sábado, 10 de agosto de 2013

La bruja, el caldero, la Luna: Así estuvo el #CirculoDeMujeres en @Psiquearte





Cuando tenía doce años, me puse de pie en medio de todas mis compañeras de clase de por entonces y dije la frase que mi mamá me había prohibido decir:

-  Creo en la brujería. Soy bruja.

Nadie respondió. Hubo un silencio tenso. Algunas risitas. La profesora de Ciencias Sociales me dedicó una mirada confusa.

- Te pregunté en qué crees, no...en esas supercherias - me dedicó una sonrisa helada de suficiencia.

Más risitas. Dos de las chicas de la primera fila comenzaron a murmurar, cabeza con cabeza. Otra, me miraba con franca desconfianza. Imaginé que veía: una muchacha flaca y desgarbada, con el cabello desordenado, el rostro pálido y pecoso. Y dice que es bruja. ¿Que le ocurre? Se ve tan torpe, con su uniforme medio arrugado, las rodillas llena de raspones,  los ojos grandes y preocupados. La incomodidad me cerró la garganta. Pensé sino sería mejor callarme, responder cualquier cosa y volver a sentarme en el pupitre. A ese anonimato de la chica rara, de la que las populares, las que se rien y conversan de fiestas y muchachos no miran. Pero no lo hice. Apreté los puños. Me erguí.

- Entendí la pregunta. Le estoy diciendo en qué creo y quién soy - mi voz sonó atronadora de pronto. Casi desconocida. Un tono petulante, malcriado. No me importó. Me pasé un mechón de cabello detrás de la oreja y seguí mirando a la profesora directamente a los ojos - creo en la brujería, porque soy bruja.

Esta vez no hubo risitas. Tampoco cuchicheos. Estaba claro que ese tono de voz desconocido mio, mi actitud, había provocado una ruptura en orden sutil que existe en los salones de clases. La profesora también lo notó: pálida y con una expresión tensa, me hizo una seña para que me acercara al escritorio.

- Te me vas a la dirección y allí te quedas hasta que aprendas a respetar.
- Entonces usted también debería venir conmigo.

Un escalofrío me recorrió. No había gritado, por supuesto. Las palabras se me escaparon de la boca como si tuvieran vida propia. Incontenibles, abriéndose camino hacía ese extraño momento con tanto ímpetu que no pude detenerlas. Me escuché a mi misma como si se tratara de alguien más, de alguien con una voz estertorea, extrañamente calmada, que no podía ser yo.   Nunca sabré porque respondí eso. No tenía la intención de hacerlo, ni tampoco, era mi costumbre responder - todavía no - a las impertinencias de los demás. Me asusté de mi osadía. De hecho, mi temor pareció contagiarse a mi alrededor. Volvieron los cuchicheos. Esta vez había algo alarmante en ellos. La profesora me miró, tomada por sorpresa y en ese minuto de silencio, donde ambas nos miramos, comprendí algo profundo que recordaría toda la vida: El poder de la palabra, el poder de aceptar quien eres, el poder de levantar la cabeza y sonreír. Y pensé que cualquier cosa que pasara después, valdría la pena por eso. Tendría sentido por aquella sensación de triunfo, por poder seguir de pie y sentir que había importancia - valor - en mi manera de ver el mundo.

Me pasé el día en la dirección por supuesto. De hecho, la profesora se negó a darme clases de nuevo otra vez y me cambiaron de salón a otro, donde ya conocían mi proeza y me recibieron con miradas de asombro y curiosidad. El primer día en que me senté en uno de los pupitres del fondo, con los brazos cargados de mis libros favoritos, despeinada y un poco aburrida por el ajetreo, una niña de enormes ojos azules, se sentó a mi lado.

- ¿Eres bruja? - lo dijo sin malicia.
- Sí - respondí con igual sinceridad.
- ¿Y como es serlo?
- Lo eres, simplemente.

Sonrió. Y yo también. Y me convencí del poder irrevocable de crear, crear y simplemente confiar.

Recordé la anécdota de la maestra y todo lo que sucedió después, cuando anoche, frente a un grupo de amigos y desconocidos, de nuevo sonreí, nerviosa y erguida y conté mi historia en una linea: "Soy bruja", dije en voz alta. Soy una hija de la Diosa. Que miedo tuve al hacerlo, como lo sentí siendo una niña la primera vez  y que liberador fue abrir la puerta de los secretos, de las palabras, de mi historia privada para compartir mi manera de ver el mundo. Que extraordinario fue, sentí que podía hablarles a todos quienes me escuchaban de esa herencia compartida de construir el mundo a través de lo que creemos y podemos aspirar, de la espiritualidad más allá del dogma, del mundo de los que somos soñadores, de los que sabemos el poder de la osadía, la convicción y el poder de creer. Porque sentí, podíamos comunicarnos, más allá de las diferencias, que hay un hilo invisible que une a cada uno de nosotros, que podemos comprendernos, como parte de esta gran historia que todos compartimos.

