martes, 13 de agosto de 2013

La risa del Venezolano: La bufonada más peligrosa.





Voy en un autobús y alguien se sube, sudoroso y pálido, contando a quien quiera escucharlo, que casi lo asaltan en plena calle. Lo cuenta a gritos, temblando. Y todos los pasajeros lo escuchamos asustados e inquietos. Entonces,  un hombre que lleva una camisa de la VinoTinto comenta:

- ¡Pana! ¡Pero alegrate! ¡Al menos no te robaron el cabello!

Todo el mundo ríe, a carcajadas. Menos yo, que miro la escena entre fascinada y confusa.  Los chistes van y vienen, las risas se contagian, pero a mi todo aquello me inquieta, me produce escalofríos. Cuando me bajo del vehículo, ya la historia del robo se olvidó y todos comentan entre campechanos y ufanos, la fortuna que tuvo el hombre que sufrió el atraco de seguir con vida y poderla contar. "Y hasta reírse", comenta alguien. Como si eso estuviera bien, como si la risa transformara el desastre en otra cosa. Y quizás si lo hace: lo hace ceguera, lo hace resignación.

Estamos mal, pero vamos bien. 

Decía el psicólogo Axel Capriles en su libro "La Fantasia de Juan Bimba" que venezolano padece de lo que denomina cheverismo: esa "desconexión con lo trágico" que es una forma de "relacionarnos con la vida y sus aspectos duros" muy propia de nuestra idiosincracia. Y es que nosotros, los Venezolanos sobrevivientes a a todos nuestros pesares, nos reímos mucho. Nos reímos de la inflación e inventamos chistes ingeniosos sobre el tema. Bromeamos sobre el caos político, nos esmeramos en demostrar siempre que nos podemos reír de casi cualquier cosa.  Que nadie dude que somos el tercer país feliz del mundo, a pesar de no tener motivos y que nuestro estilo de vida se precipite cada vez con mayor rapidez a niveles desconocidos, que cada día nos sorprenda el nivel de mezquindad de una sociedad agónica. Eso no importa: lo realmente necesario es sonreir y mirar hacia otro lado. Protegernos del desastre como podemos, a carcajadas y a burlas. Porque el Venezolano es "feliz", aunque esa felicidad deje un mal sabor de boca la mayoría de las veces y lo que es peor, te recuerde que a la ligera nos tomamos la pequeña tragedia diaria. El temor a reconocer que la Venezuela que heredamos, que construimos, son trozos desiguales de una idea de país caduca, agónica. Pero eso no importa a nadie: en realidad dejó de importar desde el momento en que el ciudadano común encontró que la risa fácil es la excusa perfecta para olvidar lo que se padece. Y como lo disfruta. Como ejerce ese derecho a reir a pesar de cualquier cosa.

Alguien me diría ( y seguramente me lo dirán ): "pero es que no está mal reir, el Venezolano es así". Claro que no está mal por supuesto.  Lo que me inquieta es que esa actitud, me remite de inmediato a otra anécdota, que leí hace unos años en el libro Treblinka del escritor Steiner Jean Francois. La historia, que cuenta con espeluznantes detalles la vida en el campo de exterminio Treblinka de la Alemania Nazi, narra la vida cotidiana de la comunidad judia y recuerda, que el Ghetto de Varvosia, siempre se preocupara estar de buen humor. La sonrisa para hacer retroceder el desastre, para sobrevivir. Recuerdo sobre todo, la historia de una anciana que contaba los chistes que los futuros prisioneros se hacían con respecto al futuro: "Si nos llevan a Treblinka, espérame en la jabonera" era el chisme más popular y que hacia inmediata referencia a las sospechas de los bárbaricos métodos nazis para exterminio. Y todos reían, acurrucados en sus casas, temblando de miedo pero consolados a medias por la capacidad de reir. ¿Es el mismo buen humor del Venezolano? ¿del que sobrevive a la desgracia diaria con burlas y carcajadas? Sí, comos nos reímos, como padecemos de nuestra propia frivolidad.

