jueves, 23 de febrero de 2017

De la belleza que seduce al simbolismo que oculta: Algunas consideraciones sobre Barry Lyndon de Stanley Kubrick.



En el cine, en ocasiones la forma es tan importante como el fondo. O quizás, ambas cosas se mezclan, como un único lenguaje. Stanley Kubrick lo sabía y sin duda, esa percepción del cine como reflejo de la contradicción, fue lo que brindó a su obra esa profundidad desconcertante que marcó hito en la historia de la cinematografía. Una visión compleja sobre la forma en que el cine puede contar historias pero sobre todo, los alcances de los matices y las nociones sobre lo que oculta el lenguaje visual como reflejo de lo que le rodea.

Quizás por eso, en más de una ocasión Stanley Kubrick se llamó así mismo “un sujeto denso”. Lo hizo con ese sentido del humor tímido y un poco extravagante que siempre escondió bajo una expresión tensa. En realidad, Kubrick era un esteta, un observador nato que tenía la cualidad de reconstruir la realidad en pequeños fragmentos de imágenes irreales. Para el director, la realidad era chata, elemental. De manera que siempre insistió en reconstruirla a su medida. Metódico, meticuloso, obsesivo y sobre todo profundamente convencido de la necesidad de transformar lo visible en algo mucho más bello y depurado, su prolífica carrera cinematográfica parece mostrar una realidad distinta, pulida y casi depurada. Una percepción por completa nueva de la estética como vehículo de expresión formal.

No en vano, Kubrick era un hábil jugador de ajedrez: en sus películas hay mucho de esa noción de orden estricto y elegante que probablemente aprendió desde niño, en esa necesidad suya de elaborar a la medida una visión muy concreta de la realidad. Siendo un muchacho, ya demostró ese buen hacer visual y esa perspectiva limpia y dura como fotógrafo aficionado. En sus fotografías, hay un equilibrio impecable, un juego mimético de luz y sombras que convierte los espacios en mensajes muy concretos, en un tipo de lenguaje muy específico. Kubrick concebía la imagen no sólo como un vehículo que permitía contar una historia, sino como una historia en sí misma. El trabajo fotógrafo del joven Kubrick anunciaba lo que sería una decidida necesidad de dialogar con la nada existencial a través de belleza. La estética como una herramienta conceptual de peso esencial.

Como director Kubrick también se obsesionó con la belleza, pero a un nivel mucho más profundo e incluso mórbido. Porque para la visión cinematográfica de Kubrick, la esencia de la narración que se muestra - que se construye y se asume como elemental — es también una obra visual densa, en ocasiones desconcertantes. Todas las historias de Kubrick son extrañamente complejas pero también muy atractivas. Con un pulso que asombró y desconcertó a crítica y público, el autor siempre intentó construir un equilibrio frágil y en ocasiones casi imposible entre la aspiración estética y la técnica pura. Un logro personal sobre el cual cimentó no sólo su carrera fílmica sino también esa elemento específico que convirtió su propuesta en una rara combinación de estética y algo más denso, difícil de definir.

Tal vez por ese motivo, se considera a Barry Lyndon su película más personal, aunque no por cierto la mejor en su dilata y laureada filmografía. De hecho, en numerosas ocasiones se ha insistido que la película es un aburridísimo trabajo estilístico, carente de sentido y verdadera sustancia, un verdadero capricho visual del director. No obstante, la película — monumental y en ocasiones desconcertante — resume mejor que cualquiera otra la necesidad de Kubrick de crear un planteamiento visual que trascienda incluso lo que se considera esencial de cualquier elemento fílmico que se precie. Una interpretación de lo visual que trasciende la mera necesidad del acto narrativo para convertirse en una celebración de la imaginación, de la aspiración de todo artista por la belleza.

No hay duda que Kubrick era un artista consumado en el lenguaje cinematográfico. Uno muy consciente de sus pequeñas obsesiones y manías, las cuales no solo disfrutaba sino que consideraba imprescindible al momento de elaborar una idea visual. De hecho Barry Lyndon nació como una obsesión personal del director, más que como un proyecto fílmico: durante años Kubrick insistió en llevar adelante un ambicioso proyecto de llevar a la gran pantalla la figura de Napoleón, uno de sus pocos propuestas que no encontró financiamiento y apoyo alguno. Aún así, el director insistió, continuó investigando y preparando la idea, con la intención de llevarla a cabo por cualquier medio. Llegó a confesar que por meses enteros, se dedicó a dibujar incansablemente escenas de la futura película, creando toda una visión estética que sustentara la posible historia que aún no concebía a cabalidad. Durante esos meses de obsesión, el director se topó casi de manera accidental con la poca conocida novela de William Makepeace Thackeray, “Barry Lyndon”, cuya trama transcurría en la época napoleónica, aunque no incluía bajo ningún aspecto la vida u obra del emperador francés. Pero por alguna razón misteriosa, la novela cautivó a Kubrick y lo hizo replantearse su proyecto original en algo totalmente nuevo. Profundamente cautivado por no solo la historia — una elegía lenta y hasta cansina sobre las aventuras y desventuras de un personaje llamado Barry Lyndon — sino por la posibilidad visual que ofrecía, Kubrick dedicó la pasión que antes brindó al frustrado proyecto sobre Napoleón a una historia más íntima, casi intrascendente. No obstante, para el director fue la oportunidad de plasmar su visión del tiempo, la belleza y la estética a cabalidad. Un replanteamiento del arte visual en estado puro desde la singular óptica de un hombre fascinado por sus propias pasiones.

