martes, 30 de julio de 2013

De la visión de la muerte y otros misterios: Mi visita al Cementerio General del Sur.

















Por mucho tiempo, tenía un miedo casi insoportable a la muerte. No sé muy bien que me lo provocaba, pero rozaba los nada deseables límites de la obsesión: no toleraba la idea desde ningún punto de vista. Jamás asistía a velorios, muchos menos sepelios. Evitaba el tema tanto como podía. Para mí, era un tema que no se tocaba, que era incapaz de analizar. Había una fina linea entre lo que creía podía suceder luego de la muerte  y lo que había más allá, ese silencio de la definitiva desaparición de lo que consideraba identidad en el olvido. Un silencio eterno. La oscuridad que destruía toda razón, toda belleza, toda idea, toda simple iniciativa humana de vencerla. La caída final.

Probablemente, ese temor inaudito a la muerte me lo provocaba lo poco que sabía sobre la idea: aunque crecí en la tercera ciudad más peligrosa del mundo, la muerte se toca con más dramatismo que incluso reflexión o serenidad. Mi amiga E. suele decir que la cultura occidental le da demasiado importancia a la muerte y creo que tiene razón. Un poco de esa idea egocéntrica sobre nuestra existencia, el excesivo valor que adjudicamos a nuestra Individualidad. Y los ritos mortuorios lo confirman:   El sepelio con el ataúd abierto, con el difunto bien visible paa sus deudos. La larga noche en vigilia. Los gritos de dolor, públicos e irreprimibles. La larga ceremonia del sepelio. La costumbre parece insistir más en el dolor que se muestra, que la ausencia que se teme. Muy probablemente, haya sido esa idea del dolor, desgarrado y brutal, lo que me aterraba. Pero más allá de esa emoción desbordada, había una frontera de silencio. Lo que ocurre después, cuando el ataúd se cubre de tierra y los deudos vuelven a sus casas. Ese mutismo de la perdida definitiva. Eso sera para mi infinitamente más destructor que las lágrimas, los gritos agónicos de sufrimiento, las muestras visibles de desesperación. Había algo aterrador en las flores marchitándose. Secándose bajo el sol, o flotando sobre la lluvia. El tiempo transcurriendo hacia el olvido.

Recuerdo haber pensado en todas esas cosas, la tarde en que asistí al sepelio de mi abuela. Traumatizada y abrumada por su muerte, recuerdo haber mirado la placa conmemorativa sin comprender que significaba. Leí su nombre y no lo reconocí. Vi a mi madre llorando, en brazos de su esposo, y fue una escena lejana, que miré entre brumas. Pero lo que me provocó nauseas de verdadera angustia, fue sostener un crisantemo entre las manos. Bajo la lluvia. Los petalos rotos, húmedos. Cuando levanté los ojos y el cielo encapotado ondulo sobre mi, comprendí todo lo que no había logrado digerir durante esos dos días interminables: Abuela formaba parte del pasado. Viviría en mi mente. Ya no formaba parte del tiempo, del que corre hacia adelante. Sentí una frustración estremecedora, un hilo de sufrimiento helado que me dejó sin voz. Comprendí entonces el motivo por el cual la gente coloca lapidas y ramos frondosos de flores en las tumbas. Comprendí el motivo de los rezos, de volver cada cierto tiempo a mirar el nombre de quien amaste escrito sobre marmol. El consuelo de la ausencia, comprender el vacio sin nombre de la muerte, ese que es irrecuperable. Invencible. Que es mucho más real que las débiles promesas de cualquier religión por la vida eterna y Paraísos extraordinarios. La muerte que es un enorme silencio extiendose a todas partes a partir del dolor.

