sábado, 14 de mayo de 2016

Aleteo de Mariposas de fuego y otras historias de Brujería.





Cuando tenía once años, una de mis maestras se burló de uno de mis cuentos. Lo había encontrado por casualidad en mi cuaderno al revisar la tarea y me lo devolvió lleno de tachaduras, enmiendas y pequeñas burlas escritas al margen. Tomé las hojas con manos temblorosas.

- Es normal que uno crea que será grandes cosas al crecer - me dijo en un tono que intentaba ser amable, pero que desde luego, no lo era - pero ser escritor es mucho más que contar locuras. Mucho más.

No me dijo que era ese "mucho más" pero pareció dejar muy claro que mi corto cuento sobre una mujer que temía a las puertas cerradas de su enorme casa, no era lo que podía esperarse de un aspirante a futuro escritor. Me quedé de pie, avergonzada y humillada, deseando en decir algo significativo sobre su duro comentario, pero no se me ocurrió o nada. O mejor dicho, si se me ocurrió, pero no se trataba de algo que quisiera decir en voz alta, la verdad. No deseaba explicarle a esa mujer de ojos grandes y duros que amaba escribir más que cualquier otra cosa en el mundo, que soñaba con continuar haciéndolo cada día de mi vida. Tuve una rápida imagen de la maestra riendo al escucharme y eso fue suficiente para apretar los labios con tanta fuerza que creí jamás podría pronunciar otra palabra de nuevo.

- Dedicate a hacer tus tareas y a estudiar - añadió entonces, ordenando su pequeño escritorio con gestos remilgados - cuando seas grande seguro te casarás con un muchacho muy bello y tendrás hijos. Y serás feliz. No esperes más.

A veces recuerdo esa frase y me pregunto si la imaginé, entre las cientos de palabras que se escuchan durante la infancia, confundidas con terrores y exageraciones. O realmente aquella Maestra, de rostro adusto y delgado, me lastimó de esa forma banal pero certera. No lo sabré nunca, supongo. Lo que sí recuerdo con toda claridad, es el miedo que me abrumó después. La sensación helada y amarga que me cerró la garganta cuando me senté en el pupitre, mirando mi cuento - la letra pequeña y desordenada, inclinada hacia la izquierda, presurosa y firme - y pensando que quizás en el futuro, debería renunciar a las palabras. Pensar que nunca las conocí, las amé. Que jamás disfrutaría otra vez del amor, el consuelo y el poder que me brindó en la página escrita. El pensamiento me dejó paralizada, parpadeando para evitar que la tristeza se derramara en lágrimas.

- Oye ¡Pero a mi me gusta lo que escribes! - me dijo mi amiga Flor cuando le conté lo que la maestra me había dicho - ¿Qué importa si a ella no le gustan? ¡Tu sigue en lo tuyo!

Flor era mi amiga más querida de la escuela. O mejor dicho la única. Como la alumna vieja en un salón donde todos se conocían casi desde los primeros pasos, no había podido evitar convertirme de inmediato en la niña rara, la de rostro paliducho y cabello en punta que se sentaba al final del salón. Era una sensación sutil pero inevitable: las miradas huidizas, las risitas, la desconfianza. Sólo Flor había superado todo eso y se había hecho mi amiga. Para ella, no sólo era la niña nueva - como lo era para todas las demás - sino además, una persona desconcertante, con todo aquello que insistía en decir que las mujeres de mi familia eran brujas y que leía todo tipo de libros cuando se suponía debía estar jugando. Algo que nunca supe si tomarme bien o mal.

Tal vez por ese motivo, me había resultado sencillo mostrarle mis cuentos. Esos párrafos perdidos y medio esbozados de escenas terroríficas. O que a mi me lo parecían, al menos. Al principio lo había hecho con ese temor doloroso que sólo puede despertar el rechazo hacia algo tan íntimo, después fascinada por la novedad que alguien leyera lo que escribía ¡Y que además le gustara!. Con todo, tenía la impresión que Flor leía mis cuentos llevada más por la curiosidad que por el buen gusto literario. Tampoco supe jamás si tomarme eso para bien o para mal.

