viernes, 10 de marzo de 2017

Una recomendación cada viernes: ‘Instrumental’ de James Rhodes.




La figura del artista maldito, atormentado por sus dolores y angustias existenciales, es quizás una de las más populares en nuestra cultura. Sobre todo en el género musical, en el que cierto desorden vivendis parece ser parte de la imagen — y sustancia — de cualquier músico. No obstante, en ocasiones no se trata de otra cosa que una esquematización de algo más complejo que tiene toda la intención de definir las fronteras de lo que se asume como un artista. Para bien o para mal, el símbolo como una metáfora destinada a generalizar y la del músico salvaje y casi sobreviviente a sí mismo, lo es.

No obstante, James Rhodes se eleva por encima de esa noción. No sólo porque su historia personal es de un dramatismo que asombra y conmueve por necesidad — el músico sufrió abuso sexuales desde la infancia, lo que le provocó un prolongado sufrimiento físico y mental — sino porque además, encarna la mítica redención artística por excelencia. James Rhodes logró vencer el miedo, el dolor y el sufrimiento gracias a la música. Lo hizo a través de una travesía amarga y durísima que le llevó a descender a un tumultuoso infierno personal de drogas, reclusión en casas de salud mental, intentos de suicidio y una devastadora soledad. Pero Rhodes se las arregló no sólo para sobrevivir— y en su caso, se trata algo más que un impulso primitivo — sino para trascender. Para encontrar en la música un refugio, una forma de vida y una expresión individual que le permitió curar viejas heridas — o comenzar a curarlas, en todo caso — y sobre todo, triunfar sobre el vacío. Al final, Rhodes se asomó al abismo y logró encontrar la fuerza suficiente — en la música, gracias a la música — para redimir la oscuridad.

La vida de Rhodes podría resumirse en cifras trágicas: por cinco años, un maestro de la escuela primaria donde estudió lo sometió a todo tipo de abusos sexuales. Por diez años, entró y salió de pabellones psiquiátricos sin encontrar mejoría alguna. Durante cinco, batalló con con las drogas y el alcohol. En cinco ocasiones intentó suicidarse y en una, casi lo logra. Al final, el recuento del tránsito existencial del músico parece resumir no sólo el sufrimiento sino una descarnada visión de la tragedia.

Tal vez por ese motivo, lo primero que sorprende del libro“Instrumental” de James Rhodes es que su autor aún esté vivo. Puede parecer una frase extravagante e incluso melodramática, pero que resume mejor que cualquier otra cosa, la experiencia de atravesar las crudas memorias del músico. Desde las primeras páginas, Rhodes deja muy claro que está empeñado en la autodestrucción y que lo está, por el simple hecho que no conoce otra forma de vida. Rhodes no disimula el sufrimiento ni tampoco oculta o suaviza su suplicio. La descripción sobre el continuado y brutal abuso sexual que sufrió comienza de inmediato y sorprende al lector, no sólo por su sinceridad sino por el hecho que Rhodes — autor novel, pero también un hombre que conoce muy bien las fronteras del acto creativo — lo convierte en la puerta abierta para mostrar sus demonios. Rhodes avanza sin tapujos: La franqueza de sus descripciones asombra y llega a incomodar. Podría incluso parecer una forma descarnada de llamar la atención sino fuera por el dolor demoledor que se adivina en cada párrafo y escena. Un ejercicio de catarsis tan puro como violento.

Es evidente que Rhodes escribe para liberarse de sus demonios y lo hace, con una libertad desordenada y espontánea que hace de su primera novela, una extraña mezcla entre la autobiografía en estado puro y una carta de amor hacia el arte que dignifica y redime. El autor no disimula sus evidentes problemas para lograr una narración única — y por momentos, no lo intenta — y atraviesa las escenas más trágicas de su vida usando como hilo conductor la música. Lo hace además, con una sabiduría profunda y meditada que asoma un buen instinto para la narración sosegada. Es entonces cuando queda claro que el puñado de recuerdos terribles y desordenados que abre el libro, es fruto de la intención, lo que brinda a la historia una dimensión por completo distinta. La música — y las historias de música que llenan la historia como pequeños percepciones insulares — sostienen la abrumadora descripción del dolor y sus consecuencias.

Porque el autor deja muy claro de inmediato que su libro, más que un recuento de sus miserias y terrores, es un homenaje a lo que la música ha hecho por su vida. Desde la primera y exuberante línea — “La música clásica me la pone dura” dice con un desparpajo casi adolescente — Rhodes atraviesa la perspectiva del arte sanador a medida que el recuento de sus padecimientos se hace más crudo. El Rhodes niño se refleja en el adulto a través de su talento musical. Y el Rhodes monstruo — controlador, enloquecido y febril — en el Rhodes víctima que se aferra a la música como tabla de salvación. Entre todos los rostros de este hombre escindido, destrozado y brillante, la música es el elemento constante. El reflejo extraordinario de una posibilidad cierta para la esperanza.

