martes, 14 de marzo de 2017

El cine como reflejo del miedo y la esperanza cultural: Unas cuantas reflexiones sobre “Metrópolis” de Fritz Lang.




La historia del cine suele estar llena de accidentes y también, de pequeños incidentes afortunados que convierten su lenguaje en algo mucho más poderoso y significativo. Tal vez por eso, no hay un método eficaz para predecir o analizar el cine — y su circunstancia — como conjunto. O lo que es lo mismo, el fenómeno que se crea a la sombra de esa gran mirada hacia la capacidad humana para construir una realidad alterna y poderosa. Aún así, el cine sigue siendo un espejo en movimiento de lo que somos y con toda seguridad, lo que podremos ser.

Algo parecido podría decirse sobre Fritz Lang, que cambió la manera como comprendemos el cine, tal vez sin saberlo y sobre todo sin proponérselo. Autodidacta, trotamundo y obsesionado con la experimentación visual, el director no sólo creó una nueva forma de contar historias en el cine sino que también, demostró las posibilidades de un medio artístico que hasta entonces, se consideraba una curiosidad científica. Nacido en Viena en 1890, Lang desarrolló la mayor parte de su trabajo cinematográfico entre Alemania y EEUU, una combinación de lenguaje y discurso cultural que aportó a su trabajo su extraño ritmo pero sobre todo, su capacidad para encontrar un punto medio entre la aseveración científica y algo mucho más filosófico. Pero más allá de eso, Lang encontró una manera de hacer cine tan novedosa que por necesidad le convirtió en un pionero, en un símbolo de lo creativo en estado puro y también, de esa capacidad inaudita del cine para reflejar las aspiraciones y esperanzas del hombre. Lang creó un tipo de arte visual capaz de cuestionarse a sí mismo.

Lang solía llamarse “un cínico que aprendió muy pronto a serlo”, una frase que parecía definir mejor que cualquier otra cosa, su dilatado periplo por todo tipo de oficios y escuelas técnicas antes de llegar a la silla del director. Con todo, su relación con el cine siempre fue compleja y emocional: luego de resultar herido durante la Primera Guerra Mundial — como miembro del ejército Austro Húngaro , circunstancia que siempre llamó “la primera gran decepción de su vida”— Lang decidió que necesitaba expresar su inevitable pulsión artística de una manera por completo nueva. Comenzó a escribir guiones de cine y también, a reflexionar sobre las posibilidades del naciente séptimo arte como vehículo no sólo de propaganda y experimentación, sino de algo mucho más complejo. Y fue esa percepción del cine como elemento cultural y vehículo artístico, lo que le llevaría a trabajar como director en producciones tan dispares como ‘Hallblut’ (1919) y ‘Las arañas’ (1920), ambos obras de ínfimo presupuesto que no obstante, demostraron la capacidad de Lang para crear y construir planteamientos complejos a nivel visual.

El triunfo para Lang llegaría con el rápido progreso del cine Alemán, convertido en una catarsis colectiva luego de la primera Guerra Mundial. Para sorpresa de buena parte del mundo artístico Europeo, el movimiento cinematográfico alemán se convirtió en una forma de consuelo cultural para un sociedad castigada y humilla tras la derrota del país en el campo de batalla. Lang comprendió el alcance de esa necesidad de expiación y convirtió sus tímidos intentos filosóficos anteriores en algo mucho más complejos en películas como ‘Las tres luces’ (1921) o ‘Dr. Mabuse, el jugador’ (1922) en la que sentó las bases del miedo y la contradicción moral como bases de un tipo de maldad moderna que sorprendió a críticos y pública. El director convirtió el cine espectáculo en una percepción de la realidad más profunda, lo que dio paso a una transformación estilística y formal. Con historias llenas de alucinaciones, juegos de luces, decorados distorsionados, fantasmas y extrañas reflexiones morales, Lang pareció encontrar en el expresionismo germánico una fuente inagotable de inspiración.

