martes, 24 de septiembre de 2013

La Venezuela desamparada: Las tres cosas normales que los Venezolanos no podemos hacer.





Hace poco, visité a una pareja de amigos que celebraban haber podido construir un pequeño anexo junto a la casa de sus padres. Fue una celebración discreta y pequeña, como su nueva vivienda: Dos habitaciones diminutas, una sala comedor bastante incómoda y un jardín interior de aspecto árido. Pero aún así, todos sus amigos celebramos por el discreto logro: En la Venezuela actual independizarte y lograr un espacio propio es prácticamente un carrera de obstáculos contra la realidad del país, la cultura del caos y el quebradizo mercado inmobiliario que padecemos. Mi amigo resumió la situación en mitad de la improvisada cena que compartimos,  sentados en el suelo de la habitación vacía.

- En Venezuela mudarse es una proeza. Y peor aún, un acto de valor.

Hubo un incómodo silencio general. Todos los que nos encontramos en la pequeña celebración, tenemos treinta años cumplidos o un poco menos. La mitad estamos solteros, una pequeña proporción vive con su pareja, unos muy pocos contrajeron matrimonio. Pero casi ninguno disfruta de techo propio: La gran mayoría vive en habitaciones alquiladas o jamás han abandonado la casa paterna. Y es que en este país, la gran mayoría de los adultos jóvenes, no logra llevar a cabo el natural proceso de crecer e independizarse, de responsabilizarse por su estilo de vida y comprenderse así mismo más allá del núcleo familiar. Somos adolescentes perpetuos por necesidad, limitados y confinados en una especie de ciclo interminable de supervivencia. Porque en Venezuela se sobrevive, la normalidad dejó de existir hace tanto tiempo que nos acostumbramos a la excepción y a la decepción. Somos una generación en deuda histórica con la cultura, con la calidad de vida y sobre todo, la visión de gentilicio más allá de un argumento político.

Comprender - asumirla quizás - esa idea no es sencillo. Esa noche, la celebración se transformó en otra cosa, en un mea culpa a media voz, en un análisis de la Venezuela que heredamos de un proceso histórico incompleto, superficial y violento. Los huérfanos de una Venezuela rota, anónima y desdibujada por el peso de una sociedad que sufre y que soporta el caos como mejor puede. Y quizás sin saber como reconstruir lo que hemos perdido, como país, como cultura. Simples espectadores de una imagen deformada de un país en plena implosión.

De manera que, de esta larga discusión, saqué tres conclusiones que muestran el panorama de nuestro país con mayor claridad que cualquier análisis estadístico. Es la síntesis del desastre, que muestra la realidad a la que nos enfrentamos como generación sin nombre, debatiéndonos entre la identidad del gentilicio y esa visión de país devastada con la que debemos enfrentarnos a diario. ¿Y cuales son esas tres ideas que podrían resumir mejor que otra cosa lo que padecemos como Venezolanos? Un breve sumario de lo que el Venezolano de a pie no puede hacer en esta Venezuela de retazos. La normalidad distorsionada de un país de oportunidades limitadas:


1) En Venezuela no puedes tener vivienda propia: ( y mucho menos, independencia )

Al menos, no a través de los medios tradicionales. Como comenté al principio de este artículo, la generación de jóvenes profesionales de mi país no tiene los medios para procurarse una vivienda independiente. El importante déficit del sector constructor inmobiliario, las rígidas leyes de Inquilinato hasta los altísimos precios de venta de cualquier inmueble limitan toda posibilidad que un profesional promedio, de salario estandar pueda pagar una vivienda por si solo. Una de mis amigas, me hacia un comentario al respecto más que preocupante.

- Alquilar un apartamento implica que al menos, el 80% del salario que percibes se dedicara a pagar el alquiler, y eso, hablando de un lugar pequeño, que probablemente debas compartir con dos o tres personas más para solventar el gasto - me dice. Me habla de su experiencia, claro: vive en un pequeñísimo apartamento en una zona periférica de Caracas y comparte el lugar con tres estudiantes universitarias más. Aún así, su salario como administradora no le permite aspirar a algo más amplio o más cómodo. Por meses, intentó encontrar un lugar de precio accesible en Caracas pero no pudo. Simplemente no podía pagarselo, de manera que terminó aceptando el arreglo de la multipropiedad en de las zonas satélites de Caracas. Le lleva casi tres horas llegar a la ciudad cada día para trabajar.

Todos la escuchamos en silencio, apesadumbrados. R., uno de mis amigos recién casados le toma la mano a su esposa. Ambos continúan viviendo en la casa de sus respectivos padres y pasan los fines de semanas juntos en algún lugar neutral.