Pensé mucho en eso mientras recorría el Cementerio general del Sur en Caracas. Cámara en mano. La única manera como podría soportar enfrentarme a mis miedos. La única manera tolerable en que podría caminar por esa gran ciudad de la muerte - porque eso es de hecho, el Cementerio general del Sur: Una extensa necropolis - intentando asumir la idea de la ausencia de una forma totalmente nueva. Mire las largas caminerias solitarias, arrasadas por un sentimiento tan antiguo como la mente humana y al cual no pude darle nombre. Pero allí estaba: en los ángeles extraordinarios veteados de Moho, alzando sus alas rotas al cielo azul Caracas. O los Santos piadosos con las manos extendidas, recibiendo al difundo que yace bajo sus pies. Sentí con nitidez esa lucha contra lo definitivo en el enorme Mausoleo de Joaquin Crespo, con su bóveda ribeteada en pan de Oro y sus rejas de metal bruñido. Incluso lo percibí con toda claridad frente a la tumba de la Lina Ron, esa controvertida figura política de la revolución Chavista que ahora yace, en el anonimato del desgarro de la muerte, junto a Armando Reverón, Jorge Rodríguez, Látigo Chávez, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Aquiles Nazoa, Fabricio Ojeda, Miguel Otero Silva, entre tantos otros personajes de la historia reciente y más distante de nuestro país.

Caminé temblando de miedo. Pero de pronto, el miedo se transformó en algo más. Fotografiando, captando ese silencio destruido, esa lejanía ausente de las palabras que dejaron de pronunciarse, de las historias perdidas y rotas, comprendí que el corazón del hombre no comprende por la muerte por su inocencia, por su necesidad insoportable de mirarse así mismo como inmutable. De pie, frente a un hermosisimo ángel de alas delicadas y manos extendidas, aprendí mucho más sobre la muerte que en llanto de los deudos, y el temor de los que recuerdan.

Pensé en esta otra Caracas, la de los muertos, de pie en la zona más alejada, con las cientos de esculturas y cruces a mis pies. Pensé en esta otra ciudad, donde habitan los olvidados. No en vano, el Cementerio ha sido testigo de buena parte de su historia: inaugurado en el año 1876, bajo la presidencia de Antonio Guzmán Blanco, disfrutó del esplendor del miedo y se desplomó en el cinismo de la sin razón. Y ahora solo hay escombros, de gran belleza por supuesto, pero escombros al fin. Quizás un bello cadaver de un sueño de eternidad que nunca llegó a cumplirse. Y quizás, no se cumpla jamás.

¿Quieres visitar el Cementerio General del Sur? 

Actualmente, el Municipio Libertador se encuentra organizando una ruta Patrimonial, que permite recorrer a cualquiera que quiera hacerlo, el parque Monumental. La ruta está creada especialmente para recorrer todos los lugares emblemáticos de la estructura de gran riqueza artística que incluye “La Capilla del General Crespo”, panteones como los de El General Isaías Medina Angarita; Monumento de Emilio Fernández; Monumento “Mártires del 27F”, en homenaje a los caídos del 27 de febrero de 1989; Los Caballotes, de los Bomberos, de la Policía Metropolitana, Guardia Nacional y del Instituto de Oficiales retirados de la Fuerza Armada.

La ruta se lleva a cabo todos los Lunes de 9.00 am a 12 pm, en grupos de veinte participantes. La ruta garantiza seguridad e incluirá vigilancia policial durante todo el recorrido.  Para unirte, comunicate con la Licenciada Teresa Silva por el número telefónico 04267121146, en horario de oficina. Además, redacta una carta a la atención de Otman Quintero, Gerente de los Cementerios Municipales expresando tu intención de participar.



2 comentarios:

Andre dijo...

Gracias por el dato! Tengo años sin ir y por ese mismo rechazo a la muerte que mencionas, no quise ver mucho.

Jordi Contreras dijo...

En 2011 fue secuestrado y fue allí donde me tuvieron el tiempo que pasé cautivo. Arriba, arriba, mas allá de La Peste. Esa noche en el cementerio,no se escuchaban ni a las ánimas ni al viento, solo rondaba el miedo.
La muerte es algo que a todos nos alcanzará, no sabemos cuando pero seguro llegará. Cuando nacemos, lo único seguro es que moriremos. Como la enfrentaré el día que me toque ... no lo sé.
P.D.: El alcalde en vez de organizar visitas de rutas patrimoniales, primero se debería de preocupar en cuidar y recuperar nuestro patrimonio y no permitir que se utilice el cementerio como guarida de secuestradores. A esa Ruta, yo no me anoto.

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