lunes, 15 de julio de 2013

Delirios elementales y otras reflexiones: No quiero ser normal. ¿Necesito serlo?






- Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado.
- En resumen - dijo Mustafá Mond:- usted reclama el derecho a ser desgraciado.

"Un mundo feliz"
Aldous Huxley. 


Me ocurre de vez en cuando: estoy caminando por la calle y empiezo a notar el elemento común. Ese que se repite una y otra vez. La camisa del mismo color, el maquillaje parecido, las posturas, los accesorios la alta tecnología. La normalidad. Me detengo, un poco confusa. El elemento común continúa repitiéndose. Innumerables versiones del mismo tema, incontables visiones de lo mismo. No sé cuanto bauticé de esa manera a la sensación de ligera confusión que produce la repetición en el mundo de las cosas normales. Pero así le llamo desde hace mucho tiempo. Sacudo la cabeza, camino con los hombros un poco inclinados. Porque yo también soy una consecuencia de mi interpretación. Yo también formo parte de la linea interminable de rostros y figuras parecidas. Tal vez sin quererlo, formo parte de la normalidad.

Eso me molesta, aunque no debería hacerlo. La sociedad intenta hacerte normal desde que naces. Lo intenta por todos los medios a su alcance: desde el bebé en la cuna hasta que das tus primeros pasos,  hasta el adolescente que aprende todo lo que debe saber del mundo de la cultura simple que lo rodea y de los contemporáneos que buscan lo mismo: encajar, ser parte de esa sociedad que insiste en mostrarte lo que se espera de ti, lo que podría marginarte de ella. Y todos los aceptamos, para bien o para mal, en mayor o menor grado. A todos nos gusta sentirnos cómodos y confortables en medio de esa aceptación natural, casi primitiva del igual, del semejante, de la idea concreta que te hace ser hijo de la sociedad donde naciste. Pero ¿Qué ocurre con el que no lo desea? ¿Que pasa con el que no lo intenta siquiera? Un pensamiento inquietante, porque creo que todos alguna vez, hemos pensado en esa posibilidad, la hemos deseado incluso. Porque todos, al final de cuentas, somos distintos, somos creaciones espontáneas de miles de variables que carecen de sentido, que se entrecruzan entre sí para construir una individualidad irrepetible. ¿Como no desear ese instante de diferencia? ¿Como no pensarlo a diario cuando lo necesitas? Pero supongo que la diferencia - asumirla - es un acto de valentía que no todos tenemos o podemos asumir.

Pienso en esas cosas mientras almuerzo con un grupo de amigos de la Universidad. Nos reunimos cada tantos meses, en un intento de conservar la amistad, sin lograrlo realmente. Porque todos hemos madurado en direcciones distintas. Somos, de hecho, un grupo de extraños que se reúne para contar las mismas historias de siempre, las que recordamos, las que unen. Me sorprende mirarnos y no reconocernos. O quizás, no diferenciarnos. Adultos jóvenes que luchamos por lo mismo, tememos lo mismo, pensamos lo mismo. O eso temo a veces.

Nos recuerdo en la universidad. Insistíamos en luchar contra eso, a diario. En la igualdad forzada, en la necesidad de dar marcha atrás a toda esa idea de vernos como parte de una identidad falsa, la impronta cultural. Eran tiempos inocentes, claro. Esa edad donde ser diferente es posible, porque quizás no necesitas esa igualdad que te asegura un lugar en el mundo, ese lugar que no sabes que necesitas pero terminas ambicionando. Siendo joven, la cosa es sencilla: el mundo es una incógnita, el futuro una consecuencia. Y aún no lo construyes, apenas comienzas a soñarlo.

Fue la primera vez que hablé sobre normalidad, y el Elemento común. Una discusión que se repitió muchas veces. Mi grupo estaba formado por gente que se autocalificaba de "anormal", "marginal" y "extraña" y tal vez lo eramos. Dos feministas radicales, un furibundo socialista - y por entonces, no era lo usual -, un poeta atormentado y yo, que realmente no tenía idea de como llamarme y me sentía cómoda entre toda aquella rareza. Me gustaban las discusiones, me gustaba saber que podía pensar el mundo de manera distinta. Me gustaba que L., la que proclamaba que jamás contraería matrimonio y que el mundo era de los solteros, planeara una especie de sociedad de los corazones independientes - así le llamaba - o que para J., el poeta, la palabra fuera una forma de redención. Nos comprendíamos en lo singular, nos completábamos quizás, en la búsqueda de una respuesta alternativa a lo que se exigía de nosotros, a lo que esperaba al otro lado de las puertas de la Universidad. Esa realidad que parecía enfrentarse a cualquier idea en contrario a lo normal, a lo que aceptable.

Pero ¿Quienes eramos ahora? Mire al grupo, adultos sonrientes, impecables. L., convertida en una prestigiosa gerente de una empresa reconocida, J., un editor acaudalado con una enorme oficina decorada con los mismos libros que deploró durante mucho tiempo. ¿En quienes nos convertimos? ¿Cuando los estereotipos que tanto analizamos y rechazamos se convirtieron en nuestros rostros?  El pensamiento me sobresaltó. G., el socialista de puño alzado, ahora ostentando un alto cargo gubernamental, me dedicó una  mirada sorprendida.