Lo que cautiva en “Barry Lyndon” no es su historia. De hecho, se le ha llamado la película la menos trascendente de la carrera del director, aunque sí la más personal. Tildada en más de una ocasión de aburrida, insustancial, un producto fastuoso con poco contenido, es también un ejercicio de estilo en estado puro. Obsesionado con un virtuosismo técnico que le permitió llegar a un nivel visual totalmente nuevo, Kubrick da rienda suelta a esa convicción suya de la estética por la estética, de la belleza que todo lo salva, del preciosismo que puede justificar incluso el simple tedio argumental. No obstante, tampoco se trata de un mera rareza cinematográfico: Barry Lyndon es una película complicada, difícil de digerir y de comprender. La suma de sus elementos más profundos y también de sus momentos más débiles. Una obra que abruma pero también deslumbra, en único planteamiento del cine como un lenguaje visual único.

La obra de Thackeray es mastodóntica: una larga descripción de hechos y circunstancias no demasiados sustanciales sobre un personaje carente de verdadero interés. Para interpretarlo y por presiones directas de la productora, el director escogió a Ryan O’Neal, irlandés como el personaje y que además, era una de los rostros más codiciados de la meca del cine durante la década de los años setenta. Considerado un actor sin demasiados recursos, O’ Neal no parecía la opción más conveniente para una película de tales proporciones y mucho menos bajo la mano disciplinada de un obsesivo Kubrick en estado de gracia. Sin embargo, el director logra una actuación memorable del actor: O’Neal logró construir un personaje sólido, casi conmovedor, que sostiene la difícil trama con una habilidad que sorprende. En una ocasión el actor comentó que estuvo encantado con el perfeccionismo obsesivo de Kubrick y que de hecho, fue gracias a esas extenuantes jornadas de trabajo — en las que Kubrick era capaz de hacer repetir hasta 90 veces una misma toma — que logró su memorable actuación.

La meticulosidad de Kubrick transformó el proyecto en un extraño y opulento prodigio técnico. La película fue filmada en escenarios naturales, con iluminación natural y el director dedicó una buena cantidad del presupuesto en encontrar mobiliario real de la época para brindar un innegable toque auténtico a su obra. Gracias a esa visión de Kubrick casi pictórica, la película es una elegía visual donde siempre hay algo que observar y analizar, como si cada objeto y sombra crearan no sólo un escenario, sino un fragmento de la historia. Un cuidadoso fresco de la época, donde incluso Kubrick logró captar esa aire abrumador del lujo casi claustrofóbico. Y es que los personajes se mueven en escenarios extraordinarios, atrapados en una frialdad de pesadilla, limitados y aplastados por la belleza como si se tratara de una atadura de la cual no pueden escapar.

Por ese motivo, Kubrick reserva los momentos más duros y emotivos para la intimidad de los personajes, los que transcurren más allá de la perlada belleza de salones aristocráticos y exquisita delicadeza. En un juego visual que insiste en mostrar — de nuevo — que la belleza es otra forma de crueldad, los amplios salones espléndidos parecen envolver a los hombres y mujeres para arrebatarles cada emoción, dejarlos sumidos en una soledad melancólica. Cada vez más confusos, enredados en una tela de arañas sutil e impecable, Kubrick dota a sus personajes de un fragilidad impensable, como si el brillo de oropel que los rodea fuera una condena en lugar de un consuelo. Y es que Kubrick juega con uno de sus argumentos favoritos, esa que parece envolver cada una de sus películas: la pequeñez del ser humano ante la grandeza del universo. Diminuto, torpe y conmovedor Barry Lyndon parece deambular por un mundo enorme en el que se encuentra perdido. Desde detrás de la cámara, el director asiente, se obsesiona, lo persigue. La belleza de todo lo es todo, desborda los pequeños silencios, se extiende y rodea a los personajes hasta sofocarlos. Y al final, cuando esa vulnerabilidad del hombre aplastado por su circunstancia transforma la película en alegato, Kubrick logra una pequeña celebración — quizás justificación — a su idea más insistente: La pérdida de identidad, de razón e incluso de sentido en medio del caos de la existencia.

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