jueves, 18 de diciembre de 2014

De las pequeñas grietas de la memoria. Una historia en el reflejo del espejo.



La primera vez que le escribí a Marcelo, estaba tan entusiasmada que no le dije que era una mujer. Una adolescente pálida y desgreñada de dieciséis años, en realidad. Le hablé sobre mi ciudad, sobre mi afición por la fotografía, lo difícil que había resultado mi primer año de la Universidad. Pero nunca mencioné mi sexo, lo cual a la distancia, resulta cuando menos enternecedor. Recuerdo que sólo lo noté cuando volví a leer el borrador de la carta, luego de haberla enviado y la distracción me hizo reír.

Desde niña, me gustaba escribir cartas a mano. Al principio, las enviaba a mis familiares en otras latitudes. Después a profesores, articulistas y escritores que admiraba. Pasaba semanas enteras buscando una dirección postal real donde pudiera enviar un recuerdo postal personal. Me parecía bonito, casi romántico. Y escribía con una devoción pontificia: me sentaba por horas a redactar, borrando, tachando y reescribiendo. Una y otra vez. Nunca acepté el recurso fácil de redactar una carta en la pantalla de la portatil, aunque mucha gente me lo sugirió con frecuencia. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Que profundidad y belleza tenía escribir una carta sin que tuviera el peso de mi mano, el roce de mis pensamientos, las formas de mis letras? Mucho tiempo después y cuando el correo electrónico envío al olvido el correo postal, seguí pensando lo mismo. Lo sigo pensando ahora.

La dirección de Marcelo la encontré en una revista especializada en el hábito postal. Cientos de entusiastas de la epigrafía añadían sus datos, con la esperanza de recibir carta de algún corresponsal lejano. Había de todos los países, edades e intenciones. Gente que deseaba desesperadamente vivir la experiencia antigua y magnifica de recibir una carta, otra que deseaba comprobar “aquello servía de verdad” y otros, simples entusiastas como yo de la palabra escrita. Todos redactaban anuncios muy elaborados, cargados de información. Hablaban de empleos, pasatiempos, diversión, con la intención supongo de encontrar alguien con quien identificarse. Pero Marcelo era distinto: en su pequeño anuncio decía que deseaba “conversar sobre el mundo porque no lo conocía demasiado”. Sólo eso. Y añadía además, que vivía en Cuba. Nada más.

Vaya, Cuba. Lo poco que sabía de la isla me daba escalofríos. Era un lugar Comunista — lo que sea que significara esa palabra y de hecho, con dieciséis años tenía ideas bastante peregrinas al respecto — y además, condenado al aislamiento planetario. Asi de rimbombante como suena. Había leído sobre Fidel Castro, el Ché Guevara, la Revolución de pueblo. Una historia que podía ser hermosa o aterrorizante dependiendo de quien la contara, pero que por algún lado, siempre me dejaba un sabor amargo en la boca. Porque en lo que a mi concernía, Cuba era un lugar que mantenía en la pobreza y la angustia a sus habitantes, que además eran seguidores de un régimen violento y represor. Una pesadilla de la guerra fría o así la llamó mi tío Luis cuando le comenté de Marcelo.

— Ni se te ocurra escribirle a un Cubano. Solo querrán espiarte. O convencerte de su revolución.

Pensé que quizás mi tío tenía razón. En una ocasión, me había comentado que uno de sus amigos había viajado a Cuba siendo muy joven y la experiencia había sido inquietante: las calles bajo régimen militar, la ciudad abatida y silenciosa. El miedo en todas partes. Me imaginé a Marcelo, a quien no conocía y no tenía idea de que edad podía tener incluso, como un chico de mi edad, viviendo en un lugar semejante. Y entonces supe que debía escribirle, que debía contarle cosas del mundo, como me había pedido. Que debía explicarle como era las cosas fueran de ese terror y ese desconsuelo. Esa misma noche me dediqué a hacerlo.

