miércoles, 1 de febrero de 2017

De la muerte y otros terrores: ¿Qué ocurre más allá de la muerte y la espiritualidad?


“Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp” de Rembrandt Harmenszoon van Rijn.



La película “la autopsia de Jane Doe” del director André Øvredal transcurre casi por completo en una sala de disección y análisis forense. En la película no se le llama así, sino que por algún eufemismo casi amable, se habla de una funeraria, lo que quizás hace parecer la pequeñísima habitación de paredes metalizadas y bañada en luz led, menos amenazante. Pero lo sigue siendo: en un giro insólito para una película de terror el guión analiza no sólo la muerte desde la incertidumbre de lo sobrenatural, sino también desde esa perspectiva incómoda y sobre la cual pocas veces se reflexiona cómo es el destino final del cuerpo humano al morir.

El actor Brian Cox resume el particular clima de la película en una única frase: “Todos somos idénticos en la muerte y eso aterroriza porque no nada atenúa la muerte como hecho físico”. Lo dice mientras mira el cuerpo de Jane Doe, llegado del misterio para atravesar el trámite pragmático de su autopsia. En lo que es quizás una de las escenas más duras de la película, el forense se inclina hacia el rostro del cadáver y abre sus ojos. La mirada opaca y gris de la muerta parece recorrer el lugar, flotar en la nada. “Somos un proceso biológico que termina muy pronto” añade el personaje de Brian Cox.

Se trata de un buen tema para una película de terror, pienso mientras el metraje avanza. La muerte no es un pensamiento sencillo. Y no lo será jamás porque la mente humana es incapaz de enfrentar — aunque lo intente — esa última barrera hacia la incertidumbre. Más de un filósofo ha llegado a la conclusión que la muerte nos aterra y nos deja sin armas para dulcificar su concepto o incluso, elaborar algo más complejo de la oscuridad, porque se trata de un límite desconocido. Sabemos cómo ocurre, pero no que vendrá después, si es que algo sucede en realidad. La ciencia no insiste en explicaciones sobre el tránsito de la conciencia — y de hecho, lo niega — mientras que el resto del saber humano se empeña en brindar algún tipo de significado. En adornar la posibilidad de supervivencia a la muerte con sus fantasías y terrores. Pero aún así, el verdadero terror comienza mucho antes y se analiza desde el rostro de un cadáver.

— A nadie le gusta pensar que su vida termina de una manera tan prosaica — me dice P. patólogo y a quién por casi tres años, insistí en entrevistar. Ahora accede y se lo toma como una reflexión intelectual — a nadie le gusta pensar que morir no es otra cosa que un hecho físico que termina con todas las expectativas y esperanzas. Que destruye la personalidad y te deja convertido en un montón de carne que comienza un proceso biológico por el que poca gente se interesa. Morir es un trámite concreto, nada poético. Y eso aterroriza claro.

La primera vez que conversé con P. me habló sobre la ocasión en que trabajó en una funeraria y tuvo que enfrentarse al cadáver de una mujer a la que debía “preparar” para su funeral. Se trata de un proceso que intenta dulcificar la muerte desde cierta sensibilidad: lavar, vestir, peinar e incluso maquillar al cadáver. Pero P. se ocupaba del embalsamamiento, un procedimiento mucho más médico que ritualista y por supuesto, mucho más específico que espiritual.

— Embalsamar no es algo sencillo y hasta hace unos años, el método pasaba de experto a aprendiz en las funerarias — me dijo en esa ocasión — yo aprendí con un hombre poco paciente que pasó más tiempo mostrándome las herramientas que como llevar a cabo algo tan delicado. Aprendí por ensayo y error y no es una imagen bonita: el aspecto de un cadáver es importantísimo para sus familiares. No te imaginas cuanto. Como luce provoca un efecto emocional y esa es tu responsabilidad. Fue la primera vez que entendí el dolor de la muerte, en familiares y amigos. Para la mayoría, ver el carácter con el mismo aspecto que tuvo en vida, es un consuelo. Pequeño y que nadie comprende muy bien, pero consuelo al fin.

