jueves, 26 de mayo de 2016

Crónicas de la feminista defectuosa: Siete cosas que toda mujer feminista quiere que sepas





Hace unos días, alguien escribió en mi timeline de Twitter lo siguiente: «Todas las feminazis son unas resentidas, feas y gordas que temen los hombres las violen». Lo dijo, luego de ponderar en varios tuits sobre el hecho que «no hace falta que nadie reclame derechos, las mujeres tienen (sic)» y concluir que «una feminista es una tipa insatisfecha». Por supuesto, no me sorprendió la colección de prejuicios en sus comentarios, pero sí el hecho que buena parte de quienes apoyaban el inquietante punto de vista, eran mujeres. Leí más de veinte respuesta, la mayoría de ellas celebrando «que finalmente alguien pusiera clara las cosas para esas locas» (refiriéndose, por supuesto a las feministas) y que sin duda «había que insultarlas más a menudo» para que «entendieran su lugar en el mundo».

—¿Te afectan todavía ese tipo de opiniones? —me preguntó mi amiga G., con quien almuerzo y que me escucha leer en voz cada uno de los tuits. Me encojo de hombros, sin saber que responder a eso.
—La mayoría de las veces no pero… —tomo una bocanada de aire— ¿Cómo es que una mujer se burla de otra que defiende tanto sus derechos como los suyos? ¿Cómo es posible que pueda minimizar el hecho que alguien asuma militancia sobre la inclusión y la igualdad?

Mi amiga G. es socióloga y por años hemos conversado sobre temas parecidos. En más de una oportunidad, le he explicado mi frustración por el hecho que la palabra «feminista» se haya convertido en un insulto venial, en la descripción de una mujer «histérica» y «radical», en una especie de grosería a media voz con la que nadie sabe muy bien cómo lidiar. Y su respuesta siempre es la misma o algo muy parecido:

—Cualquier posición política minoritaria tiende a ser infravalorada, menospreciada y lo que es aún peor, satirizada. Es una reacción natural —me dice de nuevo en tono paciente—. El cambio siempre produce temor y una expresión de ideas políticas que incluye un cambio social, aún más. Cuando un hombre escucha a una mujer ponderar acerca su papel en la cultura y sobre las presiones y límites que sufre, no piensa en empatizar sino que se siente amenazado. Se cuestiona el motivo por el cual debería sentirse responsable sobre ideas sobre las que no tiene control y las cuales heredó sin saber de donde proviene.

—Pero ¿y las mujeres? ¿Qué pasa con todas las mujeres que se burlan y critican al feminismo?
—Ese «rechazo» también se extiende a las mujeres por motivos muy parecidos. La inclusión no es un tema simple: se trata de comprender hasta que punto necesitas reivindicar tu lugar en el mundo y que necesitas para hacerlo.

Sigo sin entender del todo su argumento aunque, por supuesto, sé muy bien sobre qué elementos se sustenta. Nuestra sociedad, hija del positivismo y muy consciente de sus debilidades y dolores, es una mezcla de cinismo con algo más parecido a una toma de conciencia tardía sobre quienes deseamos ser y cómo lograrlo. Y con respecto a la mujer el trayecto es mucho más escarpado y duro: después de todo, hasta hace menos de un siglo las mujeres ocupaban un papel secundario en la sociedad de cualquier país del mundo. La mayoría no podía votar, ejercer derechos económicos, disfrutar de libertad personal o incluso, decidir sobre su cuerpo. Las transformaciones sobre la identidad femenina son data reciente y la mayoría de ellas aún atraviesan una etapa de construcción muy temprana: buena parte de las ideas que promulga la tercera oleada del feminismo se encuentran en pleno debate y forman parte de un imaginario más amplio a nivel cultural de lo que podemos sospechar. Pero, ¿es suficiente esa justificación para la actitud ambivalente y la mayoría de las veces crítica que un considerable números de mujeres tienen con respecto al feminismo? Mi amiga piensa que sí.

