jueves, 12 de mayo de 2016

De leyendas y otros fragmentos de miedo cultural.


Obra de Mercedes Helnwein.



De adolescente, nunca fui una Lolita, o mejor dicho, usando ese término mucho más poético y metafórico, una nínfula. Quizás no tenía la malicia o incluso, esa misterioso elemento que hace a un adolescente una criatura casi mítica, a mitad de camino entre la ninfa y una diosa perfecta. De hecho, cuando me miro en las fotografías de la época, me sorprende mi candidez, la ropa demasiado ancha, el cabello en desorden, la palidez virginal. Nada parecido a ese aspecto provocador, primitivo y casi procaz que Nabokov tuvo a bien bautizar con el nombre de su personaje predilecto. Aunque tampoco creo que la cosa fuera tan sencilla.
Recuerdo que mi amiga Amanda si lo era. No sabía precisar por qué, era una combinación de lo sutil, lo exquisito y lo bello. Un sutil aire perverso que yo nunca supe a que atribuir pero sabía que estaba allí, muy cerca de la superficie. Como yo, era muy delgada, pero a diferencia de mi, que no me preocupaba en mostrar mis escasas curvas, ella disfrutaba creando una ilusión muy clara de piel y seducción poliédrica. Porque no se trataba de la falda muy corta o el escote amplio sobre el pecho nubil, sino del desenfado, la sonrisita maliciosa, la mirada rápida y dura. Esos cientos de matices de la adolescencia femenina que parecían confluir en los hombros descubiertos, el maquillaje excesivo. Esa seducción leve, quebradiza. Y es que La Lolita — esa imagen constante del imaginario popular — parece insistir en esa belleza dura y pura, irrealizable e inalcanzable del mito. La Lolita que es un símbolo de un tipo de sexualidad mórbida y que la mayoría de las veces, rozan la perversión. Pero también es algo más, una rarísima mezcla de idealización, ira adolescente y quizás un elemento de pura y primitiva sexualidad.

De la nínfula — su encarnación mitológica — se ha dicho mucho. El arte y la literatura parecen obsesionados con esa dulzura exquisita y tentadora, que nunca llegan a saborear pero que representa el deseo exquisito. Curiosamente, la Nínfula — la moderna Lolita — representa cada vez el deseo insatisfecho. Una vez que se sacia, la Lolita se transforma en algo más terrenal, herido. La perdida de la ternura, la ruptura de la belleza idílica y sofisticada que parece ser su estigma. Pero mientras lo es — radiante, frágil, hipnótica — La Lolita/Nínfula representa quizás la interpretación más antigua sobre la sexualidad que se tenga memoria: esa espléndida dulzura del fruto virgen, del no tocado, de la provocación en la forma de una mujer que siendo una niña, ya roza con sutileza la madurez primaveral.

Nabokov reconstruyó el mito a la medida de los tiempos y también, quizás, intentando contener esa visión de lo absurdo, lo bello y lo perverso bajo una visión quebradiza y ambigua. De hecho, la obra de Nabokov no incluye obscenidades: a pesar de lo que pueda suponerse, el autor se cuidó muy bien de cualquier elemento que pudiera animar a la pedofilia o incluso el incesto. Es en realidad, un análisis soterrado y demencial sobre la complejidad del deseo, el dolor de lo inalcanzable y la futilidad de la aspiración del hombre por la satisfacción emocional. De hecho, en más de una ocasión he leído que la verdadera controversia en torno al libro no se debió a la historia original sino a su posterior recreación como obra cinematográfica. La ambigüedad se transformó en insinuación, la sexualidad apenas sugerida en lujuria y el cuidadoso entramado que Nabokov ideó para su obra, se desplomó bajo la crudeza de lo evidente. En otras palabras, esa deliciosa visión de Nabokov — tan parecida a la Nínfula histórica — se transformó en algo casi vulgar. El misterio de “Lolita” — como libro y metáfora — dejó de estar oculto entre las páginas de un libro perturbador pero profundamente alegórico y se hizo explicito — evidente, quizás hasta barato — a gran formato y a color.

La cultura occidental — y sobre todo la norteamericana — pareció obsesionarse con la imagen: En Beautiful Girls de Ted Demme. la treceañera Natalie Portman — en una extraordinaria y perturbadora actuación — enamoraba platónicamente al treintañero Timothy Hutton, en un juego de símbolos que no rebasó lo que la rígida moral norteamericana considera aceptable pero que si, desconcertó a más de un espectador. Juliette Lewis — maravillosa actriz de errática carrera — creó toda una nueva versión sobre la Lolita, tomando la mano de Robert De Niro y llevándola a la boca para chupar su pulgar, en el remake de El cabo del miedo. Una y otra, son extremos de la misma idea, análisis desconcertantes de la misma visión de lo núbil, la salud y la juventud deseable. Y es que de hecho, La nueva Lolita Hollywoodense, carece de la extraña ambivalencia de su origen literario. La vulgaridad, más allá de la belleza y de hecho, la imagen barata de la sexualidad que sustituye al símbolo.

Más reciente aún, es la encarnación que creo de La Lolita — la simbólica, más allá de la complejidad literaria y la vulgaridad cinematográfica — la artista austríaca Mercedes Helnwein. Escritora y cineasta, la artista parece profundamente consciente del poder transgresor de la Nínfula histórica y la figura de la adolescente perpetua. Y quizás, para explorar ambas visiones, la re estructuración del mito y la nueva interpretación de la idea de la juventud sexualizada, llevó a cabo una serie titulada Whistling Past The Graveyard, en la que explora de manera visual, exquisita y casi tétrica esa dulzura de la feminidad núbil y tentadora. En sus representaciones, intenta plasmar lo que el estereotipo de la mujer joven culturalmente aceptado rechaza: esa fuerza y belleza de la primera juventud, ese miedo inquieto y sobre todo, esa doliente fragilidad de la Lolita en un instante preciado de belleza. Un tipo de complejidad del mundo femenino que pocas veces se analiza — mucho menos se reinterpreta — y que crea toda una nueva perspectiva sobre el viejo mito de la sexualidad primaveral.

¿Que es una Lolita? Continúo preguntándome en esta época donde el límite de la juventud y la adultez se ha hecho borroso y frágil, una idea cultural poco comprensible. Lo hago, en medio de esta nueva generación de niñas que abandonan el mundo infantil demasiado pronto, que muestran su sexualidad con un desparpajo impensable en otras épocas. Lo cuestiono, mientras las cifras de abuso sexual a niñas aumenta, mientras el embarazo adolescente se hace una cifra alarmante. Y sobre todo, al mirar esa juventud contemporánea, irreal y radiante, sin edad, quizás sin género. Una invitación al deseo o algo más turbio y desconcertante que apenas comienzo a definir.
C’est la vie.

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