Pienso en ese ritual milenario que se conserva casi intacto de época en época. Los egipcios estaban convencidos que para disfrutar de la vida después de la muerte, era necesario que el cuerpo debía conservarse incólume. Un cadáver — o en todo caso, su permanencia — era necesario para asegurar que el alma pudiera transitar hacia ese misterioso otro mundo poblado de Dioses que esperaba más allá. En la actualidad, el embalsamamiento parece resumir la misma idea de la supervivencia de la muerte a través de la carne. Esa resurrección imaginada por tantas culturas y religiones — incluyendo la cristiana — que necesita el cuerpo para comprenderse.

— La muerte es un asunto emocional, aunque ya no tanto como lo era en otra época — concluyó P. en esa oportunidad — y esa emoción era el miedo. Un terror que el duelo expresa en lo posible y el luto intenta dar un tinte cultural sobre cómo percibes la ausencia. Pero es miedo, sin más. El miedo a esa conciencia que vas a morir. Que a pesar de lo que hagas, morirás tarde o temprano.

De niña, esa idea me parecía hermosa pero aterrorizante. Unidos todos en la muerte y sobre todo, en la conciencia de su posibilidad. Me parecía una persistente visión sobre nuestra fragilidad, sobre el no existir o mejor dicho, la noción que el cuerpo humana tiene una historia escrita en sus genes que tarde o temprano terminará de la misma manera. Un pensamiento poético.

Cuando mi bisabuela murió, tenía diez años. Como suele ocurrir en latinoamérica y mucho más en familia numerosas como la mía, asistí al funeral a pesar de mi corta edad y me confundí entre la multitud llorosa que iba de un lado para otro del funeral. En un momento dado, la sala donde mi bisabuela reposaba se vació y de pronto, me encontré sentada muy cerca del ataúd de caoba con su pequeña placa de cristal abierta. Con el corazón acelerado, miré el reflejo de la luz fría del techo que evitaba pudiera ver a la figura que descansaba en su interior. Lo único que distinguía desde la distancia era su gruesa trenza caoba. Me pregunté si me debía acercar para ver más. O recordarla como la última vez que la había visto en su cama de enferma, aún lúcida y con su habitual expresión maliciosa. Al final, mi madre entró y me sacó de allí. Por meses, pensé en lo que podría haber visto de mirar al interior del féretro.

P. mueve la cabeza cuando le cuento la pequeña anécdota. Nos encontramos en la biblioteca de su casa, repleta de libros sobre la muerte, los procesos de embalsamamiento, textos médicos y otros dedicados en específico a la patología forense. Se acerca y toma uno. En la portada aparece una habitación médica de aspecto impoluto y antiguo. “El arte de embalsamar” leo en voz baja. Pienso en los elaborados libros egipcios sobre la muerte y la resurrección, repletos de preciosos símbolos y pinturas. Tiene mucho de alegórico que los libros de la muerte de nuestra época sean tan vulgares y poco atractivos.

— Morir es el último terror de la humanidad. El que todos compartimos, contra el que todos luchamos — dice — no hay nada en la muerte que podamos controlar. Y toda nuestra cultura medita sobre la posibilidad hacerlo, aunque no parezca evidente. Todo lo que hacemos es una visión contra la muerte, lo sepas o no.

La muerte y otras máscaras rotas:
Los aborígenes australianos llaman a los recién fallecidos “los soñadores” y lo hacen, debido a que están convencidos que al morir, nos fundimos con la tierra y que la inmortalidad es parte del ciclo inevitable de la tierra en un sueño perpetuo y fértil. Para conmemorar — o celebrar, según se le mire — ese tránsito de conciencia, el cadáver del difunto se cubre de símbolos totémicos que les unirá a la presencia que les espera ya sea en la tierra o en lo que llaman “el árbol sin nombre”. Luego, el cuerpo se expone en una plataforma elevada o un túmulo hasta que se descompone. Durante todo el tiempo en que permanece a la vista de tribu, se le rinde tributo y se celebra que vaya a formar parte del mundo de una manera por completo nueva.

