sábado, 18 de marzo de 2017

De los pequeños enigmas olvidados y otras historias de brujería.





La cultura popular insiste en que las brujas siempre tienen un gato. De niña, yo no lo tuve: mi mascota fue un bello pastor Alemán llamado "Capitán" que vivió en el jardin de mi abuela hasta que fue anciano, con su bello pelaje pardo y cobre veteado de canas y los ojos amables llenos de las telarañas de la vejez. Fue uno de mis amigos más entrañables cuando crecí y al morir, le eché de menos con esa pasión dolorosa que solo alguien que ha amado profundamente una mascota conoce. Pero en realidad, Capitán no era mi perro, sino el de mi abuela. Ella lo había adoptado cuando era un cachorro inquieto y juguetón, de hocico oscuro y patas gordas y amables.

- ¿No te gustan los gatos? - le pregunté en una ocasión, tal vez un poco influenciada por esa insistencia en que cada bruja debía tener un gato. Lo había leído en todas partes y de hecho, varias de mis tías y mis primas tenían bellos felinos. Criaturas enigmáticas  y exquisitas que dormitaban en silencio con una indiferencia que a mi se me antojaba bella. No era, por supuesto, una manera de honrar esa tradicional mito de la bruja. Mi familia amaba los animales: era una especie de rasgo en común en el que todos coincidiamos. De manera que no era no extraño, que al menos una vez en su vida, alguno de nosotros hubiese decidido brindar hogar y cariño a un animal perdido, abandonado u herido.

- Amo los gatos - me respondió mi abuela con una risita - pero Capitán me escogió a mi. Los animales te escogen, mi niña. Deciden que tus brazos son los suficientemente cálidos para abrazarles y que tu corazón merece su cariño. Un día, alguno te escogerá a ti.

Aquello me sonó a poesía. Con mis descreídos diez años, no creí que la cosa pudiera así de compleja, casi misteriosa. Vamos, sólo se trataba de cuidar y mimar a un animalito, acogerlo en casa. Mi tia M. me escuchó con los ojos muy abiertos, al parecer escandalizada por mi frivolidad, cuando le comenté lo anterior.

- Oh no, para las brujas tener un animal es algo muy serio - dijo, en un tono severo que me desconcertó - los animales de compañía siempre han sido parte de la historia de la Brujeria. Forman parte de nuestra conexión con la Tierra y con el Infinito. Si un animal te considera digno de quererte, eres digno del abrazo de las estrellas.

No contesté. No porque no tuviera nada que opinar por cierto. Me parecía que todo aquello era un poco fantástico, algo que no tenía mucho sentido. Después de todo, el gato gordo de mi prima E. dormía todo el día sobre su cama, abriendo de vez en cuando sus ojos amarillos para mirarme con desconfianza. Y la gata irritable de mi tatarabuela P. te maullaba de manera muy manipuladora para que la alimentaras. Yo lo hacia claro, sentadas juntas en la pequeña terraza que daba al balcón, mirando la ciudad sin mucho interés. ¿Qué tenía de mágico eso? pensé. ¿Qué tenía de enigmático?

Me gustaba ver a Capitán correr. Era un perro sano y fuerte cuya mayor diversión parecía saltar y retozar en la hierba fresca del jardín antipático de mi abuela. Yo disfrutaba muchísimo de su compañía, sobre todos esas tardes reposadas, lentas y un poco cansinas de los Agostos calurosos de mi niñez. Me gustaba su ladrido, el peso de sus patas en mis tobillos, cuando se echaba a dormir mientras yo leía. Pero antes que mágico, todo aquello me parecía dulce, profundamente conmovedor.

- ¿Y eso no es un poco magia? - preguntó mi abuela, con malicia. Nos encontrábamos sentadas en su lugar favorito del jardin, junto a la muralla llena de moho donde crecía un rosal inmenso. Me encogí de hombros, mirándola podar con mano firme los esbeltos tallos llenos de espinas.

- Bueno...no sé - no me atreví a decirle exactamente lo que pensaba. Que no, que no lo era. Que no todo debía ser mágico por el mero hecho de ser emocionante. ¿O sí? Mi abuela me dedicó una rápida miradita cariñosa y tuve la impresión que sabía lo que estaba pensando, aunque yo no se lo hubiese dicho.

- Algún día lo entenderás - me dijo. Escuché a Capitán correr y ladrar, saltando bajo la luz radiante de la última hora de la tarde - y también vas a sonreír.

Recordé esas palabras unos doce años después. En realidad, no fueron sus palabras lo que recordé, sino la sensación de confusión y maravilla infantil. La sentí, de manera muy nítida, cuando sostuve entre mis brazos a al pequeño gatito negro que había encontrado, herido y medio muerto de hambre, en la entrada del edificio donde vivía.

