sábado, 11 de marzo de 2017

La voz de las mariposas y otras historias de brujería.






En la casa de mi abuela, había un enorme anaquel de madera al que nadie prestaba demasiada atención. A veces incluso, nadie parecía notar que estaba allí, a pesar que era un bello mueble de Cedro, cubierto de arriba abajo con tallas de flores y pequeñas ramas retorcidas. Se encontraba en una de las esquinas del salón y según sabía, había estado allí durante décadas, semi escondido en la penumbra. Discreto y confundido entre las decenas de cuadros y objetos colgados a su alrededor, acumulados durante años de historia familiar. Tal vez por ese motivo me gustaba tanto. Era como tropezar con un pequeño secreto me pertenecía sólo a mi. Una historia curiosa que yo deseaba conocer de inmediato.

Por supuesto, en mi salvaje imaginación de niña, no se trataba sólo de un anaquel, sin más. Me lo imaginaba como una puerta abierta a algún lugar fabuloso. No la benigna Narnia, ni mucho menos la soleada y radiante Tierra Media, sino un paisaje extraordinario habitado por dragones que escupen fuego, caballeros salvajes que levantaban hachas para luchar, cielos llenos de estrellas y soles desconocidos. Un Universo más allá de lo que conocía, soñaba, había visto jamás. Me acercaba, con las manos abiertas y las apoyaba sobre la madera tibia por el sol de la tarde y apoyaba la mejilla contra las sinuosidades de las ramas y flores talladas. Y casi podía escuchar el palpitar de las escenas que bullían en su interior, el lento palpitar extraordinario de las grandes historias atrapadas en él. Las sentía recorrerme como pequeños temblores de expectativa, desde la punta de los dedos hacia la raíz del cabello. El aliento de animales fantásticos escuchandose tan cerca que casi podía oler el olor almizcleño de sus pelajes enredados, el aliento agrio de los guerreros que se escondían al otro lado de la puerta. El calor de dos Soles...

- ¿Aglaia?

Mi tia E. me dedicó una mirada desconcertada cuando me encontró allí, inclinada sobre la madera envejecida. Retrocedí de un salto. Me sentí avergonzada y un poco incómoda porque me hubiese descubierto allí, en medio de mi pequeño secreto. Tia aguardó, sosteniendo el cesto de la ropa sucia con un gesto aburrido.

- Sólo...bueno... - balbuceé. Apreté los puños. - ¿Qué es este mueble?

La tia no respondió y de pronto, tuve la impresión que apretaba los labios con cierta tensión. ¿Me lo imaginaba o quizás la tía no sabía cómo responder? Me entusiasmé: con diez años, la sola posibilidad que realmente pudiera existir un misterio en la vieja y acogedora casa de mi abuela me hizo latir el corazón más rápido. Pero mi tía se limitó a inclinar la cabeza y finalmente sonreír con su acostumbrado aire reservado.

- No es un mueble, es una biblioteca con puertas. Vamos, ve a lavarte las manos para el almuerzo.

Me quedé de pie sin moverme. Después, moví la cabeza lentamente y miré el anaquel con la boca entreabierta. La madera oscura tenía un aspecto venerable, antiquísimo, enigmático. La vieja cerradura de latón que cerraba las puertas estaba cubierta de óxido, doblada y combada quizás por años de uso. De pronto, mis viejas fantasías me parecieron poco importante, insípidas en contraste con la mera insinuación que el anaquel guardaba libros. Libros que además yo no tenía la menor idea de qué podían tratarse.

- ¿Cuales libros?
- Ninguno que te interese.
- ¿Libros mágicos?

El corazón me dio un salto en el pecho por solo pensar que realmente, mi familia podía guardar algún secreto fantástico, increíble. Por años, me había preguntado si la brujería era algo tan metódico y tan sobrio como lo que mi abuela y mis tías me enseñaban a diario y eso me había decepcionado un poco. ¿Donde estaban los grandes hechizos de los que hablaban los libros que solía leer? ¿Los enigmas arcanos que presumiblemente las brujas de mi familia guardaban con celo y con enorme cuidado? Más de una vez, me había encontrado pensado - de una forma muy poco caritativa, lo admito - que la Brujería parecía más una forma de ver el mundo que magia. O al menos como yo la imaginaba. Flor, mi amiga más querida de por entonces, también pensaba algo semejante.

- ¿Pero en serio no tienen varitas ni nada que haga...grandes cosas? - en esa ocasión hizo un gesto que abarcaba ese paisaje de "cosas maravillosas" que suponíamos la "magia" podía hacer. Me encogí de hombros.
- Nada. Tenemos...bueno... - me mordí los labios, avergonzada. Quería contarle a Flor una gran historia como las que imaginaba, llena de grandes intrigas y terrores nocturnos, de héroes en caballos salvajes y brujas poderosas. Pero eso sería un poco como mentir, me dije con un suspiro - tenemos un jardin con especias y árboles de hojas curativas.

