lunes, 16 de septiembre de 2013

El país sin nombre: La Venezuela que sobrevivió al Lider carismático y otros cuentos de dolor.





El sábado por la noche, cuando leí el artículo "¡Esta no es otra canción de amor para Chavez" de la poeta Xochil Schütz, donde relata su reciente visita a Venezuela, pensé de inmediato en un par de cosas: "Venezuela es un grave caso de miopía local" y ( con cierto alivio ) "tengo razón". Y es que la narración - precisa, impecable y dolorosa - me sumió en una serie de reflexiones que hicieron que el día siguiente muy temprano, tomara mi libreta de notas y me lanzara a caminar por la Caracas dormida, la austera y callada del domingo, esa casi engañosamente pacifica, pero que sigue siendo tan peligrosa como siempre.

Vivo en el oeste de la Ciudad de Caracas. Nadie me puede hablar sobre mi pensamiento "burgués". Soy hija de una pareja de venezolanos trabajadores y universitarios, que durante la Venezuela Saudita - la petrolera y nueva rica - , se educaron, trabajaron y finalmente progresaron gracias a su esfuerzo. Pertenezco por tanto, a una especie en extinción: la clase media de un país donde las diferencias sociales se hacen cada vez más abismales. Y me refiero, a esa visión de Venezuela como una sociedad joven que atraviesa todo un proceso de superación. Eso, ya no existe en mi país. Lo que sobra en Venezuela es una lucha de clases artificial, hueca e ideológica, que el gobierno sostiene y presiona a conveniencia. Y parte de esa "lucha", que no es otra cosa que un enfrentamiento entre un resentimiento social muy viejo contra su chivo expiatorio más directo, lo que me encuentro al recorrer Caracas, las calles vacías llenas de basura, los mercados con largas colas de compradores nerviosos fuera. Porque Venezuela se ha convertido en una mezcla insólita de valores prestados, de una ideología caduca y esa terrenal angustia del ciudadano presionado por el temor y la incertidumbre. De eso si tenemos bastante, pienso mirando por la ventanilla del autobús donde voy. La calle pasa rápido, una exhalación, entre sacudones y la algarabía habitual. Pero queda la impresión de la pobreza, de la tristeza inquieta, del reflejo de un país roto a pedazos.

Mi primera parada es el mercado de Quinta Crespo. La mayoría de los locales están cerrados, pero hay algun que otro puesto ambulante vendiendo productos a plena calle. Chavez, está en todas partes, claro: como un muchacho pálido y óseo en una fotografía tamaño natural en blanco y negro pegada a una pared, en las vallas que insisten en que "vive". También hay montones de grafitis devotos" Chavez no murió, se multiplicó" "Chavez el más venezolano" y otros tantos que se desdibujan en este Palimpsesto político enmarañado. En Venezuela, se ha celebrado casi 19 procesos electorales del 98, casi dos por año y todo muro y construcción lo demuestra. No hay un centímetro que no esté lleno de propaganda política. Hay algunos rostros desconocidos, otros tantos que se desdibujan con el tiempo. Pero la gran mayoría de las imágenes son sobre Chavez. Lo miro todo como si lo viera por primera vez, recordando el artículo de Schütz y también las palabras de @Naky, en una ocasión que comentábamos sobre la omnipresencia de Chavez en el paisaje urbano "Quieren hacerlo eterno a base de consignas". ¿Será así? Me pregunto, avanzando entre los pequeños grupos de compradores frente a los buhoneros. ¿El difunto presidente sobrevivió en ideología a su propia muerte?

- Aquí estamos mal - comenta la anciana que está vendiendo paquetes de Harina Pan a cinco veces el precio que se vende en los automercados - pero antes de Chavez, ni siquiera podía venir a vender esto. El comandante nos dio facilidad para comprar nuestras cositas y tener nuestro dinero.

