sábado, 6 de diciembre de 2014

Lágrimas de mariposa y otras Historias de brujería.




La mujer caminaba entre la niebla con los brazos extendidos. La miré, entre sobresaltada y desconcertada. No la reconocía de ninguna parte, aunque había algo indudablemente familiar en ella: el cabello blanco, el rostro envejecido pero hermoso, la sonrisa amplia y sincera. Se acercó a donde me encontraba con paso firme, como si la tierra húmeda a sus pies no le molestara o de hecho, le agradara. Se detuvo, tan cerca que de extender las brazos, podría haberla tocado. Pero continué inmóvil, como si la ventisca venida de ninguna parte me paralizara, me dejara a solas en ese valle desconocido, en medio de la lluvia neblinosa.  Inclinó la cabeza hacia mi 

- Te deseo paz - murmuró entonces. Su cabello rozandome la mejilla. Tenía un simbolo enredado entre los cabellos. Lo reconocí en el acto, aunque jamás había tenido ninguno ni tampoco, me había interesado tenerlo.  Los circulos entretejidos con su cabello cano, parecian flotar en su abundante melena. Las plumas se agitaban con las ráfagas de lluvia. Un atrapa Sueños, una vieja metáfora de la divinidad, la belleza y la feminidad.

Desperté con un sobresalto. La lluvia golpeaba la ventana. O sea que al menos, eso había sido real, me dije con las manos temblándome aún. Tenía miedo, aunque no sabía de qué. Las imágenes del sueño comenzaban a volverse borrosas en la clara luz matutina y no recordaba bien lo que había estado soñando en realidad. Tenía la vaga impresión que había escuchado el sonido de la lluvia y...Me esforcé en recordar. Nada. Decidí que no debía obsesionarme con esas cosas. Que hacia mucho tiempo que no prestaba atención a mis sueños y que realmente, ese no era un buen momento para comenzar a hacerlo de nuevo.

De niña, había estado fascinada con los sueños y su significado. Los consideraba mágicos, en toda la extensión del termino. Una región misteriosa y extraña donde habitaban imágenes de un mundo que yo no comprendía muy bien. En brujería, se consideraba a los sueños mensajeros del mundo invisible, de las energías que nos rodeaban. Incluso de los espíritus que no podíamos ver. Mi abuela era mucho más pragmática sobre el tema que las viejas creencias.

- Se trata de tu subconciente conversando en voz alta contigo. Tu mente ordena los infinitos fragmentos de información que acumulas durante el día y los construye de manera coherente o al menos, con toda la coherencia de un mensaje que sólo tu puedes entender - me explicó en una oportunidad, luego que dedicara un larguísimo rato a contarle un detalles un sueño que había tenido. Me sentí un poco decepcionada de la sencillez de la explicación.
- O sea, no son nada mágicos.
- Claro que lo son.

Me tomé un sorbo de café, malhumorada. La idea del subconciente me parecía lo menos mágico que podía imaginar. Según había leído, se trataba de una especie de piso inferior de nuestra mente racional, a donde iban a parar trozos de recuerdos, pequeñas vivencias que a las que no prestábamos verdadera atención, palabras y escenas que no encajaban en nuestro habitual estado de vigilia. Y allí permanecían, latentes pero completamente inútiles, hasta que nuestro consciente - o esa parte de nuestra mente que llamamos racional - los necesitaba. No obstante, el subconciente o como yo lo entendía, no tenía verdadera utilidad. Era como un cuarto trastero de nuestro espíritu, a donde iban a parar los viejos sueños y recuerdos que ya no necesitábamos en realidad.

- El subconsciente sólo es...esa parte de la mente que nadie recuerda ni a la nadie le importa - insistí con cierto decepción. Con once años, la idea que nuestros recuerdos pudieran envejecer - pálidos, cada vez más borrosos - e ir a parar a un lugar borroso donde nadie los necesitaba jamás, me entristecía - ¿Cómo puede ser mágico algo así? ¿Cómo puede ser incluso bonito?

Mi abuela me dedicó una de sus sonrisas misteriosas. Se levantó de la mesa donde ambas compartíamos te y galletas.

- Ven conmigo.

La seguí. Cruzamos la cocina y luego un pasillo más pequeño que cruzaba junto al jardin antipático y que conducía al lugar que me gustaba menos de toda la casa: el sotano. No era un sótano propiamente dicho en realidad. Era una habitación pequeña, abirragada, llena de objetos rotos o inserviables, cubiertos por sábanas. Detestaba el olor seco del polvo, el hecho que no había ventanas por donde se colara la luz del sol. La oscuridad allí era densa, pesada e incómoda. Me detuve en la pequeña escalera que conducía  a la puerta cerrada. Mi abuela me miró, unos cuantos peldaños más abajo.