- Pero ella dijo que... - no me atrevía a repetir las palabras de la maestra - que bueno...no era que como si fuera escritora sólo por escribir.
- Mira, por algo hay que empezar - dijo Flor con su habitual desparpajo - y ya tu empezaste. Un escritor escribe y tu lo haces. ¿Qué más se necesita?

La verdad no lo sabía. La idea me obsesionaba a toda hora, aunque no era un pensamiento estructurado y concreto sino algo más parecido a una necesidad de entender por qué amaba tanto escribir. Porque tenía la necesidad de hacerlo a toda hora, de insistir en contar pequeñas historias que nacían sin que supiera cómo en mi imaginación. Flor solía decir que simplemente era una maner de mirar. Y aunque no lo decía con intención poética - Flor era la niña más pragmática y mundana imaginable - me parecía una bella forma de resumir lo que sentía sobre la escritura. Suspiré.

- No sé. La maestra dice que más cosas - confesé - y que mejor piense en que de grande me casaré y tendré niños y cosas así. Como si escribir...

Tragué saliva. Flor asintió, sin necesidad que dijera nada más.

-  No fuera tan importante.
- Eso - sacudí la cabeza - pero para mí lo es. Es más importante...que todo.
- ¿Más que tener un esposo y bebés?

No supe que responder a eso. La verdad con diez años, jamás había pensado en ese futuro probable que me esperaba unas cuantas décadas más adelante. Eso a pesar que  la mayoría de las niñas de mi salón de clase soñaban con bodas y Príncipes parecidos a cantantes y actores de Moda a quienes besaban con los ojos cerrados. En mi caso, esa visión del futuro incluía palabras, libros, hojas escritas. En ocasiones me preguntaba si había algo mal en mí, una pieza que no encajaba del todo bien en el mecanismo de mi mente. Me encogí de hombros con tristeza.

- Sí, más que eso - confesé. Pensé que no tenía sentido mentirle a Flor - nada es más importante que escribir.

La frase me hizo sentir mal, un sentimiento hórrido y amargo que era muy joven como para definir por completo. De pronto pensé que traicionaba a ese esposo que me esperaba en el futuro, a los niños que quizás tendría con él, sólo por las palabras. ¿Eso estaba bien? ¿O era algún tipo de egoísmo impensable? Por supuesto, era muy niña para para pensar en términos tan complejos, pero sí tuve claro que escribir era para mi una parte de mi mente, como si las palabras que soñaba para crear, ocuparan un lugar en mi espíritu que nada más podía alcanzar.

Silencio. Flor se inclinó, abrió su lonchera y sacó una rolliza mandarina entre las servilletas usadas del almuerzo. Recordé que mi tía M. solía decir que la mandarina y la naranja eran frutas solares, hechas de luz y que comerlas, era el equivalente a masticar un rayo dorado del amanecer. Una idea muy poética que siempre me había hecho reír - un poco burlona, todo hay que decirlo - pero que en esa oportunidad, me pareció de enorme importancia, aunque no tuviera una idea clara del motivo. Tal vez se debía a que me sentía tan triste que necesitaba de ese resplandor imaginario para el consuelo.

Flor me dedicó una mirada larga casi adulta. A pesar que la mayoría del tiempo era dicharachera y escandalosa había ocasiones como esa que tenía un aire maduro que me sorprendía. Como si dentro de la niña de risa estruendosa y cuerpo nervioso, habitara una mujer desconocida que sólo era visible en esos cortos momentos en que miraba a través de los ojos de Flor.  Cuando eso sucedía, casi siempre me dedicaba frases que desconcertaban por su profundidad. Y esa oportunidad no fue la excepción.

- Creo que tienes miedo que la maestra tenga razón- destajó un gajo de la jugosa mandarina que tenía entre las manos con dedos hábiles - y creo que deberías pensarte por qué te da tanto miedo eso.

