lunes, 5 de agosto de 2013

Soltera, viviendo sola y con dos gatos ¿Que hay de malo en eso?


Susan Sontag, la mujer independiente por excelencia.


Vivo sola desde que tengo veintiún años de edad. Teniendo treinta y tantos actualmente, podría decir que he sido independiente la mayor parte de mi vida. En un país como el mio, donde adquirir una vivienda es bastante complicado y además, alquilar es toda una aventura burocrática, agradezco mi particular situación. Vivir sola es una experiencia que me ha hecho crecer, responsabilizarme por mi estilo de vida y mi manera de construir mis propias opiniones sobre el mundo. Además, me permitió transitar con tranquilidad ese necesario proceso de la joven a la adulta con mayor facilidad.  Tal vez se deba a que vivir sola te hace más consciente del poder de tu voluntad,  en ocasiones siento que no sería la misma ni hubiese tomado las mismas decisiones de no haber tenido la oportunidad de enfrentarme sola a mis propias disyuntivas y confusiones.

De manera que los primeros años de la tercera década de mi vida, me encuentran con bases firmes para construir el futuro según lo sueño y aspiro. También me encuentra aún viviendo sola, en feliz soltería y además, tengo dos gatos a los que quiero mucho. Disfrutando, quizás, de esa edad de oro que pocas veces tenemos oportunidad de apreciar. Por ese motivo quizás me sorprendió leer el Timeline de la red de microbloggin Twitter lo siguiente: "Solterona, vive sola y con dos perros... Coincidencia o los q tienen problemas con las relaciones se convierten en #PetLovers?. Me hizo sonreír con cierta amargura el prejuicio, esa idea muy extendida que la soltería - la decisión de estar soltera en todo caso - y además, la independencia siempre sea asumida con cierta desconfianza por una cultura que propugna y asume que la mujer tiene un lugar y un deber social. Lo más preocupante del tema, es que esa interpretación errónea de la decisión racional de una mujer de no cumplir expectativas culturales, parece preocupar - cuando no inquietar - a otra visión de la sociedad que insiste en comprender a la mujer - su circunstancia - como un estereotipo, y lo que es peor aún: bajo una sola dimensión: La Tradicional.

Sí, vivo sola, soy soltera y tengo dos gatos. Y también soy lo bastante cuerda para lidiar con las dificultades que supone ser ciudadana en un país como Venezuela y mantenerme espiritualmente cuerda. Soy soltera por decisión y por elección: he tenido largas y apasionadas relaciones, otras muy cortas y olvidables. O las permutaciones entre ambas cosas. Y no considero un problema emocional encontrarme ahora mismo sola. Tengo un terrible humor mañanero, soy adicta al café, mis prioridades son las palabras y las imágenes. Espero parir libros y sueños. Esa es mi visión del mundo y no creo que esté equivocada por no coincidir con la mayoritaria, por no aceptar que debo desempeñar un papel que la sociedad escogió para mi incluso antes que naciera. Esa soy la mujer que he construido a base de esfuerzos, de creer y confiar en mis capacidades, en mi perspectiva del mundo.

¿Cual es lo erróneo en esa visión de lo cotidiano?

Una pregunta interesante que me hago con frecuencia.

La loca de los gatos:

No es la primera vez que me preocupa el tema. Venezuela es un país machista - aunque lo niegue - y esa visión tradicional de la mujer suele ser una piedra con la que te tropiezas varias veces. Comentarios como "¿ya llamaste a la Iglesia para saber cuando puedes ir a vestir santos?" en tono malicioso o la insistente pregunta: "¿Es normal que no tengas pareja ya?" son síntomas que la cultura Venezolana mira de reojo a la mujer - y al hombre también - que decide tomar la senda menos transitada en lo que a construir su vida se refiere. Y en ocasiones, esa opinión tiene la deliberada intención de censura, de dejar bien claro que se perdona el "desliz" de asumir la soltería como opción y la independencia como estilo de vida, pero que no te lo van a perdonar ni fácil ni rápidamente. Porque la sociedad está esperando asumas tu responsabilidad como parte de ella y que tomes la decisión que hará más sencillo deglutirte, asimilarte, homogenizarte. Un pensamiento inquietante, sin duda.

Porque ¿Que ocurre con el que se sale de esa sutil idea de la normalidad que se insiste en todas partes? ¿Estamos condenados a ser el que "tiene problemas" por no coincidir con la opinión mayoritaria? ¿Hasta donde es justo que el estereotipo y la generalización sea una manera de definir a quienes simplemente asumen el mundo de manera distinta?

Mi amigo N. es de los que piensa de esa manera. Lo más intrigante es que N. nunca se definiría como tradicional: Es un viajero impenitente que siempre ha insistido que el mundo es una gran visión de las ideas. Siendo ingeniero en telecomunicaciones, ha logrado convertir esa pasión nómada en parte de su trabajo y pasa seis o siete meses al año fuera del país. Es una vida complicada, por supuesto: pero N. la disfruta. O la disfrutaba: rozando los treinta y pocos años, ha comenzado a cuestionarse que tan válido es su manera de ver el mundo. Algo muy lógico, sino fuera porque su preocupación radica en que necesita "normalizar" su vida y "asentar cabeza".

