viernes, 3 de marzo de 2017

Una recomendación cada viernes: Orlando de Virginia Woolf.






El arte de escribir supone una inevitable ruptura de ideas que se transforman a medida que la palabra intenta definirla. Quizás por ese motivo, durante toda su vida Virginia Woolf intentó alejarse de los estereotipos sobre lo que debía escribir — y cómo debía hacerlo — una mujer. Lo hizo a través de una percepción sobre la escritura por completo novedosa: un análisis certero sobre lo que crea el estilo creativo y lo sustenta desde un tono neutro y ágil que resultó sorprendente tanto para la crítica como para el feroz círculo literario que frecuentó. Para Woolf el género era un elemento incidental dentro de las cientos de perspectivas que abarca el oficio de escribir. Y quizás, eso es lo que brinda a todas sus obras una consistencia argumental y una libertad creativa que sorprende aún en nuestra época.

Por la misma razón, Virginia Woolf se cuestiona sobre las diferencias entre hombres y mujeres, más allá del tópico de géneros y la percepción cultural sobre el sexo. Lo hace a través de un planteamiento intelectual que reflexiona sobre los estereotipos habituales de la cultura occidental desde un punto de vista ambiguo. Con la novela “Orlando” Woolf logró el punto máximo de esa percepción de la sexualidad y la identidad como parte de un proceso histórico incompleto. A través de una sátira en apariencia biográfica en la que cuenta la historia de un joven aristócrata con aspiraciones literarias que intenta transformarse en mujer, Virginia Woolf encuentra el precario equilibrio entre el simbolismo en estado puro y la alegoría que crea un doble discurso de notoria profundidad. Una transgresión impensable hasta entonces y que transforma la novela en una metáfora profunda sobre las emociones, la individualidad y la libertad personal. No obstante, Woolf no se conformó con analizar a sus personajes — y su complejo mensaje — a través de cierta suposición imprecisa sobre la androginia, sino que avanza hacia terrenos extravagantes incluso en plena auge del modernismo inglés. Juega con los arcos narrativos, temporales y estructurales hasta crear una visión sobre el bien y el mal moral, la belleza y el dolor, la creación y la percepción del yo creador que aún continúa sorprendiendo por su audacia e insólita reflexión filosófica.

“Orlando” es en sí misma un manifiesto sobre la literatura como ventana a una realidad alternativa. La historia no se atiene a los usuales límites sobre la veracidad potencial de lo que cuenta: el personaje nace 1588 en plena época Isabelina y muere en el período de entreguerras en 1928, casi cinco siglos después. Una transgresión a la fantasía que permitió a Woolf incorporar todo tipo de reflexiones profundas sobre las transformaciones históricas, la mirada a la diferencia, la tolerancia y el desarraigo. Con una audacia que sorprendió a la crítica literaria, Woolf además logra que un personaje que sólo envejece en apariencia hasta los treinta y seis años de edad, sea un espejo a través del cual la sociedad inglesa se refleja en sus carencias, virtudes y dolores.

Woolf concibió a “Orlando” como una biografía imaginaria, lo que le permitió no sólo parodiar el género sino utilizar la historia como reflejo intuitivo sobre la capacidad del hombre para comprender su contexto, algo que ya había hecho su padre, Leslie Stephen. Como narrador, el biógrafo anónimo de Orlando analiza el personaje como una ventana hacia los rudimentos de la cultura inglesa, su identidad y su trascendencia. Sin reparar en la antinatural longevidad de Orlando, describe con detalles la corte de la Reina Isabel I, y después los sucesos tumultuosos acaecidos en la de Jaime I. Poco a poco, la historia del personaje se entrelaza con la del Reino y crea un meticuloso mosaico a través del cual Woolf analiza la identidad de la mujer como individuo desde una considerable distancia emocional. No hay proclamas morales ni tampoco análisis éticos, sino una reposada percepción sobre los procesos históricos, que el libro refleja con sutileza. A medida que avanza la narración, se hace evidente que Woolf soslaya los blancos de conocimiento histórico con percepciones emocionales de enorme valor y además, elabora un nuevo planteamiento sobre la individualidad, desconocido en la literatura de sus contemporáneos. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, Woolf convierte la novela en una larga carta de amor a Violet Trefusis, con quien se rumoreaba sostenía un apasionado romance y a quién está dedicada la obra.

La mera posibilidad del romance lésbico como trasfondo de la novela, causó revuelo. De inmediato, se establecieron paralelismos entre la vida de Violet Trefusis y diversos personajes de la obra, que parecen ser su alter ego en mayor o menor medida. Se trata de una osadía que llevó a Woolf a convertirse en la comidilla de los círculos literarios pero también, en un emblema de lo que el modernismo Inglés podía significar como análisis de la sociedad británica. Sus límites, terrores y pudores. Virginia, abanderada de un nuevo tipo de moral — y convencida de la necesidad de encontrar una percepción mucho más compleja sobre el yo colectivo — utilizó a “Orlando” como una puerta abierta a la reflexión pública de temas hasta entonces invisibles para el gran público. Desde el papel de la mujer hasta la orientación sexual — la ausencia del sexo y el binomio de género — la escritora logró crear una percepción sobre la literatura como emblema de las transformaciones sociales. Todo un logro que Woolf consideró una tardía pero elocuente reivindicación histórica a escritores que por siglos, sufrieron el perjuicio de la discriminación.