- ¿Estas bien? - me preguntó. Tomé una bocanada de aire. 
- Somos normales - murmuré. G. sonrío. Sabía a que me refería.
- ¿El elemento que se repite? - contestó - sí, creo que siempre lo fuimos. La anormalidad no es algo sencillo.
- Y somos unos cobardes.
- No seas tan dura contigo misma - dijo G. - en realidad, la sociedad tiene una idea de si misma tan hipócrita como fuimos nosotros con las aspiraciones que admitiamos tener. Todos quieren ser normales, todos quieren ser tratados iguales. Pero eso jamás ocurre. 
- Lo dice un socialista - me burlé. G. encajó el golpe casi con elegancia.
- Te lo dice un socialista que sabe que la igualdad es una utopía, una manera de cercenar lo que evita que el progreso de masas se lleve por delante los pequeños logros individuales.
- La normalidad a cambio del progreso. ¿No es eso una idea inquietante?
- Lo colectivo siempre será inquietante, porque es una definición simple de lo que somos. Depura, poco a poco, cualquier diferencia, crea una identidad anónima - suspiró - es cómodo, no digo que aceptable o creativo, pero así ocurre.
- O sea que, hablamos de ser iguales por necesidad.
- O de buscar la normalidad para satisfacer nuestro temor. Es lo mismo.

Una idea que me dolió, pero no pude dejar de analizar después. A solas, en mi apartamento de soltera, rodeada de libros y fotografías, de mis vicios y obsesiones, me sentí como una rareza coyuntural. ¿Que estaba haciendo? Siempre había tratado de vivir contra la corriente, o mejor dicho, de la manera que he considerado correcta. ¿Me estaba resistiendo ante lo inevitable? Pensé en esa sonrisa de suficiencia que siempre me dedicaban mis amigos y familiares cuando hablaba de insistir en mi visión de las cosas, de "no asentar cabeza". Trabajar por mi cuenta, asumir la soltería como una forma de identidad. ¿Tendría que finalmente regresar al "redil", esa idea que la sociedad tiene para todos? Me produjo miedo el mero pensamiento y quizás fue esa sensación de angustia que me demostró que no todos quieren ser "iguales" y que la igualdad es una idea que no parece encajar demasiado bien en la vida de todos, en la manera como tenemos de interpretar el mundo.

¿O sí?

Pienso en todas las veces en que me siento incómoda intentando encajar sin mucho entusiasmo en lo normal. A todos nos ocurre en ocasiones: hacer el esfuerzo seguir la conversación de moda, comprender el tema popular, intentar mirar las cosas de una manera simple. ¿Y si no puedo? pienso entonces. Me encuentro sentada en un pequeño café, con un libro entre las manos. Levanto la cabeza, con un súbito disgusto que no sé muy bien de donde vino. ¿Y si no quiero ser normal? No me provoca, no lo deseo. Alguien podría decir "Haz lo que quieras, nadie te obliga". Pero son los mismos que más tarde te insistirán en que la manera de construir la vida es solo una y que la normalidad es necesaria, deseable. ¿Necesaria para quien? me pregunto. En una especie de rápida sucesión de imágenes, pienso en todas las veces que mis amigas me piden dejar de debatir de temas "raros", en los consejos de mi madre sobre "comprender que el tiempo pasa y las excentricidades pierden valor". ¿Que es una excentricidad? ¿Que es lo aceptado, lo bueno? ¿Cual es la diferencia entre ambas cosas? ¿Quién dicta el limite? Me abruma, el pensamiento. Me confunde. Me duele.

Hace unos diez años, decidí y así se lo comenté a quien quisiera escucharme que probablemente nunca querría casarme. Todos mis amigos rieron, me palmearon el hombro y me dijeron: "esta bien, ya te vendrá el deseo". Lo mismo dijo una de mis tias cuando le expliqué que no me sentía maternal, que de hecho, no sentía ninguna inclinación por la maternidad: "No importa, eres jovencita, ya lo querrás". Incluso cuando comenté que abandonaría mi licenciatura de derecho, tan rentable, tan normal, tan adulta - lo que sea que eso signifique - por mi pasión por las palabras, todo el mundo creyó que se trataba de una crisis de rebeldía. De una necesidad de comprenderme salpicada de esa "Rebeldía" necesaria antes de dejarlo todo atrás y "madurar". Creo que incluso yo misma lo pensé, y me pregunté, en esos luminosos años de la veintena, mientras todo a mi alrededor decidían madurar más rápido que yo, si esa satisfacción de vivir la vida en contracorriente me duraría muy poco o perdería belleza rápido.