Quise decirle que no era tan sencillo Que no había respuestas fáciles para algo tan profundo, como una herida abierta en mi espíritu. Que necesitaba tanto escribir agua y que no hacerlo, me hacía sentir de la misma manera que cuando moría de sed: una exigencia dura y orgánica de una parte de mi misma que no comprendía en realidad. Pero a los diez años, la vida es infinitamente más simple y quizás por ese motivo dolorosa que una frase tan compleja. De manera que me quedé callada, apretando los dedos en un nudo nervioso.

Flor se quedó mirándome unos minutos y de pronto la mujer adulta que atisbaba al fondo de sus ojos desapareció y volvió a ser sólo una niña simpática y llena de energía. Se echó a la boca el gajo de fruta y el olor fresco y jugoso de la fruta pareció flotar a su alrededor. Y pensé que ese aroma denso y suculento impregnaba sus palabras en mi mente, su enorme significado. Seguí pensando en lo que me había dicho mucho después ese día. Y también en el olor brillante y luminoso de la mandarina.

***

Las brujas saben contar cuentos mejor que otra cosa, solía decir mi abuela - la sabía, la bruja - en cada ocasión en que ordenaba el anaquel con los libros de Las Sombras familiares. Son narradoras por naturaleza, mujeres que nacen con el don de mirar el mundo con sensibilidad y crear a través de las palabras mundos enteros. Siempre me había sentido orgullosa de esa herencia misteriosa que sin duda formaba parte de mi vida incluso antes de nacer, pero esa noche mientras hacía mi tarea en la biblioteca y mi abuela ordenaba sus libros, me pareció una idea que no tenía nada que ver conmigo. O al menos no tanto como había supuesto. Incliné la cabeza hacia el cuaderno de deberes, con el lápiz entre los dedos y los hombros pesados de tristeza. Llevaba más de veinte minutos tratando de terminar las fracciones que tenía que entregar al día siguiente en la clase de matemáticas y apenas había conseguido avanzar.

- ¿Qué ocurre mi niña?

Levanté la cabeza sobresaltada. Mi abuela me miraba junto al anaquel de los libros viejos con rostro plácido y amable. Pero también la noté un poco preocupada, como si notara mi malestar aunque no le había dicho nada sobre lo que me preocupaba. Como otras tantas veces, me pregunté si mi abuela podía leer mi mente o al menos, en mi expresión con tanta exactitud como si llevara mis estados de ánimo escritos en la piel.

- Una necedad - expliqué.
- ¿Cual es esa necedad?
- Algo que me pasó en la Escuela.
- Me puedes contar.

La verdad, era no quería volver sobre el tema, explicarle cómo me había hecho sentir lo que la maestra me había dicho y sobre todo, la rara conversación que había sostenido con Flor. Pero abuela no era la de las personas que se rendían muy fácil y siguió allí, de pie, con la cabeza ladeada en un gesto paciente. Levanté las manos con un gesto nervioso.

- Es que una de mis maestras leyó uno de mis cuentos y me dijo que todavía necesitaba mucho para ser un escritor - le dije sin respirar, como si fuera más sencillo decirlo así, a la carrera y sin detenerme - que mejor pensara en mi esposo futuro y mis hijos y no esperara nada más.

Tomé una bocanada de aire, afligida y un poco avergonzada. Mi abuela siguió de pie, con un libro grueso de tapas de cuero verde apretado contra el pecho, sólo mirándome.

¿He dicho que mi abuela se disgustaba muy poco? La verdad, era así. Más de una vez me había insistido que enfurecerse era una demostración de confusión antes que de certeza, de modo que siempre sonreía e insistía que todo problema siempre se resuelve mejor si estamos conscientes de nuestra fortaleza en lugar de la debilidad. Así que era muy extraño que encolerizara por alguna cosa. Tanto, que me llevó un momento entender la expresión pétrea de su rostro. La mirada dura y quieta que me dedicó.