No era el mejor momento para adoptar una mascota por cierto. Me encontraba en esa incómoda transición de la juventud a la adultez, o para ser francos, en esa búsqueda de identidad que los primeros años de la veintena traen consigo. Trabajaba y estudiaba a la vez y tenía muy poco tiempo para cualquier otra cosa que no fuera intentar mantenerme a flote. Con una segunda licenciatura Universitaria a cuestas, un montón de empleos mal pagados en rápida sucesión, no podría decir que fuera el momento ideal para responsabilizarse por una pequeña vida. Sobre todo una, tan demandante como aquel pequeño gatito vociferante, tan pequeño que me cabia en la palma de la mano, pero tan determinado, que no dejó de maullar hasta que reparé en él, medio escondido en la basura junto a la calle donde vivía.

Alguien le había abandonado sin duda. Pero ya por entonces mi querido Marcello - lo bautizaría de inmediato, a las volandas, con la sensación que ese había sido su nombre siempre - era tenaz. Ah, ¡Y que tanto lo era! Me siguió, maullando hambriento, hasta que llamó mi atención. Y siguió haciéndolo hasta que me incliné y lo levanté. Era una pequeña criatura peluda, con dos enormes ojos amarillos que me miraban aterrorizados.

- Te voy a buscar donde puedas estar bien - le dije esa primera noche - pero no te puedo tener conmigo.

Claro que, Marcello tenía otros planes. Nada más llegar a mi apartamento fue suyo, quizás como yo fui su humana nada más lo sostuve entre mis brazos. No importó que yo no supiera muy bien que hacer con él esos primeros días, mis torpezas de no saber como alimentarlo o como cuidarlo siento tan pequeño. Marcello fue mio desde entonces. Lo fue a la manera sencilla, dulce y querida que ocurren las cosas verdaderamente importantes. Esa inevitabilidad de las cosas realmente importantes. Fue mi gato incluso antes que yo misma lo supiera. Y yo su humana - su madre, su amiga, su cómplice - incluso sin saberlo.

Pero cuando lo supe, sonreí. Tal como mi abuela me lo había dicho. ¡Vaya que Ironía! la bruja con el gato negro, pensé más de una vez, mirándolo crecer, convertirse en un felino elegante y misterioso, con sus vivaces ojos amarillos mirando el mundo con asombro. Era mi sonrisa en las mañanas - ese ronroneo amistoso contra mi mejilla - y la compañía en los silencios - su cálido peso en las rodillas, mientras leía - pero fue sobre todo, la demostración que hay una magia sencilla en todas las cosas, que hay una sustancia maravillosa y sentida en cada pequeño gesto de amor. Imaginé a mi abuela riendo, desde el pasado, en las ventanas radiantes de mi mente donde aún vivía, viendo a Marcello, el gato, formar parte de mi vida.

- Hubo un tiempo, donde las brujas protegieron a los gatos de la persecución ¿No es una idea extraña? - comentó en una ocasión mi tia L. acariciando el abundante pelaje oscuro de Marcello, tendido en sus rodillas - La superstición los consideró la encarnación del mal y la histeria de la ignorancia, los convirtió en símbolos del miedo. Por siglos, en toda Europa se mataron gatos y brujas.

Una idea escalofriante, pensé. Recordé todas las leyendas que hablaban sobre esa complicidad entre el gato y la bruja, ese dolor compartido quizás de ser personajes marginales en la historia. La supuesta malignidad del gato - como figura y símbolo - nació en pleno medioevo:  la Iglesia, hacia mediados del siglo XIII, comenzó una terrible persecución contra ellos, considerándolos como símbolo del diablo y cuerpo metamórfico de las brujas. La histeria de la caza de brujas llevó a casi la extinción de la raza en algunos lugares de Europa. Para la Iglesia, obsesionada con la limpieza étnica de creencias que considerara  herejes, insistió en que el gato representaba el mal encarnado en el mundo animal. Tal vez la creencia tuviera su origen en el culto de la diosa Greya, diosa del amor y de la curación según la mitología nórdica. Esta diosa guardaba en su jardín las manzanas con las que se alimentaban los dioses del Walhalla y en su iconografía aparecen dos gatos tirando del carro de la diosa. Muy probablemente, la relación fue inevitable:  como bien diría Julio Caro Baroja: una tergiversación de origen mítico es la de "confundir al animal que acompaña a un numen o divinidad con la divinidad misma". De manera que la Iglesia, inflamada del ardor de la purga y la violencia, convirtió al gato en una de las base de las "purificaciones" de la Iglesia.