Flor siguió masticando su pedazo de galleta con un gesto lento, en un notorio y significativo silencio. Las mejillas se me enrojecieron de verguenza y quise agregar algo más: Que mi abuela siempre tenía palabras muy inteligentes que decir, que mis tías conocían mitos y leyendas extraordinarias y siempre sorprendentes y que yo estaba aprendiendo cosas sobre Diosas y Dioses que... Pero no lo hice. Entendía - mejor de lo que hubiese querido - la expresión de simpático escepticismo de Flor.

- Eso es...bonito - dijo por último, con mucha educación y prudencia. Y cierta conmiseración también. Tomé una bocanada de aire. No supe como responder a eso.

Y ahora, estaba allí, frente al enorme anaquel cerrado bajo llaves, que guardaba libros. Pero no sólo libros, así sin más. Libros de brujas en una familia de brujas. Me pregunté que secretos fabulosos contaban, que enigmas, intrincados y poderosos, estaban guardados allí, esperando a ser leídos, liberados. Un escalofrío de pura alegría me recorrió.

- Agla, que vayas a lavarte las manos, te dije - insistió mi tia. Volvía a tener su expresión aburrida, con la cesta de la ropa sucia apretada en la cadera. Había dejado de ser la guardiana de arcanos secretos y volvía a ser sólo...mi tia. Sacudí la cabeza enfurecida y luego eché a correr, como sabía le molestaba, haciendo mucho ruido con los pies en la madera de la casa y tropezandome con las puertas abiertas.


***

Esa noche volví a salón casi a medianoche. La hora de las brujas, me dije pomposamente, con un sueter floreado sobre la pijama y las medias de colores que tanto me gustaban. Pero en mi mente, me dirigía directo a una gran lucha, a una importante enfrentamiento.  Había esperado sentada detrás de la puerta de mi habitación hasta que mi bisabuela, la última en irse a dormir siempre, había apagado la luz. Me tendí sobre el suelo para mirar la oscuridad bajo la rendija de la puerta. La escuché llegar, envuelta en los suspiros y pequeños lamentos del sueño ajeno. Finalmente, sólo fue la penumbra y el viento de montaña golpeando las ventanas entrecerradas. Me deslicé al pasillo, con los ojos muy abiertos, esperando ver asomarse la cabeza de mi tia, vigilante y atenta, desde su habitación, como solía ocurrir en las novelas que solía leer cada vez que el héroe intentaba investigar sobre los grandes secretos que le escondían con mucho sigilo sus amables - y engañosos - anfitriones. Pero claro está, sólo se trataba de mi, una niña flacucha de diez años, caminando por el conocido pasillo de su casa a media noche, pensé con cierto fastidio.

El anaquel tenía el mismo aspecto de siempre: altivo, solido y levemente maltrecho en su vejez. Toqué la tela y le saludé en voz baja, preguntándome si podría reconocerme luego de mis numerosas visitas durante el día, si sabría volvería para intentar descubrir que era lo guardaba. La idea me gustó: ¿se trataba de un mueble mágico? ¿Abriría sus puertas si se lo pedía? No estaba convencida de eso, pero si las dudas, me incliné y susurré contra la madera: "ábrete". Esperé, con la lampara blanca en forma de Mapamundi que había traído de mi habitación en la mano. El tiempo pareció alargarse, hacerse indefinido. Un manchón de sombras caminando muy rápido sobre el suelo.

Nada sucedió.

No es que me esperara que sucediera algo ¿No?, me dije entristecida. No es como si esperaba que las puertas reconocieran a la bruja más pequeña de la casa y abrieran sus puertas con un chirrido para mostrarme... ¿Qué cosa? ¿La puerta a una biblioteca mágica? ¿Los grandes pasillos de un sótano misterioso? Bueno, no creía que hubiese tal cosa en casa - esperaba que sí, pensé con cierto entusiasmo - pero realmente no creía que la magia pudiera guardarse en un anaquel, por muy antiguo y bonito que fuera. Porque la magia era...Me quedé un momento mirando el anaquel. ¿Qué era?