Y es que quizás la gran enseñanza de la brujería, es que la tradición esta formada por personas, por sueños, por esperanzas y deseos. Y evoluciona a través de ellos. La brujería pertenece a la mujer que mira la Luna y la reconoce como símbolo, aún sin llamarse bruja. Del hombre que abraza a sus hijos e invoca algo superior a si mismo para protegerlos. Sin nombre ni identidad.  La brujería pertenece al que hace magia con cada palabra, al que levanta la cámara para captar una escena perdurable, el que sostiene un libro para soñar. La magia pertenece al que conoce el poder de la experiencia y los recuerdos. En ocasiones, imagino a las brujas del pasado, a las que nada sabían de nombres ni de filosofias, sentadas tomadas de la mano en la oscuridad. La luna en lo alto, y sus voces cantando en cualquier idioma, riendo, compartiendo pan y vino. Porque todas las historias comienzan de la sencillez, nace de esa natural inspiración que todos sentimos hacia lo divino.

Al #CirculodeMujeres llevé mi Libro de las sombras: ¡Que extraño fue verlo allí, abierto, contando sus secretos a todo el que quisiera escucharlo! Y eso me pareció bueno, extraordinario: Las sonrisas de quienes leían los viejos rituales, la mirada de curiosidad de quienes descubrían la brujería a través de él. También llevé mi caldero y conté su historia: la vieja herencia del humilde caldero de hierro, ahora allí, a la vista de un grupo expectante, asombrado. Levanté mi Daga y ya no en privado, sino para abrir un circulo donde todos teníamos un lugar. E invoqué, a la Diosa, en una habitación que quizás nunca había escuchado su nombre pero que ahora, formaba parte de esa gran manifestación de fe.

Porque lo Divino, lo Sagrado y lo que consideramos hermoso, es parte de lo que vivimos a diario y eso lo han sabido siempre las brujas. La fe no se señala con el dedo, la Divinidad no existe para castigar o premiar. Miramos al Infinito en busca de respuestas claro, pero no hacia el que está más allá de nosotros, sino el que crea nuestras ideas. Ese paisaje interminable de nuestra mente y nuestro espíritu, de nuestras preguntas. Una bruja sabe que el poder es la capacidad de asumir la responsabilidad por lo que haces, por lo que crees y aspiras. Una bruja es Hija de la Luna, de la Historia y de lo creativo. Una bruja es poderosa en la medida que rie a carcajadas, grita de furia, escribe por amor. Una bruja conoce el poder de confiar en su propia visión del mundo, en su poder para pensar en si misma como parte de la historia que vive, que aspira que es parte de su futuro. Una bruja conoce el poder de la esperanza y también, el del sueño creador.

Y toda eso, lo encontré en el circulo que se abrió anoche para celebrar las diferencias y el poder de mirar al otro sin reservas:  El grupo de sonrisas, las miradas asombradas y curiosas al abrir mi libro de las Sombras, sostener mi caldero, mis viejas dagas, escuchar lo que tenía que decir sobre la Diosa. Una sensación poderosa, la de compartir el pequeño secreto de mirar el mundo a través de la esperanza, de asumir el poder de mirar la creencia como una manera de construir respuestas.  Inolvidable, la manera como ese público amable, quiso comprender el mundo desde otra perspectiva. La mujer hermosa que llevó el sombrero puntiagudo de bruja de cuentos y sonrío para escucharme. Mi amigo de tantos años sonriendo al escucharme contar mi historia, nueva para él. Y sobre todo, levantar las manos en silencio y decir en voz altas las viejas invocaciones, para unir a los que no las conocen, a quienes las sueñan, a quienes se hacen preguntas y quienes como yo, están convencidos que el mundo es un crisol de visiones y opiniones, de pensamientos e ideas, creando algo más grande que todos, mucho más amplio que la fe, las visiones de la divinidad, incluso nuestra individualidad. Un sueño compartido, una manera de crear.

El circulo está abierto. Un sueño compartido bajo el brillo de la luna, un simbolo de fe.

Muchísimas gracias a @Psiquearte y su directora @CristalPalacios por permitirme hablar sobre mi visión de la Divinidad. Pero sobre todo, gracias a todos los que asistieron a esta pequeña gran celebración de la capacidad que todos tenemos para aceptar las diferencias, compartir las sonrisas y al fin de cuentas, reconocer nuestra capacidad para crear belleza.

Así sea.

¿Quieres asistir al #CirculodeMujeres de @Psiquearte? Siguelos en Twitter y atento a los invitados de cada segundo viernes del mes. Crea, construye, sueña. 


1 comentarios:

Xinia Salazar dijo...

Hermoso!!!Gracias por compartir tu historia. Soy Bruja!!!!!Amo la naturaleza, a mis hijos, creo en el poder del Amor para sanar.

Publicar un comentario