- Somos como novios viejos - comenta ella. Intenta sonreír por su propia broma pero no lo logra. Ninguno de nosotros puede. Al final se encoje de hombros, con gesto de cansancio - la posibilidad es encontrar una habitación pequeña, donde podamos estar medianamente cómodos. Y luego quizás, irnos del país.

Silencio. La incertidumbre de ese futuro dibujado a grandes rasgos nos golpea a todos, nos deja con la sensación de lento naufragio que quizás experimentados a diario en más de una manera. Y me pregunto si todos pensamos en ese silencio embarazoso, lleno de sonrisas cansadas y miradas huidizas, que nos espera más allá del hoy, del presente movedizo que construimos con esfuerzo. No tengo una respuesta para eso. Quizás nadie la tenga.

2) En Venezuela nadie puede ahorrar:

Hace unos meses, leía un artículo francés sobre el acendrado habito de ahorro de los jóvenes franceses. Y sentí una profunda frustración. No solo porque en Venezuela la capacidad de ahorro no existe - cualquier intento queda diluido en la inflación de dos dígitos que padecemos - sino que además, la mera consciencia de hacerlo, no forma parte de nuestra cultura. En mi país, ahorrar es una  asunto incluso, que no llega jamás a formar parte de la rutina de un joven adulto. ¿Las razones? Múltiples.

- ¿Qué sentido tiene ahorrar si tu dinero vale cada día una fracción menos que la semana anterior? - dice J., economista y descreído de la cualquier solución viable a la delicada situación económica en Venezuela - Venezuela se convirtió en una colección de bienes de consumo que amortizan la perdida del valor adquisitivo.

- En otras palabras, compramos cualquier porquería que sustituya el costo - opina V. , abogado y que hace poco compró un automóvil por una pequeña fortuna. Sé que espero durante casi dos años para poder hacerlo. Sé que lo hizo para invertir el dinero que cada día tiene menor valor. ¿Qué tan válido es eso? ¿Que economía puede sostenerse sobre la inversión en bienes que cuadriplican su verdadero valor y que no ofrecen beneficio real al comprador? Un automóvil en Venezuela no es solo una inversión, es también probablemente un artículo de lujo que te exponga a la violencia. Suspira, hace un gesto que abarca al a todos los reunidos - todos estamos llenándonos de objetos inútiles para asegurarnos que conservamos nuestra capacidad de consumo. Pero eso no existe.

- También hay un poco de negación de lo que estamos padeciendo - opina alguien más - nadie quiere asumir que somos un país pobre. Se insiste con la idealización del Paraíso Petrolero mal administrado. Pero somos un país pobre que se cree rico. Y sus ciudadanos actúan de la misma forma.

Pienso en mi cuenta bancaria, que muchas veces roza peligrosamente el saldo rojo. Tengo dos trabajos medianamente bien remunerados, entradas de dinero privadas y aún así, no logro ahorrar una cifra representativa mensual. De hecho, nunca logro hacerlo. Siempre tengo la sensación que vivo al día, que subsisto con torpeza en medio de una pequeña tragedia de habito y de expectativa de futuro lamentable. Y ese pensamiento me preocupa, me desconcierta y me hiere.

Unas semanas atrás, caminaba por un centro comercial. En una vitrina, exhibían una cámara fotográfica de última generación. ¿El precio? el mismo que pagué por mi automóvil dos años atrás. Más adelante, encontré mi cámara y me sorprendió constatar que el precio quintuplicaba el que pagué, hace menos de 3 años. De manera que, pensé, mareada por lo que significaba esa variable numérica aterradora, si decidiera invertir en nuevas herramientas de trabajo, debería pagar casi nueve veces lo que podría haber invertido cuarenta y ocho meses atrás y si calculamos el valor de los equipos y el salario que percibo, nunca recuperaría la inversión. La sensación de desamparo que me hizo sentir ese rápido calculo mental me demostró que en Venezuela, la seguridad económica es una de las tanta promesas incumplidas por una visión social superficial y caótica.


3) En Venezuela nadie se siente seguro:

Justo luego que terminó la reunión ( al filo de la medianoche ), comenzó lo que llamo casi con triste humor "Las tácticas de seguridad del caraqueño sobreviviente". De inmediato, lo que tenemos que atravesar la ciudad para regresar a nuestras casas, decidimos en rápida discusión que rutas podríamos  tomar - intentando fueran las que suponemos más seguras -  y nos aseguramos mantenernos juntos en una especie de "grupo de protección" de ciudadanos atemorizados. En algún momento de la noche, todos, recibimos llamadas de padres, esposos, parejas preocupados por nuestra seguridad. Y aunque nadie comentó nada, sentí con muchísima claridad el miedo, el temor a esta Caracas violenta y hostil a la que nos enfrentamos a diario. Al salir a la ciudad nocturna, vacía y desolada miré a mi alrededor con un miedo elemental que no podría decir cuando se hizo tan real.