Sacudí la cabeza. La verdad, no tenía la menor idea de qué era la magia. Sabía que mi abuela solía decir que hay un poder enorme y misterioso en cada uno de nosotros, que todos tenemos una capacidad extraordinaria para construir el mundo a su alrededor. Y que a eso, le llamaba magia. Pero ¿era la misma magia de los libros? ¿La que hacia volar a las brujas? ¿La que convocaba tormentas? ¿La que hacia sacudir el mundo a la voluntad de una mujer salvaje y bella? Al contraste, la magia de la que hablaba mi abuela me parecía pequeña, un poco deslucida. Poco importante. ¿Lo era? me pregunté con un suspiro, aún la mano apoyada contra el anaquel. ¿La magia de la que hablaba mi abuela, la que era capaz de elevarte por encima de tus temores y tus debilidades era tan poderosa como esa otra de los cuentos y leyendas? Acaricié con la yema de los dedos la madera y una ternura desconocida me recorrió. ¿Qué era la magia en realidad? ¿Cual era el gran secreto que toda familia de brujas guardaba?

Una vez, mi abuela había pasado mucho tiempo tejiendo y bordando una labor de pasamaneria para mi prima recién nacida. Le había dedicado horas de lento trabajo, con la espalda doblada sobre el bastidor, con una paciencia que me sorprendió. Poco a poco, de la tela blanca brotó una historia - la de la Bruja que bailaba a la luz de la Luna - en hilos plateados y carmesí. Algo tan bello que cuando lo culminó me dejó desconcertada. Lo miré, mientras ella le daba las últimas puntadas con pulso firme.

- A mi tia M. le va a encantar la manta - opiné. Mi abuela me dedicó una de sus sonrisas misteriosas.
- No es para ella, es para la bebé recién nacida. Nadie la verá hasta que ella lo abra por primera vez. Es una vieja costumbre en nuestra Tradición obsequiar al bebé que nace un objeto que represente lo mucho que se le deseó y esperó. Y que sea sólo suya.

Esa era una idea curiosa. Miré mi abuela en silencio mientras doblaba y luego envolvía en hojas de papel blanco muy finito la bellísima pieza de tela. Luego lo guardó en una caja de cartón muy simple, rodeada de hojitas de Laurel.

- Pero G. es sólo una bebé. No le importará la tela.
- Pero cuando pueda entender que es suya, sabrá que la familia la amó incluso antes que ella pudiera entenderlo.

¿Magia? pensé recordando el bordado, la dedicación amorosa de mi abuela a crearlo. Deslicé la mano sobre la cerradura de hojalata. La sentí helada y punzante bajo mi palma. Sabía que era tan antigua que no necesitaría una llave para abrirla. Que como tantos otros muebles en la casa, no necesitaría otra cosa que una breve presión para lograr abrirla. ¿Y que encontraría dentro?

Pensé en la caja de la Bebé G., en la manta finamente bordada. En la voz de mi abuela cantando en la cocina. Pensé en los rituales en el jardín, donde todas reíamos y cantábamos con voz firme y pura a la Luna. Para celebrar la herencia, el poder de la familia. Pensé en el jardín de especias de mi abuela, en el Viejo padre árbol levantando sus ramas al infinito, en el feo rosal que cubría la muralla. ¿Donde nace la magia? pensé y tuve deseos de llorar, aunque no supiera por qué. ¿Donde nace lo realmente extraordinario? ¿Lo bello? ¿Lo querido? ¿Lo preciado? Recordé la manera como me gustaba leer, la forma como mi mente se llenaba de imágenes y colores con cada palabra. Recordé las manera como en ocasiones, el mundo me parecía de una extraordinaria belleza, un jardín recién nacido que me rodeaba, palpitando de pura inocencia.

La cerradura bajo mi mano pareció oscilar, vibrar. Apreté un poco. Escuché el crujido débil del metal al combarse, dócil. ¿Que guardaba este anaquel? ¿Que había conservado por décadas, silencioso y discreto? ¿Cual es la verdadera magia? ¿La de los dragones de mi imaginación, con sus llamaradas azules y carmesí o el sonido de las voces de las invocaciones familiares? ¿Las manos levantadas palmas arriba hacia la luna? ¿Esta sensación de pura expectativa? Sacudí la cabeza. Dejé caer la mano.

Por primera vez en mi vida, pude contener mi curiosidad. Esa fuerza indomable que me conducía a todas partes, que me hacia cometer todo tipo de travesuras. Por primera vez, apreté las manos y miré el misterio y pensé, que todos los misterios tienen respuestas pero algunos, necesitan ser comprendidos antes de atesorarlo. Lo comprendí con una claridad diáfana, enorme. Lo aprendí en ese instante cristalino, de pie en la oscuridad, mirando el viejo anaquel proteger sus secretos con humildad. La garganta se me cerró otra vez por lágrimas y retrocedí. Miré el mundo a mi alrededor - ese espectaculo dulce de las fotografías familiares, de los pequeños recuerdos colgados por doquier - e incliné la cabeza. Como imaginé debían hacerlo los grandes guerreros de la antigüedad al final de las grandes luchas. Como supuse debían dedicar las Brujas venerables al conocimiento. Luego, corrí hacia la escalera sin mirar atrás, con las lágrimas cayéndome calientes por las mejillas. Los labios apretados, los labios temblando de un tipo de emoción que no podía entender.