- No ocurrirá nada, estás conmigo. No hay otra cosa que polvo.

Me avergoncé. En una ocasión, mi prima M. me había contado una historia dramática y extravagante sobre el fantasma de una mujer que vivía en el sotano y yo me la había creído completa. Aterrada - y también curiosa, claro está - había entrado a la habitación, para descubrir a la mujer vestida de blanco que según mi prima, habitaba entre las sombras del sótano. Mi abuela me había encontrado allí, llorando de miedo, intentando escapar de las sábanas sucias y los trozos de muebles arrojados en las esquinas. Aún la humillación me dolia como una herida que no había llegado a cicatrizar totalmente.

De manera que me tragué el miedo y bajé los escalones. Mi abuela me esperaba, con una sonrisa amable. Le agradecí no se burlara de mi pasitos lentos y torpes, de las manos apretadas contra las caderas, de los hombros encorvados de miedo. Después pensé que ella nunca haría una cosa así: ella respetaba el miedo. Pensaba que era un aviso de tu cuerpo, una especie de voz enigmática que te indicaba que había algo de lo cual tener precaución que tus ojos aún no podían ver. Esa idea me hizo sentir escalofríos. ¿Que había en el sótano que tuviera que cuidarme?

El sonido de la puerta al abrirse me secó la boca. Me aferré al brazo de mi abuela en un gesto casi involuntario, con los ojos muy abiertos en la oscuridad plana y sin forma. Cuando mi abuela encendió la luz del techo, el resplandor blanco me hizo parpadear. Sólo se trataba de una habitación, me dije aliviada, mirando a mi alrededor las formas irregulares de los muebles y objetos abandonados allí. Una habitación y nada más.

- Este lugar, aunque casi nadie lo recuerde, es quizás uno de los más importantes de la casa - dijo mi abuela. Camino hacia una de las esquinas, donde una forma alargada y delgada cubierta por una tela amarilla, se apoyaba en una de las paredes - guarda todas las cosas que nadie sabe a quien pertenecieron pero que aún así, forman parte de la familia. Son parte de nuestra historia. Y ya sabes lo muy importante que es eso para mí.

Asentí. Abuela tomó la tela amarilla y la levantó con un gesto fluido y rápido. Debajo se escondía un pequeño mueble, una especie de delgado anaquel de madera  pintado de verde cubierto de raspones y rasguños irregulares. Alguna vez, probablemente había estado lleno de libros o quizás tazas, no sabía muy bien. Y había sido hermoso, pensé con un sobresalto. Ahora sólo era un objeto olvidado de cualquier forma en la habitación menos agradable de la casa.

- Este copero me lo obsequió mi madre cuando contraje matrimonio con tu abuelo - me explicó. Le pasó los dedos a la madera viejísima y rota con un gesto lento y cariñoso - me pareció el mueble más bello del mundo: fue lo primero que decoró nuestra pequeña casa en Maracay, cuando eramos muy jóvenes y pobres. Lo cuidaba con primor. Lo llené con mis tazas favoritas que traje de casa y los platos de peltre recién comprados. Lo llevé conmigo a todas las casas que viví hasta que finalmente, un día la pata derecha se rompió y se desplomó al suelo. Habían pasado veinte años y del objeto hermoso que había sido, se había transformado en algo sin mucha utilidad.

Mi abuela cubrió de nuevo el copero. Me quedé con un sabor amargo entre los labios, como si lamentara condenarla de nuevo a la sábana. Mi abuela pareció estar pensando algo semejante. Estiro, jaló y dobló  la tela con cuidado hasta que la forma tuvo un aspecto casi bonito en su abandono. El mueble que cubría adquirió cierta dignidad.

- Pero no quise arrojarlo a la basura. Tenía demasiadas historias que contar. Era parte de mis recuerdos. Tu abuelo me prometió repararlo, pero jamás lo ha hecho. Lo olvida, siempre hay algo más importante que hacer. Aún así, yo lo conservo, lo llevo a todas partes. Lo tengo acá, para que me recuerde que alguna vez fue joven como yo, que reí de felicidad cuando limpié su madera, que coloqué una a una mis primeras tazas, los baratos platos de peltre que nos podíamos permitir. Representa una época de mi vida.