Le conté de Caracas, que era una ciudad moderna, aburrida y un poco claustrofóbica. Del Ávila, con su silueta verde interminable alzándose en vertical en los días más brillantes. Le hablé de los altos edificios, del Casco histórico, del tráfico insoportable. Le describí mi universidad pequeña y tediosa, las autopistas descuidadas, los árboles que parecían brotar como por ensalmo de todas partes. Le describí lo más vividamente que la vida del país o al menos, como yo la percibía. Le expliqué de los cielos azules, interminables e inolvidables. Del sol muy fuerte de agosto y del blandito de los eneros templados. Le escribí todo lo que recordaba de Venezuela que creí podría serle de interés. Y me firme “A”, de manera muy pomposa y dramática. “A” Berlutti, la chica Venezolana que se arriesgaba a conversar con el chico comunista. Envié la carta y me preparé para aguardar la respuesta.

Sí, tengo una imaginación salvaje, lo he dicho antes. Y la carta a Marcelo la conquistó toda. Imaginé su asombro al leer las maravillas que le contaba. Le vi muy claro, leyendo para toda su familia, los grandes prodigios que yo le describía. Imaginaba a Cuba como un lugar destartalado y abandonado, una isla en mitad de un mar desértico e inhóspito. Me pregunté que pensaría. Si me lo agradecería y sentiría el impulso de responderme para darme las gracias. Pero ¿Y si me odiaba? ¿Si detestaba vivir en un lugar semejante, tan diferente al que le narraba? ¿Me contaría sobre las calles pequeñas y deprimentes, sobre el rostro de los policías vigilantes? ¿Podría hacerlo en todo caso? Imaginé a Cuba como un lugar oscuro y tétrico, rodeado de un mar arenoso y gris. Una cárcel silenciosa flotando en mitad de la nada.

El pensamiento me entristeció. ¿Quién querría contar algo tan terrible? ¿Y si simplemente no contestaba? Eso solía pasar con mucha frecuencia, me dije entristecida. ¡Que petulante podía ser! seguramente aquel muchacho cubano leería mi carta insustancial y la rompería. Yo lo haría en su caso. Pensaría en la muchacha malcriada que la escribió. Pero sin embargo…mi carta estaba cargada de buena voluntad. ¿Por qué no responderme? Seguí esperando.

A los tres meses, llegó la primera carta de Marcelo.

No era como el resto de las cartas que había recibido antes. No venía en un bello sobre blanco lleno de sellos exóticos, era un sobre amarillo, muy usado y que seguramente había sido enviado a muchas partes. Había sido recortado, vuelto a pegar y recompuesto en varias ocasiones. Reconocí los dobleces y pequeñas cicatrices del papel muy usado. Eso me pareció bello, como si el sobre tuviera mucho que contar. No contenía postales y fotografías, que siempre solían enviar los corresponsales entusiastas que querían impresionar al posible interlocutor postal .Pero si había una carta, una escrita en papel muy finito de rayas. Estaba escrita a Lápiz y algunas de las líneas, parecían difuminarse entre las otras. Sonreí. Me había sucedido eso también de vez en cuando. La leí impaciente, sin saber que esperar.

“Querido A.

¡Gracias por escribir! Caracas siempre me ha parecido un lugar muy lejano, pero gracias a tus palabras, ahora me parece cercano y real. Me alegra que tengamos la misma edad, inquietudes parecidas y que los dos hallamos empezado en la Universidad. Yo acabo de empezar recién el primer año de biología en la UH (Universidad de la Habana)
De Cuba, no sé que tanto conoces. Es una isla pequeña, de buen clima y con un mar precioso y dorado con olor a Caribe. Vivo en la Habana con mis padres y mis dos hermanas. Mi padre es médico, mi madre es maestra de escuela. Mi hermana mayor es enfermera y ayuda en el mismo Hospital donde trabaja mi padre. Mi hermana pequeña aún está en la primería y quiere ser bailarina.
Cuando les comenté intentaría intercambiar cartas con alguien, no me comprendieron. Les pareció anacrónico y una perdida de tiempo. Pero yo creo que es hermoso esto, una conversación que no sabes como continuará pero que te emociona sostener. Me alegra muchísimo que lo hayas hecho y espero recibir muchas más cartas tuyas. Siempre que pueda te contestaré.

De Cuba con Amor, Marcelo.