- ¿Por qué? - le pregunté cuando me comentó, un poco alarmada. Él se encogió de hombros: su imagen en la pequeña ventanita del Skype pareció ondular, detenerse por un momento.
- Creo que ya me cuesta un poco seguir el ritmo - me explicó. Seguí sin entender.
- ¿Te cansa viajar?
- ¡No! - y sonrió. Nos quedamos en silencio. A través de la ventana abierta de la habitación donde se encontraba, podía ver las luces de la ciudad donde se encontraba, el desorden habitual que siempre parecía rodearle - la verdad podría hacerlo para siempre. Pero ya sabes...
- Pero quieres asentar cabeza - comenté. Se encogió de hombros.
- No lo sé, a veces creo que tomé la ruta complicada. La novia que no entiende, la madre que te reclama.

Lo comprendía. Mi madre solía recordarme una vez por mes que aún no me había casado - ni estaba en mis planes hacerlo - y mi última pareja me había acusado de "irresponsable" cuando me negué a hacer más formal nuestra relación. Decisiones que tenían consecuencias concretas y que muchas veces me habían hecho preguntarme si estaba mirando mi vida desde una perspectiva muy simple. ¿Era necesario comenzara a considerar la posibilidad de "volver al redil"? ¿Realmente era indispensable aceptar la idea de una normalidad forzada en beneficio de una visión cultural más compleja?

- ¿No sientes a veces que estás equivocada? - me preguntó N. como si me hubiese leído la mente, como si tal vez estuviera recorriendo el mismo camino mental que yo en aquel momento. Lo pensé un momento antes de responder.
- Siempre lo pienso - admití - pero es un error aún más lamentable cambiar de opinión sobre como estoy llevando mi vida por ese temor. Obviamente no creo que sea infalible en mis decisiones pero al menos, estoy consciente que es lo mejor que puedo hacer con mi manera de ver el mundo.

N. guardó silencio. Pensé en los años en que me escribía largos correos electrónicos contándome sus experiencias, las fotografías intrépidas y coloridas de destinos exóticos. ¿Había perdido la iniciativa? ¿O realmente siempre llegaba el momento en que todos mirábamos atrás para lamentar lo perdido en la normalidad? El pensamiento me preocupaba y peor aún, comenzó a hacerme cuestionar toda una serie de ideas casi dolorosas.

Mi tia L. soltó una carcajada cuando se lo comenté: L. era otra de las contradictorias, de las que quieren caminar por la orilla del mundo y construirlo. Y lo ha hecho: Escultora, soltera e insigne "Señora Loca de los Gatos" ( como ella misma se llama ) está convencida que el matrimonio es un maniqueísmo que debería desaparecer del argot cultural. Una opinión lo bastante revolucionaria - en el buen sentido del término - como para que cuando escuchara mis débiles dudas me zarandeara con su risa.

- La sociedad es un acuerdo entre todos los que piensan de manera similar, pero eso no quiere decir que sea la única opción, aunque la parezca - dijo. Con casi cincuenta años cumplidos, mi tia L. sigue pareciéndome tan bella como cuando la conocí a pesar que el cabello negro comienza a encanecer y al sonreir, su rostro se llena de finísimas arrugas. En realidad L. no es mi pariente: ha sido amiga de mi madre desde antes de mi nacimiento y de alguna manera, eso la hace aún más querida. Una especie de figura femenina al margen de los lazos de sangre y de responsabilidad familiar.

- A veces me preocupa que esté dando vueltas en círculos antes de llegar al punto donde deba asumir la sociedad tome decisiones por mi - dije, en voz baja - que deba casarme por miedo, por soledad. O que lo haga porque es necesario para asumirme parte del mundo.

- No va a suceder - ¿Y quién mejor que ella para decirlo? Con sus ropas de algodón amplias, su sonrisa juvenil y su melena al aire, L. siempre ha sido el epítome de la libertad. De niña, me encanta quedarme en su taller, admirar sus esculturas regordetas y extrañas que representaban el mundo de una manera nueva. Muchas veces la había escuchado conversar con mi madre, discutir ambas sobre "esa locura de estar sola". L. no solía responderle a mi madre, sino esculpir apretando la arcilla casi con sensualidad mientras mi mamá insistía en sus ideas. Y yo podía entender el motivo por el que lo hacia, lo que significaba esa necesidad de vender el caos cotidiano creando. Una forma de esperanza - harás justamente lo que necesites porque ya sabes cuando duele y cuando te hace feliz una decisión de conciencia. Si en el futuro, deseas casarte, estará bien. Pero jamás lo harás por otra razón que no sea asumir que tu mundo depende de tu voluntad.

Una idea fantástica. Todavía me hace sonreír mientras escribo estas lineas, mientras disfruto de esta sensación de escapar a lo cotidiano o mejor, de crear mi versión sobre la normalidad en palabras e imágenes. Y es que el mundo es capaz de concebirse más allá de lo que es usual, de lo que se acepta, de lo que se teme, de lo que se aspira, de lo que se asume. La vida y sus decisiones, son una manera de crear tu propia versión de la realidad, de asumir tu responsabilidad sobre lo que haces y construyes. Aun más: de asumirte como individuo y confiar en tu capacidad para construir lo que deseas sea tu presente e incluso tu futuro.

Una aspiración de fe, como le llamaría un escritor. Yo le llamo, soñar.

C' est la vie.

1 comentarios:

Kennet Koesling Durán dijo...

Me encantas!! :-)

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