El celo de la Iglesia por "Limpiar" el continente Europeo de todo tipo de "maldad" llegó a extremos insospechados:  El aniquilamiento de los gatos fue de tal magnitud que cuando la peste negra azotó Europa en el siglo XIV, causando más de veinticinco millones de muertos, apenas sí quedaban ejemplares para luchar contra las ratas, principales propagadores de la enfermedad. Y sin ninguna duda, la plaga fue tan devastadora debido al desenfrenado exterminio de los gatos. La Iglesia alentó de tal forma la persecución de los gatos que llegó a convertirse en espectáculo la quema de los animales en las hogueras de la noche de San Juan, curiosamente, una festividad con un claro origen pagano.

Para la especie felina, el año 1400 fue probablemente el peor de su historia:  la especie estuvo a punto de extinguirse en Europa. Los excesos de la Iglesia en su caza y sacrificio llegaron a todos los extremos: se insistia en que poseer un gato era una manera de atraer la atención del diablo y párrocos y sacerdotes, lideraron el sacrificio de cientos de miles de animales en todas las ciudades y pueblos del viejo continente. Finalmente,  su existencia se reivindica a partir del siglo XVII, de nuevo debido a su habilidad para la caza de ratas, causantes de tan temibles y desoladoras plagas. Y tal vez debido a esa magia de lo misterioso, de la belleza del gato,  a partir del siglo XVIII el gato vuelve a conquistar parte de su antiguo prestigio, y no sólo se utiliza como cazador de roedores e insectos, sino que su belleza lo hace protagonista de cuadros, muy especialmente de los de la escuela inglesa, y de motivos escultóricos. El gato había recuperado su lugar de honor en la historia y en la imaginería popular.

Por supuesto qué, más allá de toda la supercheria, rumores y supersticiones al respecto, la brujería considera a los gatos animales mágicos. Poco o nada tiene que ver esta creencia con la idea del gato como instrumento de poderes misteriosos: al gato se le considera mágico por su gran independencia y esa conexión especial que se establece entre el dueño y su felino. Sin duda, mucho de ese amor - complicidad, le llamaría yo - es el origen de un sin número de anécdotas sobre la transformación de las brujas y brujos en animales, de diversos rituales donde el gato se convierte en los ojos y asume la personalidad de la bruja. Pero al final de todo, el gato es parte de la brujería por la misma razón que lo es cualquier animal: es parte del poder del equilibrio, de esa visión naturalista del mundo del hombre mirándose a través del mundo del animal. Uno como el reflejo del otro,  probablemente. Y abundan leyendas en la Brujería, que pareciera rodear de un halo de misterio a la naturaleza felina: el Gato como Guardián de la Luna y la Bruja, el Gato como misterioso observador de la magia. El gato que protege, el gato que deambula entre el mundo mágico y el mundo aparentemente real.


Y Marcello, mi amadisimo primer gato, representó sin duda esa magia, esa dulzura del misterio, ese poder de la evocación. Porque mi abuela - la sabia, la bruja - tenía razón: él me había escogido para demostrarme que la verdadera magia, la de todas las cosas, siempre es pequeña y sutil, que está en todas partes, que forma parte de tu historia personal, de la que creas a diario y sin duda, de la que aspiras a vivir. Una manera de soñar.

***

El día que Marcello murió, llovía. Una lluvia muy tenue, cálida. Una despedida. El dolor me arrasó, me hirió como nunca supuse nada podía hacerlo. Y es que perder a Marcello fue perder también una parte de mi misma. Perder nuestras historias - la diminuta, la compartida - perder un fragmento de mi espíritu irrecuperable. Y lloré, como pocas veces lo he hecho, por ese vacío irremediable, por esa angustia silenciosa que me abrumó por meses. Nunca más mi casa fue la misma sin escucharle maullar, o verle correr entre las sombras elegante y exquisito. Nunca mis silencios fueron tan pacificos o mis momentos de paz tan significativos, como cuando fui su humana y él mi gato. Mi tia L. que me consoló en ese luto irritado, imposible de explicar, lo entendió muy bien.

- Nunca se llora tanto la perdida de alguien que amas como cuando te enseñó lo que necesitabas saber para crecer - me dijo. Y era verdad. Mi Marcello, valiente, tenaz, una historia dentro de mi historia, me enseñó una nueva forma de esperanza y fe.



Me prometí nunca más tener ninguna mascota. Me lo prometí con tanta firmeza que lo creí, que no tuve ninguna duda que nunca más encontraría esa pieza que faltaba en mi espíritu, en mi mente, en mi manera de ver las cosas. Eso, claro, hasta que un día me tropecé con ese pequeño  grosero de ojos azules a quién llamé, inmediatamente y sin género de dudas, Leonardo. Lo supe, nada más acariciar su cabecita peluda, de escucharlo ronronear contra mi pecho. La historia volvía a empezar.

Porque las lecciones nunca terminan, quizás. Y sin duda, siempre, cada dolor engendra una nueva forma de crear.

C'est la vie.

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