Rhodes además, demuestra un talento meditado y vivaz para la narración. Recorre sus memorias con una vitalidad decadente y un sentido del humor retorcido que se agradece en los momentos más duros. Pero también, hay un lirismo muy cercano a la poesía para describir los momentos más profundos y extraordinarios. Entre ambas cosas, Rhodes avanza con un pulso preciso y una sensibilidad que sorprende por su versatilidad. Como si se tratara de uno de sus famosos conciertos, el autor no se detiene en medias tintas: del horror más insoportable a la belleza más sublime, “Instrumental” es un recorrido sensorial por la luz y la sombra del espíritu humano. Un recuento de dolores pero también de todos los motivos que pueden brindar un sentido a la vida y a nuestra percepción sobre la incertidumbre. Rhodes no se atiene a ninguna convención o subterfugio: muestra lo que desea y lo hace con despiadada crudeza. Aún así, su narración es una celebración a la vida.

Además de eso, el libro tiene un objetivo directo y es dejar muy claro, que Rhodes continúa batallando contra sus demonios. Desde la dedicatoria a su hijo — “la mayor parte de mi vida … mi alegría absoluta” que deja muy claro que hay un aspecto sensible en su obra — hasta las descripciones plagadas de groserías más adelante, la narración es un vaivén entre extremos disímiles, que logran un cierto equilibrio gracias a la inocencia de Rhodes para describirse como una pieza fundamental — pero no la única — en medio del mecanismo que sostiene el libro. Y en medio de toda la clamorosa energía que imprime a su historia, hay un riesgo constante. El autor sabe que siempre transita al límite del miedo y no lo oculta. Rhodes procura que su protagonismo en la historia que narra no sea suficiente para sostenerla y lo hace, adjudicando a la música y su poder benéfico un lugar preponderante incluso por encima de sus dolores. El músico enaltece el lugar que la creación ocupa en su perspectiva sobre el mundo y la lleva a una apoteosis radiante: una mirada asombrada hacia un tipo de bondad misteriosa y conmovedora que Rhodes descubre y cataliza como una forma de vida.

Pero sobre todo, “Instrumental” es un libro doloroso y por momentos agobiante que no disimula ser un testimonio de primera mano sobre el abuso infantil, sus espantosas consecuencias, las secuelas físicas y mentales de la violación, el horror autodestructivo. Se trata de una historia llena de furia, angustia, desesperanza y que en los momentos más complejos, resulta casi insoportable de leer. Rhodes no oculta la ira — casi toda dirigida hacia sí mismo — y sobre todo, el padecimiento constante — inevitable — el abuso provocó en su vida. Crea un escenario metódico en la cual las implicaciones de la violencia sexual alcanzan cada región y dimensión de su vida para expresar desde el origen del miedo, que la agresión no termina jamás. Que la lleva a cuestas, como heridas abiertas y sensibles allí a donde va. Rhodes, el hombre víctima, analiza las implicaciones del silencio, el miedo reconvertido en tabú y sobre todo, el silencio castrante que el abuso sexual puede provocar. Y lo hace, sin deleitarse en su condición de víctima — que jamás niega — sino a través de una convicción casi ideal sobre el poder regenerativo y sanador del arte. Crea, insiste Rhodes, luego de describir página tras página los horrores invisibles de la violación. Las pesadillas, tics, traumas, manías. Crea, dice luego de narrar sus repetidos intentos de suicidios, los días traumáticos en casas de salud. Crea, concluye, luego de alcanzar un momento de paz en medio del horror, el delirio y la tragedia.

A pesar de su cualidad casi morbosa, “Instrumental” se libera del peso del documento escándalo gracias a la habilidad sorprendente de Rhodes para asumir el peso de la redención como objetivo último — y definitivo — de lo que cuenta. Hay una belleza extraordinaria en ese tránsito complejo del dolor hacia la aspiración por la esperanza, el amor, la certidumbre de un tipo de renacimiento creativo. Rhodes logra mostrarlo con una sinceridad que desarma y sobre todo, con plena conciencia de lo que expresa. No hay medias tintas en este manifiesto a la vida, en la belleza de la pulsión artística como método para la supervivencia.

Cada capítulo del libro comienza con un corto tributo a una pieza clásica, con frecuencia favorita del autor y que de alguna forma, brinda contexto a lo que se narrará después. De este híbrido entre ejecución y música, “Instrumental” encuentra sus mejores momentos y sobre todo, su verdadero objetivo: más allá de su carácter sensacionalista — que lo tiene — se trata de una obra que medita sobre la oscuridad y la luz en el espíritu humano. Y lo hace con una enorme amabilidad y delicadeza. No hay un sólo momento en “Instrumental” que no esté impregnado de una meditada experiencia creativa, pero sobre todo, una notoria bondad.

Rhodes escribe con la misma pasión con la que ejecuta complejas piezas para piano. E “Instrumental”, con su perfecto equilibrio entre la rabia, el odio, el horror y la búsqueda de algo más sublime gracias al arte, parece ser el símbolo de todo esa percepción de lo artístico como un Universo privado capaz de sanar heridas, consolar antiguos dolores y construir una nueva visión sobre la oscuridad. Y quizás, ese es su mayor mérito literario.

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