Y es que Venezuela  es un país que aprendió que la violencia es parte de su identidad, que esta en todas partes, que define la temperatura social de la nación mejor que otra cosa. La violencia no se disimula ya, se ejerce como un derecho adquirido en la ignorancia, se muestra como una banda de valor que convierte al criminal en héroe circunstancial. Porque en Venezuela es el país donde el ciudadano es victima de una visión de país que admite la agresión como parte de su discurso, que exalta la violencia como parte de ideología.

Cuando finalmente llego a casa, luego de un rápido e irregular recorrido por  una ciudad amenazante, siento un profundo alivio que casi me provoca dolor. A solas, en silencio, me pregunto que ocurrió en este largo proceso de supuestas transformaciones políticas, que convirtió a Venezuela en un caos estructural, que sacude el presente con una serie de ondas expansivas que amenazan el futuro y más allá, incluso nuestra identidad como nación.

No es simple, mirar a tu país con tanta dureza. Pero en ocasiones, me pregunto si esa subjetividad del gentilicio no fue uno de los motivos por el cual el país simplemente olvidó como mirarse con justicia e incluso, con esperanza. Una visión borrosa y tramposa de la realidad, y más allá, de nuestra idea de nación como parte de nuestro legado cultural.

11 comentarios:

Unknown dijo...

Y te faltó una 4ta, en Venezuela no se puede hacer un mercado alimenticio completo en ninguno sitio, debemos andar de cacería para ver en donde compramos ciertos productos de la cesta básica

Kennet Koesling Durán dijo...

Dios! que bien explicado todo! ...ya lo estoy compartiendo!! gracias!

Dracvs dijo...

Kudos to you My Friend. Gran relato / Ensayo / Diario abierto / Artículo. Todos tenemos un poquito de vacío interior causado por la situación insostenible.

"Someday over the rainbow", "cause I got Plenty o' nothing" como cantaba Louis Armstrong en 1930

jovansk dijo...

No se si este articulo me ayuda, por saber que no soy la única o me pone peor chocar con la realidad que tanto me amarga (y de la que soy consciente) en donde la única salida que veo, es irme del país, decisión que no es fácil, pero quedarse a tratar de "resolver" es como un grano en la arena del mar, uno mas o uno menos no hará diferencia. De igual forma me encanta poder leerte

Alexis Blanco dijo...

Retrato duro de la situación actual pero quizá el más sincero. Compartido.

Ronaldo dijo...

Muy bien resumida la situacion que se vive alla. Saludos.

Andre dijo...

Tres frustraciones que me atormentan casi todos los días.

Agar Flores dijo...

Wow, leer esto no se cómo me hace sentir, si peor porque no soy la única o mejor porque no soy la única. Triste que a estas alturas y con todos estos acontecimientos diarios que vivimos sigamos en lo mismo en todos lados todos se quejan de lo mismo, los salarios no alcanzan, es imposible adquirir un bien y tener algo costoso significa arriesgar tu vida, pero a pesar de que todos vivimos la misma situación nadie hace nada. Seguimos igual o peor.

Nelly Marquez dijo...

Triste y cruda realidad de la rutina de nuestra Venezuela......pero,tendremos que despertar de este mal hechizoooooo!

Audrey dijo...

Estoy de acuerdo con muchos que ya comentaron antes... Todo esto es TAN cierto que provoca llorar, y menos mal existen personas más articuladas que uno que puedan expresar exactamente lo que uno piensa.

Como aporte, creo que los que nos caracteriza es el MIEDO. En Vzla tenemos miedo, siempre, y por todo. No es sólo miedo a que te maten en la calle para robarte, es miedo a que te invadan la casa, expropien la empresa donde trabajas. Es miedo a no conseguir leche para tus hijos en el supermercado, o la medicina en la farmacia. Es miedo a que se vaya la luz y el cerco eléctrico no funcione y se metan los malandros. Es miedo sobre miedo, exponencial e infinitamente.

Sara Ce dijo...

En Venezuela está terminantemente prohibido enfermarse. Esta es otra de las realidades de Venezuela.
El derecho a la salud, que si vemos, es un Derecho Humano, ha pasado a ser un artículo de lujo, junto con alimentos básicos o una vivienda propia. En Venezuela, el que no cuenta con una póliza de salud, no cuenta con atención médica de primera línea. La crisis de salud pública, por los momentos, pareciera seguir empeorando en el devenir de los días.
Mi consejo: No te enfermes en Venezuela, al menos no antes de comprar un seguro médico.

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