La miro. Reprimo cualquier muestra de simpatía, comprensión. La miro con frialdad, con esa objetividad del observador clínico. Debe tener entre cincuenta largos o unos pocos sesenta. La piel curtida por el sol. El cabello enredado le cae en una trenza sobre el hombro. Le faltan algunos dientes. La ropa le aprieta, vieja y remendada. Y no es una imagen idílica de la pobreza, tampoco es un estereotipo del humilde. Es una mujer Venezolana, que intenta sobrevivir vendiendo paquetes de harina pan. Lo hace a escondidas, los domingos, porque me comenta "Los pacos te quitan la mercancia y las venden ellos". La escucho mientras me cuenta como ha tenido que correr, saco en mano, para evitar la asalten, como le tiene más miedo a la ley que al ladrón.  Me dice todo esto sin dejar de vender y contar el dinero de las ventas, que guarda en el bolsillo con dedos rápidos. Cuando ve anotando algunas de sus palabras en mi libreta, se echa a reir.

- ¿Es periodista mija? - me pregunta. Y a pesar de la sonrisa, hay desconfianza. Le explico que quiero entender a Caracas, la Caracas Chavista. Ella me mira y después señala el mercado, la calle, la avenida más allá. Un gesto largo que parece abarcar la ciudad entera.

- Esto es Chavez - dice - esto es lo que nos dejó.

Me pregunto que verá ella. No parece preocupada o infeliz. Me lo dice con orgullo, como si el pedazo de calle, el sol insoportable y el Mercado en ruinas, fuera un legado que agradecer. Pero yo solo veo la basura, el desorden, el olor nauseabundo de las aguas sucias que se acumulan en las esquinas. Y la veo a ella, que a su edad debería estar sentada en cualquier otra parte, quizás disfrutando de sus vejez, pero no allí, bajo el sol, lidiando con la Caracas Violenta, con miedo, intentando sobrevivir. Pero ¿Como le digo aquello? ¿Como le explico mi visión de las cosas? ¿Es a esa diferencia que lo que la ideología llama lucha de clases? No lo sé.

Camino calle arriba. Las recientes y frecuentes lluvia convierten las calles de Caracas en un cenagal maloliente. Camino entre la multitud que se detiene a comprar en las pocas tiendas abiertas. En una de ellas, me tropiezo de frente con el fallecido Comandante Chavez, convertido en un busto de yeso y veneración religiosa.

Quiero fotografiarlo pero no me atrevo a sacar el celular de la cartera. Así que lo observo, intentando memorizar todo lo que puedo la extraña visión de como se le representa luego de la muerte: delgado, enjuto, con los rasgos duros convertidos en lineas oblicuas. Tiene una expresión dura en la muerte, de labios apretados y la mirada de yeso fija, con su uniforme militar y la tradicional Boina roja. Leo la placa conmemorativa a los pies de la escultura: "El comandante eterno".

Me pregunto porque la insistencia en la eternidad. Podría parecer una pregunta superflua, sin sentido, pero es válida también. La revolución que lideró sobrevivió con dificultad pero sobrevivió. Aún hay una buena porción del país confía en su figura, en las promesas difusas de cambio, en ese nuevo país que se anuncia cada vez pero que no termina de nacer. Pero esto es otra cosa. Esto es una necesidad enorme y desesperada de eternizar al líder, la figura. ¿Una manera de manipular al emocional pueblo Venezolano? eso es teoría de librito. ¿Una forma de asumir que la revolución tuvo un héroe? Muy romántico. Continúo mirando la estatua cuando un vendedor de la tienda se me acerca.

- Lo tenemos más barato - indica. Imagino que se refiere al precio de la escultura, bastante alto incluso en un país con una inflación de dos dígitos. Sonrío, negando con la cabeza.
- ¿Lo compran mucho? - pregunto. El hombre me dedica una mirada rápida.
- ¿Es periodista? - la desconfianza, otra vez. En Venezuela la información es peligrosa y preocupa, inquieta y nunca se toma por cierta. Cuando le explico que solo soy una ciudadana corriente escribiendo sobre Caracas, no me entiende. ¿Qué sentido tiene eso? De manera que insiste que debo ser una estudiante. ¡Lo eres? me pregunta insistente.  Y yo termino aceptando por buena su descripción. De alguna manera, lo soy.