Miré el bulto alargado con renovado respeto. Mi abuela suspiró y sonrío, perdida en sus pensamientos. Luego me miro. Como siempre, sus ojos brillaban de interés, curiosidad y algo más intrigante que nunca pude definir muy bien. ¿Misterio? ¿Belleza? No lo sé.

- Es lo mismo que ocurre con tu subconsciente. Es lo mismo que pasa con cada recuerdo que guardas, aunque no sepas que está allí. Que conservas a pesar de crecer, hacerte mayor, madurar. Las cosas que miras y forman parte de tu mente tienen un enorme valor. Todas y cada una de ellas. El subsconciente las conserva. Los sueños te las muestran. Tu debes analizarlas.

- ¿Y eso es mágico? - insistí de nuevo. Seguía no muy convencida del asunto y no terminaba de gustarme la explicación. Los sueños seguían pareciéndome un territorio enigmático, extraordinario. Las palabras de mi abuela parecían reducirlos a algo simple, científico, poco poético. Mi imaginación salvaje no admitía esa idea o al menos, no de buenas a primera.

- Lo es, en la medida que cada sueño es capaz de recrear y estructurar para ti un mensaje. Las brujas de todas las épocas y lugares han tratado de comprenderlo para obtener sabiduría y quizás el poder de conocimiento. Hazlo tu también. Cada sueño, es una pieza perdida de tu mente. Encontrar en donde encaja es una labor de paciencia, de pasión y misterio.

No respondí, pero la idea me entristeció. Nunca más pude mirar mis sueños como un cúmulo de maravillosos mundos y lugares inexplorados, sino como párrafos de una historia que mi mente escribía con mucha torpeza. Con los años, dejé de interesarme por los sueños y su significado, aunque continuó intrigandome su extraña geografía, esa apariencia de frágil realidad que continuó asombrándome, a pesar de las sensatas explicaciones de mi abuela. Una mirada a lo profundo, a la noche esquiva y quebradiza de mi mente.

***

Recordé las  palabras de mi abuela luego de soñar con la extraña mujer que llevaba un atrapa sueños enredado en el cabello canoso. Durante los días siguientes al sueño, su rostro bello y envejecido volvía a mi mente en los momentos más imprevisibles. Era como recordar una historia a medias, en la que faltaban palabras para hacerla realmente comprensible. ¿Y el símbolo? me pregunté más de una vez. Sabía que los Atrapa Sueños formaban parte de las tradiciones de las tribus indígenas norteamericanas, pero nunca me había sentido especialmente interesada en el tema. Un amuleto ancestral que metaforizaba la feminidad y el misterio del mundo de los sueños. Cuando investigué un poco, descubrí que los atrapasueños eran originarios de la tribu Ojibwa, famosa por sus rituales lunares y solares. Se trataba de un símbolos de poder, de pequeñas redes de energía tejidas por la mujer más vieja de la tribu para proteger el sueño de las mujeres y niños de la tribu. Se llevaban a cabo en un largo ritual en donde participaban todos los miembros del clan. Algunos tejian los intricados diseños de los circulos concéntricos que creaban el amuleto, otros escogian las plumas que colgarian de los hilos. Finalmente, todo el clan se sentaba alrededor del fuego de la Luna Llena a mirar como la anciana sabia cosia y unía los circulos, piedras y plumas hasta crear el Atrapa Sueños, el viejo símbolo de protección y energía que durante largos siglos había sido parte de sus tradiciones. ¿Por qué había soñado con una cosa semejante?

- Los Atrapa sueños forman parte de una riquísima tradición más allá de su popularidad comercial - me explicó mi tia E. cuando le comenté sobre el sueño - son amuletos creados a partir de la idea que un sueño forma parte de una larga línea de sucesos e ideas que se entrecruzan entre sí para formar un mensaje. Que la energía de lo que te rodea moldea lentamente un lenguaje que sólo tu podrás entender y por tanto, utilizar de manera provechosa.

- O sea, una idea de mi subconciente.

Tia E. soltó una de sus carcajadas discretas, un poco secas. Me sirvió un poco más de su té de Azahar, aunque yo no se lo había pedido. El olor de la bebida nos rodeó, nos envolvió. De nuevo, recordé la cara amable y bella de la mujer anciana de mi sueño, el roce de su cabello en mi mejilla. "Te deseo paz".

- Sé que Celia tenía esa visión tan cientifica de los sueños, pero no todo es tan sencillo. Nadie ha podido explicar a través de la teoria del subconciente, los sueños que comparten dos personas a la distancia, los premonitorios y tampoco, los sueños que simplemente parecen hablarte de algo que poco o nada tiene que ver con el mundo que te rodea.