—La mayoría de las mujeres de esta generación disfrutan del trabajo de feministas aunque no lo sepan —me explica—, disfrutan de independencia personal, económica, profesional. Son individuos que pueden aspirar a una serie de reivindicaciones que serían impensables en otras épocas. Pero para las mujeres actuales esa idea es poco menos que brumosa.
—En otras palabras, denigran del feminismo al mismo tiempo que disfrutan sus victorias —protesto. Mi amiga suelta una carcajada amable.
—Suena tramposo pero en realidad se trata de movimientos históricos naturales: todos somos herederos de una serie de reivindicaciones de todo tipo que son frutos de procesos sociales y culturales en los que no participamos y que ahora mismo podríamos criticar. La revolución francesa e industrial, el academicismo… hay una serie de ideas que se construyen sobre los escombros de otras. Y disfrutamos de sus consecuencias.
—¿Y qué ocurre con el feminismo?
—Se trata que aún hay muchísimos mitos, prejuicios y distorsiones sobre lo que una feminista es… y sobre la mujer en general —me explica— lo que quiere decir que como toda vanguardia histórica de data reciente, aún está en plena construcción. De manera que de vez en cuando hay que aclarar, ordenar y sobre todo, ofrecer ideas concretas sobre lo que el feminismo es y puede ser. Una forma de elaborar planteamientos específicos sobre el tema.

Me preocupó la perspectiva. ¿A casi la tercera década del siglo XXI y todavía es necesario aclarar lo necesario que es un movimiento inclusivo que intente reducir la desigualdad entre géneros? La pregunta tiene cierto tono remilgado e incluso romántico y me molesta formularla en voz alta. Pero aún así, me permite aclarar lo que pienso sobre el tema. Comprender los alcances de esa inquietud que me provoca el rechazo que suscita el feminismo, como concepto y movimiento. De manera que comencé a cuestionarme sobre lo que cualquiera debería saber sobre el feminismo y más allá de eso, aclarar los mitos más comunes que acarrea el término.

¿Y cuáles podrían ser esas ideas erróneas, los puntos de vistas más insustanciales y las opiniones más sin sentido sobre el feminismo? Quizás las siguientes:

* Una mujer que es feminista es casi lo mismo que un machista o en otras palabras, el feminismo es «machismo al revés»
Hace unos meses, un conocido escribió en su timeline de Twitter que el «feminismo y el machismo» habían causado el «mismo daño» en la historia occidental. La expresión me sorprendió —y, lo admito, me enfureció— aunque no tanto como el hecho que insistiera en que «la actitud de las mujeres refuerza la idea del machismo». Luego de sostener un corto debate público, admitió que más que el feminismo lo que parecía irritarle era la actitud de algunas feministas. Cuando le hice preguntas sobre el feminismo como el movimiento político y su conocimiento sobre sus repercusiones e implicaciones, dejó de responder.

La idea es muy común y se basa esencialmente en el desconocimiento sobre lo que puede ser —o no— el feminismo y el machismo. Sobre todo, cuando la mayoría de las percepciones sobre el tema provienen de fuentes incompletas, erróneas y con frecuencia, burlonas. Pero más allá de eso, se trata además la manera más simple en que puede desvirtuarse lo que es el feminismo como expresión político a todo derecho. Resulta mucho más sencillo criticar a un movimiento que nace de la reacción o que incluso, no es otra cosa que el extremo contrario de lo que intenta enfrentar que analizar desde un punto de vista concreto sus alcances y sus logros. Una forma de reducir su importancia y sobre todo, banalizar su objetivo.

Y claro está el feminismo, con toda su carga cultural basada en ideas polémicas y que contradicen la mayoría de las veces el concepto de normalidad más corriente, es mucho más vulnerable a este tipo de ataques. Más de una vez, he leído y escuchado opiniones que tildan al feminismo como un «peligroso y radical» aunque no se extienden en detallar las razones por lo que le consideran de ese modo. Una actitud que banaliza la percepción sobre un movimiento social nacido por necesidad histórica y sobre todo, lo reducen a una visión muy simple de lo que puede ser.

Sólo para aclarar: el feminismo «no es machismo al revés». En realidad, el feminismo es un movimiento político y social que aboga por la inclusión legal y cultural sin distingo de género. El feminismo además, es una también reflexión sobre los problemas que acarrea la discriminación y el prejuicio, pero sobre todo una visión sobre la necesidad que cualquier hombre o mujer tengan los mismos derechos y deberes como individuo.

El machismo, por otro lado, es una «actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres» según la definición de la Real Academia Española, pero también se trata de una conducta de menosprecio de género. El machismo no se reduce solo al sexo femenino o a la actitud del hombre sobre la mujer: como conducta social, abarca temas sensibles como la discriminación de minorías sexodiversas, así como también, ejerce presión social y cultural sobre el comportamiento masculino. En otras palabras, un hombre puede ser tan víctima del machismo como una mujer y padecer las mismas consecuencias sociales que conlleva.