Entonces se explaya en explicarme. Sí, al comandante lo compran mucho. Me muestra la pieza: habla del busto más pequeño, una figura mucho más pequeña que la otra, que muestra solo el rostro del difundo presidente Chavez. Aquí, los rasgos duros del hombre fuerte de la Revolución Bolivariana se dulcifican, casi beatíficos. Solo lo reconozco por la nariz larga y torcida y la inevitable boina roja. Con cierto nerviosismo, sostengo el objeto.

- Mucha gente viene aquí, lo ve y llora. Después de lo lleva  - me comenta el vendedor - usted ve como lo querían. Se lo llevan para ponerlo en la casa, para saludarlo y ponerle velas. Yo los entiendo, el Comandante fue muchas cosas.

Nos encontramos en una de las esquinas más populosas del Centro de Caracas, así que no me extraña nada su afirmación. Es sin duda, la zona más chavista de la ciudad, quizás del país y la veneración por la memoria del difunto presidente sobrepasa lo meramente político. Es religiosa y palpable. Lo veo no solo en la escultura, que vuelvo a encontrar en tres o cuatro tiendas más adelante, sino en las enormes pancartas de tela artesanales que se cuelgan de edificios invadidos, donde también ondean banderas. ¿Qué nos legó Chavez? ¿Que nos heredó su resolución de transformar el sistema político de Venezuela en algo más, incomprensible y temerario? A ocho meses de su muerte, no lo sé. Y creo que probablemente nunca lo sabremos. ¿Qué contará la historia? ¿Como contaremos los quince años de su gobierno? ¿Como entenderemos esta sociedad empobrecida, fanática y obsesionada por una idea política que nunca llega a definirse?

Pienso en las respuestas a esas preguntas, sentada en un vagón del Metro de Caracas. Estoy rodeada de un pequeño grupo de adolescentes que conversan en voz alta. Ríen y comentan sobre la novela televisiva de moda, la música favorita. Y también de política. Que extraño es, escucharlos burlarse del presidente Maduro, heredero político del Chavez. Más de una vez, he escuchado decir que el difunto Presidente era un hombre temible, al que todos, fanáticos y adversarios, temían. Pero con su delfín, la cosa es distinta: Uno de los chicos se levanta y empieza a imitar el tono de su voz, incluso su postura frente al micrófono. Todos ríen, incluso un par de desconocidos más allá que miran el espectáculo probablemente tan asombrados como yo.

- Para lo que quedó la revolución - dice un hombre unos asientos más allá de donde me encuentro. Lo dice al aire, sin esperar respuesta, supongo. Pero la tiene: dos ancianas le reclaman "respeto" e intentan mandar a callar al grupo de muchachos. Pero nadie las escucha: los chicos siguen burlándose y el hombre comentando en voz alta, sin un interlocutor, su asombro.

Nos cuenta - porque supongo es a todos - que era un chavista convencido. De esos que iban a la marcha y escuchaban completas las larguísimas cadenas del Presidente Chavez. Ya no. Ahora no le importa nada de eso. Solo quiere trabajar. Una de las ancianas le reclama algo que no entiendo, pero lo que sí entiendo, es que insisten en defender la "revolución". El hombre las mira y creo que responderá algo...pero entonces, de nuevo escuchamos el estruendo de las risas de los muchachos. Uno de ellos llegó al atrevimiento de pegarse al rostro un trozo de papel negro, imitando seguramente el bigote de Nicolas Maduro y grita "Millonas y Millones". Ahora incluso las ancianas ríen, cubriéndose la boca con la mano para disimular. Pero ríen. Y yo recuerdo una frase que leí por alguna parte durante la última campaña presidencial: "puede ser que Maduro gane la presidencia haciendo el ridículo, pero perderá el respeto de la ciudadanía". Y comprendo que es verdad.

Ahora camino por Sabana Grande. Hay una buena cantidad de transeúntes caminando por el Boulevar. Los niños corren de un lado a otro. Las puertas de los negocios están abiertas, y hay un clima muy animado en general. Me siento a mirarlo a todo y recuerdo, por enésima vez, a la Caracas que conocí de niña, a esa que tenía mucho parecido con esta Sabana Grande remozada, llena de paseantes, con el cielo azul radiante brillando en todas direcciones. Antes que cada cosa tuviera el peso de la ideología, antes que todo tuviéramos que explicarlo por política. Y lo lamento tanto, siento una enorme tristeza por la perdida de la inocencia. Porque de eso se trata: La inocencia que muere, el temor que gobierna y sustituye al espejismo de transformación social. Y me quedo con las manos vacías, sentada bajo el sol en Sabana Grande, imaginando la Caracas que viví y que perdí. Preguntándome que ocurrirá ahora, en la incertidumbre, en la visión de una cultura fanática, ansiosa de una justificación a la pobreza y quizás y la desazón.