Dos siglos después de la llegada del primer hombre blanco a Australia, las costumbres aborígenes sobre la muerte encontraron eco y una nueva dimensión en un lugar inusual: en la ciencia. La ciencia de la patología forense no sólo comenzó a analizar el tema de la muerte desde lo biológico — por encima de cualquier consideración religiosa o filosófica — y de pronto, el viejo ritual ancestral parecía tener un sentido mucho más profundo e inesperado que la mera celebración del luto. En agosto de 2014, la científica forense Gulnaz Javan, profesora de la Universidad Estatal de Alabama en Montgomery, publicó el primer estudio formal sobre lo que se llama the thanatomicrobiome (del griego thanatos, “muerte”), que no es otra cosa que el análisis de lo que ocurre con el cuerpo humano — y el de cualquier criatura viva — una vez que acaece la muerte. Lejos de ser un estudio sobre la destrucción del cuerpo, se trata de hecho de todo lo contrario. De la misma manera que la vieja tradición de Los soñadores, el libro de Javan analiza la vida después de la muerte pero desde un punto de vista biológico.

Según la teoría de The thanatomicrobiome un cuerpo en descomposición no está muerto, sino que al contrario rebosa de vida. Un ecosistema fértil que convierte la descomposición en la piedra angular de un proceso biológico muy parecido al que imaginan los aborígenes australianos. Según la detallada información, la descomposición empieza unos minutos después de la muerte, con un proceso llamado autodigestión. Las células se quedan sin oxígeno, lo que hace que su acidez aumente y provoque que todos los órganos colapsen de la misma manera y bajo más o menos, el mismo sustrato biológico.

— Tiene algo de bíblico, todo lo que ocurre una vez que morimos — comenta P. cuando me explica las teorías de la doctora Javan — la descomposición te recuerda que no importa quien fuiste, tu cuerpo responde a leyes fundamentales biológicas una vez que mueres. Nos desbarata y nos recicla. Nos hace parte de la naturaleza. Al final, si volvemos al polvo y de hecho, tanto es así que todo lo que ocurre una vez que morimos está destinado a que cada parte de nuestro cuerpo regrese a la naturaleza. Sea parte de nuevo de la tierra y que otros seres vivos puedan usarla.

No sólo se trata de un pensamiento morboso sino directamente escalofriante. Para mucha gente, la idea de la muerte es intolerable, no digamos lo que ocurre después o lo que pasará con su cuerpo una vez que fallezcan. Tal vez por ese motivo, los Malgaches (tribu al sur de Borneo) envuelven a los cadáveres en telas de seda, en un intento por disimular la putrefacción. Tras varios años del entierro, los cuerpos son exhumados y envueltos en otra tela, que sustituye la piel y les da un aspecto humano — o eso es la intención de la tribu — para negar que el cuerpo “pertenece a la Tierra”. Para los aborígenes de Madagascar, el espíritu y el cuerpo del fallecido tienen una estrecha relación. Y por tanto, lo que ocurra con el cuerpo preocupa y aterroriza a la tribu.

Una vez, un profesor de filosofía me dijo que la muerte es un “el terror a la oscuridad de nuestra muerte. No existe nada que pueda conjurar el hecho de sabernos finitos, fugaces y desaparecer en el tiempo”. Pienso en esa frase mientras P. me muestra su instrumental médico: un modernísimo equipo de acero inoxidable de aspecto futurista, colocado de manera primorosa en una bandeja pulida.

— La primera vez que pensé en ser patólogo forense, la idea me produjo repulsión. Se trata de la forma como nuestra mente rechaza la muerte. Te educan desde muy niño para tener asco, para asumir que de eso no se habla. El último tabú. Nadie en esta época piensa en la muerte como algo que le ocurrirá, pero después me fascinó justo por esa idea.

Me dice que hacer una autopsia es un rito ancestral, aunque parezca de hecho un procedimiento moderno y médico. O al menos, él lo ve de esa manera. Que paso a paso — desde analizar los tejidos hasta diseccionar la caja torácica — tiene una inmediata relación con ese sentido de entender la muerte para vencerla o incluso evitarla. Un viejo sueño de la humanidad que está tan lejos de cumplirse como cuando los embalsamadores egipcios se inclinaban sobre un cadáver envuelto en tela de lino perfumada.