Leí la carta un par de veces, asombrada por su…normalidad. Nada en ella hacía suponer que provenía de un lugar violento y oprimido. De hecho, todo lo que comentaba Marcelo, tenía un aire rutinario y cotidiano que me desconcertó. La carta era muy corta eso sí — suele suceder con la primer acercamiento entre dos corresponsables — pero también muy afectuosa y sincera. O al menos a mi me lo había parecido. Era la carta de un muchacho que probablemente había sonreído al escribirla, quizás en su habitación calurosa, mientras su hermana alborotaba afuera y sus padres conversaban en el comedor. Me gustó esa imagen. No coincidía con lo que había imaginado o al menos supuesto, sobre Cuba. Me pregunté si lo que sabía el país era suficiente, real o al menos era revelante para mantener una conversación con Marcelo. Supuse que no.

Le respondí la misma noche. Entusiasmada, le comenté sobre como avanzaba ese complicado primer año Universitario y le pregunté que tal era el suyo: ¿Como es tu Universidad? ¿Que tal el Campus? ¿Las clases? ¿Por qué biologia? Envié la carta con una confusa sensación de curiosidad y asombro. Era quizás la primera vez que intercambiaba cartas con alguien de mi edad, un chico anónimo de un pais del que no sabía nada en absoluto. O lo que sabía, era lo bastante confuso para hacerme preguntas. Pero no las hice de inmediato. Ya habría oportunidad, pensé. Ya podría saber como era la Cuba real, quizás por el método simple de leer a Marcelo.

Mientras esperaba la carta, investigué un poco más sobre Fidel Castro, la Revolución Cubana, la vida en la isla. Seguí sin sacar nada en claro. La mayoría de los libros que leí denigraban la situación en la isla. Otros celebraban los logros de sus gobernantes. Pero lo que yo deseaba saber era sobre su gente, sobre las familias, la manera en que la vida transcurría, bajo la bota militar, en esa instantánea de otra época que parecía ser la isla. Ningún libro me lo supo responder.

— No sigas buscando, ningún libro te hablará en realidad que ocurre en Cuba — me dijo uno de mis profesores universitarios, que sentía devoción por la historia latinoamericana y se ofreció gustoso a ilustrarme sobre mi nueva obsesión cuando le pregunté al respecto — la verdad, lo que ha hecho Fidel Castro es otra de las tantas experiencias históricas sobre ideologías confusas que la hacerse realidad, resultan no son tan magnificas ni tampoco tan profundas como la teoría sugiere. Cuba es un gran experimento.
— ¿Un experimento de qué?
— La lucha social es parte de la historia latinoamericana. Fuimos un continente esclavo mucho tiempo y al momento de liberarnos de la opresión Europea, el hábito de obedecer se hizo muy fuerte, inevitable. De manera que ocurrió lo que suele ocurrir en situaciones parecidas: un nuevo lider tomó el poder y siguió oprimiendo de la misma manera que aprendió de su historia reciente. Una y otra vez, America sufrió el mismo proceso, con mejores o peores resultados. La revuelta social es la consecuencia inmediata, inevitable. Ocurrió por necesidad, por evidencia histórica y finalmente, por el flujo natural de las cosas.
- Pero Cuba es un lugar horrible. Una país cárcel — le reproché, porque me pareció entender en sus palabras cierta justificación hacia lo que se vivía en la Isla. El profesor sonrío y sacudió la cabeza.
— Antes que cárcel, es victima de su proceso social e histórico. Una y otra vez el pueblo cubano sufrió dictaduras, opresión y violencia. Fidel Castro se convirtió en el Lider de los oprimidos, de los pobres tradicionales. La Revolución sacudió a un país pequeño, en plena formación. El gobierno castrista es una grieta histórica. Y su larga permanencia, un reflejo del país que lo sostiene aún en el poder.

Una idea inquietante, me dije. Una idea dolorosa. Imaginé a Marcelo, joven y guapo, luchando contra esa historia reciente tan dolorosa y pesada, tan agotadora e irrebatible. Pero insistía en idealizar la idea por supuesto, en mirarla con un toque de romanticismo casi trágico, que claro está, no sobrevivió a la siguiente carta de Marcelo.