Y no tengo respuesta para nada de eso. Quizás no la tenga nunca y eso probablemente sea mi mayor preocupación. ¿Quienes somos ahora mismo? ¿A donde vamos? No lo sé tampoco. Y creo que ninguno de nosotros podría asegurarlo con certeza.

C'est la vie.

6 comentarios:

Unknown dijo...

No lo llamaría religión, es solo un proceso que se repite cada vez que aparece un "lider mesianico" aunado a una intensa campaña de manipulación informativa y control de la misma con el objeto de influenciar a las llamadas " masas desposeídas".

En fin, no es la primera vez que se ve esta situación, y lo peor es que no veo manera de que se cambie este panorama

Libicni Noemi Rivero Ortiz dijo...

Hay una disociación de la realidad colectiva y es bastante abrumadora, la gente mantiene un pensamiento netamente platónico sin objetividad.... eso señores para el pelo, me siento ajena a la sociedad en que vivo.

muy bueno tu post. saludos cordiales.

Dracvs dijo...

Excelente artículo. Puedo sentirme identificado, con lo que veo a diario de mi recorrido Baruta Altamira y de regreso por las calles abarratodas de la ciudad, llena de motorizados que llevan sobre su pecho la camiseta que solo tiene un recuadro rojo con una toma del ceño del ex presidente.

vivimos en una realidad paralela al resto del continente. a veces me atemoriza pensar, que hace falta para que esto cambie para mejor.

Renzi Hernandez dijo...

Te felicito, excelente articulo!
A mi me ha impresionado bastante tu post pues casualmente este fin de semana escuché la voz en VTV, durante la filmación de la caída en bicicleta de Maduro, hablar del presidente eterno y me sorprendió escuchar como aún insisten en mantenerlo así (yo estoy en Puerto Rico)y hoy leyendo tu post me responde muchas cosas. La descripción que haces del mercado de Quinta Crespo es impresionante, me pareció estar allí compartiendo contigo tu manana de domingo. Confieso que comparto tu sentimiento de desazón y de angustia viendo lo que sucede en Venezuela, extranando lo que era y preguntandome por lo que pudo ser, y me questiono, también como tú, hacia donde irá todo esto ? Alguien debe saber responder.
Muchas gracias por esta reflexión, nuevamente, excelente!

Estefanía Rojas dijo...

Hola, soy nueva siguiendo tu blog y lo encuentro de más interesante. Para serte franca este es el segundo post que leo, el primero fue aquella hermosa e inocente narración que hiciste de tu primera declaración de Bruja.
Lo que más me agrada de tu sitio es la diversidad de temas de las cuales hablas, me gusta mucho que incluyas la política, la manera en que narras Venezuela (aunque desconozco mucho de su sitación). Debido a mi ignorancia encuentro tu artículo confuso, más del todo sincero. Solo quiero agregar, que frases como "le tiene más miedo a la ley que al ladrón" me hacen identificarme con lo que aquí narras, pues soy de México y la situación aquí igual es bastante crítica.
Lejos de juzgarte, solo encuentro de lo poco que sé, muy positivo en Venezuela, es haber tenido a alquien como representante que tuviera el coraje de realmente llevar a cabo una revolución, de oponerse al imperio gringo, cosa que aquí en México parece imposible. Quizás hablo muy a la ligera pero en un país como el mío, el cual está vendido, eso se valora mucho.
Y ahora lejos de politizar todo, es gratificante que lejos de una ideología que la preocupación por tu pueblo o nación esté latente en ti; te felicito, espero seguir leyendo más de tu blog.
Una amiga.

Señorita Cometa dijo...

:( lloro el pais perdido en la distancia...es una herida a la que a diario le cae sal...

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