— A nadie le gusta que le expliquen que una vez que muere, el cuerpo atraviesa todo tipo de fases destinadas a convertir todos los órganos en material con el cual la tierra pueda nutrirse — me dice. En su oficina hay fotografías de cuerpos humanos diseccionados, tan limpias y pulcras que serían hermosas hasta que analizas la idea son reales — todas las bacterias que habitaban tu cuerpo en vida y a las que fuiste inmune, se apoderan de tu cuerpo apenas mueren. Y tienen un propósito: transformar cada órgano en un material que la tierra pueda naturalmente aprovechar.

Una vez leí que los médicos del Complejo de Ciencia Forense Aplicada al Sudeste de Texas utilizan los cadáveres que nadie reclama en la morgue de la ciudad para investigar los procesos de la muerte y cómo puede ayudarnos a comprender mejor la biología del proceso. Lo hacen dejando los cuerpos pudrir en el extenso bosque de casi 3 hectáreas que rodea el National Forest, propiedad de la Universidad Estatal Sam Houston (SHSU). Se trata de un paisaje de pesadilla: los cadáveres desnudos yacen en todos los rincones del frondoso lugar y de hecho, los trabajadores que no pertenecen al equipo científico son sustituidos cada dos o tres meses para evitar traumas futuros. No obstante, la idea no es reciente: siglos atrás los habitantes de los pueblos de Europa del Este asolados por la peste, dejaban a los cadáveres de las víctimas en los bosques circundantes. Atados a árboles y ramas, la costumbre tenía por objeto comprender que sucedía con los cadáveres una vez que les abandonaba — o eso se suponía — o simplemente, comprobar que no ocurría algo sobrenatural luego de su muerte. A la macabra costumbre se le llamaba “bosques de sombras”.

— Hace décadas, no se sabía con exactitud que ocurría en el cuerpo humano después de la muerte. No había una manera específica de hacer cálculos y análisis sobre la forma como la descomposición afecta los tejidos. Pero ahora sí y toda la patología forense actual tiene una inmediata relación ese nuevo conocimiento — me explica P.

Me dice que una autopsia consta de tres fases y cada una de ellas, amplia los conocimientos que te brinda la anterior. La primera analiza el cuerpo desde el ámbito de lo visible: la integridad de músculos y huesos, heridas visibles o lesiones evidentes. La segunda fase consiste en diseccionar el cuerpo e investigar el comportamiento de los órganos. Por último, las muestras de tejido se observan bajo el microscopio y se teoriza sobre las causas de la muerte. Es un proceso largo y trabajoso que se graba y se filma. “Y que no tiene nada que ver con esas rapidísimas escenas de las películas” dice P. con una sonrisa cansada. “Una autopsia lleva alrededor de seis horas de trabajo arduo. Y es un procedimiento que llega a ser agobiante. No hay forma de saber cuándo finalizó”.

Las autopsias se dividen en clínicas (que se realizan para especificar la causa de la muerte por causas naturales) y las autopsia forense, que es la que se lleva a cabo por motivos legales. Ambas tienen procedimientos distintos y en cada una, el patólogo también busca elementos distintos. Ambas sin embargo, están destinadas a convertir a la muerte en un suceso médico verificable, algo que siglos atrás, resultaba impensable.

De hecho, durante buena parte de la historia de la humanidad, manipular un cadáver con propósitos médicos ha sido motivo de castigos legales e incluso la muerte. Hasta el siglo XIX, en casi todos los países del mundo estaba prohibido realizar cualquier proceso científico a cualquier cadáver, por contradecir las estricta visión bíblica sobre la resurrección de la carne y las consecuencias que podía tener la destrucción de la muerte la abstracta promesa de inmortalidad cristiana. No obstante, ya para el año 300 D.C,  Galeno había realizado la primera autopsia que se conoce, enfrentándose a las autoridades de su época e incluso a una leve condena judicial por publicar sus resultados. Siglos más tarde, Leonardo Da Vinci sería el primero en detallar una autopsia en sus cuadernos de dibujo, osadía que casi le causa una condena — y seguramente la muerte — por cometer herejía.