- Como este - me entusiasmé. La niña en mi interior parpadeó. ¿Entonces...? - ¿Quieres decir que es algún tipo de mensaje misterioso?

- Oh bueno, eso es ir muy lejos - tia rió de nuevo - pero si creo, es una idea muy concreta. Deberías estar atenta a los simbolos y señales a tu alrededor.

Como plumas al viento, el olor del viento. Canto y canto. La pluma que habla el idioma de los sueños.

Desperté parpadeando. El corazón latiendome muy rápido. Tomé una hoja de papel y dibujé la imagen que había visto en el sueño. Un atrapaSueños, esta vez muy claro, flotando entre los rayos radiantes del sol. Sólo que ahora me parecía vagamente familiar. ¿Donde lo había visto? ¿Por qué debía tenerlo?

El sueño llegó en un momento de mi vida en que estuve a punto de ignorarlo por completo. Durante semanas, la situación de mi país me había hecho sentir profundamente desalentada, desconcertada, abrumada. La diatriba política, la violencia callejera, la desesperanza general, me habían sumido en una especie de desaliento intimo que me llevaba esfuerzos superar. Cada día, el peso de los problemas cotidianos me parecía cada vez más duro de sobrellevar, como si no pudiera enfrentarme a ellos en realidad. Me sumí en cierta apatia, en una tristeza tan profunda como insoslayable. Como si hubiese perdido una parte insustiuible de mi misma.

Entonces, había comenzado a soñar, me dije. Dibujé la pluma flotando en el sol. Los hilos de plata enredados en los circulos concéntricos. Un AtrapaSueños. Miré mi torpe boceto con cierto sobresalto. ¿Que se suponía debía hacer? ¿Ir a una tienda y comprar uno? ¿Colgarlo en mi ventana? ¿Mirarlo hasta recibir una epifanía? Me sentí ridicula, confusa e incluso irritada. Realmente no tenía por qué importarme algo así, en realidad...

- No lo compres. Según las antiguas tradiciones indigenas, de necesitarlo, el AtrapaSueños llegará a tu vida - me dijo mi tia E. cuando le conté el segundo sueño. Solté un respingo impaciente.
- Eso no suena muy...
- ¿Muy qué?
- ¿Lógico?
- Querida, eres bruja - soltó una carcajada - te educamos para ir más allá de la lógica y seguir haciéndote preguntas. Espero que no hayamos perdido el tiempo.

Reí en voz alta.

- Me educaron para creer.
- Y para confiar. Ya veremos que ocurre.


El día en que fui a recibir a tia L. al aeropuerto lloré durante toda la mañana. Había sido un día especialmente dificil: recibí la noticia que otro amigo querido abandonaría el país y que una empresa que durante mucho tiempo admiré y que fue mi primer lugar de trabajo, abandonaba mi país debido a la dificil crisis económica. Suspiré, muy cansada, mirando la multitud de viajeros que llenaban el andén de desembarco. Sentí la tristeza más fuerte que nunca, más sofocante que antes. Tuve la impresión que la Tierra donde había nacido se estaba transformando en un lugar desconocido, inhóspito y duro que no reconocí como propio. Que quizás no quería aceptar.

- ¿Qué te ocurre? - dijo mi tia L. soltando una bocanada de humo. Abrí la ventanilla del automovil, tosiendo.
- Odio que fumes aquí.
- Que lamentable.

Tenía casi cinco años sin ver a la tia, que había emigrado a un país vecino debido a la crítica situación que atravesaba Venezuela. Había envejecido un poco: tenía el cabello rojo lleno de mechones plateados y la piel curtida por el sol. Pero seguí pareciéndome bella, con su arrogancia habitual, su sonrisa maliciosa, sus grandes ojos verdes chispeantes. Tia L. en realidad no era mi tia sino la amiga más querida de mi madre. Aún así, era probablemente una de las mujeres que más amaba y respetaba en mi vida. Adoraba su fuerza, su poder creativo, su inteligencia.

- ¿Me vas a decir que te pasa?
- Me pasa todo, tia - murmuré - el país, mi vida, la tristeza. No sé que ocurre. A veces siento que no puedo más.

No respondió. Siguió silenciosa, mientras atravesábamos la autopista. Recordé el día en que la había despedido en el aeropuerto y que habíamos hecho el mismo recorrido. Yo había llorado todo el rato y ella me había consolado, con un abrazo tierno que nunca olvidé. Pensé entonces que tia L. era mi madre, de una manera como jamás lo había sido mi madre biológica.