- Nadie puede decir que hacer y mucho menos que aspirar - dijo en un tono seco que le había escuchado muy pocas veces - nadie puede sujetar, limitar o restringir lo que sueñas. Nadie, ¿Entiendes eso?

Me quedé boquiabierta. Por lo general, abuela era una mujer de aspecto plácido, siempre con el buen humor en la punta de los labios, de manos amables y gestos firmes. En una ocasión, tia M. me había dicho que más valía no conocer a la bruja furiosa que había en ella.

- Abuela jamás se disgusta - le dije en esa ocasión. Tia levantó los ojos un momento del libro que leía con una sonrisa enigmática.
- Más te vale que nunca lo haga. Una bruja furiosa es una fuerza de la naturaleza.

Recordé esa frase mientras mi abuela se acercaba con paso firme y rápido a donde me encontraba. Tenía las mejillas encarnadas, los labios apretados. Los ojos color miel convertidos en fuego puro.

- ¿Lo entiendes? Nadie jamás puede decir hasta donde puede llegar tu talento, tus aspiraciones o qué construirás con tu futuro. Eres poder de tus deseos, de tus esperanzas y cada cosa brillante que forma parte de ti. No permitas que nadie menosprecie ese brillo, tu poder personal. El fuego de lo que construyes para ti misma.

Asentí de un cabezazo, un poco consternada. Abuela se inclinó junto a mi mesita de tareas y me miró directo a los ojos.

- No sólo puedes escribir todo lo que quieras, sino que lo harás. Tu pasión te hará libre de todo atadura, de todo prejuicio, de todo temor. Vas a recorrer un camino largo, un trayecto sinuoso. Tan tuyo, tan fuerte. No permitas que nadie te detenga.

Quise decirle que la maestra había sido la primera persona mayor que leía mis cuentos - o mis intentos de contar historias, más bien -, que además de Flor, era el único lector de verdad que había tenido. Que me daba miedo que su sonrisa burlona la tuvieran otras tantas personas después de leerme...qué...tragué aire. No había una manera de explicar algo tan doloroso. No podía hacerlo, en todo caso. Era como arrancarme una parte del corazón.

Pero mi abuela era de ese tipo de personas a las que no había que explicarle las cosas para que las entendiera. Como bruja exquisita que era, tenía esa cualidad misteriosa de descubrir lo que guardaba el corazón de otro, esas angustias que como hilos calientes cortaba la respiración y la piel invisible del corazón. Por ese motivo no me extrañó que acercara un banco pequeño y se sentara junto a mi en la mesita baja. Me conmovió verla allí, un poco encorvada, con las rodillas inclinadas a un lado, sentada a mi lado sólo para consolarme. Extendí la mano a ciegas y ella me la tomó con un gesto cálido y dulce.

- Me dio miedo que fuera verdad - dije por último - me dio miedo que...
- ¿Qué cosa mi niña?
- Que las cosas sean como ella dice  - jadeé, muy angustiada - me dio miedo que tenga que dejar de escribir porque...no sé...porque debo que cambiar mis sueños por otros. Y luego pensé que algo debía estar mal en mi porque quiero escribir y no sueño con tener bebés, como ella dijo. No entiendo que pasa conmigo.

Quise llorar. Como cuando era una niña pequeñita y me despertaba asustada por la oscuridad y abuela salía para encender la luz y demostrarme que no había nada escondiéndose entre las cortinas. Pero este no era un tipo de dolor que se consuela con lágrimas. Era algo más duro y amargo de asumir. Era una visión desconsolada y dura sobre mi misma.

- Mi niña, podemos ser todo lo que deseamos. Nadie tiene el derecho de indicarte que camino seguir y mucho menos, con respecto a lo que sueñas sobre tu futuro. Nadie puede hacerlo. Eres todo lo que quieres y serás todo lo que necesites ser.

Apreté los labios. Recordé la mirada burlona y divertida de la maestra mientras me extendía las hojas escritas con torpeza. La sensación desvalida y vulnerable que me embargó en ese instante en que comprendí que para ella, mis palabras eran poco menos que torpezas. Sacudí la cabeza, un poco abrumada por aquella colección de pequeñas tristezas.