Impulsado por la necesidad de crear una producción cinematográfica capaz de plasmar las transiciones históricas que sufría no sólo Alemania, sino también el resto del mundo, Lang empezó a especular sobre la posibilidad futurista. Lo hizo fantaseando sobre el futuro y también, sobre las implicaciones de esa visión sobre la incertidumbre inmediata con respecto a las esperanzas culturales de una época fragmentada por el miedo. El resultado, es una obra de enorme alcance y trascendencia artística pero también, un manifiesto sobre la percepción cultural sobre nuestra época. “Metrópolis” no sólo fue una hipótesis sobre el futuro de la humanidad sino además, sobre el existencialismo de una sociedad rota y abrumada por su sufrimiento. La fantasía creada por Lang (con guión de Thea von Harbou) se convirtió en un análisis de la percepción sobre los límites de la realidad y el poder del arte para meditar sobre la naturaleza humana. “Quizás la gente mirará un día este Metrópolis de 1926 y se sorprenderá de la veracidad de la que es capaz la imaginación”, llegó a decir Lang, maravillado con la rara mezcla de ficción y delirio de su obra.

De la distopía a la búsqueda del significado: Lang y la mirada artística a la incertidumbre.
Hablar sobre películas que marcaron un hito en la historia del cine, es un tópico tan genérico como ambiguo. Y es que desde los primeros intentos de crear fotogramas en movimiento hasta las recientes maravillas técnicas, el cine es una ciencia arte en constante evolución, replanteamiento y transformación. Ya sea desde el punto de vista visual — la construcción de la imagen como una forma de lenguaje — hasta la visión argumental — de la historia que se cuenta y se esconde entre imágenes — el cine es un planteamiento donde la visión del autor y sobre todo, la interpretación del espectador crean una visión única sobre lo que se muestra, se narra, se insinúa, se construye como metáfora visual. Por tanto, escoger una película que haya brindado una nueva interpretación a una idea con tan numerosas implicaciones es cuando menos osado, cuando no directamente sin sentido.

Aún así, hay algunos films que se conservan en la memoria del cine como únicos, poderosos, símbolos de las posibilidades del arte/técnica, un elemento originario de lo que vino después, de lo que se creó a partir de su legado inmediato. Y quizás uno de esas piezas inolvidables, imperecederas en la concepción del cine tal como lo conocemos actualmente sea “Metrópolis” del gran maestro del cine alemán Fritz Lang. Porque no sólo se trata de una pieza visual única que renovó — y reconstruyó — el planteamiento de lo que el cine podía ofrecer como espectáculo, sino toda una original concepción sobre los alcances del argumento, la visión intrínseca de lo que es el cine y lo que le brinda su capacidad para asombrar: esa cualidad casi mágica de deslumbrar los sentidos del hipotético espectador. Sin género de duda, podría decirse que buena parte del cine actual, del espectáculo hedonista que actualmente concebimos como cinematografía, es el resultado de ese gran triunfo de la imaginación, esa experimento de visiones y reflexiones que es “Metrópolis”.