Una vez, Virginia Woolf le contó a uno de sus íntimos amigos que jamás dejaba de imaginar lo que deseaba escribir. Lo comentó en medio de una de esas reuniones tumultuosas en casa de su buena amiga Lady Ottoline Morrell, por quien sentía una extraña combinación de simpatía y amargura. “Nunca nada está completo, siempre debe revisarse, reconstruirse, reescribirse”. De nuevo, la insistencia en el mundo incompleto, a punto de derrumbarse, quebradizo, sin sentido. En “Orlando” hay mucho de esa historia a fragmentos, que avanza en medio de situaciones más o menos semejantes con un considerable impacto emocional. Entre luchas de poder, romance y debates intelectuales la novela muestra de una percepción muy amplia sobre el devenir del individuo como parte de algo mucho más grande que sí mismo.

Virginia Woolf y sus contemporáneos heredaron una época triste y oscura, una postguerra que destrozó el mundo victoriano y creó algo mucho más incierto y real. Virginia solía meditar sobre el mundo que le había tocado vivir asumiendo que “eran los restos de una guerra no sólo de armas, sino de épocas” y mirando las heridas recién abiertas como una forma de aprendizaje. Como hedonista que era, intentó recrear el siglo trastocado en imágenes — “muchas, impensables imágenes”- y también en pequeños diálogos imaginarios — “toda época tiene un rostro” — hasta crear una manera de comprenderse así misma y a su trabajo literario amplia y rotunda. La mujer que escribe lo que mira, la mujer que escribe lo que sabe.

Pero Virginia no escribía únicamente como un ejercicio de ficción o como un interminable análisis cultural. Virginia Woolf escribía también un meticuloso diario que llevó años tras año y en el cual contó no solo su personalísima perspectiva sobre el mundo, sino el otro rostro de la Virginia pública, la enfurecida defensora del derecho a ser — en una época donde la mujer aún era parte de algo más amplio que sí misma — y sobre todo, de esa Virginia risueña que intentaba sostener con todas sus fuerzas. Es en sus diarios donde Virginia es más sincera, y no sólo por el elemento privado, sino por el hecho que fue la manera más personal que encontró para hablar sin tener que luchar contra su propio dolor. Un diario al año, escrito en volúmenes de páginas en blanco, encuadernados por su marido en la editorial que les pertenecía, Hogarth Press. Siempre escribiendo, para si misma, el lector más voraz, crítico y cruel. Sumaban veintisiete cuando se suicidó el 28 de marzo de 1941. Curiosamente, no llevó ninguno de ellos en el bolsillo con las trágicas rocas que evitaron que su cuerpo flotara. Tampoco escribió nada sobre su inminente decisión en ninguno de ellos. En realidad, sus anotaciones se habían hecho más secas, dolorosas, aterrorizadas quizás. El mundo colapsaba a su alrededor. La guerra — la real, no las historias como las que había crecido — se extendía por el mundo con una rapidez de pesadilla: Hitler se había apoderado del mundo o así lo parecía y Londres era atacada con una ferocidad que parecía anunciar una destrucción impensable de la ciudad. Un infierno de calles rotas, de cielos color perla que reflejaban la melancolía de un dolor secreto, interminable.

Hay algo de esa remembranza diaria — del cotidiano convertido en palabra y argumento — en “Orlando”, con su estilo evocador, puntilloso y en ocasiones lento. Woolf se toma el tiempo de usar metáforas, alegorías y simbolismos para dotar a la narración de un color local y temporal que conmueve por su inocencia. Incluso en los momentos más complejos y álgidos — como el famoso fragmento en que se describe el cambio de género del personaje central — hay un irónico juego de medias verdades y percepciones oníricas. Nada es lo que parece en el argumento fantástico que dota a Orlando de todo tipo de capacidades extraordinarias, pero que a la vez, lo envuelve en cierto halo de ternura caótica que la escritora utiliza para justificar su mera existencia. Hay un acento poético que convierte tópicos como la muerte, la identidad, el sexo y el género en algo más elaborado y conjuntivo que una mera descripción. Una ruptura de la realidad alegórica que convierte a muchas de las escenas del libro en auténticas piezas de arte.

En “Orlando” además, Virginia Woolf logra sostener su teoría sobre la noción indivisible de los sexos: de transformación en transformación, Orlando demuestra que ser hombre y mujer son experiencias equivalentes. Y lo hace además a través de golpes de efecto que dejan muy claro que para la escritora, la sexualidad es un teorema que no se atiene a la inmutabilidad del alma y sobre todo, a los procesos íntimos sobre la identidad. Orlando continúa siendo Orlando como hombre y como mujer. Y es esa percepción de sí mismo como único lo que brinda a la novela su insólita solidez argumental.

A la obra se le ha llamado feminista y lo es en la medida que Virginia Woolf refuerza un discurso coherente sobre la equidad y la igualdad a través de la fantasía. No obstante, también es un alegato hacia la misoginia del mundo literario y sobre todo, la resistencia que en más de una ocasión tuvo que enfrentar la escritora para llevar a cabo su oficio. La obra resulta todo un hito como expresión de auténtica contemporaneidad y la búsqueda de nuevos patrones narrativos, que Woolf explotó con una sabiduría intuitiva que hace aún mucho más profunda la obra.

En una ocasión, se le preguntó a Virginia Woolf si consideraba que “Orlando” era una obra precursora de algo más original y osado que un ensayo de cierto tipo de fantasía impregnado de simbolismo social. Woolf, que tenía un humor sardónico soltó una carcajada antes de responder. “Orlando es la historia de Inglaterra” contestó por último “la sumisión, la gallardía y la confusión de una historia desconocida”. Y quizás ese sea su mayor triunfo.

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