- ¿Hay algo mal en mí que deseo esas cosas? - pregunté. Lo hice con esa franqueza de los miedos de la infancia, de los terrores inconfesables de los niños - ¿Por qué sólo quiero escribir?
- Porque tu naturaleza es la de mirar el mundo y traducirlo en palabras - respondió mi abuela rotunda - porque para ti, la magia está en cada imagen que puedes componer a través de la página. No hay nada malo en soñar con escribir, en obsesionarte con eso. No hay absolutamente nada malo en querer escribir siempre, sin hacer otra cosa. ¿Me entiendes?
- Pero...¿Y si de mayor no quiero hacer nada más? - insistí - ¿Si no quiero casarme o tener bebés pero sí escribir? ¿Eso está mal?

Mi abuela suspiró y miró mis manos,  que aún sostenía con un gesto cariñoso:  las mías eran  pequeñas de uñas carcomidas. Las suyas, sonrojadas y callosas por años de trabajo. Hubo un momento de profunda conexión, de una belleza callada y dulce que nos unió a ambas. Como dos historias confundiéndose entre ellas. Una mirada al futuro entre pequeñas palabras perdidas.

- Mi niña, una mujer no es sólo lo que su cuerpo puede ofrecer al mundo, sino todo lo que su mente puede crear y construir. Las brujas lo saben y celebran no sólo el divino don de dar vida a un hijo, sino todas las maneras en que una mujer puede ser madre. Una bruja sabe que puede llevar a un bebé en el vientre, pero también ideas, sueños, libros, viajes, pinturas, fotografías, esculturas en su mente. Que puede parir palabras, paisajes misteriosos, manifestaciones de belleza y asombro que trascienden su manera de ver el mundo. Una bruja crea vida, pero no sólo a través de los hijos que concibe. Una bruja es madre de los mundos que nacen de ellas. Todos portentosos, todos extraordinarios, todos fecundos.

No supe que responder a eso. ¿Parir libros? ¿Parir fotografías? Nunca había escuchado nada semejante, más hermoso y devastador. Mi abuela sonrió, como si mi sorpresa la reconfortara.

- Un hijo es una bendición, pero no es menos importante que todo el amor y todo el conocimiento que puedes brindar y amar a través de tu vida. Una Bruja es madre de lo que sueña, de lo que crea, lo que recoge en la cosecha de su mente. Es madre de todas las percepciones de sus sentidos. De todas las dimensiones de las cosas que aspira. También son madres - de sus decisiones y determinaciones - las que atraviesan líneas de fuego, las que contradicen lo que se supone deben hacer. Las que paren sus convicciones, principios, dolores, alegrías y triunfos. Las que traen al mundo nuevas formas de comprender su identidad, el mundo que las rodean.

"Toda bruja sabe que de ella nacen sueños, que conciben el poder de elaborar algo más grande que ellas mismas. Que escriben para parir ideas, que fotografían para atesorar el tiempo, que pintan y esculpen para mostrarnos la vastedad del mundo que guardan en su imaginación. Las brujas conciben el poder de continuar a pesar del fuego, de quemarse en sus deseos y renacer para soñar. ¿No es un hijo también lo que creas? ¿Lo que sostienes en brazos? ¿No te duele y te emociona cada cosa que nace del vacío, de la nada y que alcanza la realidad gracias a que tu lo miras con los ojos de tu creatividad?

Lloré, claro. Por las palabras que decía mi abuela y por el alivio nítido y delicioso que se derramó en mi mente como un bálsamo. De pronto, comprendí que podría escribir para siempre si así lo deseaba. Que podría continuar haciéndolo para siempre, cada día de mi vida, por todas las buenas y malas razones por las cuales se ama lo intangible. Que podría seguir creando cada día de mi vida. Que las palabras serían mis hijos. Que los libros serían mis compañeros.