Además de ser un extraordinario espectáculo estético (que lo es) “Metrópolis” es también todo una reflexión sobre temas que hasta entonces no habían sido analizados en el cine. Para el año 1926, el cine aún era un rudimentario vehículo de expresión visual pobremente explorado o al menos, limitado por una serie de restricciones morales e intelectuales que le conferían un cierto aire anecdótico e incluso, infantil. A pesar de las interesantes propuestas de un Hollywood aún recién nacido — carentes de sentido y sobre todo, de verdadero objetivo — el cine era aún una mera proyección de imágenes atractivas e impactantes destinadas a deslumbrar a un espectador pasivo. Todavía era una ciencia muy reciente en su creación para ser considerara arte y mucho menos, un lenguaje lo suficientemente desarrollado como para ser comprendido a cabalidad. Y es por ese motivo que la obra de Lang sorprende, asombra y desconcierta. No sólo analizó y con una implacable profundidad tópicos como la lucha de clases, la alineación de las clases y la opresión del poder sobre el ciudadano sino que además, creó un universo simbólico a su medida. Una recreación de un futuro distópico elaborado a través de toda una serie de concepciones sobre la universalidad del hombre y su pensamiento que desconcertaron a la crítica y al público de su época. Lang, con una asombrosa capacidad para predecir una visión distante del futuro (o todo lo distante que pudo imaginar, situándose en el año 2000 como límite del mundo conocido) creó una interpretación pesimista sobre la tecnología, pero también un profundo alegato sobre la capacidad del hombre para construir — y destruir — su futuro a través de sus decisiones y su visión sobre su identidad. La literatura clásica parece mezclarse con la objetividad y un punto de vista renovador sobre las relaciones de poder. Porque para Lang, lo inmediato es sólo un paso hacia el futuro, una promesa de lo que vendrá y sobre todo, una responsabilidad histórica sobre el porvenir. Una conjunción de valores que “Metrópolis” logra captar y expresar con enorme precisión.

Pero “Metropolis” es también es un espectáculo visual a todo nivel: gracias a la genial labor del director de fotografía Karl Freund, la película no sólo es un fresco expresionista del cine Alemán, sino un prodigio de imaginación y recursos. Desde los paisajes urbanos, construidos a partir del mito de la Torre de Babel, hasta el magnífico uso del montaje, Lang crea un mundo efectista donde cada línea y juego de luz y sombra parece tener no sólo un sentido sino un importante papel en el desenvolvimiento de la película. Con una precisión que aún hoy en día resulta asombrosa, Lang crea una puesta en escena impecable y creíble, para su ciudad y su interpretación sobre el futuro. La mirada de la cámara estática — siempre objetiva, jamás protagonista — recorre construcciones urbanas hasta entonces consideradas imposibles: rascacielos y valles de pulido metal, que brindan un contexto idóneo a una historia basada en los contrastes. Recorremos como un ciudadano más la ciudad fantástica, asombrosamente hermosa, que parece existir por un esfuerzo de imaginación de su autor y brindarnos una perspectiva muy exacta de esa visión del cine sobre la realidad: fragmentos de un mundo posible.

El diseño de producción de “Metrópolis” sentó bases además para lo que sería décadas después el cine de ciencia ficción propiamente dicho. La planificación de los espacios y ambientes, en beneficio de la historia que se cuenta, permiten a la película no sólo mostrar de manera impecable una interpretación de un mundo desconocido, sino además, sostener la idea que se plantea como esencial en la película: ese debate entre el pesimismo de la deshumanización y el temor a la tecnología como enemigo enigmático de la naturaleza humana. Hoy en día, continúa impresionando la magnitud del resultado fílmico, una audaz combinación de experimentación y construcción de un lenguaje visual asombroso que influyó definitivamente, en la manera como se concibió el cine después.

En más de una ocasión, Lang aseguró que “Metrópolis” no era una imagen del futuro, sino de la promesa que sugería el presente, un enrevesado juego de palabras que no obstante, parecen definir mejor que cualquier otra frase la película. Y es que tal vez, esa sea la mejor manera de comprender esta profunda reflexión sobre el espíritu humano, los contradictorios abismos de la razón y la forma como el poder puede amenazar lo que creemos real y posible, sea a través de esa anuncio de la posibilidad, de lo que el futuro simboliza — o quizás representa — más allá de nuestros temores y esperanzas. Porque Lang, desde los planos secuencias que muestran el futuro, también advierte, con la sutileza del buen creador, de los peligros del hombre que pierde su identidad en favor de la tecnología, e incluso ese temor perenne a lo desconocido, a lo que nos espera en el límite mismo de lo creemos habitual. Sin duda, ese es el mayor triunfo del director: Construir una fábula sobre el espíritu humano a través de sus temores, mostrando además los límites impredecibles de la imaginación y la capacidad para crear.

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