lunes, 6 de febrero de 2017

Del poder la imagen como documento y otras formas de reflejo de la realidad: La madre Migrante de Dorothea Lange.





Durante la recesión de 1929, el rostro de norteamérica cambió. Hasta entonces, había sido un país próspero y lleno de posibilidades económicas. Un paraíso urbano en medio de la lenta transición del mundo hacia la industrialización. Todo comenzó con un estallido financiero — el crack de Wall Street — que llevó a la ruina a buena parte de las empresas nacidas en la anterior década. Durante los años siguientes, el colapso se agravó por la profunda crisis del sector agrícola, que en rápida sucesión padeció sequías, tormentas de arena y una rápida mecanización que condenó a los trabajadores a un desempleo forzado. El éxodo masivo de campesinos entre estados — en busca de trabajo y alimento — resultó inevitable. Más de 300.000 mil personas atravesaron el país hacia el Oeste, en un viaje sin esperanzas, la mayoría de las veces signado por el hambre y el miedo. Se trató de uno de los eventos migratorios más desconcertantes de la historia reciente del país, sobre todo porque la gran mayoría de los estadounidenses no sabía en realidad lo que ocurría más allá de las ciudades. Tal vez por ese motivo, la fotografía de una mujer de rostro triste y cansado tomada en 1936, sorprendió a EEUU y estremeció su conciencia. De pronto: la gran depresión era algo más que cifras y números. Era una mujer fatigada por una larga travesía a ninguna parte que de manera involuntaria vino a simbolizar a un considerable número de norteamericanos de su época.

La autora de la fotografía, Dorothea Lange jamás imaginó la repercusión que tendría su imagen y mucho menos, los alcances que tendría como documento único sobre la realidad desconocida de un país en decadencia. Nacida en New Jersey, Lange se relacionó con la fotografía desde muy joven. Tenía apenas veinte años cuando abrió un estudio en San Francisco donde se dedicó a retratar a la buena sociedad de la ciudad. Transcurrían los primeros años de la década de los treinta y la gran Depresión comenzaba a notarse en pequeños detalles que la jovencísima fotógrafa captaba a modo de ejercicio visual. “Había un temor invisible sobre el futuro que jamás había visto antes” comentó en una ocasión sobre su trabajo de la época. Lo capté en los periódicos apilados en las cestas de basura, los vagabundos, un tipo de pobreza conmovedora en una ciudad aún reluciente que pretendía ignorarla” contó en una entrevista. En sus fotografías, el paisaje desolador se asimila en pequeños planos que muestran los rostros cansados de mendigos, de quienes se alineaban en fila frente a los comedores de beneficencia. En poco tiempo, Lange abandonó su trabajo como retratista de estudio y salió a la calle a fotografiar lo que ocurría más allá: fue una de las pocas fotógrafas en documentar las manifestaciones del Primero de mayo de la década — tumultuosas, violentas y llenas de una palpable desesperación — , las huelgas, los grupos de desempleados que recorrían las calles de San Francisco en busca de empleo, sin lograrlo. Pronto, esta búsqueda casi privada de Dorothea Lange se hizo parte de un trabajo más elaborado y concienzudo. Se haría discípula de Clarence H. White, que representó a principios del siglo XX, la línea purista de mirar la calle como un escenario de creación y confrontación de ideas. Poco a poco la joven Dorothea creó un lenguaje propio, influenciado por el poder de la imagen cruda y algo más sustancioso. Con una clara influencia en las imágenes de A. Genthe — cuyo trabajo documentó las impresionantes imágenes del terremoto que asolara San Francisco — Lange creó una percepción sobre la realidad tan dura como conmovedora.

Su registro sobre la crisis se consolidó y se hizo más profunda, mucho más meditada. En 1933, el economista Paul Schuster Taylor — que se convertiría en su segundo marido — se interesó por el trabajo de Lange y pronto, se unió a su búsqueda de “la verdad”, como solía llamar la fotógrafa a su insistente visión documental sobre lo que estaba ocurriendo en un país que atravesaba uno de los momentos más bajos de su historia. Juntos, realizaron uno de los trabajos más importantes de la fotógrafa: “An american exodus. A record of human erosion, publicado en 1939”. Un documento visual que marcó un hito en la historia fotográfica de EEUU y que por décadas, ha sido considerado una de las miradas más duras sobre la crisis económica del país.

Tal vez por su consecuente mirada sobre los símbolos del dolor de una época de enorme dureza, Lange fue uno de los fotógrafos contratados por la administración de Franklin D. Roosevelt como parte de sus programas no sólo por paliar las crisis que sacudía al país, sino registrar sus efectos como parte de la memoria histórica del país. En 1935 se creó la Resettlement Administration (RA), que luego se convertiría en la Farm Security Administration (FSA), como un intento de combatir la pobreza en los campos. Uno de las partes más importantes del programa consistió en contratar a un grupo de fotógrafos estadounidenses que documentaran la grave situación de los agricultores y cuyas imágenes pudieran sensibilizar al resto del país que desconocía la magnitud real de la crisis. Además de Dorothea Lange, el selecto grupo incluía a Walker Evans, Arthur Rothstein, Carl Mydans, Ben Shahn, Russell Lee, Howard Lieberman y Edwin Locke. Por supuesto, había una evidente e indudable intención política en la necesidad de Roosevelt de crear una visión histórica sobre la gravísima situación que padecía el país, pero también fue el impulso necesario para un registro visual de enorme valor histórico y visual. Se produjeron quizás varias de las mejores fotografías de la historia.