¿Qué es la magia? me pregunté tendida en mi cama, con el corazón latiendo muy rápido. ¿Que es el poder de lo que consideramos extraordinario y bello? Sonreí en la oscuridad. Quizás algo tan sutil y dulce que no es posible paladear en una única oportunidad.


***

Mi abuela sonrió con ternura cuando me extendió el pequeño paquete envuelto en un discreto papel marrón. Lo sostuve con la boca entreabierta. Estaba atado con una cuerda común, pero de manera tan hermosa, que tenía algo de laborioso misterio. Lo sostuve entre las manos, sin saber que decir, en esa tarde olorosa a fresco de montaña querida de Septiembre.

- Feliz cumpleaños - dijo mi abuela. Se inclinó y me besó en la frente.

Se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción, pero me apresuré a disimularlas. Después de todo, ya era una chica de once años. Lo suficientemente mayor para no llorar por cualquier motivo. Tragué un poco de aire, intenté tranquilizarme. Apreté los dedos sobre el paquete.

- ¿Qué es?
- Abrelo.
- ¿No es un dragón?

Mi abuela soltó una carcajada y me acarició las mejillas con la yema de los dedos.

- Me temo que no.
- Oh bueno.

Lo sacudí junto a la oreja. Hubo un sonido seco y limpio dentro del paquete. El aroma de la albahaca,  fresco y antiguo, me rodeó.

- Bueno, no creo que te vaya a comer - insistió mi abuela. Solté una risita tímida y de un sólo impulso, rompí el papel.

Al principio, no supe de qué se trataba: sólo vi una tela blanca, impecable, envolviendo una pieza de metal blanco. Cuando me incliné, reconocí la forma y el corazón me dio un salto casi doloroso: Una daga, pequeña, con su mango de plata retorcida, tallada en flores y con la figura de una exquisita Dama desnuda en la empuñadura. La emoción me cerró la garganta, palpitó tan cerca de la superficie que pensé se derramaría no sólo como lágrimas, sino algo más profundo, más dulce. Pura luz  íntima, recién creada.

- Es tu daga de iniciación. Te espera desde que naciste. Y pensé que era hoy era un buen día para obsequiartela. Once son muchos años.

Sacudí la cabeza. Tomé la pequeña y exquisita pieza de metal. La sostuve entre las manos. ¿Que es la magia? Pensé en los rituales de la casa, en la Luz de la Luna, en el olor de la albahaca, el viento de montaña golpeándome el rostro, el cielo estrellado de septiembre. Apreté la daga. No llores, no llores. Los hombros rígidos, la sensación de portento, de belleza absoluta. De irremediable ternura.

¿Que es la magia Aglaia?

- Te he amado desde que fuiste sólo una idea, mi niña - dijo mi abuela con ternura - este tu obsequio secreto, el que siempre espero por ti.

Siempre. La magia de las pequeñas cosas.


No lo noté de inmediato. Pasé corriendo junto al anaquel como un vendaval, con los brazos sobre la cabeza, gritando y riendo en voz alta. Entonces me detuve bruscamente. Retrocedí unos pasos para mirar el anaquel. Las puertas estaban entreabiertas.

Era la última hora del día de mi cumpleaños, casi media noche. Celebraríamos la Luna Llena de Equinoccio en el jardin. Escuché el sonido de las voces y risas de las mujeres de mi familia flotar a través de la ventana. Me acerqué al anaquel, conteniendo la respiración.

Las puertas estaban abiertas sólo un poco. Lo suficiente como para dejar al descubierto los libros amontonados en su interior. Los paquetes envueltos en el sobrio papel marrón, atados con su bello nudo ornamental. Docenas de libros, docenas de paquetes como el que yo había recibido hoy. Docenas de palabras guardabas, conservadas. Docenas de objetos esperando el futuro. ¿Qué es la magia?

- ¡Niña, estamos esperando por ti! - gritó mi tia desde el jardin - ¡Ven ya mismo!

Acaricié con un dedo la delicada puerta de madera. Luego, la empujé y la cerré. La cerradura encajó con un click musical. ¿Que es la magia? Escuché la risa de mi abuela. ¿Que es la magia más allá del corazón?

Me llevaría años descubrirlo, pero ese día comencé a comprenderlo. Un largo trayecto hacia la esencia de todos los pequeños portentos.

La magia de las pequeñas cosas.

C'est la vie.

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