Nunca la perdió. Una década después, convertida en una joven adulta, continuo haciendo las cosas a mi manera y no me importa el resultado.Y la cosa comienza a preocupar a los mismos que me dijeron que muy probablemente, ya se me pasaría la necedad de querer seguir viviendo como mejor me pareciera. Hace unos días, mi madre me dedicó una de sus directas miradas reprobadoras y me preguntó a la cara:

- ¿Que estas esperando para crecer?

Una frase poética que me sonó muy extraña pronunciada por esta esta mujer impecable, práctica y en ocasiones dura. No supe que responder. Me sentí incomodo, un poco triste, pero sobre todo desconcertada. ¿Que se le puede responder a eso?

- Creo que soy una adulta que no comprendes - dije por fin, casi con esfuerzo. No quería hablar. De hecho, de haber podido escoger no habría respondido nada. Me gusta más el silencio elocuente que la palabra torpe. Pero con mi madre las cosas nunca son tan sencillas.
- Te vas a arrepentir después, cuando quieras casarte o hacer las cosas bien y no puedas.

Hacer las cosas bien. Recordé a mi amigo E., inteligente, moderno y muy enamorado de su pareja, un hombre tan extraordinario como él. Ambos quieren hacer las cosas bien: casarse, honrar la institución del matrimonio, pensar en un futuro juntos. Pero en Venezuela eso no es posible. En Venezuela, la normalidad los orilla a ocultar su relación, a pensar en otras fronteras para "madurar". Porque en Venezuela se busca igualdad a marchas forzadas. Y no se trata solo de nuestro país: en gran parte del mundo, la inclusión es una idea abstracta, cuando existe. La diferencia sigue siendo mal vista, el tema de lo que es "normal" y lo que no lo es, continúa incomodando y lastimando a todos los que por cualquier motivo, se niegan a mirar el mundo como una simple formula de conformismo con una idea común.

Días después de esa conversación, y casi como respuesta a esas reflexiones angustiadas, me tropecé con un comentario del genial Daniel Arzola ( @Arzola_D ) que me golpeó como un bofetón intelectual. Daniel es el creador de una inteligentisima campaña contra la discriminación y el odio que se titula "No soy tu chiste" y en la cual, intenta concientizar sobre el valor de la diferencia, y no la necesidad de igualdad. Una idea extraordinaria, si pensamos en que se insiste en que el mundo es para iguales y poco se habla de inclusión. Daniel, de hecho, no lo pudo resumir mejor en una frase, reflexionando sobre una publicidad canadiense de la tarjeta Master Card que celebraba la aceptación de los Matrimonios Gays como legales en EEUU: "No todos queremos ser iguales, queremos ser aceptados en nuestra diferencia" 

Sus palabras me dejaron sonriendo. Porque justamente creo que todos, los que intentamos construir un Mapa de ruta distinto para construir el futuro, hemos llegado a pensar si existe un lugar para los que confían en lo diferente, para los que necesitan justamente la diferencia para expresar el poder de lo individual. Y es que nadie pide al mundo comprensión, sino admitir que todos somos una idea original que se construye así misma todos los días, una forma distinta de ver el mundo cada vez. Y es en esa diferencia donde reside el poder de creer y construir una nueva versión de la cultura, la sociedad y muy probablemente de la esperanza.

Camino por la calle. De nuevo, rodeada del elemento común. Y de pronto lo veo: un Chico, quizás un adolescente, con el cabello en punta y vestido con colores chillones. Imposible no mirarlo. Camina en vía contraría llevando un montón de libros en los brazos. Sonríe. Canta en voz alta. Yo también tengo ganas de cantar mirándolo. Tengo ganas de sonreír también, al pensar que todavía hay quien cree, más allá del cinismo que la diferencia , es una manera de soñar y también, sin duda,  de crear.

C'est la vie.

3 comentarios:

Mayerling Prado dijo...

Completamente identificada.

Scarlett dijo...

Quería poner un comentario larguisimo, pero al final me has robado las palabras :)
Eso es lo que pasa, uno espera ser amado y aceptado como es porque es "raro" (y todos los somos, pero no todos quieren serlo). No puedo dejar de ser rara porque odiaría dejar de ser yo misma o metirme y rechazarme para contentar a otros. Lo que sí puedo decir que esa "rareza" me ha regalado la oportunidad de hallar personas que me aceptan y quieren tan como soy, sin desear cambiarme y esas alegrías han podido con todo el mal sabor de boca que me han dejado los que esperaban volverme "normal".
Creo que profesionalmente y en mis ámbitos sociales sigue habiendo gente que confunde infantil e inmaduro (yo creo que son cosas bien distintas), pero ¿qué más da? Al final del día, lo que vale es irte bien feliz y tranquilo a la cama :D

Jesús Calero dijo...

En este mundo hay ovejitas blancas y lindas, negras y rechazadas, pastores que las guían a todas, lobos que se las comen. Y yo, mirando como si el mundo fuera un documental de Animal Channel.

Muy buen articulo, es preciso que el mundo tenga personas que escapen de la normalidad; el avance no lo logra una multitud de cabezas que piensan igual, lo logra una cabeza con una idea distinta.

"Un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa."
Mark Twain

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