- Lo sé. Pero eres fuerte.
- No tanto.
- Claro que sí, es que no lo recuerdas.
- O nunca lo fui.

Soltó un respingo irritado. Arrojó el cabo del cigarrillo por la ventana. El chispazo rojo del cigarrillo pareció flotar un momento en el aire.

- Deja de quejarte y mírate con claridad. Es la única manera de encontrar sentido al caos. En estos casos no te puedo desear tranquilidad ni tampoco consuelo. Sólo te deseo un poco de valor para continuar.

Parpadeé. Apreté las manos sobre el volante. Intenté no llorar. Tia suspiró y no dijo nada el resto del trayecto.

Compartimos juntas la cena en mi pequeño apartamento. La tia preparó algunos vegetales al vapor, arroz y carne cocida e insistió que lo comiéramos sentadas en el suelo, al estilo oriental. La complací, feliz de tenerla allí, de disfrutar sus carcajadas profanas, de escuchar esa manera suya rápida y suculenta de contar su vida. Me explicó que le iba muy bien en la nueva ciudad, que sus diminutas esculturas ya eran reconocidas y que había encontrado un cierto tipo de alivio que no pensó en sentir de nuevo luego de los largos años de dolor y frustración en nuestro país.

- Pero ya vez, me recuperé - dijo con un suspiro - A veces sólo necesitas desear un poco de paz.

Me atraganté con el trozo de carne que comía. Me miró extrañada.

- ¿Estas bien?
- Sí, sí - me disculpé - solo que tuve un sueño donde alguien decía algo parecido.
- Ah, tu y tus sueños. Me acordé de ti ahora que viajé a Wisconsin - me dijo. Se levantó, se acercó a su enorme maleta de viaje y la abrió. La revolvió con manos firmes. Sacó un pequeño paquete envuelto en tela - visité una reservación de la tribu Ojibwa y compré algo para ti.

Abrí mucho los ojos. El corazón comenzó a latirme tan rápido que apenas podía respirar. Cuando me puso el paquete sobre las rodillas, tuve deseos de llorar de confusión y sobresalto. No lo hice. Tia me dedicó una mirada socarrona.

- Abrelo, te va a gustar. Es una reliquia de la tribu. Protegen a las mujeres sabias.

Levanté el espléndido AtrapaSueños con manos temblorosas. Nunca había visto uno más bello, con sus circulos concéntricos tejidos en hilos de plata, sus plumas azules tornasoladas flotando en las puntas y pequeños trozos de cuarzo incrustados entre las borlas de lana. No se parecía en absoluto al de mi sueño, pero de cierta forma, era el mismo. Tenía el mismo poder, el mismo significado, la misma extraordinaria ternura secreta que hasta entonces yo no había entendido bien. Miré a tia con los labios apretados, de nuevo al borde de las lágrimas, sin saber que decir o que hacer.

- La mujer que me lo vendió, una preciosa indígena muy anciana, me dijo que todos necesitamos de vez en cuando Paz, un espacio sagrado para mitigar los dolores y consolar las tristezas - me contó tia - cuando me lo mostró, recordé que de niña estabas muy obsesionada con los sueños y su significado, así que creí te gustaría.

Me levanté, con las rodillas temblándome de emoción. Me acerqué a la enorme ventana espejada de mi departamento. Levanté el Atrapasueños. Pareció impregnarse del olor de la ciudad, suspirar lentamente, en un breve temblor de plumas y un tintineo secreto. Lo colgué justo en el lugar donde Caracas puede contemplarse mejor, donde la silueta del lugar donde crecí y que tanto amo, a pesar de todo, se destaca mejor. El Atrapasueños vibro, flotó en el aire. Como si hubiese encontrado su lugar.

- Oye ¿Te gustó? - me sorprendió encontrar a mi tia de pie junto a mi. La miré, sonriendo entre lágrimas. Cuando la abracé, soltó una de sus carcajadas profundas.
- Gracias, lo necesitaba.
- No seas tonta, uno no necesita lo que no ha visto.

¿Y lo que ha soñado? me pregunté en silencio. El aire del verano eterno de Caracas me acarició las mejillas, me rodeó con profundo amor.

La pluma vuela alto, tan alto. Hacia el sol que vibra. Hacia el tiempo que reconoce. La pluma se alza sobre el miedo. La pluma es capaz de volar.

Desperté. Recordé que el AtrapaSueños me protegía. Volví a dormir.

C'est la vie.

1 comentarios:

VILENA FIGUEIRA dijo...

Maravilloso. ....

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