Y el país continúa sacudiéndose de un lado a otro en el absurdo: comentaba hace poco Freddy Guevara en su magnifico artículo El absurdo: un país publicado en Pro DaVinci, que los últimos catorce años "han representado casi de forma teatral la hipérbole del absurdo". Y es verdad. Este es un país donde la normalidad es una pieza rara y escasa. Lo fortuito es parte de la idiosincrasia, la improvisación una manera de perpetuar esa idea de nación que construimos a trompadas, de mala gana, sin la mínima disciplina que permita comprendernos como un legado histórico. Y es que el absurdo es parte de lo que asumimos como país, de lo que se entiende con toda naturalidad como "normalidad". En Venezuela no hay limite para lo aceptable y lo que no lo es. La resignación es una moneda común, es un requisito de gentilicio. La teología del flojo, como diría uno de mis profesores Universitarios. Yo lo llamo, con algo menos de delicadeza, la ceguera del pendejo.

Así intenta construirse esta Venezuela doliente del siglo XXI. Una obra de teatro barata, un melodrama superficial sin son ni ton. La ignorancia nos agrede, la indolencia nos acosa, pero para eso: ¡Hay buen humor de sobra! Así avanzamos en este presente lleno de grietas,  a trompicones y sacudones, cuidando que el pie no se nos hunda en el lodazal del pensamiento ideológico basura, de la lucha política cuarteada por la frivolidad. Y vamos todos juntos en el mismo Barco de los locos, como diría, Sebastian Brant. Este el país donde un concurso de belleza provoca más revuelo que una Universidad cerrada. Este es un país donde la viveza y el abuso se alaba y la ética es motivo también de burla. Y aquí seguimos,  unidos en el desastre.  Nos une lo poco que nos asombra lo ridículo, lo destructivo, lo que está convirtiendo al país en una especie del paisaje del caos de lo impensable: lo asumimos como parte de lo cotidiano. De manera que no nos extraña que el Presidente en funciones admita dormir en un mausoleo, sea aconsejado por pajaritos, se hable de una "invasión gringa" y sigamos vendiendo petróleo a EEUU a un precio altísimo, roben cabello en plena calle y toda esa colección de locuras que cada día leemos y olvidamos de inmediato. A veces pienso que ya no nos une, la risa sino el hecho de haber aceptado, para mal o para bien, que Venezuela es un experimento fallido y peor aún, un intento de revolución ideológica que no llega ni a panfleto. Este es un país donde lo surreal se acepta de buena gana, se admite con tranquilidad. Y después, se hace un chiste para amenizar.

Este es un país donde todo se justifica invocando la belleza del paisaje, del privilegio de haber nacido en tierra de Gracia. Olvidemos los asesinatos, entonces, los 443 muertos de Julio y la cifra que aún se completa de agosto. Vamos a mirar todos el Ávila, sin pestañar. Vamos a intentar que no nos llegue el ruido del caos, del corneteo del tráfico caótico, los gritos de las victimas del hampa, los insultos y el malestar de la escasez. Mejor nos vamos a la Playa para celebrar las aguas azules y más calientes del mundo, pero no miremos el caos que se nos viene encima a diario, que golpea el bolsillo, que duele en el alma. No, eso no se mira, de eso, uno se ríe.

Pobre Venezuela. Pero aún peor: Pobre Venezolano que se mira así mismo con tanta necedad.

Hace poco, caminaba por el pasillo del centro comercial con el cabello suelto. Una anciana me miró y de inmediato se me acercó, tomándome del brazo con esa confianza de la edad y la experiencia.

- Hija recójase la melena, que uno no sabe lo que pueda pasarle - me recomendó.

Para complacerla - y quizás por inquietud real - me recogí el cabello y ella me lo agradeció, con una expresión preocupada que me conmovió. La vi alejarse, pensando en el mensaje que había recibido hacia unas cuantas horas a través del servicio de mensajería Whatsapp, donde alguien se burlaba del Robo de Cabello, bromeando e invitando a reirse un poco del tema. Y la sensación de realidad de nuevo me golpeó, me hizo preguntarme que asume el Venezolano por país, como maneja e interpreta la idea de la debacle social y moral que estamos padeciendo, que miramos por el rabillo del ojo quizás para hacerla más soportable. Continúe mi paseo, con el cabello bien apretado y una amarga sensación de angustia llenándome la boca. Y es que esta Venezuela del siglo XXI, esta sobreviviente a revoluciones y a la indiferencia ciudadana ya no sabe como dejar de sonreír, de esbozar esa mueca dura y sin alegría que ingenuamente confundimos con buen humor.

