martes, 7 de marzo de 2017

Los monstruos con rostros humanos: Una reflexión sobre “Henry, el retrato de un asesino” de John McNaughton.




El lado Oscura de la naturaleza humana siempre parecerá una fuente inagotable de argumento cinematográfico. Ya sea por sus infinitas posibilidades para el análisis y la recreación de esa compleja visión del espíritu del hombre o el hecho que todos sentimos una cierta atracción por lo peligroso, lo cierto es que el cine siente una especial fascinación por las historias de asesinos y villanos. Por la imagen de la maldad en estado puro. O eso parece sugerir, el hecho que el género de la violencia y de asesinos en serie siempre parezca encontrarse en constante revisión, en una evolución hacia un discurso cada vez más directo e inquietante y más allá, una visión más exacta de lo que motiva el hombre a matar y a disfrutar de la violencia. Una mirada hacia esa región de sombras de la mente del hombre, que parece tanto seducir como escandalizar.

La década de los ochenta fue prolífica en la producción del subgénero — si así puede llamarse — de asesinos en serie. La precedió algunos de los clásicos cinematográficos que crearon todo un nuevo lenguaje visual con respecto a lo que a la violencia se refiere ( La célebre “Matanza en Texas de Tobe Hooper se estrenó en 1973 y La noche de Halloween de John Carpenter en 1978) y gracias a eso, comenzó a experimentarse con toda una nueva propuesta argumental sobre el tema. Del asesino con el hacha, exagerado y dramatizado, se comenzó a explorar esa otra visión del mal: mucho más sencilla y menos efectista, confundida en lo cotidiano, envuelta en el anonimato del hombre común. La transición entre el Asesino evidente, el monstruo sangriento temible a ese otro rostro entre sombras, creó toda una nueva interpretación sobre el origen de la maldad, más allá del tema moral y ético. La violencia en estado puro. La crueldad por la crueldad, sin cortapisas espirituales, más allá de lo que la razón puede interpretar como comprensible. No obstante, pasarían algunos años más hasta que ese asesino de rostro normal, escondido entre los pliegues de lo corriente, formara parte del imaginario más popular del cine.

Probablemente por ese motivo “Henry, el retrato de un asesino” del director John McNaughton sea considerada una de las precursoras del género. Inquietante, cruda y sangrienta como pocas, no sólo recreó todo ese temor sustancial del asesino silente y sin nombre, sino que además definió lo que sería una constante en el cine sobre asesinos en serie: la ferocidad impersonal, la frialdad del asesinato como expresión de una identidad concisa y desconcertante. Como propuesta, reconstruyó un lenguaje concreto sobre el horror de lo cotidiano y le brindó una nueva percepción a la violencia: La historia ya no se cuenta desde la perspectiva de la víctima, sino desde la visión del asesino, sin disimulo alguno. La violencia como expresión de la identidad, la crueldad como una de las múltiples dimensiones del hombre.

La película recorrió un largo camino para llegar a las salas de proyección. Producida en 1986 “Henry, el retrato de un asesino” no llegó a comercializarse en EEUU hasta el año 1990 e incluso, unos años después la polémica sobre su contenido continuó retrasando su visionado en varios Estados norteamericanos. ¿La razón? La censura consideró que su argumento, descarnado y durísimo, no formaba parte de lo moralmente aceptable. Y es que John McNaughton no tuvo empacho en construir un discurso visual que mostraba la violencia, el dolor y el asesinato de una manera que hasta entonces había sido desconocida en el lenguaje cinematográfico: sucia e hiperrealista, la propuesta del director roza en muchas ocasiones un limite entre lo tolerable y lo inquietante. Desde escenas de asesinatos filmadas con un sentido de la estética grotesco hasta giros de guión directamente insoportables, la película parece tocar todos los puntos álgidos de una visión del hombre y la violencia descarnada. Victima de la censura, la película fue replanteada en docenas de versiones, de las cuales solo muy pocas incluyen una de las secuencias más desconcertantes del cine de género: la del asesinato de una familia — con una abrumadora escena de violación necrófila incluida -grabada con una cámara de video por los protagonistas. Y no obstante, no es la directa crudeza de las escenas, ni tampoco la manera como el argumento plantea la violencia y el terror como parte de lo cotidiano, sino su simplicidad, su presentación sin juicios lo que produce una inmediata incomodidad.

El género de terror satisface la necesidad que todos sentimos por lo morboso, desde una prudencial distancia. Una aproximación a lo terrible e inaudito desde esa frontera de lo que imaginamos puede ser el dolor, el horror y la tragedia. Tal vez, por ese motivo “Henry, el Retrato de un asesino” asombre incluso hoy, cuando el cine Gore y sus subgéneros han alcanzado cuotas de realismo desconcertantes. La película, con su discurso elemental, eficaz y sobre todo audaz, ofrece un ángulo del terror que roza peligrosamente eso que consideramos habitual. Porque a pesar que el director John McNaughton no utiliza elementos desconocidos para el cine de género — su personaje, homónimo del celuloide del asesino en serie Henry Lee Lucas es un estereotipo del clásico psicópata serial — lo hace brindándoles un peso realista que inquieta incluso al espectador más curtido. Odioso, repugnante y maquiavélico, este Henry rebasa la fantasía del asesino fortuito para confundirse en un planteamiento novedoso de la violencia cercana, la que asume directa, la que se confunde en su prosaica vulgaridad. Y es que mientras los míticos Jason Voorhees o Michael Myers, parecen encarnar al asesino que tememos pero que sabemos irreal, la visión de McNaughton, carente de artificios y profundamente visceral, asombra por su inteligente acercamiento a esa ambigüedad del hombre común, del que parece esconderse en las sombras de una normalidad fortuita y la mayoría de las veces quebradiza.

Quizás, lo más inquietante de “Henry, el Retrato de un asesino” sea justamente que la película no pretende asustar o crear suspenso sobre las intenciones de sus personajes. La tensión se crea justamente en esa naturalidad de la violencia abiertamente cruel, sin ningún tipo de premisa, limitación o una idea moral que parezca contenerla. La atmósfera creada por el director, observa la cotidianidad enfermiza de sus personajes, desmenuzando el ambiente malsano y desconcertante, más allá de la clásica visión del metraje meditado que busca construir una visión del asesinato visualmente soportable. Con un ritmo pausado, seco e indiferente, la interpretación del director sobre el asesinato y el horror parece reflejar esa necesidad del asesino de deshumanizar a la víctima, de reducirla a una mera visión descarnada y desprovista de identidad de la naturaleza humana. El temor construido a base de sombras y relieves familiares. Una vuelta de tuerca al miedo y sobre todo, a nuestra percepción sobre lo esencial de la violencia y la barbarie, esa que puede tener cualquier rostro, escondido entre las sombras de lo que consideramos normal.

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