De manera que que pensar que el feminismo es es el otro extremo del machismo, no sólo equipara percepciones distintas de origen sobre el género sino que además, se trata de un error conceptual considerable.

* Gorda, bigotuda y feminazi:
Hace unos dos años, acudí a cita de trabajo con un cliente a quien no conocía. Nada más estrechar manos me dedicó una mirada sorprendida y un poco confusa.
—La imaginaba distinta —me explicó cuando le pregunté que ocurría.
—¿Distinta cómo? —pregunté un poco nerviosa. Se encogió de hombros.
—Como usted habla de feminismo, pensé era más… masculina.
No supe qué responder al comentario, entre sorprendida y desconcertada. El futuro cliente se apresuró a explicarme que había googleado mi nombre y la búsqueda había arrojado una serie de artículos sobre el feminismo. Intenté conservar la calma, mientras el desconocido me explicaba con torpeza la impresión que le había provocado mis opiniones públicas.
—Creí que… bueno, que usted sería de esas mujeres… desagradables.

Por supuesto, no es la primera vez que escucho un comentario semejante. De hecho, es uno de los más frecuentes con lo que una mujer que milite en el feminismo puede encontrarse. Desde insultos poco disimulados como el tuit que menciono más arriba hasta conversaciones incómodas como la anterior, una considerable cantidad de personas están convencidas que la defensa de los derechos femeninos te masculiniza o la mayoría de las veces, te convierte en un estereotipo que no es otra cosa que una caricatura cultural sobre lo que la mujer feminista puede ser. Una percepción burlona muy extendida sobre la personalidad y aspecto físico de una mujer que expresa ideas que contradicen planteamientos culturales muy específicos.

No, una feminista no es una mujer de aspecto masculino. Puede serlo si lo desea, pero lo que hace a una feminista serlo es su consciente activismo sobre causas concretas o su apoyo a ideas políticas relacionadas con el tema. Una feminista no tiene un aspecto físico específico y de hecho, no tiene importancia como luzca: lo esencial es su compromiso en la defensa con las ideas que promulga el movimiento. Una feminista puede llevar falda corta y escote y defender el derecho a verse como le plazca sin tener que sentirse amenazada. Una feminista puede llevar pantalones de corte masculino y debatir sobre ideas que afecten su capacidad para concebir y los derechos sobre su cuerpo. Una feminista puede ser delgada, con sobrepeso, de piel blanca o morena, ser joven o vieja. Porque el feminismo no condena, proclama o apoya la necesidad de lucir de alguna manera para apoyar un sistema de ideas basadas en la igualdad de género.

En una ocasión leí que la percepción de la feminista como «masculinizada» provenía de la Revolución Francesa, donde mujeres como Mary Wollstonecraft insistieron en la necesidad de analizar los derechos de hombres y mujeres por igualdad. Sus ideas fueron consideradas «masculinas» por contradecir lo que solía asumirse la pasividad del sexo femenino y por años, Mary execrada y marginada por continuar insistiendo sobre ellas. De hecho, durante siglos se masculinizó —y por los mismos motivos— a la mujer que sostiene y defiende ideas que no se consideran propias de su sexo. Una idea que perdura en mayor o menor medida hasta nuestra época.

¿Hay feministas que llevan pantalones y no desean usar maquillaje? Por supuesto: y también las que expresan su punto de vista sobre la moda, estilo y la estética de acuerdo a su preferencia. Lo realmente valioso en todo discurso político es la percepción de lo esencial de las ideas que promueve y el feminismo no es la excepción.

En cuanto a la palabra «feminazi» —tan de moda durante la última década— se trata de confusión de un término confuso creado en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh, donde se mezcla el feminismo con algunas connotaciones sobre el «nazismo», en un intento de resumir ambas ideas en un planeamiento que pudiera achacar al feminismo de «radical» y «violento». Limbaugh lo utilizó para señalar a las mujeres que exigían el derecho al aborto y equiparó sus exigencias a las prácticas de control de la natalidad que ejerció el nazismo sobre sus regimen de terror. Con el transcurrir del tiempo, la palabra se volvió parte de los términos que se utilizan para ridiculizar y minimizar el impacto ideológico del feminismo.

* La culpa la tiene el «hembrismo»
La primera vez que escuché el término me lo lanzó a la cara alguien con quien discutía. Me acusó de insistir en ideas que proclamaban la supremacía de la mujer sobre el hombre y sobre todo, en «atacar a la masculinidad» con supuestas reivindicaciones innecesarias. Luego esgrimió la palabra para resumir su malestar e incomodidad sobre las ideas que aluden a la igualdad de género.

