoy escribiendo, estoy soñando que escribiré o lo que escribo’. Con esa contundencia y simplicidad resumió no sólo su manera de comprender la literatura sino también, lo que lo mantenía en pie creando como un ejercicio de pasión constante.

Carlos Fuentes asumió la literatura como una ventana a través de la cual contemplar el mundo. Una obra constructiva que elaboró a la medida de sus ideas y contradicciones. Puntilloso, un observador nato de su época, Fuentes encontró en su obra una inagotable fuente de comprensión del gentilicio mexicano, su historia y esa identidad desdibujada del latinoamericano. Con un pulso extraordinario, el escritor supo encontrar la grieta en medio de un discurso unánime sobre quién es — y quién puede ser — esa personaje anónimo de nuestro continente, esa noción perpetua sobre su origen mestizo y el nacimiento hacia una primitiva convicción de su existencia. Para Fuentes, había una cierta idea esencial en la raza, en la premonición de su alcance, en las implicaciones de sus ideas más consecuentes sobre el paisaje del espíritu continental. Y lo plasmó no sólo en sus libros, sino también en el discurso general de su obra. En esa interpretación consecuente sobre el quienes somos — que abarcó todo su fundamento literario — sino en la aspiración de esa mirada consciente sobre el futuro. La incertidumbre a ratos, la ternura más allá.

Quizás entonces, esa salud mental inverosímil, esa energía física envidiable, provenía de su lectura insistente sobre la realidad. La suya, de su México natal, la de la América torpe y niña que dibujó con cuidado en letras y temores. Esa necesidad de construir sobre la fertilidad de una historia común, la percepción que sostiene y elabora la mitología de la raza. Su magisterio es inagotable y le trasciende: Fuentes no sólo contó a América desde su perspectiva sino que además, creó una nueva que pudo sostenerse a través de una confabulación privada que enalteció la tradición literaria que ayudó a fundar y que celebró cada día de su vida. Generaciones de escritores de latinoamericanos aprendieron de Fuentes el poder de la remembranza, de la comprensión del ahora y del ayer, de la noción cada vez más intensa sobre ese elemento inalienable que nos hace quien somos y sobre todo, la forma como nos comprendemos. La fuerza de la obra de Fuentes es parte lo que sueña y parte lo que ve: Lo que cimenta sobre esa percepción de lo que le rodea — la realidad y la sustancia que la compone — y algo más elemental, fruto quizás de esa poderosa necesidad suya de traducir todo lo que le rodeaba a través de las palabras.
Porque al contrario de la mayoría de los escritores latinoamericanos de su generación, Fuentes no dudo en explorar todos los límites de lo que la palabra escrita y soñada puede ser. Se desbordó con talento y buen hacer, más allá de las fronteras tradicionales del conservadurismo y demostró, con una mirada extraordinaria el poder de la palabra en estado puro. Gabriel García Márquez, gran admirador y amigo, solía insistir que a Fuentes no lo detenía nada, que no había tema ni tampoco perspectiva que no despertara su curiosidad desesperada. Tal vez, la noción que mejor lo describe, lo celebra, lo recuerda. Una vocación ambiciosa para la creación que no admitía restricciones ni tampoco limitación. Jamás se escondió del mundo, se aferró a lo conocido. Aventurero, osado, trascendió el mundo para transformarlo. Una forma de crear que asume la trascendencia como necesaria.

Fuentes además, no sólo brindó una perspectiva nueva a la literatura de las Américas, sino que además la renovó. Experimentó — mucho más que cualquier otro escritor de su tiempo — con el punto de vista de las estructuras, el manejo de recursos técnicos, formas estilísticas y creó toda una noción original sobre lo que podía ser la literatura de la región. Todo eso, sin afectar su dominio y amor por la tradición, por esa delicadísima perspectiva sobre el mito, la leyenda y la costumbre de las latitudes que consideraba propias. Y en medio de toda esa mezcla — por momento alucinante, en otras asombrosa por riqueza — nació y creció su concepción sobre lo humano. Siempre innovador y fresco, Fuentes descubrió una fórmula personalísima para narrar desde lo conmovedor, lo humano, lo poderoso y lo frágil de la naturaleza espiritual no sólo de sus personajes sino ese mundo más allá de la obra escrita, esa noción de la mirada Universal que identifica a cada una de sus obras. Complejas, durísimas, siempre desconcertantes, Fuentes logró crear en sus personajes un punto de vista colosal sobre la vida y sus circunstancias. El personaje-hombre que no sólo vive, sino que también crea a su paso: sus quehaceres, dolores y secretos, sus personalidades e incluso las pequeñas grietas de la cultura a la que se aferra en el tránsito de su existencia.

Tal vez por ese motivo, Fuentes siempre se refirió a sí mismo como ‘un creador inquieto, un niño que juega con las palabras como la infancia con el recuerdo’. Una eterna juventud que le llevó a rebelarse una y otra vez, a mover conciencias y a incomodar a la opinión pública. Porque Fuentes siempre fue provocador, un risueño buscador de la verdad, un cuestionador amable de la realidad. Lo hizo creando, siempre que pudo, imponiendo su inusitado entusiasmo a la gravedad del dolor, al silencio de la amargura. Lo hizo sin caer en lugares comunes, sin caer en el optimismo del tiempo que transcurre en una única dirección y mucho menos, asumiendo que en la palabra están todas las respuestas. En medio de esa ignorancia cándida, de esa búsqueda incesante de lo misterioso, quizás Carlos Fuentes — ese niño eterno, ese escritor de inconmensurable poder para evocar lo bello y lo complejo — se encontró así mismo. Una mirada preocupada y sincera hacia el dolor y sin duda, hacia ese elemento inexplicable y difuso que con tanta ingenuidad llamamos identidad.

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