No obstante, la primera vez que la autopsia comenzó a considerarse un método legal, fue gracias al trabajo de Rudolf Virchow y Carl von Rokitansky, quienes durante la primera mitad del siglo XIX elaboraron la primera investigación académica de la relación entre las manifestaciones patológicas de un cadáver y las causas de la muerte. Gracias a su extensa experiencia en más de 30.000 autopsias clínicas y legales, ambos médicos lograron que Alemania se convirtiera en el primer país de Europa en considerar la patología forense como una disciplina científica a pleno derecho.

— Fueron pioneros pero no los únicos curiosos — me comenta P. cuando le comento lo anterior — ya por el año 1767, Carl Linneo explicó las infinitas relaciones entre la muerte de la materia y su transformación en materia procesable por la naturaleza. La investigación le trajo casi un año de cárcel por contradecir a la Madre Iglesia. ¿Te imaginas? insistir que sólo somos carne y que la Tierra nos devorará hasta convertirnos en polvo.

Por supuesto que puedo imaginarlo. En una ocasión, pregunté a una de las monjas del estricto colegio en donde me eduqué durante la primera enseñanza acerca de lo que ocurría al morir. Cuando comenzó a hablarme sobre paisajes paradisíacos y promesas de vida eterna, le interrumpí para preguntarle sobre los cadáveres, los cementerios y las flores resecas de las coronas de homenaje. Recuerdo la mirada asustada que me dedicó cuando le pregunté en tono muy franco si en realidad creía en esa versión o en esa otra, mucho más mundana, de la muerte como final de todo. Tenía catorce años y la idea de la muerte me obsesionaba. Pero la de verdad. La que ocurría una vez que alguien simplemente dejaba de estar y existir. Esa tarde recibí un castigo por insistir en temas pocos cristianos.

— Por supuesto, a nadie le gusta recordar que somos animales, entes físicos destinados a sobrellevar un proceso también físico como la muerte — me dice P. después de escuchar mi anécdota — oye, la Iglesia se esfuerza por dejar muy claro que lo verdaderamente importante de la muerte es que te libera de tu envoltura corporal y te permite ascender a un nivel de conciencia extraordinario. Pero ¿Qué pasa si no es así? ¿Qué pasa si simplemente morimos y somos parte de un proceso mucho más grande y elaborado que comprueba la máxima que sólo somos carne y sangre?

P. me cuenta que cuando llevas a cabo un embalsamamiento, no dejas de pensar justo en esa idea. Que mientras te ocupas de trasvasar el contenido de los diversos químicos y productos al cadáver, te preguntas que ocurre después con lo que somos, la parte conciente que contiene la identidad y lo esencial que nos identifica. Me dice que nunca piensas con más claridad y asombro en el hecho de la vida — y todo lo que ofrece — mientras te cuestionas sobre la posibilidad que esta vida sea la única oportunidad que tenemos. La única experiencia a la que podemos aspirar.

— ¿Eres totalmente descreído? -le pregunto con cierta tristeza. Se encoge de hombros.
 — Más bien agradezco poder haber vivido lo que viví y lo que viviré. Después de todo, si es la única oportunidad es asombroso que haya podido tenerla.

Un pensamiento duro sin duda, pero también con cierta esperanza melancólica que no me consuela del todo.

***
Según los principios de la termodinámica, la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma en una nueva materia convertida en algo por completo nuevo. O lo que es lo mismo: cualquier elemento tiende a destruirse para crear una energía nueva a partir de las partes desmenuzadas del conjunto. Pienso en esa teoría sentada en la oscuridad de la terraza de mi casa, contemplando la cúpula celeste cuajada de estrellas grises y púrpuras. Pienso en las teorías que aseguran que somos producto de una sorprendente causalidad cósmica, de la combinación de elementos estelares que dieron origen a la vida, sin que seamos otra cosa que un accidente. Pienso en la descomposición, que engloba esa visión del cuerpo convertido en algo más que una interpretación sobre nuestra existencia. En una nueva visión sobre ese origen Universal e infinito, que regresa a la Tierra como una manera de asumir la creación de algo más extraordinario e impensable. Una noción sobre la vida y la muerte como procesos creacionistas en estado puro.

No se trata de una idea alentadora pero en realidad, es mucho más profunda de lo que podemos analizar a primera vista.

Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Luz de estrellas muertas.

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