lunes, 19 de agosto de 2013

Érase una vez una niña que fotografiaba.












No recuerdo un día en que no haya querido fotografiar. Que no haya soñado con imágenes. Que no haya creído que una imagen puede decir lo que muchas veces no puedo expresar de otra manera. La fotografía ha sido para mi una manera de crear el tiempo, mi propio mundo. La manera más intensa y profunda que encontré de mirar el mundo, de interpretarlo a mi manera, de creer y confiar en mi propia capacidad de soñar.


Comencé a fotografiar siendo una niña de once años. ¡Que timidez esa, de sostener la cámara por primera vez! Recuerdo la primera vez que tomé una fotografía, tan nítido que incluso el olor de la calle reluciente de sol es real ahora mismo, mientras me veo de pie, una niña pálida y delgaducha, intentando captar un instante, hacerlo eterno. Mío. Era una cámara de plástico, una Kodak desechable, de esas que vendían por entonces en cualquier farmacia. Pero nunca olvidaré la sensación de trascendencia, de asistir a un prodigio diminuto, exquisito. De capturar un instante entre todos los instantes y comprender, que viviría para siempre, gracias a la imagen que acaba de captar. Eso me pareció de inestimable valor. Un milagro casi. Y aunque era muy niña para pensar en esos términos, si sabia que nunca podría ver el mundo de la misma manera otra vez. Que de ahora en adelante, estaría muy atenta, mirando a mi alrededor, decidiendo que llevaría al tiempo sin reloj, a los recuerdos que no mueren ni se vuelven amarillos. Porque con once años descubrí que la fotografía me brindaba un poder asombroso, magia de sueños: construir mundos. Conservarlos para siempre. Imaginar más allá de lo simple y evidente. Crear.

En mi casa, la amante de la fotografía era mi abuela - la bruja, la sabia - y mis primeros pasos los di entre álbumes polvorientos, cámaras de metal y olor a químicos. Mi abuela nunca se llamaría así misma fotógrafa, a pesar de su empeño por aprender y su necesidad de comprender el mundo en imágenes, pero si sabía que fotografiar, era el poder de soñar. Nos recuerdo juntas, en esas tardes de la infancia que parecen transcurrir en otro tiempo, en un lugar esencial bañado de un sol eterno, mirando fotografías, conversando en voz baja - casi con respeto - sobre el poder de mirar. Porque se trata de eso ¿Verdad? De mirar más allá del limite, de comprender el color como una sonrisa, de admirar el mundo con sus bordes mellados y sus arrugas. Porque fotografiar es comprender el poder que te permite contemplar cada cosa, cada rostro, cada lugar en una dimensión totalmente nueva. Y es que fotografiar es la conservar la historia para volverla a mirar. Es llevar el corazón a todas partes, es admirar el mundo cada día, es crear y creer que cada imagen tiene valor y sentido. Que lo que el corazón ve, también se puede atesorar. Son mil historias que viven para siempre, son mil sueños que se reflejan así mismo a través de la luz y de las sombras. Porque fotografiar siempre será hablar en un idioma universal, en un lenguaje que todos podemos comprender, que para nadie es ajeno.  ¿Cual es el valor de una sonrisa? ¿Cual es el sueño que guarda un rostro? Otorgamos significado, tenemos la capacidad de encontrar significados y símbolos en el poder de crear.


Nunca pensé en que sería fotógrafa. Aún ahora, cuando ha transcurrido casi dos décadas desde que comencé a fotografiar, no me llamo de esa manera, Nunca tome la decisión consciente de comprende el mundo de las imágenes, de hablar este idioma de mil contrastes. Pero si supe, desde esa primera fotografía, esa torpe imagen de una calle olvidada, de hojas que flotaban al viento y una luz radiante que parecía parte de mis sueños, que la imagen sería mi rostro en el espejo, mi manera de verme crecer. Lo supe desde que comprendí que la imagen era la mejor historia que contar, la que se recuerda cien veces, las que es posible mirar una y otra vez para recordar su valor. Y es que nunca soy tan libre como cuando sostengo una cámara entre las manos. Nunca sonrío con tanta felicidad como cuando miro el mundo a través del lente.

Sí, la mia es una historia de amor. No recuerdo un solo día en que no haya levantado la cámara para contar un sueño, para tomarlo entre las manos, frágil y recién nacido y crearlo a luz y a sombra. No hay un solo día en que no haya estado consciente del privilegio que tengo de hablar en imágenes, de levantar los ojos para contemplar mi propia historia a través de luz y sombra.

Sonrío con lágrimas en los ojos mientras escribo esto. Con cuidado, cuelgo otra de mis fotografías en la pared de mi casa. Ya no soy la niña que comenzó a fotografiar...pero de alguna manera, si continúo siendolo. Soy la misma niña asombrada por el poder de contar una historia para que otros puedan mirarlas: una pequeña ventana hacia mi mente, la puerta hacia ese lugar infinito, radiante y muy querido que con tanta ingenuidad, llamamos espíritu.





1 comentarios:

Natalia nuñez dijo...

Antes creo haber dicho que un poster era mi preferido, hoy en definitiva pienso que este es el que mas me ha gustado. Con lagrimas sonrió mientras leo esto. <3<3

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