Querido A,

¿Por qué Biología? Es es una buena pregunta que realmente no tiene respuesta. En realidad podría haber sido ciencias contables o incluso educación. No hay mucha diferencia en mi país: todos trabajamos por todos. Pero soy bueno con las ciencias exactas, mi padre y mi hermana son científicos y supongo que tomé la decisión porque nunca consideré otra opción. Tal vez después me haga médico. O vaya a un laboratorio. Es casi lo mismo y no es tan malo que lo sea.

Mi Universidad es una de las más viejas del continente, no sé si lo sabes. Es un edificio muy hermoso y amplio, de aspecto Romano. Los salones son antiguos y supongo que conservan algo del aire a claustro: su primer nombre fue Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana. Tiene un bello parque que por ahí llaman “parque de los cabezones”, aunque su nombre real es Jardín de la Fama, con bellas esculturas esculpidas Philippe Garbeille. En general, supongo se parece a cualquier otra Universidad del mundo: con pasillos amplios, un aula magna que data desde la fundación, una biblioteca de considerable tamaño. Como todo en mi país, tiene un aire venerable. La Revolución la amplio y la remodeló y actualmente, es un edificio del cual todos sus estudiantes nos sentimos orgullosos”.

Me sorprendió la mención al Gobierno. Me sorprendió la naturalidad, de hecho, que mostrará angustia o miedo al hacerlo. Una idea entre muchas ideas. Cuando se lo comenté a mi profesor, sonrío.

— Creéme lo que te digo, los Cubanos están orgullosos de su país. Y los que no, están simplemente convencidos que es suyo y deben enorgullecerse de él, aunque les lleve esfuerzo hacerlo. Es un habito, una noción del lugar donde naciste que la ideología convirtió en identidad cultural.

Me pregunté si debía preguntarle a Marcelo directamente sobre el tema. Si debía abordar el asunto y explicarle que estaba muy intrigada con el tema político de su país. De interrogarle sobre el temor, sobre las restricciones. Sobre la ideología que parecía salpicarlo todo. Pero me pareció injusto. O mejor dicho, no le encontré mucho sentido. Marcelo me hablaba de su vida, y en su visión, la política tenía poco espacio. O al menos eso deduje muy pronto: las siguientes cartas que recibí, cada vez más largas y llenas de detalles, me hablaban de su vida desde una perspectiva muy abierta y luminosa, casi inocente. Nos convertimos en algo muy parecido a amigos cercanos: durante meses reímos sobre su reacción cuando finalmente supo que era una chica. “¡Que A. es una chica! le grité a mi padre, que dejó caer el habano y se echó a reir a carcajadas. Que cosa más grande te ha pasado mijo querido, que una mujer te ha sabido bailá muy bien, me contestó”. Me habló sobre su viaje por el país el año anterior en compañía de su padre y como había redescubierto la Isla desde su historia cotidiana. De los paisajes extraordinarios, de la dulzura de su gente. Nunca habló sobre el miedo, tampoco de la represión. Y de hecho, su descripción sobre Cuba era tan idílica que comencé a preguntarme si era real. Fue una idea que me sobresaltó, en la que comencé a reflexionar leyendo sus minuciosas descripciones sobre su casa, la belleza del malecón, los viejos y queridos edificios de la Habana ¿Me mentía Marcelo? ¿por qué habría de hacerlo? ¿Por qué no hacerlo, en todo caso? La mera incertidumbre me hirió, me lastimó tanto que sentí algo irrevocable se había fracturado. Comencé a analizar sus cartas con cuidado. Nunca me hablaba de como era la vida para sus padres realmente, que tan duro era su trabajo. O como influía en su vida la Revolución. ¿Como podía ignorarlo? ¿Por qué lo ocultaba con tanta habilidad? Jamás me había enviado una fotografía, una postal, incluso algo más que sus modestas y puntuales cartas en papel amarillo. Me molestó la idea, me inquietó tanto, que aunque continué respondiendole por algunos meses más, finalmente dejé de hacerlo. Lo hice con esa noción elemental y quizás dolorosa, que o no podía contarme realmente como era su vida o no quería hacerlo. Cualquiera de las dos opciones, me pareció irriante. Me enfureció y finalmente me hizo tomar la decisión de escribirle otra vez.