—Que una mujer se crea igual que un hombre es «hembrismo» —me explicó tajante—. Eso es el machismo, pero la versión femenina.
Me quedé callada, tratando de asimilar el término y además, encajarlo en medio de la discusión que sosteníamos, en la cual debatíamos sobre el derecho al aborto, la pastilla anticonceptiva y el maltrato masculino. Cuando le pedí me hablara sobre los orígenes del supuesto movimiento, se encogió de hombros.
—Como feminista lo debes saber.

Pues no, no lo sabía. Más tarde dediqué horas a investigar y encontré que el «Hembrismo» no es otra cosa que un término que se suele usar para definir al feminismo radical y que no tiene en realidad otro origen que la cultura popular. Para la periodista Monserrat Barba, autora del artículo «“Hembrismo” y “feminazismo”, dos conceptos del machismo», el término no es otra cosa que otra forma de ridiculizar las posiciones feministas y así sostener la idea que cualquier exigencia de inclusión es una muestra de fanatismo. La palabra «hembrismo» además alude justamente a una idea que contradice cualquier idea feminista: la búsqueda de equidad.

* Esas mujeres radicales e histéricas:
Sí, hay militantes del feminismo mucho más radicales que otras y lo son, por los mismos motivos por los cuales hay seguidores de partidos políticos e ideologías extremos: la forma como se postula una idea puede ser personal y de hecho, muchas veces lo es. No obstante, la radicalización de medios e instrumentos para la difusión de ideas feministas, no define al movimiento en sí sino que expresa su capacidad para ser percibido de muchas formas distintas. Por el mismo motivo, soy una feminista que ha asistido en muy pocas ocasiones a manifestaciones públicas y que basa su actividad política en la difusión de reflexiones y consideraciones sobre los temas de reflexión que creo importantes sean parte de la discusión sobre género. Mi apoyo consiste en crear las condiciones teóricas y académicas necesarias para el debate de ideas y sobre todo, facilitar conclusiones al respecto. ¿Me hace eso mucho «menos» feminista que un miembro del grupo ucraniano de feminismo radical Feme? No lo creo. De la misma forma que tampoco podría decir que el feminismo se define sólo a través de sus rasgos más extremos.

Existe además, una percepción sobre el «feminismo radical» que abre un tipo de debate mucho más profundo sobre el particular: ¿Cómo se define lo «radical» en la lucha por la obtención de derechos? ¿Manifestaciones callejeras ruidosas, desnudos, opiniones críticas, argumentos desafiantes? ¿O se trata del hecho que toda la estructura del feminismo en sí misma una idea que parece apoyarse y desafiar los criterios culturales a través de los cuales se percibe a la mujer? ¿Exigir derechos profesionales, económicos y culturales puede ser considerado un extremo? ¿Hacerlo a través de los medios políticos a la alcance de cualquier militante puede ser considerado una forma de radicalización? Se trata de cuestionamientos válidos que invitan no sólo al debate sino también, al análisis de lo que el feminismo puede ser.

* El juego de citas y la seducción, ¿enemigos del feminismo?
Una vez, un amigo me insistió que lo que más le molestaba del feminismo era que su novia ahora intentara «pagar su café» cuando deseaba «obsequiarla» con «gesto caballeroso». Cuando le pregunté muy asombrada que tenía que ver el feminismo en eso, me dedicó una mirada furiosa.

—¡Esa idea ridícula que una mujer debe pagar lo que come cuando sale con un hombre o rechazar galanterías! ¡O que no se pueden maquillar ni verse atractivas por el feminismo!

Por más que sea un comentario común, creo que jamás termino de acostumbrarme al hecho que se culpe al feminismo de tantas cosas distintas que poco o nada tienen que ver con sus postulados. Aún peor, el hecho que la mayoría de las acusaciones sean una serie de micromachismo que parece estar en todas partes. Me armé de paciencia.

—El feminismo realmente no se preocupa por los pactos y acuerdos a los que puedan llegar las parejas en sus relaciones —le expliqué— de hecho, el feminismo no se trata sobre el comportamiento entre hombres y mujeres, sino de los derechos a los que pueden aspirar ambos.

—Pero una feminista se ofende cuando le regalas un café o una cena —insistió—. ¿Qué pasa con eso?