C'est la vie.

Para escuchar: Una canción que resume todo lo anterior, de la interprete Sela

De Donde Vengo

5 comentarios:

JoHiStaR dijo...

Excelente reflexión, aunque a veces miro las cosas con buen humor, es más el tiempo que me preocupa el país que nunca pensé quitarle dosis de cariño, mi Venezuela.

Siempre que se ríen de cosas preocupantes, les digo: mientras sigamos así, estaremos REjodidos :S

Bryans Salazar dijo...

El Venezolano debería de reírse de las cosas después de resuelta y no cuando inicia el hecho, somos un país con falta de preocupación por nuestros problemas.

Siempre es un pequeño grupo en situación extrema que se manifiesta pero no hacemos si vamos reclamando cuando lo peor llega

Tere dijo...

(Mis tweets completos como fue solicitado jeje)

Me encantó tu post! tan real como nada hilarante. Eso de "somos el mejor país por los paisajes", de verdad, me fastidia. El humor tapa y hace olvidar. Creo por eso que somos un pueblo de poca memoria y que el "ruido" lo tapamos con la vista al Avila.

Cuando murió Chávez alguien me dijo "¿por qué te quejas de Venezuela? siempre en tu instagram pones fotos lindas de caracas. Siempre hablas de lo bonito que ves..Venezuela es la mejor" y yo "mira, el día que un paisaje me dé calidad de vida, hablamos!". Yo vengo de familia gallega, típicos inmigrantes de los 50 que huían de la dictadura de Franco y del hambre post-guerra civil española. Sé lo que es tomarse en serio el trabajar para tener lo que se quiere alcanzar, para parte de esa calidad de vida que se quiere. Sé cuando hacer chistes de una situación y cuando no, porque simplemente nada me parece normal (o quizás la anormal soy yo (?)). Mis padres fallecieron ya, tengo 30 años y desde el 7 de octubre me desconecté más de eso que dicen "el humor del venezolano". Soy venezolana, tengo esa chispa que nos caracteriza pero si algo me parece mal, jamás puedo bromear con eso. No me parece normal.

Luego de la muerte del comandante supremo [inserte picazón por urticaria acá], vienen los chistes de ese entonces, luego lo surreal del pajarito y Maduro, de tantas cosas. Últimamente solo leo, no oigo noticias ni escucho "berrear" (esta palabra tan de mi madre gallega) a los extremos. Todo me hace "ruido" y me limito a ver a Caracas, de lejos... como mis fotos. Solo de lejos y sin humor, sin un chiste y tan solo con una pregunta "¿dejaremos de ser así?"

Natalia Katrina dijo...

Esto me recuerda un mecanismo de defensa llamado manía, la defensa maníaca consiste en una negación del displacer lo que se manifiesta de distintas maneras como son la típica persona que se ríe cuando está nerviosa, el que después de un rompimiento se involucra en una relación "significativa" y próspera, el que se va de rumba cuando está deprimido y como vemos, el que hace un chiste de una situación dolorosa o traumática en general, muy típico del venezolano. El twist con los mecanismos de defensa es que si bien implican un uso de herramientas para combatir el malestar, también sirven para evadirlo y como todos sabemos, los problemas sólo pueden evadirse durante un determinado período de tiempo antes de que vuelvan a quebrantarnos los nervios. En el caso de una defensa maníaca que implica una negación es obvio que estamos muy ocupados riéndonos del problema como para afrontarlo lo que resulta en que cada día que pasa, con cada chiste que echamos, la cosa está peor. Una profesora me dijo este año "la manía se paga" y, efectivamente, cada día que salgo a la calle, con más miedo, con menos gastos que son a su vez más altos me doy cuenta de que el venezolano no está sino pagando las consecuencias de un abuso de sus defensas maníacas

Natalia Katrina

Lyss dijo...

Plena razón tienes en tu artículo. A veces tambien me detengo a pensar: ¿cuando nos dejara de dar risa? ¿cuándo empezará el venezolano a poner los pies en la tierra?... Aglaia cómo uno hace para hacerle entender esto a los demas?

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