Se trató de un trabajo metódico, la mayoría de las veces duro y en ocasiones abrumador. Documentar la gran Depresión norteamericana llevó al grupo de fotógrafos a recorrer un país desconocido y situaciones de extrema dureza que pocos de los ciudadanos de EEUU comprendía en realidad. Hombres y mujeres que morían de hambre, niños huérfanos que atravesaban el país en medio de multitudes de desposeídos. Pueblos enteros destruidos por la miseria y el miedo. De pronto, las fotografías del programa de Roosevelt tenían otro sentido además del registro: se trataba de crear una identidad nacional a partir de las imágenes de la tragedia, de encarar a un país a lo más duro y pernicioso de un sufrimiento oculto. De pronto, Norteamérica era más que las promesas de bienestar y el aire optimista de un país basado e ideales difusos. Las fotografías mostraron un rostro desgarrador, la autoconciencia de una sociedad que necesitaba comprender sus heridas para sanarlas. Y Dorothea Lange, que ya había pulsado esa noción del país en escombros, que había comprendido la profundidad y peligro de la crisis, fue precursora de esa percepción del registro como una señal de identidad.

De pronto, Lange se encontró no sólo documentando, sino también expresando todo tipo de ideas complejas sobre norteamérica y sus dolores. El “No documento” — esa imagen que cuenta pero cuyo principal objetivo no es el morbo directo sino la reflexión — se transformó en una épica de los pobres del país, de los sufrimientos invisibles que hasta entonces, nadie había brindado sentido y forma. «Debía usar mi cámara para registrar cosas más importantes de aquella gente que su pobreza; su dignidad, su fuerza, su espíritu.» Y lo hizo. Sus fotografías fueron una muestra vida del tránsito entre la imagen ilusoria de un proyecto país hacia algo más duro de asimilar.

Una mirada hacia la incertidumbre.
Sentada en una roca con sus hijos en brazos, con el rostro cansado y envejecido, la mujer desconocida de la fotografía de Lange se convirtió en una metáfora de la brutal crisis económica que vivía Estados Unidos. Lange la inmortalizó y lo hizo con la misma naturaleza emotiva que después se convertiría en emblema reconocible de su trabajo fotográfico. La “Madre migrante”de Lange de pronto estaba en todas partes, como un recordatorio vivo y punzante de un tipo de sufrimiento social del que norteamérica sabía muy poco.
Lange compuso el retrato con un aire clásico que convirtió a la joven mujer — a pesar de su rostro arrugado, apenas tenía treinta y dos años — en un remero de la virgen clásica, una alegoría durísima sobre el padecimiento de los miles de hombres y mujeres que avanzaban por el país en medio de la pobreza crítica. “Me acerqué a esa madre hambrienta y desesperada, como atraída por un imán. No recuerdo cómo expliqué mi presencia ni la de mi cámara, pero sí recuerdo que ella no hizo preguntas. Disparé cinco veces, cada vez más de cerca. No le pregunté su nombre o su historia. Me dijo su edad, que tenía 32 años. Me contó que había estado sobreviviendo con vegetales de los campos cercanos y de pájaros que los niños cazaban”, contó la fotógrafa en el libro Popular Photography, (1960) “Había vendido las ruedas del coche para comprar comida. Allí estaba sentada, rodeada de sus hijos y parecía saber que mis fotografías podían ayudar, tanto a ella como a mí. Había algo de ecuanimidad en ello”, insistió Lange, a pesar de las críticas que recibió después de haber utilizado a una mujer confusa y desesperada para su obra más conocida. No obstante, la fotógrafa siempre defendió su intención de mostrar el dolor de una forma genuina y respetuosa. “Esa mujer desvalida y angustiada, rodeada de sus hijos, representó mejor a nuestro país que nadie” dijo en una oportunidad. “Y estuve allí para captarla”.

Lange recibió la fama y el reconocimiento con la misma actitud discreta que mantuvo el resto de su vida. Siguió fotografiando — su trabajo al documentar el sentimiento anti nipón en el país luego del ataque a Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941 sentó precedentes — y continuó insistiendo en la necesidad de humanizar la capacidad de la cámara para contar historias. Para construir una mirada elemental sobre la identidad y el poder de la capacidad creativa como una forma de expresión social. Dorothea Lange, cámara en mano, demostró que la fotografía documental es mucho más que un reflejo de la realidad. Es una ventana — quizás una puerta — hacia una idea más poderosa sobre quienes somos y quienes aspiramos ser. Un espejo donde nuestra cultura puede reflejarse con absoluta fidelidad.

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