Por entonces, comenzaba a escucharse mucho sobre Cuba en Venezuela, a raíz de la candidadura de Hugo Chavez frías, y esa noción de comprender a la isla más allá de los libros y de las cartas de Marcelo, me asombró. Escuché de nuevo las críticas acérrimas y el exaltado idealismo con que se describía a Cuba. Otra vez, eran imagenes de lo extremo, de lo caricaturizado. Porque lo que me había contado Marcelo, era algo mucho más intimo, un país que sobrevivía a pesar de todo, que era espléndido y cálido, pero sobre todo muy querido, no obstante de su dificil situación. No obstante, la imagen de Marcelo me parecía tan irreal como la de los autores fanatizados o los políticos leguleyos. Era un fragmento de algo mucho más grande. Una idea inexacta y confusa que no sabía como analizar.

Marcelo me escribió dos veces más después que dejé de responderle. La última vez que lo hizo, parecía haber comprendido que mi silencio no era casual ni debido a una carta perdida. Y me dolió muchísimo entender que desde mucho antes, Marcelo era consciente de las razones por las que yo dejaría de contestarle.

Querida A,

Lamento no poder explicarte las muchas razones por las que mis cartas se convirtieron en descripciones del paisaje y la ciudad. Si tuviera que darte una, te diría que se puede resumir en el anuncio de la revista: “Queria ver el mundo”. Pero una vez que lo vi, también quise contarte el mio, no el de todos los días, no el evidente, sino todo lo bello que sueño en este país que me vio nacer y que aún no comprendo mucho. ¿No fue suficiente? supongo que no. Aún sí, era todo lo que podía decirte por ahora.

Te dejo la puerta abierta, para que se deslice alguna carta fugitiva.

Marcelo,

Con amor, desde Cuba.

No le contesté. Me hizo llorar sus palabras. Lo detesté por haberme engañado — ¿Realmente se trataba de un engaño? — y quise escribirle, reclamarle su necedad y también su torpeza. Pero no lo hice. En lugar de eso guardé su última carta junto con las anteriores y me prometí solo contestarle cuando le comprendiera. O quizás no contestarle nunca por no comprenderle. Cual fuera el caso, no tenía mucho que responderle y realmente no deseaba hacerlo.

Transcurrió casi una década para que comprendiera a Marcelo. Una década entera donde comencé a mirar a mi país, ese que alguna vez yo había descrito como aburrido, luminoso y radiante, con ojos críticos. Un país que pareció transformarse en otra cosa. Un país que lloré y me hirió como nada nunca lo había hecho antes. Recordé a Marcelo todas las veces que tuve miedo de Venezuela y miré a otra parte. Recordé a Marcelo todas las veces en que suspiré, abrumada y entristecida, por no comprender al suelo donde nací. Recordé a Marcelo en las lágrimas, en la sensación de perder un fragmento de mi nombre y mi identidad a cada espacio del Venezuela que dejé de amar. Comprendí a Marcelo en la distancia. Comprendí a Marcelo en la simplicidad. Y también en la inevitable perplejidad.



Miro el maso de cartas, polvorientas y quebradizas sobre el escritorio. Las contemplo como un mensaje llegado de diez años atrás. Con cuidado, tomo una carta que sé que nunca enviaré. Una carta que no sé que dirá pero que sé a quien va dirigida. Los ojos se me llenan de lágrimas cuando comienzo a escribir.

Querido Marcelo,

Ahora te puedo comprender…



Un silencio pequeño y amargo. La ciudad parpadeando más allá de mi ventana. Inclino la cabeza. Tomo una bocanada de aire. Vuelvo a comenzar a escribir.

C’est la vie.

1 comentarios:

luis nakura dijo...

Tu post me trajo a la mente una historia muy parecida que vivi con una chica Cubana a traves de mensajes alegres, espontaneos e inteligentes. Yo mientras trataba de arrancarle una queja de su pais, de sus gobernantes, ella capeaba mi intencion con esa picardia de cubanita hablandome de su gente de las tardes soleadas tomando el " fresco" fuera de los solares y el carinho q me esperaba ahi si algun dia me animaba visitar su Habana querida como decia ella..ha pasado tanto tiempo ya!...pero hace un par de dia que lei que hay la esperanza de que Cuba y America restablescan relaciones, me alegre mucho y ese dia imagine sonriendo feliz a mi amiga..

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