Me pregunté si debía hablarle sobre el hecho que la mujer moderna disfruta de una libertad y autonomía económica inédita. Que para la gran mayoría su trabajo y profesión representan en buena medida una forma de triunfo social y que gran parte de las mujeres que conozco, están orgullosas de poder pagar sus gustos y sobre todo, su estilo de vida. Que hay una percepción sobre el tema cada vez más compleja, que se relaciona con la forma como la mujer se percibe así misma. Que no se trata de un menosprecio y mucho menos, una crítica a la caballerosidad, galantería o cualquier concepto análogo sino a una percepción muy concreta sobre lo que la mujer desea y quiere hacer. Una toma de control digamos, sobre aspectos de su vida que hasta hace poco eran difusos e incómodos.

No lo hago. Y me quedo callada porque para la mayoría de los hombres, la percepción sobre la independencia de la mujer es cuando menos confusa. No se trata de machismo o algún prejuicio, sino parte de esa herencia cultural que se hereda y que de alguna forma, aún presiona la forma en que el hombre percibe a la mujer. ¿Es ese punto de vista bueno o malo? En realidad, solo necesita evolucionar, hacerse más concreto, construir una idea más consistente sobre lo que pueden ser las relaciones entre hombres y mujer. De manera que sonrío, aprieto con cariño la mano de mi amigo y le dedico una mirada amable.

—Tú intenta entenderla —le digo entonces—, llegará un punto que quizás gracias a eso, se entiendan mejor entre sí.

* El patriarcado tiene la culpa
La tiene, claro. Y no es una excusa filosófica enrevesada que las «feminazis» utilizan para justificar su «victimismo». Durante casi nueve siglos, la cultura y sociedad del mundo se comprendió a través de lo masculino: No sólo las leyes, sino todo el entramado social, el arte y la dinámica familiar del mundo occidental se rigió a través de ideas donde la figura del hombre se privilegiaba sobre la femenina. Por buena parte de nuestra historia como civilización la organización social se ejerció a través de la autoridad del Pater Familia. ¿La consecuencia? Parte de la percepción secundaria, anónima y prejuiciada con que se tiene sobre la mujer proviene de esa herencia histórica.

La segunda ola del feminismo —ocurrida en los años sesenta y que tuvo como resultados derechos individuales inéditos para la mujer— insistió en que debía desmontarse patriarcado histórico, en otras palabras la dominación y supeditación ancestral de la mujer al hombre. El feminismo actual también aboga por la mismas ideas: lucha contra la dominación de la sexualidad femenina, intenta evitar la objetivación y relegamiento de las mujeres al hogar, difunde la necesidad de otorgar a las mujeres espacio y relevancia pública. La ideas feministas abarcan desde lo sencillo hasta agresivo de esa percepción de superioridad masculina que afecta los derechos legales y culturales de la mujer alrededor del mundo: se manifiesta en contra de ideas específicas como la ablación, el burka hasta alcanzar argumentos más sutiles como el desprecio por lo que puede definir a la mujer (todas las construcciones culturales del universo femenino) y su infravaloración como formas de expresión en pleno derecho. De manera que sí, el patriarcado tiene la culpa y es uno de los puntos álgidos en la lucha política del feminismo.

* ¿Qué es eso de «empoderada»? ¿Se trata de alguna otra cosa feminista que nadie entiende?
No, se trata de un proceso natural de toma de conciencia sobre los derechos y deberes —poder, sin más ni menos— que posee o puede ejercer un colectivo o una persona, con frecuencia menospreciado por una situación de exclusión. Una mujer «empoderada» es una mujer que sabe con exactitud el valor de sus capacidades y cómo asumir un rol mucho más activo en la defensa de sus ideales, compromisos personales y principios. En otras palabras, una mujer empoderada es una mujer inteligente y talentosa que sabe que lo es y disfruta siéndolo.

En una ocasión, alguien me insistió que ninguna mujer debería ser feminista porque es una «forma de insulto» a su identidad femenina. Pienso a veces en esa frase cuando redacto artículos sobre el derechos de la mujer, mientras participo con mis ideas y mi punto de vista sobre nuevos escenarios que incluyan a la inclusión y equidad como un tema de enorme relevancia, cuando me enfrento a la exclusión y discriminación de todas las maneras que puedo. Y creo que es justamente esa percepción sobre la normalidad trastocada e «insultada» lo que me anima a continuar luchando como lo hago. Lo que me inspira a continuar. Una pequeña batalla diaria, una forma novedosa de comprenderme a mí misma.

Una nueva forma de celebrar mi identidad.

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