Y comprendí el valor enorme de salvarme a mí misma. De tomar mis dolores y placeres para elevarme más allá del miedo. Para soñar con el futuro. Para crear desde mi manos abiertas algo más enorme que lo que podía abarcar la imagen. Apreté los dedos de mi abuela, sonriendo entre lágrimas, sin saber cómo agradecerle pudiera ver en mi interior con tanta claridad.

- A veces siento que ser una bruja me salva del dolor del olvido - le dije. Y esa frase tuvo una cadencia adulta que me sorprendió, como si una infinita y desconocida belleza la impregnara. Después me preguntaría si en realidad la había dicho en voz alta. Si no había soñado antes que ponerla en palabras. Pero estuvo allí, de una manera u otra. En mi mente o en voz. En mis sueños o en la calidez plácida de la biblioteca de mi abuela.

- Un espíritu feroz vive en tu interior. Y se manifiesta de muchas maneras - dijo mi abuela entonces con una sonrisa - Una bruja siempre es madre de si misma, las que luchan contra el dolor y triunfan. Las que continúan a pesar del miedo y de la angustia. Fuego puro bajo la Luna Llena.

***


Desperté un par de horas antes del amanecer muy agitada. Había estado soñando con escribir. Recordaba cada palabra que había escrito en ese espacio átono y blanco de los sueños. Sonreía cuando tomé hoja y papel y comencé a escribirlas otra vez. Ahora en el mundo real.

***

La maestra se quedó muy quieta detrás del escritorio, cuando terminé de leer el corto cuento que le pedí leer al resto de la clase. Había aceptado a regañadientes, por último con una sonrisa burlona. La clase entera me miró curiosa.

- ¿Y de qué va el cuentecito?
- De una maestra que es un monstruo - respondí con mi mejor sonrisa.

Comencé a leer, con la garganta cerrada de miedo pero sin permitirme detenerme. Me aseguré de pronunciar con claridad cada palabra, la descripción del monstruo de suéter rosa que comía niños y arrojaba sus cabezas parlanchinas al cesto de basura. Me esforcé porque nadie tuviera duda de a quien me refería al describir a la criatura pomposa, de dedos rechonchos que todos temían. Escuché risitas, murmullos nerviosos. Alguien soltó una tosecilla burlona. Cuando terminé de leer, la clase entera soltó una carcajada general. Una especie de estallido de risas que la Maestra se apresuró a sofocar con sus dedos regordetes y pálidos.

- ¿Qué clase de grosería es esta? - me gritó. Sentí miedo, comprendí que había ido muy lejos. Pero no me importó. En alguna parte de mi mente, una llama cristalina brilló con fuerza.
- Algo que escribí y soñé - sonreí - porque escribo. Y es lo que más me gusta hacer.

Mi abuela no se sorprendió cuando me encontró en la dirección de las escuelas unas horas después. Me dedicó una mirada lenta y apreciativa cuando la Hermana Rosa, la directora, le explicó lo que había sucedido.

- Fue una falta de respeto enorme - me dijo un rato después, mientras caminábamos hacia la casa. La miré avergonzada. Aunque no tanto como supongo debería haberlo estado.
- Lo sé.
- Es tu maestra y le debes respeto.
- Lo lamento mucho.

Eso si que había sonado falso y supuse que mi abuela lo había notado. Pero no dijo nada. Seguimos caminando juntas, ella con la cabeza erguida y yo a su lado, intentando seguir sus largas zancadas con paso rápido. Entonces sonrío. Un gesto rápido, amplio y malicioso que me sorprendió.

- A veces, una bruja debe hacer lo que debe hacer - dijo entonces. Me dedicó uno de sus guiños encantadores - y lo hace como una manera inteligente. No lo olvides.

Me detuve en mitad de la calle. Ella siguió caminando, una Dama jovial de cabello rojizo que se alejaba entre la multitud de transeúntes con paso elegante. Y me pregunté si todas las brujas eran así: traviesas, impredecibles, siempre llenas de ese extraño poder de su imaginación y su espíritu indomable.

Después descubriría que sí.

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